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PATRIA Y HUMANIDAD

Papá Noel

 

El viejecito de ropas rojas y barba blanca que vemos en vísperas de Navidad en los shoppings de todo el mundo, se ha convertido en ícono cultural de la sociedad de consumo del tercer milenio. El sonriente personaje, que encanta a los niños, fue forjado a lo largo de los últimos diecisiete siglos, basado en la historia de un obispo que vivió en el siglo IV.

La ciudad de Mira, en el antiguo reino de Licia, actual territorio de Turquía, tuvo un prelado llamado Nicolás, célebre por la generosidad que mostró con los niños y con los pobres, y que fue perseguido y encarcelado por el emperador Diocleciano. Con la llegada de Constantino al trono de Bizancio ─ciudad que con él se llamó Constantinopla─, Nicolás quedó en libertad y pudo participar en el Concilio de Nicea (325). A su muerte fue canonizado por la Iglesia católica con el nombre de San Nicolás.

Surgieron entonces innúmeras leyendas sobre milagros realizados por el santo en beneficio de los pobres y de los desamparados. Durante los primeros siglos después de su muerte, San Nicolás se tornó patrono de Rusia y de Grecia, así como de incontables sociedades benéficas y, también, de los niños, de las jóvenes solteras, de los marineros, de los mercaderes y de los prestamistas.

Ya desde el siglo VI se habían venido erigiendo numerosas iglesias dedicadas al santo, pero esta tendencia quedó interrumpida con la Reforma, cuando el culto a San Nicolás desapareció de toda la Europa protestante, excepto de Holanda, donde se lo llamaba Sinterklaas (una forma de San Nicolás en neerlandés).

En Holanda la leyenda de Sinterklaas se fusionó con antiguas historias nórdicas sobre un mítico mago que andaba en un trineo tirado por renos, que premiaba con regalos a los niños buenos y castigaba a los que se portaban mal.

En el siglo XI, mercaderes italianos que pasaban por Mira robaron reliquias de San Nicolás y las llevaron a Bari, con lo que esa ciudad italiana, donde el santo nunca había puesto los pies, se convirtió en centro de devoción y peregrinaje, al punto que hoy es conocido como San Nicolás de Bari.

En el siglo XVII, emigrantes holandeses llevaron la tradición de Sinterklaas a los Estados Unidos, cuyos habitantes anglófonos adaptaron el nombre a Santa Claus, que les resultaba más fácil de pronunciar, y crearon una nueva leyenda, que acabó de cristalizar en el siglo XIX, sobre un anciano alegre y bonachón que en Navidad recorría el mundo en su trineo, distribuyendo regalos.

En los Estados Unidos, Santa Claus se convirtió rápidamente en símbolo de la Navidad, en estímulo de las fantasías infantiles y, sobre todo, en ícono del comercio de regalos navideños, que anualmente moviliza miles de millones de dólares.

Esta tradición no demoró en cruzar nuevamente el Atlántico, ahora remozada, y en extenderse hacia varios países europeos, en algunos de los cuales Santa Claus cambió de nombre. En el Reino Unido se le llamó Father Christmas (papá Navidad); en Francia fue traducido a Père Noël (con el mismo significado), nombre del cual los españoles tradujeron sólo la mitad, para adoptar Papá Noel, que se extendió rápidamente a la América Latina.

 


Estos textos ha sido extraídos de los libros La fascinante historia de las palabras y Nuevas fascinantes historias de las palabras.

 

Ver otra palabra: universo

 

HUMBERTO ARENAL: PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

HUMBERTO ARENAL: PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

El Premio Nacional de Literatura en este 2007 lo mereció Humberto Arenal (1926). El narrador, dramaturgo, periodista y poeta mereció el lauro por la riqueza y diversidad de su obra y el peso que ella tiene en la literatura nacional cubana, a juicio unánime del jurado presidido por Leonardo Acosta, Premio Nacional de Literatura 2006, e integrado por María Elena Llana, Julio Travieso, Guillermo Rodríguez Rivera, Alex Pausides, Roberto Méndez y Alberto Guerra, quienes emitieron su fallo ayer en el Centro cultural Dulce María Loynaz.

El Premio Nacional de Literatura 2007 será otorgado oficialmente a Humberto Arenal el 14 de febrero del 2008, en la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana.

 

RESPONDIENDO UNA PREGUNTA

RESPONDIENDO UNA PREGUNTA

Por Luis Sexto

Qué es lo que hay que cambiar, me ha preguntado un lector al enviarme su inconformidad por mi nota anterior en la sección Coloquiando en Juventud Rebelde. Debo reconocerle la expresión franca y, sobre todo, respetuosa. Se quedó sin entender, dice. Pero de los ocho mensajes electrónicos que entraron en mi bandeja, siete acusaban haber comprendido perfectamente; incluso, uno me mostraba su inquietud porque, alegaba, yo estaba jugando con “gasolina y fósforos”.

Desde luego, quien escribe para el público, del público debe de esperar diversidad en la comprensión del texto y en su evaluación de lo escrito. El lector suele completar cuanto lee, o exigir al autor por lo que le faltó. Uno ha aprendido a reconocer ese derecho en quienes se acercan a  las letras ajenas. Esa relación me la definió en una entrevista, a su modo ingenioso y urticante, el escritor Gustavo Eguren: Cuando escribo y publico hago un acto de agresión, es lógico, por tanto, que ciertos lectores respondan…

Quisiera pensar que mi lector inconforme –cuyo nombre callo porque no le he consultado- sí comprendió cuanto dije o quise decir, aunque me estaba exigiendo mayor precisión. Tal vez quería ver en el periódico todo cuanto él pulsa en su vivir y saber. No me justifico. La posición del periodista es muy incómoda y uno ha de conciliar muchos intereses y mantener una forma responsable.

Usted me pregunta qué hay que cambiar, y me parece que la decisión de establecer lo que necesita “cambiar” compete, en particular, a las autoridades políticas; a mi opinión tal vez le corresponda repetir lo que dije en mi nota anterior y he venido sosteniendo. Hemos de cambiar nuestra percepción de la política: subordinar las consignas y las palabras a los actos. Comprender, de manera general, que los mejores argumentos para defender nuestra sociedad del peligro de sucumbir, son las acciones que propician el progreso y la solución creadora de los problemas que limitan el bienestar.

¿Me pregunta usted qué cambiar? Lo que ya dije: cambiar el enfoque burocrático, rígido, autoritario de la política y la economía. Desterrar la visión autocomplaciente; adecuar los deseos a las realidades; convencernos de que detenerse, es decir, dejarlo todo como está por temor a perderlo todo, es un modo de empezar a perderlo… todo. Oh, la vida da cada lecciones. Y están ahí: cercanas en la historia; culpable de ceguera es quien no las quiera ver…

Me pregunta usted qué cambiar. ¿Y por qué me lo pregunta? ¿Acaso no vemos la urgencia de que el trabajo readquiera entre nosotros el valor de estimular a todos y no a un grupo de trabajadores de vanguardia? ¿Acaso no necesitamos que la crítica sustituya un tanto los aplausos, esto es, aplaudir lo que lo merece y enjuiciar democráticamente lo que nos perjudica? ¿Acaso no hemos de hallar la organización económica que impida que nuestros campos se escondan tras las yerbas malas y que unos pocos  hombres desde las oficinas digan a los muchos del surco qué hacer y cómo hacer? ¿No nos parece que las estructuras de “ordeno y mando” ya demostraron su incapacidad para dirigir a las personas en la política y la economía, y para convertirlas realmente en dueñas de la propiedad social?

Hemos de cambiar, en fin, cuanto haga vulnerable la independencia del país y limite la justicia y la libertad conquistadas por la Revolución. No es poco. Y yo no soy original al decirlo. Como tampoco lo soy al repetir que todavía algunos piensan que todo está bien, que nada tiene que moverse, porque si se mueve se quiebra su comodidad de actuar y decidir sin rendir cuentas… Ahora bien, esa es una posición que no tiene nombres: se escurre entre las apariencias y se  ha aposentado en butacas confortables, en vidas apacibles. A lo mejor usted los tiene al lado.

Y se me acabó el espacio. Lo demás, como dije el viernes pasado, póngalo usted… (Publicado en Juventud Rebelde, 14 de diciembre de 2007)

 

EINSTEIN: COLUMNISTA INVITADO

Por Narciso Isa Conde 

Ahora que se habla tanto de la necesidad de un nuevo socialismo y se analiza críticamente el modelo estatista-burocrático que fracasó, me parece oportuno traer a esta columna las ideas del gran científico alemán, autor de la teoría de la relatividad y descubridor de la energía atómica, sobre este trascendente tema. 

Esta ideas de Eistein han sido fría y cuidadosamente ocultada por la dictadura mediática del gran capital y prueban no solo que esta eminencia del saber científico fue un critico agudo del capitalismo y partidario del socialismo, sino que desde su origen existieron escuelas y maneras de pensar el marxismo muy distinta a sus versiones dogmáticas stalinarias, semi-stalinarias o de otras matrices, desgraciadamente discriminada y marginalizada por el seudo marxismo oficia, por los políticos de Estado a nombre del socialismo. Pongámosle atención a Einstein quien en los años cincuenta del pasado siglo nos habló de la siguiente manera: 

“La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo —no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas…”“En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré «trabajadores» a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es «libre», lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura…. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación)… y así es muy difícil para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.

“…. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un «ejército de parados». El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a esa amputación de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.” “Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.” “Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.” 

“Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?” (Albert Einstein.- Fragmentos de “¿Por qué Socialismo?” tomado de “Introducción al Pensamiento Socialista.- El socialismo como ética revolucionaria y teoría de la rebelión”.- Néstor Kohan, Ocean Sur. 2007)

 

100 AÑOS DE UN GRAN HOMBRE

100 AÑOS DE UN GRAN HOMBRE

Oscar Niemeyer nació el 15 de diciembre de 1907. Cumplió ayer, pues, 100 años. Evidentemente su genio plástico ha levantado una obra arquitectónica que signa el siglo XX con el carisma de los anticipadores. Hemos de hacer notar una de sus peculiaridades: cuando cumplen aniversarios de nacidos muchos de cuantos nacieron con él en aquel mundo que empezaba a romper los límites del XIX, Niemeyer confirma, con su vitalidad actual y actuante, que su larga vida parece ser la otra obra magna que edificó con el trabajo y la virtud. 

Brasil ha de vibrar hoy de júbilo.América Latina también. Oscar Niemeyer ilustra cuánto de creador pervive en estas tierras que José Martí, otro genio latinoamericano, llamó Nuestra América. Arquitecto renovador. Artista del hormigón. Hombre de inquietudes políticas y sociales,ha sufrido persecución, cárcel, exilio por sus ideas y sus acciones a favor de los pobres. Y quien sufre por lo que cree y defiende, merece respeto. Quien trabaja por el Hombre, gratitud.  

El 2008 será en Brasil el año de Oscar Niemeyer. Día a día el gran arquitecto, al acudir a su oficina para leer la prensa y su correspondencia, podrá percibir que “ha cumplido bien la obra de la vida”.

Cuba posee el privilegio de que el genio de Niemeyer diseñara la embajada de Brasil en La Habana. 

 

OPINIONES LARGAS Y CORTAS

OPINIONES LARGAS Y CORTAS

 Por Luis Sexto

La doble moral es, a mi parecer, el problema ético más grave de la sociedad cubana. ¿Sabemos en verdad qué es la doble moral? Al menos sé que no se trata de una moral de uso y otra de repuesto, como una muda de ropa. Más bien hablamos de la que adopta dos –o más- caras, dos visiones, dos criterios, dos conductas ante la gente y las cosas. Una actitud y un actuar poliédricos…

A veces la remitimos exclusivamente a la vida familiar: a la infidelidad. El varón con dos mujeres, dos casas. Todo doble. Pero eso no es cuanto se puede aportar en la definición de la doble moral. Su alcance atañe a la salud política, social, cultural, ética de la sociedad. Hace mucho que estamos en contra, al menos con las palabras, de que alguno diga sí pensando que es no. Que estime de bueno esto o aquello, y luego, en otro sitio, diga que es malo. O salgamos de donde hemos aplaudido y en los pasillos empecemos a destilar la inconformidad…

Así de tortuosa, irreverente, clandestina resulta la doble moral.  Unos 20 años atrás, pregunté a un especialista su parecer sobre el teatro cubano de entonces. Publiqué su opinión, tan elogiosa que percutía los tambores del triunfalismo. Días más tarde, ese mismo experto, en una reunión que no era para publicar, dijo todo lo contrario. Le exigí cuentas. Mi periódico había hecho el ridículo. Me dijo muy orondamente que el tenía dos opiniones: una corta y otra larga. Y me había respondido con la larga. Es decir, la publicable. La sin conflicto.

Ya no vale la pena juzgar a ese compañero, muy competente y ya difunto. Lo básico es reflexionar de modo que lleguemos a saber porqué una persona inteligente, preparada, prestigiosa, teme repetir en público lo que dice en un ámbito escueto con toda certeza y justicia. No conviene ponerse a tirar cañonazos contra los que obran de esa manera, sin intentar explicarnos las causas de la llamada doble moral. Bombardear el efecto sin apuntar la razón última -o penúltima, que a más no puedo aspirar en este breve espacio-, equivaldría al ejemplo del perro que quiere morderse la cola…

¿Uno practica acaso la doble moral, porque es perverso? Podría ser. Pero lo que si no parece ser es que muchos seamos perversos y finjamos por el gusto de fingir. Me niego a aceptarlo. A mi entender, la sociedad ejerce determinada presión para que, en términos generales, florezca la doble moral: el pensar una cosa y obrar como si se pensara otra; exigir de los demás que actúen de una manera y luego actuar de manera opuesta. De ahí, de ese enconchamiento, de ese proteger lo más interior de uno, proviene esa otra manifestación que llamamos unanimidad. ¿Alguien en contra? Nadie. Qué raro.

Así sucede en ciertas asambleas laborales, sindicales y de otra especie. Uno calla lo que podría servir como un nuevo enfoque, algo distinto a cuanto se está diciendo o creyendo, pues, quizá, si expresara su parecer, saltaría alguno de la masa o de la mesa como si fuese a… comérselo. Sí. Esa es la palabra, aunque parezca impropia. Lo he visto con frecuencia en mi ya añoso quehacer periodístico. Y cuantos arremeten contra “el hereje” creen que el mundo, el nuestro, se despedaza si un prójimo expone un criterio contrario al mío o al nuestro. Vaya. La intolerancia, en su tuétano, expresa el miedo a no saber defender las ideas que uno sostiene. ¿Y de verdad las sostenemos si somos incapaces de defenderlas racional y civilizadamente?

Claro, el que práctica la doble moral no es inocente. Ni totalmente víctima. Cómo mínimo yerra por pusilánime. Y sin ánimo de pose magistral, deduzco que la doble moral y su derivado la unanimidad –tan ligadas, por la otra cara, al oportunismo- dañan a la sociedad cubana. ¿Cómo sabremos que el que dice estar hoy con nosotros, mañana no estará en la posición contraria? No todo el que dice compañero, lo es. Pero hay que llamar a todos compañeros y dejar que, en efecto, este o aquel lo sean o no lo sean, con franqueza y libertad. (Publicado en Juventud Rebelde)   

POESÍA BAJO CONSIGNA

POESÍA BAJO CONSIGNA

Por Luis Sexto

 Uno va muriendo poco a poco. Lo aseguran filósofos, biólogos, químicos, físicos. Y cuando lo digo yo, que nada soy, no pienso en la muerte paulatina arrastrada por el envejecimiento. Me refiero a que al perder un afecto queda trunca la parte del corazón que el difunto ocupó. Uno, pues, también está compuesto de cadáveres afectivos. Y el 19 de octubre de 1991 se me adjuntó Félix Pita Rodríguez. 

 Después de dejarlo solo en su tumba volví a releer Las crónicas. Fue el primer libro de poemas que leí completamente; discurría yo por el tránsito dichoso y sin carné de los l6 años. Desde entonces Félix fue para mí una presencia imprescindible como el primer maestro o el primer amor.  Lo reduzco, a pesar de mis intenciones, si prosigo ciñéndolo a los valores que le atribuí mientras sus libros operaban en mi conciencia de aprendiz y su amistad vigorizaba mi vocación de escritor. Félix ejerció también una presencia insoslayable en la conciencia de la nación. Sólo ocurre con los escritores que trascienden las cercas del individuo y se amasan con los dolores, las aspiraciones, la historia de su pueblo. Y de voz personal, se transforman en sonido, voz, lengua patria.   

Con Las crónicas: poesía bajo consigna, Félix Pita Rodríguez olvidó sus deudas formales con el vanguardismo y el surrealismo, y se insertó en una poética cuyo compromiso con la revolución pasó del espíritu a la letra. Nunca como en ese momento de 1961, obra y hombre se soldaron en una irradiación unánime. El joyero de versos engastados con cinceles que esterilizaba en los vapores del lujo verbal,  renuncia a  comprar una parcela en los terrenos de la posteridad y se abstiene de levantar “un edifico de nieblas, / construido utilizando materiales del sueño, / sombras del subconsciente, / ni purezas definitivamente puras”.

Félix comenzó enamorado del Hombre; quiso interpretarlo en su porción invisible, en esos resortes de la conducta que a veces son un misterio. Era, así, un filósofo a lo popular: buscaba el hombre y recaló en la indagación de Juan Pueblo, Juan Desposeído, Juan Pobre, la forma doliente de ser hombre. Y viajó aparentemente impelido por el afán de parecerse a algún personaje aventurero de Salgari. En realidad, el vagabundeo por el planeta fue el impulso natural de su humanidad. Sus libros son trasunto de la experiencia en un callejón místico o en una posada marginal de Veracruz. 

Nunca se embarrancó o temió el naufragio. Poseía la escalera para subir y aposentarse en el cuenco del humanismo popular, que lo convirtió en filósofo de la lucha y el cambio. La sensibilidad  -aguzada, fantástica escalera- le despejó cualquier nubarrón vanidoso y le cortó a tiempo el ombligo como pecado original. Para él, como poetiza en Las crónicas, la vida era como estarnos  “jugando nada menos que todo lo que debe ocurrir mañana”. Su divisa era una toma de posición humilde y doméstica: “Servir es más preciso que brillar”. 

Y no mentía. Lo certificaba su militancia en el bando de los intelectuales angustiados por la suerte del Hombre en el Madrid asediado durante la guerra civil o en el París adonde recalaban los perseguidos del fascismo, o en La Habana lacerada por la tiranía de Batista… Y lo confirma su obra cuya sustancia creí encontrar cuando terminé de buscar cuál era la palabra más repetida por el autor de Corcel de fuego. Me trasmitió la costumbre León Bloy, escritor francés que se hacía llamar Mendigo Ingrato.  En una de las cartas a quien era  entonces solo su novia, Juana Molbech, dijo que la palabra más usada por un escritor representaba el fondo de su alma o de su obra. Era, según la tesis del autor de El desesperado, una definición implícita de la personalidad, un carné de la naturaleza moral y estética del autor y su escritura. Había aplicado el método en Edmond de Goncourt y la encuesta determinó que la palabra más socorrida de este narrador francés era: nada. Y nada -tal vez pudo sugerir en la carta a la hija del poeta nacional de Dinamarca- es la obra de Goncourt. Aceptémoslo con sospecha. León Bloy se apegaba a sus odios como las garras de su nombre. También el cubano Elías Entralgo aplicó el método al escribir el prólogo de las Prosas Varias de Miguel Ángel de la Torre, narrador y cronista fallecido en 1930. Y el término recurrente resultó idiosincrasia. 

A mi vez, hallé 58 veces la palabra corazón en 14 cuentos de Félix Pita Rodríguez. Y contrariamente a lo que pensaría un crítico puntilloso –con frecuencia máscara de un criterio bolo-  creo también que la repetición trasciende cualquier negligencia en el trabajo de estilo y pasa a convertirse en un íntimo rasgo estilístico. El método no me falló. Y la obra de Félix es como lo atestigua el vocablo más recurrente en su prosa narrativa –corazón, del cor, cordis latino, nicho donde la expresión figurada pone los más lancinantes sentimientos humanos. Obra, pues,  cordial, generosa, servicial. Él era así: rotundo, activo, sangrante. Cuando le conté mi hallazgo, tomó uno de sus libros de poesía, y leyó una estrofa cuyo último verso decía: “En lo más alto el corazón.”

 “Ya ves”, dijo;  “parece que yo también intuí algo de eso…”   

EL COHETE QUE VOLÓ BAJITO

EL COHETE QUE VOLÓ BAJITO

Por Luis Sexto

Anécdotas cubanas 

El ambiente campestre del reparto Casino Deportivo se resentía del bullicio de centenares de personas. El público se aglomeraba atraído por el momento en el que verían al progreso ganar certeza, saltar límites...

La expectación y la ansiedad se filtraban entre la brisa y la luz de aquella mañana.

Algunos, sin embargo, esperaban confirmar si, como pregonaban ciertos vaticinios, el episodio derivaría  hacia un final ruidoso y chusco.

Solemnes y discretos, los funcionarios del gobierno habían concurrido a la cita. Escéptica e incisiva, la prensa.

En medio del gentío,  aquel artefacto... revestido de aluminio en las 50 pulgadas de su fuselaje de bala.Dentro de unos minutos despegará oficialmente, en La Habana, el primer cohete postal cubano.

Entonces el mundo pretendía acelerar el correo utilizando la aviación y la cohetería, todavía incipientes. El Club Filatélico de Cuba se sumaba a los experimentos de otros países. Era el 15 de octubre de 1939.

El pirotécnico Antonio Funes, fabricante del proyectil, encendió la mecha de la pólvora.

Humo.

Silencio.

Vista arriba.

A los pocos metros de altura, el cohete cayó vencido. Como vela sin viento.

Carcajadas.

Decepción.

Un sello de correo registraba el hecho. Y muchos años después, esa estampilla verde, pieza casi inasible, se convertía en el punto de partida de la temática del Cosmos, entre los filatelistas del planeta.

(Del libro inédito Historias de bolsillo)