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PATRIA Y HUMANIDAD

LAS “ COSAS” DE MONTES DE OCA

LAS “ COSAS”  DE MONTES DE OCA

Por Luis Sexto

Suelen los prólogos y prologuistas exaltar al autor del libro de cuya presentación se encargan. Y me sobran argumentos para demostrar que este autor merece cualquier elogio que pueda prodigarle el prologuista. Pero he de andar con cuidado. Me inquieta que los artificios de la apología estallen como ditirambos comunes, calificativos carentes de peso y volumen, que por mucho que intenten decir apenas dicen. Prefiero avanzar sobre los pormenores de la técnica y del estilo. Y trazar mi estrategia para -en eso se resuelve un prólogo- recomendar un libro y a su autor.

Eduardo Montes de Oca no necesita fuegos artificiales. Ni desfiles embanderados de sugestiones correctamente prodigadas. Cualquier obra de Montes de Oca más bien exige análisis. Y por tanto he de advertir que este libro –de próxima aparición- con tan sugestivo título resulta una muestra de periodismo personal. Personal sobre todo por su carga de interés y por el peso de la personalidad de quien lo firma. Lo demás, la primera persona del singular que a veces utiliza el autor, es un simple episodio gramatical. Estamos, pues, ante los enunciados periodísticos de una columna y un columnista. Hacia mediados de la década primera del siglo, las páginas de Bohemia separaron unas pulgadas cuadradas para “Cosas de hoy”. Por ello, por la periodicidad invariable y la permanencia en sitio estable, con la misma firma y una fotografía habitualmente igual a sí misma, esta sección clasifica como una columna. Pero es más: es columna porque cuenta con un columnista, es decir, con un periodista de ancha y sugerente voluntad de estilo para hablar en primera persona y escribir más que redactar. En esta dicotomía –escribir-redactar- se embaraza una de las vigentes polémicas del periodismo. De un lado tiran cuantos pretenden condenar el periodismo a papel notarial, relevándolo de funciones que impliquen placer en el acto de informar, opinar o interpretar. Del otro extremo, los profesionales que usan la palabra con bordes afilados y beneficiada con sabores y luces, dotándola de ala y color, como pedía José Martí. Y ahí, en esa diferencia entre tener ala y color y carecer de estos atributos aptos para volar y ser distinguidos se define el vencedor de esta polémica casi absurda.

Un columnista o un periodista de ejercicio personal se presentan, pues, por su capacidad para pensar y opinar de modo que cuanto digan interese. Luego, el estilo, el cómo en que se envuelve el concepto, que adquirirá con la palabra organizada con tino estético un interés mayor. Desde luego, no me interesa reducir el ejercicio del periodismo a un litigio entre competentes e incompetentes. Hay muchas tareas en una redacción: unas, de urgencias utilitarias que requieren del profesional rápido, claro, conciso, sin que por dedicarse a las notas y a la prosa cotidiana sea inferior. Es respetable esa función de reportero o de redactor de mesa. Un medio cumple parte de sus funciones con letras aparentemente intrascendentes. El crédito del periódico o de la revista se apoyará también en el texto distribuido por el interior de las planas sin el relieve de lo exclusivo. Pero si hemos de reconocer los valores de lo que no merece el calificativo de minucia, habremos también de admitir el papel del estilo mayor, del nombre singular que escribe y hace resaltar cuanto escribe con los granos de oro de sus dotes.

Un columnista, como el cronista o el autor de reportajes narrativos, se inserta en esta categoría creadora. Y si a la larga algunos han de salvar al periodismo de su destino de ser opacado por la preponderancia de la imagen, serán seguramente cuantos convierten la prosa periodística en una propuesta estética sugerente, sin que por ello haya que lastimar los valores de la información. En estas “cosas de hoy”escritas por Montes de Oca se aprecia ese empeño por trascender en la organización de la palabra, esa vocación por ofrecer el círculo perfecto de un enunciado que seduzca a la vez que ofrezca un acercamiento racional, sensato, válido, y no en pocas ocasiones original, del mundo y sus problemas. No renunciaría jamás a seguir leyendo un texto que empezara, como Montes de Oca comienza esta entrega: “Conozco mujeres que cambiarían diez años de vida por unos pechos que desborden sus estructuras corporales. Algo así como odres henchidos, vejigas de animal de gran alzada, el globo ocular de Polifemo, balones de fútbol o… hasta de softbol, llegado el caso.”

Pero técnicamente el análisis se nos complica. ¿Qué género predomina en este libro? ¿O en qué género pretendió el autor organizar palabras e ideas? La técnica y los géneros del periodismo sufren con frecuencia la desmesura nominal: se emplean muchos nombres para clasificarlos y no siempre con certeza o propiedad. Ciertos tratadistas afirman, sin muchos argumentos para demostrarlo, que la columna es un género. Y uno, suspicaz ante las aseveraciones poco defendidas, pregunta cómo puede un espacio constituir un género, un molde estilístico y estructural. Porque la columna –lo hemos hecho recordar arriba- consiste en un espacio tipográfico, periódicamente estable y con el sello de un autor fijo. Y así cuando uno hace desaparecer el espacio y, en lenguaje digital, corta y pega en otro sitio, qué queda: evidentemente el enunciado en el género en que se concretó. Y por ello, entre estos textos uno distingue en mayoría el artículo, esto es, ideas convertidas en tesis mediante un pensamiento abonado por la cultura, forjada en las aulas y en el libérrimo magisterio de la lectura. Artículos que en ciertas páginas, por su orfebrería estilística y sus anchas referencias culturales, ascienden hasta rozar el ensayo. Así: “Hegel supuso que la historia se detendría en el Estado prusiano. El ‘ideal’. Luego todo derivaría en la placidez de la evolución, sin cambios bruscos. El tristemente célebre Fukuyama pensó lo mismo tras la caída del Muro de Berlín. Neoliberalismo como apoteosis de la civilización. Llegada, que no punto intermedio, o de partida.”

Claro, algún juicio minusválido puede acusar a Montes de Oca de escribir “muy alto”. Y ante este cargo uno no sabe si reír o compadecer a quienes lo formulan. No saben lo que dicen. Porque escribir “muy alto” no puede constituir un demérito. Es mérito resistir la intemperie del tiempo que devela cuánto metal de baja ley se ha infiltrado en el oficio del periodismo. Tampoco escribir “muy alto” es una insuficiencia del periodista. Resulta, en todo caso, una insuficiencia, o un problema, del que lee y condena las sugerencias sin ir más allá de las evidencias o las apariencias.

Gracias, pues, a periodistas como Montes de Oca, que renuncian a decir las cosas directamente y se valen de la tropología, de las connotaciones de la cultura para sugerir, matizar, insinuar de modo que el lector se eleve sobre el rastrero prosar de cuantos intentan despegar y solo aletean sobre el barro. Gracias a cuantos prestigian el periodismo con las rosas del estilo, la prensa cubana puede descargarse un tanto de esa lamentable verdadera culpa de fría, gris y machacona. (Tomado de La Palma de la mano)

 

CON RECATO, MAESTRO

CON RECATO, MAESTRO

Por Luis Sexto

Crònica

Cuando en el último acto violento, Ernest Hemingway puso su escopeta de caza bajo el mentón el 2 de julio de 1961, ese día yo cumplía 16 años. Conservo, pues, un engarce astrológico u horoscópico, con el autor de Adiós a las armas. Después de leerlo con frecuencia devota, y tras una reciente visita a su casona de Cayo Hueso, he preguntado si las llanuras africanas fueron, según una mirada un tanto discutible, las preferencias geográficas de Hemingway para sentirse el hombre crudo que invocaba la felicidad en la violencia instintiva del macho, como el brevemente feliz Francis Macomber.

Las guerras quizá también sean parte de ese escenario de disparos y alaridos, pero respetemos la solidaria presencia bélica de Hemingway como corresponsal o como combatiente. Luego, haciendo girar los ojos, dudemos ante un contraste extremo: compartía aquellos parajes con largas estancias en islas o islotes. La diferencia es casi escandalosa. Las islas suelen ser sitios arremansados, pacíficos, y salvo desajustes sociales, la paz, la brisa, la luz son datos de una realidad habitualmente custodiada por una especie de ámbito edénico. Tal vez, las islas sean fragmentos del paraíso terrenal despedazado por los errores humanos.

En Cuba y Key West —el Cayo Hueso de la pronunciación cubana— Hemingway residió en casas con algún parecido ambiental. A Finca Vigía la conozco desde 1966, y al recorrerla sentí, según anoté en una libreta juvenil todavía sana, la presencia del «gran épico contemporáneo en los seis mil volúmenes de la biblioteca, en los trofeos de caza y en las notas de su mano». Fue su residencia predilecta. La alquiló en 1938 cuando se mudó de Cayo Hueso a Cuba, y dos años después la compró con el dinero de Por quien doblan las campanas, según puede colegirse de su confesión epistolar a Karl Wilson.

Visitando el pasado mes de junio sus habitaciones en el Cayo, noté las semejanzas, y también me expliqué alguna de las razones por las cuales prefirió a Finca Vigía, cuando no rodaba por las planicies africanas empujando hacia lo más alto la leyenda de hombre duro y aventurero. Las dos plantas de la casona floridana, ceñidas por terrazas abajo y arriba, y envueltas por árboles y jardines, que abonaban las excretas de numerosos gatos, posan como un paraíso en miniatura y coquetean como espacio deseable para cualquier escritor, si cualquier escritor pudiera aspirar a una edificación gemela a la de Hemingway.

Fueron pocas mis horas en Key West. Suficientes, sin embargo, para percibir la pequeñez en calles con atmósfera de baúl. Gracias a la inmigración cubana en el siglo XIX, el Cayo cuenta una historia mayor que su suelo, casi mensurable a pie descalzo. Y quizá Hemingway, solitario, dipsómano, grosero a veces, y también tierno y generoso, se trasladó a La Habana para sentirse menos oprimido por las escuetas fronteras del islote, unido a la península por una carretera sobre las aguas de azul espada del Caribe.

Hoy, además de la casa y de las fotos en el Sloppy Joe, todavía ruidoso, humeante y casi inflamable, queda allí de Hemingway la curiosidad de ciertos turistas. Y una tarja que posiblemente muchos no hayan visto, pero que este transeúnte fervoroso descubrió. Una cuadra más arriba del viejo hogar del novelista en «Whitehead street», puesto sobre el muro frontero del jardín de una vivienda modesta, junto a la acera, se asoma un recordatorio de uno de esos actos con que Hemingway reforzaba su ríspida virilidad.

Pude apenas copiar el texto, por lo minúsculo y recoleto del soporte. Y permanece, al parecer, para gloria de la familia cuyo jardín mereció tan espumoso y ácido homenaje una noche en que el escritor regresaba del bar y supuso estar bajo la copa de un baobab africano: «Ernest Hemingway pissed here». Como decir, aquí meó el Maestro.

EL DINERO SUENA Y SUENA DE VERDAD...

EL DINERO SUENA Y SUENA DE VERDAD...

 

Documentos obtenidos a través de una petición de la Ley de Libertad de Información (FOIA), demuestran el vínculo existente entre periodistas pagados por el gobierno de Estados Unidos y la agresiva campaña de mentiras contra los Cinco durante su amañado juicio, informó Prensa Latina.

Más de 2 200 páginas de contratos entre periodistas de Miami y de Radio y TV Martí, fueron obtenidos mediante una petición formulada por el Comité Nacional estadounidense para la Libertad de los Cinco Cubanos, la Fundación de la Asociación por la Justicia Civil (PCJF) y el periódico Liberation.

Nóminas de pago del gobierno estadounidense guardan los nombres de reporteros de los diarios The Miami Herald, El Nuevo Herald, Diario Las Américas, y de emisoras de radio y televisión de Miami, cuando las autoridades norteamericanas juzgaban a los cubanos.

Los escritos mostraron que, durante el juicio, el gobierno estadounidense, a través de su agencia de propaganda oficial, el Buró de Gobernadores de Transmisiones (BBG), les estaba pagando en secreto a prominentes periodistas de Miami, que saturaban los medios con reportes altamente provocativos y perjudiciales para los Cinco, añade el sitio Cubaminrex.

Según la nota de la organización solidaria estadounidense, aún están pendientes nuevas apelaciones al gobierno por el Comité Nacional, Liberation y la Fundación PCJF, para la entrega de otros papeles, a fin de exponer la política ilegal de Washington.

Un ejemplo mostrado públicamente en el sitio digital reportersforHire.org es el caso de Enrique Encinosa, quien ha defendido los ataques con bombas a hoteles cubanos.

Encinosa fue empleado por el gobierno estadounidense mientras trabajaba como director "independiente" de noticias en una estación de radio de lengua hispana de la ultraderecha de Miami.

De acuerdo con la nota, Encinosa alardeó en una entrevista de radio en Internet de haber estado involucrado en grupos paramilitares contra la Revolución cubana.

Él mismo recibió, según FOIA, hasta 10 400 dólares por presentar un programa semanal en Radio Martí desde el 1ro. de octubre del 2000 hasta el 30 de septiembre del 2001, cuando ocurrió el juicio a los Cinco, que duró del 27 de noviembre del 2000 al 8 de junio del 2001.

La presencia de periodistas de Miami —quienes pretendían reportar como si se tratara de prensa "independiente"—, en las nóminas de pago del gobierno de EE.UU., va a lo más intrínseco de la injusta condena de los Cinco, quienes no solo fueron víctimas de una acusación por causas políticas, sino también de la operación de propaganda realizada por el gobierno.

EL TIEMPO EN CUBA

EL TIEMPO EN CUBA

Por Luis Sexto

Como me inclino, aunque a veces trastabillee, hacia el equilibrio para tratar de mantener la misma distancia de los extremos, he interpretado el discurso del presidente Raùl Castro en la todavìa reciente sesiòn plenaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular, no como la promesa de que una “Cuba mejor es posible”, sino como la certeza de que Cuba va siendo mejor. Mejor, que es decir màs justa, màs racional en las formas de tener y hacer y sobre todo de ser en un paìs con propòsitos socialistas. Y va siendo también màs equilibrada y abierta en los deberes, derechos y métodos que componen su entramado polìtico, ético y jurìdico.

El episodio relativo a pràcticas discriminatorias contra  una militante del Partido Comunista por  su fe religiosa, y que el Presidente contò en sus pormenores, me parece revelador de que los hechos se juntan a las palabras. Uno pensaba que en 1990, Fidel Castro y luego, en 1991, el Cuarto Congreso, habìan clarificado la actitud màs revolucionaria, màs inclusiva: la de dar cabida a todos cuantos quisieran participar en la obra de alzar sobre nuestro cielo, la comba transparente de  una sociedad sin discriminaciones por creencias y otros atributos, y sin privilegios que repugnaran la equidad del trabajo y del mérito. Pero, como ha sido reconocido, la incomprensiòn, el oportunismo,  los intereses desnaturalizados o burocràticos pueden tejer sus intrigas en cualquier conciencia. Alienta, persuade y convence, pues, que quien reclamò su derecho a sentir y practicar la fe religiosa y conjugarla con su fe y militancia polìticas, sin antagonismos, haya sido atendida como si la injusticia contra una persona  fuera cometida contra toda la naciòn y, en particular contra la revoluciòn, en cuyos combates murieron hombres y mujeres con pluralidad en sus creencias. Recuerdo haber leìdo que el Che Guevara, en 1959,  despidiò el duelo de tres soldados rebeldes fallecidos en un accidente, y destacò en su oraciòn que los tres habìan peleado por la misma causa patriòtica habiendo dos de ellos profesado religiones distintas y el tercero, ninguna. Porque  la revoluciòn no podìa dividir a sus combatientes por la fe religiosa o por la ausencia de esta.

Habremos de considerar, no obstante, que hostilidades desde varios frentes, incluìdas instituciones religiosas, e influencias dominantes por imperativos de la defensa de la revoluciòn  –que no menciono porque subyacen “en la cultura latente” que la historia y los medios echan al aire y en él permanecen-  distorsionaron en algun momento y por largo tiempo principios e intenciones  humanos y participativos.  Mas, lo primordial ahora, en Cuba, no es el pasado. Màs bien el presente, en que  planillas con preguntas acerca de la religiosidad no pueden caber en la gran planilla del amor y el servicio a la patria, que necesita refundarse sobre los mismos principios de su fundaciòn, sobre todo en el principio de que todos cabemos, si queremos caber, dentro de las leyes que como advertìa el Padre Felix Varela, y Raùl Castro reiterò, nos mandan a todos.

Por ello, las preguntas de una planilla para aspirar a esto o a aquello, no podràn referirse jamàs a si creo o no creo en Dios. Màs bien, tendrìan que preguntarme si soy honrado, y no miento, y no discrimino a nadie por sus creencias, color de la piel o sexo, si soy un padre amante y celoso, e  hijo agradecido y generoso, y un estudiante aplicado y limpio, y un trabajador solidario, disciplinado y productivo. Son esas las condiciones y actos que nos avalan o disminuyen ante la conciencia crìtica de la sociedad cubana. Lo demàs es competencia de la democracia que Cuba intenta y tendrà que ampliar y ajustar de modo que los legìtimos intereses colectivos e individuales se desarrollen sin conflictos.

Servir en la libertad y la  verdad  de la honradez y el apego a las leyes compone el antìdoto contra la doble moral, esa inmoralidad que resulta tan perjudicial, pues uno nunca sabrà quién sirve de verdad al paìs o lo aparenta servir para servirse de la obra colectiva. Si echamos la vista al pasado, tal vez uno lamente no haber cerrado los atajos a tantos yerros, simulaciones, arbitrariedades y deserciones  si se hubiese respetado completamente la elecciòn de cada persona.

El discurso de Raùl Castro me sugiere, pues, que la recurrente apelaciòn a la incondicionalidad con que ciertos buròcratas se ahorran el trabajo de dialogar, persuadir y mejorar el medio, recibirà un edicto de expulsiòn, màs bien de extinciòn. Esta claro: La democracia y la libertad no pueden defenderse mediante instrumentos que la nieguen. Y la incondicionalidad, ese exigir a los individuos que obren pegados al techo, sin las necesarias escotillas para decidir, compone, bajo el subterfugio de la integraciòn polìtica, un recurso que limita y empobrece la elecciòn consciente y libre.

¿Quièn, asì, cuestionarìa que la unidad de una naciòn serà màs apretada en sus lados y su centro cuando esté compuesta por la diversidad,  mezcla en que el espacio sirva para participar y no para simular la participaciòn? Ya hoy tenemos una respuesta parcial; luego  seguiremos acercàndonos al fondo. Todo, ha dicho el escritor bìblico, tiene su tiempo, aunque ahora solo lo tengamos para reconstruir y perdurar.

 

 

 

EL MISTERIO DE LA LLUVIA

EL MISTERIO DE LA LLUVIA

Por Luis Sexto

Crónica

Antes, para mí, la lluvia poseía un mayor encanto. Era una especie de misterio. Igual que las nubes. De niño me gustaba acostarme sobre la hierba viendo en la vaporosa fronda del cielo una silueta humana o un toro en actitud de embestir. Si en aquella época hubiese escrito un tratado de meteorología, las nubes hubiesen tenido mil nombres. Y solo hubiesen servido a los poetas o los adivinos.

Desde hace dos siglos, sin embargo, las nubes responden a los mismos nombres, porque materialmente siempre han adoptado las mismas formas, aunque una imaginación fantasiosa pretenda descubrirles infinitud de figuras. El inglés Lucas Howard, en 1803, con un libro titulado The modification of clouds, las inscribió definitivamente en el muestrario universal de las cosas comprensibles con estos apelativos fundamentales: estratos, cirros, cúmulos y nimbos.

En ese momento, para mí, la lluvia empezó a despojarse de su misterio. Las nubes son básicas para la lluvia. Hay muchos observadores – entre ellos mi amigo José de Jesús Márquez, en el central España Republicana- que las pulsan cada día con el propósito de integrar el pronóstico nacional de lluvia.

El pronóstico, en efecto, ha diluido el misterio. Todavía en mi infancia, aislado por la distancia y la ignorancia, la lluvia se nos encimaba de súbito, sin preverla. Tal vez, los callos duchos de algún viejo, o el croar de una rana intespestiva, podía inspirarnos a suponer un aguacero. Pero llovía. O no llovía. Como en una improvisación de la naturaleza. Y en esa espera, el tiempo ofrendaba las variadas alternativas de la incertidumbre.

Hoy sabemos previamente si lloverá. Y si el vaticinio acierta, habrá llovido por causa del calentamiento diurno, o por la influencia de una onda tropical... Las veleidades de una corriente que califican de “Niño”. O por cualquier terminología meteorológica, muy científica, verdadera, útil, pero que a veces uno juzga contradictoria. Porque los expertos nos dicen que mañana habrá buen tiempo, esto es, no lloverá. Y habrá, así, buen tiempo para bañistas, paseantes, para cuantos se levantan a convencer a un ómnibus o un vehículo cualquiera que los traslade al centro de trabajo.

Pero uno se pregunta: ¿habrá buen tiempo para la tierra que desde hace meses se raja por la sed, o para la vaca que olisquea el viento tratando de intuir el olor del agua aunque sea en el radiador de un automóvil, como en el cuento de Dora Alonso? ¿O habrá buen tiempo para el agricultor que mira al cielo y luego moviendo la cabeza de izquierda a derecha maldice las masas grisáceas que se disipan sin descargar su almacén de vapor de agua?

La lluvia y el agua son habitualmente incomprendidas. Hubo pueblos que rogaban o salían en procesión pidiendo la lluvia; días más tarde invocaban a otro santo u otra deidad para que la detuviera. Al agua, a ciertos charcos y manantiales, han ido hombres y mujeres buscando milagros baratos, o la gracia para lavar culpas inconfesables. Nuestra especie se apega más a lo utilitario que a lo poético, y por ello el tiempo es propicio cuando no va a llover.

Yo defiendo el progreso. Escucho el informe del especialista. Disfruto la visión cósmica de la nubosidad enviada desde un satélite. Y agradezco que el meteorólogo me desee lo mejor: desea quizás que no llueva, y si llueve que no me moje.

Lo mejor, para mí, sería, sin embargo, el antiguo misterio con el que en mi pueblo solía caer la lluvia.

Ah, y mi sorpresa al verla.    

 

 

DE SU ABUELO LO APRENDIÓ

DE SU ABUELO LO APRENDIÓ

Por Luis Sexto

Apellido fiel a su pasado

Vetar o no vetar  es la nueva disyuntiva del  Hamlet reciclado que ocupa la Casa Blanca. En las próximas semanas el gobierno de Barak Obama pasará una prueba, no tan aguda como las que le presenta la virtual bancarrota de la economía, sino un test local que indicará hasta dónde las administraciones norteamericanas  seguirán dispuestas a actuar con respecto a Cuba según le programen los miembros cubano americanos – ¿o americano cubanos, que ya uno no sabe hasta dónde lo uno se subordina a lo otro? – en el Senado y la Cámara. De convertirse en leyes los proyectos donde tanto Rivera como Díaz Balart han propuesto enmiendas que harán retroceder los viajes de los emigrados cubanos y las remesas familiares a los estrictos límites aprobados por W.Bush, 

¿Obama las vetará como su administración ha declarado?

La política no es tan permeable a los pronósticos como la meteorología que mediante ciertos datos atmosféricos podría acertar, con una minúscula posibilidad de errar. Y si no llueve o nieva en este lado de la acera, podría hacerlo en la contraria, y el pronóstico quedará a salvo. Pero Obama es, a juicio de este comentarista, el menos susceptible a los vaticinios. Es, quizás, el más débil de los jefes de la Casa Blanca, porque ha pretendido gobernar mediante los vaivenes de un equilibrista.  Como se ha dicho, por un lado ha actuado contrariamente a su predecesor, y por otro ha compensado el atrevimiento, esto es, caricia allí y garrote más allá. ¿Qué dará a cambio, pues, si vetara las leyes o las enmiendas  presentadas  por los congresistas para quienes Cuba es un asunto de política interior?

De Mario Díaz Balart podría decirse, modificando un término de aquel anuncio de la TV cubana en los años de 1950: de mi abuelo lo aprendí. Y si lo aprendió de su abuelo, y también de su padre, ministro de Gobernación del régimen de Batista, los cubanos, en particular los habitantes del archipiélago -aunque no excluyo a los emigrantes menos comprometidos con el programa del llamado exilio- debemos tener memoria histórica. Estos señores, que legislan contra el gobierno de Cuba, pero que perjudican a millones de cubanos dentro y fuera del país, han envejecido añorando recuperar sus posesiones  y capitales. Por ello, para ser, y perseverar en el ser se ha de conservar la memoria. Recuerdo, luego soy.

La memoria es eso: reproducción recurrente del ser en fílmicos planos del pasado. Quien la pierde puede extraviarse en la demencia. Y si es un pueblo, tal vez se desoriente entre los enrevesados trillos de la historia. Por lo cual el mejor antídoto contra las desmemorias colectivas son los archivos. A los archivos, que suelen albergarse también en los libros públicos, acudo ahora cuando en Miami y Washington conciben, con más prisa y mayor odio, proyectos de transición de la sociedad cubana  hacia el modelo político y económico que ellos, a tanta distancia, han puesto a hervir en la olla de la injerencia.

Recordemos, pues, que entre los que hablan, argumentan, exigen la intervención  norteamericana como si fuera un monstruo de cien cabezas, se hallan los hermanos Díaz Balart.  El cronista argentino Aldo Baroni, que por aquellos tiempos  de los 20 y 30 del siglo XX conversó con dictadores y tiranos en Cuba y otros países de América Latina, argumentó en uno de sus libros  que Cuba era un país de mala memoria. Quizás, sea cierto. Pero en Cuba se conservaron e enriquecieron antiguos archivos históricos, y  los  Díaz Balart y sus émulos como Ileana Ross, o David Rivera, o Bob Menéndez, no podrán pregonar impunemente sus argumentos y diatribas.

Las falacias se le despintan ante los documentos. El pasado los acusa. Les acusa el origen cipayesco -que así, cipayos, llamaban a los aborígenes que servían a las metrópolis coloniales.   Son nietos de un abuelo llamado Rafael de igual  apellido.  Y que fue en Banes, capital de la United Fruit Company, uno de los asesores legales de esta empresa norteamericana, usurpadora de las más feraces tierras de la antigua provincia de Oriente. Del cerebro norteamericanizado del doctor Díaz Balart surgieron invenciones matreras  contra los derechos, incluso los humanos, de los trabajadores de la Company. Organizó los servicios médicos. Y según su plan, la United descontaba  el dos por ciento a los obreros para recibir asistencia. Pero, si era preciso ingresar al paciente en alguno de los dos hospitales de la empresa, cobraba una entrada de 25 pesos (dólares)  y 2,14 diariamente por la cama y los alimentos, y exigía, además el pago de los medicamentos y las intervenciones quirúrgicas. Hablamos de épocas en que el salario mínimo para los braceros no superaba o a veces no alcanzaba esta última cifra: 2.14. ¿Quién, pobre y mal pagado, podía enfermarse?

No es todo, sin embargo. En los archivos se conserva una, entre tantas  cartas reveladoras. El doctor Díaz Balart recomendaba en ella a los mandones de “Mamita Yunai” cómo violar o suprimir derechos en la entonces recién aprobada Constitución de 1940. El abogado, de provechosa filiación a las ideas y actos de Fulgencio Batista y a los propósitos de dependencia cabal con respecto de  los Estados Unidos, sugería a la United: “Artículo 66. Fija la jornada máxima de ocho horas y el tiempo semanal de 44 con pago de 48. Aconsejo que se presione para derogarlo. Artículo 71. Este precepto concede el derecho a huelgas y al paro. Creo que tanto uno como otro deberían suprimirse.”

Si alguna necesidad hubiera de clarificar, develar, los fines de Washington y sus instrumentos, la verdad refulge en la invencible permanencia del pasado en los archivos. La memoria escrita vincula a cuantos hoy se pintarrajean de paladines de la democracia, la libertad, los derechos humanos en Cuba, con quienes en nuestra historia  negaron, maltraron y violaron  la democracia, la libertad y los derechos de los cubanos. Los liga el apellido, el dinero y los intereses de la potencia que sirvieron antes y ahora.

El palo y su astilla, naturalmente, son iguales.  ¿Por qué hemos de creer lo contrario?

 

 

 

 

 

LECTOR DE POEMAS

LECTOR DE POEMAS

Por Luis Sexto

El  problema de un buen lector sería saber por qué  relee y qué relee. ¿O primeramente habrá que aclarar por qué uno lee esto y no aquello, y relee aquello y no esto? La relectura se desprende de la lectura. Antes, como es obvio, hay que leer. Han dicho, y no recuerdo quiénes, que un narrador o un ensayista recrea a sus antecesores; este comentarista diría que también  prefigura a sus lectores. Un poeta, para ceñirnos al tema anunciado, también lleva en sí la potencialidad de engendrar a los lectores del futuro. 

No es extraño que un poema pierda actualidad, y permanezca solo como una señal pétrea  del paso de su autor por la historiografía literaria. Y por ello la pregunta que ahora vendría a completar las intenciones de esos lugares comunes sería esta.: ¿Tendrá relación el año de nacimiento del poeta con la perdurabilidad de un poema?

El poeta escribe en un tiempo: su tiempo, en que adquirió las ideas definitivas, las influencias decisivas. Pero parte de los lectores posibles leen en el mismo tiempo, y también los potenciales lectores del futuro cambian con respeto a sus antecesores. Y vendríamos a admitir, pues, que el poema pierde vigencia en cada generación entrante: se va con las salientes. ¿Será verdad esta presunción, este análisis fundado sobre las cronologías?

Tal vez la respuesta más pronta sea sí, puesto que el poema, sus conceptos, sus imágenes, y el gusto que las prefiere, cambian con los tiempos.  Una rectificación  habría que hacer, sin embargo: no es la poesía la  que cambia sino la forma. Lo poesía, ese misterio que pocos se han atrevido a develar afrontando el riesgo de maltratarlo, es algo distinto a la forma, como los brazos, los pies, la cabeza no es el ser; uno se siente distinto, aparte de su cuerpo, y si falta un miembro, el hombre o la mujer  continúan percibiéndose enteros desde dentro.

Mi experiencia casi rechaza toda la poesía de la época en que vivo. Y empleo el término poesía  en su textura formal, no en su tejido interno, y el de época como actualidad. No muchos de los que cuentan mi edad me colman. Y menos aun, muchos de los poetas a los que les doblo la edad. Porque esta meditación ya ha de reconocer que en qué lugar, en que estado, en que conciencia la poesía modifica su esencia. ¿Será cierto que hay muchas poesías, es decir, numerosas y cambiantes esencias poéticas? ¿O tendremos que averiguar si lo que leemos hoy o leímos ayer es poesía, esa sustancia que, sin precisarse, todavía resuena en el  ya viejo discurso del Abate Bremond en la Academia Francesa cuando preguntaba “qué cosa es al fin la poesía”?  Manuel del Cabral quizás haya acertado cuando a esa universal pregunta respondió que era “un agua pura, tan limpia/ que da trabajo mirarla”. Y que Eluard calificó de “la mejor definición de poesía”que había conocido.

Me parece que aún no hemos dado con la definición absoluta, puesto que la factura poética también se extravía cuando la  responsabilidad del poeta  se enruta hacia una aventura de experimentación. Y si empezamos hablando de relecturas, uno de los libros que releo es Los conjurados, de Borges. A mi sentir, nos envuelve en la atmósfera de lo último, lo definitivo, pues lo publicó en 1985, un año antes de fallecer. Y tanto en la dedicatoria y el prólogo, como en varios de esos poemas que oscilan en la diversidad formal, el polémico autor de La Historia universal de la infamia dejó, como una especie de última voluntad literaria, de sabiduría testamentaria, algunas  líneas que  subrayo y vuelvo a subrayar, porque  proponen respuestas a lo que parece carecer de explicaciones aceptables. Por ejemplo, esta, que asumo como una norma: “En el poema, la cadencia y el ambiente de una palabra pueden pesar más que el sentido”.

Y es en ese instante cuando uno recuerda las palabras de Bergamín en su ensayo sobre Dante, cuando le atribuye al maestro del “dolce stil nuovo” creer inseparable a la música  de la poesía.  Y  Bergamín acota que “en ninguna otra poesía surge ante el pensamiento, con precisión plástica tan pura y resonancia musical tan honda, la imaginación o figuración que el poeta mágicamente nos revela”.  Es así, según un verso del propio Dante, “Il pensamiento en sogno trasmutai”. Y en ello concuerda el cubano Roberto Manzano, en el prólogo de  Pensamientos libres: “La escritura poética no solo exige fantasía para el plano conceptual, sino también para el plano vehicular…” Antes nos ha dicho el autor de Synergos las dos tendencias básicas de la lírica actual en Cuba: una, “el refinamiento vacío, deudora de un coloquialismo íntimo, imbricada con cierto aire posmodernista que se sueña de última hora”, “y otra tendencia a desarmar el texto hasta dejarlo, como un trozo de carne aporreada, en pura fibrilla”. Y en autores de estas tendencias, creo yo haber visto en ciertas páginas una presuntuosa aspiración a reclamar las ínfulas del canon poético, como intriguilla grupuscular.

El marxista George Tompson ya demostró que magia, ritmo y palabra se amalgamaron desde el principio para  fundar el metal de la poesía. Y si esa armonización de ingredientes  parecidos pero disímiles, no va por fuera, habrá de ir por dentro. Porque la poesía no puede resultar solo un ejercicio intelectual, ideográfico, aunque sea, en el fondo, ideológico. Esa es, pues, la carne ripiada o la resequez conversacional disimulada que ve Manzano y uno confirma en una poética que, analfabetizada en valores como la concisión y la cadencia, presume de una superdotada imaginología.  Si no es recomendable que se vea la voluntad de “hacer estilo”conscientemente –quebradura de la espontaneidad aparente- tampoco favorece al poema que se bifurquen las exigencias, de modo que se trasmuten, más que en sueño, en  exceso de ebriedad prosaísta o palabrera: Este verso dice: “… me visita sin avisar su inesperado arribo”. Y esta línea se acepta, sin preguntar si lo extralógico de la poesía ha de ser golpeado al pasar por entre las filas del garrote de la tautología o la inconcisión. ¿Fantasía conceptual;  ruptura  válida de la lógica del lenguaje? Tal vez sea posible en la infancia, el presumir que la llegada de lo inesperado se puede anunciar.  O quizás el poeta no se conoce, o no conoce los engarces del oficio. O yo no sé reconocer la ingenuidad creadora del autor.

Como lector, pues, me detengo ante el poema que no lo intenta parecer, y utiliza los caireles de lo sugerente y la recurrencia a palabras ya innombrables.  Me atrevo a ubicar la poesía en los parajes más neblinosos, intuitivos, inapresables  de lo humano. “He aquí que de pronto recuerdo/ y me digo: he vivido. / Aquí, en mí, tengo que decírselo a alguien a fin de que corrobore mi certeza. /  Una y otra vez digo: he vivido. / Y el incrédulo desmiénteme, replica: / Conozco cuanto sueñas, / niño mío. Ya/ iremos a conocer la vida, a comprobar/ los frutos: quiero de ti un testigo lúcido.”

Qué más podría pedir un lector de poemas, aunque este que cito fue publicado cuando yo sufría  la adolescencia. Y al leerlo hoy,  me animo a creer que el poema ya prefiguraba  a uno de los lectores que, 50 años más tarde, haría suya la experiencia del poeta.

¿Por qué uno escribe un poema? ¿Qué se busca? ¿Acaso una forma del conocimiento de sí mismo? ¿Un reencontrarse? ¿O historiarse? ¿Volverse hacia dentro, como en un viaje de vuelta?  Esas son preguntas de poetas. El lector, en cambio,  tendrá que seguirse preguntando: ¿A quién leo?  ¿A quién releo?  (Tomado de La palma de la mano, Cubahora) 

 

 

 

LA TIERRA BALDÍA

LA TIERRA BALDÍA

Un asunto de Cuba

Por Luis Sexto

 En la noticia sobre cierta asamblea popular oí, según la cita de una opinión entre otras, que el reparto de tierras era un fracaso. Los argumentos de tal juicio no fueron trasmitidos. O no me acuerdo, que los oídos no son estables ante el sonido de la radio o la tv.

El haber oído le esencia del criterio, me basta para comentarlo. Quizás tenga relación con la noticia de que a nueve mil tenedores de tierras se les había revocado el otorgamiento por baja atención a sus áreas o parcelas. El proceder de los organismos del Ministerio de la Agricultura se ha ajustado a la ley, que fija un plazo de dos años para empezar a cultivarlas. Y por tanto qué tendría el comentarista que añadir ante una conducta en sintonía con la legalidad y lo aparentemente razonable.

Es cierto: la tierra se ha entregado a productores individuales para que incrementen la producción agropecuaria y coadyuven a refundar un campesinado decreciente en número y saberes. Pero uno oye las cifras y se inquieta. Aún queda más del 30 por ciento de tierra ociosa sin distribuir. Y del total repartido, solo el  77,1 por ciento está en labor. Por lo visto en el mercado, parece, por tanto,  que el cuerno de la abundancia tardará un tanto en llover sobre el campo. Y aunque el trabajo ha esparcido fama de  milagrero, se ha de acompañar de la paciencia, la perseverancia y la disciplina, y de una mente flexible, y fertilizada con normas que operen para facilitar y no para limitar.

No estamos todavía, pues, en  temporada de saber si el decreto ley 259 derivará en chasco. Sabemos, en cambio, que la agricultura concentrada, centralizada y burocratizada, un día empezó a producir cada vez menos… ¿Por qué, así, descargar el augurio del fracaso sobre  lo que aún no termina de probarse?

En cambio, me parece, que lo que tal vez podría empezar a enjuiciarse como fracaso no es la revolucionaria medida de democratizar  tierras ociosas. El fracaso podría articularse en las entidades agrícolas, cooperativizadas o estatales, que retrasan su inventario de áreas vacantes y, en consecuencia, demoran en ponerlas sobre la tarima de la distribución. ¿Qué planes de producción están en el taller de los buenos propósitos como para incumplir con una demanda de la nación? Posiblemente sea tanto el amor por esa tierra que les duela entregarlas para su redención productiva, como esos padres que, por un exceso de amor que a la corta se revela como autoritarismo, ponen tranqueras en el desarrollo del niño.

 Y  fracaso, parcial fracaso, podría ser también que tantos miles de beneficiaros hayan tenido que devolver la tierra. No se les otorgó, he de repetirlo, para plantar las flores de la contemplación. Sin embargo, haber retirado el usufructo supone desplazar toda la responsabilidad hacia cuantos intentaron ser agricultores y fracasaron. Y  uno está inclinado a preguntar, desde el derecho de un periodista legitimado también por la ley no escrita del ejercicio de la opinión: ¿Habrán  tenido en cuenta los celadores del 259 que los tentáculos del marabú no se rinden como la hierba bruja? ¿Habrán considerado que los recursos y los aperos no han abundado, y tampoco la experiencia? ¿Se agotaron acaso los medios políticos y técnicos para persuadir y alentar?

Las preguntas tal vez sobren. Pero no ha de sobrar el que intentemos fundir una campana de transparencia y creatividad para desamarrar las fuerzas productivas, de modo que ninguno de nosotros –principalmente los que administran o dirigen- en vez de comprender, no quiera oír dudas, preocupaciones, necesidades. Le temo, en efecto, al prejuicio. Principalmente a los míos. Pero el vivir me ha confirmado que es más fácil quitar que dar… ánimo y ayuda, además de tierra. Por tantos años creyendo como única solución válida la agricultura extensiva en enormes empresas estatales, a veces dudo de que todos comprendamos la urgencia actual de que el hombre vinculado a unas varas de tierra, dependiendo de su tesón y laboriosidad y recibiendo directamente el provecho del trabajo, será más productivo que un asalariado.

Según la enseñanza del acontecer, tesón y laboriosidad son virtudes que exigen cubrirse con el “aniego” de la confianza, la comprensión, y con reglas legales cada vez más amplias y con esquemas más hábiles de distribución, para que el usufructuario de la tierra llegue a creer en lo que es: un trabajador imprescindible.

Habrá, pues, que oír atendiendo a lo que se oye. O la tierra pedirá cuentas un día por haberse usado para terminar como tierra baldía. No lo dudo: lo que legitimará nuestra obra es la remisión del error; no su persistencia.