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PATRIA Y HUMANIDAD

FULGORES DE MATANZAS

FULGORES DE MATANZAS

Por Luis Sexto

 Entre Raúl Ruiz y yo mediaron dos afinidades geográficas y un vínculo sentimental. Nacimos muy cerca. Él en Buenavista y yo en General Carrillo, ambos en la provincia de Villa Clara. La cultura de Remedios -metrópoli municipal- nos quemó los ojos de la niñez con la pirotecnia de sus parrandas y nos ahuecó el alma con la melancolía que, como polvo viejo, brota de sus costumbres y tradiciones remotas, y se adhiere a las calles, plazas y templos de la octava villa de Cuba.    

El otro dato habitacional que nos igualó, se amarra en Matanzas. Raúl Ruiz residió desde los diez años en la ciudad del Yumurí y el San Juan; yo trabajé y radiqué allí durante un tiempo, y fui asiduo contertulio del aburrimiento ambiente en el Parque de la Libertad y lector diario en la biblioteca Gener y del Monte. Pero esas coincidencias en el registro civil o en el de direcciones no deciden la proximidad, la consonancia entre dos personas. Uno –según ha sido demostrado por la experiencia- no elige el lugar donde nacer y, a veces, tampoco la ciudad, el barrio, la calle donde vivir.

Nos unió, por tanto, y nos propició respirar en una misma atmósfera sensible, sentimental, el amor que, como todos hemos aprendido en ejercicio personal y transferible, es don, entrega, elección consciente y voluntaria. Raúl Ruiz amó a Matanzas. Yo también. Y del tamaño de la pasión matancera de Raúl Ruiz obtuve  una confesión al leer su  libro: Retrato de ciudad, publicado por Ediciones Unión.

Raúl era historiador. Su obra escrita y sus afanes de ciudadano se  orientaron a esclarecer a Matanzas mediante la conservación del pasado en sus verdades y monumentos decisivos. Trató  la historia con la severidad, la discreción, con que se manipula el arca que conserva la alianza entre el ayer y el presente. Mas, en este nuevo libro, Raúl Ruiz no actuó solo como historiador. Digo mejor: no fue historiador, sin que por esa salvedad los valores del texto o los propios de Raúl se amengüen.

Ejerció como cronista. Y asumo los riesgos de utilizar la palabra. La crónica persevera siendo uno de los géneros periodísticos de más escurridiza definición. Por momento se llama cronista al que es tan solo articulista, o expositor, o reportero. En cuanto me concierne, me parece haber resuelto –para mi gobierno, desde luego- el litigio entre los teóricos y los profesionales en su múltiple y contradictorio enfoque. La crónica habitualmente es un cuento, pero al contrario de este, que ha de discurrir bajo la influencia de lo activo, de la acción, las peripecias de la crónica se deslizan sobre el predominio de lo lírico, lo subjetivo. La emoción. Y Matanzas, la Yucayo gentil de la canción, va desenvolviéndose en este libro mediante los rostros y líneas de sus fundadores, personajes, escenarios, catástrofes, leyendas, títulos, mientras las letras del autor la expresan con una ternura inusual en un volumen historiográfico.

Raúl Ruiz acaricia el lomo marino y montuno -piedra y agua, esplendor y sombra- de la ciudad que escogió como metáfora y justificación de su existencia. El historiador ha trascendido las fechas y los nombres que exige el rigor de su oficio, sin hacerlos desparecer. Las ha dotado de la dimensión de lo que, perviviendo como referencia, se trueca en asidero, justificación, en silueta u olor que, al deambular a través del tráfago de un día y otro, nos confirma en lo que somos.

Toda esa querencia por Matanzas me juntó sentimentalmente a Raúl Ruiz, aunque no alcancé su estatura amatoria. Él la quiso  con el apego del nicho propio, sustancia de carne y espíritu; yo con la perseverancia del viajero que, deslumbrado, nunca rechaza, sino, por el contrario, procura la vuelta a ese sitio seminal. Mi primera impresión de esa ciudad  se engarzó con los puentes. De niño, viajero en una Flecha de Oro –la ruta de los pobres-, procedente de Las Villas, se me reveló a la derecha  la ventana azul del mar, atravesado en la desembocadura del San Juan por un cruce ferroviario, y a la izquierda la lejana silueta de las pasarelas de la calzada de San Luis. El niño miraba desde el paso de hierro del Calixto García. Nunca olvidé la visión. Y me ocurrió como a muchos, o a todos, cuando al transitar por la ciudad les perturba el discurrir de los 15 viaductos sobre los tres ríos que, en lógico rebautizo, debían de legitimarle a la ciudad el apelativo de la Venecia de Cuba, con las góndolas inmóviles de sus puentes.

Nuestros nombres se aparearon, tomo a tomo, en los anaqueles del Registro Civil de Buenavista. Pero uno no es del sitio donde se mojó en el bautismo de la luz. Uno pertenece al ámbito donde la luz se le reveló en la mirada de una mujer, la prolongación de los hijos, las angustias de un ideal. O donde, como a mí, se le depuraron los filtros de la sensibilidad, al roce de un fulgor natural y humano que, en vez de relampaguear afuera, alumbra adentro. 

          

LA PAZ SEA CON FRANCISCO DE ORAA

LA PAZ SEA CON  FRANCISCO DE ORAA

Obituario

Desde ayer, 28 de febrero de 2010,  el poeta Francisco de Oraa, premio nacional de literatura,  yace en el cementerio de Cristóbal Colón en La Habana.  Había nacido el 4 de julio de 1929  La Habana, pero en la niñez su  familia se trasladó a Caibarién, donde residió hasta 1960, año de su radicación definitiva en la capital del país.

Adolescente militó en la Juventud del Partido Socialista Popular. Muy temprano comenzó a mostrar vocación por las letras, pues colaboró en la revista de literatura para niños titulada Ronda, editada en provincia, pero de circulación nacional, y hacia 1941 dio a conocer textos suyos en Archipiélago, de Caibarién, que se distribuía por América Latina.

Después de 1959, con trabajos de carácter político y ocasionalmente literarios, difundiría su nombre en las páginas de Hoy Domingo, Revolución y El Mundo. En 1978 ganó el Premio Julián del Casal, de poesía, otorgado por la UNEAC, por su libro Ciudad ciudad. En 1986 le fue otorgado el Premio de la Crítica por su poemario Haz una casa para todos. En 1989 ganó el Premio La Rosa Blanca, de literatura para niños, por su cuaderno de versos Mundo mondo, y en 1998 nuevamente el Premio de la Crítica por la novela La parte oscura.

Cintio Vitier lo valoró del siguiente modo: "Un hombre silencioso, muy humilde, muy modesto, un poeta de una gran intimidad. No de una obra muy extensa sino muy intensa. Y, a partir del triunfo de la Revolución, lo colectivo con lo personal en una forma muy profunda. (Tomado de Granma)

 

CARA A CARA

CARA A CARA

Por Luis Sexto

Tomado del libro inédito  Memorias de un periodista en apuros

 En 1975 fui a México con el propósito de entrevistar a Mario Vázquez Raña,  presidente del Comité Olímpico Mexicano. Debía hacerlo hablar sobre la organización de los inminentes juegos panamericanos de ese año. México sobrenadaba en mis deseos como una referencia infantil que se había delineado en la sentimentalidad de la música ranchera y en su cine romántico, pleno de amores imposibles y de ojos entornados… Quizás la primera conmoción artística, la más fuerte y concreta la experimenté cuando entré en la plaza del Zócalo. El impacto me estremeció, tanto que me sentí reducido en mi pequeñez. Trece años más tarde experimentaré una emoción parecida cuando, en el Ermitage de Leningrado, me detuve ante un cuadro de Fra Angélico. Sentí, como aquella vez en México, lo que traduje como un “terremoto del alma”. 

Poco tiempo hubo para pasear, mirar la enorme ciudad imaginada y deseada por influencia cultural y en la que incluso -como creo haber dicho en otro momento- mis letras incipientes habían debutado, gracias a la generosidad de don Alfonso Junco, en la revista Ábside cuando discurría 1968. Lo sabemos o intuimos: el periodista no viaja por placer. Y luego de mi llegada y de entregar el cuestionario en el despacho de Vázquez Raña, estuve durante una semana haciendo antesala en sus oficinas del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, conocido por su sigla de CDOM. Pocas horas antes  de mi regreso, me recibió. Y no retorné vencido a la  redacción del Deporte, derecho del pueblo, revista un tanto lujosa que me había señalado la misión.

No fue el único episodio en que la paciencia se alineó, como recurso invencible, junto con  el periodista. Recuerdo cuando viajé a Las Tunas para entrevistar al Comandante Faure Chomón. No lo cuento  para quejarme. Mantengo  excelentes relaciones con Chomón, aunque nos veamos escasamente. Lo respeto y aprendí desde niño a admirarlo por su historia insurrecta, revolucionaria. Además, organizamos y escribimos juntamente en 1988 el reportaje del aniversario 20 del pacto de El Pedrero, en el Escambray. Aquella vez en las Tunas, pedí la entrevista en la sede del Partido provincial, y pasé tres días aguardando: el Comandante estaba sumamente ocupado, lo cual yo comprendía.  A las seis de la tarde,  tres horas antes de que despegara el avión de mi vuelta a Trabajadores, Chomón me recibió. Hecha la entrevista, me condujo en su automóvil hasta la escalerilla de la nave. A tiempo... 

Admito que no soy un buen entrevistador. Pero soy persistente; no me rindo a la primera resistencia del personaje, aunque como  he recordado Kid Chocolate me tumbó sobre la lona. Aún experimento cierta flojera, alguna desazón, a pesar de que he pasado la mitad de mi vida tratando de provocar lo más agudo en hombres o mujeres. Pero nunca me sentí tan desamparado que cuando me ordenaron hacer mi primera entrevista. En mí  influía, además, la timidez, espantadiza reacción que hasta los 20 años me obligó a hablar en verso, porque la tartamudez me trababa la sintaxis regular, y para zafarla de aquel sofocón debía invertir el orden de la frase. Si iba a decir: cuando yo era pequeño, tenía que pronunciarlo como en un verso octosílabo, más o menos: cuando pequeño era yo.

La práctica fue lubricándome la lengua. Y con el tiempo pude acometer encomiendas que sometían a riesgo mi honor profesional. Quiero emplear una imagen exhausta, pero certera. El periodista  es un soldado especial: nunca debe regresar fracasado. En una ocasión –hallándome en Puerto Rico- entre mis tareas destacaba entrevistar Al entrenador del equipo norteamericano de baloncesto. El hombre, evasivo, inconquistable, estaba decidido a obtener una prueba de mi incompetencia. Alguien me avisó:

-Está en la playa, solo.

Dejé el vestíbulo del Caribe Hilton, y me convertí en una visión escandalosa entre centenares de personas casi desnudas. La arena se ingería en mis zapatos, y la brisa me ensanchaba los pantalones. El norteamericano nadaba cerca. Me acuclillé a orillas del agua.

Yo no sabía hablar inglés... Si el personaje hubiera sido Dante quizás no me habría introducido en el infierno, porque nos hubiéramos entendido. El creador del idioma italiano me habría otorgado el mínimo de 60 puntos que me gané en la Abraham Lincoln al examinar finalmente esa lengua que es, para mí, la de la pasión: en giros italianos el insulto suena  como en un aluvión, y el amor vibra más enfático.

Noté el desconcierto de mister Davis. Él, con el agua a media pierna; yo, con la libreta abierta para... resumir una entrevista muda. Obré prestamente. Pasó un bañista.

-Por favor, tradúzcame...

Y acerté. En Puerto Rico el castellano es un habla colonialmente subordinada. En los baños se lee Gentlemen, Ladies, y abajo, como alternativa secundaria, Caballeros, Damas.

Mi primera entrevista fue, sin embargo, un chasco. Poco antes había ingresado como aprendiz en una redacción. Debía interrogar al jefe de una delegación deportiva panameña. Después de una década de separación –obvio, por conocida, la historia-, Panamá empezaba a reencontrarse con Cuba. Era una nimia entrevista informativa.

Lo busqué en el hotel: no estaba; tampoco en un restaurante turístico de La Habana Vieja. En el palacio ecléctico que en el Paseo del Prado accedía entonces a servir como centro de entrenamiento de esgrima, me informaron:

-Es aquel.

Saludé. Y olvidando detalles esenciales, desenvolví apresuradamente mi cuestionario. Al marcharme, ya menos tenso por lo sencillo que había resultado el trance, le pregunté a modo de confirmación:

-¿Usted es Cristóbal Díaz?

-No; yo soy Celestino Ordóñez.

LA PACIENCIA DEL PAPEL

LA PACIENCIA DEL PAPEL

Por Luis Sexto
Recuerdo haber comprado el Diario de Ana Frank hacia 1964 o 65, cuando los precios de La moderna poesía, en Obispo y Bernaza, pesaban menos. Entonces, como hoy, el mundo exaltaba a la muchacha por su Diario, publicado en 1947 con 1 500 copias y cuya cuenta actual atesora 60 traducciones y 30 millones de ejemplares vendidos.
El sueño de Ana Frank -que confesó que su mayor ciencia consistía en conocerse a sí misma- era ser periodista, escritora, novelista, mujer célebre. Y lo cumplió sin vivir más de 16 años y solo con 324 cuartillas, escondidas antes de que la GESTAPO revolviera la casa clandestina de su familia alemana y judía, en Ámsterdam. Solo un libro y una multitudinaria fama que ha solidificado el nombre de la autora –según una selección de la revista Times- entre las cien personas más influyentes del siglo XX.
Cualquier escritor se desanimaría al compararse con Ana, juzgando abultado el propio currículo editorial y sabiéndose casi desconocido, u olvidado. Pero ciertos únicos libros dependen de autores únicos o de circunstancias únicas, o de ambos a la vez. Porque si Ana Frank no hubiera muerto de tifus en el campo de concentración de Bergen Belsen dos meses antes del aguillotinamiento del nazismo, no sabríamos de su Diario: ella misma aseguró que nunca lo mostraría a nadie, salvo al amigo o la amiga que no tenía. O si lo leyéramos con la autora viva y madura, nos parecería quizás el anticipo adolescente de un estilo.
Leí el Diario de Ana Frank en la sexta edición de la editorial argentina Hemisferio. Posiblemente en aquellos tiempos de los 60, mi edad, próxima a la de la autora adolescente, estorbó que la asumiera dotada precozmente de los escalones de la ascensión. Tuvo que hacérmelo ver el prólogo del francés Daniel Rops, durante el momento en que el prólogo, para mí, se trastoca en epílogo. Porque los leo como si fueran la poslectura, las últimas palabras del libro. Acudo a su presentación después de haber formado mi criterio sobre la obra. Leer es un descubrimiento, a más de un deslumbramiento. Y descubrir es una vivencia original, exclusiva, personal, de esfuerzo propio. Al final, el dedo del especialista podrá rectificarnos. Completarnos. Darnos la razón. O aventar la neblina.
Y la crónica de Rops aún me zumba en los oídos. El traductor trasladó el ritmo enfático, incisivo, de siete leguas, del prologuista. Y yo me rendí ante aquella furia que grababa a dentelladas en mi memoria la personalidad de Ana Frank. “Acabo de doblar la última página de este libro, y no puedo contener mi emoción. ¿A qué habría llegado la maravillosa niña que, sin saberlo, ha escrito esta especie de obra maestra?” Releo a Rops. Y he vuelto a releer a Ana. Me he dejado conducir por el tono conversacional de su Diario, mudo interlocutor al que ella nombró Kitty, la amiga o el amigo del que Ana Frank carecía aquel 12 de junio de 1942 cuando su familia le regaló, por su cumpleaños 13, una libreta para que anotara sus pensamientos y sentimientos infantiles. Luego, al tener que esconderse en una apartamento simulado –el anexo en español, o la casa de atrás en alemán- derivó hacia un testimonio que ha sido y será el balido de la oveja en la conciencia del lobo. Insufrible reproche.
Otto Frank, el único sobreviviente de la familia, fue el primero en comprender que el diario de su hija no era el acta de caprichitos, enamoramientos furtivos y fugaces, quejas sobre papá o mamá que él podía suponer según el manual desactualizado de la educación filial. Los padres solemos conocer fuera de hora a nuestros hijos. Y los lectores admitimos también tardíamente la influencia de un libro en nuestra vida. Porque uno o dos años después, empecé a escribir un diario. Quizás Ana Frank me había trasvasado la necesidad de hablar con el papel, de mirarme en las letras más recónditas y sin aspiraciones de gloria para aprender a conocerme. Porque, como ella se dijo citando un refrán, “el papel es más paciente que los hombres”.
Y ciertos hombres menos humanos que un libro.

DE SEGUNDA MANO

DE SEGUNDA MANO

Por Luis Sexto

Las librerías de segunda mano se emparientan con  almacenes pujantes, muestrarios de sorpresas, reunión de  milagros donde lo viejo reaparece como nuevo para quien ignoraba su existencia. Lo descubrí cuando, muy joven, en ciertas tardes me echaba a las calles de La Habana con la inquietud casi inconsciente de ver, oír y vivir de los aires del pueblo y de la historia. Llegaba, con cierto recurrencia a Canelo, muy cerca del templo gótico de los jesuitas en la calle de Reina,  ancha y democrática calle que viene desde los fraternos bancos de los parques, ensanchándose en las aceras, cediendo al peatón el palio que no perteneció jamás a monarca tan clemente y dadivosa y que parecer estremecerse cuando en los Tres Centavos, a precio tan barato, compra el cielo que como un patio, allí en el empalme con Salvador Allende, se rebaja a hablar con la ciudad.

  Las sorpresas eran múltiples en esos tiempos, porque en el hurgar casi hipnótico además de libros, tropezabas con Labrador Ruiz,  Núñez Olano o Luis Gómez-Wangüermert,  tan abstraídos como tú.

En las librerías de viejo he visto el título insólito, ese que nunca esperabas encontrar, como El Papa Borgia, de Ferrara, hábil para clarear apócrifas cloacas de la historia europea, o Ariel o la vida de Shelley, de André Maurois. O abres, más bien por hábito, un ejemplar que ya leíste y encuentras anotaciones manuscritas un tanto injustas sobre el autor que, además de reconocido poeta, es amigo tuyo.  

Vas de asombro en asombro, de tentación en tentación. Y compras este, aquel, y también el del amigo, porque quieres protegerle el crédito, impedir que alguien más conozca aquellas opiniones dictadas, según el tono predominante, por la intolerancia. O la ignorancia ilustrada. Aún lo conservas. Pero has llegado a pensar que quizás el gesto de abnegación del bolsillo no era imprescindible. Uno, aunque no quiera, escribe para que otros lean y luego piensen o digan... cualquier cosa. Es riesgo del escritor y derecho del lector.

Las sorpresas pueden variar. Y un día de pronto te llama al periódico un lector e informa que un revendedor, uno de los que tienden sus ofertas en una acera, tiene  en su inventario un libro dedicado por Waldo Medina a una persona con tus señas. Le respondes que nunca te has desprendido de un texto que Waldo te hubiera dedicado. Tal vez –sugieres- pensó entregármelo y la muerte se adelantó. El lector te recomienda que vayas rápidamente o podría el librero venderlo, así, con tu nombre escrito en la letra desparramada de aquel abogado y periodista que, en la Cuba previa a 1959, mereció el título de Juez del pueblo por sus fallos contra los garroteros y los casatenientes.

Y una nueva sorpresa se adhiere a las demás. Porque te diriges a la esquina donde se acuestan los anaqueles del revendedor, junto al cine Yara. Y descubres que Obdulio es mucho más que un tratante. Luego de conocerlo, te percatas de la sensibilidad con la cual organiza y opera su negocio. Le das una vuelta cualquier tarde, y el saludo que te tira es un “qué estás leyendo”. De modo que enseguida comprendes que comercializa sus libros después de haberlos leído. Y lamentas que no todos los libreros sean iguales o parecidos a Obdulio, porque paseas de un lado al otro, mirando, hojeando, sopesando, y ninguno de los empleados de la librería se interesan por lo que buscas, ni intentan proponerte un título reciente, del cual quizás no sepan ni el nombre del autor. Y acostumbrado a creerlos simples custodios o cobradores, te extrañas cuando alguien desanuda la norma, como Miguelito, que fue administrador la librería de Monte y Cárdenas. O aquel español en la librería Las Américas, en Montreal, Canadá.  Me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar lo que mis preferencias deseaban. Entre mis manos, tres libros ya sumaban algo más de 30 dólares, y le dije: deje, deje, que si me ayuda me va a  dejar sin el dinero sagrado de la comida. En esencia, el librero ha de ser un persuasivo promotor de la lectura.  

El libro dedicado por Waldo de modo tan original en la página 118, se titulaba Dos novelas de Macondo. El viejo, sabio de múltiple ciencia, quería tal vez influir en mi formación, pero olvidó entregármelo o murió antes, y alguien, tras su muerte, lo llevó a alguna librería de segunda mano. El ejemplar, por cierto, estaba sucio y estropeado. Obdulio, al saber que yo era el autor de las crónicas dominicales en JR quería regalármelo. Y le propuse una transacción justa. En mi subdesarrollada biblioteca figuraba esa edición. Cuidada. Limpia. Y se la di a cambio.

La memoria de Waldo merecía rescatar su dedicatoria. Aunque cuando me muera, ese libro, junto con el de mi amigo poeta, tachado de insultos, tal vez volverá a Obdulio. Y quién  lo encontrará sorprendiéndose de que en las librerías  de viejo reaparezcan las cosas como si fuesen nuevas.  

 

TODO A CAMBIO DE LA PALABRA

TODO A CAMBIO DE LA PALABRA

 Por Luis Sexto

En la escueta soledad de una celda, el poeta y dramaturgo uruguayo Mauricio Rosencof confirmó la perdurabilidad del único dogma literario que ha resistido el tiempo: la poesía no puede ser encarcelada.

Libre desde hace más de 25 años, Rosencof continúa escribiendo y de vez en cuando recordando cuando, en 1972, junto con Raúl Sendic y otros siete miembros del movimiento Tupamaros,  fueron confinados a una celda de dos metros de ancho por un metro de largo. Allí permaneció trece años, hasta 1985, acompañado tan solo de un camastro y un tosco recipiente donde oficiaba sus más apremiantes urgencias fisiológicas. Si sobrevivió al aislamiento y la tortura fue gracias a que la imaginación –como el Hada Madrina viste de seda a Cenicienta- convirtió en poesía la opresiva circunstancia que lo acosó con la lentitud de lo que parecía nunca terminar.

Cada mañana se levantaba conversando con sus camaradas, insultando a sus verdugos y luego paseaba con su mujer por el malecón: así logró permanecer vivo, porque “los sueños son el motor de los revolucionarios”. Diría yo, sin embargo, que los sueños son el impulso de todo el que vive trasegando lo verosímil intocable  por sobre lo real ultrajado.

Lo conocí en La Habana, recién liberado. Su pelo, blanco; rostro avejentado, que paradójicamente conservaba cierto fulgor de adolescente. Mientras bebía mate en una bombilla que había traído de Montevideo, me contó detalles de su prisión. En su celda escribió poemas y obras de teatro. Objetivamente no podía hacerlo. Sus carceleros se lo tenía vedado, y varias obras viajaron a las cenizas. Pero algunos de sus textos pudieron esquivar el destino del fuego, burlando la vigilancia en los dobladillos de la ropa usada. Así escaparon indemnes las estrofas que integran sus libros Conversaciones con la alpargata y Canciones para alegrar a una niña.

La poesía no puede ser encarcelada. Los poetas, sí, en apariencias. Porque hallan su libertad dentro, aún más adentro de su celda: en la sensibilidad que deglute la opresión y el dolor y los devuelve metabolizados en un desahogo que fortalece el ánimo afligido y justifica el tiempo cercenado. Es la resurrección mediante la imagen eterna de instantes que habrán de ser perecederos. La poesía es el arte de permanecer buscando, registrando la raíz del deseo más allá de lo posible. ¿Podrá la poesía ser ingenua, podrá descubrir que la engañan? Sabe que la pueden engañar, pero persiste, porque su justificación radica en perseverar humeando sobre el instante soñado. Hemos de permanecer, pues, difuminados por la ilusión de la luz, incluso por la ilusión del cuerpo ajeno que uno presiente como soldado a nosotros invisiblemente.

La poesía va más allá de la razón. El poeta es un referente del Homo Demens, del hombre imaginativo, féerico cristal que refleja un modo más sutil de explicar, superar o de entender su circunstancia. Al raciocinio seco, objetivo, lógico, le resultará trabajoso trascender las paredes limitadoras de una cárcel. Para el poeta la libertad se cristaliza, sobre todo, en su facultad de encapsularse en un verso, en el hondo removerse hacia lo más interno, como si los caminos de la salida viajaran al centro del universo. ¿Podrá palparse mayor paz que las del poeta que acaba de componer los versos que, para él, son la suprema forma de la concreción humana? Quizás  el acto poético sea la contemplación, o auto contemplación, del individuo, como sugería Francois Mouriac al valorar la función de los diarios íntimos, refiriéndose al de Amiel.

La poesía, según un poema del dominicano Manuel del Cabral -que Paul Eluard reconoció como la mejor definición de poesía que había leído-, es agua tan pura, limpia, “casi nada”, “que da trabajo mirarla”. Del otro lado, el mundo. Pero –deduzco- el mundo pulimentado por la materia  iluminada del poema: agua intuitivamente lúcida, dolorosa, que fluye durante esa “conversación en la penumbra”que dijo Eliseo Diego que es un poema: coloquio con la sombra, levedad de la palabra, que salta y huye entre los pliegues de una libertad irreprimible. El abate Bremond preguntó, sin responder definitivamente ante los académicos franceses, qué era en fin la poesía. Juan Ramón Jiménez prefería sentirla que definirla. A fin de cuentas, qué es la poesía. El poeta ecuatoriano Miguel Sánchez Astudillo, terminó un ensayo sobre esa incógnita aceptando que quizás era lo más humano del Hombre.

De un viaje reciente a lo que fue un ingenio azucarero, fábrica de azúcar ya apagada, traje unos versos de un hombre madurado en el aprendizaje y el ejercicio del trabajo. Sabe de caña: la ha sembrado, cortado, regado. También de nubes: es observador meteorológico. Y sabe de lecturas y finezas del espíritu. Por ellas persevera en el campo sin que lo inquieten venenos migratorios. El poema sintetiza despojadamente los días, y la pasión con que los vive el poeta: “Doy todo/ a cambio/ de la palabra. / Que no me falte. / Doy hasta la voz. / Doy hasta el silencio. / Doy hasta el ocaso.” La palabra para él es eso: la salvación. Y es capaz de comerciarla, incluso por cuanto es y cuanto lo rodea. Porque sin la palabra, base y medio de la cultura y de la poesía, nada, ni su persona, tendría sentido. Ni cimiento. Qué dialéctica la de este poeta alejado de las ínfulas de gran revista. Vacunado paciente contra la vanidad. Anónimo residente del ritmo interior de la plenitud.

La teoría puede disponer de ese episodio, detalle práctico, para ilustrar la finalidad convivente de la cultura, y en particular la expresión poética, como basamento del ser, sentido de la existencia para quien convive con el semejante o con la estrechez de su miseria. Ante la obra de transformación que la cultura enladrilla basándose en la sensibilidad, uno admite que sin su intervención la vida se vuelve solo acción respiratoria, metabolismo irracional. Lo intuí desde muy joven. En mis meses de becario -aquellas jornadas monótonas, rutinarias, en una escuela donde cabía mi juventud de entonces- tuve necesidad de la utopía. La utopía, impulso ducho de la cultura, vale como esperanza: nos inspira ir más allá de este paso. Ea, otro paso. Otro. Y al acostarme, las noches claras me permitían desde mi litera arrobarme ante el paisaje literario de dos mangos silueteados sobre el fondo de la oscuridad. Atmósfera de Poe. De Baroja, quizás. Ilusión romántica, tal vez. Pero el goce de aquella vista, trascendida por la imaginación, empezó a modificar el valor de  mis días: simple tramo para la cita con aquel pedazo de paisaje.

No existe, pues, espacio hermético, mazmorra limitadora para la libertad interior del poeta, del hombre o la mujer con la conciencia fermentada en la cultura. Habitualmente, la prisión hala al recluso hacia atrás, lo impele a caminar de espaldas en un retroceso hacia la perversión de las costumbres. La conciencia moral se le embota; solo, el preso, como hábito, se transforma en una bestia de presa: si quiere sobrevivir ha de aparentar ser el más fuerte de la jauría. La conciencia se le exilia si la cultura o la poesía en lo particular no lo sostienen. Ambas poseen el mismo valor que la fe religiosa. Dimana de sus instrumentos de percepción y expresión, el soplo sutilmente fecundante que genera la vida verdadera del espíritu sobre la elemental circunstancia de la cárcel. He lamentado no saber cómo Fray Luis de León vivió cuatro años en las mazmorras de la Inquisición española. De fuente buena se afirma que la mitad de las páginas de Los nombres de Cristo le cuajaron entre los muros carcelarios. Habrá tenido el lírico ocasión de replegarse tanto en su interior que por ello, al salir inocente, regresó a su cátedra universitaria en Salamanca y pudo decir, como dicen que dijo con el natural tono del que nunca se ha ausentado: Decíamos ayer…

En la palabra, pues, en el Logos constructivo e inmarcesible de la sensibilidad, el Homo Demens reencuentra aquello que no tiene y que paradójicamente no ha perdido. Porque la poesía, al no poder ser jamás encarcelada, preestablece una actitud de digno erguimiento: como la oración del creyente, palabra, pura palabra filtrada, agua de angustia decantada por el dolor, que al humillarse ante la propia impotencia, fortalece la entereza para trascenderla. Y sale al sol por las compuertas del sótano.

 

 

TRADICIÓN Y NOVEDAD

TRADICIÓN Y NOVEDAD

Por Luis Sexto

El discurso oficial cubano ha encontrado el término más apropiado para nombrar el proceso renovador que, entre dudas mayoritarias, anda lentamente por las estructuras socio económicas del archipiélago. Sé que al escribirlo, mi artículo tendrá que asumir el riesgo de parecer un atolondrado manipulador del diccionario, o que se le acuse de escamotear de la realidad. Sin embargo, no vaciló en creer que el presidente Raúl Castro usó la palabra que podría generar en Cuba más adhesión que otros vocablos hasta hoy recurrentes como cambios, modificaciones, reformas.  Ahora, en su discurso del 20 de diciembre de 2009, utilizó el sustantivo actualización para referirse al proceso de transformaciones aun en etapa de estudio y reflexión, aunque con ciertas fórmulas ya en práctica.

A juicio de este comentarista, actualización -acción y efecto de actualizar, como establece el diccionario- es un término que tiene la virtud de tranquilizar los resquemores de cierto sector de la burocracia, resistente pasivo a cualquier cambio que pueda amenguar su capital como usufructuario político de la plusvalía social. Con este término ya podrán reducirse las polémicas acerca  de que si los “cambios”implican un retorno al capitalismo. Y resulta comprensible la suspicacia ante el término cambio, pues parece estar un tanto desacreditado ante la óptica de la izquierda desde que los “cambios”en la Europa socialista y la Unión Soviética condujeron a virajes hacia la derecha con todas sus secuelas económicas y sociales aparentemente  irreversibles. En verdad, podemos juzgar la reticencia  como un detalle baladí, sin importancia, más bien una minucia léxico semántica. Pero en Cuba, cualquier opinión que intente acercarse al fondo tendrá que tenerlo en cuenta.

Actualizar, pues, viene a sugerir lo que en realidad significa. De modo, pues,  que el asunto se reduciría a su aspecto fonético, como palabra de más simpático, menos hostil sonido: actualizar, sí, es decir, poner al día lo que ya envejeció, readecuarse a los tiempos, a las urgencias de impedir el estancamiento;  promover el antídoto del óxido que carcome los hierros de la producción material y esclerosa los servicios hasta el punto de que entre ambos incrementan la decadencia de la productividad. Actualizar, esto es, remotorizar la técnica  y los circuitos de la propiedad estatal con bujías, carburadores y poleas y un código de tránsito que faculten a los trabajadores experimentar, en carne y espíritu, el hasta ahora no concretado principio de ser “propietarios de los medios de producción”.

El mes pasado, en Progreso Semanal, me refería la inquietud por las vueltas del reloj: el persistente agotamiento de la cuenta regresiva con respecto al punto crítico -la oportunidad para trascender la fiebre o ser su víctima- de la sociedad cubana. Uno ve, decía, que algo se está haciendo, pero no afloran las soluciones. Al menos, todas las soluciones. Hoy no habré de volver al tema. Ya sabemos que la actualización es una lucha contra el tiempo en el tiempo, en un tiempo complicado, sobre todo en lo externo, por la crisis triple que ha sorprendido al planeta, o a una parte de este, por actuar como los antiguos romanos: comer y beber hasta la explosión y luego vomitar para seguir comiendo. Pues bien, la crisis, a mi juicio, es económica, ecológica y moral.  Y Cuba,  con su testarudo proyecto de sociedad nueva en mundo viejo, también se queja con más o menos intensidad de esta crisis tripartida, que la restringe e inquieta al añadir limitantes materiales y financieras  a las limitaciones de diversa índole del modelo económico cubano.

En honrada objetividad, uno se siente dispuesto a admitir que la herencia de la revolución de 1959 ha sobrevivido en los últimos veinte años como acción portentosa de la voluntad colectiva. Las interpretaciones foráneas –particularmente en Miami- suelen abroquelarse en la retórica de la tiranía, la opresión, hasta el definir la supervivencia del gobierno revolucionario como el efecto de seis millones de policías vigilando y aterrorizando  a seis millones de personas, la otra mitad de la población. Quizás ello explique que habitualmente ese “exilio sacrificado y glorioso”, simple fábula, jamás hayan acertado a tocar la flauta. Ni por casualidad, aunque se me figura que el agosto de esas guerritas prospera según sus operaciones se frustran.  

Aquí, dentro del archipiélago, unos estiman que las soluciones válidas son las que por lo general se aplicaron ante cada episodio de nuestras crisis más o menos presente en medio siglo. Hace poco, un lector me escribió a Juventud Rebelde proponiendo  que para resolver las deficiencias de la agricultura lo más apropiado consistiría en cerrar las fábricas y enviar a sus trabajadores al campo. Le respondí con varias preguntas: ¿Qué hicimos en los primeros años de los 1990?  ¿Acaso  usted y yo no nos vimos en las áreas agrícolas de la provincia de La Habana? ¿Y que sucedió? ¿Comimos más?  ¿Resolvimos las insuficiencias alimentarias? ¿Incrementó la agricultura su eficiencia y su efectividad?

En fin, le dije, las cosas empezaron a mejorar cuando una resolución del Buró Político del Partido Comunista decidió cooperativizar las ineficientes tierras explotadas por el Estado. Fue una respuesta de fondo; un querer actualizar la propiedad agropecuaria. Si no resultó como podía preverse fue, a mi criterio, por la intromisión de los burócratas, que constriñeron la autonomía de las unidades básicas de producción cooperativa. En un aparente espacio de autogestión, los trabajadores asumían las deudas y la quiebra, y las empresas –que habían quedado como entidades metodológicas- continuaron determinando qué hacer y cuándo y cómo hacer. En 1994, este comentarista escribió un artículo en Bohemia, fundamentado en una indagación personal en varias provincias. El tema, la realidad shakespereana: ser o ser… autónomas, esa es la cuestión.

Desde luego, la actualización no habrá de discurrir por las fórmulas fracasadas. ¿De esa forma qué se conseguiría si no actualizar el estancamiento? Porque si la mentalidad conservadora que ha estropeado iniciativas muy progresistas en Cuba, intentara imponer propuestas ya repetidamente fallidas, estaríamos los cubanos jugando al perro que se muerde la cola, trazando un círculo vicioso. Desde mi punto de vista,  cuantos conciben y analizan  y sobre todo deciden las soluciones tendrán que evaluar y controlar, en términos políticos, esa  mentalidad inmovilista -salpimentada por cierto oportunismo- que como el marabú se resiste a ser erradicada. He oído decir: Hace falta mucho tiempo y mucha paciencia para romperla mediante la persuasión y el reacomodo actualizador de la economía.

Parece, pues,  que la ecuación correcta es la interdependencia de la tradición y la novedad. Es decir, lo salvable del esquema desautorizado por las circunstancias, más lo nuevo que debe potenciarlo y  a la vez sustituir lo caduco. Pero el método, según se aprecia, es la cautela, que se justifica, entre otras, por esta razón: qué sociedad socialista del siglo XX, con las excepciones de Viet Nam y China, ha sobrevivido a su estrategia de renovación. (Tomado de Progreso Semanal)

 

 

AH, SIEMPRE LA ESPERANZA

AH, SIEMPRE LA ESPERANZA

Por Luis Sexto

En un soneto lo suficientemente agraciado como para no olvidarlo, Jorge Luis Borges le pide al Señor -un vocativo que para él es solo una fórmula- que no lo defienda "de la espada o de la roja lanza, sino de la esperanza". Y es aquí donde el acatado escritor argentino logra, al menos de mi parte, la conmiseración. ¿Proscribir la esperanza, anularla, ignorarla?  Más que por su ceguera, Borges merece la compasión por rechazar esta virtud teologal. Pero cualquier  poeta es a veces víctima de sus ficciones y sus consonantes. Y no creo cuerdo asegurar que Dios haya oído el ruego del autor de La historia universal de la infamia.

De qué difunto podríamos certificar que muriera sin esperanza, o dudar de que en el último parpadeo le haya sido revelada la visión de lo ignorado. Porque la presunción resulta habitualmente un método inexacto, no parece  pertinente destinar el 2 de noviembre a ejercer de recordatorio exclusivo para los "fieles difuntos", es decir los  cristianos. En este planeta, donde el perro caliente se ha vuelto un alimento global, me parece injusto, vacío de caridad, que solo roguemos por los que murieron en la fe de Cristo. ¿Y dónde esconderemos  la parábola del buen samaritano? Porque pienso que al tener solo en cuenta nuestros hermanos fallecidos en la fe, actuamos cómo los judíos que dieron un rodeo para no tener que topar con el peregrino herido y atenderlo con la demora y la molestia que la solidaridad exigía.

En mis ratos de reflexión, he tratado de anudar los hilos invisibles que unen a la fe, la esperanza y la caridad. Y me he percatado de que están tan ceñidamente amarradas que sin una de las tres, las demás pierden sentido. Que me perdonen, pues, los teólogos: soy periodista, la audacia es inherente a este oficio y me atrevo a escribir, por tanto, que si la fe nos prefigura a Dios y el amor nos lo acerca, la esperanza nos lo mantiene vivo y actuante. Incluso, la política necesita de la esperanza: esperar, esperar lo prometido, o lo propuesto, o esperar el resultado del trabajar sometido a las jorobas de la abnegación.

 

Resulta claro: sin la esperanza todo puede asumirse como un agujero negro en el Cosmos. Pero el problema se presenta cuando efectuamos la disección de nuestra esperanza. ¿Esperanza de qué: de ganar riquezas, fama, sorteos? Podría ser socialmente legítima esa esperanza, pero ya dejaría de ser virtud, para ser cálculo; perdería la certeza  para derivar hacia la probabilidad. Y quizás esta sea la esperanza de la que Borges le rogaba a Dios lo defendiera: la esperanza incierta, insegura, solo como un augurio de cartomántica o invocación onírica  a las energías positivas. Como sabemos, ciertos especialistas en juzgar la fe ajena suelen criticar que los creyentes  vivan esperando una mejor vida luego de la muerte. Y se detienen a lamentar que algunos renuncien a las ventajas de esta existencia, para merecer la próxima. Bueno, el equívoco es como para no alardear de teóricos o sabios. El creyente empieza a construir el Reino de Dios -dimensión insuperable de la vida-  desde  este respirar terreno. Busco un ejemplo, y pienso en el Padre Damián. El apóstol de los leprosos en la isla de de Molakai, en medio del Pacífico, no compartía sus días con los excluidos para anunciarles solo el fin de sus sufrimientos; había embarcado en esa travesía sin retorno, también para aliviarles, mejorarles esta vida que parece que concluye cuando se agotan los pulmones y el corazón.  Y dialécticamente - método válido también para los cristianos- el Padre Damián  se mejoraba como persona con su entrega sacrificial.

Vemos, así, una continuidad, una dependencia mutua entre la esperanza, la fe y la caridad. La matemática de Dios. Y por ello no se trata de demostrar  que Dios no existe o es una ficción engendrada por la pobreza, el desamparo, o si Cristo es un personaje histórico o una leyenda. Tal vez, lo más cuerdo, lo más provechoso resulta practicar lo que dicen que dijo: Amaos los unos a los otros. Por ese sugestivo mandamiento, comienza la esperanza. Y ya es algo…