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PATRIA Y HUMANIDAD

Crónicas

¿DONDE ESTÁN LOS GITANOS?

¿DONDE ESTÁN LOS GITANOS?

 Por Luis Sexto 

Discurriendo por esa franja de tanteo, duda, ilusión entre los 18 y 20 años,  un amigo amable como un padre me recomendó irónicamente buscar una gitana para que averiguara el porvenir en las líneas de mi mano. Entonces la incertidumbre, la impaciencia y la desconfianza de mi autoestima juvenil en crisis, querían saber si las aspiraciones que paseaban por el camposanto de mi frustración, merecerían alguna vez el cuño del éxito.

Inútil consejo, le argüí. Nunca encontraré una gitana. Y fíjate qué ocurrencia. Cuando la tuve cerca, no me interesaron sus carismas adivinatorios, porque ocurrió siendo niño. En esa edad, el futuro era un sueño dormido, sin nombre, sin habitación. Sin frío ni calor. Después, ya no vi más gitanas, ni gitanos, en Cuba. 

Pero en un tiempo vivieron su existencia errabunda en nuestra Isla. De pueblo en pueblo. Como lo cuenta la novela cubana que hace un tiempo aleló a los televidentes con sus intrigas triangulares, sus malos de cianuro y sus buenos en almíbar.

Mis recuerdos fijan la presencia de un campamento gitano quizás en 1950 o en algún año posterior. Levantaron las tiendas en el campo donde en mi pueblo jugábamos pelota. Y no noté ningún alboroto, ningún deslumbramiento de los vecinos ante lo insólito. Lo raro. Más bien el tránsito de los  nómadas, parecía ser una estampa recurrente, posiblemente en época de fiestas. Porque aquellas mujeres de faldas anchas, corridas más al sur de las rodillas, y con el pelo -negro al igual que los ojos- trenzado como soga, vendían su conocimiento del futuro, como un artículo de feria. Se acomodaban señorialmente a la puerta de sus casas de lona y leyendo en tu mano o en una baraja ofrecían llevarte allí, donde la curiosidad, la duda o la esperanza punzaban por penetrar para oír, habitualmente, la descripción de un paisaje afortunado.  

Los varones, en la explanada, te invitaban a ver sus artes de acróbatas, además de sus habilidades reparadoras de la cacharrería doméstica. 

A dónde se marcharon los gitanos. A pesar de que a los 18 años empecé a recorrer a Cuba, nunca más los topé. Tal vez algún investigador indague sobre el polvo de los archivos, y pueda responder a qué punta de la estrella Polar siguieron los romíes, o los cíngaros, o los gypsis  -como también los nombran- que peregrinaron por nuestra Isla. El enigma los ha acompañado, aunque ahora sabemos con alguna certeza que proceden de la India y que su lengua, ágrafa, se deriva del sánscrito. Llegaron en el siglo XI a Europa cargando en sus carretas un pasado innombrable y el apego a una libertad que para ellos solo tiene sentido en la provisionalidad del nómada y en la retraimiento comunitario de sus cultura y sus costumbres. Y la discriminación, forma de la intolerancia y la incomprensión, los ha enlutado, y la persecución hitleriana los diezmó, tanto o más, en términos comparativos, que a los judíos. Sin embargo, el cante jondo y el baile flamenco, de acuerdo con el poeta español Félix Grande, le agradecen una dosis de pasión, de ese vigor interno que exuda y quema. 

Una vez quise imitar a los gitanos. Y leí la mano de una muchacha. No me introduje en el futuro. Columbré el pasado. Y acerté. Tanto que ella casi fallece de la impresión. ¿Soy muy lúcido, como me ha dicho una voz más lúcida que yo, o el pasado de una mujer puede ser también el de otras que he conocido?  Perdón. Saco mis pies de esas aguas. Y admito que todavía me interesa precisar mi futuro. ¿Llegaré a escribir bien? Al leerme ahora, aquel amigo, cariñoso como un padre, ante mi tozuda inseguridad volvería a recomendarme lo mismo que en mi juventud. Búscate una gitana y entrégale tu mano. (Del libro Crónicas del primer día)          

LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS

LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS Por Luis Sexto

Al aniversario 488 de La Habana

La más baldía noche de mi vida la pasé en el Malecón de La Habana. Existen diversas maneras de contar las estrellas sobre el muro, y la que elegí resultó tan improductiva que ni obtuve lo que deseaba, ni dormí. Aunque me ahorro el lamento, porque no existe desgracia sin su gracia. Realicé el ejercicio que considero primordial para graduarse como habanero de corazón.

Puede ser un capricho mío. O quizás sea esa la ceremonia imprescindible para legitimar a tantos habitantes que tienen su acta de nacimiento en las zonas orientales, el centro o en el extremo occidental de Cuba. Si en Santa Clara solo merecían el gentilicio de pilongos -en ortodoxa tradición- cuantos se bautizaron en la pila de la Parroquial Mayor, nadie, a mi parecer, podrá decir que conoce y siente a La Habana como habitación interior si no ha amanecido alguna vez oyendo el rumor del mar al bostezar sobre el diente de perro del litoral.

Lo dicho tendrá sus flecos de barbaridad, o locura. A lo mejor de estupidez. Pero no creo que ningún residente de la capital, ni siquiera sus más renombrados especialistas, discutirán el hecho de que el Malecón le ha quitado al Castillo del Morro el pergamino de símbolo de la ciudad. Sus puertas cerradas al acceso público durante décadas y su orgullo de promontorio, que desde este lado del foso de la bahía remeda una altura inconquistable, fueron enajenando al Morro de las entrañas habaneras. Aún conserva su petulancia militar, su apariencia de lugar esotérico, exclusivo. Y el Malecón, cada día, se introduce más en la democrática vecindad de la gente.

A partir de los primeros años del siglo XX, cuando los norteamericanos trazaron el muro entre el mar y la nueva Avenida del Golfo hasta la calle Belascoaín, el Malecón ha sido el jardín de concreto y asfalto donde la canícula se compadece de la ciudadanía nocturna echándoles algún palmetazo húmedo. Ha sido también la pista de los carnavales habaneros desde el primero de la república, en febrero de 1903. Y muro de lamentaciones, porque en algún momento nos hemos sentado ante el agua, azul o negra, a llorar una desgracia, una decepción. Y muro sobre el cual meditamos en nuestros ensueños, añoranzas, resoluciones. Y paseo de los deprimidos, de los que tienen una hora para perder andando sin meta fija. Y ha sido el único parque donde los enamorados pueden besarse –y algo más- dándole las espaldas a la curiosidad transeúnte.  

O se lleva el Malecón en el alma o La Habana es solo el dormitorio o el sitio de trabajo, nunca el lar de los dioses familiares que nos comprometen a cumplir un culto de pasión hacia el aire y las formas de la ciudad. Esa línea irregular y amurallada que, a poco a poco, fue creciendo hasta su longitud actual, se nos pega como un sello o un cuño en el sobre de correo. Encontrándose en Nueva York, un periodista amigo mío recibió una propuesta de deserción de cierta personera de la Fundación Cubano Americana. Y él, muy serenamente, para quitarse la pejiguera de aquella vendedora de falacias, respondió: me quedo si me traes un pedazo del Malecón y me lo pones aquí, en Manhattan.

En alguno de sus días, ese amigo se había puesto a contar estrellas en el Malecón. Unas veces, adherido a la oreja de su novia; otras,  escuchando el programa Nocturno de los años 60. Nunca, sin embargo, había intentado pescar. Como yo. Que no sé a quien se le ocurrió la idea. Y una noche, hacia las 10, dos o tres amigos nos echamos los cordeles al hombro. Y elegimos el saliente que se adentra en el agua frente al bronce de General Calixto García, en la calle G.

Las horas pasaron. Las estrellas se adormecieron en los primeros resplandores del amanecer. Y yo me fui sin siquiera una sardina que justificara la ausencia de casa. Inventé contar que el peje, grande, había roto la pita, pero me pareció tan común y cursi como cualquier cuento de esquina, y admití ante mi mujer que jamás yo sería un pescador, pero que había aprendido a ser un habanero genuino pasando una noche despierto mientras el mar le contaba al muro del Malecón la espuma de cinco siglos.   

DE CODOS EN EL PUENTE

DE CODOS EN EL PUENTE POR LUIS SEXTO


Mi primera impresión de Matanzas se engarzó con los puentes. De niño, viajero en una Flecha de Oro –la ruta de los pobres- procedente de Las Villas, se me reveló a la derecha la ventana azul del mar, atravesado en la desembocadura del San Juan por un cruce ferroviario, y a la izquierda la lejana silueta de las pasarelas de la calzada de San Luis. El niño miraba desde el paso de hierro del Calixto García. Nunca olvidé la visión. Y me ocurrió como a muchos, o a todos, cuando al transitar por la ciudad les perturba el discurrir de los 15 viaductos sobre los tres ríos que, en lógico rebautizo, debían de legitimarle a la ciudad el apelativo de la Venecia de Cuba, con las góndolas inmóviles de sus puentes.

Matanzas distrajo parte de su historia levantándoles puentes al Yumurí, el San Juan y el Canímar. Intentaba domesticarlos para unir los tres sectores en que la dividieron dos de esas corrientes que asumieron desahogos de rebeldía y que con sus cíclicas avenidas de furia arrastraban las ligaduras de madera o cantería sobre las cuales los vecinos de Versalles y Pueblo Nuevo se comunicaban con el centro de la villa o la ciudad.
Pero los puentes significan allí más que la recta o arqueada servidumbre que allana el camino. Esconden entre sus barandas y pretiles un valor de sensibilidad, cuyo trazo, medieval o moderno, preserva a Matanzas como una postal de caserío somnoliento, arrinconado contra el lomerío por el palmetazo del casi mar interior de su bahía.
Sobre ellos se han acodado todas las generaciones de matanceros. Unos a llorar sus desgracias de amor; otros a filtrar ante la abrupta silueta del paisaje el júbilo de vivir. Y todos, en cualesquiera de las noches de Matanzas han cantado con sus actos, como en un eco antañón, lo que versificó José Jacinto Milanés: “San Juan, ¡cuántas veces, parado en tu puente/ al rayo de luna que empieza a nacer, / y al soplo amoroso de brisas fugaces/ frescura he pedido que halaguen mi sien!”

Yo también, tres lustros después de mi descubrimiento infantil de la ciudad, estuve de codos en el puente. Durante un año trabajé allí, y por las noches solo tenía la alternativa, luego de estar leyendo una hora en la biblioteca Gener y Del Monte, de sentarme en un aburrible banco del parque de la Libertad a silbarle al sueño mis bostezos, o caminar hacia uno de los puentes a mirar el fluir del tiempo en las aguas negras. En una ocasión, acompañado de Enrique Pichardo, nos alumbró la idea de visitar a Agustín Acosta. Los poetas han compuesto otra de las gracias de Matanzas.
Acosta conservaba la fama de haber empezado a actualizar la poesía cubana en los primeros lustros del siglo XX. Su libro principal, La Zafra, le había adherido a su autor el título de poeta nacional. Había llevado al poema la tragedia primordial de la nación: las viejas carretas rechinan, rechinan, llevando el futuro de Cuba en las cañas, hacia el ingenio norteamericano.

El poeta, cordial con los visitantes, me recomendó, aprendiz yo entonces como ahora, que nunca escribiera ni improvisara versos después de comer. Me regaló, corregidas por él, las pruebas de imprenta de su último libro, Caminos de hierro, expresión de su decadencia, publicado en 1962. Durante la charla, su esposa, apreciablemente más joven, que lo empujará, según ciertos allegados del poeta a la emigración cuatro años más tarde* -a pesar de que el poeta había pedido a Dios en versos que “no me alejes de aquí”- entró en la sala. Una estatua de Apolo aleteaba sobre un pedestal en su cuadriga de fuego. Oh, a ustedes también les gusta la poesía, dijo la señora. Cuando nos retirábamos, Pichardo, hombre mayor, comentó su disgusto por ese saludo tan pobre de miramientos.

-¿Viste? El dios griego casi se cae de su carro al oírla- y trató de ocultar su sonrisa afilada bajo el cuello de la camisa, mientras la calle Descanso, contradiciendo su nombre, nos obligaba a caminar hacia la calzada de la Playa, para recalar otras vez en alguno de los puentes donde la ciudad se percata de la atmósfera líquida que la divide y la une en un adormecido tórax marino y rural.

(DEL LIBRO CRÓNICAS DEL PRIMER DÍA)


*1973

DOS POETAS EN EL BEISBOL

DOS POETAS EN EL BEISBOL
Por Luis Sexto

Confesé no se cuándo que no soy filósofo ni del béisbol. Y si quizás una cafetera mágica, me facilitara serlo, nunca me avendría a especular sobre la pelota. Ni siquiera a reportarla. Porque cuando ejercí como cronista deportivo al principio de mi ingreso en el periodismo, me negué a inmiscuirme en sus interioridades.

El argumento para defender mi resistencia a escribir de béisbol era sencillo, casi irracional. Aquí –alegaba yo- todo el mundo sabe de pelota; uno más sobra. Y de ese parapeto nadie pudo desplazarme. Y reconozco, en cambio, que me gusta, tanto que muchas tardes, en aquella época en que yo era soltero y descontrolado, del trabajo salía para el estadio. Jugar pelota, presenciar un juego, equivale a un acto de identidad cultural: un marbete de cubanía. Hasta Julián del Casal, melancólico, reconcentrado poeta, que vivía “en medio del cansancio de mis días”, en una fobia de entretenimientos mundanos, escribió sobre béisbol. Al menos comentó un libro de crónica beisbolera, en el periódico La Discusión, en 1889.

El volumen, más bien un folleto, portaba el nombre de Wenceslao Gálvez y exhibía las uñas largas y afiladas de este autor provisto de jocoso, irónico ademán, que además jugó como short stop del club Almendares y ganó la corona de bateo en la campaña 1885-1886. De El baseball en Cuba Casal aseguró que resaltaba por lo “sencillo, empapado de sana alegría y escrito al correr de la pluma”;“muy bien presentado en párrafos sencillos, desnudo de galas retóricas y salpicado de chistes originales”.

Por “Wen” Gálvez sabemos que el béisbol fue un flautista de Hamelin: con el swing del bate arrastró a los estudiantes, que escapaban de las aulas para jugarlos, dispersó por la atmósfera de calles y cafés nuevos nubarrones de polémica, y
en la glorieta del Almendares Park apiñó centenares de gritos que, según los historiadores más exagerados, podían inquietar a la entonces guarnición española del Castillo del Morro.

El baseball en Cuba compone un documento primordial para conocer, entre otros aspectos de su historia, el revuelo y el revolico que la pelota armó en La Habana durante las tres últimas décadas del siglo XIX. Pero no es el único texto con tales páginas de sucesos. Es decir, si las polillas convocaran un banquete con los ejemplares disponibles del libro de Gálvez, quedaría otra obra que, con síntesis y gracejo, aportaría elementos suficientes para siluetear ese lío de masas suscitado por la pelota.

Se trata de un poema. Y el autor, un poeta de menor rango que el modernista Casal, pero culto y reconocido por sus dos volúmenes intitulados Versos y Punto y final. Se llamaba Mariano Ramiro, andaluz criado en Cuba, de oficio tipógrafo, a quien sus contemporáneos respetaban, en particular, por su honradez. Escribió el poema en doce décimas, y lo nombró: El baseball, jerigonza bilingüe. Al parecer no tuvo otra intención que retratar festiva y satíricamente al nuevo deporte, procedente de los Estados Unidos, y fustigar a quienes se apegaban demasiado a los usos norteamericanos.

Reproduzco, dentro de mi estrechez espacial, algunos versos. “Tiene la gente devota/ del bullicio y la alegría,/ por la pelota manía/ y no suelta la pelota./ Suda el quilo gota a gota/ por beisbolero interés,/ y conozco a más de tres/ que llevan su frenesí/ hasta no entender el sí/ como no le digan yes.”
Y termino. “Muchas lindas habaneras/ sienten del juego el contagio/ y hacen amoroso plagio/ de las luchas peloteras./ Al que en frases plañideras/ les declara su pasión/ y quieren meterse en jom/ sin sacramental detalle,/ lo ponen out en la calle,/ y mamá le da el scon. (Del libro Crónicas del primer día)


SE BUSCA UNA POETISA

SE BUSCA UNA POETISA

 Por Luis Sexto

 

Hace varios años regresé de República Dominicana embebido en un litigio de índole patriótica. Había ido allí en mi primer viaje a La Española, para escribir sobre los lugares en que permanecen los olores históricos de Martí y Gómez. Y tanto me atrajo el paisaje que de vuelta a mi campiña, intenté convencerme que el entorno natural de Cuba era el más agraciado por la varita del esplendor.

En cualquier sitio por donde pasara, sometía a careo los verdes de Cuba con las líneas montuosas del sur de Barahona, cerca de la frontera haitiana, o con el valle de la Vega Real, en el Cibao. A los pocos días interrumpí el cotejo, y determiné que ambas islas, ligadas por la historia y la solidaridad, también se juntaban en la virtud arcádica del paisaje. Por lo tanto, el pleito que se debatía en mi interior resultaba pueril, inútil. Muchos años antes, quizás en 1960 ó en 1959, al regreso de una excursión escolar a San Miguel de los Baños, nos detuvimos en el puente de Bacunayagua, inaugurado ese mismo día. Y uno de mis profesores,  Teófilo Castillo, dominicano de nacimiento y ciudadanía, comentó un tanto para provocarme: en mi país los hay más altos y hermosos. Y riposté embanderando la preeminencia de lo mío sobre lo extranjero –lema entonces de beligerante y recién estrenada pasión nacional-, con lo cual abrí ese conflicto poco cuerdo y un tanto injusto que me duró hasta hace poco.

Cuerda y justa fue, por el contrario, la polémica que el médico norteamericano John G. Wurdemann sostuvo desde su libro Notas sobre Cuba, escrito a mediados de los  años de 1800. Luego de contar su visita a haciendas cafetaleras de Limonar, Wurdemann revela que en el cafetal de San Patricio una poetisa, conocida como María de Occidente, compuso Zophiel, “el más imaginativo de los poemas ingleses”, durante cierta estancia en esa zona de la jurisdicción de Matanzas. Un crítico, compatriota de la autora, dudaba de que tal obra hubiera podido escribirse en una plantación cubana. Y Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes ideadas por la poetisa. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.”

Y no exageraba. La naturaleza paradisíaca de Cuba conmovió primeramente a los criollos. Por el paisaje, según Cintio Vitier, lo cubano se trasvasó a la poesía en la prefiguración de la nacionalidad. Y los extranjeros tampoco se resistieron a aquilatar los valores edénicos del paisaje de la Perla de las Antilla, y nos legaron con sus impresiones una experiencia ilustrativa, aleccionadora. Porque uno, recortado hoy por la costumbre, a veces juzga más exactamente lo propio mediante los cristales ajenos. Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó a la Isla cuatro veces. En una página de su diario de viaje estampó esta observación: “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, (...) que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.”  Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...”

Podríamos reproducir centenares de citas emparentadas en el tono y el contenido. Desde 1493 hasta 1949, sobre Cuba se escribieron, general o parcialmente, unos 630 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950.  Se conocen por ediciones recientes, entre otras obras, las cartas de Abiel Abbot, las de Fredrica Bremer, y las notas de Walter Goodman, Jacinto Salas, La Condesa de Merlín, y las de Wurdemann.

Este último  ha inspirado al escritor matancero Luis Espino y a mi a investigar. ¿Quién fue María de Occidente? ¿Cuándo pasó por Limonar? ¿Qué dice su poema, reputado de “más imaginativo” entre los poemas ingleses por el propio Wurdemann? Estas preguntas, al menos de mi parte, aún esperan respuestas. Expertos de la literatura inglesa en Cuba,  confesaron al consultarles que acababan de enterarse del acontecimiento y de la existencia del poema. Y pongo aquí, pues, el cartel típico del Viejo Oeste norteamericano: Se busca una poetisa. Mil... gracias por su captura. (Del libro Crónicas del primer día)

   

LA SEÑORA DEL FARO

LA SEÑORA DEL FARO

Por Luis Sexto

  Las precarias circunstancias en que conocí a Victoria Denis Giraldez, no impidieron que hallara el punto muerto de su ternura.  Llegamos a ella navegando  con cara de asiáticos postizos, porque el sol, y el mar que le servía de espejo, nos achicaban los ojos en una especie de oblicuo acatamiento del rebrillar del mediodía. El viaje, por suerte, era corto, y a los 25 minutos la tierra se acercó al silbato.

El barco fondeó entre dos islotes. Un kilómetro a estribor, hacia el norte, emergía cayo Mégano, diminuto como un estuche, con sus arenas como de cal y forrado de pinares. Desde la banda contraria divisábamos al otro. Distante unos 500 metros mostraba sobre la línea de la costa el cono esquelético  y metálico de un faro pintado de amarillo y blanco. 

Era Cayo Jutías. 

Desembarcaríamos allí cuando el bote que sacaba arena del fondo, tocara las costaneras del remolcador y nos trasladara hacia la orilla. La ansiedad apresuraba los deseos de mojarme los zapatos en el playazo. Tenía hambre. Pero el escozor estomacal azuzado por el aire salitroso no era la causa de mi excitación, sino esa mujer. En el trayecto desde el puerto de Santa Lucía –cuya planta de sulfometales humeaba en la distancia-  yo me dirigía las preguntas normales de un reportero que marchaba hacia un personaje insólito.  Victoria Denis Giraldo era entonces la torrera. Más de diez años antes se había empotrado allí como jefa de la luz en un tramo principal del tráfico marítimo hacia el sur de las Américas. Los lamparazos del Cayo trazan las líneas en los mapas de navegación de docenas de naves que, luego de pasar el faro de Gobernadora, buscan el de Jutías, y después el del Cabo de San Antonio frente al Estrecho de Yucatán.

En qué la habrán convertido la soledad, el silencio, la tensión de sus responsabilidades. ¿Será tímida, delicada; acaso recia, amarga? Me preguntaba y me respondía imaginando figuras arbitrarias, innombrables. Más tarde sabría que una persona nunca encaja en una sola visión. Más bien compone cuadros  donde pueden convivir, alternándose, la fortaleza y la acidez, la timidez y la delicadeza.

En el minuto de nuestro encuentro Victoria se mostró amarga, descortés. El día anterior la electricidad solo le alcanzó para abastecer el faro, y aun no habían venido a reparar el cargador de las baterías. Entonces el cayo permanecía aislado, todavía sin la brevedad de una carretera sobre el mar como hoy.  Ella, así, esperaba electricistas. Porque la desesperaba la certeza de que pasaría otra noche sin los colores del televisor, consolándose del despojo  con el columpio sonoro del mar y el zumbido de algún mosquito infiltrado por los desgarrones de las mallas de puertas y ventanas.

-¿Periodistas? ¿Para qué necesito yo periodistas? –cortó la conversación y regresó a su casa.

Victoria no comenzó en el Cayo como señora del faro. Fue, primeramente, la esposa del torrero. Llegó allí siguiendo a su segundo marido, a quien habían nombrado responsable de aquella luminaria cuya construcción empezó en 1902 y terminó ocho años más tarde. Venían del Cabo de San Antonio donde ella había nacido en 1933.  La vida en Jutías, pues, no se le presentaba como un castigo. La soledad y el asilamiento la acompañaban habitualmente. A los 13 años pareció que podía desprenderse del sino en que se le mezclaban el mar desierto y la tierra arisca. Viajó  a La Habana.  Se casó en 1951. Pero el hombre empezó a beber  aguardiente, y regresaba al hogar trastabilleante,  colérico. Y rompía alguna pieza del ajuar precario de los obreros.

Si el problema es de romper –decidió Victoria- yo rompo esta pareja tan dispareja. Y retornó, con sus tres hijos, al intrincado y olvidado Cabo de San Antonio.

-Allí vivía papá. Solo.

Después pasaron nueve años en Cayo Jutías, contando diariamente los 173 escalones del caracol del  faro. Una mañana,  su esposo navegó definitivamente  hacia Santa Lucía. Iba tras una nueva mujer. O escapaba de la uniformidad del paisaje, la igualdad del tiempo. Lo conocí una década más tarde en el faro de Carapachibey, en la Isla de la Juventud. Supe, por él, que Victoria se había jubilado. Tras la partida irremisible del hombre, el radioteléfono trajo la decisión: había sido nombrada torrera.

La evidencia de que no permitiría una entrevista,  avivó más mi interés. Y le dije a Aramís Ferrera, el fotógrafo: es una mujer de carácter. Él, inquieto por la hora, replicó: eso es lo malo, porque no nos invitará a almorzar. La seguimos.  Y quince minutos después, Victoria cortaba en ruedas varios aguajíes,  sanos, sí, porque los había pescado ella y ella sabía cuál podía enfermar de ciguatera. Yo había penetrado en la casa y me había percatado de que, dentro,  no influía lo agreste del Cayo. Victoria mantenía el chalet como si a cada momento  fuera a tocar a la puerta un visitante desconocido o una vecina chismosa.  Predominaba el gusto de la mujer que, sin lujos, adecenta su habitación para vivir en la limpieza y la luz. Uno lo percibía en los cojines de las butacas, el forro que protegía el televisor, el mantel...  La elogié en voz alta.

Su rostro, hasta ese instante en fase severa, adquirió poco a poco matices de dulcedumbre. Y una sonrisa, que anunciaba hospitalidad, aceptación,  firmó finalmente  un gesto de gratitud hacia mis encomios. Y al encender las hornillas de gas para hervir boniatos y freír las ruedas generosamente anchas, empezó a evocar su historia. Le advertí que no le había solicitado autorización a sus jefes para entrevistarla. Tendrá usted que llamar a La Habana.  A nadie pido permiso para hablar de mí, replicó mientras el olor del pescado, convertido en emisario, pregonaba mi triunfo.   

Aramís, cuya eminente barriga dudada de mi eficacia, entró para almorzar aguají. El cerdo del mar, dijo con la boca llena. 

(Victoria Denis falleció hace unos cinco años; la visité en 1990)   

UN TECLAZO OCURRENTE

UN TECLAZO OCURRENTE
Por Luis Sexto

Fallecido repentinamente el pasado primero de julio, creo bueno reproducir esta crónica en homenaje a mi amigo Guillermo Cabrera 
Metiche, fisgón, entrometido, o cualquiera de sus afines funestos, son méritos a los que no aspiro, aunque ahora me introduzca en los lagrimales de un colaborador de JR. Y tengo derecho. Las incidencias de la sección Tecla ocurrente me atañen por una razón circunstancial. Si ella aparece los jueves en la página tres de este diario, al otro día, viernes, yo ocupo el mismo espacio de modo que la dicha o la pena casi me tocan por sucesión reglamentaria. 
Y si esa figura de contigüidad espacial y temporal no me aprueba la intrusión en los textos ajenos, me acojo a la ley de la amistad. Guillermo Cabrera, el autor de la Tecla, es mi amigo o yo soy amigo de Guillermo Cabrera, que es lo mismo sin que por eso seamos iguales en nuestros accidentes físicos. Porque él es menos feo, y en mi cabeza todavía algún pelo de bobo invita al peine a andar con cautela. Somos iguales -de manera encarnizada- en que sabemos ubicar el corazón en lo más alto, como quería el poeta Félix Pita Rodríguez. Y lo aseguro por él. Y también por mí, pese a que me trato con demasiada condescendencia. Pero qué puede hacer uno a falta de abuelas... 
Escribo esto, que parece tejer y destejer un enigma, porque Guillermo me obsequió su último libro, Regalo de Jueves, compaginado con una selección de su columna. Me alegro por la existencia del libro. Y me alegro por la dedicatoria que El Flaco me estampó hasta dolerme de emoción. No la voy a citar. El elogio, como sabemos, admite solo ciertos tonos, y el rojo intenso, el de la vergüenza, no es reproducible. ¿Y qué esperan mis lectores que opine del libro? En realidad el libro es la columna del jueves, y la columna es Guillermo. ¿Alguien ha reparado en la cruz del columnista; alguien compadece a quien, semana a semana, año a año, llena un espacio periódico sin desdecirse, sin cansarse, asumiendo sus aciertos con modestia y también con modestias sus pifias, las inevitables y eventuales bagatelas hincadas por la angustia del cierre?  
A mi me ha tocado saberlo. Como Guillermo. Y en ello también nos asemejábamos; hemos elegido el columnismo, es decir, el espacio personalizado –en primera persona-, en medio de una  tradición, ciertos usos y ciertas normas que votan con los diez dedos por el nosotros como el pronombre moral y político para el ejercicio del criterio, y denigran al yo, cuya evidencia reputan de culto al ombligo, o de estragada vanidad.  De lo dicho, hay que inferir que Guillermo Cabrera tiene el mérito del columnismo –y JR también-, y sobre todo la gracia del columnismo popular, sensible. Ha sabido establecer una relación, una corriente de confianza entre el autor y sus lectores. Y tanto fluye que en ciertos jueves parece que el periodista se va de vacaciones y deja la palabra a cualquiera de cuantos lo leen. La Tecla ocurrente -como Acuse de recibo, aunque esta se amarre a otra cuerda- confirma que la gente necesita expresarse en público, saber que alguien puede escucharla. Y urge la gente también de que le hablen de amor, de sentimientos, de esperanzas; del beso que fue y del que no llego a humedecerse. De ello, en enhorabuena habla el autor de Tecla ocurrente. Espero no haber abusado de la confianza de mi amigo.
Nos conocimos en 1966 en la casa de los escritores Xosé Neira Vilas, gallego y cubano a la vez, y Anisia Miranda, su esposa. Aún recuerdo lo que El Guille habló aquella noche. Él no puede evocar unas frases suyas, de hace tanto tiempo, con tantos años y palabras de pared y cortina. Tampoco recuerda lo único que puse en aquella tertulia apretada en la mutua admiración por Neira y Anisia: el silencio. Y es júbilo de mi corazón que aquel joven locuaz, atinado, férvido enamorado de las letras, haya sido más tarde mi amigo. Y me alegra serle útil. Porque ustedes ignoran que él me obliga a leer la Tecla la noche antes. Cujeado en el oficio, y sabedor por ello de lo movedizo de las letras, quizás tema carecer de lectores, y me remite por correo electrónico su columna, como copia del envío al director de JR. Y yo, ante la cañona, cedo. Y así Guillermo sale al ruedo del jueves, con una banderilla a su favor: un lector como mínimo. 
Pensándolo bien, el que abusa de mi confianza es él.       

GABRIEL FIGUEROA: UN OJO DIFERENTE

GABRIEL FIGUEROA: UN OJO DIFERENTE Por Luis Sexto

Nacido en 1908, el mexicano Gabriel Figueroa murió evidentemente  viejo en 1997. Su nombre ya solo aparecía en las referencias de los diccionarios enciclopédicos. Lo conocí, sin embargo, un tanto activo en 1986. La Retrospectiva del Cine Latinoamericano de Toronto, celebrada ese año, lo invitó como uno de los pioneros, entre cuyos méritos sobresalía haber ganado el premio a la mejor fotografía en el Festival de Venecia, en 1938, con Allá en el Rancho Grande, de Fernando de Fuentes.

De aquella experiencia encontré recientemente, en el revoltijo de mi archivo, una entrevista con Figueroa. Y el hallazgo me obligó a volver, viajero en eso que solemos llamar evocación, al vestíbulo del hotel Park Plaza. Aquel día, al reconocerlo, decidí aproximarme a él en un impulso de las urgencias del periodista. Y entre las seis cuartillas del día siguiente, trasmití para La Habana mi conversación con el director de fotografía de varias películas de Emilio “Indio” Fernández y Luis Buñuel.

Entonces Figueroa me pareció tan viejo como el cine. Era solo veinte años más joven que el invento de los hermanos Lumiere. Entre sus películas, bajo el megáfono del “Indio”, se recordaban María Candelaria, Los abandonados, La malquerida, cuya fotografía acentuaba con cierto desgarramiento el desamparo del mexicano humilde, dentro de la intención populista e indigenista de “Indio Fernández. También Los fugitivos, dirigida por John Ford. Su obra le daba sombra suficiente para echarse bajo un árbol y esperar las ofrendas del caminante. Y mínimo, enteco, gastado, su anatomía recomendaba el descanso. Su beligerancia creadora, sin embargo, condenaba los criterios sobre la vejez a los archivos del mito. Preparaba un filme con María Félix, cuya realización no sé si se disolvió en un amago invernal. Y hacía tres años que había rodado El volcán con Houston, otro octogenario renuente a los diagnósticos.

La entrevista fue rápida. Como una pelea de boxeo. Un golpe de ida y otro de vuelta. 

Y comenzó cuando lo apresuré con un pie forzado.¿Cómo valora hoy a Emilio Indio Fernández? “Como un hombre sensible e intuitivo. Son sus virtudes principales. Poseía, además, una excepcional visión cinematográfica y un oído musical envidiable.” ¿Buñuel? “Detestaba la fotografía. Hice siete películas con él. Pero su base surrealista lo obligaba a no interesarse en la composición fotográfica. Era, en cambio, muy preciso y organizado en el rodaje.” ¿Y Houston? Exigente. Va directo al interior de los actores para sacarles el lenguaje, la expresión más ajustada.” ¿Cuál es, para usted, la función primordial del fotógrafo en un filme? “Interpretar el pensamiento de quien ha concebido la película.” ¿Será por ello que habitualmente aparecen en un plano inferior desde el punto de visita publicitario? “No sé... En mi caso se ha dicho que no se sabe dónde termina la dirección y comienza la fotografía. Yo siempre interpreto exactamente los propósitos de una película. Pero, en mis triunfos, también influye mi punto de vista. Y es diferente. Pretendo siempre lo original.” ¿Quién se lo aconsejó? Diego Rivera. Me advertía: Primero, Gabriel, es la academia, y luego rompe con ella según tu pensamiento. En una frase: aprende la técnica y luego olvídala.”