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PATRIA Y HUMANIDAD

TRÁMITES

TRÁMITES

Por Luis Sexto

Existe en el país una certeza: ciertos trámites en oficinas públicas solo sirven para… mandar a buscar la desgracia. Tanto se complican y se tardan que puede uno envejecer feliz, tranquilamente, en el caso de que pidiera la mala suerte. Pero, por el contrario, lo que la gente busca y pide al realizar un trámite es la solución de un problema o el allanamiento de una dificultad.

También hay otra certeza. Los organismos del Estados, en particular los gobiernos provinciales, están tratando de despejar la maraña innecesaria y sobre todo injustificada que oscurece la ruta de algo tan aparentemente sencillo como legalizar o permutar una vivienda, o cambiar el carné de identidad, la matrícula a un auto, u obtener una dieta médica… En fin, el informe que a ese respecto se discutió en una reciente reunión de la Asamblea del Poder Popular en la capital, enumera una infinitud de trámites aquejados de una u otra forma por esa tendencia a complicar todo cuanto debe ser claro, sencillo y hasta simple.

¿Qué se ha obtenido con el exceso de trámites y su consecuente enmarañamiento? He oído decir que la problematización de los trámites tiene el propósito de proteger la legalidad. Es decir, según este razonamiento, cuanto más dificultad, menos oportunidad para los que pretendan burlar la ley. ¿Será cierto?  A mi parecer, es lo opuesto. Según el ciudadano deba tocar puertas para cumplir lo fijado en las leyes, se irritará y más tentación afrontará de entrar por la ventana o, lo que es igual, violar las reglas procurando el camino expedito que le niegan. Y de ahí resulta la corrupción, esa enfermedad social que a veces nos negamos a llamar por su nombre.

Tal vez yo, ignorante en estos asuntos, cometa un error al decir que a veces la ilegalidad prospera porque no existe legalidad. Digámoslo más claro: En la medida en que la legalidad se reduzca, la ilegalidad se incrementa. Ningún cuerpo legal -cuya tarea es armonizar intereses y relaciones sociales- podrá regir sin tropiezos si no se tienen en cuenta las necesidades sociales. Las leyes son condicionadas –lo sabemos- por la estructura socioeconómica. Y también surgen de las aspiraciones ideológicas y políticas dominantes. Pero las necesidades cumplen un papel regulador a pesar de nuestra voluntad. Porque las leyes no pueden existir a contrapelo de la posibilidades o las imposibilidades que les ofrece la realidad. Por ejemplo, cuántos escombros se han echado sobre las normas que rigen la vivienda en nuestra sociedad, donde la carencia de viviendas es uno de los problemas principales.

Habría, por tanto, que advertir que los enredos oficinescos provienen de una mentalidad escabrosa, burocrática. Se aprecia, profundamente observado el fenómeno, un aparente sinsentido en algunas exigencias. ¿Por qué –se preguntaba un jurista en una asamblea del poder Popular-, por qué un certificado de nacimiento prescribe, puede caducar, según algunas disposiciones, al poco tiempo de emitido?

En verdad, no se invalida ni siquiera con la muerte. Siempre estará en el registro para asegurar que usted o yo nacimos un día. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

GUERRA DE NERVIOS EN SANTA LUCIA

GUERRA DE NERVIOS EN SANTA LUCIA

 Por Lino Novás Calvo

Publicado en Bohemia en 1948

Bajo el avión la tierra cubana luce como un mapa. El avión ha venido a dar más precisión y amplitud a los mapas. Hoy la tierra se mide, se cuadra, se define, se precisa; no ya por leguas, sino ya por pulgadas. Las nuevas escrituras, los papeles, los títulos, corresponden a la tierra. Son como superponibles. Cada nuevo propietario sabe exactamente lo que tiene, dónde lo tiene, con quién colinda.

Eso es ahora. Antes no había cartas, y las medidas eran vagas. Los cabildos daban mercedes circulares que, al tocarse, dejaban entre sí a los realengos, las tierras del rey. Pero nadie sabía, de cierto, dónde empezaban y dónde acababan esos círculos. Los centros (un árbol, un hito) eran confusos y a veces movedizos. Los círculos mismos se superponían, cambiaban de sitio, se estiraban y encogían, según quien los tenía. Con poder e influencia se hacía y prodigaban nuevos títulos (nuevos círculos) que chocaban con otros. Al fin sobre esos papeles, la isla llegó a tener, por lo menos, doble extensión de la que tiene.

Esa fue, y es todavía, la fuente de litigios más tenebrosa de nuestra historia. los realengos son lo de menos. Ellos mismos se vendían y compraban. Lo demás era eso: más papeles que tierra, superposición de propietarios. La República heredó ese enredo. Había y hay más tierra en las escrituras que en  las cartas. Cualquiera puede tener títulos. Se han venido comprando y vendiendo por varios siglos. Lo importante no eran ellos. Lo importante (o lo no importante) era quien los poseía. Si el que los tenía mandaba fuerza, si tenía poder, si adquiría por influencia, valía y se extendían. Si no, se anulaban, negaban y legaban como valores ficticios.

Por debajo, sin embargo, se iban asentando otros derechos. Eran los derechos de la antigüedad: “primero en el tiempo, primero en derecho”. La merced más antigua, privaba sobre la siguiente. Pero no todo quedó resuelto. Quedaban aún los títulos cuyo valor podía morir y resucitar, años más tarde, si el que los poseían había ascendido. Todavía sigue. Hay títulos que resucitan.

Ahora ocurre otro caso. Un nuevo potentado –la Manatí Sugar Company- afirma tener  títulos de unas tierras que fueron de Don Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía o Álvaro Reynoso. Están distantes y apartadas, en Nuevitas. Para llegar a ellas hay que usar todo tipo de vehículos: auto, avión, otra vez auto, gas-car, lancha de motor, camión, caballo. La compañía alega derechos, pero los derechos más antiguos son, aquí, los de los hombres que las ocupan. Son los derechos más sagrados: los de los que la trabajan. Por eso vamos a verlos, a oírlos, a contar sus quejas y temores. Estos han aumentado últimamente. La compañía viene empujando, de oriente a occidente, y descuella ya, amenazante, sobre Álvaro Reynoso.

Nadie, que nosotros hayamos visto, ha visto sus títulos. Pero eso no importa. Ella –la Manatí Sugar Company- dice tenerlos y ha entablado sus pleitos. Suis demdandas son simples: llana, simplemente, el desalojo. Más de mil personas viven y trabajan ahí; algunos, desde toda la vida. Ahí han levantado su bohío, hecho su aguada, cavado su pozo, sembrado su maíz. Nunca nadie los había molestado. Ellos no tenía títulos; nadie –se les había dicho- los tenía. En todo caso, eran del marqués de Santa Lucía, que murió sin herederos directos. Como quiera que fuese, allí iban viviendo, y muriendo, pobremente.

Pero la tierra no era pobre. La noticia se fue extendiendo. Junto con las ambiciones de la compañía empezaron a llegar, también a Oriente, hombres sin tierra. Se habían enterado: en Álvaro Reynoso, o Santa Lucía, había tierra libre, tierra de nadie. Parte estaba ocupada, parte era monte firme. El monte había vuelto a cubrir muchos terrenos, antes cultivados, por los esclavos del marqués. Los esclavos, ya liberados, se habían regado hacia otras partes.

Los nuevos trabajadores llegaron muy gradualmente. Hacía una tumba, levantaban un rancho, cogían un jan, empezaban a plantar. Vivía aún el marqués. Nunca él se los había estorbado. Él, que había libertado esclavos negros, no podía hacer esclavos blancos. Pero muerto el marqués, surgieron, o resurgieron, nuevos señores –y viejos títulos.

Ahora la Manatí dice tenerlos: con ellos intenta arrojar de aquellas tierras a los que las laboran: antiguos y recientes, jóvenes y viejos, sanos, enfermos.

La Manatí empezó con cautela. Primero, fue la mano enguantada: el agente, inspector o guardajurado, que se presentaba a un campesino y le decía:

-Venga acá, compay; esta tierra no es suya. No tiene títulos. Esta tierra es de la Manatí Sugar Company. Vamos a hacerle una concesión: múdese un poco más arriba (o más abajo).

Esto era alarmante, pero ¿a dónde ir? Los campesinos no tenía idea. Así que siguieron esperando, y temiendo, sin moverse. Cuando se vio que el procedimiento era insuficiente, la compañía, según se iba extendiendo, de Manatí a Nuevitas, iba recurriendo a medios más apremiantes. Todavía había leyes: leyes que se regían por papeles (y ella decía tener esos papeles). Y detrás de esas leyes, su poder e influencia. ¿hasta dónde llegaría? Resolvió pronto.

(…)

JUNTANDO FUERZAS

No sabemos, de cierto, con qué cuenta la Manatí. Pero está, sin duda, juntando fuerzas. Su procedimiento ha sido gradual, de golpe al cuerpo. Cada nueva denuncia y detención, supone un nuevo revés paa toda la colonia. Supone gastos de viaje y comida, horas y días perdidos, irritaciones i –sobre todo- ánimos perdidos. Un día u otro (quizás piense la Manatí Sugar Company), se desalentarán los campesinos. Ellos siguen siendo débiles, ellos siguen viviendo aislados, siguen siendo pobres. La soga, si se rompe, será por ellos.

Pero ellos son recios y no están ya solos. Un día se presentó en la Habana el doctor Birce con una comisión y le dijo a nuestro director:

-Quevedo, tienes que ayudarnos. No es solo un caso humano, sino de justicia, de interés para todo Nuevitas. Mire….

Y le mostró un informe que habían elevado al Presidente. Tres días después, Raúl Vales y yo estábamos en camino. Es un camino largo,  quebrado y tortuoso. Pero es el mejor camino. Es el camino necesario, de la ciudad hacia el campo. Camino de regreso.

En la ciudad tienen estos campesinos puestas sus miradas: no, como ocurre con tanta frecuencia, para ir hacia ella, sino para que ella vaya hacia ellos: a protegerlos, a ampararlos, a guiarlos. Una de las primeras cosas que nos dice el doctor Birce en Nuevitas es:

-Álvaro Reynoso es un ejemplo. Puede ser bueno o malo, según se resuelva. Tendrá grandes repercusiones en otras partes. Esos campesinos no quieren salir de sus tierras ni explotarlas con perjuicio de otro. La tierra, como ellos dicen,  les acompaña y ellos la aman y quieren enriquecerla. Pero necesitan nuestros auxilios. Solos, divididos, serían aniquilados. La Manatí está apretando. Por lo civil yo no le tengo miedo, sé que sus títulos, si los tienen, no valen nada. Pero están empleando armas sicológicas. Hasta ahora, no ha podido expulsarlos, físicamente; trata de hacerlo, moralmente. Ese es el peligro.

El alcalde nos conduce al fresco de un lindo patiecito camagüeyano. Ha mandado a avisar a los dirigentes campesinos, y pronto está con nosotros un nutrido grupo de jóvenes que, representando todas las tendencias políticas, los une en este caso el drama de Álvaro Reynoso. Mientras esperamos, el alcalde nos conduce a su pequeño despacho, cuajado de libros, álbumes, estampas. Ahí está su historia, sus preocupaciones, sus ideas: libros de sociología, de derecho, de política; biografías de estadistas; retratos de estadistas. Hay toda una colección de dibujos desplegados por las paredes. Nos llaman la atención. Son todas escenas dramáticas de dolor y miseria. Han venido de muy lejos. Las figuras, los trajes, los paisajes, lucen extraños en Nuevitas. Pero el drama es igualen todas partes. También aquellos son campesinos; también son pobres, humildes. Abatidos. Su autor: Castelao.

El doctor Brice abre un gran álbum. La historia que encierra es reciente. Es la historia, tal como la ha dado la prensa. Fue sólo un episodio, pero el doctor Brice hace un gesto amargado:

-Esto me ha quitado años de vida. No quisiera recordarlo. Pero…

El lector lo recuerda. El álbum habla de cuando en vísperas de las elecciones fue secuestrado el alcalde. Ahora:

-Estoy harto de la política –nos dice. Harto de “esa”política. Pero no abandonaré  “esta otra” que estamos haciendo, por los de abajo.

Pronto está con nosotros Esteban Lamelas, jefe del despacho de la Cámara Municipal. Es un símbolo de la nueva unión y las nuevas fuerzas. Esteban, compañero en la prensa, es liberal, pero no hay realmente liberales, ni auténticos, ni Joven Cuba, ni Acción Revolucionaria Guiteras, ni libertarios, porque aquí, respecto de los campesinos, todos están de acuerdo. La Compañía está juntando fuerzas. Hay que juntar fuerzas contra la Compañía.

 Tierra adentro

 Nos levantamos con el día. Sergio Brice, el alcalde, nos espera. Ha fletado una lancha de motor y va as llevarnos, tras una hora de navegación, estero arriba, hasta el embarcadero. Ahí empieza Santa Lucía, o Álvaro Reynoso, pero no, todavía, la zona en litigio. Esa está tierra adentro.

Pero todas esas tierras fueron, al parecer, de Don Salvador. Así se le llama todavía, cariñosamente, al  marqués. El embarcadero mismo está ligado a él por acciones revolucionarias. Fue, en las dos guerras, punto importante para el desembarco de armas. Por ahí, al cabo de un largo y tortuoso estero entre mangles inmensos, entró la libertad para Cuba.

Por ahí, también, entra un nuevo amago de servidumbre: los agentes de la Manatí Sugar Company. Por ahí, salen los frutos que cultivan los campesinos de los “realengos”. Por ahí salen también ellos, conducidos por la rural, camino del juzgado.

Una vez al día hay servicio de lanchas de pasajes del embarcadero a Nuevitas. A media distancia, nos encontramos con la de hoy. A esta hora, la mar no está brava (pero es, regularmente, una mar brava y la lancha lleva como estabilizador, una vela). Alguien saluda desde ella al alcalde, y a su señora  marta Córdoba, que va con nosotros. Brice:

Mire: esos son los que van a presentarse al juzgado.

No van custodiados. Una vez detenidos y presentados por la rural, quedan obligados a presentarse por su cuenta, cada quince días. El viaje es largo y no es barato, y lleva tiempo, pero tienen que hacerlo. Hace años que lo vienen haciendo.

En el embarcadero esperan dos camiones. Son los únicos de la zona y llevan solamente, por relejes de fango, hasta cierta distancia. No son de los precaristas estos vehículos. Su dueño vive más acá de la cerca.

Más acá, desde el mar, están los pequeños. El camino es ancho, atraviesa fincas, potreros, casas de tablas. Pasa, incluso, delante del Club que lleva el nombre de Salvador Cisneros Betancourt. En el Club hay una sala de baile traganíkel; una vez a la semana, cine. El proyector tiene una pequeña planta. Hay también algunos molinos de viento, para sacar el agua, para cargar baterías. Pero no hay poblado, agrupamiento grande de casas, y la tierra no es todavía buena. La mejor tierra está más adentro.

El camión sigue brincando, atascándose, dando bandazos. A cada rato, alguien tiene que apearse y abrir el rastrillo o la talanquera. Entonces el camión dobla, se sale del camino, entra en los trillos. Entra en el realengo.

La mejor tierra es la disputada. Por un lado, hacia el mar, están los propietarios; por el otro, hacia oriente, están los tentáculos de la Manatí Sugar Company, que vienen extendiéndose. Dentro de esta tenaza, están los guajiros sin títulos, con buena tierra. La buena tierra que codicia la mala Compañía con “título”.

El camión llega a su límite. Más allá, es el camino quebrado, enfangado, tortuoso, que hay que andar a pie. Vamos primero a la mejor casa. Es la de Manuel Solier. Él, que ha bajado hasta el embarcadero, guía. Le siguen Brice, su señora, Pupo, Milán, Pérez Proenza, Lamelas, y los jóvenes dirigentes de la Joven Cuba y Guiteras. Brice nos dice:

-Es para que no se asusten. Primero la fachada. Luego ya verán.

Como fachada, la casa de Solier es magnífica. Es lo mejor de Álvaro Reynoso. Es casa nueva, cepillada, con piso de tabla. Solier tiene la mejor siembra, las mejores bestias, la familia más saludable. Es la nota más clara del cuadro.

-Pero esta extensión –nos dice- va siendo insuficiente. La familia está creciendo.

Solier tiene yernos, nietos. Su nueva casa es de tablas y aún no está terminada. Los hijos mayores zurcen zapatos. Su pozo, forrado de palos (no hay piedras en Álvaro Reynoso), da agua potable. Su sabor es como la de coco, ligeramente salobre, pero puede tomarse. Otros pozos de la zona dan agua de mar. Solier tiene una abundante cosecha de maíz (250 quintales) y de plátanos. Tiene caballos. Sus hijos son los más robustos que hemos visto. La señora tiene máquina de coser, radio y en la parte de afuera cultivan un pequeño jardín con rosas, jazmines, con azucenas…

Pocos en esta zona alcanzan su nivel social y económico. Es uno de los más antiguos y su espíritu y buena  salud le han permitido ir progresando. Es un magnífico ejemplo. Invita a seguirlo.

Por eso mismo, quizás, fue uno de los a los que intentó desalojar la Compañía. A esta no le convenía el ejemplo. De Oriente a Occidente continuaban llegando campesinos a establecerse en la nueva tierra. Cuando empezó, hace años, la maniobra, la Compañía enviaba a sus agentes o guardias jurados a decir a los campesinos más arraigados:

-Mire, la Compañía necesita de esta tierra. Pero no tenga temor. Lo vamos a mudar gratis, más arriba, allí podrá continuar la siembra.

Mudarlo era el truco. Primero en llegar, el campesino era también primero en el derecho. Pero si se mudaba, y reconocía el suyo a la Compañía, esta sentaba su propio precedente. A la vez, buscaba un efecto psicológico. Removido, desarrengado, el campesino se desalentaría, y el ejemplo desalentaría a otros ya establecidos, ya venidos.

Pero Solier y otros siguieron firmes. Aquella era su tierra; ellos la habían arrancado al monte; la habían cultivado y fomentado. Además, no había a dónde irse. Fuera de allí, por toda la zona de Nuevitas la tierra es mala. Es tierra de jata, de cana, de marabú. No había siquiera haciendas donde pudieran trabajar a jornal, o de partidarios. No había salida, sólo aguantar firmes.

Además, después del 33, empezaron a soplar, de La Habana, vientos políticos favorables al desamparado. En Nuevitas se formaron sindicatos, comités, organizaciones. Y los campesinos empezaron a animarse.

(…)

Y Solier y los otros no soltaron la tierra, no va a soltarla. Solier siguió criando hijos, extendiendo cultivos. Del rancho de tierra pasó a la casa de tablas. Nunca le había pasado por la mente que la tierra no fuera suya. Su padre vino aquí, de Salamanca, antes del año noventa. Luego, vino la revolución, y se sucedieron los gobiernos, y nunca nadie trató de sacarlos. Hasta hace unos pocos años.

Pero aun Solier permaneció firme. No firmó el contrato de arrendamiento y no se mudó. Por el contrario, aumentó sus cosechas (aumenta la familia) y aumentó la despensa. Hoy, se come hasta carne.

La siembra, sin embargo, aun en los mejores casos, es primitiva. No hay yuntas, y es difícil que pueda haberlas. La tierra buena es escasa, y algunos campesinos al irse extendiendo, han chocado unos con otros, quedaron bloqueados. Para las yuntas habría que hacer potreros. Queda, por algunas partes, monte virgen, pero ahí surgen nuevos problemas; el más grave, quizás, la ley forestal.

Así que cada campesino sigue limitado a su pequeño conuco, sin yuntas y sin aperos, sembrando a hoyo. Algunos tienen por donde extenderse, pero la Compañía les sale siempre al paso.

Guerra de nervios

De la mano enguantada, la Manatí pasó a la mano desnuda, y al puño cerrado. Primero fue el “firme aquí, amigo”, o el “múdese, compay”, o el “lo vamos a trasladar un poco más allá”. Cuando esto no dio resultado, surgió la denuncia directa y concreta: por usurpación.

Era el grado siguiente. Tradicionalmente, el campesino teme a la rural. Aunque la pareja no venía (como en épocas castrenses) en plan violento, traía órdenes de detenerlos. La orden era del juez de instrucción.

Generalmente, las detenciones se hacían y se hacen por lotes. Así mismo: lotes de hombres detenidos. Eran, desde luego, cabezas de familia, y detrás dejaban ristras de hijos grandes y pequeños. La odisea empieza –y empieza- de este modo.

A la una o a las dos se presentaba la pareja con la orden.

-A ver, Fulano, que nos acompañe al cuartelillo.

El hombre era avisado, venía del platanal, o del monte.

-¡Vamos, para adelante!

El hombre seguía. Lo conducían al cuartelillo. De camino, la pareja rcogía otros hombres. A veces, eran diez, otras llegaban a veinte. Las distancias son largas, los bohíos están dispersos, y cuando llegaban, finalmente, al cuartelillo, se hacía de noche. Si no había guardias francos, las camas estaban ocupadas, y los detenidos, padres de familia, tenían que dormir en el suelo. Si un par de guardias estaba de licencia, había sus camas. En ellas dormían los más viejos. Los demás, en el suelo.

Al día siguiente los llevaban al embarcadero. Generalmente, la rural no tenía bestias para ellos, y los detenidos tenían que hacer la marcha a pie, por más de tres leguas.

En el embarcadero, subían a la lancha, pasaban a Nuevitas, y allí los llevaban al cuartel de Primelles. Del cuartel, iban al Vivac, en espera de que los presentaran al juez. Pero a veces no había tiempo en el día, y tenían que dormir en el Vivac. Luego, por fin, al día siguiente, se les tomaba declaración, se les instruía de cargos, se les ordenaba presentarse cada quince días.

Esa es la mecánica. La política de la Compañía era más larga. El campesino quedaba un poco aturdido. ¿Qué pasaría? Desamparado, temeroso, ignorante, sabe que la ley, en último término, la hace quien puede, y la cumple quien no pueda. Esa, por lo menos, era su experiencia. Nada impone más al campesino que la presencia de la rural a su puerta, salvo, quizás, lo que hay más allá de ella: las leyes, las artimañas, las marañas, ;las nebulosas tácticas de los abogados. Más allá, estaba la cárcel. Estaba la fuerza. Estaba todo lo que él no comprende y que por lo tanto le espanta. Con esto contaba la Manatí para expulsar a los contumaces y para cerrar el paso a los audaces. Los demás, caerían por sí mismos.

Pero no era tan fácil. La Federación Agraria, los sindicatos obreros, el Alcalde; todo el mundo estaba, de corazón, con los campesinos; algunos decían:

-¡Ah, si viviera Don Salvador!

Él, que libertó a los esclavos. Él, que jamás negaba amparo al necesitado. Él, tan caballeroso, tan noble, tan cordial, tan bueno…

Pero Don Salvador ha muerto y su herencia ha quedado enyerbada –doblemente enyerbada. Y sobre  esta avanza, de Oriente a Occidente, como una invasión de mal agüero, la Manatí Sugar Company. Y ahora no hay Cisneros Betancourt que se pare delante.

¿O sí? Sí, sí hay y habrá quien la detenga, a ella y a otros que, como ella, quieren lanzar de las tierras que trabajan a nuestros pobres. Hay una nueva conciencia y una nueva política que, pese a todos sus defectos, no ha renunciado nunca a este principio. Los campesinos no estaban ya tan desamparados. Dentro de ellos mismos surgió Sabino Pupo, sin letras pero con valor, y se comunicó con los dirigentes políticos y sindicales al otro lado de la bahía.

Contra Sabino, especialmente, se encarnizó la Compañía. Hasta la fecha, pesan sobre él 72 denuncias. Para afirmarse, moral y materialmente, hay que buscar un apoyo más grande. Este no puede ser sino un fallo favorable a los campesinos. La Compañía sabe lo que esto significa. Sabe también que, si por el contrario, la Audiencia de Camagüey fallara a su favor, y desalojara una familia, las demás estarían perdidas. Pero la Audiencia no ha fallado todavía.

En tanto, la Manatí busca un efecto marginal: impedir que los campesinos progresen. El progreso empieza a verse. Las de Álvaro Reynoso son las únicas tierras buenas del término de Nuevitas. Todo lo demás es sabana. Pero eso no basta para colonizarla y sacarle buen provecho. También hace falta confianza, entusiasmo, seguridad de que lo que se haga hoy nos será reconocido mañana. Sin eso, el ánimo decae, el hombre se abandona, sufre la siembra…

Es eso lo que busca la Manatí Sugar Company. Busca desmoralizar a los campesinos. Los progresos hechos hasta ahora han sido favorecidos por tres factores: buena tierra, mejores comunicaciones, mejor precio para los frutos. Los precios, desde luego, se van inflando por el amino, y lo que en dinero llega al campesino, no es mucho. Pero es más de lo que ha tenido nunca. Es también ese aliento lo que trata de quitarle la Compañía. Que no sigan, que no progresen, que no tengan esperanzas. Así no construirán nuevas casas, no plantarán nuevas cepas, no abrirán nuevos pozos, no comprarán nuevas monturas…

Procedimiento conocido: guerra de nervios.

 Fuente de Fruto y Discordia

  De la casa de Solier pasamos a la de Sabino. Vamos por escalas, de mayor a menor. Entre los campos de Álvaro Reinoso, Sabino Pupo está en el centro de la escala.

Solier nos ha buscado monturas y nos acompaña. Raúl vales hace su estreno como jinete. Le dan un caballito manso, y ríen. Todo el mundo parece contento. Como los niños, los campesinos olvidan fácilmente sus penas. Podrá faltarles casi todo; pero una cosa no les faltará nunca: buen humor. Al principio, parece que no. Lucen serios, graves, reservados, hasta hoscos. Pero a poco que los tratemos, se rompe la corteza, aparece el ser sencillo, cordial, afable, alegre en medio de su tristeza. El humor es su reserva. Necesitan reír, jugar, divertirse, lo mismo que necesitan la tierra. Como repite Proenza:

-No puede mirar las cosas por la mala cara ni pensarlo mucho. Si lo hace, se rajan. Y no pueden rajarse. Mira para eso.

“Eso”son los once hijos de Sabino, y los montones de niños de otros vecinos. Estos van surgiendo, misteriosamente, a nuestro paso, y acuden al rancho. Pronto estamos preguntando.

Pero antes hablamos con Brice. Esta es una buena tierra, nos había dicho. Pero ¿ qué significa para las malas tierras de Nuevitas? ¿Para las malas tierras de Nuevitas? Brice nos explica.

Para Nuevitas, Álvaro Reynoso no es de primera importancia. Nuevitas no tiene industria, no tiene agua; sólo muelles y pesca. Nuevitas es el mango de una horqueta cuyas puntas son los embarcaderos de Pastelillo y Tarafa. Por ahí sale el azúcar. Ahí se ganan el pan, los obreros.

Pero ese pan tiene que venir, principalmente, de Álvaro Reynoso. Álvaro Reynoso es, naturalmente, su cesta de pan (de maíz, de boniato, de plátano, de arroz, de frijoles, de yuca…).

La pesca de Nuevitas no es grande, pero es algo. Sus veleros salen hasta los bancos, pasados los cayos, y surten de pescado una buena zona del interior. Hace algún tiempo, una compañía americana quiso poner allí una fábrica de conservas de pescado. Otra, de piña. Una vez, una  compañía perlera trabajó en torno a los cayos Ballenatos, en el centro de la bahía. Más allá, en Cayo Sabinal, hacen carbón unos hombres primitivos. Todavía más al este, siguiendo por los cayos, abunda el ganado, y las compañías norteamericanas han hallado, y sellado, yacimientos de petróleo. Esas son posibilidades, son promesas.

Pro por el momento, Nuevitas vive también en precario, como los campesinos, pendientes de un fallo: el azúcar. Sin exportar azúcar, no hay Nuevitas. Falta de agua (salvo la de la lluvia) su riego es el azúcar.

Pero aun sin azúcar podría vivir, más estrechamente de su pesca y de su cultivo, intensificados. ¿Y si la Manatí se apodera de Álvaro Reynoso? La Manatí no sembraría maíz ni frijoles, ni plátanos. Eso, sería poco para ella, negocio chiquito. Lo probable es que convirtiera esas tierras en cañaveral y potrero. ¿Qué sería entonces de Nuevitas?

Álvaro Reynoso es su fuente natural de alimentos. Todo cultivado, con mejores caminos, con mejores transportes, con tractores, pudiera ser su sostén, su estabilizador, en buen y mal tiempo.

Pero por eso mismo es también fuente de discordia. Su problema no se limita al hombre que la cultiva y a la Compañía que quiere arrojarlo. Afecta a toda una región. Y no es tampoco problema político ni demagógico. Es problema humano, social y regional. Por tanto, nacional.

-La Manatí –nos dice el Alcalde- busca un golpe de efecto. Por lo civil la tiene perdida. Cualquiera que sea el título que pueda presentar –esos títulos, usted sabe, abundan como el marabú- tiene que ser inválido. Ha recurrido por la vía de lo criminal. Hasta ahora, ninguna de las causas, iniciadas hace tiempo, ha sido llevada a juicio. Pero puede serlo cualquier día. Hay síntomas de que la Compañía está apretando. Ha cursado telegramas a los jefes del ejecutivo y del ejército. Otros elementos, a ella ligados, han hecho lo mismo. Como efecto psicológico, como precedente, busca a toa costa un fallo favorable.

Para su caballo y señala hacia el enjambre de niños a la entrada del bohío de Sabino:

-Piense lo que sería de esas criaturas. Todavía sin una letra, sin nada, salvo lo que puedan darle sus padres. Piense lo que sería de ellos.

¿Qué pensará la Manatí Sugar Company?

( Lino Novas Calvo, narrador y periodista cubano, España 1903- Miami 1983)

 

LA EXPERIENCIA

Por Luis Sexto

Habría que modificar el refrán que aconseja seguir de largo ante los perros que te ladran en el camino. Los refranes no siempre encapsulan toda una verdad. A veces hemos de interpretarlos, ajustarlos, porque, fíjense, Don Quijote prestaba atención a los perros: ¿Ladran? Entonces andamos, Sancho.

Tal vez no sea necesario reaccionar ante cualquier perrito sato, bagatela cuadrúpeda. Pero ante otros –quizás un pastor, un doberman-, uno ha de detenerse y preguntarse por qué otra causa ladran, además de acusar la presencia de nuestro andar. Supongamos, pues, que las experiencias -lo que se vive- son esos perritos; unos minúsculos, otros mayores. Por tanto, ante las experiencias no solo hemos de admitir que vivimos, caminamos. Habrá que averiguar su valor para el futuro. Porque no se trata de pensar que las experiencias son solamente la inevitable firma de nuestro paso por la vida: viví, luego olvido. Las experiencias algo dejan. De algo sirven. Y parece que no sabe vivir quien se olvida hoy del resultado de sus actos de ayer…

Voy, ya, a ilustrar cuanto he dicho. Me figuro que algunos de entre nosotros han olvidado una lección elemental: cuando no llenamos los espacios, otros –u otra cosa- los colman. Mire usted. En algún sitio –según me cuentan- cerraron  o limitaron los espacios donde se comercializaban productos del campo. Y ante el hecho, uno se rasca la cabeza y pregunta si quien lo decidió ha previsto la nueva alternativa para que la gente adquiera sus provisiones. Porque suele pasar que espacio que se vacía, queda sin llenar. La razón es plausible: velar por la legalidad. Pero la experiencia histórica nos recuerda que la legalidad es proporcional a las circunstancias. ¿Qué es más importante: que nadie cuadruplique ilegalmente el precio de un producto, que nadie comercialice contra las resoluciones, o que los ciudadanos no tengan que agobiarse para llevar la vianda a su mesa? ¿Qué es lo principal: perseguir al que recoge sin licencia a unos pasajeros en la parada u ofrecer alternativas para facilitar el traslado a la casa, al trabajo, a cualquier parte que la gente desee?

Desde luego, estoy a favor de la legalidad. Pero mi modesto entender me permite reconocer que, por momentos, existe ilegalidad, porque no hay legalidad. Es decir, la restringimos demasiado y la convertimos –sin pretenderlo- en la justificación de nuestros actos. La legalidad por la legalidad, creyendo que habitamos en un país sin problemas y sin dificultades. Me pregunto si llegaremos a comprender que la ilegalidad más repudiable, verdaderamente inadmisible será aquella que impida que la gente resuelva sus urgencias vitales.

Pudiéramos añadir que donde no hay información, el rumor, la bola, levantan sus campamentos. Bueno, lo dejo para otro momento. Botar el perro, cerrar las puertas, se pintan como la respuesta menos costosa. Y no quiero creer que olvidar las experiencias sea  barato y útil. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

 

UN SIGLO DE BOHEMIA

UN SIGLO DE BOHEMIA

Por Luis Sexto

Bohemia comenzó siendo un negocio de 16 páginas aquel 10 de mayo de 1908. Con el tiempo los periodistas que en ella trabajaron o colaboraron la fueron convirtiendo en un símbolo.

Enrique de la Osa, uno de los pioneros entre nosotros del periodismo que llaman literario y también del que califican de investigativo, contó a quien esto escribe que cuando Miguel Ángel Quevedo, propietario y director de la revista, se asiló injustificadamente en la embajada de Venezuela en 1960, él, periodista estelar de la Casa de la avenida de la Independencia, llamó a Fidel y le dio la noticia. El Primer Ministro del Gobierno Revolucionario le respondió: Paga las deudas y ocúpate tú de la dirección: Bohemia no puede cerrar.  

Ninguno de nosotros tampoco la ha cerrado. Y  festejamos hoy su centenario, seguros de que es una casa tocada por el privilegio de la Historia. Es, entre nosotros, sinónimo de revista. ¡Quién que pasa de los 50 años no ha dicho alguna vez que aprendió a leer en Bohemia! Ningún medio de prensa ejerció tanta influencia en la consolidación de la conciencia nacional y en la necesidad de defender ese sentimiento colectivo como Bohemia.

La Historia, sin embargo, no fue tan rápida. No es como un título de nobleza que al nacer se recibe por herencia. En la Historia se suele entrar paso a paso, mérito a mérito. Y en aquellos días de 1908, nada presagiaba el destino de la revista que fundó Miguel Ángel Quevedo Pérez. Pudo el fundador incluso dudar, deprimirse cuando tras unos pocos números sin mayor resonancia, su revista permaneció sin salir hasta 1910. La Bohemia –título de ópera- carecía entonces al parecer de las sopranos y los tenores que el dinero hacía cantar en papel y tinta.

UNA FECHA CRUCIAL

Las revistas surgidas en Cuba en los últimos años del siglo XIX y en los inaugurales del siglo XX estaban calcadas, por lo general, sobre famosas publicaciones europeas. Entre ellas figuraban la Ilustración Española y Americana, de Madrid, el Ilustrated London News, de Londres, y  la Ilustration, de París.

El modelo criollo –síntesis de los paradigmas de Europa-  lo componía El Fígaro, del publicista Ramón Catalá. Alejo Carpentier hizo notar que la Bohemia nacida en aquella Habana “tremendamente provinciana”de 1908, lo había hecho “algo imitada del viejo Fígaro”. Y el viejo Fígaro, por mucho respeto que merezcan todavía la firma de sus colaboradores –Fray Candil, Federico Uhrbach, Juan Ramón Jiménez, entre otras firmas- era una revista recargada de anuncios comerciales, saturada de crónica social y profusamente mechada de artículos sobre temas y asuntos literarios. En 1914, la revista, como se dice en lenguaje popular, entró en plata. “Cambió su formato y se consolidó como negocio.”  Adquirió, incluso, sede propia en la calle Trocadero números 89, 91 y 93, y empezó a imprimir la portada en tres colores (la primera en utilizar la tricromía en Cuba) y amplió sus páginas a 40.

El historiador Pedro Pablo Rodríguez sostiene que Bohemia presentaba en esos primeros años una imagen dulzona, placentera de la vida. Pero en 1926 sucedió lo habitualmente inevitable: un cambio generacional. Y el viejo Miguel  Ángel Quevedo cedió la dirección a su hijo de igual nombre, pero De la Lastra como segundo apellido. Quizás podríamos decir que en la cronología de la revista hay un antes y un después de ese momento. Ya su tirada había descendido a un límite inadmisible -4 000 ejemplares, la cifra de sus inicios. Perdía en la competencia frente a Carteles, Chic, Social. Y cuando Miguel Ángel Quevedo, hijo, asumió la rectoría, y Bohemia comenzó a aplicar los mismos resortes que sus rivales,  se colocó en la órbita de la contemporaneidad y se despidió de su herencia decimonónica.

Cuba insurgía en esa época. La sociedad cubana experimentaba la necesidad de cambios de raíz en los órdenes social e ideológico, y no menores en lo económico. En ese último aspecto la prosperidad y la tranquilidad de los ricos se menguaron con la erupción de la crisis general del capitalismo –con un formidable estallido en 1929-, y los lectores habituales de Bohemia –que esperaban de la pintura, a la literatura y al periodismo que les presentaran un mudo color de rosa- fueron desentendiéndose de esos gustos patriarcales a fuerzas de quiebras y ruina.

Bohemia incorporó en sus páginas el entorno social en toda su trágica realidad. Después, tras el derrocamiento Machado,  el ex mambí devenido “asno con garras” como lo tildó para siempre Martínez Villena, la revista de Quevedo se asignó la misión de ser vocera de principios liberales y progresistas. La defensa de la nacionalidad fue una divisa de Bohemia. La Constitución de 1940 –marcada por ideas populares gracias a los constituyentes comunistas y a políticos radicales de otros partidos- le otorgó cuerpo doctrinal y legal a su ideario.

OTRO IMPULSO RENOVADOR

En los primeros meses de 1943, Enrique de la Osa, que edificaba su nombre profesional como editorialista del periódico El Mundo y como colaborador de otras publicaciones, le ofreció al director de Bohemia el proyecto de una nueva sección. Será, le propuso, como un abordaje de las noticias desde el fondo, revelando el inside y narrándolas como en un cuento. Quevedo, hábil empresario, captó la idea y le exigió la primera nota. Luego de leerla le dijo: repítela, todavía no se acerca a lo que me prometiste… Y así, depurándose, apareció el 4 de julio de 1943 la primera página de la que sería el espacio más leído y temido de Bohemia: la sección En Cuba. Carlos Lechuga integraba un dúo con Enrique.

Al cabo de los meses, En Cuba fue ganando espacio hasta componer casi la mitad de la revista, y para lo cual necesito un equipo de reporteros capaces como Ángel Augier, Juan Bosch, Nicolás Guillén, nombres entre varios más reconocidos en la literatura, y Antonio de la Osa, Fulvio Fuentes, José de Jesús Zamora, Mario García del Cueto, Marta Rojas, Diego González Martín y otros periodistas tan agudos como los citados.

Sobran palabras para encarecerla cuando se conoce que a fines de 1944, un año y medio después de la creación de En Cuba, Bohemia elevó su tirada de 32 000 a 60 000 ejemplares. Progresivamente la incrementó y en febrero de 1953 imprimió 259 821 copias. Insólito en la Isla y en América Latina. Y no parece fácil negar que En Cuba, con su originalidad formal, y su  microscopio reporteril, estableciera ese récord.

Hasta dónde habrá llegado ese proyecto de periodismo de investigación, esto es, de periodismo que registra en lo que el poder se empeñaba por mantener oculto, con la forma de lo que se llamaría después periodismo literario, también nuevo periodismo; hasta dónde habrá influido que políticos y ministros comentaban: “Lo malo de esta sección es que se lee en el último rincón de la Isla.” Y se empezó a leer también de Nueva York a Buenos Aires.

La vocación patriótica y democrática de Bohemia permitió que en sus páginas y secciones confluyeran los más relevantes y disímiles autores. Desde Pablo de la Torriente Brau, Juan Marinello, Raúl Roa, Nicolás Guillén, Ángel Augier, militantes de la izquierda, hasta representantes de la derecha, como Jorge Mañach, cuya calidad y aporte a la cultura cubana no sería justo o conveniente desconocer.

Bohemia, a pesar incluso de los intereses empresariales y las filiaciones anticomunistas de su propietario, fue un crisol donde se aglutinó y perfiló parte del pensamiento de liberación nacional. La denuncia sistemática de la miseria que signaba a las capas más humildes de la sociedad cubana bajo el capitalismo y la divulgación sistemática de la historia nacional -páginas que, entre otros, coordinó Rafael Soto Paz- coadyuvaron a gestar la necesidad subjetiva de la revolución. Aun nos estremecen los reportajes y estampas de Samuel Feijoo y Onelio Jorge Cardoso -afilada sensibilidad en letras ejemplares-, o los reportajes de Lino Novás Calvo que denunciaban, a su manera de gran cuentista, la geofagia de la Manatí Sugar Company en  el norte de Camagüey.

Bohemia contó, sobre todo, con la colaboración de quien sería el más audaz y radical intérprete de los ideales martianos de una república moral e independiente: Fidel Castro.

Aún hoy Bohemia mantiene su prestigio de símbolo. Una “Bohemia vieja” todavía ofrece interés como retrato de una época. Como expresión de un periodismo que se niega a envejecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿QUÉ ES ESCRIBIR BIEN?

 Por Luis Sexto

Ojalá podamos responder esta pregunta. Nos recomiendan que seamos claros, concisos, interesantes. ¿Y serán estas tres cualidades la fórmula ideal para escribir apropiadamente en las páginas del periodismo tradicional, incluso en el periodismo personal o literario? Me contradigo con la pregunta, porque hasta este momento cuanto hemos escrito tiende a demostrar que, en realidad, no hay otra alternativa. Podríamos profundizar con las herramientas de la semiótica, indagar en una filosofía del estilo con términos incomprensibles y, por ende impresionantes, pero llanamente habremos de inclinarnos ante la verdad de que, abajo, en la base, esas que hemos mencionado  son las características primordiales del estilo periodístico. Tanta evidencia, incluso, aturde, o confunde. Y uno pregunta, como el Abate Brémond en la Academia francesa sobre la poesía, qué es en fin escribir bien. Claridad, concisión, interés. Y uno siente que haría falta encontrar un término que los englobe y los explique de modo más claro y conciso, aunque no más interesante, que esa condición no importa en la respuesta.

Me parece, pues, que la armonía es el efecto, más que la palabra, que puede contener la definición exacta de lo bien escrito. Cuando uno apenas puede leer textos colmados de sabiduría, de datos verdaderos o de observaciones atinadas, lo que echa de menos es precisamente la armonía. Creo que, en efecto, lo armónico es lo claro, conciso, también lo interesante, pero a la vez algo más. Probemos:

 

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la quae caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

 

Claridad, concisión, interés progresivo caracterizan esa página, y el algo más es la impresión eufónica. Cada palabra, cada signo, el tamaño de las frases se combinan de manera que el efecto general del enunciado se percibe armónicamente. Alguien podría argüir que ese texto de Jorge Luis Borges clasifica como una prosa poética. Y, como poesía, la música la acompaña. Pero la prosa, aun la periodística, urge de la armonía. El mismo origen etimológico de prosa nos remite a una palabra griega –progeo- que indica  paso ordenado, rítmico, armónico. La ausencia de la armonía acusa cierta cojera en enunciados escritos  para decir, exponer las cosas, y no para ser leídos, degustados, o ser leídos por notoria obligación, como un estudiante o un investigador un manual de historia o de ciencia social.

Pero, qué es la armonía.  El español  Luis Miranda Podadera la define como “la grata sonoridad que produce el conjunto de las palabras reunidas en una acertada combinación y en una buena distribución de acentos y pausas”. Usualmente, todos los tratadistas coinciden con palabras parecidas. El propio Miranda Podadera, quizás sin pretenderlo, reproduce en su Curso de Redacción un relato de Fernán Caballero, como modelo de prosa narrativa. El penúltimo párrafo niega la definición que, poco después,  escribirá sobre la armonía. Nunca me pareció afortunado. No obstante, otros autores también lo eligen como antológico. Un día, revisando La formación del estilo, del Padre Alonso Schökel, hallé una severa crítica del aludido párrafo de Cecilia Bohl de Faber, conocida en las letras como Fernán Caballero. Respiré. Resultó estimulante haber coincidido con el jesuita, un especialista con sobrado crédito. Analicemos en qué radican los defectos del enunciado.

           

Cuando cayó la primera paletada  de tierra sobre la caja, produjo un sonido hueco y sordo, cual si la rechazase, el que fue acompañado por un gemido que exhaló aquel de los tres hombres que había quedado algo apartado, retorciendo entre sus manos el sombrero, que se había quitado por respeto al lugar sagrado, donde dejaba al hijo que había sobrevivido a dos hijos mayores que había perdido recientemente.

 

A simple vista, o a simple oído, el párrafo cojea: anda con muletas. La imprescindible fluidez de la narración se resiente de lentitud. La causa se detecta con irreprimible evidencia en el excesivo empleo de la partícula que en la cadena de subordinación del enunciado. Conocemos el vició: lo llaman queísmo. Y apreciamos cuánto limita, al casi cerrar el texto la última, y definidora, impresión del lector, porque el fragmento corresponde a una pieza que, en general, sobresale por la sensibilidad romántica de su atmósfera. Editarlo, sustituyendo algunos que sin amanerar el  idioma,  devendría un ejercicio inolvidable. No me place convertirme en un suministrador de fórmulas; solo soy, como advertí, un provocador de inquietudes. Haciendo una excepción, podíamos sustituir el que superabundante con participios (activos o pasivos) o preposiciones,  o eliminándolo, o usándolo correctamente, si fuera el caso, escribiendo como, donde, cuando  en lugar del llamado que galicado: fue allí que la vi. En suma, en cualquier manual hallaríamos las opciones correctas.

 

Quiero recalcar cuánto influye la armonía en el resultado final de un enunciado. Podíamos decir que lo escrito clara, concisa, interesantemente, posee un carné de identidad en la armonía.

 

Tal vez este silencio de Javier, todo ese como mal humor callado, roto a veces por “le voy a contar un cuento que tiene su filosofía”, no sea otra cosa más que el anverso de su pena secreta, la que ningún anciano comparte con nadie por decoro; esta pena de los tantos años.

 

Los tres que, número que podría ser el normal en un párrafo de esa o mayor dimensión, encajan armónicamente en la estructura del párrafo.

Expongamos un ejemplo contrastante:

 

Salta a la vista ahora la necesidad de precisar la razón fundamental por la que se produce esa escala en la significación social de la religión. Obviamente las explicaciones del marxismo, recogidas en particular en La ideología alemana y el Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política, ofrecen los elementos para un análisis racional cuyo primer paso es encontrar el factor principal que determina en última instancia. El modo de producción, y en él las fuerzas productivas, condiciona las relaciones de producción y toda la organización social, la vida espiritual y con ella la propia religión con sus posibilidades de significación.

 

El texto pertenece a un libro que, en  sus páginas todas, confirma la sabiduría y la inteligencia del autor. Sin embargo, aunque al estilo de las ciencias sociales, no se le deba exigir preciosismos en la composición, la eficacia de sus verdades conquistaría mayores alturas si este segmento, y en general el volumen, hubiera sido revisado con  intenciones de ajustarlo a fines armónicos. La ruptura de la armonía proviene ahí de la aglomeración de consonancias y la concurrencia de vocales, hiatos y aliteraciones, como los subrayados. Técnicamente  rasgan, demuelen la sonoridad de la expresión. Son, como decimos hoy en lenguaje familiar, “ruidos en el sistema”.  Intentemos mejorarlo. Al menos, aumentará en fluidez y sonoridad.

 

Se hace visible ahora la necesidad de precisar la causa primera por la que se produce esa escala en el significado social de la religión. Obviamente, las explicaciones del marxismo, recogidas particularmente en La ideología alemana y en el Prólogo de  La contribución a la crítica de la economía política, ofrecen  los elementos para un análisis racional cuyo primer paso  es encontrar el factor básico que determina en última instancia. El modo de producción, y en él las fuerzas productivas, condiciona las relaciones de producción y toda la estructura de la sociedad, la vida espiritual y con ella a la propia religión con su posible significado. 

 

No niego que  con el propósito de suscitar un efecto tajante, rotundamente ingenioso, podamos escribir, por ejemplo, como Julio César: “Veni, vidi, vici.”. O con un fin publicitario componer un lema: Una copa de Viverol invita a vivir. Célebre en la historia de Cuba es la frase del general Dionisio Vives, despótico y corrupto Capitán General de la Isla: “Si vives como Vives vivirás.”

Tuve un alumno, locutor radial, que, sin embargo, creía que tales efectos disturbadores “sonaban bien”. Y es, coincidentemente, en los medios aéreos donde tanto enturbian la expresión informativa. En el Noticiero de Televisión uno ha oído con frecuencia frases como esta:

La reunión se convocó para tratar sobre la fundación, ordenación y administración de un nuevo complejo industrial previsto en la planificación de 1989.

 

El estilo reclama evitar esas y otros sonidos cacofónicos. Miren y oigan:

 

La larga laguna  cubría la zona latifundaria que la crueldad de un hombre sometía a las lamentaciones de decenas de labriegos.

 

No hay, desde luego, que exagerar. A veces es imposible impedir esos deslices. Y menos en nuestra lengua. Pío Baroja anota que “un idioma como el castellano o el francés no tiene más remedio que pasar por las repeticiones y las asonancias, tiene que echar mano de los que a cada pasos y emplear los verbos auxiliares”. Pero una cuota de cuidado manifestará que, como mínimo, conocemos “el secreto de los grandes escritores”.

(Tomado del libro de este autor: Periodismo y literatura: el arte de las alianzas, Ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 2006, de este autor.)

IBA POR UN CAMINO…

IBA POR UN CAMINO…

Por Luis Sexto

 

Empecé a formarme como los  peripatéticos aprendían las lecciones de Aristóteles: caminando. En el seminario salesiano donde me invitaron a perseguir el perfil de montaña de la cultura y la ética, caminar componía una asignatura de obligatoria cátedra sabatina. Nadie podía burlarla. Hacerle fraude. Vamos, arreen. Que hoy vamos a Guanabacoa. O al Cacahual. Y estábamos en un punto entonces perdido en las márgenes del Almendares, en Arroyo Naranjo.

 

Todavía hoy permanecen en mis piernas aquellas lecciones de estoicismo trotamúndico. Estoy -le dije no más ayer a una amiga digital- orgulloso de mis piernas, aunque sean flacas, ridículas. Tan escuetas, tan de lápiz son que en 1992, al terminar una quincena de trabajo agrícola en Novedades, Alquízar, gané un concurso de Míster Canilla. Y juro que el jurado fue imparcial. Las piernas compitieron a rostro cubierto, en un anonimato que protegía una sábana, provisionalmente asumida como cortina. Y estoy orgulloso, porque todavía gustan de la marcha; vibran en un orgasmo de control remoto, cuando, al partir, calculan cuanto resta por andar. 

 

Una vez entre otras, me echo a la calle dispuesto a llegar al periódico a pie. Y en algún momento me he topado con ciertos colegas cuyo crédito de pagadores de promesa exalto hoy. Tommy, el caricaturista de DDT, o Luis Jesús, el periodista de Trabajadores. ¡Cuándo no caminan ambos! El siglo en que logren un vehículo, imagino que lo conservarán  en una vitrina doméstica. La adicción al asfalto o al polvo les impedirá ser desleal a la tradicional suela sobre la que uno habitualmente los ve. Y al recordarlos compadezco menos a quienes, en una intersección de la calle Línea –tal vez G- piden a los automovilistas el favor de subirlos hasta 23: solo cinco cuadras. 

 

El ejercicio de las piernas integra el recetario de los médicos. Hipertensos y obesos, cardíacos e isquémicos, reciben, en alguna etapa de sus visitas al consultorio, la recomendación de caminar. Así, en ese aspecto salutífero, no podré aportar ninguna fórmula que cincele mi nombre en una tarja. Últimamente leí que andar a pie colabora a mantener el equilibrio mental.

 

En lo atinente a mi costumbre, caminar favorece el pensar. Todos esos sueños que me mantienen despierto –inmune a la desilusión- los fui empalmando mientras caminaba al pairo, sin rumbo precocido, que resulta el modo más provechoso de andar. Uno se detiene a oler cualquier flor del camino. O recoge las hojas que los transeúntes desechan. O se bifurca hacia un resplandor inusual. Y como no está urgido por el dogma del itinerario, uno halla, en esa parsimonia del ánimo, si de periodistas tratamos, la idea de esta crónica dominical.

 

El trabajo se ha beneficiado con mi fervor por el Camino de Santiago. En 1979, peregrinando con un fotógrafo sobre los pasos de Camilo Cienfuegos, en el aniversario 20 de su desaparición, desde Yaguajay nos dirigimos a General Carrillo –mi pueblo, además- donde el sombrero alón del guerrillero se había detenido para liderar una conferencia azucarera en 1958. En Jarahueca, el móvil ferroviario que comunicaba a ambos caseríos no pudo beber ese día la gasolina. Habría, por tanto, que esperar a mañana. Y decidí ir a pie. El fotorreportero, profesional por vocación, me siguió en silencio sobre el barro de los aguaceros recientes, hasta consumir los nueve kilómetros de la distancia. 

 

Catorce años más tarde, nos hallábamos en Bayamo. Acumulamos datos e imágenes para varios reportajes, y al preparar el regreso a la revista  Bohemia, no hallamos ómnibus. Ni avión. Y cuando estoy en un sitio que no es el mío, y termino lo que allí me llevó, los minutos de sobra me desesperan, de modo que, tras la fatigosa y estéril gestión, en tono un tanto desarbolado, le dije al fotógrafo que habláramos con el gobierno provincial, y si no pueden resolver para hoy o mañana, arranco a pie por la  Carretera Central hacia La Habana y solo me detengo si alguien se compadece… Y mi colega, quizás  recordando mi reputación de caminante, me suplicó lastimeramente: No, Luis, por tu madre…  Que no es lo mismo.  

 

MÉRITO Y ESFUERZO

Por  Luis Sexto

 

Hablemos del mérito. Y hagámoslo de manera que nos acerquemos a la esencia de ese imprevisible misterio que a veces son los actos del Hombre. La conducta humana se parece a ciertas novelas que empezando bien terminan mal o empezando mal terminan bien.

 

La Historia amontona ejemplos de ambas posibilidades. Hubo algún personaje del siglo XIX cubano a quien le minimizamos intrigas, indisciplinas, tendencias racistas al valorar su postura intransigente frente a la Enmienda Platt, ya al final de la ejecutoria del patriota. A otros, en cambio, les difuminamos sus años de libertadores meritorios por haberse convertido después en tiranos o en mayorales de fusta y privilegio.

 

Vemos, así, que el último acto -ese que acometemos hoy- es el que cuenta. Lo que hice jamás podrá valer más que lo que hago, porque tal rasero causaría un proceso de arruinamiento personal. Tengo la sospecha de que cuantos se corrompieron en los últimos años, comenzaron por adormilarse sobre sus previos merecimientos, creyendo que con su pasado habían adquirido el pase definitivo a la casta de los impunes. O los infalibles.

 

 El mérito, pues, es una medida de los seres humanos. Pero una medida temporal. Y por ello el mérito necesita ser defendido; reclama una perenne renovación, un constante rehacerse del individuo en su proyección social y política. En verdad, el mérito no cuenta con la naturaleza de una moneda que, atesorada en un banco, acumula intereses solo por estar guardada.

 

Siguiendo el razonamiento, a menudo una frase nos abruma. Es como una contraseña, una justificación que neutraliza cualquier reproche. Basta con decir que hacemos el “mayor esfuerzo” y parece que todo lo demás sobra. Ya tenemos un mérito. Hemos venido olvidando que el mérito no proviene solo del hacer, sino del hacer, del actuar bien. De estos desvíos he escrito en otra ocasión. Recuerdo, incluso, que un lector –creo recordar que de Camagüey- me remitió su desacuerdo. Él creía en el mérito del esfuerzo. Y a mí, por el contrario, me parece que el camino del fracaso se pavimenta con “los mayores esfuerzos” que no conducen a ninguna parte.

 

 El mérito a veces nos corresponde por casualidad. Uno se halla de pronto en ciertas circunstancias que exigen nuestra participación. Y respondemos adecuadamente. Ahora bien, el mérito de más valor es el que elegimos conscientemente. Nos esforzamos, y el esfuerzo termina en un resultado creador, productivo. Cuando resulta baldío puede responder a dos móviles: o no sabemos o no queremos. ¿Qué pasa –me decía un trabajador de cierta empresa- que comerse la comida de mi centro equivale a un suplicio. ¡Qué mal cocinada! Sin embargo, ante las críticas, la respuesta es la misma: hacemos el mayor esfuerzo.

 

Pero el gusto de la gente se niega a tragar aquel alimento tan “esforzado”.

Voy a concluir esta cháchara suscribiendo el criterio de que el mayor mérito, el más consciente y consecuente, es la conducta que habiendo empezado bien, termina bien. Esto es, termina defiendo sus méritos… con nuevos méritos.  (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

POR QUÉ SUENAN LAS CAMPANAS

POR QUÉ SUENAN LAS CAMPANAS

Por Luis Sexto

…Esta vez no tocan a muerto ni llaman a misa. Son campanas pequeñas y opacas que las gargantas de la sierra tragan y devuelven amplificadas anunciando el paso de un arria.

Las escuchamos ahora. Bajábamos de San Lorenzo donde habíamos saludado la memoria de Carlos Manuel de Céspedes en el mismo sitio en que una descarga española lo arrastró hacia una tupida hondonada.

La caravana aparece. Mulos y mulero marchan lentamente, con las cabezas gachas. Semejan, a lo lejos, una presencia fantasmal y remota cuando cables y caminos trasladan a las montañas las voces y las luces de la ciudad.

Fueron en una época la ruptura musical de la soledad y la monotonía. Al oírlos a la imprevisible distancia de las alturas, el corazón del serrano dejaba de latir aislado. El arriero llevaba allí el alimento y la medicina raros en aquel medio de tantas insolvencias; el ensueño de un perfume fugaz. Y trasladaba de la costa o del llano la noticia, el eco, el recado de una civilización menos precaria…

El saludo ronco de Leovilde Mora disipa el humo de postal novelesca que creímos ver aplastada por la sombra de picos y árboles. Es un hombre real y actual. Sus mulos no trasportan mercancías como veinte años antes. Ahora cargan posturas de cafeto. El país,  que se ha propuesto completar la renovación de la más inhóspita cota de las montañas, lo llamó para que con sus bestias lleve las plantas del café a las áreas de cultivo. Porque –lo recalcará Leovilde- el mulo sube hasta donde la naturaleza ha prohibido a la máquina que ascienda.

El arriero sonríe como mordiendo la libertad de sus labios. La timidez lo enrosca sobre su montura cuando los desconocidos se le acercan, lo retratan y apuntan cuanto él dice con la misma lentitud de sus travesías en la sierra. Las palabras se le escurren; las busca; titubea…

Leovilde ha sido siempre un hombre de breve decir. Durante muchos años cabalgó solo por pendientes y derriscaderos de la Sierra Maestra. Repetía de vez en cuando frases cortas para azuzar a un animal rezagado o para distraer el silencio del monte mientras consumía las ocho horas entre Chivirico y La Tabla. ¡Chiquitica, carajo, parece que estás hoy enamoráaa! –rezaba Leovilde en un cantadito familiar a sus animales.

Los mulos permanecen impasibles a orillas del amino. Sus caras, marcadas por la ternura heredada del asno, mueven a confiar en esos híbridos. ¡Cuidado! El arriero advierte que la nobleza del burro se contaminó de brusquedad al mezclarse con la índole bronca del caballo. El mulo es una combinación de negativo y positivo, aunque las leyendas han impuesto como definitorios los defectos de esa raza que, según la fábula, fue privada de la maternidad por egoísta e insociable.

Leovilde los conoce. Desde los 13 años de edad, y ya cumplió 45, trajina con mulos. Y sabe de sus resabios y marrullerías. Es una bestia peligrosa. Siempre está velando al arriero como si esperara el momento para desquitarse de toda la carga que el hombre le echa encima. Una patada puede sorprenderlo si descuida la política de exquisiteces exigida por el mulo.

Los mima; les pasa la mano; les habla dulcemente cuando se le acerca para colocarles los arreos o acomodarles la carga. Así se enteran que es él. Y los quiere, porque el mulo es casi igual que un cristiano. Si perdiera uno… tendría que conformarse, pero él ha visto a arrieros llorar a un mulo muerto. ¿Entonces son  malos o es fama injusta? Y Leovilde baja la cabeza y queda en silencio, sin saber qué decir, como negándose a comprometerse con una opinión sobre seres tan cercanos y propios.

Lo bueno predomina en la doble raíz de ese bruto intransferible, incapaz de reproducirse por haber concebido contra el orden de las especies. Del asno, o el burro, pollino, rucio, el mulo obtuvo la capacidad de resistir pesos y distancias en terrenos picados como vidrios o llenos de vueltas como el caracol. El caballo le trasmitió la agilidad.

El arriero ignora qué cuentan los papeles. Él solo ha leído en la experiencia, y sabe que el mulo es más útil en las montañas que sus progenitores. Las patas del mulo se fijan como con cemento a la tierra o a la piedra, Si se cayera o resbalara sería porque el mundo se va a acabar. Ah, pero si se para no lo obligue a seguir caminando. Déjelo que él cambie la ruta; ha visto lo que el arriero no puede ver: un peligro. Si lo fuerza, se cae. De noche sus ojos son como, como…

-Linternas.

-Sí, como linternas.

-¿Por qué usa las campanitas?

-¿Los cencerros? Con ellos marchan mejor. Si van amarrados, cuando el guía se pone en camino, los de atrás se alertan, saben que los va a halar.

Cada cencerro tiene un sonido distinto. Uno para el guía; otro para el entreguía; otro para el tercio, el cuarto y así hasta llegar al pie, que es el último animal del arria. Si alguno se extravía, el arriero lo identifica por la campanita.

En el primer viaje se aprenden el camino nuevo. En ese recorrido sí hay que rebatiarlos. Después, no. El refrán que dice que el mulo cargado coge el camino solo, es cierto.

Cuánto tendrá de saber un arriero. Arriero, arriero de verdad es el que le hace todo al mulo: fabrica su aparejo, la cincha, el cinchón, la jáquima, el bozal, y lo saber retoar, eso que otros dicen arreglar; sabe también herrarlo, no permite que el lomo se le pele; lo alimenta bien para que, por lo menos, sirva hasta los 30 años.

Es mucho. Pero hace falta sobre todo que  el arriero sea honrado para cuidar y respetar la mercancía que le encargan.

Se levanta. Ha permanecido sentado sobre una roca. Mediana estatura; piel mulata. En el zapato derecho puntea la estrella de una espuela. El sombrero de yarey acusa la humedad de varios aguaceros.

Leovide monta sobre su bestia. Nos mira y luego indica para arriba con la cabeza. Ni sus mulos ni él nos quedarán sin trabajo. Para subir allí habría que desbaratar la loma y eso no se puede. Solo con mulos… Pincha el vientre del animal. Y poco a poco se empieza a oír una sinfonía metálica cuyo eco concluirá loma arriba anunciando el paso cansino de un arria.

Din don, din don. Allá van Pajarito, Clarita, Moreno, Clavel y Esperanza. Din don, din don…