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PATRIA Y HUMANIDAD

SEMÁNTICA

Por Luis Sexto

Servir y servil tienen la misma raíz, aunque no implican la misma actitud. Ocurre, sin embargo, que a veces deseando no ser servil, nos negamos a servir. Hasta tal extremo se desarrolla la confusión que si los servicios –en particular los gastronómicos- poseen la fama de componer un enigma no resuelto aún, la causa se remite también a ese “asco” con que asumimos algunos servicios.

Una amiga conoció, en una boda, a un joven –podía ser un viejo, ¿no?- que trabajaba en el tan recurrente sector de la gastronomía y el comercio, y al preguntarle porqué todavía se afrontaban tantas dificultades con el buen trato y la eficiencia, su interlocutor le respondió que porque vivíamos en un país de personas iguales. ¿Cómo? Le espeté a mi amiga. ¿Esa es la razón? Según él, sí. Aparte de que todavía no hemos encontrado una fórmula capaz de estimular ese trabajo, el fundamento del mal servicio es la igualdad que nuestra sociedad promueve.

Es decir, que en el fondo de nuestras actitudes, en ese no ser “criado de nadie” ronca un concepto ideológico. Y ello nos demuestra que, por momentos, el más puro y justo principio se distorsiona de modo que genera reacciones opuestas a las previstas. Vengamos a creer que la igualdad proscribe el servilismo y nos invita a ser servidores del conciudadano, del compatriota que nos requiere. Lo contrario significa actuar en contra de la humanísima y revolucionaria ley de la solidaridad. Por ello mismo, porque somos iguales, al servirnos recíprocamente no caben las posturas serviles, sino el dictado del amor, la tendencia a cooperar…

Hace más de 15 años escribí, como sobre otros, de este asunto. Y concluí entonces que los servicios sufrían los embates de una concepción ideológica, pero de mala ideología. Y poco, parece, ha cambiado desde 1990. Tal vez esa óptica espuria, ese continuar reputando el servir como sinónimo del repudiable servilismo, se haya agravado durante el Período Especial a influencias de las urgencias domésticas del egoísta “tengo que resolver”. Fíjense si servir nos cuesta que en los mercados de oferta y demanda donde cobran hasta las preguntas a precios insultantes, también nos atienden con desdén, desde una posición hostil. Ni siquiera el pregón logra trascender el volumen entre dientes de una mueca. “Vaya, tu maní aquí”, y arrastran las íes como si fueran erres.

A mi parecer, la mejor carta de identidad o de presentación de una persona se escribe con las letras de servir y servicio. Habrá, pues, que tirar a la alcantarilla esa concepción de huirle a mis deberes de hermano de mis hermanos por creer que servicio y servidumbre suponen la misma actitud de inferioridad del criado o del esclavo. Sé que ambas categorías se afincaron, desde los orígenes de nuestra sociedad, a latigazos y humillaciones en la conciencia del cubano. Pero es ya momento de quitarse la ropa vieja y usar, amorosamente, el traje de la solidaridad, cuya acción empieza aquí, entre nosotros, y se extiende hacia el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

LA GEOMETRÍA MÁS CORTA

LA GEOMETRÍA MÁS CORTA

Por Luis Sexto

 Preocupada admirablemente por las cuartillas que esperan la opresión de mis dedos, mi mujer entra a veces en la sala y me pregunta puntillosa: ¿Conversando, eh? Estoy, en efecto, conversando con algún amigo a cuya confianza no le parece intromisión, ni grosería, el reproche conyugal.

Los tres sonreímos. Luego voy a responderle, y pienso que antes pudiera recitar un álbum de conceptos sobre la conversación para explicar mi actitud de aparente derrochador del tiempo. Porque cuanto más vivo más creo que si Robinson Crusoe no hubiera hallado a Viernes, él mismo lo habría inventado trasfundiéndole la vitamina del movimiento a una estatua de arena. Lo imagino, aún sin compañía, en un día cualquiera de su soledad náufraga e isleña, sentándose frente a las pencas cabizbajas de un cocotero para iniciar un diálogo monologado, como un sordo ante otro sordo. El propio Daniel Defoe se percató de que, sin un compañero, el novelesco paladín de la autosuficiencia hubiera resultado antipático por inhumano.

Veamos un expediente más conmovedor. El monje  trapense Thomas Merton y el Dalai Lama iban a entrevistarse en la capital de Tailandia cuando el contemplativo norteamericano se electrocutó al oprimir el interruptor de un ventilador en su habitación de hotel. Un periodista español, de nombre ahora olvidado, quiso imaginar el encuentro como el diálogo de dos hombres que nunca hablaban. ¿Qué tendrían que decirse el monje cristiano, hermano Lois en el monasterio de Gesetmany, Kentucky,  y el líder budista del Tibet?  

Quizás no halla conversación más intensa que la de dos hombres que suelen hablar dentro de sí. Antonio Machado confesó conversar con el hombre que lo acompañaba interiormente, en una alteridad, en un eco, que duplica el monólogo en la imagen de sí mismo. Conversación intensa y extensa de dos mudos que callan hasta el día en que la garganta acorta el deslumbramiento de unas palabras ante la verbosidad de otras palabras. Y por tanto no hay términos más ajustados, ni precisos, que los que surgen del develamiento y la evaluación interna del silencio. Porque este no es si no la espera generadora de la conversación; el callar para decir. Rubén Darío el musical y rítmico poeta primordial del modernismo, hablaba poco. El colombiano Vargas Vila, famoso quizás por el estruendo de sus prosas y sus discursos hablados, dijo en un librito ya muy escurridizo sobre Darío que el nicaragüense no hablaba. Su conversación se ajustaba a monosílabos. La deidad que lo otorgó el genio de la imagen y la palabra, le quitó a cambio el de la conversación. O probablemente la poesía, la más entrañable, necesita del silencio para incubarse.

Pero exaltando el silencio no rebajemos la conversación, que parece resultar un diálogo de medular estela en un fluir lento, distendido, sin la estridencia polémica del furor; más bien, con la anuente displicencia del que no desea tener la razón, sino buscar la verdad. Un arte educado, según Monterroso. No habrá conversación si hay charla, cháchara o palique. Estos tres demonios de la seudo conversación se agostan en su propia insuficiencia, en su incapacidad para convocar el buen juicio, la constructiva multiplicidad de todas las flechas de la rosa náutica hacia un concierto reflexivo. Este es el ojo de la aguja: la esquiva consciente de lo baladí, que es el caldero donde cháchara, palique y charla, se transforman en un caldo aderezado con  la excelencia de lo insustancial. Habrá conversación cuando el meridiano cero perviva más allá de cualquier numeración creciente, de cualquier contacto con la urgencia del aburrimiento. Y se mezclen lo utilitario con lo sensible, lo racional con lo intuitivo.  Saber y placer. Porque registrado el concepto en sus expedientes más antiguos, conversación implica sabiduría, trasvase de ciencia y experiencia, luego amodorradas creadoramente en la conciencia y transformadas en carne primordial del carácter.  Es ese el decir de Stefano Guaso para el que “chi non conversa no ha esperienza, sabor supremo de la civilidad renacentista por donde el juicio nos evita  el ser  poco men che bestia”.

La conversación implica la convivencia. Es la geometría más corta entre dos personas. Amor que no conversa se anula en la trágica ficción de los cuerpos, como los polos que chispean al juntarse y se queman en la misma vaguedad del roce. Cama y mesa, tradicionalmente, convocan la conversación. Nunca entendí por qué en el refectorio de los seminarios preconciliares y en cuarteles de reclutas el silencio regía la maquinal animalidad del comer. Precisamente, la conversación humaniza el acto de masticar y tragar que evidencia nuestra insuficiencia como especie. En silencio, somos simplemente leones que, en vez de gruñir, hacemos sonar los cubiertos. La paz comienza en una mesa animada, dispuesta a la satisfacción orgiástica y por ende a la anuencia, al perdón que legitima  las explicaciones; la guerra puede surgir en una mesa callada, seca, donde el hartazgo fisiológico traga sobre todo el desbordamiento espiritual reprimido. Ocurre igual en la cama. Previo al acoplamiento, al viaje de uno y otra hacia el interior ajeno, se humedece en la conversación, un recoger cabo que acerca el bote al espigón. Después, en la laxitud, el abismo nervioso del orgasmo se enriquece en el intercambio de aquellas regiones a las cuales no se llega si no en la palabra que desnuda y desbroza.

Con Dios el creyente incluso ha de conversar. La oración recitada, los textos concebidos como mercancías piadosas defraudan la buena fe. Dios podría cansarse de escuchar frases no sentidas, anotadas como en el libreto de un programa de televisión. Dios tal vez solo oye sentimientos, porque ve por los oídos el suspiro intermitente de la angustia, la oxigenación desesperada del alma inmóvil y muda en la soledad. Para Dios los ojos hablan: la mirada prendida del pasamano, que es nuestra inferioridad angustiada, y el deseo de escalar la ansiosa certidumbre de ser oídos en el luminiscente diálogo del alma vacía. Pero si se pronuncia alguna palabra ha de decirse en el intercambio susurrante de la conversación, en la humilde actitud del que habla para levantarse por sobre las limitaciones de su lengua. Ha de andar en lo cierto el pintor mexicano Newman, al creer que las manifestaciones grandilocuentes no son agradables a Dios: elevan un sonido falseado por la prepotencia. Yo pienso, en particular, que la humildad es el lenguaje de Dios, lo cual supone un problema teológico que a pocos habrá de interesar y  que aquí no voy a acometer presuntuosamente.

El maestro que forma discípulos –no el profesor de pedantesca resonancia-, o el escritor que concierta y realza a los lectores –no el que los aplasta y espanta- consigue, a mi parecer, la comunión mediante el ejercicio conversacional. Y paramos otra vez en la humildad. La conversación discurre sobre la ideología de la mansedumbre. Porque la polémica tampoco integra, ni  sustituye la conversación. La polémica es puja, confrontación. De sólito los contendientes no se oyen; solo atinan a  concentrarse en la argumentación demoledora del rival. La conversación alude al puente entre las dos orillas de un abismo. En la conversación empieza la convivencia. Porque el que conversa se independiza de sí y se enchufa a la boca del otro, en el más carnal reconocimiento de la libertad propia y ajena. Y se independiza, incluso, de la verdad.  Que no hay verdad que sirva y sobreviva, si  uno no escucha, tolera y acepta. Esto es, si uno no habla en la paridad reconocible del diálogo, oscilando entre la sabiduría y el placer. Como  jinete sobre un jamelgo en camino desierto,  despojado de  los atuendos intransitables del reloj…

Debo, pues, muchas chispas, muchos arranques a la sugerencia de algún interlocutor. “¿Conversando, eh?”, me cuestiona mi mujer. Y tras de agradecerle su inquietud, le respondo:

“No; trabajando”.

 

 

DIGA USTED CÓMO

Por Luis Sexto

El columnista, es decir, el que escribe a plazo fijo, en espacio también fijo, tiene, entre otros conflictos, el de llevar el mismo cántaro varias veces a la fuente. Y uno siempre espera que, contrariamente a lo que afirma el refrán, la vasija no se rompa. Por lo tanto, regreso hoy por el mismo camino y al hombro un asunto conocido: la convivencia.

¿Descubro acaso el agua tibia al repetir que padecemos de falta de convivencia? No sostengo que la convivencia está crisis, porque algunos pueden interpretarlo negativamente. ¿Estar en crisis? Para unos es malo; como arrimarse al hueco de la muerte. Para otros, bueno; es el punto exacto para cambiar o meternos más en la tembladera. Por lo tanto, la convivencia solo sufre mil golpetazos sin que por ello digamos que está en crisis. Más bien, en un balance justo, unos conviven mal y otros intentan respetar a sus convecinos.

Salvado el equilibrio, el orden intracomunitario –el barrio, el edificio- soporta en parte la indisciplina social que se manifiesta en el resto de los sectores: en el ómnibus, la calle, las tiendas, etcétera. Una especie de anticultura nos aqueja. Porque la cultura, sobre todo, significa convivencia. ¿Habrá que repetir también que la cultura no es el conocimiento, al menos no es solo el conocimiento? Metafóricamente, el conocimiento, el saber, se hospeda en algún meandro del cerebro, y la cultura, la sabiduría, reside en el corazón. No dudo de que alguien discuta esta poética división. Lo cierto que usted puede saber mucho, sobre muchas cosas, pero si no respeta a su semejante, si no reconoce que sus derechos terminan donde empiezan los derechos del otro, usted ni es culto, ni mucho menos sabio.

Es fácil convenir, pues, que nuestros afanes educativos y culturales han de ir dirigidos, si cabe el recordatorio, a propiciar particularmente un clima de convivencia en la sociedad. No podrá la escuela renunciar a enseñar a convivir, porque en esencia educar es eso: preparar a los educandos para saber aprender y saber hacer, y saber hacer y saber aprender junto con los demás.

Hemos citado más de una vez al escritor inglés Gilbert K. Chesterton –autor de El hombre que fue jueves, novela aún en venta en librerías cubanas-; hemos citado a aquel ensayo en que cuenta cómo, en un viaje a España, al tratar a los campesinos, descubrió cuan “cultos eran esos analfabetos”. De ello hace ya mucho tiempo.

Pues bien, uno casi se convence que las quiebras de la convivencia en nuestra sociedad no son resultado de la incultura o la baja escolaridad. ¿Quién ha carecido entre nosotros de oportunidades para ser mejor, al menos instructivamente? Es decir, no podemos justificar el comportamiento contra las normas de convivencia alegando que, pobrecitos, son ignorantes. Estaríamos negando cuarenta y siete años de educación gratuita y universal. Tal vez la formación no ha sido totalmente eficaz. Quizá las necesidades impuestas por el período especial han mordisqueado la conciencia de ciertos ciudadanos. Todo ello es posible. Lo que sí figura como una verdad acorazada, es el hecho de que en nuestros barrios e inmuebles, sobre todo en los edificios multifamiliares, algunos pretenden imponer la anticultura del barracón.

Dígalo usted. ¿Cierto? ¿Exagero? ¿Necesitamos  disciplina, cumplimiento de las normas de convivencia? Cuente que sobran sitios donde, según las reglas, no se debe criar un perro y amarran desafiantemente, en el área común, un pastor alemán, y allí mismo sueltan gallos finos para que desde las tres de la mañana, usted, habitante de una avenida principal, despierte pensando que está en el campismo. Cuente cómo, cuando usted ha ido a llamar la atención, le han respondido que si usted acaso se cree dueño del edificio. Usted puede contar. Yo también pudiera contar. Pero no puedo hablar de mi edificio… Soy el que lleva el cántaro a la fuente. Pero si yo pudiera hablar…

TIBET: ¿ES EL DALAI LAMA UN MODERADO?

TIBET: ¿ES EL DALAI LAMA UN MODERADO?

Por Domenico Losurdo


Esa es la reputación que ha conseguido formarse con gran habilidad política y mediática. Sin embargo, los observadores más informados no se dejan convencer.

 

El 15 de mayo, el ex-canciller alemán Helmut Schmidt publicó un artículo en "Die Zeit" que contenía algunos pasajes especialmente significativos: "El Dalai Lama también ha cometido errores. En sus libros, presenta los territorios de Gansu, Qindgai, Yunnan y Sichuan, habitados por pequeñas minorías tibetanas, como partes integrantes del Tibet. Es un argumento provocador que no necesitábamos". No hay duda, ¡resulta difícil interpretar el proyecto expansionista del Gran Tibet como una expresión de moderación y voluntad de conciliación! Sólo un incendiario podría defender este tipo de propósitos que, en definitiva, implican el desmembramiento de China (uno de los objetivos más ansiados del colonialismo y del imperialismo desde finales del siglo XIX).

 

Debería existir, añade Schmidt, un compromiso : " En el fondo, el debate está claro. Por una parte China debería reconocer la autonomía religiosa de los tibetanos y acoger al Dalai Lama como su jefe espiritual. Por la otra, el Dalai Lama y todas las sectas lamaistas deberían reconocer la legalidad del gobierno Chino y de su ordenamiento jurídico en el Tibet".

 

Desafortunadamente- añadiría- la separación entre el ámbito político y el ámbito religioso no es aceptada en absoluto por los fundamentalistas. La "Constitución", que fue realizada por el gobierno tibetano en el exilio, concluye con una "Resolución especial", aprobada en 1991, que proclama la obligación político-religiosa de tener "fe" y de estar subordinado a su "Santidad el Dalai Lama", llamado a "seguir siendo nuestro jefe supremo y temporal".

Las declaraciones del ex-canciller alemán no son un hecho aislado. El 19 de mayo el International Herald Tribune publicó un artículo que reconstituía un breve relato sobre la intransigencia del presunto campeón de la moderación y de la razón: " El Dalai Lama no ha sabido aprovechar una serie de oportunidades: no tomó en consideración la mano que le tendió el general Hu Yaobang en 1981; rechazó una invitación a China en 1989; anunció la decisión del Panchen Lama de tal forma que fue percibida por China como un insulto. Cuando el Dalai Lama y su entorno hablan de "genocidio" y reivindican un Tibet con una superficie equivalente a casi a un cuarto del territorio chino, chocan a los chinos moderados".

¿Qué conclusiones podemos sacar? Explicar la "cuestión del Tibet" a partir de las declaraciones del Dalai Lama y de sus discípulos sería como reconstruir la revolución francesa fiándose de los análisis de las reacciones de los nobles que, en ese momento, se encontraban refugiados en el extranjero, y que trataban de centrar todas sus esperanzas en las armas de las potencias contra-revolucionarias. El movimiento tibetano en el exilio adopta ahora esa misma actitud. Continúan con la esperanza de realizar sus proyectos expansionistas y fundamentalistas mediante un desmantelamiento de China, parecido al que tuvo lugar en URSS y en Yugoslavia. Sueñan con que algún día Pequín pueda ser bombardeado de forma sistemática por las fuerzas humanitarias de los EEUU y de la OTAN como lo fue Belgrado en 1999. La campaña de difamación y de odio actualmente en curso constituye un aspecto esencial de la preparación ideológica de la guerra deseadas por estas elites. En cuanto a la reacción tibetana, resulta significativo que, en 1999, la embajada china en Belgrado fuese atacada.

A pesar de todo, el impetuoso desarrollo de este gran país asiático evidencia todavía más el carácter demente e irrealista de este proyecto criminal. ¿Presenta el Dalai Lama algún signo de arrepentimiento? Mientras la población china guardaba tres días de duelo de forma solemne y unánime por el terrible terremoto que acaban de sufrir, en Alemania, su siempre sonriente Santidad convocaba ruidosas manifestaciones de calle aclamando sus reivindicaciones habituales. La estrategia de la provocación continúa....

SEMBLANZA DE LEÓN BLOY

SEMBLANZA DE LEÓN BLOY

Por Luis Sexto

Este fue mi primer artículo publicado. Apareció en la revista mexicana Ábside hace exactamente 40 años.  Entonces yo tenía 22. En esa época, escritores como  León Bloy seducían mi vocación de escritor. Creo que elegí bien el modelo.

El triste penitente jura de rodillas ante el sacerdote enmudecido por la perplejidad, execrar sobre los vasos sagrados donde la sociedad oficia su culto a la avaricia y la sinrazón ¿Quién es este desesperado imprecador que armado de su total abandono se arroja alas calles de Sodoma para defender los derechos de Dios? León Bloy. A fuer de ser originales no nos ahorraremos el título que universalmente se le ha dado: Vociferador de lo Absoluto. Quizás un fanático con la evangélica misión de ejercer de carillón a las trompetas celestiales.

Nace a mediados del siglo decimonono, en los años en que un fehaciente positivismo ocupa a muchos espíritus  de Francia, no tanto el propugnado por Comte o Spencer cuanto un positivismo mercantil de dividendos y acomodo. Surge a la vida, que será hasta su postrer alarde de vitalidad combate ininterrumpido, con un prisma doloroso, estoico, ante los ojos. La Gracia formaba desde los primeros vagidos al profeta, y ella en su sabiduría no permitiría  que el elegido conociese el sosiego de los simples cuando poseen un salario de por vida.

Es intensamente aleccionar ahondar en la existencia de León Bloy. Resulta asombroso seguir los pasos del joven inadaptado rebuscando su espacio en el mundo, atenazado por las lecciones de buena economía del padre mesurado y materialista. Era un genio; nadie lo sabía y creo que él no se percataba cabalmente de su condición. El exceso de fuerza que lo desequilibraba y las pasiones avasalladoras que lo desesperaban y hacían inútil para lo común, las vertía en sus entusiasmos literarios y las encauzaba por el odio a Cristo.

Parece paradójico este León Bloy con el descrito en las  primeras frases del artículo, y en sus últimas raíces lo es. En la superficie un sicoanalista –como también ciertos exegetas- vería la rebelión de la adolescencia, el derrumbamiento de los valores morales que la sangre en su correr joven y ebullente se encarga de golpear. Pero en las entrañas de estos sentimientos se hallan Dios y su voluntad rectora; es paradoja  que tendrá sus consecuencias felices o, más certeramente, inmejorables, como que están fabricadas por la Divina Contradicción. Por el odio a Cristo llega a Cristo. Y una vez abrazado al Nazareno de palabra de oro, vive y es capaz de morir por su amor.

Encajarían en la boca de León Bloy las palabras del poeta bíblico: “El celo de tu casa me devoró y los oprobios de los que te ultrajan cayeron sobre mí.”No es el primer que llega a ser devorado por el celo de Dios por esta vía. Su mutación espiritual nos recuerda la de San Agustín, para citar nada más un ejemplo que integra la constelación de convertidos por el odio. He ahí la paradoja: Bloy convertido, por el odio a Cristo, en un apasionado amador de Cristo.

Después de la catarsis casi fanática, el literato cobra vida ubérrima. Su pluma puede rasgar el papel impelida por el Amor. No necesitará otra cosa en el resto de sus días. Nunca hubiese escrito por el afán abominable de dinero. Si el amor no hubiese trastrocado sus rumbos él habría inventado por quién y por qué vivir y escribir. El hombre  y el escritor formaban una unidad orgánica y moral; llevaba en su alma el estigma de la generosidad y sus pies pisaban hondo, muy hondo. No importan sus injusticias que le impiden ser un santo.

Ahora que conozco al panfletario con honor que combate denodadamente contra las suciedades de la sociedad, que desfigura la hipocresía que desfigura los rostros maliciosos de los hombres, se me ocurre detectar homología, salvando el tiempo y la distancia, con otro escritor también francés, también poseído del mismo horror. Sin dudas, entre el autor de El Rojo y el Negro y Bloy hay puntos de tangencia, pero ambos lucharon con armas distintas. Si Sthendal se hubiese llenado con la pureza que inflamó al Desesperado, la cabeza de Julián Sorel hubiera venido abajo por causa más digna.

León Bloy, el león de manso corazón, fue despreciado. Tanto los idólatras de Baco como los cristianos arrebatados por el infierno que llevamos dentro, sentían el estallido colérico del flagelo sobre sus espaldas y lo rechazaban enérgicamente. Destino de profeta en su tierra como en la ajena: ser incomprendido, ser apaleado. Era su destino; estaba  comprometido con el Amor y seguiría vociferando hasta que su garganta hinchada no pudiese más; y aún así no callaría, pues continúa imprecando con el estruendo del rayo...

 

LO CUBANO

LO CUBANO


Por Luis Sexto

El color no es lo cubano. Digamos que es, entre otras cosas, lo cubano. Nilo Menéndez compuso su canción a “aquellos ojos verdes” y nadie dudaría de que concentró las combinaciones de su música en las pocetas traslúcidas de una mujer de nuestra tierra, porque lo cubano no implica solo la mixtura de negro y blanco en su expresión colorística.

Es personalidad, ademán, movimiento. Eso: ritmo.

El nuestro es un ritmo vertiginoso que se trasunta al caminar, al hablar. En Cuba somos analfabetos en el “paso de tortuga”. Tuve una primera lección sobre las pisadas de una jicotea cuando los trabajadores del aeropuerto de Kingston, en reclamos salariales, obligaban a los aviones en escala a esperar varias horas bajo el sol, mientras ellos montaban los equipajes de los nuevos pasajeros. Avanzaban, me parece, a diez centímetros por hora.

Entre nosotros los cubanos, en cambio, se interpone un jadeo, una ansiedad de tránsito. La cualidad primordial de nuestros deportistas actúa en la velocidad. Lo aseguran los especialistas. Si hablamos, la lengua se desprende en ráfagas. Y podríamos tal vez preguntarnos si el cubano copia el viento de los ciclones o, en cambio, los huracanes soplan sus palmetazos calcando la velocidad de nuestro andar, de nuestra habla que se come las eses, las primeras sílabas o recorta las últimas, en una prisa que atropella, gesticula y grita hasta en la ternura.

También, por supuesto, el cubano piensa muy rápidamente. Alguien quiso probar la agilidad mental de uno de nosotros, y en los vestidores de un balneario le exigió que improvisara un chiste. Sin manosearlo mucho. El desafiado se inclinó para alzar el guante. Y en el vuelo de unos segundos puso la mano sobre una de las taquillas y dijo: ¿Un chiste? Pues “ta–qui-llá.” Para comprenderlo también se requiere pensar en el espacio de un ultrasonido.

Nuestro ritmo se estiliza en la música. Aun el bolero –lento, denso, hecho para sentir el goteo de los sentimientos- se mueve, se agiliza como si respondiera a una palmada de los bailadores. Han de ser pocos los cubanos que rehúyan el baile. Mas, si lo hicieran por alguna limitación física o psíquica, se moverían por dentro en un balanceo desaforado de su intimidad. Cuba baila desde los aborígenes. Y tanto bailaban nuestros ancestros indígenas que suscitaron la cólera del gobernador Gonzalo de Guzmán. Según el sucesor de Diego Velásquez –no sabemos si cínico o bobo-, la fogosa frecuencia de los areítos causaba la muerte en masa de los indios.

Un viajero colombiano del XIX, Nicolás Tanco, observó que el baile se apoderaba igualmente de palacios de blancos que de bohíos de negros. Y el costumbrista Luis Victoriano Betancourt fijó en la misma época la afición predominante con esta frase inexcusable: “...Baile porque llueve y baile porque no llueve (...) y baile siempre, porque nunca faltan pretestos (sic) para bailar.”

Una conga en Trocha o cualquier otra calle de Santiago de Cuba es la apoteosis del ritmo cubano. Lo sé por movimientos propios, personal aventura. Estábamos Juan Emilio Friguls –hoy difunto luego de vivir sobre 80 años- , Ilse Bulit y yo reportando un festival de la cultura del Caribe, típico evento santiaguero. Una tarde nos ubicamos en la acera de la calle Heredia a presenciar la comparsa de La muerte en cueros. Y espontánea, impensadamente, a pesar de nuestra seriedad, Friguls y yo nos zambullimos en aquel bullicio tamborero, bamboleante. Alguien, con fines de coleccionar una rareza, nos engavetó en su cámara. Friguls, creo, ha de conservar la foto.

Yo, al menos, conservo el recuerdo. Embutido en aquel percutir de cinturas, comprendí que para lo único que un cubano no tiene prisa es para morir. Porque, para morirse, sobra el tiempo.






EL BLOG ES UNA PROLONGACIÓN DE MI TRABAJO

Respuestas de Luis Sexto a las preguntas formuladas por una estudiante de comunicación sobre el papel de las bitácoras personales

 

A su juicio, ¿cuáles son las características del weblog como herramienta que lo convierten en espacio propicio para la publicación?

LS-.Como espacio individual me convierte en autor y editor a la vez, sin intermediarios que entorpezcan la comunicación, ni compartan conmigo la responsabilidad por lo dicho y lo publicado. Colectivamente, desde el punto de vista del lector, el blog se convierte en una alternativa de leer a un periodista, es decir, a un profesional que solo tiene las limitaciones que su ética y sus convicciones le impongan.

¿Cuáles son las causas por las que decide utilizar un weblog para la publicación personal? ¿De dónde parte la iniciativa?

LS.-Al principio lo hice a sugerencias del medio donde laboro: Juventud Rebelde. Luego me percaté de que el blog resulta una prolongación del trabajo profesional, limitado por obvias razones de espacio.

¿Cómo influye el grado de conocimiento que posee sobre el uso de la herramienta en la calidad de su página personal?

LS.- A mayor conocimiento y dominio de la herramienta, más eficaz es mi trabajo en el blog. Por lo tanto, intento perfeccioanrlo para aproximarme al verdadero lenguaje digital.

¿Qué criterios sigue ud. al seleccionar los enlaces internos y externos en su weblog?

LS.- En parte me guío por conveniencias del servicio que puedo ofrecer a cuantos visitan mi espacio. Y por ello mantengo enlaces con ciertos sitios y páginas que amplían los medios para que los lectores satisfagan sus intereses o completen la visión que yo les ofrezco. En parte, también trato de ayudar a los blogs de amigos y colegas a establecerse o posesionarse.

¿Cuáles son los temas fundamentales que aborda en su weblog? ¿Desde qué perspectiva trata el tema Cuba?

LS.- La cultura en general, aunque incluyo en ese epígrafe la política, la historia, la ética y la teoría de la comunicación social y el periodismo. El tema de Cuba intento tratarlo con objetividad, en el sentido periodístico con el fin de ser más creíble. Es decir, trato de no ser repetidor de textos ajenos y aproximarse a una imagen personal de Cuba que pueda infundir credibilidad en cuanto escribo.

 

¿Qué factores influyen en la determinación de la agenda temática y en la forma de tratar los temas en su weblog?

LS.- Básicamente mis convicciones. Nadie me orienta, nadie me instruye. Yo decido en consonancia con mi habitual conducta profesional, ética y política. Soy cubano y cubano revolucionario: guardo, entre otras lealtades, lealtad a mi patria y concuerdo con las ideas que hoy predominan en ella, aunque colabore en la lucha contra las que retrasan nuestro desarrollo social.  Mi visión no es complaciente, sino conflictiva, esto, es dialéctica.

¿Cómo incide la pertenencia a la profesión periodística en el modo de abordar los temas y en el contenido general de su weblog?

LS.- El trabajo en mi blog se sustenta sobre mi profesión periodística y los principios éticos que han modestamente distinguido  mi obra. Para escribir tonterías no me tomaría el trabajo de usar un espacio en Internet.

¿Utiliza algunos de los géneros periodísticos tradicionales en su weblog? Si responde afirmativamente, ¿cuáles? ¿Por qué?

LS.- Los utilizo casi todos. Y la razón es una: es el lenguaje y la técnica comunicativa que domino y porque a mi parecer un blog empieza a tener valor en la medida que uno aprecie seriedad y calidad en cuanto se publica.

¿Cómo concibe la relación con el público que accede a su página? ¿Qué papel concede al lector en su weblog?

LS-. El lector justifica mi blog. No lo publico para desahogarme. Simplemente para ser útil mediante la comunicación. Soy periodista en mi blog igual que en el periódico. Pero no me mezclo demasiado con el lector. Estoy al tanto de sus comentarios y puedo con ello orientar mi trabajo. No polemizo; tampoco limito el comentario ajeno. Respeto las reglas de la web.

¿Ha variado el estilo que asume en su weblogs del que utiliza en el medio tradicional para el cual trabaja?

LS.- Habitualmente lo mantengo, aunque trato de ser más “digital”, es decir, de usar recursos como el hipertexto. Para mí, es otro soporte tecnológico, pero la base es la palabra, aunque con un radio más amplio que yo debo facilitar y extender.

¿Cuáles son las principales fuentes (tanto institucionales como medios de prensa) que utiliza en la conformación de sus posts?

LS.- Las habituales en mi trabajo. Aunque me adentro en los buscadores, en las Web de biografías, de la lengua, las  enciclopedias digitales, etcétera. Por supuesto, tratando de andar con tiento. La llamada libertad de la Web es también caldo de cultivo para la irresponsabilidad, las vaguedades, las medias verdades, la propaganda y, aunque suene mal, la mentira.

 ¿Qué importancia o función social le atribuye a su página personal?

LS.- Bueno, soy una molécula de agua en un mar inmenso. No creo que tenga mucha importancia. Pero me satisface y me retroalimenta. Alguna gente emplea cuanto publico, y eso es bueno y reconfortante

¿Cuáles son los principales aspectos éticos que tiene en cuenta en la conformación de su página personal y en el caso específico de los artículos que elabora?

LS.- La verdad, el respeto por la persona y su opinión. Además, trato de mantener el mismo cuidado formal que en mi tarea habitual. Ese, para mí, es un principio ético inviolable: respetarme para respetar y ser respetado.

¿Hasta qué punto considera pertinente y necesario la inclusión de los weblogs como parte de la oferta informativa de los medios tradicionales?

LS.- Sigo creyendo que son una prolongación del trabajo en el medio, pero de modo más independiente, sin cortapisas. Y el blog personal tendrá valor y crédito periodísticos y comunicativos según sea el trabajo y la calidad del profesional. El medio también se beneficia porque ofrece más, incluso una visión menos oficial políticamente o menos empresarial. Esta última, la visión empresarial, es decir, los intereses empresariales, no son tenidos en cuenta por los ingenuos que defienden la llamada “libertad de prensa”. Donde predominan los intereses financieros no creo que haya mucha libertad y pureza.

 

 

 

BAÚL PORTÁTIL

BAÚL PORTÁTIL

Por Luis Sexto

Una opinión se gesta con el “haber vivido”. La doxa, la opinión común de Platón,  es el embrión de un proceso fecundante: la vida. Sobre la vida va el que vive integrando su parecer incompleto, empírico, vivencial.  ¿Quién rechaza la experiencia? Es un requisito sin el cual el sujeto puede estar derivando o desvariando. No hay sabiduría sin esa veteranía que posibilita la temperancia, la cautela, la humildad., virtudes del que ejerce la opinión con anuencia o plausibles aciertos.

 

Como Tobías, personaje del cubano Félix Pita Rodríguez, que no soportaba historias llenas de paja, la gente tampoco acepta opiniones que, como el humo negro del Vaticano cuando en días de cónclave los cardenales anuncian que todavía   no “habemus Papam”, procedan de paja humedecida, inhábil para humear con el blanco de la transparencia.

 

El periodista, el comentarista, que es el techo del periodismo,  necesita de la vivencia para conformar su doxa, punto de partida de toda opinión. Después, la epísteme. El conocimiento sistemático, fraguado en la cultura, que se nos impregna primordialmente por la lectura. Esos son, pues los dos ingredientes básicos del juicio periodístico: experiencia y ciencia. Ciencia del saber y del ser. Del leer y del juzgar.  Con ambos –vivir y leer- quizás pueda el periodista “saber –como estableció Joseph Pulitzer, el director del Wold  de Nueva York- cuándo un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal es más importante que una crisis en los Balcanes”.  ¿Alto el banderín?  En efecto, como si lo hubiese amarrado en el pararrayos del Empire State.

 

Más bajo, el periodista no clasifica. Es una especial criatura de las urgencias sociales. Un codificador, un mediador, un intérprete, contaminado de filiaciones políticas, clasistas, ubicado en las gradaciones intermedias de cualquier sociedad. Y qué sustancia, pues,  compone al periodista, varón o hembra. Es, quizás, un profesional forjado con una fórmula que lo diferencia del resto de los profesionales y lo emparienta con el poeta, el narrador. Ve lo inmediato, pero mira hacia atrás para consultar y también avizora el provenir. No le basta con saber usar su instrumental técnico estilístico. Requiere de un conocimiento más especializado y a la vez más ancho, mejor sin linderos, asimilado en los jugos del vivir. ¿Horario para el periodista? No lo hay. ¿Descanso para el periodista? No lo tiene.

 

¿Puede el periodista, el verdadero, descomprometerse con su realidad; soslayar a sus lectores, a los personajes de sus reportajes, a  las fuentes de sus notas? Parece que es un ejercicio raigalmente humanístico, sacerdotal. Su vocación es como la de los caballeros andantes: contar y remendar entuertos.

 

Al periodista lo signa una irremediable tendencia a la universalidad. Cultura y síntesis. Su capacidad más relevante, relevante por útil, es la de asociar; la de detectar los nexos más inoportunos, menos acusados, en dos acontecimientos o en muchos acontecimientos.

Es, por tanto, el periodista una especie de crucigrama. Lo más disímil halla cordura y lógica en  él. Revisando un viejo álbum periodístico cubano de la década de 1930, hallé este poema jocoso de Manuel Pinós, que firmaba con el anagrama de Nipso. Él nos describe cómo es el proceso de cocción de un periodista:

 

En un mortero y por iguales partes/ colóquense porciones/ de todos los oficios, profesiones,/ industrias, ciencias, religiones y artes./ Se agregan, a montón, indiscreciones,/ sentimientos, audacias, hidalguías,/ virtudes, vicios, llantos, alegrías,/ un celemín de natural talento; / y agregando otras cuantas fruslerías/ se pone a cocinar a fuego lento./ Se le hace hervir el tiempo que resista/ y cuando ya su punto está a la vista,/ por un tamiz de ingratitud se pasa/ y se deja secar. ¡Esa es la masa/ con que se suele hacer un periodista!/ Bueno es tener presente, / si procederse quiere con esmero/ y una masa obtener sobresaliente, / que en el dicho mortero/ de todo puede haber menos dinero.

 

El humorista ha sido exacto: no dejó fuera los ingredientes primordiales: virtudes, cualidades, cultura, ciencia. Pero también manquedades, insuficiencias. Porque de Hombre, así genérico, hablamos. Hombre falible, a quien la arrogancia no limite, pues si ha de estar extendiendo la mano para pedir un dato, una pista, una declaración, poco favor le hará la autosuficiencia, el engreimiento. Mancillado por la vida. Revuelto con el mundo ha de estar el periodista. Su opinión, su doxa, pasará a ser una opinión que interese por su carga de epísteme, de certeza y de rigor si ha habido, después de todo cuanto allegó Nipso a ese caldero, un trozo de “haber vivido”, esa grasa que aglutina, junta, cohesiona todo los demás bastimentos de ese caldo tan humano.

No dispongo de otra forma de ilustrar esta opinión que el texto del norteamericano James Kilpatrick, titulado “El desván del periodista”:

 

Tengo la impresión de que si alguien quiere escribir bien… tiene que crearse el desván de la abuela: Hay que guardar palabras, frases, imágenes; hay que recolectar colores, olores, sonidos, movimientos, texturas; tiene que cultivar una aguda percepción de lo cotidiano: el neumático pinchado, el bombillo fundido; el cordón de zapato roto, la nota desafinada, el tercer strike, la sensación de disgusto que invade al chofer cuando e percata que se ha quedado sin combustible… Hemos de ir almacenando las minucias, las partes, sabiendo que algún día podrán hacernos falta.

 

El “haber vivido”parece de primera intención una desventaja: lo vivido no tendrá ya más otra oportunidad en la sucesión del tiempo. Sin embargo, si se ha vivido con el dominio de las sensaciones, alerta como un águila, el desván estará siempre colmado y a  mano si lo convertimos en un baúl… portátil. (Del libro inédito Asunto de opinión)