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PATRIA Y HUMANIDAD

A CRITICAL LOOK

 Por Luis Sexto 

A few more thoughts  

“Everything has been said, Mr. journalist. What more has to be done?” a reader alerted me in an e-mail message. I responded that everything has not been said, because “everything” has not been done. To “say” and to “do” hold a place in our dictionary according to the definition by our national hero Jose Marti. He said, “To do is the best way to say.”

Sometimes we reverse the terms, thinking it’s enough for us to just encourage work. No; I don’t think our problems —that our contradictions— can be solved with words. Those who have “say” —leaders, citizens, journalists— have recognized the necessity (or urgency) to modify the causes that negatively condition not only our words but also our actions.

 Everything has not been said, because even in our society we live enmeshed in a thicket of rules, regulations, and restrictions. These sprawl out to produce indifference instead of promoting creativity and the desire to work. “Doing” is immobilized. Have you noticed that in our economy there might be, for example, an the open box in a store; and while it might be worth only ten cents, it requires of an infinite amount of paper work to return it to the supplier.  

And let’s not talk about lowering a price. Our system of ordering merchandise apparently supports some people increasing prices on any product, unscrupulously, and pocketing the difference. Then too, goods are watered down and adulterated without any corresponding price reductions, swindling the customers and the government. But to reduce a price, so as to move slow-moving products or to stimulate demand, is almost impossible. A a veritable pilgrimage is required to a slew of “sacred places;” therefore things continue as they are – bureaucracy trumps.

 I don’t wish to well over with irony, this is very serious. Recently we read in a newspaper that the only way to solve the shortages at the pork slaughterhouses in a certain province was to reduce production, despite the fact that butcher shops lacked enough meat and the high prices remained fixed. Did we notice then that that “solution” was irrational? How do you reduce production of deficient food with the purpose of lightening the load on establishments set up for food production?

 But I don’t believe that the criticism falls only on those involved in meat production, distribution and pricing. The overly centralized rigidity of the economy at the social and national scale impedes mobility and a quick response to demand. We’re traveling down the road backwards.  

There’s no doubt that it will take time to modify that tendency, which is now a part of our mentality, of going against logic. We prefer to prohibit peanut vending by any retiree — to whom it wouldn’t be granted in any case— before being concerned about making peanuts available to those people who want them. I’m saying peanut to “say” something.

Another reader told me recently that he was now bored with of my “philosophy.” I thanked him for having read this column up to now and reminded him of his right not to read it anymore. I, on the other hand, do not get bored writing these same things. Today is March 14, Cuban Press Day. On this date, more than a century ago, Martí founded the Patria newspaper. With this, he left us a guide as for the militant press: to point out, to alert, to suggest. I do not believe that he wanted us to simply repeat stories or be silent; but, rather, that we find a new perspective from the same point of view.

At the Jose Marti memorial at Revolution Square here in Havana, a sentence stands out on one of those green walls. It says, roughly, that the manner in which we defend certain ideas can make them seem unjust. With this in mind, I don’t believe that when defending socialism we have to remain silent when damage is being done; if we were to do this, it would not be socialism, it would not be just or beneficial. This is the point: everything has not been said. Let’s hope for —when its time comes— the exact word: action.  

CUBA Y EL HERMANO OLAYO

CUBA Y EL HERMANO OLAYO

Por Luis Sexto 

La noticia, difundida primeramente por la agencia Zenit, es vieja. Un cubano nacido, formado y fallecido en Cuba, subirá en noviembre próximo el penúltimo peldaño del canon de los santos: será proclamado beato de acuerdo con los documentos firmados por Benedicto XVI. Se trata de fray José Olayo Valdés, religioso de la orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.

Nació en La Habana en 1820 y murió en Camagüey en 1889. Y ello, hoy aparentemente sin importancia, poseía entonces un profundo y a veces inconsciente sentido nacional. Porque cuando aún brotes y rebrotes del regionalismo entorpecían el desarrollo de la conciencia cubana -incluso frustró la conquista de la independencia en la primera guerra durante el período de l868 a 1878-, Olayo se trasladó hacia Puerto Príncipe y allí murió, como único representante de su orden en Cuba y América. Alguno pensará que politizo o patriotizo también la santidad. Pero ¿por qué no? ¿No transita también el Padre Félix Varela por la ruta crítica del proceso canónico que juzga la heroicidad de sus virtudes cristianas habiendo sido también un cura político y un patriota, hasta anticipar incluso en América Latina a los Arnulfo Romero, los Espinal los Ellacuría? El problema no reside si se es o no político, sino cómo la política y sus afanes de este mundo se vinculan con la fe y la caridad evangélica en los cristianos y en particular en los sacerdotes y religiosos.

 Evidentemente, Olayo fue a Camagüey porque cumplía el doble mandato de su voto de obediencia y su vocación hacia la caridad. Pero su acto, cuando todavía el país no se reconocía en toda su extensión y cuando aún existían camagüeyanos que visitaban a Nueva York, sin haber visitado a La Habana, el hermano Olayo, en su gesto nunca amenguado de amor a sus semejantes y también a sus compatriotas, dictó un ejemplo de integridad de índole patriótica. ¿Por qué hemos de separar la ética evangélica de la ética patriótica? Sirvió al prójimo, pero ese próximo, ese hermano enfermo y pobre a quien curaba, bañaba y le lavaba las ropas pútridas de lepra o manchadas de desechos malolientes, era también cubano. ¿O no?Me siento sumamente feliz por saber que la Iglesia Católica beatificará a un cubano nacido, criado y muerto en la isla. Y de apellido Valdés. Porque fue   aquel país colonial, donde no brillaba el “sol del mundo moral”, la justicia, donde todavía se diseminaban las secuelas de la esclavitud, el lugar en que el hermano Olayo sirvió a sus semejantes hasta hacerse santo, es decir, héroe de la virtud. ¿Quién ha dicho que a este pueblo le falta hondura, capacidad de entrega o de abnegación? ¿Quién ha podido decir que entre los cubanos  la virtud no prospera? Desde hace más de un siglo, los camagüeyanos, los habitantes de la ciudad de los dos ríos, esa comarca de pastores, según Nicolás Guillén,  veneran la memoria de José Olayo. Padre Olayo, como lo llamaban, aunque no aceptó las órdenes sagradas que el arzobispo de Santiago de Cuba le propuso; no aceptó por humildad, por vocación de pobreza en él, servidor de los más pobres; en él, niño depositado en el torno de la Beneficencia. Sin embargo, el pueblo lo llamaba Padre, lo cual confirma que padre es una categoría que se merece con las obras, que no es un título, que es algo más: la entrega y el desprendimiento renuentes a honores y vanidades. La entrega incondicional a quien necesita la mano que alivia y levanta.

El nuevo beato se erige hoy en un ejemplo de virtud para los cubanos de todos los tiempos, seamos creyentes, descreídos, indiferentes o ateos. Hay en su vida un gesto que lo enaltece y nos conmueve en particular por su naturaleza civil sin agravio de la acción cristiana: el hermano Olayo  recogió el cadáver del Mayor Ignacio Agramonte, aquel hombre con “alma de beso”, echado como un bulto en la plaza. El pobre hermano hospitalario dio al libertador muerto su único capital: limpió aquel rostro juvenil ya circuido por la santidad de la patria. No sé si el venerable religioso simpatizaba con los insurrectos o rehuía el inmiscuirse en la política militante. Lo cierto es que aquel acto en plenitud de caridad lo ejecutó ante la ira impotente de las tropas españolas, que vengaron su rencor, su intolerancia vencida por el amor cristiano del religioso, quemando el cuerpo del mambí y dispersando sus cenizas en el viento.El hermano Olayo nos muestra que la fe religiosa sin caridad es práctica seca. Como estéril  resulta la militancia política compuesta solo de palabras bonitas sin que los principios otorguen la generosidad suficiente para no solo predicarla sino practicarla.

 Admitamos que Cuba está hecha también de hombres como el beato José Olayo Valdés y enriquecida con gestos como los que justificaron su vida para la memoria eterna. Esa vida humilde, callada, abnegada, rica de pobreza -solo con lo mínimo para nutrir su empeño cotidiano de servicio- se empalma con los versos de aquel poeta comunista que cien años más tarde dijo: “Servir es más precioso que brillar”.  

Cuba, hermanos, es una sola, aunque plural y diversa. El beato José Olayo,  por bueno,  por pobre que dio lo único que poseía: su amor a la gente; por cubano, por solidario sin condiciones, nos pertenece a todos.

 

ESTRELLAS ISLEÑAS EN EL EJÉRCITO MAMBÍ

ESTRELLAS ISLEÑAS EN EL EJÉRCITO MAMBÍ

Por Luis Sexto 

En la historia larga y gruesa por preservar en Cuba la integridad de la justicia y la libertad, el isleño tiene un papel fundador. Desde fechas inaugurales, el pequeño agricultor canario peleó contra las mandíbulas del latifundio ganadero o azucarero que pretendían desalojarlo para explayarse o arrebatarle el patrimonio del tabaco.

Ese insumiso apego a la tierra lo mantuvo protagonizando en casi todo el período colonial lo que don Fernando Ortiz denominó contrapunteo del tabaco y del azúcar. Peleó el isleño además contra la ley real, contra el monopolio peninsular que dañaba, recortaba, el empeño económico del reducto tabacalero. Y sangre veguera y cuellos vegueros jalonaron desde el siglo XVI el martirologio de la rebeldía. Las crónicas relatan minuciosamente el litigio de 1720 a 1723. En este último año, los vegueros del sur de La Habana acometieron uno de los primeros actos insurgentes contra el poder de la metrópoli. Doce fueron ahorcados en el camino de Jesús del Monte, poblado canario por fundación. El terror impulsó a muchos a migrar hacia otros sitios. Y las vegas tabacaleras comenzaron a proliferar en la Vuelta Abajo.

José Martí, que tantas síntesis de hombres y de cosas de Cuba elaboró, condecora el espíritu rebelde, justiciero, del canario con esta caracterización:

"No hay valla al valor del isleño, ni a su fidelidad, ni a su constancia, cuando siente en su misma persona, o en los que ama, maltratada la justicia (...)".

Líneas más abajo, el Apóstol puntualiza, ubica el espacio épico: "¿Quién que peleó en Cuba, dondequiera que pelease, no recuerda a un héroe isleño?"

Se refería Martí al concurso de los inmigrantes de las Islas Canarias en la Guerra de los Diez Años. Porque, junto con el criollo — negro y blanco —, el africano, el español comprometido con la libertad, el chino y combatientes de otras nacionalidades, el canario obedeció a voces y clarines del Ejército Mambí, en la revolución fraguada en el ingenio Demajagua. Carlos Manuel de Céspedes da un testimonio parcial, pero insuperable de la militancia canaria en la manigua. Escribió en su Diario los días 25 y 27 de agosto de 1872:

"... Encontramos a la familia del teniente coronel (Pancho) Vega y hubo una escena: la reunión de todos sus miembros sanos y salvos al cabo de 4 años de guerra y en presencia de su gobierno".

Dos jornadas más tarde, precisa:

"La familia de estos Vega es toda de Canarias que vinieron aquí a buscar fortuna y han abrazado nuestra causa".

Y el isleño repite su presencia en la contienda que, preparada por Martí desde Estados Unidos, se manifestó el 24 de febrero de 1895 y terminó con la oportunista y conquistadora intervención del ejército norteamericano en 1898. Los canarios volvieron a vestir los harapos y comieron de la mesa enclenque y ocasional del mambí. Y de todos los españoles caídos sirviendo a Cuba en las filas insurrectas, el 43,2 por ciento era de origen canario. Cifra que sugiere a simple vista cierta preponderancia de los isleños sobre los oriundos de otras regiones españolas. Y sugiere cuánto de hidalguía, de arrojo, de abnegación impulsaba al isleño en la manigua. La muerte no lo detenía en el empuje o la carga mambisa frente a los cuadros peninsulares de donde partía el plomo repetido de los máuseres o asomaban los cuchillos calados de los fusiles.

Tanto coraje llamó a las estrellas. Y entre los 27 mambises que en la contienda del 95 mandaron con el grado de mayor general había un canario: Manuel Suárez Delgado, nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1840 (afirman también que en 1844) y fallecido en Camagüey 77 años más tarde.

La biografía del General Suárez yace sepultada. Su nombre se menciona en memorias o diarios de campaña. Pero aún no se han sistematizado y aclarado, que yo sepa, la vida y los hechos del General. El investigador José Quintas, de Ciego de Ávila, presentó los primeros hallazgos de su indagatoria y con ellos mereció el primer premio del coloquio historiográfico canario celebrado en 1984 con los auspicios de la Asociación Canaria Leonor Pérez.

Los apuntes de Quintas favorecen hilvanar una relación sumaria del General Suárez. De joven eligió la carrera militar. Sirvió un año en Marruecos. Durante la década de los 60, lo radicaron en Cuba. Aquí abandonó el uniforme. Y se ligó a los jóvenes contestatarios de la Acera del Louvre, sitio céntrico de La Habana donde confluían las aspiraciones e inconformidades políticas y sociales de la juventud radical y beligerante. Luego del 10 de octubre de 1868, Suárez emigró a Estados Unidos. Desde allí le resultará más accesible incorporarse a los seguidores de Céspedes. Y en 1869 regresó en la expedición del Perrit, al mando de Francisco Javier Cisneros y Tomás Jordán. Era El 11 de mayo. En el estero de Canalito, bahía de Nipe, costa norte oriental, los expedicionarios desembarcaron 2 340 fusiles Springfield y municiones. De acuerdo con los historiadores fue el mayor alijo insurrecto durante la Guerra de los Diez Años.

Suárez mandaba la compañía llamada Rifleros de la libertad. Establecido en la manigua integró las fuerzas del Mayor General Ignacio Agramonte. Entre otras, y con otros jefes, peleó en las batallas de La Sacra, Palo Seco, Las Guásimas, acciones que bastan para consagrar cualquier expediente patriótico.

Tras el Pacto pacificador de El Zanjón. El General Suárez puso hogar en Santa Clara. Participó en los secretos conspirativos de 1879, vinculado al abogado José Martí, entonces en pos de su historia. Fracaso. Nueva espera. Y el 16 de junio de 1895, de la ciudad se trasladó al campo de la guerra. Entre febrero y junio de 1896 fue jefe del Tercer Cuerpo del Ejército Libertador, en Camagüey. En ese cargo Suárez se aplanó en la pasividad.

"Ni dio combates ni realizó nada digno de mención", apuntó el General Loynaz del Castillo en sus memorias.

¿Por qué? Las causas siguen al parecer en la incógnita. Tal vez alguna injusticia contra sus méritos, una preterición, en fin, debilidades humanas que lo desilusionaron.

El Generalísimo Máximo Gómez lo destituyó en presencia del Ejército, luego de dirigirle violentos cargos que Suárez recibió con silenciosa resignación. Pero si no terminó brillantemente su faena militar, supo conservar la dignidad del patriota en medio de la adversidad y el bochorno. El propio Loynaz acotó:

"No por eso abandonó el campo de la Revolución, cuya suerte quiso hasta lo último compartir".

Otras estrellas distinguieron camisas canarias. General de división fue Matías Vega Alemán, nacido en Las Palmas en 1861 y fallecido en Santiago de Cuba en 1905. Y General de brigada, Julián Santana Santana. Nacido en Tenerife en 1830, murió en Las Tunas en 1931. Combatientes desde 1868, de ambos los datos son escasísimos.

Jacinto Hernández portó también las estrellas de brigadier. Fue uno de los generales veteranos de la guerra del 95 que más tiempo vivió en la República. En 1950 tenía 80 años. Entonces quedaban solo seis generales de los 140 que formaron el cuerpo de mando superior en la insurrección.

La biografía de Hernández es más conocida por causa de su longevidad. Además, fue un ciudadano destacado antes y después de la contienda. A los 12 años vino a Cuba. Precedía de Gran Canaria. Había nacido en 1863. Su padre lo aguardaba aquí. Se estableció en San Antonio de las Vegas, en el sur de La Habana. Cuando los jefes supremos del Ejército Libertador, Máximo Gómez y Antonio Maceo, invadieron esa comarca, el Generalísimo se entrevistó con Hernández, a la sazón alcalde del pueblo. Ambos acordaron que el canario se alzaría en armas. Cumplió. El 10 de febrero de 1896 se presentó en la manigua capitaneando a 400 hombres. Gómez lo promovió a comandante. Y al concluir la campaña lo ascendió a general de brigada. Don Jacinto operó en La Habana. En la paz fue el primer alcalde revolucionario de la villa de Güines. Concluido su mandato en los primeros años de la república intervenida, frustrada, por Estados Unidos, se retiró a su finca para cultivar caña de azúcar.

En mis indagaciones hallé también el nombre de José Fernández Mayato, coronel. Antes de alistarse en las filas mambisas, en Matanzas, participó en la extinción del incendio de la ferretería de Isasi, sita entonces en la esquina de Lamparilla y Mercaderes. El hecho se conserva con colores de luto en la memoria de La Habana. El fuego, que ennegreció el 17 de mayo de 1890, prendió dinamita almacenada en el establecimiento. Veintiocho bomberos perecieron. Y hoy se les venera, al igual que ayer, como mártires del altruismo, porque eran voluntarios vinculados a aquel suceso por sentimientos de generosidad y servicio público.

En 1920, el Coronel Fernández Mayato ocupó la jefatura del Cuerpo de Bomberos de la capital. Ganó el prestigio de trabajador honrado y eficiente.

Extraviados en los anales bélicos, o sin ser recogidos por estos, pueden rutilar en la opacidad del desconocimiento otras estrellas isleñas. La historia las despejará. Queden estas menciones como un acercamiento incompleto, como un acto de gratitud a los canarios que ante el apego a la madre patria injusta, prefirieron servir a la justicia en la patria de adopción.




EL ENTIERRO DE MI ABUELO

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

 Por Luis Sexto

Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había trasladado a la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la tienda, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Obsevé a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama.

Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía:¿Qué vas a decir, muchacho?Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez:¿Qué vas a decir, bobo?Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta. Así hubiera hablado él -comenté.¿Quién? ¿José? No, Francisco...Y callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha causado mi única frustración: no haberlo conocido.  (Del libro Crónicas del primer día)

MUJER, MUJER DIVINA

MUJER, MUJER DIVINA

Por  Luis Sexto

 Me asusta escribir sobre la mujer, porque temo escribir tonterías. Voy, no obstante, a liar algunos apuntes. Parto reconociendo que lo mejor de la pareja humana es su región femenina. Tiene ella lo que a veces falta a los varones: la sabiduría de comprender, la abnegación de tolerar y desdoblarse, y la ternura de mojar con sangre de uno de sus dedos la arcilla de la maternidad.  

Lo digo, y sé que todavía el machismo cuenta con aire entre nosotros. A veces creemos que la mujer solo está llamada a ser madre y a cuidar la casa, tal como escribió el polaco Kapuschinski sobre la mujer africana: la mitad de su vida la dedica a parir y llevar los  hijos sobre las espaldas y la otra mitad a rayar la yuca para la mandioca. Algunos, incluso,  le asignamos un papel maligno en las relaciones amorosas. ¡Cuánto bolero melódico, cordial, intenso, compuesto por hombres, nos la describen como un ser perverso!

Afortunadamente, todo ese andamiaje costumbrista va poco a poco desapareciendo o transformándose en una relación poética más pulida, más serena. La mujer ha sabido realizar la revolución, primeramente dentro de sí, echando a un lado prejuicios de siglos. Y ha demostrado que, sin su concurso, el país y la familia andarían más lentamente, cojeando y, sobre todo, sin cumplir parte de la justicia. Lo demás, el poema o el guiño, el juramento o el desdén, corresponden a la prosa personal de lo cotidiano. Quizás al folclor de Eros. 

El Día de los Enamorados o el Día de la Mujer y cualquier otra fecha componen, en síntesis, el espacio que nosotros debemos aprovechar para lavarnos las mil inconsecuencias de nuestra conducta de esposo o novio, amigo o contrapartida masculina de la mujer, y prometernos un porvenir más sensato. No veo las fechas en que recordamos a las damas de otra manera. Sé que existe una deuda de gratitud y reconocimiento que aún continúa mostrando sus cifras sin cancelar. Y urgimos, por ello, releer hoy a uno de los autores más agraciados en sus páginas sobre la mujer. Recuerdo una frase de José Martí que ha llegado a ser como la síntesis de la doctrina revolucionaria acerca de la participación de la mujer en la sociedad. Sin su concurso, afirmó el Apóstol, las campañas de los pueblos son débiles. Porque, desde luego, les faltaría el complemento que fortalece y tonifica.  

 Martí fue un enamorado. Pero no un enamorado feliz. Pudo quejarse justamente de carecer del pecho femenino que le sirviera de sostén, al menos en su matrimonio, y sin embargo, calló. Porque –decía- “de mujer puede ser/ que mueras de su mordida, / pero no manches tu vida/ diciendo mal de mujer.” Ahondando en la intimidad martiana, no he hallado, entre tantas de tantos, carta de amor más intensa en su brevedad, más viril en su percusión, ni más respetuosa y comedida en su apasionada expresión que aquella dirigida por el joven Martí a la mexicana Rosario de la Peña, y cuyo resumen puede hacerse en una frase: Tengo frío y estoy pensando en usted. 

Ahora, termino. Me doy cuenta de que, después de Martí, el riesgo de  decir boberías se multiplica.  

 

EL TRABAJO DEL PENSAMIENTO

Por Luis Sexto

 Un libro me acompaña desde muy joven. Tal vez los 17 años. Al verlo supe que sería decisivo para mi vida. Se titula El trabajo intelectual, de Jean Guitton, célebre, entre facetas de historiador, apologista, filósofo, por su dedicación al periodismo ensayístico; también al literario.  Lo estimé decisivo porque me facilitó, a tan prematura cuanto oportuna edad, los instrumentos principales del pensar y del escribir, que ambos ejercicios han de hacerse; el primero primeramente, y luego el segundo. ¿Escribir sin meditar antes cuanto se ha de decir, o sobre qué se ha de escribir?
Entre las páginas de ese libro de Guitton fui adquiriendo algún concepto sobre el estilo. Comprendí de inicio que el uso del intelecto es, ante todo y después de todo un trabajo intelectual. ¿Inspiración? Nada de mágicos soplos, de humaredas merlinescas. Es aplicación, sudor,  pasión, emoción puestos sobre la escritura o la lectura. 
Lo principal de este libro fundacional en mi vocación periodística y literaria no radica solo en cuanto me reveló con la encarecida técnica francesa de lo exacto, lo racional. Más bien reside en cuanto me ha permitido deducir de sus directrices abiertas, aptas para el desvío, la curva, la marcha atrás. Por ello, a mis alumnos en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana les digo que, a mi parecer, el periodista verdadero es aquel que sabe moverse entre las cosas que ignora. De pronto, la frase ingeniosa -cápsula que pretende sintetizar una definición- nos parece un disparate, un despropósito. Y es, por el contrario, actitud culta, carisma de la asociación. Porque cómo resulta imposible saberlo todo, hemos de poseer para compensar las carencias la capacidad de vincular los conocimientos entre sí.
Ese es el signo generador de la cultura.Pero, reduciendo el campo, El trabajo intelectual de Guitton trasmite también  el uso apropiado  de las técnicas de pensar y, por supuesto, de expresar el pensamiento. No puedo ahora dejar de asumir cierta pose profesoral. Cuando vamos a interpretar hechos o ideas el anunciado puede desarrollarse o empezar a desarrollarse de tres maneras: A priori, A posteriori y A contrariori.Leamos lo siguiente:  
El bien de un ser no puede hallarse en algo extraño a la naturaleza del hombre. Por tanto la felicidad es un estado psíquico, producto de una idea; ahora bien, la riqueza, por sí misma, es incapaz de dar esta idea. No es en modo alguno la riqueza lo que hace la felicidad, sino la idea de la riqueza…
Lo entendemos fácilmente. Con el uso del método de A priori extraemos de una idea general ya admitida, reconocida, la proposición que defendemos o queremos demostrar. Es el método socrático. Y, digo de paso, este es el método que encaja en el artículo, por su trabajo fundamental con las categorías ideológicas.Veamos otro ejemplo:  
Las elecciones en España han venido a resolver, por esta vez, el antiguo litigio entre el bien y el mal. Hemos visto con frecuencia que la maldad impera sobre la bondad sin que hallemos la vindicación que una vieja fe en, premio y el castigo espera… Esta  vez los malos perdieron. Y al parecer un hecho nunca previsto propició esa justicia siempre anhelada: las explosiones en la estación del metro en Atocha.  Si juzgamos o evaluamos 
A posteriori nos percatamos que el análisis resulta más cercano, más vital, porque consiste en tomar ejemplos, casos concretos, anécdotas, experiencias, para abonar y facilitar la interpretación.  Requiere un mayor esfuerzo de memoria, cultura, poder de síntesis.  Propio del comentario, que suele trabajar con hechos.Este es el último ejemplo: 
No creo en el ahorro. Hasta hoy he oído sin interrupción mil razones que recomiendan y encarecen el ahorro, y sin embargo continuamos uncidos al derroche. ¿Llegará a ser alguna vez el ahorro una cantidad posible, palpable? ¿Tendrán razón las cartas papales que llegan a sugerir que el que ahorra será un bienaventurado? 
Hemos pensado, en ese párrafo, por el lado opuesto. Habitualmente uno ha de creer en el ahorro, que es la opinión más común, pero en el inicio del comentario, el comentarista parte de lo contrario: dice no creer en esa vieja y recomendada práctica. Este es el método de A contrariori o A contrario sensu. Y consiste en objetar, ir en contra, y discernir en el análisis la parte de verdad que contiene una proposición o un hecho y su parte de falsedad. Es, según mi experiencia, el preferido por los lectores u oyentes.  Todo cuanto parezca polémico interesa. Lo que no puede interesar es lo complaciente, lo obvio, lo propagandístico. Evidentemente, líneas más abajo, el autor dirá que no cree en cierto… tipo de ahorro, porque al otro, el que no es una consigna y sí una sabia práctica, le reconoce sus valores y sus urgencias.
Este método de la polémica ha servido para desafiar a los receptores. Es el más punzante. Provocador. Atiza la curiosidad ante el probable litigio de quien anda a contracorriente.  Los  demás también funcionan como resortes para activar el interés. Pero todos, en suma, se adecuan a las intenciones y a la materia elegida. No siempre la polémica encaja en ciertos contenidos especulativos, ni las abstracciones sirven para afrontar el choque de lo concreto, ni lo concreto para deducir una interpretación plausible. Son fórmulas que, como las palabras, se seleccionan en la operación del estilo. Cuando convenga una u otra.

                                                            


 

LUIS SEXTO NO DEBIO DE “MORIR”

Por Emir García Meralla. 

En honor a la más estricta verdad estuve mucho tiempo pensando en como titular esta nota y que  los prejuicios o las emociones no me dominaran. Tengo en mi mesa de un ejemplar del libro El día en que me mataron, del periodista cubano Luis Sexto.  

Cuba vive aires de libros, la 17 Feria Internacional del Libro de La Habana aún no ha concluido y se esparce por la Isla. Comencemos por el principio. El autor de esta pieza que tengo entre mis manos se llama Luis Sexto, por lo que uno imagina que se trata de un miembro de la nobleza francesa del siglo X y que de alguna manera esta emparentado con el Rey Sol y con la decapitada Maria Antonieta; a sea que es historia. El título del ejemplar no puede ser más  acorde al nombre: El día en que me mataron; en pocas palabras, pueden ser los detalles de una investigación emprendida para aclarar las causas, antecedentes y consecuencias de un magnicidio. 

No es ni lo uno ni lo otro.

 Este Luis es Cubano, con mayúscula, y su profesión es el sacerdocio de la palabra y la información: periodista; él no es culpable de llevar tal apellido, pero todos los que le conocen le suelen llamar: Sexto. El libro en cuestión es una recopilación de algunas de sus crónicas y anécdotas escritas con la regularidad proverbialmente necesaria para los domingos en un periódico cubano: Juventud Rebelde, en el que sus crónicas dominicales durante años corrieron el riesgo de hacernos pensar y reflexionar, si fuera el caso, y reír en no pocas ocasiones. 

Escribir, dijo alguien una vez, es el más solitario de los artes y el más apasionante de los suicidios; este libro puede ser la cronología de un hermoso suicidio. Durante años el espacio de lectura reposada de los domingo en los periódicos ha sido una de las grandes ambiciones y sueños de todos los periodistas y escritores, tener una columna fija el único día de asueto es la coronación profesional más alta. Garantiza la regularidad de los lectores permite al escritor disponer de un corpus creativo inagotable; es también un gran reto, pues se trata de demostrar hasta que punto se puede ser creativo, original y mas que todo imaginativo. 

Lecturas de domingo durante años ha tenido nombres ilustres en el periodismo cubano. En ese olimpo entró, por sus propios méritos y pies Luis Sexto.Contadas con un estilo directo, con un despliegue adecuado de recursos literarios, haciendo uso del lenguaje coloquial, el autor nos conduce por su vida, su profesión, sus miedos, sus tristezas y hasta nos muestra a su familia tal y como es; cada una de las crónicas o Crónicas en primera persona, como se llamó la columna, es un fresco de la vida cubana de los años iniciales del Siglo XXI; de una aventura así estaba urgido el periodismo nacional y los lectores mismos. 

Debo confesar mi preferencia por el trabajo Traído por los pelos, tal vez por solidaridad capilar más que por valores literarias o periodísticas; quizás sea por la sencilla razón de que me obligó a reflexionar más de lo que esperaba… en fin que de un solo golpe me bebí este discreto tratado de filosofía urbana.Al fin y al cabo soy humano y la pasión brotó en estas líneas, inobjetable verdad. Las cifras de libros vendidos, durante estos días de Feria,  pueden ser inusitadas si se tiene en cuenta el hecho de que los libros por obra y gracia del mercado cada día son más caros y cada día se deja de escribir con el corazón.  

A esta hora mis preferencias como lector las tomo por Luis Sexto. Me alegro sobremanera que la obra suya no me conduzca por el laberinto detectivesco de la historia ni las calles y los salones palaciegos de Louvre o los sótanos de las Tullerias.  Esta historia es la de un hombre cubano de carne y hueso al que pienso un día estrechar la mano… digo si no lo matan nuevamente antes de que escriba otras líneas. 

JARDÍN SIN LIBROS

JARDÍN SIN LIBROS

 Por Luis Sexto

Dicen  que un hogar sin hijos es un jardín sin flores. Y qué metáfora se podría aplicar a aquellos hogares donde no hay un libro.  Tal vez tengamos que invertir la imagen y afirmar que los libros sin casa son flores sin jardín.  Y la comparación no es caprichosa. Porque hay afinidades entre hijos, libros, flores y jardines. En efecto, un hijo es una flor, fruto florecido de la pareja humana. Un libro puede ser también un hijo para el escritor. Y puede ser un jardín para los lectores, un jardín salpicado de colores y aromas. 

Todo, así, dicho muy ranciosamente, muy a la antigua, porque estoy hablando de libros, y me parece que ya nada se podrá inventar para impedir la repetición de las mismas imágenes y los mismos conceptos. Y a fuer de sincero, no puedo confesar, como el poeta Rilke, que he leído mucho. No quisiera, sin embargo, que la feria del libro de La Habana concluyera su recorrido por ciudades del país sin que yo, con toda humildad, hilvane algún comentario sobre este festival de cultura impresa. 

Permítanme una confesión personal: me apasionan los libros. Mi buena madre empezó a preocuparse cuando, en mi adolescencia, me olvidé  de los programas del Viejito Chichí, o los muñequitos de Disney, para introducirme en los libros de Julio Verne, Salgari y compañía. Este muchacho va a enloquecer, se quejaba la vieja.  Y yo me reía, porque fue entonces cuando comencé a ser un muchacho serio, influido por personajes maduros, dispuestos al bien, capaces de servir a  la patria, y a los demás, aunque fuesen desconocidos. 

No me gustaría ofender, pero debo decir que cuando llego a una casa y no veo libros, aunque sean libros viejos, me entristezco. Porque faltan flores al jardín, o jardín a las flores. No sé cómo podríamos aspirar a ser mejores personas, mejores padres, mejores ciudadanos, si el trato con los libros es nulo. Pero, además,  cómo podríamos aspirar a ser cultos, si no leemos, si en nuestro hogar no se echa de menos ese artículo de primera necesidad. Y cómo, sobre todo, nuestros hijos podrán amar la escuela, el estudio y la lectura, si crecen en un hogar sin libros.  

La Feria del Libro ha demostrado que hay infinidad de cubanos que sienten auténtica avidez por la lectura. No somos pocos los amigos del libro.  Y somos muchos, porque sabemos que la relación que se establece con un libro se formaliza sobre el diálogo y, por lo tanto, nos obliga a pensar. El libro es un producto cultural que no posee un solo autor.  Son muchos los autores de un título leído masivamente. El escritor dice, afirma, sostiene, cuenta. Y el lector, el otro  autor del texto, contradice, refuta, enriquece. Por ello, un libro anotado en sus márgenes es un libro leído hasta el tuétano, como hasta el tuétano se come un manjar, se aspira el perfume de una flor y se ama a un hijo.