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PATRIA Y HUMANIDAD

SÉ POR QUÉ LO DIGO

SÉ POR QUÉ LO DIGO

Por Luis Sexto

 

Según los fragmentos de mis impresiones, por nada físico tendría yo que recordarla. Rosa no era ni  bonita, ni fea. Y a veces he querido que el país fuera tan pequeño como muchos aseguran, para encontrarme con ella en cualquier calle o reunión, tienda o teatro. Hasta he mencionado su nombre en algunas de mis notas de periódicos, como provocándola a que me escribiera.

 

Ella habría fracasado como maestra si yo no quisiera verla nuevamente.

¡Dónde estará Rosa Bouzón! ¿Habrá muerto? ¿Habrá emigrado en esa tendencia  que en las últimas cuatro décadas adquirió la frialdad de una fiebre  contagiosa de aventuras? No lo creo. Y diré más tarde por qué. Pude tal vez indagar por su paradero cuando creí verla en el Parque Martí de El Vedado. La figura se  acomodaba a la fisonomía que yo había modelado en mi arcilla de niño. Me avergonzaba, sin embargo, preguntar y errar. Y me alejé, manteniendo frustrados mis deseos de ver a Rosa.

 

En otro momento coincidí en el mismo ómnibus con María Eugenia del Barrio. Continuaba criminalmente linda, con su pelo aún largo, atado como si semejara la cola de un equino. Había sido mi novia de anticipaciones pueriles. Manolito Dávalos, que se sentaba entre los dos, le trasmitió el recado de mi petición de mano. Me miró azorada, como víctima de lo incomprensible. Pero no por ello renuncié a considerarla mi novia. También la timidez me impidió acercarme, confirmar su identidad y lanzarnos a una limpieza de nostalgias. Ella quizás me habría informado del paradero de nuestra maestra.

 

No he vuelto a ver  Rosa. Pero la recuerdo. Y esa es la prueba que algo de ella plantó en mí conciencia. Nunca me besó, ni me regaló un libro como Agui Loynaz, ni me premió con diplomas como Antonia Núñez. En cambio, lo que no consiguieron discursos semanales de himnos y bandera, lo alcanzó ella en mí.

 

La escuela radicaba en la propia casa de la maestra. Suplía la falta de centros de enseñanza pública en el barrio suburbano donde habitábamos. Antes, por los 1950, los guajiros no se injertaban de pronto en la capital. Practicaban una migración por escalera para adaptarse al nuevo ritmo vital que de lo apacible pasaba a lo vertiginoso. La Habana tentaba, se hacía necesitar, pero atemorizaba con su mapa ancho y largo embutido de nombres y flechas, ómnibus y automóviles que no pedían permiso al doblar una esquina estrecha; asustaba con sus crímenes y gángsteres y mujeres trucidadas y niños secuestrados, y sus estafas de pícaros que en el parque de la Fraternidad vendían el Capitolio a cualquier extraño que abriera la boca ante  esa mole blanca de lujo inútil.

 

Las clases de Rosa eran concentradas y conversacionales. Y la poca cantidad de alumnos colaboraba con aquella atmósfera maternal. Nos explicaba la guerra que en los textos de entonces se llamaba hispano-americana, a la que la maestra interpolaba el gentilicio de  cubana. Narró el episodio en sus escenas principales: la destrucción de la flota del almirante Cervera, la toma del fuerte de la loma de San Juan, el insulto del general Shafter al General Calixto García cuando prohibió al mambí entrar en Santiago de Cuba. Previamente se había referido al Maine, y  a su demolición accidental en el puerto de La Habana, como pretexto para entablar el conflicto con España.

 

Se aproximó a la ventana; miró el paisaje todavía rural de El Cotorro: abundaban las palmas. Luego concluyo:

-Desde  el 20 de mayo de 1902 Cuba está hipotecada.

-¡Hipotecada! ¿Que es eso, maestra?

-Que no es de nosotros sino de ellos; de los americanos.

 

Por eso, Rosa no ha podido emigrar.  De cualquier forma, y aunque hubiera muerto, seguiría perviviendo en el país que ella convirtió en un hambre tan persistente como la esperanza. Porque me reveló la patria. Me la instaló en el corazón como una presencia cierta y amenazada. Y yo empecé a sentirme muy triste en una tierra que ya no era mía.

 

 

 

 

 

 

 

GABRIELA, ÁNGEL Y VIENTO

GABRIELA,  ÁNGEL Y VIENTO

Por Luis Sexto

 Quizás sea atinado aceptar  provisionalmente que cuando sustituimos nuestro nombre  con  un seudónimo, es porque nos empuja el deseo de oponer el “Yo” que uno desea ser  al que es. Ello es lo que parece haber ocurrido con Gabriela Mistral, nacida  como Lucila Godoy en 1889 y muerta 68 años más tarde con el nombre de un arcángel judeocristiano y el apellido del viento que sopla desde África hacia el valle del Ródano.

No evito la especulación. Consciente soy de qué  dentro del alma humana he de andar a tientas, con el sigilo de un ladrón nocturno que teme, no solo despertar peligrosamente a cuantos duermen, sino afrontar un riesgo estéril al entrar en la habitación equivocada. ¿Dónde está la lámpara de láseres que nos facilite recorrer los pasadizos interiores de esta mujer sin introducir los dedos en algún enchufe que nos electrocute con el ridículo? Freud lo intentó. Y a veces rozó el desacierto con la presunción de convertir a la psique sensitiva y complicada del Hombre en un amasijo de determinismos oníricos o postraumáticos.

¿Qué mueve a una persona a adoptar un seudónimo? Quizás lo que he dicho: el propósito de ser distinto al que se es, de definirse en la otredad al menos para la percepción pública. O también influyen los acertijos artísticos que suponen que un nombre ficticio, concebido junto a asesores de propaganda, porta más gracia, más atractivo, que el que se obtuvo en la declaración paterna ante el encargado del Registro Civil. Gardel por Gardes; Marilyn Monroe por Norma Jean Becker; Moliere por Juan Bautista Poquelin; Fray Candil por Emilio Bobadilla; Almafuerte por Pedro Bonifacio Palacios… Tal vez un irreducible complejo de inferioridad, o un conflicto de timidez insuperable perviven en el lecho movedizo de un seudónimo de escritor, poeta, dramaturgo, actor o actriz, cuyo nuevo nombre lo representa en la nueva vida de la fama. Puede ser solo eso, o posiblemente sea más. Pero casi suscribo que mayoritariamente una valoración muy aguda de los beneficios publicitarios sugiere el cambio de identidad, al menos en las relaciones públicas.

En Gabriela Mistral no lo veo de ese modo tan práctico. En su poema  “La otra” creo hallar una razón valedera. En esos versos deja filtrar ese querer renacer de la natal envoltura como otra: “Una en mí maté: yo la amaba (…) yo la maté. Vosotros también matadla.”

Los amigos y críticos de Gabriela coinciden en afirmar  que el tejido de su psique  estaba tramado con el fuego volcánico y los estremecimientos aciclonados del genio. Esa naturaleza no cabía en el apelativo común de Lucila Godoy, de modo que la maestra rural asume el nombre irrepetible que la identificará en la sobrevida de la poesía, orbe donde únicamente cabía la superabundancia de su espíritu.

Cuando Gabriela Mistral murió, el día de su deceso debió de oscurecerse el cielo de América Latina. Moría, según el poeta Eliseo Diego,  la mujer que estas tierras esperaron durante 400 años. Desde Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVI, la literatura de la América que está debajo de la del Norte, y es diversa y única en sí misma, y distinta a la que habla el inglés práctico del confort, no había contado con una poetisa tan universalmente femenina.

Gabriela, sin embargo, trasciende, supera a Sor Juana Inés en la ternura. Si la lucha de Juana de Asbaje -velada con un seudónimo como rito oficial para distanciarse simbólicamente de la dama  anterior a su ingreso en el convento- fue por establecer el valimiento intelectual de la mujer en tan temprana época,  la maestra chilena del siglo XX levantó, en cambio,  el emblema de la ternura; ternura que en ella, de acuerdo con Pablo Neruda, otro seudónimo liberador, se transparentaba  como “una sonrisa de harina en su cara de pan moreno”.

 Muchos de cuantos la juzgan quieren ver en la autora de Desolación, por ello,  a “una enemiga de lo intelectual”; a una intuitiva extrema que despreciaba el esfuerzo consciente del pensamiento. Pero, tengo que admitir, aun entre paradojas, que fue una intelectual de pulsaciones ardientes. Su obra, ganadora del premio Nobel,  es una prueba y un molde de conocimiento técnico de  la literatura, de dominio cultural del idioma. Habría que leer su folleto sobre la lengua de José Martí. Y vamos a palpar las sugestiones más impulsivas envueltas en el rigor del saber y de la información. Doblemente interesante es ese librito, que fue al principio una conferencia y después ha sido la conjunción del águila y la serpiente en las cumbres nevadas de los Andes; empalme del que vuelta y del que repta: esto es, del genio y del trabajo. Juntos ambos, como personalidad inmanente desde cuya altura el mundo se aprecia azul y blanco.

Para ella, como para Martí, la inteligencia solo era valiosa si servía para expresar lo más humano de la vida. Y por esa causa odió el brillo de la literatura sin savia de emoción y ternura. Entre sus insultos predilectos figuraba este más de una vez dicho con suavidad a algún erudito presuntuoso: “Estás podrido de inteligencia”. Ella, contradictoriamente, estaba compuesta de inteligencia, pero de fibras de intelecto sensible y apasionado en el que la razón atendía en prioridad las aparentes sinrazones humanas y luego lo formal y práctico.

Fue, por todo, la cantora de la ternura –así, incluso tituló uno de sus poemarios-. Su poesía, aun la que impreca y maldice, la escribió con “dulcedumbre de madre para el hijo dormido”, como reza uno de sus “sonetos a la muerte”. Y madre fue para los niños de la guerra civil española. Y como madre inquieta actuó para sus pueblos de América Latina, solidarizándose con la épica guerrillero de Sandino en Nicaragua.

 El corazón de la poetisa era una masa telúrica. Provenía de la propia raíz de los Andes donde, como advertía Martí, se apretaba la plata. La plata que en Gabriela palpitaba con el instinto del Incario, la Araucaria  y Tenochtitlán, en el haz que juntó casualmente la Hispania Fecunda de Rubén Darío. Ah, lo comprendo ya sin torceduras: Lucila Godoy, la muchachita frustrada, zurcidora de recuerdos, no alcanzaba para tanta gloria. Era tan ancho su corazón que solo podía habitar en el nombre de un ángel acompañado por el viento.

LA MARCHA ATRÁS NO VA P’ALANTE

Por Luis Sexto

Muchos podríamos compartir una experiencia común: tanto hoy como ayer –es decir, hace 15 ó 20 años, oíamos a algunos decir: Tenemos que hacer concesiones… Querían decir, por ejemplo, que si hubo que establecer o restablecer legalmente el trabajo por cuenta propia era porque la vida nos obliga a retroceder, a “hacer una concesión”.

 

Ante esa aseveración, que escuchábamos a cada rato en asambleas, en entrevistas, uno preguntaba: ¿Concesión con respecto a qué? No había que registrar demasiado en los móviles y en la teoría para responder: concesión con respecto a lo que deseamos y queremos. Es decir, que para quienes veían en la propiedad del Estado el sumo de la perfección, el trabajo individual autónomo significaba un desliz, una cañona de las circunstancias.

 

No discutamos ahora si la propiedad estatal es superior a otras o si ese orden verdaderamente socializa la propiedad. Analicemos en este instante la actitud de estar estimando que cualquier decisión realista, cualquier respuesta a las demandas de la vida social y que no coincidan con lo que he venido haciendo durante tanto tiempo, implica un “gesto concesivo”, un mal menor que mañana, si nos dan la oportunidad volvemos, como  la cinta de un video, a echar “p’atrás”. ¿No será esa la explicación de la conducta que casi unánimemente llamamos de bandazos?

 

Escribir, comentar sobre los asuntos de nuestra sociedad supone –ya deben de haberse dado cuenta- toparse con la repetición. Nuestros problemas son los mismos del ayer inmediato. Y he reconocido que mucho de cuanto escribí en Bohemia entre 1990 y 1997, lo he repetido en esta sección si que la coincidencia me acuse de facilista. Y me he percatado de las coincidencias al releerme, que a veces debo de hacerlo para no perder mi identidad. Porque por momentos alguien pretende confundirte. Ante cierto artículo mío contra el peligro del dogmatismo, que suele invalidar la saludable “herejía”, alguien escribió en algún sitio que yo transitaba del “dogma al elogio de la herejía”, esto es, que el viejo dogmático, que yo era, había recalado en posiciones heréticas con fines oportunistas. No respondí entonces. Ahora menciono el hecho solo para explicar que me vi obligado a releerme. Y hallé que aún en aquella etapa de los 90, escribí contra el dogma y la mentira; contra el inmovilismo y contra  la unanimidad y la corrupción… Moraleja: Alguno puede enjuiciarte sin haberte leído…

 

Por supuesto, ese no es el tema. Más bien, nuestro tema se fundamenta en la percepción de que el gran problema de la sociedad cubana ha sido hallar la eficiencia y la efectividad –que no son lo mismo- en un orden de justicia, igualdad y libertad. De modo, que los esquemas preconcebidos no pueden dictar la norma. ¿No parece que olvidamos la dialéctica? ¿No nos percatamos que cuando juzgamos la realidad prescindimos de los instrumentos más precisos y los sustituimos por las manifestaciones voluntaristas, que equivalen al lema de ir por ese camino “porque así lo quiero”?

 

La concesión tal vez haya que definirla teniendo en cuenta a quién o a qué se le otorga. Digamos por ejemplo, si ya la experiencia acumulada, en nuestras circunstancias de deterioro, nos indica que grandes empresas agrícolas no son recomendables y las opiniones más atinadas aconsejan cooperativizar o incentivar el trabajo familiar o individual, por qué, pues, insistir en lo que no prospera o necesita exceso de recurso para lograrlo. ¿Es una “concesión”, un retroceso, concebir, organizar fórmulas que prometan el progreso en obras concretas y no en sueños? Claro, al sujeto que se acostumbró a dictar, abroquelado en su buró o en su yipi, qué sembrar o cómo cosechar quizás le disguste que los productores ganen autonomía, capacidad de decisión…

 

La concesión, en fin, se les puede hacer solo a quienes gozan con las carencias, las insuficiencias, las incapacidades del socialismo cubano. En estos días, confrontando la opinión de funcionarios y periodistas norteamericanos o sus servidores, he confirmado que a cuanta medida democrática o de progreso se han adoptado en Cuba, ellos oponen reparos: “Ah, sí, pero no”. Claro, se quejan: han perdido la “concesión” del inmovilismo.

 

A mi modesto entender, eso que algunos llaman “marcha atrás” cuando no coincide que el esquema habitual o con lo que estiman ideológicamente más conveniente, pero impulsa el movimiento, merece el crédito de progreso. Porque estacionarse en lo que no avanza equivale a ir hacia atrás y, por tanto, progreso ha de ser lo que renueva la esperanza y la fe, lo que anima el trabajo. Lo demás es teoría que habrá que seguir debatiendo. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

LA UNANIMIDAD ES GENERALMENTE SOSPECHOSA

LA UNANIMIDAD ES GENERALMENTE SOSPECHOSA



Por José Luis Estrada Betancourt


Entrevista al cineasta cubano Fernando Pérez


“Cuando hago una película, no solamente acudo a la experiencia que he acumulado durante todos estos años, sino también a lo que no sé”, asegura Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine, quien desde hace algún tiempo trabaja sin descanso en su próxima producción: un largometraje de ficción sobre la niñez y la adolescencia de nuestro Héroe Nacional José Martí.


“En Madrigal me propuse contar una historia desde un lenguaje no naturalista, que buscaba deliberadamente la artificiosidad. Esta es una película donde la mayoría de los personajes, con excepción del que interpreta Yailene Sierra, no son absolutamente realistas, incluso sus diálogos forman parte de una pieza de teatro. Ese era un camino que a mí me interesaba transitar. Había visto películas de Lars von Trier, el cineasta danés, quien representa una realidad muy artificial, la cual resulta, al menos para mí, mucho más fuerte, que si se reflejara una impresión de nuestra realidad. Y yo deseaba recorrer eso camino”, explica el realizador de Suite Habana, Clandestinos, Madagascar y La vida es silbar.


“Me gusta experimentar. Fíjate que en Madrigal me impuse empezar a contar otra historia: el cuento de Javier, cuando la película prácticamente había terminado y ese fue un gran desafío, pues estábamos violando un principio, pero no podíamos saberlo si no lo poníamos en práctica. Eso era lo que me interesaba. Madrigal —y cada vez va siendo más su destino—, es una película que desconcierta a todo tipo de público. Dentro de ese desconcierto hay gente a quienes les gusta y hay a quienes no, pero la gran mayoría se enfrenta a una película que le despierta inquietudes y muchas preguntas.


“No esperé tanto desconcierto, debo confesarlo, pero de alguna manera me reconozco en la película, porque estoy muy seguro de que ahí hay un camino. Quizá Madrigal sea un primer paso, aunque no sea el más firme, pero es un paso que puede enriquecer la diversidad estética del cine cubano”. -Para los críticos, después de Suite Habana, Madrigal fue un “chasco”, quizá porque esperaban una película por la misma cuerda...


—Cuando hago una película trato de no pensar ni en la prensa ni en lo que va a provocar la película, sino en el espectador que soy yo, es decir, qué quiero expresar, cómo lo puedo expresar, qué película me gustaría tener a mí como resultado final. No porque me sienta el espectador como el centro del mundo, pero soy uno que tiene que ser la medida de lo que quiere expresar.


“En el cine no existe una fórmula para el éxito, pero sí una para el fracaso: tratar de contentar a todo el mundo. La unanimidad es generalmente sospechosa, porque lo que abunda es la diversidad de criterios, que es lo que mueve el pensamiento. Una decisión absolutamente clara para mí era hacer una película totalmente distinta a Suite Habana —la experiencia creativa más fuerte de mi vida— yo estaba seguro de que tenía que cambiar de registro, probarme a mí mismo.


“Lo curioso es que Madrigal fue un guión escrito antes de Suite Habana y cuando volví a él pensé que estaba ante la historia precisa. Por supuesto, no quise hacer un chasco, ese no era el propósito, pero sí estaba consciente de que, de alguna manera, Madrigal podía provocar, para aquel que no entre en ese tipo de propuesta estética, un rechazo absoluto. A mí no me gusta hacer un cine conformista, un cine complaciente, un cine que busque la unanimidad. No pretendo ser original, sino encontrar cosas que a veces uno no se imagina que pueden estar ahí”.


Entre película y película está rompiendo. ¿Es que anda buscando un camino?

—Es que ese es el camino, pienso yo. Mira, a veces me pongo a pensar —no es mi tarea, pero como me haces la pregunta—, si tengo un estilo o algo así. Y sí creo que hay algo que se repite en mis películas, una determinada emoción, un sentimiento, un punto de vista. Al menos, yo hago cine para dejar un pedazo de mí, de mis sentimientos, más que de mi filosofía de vida. Me interesa hacer todo tipo de cine, conmigo no sucede como con otros cineastas en quienes puedes encontrar una impronta estilística o un género que repiten de una a otra película. A mí me gustaría, por ejemplo, hacer un musical. Por eso admiro tanto a Lars von Trier, quien en cada propuesta se renueva, aunque guarda una personalidad. No sé... a veces creo que este cineasta ve lo que uno no ve y sorprender es bueno.

“Entre mis planes está hacer una película que se titulará Nocturno, la cual quiero rodar con una camarita digital, sin el apoyo de la industria, de una manera independiente, por lo mismo que te he dicho: probar otros caminos”.


Fernando Pérez, quien pretende comenzar a filmar entre mayo y junio el proyecto sobre los primeros años de vida de José Martí, está en estos momentos dándole los toques finales al guión de esta película que formará parte de una serie llamada Libertadores. Se trata de un proyecto de coproducción, donde participan varios cineastas de América Latina. Cada uno filmará una película sobre el libertador de su país.


“A mí me ofrecieron hacer una sobre nuestro Héroe Nacional. Y aunque nunca pensé verme involucrado en un largometraje de esta envergadura, tengo que reconocer que la idea me apasiona.


“Cuando me lo propusieron me asusté. Es que Martí es tan grande... Tengo que confesar que decidí contar mi historia a partir de la infancia y la adolescencia del Maestro, porque el Martí adulto me sobrecoge. Siempre he dicho que cada película que enfrento es la más difícil, pero ahora sí que es verdad, pues esta tiene como centro a la figura más descollante de nuestra historia. Y cada cubano tiene su Martí”.


Según explicó Fernando, la película, coproducción entre la Televisión Española y el ICAIC, se rodará completamente en Cuba, pues, como explica Fernando, Martí vivió en la Isla los primeros años de su juventud (16 ó 17 años). Aunque todavía no tiene pensado quién será el actor que interpretará al autor de los Versos Sencillos, Pérez está convencido de que tiene que realizar un casting muy cuidadoso.


“Ese es uno de los grandes retos, porque tenemos que encontrar a un niño que dé en pantalla de 9 a 12 años, así como un joven que parezca que tenga entre 15 y 17, y que, además, haya un parecido entre ambos. Nos ayuda que no está muy clara la imagen de ese Martí, a diferencia del adulto del cual todos tenemos referencia visual. Del niño solo existe el famoso cuadro donde aparece con la medalla, mientras que de su adolescencia hay solo tres imágenes. Algo sí tengo muy claro: lo que finalmente determinará la selección será la mirada”.


Pérez adelantó que, además de la madre y el padre —“una relación que lo marcó tanto”—, aparecerán en la película personajes que fueron decisivos en la vida de Martí en esa etapa, como José María de Mendive y Fermín Valdés Domínguez, sin que descarte que tomen vida en el celuloide algunas de sus seis hermanas. “Creo que dos son las que se van a convertir en personajes con una determinada presencia. Estoy trabajando los personajes sin juzgarlos y tratando de convivir con ellos, de saber cómo fueron, cómo sintieron. Esa ha sido la tónica en el guión”.-La película sobre Martí ha partido de un encargo. ¿La motivación es la misma?

—Mira, Suite Habana también fue un encargo. No olvidaré que yo estaba esperando porque José María Morales, productor de cine español, llegara con la aprobación del presupuesto para filmar Madrigal. Y sí llegó, pero me dijo que todavía no era posible, así que me propuso que hiciera un documental para Ciudades invisibles, una serie para Televisión Española. Quería que en esa película, que debía durar 55 minutos, yo ofreciera mi visión de La Habana.


“En un principio no estaba muy motivado, en verdad, me sentí desilusionado, como si me hubiera caído un cubo de agua fría, pero luego... Ya ves, surgió Suite Habana y sin embargo, la serie jamás se hizo. En fin, que a veces los encargos despiertan motivaciones que estaban dormidas, que uno no era consciente de que permanecían ahí, a flor de piel. Lo mismo me ha sucedido ahora con esta película sobre Martí”.


-Supongo que ha tenido que investigar mucho...


—Llevo unos cuantos meses de estudio en la Biblioteca Nacional, revisando periódicos de la época, ayudado por Gloria María Cossío. Sinceramente, me estoy sintiendo muy cerca de la niñez y la adolescencia del Apóstol. Como debes imaginar, también he leído mucho: su poseía, su epistolario —las cartas a su madre son una lección de vida—, sus Obras Completas... El proyecto que pretendo filmar debe durar entre hora y media y dos horas. Espero que sea libre y que no tenga ningún tipo de condicionamiento, lo que podría suceder si se tiene en cuenta que es una coproducción.


-¿Le propusieron que el proyecto fuera un documental, un docudrama o ficción?

—No, fui yo quien se decidió por la ficción, porque mi interés no es hacer la biografía histórica de Martí, pues de ser así me hubiera ido por el documental. Es evidente que en este caso mostraré un Martí tal y como yo lo veo, un muchacho con una sensibilidad muy especial, pero también una persona común y corriente, como cualquiera de nosotros.
(Tomado de La ventana)






 






 





 


 


 


 

“¿TODOS SEMOS GÜENOS?”

“¿TODOS SEMOS GÜENOS?”

 Por Luis Sexto

Lo he repetido con alguna frecuencia: la cultura no se define solo por la acumulación de conocimientos. Requiere también capacidad para convivir y capacidad para asociar hechos y palabras. Y entre las cosas que estimo imprescindible comprender, en lo inmediato, es la necesidad de cultivar la cultura del trabajo. 

Sí, no lo dude. El trabajo necesita de la cultura. De una especificidad cultural que empieza por la aptitud –el dominio del oficio o la profesión-, pasa por la actitud ante la inevitable relación social, y termina en la ética. Y la ética quiere decir, hemos de trabajar, porque en nuestra sociedad, el trabajo tiene que ser el medio básico de conseguir el bienestar. 

Hay que comprender que nadie puede aspirar a vivir mejor si no trabaja o trabaja mal. Pongamos nuestra cultura a evaluar los acontecimientos más actuales. De acuerdo con las más recientes palabras de Fidel -uno de estos jueves-, Cuba no ha renunciado a mantener vigente el principio socialista de distribución. ¡Miren que lo hemos oído veces! De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo. Esta fórmula distributiva quiere decir que dentro de nuestra concepción de la igualdad, el trabajo no se remunera igualitaristamente. 

Fíjese en el matiz semántico. Una cosa es distribuir igualitariamente, esto es, bajo el principio de la igualdad, y otra hacerlo mediante desviaciones del igualitarismo. Este último tiende a borrar las evidentes diferencias entre el que trabaja mal y el que trabaja bien. Y si no se tuviera en cuenta esa distinción entre más y mejor trabajo, la igualdad defendida así se entroncaría con la desigualdad. ¿Sabe usted cuán injusto es emparejar a un buen trabajador con uno que es inferior en habilidad, resultado o disciplina?  

Parece necesario, pues, que el trabajo empiece a revalorarse mediante la diferenciación del mejor y el menos bueno. No hablo de teorías extrañas a la vida, de cosas abstractas, inverosímiles. El haber practicado el principio socialista de distribución con paternalismo, ha generado -y no soslayo la influencia de los efectos del período especial, como la depreciación de los salarios- una desvaloración del trabajo y sus exigencias. Habitualmente, la gente se queja de la chapucería ambiental. Si encarga, por ejemplo, un trabajo doméstico, sus ojos no pueden apartarse del plomero, el albañil, el artesano que se comprometió a ejecutar la faena. En cualquier descuido, engañan: dan cobre por plata.  

Nuestra crítica desde hace rato alude a las deficiencias e insuficiencias de algunos servicios. O de las construcciones. ¿Qué hemos de añadir ante esa edificación recién pintada que se despinta a los pocos días, o, recién construida, el techo se le convierte en un guayo? Estas verdades, claras como el día, han de recordarse a menudo. Nuestra cultura del trabajo ha de ser, formalmente antigualitarista, aunque sea esencialmente igualitaria. Porque si la desigualdad, como concepto de distribución injusta polariza, enfrenta, a los diversos sectores sociales, el igualitarismo paraliza la sociedad. Donde “to el mundo cobra como pudieran cobrar los güenos”, sin ser buenos, el avance es más lento. Quizá, nulo.

LA ACTITUD DE CIERTOS ÁRBOLES

Por Luis Sexto 

¿Podrán las palabras cambiar las cosas? Habitualmente cambia lo que uno quiere cambiar. Y las palabras suelen traducir esa actitud. Claro, hay palabras y palabras: unas respaldadas por la convicción y la sinceridad y otras dichas con desgano, vacías de sentido y móviles internos. Pero, de manera inexcusable, las palabras expresan el pensamiento, la vida psíquica... Bueno, qué más añadir a lo que sabemos. Si  he hecho recordar estas verdades es porque me propongo hablar de una palabra.  

Evidentemente, nuestra sociedad no es perfecta. Podríamos alegar mil argumentos a favor de la obra creadora, humanista, justa de la Revolución y el socialismo en Cuba. Solo siendo sumamente injustos o estúpidos podríamos negar el espíritu de construcción nacional que desde 1959 ocupa nuestro el espacio histórico. Tampoco podríamos negar, siendo dialécticos, que la obra revolucionaria presenta hoy, por causas externas y también internas, un lamentable deterioro. De todo ello, deduzco una conclusión: para resistir el cerco de la misma potencia que bloqueó a Cuba con sus barcos en 1898 o pretendió antes esperar a que la Isla cayera como fruta madura en sus manos, no basta resistir a secas, engurruñarse para esperar la dentellada del lobo. Urgimos de una resistencia acérrima, decidida, pero en movimiento, constructiva, acometedora. Al menos, no me parece útil, por un tiempo prolongado, el atrincheramiento que proscribe la ofensiva…  

Por lo tanto, en la estrategia de resistencia ha de caber el concepto que se encapsula en la palabra flexibilidad. Ser flexible implica también ser dialéctico. Lo que no es flexible resulta metafísico, rígido, incapaz de nutrirse de la experiencia, de modificarse constructivamente al fuego de las demandas sociales e históricas. Al principio del período especial nos referíamos a la necesidad de resistir y de desarrollar al país. La estrategia estaba clara. Tal vez no estaba tan clara la percepción de que, en nuevas circunstancias, el desarrollo de Cuba no podía basarse totalmente en el orden económico anterior a 1990. La extinción de la Unión Soviética y del llamado “socialismo real” nos dejaba una lección que, a mi modo de ver, todavía no hemos asimilado. 

Pues bien, flexibilidad equivale a eso: apropiarse de la esencia de las circunstancias y adecuar la conducta sin que por ello tengamos que renunciar a los principios que han informado nuestro proceder. Vuelvo a decir, como ya hace unos meses en este espacio, que si tenemos principios también sostenemos fines. Y principios sin fines no van muy lejos. Me perdonan si sueno demasiado didáctico. O excesivamente tajante.  Solo estoy dando una opinión, que deseo sea sobre todo flexible. Sé que los milagros, los conjuros, las varitas mágicas no van a resolver nuestros problemas. Tampoco la inacción ni la acción limitada por visiones almidonadas, burocráticas, hallarán las respuestas que el momento nos está pidiendo, no solo en las evidencias sino también en la opinión pública que, aunque no la mencionamos con frecuencia, es tangible en nuestra sociedad. 

Ser flexibles, desde luego, supone obstáculos y reparos. Por naturaleza, la mentalidad burocrática actúa inflexiblemente. Todo lo complica pretendiendo un “control” que a la larga descontrola. A todo le opone un no. Y gusta de la prohibición como ley más común dejando a la legalidad sin espacio, con lo cual, en efecto, limita a los enemigos, pero también a los amigos. Y si esa mentalidad, ese modo de enfocar y organizar la vida es también tangible, real, qué haremos para elevar la flexibilidad, al rango de conducta dúctil, previsora. El pensamiento burocrático, así, estorba al pensamiento flexible… 

¿Fácil? No. Pero algo tenemos: la necesidad de readecuar nuestra casa. Y poco a poco lograremos comprender que la flexibilidad es un antídoto contra las rupturas. ¿O qué hacen los árboles que permanecen enteros mientras pasa un ciclón? Además de tener raíces hondas, sus ramas son flexibles: se doblan sin dejar de ser árbol.       

¿Y SI SIMPLIFICÁRAMOS TODO ESTO?

Por MICHEL COLLON
 

Cuáles son exactamente las reglas que rigen el derecho a la secesión y, en general, lo que se llama autodeterminación de los pueblos?

Parece complicado, si creemos a nuestros grandes medios de comunicación...

En Asia, los tibetanos tienen derecho. Pero no los iraquíes, ni los afganos.
En Oriente Medio, los israelíes tienen derecho. Pero no los palestinos, ni los kurdos.

En África, los coroneles mafiosos del Este del Congo tienen derecho, pero no el Sahara Occidental.

 

En América Latina las provincias ricas (de derechas) de Bolivia y de Venezuela tienen derecho. No lo tienen los indios de Chile, México, etc...
En los Balcanes, los albaneses de Kosovo tienen derecho, pero no los serbios de Kosovo, ni los de Bosnia.

 

En Europa occidental, los flamencos tendrían derecho, pero no los irlandeses del norte, ni los vascos. Complicado, en efecto. ¿Y si simplificáramos todo esto? No tendrían derecho a la autodeterminación más que los que están "con nosotros". Los otros, no.
Y, ya que estamos, sustituyamos la palabra "demócrata" por "con nosotros" y la palabra "terrorista" por "contra nosotros".

La política es sencilla cuando se quiere. (Traducido por Ángeles Maestro)


 

¿TODO HA SIDO DICHO?

Por Luis Sexto 

“Todo está dicho, periodista; qué más hay que hacer”, me advirtió un lector en un mensaje electrónico. Y le respondí que todo no ha sido dicho, porque “todo” no ha sido hecho. Y decir y hacer tienen que figurar en nuestro diccionario según la definición martiana: Hacer es la mejor manera de decir. 

A veces invertimos ambos términos y nos basta con exhortar  a trabajar para sentirnos tranquilos. No; no estimo que nuestros problemas, que nuestras contradicciones se resuelvan con palabras más o menos. Las que hemos dicho –dirigentes, ciudadanos, periodistas- solo han reconocido la necesidad –más bien urgencia- de modificar las causas que condicionan negativamente de alguna manera no solo las palabras sino nuestros actos. 

Coincidamos. Todo no ha sido dicho, porque aun en nuestra sociedad convivimos con un zarzal de normas, reglas, medidas restrictivas que en lugar de promover la creatividad y las ganas de trabajar tienden a alentar la indiferencia, el inmovilismo en el hacer. ¿Nos hemos dado cuenta de que nuestra economía, aun la de una tienda, tiene la caja abierta para tragar, pero para devolver, aunque fuesen diez centavos, requiere de un infinito papeleo?  

¿Y para bajar un precio? Nuestro orden al parecer soporta que alguien aumente el precio dolosamente de cualquier producto y se lo apropie, como sucede en alguna de esas tiendas adonde hay que ir a recalar, como barco viejo a un astillero, hasta para adquirir un poco de comino. Es decir, algunos pueden adulterar sin muchos contratiempos los precios, estafar a los clientes a costa de la mercancía del Estado. Ahora bien, para bajar un precio con fines de agilizar el movimiento de los productos o estimular la demanda, es casi imposible: se  necesita una peregrinación a tantos “lugares sagrados” que todo sigue igual por falta de aire y de lucidez.

No quisiera que se me desbordara la ironía. Esto es muy serio. Recientemente leímos en un periódico que la única manera de resolver las insuficiencias de los mataderos de cerdo en cierta provincia fue reducir la producción, aunque las carnicerías carecían de carne suficiente y los precios seguían anclados en su pertinaz altura. ¿Nos percatamos, pues,  que esa “solución” es irracional? ¿Cómo reducir la producción de un alimento deficitario con el fin de aligerar la carga de los establecimientos dedicados a la matanza? 

Pero no creamos que la crítica corresponda solo a los que administran la carne, la distribuyen y ponen los precios. La rigidez centralizadora de la economía a escala social y nacional impide la movilidad y las respuestas rápidas a las demandas. Y recorremos el camino al revés. 

Costará tiempo -no lo dudemos- modificar esa tendencia, hecha ya mentalidad, de ir contra la lógica. Preferimos prohibir la venta de maní a cualquier jubilado, o no jubilado, sin licencia –que por otra parte no le concedemos- antes que ocuparnos por ofrecer maní a cuantos desean comerlo. Porque conozco pocas acciones de ese tipo que hayan tenido en cuenta que la gente también necesita comer maní. Y digo maní por decir algo. Tal parece que ese celo y rigor legalistas, no tan decisivos como solemos pensar, pueden ingerirse… 

Otro lector me decía recientemente que ya estaba aburrido de mi “filosofía”. Le di las gracias por haber leído esta columna hasta ese momento y le hice recordar su derecho a no leerme más. Yo, en cambio, no me aburro de escribir sobre estas mismas cosas. Hoy es 14 de marzo, día de la prensa cubana. Un día como hoy, más de un siglo atrás, Martí fundó el periódico Patria. Y nos dejó una guía en cuanto a la prensa militante: señalar, alertar, sugerir. No creo que nos haya pedido que fuéramos repetidores o mudos, sino que constituyéramos otra mirada desde el mismo mirador.  

En el Memorial que mantiene vivo al Apóstol en la Plaza de la Revolución, una frase se destaca en una de aquellas paredes verdes. Dice aproximadamente que el modo con que defendamos ciertas ideas puede hacerlas parecer injustas. Por ello, no creo que al abogar por el socialismo tengamos que callar cuanto lo daña; si lo hiciéramos podríamos pensar, con Martí, que así no sería el socialismo ni justo ni provechoso. Esto es, todo no ha sido dicho. Esperemos, en su momento, la palabra exacta: la acción.