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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

ENRIQUE NÚÑEZ RODRÍGUEZ, LA CRÓNICA Y LOS CRONISTAS

ENRIQUE NÚÑEZ RODRÍGUEZ, LA CRÓNICA Y LOS CRONISTAS

 

Por Luis Sexto

A principios de este siglo, Enrique Núñez Rodríguez y yo compartíamos el espacio en la página de lectura de Juventud Rebelde: él abajo, casi en una tira; yo arriba sin merecerlo, con unos textos largo que a veces eran reportaje y otras veces crónicas. Por supuesto, Núñez era el más leído.  Luego, en cierta ausencia de quien esto escribe,  Ciro Bianchi se aposentó en la parte de arriba. Y un unos meses más tarde aterricé en el espacio inferior, ese  que el reconocido autor de Mi vida al desnudo dejaba por enfermedad.

Mis nuevos textos discurrían bajo el epígrafe de Crónicas en primera persona. Algunos me reprocharon querer sustituir a Núñez. No acepté que a mi nombre le atribuyeran tal  impudicia. Y dije entonces polemizando con tan injusta opinión: Núñez es insustituible como irrellenables son los envases de los buenos rones. O yo escribía con mi voz y convencía a los lectores del reconocido humorista y comediógrafo, o fracasaba intentando ser original. Escribí esa sección cada domingo durante tres  años  luego del deceso de Núñez en 2002.

 Esta historia liminar aparece en mis recuerdos, porque en este año he tenido la tarea de ejercer como uno de los jurados del Premio de crónicas que enaltece a mi antiguo compañero de habitación periodística. Y aun cuando aprecio que la convocatoria es respondida por muchas manos, no pocos concursantes escriben como yo no pretendí hacerlo cuando me ubicaron en el huequito dominical que Núñez abandonaba involuntariamente. Es decir, mucha crónica leída en esta edición del concurso Enrique Núñez Rodríguez, intenta rodar sobre los carriles impuestos por el aplaudido humorista y escritor radial, y se aprecia mucha anécdota, mucho episodio con abruptos finales humorísticos.

El concurso no pretende estimular la imitación. Por el contrario, quiere azuzar la originalidad, la cultura y la emoción populares. Y para ello utiliza el nombre de uno de los autores más vinculados desde la radio, la TV y los periódicos y revistas a la gente de pueblo que dijera Onelio Jorge Cardoso. Núñez Rodríguez sabía como un doctor los secretos de enamorar y conquistar ojos y oídos. Apenas lo traté personalmente, pero nunca he dejado de agradecerle las aventuras de Leonardo Moncada, que trasegaron a mis oídos infantiles a través de la radio, hace más de 55 años, la primera lección de justicia social. Núñez, pues, estaría satisfecho si su nombre sirviera para inducir a penetrar en el alma del pueblo y registrar con la sensibilidad los valores que distinguen a personas, hechos y tradiciones.

Pero ese encargo creador necesita que la crónica sea un tanto revaluada. Puedo asegurar en mi nombre, quizás también de mis colegas en el Jurado, que por lo común los ciento y tantos textos que leímos cumplían un mínimo de calidad formal. Y algunos respondían al concepto de crónica vigente en Cuba: el mismo que nos legaron los modernistas desde Martí, y  Casal, y luego, en las primeras tres décadas del siglo XX, Miguel Ángel de la Torre, Miguel Ángel Limia, Armando Leyva, Ruy de Lugo-Viñas, Rubén Martínez Villena, Jorge Mañach, Raúl Roa, y otros. La crónica, dicho en síntesis definidora, es como una visión amable de la gente y las cosas; un acercamiento desde la emoción, la subjetividad, el lirismo. Una anécdota puede ser solo una anécdota: un breve documento narrativo parecido al cuento. Pero será crónica si la historia viene envuelta en los papeles de seda de la sentimentalidad del cronista. José Antonio Benítez, un maestro del periodismo, escribió: el autor de reportajes -y también el novelista y el cuentista- encuentran su materia prima fuera de sí mismos; el cronista, en cambio, dentro de sí. Con lo cual quiso decir, que la crónica precocina las historias con el caldo de la subjetivad. Y si leemos a Núñez con detenimiento, apreciaremos que esas anécdotas que nos obligaban a la risa o la sonrisa venían maceradas en el nostálgico discurrir de un poeta en prosa.

Lo dicho puede ser verdad. Pero solo una verdad. Cuanto queda por saber y precisar se lo encomiendo a la creatividad de cuantos leyeron y quisieron a Enrique Núñez Rodríguez y sienten las urgencias de echar una flor a su recuerdo.

 

Volver a la semilla

Por Liomán Lima

 

Trabajo de clase de este alumno en el cuarto año de periodismo,  Facultad de Comunicación Social, Universidad de La Habana. Tema: El pueblo donde nací

Roncali barría de luz las noches de Guanahacabibes. Mientras, en sus casuchas de madera y tejas todavía contaban que el tesoro era cierto, que estaba perdido por hechizos de piratas en algún lugar cercano al faro y  algún día habrían de encontrarlo.

Noches de mi pueblo, noches de mi infancia: las casas eran un país de sombras largas. Como en los tiempos originales del hombre las manos dibujaban, por un instante, animales oscuros en las paredes. Alrededor de un viejo quinqué, hoguera de eternos apagones, nacían historias de botijas enterradas y  oro, mitos de proezas y miedo, de barcos hundidos o gritos más allá de los farallones.  

Guanahacabibes parecía un pueblo sacado de las leyendas,  detenido en el tiempo, como si todavía  no se hubieran creado Internet o las guerras, o  aún fuera historia futura el pecado de la manzana. Maravilla de pueblos perdidos en medio de la nada. Macondos cotidianos de pocas casas y  piedras como huevos prehistóricos.

No nací allí. Había llegado con solo unos meses. Pero fue entre sus manglares y gente buena, de esas que en la capital  llaman tontos, con leyendas de corsarios y luces nocturnas, de ciervos encantados y sonidos de radares donde aprendí la lección infalible de crecer.

Los niños éramos entonces una hermandad de piratas armados de piedras y palos que salíamos a desandar las sombras, a buscar mapas envejecidos dentro de botellas o  a molestar tortugas en desove. Otras veces, alumbrábamos con linternas hacia las casas o nos uníamos en alaridos desesperados.  

Así, al amanecer, cuando las manos callosas comenzaban a tensar las pitas y acariciar las proas de los botes, ya se escuchaban los rumores de los fantasmas de la noche anterior. Y nosotros reíamos y sabíamos que era bueno vivir en un lugar así, donde es todavía posible creer en misterios, como pasos perdidos del hombre, como viajes a su semilla.

Después tuve que regresar a la ciudad de Pinar del Río, llena de olvidos y burlas, donde un día había nacido y de la que nada recordaba. Pero alguna parte de mi vida quedó allá, acompañando al torrero en la soledad de su servicio o escondida, tal vez, junto a los tesoros todavía ocultos.

 Quizás algún día deba regresar a buscarlos, como cuando era un muchacho.  Volver. Andar otra vez por sus calles de tierra, sobre la cuerda de la memoria. Escarbar entre los recuerdos y los aromas. Asomarme a las ventanas de un pueblo viejo para verme marchar hacia los nuevos senderos de la vida.

 

 

 

DEFINICIONES EN UN PARQUE

DEFINICIONES  EN UN PARQUE

Por Luis Sexto

Primeramente fue la plaza. Después el parque, versión cómoda, sombreada y trasnochada de los espacios colectivos. Surgió como democrático estacionamiento y superficie para el vaivén. ¡Y son tan polivalentes, asumen tantos papeles los parques de pueblos, o de barrios! Por momentos solitarios parajes de citas, confesionarios de amor. Tribunas de peroratas y rincón de ideas susurrradas. Peñas de lo banal. Recintos de la frustración. Academias del aburrimiento. Cuartones de los mitómanos. Corral de ensueños. 

En los parques convergen directores a distancia de béisbol, gobernantes de la suposición, periodistas del rumor, estrategas de romances, narradores de fantaciencia, filósofos sin cátedra y poetas aprendices. ¡Parques! Ámbito escueto en lo físico y ancho en sus deseos donde, al fin, como los bueyes al trapiche colonial, la gente da la vuelta para reconocer las mismas caras, los mismos árboles, los mismos bancos. Invariablemente.

Retengo de los parques un único  recuerdo personal, carnalmente doloroso, sin mezcla de nostalgia; tal vez de lamento. A Sergio Hernández Rivera, poeta de Remedios y Caibarién, los parques sí le provocaban remembranzas, fantasmas de sensaciones envueltos en las batas anchas de muchachas lindas e imposibles, o aventuras creadoras que le afirmaron su vocación, su búsqueda de la poesía, aunque de poemas, en la época de su juventud, en vez de vivir se podía morir.  Lo leí en el borrador de sus memorias que me llevó a casa unos meses antes de fallecer, ya retirado y abstraído. Con unos 20 años, junto a dos amigos más jóvenes -Panchito de Oraa y Carlos Galindo Lena-, que en el futuro serán poetas de hondura y sortilegio en una expresividad original, improvisó un tríptico de sonetos al General José Maceo. En Cuba versificadores y cantadores componen décimas en la inspiración entusiástica de la controversia repentista. Pero el soneto es estrofa de mayor tino, más apegado al filo descortés de la exigencia formal y la precisión de la idea. Ellos, sin embargo,  lo consiguieron, para enviar la obra a un concurso y ganar cien pesos que  metalizaran un tanto sus   ayunos de místicos pueblerinos.

El esfuerzo reclamaba un estimulante, un paraíso de lentejuelas, una sicodélica  estancia de ángeles. Carecían de peculio para ron, incluso para un plebeyo aguardiente. La fantasía de Panchito de Oraa superó gallardamente el trance. Había leído que el jugo de caña  regalaba al cuerpo humano un sucedáneo de embriaguez. Y reuniendo los centavos que por ignotos rejuegos se dispersaban en sus bolsillos, obtuvieron capital para cinco vasos de guarapo por boca.

Inflados, tal vez distendidos, pero vacíos de prefiguraciones esotéricas, encontraron un rincón en el parque de Caibarién, y convocaron, mediante la conversación apropiada, la presencia del General José. Creada la atmósfera histórica, la composición imaginaria del lugar, Sergio, de pronto, ordenó:

-Vamos, Panchito, comienza tú; pero con endecasílabos.

Oraa, alzando la mano en un gesto aún habitual, recitó como si extrajera el verso de una memoria imprecisa y consciente a la vez: Hermano digno del coloso oscuro... Galindo, asumiendo la dirección, dijo:

-Arriba, Sergio, tú ahora.

Y Sergio: Fruto inmortal del vientre de Mariana. Y Galindo: Que abriste con tu brazo la ventana... Y Oraa, a un ademán de Sergio, completó el primer cuarteto: Hacia  el amanecer más alto y puro.

A los 20 minutos habían compuesto tres sonetos. El primero seguía así: Bajo tu empuje irrefrenable y duro/ Cedió la furia de la hueste hispana,/Y fue tu corazón áurea campana/ De Libertades sobre el patrio muro./ Tu sangre perfumada y florecida,/ Hoy, desde el surco fértil de la gleba,/ Resurge  en flor brillante y encendida,/ Mientras tu voz despierta el horizonte/ Con un grito que cada palma eleva/ Y hace estremecimiento cada monte.

No ganaron el concurso. Ganaron más: la certeza renovada del talento propio y la justificación del parque como expresión de libertad para aquellos que cuerdos o locos tienden a encontrarse  para soñar, o mirar el cielo entre los árboles.

Yo, por el contrario, nunca he escrito poemas en los parques. Y no besé muchachas en agraz bajo copudas sombras clandestinas o cómplices. Y menos moldeé mentiras como aquel compañero que haciendo retroceder el recuerdo, relataba que un día matriculó en la universidad y se dijo que hasta que no se hiciera abogado no se detendría. Luego callaba. Y todos suponíamos que era abogado. Así, de vez en cuando hacía alusión a su pretendida carrera. Una noche, alguien le preguntó si había cumplido su empeño, si se había detenido o había continuado contra cualquier oposición o dificultad. Tartamudeó. Y logró admitir que esa pregunta nadie nunca se la había hecho, porque a fin de cuentas se podía colegir de su historia el resultado final. Por tanto, el tampoco contestaría a quien no sabía emplear la imaginación, ese borde delantero de la inteligencia. Porque él había aprendido, en la academia militar... Y añadió otro diploma a un currículo que crecía en esa universidad improvisada y siempre activa de los parques.

Pero aún me agobia el único hecho que me correspondió protagonizar en un parque. Sucedió mientras conversaba una noche de jueves con varios condiscípulos. De pronto, una pelea.  No supe nunca por qué causa. Y me inmiscuí con mi vocación de buen samaritano que Juan Ángel Cardi, escritor y humorista, reconoció públicamente años más tarde al dedicarme un cuento  de su libro El  caso del beso con sabor a cereza. Dentro, pues, de la concertación de puñadas  y trompicones, echando a un lado a unos y a otros, recibí un golpe en la nunca. Un mazazo cuya contundencia requería premeditación del puño tan certeramente teledirigido. A veces trato de intuir qué incógnito enemigo aprovechó la confusa circunstancia, y lo que hallo en la penumbra  es una especie de aversión hacia los parques donde tantas opciones pululan y donde, sin embargo, elegí la menos conveniente para contar después cualquier historia. ( Del libro Con Judy en un cine de La Habana y otras crónicas de la ciudad)

 

 

UN ECO FAMILIAR

UN ECO FAMILIAR

Por Luis Sexto

El barrio más pujante, moderno, céntrico de La Habana, partió de una paradoja y todavía continúa en ella, aunque sea en el nombre. Y residir en esa zona –lo digo sin ínfulas exclusivistas- me ha favorecido manosear, desde mi balcón, ciertas reflexiones sobre el carácter del cubano, en particular las actitudes menos dúctiles o las más intransigentes o intolerantes.

“Dile que no”. De frente o de espalda, esa es una de las frases -tan socorridas como la aspirina- del vocabulario habitual entre nosotros. Aunque después digamos sí, la afirmación se cuece, se ablanda, se retuerce primeramente en la negación. Y por ello, al igual que Enrique José Varona solía ver en 1916 y años posteriores a un émulo de Felipe Segundo en cada cubano investido de algún poder, aunque fuese un portero, me parece ver a un bodeguero español o a un celador de barrio durante la colonia, en cada letrero de “prohibido” o “no se puede”.

El origen de esa mueca ya suma cinco siglos. Entonces la faja de edificios, truncos remedos de rascacielos, punteada de hoteles, teatros, cines, restaurantes, luces, y dividida en anchas avenidas en donde confluye la ciudad desde disímiles rumbos, era una zona boscosa. En esos tiempos, el centenar y medio de habitantes de San Cristóbal de La Habana, no se volvían al mar buscando la plácida o poética visión de un azul que, aun en invierno, copiaba con limpieza la afilada luz  de Cuba.

Cierta pesarosa incertidumbre les coloreaba el rostro al poner los ojos en el agua, ahora calma y luego sacudida por el desenfreno de las turbulencias climáticas provenientes del norte... Cuando se aproximaban velas, la ansiedad poseía en primer término a los vigías de la caseta blanca de lo que más tarde fue castillo del Morro. Podían ser algunas de las naos que, en derrota hacia España, atracaban para tomar agua, leña, y otros bastimentos, haciendo del puerto de La Habana el más cursado por las naves procedentes de las Indias Occidentales.

Pero también hacia sotavento podían recortarse los voladores bergantines de piratas o corsarios. El filibusterismo paseaba entonces por su época de esplendor e impunidad. Diez años antes, el francés Jacques de Sores había asaltado la villa, tras desembarcar en la caleta de San Lázaro. El fuego abusó del caserío de guano y embarrado.

El Cabildo de La Habana, por ello, se removía inquieto en sus sillas  el 10 de diciembre de 1565. Empañaba  la paz de los ediles, la existencia de ese monte tupido que orillaba el litoral desde los límites del pueblo hacia el noroeste, y que, como a Sores, podía facilitar la ruta para atacar subrepticiamente por tierra  a la villa.

Qué hacer, se preguntaban los señores constituidos en concejo.¿Más vigilancia? Muchos en la villa se negaban a cumplir sus deberes  en la milicia, o se dormían mientras vigilaban  la costa. ¿Talar el bosque?  ¿Poblar esa área hasta la desembocadura del río Casiguaguas, llamado así por los aborígenes, y luego de La Chorrera y más tarde también Almendares por los vecinos?

Faltaban quizás recursos humanos y materiales. También los permisos de la Corte. Y tal vez aún no había fondeado en la bahía un galeón repleto de deseos de trabajar.

No había, pues, otro remedio que adoptar el acuerdo más simple, el menos costoso y fatigoso:  prohibir. Y el barrio más pujante, moderno, céntrico de la ciudad del futuro, heredará la paradoja como nombre. Porque, destinado por su ubicación al protagonismo urbano, surgió siendo un predio prohibido al tránsito y al desarrollo para impedir que cualquier enemigo de La Habana hallara una vía expedita dentro de aquella selva impenetrable.

El Cabildo decidió cerrar el camino natural que bordeaba la  costa, en el espacio que cedía la bajamar y el monte, y ordenó que, bajo pena de multas de 500 pesos para gastos de guerra o de 100 azotes, ninguna persona, por osada que fuera, podía residir, transitar, abrir senderos, cultivar y apacentar ganado en esa franja boscosa, que comenzó a llamarse El Vedado. Donde vivo.

 

 

 

 

 

 

 

LA MAGIA DE LOS DESEOS

Por Luis Sexto

El tres de agosto de 1969, le confesé a mi amigo Enrique Pichardo en una carta: “Para escribir quiero sufrir todos los dolores que quepan en el corazón del hombre. Este es mi programa: escritor y no escribano. Escritor con todo el peso de la humanidad encima.”

La vida satisfizo mi deseo. Pichardo, poeta sin poemas, que durante un infarto cardiaco, semanas antes de morir, oyó entre sueños a Rubén Darío y Boris Pasternak reprocharle su existencia de mortal carente de obra literaria, me comprendió. Pero su sabiduría no pudo advertirme que los deseos suelen ser peligrosos. Pueden convertirse en una masa cruel. Perdí, por ejemplo, un hijo...

Pero, ciegos como la vida, también me compensaron cuando el 22 de septiembre de 1988 me encontraba en Leningrado. Como lo desee. La ventana de mi habitación se zambullía en el Neva. En la orilla opuesta el crucero Aurora. Neva. Aurora. Y Dostoievski, noches blancas, Raskólnikov. Revolución. Petersburgo. Palabras claves que repetía para entender el paisaje que el cristal de la ventana autorizaba a alcanzarme en uno de los pisos altos del hotel.

Estaba allí por primera vez según mi pasaporte. Pero qué vez sumaba esa  de acuerdo con mi imaginación estremecida por el jugador que lo apostó todo a la literatura y se quedó para siempre en el mundo de los hermanos Karamázov. O cuántas veces fui conducido por John Reed para atestiguar sobre los diez días que cambiaron el mundo. Arte e historia, potencias conjugadas. Luego, en el Museo del Ermitage, temblé como en un terremoto del alma, cuando me detuve ante un cuadro de Fra Angélico. Y sé que no es una frase. De la historia permanece hoy la cronología. Del arte, todo. Porque el arte está sobre el tiempo.

Los deseos también. Y en estos días visité a Bayamo. Me senté bajo dos palmas en el patio de la casa donde nació Tomás Estrada Palma. Al mirar hacia arriba, desde un cielo límpido se filtró el color de la historia: las sombras. La inexplicable atmósfera de un vértigo, en una espiral de añoranzas.

Lo mejor de aquella vivienda fueron los vecinos. Enfrente, Carlos Manuel de Céspedes; al lado, Luz Vázquez. Mujer cuya ventana torneada pervive testimoniando aquella noche en que Céspedes y Fornaris le cantaron la canción fundacional de nuestra trova. “No recuerdas gentil bayamesa...” Estrada Palma no merecía vivir allí, como no mereció más tarde nada de lo que representó. Yo hubiese permutado mi casa por la suya. Luz Vázquez me duele en su fugitiva persistencia musical, en cuyo seno he doblado la cabeza.

Volví a la ventana al oscurecer.

De la cabeza de Luz Vázquez pende la noche. Baja dispersando la cauda melancólica del vacío, mientras las guitarras encuerdan la letra con que se perpetuó la madera enrejada de aquel beso... que no le dado. He venido en el sonámbulo presentimiento de la esperanza. Míos serán la sombra, el nunca, la perfidia inaudible de tu ventana, en esta noche de Bayamo que se deshilacha en tu pelo hacia la remota incertidumbre echada al tiempo, como el engarce de un hombre que se va sin que el otro haya vuelto.

Ah, qué misterios el de los deseos. Hay que cuidarse de ellos. Te hacen hablar boberías, cualquier domingo en que uno no tiene ganas de escribir. Y sin embargo escribe.

 

 

 

AL PIE DE LA GUILLOTINA

AL PIE DE LA GUILLOTINA

 Por Luis Sexto

Los médicos conservan el halo místico de los viejos alquimistas, los remotos curanderos, los brujos de la tribu: despiden inconscientemente el azufre de lo mágico; sudan en la humedad de la recóndita cueva de los Papeles del Mar Muerto Sus antecedentes son el Buen Samaritano, Galeno, Hipócrates, Cagliostro, Simón el Mago. Por todo ello, que los enriquece con milenios de tradición, y por su ciencia moderna y eficaz, respeto a los médicos. Cuando ellos hablan sobre mi salud, yo callo: oigo, asimilo; me reoriento, confío…

Alguno ha sido mi amigo. El doctor Tomás Morejón, muy querido en San José de las Lajas. Con él yo podía conversar, preguntarle, y él me respondía tan amablemente que la fraternidad endulzaba sus respuestas. A mí lo ligaba su pasión por el ejercicio del periodismo, tanta que por unos años fue corresponsal voluntario,  y como había nacido en Placetas y yo muy cerca, en General Carrillo,  le parecía que él y yo estábamos vinculados desde mucho antes de nacer. Murió sin conocer la última prueba de nuestros telepáticos acercamientos. Cuando falleció repentinamente durante una visita familiar a Nueva Jersey, yo estaba, sin saber uno del otro, en Nueva York, cubriendo el viaje de Fidel en el cincuentenario de las Naciones Unidas… ¿Casualidad? Él me hubiese querido más por ese azar.  Morejón tenía sus ideas… Pero médico, gran médico, era. Y yo lo escuchaba, a veces con miedo: no solía equivocarse cuando miraba y juzgaba a un paciente.

Pero con ningún otro médico me atrevo. Les informo escuetamente de mis síntomas. Y ellos juzgan, comprueban, y deciden el tratamiento. A lo más que me he aventurado es a no cumplirlo, o a no asistir al laboratorio para un análisis o a someterme a un aparato de diagnóstico. Y de ello tengo que arrepentirme, porque alguna vez he llegado un poco tarde a la solución del mal.

En estos días, mi cervical ha salido a navegar: los tumbos del mareo me han mantenido medio atontado. Y el ortopédico, con el propósito de descartar otras causas posibles, me remitió al hospital para que me revisaran el canal de las carótidas y precisaran si algún arrecife tupía el fluido sanguíneo.

La mañana me favoreció. Apenas había leído yo las primeras cinco líneas de una crónica de Rolandito Pérez Betancourt –las cuales aseguraban una lectura interesante- oí mi nombre en voz alta: me tocaba entre los primeros. Entré tímidamente en una pequeña habitación junto con otro paciente; una mampara dividía el mínimo espacio. El doctor dijo: esperen al lado. Y unos segundos después pronunció mi nombre.

Saludos. Y enseguida: Bájese los pantalones.  Un tanto dudoso, los bajé sin preguntar. No me atrevía. Supuse que como nunca me había hecho un ultrasonido especial, quizás la medicina habría hallado nuevos fórmulas, nuevos caminos para llegar desde abajo a arriba. Oí una señal rápida como rasgar de papeles y vi unos signos y rayas en la pantalla del monitor.  Luego, el doctor me ordenó: Súbase los pantalones. Fue en ese instante cuando  me arriesgué: Doctor, perdone, le voy a preguntar solo por curiosidad, no se ofenda. Qué tienen que ver los testículos y la cervical. Una pausa, casi invisible. Y dijo:

Nada; me equivoqué- y explicó que él le había pedido a la enfermera que llamara primeramente a los pacientes con órdenes de  “doppler” en los testículos.

- Suerte que no estamos en el salón de operaciones… comenté.

Ah, sí, repuso avergonzado, mientras hacía un paneo por mi cervical. Pero, advirtió, creo que con ánimo de atenuar su bochorno: Tiene usted un “huevo” duro….

Y yo, dejando a lado mis aprehensiones, mi clásico respeto por los émulos de Merlin  y Bianchón, el médico de Balzac, dije: No se preocupe, debe ser el calor, el calor…

 

 

 

Lo que el viento no se llevó

Por Niurbis Soler Gómez.

 

Me ha llegado desde Chaparra esta sensible crónica

Chaparra es como una muchacha que mira indiferente el paso de los años, cargando en su espalda todo el polvo almacenado en tantos siglos.

Aunque sus líneas paralelas ya no conducen a ningún sitio, dos chimeneas la enlazan con la distancia.

Sus calles abren un horizonte por donde escapa la gloria, buscando el atardecer.

Hay tanta historia en sus portales que el tiempo no cabe en los horcones y se convierte en páginas que la desnudan.

Chaparra es un paisaje que no se apaga en la memoria, la fe para los que nunca creyeron  y la suerte para los que no levantaban el fatalismo geográfico como bandera.

Chaparra es un pueblo de poesía, de palabras y de sueños.

Pero todo lo que se reflejaba en las pupilas cambió de repente. Los primeros indicios fueron los partes meteorológicos, la braveza del cielo, el cambio de humor del aire y la llovizna.

En una sola madrugada se cayeron el esfuerzo y las ilusiones; y el amanecer gris, solo trajo basura, dolor y lágrimas. Muchas lágrimas.

Los techos ya no apuntaban al amanecer, los árboles que midieron mi estatura ya no estaban para aliviarnos del sol, las calles perdieron sus contornos y la oscuridad se repartía por todos los sitios y rincones.

Entre tanta penumbra, muchos se aprovecharon del dolor ajeno; creyendo que la naturaleza les había obsequiado un ciclón de oportunidades, vagaron recogiendo migajas, sin saber que sus almas reflejaban la podredumbre que llevaban dentro.

Sin embargo, otros hacían la luz como por intuición. Esos demostraron que la solidaridad y la amistad son las armas del desamparo y que la ayuda, en tiempos difíciles, hace al ser humano más limpio.

Después del abatimiento, las lágrimas se secaron y el dolor le dio paso a la recuperación.

Ahora, donde había cuatro habitaciones solo hay un lugar para acomodarnos, las calles han recobrado sus contornos y los techos saludan al amanecer, a pesar de los disímiles agujeros por donde se filtra la poca luz que tenemos.

Chaparra volverá a ser un pueblo de poesía, de recuerdos y de historia, y aunque muchas cosas quedaron en el olvido, el viento no se pudo llevar lo que nos hace humanos.

No se pudo llevar ni la esperanza, ni los sueños.

 

 

 

UN EPITAFIO QUE HACE TEMBLAR

UN EPITAFIO QUE HACE TEMBLAR

Por Luis Sexto

La muerte y su ámbito digestivo, los cementerios,  suelen teóricamente emparejar a todos los seres humanos; enfriar las rivalidades; liquidar las deudas… Ningún vecino estorba  a otros en el camposanto. Y ninguna persona viva necesita pedir anticipadamente una cita para detenerse ante cualquier tumba, haya sido de prohombre o de ministro, conde o guardia suizo; gerente bancario o general de la OTAN.  Pero la igualdad es aparente. En la ciudad de los difuntos también se empinan las jerarquías y la vanidad gobierna las conductas. Visite usted, por ejemplo, el cementerio de Colón en La Habana, ese jardín de unos 560 000 metros cuadrados donde desde los últimos 30 años del siglo XIX las ínfulas de clases que ya no existen en Cuba –nobles y ricos; pícaros y estafadores del tesoro público- exhiben el lujo inservible de las riquezas.

No negaremos que la necrópolis de la capital cubana refulge por el valor de muchos de sus sepulcros y bóvedas y de las esculturas que los adornan. En conjunto es un monumento, un reservorio plástico de mármol. Y también una permanente lección de las debilidades de la naturaleza humana, que aun en el polvo continúa aspirando al boato y la supremacía . En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.            

En otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes, casi especiales de vanidad. En  la Ermita del Potosí, en Guanabacoa -ciudad vecina de La Habana- se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa  iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.

Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notan bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad.  Sobre la losa se opaca una cuarteta que cobra a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado:  “Pasagero que oi me pisas,/ Párate a considerar/ Que has de venir a parar,/ En ser como Yo, cenizas.” Verdad que el mismo don Juan de Acosta olvidó al pretender seguir dando órdenes desde la tumba que  el peregrino inadvertido pisa para luego temblar  y finalmente sonreír ante la ocurrencia de un muerto que aún se cree vivo.