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PATRIA Y HUMANIDAD

ASCENSO POLÍTICO DE LA COMUNIDAD CUBANA

ASCENSO POLÍTICO DE LA COMUNIDAD CUBANA

Por Lorenzo Gonzalo,

periodista cubano radicado en Miami

Desde la década de 1980, las personas de origen cubano en Miami comenzaron a ocupar espacios importantes en la política de Estados Unidos. Aquello respondió a un plan del entonces Presidente Ronald Reagan para darle una nueva cara a la política agresiva de Washington hacia Cuba. A partir de entonces, aun cuando clandestinamente continuaron apoyando y facilitando el trabajo sucio de los terroristas de origen cubano, quedó transformado el método de agresión, sustituyéndolo por la aprobación de leyes y estrategias que “supuestamente partían del sentir de los cubanos amantes de su país”.

Esos “cubanos amantes de su país”, quienes no eran más que hijos de gente revanchista con mucho odio en el alma, serían desde entonces las mejores pruebas para sustentar las políticas agresivas de la Casa Blanca. La injerencia de Washington en los asuntos internos de Cuba quedó justificada como algo que provenía de los propios cubanos “exiliados”. En realidad esos “exiliados” son un grupo proveniente de las antiguas familias asociadas al régimen dictatorial que rompió el ritmo institucional cubano en 1952, quienes fueron elevados a la categoría de dirigentes del Congreso y el Senado de Estados Unidos. Algunas personas, ajenas a los sucesos de aquella etapa, se sumaron por diversos motivos a la política de los herederos del golpe constitucional que violó el ritmo electoral cubano. Unos lo hicieron por miedo, otros por temor a las represalias laborales y no faltaron muchos que actuaron por oportunismo, convirtiendo esa actitud en un modus vivendi,  o quienes abochornados con ellos mismos, por no haber sido capaces de reclamar y decir sus puntos de vista mientras vivían en Cuba, desarrollaron una formación reactiva.

La carta de presentación para aspirar a un puesto político en Miami ha consistido desde entonces en presentar una leyenda que hable del “exilio” o que muestre una historieta de “luchador anticastrista”, y otras sandeces semejantes. En esto consistió el estilo para captar el voto de los afines, el de los incrédulos y sobre todo del emigrado promedio que deseaba regresar a Cuba o al menos visitar su país sin restricciones, como cualquier otro emigrado del mundo que vive en el Hemisferio Occidental.

El factor migratorio, especialmente el de los cubanos, ha sido decisivo para el sostenimiento de ese grupo de personas que ostentan cargos en Estados Unidos, amparados en un discurso agresivo en contra del gobierno cubano. Un factor que ha contribuido fuertemente a sostener la consistencia del voto de los emigrados cubanos a favor de esas personas, ha sido la lentitud de una reforma migratoria en Cuba, que responda a estos nuevos tiempos, en los cuales la agresión directa practicada unas décadas atrás por Estados Unidos, ha sido sustituida por una estrategia sutil, consistente en apoyar con dinero y recursos provenientes de Washington, a una supuesta “oposición cubana”.

La desaparición generacional paulatina de quienes violaron la Constitución cubana en 1952, no ha dado por resultado un cambio sustancial de la actitud de muchos, porque aún se mantienen por parte del gobierno cubano las restricciones que impiden a los emigrados ejercitar las mismas prácticas migratorias generales que disfrutan las demás comunidades. Esto ocasiona en ellos un sentimiento de no pertenencia, que los aleja de los aspectos políticos de su país.

En resumen podemos decir que el debate de hoy se concentra en la política migratoria, esencialmente en el trato que reciben los cubanos emigrados por parte de Estados Unidos y de Cuba.  En ese sentido, la propaganda inclina la balanza hacia Estados Unidos. El gobierno de Obama ha puesto en vigor las mismas restricciones antes de la era de Clinton, ha eliminado aquellas establecidas por el gobierno de Bush y ha suavizado muchas de las existentes a principios de los años noventa. Como consecuencia, los emigrados asumen esas disposiciones como una relajación de la política de Estados Unidos hacia Cuba, mientras el gobierno cubano continúa sin reconocerles ciertos beneficios que, por razones de nacionalidad, constituyen un derecho para el resto de los ciudadanos del Hemisferio.

 En las contiendas electorales del Estados de La Florida, lejos de debilitarse, se siguen fortaleciendo los candidatos cubanos que mantienen este tipo de mentalidad. El último de los mohicanos es Marco Rubio, senador por el Estado de La Florida. La escalada del proceso que ha llevado a ese sector a altos cargos públicos, se ha hecho tan evidente en este caso porque el Senador ha llegado a ser considerado incluso como posible candidato presidencial. Cosa insólita para una maquinaria que comenzó hace a penas 25 años. Los mexicanos, llamados chicanos, con doscientos años de historia no tienen un símil semejante.

En relación a este Senador, se ha destapado últimamente un escándalo en los corrillos chismográficos que definen la política electorera de partidos. Resulta que para adornar su imagen se autodefinió en su minibiografía como un candidato “exiliado”, “luchador anticastrista” y bla, bla, bla… Lo mismo de siempre. Pero resulta que el personaje es hijo de padres que emigraron a Estados Unidos en 1956, año en que el proceso revolucionario aún no había llegado al poder.

Otro problema que quieren crearle al “flamante Senador” es que sectores racistas y anti inmigrantes, aducen que para ser ciudadanos con derecho a aspirar a la presidencia del país, debe ser hijo de hijos de inmigrantes, o sea segunda generación, cuestión que no está claramente establecida constitucionalmente. Pero lo importante del tema es poner en conocimiento público, hasta dónde llega la comedia trágica de los candidatos de origen cubano que aspiran a cargos públicos en Estados Unidos, quienes deben enarbolar, como trofeo para la contienda, ser los representantes de un tercer país. Esta actitud tiene mucho que ver con el mecanismo que hizo posible el milagro que les permitió ocupar esos cargos.

A estas alturas del derrumbamiento de la URSS, esta tragicomedia política debió haberse desvanecido y otras etnias u otros cubanos, con mentalidades enfocadas en los asuntos nacionales de Estados Unidos, debían haber desplazado a este tipo de políticos. Pero mientras el tema cubano pueda ser sustentado como credencial para llegar a ocupar altos cargos de gobierno en Estados Unidos, prometiéndoles a los emigrados de Miami su regreso y el acceso a la nación común, la convocatoria al voto se inclinará a favor del odio y la revancha que albergan los discursos de estos candidatos.

 

El Nudo Gordiano en este sentido, se rompe en Cuba. En tanto la política migratoria practicada por el gobierno no cambie, la mayoría del cubano será influenciado por estas personas predicadoras de odio y serán de gran peso a la hora de inclinar la balanza del voto electoral en el sur de La Florida. El cubano que decidió vivir fuera de su país, por la razón que fuera, consciente o inconscientemente, piensa que es considerado enemigo de Cuba o en el mejor de los casos, se siente ajeno a la Nación que le dio su cultura y el alma esencial del sentimiento.

Washington y sus apologistas han utilizado maravillosamente ese resquicio. La esencia de sus discursos, desde que les entregaron el poder del estado de La Florida a estas personas, ha consistido en ofrecerle a estos emigrados el regreso “al país perdido”. Tampoco han escaseado momentos en que estos emigrados cubanos son comparados con los de otros países con la malvada intención de levantarles un sentimiento de bochorno. La correlación migratoria entre ambos países es el factor más importante que explica en gran medida, la supervivencia de la descabellada política del bloqueo, condenado todos los años por la comunidad internacional que integra la Organización de Naciones Unidas.

Por lo pronto, la farándula política del Senador Marco Rubio inclina a pensar que sus padres huyeron de la dictadura de Batista en 1956 y que en el mejor de los casos proviene de una familia de “fidelistas arrepentidos”.

 

DÍA DE CICLÓN

DÍA DE CICLÓN

Por Luis Sexto

Crónica

Mientras las noticias muestran las cartas meteorológicas cruzadas por sucesivos, diversos y probables destinos para el primer ciclón del año, el ómnibus me deja en el sitio donde los Puentes Grandes terminan y la Calzada Real se bifurca con la acrobacia de casi siempre. 

Los siglos invocan en este barrio los preliminares vahos de la colonia. Aquí se asentó la Villa de San Cristóbal de La Habana  por segunda vez antes de saltar más al norte, junto a  los labios recoletos de la bahía. El agua de los ríos se podía beber. Ahora, bajo las cabriolas del Almendares, ya no se enjuagan los pañales de la Chorrera en los turbios reflejos de los tejados y las coloniales mamposterías. Se huele la contaminación del papel y la cerveza.

Me inclino sobre la baranda del puente mayor. Y no me excuso de evocar a las Borrero, familia de poetas, cuya casona se alzaba en el campestre poblado, tan cerca de La Habana para acudir en las urgencias y tan lejano como para guarecerse de las intrigas y miramientos de la ciudad. Por las rendijas aparece Juanita, tal vez, entre las hijas de don Esteban, la más sensitiva, trascendente en sus poemas y dibujos, prematuramente muerta y  enamorada del empedrado que recorrerá Julián del Casal descorchando agrios versos. Y el poeta, que para pagar comida y habitación dejaba en su buhardilla imágenes modernistas y japonerías celestes y se aplicaba a prosas de periódicos, escribirá del Conde Barreto, cuando en sus crónicas sobre la sociedad habanera se refiera a esa familia cuyo fundador murió en Puentes Grandes y el cadáver parecía ser velado en la casa palaciega de la calle de los Oficios en La Habana. Cuando los peones alzaron el féretro para enterrarlo en la iglesia del Espíritu Santo, lo notaron muy pesado: dentro solo había piedras…

Todavía durante los años primeros de la década de 1960, ante las ruinas de la casa solariega de Jacinto Tomás Barreto y Pedroso, dos perros de bronce, réplicas de su jauría negrera,  intentaban ahuyentar las memorias de la tormenta a cuyo impulso este noble de título, y cruel de actos, según los anales, emprendió una ruta aún secreta en la precaria chalupa de su ataúd, cuando el agua represada rompió los puentes y arrumbó casas y enseres en la noche aciclonada del 21 de junio de 1791.  Este meteoro se recuerda como el temporal de Barreto. Porque todo para que exista necesita un nombre, aunque no tenga tumba, ni lápida, ni estadísticas.

Dónde, podríamos preguntar, pondrán las cruces de sus víctimas los huracanes, los vientos plataneros, o los rabos de nube que de improviso se despiertan y alteran el curso cansino de los poblados o el ritmo atarantado de las ciudades. Veteranas de tantos ciclones, las  tierras fragmentadas del Caribe nos han legado necrologías patéticas, páginas horrísonas como en el Diario de Colón, primer asiento, inaugural modelo de un parte meteorológico. A qué feudo del diablo habré llegado, tendrá que haber dicho el Almirante, ciscado entre las aspas revueltas del huracán que describe el “Descubridor” en su bitácora.

Los partes por venir serán más técnicos, sobrios, impersonales. Pero en alguna madrugada oscura, la voz humedecida de un locutor llegará a los radiorreceptores de orejas en un texto catastrófico que informará sobre este o aquel pueblo y dirá con la precisión fotográfica de una imagen de Martí: “Ruina es hoy, lo que ayer era flor”.

Miro arriba sin que la filosa luz me obligue a poner la mano sobre los ojos. “Es luz fúnebre y sombría, / que no es de noche ni de día”, describe José María Heredia el huracán. Se acerca el ciclón y ya, para su llegada, no tendré que evocar aquel temporal indocumentado en el viejo patio de Barreto. Oiré crujir paredes y techos. Veré la ciudad como humeando por la lluvia. El poeta Luis Lorente nos los recordará más tarde: “Tú no viste a la noche consumarse/ ni al pino dar, contra el balcón, furioso,/ (…) todos se habían ido, / Cuba desierta, delirando afuera”.

 

 

SIN CARETAS…

SIN CARETAS…

 

 

 

Los tiburones también mueren por la boca

 El argumento estaba previsto aun por el menos avisado de los presentes en el plenario de Naciones Unidas, el 25 de octubre, cuando se sometía a votación por vigésima vez consecutiva, una resolución sobre el bloqueo de los Estados Unidos a Cuba: El embargo de Washington a La Habana “es un asunto bilateral que no concierne a la Asamblea”. Eso dijo Ronald Godard.

Hace rato que el cinismo es un componente de la política exterior de los Estados Unidos. Los poderosos suelen jugar con sus víctimas. Cualquiera habría preguntado: ¿Y por qué entonces hay leyes –La Torricelli y la Helm-Burton-que prevén sanciones contra barcos  extranjeros que toquen puertos cubanos y para empresarios de otros países que inviertan en Cuba?

La noche del 25 de octubre, Telesur reprodujo unas imágenes de la CBS en las que aparece Hillary Clinton,  la Dama de Hielo de la diplomacia norteamericana. La señora Clinton, remedando el llegué, vi, vencí, del romano Julio César dijo ante varios interlocutores que ella había venido a Libia, vio y él murió, refiriéndose a Gadafi ya asesinado. Una estruendosa carcajada, incluso de la finísima secretaria de Estado, cerró la escena, no preparada para filmarse, pero la CBS la grabó y trasmitió. Unos días antes había dicho en Trípoli: Estados Unidos quiere vivo o muerto a Gadafi.

El presidente Barack Obama asistió el 25 de octubre al programa de Jay Leno, comediante anfitrión de programa de entrevistas The Tonight Show de la cadena NBC, en Burbank, California.

El presidente argumentó que al formar una amplia alianza internacional de naciones europeas y árabes contra Gadafi, Estados Unidos salvó vidas de estadounidenses y dinero, además de lograr su objetivo. "Ni un solo soldado estadounidense estuvo en el terreno", dijo. "Ni un solo soldado estadounidense murió o resultó herido, y eso, considero, es una receta para el éxito en el futuro".

Obama reflexionó sobre el significado de la muerte de Gadafi, una muerte horrible y caótica grabada en video para que todo el mundo lo viera. El presidente argumentó que Gadafi había tenido una oportunidad para permitir que Libia se moviera pacíficamente hacia la democracia. "No lo hizo", dijo Obama y "obviamente uno nunca quiere ver a nadie tener el tipo de fin que Gadafi tuvo, pero pienso que esto envía un fuerte mensaje a los dictadores en el mundo de que la gente en el largo plazo será libre, y que ellos necesitan respetar los derechos humanos y las aspiraciones universales de las personas".

Lástima que el presidente afroamericano considere al dinero más importante que las víctimas libias. En algo Obama aventaja a Bush, hijo: es más inteligente; en lo demás, ambos  son cuadros políticos de la plutocracia que gobierna a los Estados Unidos y quiere dominar el planeta. Sería ofender a Maquiavelo, fundador de la teoría política, si citáramos su célebre frase: El fin justifica los medios.¿Y cómo se llama eso en lenguaje humano, es decir, en lenguaje no político de mala política?

 

 

 

¿BOMBARDEROS, VEHÍCULOS DE DIOS?

¿BOMBARDEROS, VEHÍCULOS DE DIOS?

Por Luis Sexto

A qué dios rezó Anthony Blair antes de empujar a Gran Bretaña hacia la alcantarilla sangrienta de  Irak acompañando a los Estados Unidos, y a cuál oró el  primer ministro que lo ha reemplazado para alinearse en las escuadras de la OTAN que bombardearon humanitariamente a Libia, para salvar de la muerte  probable a civiles sin nombre con la muerte cierta de otros civiles. Y a cuál dios levantó sus ojos George W. Bush antes de legitimar los ficticios pretextos de la guerra contra el primitivo asiento del Paraíso Terrenal. Y a cuál consultó Obama antes de ofrecer una recompensa enorme por Gadafi vivo o muerto, y cuál es el dios de Sarkozy o de Berlusconi, inscritos ambos en la destrucción de Libia.

Todos estos jerarcas alguna vez han confesado y podrían ahora aceptar, que han pedido al Cielo inspiración o se han sentido inspirados, como buscando la justificación ética ante hechos que por las secuela de víctimas y ruinas y por los orígenes geopolíticos fraudulentos, les pueden desgastar su reputación y sus pretendidos derechos como hombres de Estado, como líderes de los países más poderosos  de Occidente. Y en algún momento convertir sus memorias en un cuento de malabaristas o en una pesadilla.

Tal vez  haya que estar de acuerdo en que el Hombre a veces hace a Dios a su medida: lo rebaja, lo minimiza, lo pone a liderar los intereses y las causas que  escuecen y movilizan a los individuos de nuestra especie.  En el decurso de la historia, naciones repletas de ambiciones coloniales se acometieron mutuamente en nombre de Dios. Y en estos días Lo hemos visto  trocado en un plato de alta cocina bélica: bajo o alto de sal, frito o asado, a la norteamericana o a la inglesa, incluso  a la francesa e italiana, interviniendo allí donde los problemas internos de repúblicas y reinos deben ser resueltos internamente, salvo que la derrota de una de las partes convenga a los intereses económicos de los Goliath del presente. ¿Es acaso ofensivo decir que  la cueva de ladrones que una vez fue el templo de Jerusalén se ha extendido al mundo de los países poderosos?

Dios, entre otros atributos, parece ser tolerante. Permite que Lo intenten confundir. Aceptemos esta evidencia: el Dios de unos no puede ser igual al Dios de otros. He querido meditar en el asunto desde el reducto íntimo, intransferible de la fe. Y he concluido que, en efecto, un creyente convierte por momentos a Dios en un fetiche. Ciertos teólogos enseñan que a Él no se le puede pedir nada que “sea inferior a Él mismo”, y mucho menos algo que se oponga a su esencia. Y es así cuando Dios, en vez de una presencia objetiva en la conciencia del creyente, se transforma  en una ilusión, en un mágico accesorio.

Eso es lo sabido. Y hemos de sostenerlo considerando que la contradicción parece ser  una de las fuentes de la verdad de Dios. Pero más difícil de interpretar que las paradojas divinas, es el silencio de Dios. El silencio de los hombres -conspiración que oculta, anula- posee una contabilidad inexorable; llegada a su cuenta definitiva, nada permanece detrás del sol.  La epifanía de la verdad negada por los hombres, o por ciertos hombres, se revela  en una explosión vindicadora, un desajuste de las paredes entre las cuales pervivió la deshonra. Nerón, Napoleón, Hitler, Stalin, Franco, Pinochet,  Sharon, Olmet... ¿Quién más? Bush,  Blair, Cameron, Obama. Ah, Obama. Cuánta ingenuidad en aquellos que, dentro de los Estados Unidos y también en el exterior, concibieron una diferencia entre un presidente blanco y uno de origen afroamericano. Si la perversidad distingue al racismo al intentar establecer una diferencia a favor del blanco, la ingenuidad caracteriza a los que puedan creer que un presidente negro puede ser mejor que uno blanco, al menos en los Estados Unidos. Es cierto que el negro ha sido víctima de siglos de crueldad y discriminación. Pero, racional y naturalmente,, el color nada significa  en lo físico, ni en lo intelectual ni en lo moral. Obama, negro, ha actuado como actuó su predecesor blanco en la Casa Blanca. Ambos, aparte de la natural diferencia en la carga de melanina de su piel, se han comportado como instrumentos de los intereses imperialistas de su país. No fueron elegidos para hacer justicia al pobre,  para defender la paz del planeta, sino para preservar la hegemonía norteamericana, a costa de la destrucción y la muerte de los que estorban “el destino manifiesto” de los Estados Unidos de Norteamérica, esa Norteamérica la hermosa, que dijera Mary Mac Carthy, y cuya verdadera faz consiste en las escotillas abiertas de los bombarderos no tripulados. 

Hay más, desde luego; más nombres que renombran etapas tenebrosas de la historia de ayer y de hoy, invocando o negando a Dios, pero convertidos en enemigos del Hombre, envueltos entre  cortinas impenetrables y que, como la del templo de Jerusalén, se rasgarán un viernes santo de la ira del pueblo. Comte y luego Stuar Mill y Nieztche han hablado del culto a la Humanidad, de una religión del Hombre. El cristianismo es también eso: una religión del Hombre. O qué es, si no, el mandamiento del amor, ese amar incluso a tus enemigos, ese mandato que está por encima de ideologías, partido, talentos, profesiones, riquezas. Jesús pregunta en una parábola: ¿quien fue el prójimo del viajero robado y herido: los que pasaron junto a él esquivándolo o el samaritano –ese apestado de entonces- que lo curó y lo llevó a posada segura y pagó los gastos? Ahí está la definición, la imagen focal de la religión del Hombre que parte de Dios -de la “idea del Bien” según el cubano José Martí- y llega a la Humanidad. Qué pintor nos la coloreará con la misma sutiliza de Leonardo en su enigmática Monna Lisa. El samaritano inclinado sobre el hombre atacado. ¿Podrá expresarse la llamada religión del Hombre con trazos superiores?

 Ante quienes invocan a Dios pidiendo luz antes de acometer la matanza; ante quienes claman asistencia celestial para defender intereses terrenos de orgías petroleras, o de geopolítica imperial, el cristiano –sea católico-romano, protestante tardío, episcopal o mezclado en la New Age- no ha de permitir que lo confundan. Ya el Dios del Antiguo Testamento no promete, a pueblos mesiánicos, tierras ocupadas por otros pueblos. Ya no pide sacrificios de sangre. Ni considera justo el ojo por ojo, ni la esclavitud del hermano, incluso del enemigo, ni el apedreamiento de la adúltera. ¿Alguna vez verdaderamente los pidió, o legitimo esas reglas mechadas de odio y venganza?  La Biblia narra una escena que parece desmentir a ese Dios terrible del judaísmo más acérrimo. Cuando Yahvé exigió a Abraham el sacrificio de Isaac, su único, añorado hijo de la vejez, y el patriarca obedeció por fe y confianza en el Altísimo, Dios no permitió que el anciano asestara la puñalada sobre el cuerpo del joven antes de calcinarlo en la pira del sacrificio. Detuvo la mano temblorosa del padre según la sangre. No podía ser posible que Dios pidiera una ofrenda que iba contra su designio de amor.

Por ello, juzgando la religiosidad que a veces se introduce en la mala política para justificarla, habrá que aceptar, en cualquier circunstancia, que Dios en vez de alentar, condonar, las decisiones de Bush y Blair, de Obama y Sarkozy, y otros personajillos de la ambición y la rapiña, las condena, porque van contra Él.  Estas cabezas hoy visibles no rezan al mismo Dios en el que creen los cristianos, o los no cristianos. Quizás crean en un idolillo de oro, rey en un reino de zapatillas, aire acondicionado, cadillacs y cocaína.




 

 

TOCANDO EL CIELO CON LOS OJOS… Y LOS OÍDOS

TOCANDO EL CIELO CON LOS OJOS… Y LOS OÍDOS

Por Luis Sexto

Un nuevo libro del poeta Luis Lorente, presentado el 22 de octubre, en la Unión de Escritores y Artistas.

Me propongo definir la poesía desde la plástica. Quizás sea una decisión caprichosa, arbitraria. Porque uno tendrá que partir preguntándose si los ojos son primordiales en el poeta. Y al leer El cielo de tu boca he de aceptar que,  en Luis Lorente, el sentido más aguzado es la vista. Lorente  es un poeta del mirar. Sus poemas son como óleos y acuarelas, figurativos cuadros de la vida cotidiana donde el poeta saca los brazos  desde las aguas verdiazules u oscuras de unos ojos, los suyos o los ajenos.

No es primera vez que comento un libro de Luis Lorente, nacido en Cárdenas en 1948.  Ahora, con el sello de Ediciones Matanzas, recién ha salido de la imprenta El cielo de tu boca, un volumen de 82 páginas útiles que confirma que  el autor es un poeta visual. ¿Solo visual? Lo pregunto,  porque un ser humano solo con ojos puede andar, pero un poeta con ojos y sin oído no debiera caminar mucho entre la luz y el sonido del cosmos poético. Sí, en efecto. Corrijamos la percepción primera y digamos que si Luis Lorente compone sus poemas como si pintara,  también los escribe como si los oyera en un pentagrama. Es decir, los poemas de El cielo de tu boca, como de los anteriores libros - Más horribles que yo, o Esta tarde llegando la noche, y la reciente antología titulada  Fábula lluvia - suenan, incluso bailan, en el verso libre, o en el poema polimétrico, o en la forma del soneto, catorce versos en que Lorente sobresale con especial distinción.

Lorente conoce la raíz de la poesía: la magia, el exorcismo  y la armonía. Sus  poemas son cuadros con sonido y ritmo, color y musicalidad que conducen al lector a través de historias plenas de añoranzas, fantasmal  exaltación de lo vivido y sobre todo de lo visto. No por descuido, en  El cielo de tu boca se repiten palabras como ojos, miraluz, noche, penumbra, es decir, términos cargados del sentido de lo que se vive nuevamente viéndolo en la evocación brumosa y a la vez iluminada del poema. Tal vez deba ilustrar mi opinión. Por ejemplo, veamos estos versos: En un sillón de mimbre que Rosario/ heredara de su abuela, las patas como brazos/cruzados sobre el pecho, con altivez, el perro/ posa, sabiendo que disfruta de holgados privilegios/ y aspira los olores del mundo en bancarrota/alzando  la nariz profusa y aguileña. Evidentemente, un retrato, una descripción pictórica e historiada en que  el poeta renuncia a la síntesis conceptual.

 El lector encontrará en  El cielo de tu boca un mundo habitual. El mundo del hombre que vive, y ve y oye el peso de la vida que termina o se frustra y lo lamenta muy sugestivamente al decir: No conspira mi voz estrangulada/ por un vuelo de cuervos en acecho, / sus demencias persisten en el techo, / no han saciado su sed desaforada. Una flecha de cuervos trasnochada/ con desprecio me hiere todo el pecho, / toman mi sangre y comen mi deshecho, / antes de huir en flecha avergonzada. / Los cuervos no sabrán nunca qué han hecho. / si por fin me arruinaron la mirada/ y mi camino es un camino estrecho/ donde no clamará mi voz callada/ que perdió desde anoche su derecho,/ recuperar su vida abandonada…

He repetido  la lectura de ese libro, que no se entrega sumisamente por la vista, aunque le sea consustancial; precisa también de los oídos. Y vuelvo a plantarme sobre criterios anteriores. Luis Lorente es uno de los poetas que, en Cuba, esquiva la tendencia a picar líneas de prosa para travestirlas en renglones cortos, como sucedáneos de versos que solo suenan con la opacidad del falso metal, pues les falta a muchos la cadencia, esa singularidad poética que a veces, según Borges,  influye más en la atmósfera de un poema que la propia palabra.  Y si a pesar de ello, los que se arrogan la función de dictar el canon,  pasan por alto la obra de Lorente, puede considerarse como una natural incapacidad o un tendencioso interés grupal del que juzga y ensalza prestigios inmerecidos.

La poesía del autor de El cielo de tu boca, sin clamar por aplausos, ni inquietarse por la moda, seguirá  llamando la atención de quien tenga, sobre todo,  ojos y oídos.

EL VIEJO OESTE

EL VIEJO OESTE

Por Luis Sexto

Apostillas de un ciudadano ingenuo

Hace muy pocos días, la secretaria de Estado Hillary Clinton dijo en Trípoli que  los Estados Unidos quería vivo o muerto a Gadafi.  De ser honrado, cualquier ciudadano de este mundo tan poco honrado, y conocedor  de los Westerns, no podría eludir la espontánea asociación entre las declaraciones de la “rubia de hielo” de la diplomacia norteamericana, con  las empresas  que en el siglo XIX  mataban granjeros que no querían vender  sus fincas situadas en medio del trazado del ferrocarril, o con la West Fargo que, asediada por los delincuentes de a caballo, ofrecía recompensas por su captura: vivos o muertos.

Más o menos,  puede decirse que la política exterior norteamericana es como una prolongación de las normas y usos del viejo oeste. Primeramente, si Gadafi no quiso irse por medios propios, pues tal como los geófagos y empresarios del Oeste, la Casa blanca colgó  letreros de “se busca vivo o muerto”. Y así, la OTAN, esa banda auxiliar de Washington, bombardeó a Libia, presentando como pretexto, a pesar de violar la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que sus aviones echaban humanitarias bombas sobre Trípoli y otras ciudades para defender a los civiles que Gadafi reprimía o torturaba. Claro, los civiles caídos bajo las bombas, esos, esos no eran civiles, según la prensa millonaria que suele legitimar, con sus versiones tendenciosas o francamente mentirosas, la expansión del capital y la recolonización del planeta.

A principios del siglo XX, el Generalísimo Máximo Gómez, apuntó en su Diario que si el gobierno de los Estados Unidos no cumplía su promesa de dar la independencia a Cuba, no dejarían entre los cubanos ni un adarme de simpatía. Dieron, sí, una independencia limitada, anudada a una enmienda constitucional que le entregaba todos los derechos a Washington. Y se fueron los norteamericanos sin dejar un adarme de simpatía en Cuba, aunque dejaron a los anexionistas de siempre, los padres de los que hoy se babean ante  una de las sociedades más represivas del orbe, a pesar de que  la libertad de consumo pinte el espejismo de la libertad y la democracia. Entre paréntesis digamos que si se dice que en Cuba no hay democracia, porque solo existe un solo partido, qué podríamos decir de los Estados Unidos donde solo dos se turnan en el gobierno, y las guerras que comienzan los demócratas, las continúan los republicanos y viceversa. Quiero decir, en suma, que el origen de la Revolución cubana respira en aquella Enmienda Platt, en aquella voracidad imperialista que se apoderó de las principales riquezas de Cuba.

Volviendo al tema central, me parece que de continuar en la vieja práctica de los “sherifes” del viejo oeste, a los Estados Unidos, no obstante toda su riqueza, que evidentemente se amengua, pronto no les quedará ni un adarme de simpatía en el mundo. Las declaraciones de sus funcionarios no emplean el lenguaje de la política; más bien es la jerga del matonismo de barrio gangsteril: queremos a Gadafi vivo o muerto. A qué punto de la historia hemos llegado, a qué desarrollo de la civilización si cada vez la vida humana vale menos en el Tercer Mundo, saqueado y bombardeado por las potencias dominantes.

En Dios confiamos, dicen, me parece, los dólares norteamericanos. Pero el problema está en que no sabemos cuál es el dios de las corporaciones, los millonarios y sus representantes en el gobierno y el congreso. Puede ser el dinero. Porque no creo que sea el Dios único y personal de los judíos y luego de los cristianos, y del Islam, ese Dios que condena el derramamiento de sangre y que, tal vez, un día, intervenga de manera más directa en la Historia y la correlación de fuerza gire a favor de los oprimidos, y a las bienaventuranzas del Evangelio se añada una nueva: Bienaventurados los pobres bombardeados por la OTAN y los Estados Unidos, porque un día hallarán la justicia de Abel. No sé si digo un disparate, pero a Hitler con su doctrina y su obra de horror, le pasó algo así.

Una vez dije, en este mismo espacio, que yo no era gadafista ni antigadafista. Solo soy anticochino. Es decir, me opongo a la injerencia del poderoso en los países débiles; me opongo a que unos pocos posean la riqueza que pertenecen a todos; me opongo a que la mentira adquiera el certificado de verdad por las palabras de medios cuyas informaciones justifican el intervencionismo y la guerra y no son desmentidas, porque en los países que hoy representan a la paz romana, las transnacionales de la distribución no les ceden espacio a otras versiones, en los canales de circulación. La libertad de prensa es allí solo libertad de impresión, nunca libertad de circulación para las voces oprimidas.

Gadafi ha muerto. Y la Clinton debe de haber ascendido en el criterio de la Casa Blanca: tres días después de llevar a Trípoli el recado de la voluntad de su gobierno, que pasa por bueno en la cara ingenua y el discurso culto de su presidente, dicen que Gadafi ha muerto. Si es así, que Dios, que el Gadafi llamaba Alá, lo perdone. Que lo perdone por haberle pagado a Sarkozy y Berlusconi sus campañas electoreras, que lo perdone por haberle entregado el petróleo a Francia, que lo perdone por haber olvidado que cuando el revolucionario deja de serlo, deja también de ser creíble y fuerte.

¿Y  perdonará Dios  a los que han convertido en ruina a Libia? Dios es inescrutable. Pero no sordo, ni ciego. Tampoco es ciega su Iglesia, que es también mi Iglesia y la de tantos millones de seres humanos. Mas, dónde está la Iglesia  de Roma, la en un tiempo perseguida, que no oye ni ve.  

 

DESDE LIBERTY PLAZA: OCUPAR LA MEMORIA

DESDE LIBERTY PLAZA: OCUPAR LA MEMORIA

 

Por Víctor Casaus, Poeta y narrador cubano

 

 

 

 

 

La pupila de un cubano en Nueva York

 

Los participantes en este movimiento insólito, indefinible y esperanzador llevan un mes ocupando un espacio que antes se llamó Liberty Park, en los alrededores de Wall Street, años después recibió otro nombre y ahora ha sido rebautizado por estos nuevos pobladores entusiastas con el viejo-nuevo nombre de Liberty Plaza.

Llegar allí, en la parte baja de Manhattan, en esta ciudad alucinante y dura, vertiginosa y muchas veces insensible, me hizo recordar al momento a un puertorriqueño-cubano, exiliado en dos ocasiones en Nueva York en la década del 30 del pasado siglo, quien partió desde allí a su destino final en las filas de los defensores de Madrid, donde encontró la muerte el 19 de diciembre de 1936, siendo comisario de una brigada republicana comandada por Valentín González, El Campesino.

Pablo de la Torriente Brau decidió, en unas de estas plazas concurridas y simbólicas de Nueva York  –Time Square– marchar a la guerra civil española. Lo contó en una carta con esta frase memorable y entusiasmada: “He tenido una idea maravillosa. Me voy a España, a la revolución española…La idea ha incendiado mi imaginación…” Pablo tomó esa decisión en medio de una demostración a favor de la república española convocada por los sectores radicales y de izquierda de entonces y las múltiples organizaciones latinoamericanas que existían en el Nueva York de la época, una de ellas fundada precisamente por Pablo, Raúl Roa y otros amigos y compañeros de lucha con el nombre de Club José Martí.

Recuerdo ahora a Pablo aquí en Liberty Plaza porque él estaría seguramente en este espacio de confrontación y dignidad, sentado frente a una computadora de nuestros tiempos o arengando, sin micrófono, a los participantes en las asambleas generales que se realizan todo los días, a la caída de la tarde, en este lugar. Lo haría sin micrófono, como estos jóvenes que ahora gritan sus opiniones y propuestas, sus criterios y ensoñaciones a la compacta multitud que los escucha. Las autoridades no han dado permiso para que se utilicen equipos de amplificación de sonido de ningún tipo, con el pretexto de que esos recursos alterarían el ambiente de esta ciudad ya de por sí eléctrica y ruidosa. Los que participan en este movimiento llamado Occupy Wall Street han encontrado solución al problema generado por la negativa de la policía y el gobierno de la ciudad: utilizan lo que llaman el micrófono del pueblo (the people’s microphone). El método es sencillo y antiguo, pero lo han hecho reverdecer en esta era y este país de formidable e implacable exuberancia tecnológica: el orador lanza una frase al aire, un pequeño coro de unas diez personas a su lado lo repite y esa frase va viajando de boca en oído hasta el fondo de la Plaza.

Recuerdo nuevamente a Pablo aquí en Liberty Plaza escuchando a los oradores de esta asamblea general, porque él polemizó en una noche memorable con los enemigos franquistas del Parapeto de la Muerte, junto al pueblo de Buitrago del Lozoya, 70 kilómetros al norte de Madrid, a donde habían llegado las fuerzas golpistas en su camino hacia la capital. Nunca lograron avanzar por esa vía. Fueron detenidos en aquel punto, en el que era defendida el agua de Madrid –proveniente de los embalses generosos del Lozoya– por los improvisados y valerosos milicianos entre los que se encontraba el corresponsal de la revista New Masses de Nueva York y El Machete de México, que trajo su palabra, desde América, para los “camaradas fascistas” de las trincheras enemigas, desde la Peña del Alemán, una noche clara de octubre de 1936. Y Pablo lo hizo también entonces con “el micrófono del pueblo”, bajo la noche lunar de Buitrago, desde una plaza de la libertad que nunca fue tomada.

Los integrantes de Occupy Wall Street utilizan ahora, sobre todo, los múltiples caminos que proporcionan las nuevas tecnologías de comunicación. Desde esta plaza han salido los miles de correos electrónicos, comentarios, mensajes, llamamientos que han difundido la poética y la política de esta acción en cada rincón de Estados Unidos… y en muchos lugares del mundo. Por eso hoy existen más de 700 sitios como este cercano a Wall Street en diversos lugares del país, caracterizados por la presencia de bolsas de dormir, carteles hechos a mano, pequeños stands armados sobre una manta, en el piso, donde se anuncia que allí está reunida una representación del 99% del país, el que no pertenece al 1% restante que detenta y acrecienta día a día su riqueza material, en detrimento de esa amplísima mayoría silenciosa que ha reencontrado por el momento su voz en estas ocupaciones sorprendentes y emocionantes que se reproducen hoy en diversas ciudades del mundo.

Pero también estos activistas que expresan su descontento con la estructura económica, política y social del país han utilizado el canal conocido de las publicaciones impresas. Por eso tengo frente a mí ahora este ejemplar de The Occupied Wall Street Journal, editado y distribjuido por ellos y ellas, que anuncia en su primera página: “La revolución comienza en casa”. El título de la publicación, un periódico de cuatro amplias páginas (mucho más grandes que los diarios habituales) es ejemplo de dos elementos que están presentes en muchas de esas acciones –y que también me recuerdan, por supuesto, a Pablo de la Torriente Brau–: el humor y la ironía. Con la palabra intercalada en rojo (Occupied) los activistas han hecho una apropiación del título del periódico ultraconservador, insignia y vocero del 1%.

En sus páginas centrales se incluyen sus opiniones sobre Por qué ocupamos.  Estas son algunas de ellas.

Porque las empresas que no pagaron impuestos y fueron rescatadas por el gobierno están destruyendo nuestra economía. @asucunt.

Mi hija merece un futuro mejor. @jstlilone

Siento más confianza en los que duermen en la calle que en los banqueros, los corredores y los políticos. @critmasspanic.

La democracia se construye, no se otorga. @reverendmanny

Cada generación necesita su propia revolución. (Thomas Jefferson) @ash_anderson

Las firmas remiten a la red Twitter. En ella y en otros espacios similares, bien utilizados para la confrontación a favor de la justicia, la igualdad y la verdadera democracia, andaría por estos días, aquí en Liberty Plaza y en muchos claros rincones del mundo, Pablo de la Torriente Brau.

En eso pensé cuando Julio, un puertorriqueño que acababa de viajar a esta ciudad para unirse a Occupy Wall Street, me dio este ejemplar del periódico en español y me dijo: “Trabajamos para traducir y publicar estos 50 mil ejemplares que volaron en una mañana. Por eso vine. Porque los latinos somos y seremos la fuerza mayor de este país que hay que cambiar para que el 99% tenga justicia, paz y dignidad”.

Y siguió entregando ejemplares de este Wall Street Journal ocupado, como Liberty Plaza, por estos sorprendentes, indefinibles, alentadores vientos de cambio.

 

EL PAISAJE EN BLANCO

EL PAISAJE EN BLANCO

Por Luis Sexto

El coche a oscuras y una luna abierta en toda su facultad de clarear la modorra de la tierra, me invitaban a mirar la sucesión de palmas aglomeradas en su tendencia al enjambre, de ceibas erguidas como siluetas misteriosas… Bruscamente, irrumpía el punto de luz de un bohío dejado atrás con la misma velocidad de su parpadeo, y seguía más adelante el topográfico discurrir del paisaje matizado por caseríos, puentes de hierro, cañaverales cubiertos por la trigueña floración de la madurez,  y potreros que se expandían como una postal difuminada en el viento.

A la poesía le agradezco haber sucumbido a la atracción del paisaje y de los trenes. ¿O será al revés? ¿Acaso empecé a leer versos por que me extasiaban las visiones globales del campo, y también por ello, viajar en tren ha supuesto para mí un episodio placentero? Desconozco si es un capricho o una neurosis de mi sensibilidad. Pero me parece que desde las ventanillas de ferrocarril, puedo rastrear el entorno natural con mirada interior, como en una travesía subterránea,  intracraneal. La carretera, en cambio, autoriza solo un contacto somero, bordeado, como de perfil. A distancia.

La poesía y la naturaleza se tratan desde los orígenes del canto y la imagen. La primacía en esa relación es más prontamente discernible que la del huevo o la gallina, el coco y su agua. El paisaje fue primero. Y ante él, o en disputa con él, brotó el poema. O el conjuro, pues la poesía empezó siendo un ritual con el que los poetas primitivos desmienten, ante la boca abierta de la actualidad, que el surrealismo –magnificada hazaña del lenguaje- no es una conquista, invento, hallazgo europeo del siglo XX, sino la prolongación de un antiquísimo descubrimiento tropológico. El colombiano Jorge Zalamea, en La poesía ignorada y olvidada  -uno de los premios buenos para siempre de la Casa de las Américas- cita al pigmeo africano cazador de elefantes: “La vianda que está ante ti, el trozo enorme de vianda/ que anda como una colina.” Y al esquimal que dicta contra la muerte: “Veo acercarse los perros blancos de la aurora. / Atrás, atrás: si no queréis que os unza a mi trineo.” 

Después, demás está citarlo, apareció Horacio con su Beatus ille, que traducido asegura que es feliz quien huye de la ciudad, y se muda al campo para cultivar la tierra alejado de ambiciones, guerras, intrigas callejeras. En España, Fray Luis de León retorna al idilio  horaciano, y escribe sus estrofas que, por leídas y recitadas, sus versos iniciales redondean casi un refrán: “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido...”

El paisaje físico de Cuba sedujo, en el siglo XIX,  a la mayoría de los viajeros extranjeros. No resistieron la esencia edénica de la naturaleza insular, plástica e inofensiva.  Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y la leyenda a la ciudad de Troya, confirmando de ese modo el carácter histórico  de la poesía épica de Homero, visitó a Cuba cuatro veces. En  una página de su diario de viaje apuntó la impresión de “hechizo y encanto” del paisaje. Y precisó: “No hay monotonía en ningún lado.”  Otros nombres: la poetisa norteamericana María Gowen Brooks, la sueca Fredrika Bremer,  los norteamericanos Abbiel Abbot y John G. Wurdeman…  Casi infinitas, por numerosas, son estas Impresiones que aparecen en unos 600 libros de viajeros que hablaron total o parcialmente sobre  el archipiélago cubano.

Antes que los pintores, los poetas fueron los primeros que repararon en la singularidad del paisaje de Cuba. Repito, con gusto, a Cintio Vitier y su libro Lo cubano en la poesía. Desde Espejo de paciencia, en 1605, los versos ayudaron al criollo a ganar conciencia autónoma con respecto de España: están en el lecho de nuestra independencia política. Al levantar la vista, el viajero redescubre que el paisaje aún existe, aunque la poesía actual ya no lo nombre explícitamente como aquellos versos de los siglos XVIII y XIX, en que las visiones naturales simbolizaban el embrionario sentimiento de la cubanía. Y existen, en particular, las palmas. Las palmas, el detalle más frecuente y sintetizador de la poética criolla y luego cubana. Árboles recurrentes que en la llanura o las laderas semejan sílfides guajiras con sus melenas echadas al viento en un vapuleo de aquelarre, de sainete mágico,  bajo el cielo purísimo que la nostalgia de José María Heredia vislumbró desde las cataratas del Niágara.  Palma,  “vegetal arquitectura”, según Ángel Gaztelu, y  palma que en voz de Gastón Baquero “detiene humildemente el cielo”.

Más de 80 especies de palmas endémicas proliferan en los campos de Cuba, pero ninguna destaca por su abundancia y esplendor como la palma real, la Roystonea regia de los botánicos. Regia, porque, altiva tal un monarca, solo el rayo puede alcanzarla cuando su tronco de palillo de dientes se dispara hacia arriba hasta 20 ó 30 metros. Y si el hombre llega a tocarle las hojas -tan largas como las aspas de los molinos del Quijote- para empenachar un bohío, o para cortar el palmiche o desenrollar la yagua, es a costa del riesgo de quien se transforma en un jinete del aire, retador e inerme.

Tanto dato elemental no pretende componer una versión comprimida de Cuba en la mano, el manoseado diccionario. Ha sido solo un desliz vegetalmente erudito. He hablado de poesía. Y sin embargo, a mi parecer lo más sensitivo, lo más entrañable escrito sobre la palma real, no lo concibió un poeta. Al menos, no un poeta en verso, pues los prosistas –tal vez los cronistas- lo son también en sus páginas de líneas llenas, cuando captan las esencias puras de un eco que retumba en el alma, como Alfonso Hernández Catá  al decir que junto a la palma la vida del hombre discurre mansamente. Pero quizás Anselmo Suárez y Romero –pedagogo y novelista del XIX- no haya  sido superado. En algún libro de lectura escolar  leímos primigeniamente  su estampa sobre los palmares. Quizás si hubiera que cifrarle un precursor a la crónica periodística cubana, lo sea Suárez y Romero con este y otros cuadros líricos sobre los valores paisajísticos de Cuba. La primera frase es de por sí antológica en su capacidad de provocar al lector. ”Hay un cosa en mi patria, que nunca me canso de contemplar.” Y antes de nombrarla, niega que sean presencias establecidas como la ceiba, la cañabrava, los naranjos, “nuestro sol, nuestra luna, nuestro cielo”. Y ese nuestro, dígolo de paso, ya entraña una intensidad creciente, un matiz distintivo de la conciencia que se va objetivando emotivamente por donde comenzó a expresarse: en la literatura. “Son los magníficos palmares –precisa- que suspiran perennemente en sus llanos y en sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira. (…) ¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!

Consecuentemente, la poesía, hoy, debería  ayudar a reconciliar a la sociedad con la naturaleza. Pero los poemas que actúen como pipas de la paz no abundan, aunque a veces el lector topa con un libro y unos versos como estos de la matancera Digdora Alonso: “¿Un árbol tuvo que morir/ para que mi brazo se levante?/ ¿Una bandada tuvo que interrumpir su vuelo?/  ¿Caminarán raíces por mis pies?/ ¿Un hombre perdió su corazón/ para que lata el mío?/ ¿De cuántos seres son los átomos que tengo?/ ¿De cuántas muertes estoy viva?”

Halla también el lector estas semillas de concordia en Samuel Feijoo: “Aprende la lección de la yerba, / echa tu hoja. / Ella ignora si aprovechará su trabajo/ y echa su hoja verde. / No se pregunta si vendrá el poeta / a cantarla, / a comer de sus verdes para dar esperanzas. / Si vendrán los amantes/ a reposar  sobre sus palacios. / Echa su hojita verde. / No sabe si la comerá el cordero/ o el diente  de la nieve. / No oye la palabra polvo, / no entiende  la palabra estéril. / Echa su hojita verde.”

El humo blanquecino de la bondad se difumina entre las siluetas que pasan y regresan poco después, mientras el tren  nos devela la arqueada geometría de un caballo o los flecos jacarandosos de las matas de plátanos, choteo vegetal de nuestros campos, que dijera Francisco Ichaso, olvidado ensayista, que alertó hacia los 1930s que los cubanos gustábamos tan poco del paisaje que ni  los escritores, con la salvedad de algunas letras, reparaban en él desde la ventana en blanco de una página.