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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

LA MAGIA DE LOS DESEOS

LA MAGIA DE LOS DESEOS

Por Luis Sexto

El tres de agosto de 1969, le confesé a mi amigo Enrique Pichardo en una carta: “Para escribir quiero sufrir todos los dolores que quepan en el corazón del hombre. Este es mi programa: escritor y no escribano. Escritor con todo el peso de la humanidad encima.”

La vida satisfizo mi deseo. Pichardo, poeta sin poemas, que durante un infarto cardiaco, semanas antes de morir, oyó entre sueños a Rubén Darío y Boris Pasternak reprocharle su existencia de mortal carente de obra literaria, me comprendió. Pero su sabiduría no pudo advertirme que los deseos suelen ser peligrosos. Pueden convertirse en una masa cruel. Perdí, por ejemplo, un hijo...

Pero, ciegos como la vida, también me compensaron cuando el 22 de septiembre de 1988 me encontraba en Leningrado. Como lo desee. La ventana de mi habitación se zambullía en el Neva. En la orilla opuesta el crucero Aurora. Neva. Aurora. Y Dostoievski, noches blancas, Raskólnikov. Revolución. Petersburgo. Palabras claves que repetía para entender el paisaje que el cristal de la ventana autorizaba a alcanzarme en uno de los pisos altos del hotel.

Estaba allí por primera vez según mi pasaporte. Pero qué vez sumaba esa  de acuerdo con mi imaginación estremecida por el jugador que lo apostó todo a la literatura y se quedó para siempre en el mundo de los hermanos Karamázov. O cuántas veces fui conducido por John Reed para atestiguar sobre los diez días que cambiaron el mundo. Arte e historia, potencias conjugadas. Luego, en el Museo del Ermitage, temblé como en un terremoto del alma, cuando me detuve ante un cuadro de Fra Angélico. Y sé que no es una frase. De la historia permanece hoy la cronología. Del arte, todo. Porque el arte está sobre el tiempo.

Los deseos también. Y en estos días visité a Bayamo. Me senté bajo dos palmas en el patio de la casa donde nació Tomás Estrada Palma. Al mirar hacia arriba, desde un cielo límpido se filtró el color de la historia: las sombras. La inexplicable atmósfera de un vértigo, en una espiral de añoranzas. Lo mejor de aquella vivienda fueron los vecinos. Enfrente, Carlos Manuel de Céspedes; al lado, Luz Vázquez. Mujer cuya ventana torneada pervive testimoniando aquella noche en que Céspedes y Fornaris le cantaron la canción fundacional de nuestra trova. “No recuerdas gentil bayamesa...”

Estrada Palma no merecía vivir allí, como no mereció más tarde nada de lo que representó. Yo hubiese permutado mi casa por la suya. Luz Vázquez me duele en su fugitiva persistencia musical, en cuyo seno he doblado la cabeza.

Volví a la ventana al oscurecer. De la cabeza de Luz Vázquez pende la noche. Baja dispersando la cauda melancólica del vacío, mientras las guitarras encuerdan la letra con que se perpetuó la madera enrejada de aquel beso... que no le dado. He venido en el sonámbulo presentimiento de la esperanza. Míos serán la sombra, el nunca, la perfidia inaudible de tu ventana, en esta noche de Bayamo que se deshilacha en tu pelo hacia la remota incertidumbre echada al tiempo, como el engarce de un hombre que se va sin que el otro haya vuelto.

Ah, qué misterios el de los deseos. Hay que cuidarse de ellos. Te hacen hablar boberías, cualquier domingo en que uno no tiene ganas de escribir. Y sin embargo escribe.  

VEN, VAMOS A CONVERSAR

VEN, VAMOS A CONVERSAR

Por Luis Sexto

Mi mujer se preocupa admirablemente por las cuartillas que esperan por mis dedos. Y por momentos entra en la sala y me pregunta puntillosa: ¿Conversando, no? Efectivamente, estoy conversando con algún amigo a cuya confianza no le parece intromisión, ni grosería, el reproche conyugal.

Los tres sonreímos. Luego voy a responderle, y pienso que antes pudiera recitar un álbum de conceptos sobre la conversación para explicar mi actitud de aparente derrochador del tiempo. Porque cuanto más vivo más creo que si Robinson Crusoe no hubiera hallado a Viernes, él mismo lo habría inventado trasfundiéndole la vitamina del movimiento a una estatua de arena. Lo imagino, aún sin compañía, en un día cualquiera de su soledad náufraga e isleña, sentándose frente a las pencas cabizbajas de un cocotero para iniciar un diálogo monologado, como un sordo ante otro sordo. El propio Daniel Defoe se percató de que, sin un compañero, el novelesco paladín de la autosuficiencia hubiera resultado antipático, por inhumano.

Uno mismo constata la necesidad de la conversación cuando, viajero en un ómnibus, un tren o un avión, el vecino de asiento pica el intercambio con el miliunanochesco sortilegio de uf, qué calor. Pero no es charla, ni monólogo. Ni  cháchara, ni palique. Habrá conversación cuando el punto de partida se alarga en la esquiva consciente de lo baladí, y mezcla lo utilitario y lo sensible, lo racional y lo intuitivo. En suma, saber y placer. Porque registrado el concepto en sus expedientes más antiguos, conversación implica sabiduría, trasvase de ciencia y experiencia. Es ese el decir de Stefano Guaso para el que chi non conversa no ha esperienza, principio supremo de la civilidad renacentista que nos evita el ser poco men che bestia.

La conversación –que es la operación de versar, girar, en común-, se define en un ir y venir de las ideas sin la estridencia polémica del furor; más bien, con el anuente relajamiento del que no desea tener la razón. Porque el que conversa se independiza de sí mismo, en el más carnal reconocimiento de la libertad. Y se independiza, incluso, de la verdad.  Que no hay verdad que sirva y sobreviva si uno no escucha, tolera y acepta en la paridad reconocible de un diálogo carente de los atuendos intransigentes del reloj.

Nunca dos personas se acercan tanto como cuando conversan. ¿Qué sería de un amor que no mide en la conversación la distancia más breve? Se nulifica en la trágica ficción de los cuerpos, como los polos que chispean al juntarse y se queman en la misma vaguedad del roce. Cama y mesa, tradicionalmente, convocan la conversación. No entiendo hoy por qué en el refectorio de las escuelas donde estudié en mi infancia y adolescencia, el silencio regía la maquinal animalidad del comer. Precisamente, la conversación humaniza el acto de masticar y tragar. En silencio, somos simplemente leones que, en vez de gruñir, hacemos sonar los cubiertos. La paz, incluso, parte de una mesa animada, dispuesta a la satisfacción orgánica y por ende a la anuencia, al perdón que legitima las explicaciones. Ocurre igual en la cama. Previo al acoplamiento, el viaje hacia el interior ajeno se humedece en la conversación, como tirar el cabo que acerca el bote al espigón. Después, en la laxitud, el abismo nervioso del clímax se enriquece en el intercambio de aquellas regiones a las cuales sólo se llega con la palabra que desnuda y desbroza.

Ah, ¿derivo hacia la solemnidad? ¿Hacia lo escabroso? Justifíquenme. El tema fue tratado recientemente en la TV, y me adherí a aquel diálogo sustancioso entre dos especialistas que concluyeron que la conversación sufre el apocamiento, casi la extinción, entre nosotros. Y me opongo a cooperar con esa lenta operación de muerte. Me gusta conversar. Debo muchas chispas, muchos arranques a la sugerencia de algún interlocutor. ¿Conversando, eh?, me cuestiona mi mujer. Y tras de agradecerle su inquietud, le respondo:- No, trabajando.

 

UN ESPACIO PARA LA MORRIÑA

UN ESPACIO PARA LA MORRIÑA

Por Luis Sexto

Uno habla de Galicia y con el nombre llega una infinitud de remembranzas familiares: la silueta discreta y trabajadora de mis abuelos paternos, y de tantos abuelos de nietos criollos, y la presencia del gallego y lo gallego en la historia y la cultura cubanas. Porque si hay una región de España entrañadamente vinculada a Cuba esa es Galicia.

Ningún otro inmigrante llegó a la Isla en la cantidad y la cualidad de los gallegos. Tal vez, para no lastimar la justicia, tan querida del sentimiento gallego, los canarios puedan reclamar también el mérito del número y la influencia. Ambos vinieron aquí a trabajar. Cierta vez, recorriendo en un bote largo y estrecho los canales que atraviesan la Ciénaga de Zapata para facilitar la comunicación con el mar, supe que habían sido abiertos a pico y pala por inmigrantes gallegos. ¡Gallegos, cará! Sinónimo en Cuba de español. El español por antonomasia. Y por excelencia.

No creo que en nuestro país muchos gallegos se hayan vuelto ricos. La honradez y la solidaridad a veces no permiten crecer a la persona en fortuna. En virtud sí, hasta el punto de rozar el cielo con la húmeda estatura de la generosidad.

Xosé Neira Vilas, el escritor gallego que tantos años vivió entre nosotros, me regaló, hace tiempo, un refranero gallego sobre el vino, “recollido do pobo”. Y entre las cápsulas de sabiduría decantada por el tiempo y la voz del pueblo, me gusta uno que reproduzco en la música de la lengua de mis abuelos: “O que ten bo vino/ non lle faltan amigos.” ¿Necesitaré traducirlo? ¿Habrá algún cubano que no sepa captar el sentido de esos versos? Sabremos, en efecto, entender que a quien posee vino bueno los amigos se le enciman como moscas al azúcar. Pero, aunque no se equivoca, este refrán no es verdad general, exacta como la hora de un reloj. Porque Cuba no tiene buen vino. Al menos no lo fabrica en abundancia. Y, sin embargo, con cuántos amigos buenos, desprendidos, cuenta en cualquier rumbo del planeta. Sobre todo en Galicia. De donde vinieron los genes de muchos de nuestros mejores hombres y mujeres.

El más puro vino es el de la solidaridad. Y ante la solidaridad el cubano piensa en plural. Ya nuestra lucha no es sólo por nosotros. También por ellos: nuestros amigos. Esa es la forma más justa de la gratitud. 

EÇA DE QUEIROZ EN LA HABANA

EÇA DE QUEIROZ  EN LA HABANA Por Luis Sexto

José Maria Eça de Queiroz vino a La Habana queriendo ir a París. Para  aquel joven poseso de la originalidad, la capital francesa mostraba en sus luces la ocasión de encontrar “algo nuevo que mirar”. El servicio diplomático portugués, en cambio, supuso que tan desaforado retador de la tradición merecía ir a Las Antillas, donde lo viejo enseñoreaba ceñudo e insultante.

La incongruencia entre el deseo y la realidad quizás condicionó la relación entre el escritor y sus días en La Habana, entre su vida y las memorias de la ciudad. Nunca se acomodó al clima físico, ni a la atmósfera moral del primordial enclave colonial español en el Caribe. No comprendió por qué los cubanos guerreaban contra España. Ni reconoció que junto a la Cuba española existía la Cuba Libre o la Tierra del Mambí, como apuntó el irlandés James O’Kelly que visitó a Cuba en la misma época que el portugués. No se interesó. Sus fuentes discurrían de las informaciones oficiales. Y nunca, al parecer, habló o escribió amablemente sobre la primera plaza consular de su expediente.

El 18 de agosto de 1870 aquel graduado de Coimbra, alto, delgado, pálido, y vestido con traje incólume se presentó a la convocatoria del Ministerio de Asuntos Extranjeros para la carrera consular. Disertó, en septiembre, sobre el derecho de visitas y sus límites. Y obtuvo el primer lugar entre los concursantes. La próxima vacante le pertenecerá, le dijeron. Pero solicitudes de rostros bonitos, recomendaciones de títulos poderosos lo apartaron durante dos años. También colaboró a tal preterición su fama de airado crítico de lo caduco. Una conferencia contra el romanticismo lo puso en cuarentena ideológica. Y él, al saberlo, escribió con la tinta negra y espesa, como de pulpo, que iba distinguiendo a su prosa: “Nunca pienses servir a tu país con la inteligencia (...) ¡Cree en la intriga! ¡No estudies, corrompe!”  Al fin, el 16 de marzo de 1872 recibió el nombramiento de cónsul de primera en La Habana. 

LA PRIMERA OFENSA

Cuando desembarcó aún no era Eça de Queiroz. Había tan sólo viajado, sobre todo por el Oriente Medio, y  publicado varios cuentos reputados de ofensivamente originales, lindando con la excentricidad, en La Gaceta de Portugal, y levantado cierto crédito como articulista político. Mordaz. Corrosivo. Ingenioso. Poco antes de llegar, había comenzado su primera novela, “El crimen del padre Amaro”, que tal vez concluyó en Cuba, porque la publicará en 1875, un año después de finiquitar sus tareas en La Habana. A partir de esa fecha, aparecerán las obras que lo entronizarán en el nicho de los renovadores y liberales de las letras portuguesas. “Los maias”, “El primo Basilio”, “La reliquia”, “Las cartas de Fadrique Mendes”, “La ilustre casa de los Ramires”, “Las ciudades y las Sierras”...Lo más recomendable que antes envalijó en su currículo fue la militancia en El Cenáculo, grupo literario del poeta Antero de Quental y compuesto también por Ramalho Ortigao, Guerra Junqueiro, Oliveiro Martins. Por lo demás era el perfecto desconocido en esta ciudad que al común de los viajeros ofrecía de inmediato, en esa época, una estampa festiva en el bullicio de las calles, y en los colores rojo, amarillo, verde, azul de las casas, envueltas en un aura que algunos visitantes remitían a una semejanza con las ciudades portuarias del Oriente.

Ser aquí un desconocido quizás lo mortificó. Una anécdota presumiblemente apócrifa ha venido susurrando hasta hoy que Eça de Queiroz llevó un artículo a un periódico habanero -¿El Siglo, El País?. Jornadas más tarde regresó para preguntar por el destino de la colaboración, y el director, deferente más con el cónsul que con el periodista, le dijo: No lo podemos publicar, pero siga escribiendo; usted promete. Desde ese momento, al parecer, los periódicos de La Habana se señalaron para aquel  revolucionario de las formas por su “prosa infecta”. 

HABLAR EN CHINO 

El Cónsul de Portugal en La Habana no ejercía sus funciones en una poltrona, rodeado de placidez. Esta plaza era desfavorable al artista que esperara hallar ocio, apacibles vacaciones para la creación. Entonces tenía que ocuparse de unos cien mil chinos culíes, ciudadanos portugueses en mayoría, porque provenían de la colonia lusitana de Macau. Eça de Queiroz asumió con entereza humanitaria el papel de diplomático. Y las relaciones con las autoridades españolas lo asfixiaban en la impotencia o la cólera.  

La esclavitud enmascarada de los braceros chinos transitaba por una de sus fases más escandalosas. Y humanamente horribles. Los que empezaron a  desembarcar después de 1861 inclusive, tenían que salir de Cuba uno o dos meses para conseguir un nuevo contrato. O eran enjaulados en barracones y forzado a trabajar gratuitamente para el gobierno local, en tanto esperaban un nuevo convenio por ocho años más. En un informe del Cónsul a su Ministerio ― publicado en 1926 por Antonio Iraizoz, escritor y gramático cubano― Eça de Queiroz relata el glosario de horrores padecidos por los culíes. Y a manera de anécdota definitiva narra que en esos días había desembarcado un chino de Macau, médico de un barco, y al bajar a la ciudad lo apresó la policía como “colono sin papeles”. “Hace diez y ocho meses que está en presidio; últimamente ―continúa el Cónsul― consiguió venir al Consulado, y reclamar como portugués; está consumido de trabajo y casi idiota del terror. Hace un mes que lo reclamé, pidiendo enérgicamente su inmediata libertad. No me han dado respuesta alguna y el miserable continúa en presidio.”

En ese timbre  transcurrían los días: respondiendo a chinos que, en chino, le explicaban lo que les oprimía.Y así se aclara, o al menos uno va comprendiendo, por qué La Habana colonial lo obligó a tanto desprecio, tanta queja, tanta insatisfacción. Porque si es cierto que usualmente los viajeros dejaron en sus memorias juicios adversos sobre la Cuba del siglo XIX y la ciudad mayor del archipiélago, también lo es que mezclaron, con aquellos, juicios menos malignos, más justos, viendo, en el porvenir, el desarrollo de cuanto de virtud apreciaron. La Habana, en particular, ha sido una ciudad paradójica, contradictoria. Sucia y limpia. Ardiente y serena. Bella y caótica. Pero el autor de La reliquia se ensaña con ella empleando toda su agencia de ironía e insulto.

Una carta de 1873, dirigida a Ramalho Ortigao, e inserta  en la “Correspondencia” de Queiroz, se fija a la condición de documento expresivamente antológico. Único. Llama a La Habana “ciudad estúpida, fea, sucia, odiosa, innoble.” Y añade: “!Oh! la gente grosera. (...) Esta ciudad (...) ¡qué miserable aldea es, con todos sus palacios, con todos sus trenes arrastrados por cuatro caballos cubiertos de plata! ¡Ah! La miserable, subalterna, rastrera manera  de estos espíritus. (...) ¡Ah! El terrible precio de una camisa. (...) Detesto esta ciudad verdeada y millonaria, sombría y ruidosa ―este depósito de tabaco, este charco de sudor, este estúpido palillero de palmeras.”

No le creamos del todo. Hay al final como una explicación de su furia taurina, de su rencor aparentemente irracional, de su subjetividad agriada. “Disculpe mi cólera ―mas ella nace de un tedio sin límites y de un despecho cruel: el despecho de sentirme un pobre diablo artista, encajado en una función oficial, y tener que ajustar el sentido artístico al código de los cónsules.”

En 1874 se marchó. Lo ubicaron después, sucesivamente, como cónsul en Newcastle y en Bristol; luego en China y, por fin, en París. Ya para entonces era Eça de Queiroz.  El novelista comparado en Portugal con Flaubert y Zola.  Y tal vez, si no hubiera fallecido de tuberculosis en 1900, en la ciudad santa  de las ansiedades del escritor por lo nuevo, habría tenido tiempo para reconsiderar cuanto decía sobre aquella ciudad maldita en el recuerdo. Quizás habría comprendido que no debió venir a La Habana deseando ir a París. Porque el rechazo hacia la mala suerte, podía confundirse con el desdén por la tierra que, casi con certeza, no intentó comprender.  

LA BEBIDA AJENA

LA BEBIDA AJENA

Por Luis Sexto

Volví a beber sidra. El líquido burbujeaba unos segundos antes de las 12 de la noche del 31 de diciembre. Y cuando el grito familiar redondeó la hora esperada, y los presentes levantaron las copas  para que los deseos de paz y amor rociaran el nuevo año, quedé rezagado, meditabundo, pensando en aquel incidente. Mis parientes creyeron, sin embargo, que me habían acometido de golpe la pena y la nostalgia por las presencias perdidas.

-Es lógico, viejo, que te pongas triste. Todo pasa, como dicen...

-¿Triste? No, hijo.

-¿Por qué entonces esa cara?

-Precaución ante la sidra. Nada más.  

Y les expliqué las razones. Porque, en efecto, todo pasa. Cabelleras que se volatizan, bellezas que se deshilachan, talentos que se fragmentan, sueños que se endurecen. En una novela francesa escrita por un español leí que todo es eterno, menos tú, hombre, mujer, confluencia de una noche sin rostro ni estatura, en cuya contingencia –ser o no ser- solo está emplantillado el fin, la caía de la curva en la disolvencia fatal de la muerte. Y uno debe, a pesar de lo efímero de la existencia, lograr que el recuerdo de los errores perduren, vacunados contra el remordimiento, como una lucecita de advertencia. La memoria no ha de utilizarse solo para aprobar exámenes de fechas históricas, participar en concursos de la Televisión, conservar deudas o rencores, o como pretexto de la añoranza. La memoria es el testigo de uno mismo; el policía de tránsito. Pare. Cuidado. Curva peligrosa.

En mi adolescencia también me enseñaron que la felicidad no se define como un artefacto electrodoméstico comprado a plazos: mañana será mío. Por el contrario, es tuya hoy; está aquí. Debajo de tu ventana. Como una flor nacida entre las piedras del patio. Por eso, mira la comida en tu plato, no en la del ajeno. Y confieso que así obré por mucho tiempo hasta el momento de aquel incidente.

Recuerdo que cuando, muy joven, corté caña voluntariamente, mis compañeros de estudios corrían hacia la carreta que traía el almuerzo, tragaban en remolino, y en un vértigo pedían turno para reenganchar, repetir, el arroz sobrante. Yo, en cambio, tomaba mi bandeja metálica, buscaba la sombra de algún árbol, me recostaba al tronco y parsimoniosamente almorzaba. Algunos se reían de mi “finura”. Y yo les respondía en un tono refranesco que ahora me parece insoportable: “El que come mal y apurado: no come. El que mal y despacio, al menos come media vez.”   

Eso expliqué a mi familia el 31 de diciembre de un año reciente, cuando, al brindar, mi copa quedó unos instantes abajo, a la altura del pecho, mientras mis ojos la calibraban. Luego, ya a destiempo, la alcé y expresé mi voto por la paz, en particular por la paz interior de cada uno, y bebí, primeramente en un sorbo que permitió a mis labios comprobar la naturaleza del espumoso líquido. 

 -Pero, cuál es tu problema con la sidra, viejo.

En fin, un viernes, cuando íbamos los fines de semana a la casa de mis suegros, me adentré –como usualmente hacía- en la arboleda buscando una toronja, o un mamey. Al regreso, sobre la mesa del cobertizo trasero, vi una botella de sidra. Ah, se jodieron mis cuñados, me dije goloso. Eché hasta la mitad de un vaso: la observé amarilla, insinuante, acariciándome el gusto con la miríada de sus burbujas. Y bebí un trago hondo, tan hondo que me quemó la garganta.

Grité. Corrí. Y consumí casi un cubo de agua. Aquello no era sidra. Entre las jabas y paquetes que yo mismo cargué, mi esposa le había traído la botella a su mamá... para limpiar el inodoro.Era salfumán.

(Del libro El día en que me mataron (Crónicas en primera persona)

ESTO NO ES UN DESAGRAVIO

Por Michel Contreras

  Ahora mismo, en Cienfuegos, mi colega Francisco G.
Navarro -barba cana, ojos breves y corazón de infante-
debe sentirse desairado. Vino a La Habana, presentó su
libro Gajos del Oficio, y yo no pude ir al
lanzamiento. Él me había pedido que estuviera, pero
ciertas razones -razonables razones- lo impidieron.
  Francisco ha de pensar que lo menosprecié. Por eso,
en la dedicatoria del ejemplar que me dejó en manos
amigas, me reprocha la ausencia, aunque luego su
generosidad lo lleva a hacerme unos elogios que
embriagan mi autoestima.
  Se trata de un gran tipo. De una de esas personas
que abren camisa y pecho para que veas sus sanas
contracciones, su sístole y su diástole de gente
honesta y buena. De un extraño cubano que prefiere
callar para escuchar, porque nació con los oídos de la
inteligencia y con la lengua del comedimiento.
  Quién sabe si por eso, por su capacidad para mirar
las almas a través de espejuelos de bondad y hurgar en
ellas con tijeras de paciencia, Pancho -así le gusta
que le digan, Pancho- es un cronista puro. Espléndido.
Cabal.
  Modesto a reventar, él mismo no imagina cuántas
luces rezuman sus textos. Cuánto exorcismo obra cada
una de sus líneas. Cuántos ángeles vuelan por sus
párrafos.
  He devorado el libro de una sola mordida, y no puedo
resistirme a confesar el feliz aturdimiento que me
deja. He advertido en sus páginas la verdadera raza
del cronista, que no es negro, ni blanco, ni amarillo,
sino que es simplemente un ser que canta en prosa. Y
ahora, tras la degustación, me queda el sinsabor de no
haber hecho yo esas crónicas.
  No quisiera que suene a desagravio por aquella
inasistencia de marras, pero Pancho ha logrado
conmoverme, y a partir de este instante, lo envidio.
Eso sí, no a la manera de Salieri, remordido y
minúsculo ante el genio descomunal de Mozart. Más
bien, lo envidio con admiración de discípulo: digamos,
como Borges a Leopoldo Lugones, o como hice en mi
infancia cuando veía jugar a Vargas, Marquetti y
Germán Mesa.
  Ah, Francisco, ¿de dónde te sacaste esas crónicas a
Manuel González Bello y Bobby Salamanca, al viejo
Florentino y a tu entrañable Cuchi, a las
"dependienticas" de las tiendas y los hilos dentales,
a las telenovelas y la trágica aventura de subirse al
tren lechero?
  ¿Dónde pariste esos poemas a Cienfuegos -la ciudad
que más te gusta a ti-, esos poemas que celebran la
piel adoquinada de la calle D' Clouet, la infatigable
brisa del Muelle Real y el orgullo de un Benny en
pleno Bulevar?
  ¿Dónde encontraste el modo de evocar mangos,
aguacates, rana toros, temporales, refranes y
supersticiones campesinas, sin que la cubanía a
ultranza -falsa pose de moda- destrozara la crónica
por ilegítima y artera?
  De una vez y por todas, dime, Pancho, dónde
escondiste esa chistera que no para de fabricar
palomas.



TRES MINUTOS

TRES MINUTOS
Por Luis Sexto

En homenaje del aniversario 95 del primer partido de fútbol oficialmente jugado en Cuba, entre el equipo cubano  Hatuey y el británico Rovers, el 11 de diciembre de 1911

Hace años escribí de fútbol. Y lo reclamo como un mérito. En un país donde todos sus habitantes redactan anualmente, entre gritos y polémicas, sus reseñas y manuales de béisbol, el que se dedica a ver, juzgar y escribir de fútbol es una especie rara, casi insólita. Con muy poca compañía.

Yo he estado habitualmente en minoría. Así he vivido. Y no me quejo. He aprendido a hablar o escribir para los pocos interesados en cuanto digo o escribo. De modo que, queriendo ser periodista, me deshollinaron un espacio en el semanario deportivo LPV. Y cuando me preguntaron qué deporte podrían asignarme como obligación reporteril, enfaticé que yo prefería introducirme entre las redes del balón. Algo sabía. Y algo más aprendí asesorado por un amigo, más bien hermano, por quien mantengo en vigilia sentimientos de gratitud. Oscar Monroy –y sus hijos agradecerán la mención de su padre- educó mi percepción balompédica desde la cancha de su experiencia como comisionado nacional de fútbol y luego funcionario en la propia Comisión.

¿Por qué elegí el fútbol para estrenarme como cronista deportivo? Tal vez por la misma razón que más tarde me incorporé el ciclismo. Por su interés humano. O por su demanda de generosidad y abnegación al establecer que la pelota sea manipulada con los pies, las piernas y la cabeza, los miembros menos aptos. El fútbol posee, para mí, una sustancia mística. Propone en su esencia la semilla de un ideal de perfección que, traducido en mito y quimera dominical, es ejercicio de voluntad y cátedra de colectivismo bajo el estímulo del rito multitudinario más antiguo: el alarido.

Antes de componer mis primeras cuartillas sobre este deporte –aquellas de agosto de 1972, durante los Juegos Escolares Nacionales, entonces toda una fiesta numerosa y bullente-, yo había leído una antología de textos literarios sobre el fútbol, firmados por poetas y escritores que no esquivaron el atractivo de hurgar en el misterio que subyace en la gloria efímera de un gol, el encantamiento de una finta, un drible, o en la pasión del jugador que, cuando pierde, siente que se pierde a sí mismo.

Albert Camus baja de las cimas de El extranjero, se mete en una cancha, evoca su juventud y asegura que todo cuanto sabe sobre la moral y las obligaciones humanas se lo debe al fútbol. Vertiginoso como el rodar de una pelota, un poema de Thiago de Mello cuenta la niñez del poeta, cuando llevaba “El sol en los pies peleando en un baile fraternal”. En esos versos el fútbol es “dolor y fiesta: / la perfección dormida/ sobre el pecho del pie/ de repente se yergue/ y se cumple y florece: es el corazón viajando/ por el trayecto del sol en el viento/ la delicada esfera, la indomable, la rosa”.

No lo niego. El fútbol me sedujo principalmente mediante la emoción de los poetas. Lo había jugado en mi adolescencia, entre los salesianos que nos exigían, sin la ventaja de la réplica, el ajetreo físico desde la una menos cuarto a la una y media. Después, nunca más me incluí en un partido, salvo aquel día en Camagüey.

Transcurría 1974. Se celebraban los Juegos Juveniles de la Amistad, con equipos balompédicos de todo el campo socialista. A alguien se le ocurrió convocar un duelo entre los entrenadores y los periodistas. Y de pronto me visten de defensa lateral derecho. Y ahí viene al ataque el viejo Germán González. Es una roca rodante. Yo debo ser el muro. Se mueve a la derecha. Ahora a la izquierda… Se me va. Apenas veo el balón. Me canso… Qué pasa. ¿Un terremoto? La cancha se pandea. Me deslizo por la hierba. Me alzan. Y oigo al médico del estadio decir algo así: Si no fuese tan joven, habría sido su último partido.

Y Joaquín Ortega, Miguelito Hernández, Juanito Moreno –y otros que no logro precisar- saben que la única crónica que yo nunca pude escribir, fue la de esos tres minutos cuando quise protagonizar el juego que habitualmente reseñaba desde las barreras. Seguí por un tiempo escribiendo de fútbol. Pero con temor. Mi crédito se habría ido a las duchas, si mis pocos lectores se hubieran enterado de que aquella mañana no llegué a tocar el balón.   

DIÁLOGO CON MI OMBLIGO

DIÁLOGO CON MI OMBLIGO Por Luis Sexto                                             

¿Tendré derecho? Quizás me lo nieguen cuantos me atribuyen una devoción desmesurada a la primera persona y estiman que está bien hablar de uno mismo, pero ¿pretender que lo entrevisten? “Usted exagera, señor...” 

¿Por qué habría de exagerar si llevo más de 30 años entrevistando personas, difundiéndoles sus pareceres, sus milagros, sus anónimas querellas, y a veces no he recibido  el mínimo cordial de la gratitud? De ello, de ingratitudes, puedo hablar durante varios tomos. A veces me acuerdo de aquel artista cómico en cuya casa estuve casi 16 horas; a la semana publiqué la entrevista -seis páginas en Bohemia-, y al mes no me reconoció.

-¿Y usted no lo odia?-No odio ni a los ricos.

-¿Y qué piensa de ellos?-¿De los ricos? Ah, solo los considero un lujo.

Y con un lujo no se empalmaría mi deseo de ser entrevistado. Sería más bien una revancha por las décadas que he mantenido estacionada la lengua. O un desahogo, porque uno habla con menos embarazo de sí mismo cuando alguien lo interroga; al menos vela, con la justificación, el descenso a la intimidad.

-¿Y de la ingratitud qué opina?

-Es uno de los tres defectos que más detesto. Los dos otros dos son el prejuicio y la estupidez.

-Defina la estupidez.

- Es decir, por ejemplo, que huelen a rosas los hedores de un basurero.

-¿Y de lo feo...-La suprema fealdad radica en la ausencia de ternura. La Bestia pareció amable a la Bella cuando dejó de ser fiera, a pesar de las garras y los colmillos.

-¿Es usted siempre tan parco?

-Por momentos soy, incluso, mudo. Hay que acogerse al silencio: calla para decir.

-¿Confía en la gente?

-Habitualmente. Pero desconfío del que dice “hago lo que puedo”. Porque quién nos asegura que no puede hacer más.

-¿Por qué usted escribe?

-Baruc de Spinoza, el filósofo, aseveró que el Hombre siente y experimenta que es eterno. Por si resulta esa una falsa apreciación, escribo para quedarme.

-¿Le gustaría ser sabio?

-Mis amigos José Alejandro Rodríguez y Michel Contreras dirían que lo soy para burlarse de lo que ellos llaman mi vanidad. Pero la sabiduría es una sola: la que se percata de su pequeñez.

-¿Usted se cree pequeño?

-Cuando leo a Martí me sobreviene la desolada sensación de mi pequeñez... Después siento el impulso de seguirlo. Ese es el Hombre: poquedad y ánimo; sumisión y orgullo.

 -¿Pequeñez y mediocridad no son sinónimos?

-La pequeñez es una actitud humilde; la mediocridad, un sentimiento que tiene conciencia de sí cuando percibe el talento en otros.

-¿Cree en la suerte?-Hay personas con suerte para todo y sin talento para nada. 

-¿Teme a la muerte?

-Ya se lo dije: quiero quedarme.

-¿Cuál es el epitafio que más le gusta?

-¿Se empeña en la necrología? Pues bien, me conmueve el de Martín Luther King, Jr. Dice: “Al fin soy libre, al fin.” Resume en seis palabras siglos de especulación sobre la muerte.

-¿Y cuál será el suyo?

-Lo pensé desde muchacho: Soñó mientras vivió y no vivió como soñó.

 -Ha dormido usted, al parecer, muy mal... -Afortunadamente. Quizás por ello he podido vivir. No lo dude: hombre colmado, hombre cansado...

Bien juzgado el experimento, no saldría mal una entrevista con este entrevistador de oficio. Diría, en suma, lo que nunca he podido decir... sobre mí. 

(Tomado del libro Con Judy en un cine de La Habana y otras crónicas de la ciudad)