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PATRIA Y HUMANIDAD

EL OLVIDO NO ES UN BUEN COMPAÑERO

EL OLVIDO NO ES UN BUEN COMPAÑERO

Por Luis Sexto

No volveré a matar a mi padre...

Ese es el título de una novela del argentino Pablo Lerman que invita, con los espasmos de una aparente truculencia, a leer el mediano volumen. Luego de diez páginas, preferí quedarme sin saber porqué el autor, o alguno de sus personajes, prometió no matar otra vez a su padre. La figura paterna me es demasiado honda, tierna, amable para soportar que la dañen, así sea en un libro de ficción.

En estos días, sin embargo, leí un texto que me sirvió de antídoto contra los temblores generados por aquel otro libro. Fue como un enjuague del alma, un lavado cardiaco, en una edición digitalizada, familiar, cosida con los correos electrónicos -igual hubiera sido con mensajes postales- cruzados entre un padre y su hija durante la misión médica que ella cumplió en África. Los fines esquivan las vanidades literarias, las presunciones profesionales, los méritos políticos. Y se concentran en conservar esas páginas en la intimidad doméstica para que la nietecita, que viajó a África siendo una bebé, conozca de joven o adulta ese capítulo familiar mediante las computadoras aun calientes por la corriente de amor y añoranza. Entre las recomendaciones del padre, una, como un programa de vida, apunté en mis notas: “El olvido no es un buen compañero de viaje.”

Con una sonrisa elemental, el padre me prohibió decir su nombre. Puedo decir, no obstante, que después de haber leído ese diálogo entre su hija y él, mi afecto, afincado en la bondad, la franqueza y la eticidad de mi amigo, ha pasado a una nueva etapa: la devoción. Porque, a mi parecer, el círculo de calidad espiritual de un varón se fija en su modo de asumir la paternidad. No existe ninguna otra condición que defina, identifique, recomiende tanto como el ejercicio paterno. Es la militancia primordial. Cualquier juicio se confirma o se desvanece ante el proceder y la ternura del padre. No creo que nadie completamente bueno se desentienda de sus hijos, ni nadie malo por los cuatro vientos haga un reloj de sus imperativos filiales. En circunstancias opuestas, habría que reanalizar la virtud de uno y la maldad del otro.

Admito que alguna vez alguien haya deseado matar a su padre. Como en esa  novela que no acabé de leer. Por alguna razón el parricidio es una figura en todos los códigos penales. La literatura y el teatro en occidente lo han iluminado como foco de tragedia, a partir de Edipo. Y uno comprende el ánimo zaherido de quien odia a su padre. Porque qué soledad la del niño que crece ansiando jinetear las rodillas de papá como jaca confiable en el más fantasioso galope. Esa ausencia o esa indiferencia se incrustan en la memoria como carencias vitamínicas. O la más irredimible nostalgia.    

Hace años supe de una historia. El hombre no había conocido personalmente a su progenitor, de modo que nunca pudo, con el dedo en la boca y los ojos en el camino, evocar la experiencia de sentirlo frotándole el pelo lacio y negro al regresar del trabajo. Muchos más tarde, en el buzón de los rumores halló el nombre de quien lo había construido en una noche olvidada entre la espuma de otras mujeres. No quiso matarlo. Ya no era un niño. Tenía el pelo largo y la barba aglomerada. Vestía un uniforme verdeolivo descolorido, y al hombro un fusil Garand le alargaba la estatura.

Acababa de bajar de la Sierra Maestra. El soldado rebelde, plantó luego una bandera en el latifundio extranjero. Ocupó las oficinas y los libros contables, investido con la autoridad de la nación. Registrando en los archivos supo que su padre había sido uno de los que prepararon y firmaron papeles para que los americanos se apoderaran, con anuencias que les legitimaban el saqueo, de las mejores tierras de la región. 

Sentado en el portal del bungalow donde los americanos habían bebido y fumado su arrogancia, comprendió que ejecutaba un acto de doble justicia.

-También he lavado –dijo a sus colaboradores- el honor de mi sangre.

Y entonces volvió a soñar con el padre que nunca conoció.

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INÉDITA

Por Luis Sexto

Entonces jugaban con el globo del mundo en oficinas confidenciales. Hoy se congregaban en el despacho de Allen Dulles, el director de la CIA. Allí estaban, entre figuras subalternas, el general Cabell, asistente de Dulles; Richard M. Bisel, jefe de planes especiales; su segundo Tracy Barnes, y Howard Hunt, uno de los programadores de la política secreta contra el Gobierno  cubano.

La CIA estudiaba las formas de resolver definitivamente el “caso Cuba”. En un ángulo de la oficina, un atril sostenía un mapa de la isla. La figura del caimán se hacía visible para todos desde su oriental mandíbula estriada por los picos de la Sierra Maestra hasta la cola estrecha y plana de la península de Guanahacabibes. Jack Esterline, jefe de la Cuban Task Force, avanzaba en su informe mientras con el puntero  tocaba  diversos sitios en el papel azul y verde de la hoja cartográfica. Un tanto quejumbrosamente reseñaba el fracaso, enumeraba  la crónica de la decepción. ¿Qué había pasado? Desembarcos e  infiltraciones se deshacían en las arenas de los playazos más inadvertidos, o entre los bosques más enmarañados.  Evitó  ejemplificar, pero si hubiese querido, o si Dulles le hubiera exigido una versión más prolija, habría contado la suerte reciente de Tony Salvard. Con sus comandos, había tocado tierra en las proximidades del río Navas, en el norte de la provincia de Oriente. Vestían de guerra y portaban armas de guerra. La aventura, sin embargo, terminó rápidamente. Milicianos y soldados los toparon en Nabujón, y Tony apenas resistió.

Jake pasó enseguida a quejarse de que los vuelos con suministros a las guerrillas anticastristas en el Escambray, en el centro sur de Cuba, erraban los blancos, y armas y recursos logísticos concluían su caída entre los milicianos.

-Para la mayoría de los guerrilleros la situación es desesperada –advirtió golpeando el mapa como si el puntero, con geometría de varita mágica, pudiera transformar de un toque aquellas desgracias cuyas evidencias más rotundas aparecían en los periódicos de La Habana cuando, tras la captura, los hombre de la CIA se asomaban a las fotos medrosos y compungidos, rodeados de los soldados de Castro.

Un sorbo de agua favoreció una transición hacia planos más halagüeños. Y Jake, que regía las operaciones luego de salir del pensamiento de los teóricos,  pasó hacia el aspecto medular del informe:  la invasión. Lanzaremos –dijo- un batallón de paracaidistas sobre la ciudad de Santa Clara. El  puntero se posó en el centro geográfico de la isla. Los comandos allí aprestarán mediante la sorpresa y el trabajo especializado un campo de aterrizaje y luego destruirán carreteras y líneas de comunicación, cortando al país en dos mitades. De inmediato, simulacros de desembarco distraerán al mando castrista. Uno frente a la capital; otro en el extremo oriental. El ataque verdadero se efectuará por Trinidad, en la  costa sur central.

-Con el grueso de las tropas de Castro concentradas en La Habana y Santiago de Cuba, la brigada invasora tendrá un área limpia por donde marchar hacia el oriente y  el occidente recogiendo refuerzos entre la población que se sumará a los libertadores.

Jackes Esterline calló. Los presentes se miraron entre sí, u hojearon algún papel. Dulles, un tanto seco, inquirió por un epígrafe que se mantendrá invariable durante los meses venideros.

-¿Cuál –dijo- será el papel del clandestinaje?

Jake no pensó; suponía la pregunta.

-Lo usual, jefe. Crear confusión entre los ciudadanos; volar puentes, sabotear las comunicaciones, destruir obras económicas, quemar plantaciones de caña de azúcar...

 El cuatro de noviembre un mensaje cifrado entró en la base Trax, en Retalhuleu, Guatemala, donde instructores norteamericanos entrenaban a cubanos cuya procedencia incluía a ex militares prófugos, políticos destronados, propietarios expropiados, gángsteres perseguidos, jugadores desbancados, estafadores despojados y algunos obreros manipulados. Como suele ocurrir en las pirámides de mando, la jefatura de Trax no entendió momentáneamente aquella orden de variar con tanta prisa y rotundez  los fines y los medios del entrenamiento. De  preparar guerrilleros para la lucha en las montañas, había que adiestrar una brigada de asalto anfibia y aerotransportada , “un mínimo ejército de bolsillo”, pero eficiente en la táctica y el uso de artillería ligera y antiaérea, tanques, bazookas, y apta para ejecutar sabotajes con explosivos en la retaguardia del enemigo.

Dulles había analizado el riesgo con sus colaboradores más íntimos. Y lo aceptó sin consultar al presidente. Pronto habría mudanza en la Casa Blanca y pretendió, en un acto de zorro avezado en ese patio, alistar la propuesta para cuando el nuevo ejecutivo le concediera la primera entrevista de trabajo. John F. Kennedy izó el pulgar en signo de asentimiento. Dulles tomó sus lentes montadas grácilmente en armadura metálica y las limpió con un papel que extrajo del estuche. Parecía borrar la humedad de una lágrima. Más bien disimulaba una sonrisa que apenas ensanchó su boca de por sí ancha. Su nariz –pensó- mejoraba en sutileza y capacidad de anticipación mientras su silla giratoria de director perdía brillo por el exceso de uso.  Era lógico prever la reacción del nuevo presidente. Si antes  Eisenhower había levantado  el dedo favor  de la primera variante,   ¿acaso no solía la administración recién electa continuar la tendencia bélica de su antecesora?  Desde luego. Y los peritos en propaganda y guerra psicológica prosiguieron abultando la leyenda que justificara, en medios diplomáticos, las operaciones encubiertas, las presiones económicas. Las palabras claves recorrían las tres Américas, y  seguían hacia Europa. Alcanzaban incluso a Asia y a África: democracia, libertad de prensa, mundo libre, propiedad privada. Todos los valores esenciales de la civilización cristiana padecían la amenaza de Cuba y el comunismo.

Para el aparato clandestino que tanto inquietaba a Allen Dulles y que él nombraba “el frente interno”, había en Cuba diversidad de elementos. Aunque las operaciones del G2 habían desarticulado a grupos de conspiradores en las ciudades, los más  sólidos, compuestos por  militantes de la Juventud de Acción Católica, la Juventud Obrera Católica, la Agrupación Católica Universitaria y otras asociaciones laicas de la Iglesia, intentaban recomponerse y extenderse. Y con frecuencia humeaba un incendio, se oía una explosión; moría un trabajador, herían a un niño. O desde una pared, un muro, un baño público, consignas que llamaban a rebelarse contra la revolución ostentaban la firma de movimientos como el MRR (recuperación revolucionaria), o MRP (revolucionario del pueblo), o DRE ( directorio revolucionario estudiantil), o MDC (demócrata cristiano).

La embajada estadounidense en La Habana influía en esos grupos. Los oficiales CIA que habitaban el rígido  edificio de Calzada y Malecón, en El Vedado, reclutaban, incluso, a personajes del gobierno revolucionario. Recientemente se pavoneaban de haber captado la adhesión del Humberto Sorí Marín, comandante del Ejército Rebelde y ex ministro de Agricultura. El doctor Sorí había renunciado al puesto, porque la Ley de Reforma Agraria trascendía sus aspiraciones reformistas entre cuyos linderos él pretendía conservar indemne la propiedad latifundaria, predominante entonces en  los campos de la isla.

Robert Wiecha se acercó al ex ministro. Concertó con él un encuentro en una suite del Hotel Nacional, previendo que el G2 no podía medir con suspicacia una visita al albergue insignia de la hotelería cubana,  foco y mentidero de personajes y satélites que aún mantenían vigente el cosmopolitismo de cuando la mafia norteamericana había establecido su plaza directriz en ese ecléctico castillo, erguido frente al mar sobre la colina de Taganana. 

-¿Whisky o ron?

-Whisky, sin hielo -prefirió e cubano que hoy vestía una guayabera blanca, en vez del uniforme verde olivo. 

Sorí no demoró en aceptar las propuestas del diplomático. Saber que los americanos confiaban en él y le destinaban un libreto significativo, con también significativos emolumentos, en la guerra contra el fidelismo comunista, lo indujo a creer en la certeza de proyectos subversivos en los cuales él, habituado a los riesgos del guerrillero, apenas tendría que exponerse. El escueto bigote que individualizaba el rostro común del ex auditor del Ejército Rebelde, se desplegó en una sonrisa mientras apretaba la mano de Wiecha.  (De la novela inédita Las espadas del paraíso)

 

 

 

TINTO EN CAFÉ

TINTO EN CAFÉ

Por Luis Sexto

Por primera vez bebí café solo, sin leche, a los 20 años. Todavía investigo la causa del rechazo que desde la niñez me apartó del gusto unánime de mis compatriotas. Y es una suerte que el café no tiña. Si lo hiciera, los cubanos estaríamos tintos, retintos, por dentro. Alguien se atrevió a calcular los tanques que en 1960 se bebían en Cuba, y según publicó la revista Bohemia, la cuenta se voló la cerca de los cinco mil millones de tazas anuales. Unas tres diarias por persona, en una población que contaba la mitad de las bocas del presente: seis millones.

Quizás sea un récord, o tal vez solo un promedio pasable. Posiblemente hoy, a pesar de la cuota regida por una mínima norma, el per cápita sea mayor, en una hipérbole aditiva que nadie osa estimar, porque los caminos del café, a pesar de las restricciones productivas y distributivas, curvean, descienden, discurren en un itinerario tan subrepticio que no se le ve ni el olor. Lo que sí me parece exclusivo, único, insuperable, es la definición que del café compuso un cubano. En uno de sus textos sobre América Latina –cuyo título y fecha no recuerdo, ni me levantó a confirmar-, José Martí lo llamó “la mejor forma del oro”. ¿La aceptará el Guinnes? ¡Quién sabe! Sabemos, sin embargo, que los libros de historia ya aceptaron un dato fundamental en la relación de Cuba con el café: la fecha del encuentro.

José Antonio Gelabert era un jerifalte español cuyos dedos contaban las finanzas de la colonia. Un día de 1748, al regresar de un viaje a Santo Domingo, desembarcó consigo un cafeto, extendido por el Caribe gracias a un oficial francés de apellido Descliuex que lo trajo a Martinica desde los invernaderos reales en París. Gelabert la plantó en su finca del Wajay, a unos 20 kilómetros al sur de La Habana. Los primeros frutos los utilizó para fabricar un jarabe aguardentoso que, en lugar de emborrachar, se expendía en las boticas contra la embriaguez, la somnolencia y la jaqueca. Todavía el chocolate calentaba el gusto social de los cubanos. La hora del café como infusión básica, predominante, se colgará de los relojes criollos medio siglo más tarde, cuando Cuba ponga sobre la mesa del mundo, además del azúcar, el polvo negro.

El Wajay celebra y defiende su primacía cafetalera. Y con certeza. Ninguno de los biógrafos de la Coffea arábiga en Cuba, o los que han mencionado la planta y su primigenio asiento cubano, duda del papel traslaticio de Gelabert. Ni Calcagno en su diccionario, ni Pérez de la Riva en su monografía, ni otros autores, según comprobó Gonzalo Salas, experto en papelería espolvoreada por el tiempo, discrepan en los nombres y números primordiales de la crónica de cómo y cuándo llegó el café a nuestro archipiélago.

El Wajay recuperó en la década de 1980 las fiestas del café, para celebrar su prelatura caficultora. Allí sostienen que una casona antigua –la vivienda del cafetal La Aurora- pervive, entre la ruina y la utilidad, como el despojo de la finca donde creció el primer cafeto. Esa es una creencia tradicional, popular. Me introduje en la biblioteca del pueblo, donde los apuntes inéditos de Gandarilla, historiador de la localidad, establecen que La Aurora no perteneció al introductor del café, ni esa casa se edificó en el siglo XVIII, sino en el XIX. En cambio, las tierras de Gelabert aparecen en el censo de 1767, atendidas por el mayoral Antonio Hernández y Petronila Ortiz, su mujer, y ubicadas al oeste del Wajay, en la porción que, de acuerdo con ciertas opiniones demasiado largas, perteneció más de cien años después al ex presidente Alfredo Zayas.   

 Estuve un día en el Wajay, y luego otra jornada en Santiago de las Vegas, y varias semanas la invertí en lecturas y consultas, para precisar estos detalles cafeteros. La vida necesita de la contradicción. Es natural la paradoja. Porque, yo que tomé café por primera vez a los 20 años, he querido llegar al fondo, que es el inicio, del reinado de esa bebida cuyo volumen activo, ya sea en el negro, amargo y legítimo fluido, o en el ficticio cafué, el grosero cafuá, o el insultante cafunga, nadie podría evaluar hoy con exacta apreciación. Solo sé que lo bebo sin dominio de mi tendencia. Al concluir estas líneas, he ingerido casi una jarra. Ah, por si acaso alguien me invita, me gusta fuerte, aunque no severamente amargo. (Del libro Con Judy en un cine de La Habana)


¿CUÁNDO, DÓNDE?

¿CUÁNDO, DÓNDE?

 Por Luis Sexto

De dónde habrá brotado mi vocación por el periodismo. A quién se la debo. Apareció de improviso, impensablemente, en la niñez, como la caída de una estrella cuyo destello te alumbra aunque estés lejos del fuego. Y digo periodismo porque periodista soy, pero fue una inclinación por la palabra escrita. Cuando en casa -donde no había un libro- me preguntaban qué iba yo a estudiar cuando fuese mayor, respondía invariablemente: Yo voy a ser poeta.

Poeta o periodista, o periodista y poeta qué más da. Ambos oficios, ambas sensibilidades, se conciertan en el gusto por la forma de las palabras y por el apego a lo primordial de la vida: el dolor por  la injusticia y el orgullo de resistirla, la solidaridad con el que sufre y el júbilo por el que trabaja y vence. Tocó al periodismo acogerme como horno y medio donde radicar mis inclinaciones y mantenerlas con lo que los latinos llamaban el pane lucrando. Y sobre todo compuso el horno y el medio donde aguzar mi olfato sentimental al sintonizarlo con un ejercicio cuyo interés se  enraíza y se nutre en el humus, lo humano, de la sociedad.

Y entré en ese andamiaje de técnica, estilo, disciplina, rigor,  a través del pasadizo que me labró, cuando ya mis esperanzas se habían entibiado, el movimiento de corresponsales voluntarios. Recibí una silla en una redacción a los 27 años. No tenía ningún título, porque una parte de mi generación tuvo que armarse cuando aún todavía la infancia no era un lineal proceso que terminaba a los 23 años con un pergamino universitario. Me había preparado, por supuesto, en la escuela de los que quieren a toda costa: la lectura. Pero a esa edad ya resultaba muy comprometedor que alguna publicación te diera un puesto, sin mostrar como mínimo el diploma de bachiller.

Suspiraba, pues, por mi vocación fallida sobre una mesa de bibliotecario, luego de ejercer como vendedor de ostiones y refrescos, trabajador de la construcción, agrimensor, soldado. En algún momento, en el buró regional de prensa de Plaza, topé con Leandro Carvajal, cujeado periodista que trasmitía la técnica del lid, el saber precisar y redactar el quién, el qué, el dónde y el cuándo de los acontecimientos, a los que querían ejercer de suministradores voluntarios de noticias. Más tarde, en la Unión de Periodistas, Ricardo Cardet, de vuelta de todos los entresuelos de la prensa, se conmovió tanto ante mi empeño que cada mañana me citaba en la casona de 23 e I, para ayudarme a desflorar “la virgen triste”de mis sueños.  Fue el primero que me enseñó que la palabra es una música.

Entre, sin embargo, con un equipaje que me ha aportado los paños básicos del oficio: la experiencia vital. De la gente y sus misterios aprendí durante esas horas al lado de un puesto de ostiones -legítimos de Sagua- en los portales de Cuatro Caminos. O vendiendo refresco de melón en la calle Muralla, vía y corte de cuantos entonces pretendían comprar barato. En la ostionera afronté la primera oposición a mi afán por la cultura, porque el propietario de aquel punto me sorprendió leyendo, y me lo prohibió con el argumento de que espantaba a los clientes.

Traje al periodismo, además, el respeto por su grandeza. Escribir nunca me ha resultado un expediente baladí, una faena carente de conflictos. A las escuelas de curas -incluido el seminario salesiano- donde estudié durante cuatro o cinco años, había llevado decidida mi inexplicable, espontánea, inspirada vocación por las letras. Mis composiciones ganaban allí crédito. Pero nunca el cien. El profesor de redacción, el entonces  joven dominicano Teófilo Castillo -hoy todavía mi hermano- me calificaba con 80 puntos. Un día le reclamé.

-¿Y por qué esa injusticia?

Y él, en un acto pedagógico que aún le agradezco, me trasmitió la más clara lección de estilo de mi vida.

-El cien –dijo- es solo para Cervantes y Shakespeare. Intenta  a ver si puedes.

Y aquí sigo. Tratando de ganar la nota. ¿No es así, Padre Castillo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

YO SOY COMO ESOS ÁRBOLES…

      Por Luis Sexto      

Tengo en casa un escaparate que es para mí como el desván donde oculto mi “retrato de Dorian Gray”. El rostro vergonzoso, que nadie ve, y que se va deformando según actuamos rastrera, soez, hipócritamente, con el propósito de ser feliz a todo trance y sin riesgos. En  El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde nos descubrió y describió novelescamente ese doble clandestino que deriva hacia lo feo y monstruoso, mientras nuestra virtud y presencia permanecen incólumes gracias a los réditos de un contrato con el diablo.

Nadie crea, sin embargo, que va a sentarse en el banquete donde develaré mis maldades. Ya imagino a ciertos amigos paladear el almíbar de la curiosidad ante el posible acto de nudismo moral de mis historias sacristanescas. Fulano y Zutano –colegas de clavos y martillo- pagarían el extra de sus colaboraciones en la televisión con tal de comprobar que soy como ellos se imaginan. Pero mi escaparate semeja a Dorian Gray solo porque, al ir yo envejeciendo -sin lujos ni truculencias- lo he venido atiborrando de papeles enfermos de antigüedad, muchos de los cuales pertenecieron a amigos que me legaron su confianza.

Antier anduve revolviendo entre las huacas y entresuelos donde suelen extraviarse los documentos que necesito. Y luego de una o dos horas de búsqueda maldiciente, apareció lo que no necesitaba. Y ahora, por eso, escribo de aquello que no buscaba y encontré: las cartas del poeta Rafael Enrique Marrero al inolvidable, incisivo, bondadoso Enrique Pichardo, de quien he hablado más de una vez en estas crónicas.

Pocos tal vez recuerden a Rafael Enrique Marrero. Las antologías ya no lo tienen en cuenta. Ciertos especialistas solo escogen los autores y poemas de su corrillo o de su gusto, en una especie de ley de toldería literaria, visión de campamento o minifundio. Quizás no toda la obra de Marrero sea recordable, pero algunos de sus poemas merecen una ojeada. Al menos, su nombre aparece en el Diccionario de la literatura cubana. En sus años de crédito, nuestros padres y abuelos amaron y protestaron leyendo los versos de Humo de silencio -su primer libro, en 1941- o de Adolescencia náufraga, o los de su Canto al trabajo.

Las cartas a Pichardo son de 1938. Ambos nacieron en Sidra, pueblo matancero que, de acuerdo con el poeta, es “topográficamente un monstruo sesteando/ a quien el gascar le cercena el tórax; / una porción de casas de madera; / unos hombres que cargan con sus sueños: / un Ford, una muchacha y una escuela!” La geografía los había distanciado. Pero se querían. Y por lo que confiesa, Marrero agradecía a Pichardo –como yo muchos años después- el impulso de perseverar en las galeras del escritor. 

Esas cartas almacenaron los días y los trabajos del poeta en formación. Habla mucho de sus compañeros: grupo que en la década del 40, y antes, se deslizó por corrientes posmodernistas, también neorrománticas. De José Ángel Buesa escribió: “…Es un orfebre. De él te diré lo que me dijo un amigo reservadamente: ‘Es un Cellini del verso, sin el talento de Benvenuto’. Traduce mucho. De ahí su fracaso quizás.” Marrero, además, enumera prolijamente las peripecias de un guajiro en La Habana: de las intrigas entre poetas, del hambre, de la intemperie. De las injusticias. Y cuenta que fue desestimado para un premio a cambio de una mención, “por falta de aristocracia en el verso”. En 1939,  pudo, a pesar de tanto obstáculo, ganar el primer premio en los II Juegos Florales Nacionales de Cárdenas con sus versos de origen plebeyo.

Rafael Enrique Marrero –también periodista de radio y diarios- fue autor de un poema entonces muy recitado y antologado. Lo he releído en un manuscrito –ese que le remitió a Pichardo-, y admito, como el propio poeta acepta, que Affiche es su vida. Toda su vida sensible y angustiada: “Yo soy como esos árboles sin frutos/ que rompen las aceras de los parques/ y no han sabido más que darse en sombras/ para los que no tiene en donde cobijarse. Yo soy como esos árboles sin frutos, / decoración ambigua del paisaje…” A algún oído tecnotrónico le podrá parecer humo de cosa vaga y cursi. A mi me parece que en ese neorromanticismo de la pobreza, ya empezaba a pedir voz y figura de letra común el coloquialismo poético…

Cuántas sorpresas en mi escaparate.

(Del libro Crónicas del primer día)

 

ANÉCDOTAS CUBANAS

Por Luis Sexto

 

La cañona del almirante

 

Tres carabelas se mecen lánguidamente sobre las aguas calientes de la ensenada que bautizarán de Cortés, en un tiempo futuro por ahora imprecisable.

A pesar de que las faenas menos urgentes de abordo han recesado, la marinería suda. Y desde la baranda de estribor, algunos hombres deseosos de sombra y aire fresco observan por sobre el azul, que hiere como un espejo, la línea verde y suculenta de la costa.

Transcurre el 12 de junio de 1494. El notario real va registrando, de boca en boca, una declaración cuyos términos se repiten exactamente: Cuba no es una isla. Porque jamás nuestros oídos se han enterado de que halla en este mundo un ísola con tanta longitud de más de 335 leguas de oriente a occidente...

El almirante, en la nao capitana, sonríe con los labios apretados. Ha decidido no continuar costeando el litoral del sur. Ignora exactamente que unos cien kilómetros hacia occidente topará con el punto final de esta tierra que huele tan dulcemente. Pero ya sabe que no es una península asiática y que después de ella no aparecerá la India. Le interesa, sin embargo, por razones de alto mando -que  ahora no me entretendré en enumerar- hacer creer que la geografía no es la que es, sino la que el Descubridor, en su segundo viaje, quiere que sea.

La tripulación acepta admitir cuanto Colón exige. Saber, en verdad, los marineros y otros tripulantes no saben, aunque quizás Juan de la Cosa, el cartógrafo, sonría guardando los dientes...

Todos, sin embargo, mantendrán calladas sus dudas, o sus ciencias, porque allí el capitán manda y la marinería obedece por real pragmática, y si no fuese así, el osado que se atreviere a negarlo luego de haber firmado el acta, será sometido a una multa de diez maravedíes y, sobre todo, a nunca más hablar palabra de cristiano, pues la lengua, ese  instrumento de tantas tentaciones malignas, le será cortada. (Cañona: imposición a todas luces injusta)

JUEGOS OLÍMPICOS DE PEKÍN Y NO DE BEIJING

JUEGOS OLÍMPICOS DE PEKÍN Y NO DE BEIJING

La capital de Inglaterra es Londres, no London. La de Rusia es Moscú, no Moskvá. La de Baviera es Múnich, no München. Y la antigua capital de Carlomagno era –y existe– Aquisgrán, no Aachen ni Aix-la-Chapelle. La capital de China, en español, es Pekín, aunque en chino mandarín –transliterado allá al alfabeto latino– sea Beijing (“capital del norte”, que se pronuncia aproximadamente “peiying”).

Cuando el nombre de una ciudad (y de cualquier cosa) tiene un modo de decirse en español, digámoslo en español. En la transliteración de Beijing, la be no es la nuestra, ni la jota, ni desde luego las vocales: esa palabra no está en nuestra lengua. El nombre de Pekín, en cambio, ha existido en español por siglos. Las Academias de la Lengua Española y la Real Academia Española publicaron en 1999 una Ortografía de la lengua española donde todas esas instituciones estuvieron de acuerdo, entre ellas la Academia Mexicana. Este manual ofrece dos listas ejemplares de toponímicos en español, y allí figura precisamente Pekín.

 Las agencias noticiosas internacionales, cuando los sucesos  de la Plaza Tiananmén (4-VII-1989), pusieron de moda llamar Beijing a Pekín, y muchos creyeron que el Estado chino había cambiado oficialmente el nombre de su capital –como sí hizo en 1928, cuando la bautizó Peiping (“paz del norte”; en otros tiempos se llamó también Tatú, Chongtú, Kanbalik, Suntién...). ¿Qué tal que pidiéramos a los hermanos chinos que en sus textos escribieran la palabra “México”, no con el ideograma –y metáfora– tradicional que para ella acuñaron hace buen tiempo? (“Mò”, “pincel”), sino tal como nosotros la usamos, con letras romanas y acento? ¿Y que los nombres coreanos hubieran de escribirse al modo coreano? ¿Y los árabes a lo árabe? Con esa extraviada conducta dejaríamos de entender los mapas...

Si en nuestra lengua la be suena a be y la jota a jota, y las vocales a lo que sabemos, la capital de China, con todo respeto, en español es Pekín. Por lo que nuestras letras dan y por lo que entrañan los siglos.

 

FÁBULA BAJO LA LLUVIA

Por Luis Sexto

Hablemos hoy, como otras veces, de un libro. Se titula Fábula lluvia, poesía publicada por las Ediciones Unión. Y por qué sabemos que es poesía ¿Acaso porque los renglones están fragmentados, o porque algunos versos riman en décimas o sonetos? Lo más difícil de la poesía, después de escribirla, es definirla. ¿Qué es la poesía? Muchas voces, más ilustres que mi vocecita, han formulado la pregunta y después de una fatigosa exégesis, han terminado al pie de la misma interrogación: ¿Qué es, al fin, la poesía? 

Juan Ramón Jiménez, nombre común en un poeta sin fondo, decía que, más que definirla, prefería sentirla. Ese es el don supremo: sentir la poesía. Tanto para leerla como para escribirla hay que sentir esa corriente interior que nadie sabe en qué consiste, pero que se percibe cuando uno la lee o la oye o la escribe. Tal vez  para determinar qué es la verdadera poesía -siempre en un tanteo inconcluso, como asegura Cintio Vitier-, hace falta que el poeta pueda suscitar en el que lee u oye, la emoción que el bardo sintió en su solitario oficio.

Por ello podemos decir que este es un libro de poesía. Porque además de las formas poéticas habituales y otras que no lo son tanto, en Fábula lluvia vivimos, juntamente con el poeta, la emoción que lo sorprendió una tarde o una mañana y que él supo enjaular, como a un pájaro mágico, tras los barrotes de la palabra artísticamente organizada.

Fábula lluvia es una antología. El autor, Luis Lorente (Cárdenas, 1948), escogió de entre sus cuatro libros fundamentales, los poemas que le parecieron más logrados, o quizás más entrañables, que él quizás no sabe por qué los eligió en ese misterio sin develar que es la creación.  Como dice uno de los mejores poemas de este libro, el poeta “no ha podido estar ni mucho menos cerca de aquel olor que había en los campos de sport”. Es muy difícil saber que pasó aquel día cuando el poema fue surgiendo entre la angustia de quien persigue una nube que al tenerla entre los dedos se escurre impunemente.

Yo afirmo, sin que el mundo se estremezca, que Luis Lorente es, en Cuba, uno de los poetas de más maduro y hondo lenguaje. Y uno de cuantos se acercan a las esencias de la poesía sin rodeos, ni salvavidas, ni desde una originalidad más novedosa que convincente. Mi experiencia, mi contacto subjetivo con los poemas de Luis Lorente, me dicta que en cada uno de esos versos yo hallo también mi alma estremecida por la aventura de un hombre que, al escribir, tiene en cuenta mis sentimientos. En estos poemas, pues, noto el latido de lo más humano, descarnado, sincero del hombre. Del hombre en su desamparo existencial, del hombre en la incertidumbre de la hora, bajo las rachas del ciclón, del hombre que convoca la poesía para hallarle un sentido a la vida, ante los temas más recurrentes del poeta: la muerte, la despedida, el amor, la nostalgia.

“Yo vi cómo los años caían una noche/ sobre ti, sobre mí, sobre los techos/ que fulminan las aguas, sin precaución, / sobre la faz del breve mundo nuestro.” ¿No está en esa estrofa el tema de los temas: la sensación de pérdida y ausencia que, decía Giovanni Papini, engrandece y justifica al poeta?  Hemos pues de temblar internamente cuando el poeta reconoce que “el tiempo hizo contigo y de mí una idea/ que cuando cae la noche se desvanece.” 

Díganme, pues, quién no siente en ese código la propia experiencia, la propia desazón.  La hemos sentido. Como Lorente, aunque sin poder trasladarla a un verso afortunado. Dichosos si podemos descubrirlo y degustarlo en la cómplice comunión de la lectura.

Como dije: en esta antología hay por fuerza una mezcla de formas poéticas: el verso libre, que es libre solo en apariencias; el soneto, la décima, y la prosa, esa prosa quintaesenciada en el ritmo de paso fino y en la música sutil, como cuerda de violín,  sobre las que galopan y vuelan los textos de Luis Lorente.

Cuando lean este libro, admitirán que he tenido razón: es el libro de un poeta manual, un poeta que moldea con las manos –los miembros más tiernos-  el más humano de los barros; le da forma y luego, invocando la gracia de los dioses, sopla en sus criaturas el viento de la poesía.

En la breve introducción de Fábula lluvia, el autor reconoce que es la primera vez que está satisfecho con uno de sus libros. Escogió, dice, los que estima los poemas más acabados, los menos afectados por las insuficiencias. Yo no lo desmiento. Pero aseguro, como lector habitual de su obra, que en sus libros anteriores -Café Nocturno, Aquí fue siempre ayer, Esta tarde llegando la noche y Más horribles que yo- quedan poemas tan hechos y derechos como estos.