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PATRIA Y HUMANIDAD

TÍBET: ¿VERDADERO O FALSO?

TÍBET: ¿VERDADERO O FALSO?

Por MILA MARCOS y MICHEL COLLON

Juzgue la forma en la que le informaron los medios de comunicación

El objetivo de este «media-test» no es chocar o crear un escándalo. Todas las posturas son respetables. Nuestro objetivo es que cada uno pueda plantearse a sí mismo una cuestión esencial: «¿Se basan mis convicciones en informaciones fiables?» «¿Se ha tratado de manipular la opinión pública sobre algunas asuntos críticos?»

¿Cómo ser un buen juez? Ser un buen juez significa escuchar con atención las distintas posturas, tratar de dejar sus prejuicios de lado y comprobar la fiabilidad de cada prueba, documento o testimonio. ¿No debería estar todo lector o espectador de los medios de comunicación interesado en aplicar este método?

1. «Antes de la invasión de China, el pueblo tibetano vivía en armonía con los monjes y los señores feudales en un orden social inspirado por los enseñamientos religiosos.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

2. «En 1951, China invadió el Tíbet.»

O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

3. «A partir del momento en que los comunistas chinos tomaron el poder el Tíbet en 1951, el Dalai-lama y los señores tibetanos perdieron todo su poder político.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

4. «La batalla de Lhasa se saldó con la muerte de 83.000 tibetanos.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

5. «En un principio, India se negaba a dar el asilo político al Dalai-lama.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

6. «La ocupación china provocó la muerte violenta de 1,2 millones de tibetanos.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

7. «Durante la Revolución Cultural toda práctica religiosa quedó prohibida.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

8. «El Dalai-lama es una especie de Papa del Budismo mundial.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

9. «El Dalai-lama reivindica un territorio equivalente a una cuarta parte de China.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

10. «La financiación del movimiento tibetano proviene de donaciones de ONG humanitarias o caritativas.»

O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

11. «El apoyo de los EEUU al Dalai-lama está motivado por objetivos estratégicos.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

12. «El Dalai-lama defendió públicamente al antiguo dictador fascista de Chile Augusto Pinochet.»

O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

13. «Reporteros Sin Fronteras apoyan al Dalai-lama de forma desinteresada.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

14. «China está cometiendo un genocidio cultural en el Tíbet.»
O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso

15. «Las violencias que se registraron en Lhasa el pasado 14 de marzo 2008 son la consecuencia de la dureza con la que la policía y el ejército chino reprimieron una manifestación pacífica.»

O Verdadero O Falso O Ni Verdadero, ni Falso



RESPUESTAS:
Podrá encontrar todas las respuestas en:
Tibet: ¿Verdadero o falso?

¿CUÁL ES LA LIBERTAD QUE NOS TRAERÁN?

Por Luis Sexto

Algunos pretenden en Miami atribuirse los privilegios de un Vaticano en todo cuando tenga que ver con Cuba: como la sede pontifica con respecto al catolicismo, desde esa ciudad del primer mundo habitada y gobernada por gente del tercero, se aprueba o se desaprueba todo aquello  relacionado con Cuba. No admiten el agua tibia; al menos cuantos acceden a los medios, no aceptan otro enfoque que el que ellos tiran sobre las cosas de Cuba. Recientemente, a Monseñor Carlos Manuel de Céspedes le cayó encima el mazo de esa especie de tribunal de Santo Oficio cuando el biznieto del Padre de la Patria publicó en Granma una evocación sobre Ernesto Che Guevara,  en el aniversario 80 de su natalicio.

Ante tales reacciones insultantes y un tanto truculentas, uno empieza a sospechar. Y se pregunta: ¿pero esos son los que dicen que volverán para restablecer la libertad y los derechos democráticos en la “isla comunista”donde se supone que nadie es libre? Caramba, si así actúan sin haber ganado aún el poder, cuando lo tengan, hasta los cojos lamentarán no poder correr…

Si yo le comunicara esa idea, el Padre  Carlos Manuel de Céspedes me diría: Bueno, esa es la desmesura criolla que él tanto ha comentado en sus apostillas de Palabra Nueva; la tendencia a la hipérbole que nos hace decir, cuando subimos la loma del Burro, en La Habana, que estamos ascendiendo al Turquino, cuando no al Annanpurna.

No soy tan complaciente con cuantos, en nombre de la libertad, la intentan restringir aunque sea con los vituperios de un artículo. No debo creer que allá se ignora que el epíteto no pasa como argumento aunque lo vistan de seda: en calificativo queda ¿Lo hacen  para quedar bien? ¿Con quienes: con los de allá o los de aquí?  Evidentemente, con los de allá. Los de aquí no importamos porque de una u otra manera vivimos en Cuba y ello, según su modo de juzgarnos, nos hace cómplices del “totalitarismo comunista”, o nos inhabilita para pensar, aunque algunos de cuantos nos menosprecian desde el otro lado del Estrecho de La Florida hayan estado hasta ayer entre nosotros, viviendo como unos de tantos y a veces no siendo tan iguales a los demás. Y si usted, hombre de iglesia o de fe, publica en Granma –un hecho que a los cubanos lúcidos les parece prometedor, abierto, muy conveniente- la excomunión miamense o de su sucursal madrileña lo condena y mantiene la sentencia en suspenso  hasta tanto se prenda la pira.

El dogma está también del otro lado. Dogma es dictar que Monseñor de Céspedes no puede hablar del Che, ni matizando sus elogios, porque ese Guevara es “un asesino”. Así lo han pontificado en un proceso de 50 años, tras el cual no han aportado ni “un milagro”que abone la concesión de tanta perversidad “ahistórica”: asesino. ¿Cómo ha sido "asesino" Guevara? ¿Dónde están sus víctimas, suponiendo que, en estricto derecho penal, asesinados no sean los que él pudo haber muerto en combate o en las exigencias de múltiple tipo de la guerra, donde se afronta parejamente el riesgo de matar como el de que te maten? Por el contrario, sí sabemos que el guerrillero  fue asesinado: lo ultimaron herido, inerme, acostado sobre un camastro o una mesa en la escuelita de La Higuera, después de que llamaron a Washington, y desde allí, en un breve y sumarísimo juicio telefónico, decretaron -según cuenta Carlos Soria, historiador  boliviano que ha escrito siete libros sobre el asunto Guevara en los Andes-: “Mátenlo, que eso es lo que jode a Fidel Castro”.

Monseñor de Céspedes cita el juicio de Juan Pablo II. Los que le reprochan al sacerdote cubano haber acudido al Papa, invalidan el testimonio de autoridad alegando que el cura cubano ha sacado de contexto la frase papal. ¿Y no será que quienes dudan de la  exactitud de la referencia es porque no la conocen? Es muy criollo, según enseñó Mañach, negar o reírse de aquello que no se sabe o no se entiende. Al menos, puedo abonar la cita. Cerca de mí, un libro que recoge discursos, declaraciones y documentos pontificios durante la visita de Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998. Para los que exigen fichas bibliográficas como sostén de afirmaciones decisivas, aquí les va el dato: Que Cuba se abra al mundo; que el mundo se abra a Cuba, El viaje de Juan Pablo II, Cuadernos de “L’Osservatore Romano, Ciudad del Vaticano, 1998. En la pagina 19, en el capítulo titulado Encuentro del Papa con los periodistas (durante el vuelo) dice: “Otro periodista le preguntó, también en castellano, por su pensamiento sobre Che Guevara, un protagonista de la historia reciente de Cuba, a lo que Su Santidad contestó: ‘Ahora se halla ante el tribunal de Dios. Dejemos a nuestro Señor el juicio sobre sus méritos. Ciertamente, estoy convencido de que quería servir a los pobres’.”

Dudo, por ejemplo, que Juan Pablo II haya podido expresar alguna vez un criterio similar sobre Luis Posada Carriles, a quien sí se le puede acusar, en plenitud de derecho, de asesino. Sin embargo, en Miami es casi un mártir. No necesito presentar a Luis Posada Carriles. La prensa mundial lo conserva hace años en sus archivos. Y entre sus faenas más reconocibles nadie duda de su participación –como autor intelectual y suministrador de medios- en la voladura de una nave de Cubana de Aviación, en 1976, que estalló unos 20  minutos después de alzar vuelo de Brigetown, Barbados, en su habitual ruta comercial. A bordo  transportaba los tiradores del equipo juvenil cubano de esgrima y otros viajeros de diversas nacionalidades. Recientemente, en el 2000, fue acusado en Panamá de preparar un atentado contra la vida de Fidel Castro en la universidad de la capital del istmo. Condenado, la presidenta Mireya Moscoso lo amnistió antes de abandonar la presidencia, como regaló a la millonaria “confederación terrorista” llamada Fundación Nacional Cubano Americana,  y en acatamiento al gobierno invisible de los Estados Unidos. Mucho antes, en 1985, convicto del acto terrorista de Barbados, Posada Carriles se fugó espectacularmente de su prisión en Venezuela: por la puerta de salida y diciendo adiós a los carceleros.

 Tengo en mis manos una autobiografía de Luis  Posada Carriles. Después de repasar cada una de las habitaciones de su currículo, he sentido los estremecimientos del horror. No intento ser patético. Pero cualquiera que se sienta incapaz de asumir los encargos del represor, del que come y echa pasto a su cuenta corriente a costa de los quejidos ajenos, se espanta ante los datos primordiales de un verdugo. Nuestra sensibilidad prefiere la posición de la víctima antes que la del torturador. El propio victimario lo admite en un libro publicado en Miami en 1994, titulado Los caminos del guerrero.

Posada Carriles, a quien sus amigos llaman Bambi, nació en Cuba en 1928. Los créditos básicos de su existencia comienzan al registrarlo como empleado de la empresa transnacional norteamericana Firestone, en La Habana Y continúa describiéndolo como colaborador de la policía del dictador Fulgencio Batista; entrenador de la Brigada 2506 que desembarcó y fue derrotada en Playa Girón; ranger con grados de segundo teniente, en Fort Bennig, Georgia; agente de la CIA y colaborador del FBI; profesor de manipulación de explosivos; organizador de teams de infiltración en operaciones comandos contra objetivos cubanos; jefe de departamento de la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), en Venezuela, en los gobiernos previos al de Hugo Chávez; jefe del departamento de “ayuda humanitaria” del Departamento de Estado de los Estados Unidos en Ilopango, Honduras, y director de agencias de seguridad en Guatemala..

 

“En una época, nuestros amigos norteamericanos nos entrenaron y adiestraron en el uso y manejo de armas, explosivos y técnicas incendiarias.  (…) La Agencia Central de Inteligencia (CIA), enviaba explosivos (C3), lapiceros de tiempo, mecha, cordón detonante, detonadores y todo lo necesario para actos de sabotaje. En aquel tiempo (1960), este tipo de actividades eran conocidas con el nombre de “Acción y Sabotaje". El cubano que desafiaba al régimen, poniendo en peligro su vida, el que se infiltraba en la Isla procedente de Miami para organizar los cuadros de la Resistencia y traer armas y explosivos, era admirado y considerado un soldado de la patria y un héroe de la contrarrevolución. (…)

“En el desarrollo de este propósito y estas luchas, mi vida se consumía entre una operación y otra, con largos intermedios de inacción, aburrimiento y frustración, hasta que me llegó la oportunidad histórica de trasladarme a Venezuela, país amado en el que pasé la mayor parte de mi vida adulta. Inicialmente fui contratado como instructor de la Dirección General de Policía (DIGEPOL) venezolana y asesor especial en asuntos de Seguridad Pública (...) Por las demandas imperativas de esa lucha, la DIGEPOL se convirtió de cuerpo represivo del delito político para el que estaba originalmente diseñada, en la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP).  Dentro del esquema, llegué a ocupar el cargo de Comisario Jefe de la División General de Seguridad, con la responsabilidad directa sobre las Divisiones de Armas y Explosivos, Seguimiento y Vigilancia, Protección de Personalidades y Medios Técnicos. Desde mi posición, combatí sin tregua a los enemigos de la democracia venezolana (...) La policía, cuya fuerza principal estaba en los delatores, detenía, allanaba e interrogaba utilizando los métodos más duros de persuasión. Como dice el dicho: “Se estaba jugando al duro y sin careta.”

 

Parece claro: Posada Carriles no quiso servir a los pobres. Y muy pocos dudan  de que ha matado fuera del terreno de la guerra: a sangre fría. Mas, ese es el doble rasero que algunos aplican en Miami. Asesinos buenos y otros que por haber querido defender a los pobres ya reciben el crédito de “asesinos malos”. Y a propósito, cuál recibió el ex coronel Esteban Ventura Novo, que murió en paz, siendo vecino en Miami de varios de  cuantos él mismo torturó durante la tiranía de Batista.

Excusen los trapos sucios. Pero los que estamos en Cuba también pensamos. Y podemos preguntar: ¿Por qué Monseñor Carlos Manuel de Céspedes no puede escribir sobre Che Guevara, un hombre al que los cubanos honrados podrán reprocharle cierta rigidez en su actuación, pero nunca dudar de su honradez de revolucionario que creía en cuanto hacía y que para ello echaba su piel por delante? ¿O la libertad que en Miami se predica juega al cachumbambé: para unos sí y para otros no?

 

 

 

 

DANDO Y BUSCANDO

Por Luis Sexto

Actuemos, no investiguemos. Esta frase puede resumir el estado de opinión de la porción más inquieta de nuestra sociedad. Y como programa de acción es aceptable siempre y cuando, antes de actuar… hayamos investigado. Es decir, la artillería dispara luego de saber las coordenadas del blanco. Palos a ciegas son generalmente fallidos, incluso injustos.

Me parece que, en efecto, los cubanos debemos actuar sobre los problemas e insuficiencias que nos aquejan. Pero la cautela tiene que regir nuestra acción. Porque el riesgo lo tenemos delante: intentar golpear solo las manifestaciones, dejando intactas las causas.

Entremos, pues, en lo hondo. Me he quejado varias veces de que la reflexión colectiva es poco común entre nosotros. ¿Dónde están los espacios? Y cuando aparecen es probable que alguien se escandalice por una opinión que no encaja entre las opiniones “aprobables”. Cierta gente se asusta. Y por lo tanto, siguiendo el pensamiento de Raúl en el XIX Congreso de la CTC, precisamos de hablar en el lugar apropiado y en el momento también apropiado. Y, en correspondencia, cuantos deben oír, han de oír sin espantarse. Nuestro país no peligra por la expresión, en el lugar justo, de una opinión. Tal vez nos hace daño la falta de opinión.

Por lo expuesto, estoy estimulado al ver a filósofos y sociólogos presentarse en las páginas de un periódico –como lo hicieron pace poco en JR- y emitir su criterio, científicamente fundamentado, acerca de algunos aspectos de la realidad cubana. Necesitamos, antes de actuar contra el maltrato, el hurto, el robo, la corrupción, determinar las causas que, en lo más profundo de la sociedad, condicionan esas conductas. Y ese trabajo corresponde, sobre todo, a los científicos sociales. Las decisiones políticas han de estar, incluso, nutridas por esas evaluaciones.

Podríamos ahora, por ejemplo, juzgar a cuantos delinquen desde un puesto estatal, sea un organismos una tienda, una cafetería. Y no recomiendo que no se les juzgue y condene. Pero, si actuamos reprimiendo, castigando, sancionando, habrá que preparar también una acción contra las causas que engendran, de modo tan inquietante, esas conductas insanas. Porque la historia ha demostrado que si lo que subyace y condiciona permanece incólume, los actos se repiten, aunque sean otros los agentes. La investigación tendría que dar respuesta a preguntas como estas: ¿Es acertada nuestra organización productiva y salarial? ¿Organizamos la propiedad de modo que produzca riquezas, bienestar?

No estamos en presencia de un desajuste normal. En toda sociedad existe un grupo que delinque, que se aparta de lo sociable para acogerse a lo antisociable. Las circunstancias en Cuba presentan otras características. Se trata de que causas objetivas están influyendo en la subjetividad ciudadana, y muchos, no sé cuantos, creen que maltratar, robar, incluso corromperse es como una especie de revancha ante las carencias y limitaciones actuales.

No quisiera exagerar. Pero algo de lo negativo en la vida cubana es obra de gestores soterrados, estructurales. Y por ello me parece que la indagación filosófica y sociológica ha de tener ahora su momento, para que no echemos salvas al aire; para que no apuntemos al Morro y le demos a La Cabaña. Lo peor que nos puede suceder es que no sepamos, además de las conocidas –como el bloqueo de los Estgados Unidos, por ejemplo-, qué otras causas y condicionamientos están alentando, desde el fondo, a todo cuanto hoy nos inquieta porque nos daña, nos desmoviliza y nos deforma.

La moral sirve. ¿Quién lo duda? La vanguardia se mueve por incentivos morales. Pero ¿no sería incorrecto estimar que todos formamos parte de la vanguardia? La realidad nos dice, desde un mostrador, una tarima, un taxi, una oficina, un almacén, una fábrica, un campo de boniato, que la vanguardia, en verdad y sinceridad, es patrimonio de los menos. El desafío consiste en acrecentarla. Y para ello habrá que levantar el piso.

EL CRIMEN QUE NO COMETERÉ

EL CRIMEN QUE NO COMETERÉ

Por Luis Sexto

No mataré a mi maestro. 

Aunque  León Bloy haya repudiado al suyo –Barbey D’Aurevilly- seguiré respetándolo, alzando su nicho como si con el tiempo ganara un puesto cada vez más selecto en el escalafón de la gloria, aun cuando yo llegue a aceptar, quizás contra toda lucidez, que puedo escribir mejor que mi maestro. Los que me instan a incinerar sus páginas, alegan que es demasiado antiguo y desmesuradamente personal, y por ello ya parece críptico.  Me lo advierten porque una tarde reciente de verano comenté que aún le debía a mi maestro, a mi autor predilecto, el libro que soñé dedicarle a mis 22 años.    

León Bloy o la violencia del amor. Así pensé titularlo. Y quién es. Qué ecos levanta. Qué propone al hombre de la postmodernidad. Las objeciones se repiten, insisten, intentan doblegarme, y luego recomiendan: mátalo. O –de nuevo el recurrente mandato- tuércele el cuello, como al cisne de los modernistas.

No lo mataré.

Habría que dilucidar antes cuáles son las aspiraciones del hombre configurado por la tan encarecida postmodernidad. Y qué le ofrecen los escritores de esa corriente más fantasiosa que real, más especulativa que concreta, retrógrada por la vía del extremo opuesto: el navegar en círculos,  que  es una vuelta a lo primitivo mediante la estilización del gusto y el vestido. Con lo cual la estampa del hombre en la vidriosa red del ciberespacio, resulta la de un solitario cazador de desnudeces, en cuya oreja derecha cuelga un teléfono celular  con la geometría imperfecta de un signo de interrogación. Moderno o postmoderno, el hombre sufre habitualmente las mismas necesidades de afecto, amparo, justificación ética. Y como en cualquier otra época sigue experimentando la desazón de su destino irreversible: quedarse a solas con la muerte.

Mi maestro, pues,  no merece morir porque todavía me está dictando a gritos. Es tal vez el único hombre al que le tolero las admoniciones en voz alta. Porque León Bloy escribía en un grito. Más bien era un grito desbordante de fe, de la prístina fe de un cristianismo desafiante, retador de todo lo verosímil, lo lógico, lo palpable, lo racional con que justificamos una existencia global sin espíritu, ni trascendencia, hedonísticamente encarnizada en un edénico hacer sin responsabilidad. León Bloy nunca estuvo de moda, ni se atuvo a la moda. Ahora necesitamos que sea puesto como una moda reivindicadora de cuanto ha perdido la literatura en el último siglo. Que venga, desmelenadamente, a ultrajar el realismo sucio, o las bagatelas seudo místicas, o las exigencias de un mercado que no tolera los libros sin sexo crudo, sin sangre, sin la banalidad y la presunción como control del índice cualitativo de la escritura.

Con una edad que  casi triplica mis 22, ya he aprendido que las actitudes de un hombre, de un escritor también, no son solo válidas por su afinidad con la razón o la verdad; más bien lo son por la intensidad, por el grado de pasión que fluye en la acción o la escritura. León Bloy desafió a la ortodoxia religiosa, al menos la jerárquica; insultó las conveniencias sociales; obró contra la razón; pidió tal un mendigo, un Mendigo ingrato como se calificó. Pero se respetó a sí mismo irrespetando la hipocresía, el descoco, los aspavientos de una  generosidad calculada para enmascarar la vergüenza. Puso en alto, en un altar de pobreza, a la honradez.  Y solo conservó, además de los títulos que él mismo se atribuyó como Desesperado y Vociferador de lo Absoluto,  el que le estampó Rubén Darío en un libro que intentó ser justo al concederle la originalidad de Los raros.  Extrañó lo llamó recientemente Abelardo Castillo, también conquistado por ese escritor aborrecido y menospreciado a la vez que  incomprendido, e incomprendido por temido.

La honradez empieza dentro del hombre. Como la libertad. Y como la violencia. Cuanto más honda la honradez más justificado, más puro, el furor y la libertad que lo elige y gobierna. Miguel de Unamuno, otro violento, confesó que Bloy le agradaba por que sabía indignarse. Pero saber indignarse asusta a las mediocridades, a los apegados a posiciones y créditos. Y el autor de La mujer pobre fue despreciado, rechazado, satanizado por cuantos, en la sociedad francesa de entonces, se inclinaban ante el poder político, el dinero, la vanidad. La violencia les repugnaba, incluso la violencia del amor, que era la pasión que exaltaba a Bloy y convertía sus escritos en un látigo en cuya punta colgaba la provocadora sonoridad de un grito. El grito  de la violencia. La violencia del amor.

León Bloy era, pues, un enfático. Su estilo se concretó como “en un estado de sitio permanente” al decir del español Ángel Zapata a propósito del énfasis en la escritura. Pero habrá que deslindar las esencias y las apariencias de lo enfático. Si el estilo de Bloy andaba habitualmente por los superlativos techos de la expresión, no era la hipérbole rabelasiana, la pantagruélica selección de los estrambotes para coser la frase o el párrafo, lo que campeaba en sus páginas. Más bien el desbordamiento de su propia naturaleza. El hombre Bloy espiraba a lo Absoluto. Y el escritor lo magnificaba como a través de un carillón celestial. El término medio le estaba prohibido por aquel celo que bíblicamente lo devoraba, como al salmista. Aquel celo de la Casa de Dios. Aquel celo encabritado contra la impureza, empeñado a que la sociedad volviera a penetrar en el ancho y silencioso templo de la Edad Media, donde Dios regía, reconocido e indiscutido, como Señor de la Historia.

He leído a Bloy repetidamente desde aquellos mis tiempos juveniles en que lo elegí como maestro, seducido por aquel estilo grueso, crudo, que aleteaba en su ira con como si fuese un elefante sacudiendo sus orejas, y que en la debilidad del hambre física y en la desolación de la angustia moral, golpeaba tan contundentemente que pocos se atrevían a acercársele para presenciar su agonía. Y de cuanto he leído –El Desesperado, La mujer pobre, Aquella que llora, Exégesis de los lugares comunes- me inclino a releer las páginas de su Diario y las cartas a su novia, Juana Molbech, hija de poeta, danesa protestante que la pasión de Bloy atrajo al catolicismo heroico de un alucinado. En esos libros –como he sugerido en otra página- queda su más abarcadora revelación: el hombre que escribía por la urgencia inaplazable de sacudir, barrer, expulsar, disgustar, vomitar frente a un espejo  pulido por los dedos de mil señoritas incólumes, después de haber sido dilacerado  por las uñas de mil malvados.

Mi maestro sigue vivo… Nadie más ha sido como él.

 

 

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Por Luis Sexto

 

Los escritores temen sentarse a escribir. La cuartilla en blanco o la pantalla de la computadora -vidriado papel de la actualidad- se les presenta usualmente como la sádica sonrisa de un déspota, el guiño burlón de un misterio, o el guante tirado por un enemigo impredecible.  Puede ello colegirse de confesiones y entrevistas. Cierto escritor holandés, que conocí en un hotel de Paramaribo, me definió la cuartilla en blanco como un edificio en proyecto al que hay que levantar. Y Norman Mailer, después de 40 años de frecuentarla la describió como una "señora muy fría".  Por esas dos definiciones y por la metáfora de García Márquez acerca de que escribir un cuento es como "vaciar concreto" y una novela, "pegar ladrillos", se evidencia que escribir no implica el ejercicio de un trabajo liviano. Tal vez porque algunos así lo estiman, personas poco dotadas o nulamente tecnificadas retan a la cuartilla en blanco. Y el resultado es eso: lo blanco, la nada. Se van en cero, como bateador sin jits en un partido de béisbol. 

He indagado en memorias y declaraciones de numerosos escritores extranjeros, y habitualmente les disgusta escribir, aunque aparenten en lo escrito que gozan de un juego hedonista. De un placer vivido a toda máquina. Escribir, por supuesto, no es un juego, ni ocupación de vagos. No juzgue mal a los escritores -periodistas entre ellos- que se aficionan a la conversación. Al hablar trabajan: limpian y tienden al sol sus ideas, o, en el intercambio, les suman perfiles complementarios. Tampoco rechace al que permanece silencioso, como alelado, o se aísla: sólo piensa, se concentra. Un libro, una crónica, se arman en la cocina de la meditación.

Cuando vea a un escritor doblado sobre un machete, una guataca, una escoba, no crea que trabaja. Simplemente, descansa.  Son variados y disímiles los modos de creación. Luego de recordar que Maiakovski advertía que no hay reglas para hacer de un hombre o mujer un poeta, Ilia Ehrenburg apuntaba: "Diferentes escritores llegan a la literatura por distintas vías, escriben de modo diferente y tienen diferentes maneras de experimentar el proceso creador." Sólo una regla permanece invariable y se ajusta a todos los temperamentos y las técnicas. La prescribió François Sagan y ella, temiendo le colgaran el escapulario melodramático de otros momentos, aclaró que podrá parecer "un poco folletinesco", pero "un libro se hace con leche, sangre, nervios, nostalgia, ¡con todo el ser humano, en una palabra!".  Y tales ingredientes suponen un esfuerzo, una aplicación demoledora. Flaubert construía lenta, escrupulosa, sistemática, obsesiva, terca, documentada, fría y ardientemente sus novelas. Y mientras escribía Madame Bovary –lo reveló Vargas Llosa-, "un buen día de trabajo" podía "significar media página definitiva". Aunque a veces estaba "loco de furor por haber pasado horas tratando de mejorar una sola frase". 

Otro fanático de la corrección fue Isaac Babel. "Hay -decía- quienes escriben algo y no soportan verlo más. A mí, en cambio, me cuesta escribir y me encanta modificar." Y añadía: "Podrán flagelarme en plena calle (...) pero no entregaré el manuscrito ni un día antes de considerarlo terminado.".  A Norman Mailer no le gustaba lo que escribía. Una vez le confesó a Le nouvel observateur: "Sólo muchos años después me digo: caramba, si esto es mejor de lo que pensaba. Por tanto no estoy impaciente por escribir. Reflexiono sobre un libro hasta que él se presenta de la mejor forma posible. Todo está en la preparación. Pero el hecho de escribir no es agradable." 

Entre el acto de escribir y el momento de realizarlo se interponen a veces ciertas operaciones, manías más bien, que aplazan el acometimiento, el acople del creador y la máquina, la pluma o el lápiz. García Márquez las llama pretextos en una entrevista con La Gaceta de Cuba. "A mí, por lo menos, me da mucho terror sentarme a la máquina de escribir. Le estoy dando vueltas, viéndola ahí, y hablo por teléfono, prefiero leer primero el periódico; voy ganando tiempo (...) Entre la máquina de escribir y uno, uno va creando una cantidad de obstáculos que pueden volverse espantosos."

  Marcel Proust escribió sus libros en una habitación de paredes acolchonadas. A prueba de ruidos. Tal vez si le hubiera faltado semejante hermetismo, habría hallado el pretexto para tirar sus proyectos al limbo de los inocentes: el aplazamiento.  Probablemente, la Isla del Diablo que en lo inmediato le promete la cuartilla en blanco, compulsa al escritor a madurar en la cabeza la obra. Ezequiel Martínez Estrada dijo que hacia 1930, Horacio Quiroga escribía muy poco. "Pero aún no había madurado su aversión a hacerlo. Produciendo lentamente, construyendo mentalmente el cuento hasta en sus menores detalles; una vez encabado lo trasladaba al papel sin que tuviera que retocarlo mayormente.". 

 Juan Marsé intenta desligarse cuanto pueda de la construcción de la obra. Sortea el orden. Porque, al parecer, el orden esclaviza con la disciplina. Generalmente parte de recuerdos personales, o experiencias ajenas. "De alguna manera estas imágenes se relacionan entre sí o yo veo una posibilidad de relación para organizarlas." Y cuando nota que de ellas puede resultar una historia interesante, empieza a redactar muy caóticamente. "Incluso puedo empezar por un capitulo final o por la descripción de un personaje que no sé dónde meteré luego. Voy acumulando material, se va estructurando el libro, se va haciendo por sí solo".

El escritor de ficción afronta una dificultad suprema según el criterio de José Revueltas. El creador elabora "con mucha lentitud" una vivencia que procede de una memoria ficticia. "Tiene que recordar lo que imagina, lo que no existe." Por ello, "amo profundamente el orden, sobre todo en el trabajo, y creo que nada se puede hacer sin la cabeza lúcida y que no hay peor contrariedad que pensar que se puede escribir con hongos alucinantes o con alcohol en la cabeza".  Juan Carlos Onetti piensa un tanto contrariamente. A la propia periodista mexicana que entrevistó a Revueltas -Margarita García Flores- le admitió que "generalmente bebo cuando escribo". Pero poco. "Casi siempre bebo como una incitación, porque soy muy perezoso para sentarme a escribir. Entonces saco unos tragos y, no sé, me despiertan la voluntad..." 

Pablo Neruda era también medio vago, según  Matilde Urrutia, la viuda. Sus poemas, por extensos y rotundos que fueran, no le exigían una labor larga, paciente, incómoda. "No trabajaba casi nada. Se sentaba a una mesa y escribía como si le dictaran. En 40 minutos o menos de una hora hacía su trabajo diario." La oda al abecedario la compuso en una reunión en la casa. Su esposa le recordó que aún no la habían enviado a El Nacional. Y el poeta le dijo: ahora la escribo. "Se sentó a una mesa en la que había gente tomando vino. Llegaba una muchachita y lo interrumpía, llegaba otro amigo que preguntaba algo, y Pablo escribía, escribía. Tomaba un trago y decía ¡salud! Y luego me entregó la oda para que la pasara en limpio. Parece muy elaborada y fue escrita en una reunión.".  En esta técnica portentosa, además de un talento pulidísimo, se adivina la previa y demorada cocción mental del poema.

Lo fundamental de la creación se resuelve en las horas aparentemente sin hacer nada.  Ese trabajo silencioso apuntala, consolida la intuición que luego irrumpe en minutos.  Son pocos los ejemplos. Pero no dudo en aseverar que son universales. Con más o menos intensidad, con cambios entre uno y otro que no lastiman la regularidad, los escritores se comportan con similares actitudes y normas ante la cuartilla en blanco. Hace unos 12 años indagué entre cubanos, y las respuestas, que publiqué en Bohemia, se mezclan, se cruzan con las de los autores extranjeros recién nombrados.

Termino. Dejo estas cuartillas en la redacción. Y empiezo a calentar, en las circunvoluciones de mi habitación interna, la crónica del domingo próximo. ¿Habrá alguien que se atreva a afirmar que los escritores y periodistas no trabajamos...? 

 

DEUDA CON EL GALLEGO OTERO

DEUDA CON EL GALLEGO OTERO

Por Luis Sexto

    Ah, Gallego, vuelvo a encontrarte; te habías extraviado, que es el término menos punzante para admitir que te olvidé entre mis libretas de trabajo. Y acabo de saber que, a pesar de la sábana amarillenta del tiempo, Enrique El Gallego Otero sigue su vocación de cambiar la vida. Y aunque su paso lento y un tanto desgarbado, su sonrisa contenida y sus ojos cautelosos ya no recorrieran aquel retazo del Escambray, sería igualmente justo y útil desempapelar la historia del hombre que, un día entre los primeros de 1990, conocí en Cuatro Vientos donde, a unos 700 metros de altura, se horneaba entonces el mejor pan de Cuba.

Eso decían allí, y yo con un pedazo crujiente en la boca asentí mientras concertaba la entrevista, realizada más tarde  y abandonada en la cuneta de la prosa urgida y urgente de los periódicos. “Nos vemos pronto”...  “Pero en mi casa. En La Sierrita”, dijo.

Habías tentado, Gallego, con pocas palabras, mi vocación por revelar lo bueno, lo noble. Porque detrás de tu aparente desencanto aún soñaba un luchador, persistía una voluntad renuente a anestesiarse con el despego o la indiferencia. Entonces, como hoy, se dedicaba a hacer prosperar un plantío de hierbas medicinales. “Como he tenido que beber tanto cocimiento, algo sé del asunto.”

Y continuaste hablando de que ahora los científicos nuevos analizan para qué sirven las plantas, pero uno les adelanta algo, pues “yo me conozco cada palo y cada hoja de estas lomas, y cuando era niño no había medico, ni medicina, y las que podíamos tomar nos la fiaba el boticario Pepe Burtó, que de tanto ser humanitario murió pobre, porque nadie podía pagarle”.

“Un médico me dijo hace poco que tuviera cuidado con las hierbas, pues algunas eran tóxicas. Y yo le respondí que sí, que todas las antiparasitarias eran tóxicas, pero que a él le tocaba indicar la dosis exacta para cada paciente. Si esas hierbas mataran yo estaría muerto.”

A tu padre, Gallego, no pudiste salvarlo con cocimientos. Se suicidó en la misma cueva del Valle del Indio donde tú y tus hermanos nacieron. Perdió 600 quintales de café que había depositado en las manos de un almacenista, en 1933. Lo buscó por Cienfuegos, quizás para matarlo, pero no lo encontró. Y esa mañana, “papá le dijo a mamá que metiera el pan en el horno, un horno casero, y le pidió que sacara de la cueva a los niños para él descansar”. Afuera les sorprendió el trueno de una escopeta. Adentro, el padre yacía con la garganta ensangrentada. Estaba vivo, y un vecino quiso bajarlo, pero falleció en el camino. En el cuartel de La Sierrita  “papá dijo que se mataba para no ver morir de hambre a sus  hijos”.

“Al parecer enloqueció. Estaba ahorrando para regresar a España con toda la familia. Yo tenía cinco años. Ese no fue el único golpe. Perdí los tres hijos de mi primer matrimonio: uno de seis años, otro de l7, y la hembra, veterinaria, murió en un accidente hace poco. Cuando un hijo se muere, uno pierde un pedazo del cuerpo. A mí me gustaba mucho el punto guajiro, y ya ni me gusta. Cuando voy a un acto, permanezco en la parte política; al empezar la música me voy. La única música que oigo es el Himno Nacional, que si no me da alegría, me da valor.”

Pero no eras un ser vencido, Gallego. Enseguida, luego del aquel silencio, se irguió el nombre que en el Escambray  la gente invoca como una contraseña, como un pase al asombro por actos que imaginan y él no cuenta, y por su recia tozudez. “Por eso trabajo todos los días, y no me jubilaré mientras tenga salud. No vivo para pensar en el pasado. He vivido para cambiar la vida. Porque cuando tuve mi primer trabajo de leñador y ganaba un peso diario, me las arreglé para ahorrar, y a los seis años tenía 500 pesos. Subarrendé una posesión del monte, y la planté de café: tuve l6 mil matas.

Al morir el arrendatario, el dueño de la finca, viendo la manigua cambiada en vergel, quiso expulsarlo. El Gallego contrató un abogado. Y se vendió al propietario. Perdió el litigio. Y otro letrado le dijo: Sólo haciéndole firmar un papel en blanco y tomándole las huellas digitales se puede echar atrás el fallo del juez. “Le dije: prepare el papel.”  Y no actuó como su padre. No se rindió. Pidió un revolver prestado. Y encontraste al expoliador. Lo esperaste en la loma, recostado a una palma cana. Tomó  bruscamente  las riendas y detuvo el paso del caballo. Le dijo al otro: Bájate, y con él se metió en el monte. “Coño -le advertí- la miseria es larga y yo no estoy dispuesto a esperar tanto; te mato si no firmas este papel. Sin embargo, fui legal.” El Gallego pagó lo que a aquel fullero le correspondía. Eso fue en aquella época de la que algunos dicen que era buena, justa, democrática…

Hablábamos en el área, despojada de pica pica y aromas,  donde  entonces cultivaba 10 262 plantas medicinales de 114 especies. Proyectaba plantar 13 hectáreas para abastecer a toda la provincia de Cienfuegos, porque “en ningún otro rincón usted encontrará el barrilete, el manajú, el chichicate... que sólo nacen en estas lomas”. Al fondo, hacia el sur, asomaba a  toque de dedo el lomerío y los picachos del Escambray profundo.

Después, en su casa, me enseñó un libro mimeografiado. El volumen  clasificaba todo su saber sobre hierbas medicinales, recolectado en la experiencia y en la necesidad, y algo que le tomó siendo joven a un botánico de apellido Zercerio. “Tenía manuales, y aunque poseía una finca y no era curandero, este hombre recetaba a cuantos llegaban allí. Afortunadamente hemos rescatado esa tradición, casi se extingue; la habíamos confundido con espiritismo y superstición.”

El Gallego Otero es curandero. No le molestaba que alguien lo llamara con ese término tan cargado de condenables resonancias. Lo es, porque recomienda un remedio y cura, pero sin muecas, ni alborotos, ni rezos. Sin lucro. Con honradez. Cura, porque sabe que la yerbaluisa sirve contra dolores de estómago, y la sábila contra la hepatitis y las quemaduras; la siempreviva contra dolores de oídos. Todo ese formulario aparece en su libro, que escribió en tres semanas sin consultar a nada ni a nadie. Sólo ayudado por tres compañeras: Josefa González Gallardo, Concepción Otero, e Inés Llanes, la mecanógrafa. Por eso, el manual se llama Los Muchos, en honor de los activistas que lo secundaban escribiendo y recolectando yerbas en el monte.

Ya sé, Gallego, que nada se ha modificado en ti.  Sigues diciendo que te mueres allí, que todavía hay mucho que pagar a la Revolución y que un compromiso tuyo es tan duro como el más duro palo del monte. Que naciste para cambiar la vida, y que la vida con sus golpes no ha podido cambiarte. Aquí te pago, tardíamente, la deuda  que contraje cuando te pedí tu historia. Ahora comprendo mejor tus cicatrices…

 

 

 

UN JINETE EN EL AIRE

UN JINETE EN EL AIRE

Por Luis Sexto

Lucas Roque se despertaba a las cuatro de la madrugada y ejecutaba el ceremonial de todo hogar guajiro: colar y beber un café fuerte, proclive a lo amargo. Hora y media después, llegaba al palmar elegido. Y permanecía hurgando en el cielo hasta las dos de la tarde…

Nunca  leyó la crónica en que Anselmo Suárez y Romero decía que la palma real  era el árbol que no se cansaba de contemplar en Cuba y junto al cual, según el cuentista Alfonso Hernández Catá, “la vida del hombre adquiere una serena intensidad”. Tampoco supo que la palma era la referencia esencial de la nostalgia que el poeta José María Heredia evocó entristecido, a orillas del Niágara precipitado y soberbio. Ni que otro poeta, José Luis Alfonso,  hallándose en París, quiso ver en el horizonte antes de morir.

También ignoraba la ciencia botánica labrada en el tronco y el penacho de las palmas. Pero lo poco que sabía era bastante para domeñar a este árbol, figura natural de la altivez, vegetal con sueños de águila, que sólo se inclina  para mirarse en las aguas del río que le moja las raíces, pero que se rinde a la intrepidez. El conquistador es usualmente un hombre humilde a quien llaman desmochador y despojan de su grandeza con ese nombre, porque le ajustaría cualquier título con pretensión de nube: acróbata, alpinista, aviador, jinete del aire…

Algo de ello era Lucas Roque.

La palma ante las hazañas del desmochador se abate, se desnuda de sus riquezas. Aunque están en lo alto sus dádivas no bajan, como en la metáfora bíblica, del cielo. Preciso es subir. Seducirla con el señuelo de las acrobacias. El desmochador trepa con la astucia de un lagarto. Treinta metros arriba, la corona, el penacho que se agita como la cabelleras desmelenada de una sílfide criolla. Llega. Mira en lontananza. Millares de palmas se amontonan en las arrugas de los potreros. La visión lo tienta como a un solitario Alejandro Magno en la torre de la última ciudad tomada. Ya les llegará también el cuchillo. Ahora corta. El hombre alza el racimo en acto de triunfo. Lo echa a rodar por una soga, rampa delgadísima, que abajo sostiene su auxiliar –el cabuyero. Y luego otro, y otro racimos…

Comida del hombre y del ganado, cobija del campesino, envase del tabaco. Todo ello ha sido la palma con la masa del palmito, los granos del palmiche, las pencas del penacho y las sábanas de la yagua. El desmochador busca hoy principalmente esa tela flexible que envuelve la porción más suave y alta de la palma, para embalar las hojas curadas del tabaco y remitirlas a la industria, en ecológica preservación. También procura el palmiche. Sin ese fruto redondo, arracimado en la cresta, los cerdos no podrían almacenar debajo de la piel una manteca gruesa, granulada, “la más sabrosa de todas” al decir de un gusto guajiro. Y sin ese grano, también los cerdos enflaquecerían en  lugares donde la comida ralea como la manigua. Es su alimento principal. Prescrito y cedido por la naturaleza.

Cuáles serán los secretos de los desmochadores. Uno imagina la valentía. El gusto por desafiar la altura. O la díscola pasión por trabajar solitariamente, sin la observación fiscalizadora de un jefe. Cualquier cosa es posible en el hombre habituado a laborar en espacios libres, en comunión con el aire, abierta la nariz imperceptiblemente a olores limpios, y los oídos  sólo anuentes  a cantos y  murmullos calzados con la discreción del campo. La costumbre, sin embargo, atempera las impresiones, la propia estima, y el desmochador carece de la arrogancia que podría acomodarse en el desdén  de quien se pudiera considerar superior por sus nervios sin temblores, cuando se introduce entre las muelas del peligro.

En áreas abruptas, sitiadas por el lomerío de Tapaste y Jaruco, vivía  Lucas Roque, hecho fibra en su cuerpo seco, mínimo, rebijido, como se definía. Lo vimos escalando  palmas. Después,  echado sobre la hierba, cerca de un arroyo, enumeró las reglas y accidentes de su faena diaria, regida por el sol.

Si las palmas estaban mojadas, o había neblina, o viento, iniciaba la tarea cuando la humedad se secaba, se disipaba la bruma, el aire se aplacaba. El clima en contra es tan peligroso para el aviador de un jet como para el palmanauta de alturas menores. Un día, con el tronco mojado por el relente, se atrevió a subir. Resbaló de improviso.  Vino abajo, como en un bache aéreo, unos cinco metros. Sólo su experiencia sorteó la desgracia.

 La empresa lo abastecía de medios de protección. Pero Lucas pensaba que ningún accidente podría evitarse con aquel cinturón para atarse a la palma, como un liniero de la electricidad. Y lo rechazó. Tampoco aceptó los estribos de cuero, más rígidos y menos duraderos que los de yagua. En suma, todo cuanto el desmochador lleva innecesariamente en su despegue, estorba.

Aparte del cuchillo y la soga, porta un mechero, tubo de caña brava relleno de estopa o trapos humedecidos con kerosina. En la cúpula, entre el follaje de las pencas las avispas suelen aposentar sus colmenas. Y cuando asoma el rostro intruso, el ataque de esos insectos amenaza la estabilidad del que en lo alto pende solo de su pericia de escalador. El fuego asfixia, quema, calcina tanto abajo como arriba.

Lucas era un desmochador “largo”. Bajaba diariamente unos 11 “caballos”.

La voz del desmochador sonó alegre, juguetona. Sí, “caballos”.

Caballo para los de su oficio son 10 racimos; quizás los que caben precisamente sobre esa bestia.  Le pagaban un peso y 34 centavos por cada unidad y aun era poco. Antes de 1959, 40 centavos. “Era criminal. Porque todo cuanto gano se lo quito a mi cuerpo. ¿Ha sacado usted la cuenta de cuántas palmas tengo que trepar al día, si a veces una, una sola, da dos racimos?”

A Lucas le inquietaba la falta de desmochadores. Uno no encuentra rápida y fácilmente a un desmochador. Pocos se interesan hoy por un oficio para el cual las piernas y los brazos han de ser elásticos y recios, y la cabeza inmune a la altura, y la voluntad dispuesta a desechar pantalones y camisa con frecuencia casi mensual, y cambiar las botas cada dos meses. Hay, en realidad, tantas otras labores, comparativamente mejor pagadas. Y escasas de riesgos. Porque en un descuido, una falla de sogas y estribos, el aparejo que ayuda a ascender no sirve como paracaídas. Pensaba que se extinguían los hombres con afición a cabalgar en una palma anónima. Uno de sus hijos, aun adolescente en 1990, quería aprender, y él  le iba a enseñar, porque podía enseñar dormido el oficio a quien deseara aprenderlo. No le gustaba que las riquezas de la palma permanecieran en lo alto, en espera de que el viento o el rayo vinieran a destruir lo que ese árbol, con sueños de águila, sólo entrega a los audaces que saben dominarlo en el aire.

 

EL ENTIERRO DE MI ABUELO

Por Luis Sexto

 

Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había introducido en la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Vi a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.

-¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.

No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:

-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.

Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama. Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.

La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.

-Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.

Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía: ¿Qué vas a decir, muchacho? Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez: ¿Qué vas a decir, bobo?

Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta.

-Así hubiera hablado él -comenté.

-¿Quién? ¿José?

-No, Francisco...

Callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha provocado mi única frustración: no haberlo conocido.