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PATRIA Y HUMANIDAD

PARADOJAS Y ESPERANZAS

PARADOJAS Y ESPERANZAS

Por Luis Sexto

Llegué a La Habana al atardecer en mi primer viaje consciente, con apenas nueve años. No recordaba haber visto  los arrabales de la capital cuando el tren aminora su velocidad, y se detiene, y empieza a rodar nuevamente como en un jadeo, y vuelve a frenar bruscamente, y pita, y por su lado pasan en carrera contraria máquinas y vagones, y se ve la bahía desde el fondo en cuyas aguas el sol ya casi no se espejea a causa del petróleo y los desperdicios que naufragan amordazando de negro lo que decenios atrás fue pozo de transparencia. Detecté el olor único e indestructible, mezcla de mariscos, pescado, gas, basura descompuesta, que se adelantaba a los ojos de quienes arribaban a la ciudad por barco o por ferrocarril; La Habana penetraba, sorprendía  primeramente por la nariz, en la atomizada bienvenida de sus efluvios más profundos provenientes de los intestinos de la bahía y el barrio industrial de Luyanó. 

Subiendo la rampa por cuyos carriles el tren se eleva, el paisaje urbano surgido de abajo hacia arriba me abordaba los ojos ofreciendo la mezcla sin concierto y la contradicción temeraria, inconsciente. Asentí ante aquella visión multiforme y ambivalente: La Habana, en efecto, se originó en la contradicción. Ni aun el elogio de cuantos la visitaron en el siglo XIX, época de esplendor, esquivó ese destino que unce la ciudad a lo paradójico  Y entre adjetivos de bella, plástica, incomparable, animada, bulliciosa, o títulos de émula de París y Londres, paño de lágrimas, las impresiones extranjeras anotaron  que La Habana era festival de la muerte, asamblea de malos olores, puerto carísimo para comer e incómodo para dormir, donde se encontraba mucho de sorprendente y poco de admirable. El viajero entonces desembarcaba en una villa donde la abundancia del dinero y del lujo le impactaba, y luego topaba con la fiebre amarilla o el cólera anidados en basureros y  charcos; o en medio de la exquisita confusión de casas y edificios pintados de amarillo, verde, azul, contrastando con las luces y la sombras, tenía que “saber maromas” para andar por las escuetas aceras de intramuros; o seguro de que había llegado a un puerto de los de más alta civilización, debía pernoctar en el buque, pues no conseguía albergue en tierra, y en otros momentos no hallaba hotel montado a la europea para estar en compañía del confort.  O no había agua. Porque ubicada tentativamente en dos sitios  previos, en el sur y en el norte, se asentó la tercera vez junto a una bahía de bolsa, con un angosto canal de acceso, refugio providencial contra huracanes y propicia a las opciones defensivas de la ciudad, pero sin fuentes de abasto.

Quizás en ese revoltijo de contradicciones radica el hechizo de La Habana. En esa presencia impresentable, en ese abigarrado desorden, depositó su dechado de seducción. O se cobijó en sus habitantes, contradictorios también, indisciplinados desde los días liminares de la villa. Eran, según las quejas de los gobernadores, opuestos a cuanto se les mandaba y tan modelados a su arbitrio que todo costaba no poca dificultad. Gente por lo demás amorosa y hospitalaria, capaz de partirse en reverencias de cumplimientos, pero irrespetuosa hasta humedecer con sus escupitajos cualquier conversación y virar al revés el estómago de su interlocutor. Gente denodada para defender su ciudad del pirata o del corsario, y a la vez remolona para cumplir la vigilancia miliciana en las costas.

La Habana no se ciñó a nacer y progresar entre la paradoja. Trasmitió esa circunstancia a las sucesivas imágenes que de sí misma fueron forjándose en el hilo de los siglos. Haciéndose distinta continuó igual; se guardó fidelidad como en un matrimonio de un solo miembro. Y por ello para entenderla y explicarla, uno  precisa leer en ruta inversa: del hoy al ayer. Sus problemas básicos no cuentan 30, ni 50, ni 100 años. El solar, la ciudadela, la periferia de cinc y cartón, el hacinamiento se multiplicaron  por el imán infinito de la tradición cuando, luego de desaparecer la esclavitud, los recién entrenados proletarios negros asumieron a La Habana como la regenadora de las injusticias y angustias vitales que los habían bestializado. Y La Habana, que nunca construyó para la masividad, ni creó abasto propio, continuó recibiendo como a través de un viaducto promisorio, el éxodo provinciano en una república rutilante en su cabeza y opaca en el resto del cuerpo. Porque para el cubano, la capital no ha sido la urbe de las paradojas, sino la ciudad de las esperanzas...

EL SURCO Y EL PAPEL

EL SURCO Y EL PAPEL

Por Luis Sexto

La Revolución es la única que ha repartido tierras en Cuba. El capitalismo, en cambio, la concentró en pocos propietarios, a veces a través de la magia nocturna de cercas que caminaban o de desalojos a campesinos en los llamados realengos. Si alguna vez cedió algún pedazo fue para sacar algún provecho del sudor de los agricultores, mediante fórmulas medievales como el arrendamiento o el trabajo «a partido», es decir, la mitad o la tercera parte para el latifundista.

Por lo dicho y sabido, la resolución 259, de reciente aprobación, es una medida revolucionaria, opuesta a la práctica capitalista. Lo aclaro, por si alguno, habituado a considerar la propiedad estatal como la única forma posible de organizar el patrimonio agrario de la nación, puede estimar que distribuir 13 hectáreas como mínimo entre trabajadores que desean fajarse con tierras ociosas y enmarañadas por el parásito de la desidia, implica una concesión, un jugueteo inoportuno con el mal olor del capitalismo. A principios de la década de los 60, la Revolución triunfante no dudó en erigir como dueños de sus tierras, que a veces eran «ajenas», a millares de pequeños agricultores. Con ello, vertebró el campesinado cubano, que desde el siglo XVI clamaba por justicia, con una voz numerosamente amordazada por el desalojo y la sangre.

Ante la existencia del papel legal de la resolución 259, que expresa una voluntad política del Partido y el Gobierno, solo la aplicación consecuente podrá conseguir los fines que el documento —fruto sin duda de la reflexión— se propone como respuesta para revertir la improductividad de una apreciable porción de nuestras escasas riquezas.

Quizá lo peor que le pudiera ocurrir a medida tan consecuente sería que la creyéramos solución provisional, pasajera. Si fuera así y con esa aprensión se empezara a distribuir una parte de nuestro fondo agrario, ya estaríamos mediatizando la concreción de los propósitos de la 259. ¿Qué ofrece, en suma, esta resolución sino tierras que necesitan ante todo trabajo permanente y abnegado, en ocasiones sin los recursos básicos? Serán, por supuesto, tierras agradecidas a la aplicación laboriosa. Con tanto tiempo en descanso o habitadas por el marabú, la fertilidad se le ha ido acumulando en un humus generoso.

Este comentarista cree que más que solucionar una emergencia productiva, la Resolución 259 procura fijar a hombres y mujeres a la tierra; nutrir las filas del campesinado, que hoy tiende a desaparecer por vejez y muerte en sus más experimentados horcones. Si no persiguiéramos reestablecer en un mínimo el trabajo del pequeño agricultor, tal vez, a mi modo de ver, no podríamos trascender, con mirada de largo plazo, las limitaciones del presente.

No parece recomendable, valorando la historia de Cuba y el cuadro agrario de la actualidad, soslayar el fortalecimiento del campesinado. A lo largo de cinco siglos el conjunto de los campesinos ha demostrado su pertinencia, su perseverancia y su fidelidad a la nación. Cuba, en dimensión no desdeñable, ha sido campesina. Y lo sigue siendo. Las cifras publicadas en los últimos meses confirman que, a pesar de las turbulencias del llamado mercado agropecuario de oferta y demanda, con sus precios desmandados gracias a una escasa presencia productiva, los volúmenes que cuantifica la Asociación de Agricultores Pequeños, que une a productores individuales y cooperativos, son los mayoritarios en el país, en momentos de restricción agrícola.

Puedo equivocarme. Opinar comporta un riesgo. Y lo asumo porque incluso estoy convencido de que no hay opiniones eternas. Probablemente la vida exija hoy este juicio mío, y mañana, al cambiar la realidad, sea otra mi opinión. Por ello, me atrevo a recomendar que insistamos en el control, pero sin la rigidez que entorpece el verdadero control, de modo que al cortar el cordón umbilical le suprimamos también a la criatura del burocratismo la facultad de respirar. Habrá que insistir en lo positivo, lo creador. La Resolución 259 pone en manos de trabajadores honrados la oportunidad de ser parte de la solución y no parte del problema. Se desprende, pues, la necesidad de encarecer la abnegación, el patriotismo en un clima de confianza que exalte el estímulo junto con el cumplimiento del deber...

De cualquier modo, el marabú no es el problema capital del campo. La agricultura cubana sigue autobloqueada, o bloqueada desde dentro, además de bloqueada desde el extranjero. En estos días, de visita por esos campos, supe de cierta unidad básica de producción cooperativa que, con petróleo y fertilizantes asignados, no puede cultivar la tierra: carece de dinero para pagar sus insumos porque el ingenio azucarero cercano no le ha pagado 220 000 pesos de la última zafra. ¿Es una anécdota? Si lo fuera, es muy expresiva de que la pelea no se gana en los informes.

El surco no hace fructificar papeles. (Publicado en Juventud Rebelde)

REFORMA E REVOLUÇÃO EM CUBA

Por Emiliano José

Era um Lada. Com bem mais de 20 anos de uso. Um russo decadente. Quando o volante era girado para qualquer lado, a buzina era acionada. O motorista dizia tratar-se de um sofisticado software instalado no velho carro. Ironizava com um defeito elétrico não solucionado por falta de peças de reposição. 

Estamos em Cuba, desfrutando das belezas de Havana, 2 de janeiro de 2008, o automóvel andando a coisa de 60 quilômetros, mais por suas deficiências do que por qualquer respeito a limites de velocidade. Havana, aliás, é curiosa. Você faz uma viagem no tempo. Passa a contemplar não apenas os velhos Lada, mas automóveis das décadas de 30, 40, 50, 60 do século passado. 

O motorista do Lada é Luís Sexto, jornalista desde 1972. Já foi repórter, chefe de reportagem, redator-chefe. É um revolucionário, defensor da revolução. E cristão. Escreve atualmente para o Juventude Rebelde, diário cuja circulação é superior a 250 mil exemplares. Teve um de seus livros publicado no Brasil: O cabo das mil visões: Magias e mistérios do Cabo de Santo Antônio, em Cuba, pela editora Casa Amarela. Já havia lido alguns dos meus livros. 

Foi um privilégio conhecê-lo e sentir nascer uma promissora amizade, como ele diz no autógrafo do livro que me entregou no início da noite daquele dia 2 de janeiro, em seu simpático e modesto apartamento, depois de nossa turnê por Havana. Ele esbanja conhecimento sobre a história da Ilha, sua cultura, sua gente. Conhece profundamente a alma do povo cubano. 

Eu visitava Cuba pela primeira vez. Escrevera tanto sobre a Revolução, estivera com vários dirigentes cubanos, inclusive com Fidel Castro, em 1993, na Bahia, quando lhe entreguei um exemplar do livro sobre o Capitão Carlos Lamarca, escrito por mim e por Oldack Miranda. Mas, ainda não visitara Cuba. Confesso que tinha algum receio. Eu, que me inebriara tanto com as conquistas revolucionárias dos liderados de Fidel, será que não me frustraria ao me ver face a face com aquela experiência? 

As revoluções suscitam situações complexas depois da tomada do poder. Quanto mais uma revolução feita nas barbas do Império. De 1959 até hoje, Cuba tem vivido sob ataque cerrado. O bloqueio econômico constitui-se numa cruel agressão ao povo cubano. 

E Cuba, que teve sua situação agravada com o fim do socialismo real e com a desintegração da URSS, tem sabido resistir, mantendo intocadas as conquistas do socialismo, particularmente aquelas registradas nas áreas da saúde e da educação. Não me frustrei com o que vi. Mas, óbvio, não há paraíso sobre a terra. Algumas preocupações assaltaram-me. 

E na conversa com Luís Sexto pude perceber que as preocupações eram também dele. Ele, com sua experiência, do alto de seus 62 anos e de sua dedicação à Revolução, conquistou um espaço que lhe permite o exercício da crítica. “Eu tenho compromisso com o meu país. E por isso tenho o direito de criticar. Não sou complacente. O que está mal, está mal. O que é equivocado é equivocado”. 

No nosso diálogo, ele recordava o que Fidel dissera no dia 17 de dezembro de 2005. “Os inimigos externos da Revolução não podem nos destruir. Já compreenderam isso”, foi o que dissera. No entanto, acrescentara, “o que pode nos destruir são os nossos próprios erros”. E isso reforçou ainda mais o espírito crítico de Luís Sexto. Na opinião dele, naquele início deste ano, o que pode comprometer o futuro da Revolução são os restos do modelo de socialismo herdados da experiência soviética. 

Havia em Cuba, naquele momento, e isso era confirmado pelo jornalista, um clima surdo contrário à excessiva concentração econômica nas mãos do Estado, um alargamento da pequena corrupção, indisciplina no mundo do trabalho, ausência de estímulo à criatividade de empreendedores individuais, a revolta contra a existência de duas moedas (uma para o turista, outra para os cubanos) e contra o excesso de proibições, entre vários outros aspectos. 

Sentia alguma amargura em sua voz, talvez decorrente da pressa que tinha nas mudanças. O povo cubano, me dizia, é paciente, ama sua Revolução, mas não pode esperar muito mais. E me fez uma revelação surpreendente: a esperança de que as coisas mudem está nas mãos de Raul Castro. Ao contrário do que todos apregoam, ele é mais, usemos a palavra, é mais liberal do que Fidel Castro. Me revelou que a filha de Raul era a vanguarda da luta pelo direito à liberdade de orientação sexual. 

Acabei de ler o livro O senhor de todas as armas, de Carlos Alberto Tenório, que dá uma visão do Raul em Sierra Cristal, 1958. Fornece pistas sobre a forte personalidade dele. Raul era o comunista da família.
Parece que Luís Sexto tinha razão. O irmão de Fidel, logo que assumiu o comando político, iniciou uma política de reformas que parece atender as expectativas do povo cubano, nem que parcialmente. Surpreendeu a todos, iniciando um processo de diminuição das proibições, o que abre as portas para a criatividade e premia o mérito. Politicamente, para lembrar apenas uma iniciativa, criou as condições para uma grande manifestação a favor do direito dos homossexuais, que ocorreu. 

Luís Sexto me dizia que o excesso de proibições e o volume de coisas concentradas nas mãos do Estado prejudicavam o consenso, limitavam as iniciativas do povo para que ele próprio resolvesse os seus problemas. “Tem que se dar espaço às pessoas, aos indivíduos. A igualdade deve se basear na máxima de que todos tenham os mesmos direitos. Mas, é fundamental que os talentos individuais possam se manifestar. O medíocre não pode valer igual ao mais apto”. 

Mais do que isso, no plano da economia, com reflexos no mundo da política, defendia que o socialismo cubano devia dar mais espaço aos trabalhadores, que na opinião dele deviam ser protagonistas mais efetivos. “Aos gerentes não têm importado o que pensam os trabalhadores”. O socialismo cubano não tem sido capaz, na opinião dele, em razão das travas burocráticas, em converter os trabalhadores em agentes efetivos da produção, em dirigentes do mundo da economia. 

Senti que os dirigentes cubanos têm alguma consciência dos problemas. Conversei com Jorge Ferreira, do Comitê Central. E agora vejo Raul Castro começando a implementar reformas que podem impulsionar a economia, aumentando a margem de manobra para as iniciativas do povo. Pode ser que a vitória de Obama nos EUA abra portas para o fim do bloqueio, isso primeiro se ela ocorrer e segundo se ele se dispuser de fato a enfrentar o problema com uma visão democrática. 

O fato é que o caminho para libertar-se do modelo antigo – aquele do socialismo real, como diz Luís Sexto – ainda é longo. É fundamental que a caminhada continue. Estamos numa época de reconstrução de modelos de socialismo. Aquele, fundado no autoritarismo, na concentração de tudo nas mãos do Estado, já demonstrou sua falência. O momento é edificar modelos que consigam juntar a luta pela igualdade com a prevalência das liberdades, democracia e socialismo irmanados

DÍAS EN VENEZUELA

Por Luis Sexto

Hace cuatro días regresé de Caracas. Partí el pasado 6 de julio. Y a mi llegada me premiaron con una habitación a cinco metros de la plaza Bolívar, el mismo espacio donde se enardece sin descanso la estatua ecuestre del Libertador ante la cual Martí se postró sin quitarse el polvo del camino. Como cualquier cubano en estos días, yo también, antes de alojarme, repetí el gesto del Apóstol.

Llegué para impartir un taller de periodismo comunitario, enviado por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, según el convenio con el Ministerio de Comunicación e Información de Venezuela. Fui allí como han de ir hoy  los hombres de buena voluntad: en acción de servicio. Como suele suceder, el que intenta servir es también servido. Y el que enseña, aprende. Regreso, pues, conmovido. No hablaré de la situación política. Los especialistas de la información internacional saben más de ese asunto que este escribidor. Solo sé que hay lucha y que la revolución es una fuerza contradictoria, pero ardiente y, sobre todo, necesaria. Millones de venezolanos la urgen. La herencia de pobreza y subdesarrollo que la oligarquía capitalista dejó aun está en pie. Y también en pie continúa  la opulencia de la clase expoliadora.

Tuve unos 25 alumnos. Todos escriben y editan periódicos comunitarios o alternativos: mensuarios, semanarios, bisemanarios, o azarosos periódicos que salen cuando Dios quiere. Es la prensa de la revolución, que en vías está de mejorarse para oponer con efectividad la verdad revolucionaria a la “verdad” manoseada de los medios comerciales.

De mis alumnos, este alumno que soy trae la certeza de la calidad humana de todos aquellos atentos peleadores. Y cómo, por tanto, no iba a entregarme durante seis horas cada día a la discusión técnica del estilo del periodismo o a exaltar el interés que lo ha de hacer legible y atractivo, cuando supe que esos medios a veces son sufragados por el propio dinero de sus editores, trabajadores pobres, o que piden a instituciones para solventar las deudas de la tirada. Con cuánta proeza, con cuánto milagro de carne y hueso nos deslumbra la revolución.

Creo que en mi memoria se demorará la figura de Tomás Siverio. Sus 74 años no le estorban para editar un periódico en su municipio, como abanderado de la conservación ecológica. “Que la muerte me alcance trabajando”, dijo, y luego, dándome un ejemplar de Los vencedores, me pidió que se lo desguazara para hacerlo mejor.

Aún sonrío ante la figura quijotesca –alto, flaco, noble, ocurrente- de Mahyol Vielma; ciudadano de allá, de Mérida, en montañas adonde sube en cuatro horas de mulo desde el punto en que se baja de un vehículo. Nunca allí han tenido electricidad. Y sin embargo, compone un periódico para su gente. El último día, el del balance de 14 jornadas juntos, Mahyol nos obligó a que dejáramos salir las lágrimas de la felicidad. “En mi tierra se dice que loro viejo no aprende hablar. Yo estoy viejo y cuando entré en el aula y vi las computadoras tuve ganas de regresarme: no sabía ni encenderlas. Y ahora, las enciendo, y veo más clara mi tarea de periodista inspirado por el entusiasmo y las necesidades…”

Ah, Tomás Siverio, Mahyol, Romero, Juan Carlos, Glexis, Luis Tovías, Mendoza, Rolland, Laureano, Antonio, Danila, Alba, Angi, Juanita y los demás… Ah, jóvenes y viejos aprendices; gente a prueba de decepciones cuyo sentido crítico les estruja a los gobernantes locales de la derecha su corrupción o su indiferencia, o les advierte a los de la izquierda que no pueden decidir erróneamente u olvidarse de sus compromisos con el pueblo venezolano. Para estos alumnos de periodismo voluntario y abnegado, la peor crítica es la que no se hace.

Y después, a pesar de toda esa grandeza, de toda esa claridad revolucionaria y de la jerarquía que les proviene de la virtud, me llamaban profesor. Está bien. Lo acepto. Soy el profesor. Pero ellos son  mis maestros. Y tiene Venezuela en mí un servidor en actitud de aprender la lección de la solidaridad y de la generosidad. Y esta frase me trae resonancias martianas, como aquel atardecer del pasado 6 de julio cuando, a imitación del Maestro de todos los cubanos, bajé la cabeza bajo los cascos encabritados del caballo de Bolívar.

 

ANTES DE LA HORA CERO

Por Luis Sexto 

Fidel y el doctor Mario Muñoz se abrazan. Están en la plaza de Marte y la madrugada ya sobrepasa las tres en aquel domingo 26 de julio. El médico acaba de llegar a la ciudad luego de que Abel Santamaría lo aguardó en Melgarejo, entronque de las carreteras Central y la de El Cobre. Ese era el sitio convenido para esperarlo y desde allí guiarlo a la cercana Santiago de Cuba. El doctor Muñoz le pregunta a Fidel si ese día es la hora cero. "Sí, es la hora cero". "Pues qué día has escogido, muchacho; hoy es mi cumpleaños."

Pedro Trigo recuerda la escena nítidamente. Se le nota la exactitud, porque la emoción le ahueca la voz. Y lo que la emoción guarda, apenas el tiempo lo decolora. El jefe del grupo de Calabazar llegó a la distintiva plaza santiaguera sobre la una y media. Venía de la Granja Siboney acompañando a Fidel y a Abel, quien, de ahí, partió a encontrarse con el doctor Muñoz. Y Fidel le pidió a Trigo: "Espérame aquí. Voy a buscar a Conte Agüero..." Aquellos minutos, a lo sumo 30, significaron para Trigo el tránsito de un siglo. La noche, la soledad, la proximidad del combate: para qué no es hábil la imaginación en esas circunstancias. Fidel regresó con cierto disgusto. Conte se había ido hacia La Habana. Pero Fidel había previsto medidas para suplir el papel que le hubiera asignado al conocido periodista radial, afiliado al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), y que entonces presentaban como "la voz más alta de Oriente". El poeta Raúl Gómez García y la grabación del último discurso de Eduardo Chibás, entre otros recursos, serán suficientes para arengar al pueblo de Santiago. Allí mismo, Fidel encomienda a Trigo que, después de la toma del cuartel, ocupe y defienda con su grupo el edificio de la Cadena Oriental de Radio.

Entretanto, en la plaza de Marte se detiene el automóvil conducido por Gildo Fleitas, que se había retrasado en su recorrido desde la capital. Con él viene, junto a otros, Reinaldo Benítez. Sobre las tres y treinta parten hacia la granjita Siboney. Trigo en el vehículo de Abel. Fidel, en el suyo, lleva al doctor Muñoz, porque quiere explicarle cuál será la misión del médico. En el trayecto, de unos trece kilómetros, Trigo le pregunta a Abel: "¿Todo está coordinado?" Todo es la simultaneidad de las dos acciones: el asalto al cuartel Guillermón Moncada y el ataque al cuartel de Bayamo. Claro, todo está coordinado. "Pero piensa lo peor, Pedrito. Piensa que moriremos, pero, aunque muramos, triunfamos, porque habremos salvado al Apóstol en su centenario."

Trigo no ha olvidado aquella respuesta. La respuesta de un joven generoso que convertía el ideario de José Martí en gesto, entrega, donación personal. Con los años aparecerán razones para comprender por qué el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, a pesar de terminar en un aparente revés, fue en verdad una victoria. Ciertos triunfos se consiguen solo en lo estratégico, y su alcance por tanto es más lento, demorado. Pero en aquel momento todos cuantos decidieron participar, si no lo vieron con la claridad de Fidel y Abel, jefe y segundo jefe del movimiento, intuían que obraban del único modo digno de Martí en aquella situación donde Cuba naufragaba: pelear o morir. O pelear y morir. La acción siempre deja una estela, un rumbo, una luz...

Ahora, con los últimos en llegar, en la granjita Siboney suman 129. En Bayamo deben de estar listos 27 compañeros. Las cifras, sin embargo, no son aún definitivas. Al borde de la hora prevista, algunos desisten. Tienen libertad para quedarse en las filas o salirse de ellas, según la opción ofrecida por Fidel al comunicar a la mayoría, que lo ignoraba, cuál es el propósito de aquel viaje inusual a Oriente. No se trata de una práctica. Ha sonado la hora del combate. Es la verdad.

Diez se apartan.

En Bayamo, uno solicita permiso para regresar a La Habana; no ha practicado tiro, alega. Lo obtiene. Otros dos desertan, simplemente, y con lo cual desencadenarán acontecimientos que influirán en el resultado del ataque. Uno de ellos, el único bayamés incluido en la operación debía conducir a los asaltantes hasta la puerta del Carlos Manuel de Céspedes donde solo pernoctaban 13 soldados.

En Santiago, el automóvil de uno de los dos grupos que retorna a la capital ocupa un espacio que le estaba vedado en la columna formada al salir de la granjita, y confunde al chofer del vehículo donde viajaban Pedro Trigo y los comprometidos de Calabazar. Se desvían. Y oyen con desilusión y ansiedad los disparos en el Moncada. Giran. Pero es tarde.

La Revolución es una fuerza demasiado vertiginosa, sorprendente, a veces impredecible. Y los episodios del 26 de julio de 1953 presentan imágenes contradictorias y conmovedoras en una inesperada inversión de destinos. Porque varios dispuestos a pelear no pelearon a causa del azar, de un hecho fortuito que los alejó del fuego. Otro, decidido, más inhabilitado por su enfermedad y autorizado a marcharse, al asistir al hospital en busca de alivio topa allí con Abel y su gente. Y dispara también contra el cuartel. Ese es Julio Trigo. Y algunos, negados a combatir, emprenden la vuelta a La Habana. Y hallan en el regreso la muerte: el martirio. O la prisión.

La acción no estaba concebida para morir. Uno es el sentimiento de ofrenda, sacrificio, valentía para servir una causa patriótica. Y otro muy distinto es un sentimiento de inmolación fanática. El asalto a los cuarteles de Santiago y Bayamo poseía posibilidades de transformarse también en un triunfo táctico y provocar el plan de levantamiento popular previsto o facilitar el paso a las montañas para comenzar una guerra irregular. El hecho de haber llegado más de cien combatientes a los muros de ambas fortalezas sin que los servicios de inteligencia del régimen de Batista se percataran o se enteraran del más mínimo indicio, confirma la certeza de que el ataque había sido dispuesto para triunfar, y que conspiradores muy serios y seguros de sus actos habían preparado el plan. La muerte se preveía como un riesgo. Y en qué confrontación bélica no se mezclan las tarjetas de la vida y de la muerte.

La casi totalidad de los citados a Oriente aceptaron la misión cuando supieron en qué consistía. Aunque la mayoría desconociera los fines de tan largo viaje, la generalidad sabía que algún momento se convertiría en hora cero. Es más: la esperaban y la deseaban. Porque la acción era necesaria, cerradas ya otras modalidades de lucha política, y porque en los más profundos de su conciencia querrían comprobar que aquellos meses pasados afinando la puntería o perfilando principios de táctica o reflexionando sobre conceptos ideológicos, no resultarían promesa incumplida de estar alguna vez en combate. El fraude era usual en grupos organizados entonces por politiqueros que devenían expertos del rejuego.

El día elegido, pues, era el exacto. El justo. El bajo número de desertores o de arrepentidos ante la inminencia del combate es pequeño, expresión de una favorable disposición subjetiva en la mayoría. Solo 13 de los movilizados renunciaron a combatir en el mismo escenario donde afrontarían las acciones: diez en la granjita Siboney; tres en Bayamo. Durante el trayecto desde La Habana, cuatro habían abandonado el viaje. Uno, aquejado de una crisis emocional regresó al pasar por la ciudad de Matanzas; iba en automóvil. Dos se bajaron de su auto y tomaron un ómnibus en sentido inverso en Catalina de Güiñes. El último descendió en la estación de ferrocarril de Unión de Reyes; ese día, quizás por una interrupción en la línea central, el tren se desvió un tramo por el sur. En total, 17 hombres desistieron.

¿Y cuántos, en suma, eran los comprometidos? ¿Cuántos salieron de la capital hacia la tierra donde aparecía el sol a cada amanecer?

Lo material, lo logístico: el dinero. Este impuso sus números. Y si fueron los que fueron se debió a que no hubo más armas. Lo confesó Oscar Alcalde Valls, en 1979. Era el tesorero del movimiento. Conocía la silente y angustiosa odisea de acopiar dinero. "Y no era solo para comprar armas: eran también las municiones, y los uniformes, y los vehículos, y el alojamiento, y, en fin, los gastos de las prácticas. Todo cada vez sumaba más dinero..."

Cada hombre constituía una cadena de gastos.

Según Fidel, que lo reveló en su alegato durante el juicio por los sucesos del 26 de Julio, a Oriente viajaron 165 personas. Y esa cifra coincide con datos de investigaciones posteriores -en particular las de José Leyva Mestres-, que apuntan una cifra: 171 miembros de 25 células y grupos. Es el número inicial para la movilización. A partir del llamado, cinco no son citados. No por capricho. La dirección considera la edad, el estado físico, el ser único sostén familiar o el ser una persona relevante cuya ausencia en su localidad pudiera suscitar sospechas. Uno, de los cinco, no se hallaba en su pueblo al momento del aviso. Quedan, así, 166 disponibles. Pero uno –una mujer– permanecerá en La Habana para entregar a la prensa y a personajes de la política, el Manifiesto del Moncada a la Nación. Disminuye el conjunto a 165. Y de esa cantidad se descuentan aún dos más: uno que se ha enfermado y el otro herido accidentalmente en una mano con un disparo. Un tercero no se moviliza alegando razones personales. El número disminuye a 162. Y en eso, la partida.

Desde la tarde del viernes 24 de julio, 128 compañeros emprenden el viaje hacia Santiago de Cuba. Van en 14 automóviles, y también en ómnibus y ferrocarril, con pasajes y combustible que el movimiento abona o adquiere mediante crédito. Son compañeros que proceden de Artemisa y Guanajay, entonces en la provincia de Pinar del Río. Y de los términos municipales de Madruga y Nueva Paz, y de Calabazar, poblado inscrito en el municipio de Santiago de las Vegas. El resto pertenece a grupos de la ciudad de La Habana.

Desde Colón, en Matanzas, se mueve otro automóvil con el doctor Mario Muñoz y Julio Reyes Cairo. En total, para Santiago marchan 130 compañeros. Allí se unirán a cinco más: Abel, Renato Guitart, Haydée Santamaría, Melba Hernández y Elpidio Sosa. Hace varios días que esta avanzadilla radica en la capital de Oriente afanada en el traslado de las armas y el ajuste del hospedaje para los que pronto empezarán a llegar.

Para Bayamo parten tres automóviles y en el tren viajan también dos compañeros. El total, 24. En la cuna de Céspedes se juntarán con tres compañeros que allí los aguardan. Son, así, 27, que sumados a 135 que se congregarían en Santiago completarían la cantidad de 162.

Fidel entró en Santiago hacia la medianoche del 25 de julio. Se había detenido en Bayamo para impartir las últimas instrucciones. Viajaba en un Buick de 1950, de color verde en dos tonos. Su matricula exhibía estos números: 169-361. Es un detalle, simple coincidencia: sumados arrojan una cifra: 26.

Desde la plaza de Marte, donde se encontraron, los que faltaban por llegar y los que los aguardaban se dirigieron hacia la granjita Siboney. Fidel, Muñoz, Abel, Pedro Trigo. Gildo Fleitas y sus acompañantes. Todos, congregados, debían ser 135. Cuatro, como se dijo, desistieron durante el trayecto. Serían, pues, 131. Pero Julio Trigo, al sufrir una hemoptisis en el albergue de Celda 8, es conminado a regresar a la capital. Abel lo autoriza. La cantidad baja a 130. Otro, del mismo albergue de Celda 8, salió a visitar a su familia pensando en que le comunicarían la salida. No fue a la granjita. No le pudieron avisar.

De los 129 que restan, 10 se desgajaron a última hora, de modo que hacia el cuartel marchan 119 combatientes. El auto de los compañeros de Calabazar confunde la ruta y se desvía. Nueve combatientes no alcanzarán su destino. A su vez, el auto de Boris Luis sufre el reventón de una rueda. Intentan reponerla. No pueden. Al pasar, Oscar Alcalde reconoce a Boris. Para. Suben Boris y algunos de sus hombres, y otros bajan. Quedan en el camino seis combatientes más. El resto, 105, toca su destino. Veintitrés –contando a Julio Trigo, enfermo– ocupan el hospital; seis, el palacio de justicia. Y 75 van a la sede de la fortaleza militar más importante del interior de la República.

De los de Bayamo tres desertaron. Entre ellos el que se había comprometido a pasar a dos compañeros al interior del cuartel, con el pretexto de que eran soldados que necesitaban hospedarse por esa noche. Otro de los desertores, al ausentarse, provocó la inquietud entre sus amigos, incluso un primo, y tres salieron a buscarlo. Tampoco participaron en el ataque. Solo 21, de 27, combaten.

En el Moncada hay seis bajas mortales entre los revolucionarios. Después, sucesivamente, 45 son asesinados. En Bayamo, un herido. Diez asesinados.

En fin, de 162 comprometidos para ambas acciones, 126 lograron efectiva capacidad combativa, limitada por ciertos imponderables humanos y la pérdida de la sorpresa en el Moncada cuando desarmaban a los centinelas de la posta 3. La aparición de una guardia móvil, inesperadamente, precipitó el fuego. Y cerca de 400 soldados, que adentro dormían, pudieron repeler el ataque... antes de que las bocas de las armas revolucionarias los encañonaran en medio la sorpresa.

 

 

 

LO RACIONAL Y LO INCOMPRENSIBLE

LO RACIONAL Y LO INCOMPRENSIBLE

 Por Luis Sexto

Un personaje de Kafka amaneció un día convertido en insecto. La escena la cuenta –creo- en un libro titulado La metamorfosis. En general, toda la obra narrativa de este escritor checo descoyunta la realidad. Hoy casi nadie ignora lo que es una situación kafkiana: un cuadro cabeza abajo, un clavo empotrado por el extremo sin punta, un cubo que se llena por el fondo… Así, como los actos condicionados por la mentalidad burocrática. Y Kafka, en efecto, fue un narrador antiburocrático. Nadie pintó la burocracia con perfiles tan exactos a pesar de los desafueros imaginativos del escritor.

Fíjense que hablo de mentalidad burocrática y no de burócratas. No personalizo, porque ser burócrata o no serlo más que un oficio, una carrera, es una opción que habitualmente no lleva nombre; es una opción asumida y diluida en el grupo, la empresa, el organismo. Esa mentalidad ve la vida a través de los deseos, y -como alguien ha dicho- para cada sí tiene un no, y para cada solución un problema. Y su existencia y sus actos carecen de finalidad. Solo importa lo formal, que llega a convertirse en lo irracional.

Lo advierto: estoy hablando mal de las acciones burocráticas. Que nadie espere, en este tema, mesura y equilibrio. ¡Lastima tanto el proceder de la burocracia! Entorpece, frena, desvía, decepciona ¡tanto! la conducta burocrática que uno no puede sentir conmiseración. Habitualmente cuando alguien adopta una decisión desde posiciones burocráticas, no considera a la gente, al público, al pueblo. Lo que le interesa es su tranquilidad orgánica, el acomodar la realidad a su confort oficinesco, a los gustos de su silla, que suele no ser giratoria: mira solo hacia un solo punto. Girar sería ver la realidad por sus cuatro costados, en movimiento, en cambio… Y todo ello es lo cuerdo, lo útil, lo revolucionario, que ha de equivaler a lo más creativo y mejorador.

La mentalidad burocrática, de tan torpe, solo ve la solución de los problemas –si se les urge una solución- en los otros. Porque todo marcha mal por causa de los demás. Y por tanto son los demás –digamos los trabajadores- los que han de hallar el remedio.

A la burocracia solo le toca exigir apego a la letra y ejercer el control. Control. Mucho control, que es palabra de orden y que, al menos, garantiza el sueño tranquilo al que está para controlar. ¿Y el clima moral del trabajo, y los medios, y los recursos, y los estímulos que promuevan la productividad, la calidad y los deseos de trabajar?  Esas son palabras que no aparecen en el diccionario práctico de la conducta burocrática… Parecen términos de otro idioma. Y mientras no lo hablemos todos, la solución parece quedar en la zona  de lo incomprendido. Y en la puerta de entrada habrá que poner un cartel: Se solicitan intérpretes para leer a… Kafka. 

EN BUSCA DE UNA ESTRELLA

Por Luis Hernández Serrano

 

Nació el 2 de julio de 1945, en General Carrillo, barrio de Remedios, en la provincia de Las Villas, pero aunque el calendario es indiscreto a matarse, no puede ser cierto que vaya a cumplir 63 años, porque dice sentir exactamente los mismos impulsos adolescentes de cuando tenía 17.

Su padre, Manuel Sexto López, era un simple peón de vía en el ingenio San Agustín, después llamado Chiquitico Fabregat, y pasaba nueve meses sin trabajo, acompañado de su esposa, Elda Sánchez Mesa. A ellos debe mucho ser un hombre sensible, periodista, poeta, profesor de jóvenes periodistas y joven él todavía para sus intentos de escribir libros, porque, en definitiva, como dijera bien Gabriel García Márquez, "los cincuenta años son la juventud del escritor". Nos referimos a LUIS SEXTO SÁNCHEZ, así, con mayúsculas.

— ¿Tu infancia, Luis?

—Con diez años me negué a un deseo de familia. Era el sobrino predilecto de mi tía paterna, pero ella tenía la obsesión de que yo fuera médico. Le contesté que no, que yo iba a ser poeta, periodista y escritor.

¿Y esa respuesta tuya?

—No sé por qué a esa temprana edad le hablé de ser poeta, si fue a los 17 que empecé a leer más seriamente.

¿Y de muchacho?

—En verdad fui lector desde niño, pero de los comics, los suministradores de mis primeros prejuicios políticos. No sabía, por ejemplo, qué era el comunismo y en los muñequitos de Los Halcones Negros "aprendí" que era "un cáncer". Lo repetía como una verdad, sin saberlo a derechas.

— ¿En qué comics descubriste que no era así?

— ¡Buena pregunta! Pero no lo descubrí en ningún comic, sino vivencial, dramática y a veces trágicamente en la propia historia de mi Patria, no solo en la que leí, sino en la que viví y sufrí y en la que estoy aun peleando por preservar la independencia y mejorar la justicia social.

— ¿Cuál crees que es la mejor medicina contra los prejuicios políticos?

—La militancia en la vida, meterse en la multitud, entrar en el pueblo, para curarse de los prejuicios de toda índole, incluso de los raciales, tan abundantes todavía.

— ¿Cuál fue el primer libro que leíste?

Moby Dick, de Herman Melville. Después leí las Selecciones, de Reader’s Digest. Y más tarde otros libros que no pueden subestimarse, de Julio Verne, de Héctor Malot y de otros autores.

— ¿Y el primer libro de poemas?

—A los 17 años: Las crónicas, poesía bajo consigna, de Félix Pita Rodríguez, en 1961, un título decisivo para mí. No lo sabía entonces, pero lo sé ahora, porque en él encontré una poesía fuera de lo tradicional, de lo clásico. Una poesía de lo nuestro, emparentada con el tiempo nuevo, con la modernidad y el instante histórico.

"Aquella poesía libre, sin rima, coloquial, me hizo creer que escribir poesía era muy fácil. Después, con los años, vi que la dificultad radicaba precisamente en esa aparente y suave facilidad".

— ¿Cuándo viste algo tuyo en letra de imprenta?

—En un poema Publicado en 1966 en la sección Taller de Juventud Rebelde, a cargo de Eduardo López Morales. Me dio tanta vergüenza haberme visto en letra de molde que entonces, por un tiempo, no volví a escribir poemas.

— ¿Tu primer trabajo periodístico?

—Dos años más tarde, en 1968, fui estimulado por un autor al que considero uno de mis maestros, el francés León Bloy. Un día me senté ante la máquina de escribir y organicé lo que yo llamo mi primera crónica: "Semblanza de León Bloy". Volqué en esas líneas mis impresiones sobre el autor de El Desesperado.

— ¿Y qué pasó?

—Yo era un pequeño amigo del  escritor y crítico José María Chacón y Calvo. Le llevé esa crónica a su casa, en la calle I, en el Vedado, cerca de la mía. Se la enseñé y me dijo: "Se la mandaré a Alfonso Junco", escritor mexicano que dirigía la revista "Ábside". Unos dos meses después me llegó por correo aquella publicación con la crónica y una breve cartica de Don Alfonso, felicitándome. Yo tenía 22 años. Era agrimensor y trabajaba en el central Amancio Rodríguez, entonces en la provincia de Camagüey.

— ¿Cómo asimilaste aquel temprano éxito?

—Es muy curioso. Ciertos estímulos en vez de hacerme avanzar, me han detenido. Parecía que yo ya podía tener las puertas abiertas como redactor. Don Alfonso Junco era un escritor conocido, estudioso de la lengua y su revista literaria una de las más viejas de América Latina. Sin embargo, sentí miedo de no ser digno de tal gesto y quedarme por debajo de lo que se esperaba de uno. Tal vez por eso he sido tan lento en escribir: el miedo me ha esterilizado. Dora Alonso me alertó de ese peligro.

— ¿Y…?

—Pero yo quería ser periodista a pesar de todo miedo; era mi sueño y me preparaba sobre todo leyendo mucho. Aunque me gradué en la Universidad, los libros fueron realmente mi primera Universidad. Siempre quería escribir y no escribía. Concebía los libros en la cabeza, pero nunca iban al papel. Lo más que hice, becado, fue llenar las páginas calladas de un diario íntimo. Aún lo conservo.

— ¿Lo has vuelto a leer?

—Sí.

— ¿Qué te han dicho?

—Que yo pude haber hecho mucho más.

— ¿En cantidad o en calidad?

—En ambos sentidos. En vez de aplazar mis libros para cuando estuviera preparado, pude haberlos iniciado antes. Y… ¡es posible que alguno de los que vean estas palabras mías se alegre de que yo no haya empezado antes!

— ¿Tu primer trabajo en un periódico?

—En el semanario deportivo LPV, que dirigía el colega Francisco Mastracusa.

— ¿Qué surgió de ahí?

—Ya no me fui más del Periodismo. Así comenzó mi carrera. En LPV estuve cinco años. Pasé a Trabajadores al darme cuenta de que había hecho mi aprendizaje básico, para escribir sobre otros temas. Era quincenario. Me fui, siendo ya diario, a los diez años.

Fue una escuela…

—LPV fue mi enseñanza secundaria en la prensa y Trabajadores el nivel superior. Pasé a Prensa latina. Empecé atendiendo asuntos de Estados Unidos y terminé como jefe de la redacción cultural y editor de turno: ¡una intensa escuela! Después entré en la revista Bohemia, donde permanecí 14 años.

"Si Trabajadores fue la Licenciatura, Bohemia fue el Doctorado. Un periodista se doctora en verdad cuando se ha cujeado en la vida y es capaz de andar, de sufrir y de llorar con la gente. No concibo al periodista aséptico, incontaminado, insensible, que no crea que su oficio es un sacerdocio. Bohemia me permitió escribir sobre lo que quería, conocer al pueblo y recorrer el país".

— ¿Y Juventud Rebelde?

—En 2000 pasé a este diario, al que debo haberme permitido terminar mi vida profesional envuelto en la vorágine y en las luchas de mi pueblo. Potenció en mí todo lo que puede quedar de rebelde y de joven, lo digo con sinceridad. En sus páginas he disfrutado las crónicas de los domingos «En primera persona». Soñé escribir esas remembranzas personales que bebí en creadores como Rubén Darío, Gómez Carrillo, Pablo de la Torriente Brau, Rubén Martínez Villena, Jorge Mañach, Raúl Roa, personas que escribían en "yo" sin prejuicios y sin falsos escrúpulos de modestia, porque en realidad el "yo" de mis crónicas es el "nos" de todos los que me leen.

— ¿A quién debes agradecimientos?

—Ortega y Gasset se refirió a que "el hombre es él y su circunstancia". Parafraseándolo digo que "uno es uno y quienes lo quieren", porque si te falta eso, el camino es tortuoso, lento, escabroso. Puedo decir que al entrar en el Periodismo hallé personas que apostaron su confianza a mí, como José María Chacón y Calvo, Alberto de Jesús Calvo, Enrique de la Osa, Waldo Medina y Pepín Ortiz, quienes me estimularon mucho.

— ¿Y le debes a algunos más?

—No alcanzaría ni un periódico entero, pero no puedo dejar de mencionar a mis amigos Guillermo Cabrera Álvarez —que ahora cumple un año de fallecido en Guaracabuya, Placetas, Villa Clara—; Julio García Luis, Antonio Moltó, Eduardo Montes de Oca, Félix Guerra, Renato Recio, Jorge Garrido, Iraida Calzadilla y Roger Ricardo, Víctor Joaquín Ortega, Magali García Moré, Caridad Miranda, Pedro Viñas y José Alejandro Rodríguez, talentosos, sencillos, sinceros, críticos, incondicionales y consecuentes con su oficio, sus ideas y sus sentimientos.

— ¿Por qué te jubilaste?

—Para tratar de escribir los libros que fui aplazando siempre, aunque sigo haciendo la columna Coloquiando, de los viernes en Juventud Rebelde. Pienso acabar de escribir narrativa y poesía.

— ¿Desde qué óptica has escrito como periodista?

—Desde la ética y la cultura. Lo más importante es sobreponer el interés y el valor humano a lo noticioso, sin desdeñar esto último.

— ¿Tu felicidad más grande?

—No ha llegado todavía o tal vez llegue después que pase. Uno quizá no es consciente de la felicidad en el momento en que la goza.

 —¿El mayor dolor?

—Estar lejos de mi madre y de mis tres hermanos y, sobre todo, haber perdido a un hijo, aunque no quiero ser patético. También será muy doloroso morir sin alcanzar lo que consideré "mi estrella". Siempre todo lo que he hecho ha sido para alcanzar una estrella y, como decía Martí, alcanzarla puesto de pie sobre el yugo. (Publicado en CUBAHORA )

 

 

 

 

 

 

EN SOLEDAD Y SILENCIO

EN SOLEDAD Y SILENCIO

Por Luis Sexto

Los periodistas hablan o escriben todos los días. Es su oficio. Quizá su destino. Mueren, y poco antes han firmado –o filmado- la última expresión de su trabajo, de su abnegada actitud de arriesgarse por servir a la gente y a la historia. Por ello, de los periodistas hay que hablar o escribir todos los días. Soy periodista, pero me inclino como acto de respeto ante el signo y el sino de mis colegas, que asumen una de las profesiones más peligros del mundo, quizá la más peligrosa.

Los peligros provienen de la propia índole del oficio. En cualquier sitio. Hay riesgos al cubrir una guerra, al develar truculencias políticas, al descubrir los canales soterrados de la droga, al caminar por geografías abruptas, al cruzar ríos crecidos, al creer en la libertad, al equivocarse, que suele ocurrir… En fin, cualquier riesgo por servir de espejo al mundo, para que el mundo se conozca entre sí y en sí.

Hoy quiero más bien hablar del libro de un periodista. Está compuesto por crónicas de todos los días. De esos textos que uno ha de concebir sin ninguna excusa para dejar de escribirlos, grabarlos o filmarlos. El espacio no puede esperar, como la novia al novio que fue a la guerra. La vocación nos exige encontrar las fórmulas, en medio de la urgencia o del desgano. Y toda esa angustia se vive en soledad y en silencio. Ahora bien, no porque sea un acto realizado de prisa y brevemente, el periodismo es eso que algunos tachan de “faena menor”. A veces -y esa es su grandeza-, a pesar de la obligación y la rapidez del cierre, los textos periodísticos no mueren con el día, como escribió Julius Fucik en su admirable Reportaje al pie de la horca, y pueden sobrevivir en un libro.

Un libro, pues, soporta las crónicas de Enrique Milanés, corresponsal del periódico Granma en Camagüey. Confieso que Milanés –apellido de prosapia poética y patriótica- ha constituido para muchos de nosotros una revelación. Los colegas de las provincias conocen a los colegas de los medios nacionales. Pero estos suelen no conocer a aquellos. Es obvia la causa: no los leemos en la capital, salvo alguien que se interese por razones muy personales. Hemos, así, descubierto a Enrique Milanés. He leído y releído su libro titulado Crónicas raras y otras redundancias, de la Editorial Ácana, y cada vez me sorprende un matiz, un acierto, una originalidad no vista antes.

Me he alegrado al “descubrir”a Enrique Milanés. Me percato que el talento no tiene lugar, ni fecha. Y a veces carece de fama y también de comprensión. Milanés escribe poniendo en guardia la creatividad, la imaginación, y dota a su estilo limpio, afilado, de un tímido humor que se transforma en ironía, una ironía tan sagaz que punza como la caricia de una pluma en los pies de un ser humano.

No sé que más decir. Tal vez, que quien merece ser “descubierto” por Milanés soy yo, inhábil periodista de la capital, que, en su prisa, se le olvida mirar hacia los lados y ver puntualmente a la gente buena y talentosa que nos acompaña en el ejercicio de este oficio tan peligroso y, a ratos, tan incomprendido.