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PATRIA Y HUMANIDAD

IDEAS SON IDEAS

IDEAS SON IDEAS

Por Luis Sexto

Ciertas teorías suelen ser presuntuosas, y por ende presuntuoso sería algún teórico cuando descoyunta la realidad para que sus tesis aparenten ajustarse a la vida. Y por qué parto de premisa tan inusual en esta columna. Porque tal vez hay alguien pensando que la cautela con que Cuba avanza compone una retranca, un sutil pretexto para que las cosas queden donde están o estaban ayer.

¿Nos damos cuenta de a qué grado de perversidad puede rozar esa tesis, aunque tomara sus bases teóricas de universidades renombradas como Harvard o Princeton? No dudo, sin embargo, que una especie de mentalidad conservadora comparta espacio con las muecas burocráticas, y pretendan juntas retardar la transformación de nuestra sociedad de modo que la arrancada nunca logre romper la inercia.

Pero, como vemos, se emiten leyes, se dictan resoluciones... Chirrían las ruedas. El país se mueve. La Gaceta Oficial se ha convertido en uno de los medios más demandados. Y la razón es apreciable: los Lineamientos aprobados en el Sexto Congreso del Partido se concretan. Y por ello, me parece justo estimar que el cuidado, el andar despacio por estar de prisa, no es una máscara, un truco sino una táctica cuya finalidad consiste en hacer bien lo propuesto. Y ese es el riesgo principal de hoy: que las cosas no salgan bien, y que lo nuevo que corrige, no funcione para mejorar lo conservable y sustituir lo prescindible.

Según mi parecer comprometido y no solo expectante o recostado a una columna mirando a ver qué pasa, Cuba no está en voluntad de demoler, sino de reconstruir. Y una y otra operaciones requieren ritmos distintos. Tal vez, desde el graderío, unos espectadores estimen que en las primeras entradas las carreras sean insuficientes. Decirlo, incluso escribirlo, ayuda a la autoestima de quien lo expresa. Algo hay que decir, pensará este o aquel, para no pasar por pusilánime o excesivamente ligado a la política “oficial”. Pero decir, así, a secas, olvidando la fragilidad del terreno, la defensa de quienes no quieren dejar pasar la bola a los “files”, resulta como tirar piedras, sin tino, hacia los cristales, tomando impulso desde el lado opuesto de la acera.

Juzgo elemental una apreciación: en la actualidad sobran en Cuba dos visiones o dos maneras de obrar: la burocrática y la tecnocrática. Ambas soslayan lo esencial: la política y la patria. Porque, juzgando con honradez y patriotismo, Cuba, su gobierno, su gente mejor no procuran solo una adecuación a los tiempos y un modelo socioeconómico que produzca riquezas y resuelva necesidades aun sin resolver. ¿No reparamos acaso en que la preservación de la independencia nacional continúa siendo un mandato de nuestra historia, y que la aspiración a un socialismo justo, efectivo, racional, incluso original en su adecuación a las circunstancias prácticas y no a las disecadas de ciertas  teorías, es la fórmula para proteger a la nación de la anquilosis y la descomposición?

Ideas son ideas. Y por ello, sigo confiando en lo escrito que se concreta y en lo que habrá que crearse sin que todavía haya sido escrito. En lo personal, también afronto riesgos. Y el saberlo no me paraliza. Pero mis riesgos se refieren a los mismos que afectan a Cuba, pues si Cuba se pierde me pierdo. Y se relacionan, además, con los que me sugería un lector al preguntarme hace poco si yo no me cansaba de escribir y defender siempre lo mismo, año tras año. Creo haberle respondido que entre mis planes nunca ha figurado la tarea del no hacer nada. Quizás, ayer, yo haya amanecido inquieto; posiblemente, a veces, la experiencia me llame a la suspicacia. Pero en estos días cuando el “cambiar de casaca” -el Padre Varela aborrecía ese acto de desnudamiento-  se ofrece como una opción para esconder bajo estridencias tu pasado, me apropio de un  verso de Silvio, como divisa: “La angustia es el precio de ser uno mismo”. Y ser uno mismo es ser consecuente con lo que se ha creído y defendido y en algún momento criticado. Todavía, para mi modesto papel en mi patria, nada de cuanto conozco en el mundo, merece que yo renuncie a los ideales -conclusos o inconclusos, que no es el caso- de la Revolución cubana.         

Ah, y he de advertir a aquellos que ven en los demás  los propios defectos: nadie me ha exigido esta profesión de fe, ni considero que lo dicho aquí lo sea, porque no la necesito. Ni, por otra parte,  me han pagado más de lo que el periódico me retribuye por estas letras… Nunca demasiado. (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)

 

PASO POR EL PASO

PASO POR EL PASO

Por Luis Sexto

Crónica

Al marcharse del Paso del Ghisallo, el viajero prevé que aquel encuentro casual será como una lágrima colgada de la memoria. Ese instante será único hoy e irrepetible mañana. Y lo más que lo retendrá ligado a aquel paisaje donde la altura señorea y el cielo vocea la desconocida hospitalidad de la cumbre, habrá de ser la devoción que allí, en la soledad de la ruta, se les entrega a los que se adjuntan a dos tubulares y parados sobre las bielas de la pasión reencarnan el ideal de excederse a sí mismos, el más antiguo del mundo.

El viajero ha pasado como cualquier paseante beneficiado por la casualidad. El paisaje abrupto, rocoso o arbolado a trechos, de pronto se humaniza. De un rellano surge el campanil de una iglesita y cerca asoma un monumento. Baja del automóvil; se asoma a los desriscaderos desde donde, muy abajo, se ve el agua brumosa del lago Como, y luego se ubica con fervor ante el metal ardiente que en negro dibuja a un rutero, caballero en su bípedo de tubos, y a otro  en el suelo, con las manos resignadas a no asir  la gloria que acaba de perder.

Tal vez el viajero nunca más ponga sus plantas  en el Paso del Ghisallo, en los Alpes. Ese puerto figura en el mapa del giro a Lombardía, en Italia, e inscrito entre los cinco clásicos europeos a los cuales se les atribuye la condición de monumentales. El lombardo tira del gatillo en octubre. Ghisallo es un tramo  desafiante en el itinerario. Y el más renombrado por su dificultad. Curvas estrictas que parecen exigir de máquina y ciclistas la ductilidad de un círculo, la ligereza de una hoja en el viento y la raíz de una roca. 

Más abajo, un museo dedicado al ciclismo. Y arriba, cerca del bloque escultórico, la capilla guarece a Nuestra Señora del Ghisallo, patrona de los ciclistas desde 1948. Son tantos los templos en Italia que uno espera hallar lo mismo en todos: formas del arte y la fe. Pero, en Ghisallo, muestran más que las imágenes y las llamas de las velas. Dentro, nos deslumbra otro museo, gratuito museo donde se amontonan las ofrendas de quienes creen en la Madonna y le agradecen el triunfo. Eddy Merckx, Francesco Moser, Saronni, Coppi, Felice Gimondi colgaron del techo, sus bicicletas, casi etéreas. Y uno las imagina pedalear perpetuamente en el tiempo, hacia la meta donde se ceñirán la majestad heroica que vacía el cono del olvido. Junto a ellas, otros atributos, camisetas y fotografías, adornan aquel recinto abovedado.

Como periodista, el viajero había azuzado su emoción ante el denuedo de la cuadrilla abigarrada de ruedas y piernas en la Vuelta a Cuba. No conoce otro deporte de tan abnegada valentía, de tan consciente voluntad para acatar los accidentes de la ruta. Pura humanidad en su génesis más desnuda. Pero nunca se había conmovido tanto cuando, en el santuario, se detuvo a leer y observar las fotos de los ruteros muertos en el giro.

Luego partió hacia Bellagio, villa escalonada a orillas de una de las ramas que forman la “Y” al revés del Como. En el trayecto va recordando las caras juveniles o aniñadas de los difuntos, caídos -decía un letrero luctuoso en aquel cuadro honorífico- persiguiendo un “sueño de gloria”. A esa frase, el recuerdo juntó las palabras leídas en  la tarja al pie de la escultura, letras de poeta donde había una oración original: “…Después Dios creó la bicicleta”. Y seguía la finalidad de acto tan reciente: “para que el hombre no fuese instrumento de fatiga y exaltación en el camino de la vida”. ¿Verdad? Y el viajero sonrió cuando, hace 20 años, la fatiga y la exaltación lo estremecían en su pedaleo hacia Bohemia en una bicicleta que hoy merecería un monumento, aunque el tripulante solo buscara, en vez de la gloria, la seguridad de llegar en hora a su trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SAAVEDRA Y “LA VIGILIA DE ARTISTAS”

SAAVEDRA Y “LA VIGILIA DE ARTISTAS”

  Por Santiago Rodríguez,

periodista cubano radicado en Miami

 Unos dicen que está irremediablemente loco. Para muchos es un operador frustrado de equipos pesados y, por supuesto, otros lo tienen como un héroe: su líder. Se llama Miguel Saavedra y es el  jefe del grupo en el exilio “Vigilia Mambisa”.

 Es un asiduo orquestador de espectáculos, junto a su equipo,  frente a las puertas del conocido restaurante Versalles, de Miami, por cualquier razón que les resulte propicia para demandar “la libertad de Cuba”.

  Aunque últimamente se han especializado en romper discos con una aplanadora o cilindro, pequeño, similar a aquellos gigantescos con que se asfaltaban las calles de Cuba (y aun hoy día se utilizan en tamaños menores, para la reparación de baches y  huecos).

 Esa labor de aplastar discos se realiza, con los de intérpretes u orquestas cubanas, del archipiélago, que anuncien su visita a Miami. Tal como ocurrió el pasado año, con el grupo  los Van-Van y ahora recientemente con la visita del cantautor Pablo Milanés. En tanto ya se preparan para nuevos festivales del disco ripiado. Y amenazan hacerlo con cuanto conjunto musical o cantante individual se presente aquí; incluso el show comienza antes de que se levanten las cortinas del escenario; o sea, en cuanto se deé a conocer la noticia por los medios locales o los oficiales de Cuba.

 Al final La Vigilia…, termina con menos integrantes a la hora del espectáculo, que cuando comenzaron la primera función teatral en la calle.  

 En lo personal, me molesta. Primero  porque es una burla a nuestros mambises del siglo XIX. Vigilantes si fueron esos intransigentes, con los invasores, contra la colonia española, antes de ser entregada Cuba  a los Estados Unidos.
 

Y segundo, creo que el mejor ejemplo de ello, de vigilante, valiente frente al enemigo fue el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Con un puñado de hombres  rescato al brigadier Julio Sanguily, que, herido, era conducido prisionero por un escuadrón de rifleros de 120 hombres. Solo le bastó su “yaguarama”  y el de sus hombres, para arrebatarle a Sanguily al enemigo. A punta de machete.

 Y si algo me molesta de la mal llamada Vigilia Mambisa,  es el hecho de que mi propio abuelo ostentaba los grados de capitán del glorioso ejercito libertador. Y lo otro, el saber desde niño contra que cosas valía la pena combatir. De  ahí que pienso que a la Vigilia le queda grande lo de Mambisa, en cambio lo que le viene como anillo al dedo, dado a lo que se dedican es el titulo de “Vigilia de Artistas”.

    

  

      

 

     

     

      

    

 

VARGAS VILA, EL ECO Y EL EGO

VARGAS VILA, EL ECO Y EL EGO

Por Luis Sexto

Cincuenta años atrás, la lectura de sus libros compuso en Cuba una especie de iniciación juvenil, cuando en otros países lo cubría el polen amarillento de lo caduco. Su nombre entre nosotros era popular, recurrente.  Pero Mario Parajón, narrador, crítico teatral y cronista culto, vinculado al grupo Orígenes, colaboró a desinflar el inmerecido crédito de José María Vargas Vila, con una nota publicada  en el periódico El Mundo en los primeros años de los sesentas. Parajón alertaba, retando un tanto a los devotos del colombiano, que había que  leer como rezaba un poema de Antonio Machado: pararse “a distinguir las voces de los ecos”. Y detenidos en el camino,  hemos de erguir  la oreja, pulverizar los conjuros de la tradición y concluir que José María Vargas Vila  nos suena como un eco.

Por un tiempo,  la fama benefició al autor de El archipiélago sonoro. José Martí realza cordialmente el valor del panfletario, aventajado perito en el insulto, al invitar  “a nuestro Vargas Vila” a participar de una reunión  con “nuestro Rubén Darío”. Esos son los términos  de la esquela que empareja a dos escritores muy disímiles en obra y trascendencia. Martí debió estimarlo, porque quien pocos años después será  autor de El yanqui: he ahí al enemigo, ya se caracterizaba por su virulencia liberal, antiimperialista. Más adelante se autodefinió como anarquista. Era, en fin, una especie de revolucionario signado por la irreverencia y el desparpajo. Su novela Ibis le atrajo la ex comunión del Vaticano. Condena que lo regocijó, según propia confesión.

Darío lo estimó también. Y tras la muerte del líder del modernismo, Vargas Vila  escribió un mínimo volumen donde contó sus relaciones con el poeta de Azul.  Conoció personalmente a Darío cuando circuló la noticia de que el colombiano había muerto. Y el poeta publicó una necrología conmovedora y conmovida sobre el polemista. En reciprocidad, el apócrifo difunto se acercó al bardo y según las memorias de aquel, estuvieron juntos con frecuencia en función de íntima amistad en Europa,  donde ambos trabajaban como diplomáticos.  Pasaban los últimos años del siglo XIX y el primer tercio del XX, cuando los escritores servían también para doblarse sobre la mesa de los diplomáticos y asistir engavetados en  rígidos trajes  a las recepciones palaciegas.

En Cuba, su obra y su figura  recibieron, según la tradición,  cierto acatamiento. Y al parecer, le placía pasar temporadas en nuestra capital.  Visitó tres veces a La Habana: en 1923, 1924 y 1926. Y en Calabazar residió en una especie de bungaló, a orillas del río Almendares,  en el barrio de Las Cañas, más tarde área donde los Salesianos edificaron el seminario y el noviciado. Todavía en los sesentas esa casa se mantenía convertida en una especie de club nocturno llamado River Cañas Club. Aquí dejó amigos y uno de ellos conservó un archivo con cartas y papeles literarios escritos entre 1899 y 1933, entre ellos un llamado Diario secreto, de cuya existencia y de la donación a la  Biblioteca Nacional habló en 2007 el periódico Juventud Rebelde. En el Diario, el 24 de julio de 1924, confiesa: “Suprimo la narración de mi primera estancia en La Habana, de paso para México, porque todo eso pertenece a mi libro de viajes, y se halla en un volumen especial bajo el título de En la esmeralda fúlgida. Estuve en la República Argentina, Uruguay, Brasil, costas de Colombia, Venezuela y México. Y heme aquí, llegado de nuevo a las playas oro y azul de esta isla maravillosa, donde la sombra doliente de José Martí parece extender sus brazos para recibirme. Recobro el imperio de mí mismo. ¡Bendita sea!”.

A los 73 años falleció en Barcelona. Discurría 1933. Ya su presunta voz iba derivando hacia la certeza de un eco.  Siete años antes había visitado a México. Y el periodista Ortega lo describió así, en El Universal, en 1926: “De pequeña estatura, un poco grueso; de mirada, gestos y hablar que quieren ser olímpicos (…) Voz despectiva y seca (…) Viste irreprochablemente, calza a la última moda, sin descuidar un solo detalle”. Y al referirse a cuantos  lo esperaban en la estación ferroviaria, Ortega apuntó: “Ningún intelectual acudió a saludarlo. Se sabe, de hace tiempo, todo lo que va a decirnos”. A pesar de ello, el mexicano lo entrevistó y al reproducir el diálogo enfatiza en la grotesca vanidad de Vargas Vila, que solo hablaba y permitía generosamente que los demás escucharan. “Se tomaba –aseguró el periodista-por un Zeus Fulminador”.

Siendo muy joven, también yo le pagué impuestos a los libros de Vargas Vila. Era lo común entre los aficionados, todavía, quizás, carentes de la capacidad para evaluar las voces. En una libreta anoté mis impresiones. Terminaba de leer La voz de las horas, y encandilado por la suntuosa retórica, la califiqué de maravillosa prosa y a los conceptos apodícticos y contestarios del autor les asigné el juicio de geniales. Más adelante mordí a Ibis, y aquella admonición al amante engañado que decía muy a lo macho: Si no tienes el valor de matarla, mátate, me resultó extremista,  artificiosa, hasta ridícula,  y renuncié a este autor. Solo conservo, medio extraviado, el folleto con sus recuerdos de Rubén Darío.

A tiempo llegó la nota de Mario Parajón en El Mundo.  Aún se lo agradezco, como le agradezco  haber acogido en su biblioteca doméstica a aquel adolescente que quería ser escritor. Mediante esa y otras influencias  se clarificó mi vocación  y mi criterio literario aprendió a desconfiar del lujo y la banalidad. Porque de lo contrario estuviera ahora distribuyendo adjetivos “maravillosos y geniales”, tanto como los repartía José María Vargas Vila, cuyo delirio estilístico lo condujo a escenificar  su obra y su vida en el personaje de una voz solitaria, insolente, escandalosa  y, sobre todo, enamorada de sí misma. Hoy sólo parece un eco de antiguas nostalgias.

 (Tomado de La palma de la mano)

EL BLOQUEO: ¿COARTADA O CORTADA?

EL BLOQUEO: ¿COARTADA O CORTADA?

WASHINGTON, 29 de septiembre.—Un grupo de legisladores estadounidenses de origen cubano, representantes de la extrema derecha de la Florida, remitió una carta amenazando a la petrolera española Repsol si no abandona sus proyectos de explorar yacimientos petrolíferos en aguas profundas de Cuba.

En la misiva dirigida al presidente de la Compañía, Antonio Brufau, los legisladores encabezados por la conocida republicana Ileana Ros-Lehtinen y Debbie Wasserman Schultz, presidenta del Comité Nacional Demócrata, advirtieron a la empresa que podría sufrir "demandas civiles y criminales en tribunales estadounidenses", una compleja red de sanciones que forman parte del bloqueo económico, comercial y financiero contra la Isla, según Reuters.

Bajo el pretexto de que este plan de perforación petrolera pone en peligro el medio ambiente, los 34 legisladores exigieron a Repsol que "abandone todas las actividades de perforación petrolera que se ha propuesto en aguas de Cuba", rechazando cualquier inversión extranjera que aporte un beneficio financiero directo para el desarrollo económico cubano.

Esto sucede, precisamente, en momentos en que esa política hostil y represiva genera mayor rechazo, no solo con las reiteradas resoluciones y pronunciamientos en la Organización de las Naciones Unidas, sino también en otras instancias internacionales y gobiernos del planeta, agrega Prensa Latina.

 

REVELACIONES DE UN LIBRO SENSACIONAL

Por Max Lesnik

Periodista cubano radicado en Miami

En  el  diario  colombiano  “El espectador”  se  acaba  de  publicar  un  extenso reportaje del  periodista  Nelson  Fredy  Padilla  sobre  las  revelaciones  que  se  hacen  con  respecto  a las  relaciones  entre   Cuba  y  Estados  Unidos, en  el  libro  “Los  últimos  soldados  de la  guerra fría”  de reciente  publicación,  escrito por  el  periodista  y  escritor   brasileño  Fernando  Moráis.  El  libro  de  Moráis,  que  relata  la  historia  no  contada  sobre  los  Cinco  cubanos  anti-terroristas    injustamente presos  en cárceles  norteamericanas, está  escrito en portugués  pero  será  traducido  muy  pronto  al  inglés  y  al  castellano.

García Márquez y Clinton.

A continuación  lo  publicado en  el  diario  bogotano “El  espectador”:

”En 1999, siendo dueño y cronista de la revista Cambio, Gabriel García Márquez admitió entre líneas haber sido el emisario de un texto ultra secreto que su amigo Fidel Castro le envió al entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton. Sin embargo, nunca trascendieron los detalles de la misión en la que el Nobel colombiano protagonizó episodios dignos de una novela de espionaje y que acaban de ser revelados en el libro Os últimos soldados da Guerra Fría, escrito por el periodista brasileño Fernando Moráis.

El Espectador tuvo acceso a varios de los documentos del caso, publicados en portugués, junto con la historia de 14 informantes cubanos infiltrados ilegalmente en Miami y hoy condenados en EE.UU.

En 1998 Fidel Castro completaba 14 años de intentos infructuosos para tomar contacto directo con la Presidencia de los Estados Unidos con el fin de ponerla al tanto de 127 atentados terroristas atribuidos al grupo extremista cubano-americano liderado por Luis Posada Carriles. Quiso ser el primero en advertir a Washington que en las escuelas de aviación de la Florida había un peligroso potencial que estaba siendo dirigido hacia Cuba, a través de vuelos intimidatorios contra el turismo y para interferir comunicaciones oficiales, el cual también podía ser usado por terroristas internacionales contra Norteamérica. Otra de las alertas incluyó, según el libro de Moráis, hacer llegar al director de la CIA, William Casey, a mediados de 1984, un detallado informe sobre “un complot, abortado a tiempo, para asesinar al presidente de EE.UU”.

La posibilidad de una línea directa con la Oficina Oval pasó a depender de la amistad de García Márquez y Bill Clinton. La misión fue marcada con “la impronta de las ocasiones íntimas”, el calificativo de Fidel Castro en sus memorias al cruce de caminos de los dos desde que a los 21 años de edad coincidieron, sin saberlo, en El Bogotazo, el 9 de abril de 1948 en la capital colombiana. Se conocieron cuando Castro estaba en el poder. El torbellino de las violencias de sus países, sus inquietudes políticas de izquierda y la literatura forjaron una amistad de hierro que ha hecho historia por más de medio siglo.

Los buenos oficios de Gabo

Corría abril de 1998 cuando el Nobel de Literatura llegó a La Habana, esa vez para escribir un reportaje sobre la visita del papa Juan Pablo II a la isla, realizada tres meses antes. Fidel le comentó sobre lo difícil que era hacer contacto con Clinton y el colombiano le reveló que por casualidad estaba esperando una audiencia con él para hablar de Colombia, el narcotráfico y la guerrilla. Se trataba de uno de sus sondeos secretos en busca del clima propicio para un proceso de paz con las Farc, lo que efectivamente se hizo realidad durante el gobierno de Andrés Pastrana, con la ayuda entretelones de Gabo, quien de blanco hasta el sombrero estuvo en la instalación de las negociaciones con ese grupo guerrillero en San Vicente del Caguán.

Esa obsesión con la paz le costó el exilio en la época del gobierno de Julio César Turbay, hasta que logró su cometido en los diálogos que permitieron a comienzos de los 90 la desmovilización del M-19. Fue invitado al acto de desarme y a la firma del acuerdo final. Él se negó con un argumento demoledor: “Lo que me gusta es conspirar por la paz”. El mismo perfil mantuvo durante el gobierno Pastrana, no sólo en el caso de las Farc, sino para facilitar los contactos con el Eln en Cuba, con anuencia de Cuba.

A ese “talento cósmico”, de prestidigitador, acudió Castro. A finales de abril de 1998 García Márquez dictó un taller de literatura en la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, y para esos días le pidió a Bill Richardson, hombre de confianza del gobierno Clinton, una cita con el presidente Gabo y Fidel estuvieron de acuerdo en aprovecharla no sólo para hablar del caso colombiano, sino para entregarle un mensaje del líder cubano.

Discutieron el contenido hasta que la decisión del comandante fue no enviarle una carta membretada y firmada por él, sino un documento con siete puntos, mecanografiado en español, traducido al inglés y guardado en un sobre lacrado sin firma ni remitente (ver recuadro). Dos compromisos asumió Gabo: entregárselo personalmente e intentar hacerle dos preguntas cuyas respuestas podrían significar el restablecimiento de contactos entre Washington y La Habana.

¿Amigos de verdad?

Castro daba por hecho el éxito de la misión, teniendo en cuenta el nivel alcanzado por la amistad del entonces hombre más poderoso del mundo, Clinton, y del escritor más influyente del mundo, García Márquez. Casi cualquier presidente le pasaba al teléfono o lo recibía en audiencia. Para salvar el proceso de paz con el M-19 bastaron llamadas suyas al español Felipe González y al venezolano Carlos Andrés Pérez, quienes formalizaron la mediación de la Internacional Socialista. Fidel escribió que el carisma del colombiano no sólo radica en el aura de un Nobel, sino “en su imaginación sorprendente, vivaz, díscola y excepcional”, y la actitud “sonriente e ingeniosa desde la naturalidad de sus metáforas”. Esa “bondad de niño” le facilitaba construir “amistades entrañables”.

La empatía entre el escritor y Clinton surgió desde que se conocieron durante una cena en la casa de verano del escritor estadounidense William Styron, en Marttha’s Vineyard, en agosto de 1995. Luego las anécdotas las compartió con los periodistas que trabajábamos para él en la revista Cambio y las condensó en la crónica El amante inconcluso, publicada en enero de 1999 a raíz del escándalo sexual del presidente con la asistente Mónica Lewinsky. Allí le atribuyó un “poder de seducción” basado en la estatura y “el fulgor de su inteligencia”. Sin conocerlo, Clinton elevó las ventas de las novelas del Nobel al declarar que su libro favorito era Cien años de soledad. Gabo creyó que se trataba de una estrategia del “cabeza de cepillo” para ganarse la creciente comunidad latina en EE.UU.

La noche en casa de Styron, con la diplomacia del escritor mexicano Carlos Fuentes de por medio, comprobó que la opinión de Clinton era genuina, además de su conocimiento de la literatura universal, empezando por El Quijote, deteniéndose en El Conde de Montecristo y terminando a medianoche con Las Meditaciones de Marco Aurelio. La afinidad máxima fue Faulkner. El colombiano consideró al autor de Luz de agosto inspirador de su poética y Clinton le respondió recitando de memoria el monólogo de Benji, nuez de la novela El sonido y la furia. Pasar a hablar del narcotráfico en Colombia y EE.UU. resultó tan natural que Clinton admitió que las mafias norteamericanas son las más poderosas. Al final de la velada hablaron de Cuba y Gabo le dijo: “Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara no quedaría ningún problema pendiente”. Pareció valorar esas palabras “como si fueran oro en polvo” y se reencontraron varias veces, la última antes de la misión, en la Oficina Oval, a finales de 1997, en presencia de Samuel Berger, cabeza del Consejo Nacional de Seguridad. Ahora su reto era revalidar esa confianza informal en las formalidades políticas.

Días de pánico

Según lo acordado con Bill Richardson, una vez terminado el taller en Princeton, García Márquez viajó a Washington para el encuentro con Clinton. Por diplomacia, sólo entonces le reveló que llevaba “un mensaje urgente para el presidente”, sin dar detalle del remitente ni del contenido. El funcionario le informó que el encuentro no podía realizarse porque él se demoraba en California, pero que Sam Berger tenía instrucciones para recibirlo. La malicia indígena guajira llevó a Gabo a responderle que prefería esperar más tiempo. La audiencia quedó sujeta al suspenso de una nueva llamada mientras el literato recreaba novelas de espías en su mente debido al “pánico” de que los servicios de inteligencia sospecharan de su misión e intentaran descubrirla. En el hotel pidió una caja de seguridad y sólo le dieron un cofre con una llave común. Prevenido, memorizó el documento con puntos y comas, y grabó las dos preguntas en una agenda electrónica. Decidió encerrarse a la espera de la confirmación durante la primera semana de mayo de 1998 y para calmarse se dedicó a Vivir para contarla, autobiografía que terminó de escribir allí en jornadas de diez horas diarias sin perder de vista el cofre.

Sólo abría la puerta para recibir comida y apenas salía para enviar y recibir mensajes cifrados con la ayuda del embajador de Cuba, Fernando Ramírez. García Márquez identificó la “curiosidad empedernida” de Castro y su solicitud de permanecer en Washington el tiempo que fuera necesario. No le resultaba difícil decodificar, porque desde sus tiempos de periodista en la Agencia Prensa Latina se aficionó a ese tipo de comunicación al ver cómo su colega Rodolfo Walsh, con ayuda de un manual de criptografía, descubrió en un cable con origen en Guatemala las pistas del desembarque de tropas norteamericanas en Bahía Cochinos.

La última cena

La impaciencia lo llevó otro día a una comida en la casa del ex presidente colombiano y secretario de la OEA, César Gaviria, quien lo presentó con Thomas McLarty, el mejor amigo de Clinton. A través de él supo que las dificultades para entregar el mensaje eran propias de los protocolos de seguridad de un presidente de EE.UU., pero que intercedería para lograr la audiencia. Mientras tanto Gabo y Fidel decidieron que en último caso el documento quedaría en manos de McLarty. Así fue.

El asesor presidencial lo recibió en la Casa Blanca a las 11:15 de la mañana del miércoles 6 de mayo, junto con tres funcionarios del Consejo Nacional de Seguridad. Tras un abrazo le entregó el sobre a McLarty y le pidió que lo leyera y opinara. “Qué cosa terrible” y “tenemos enemigos comunes”, fueron los comentarios. Entonces García Márquez le lanzó el primer interrogante: “¿Creen posible que el FBI establezca contactos con sus homólogos cubanos para operar en una lucha común contra el terrorismo?”. Respondió y contra preguntó Richard Clarke, asesor de Clinton en temas de narcotráfico y terrorismo: “La idea es muy buena, pero el FBI no participa en investigaciones cuyos resultados sean publicados en los periódicos. ¿Será que los cubanos están dispuestos a mantener el asunto en secreto?”. El Nobel sentenció como si estuviera perfilando un personaje de novela: “No hay nada que a un cubano le guste tanto como guardar secretos”.

La segunda pregunta, sobre si esta actitud posibilitaba reactivar los viajes de estadounidenses a Cuba fue respondida con evasivas. En concreto, Clarke prometió que la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana trabajaría en una propuesta de trabajo binacional contra el terrorismo. Cumplidos 50 minutos de la reunión, McLarty se paró y le extendió la mano al colombiano para felicitarlo por el éxito de su importante misión.

Al parecer el documento sí llegó a manos del presidente, con quien el Nobel se volvió a ver en el homenaje a Cien años de soledad, organizado por la Real Academia Española en Cartagena. Lo evidente es que en los meses y años posteriores las fracturadas relaciones Estados Unidos-Cuba no cambiaron y tampoco se hizo realidad el sueño macondiano de reunir a Clinton con Fidel. Las circunstancias posteriores llevaron al mandatario a preocuparse más de no perder el poder tras el escándalo Lewinsky y del terrorismo instigado por el fundamentalismo religioso.

García Márquez se resignó a que sus arriesgadas gestas nunca superaron lo que llamó “la gloria efímera de los micrófonos ocultos”.

Los siete puntos de que trataba la carta de Fidel a Clinton

1. Prosiguen las actividades terroristas contra Cuba, pagas por la Fundación Nacional Cubano-Americana, utilizando mercenarios centroamericanos.

2. Se realizaron dos nuevos intentos de explotar bombas en nuestros centros turísticos, antes y después de la visita del Papa. En el primer caso los responsables lograron escapar. En el segundo fueron detenidos tres mercenarios guatemaltecos que portaban explosivos. Recibirían 1.500 dólares por bomba que explotara.

3. Ahora planean explotar bombas en aviones de aerolíneas cubanas o de otros países que viajen hacia Cuba trayendo y llevando turistas de países latinoamericanos.

4. Las agencias de inteligencia de EE.UU. poseen informaciones fidedignas y suficientes respecto de los responsables. Si quisieran, pueden hacer abortar a tiempo esa nueva forma de terrorismo. Próximamente cualquier país del mundo podría ser víctima de tales actos.

5. Reactivación de vuelos comerciales de EE.UU. a Cuba, suspendidos desde que el gobierno de Castro derribó dos avionetas Cessna de organizaciones opositoras de Miami.

6. Agradecimiento de Fidel por un informe favorable del Pentágono, según el cual “Cuba no representa ningún peligro para la seguridad de EE.UU.”.

7. Agradecimiento “por los comentarios de Bill Clinton a Nelson Mandela y Kofi Annan en relación con Cuba”.

Hasta  aquí  lo  publicado  por  el  periódico   El  Espectador  de   Colombia  sobre  las  sensacionales  revelaciones  que  hace  en  su  libro “Los  últimos  soldados  de la  guerra  fría” ,el  laureado  escritor  brasileño Fernando  Moráis. (Réplica  de  Radio-Miami).

 

 

 

 

LO QUE ESTÁ EN JUEGO HOY

LO QUE ESTÁ EN JUEGO HOY

Por Digna Guerra

El administrador de este blog se abstuvo de terciar en la polémica que involucró a Pablo Milanés y a otros prominentes cantautores, casi venerables por lo que su obra artística y humanística le han aportado a la cultura cubana. Tal vez no le competía, y a quien le preguntó por qué no escribía sobre el conflicto, le respondió: Porque no quiero enconar ni justificar, con un ataque, cualquier posterior decisión de Pablito. Ahora, sin embargo, reproduzco este texto de Digna Guerra. Noto a la célebre directora coral menos imbricada personalmente en el diferendo, y por ello, al difundir su opinión adopta el administrador de este blog  la misma posición pública que reproduce. Luis Sexto

Acabo de regresar, junto a mis muchachos del Coro Entrevoces de competir en importantes festivales corales de Europa. Vinimos con el pecho lleno de felicidad al traer ocho importantes premios para la Patria. Los conciertos fueron a teatro lleno y mi orgullo de artista cubana me invadía en cada presentación: El nombre de mi Cuba bella brilló en el sitial más alto. Yo, mujer humilde, negra que nació pobre en un solar de la Habana, dándole gloria a mi tierra. Y todo eso, sin una sola concesión y con el mayor respeto hacia Cuba y lo que ha hecho por la cultura y por mí misma.

Mi felicidad, sin embargo, se ha enturbiado, porque un hecho doloroso me ha estremecido. En los más de 40 años de mi vida dedicados a la cultura cubana he visto de todo en este mundo y todas esas vivencias exigen mucho de mí. La hora que vive la humanidad no admite confusión y los artistas cubanos tenemos una responsabilidad demasiado grande con este pueblo. Olvidarla sería un error de fatales consecuencias.

Por eso, desde el dolor infinito que me han producido las palabras de Pablo y la manipulación burda y sin ética que de ellas han hecho los buitres de la información, me permito humildemente pedirle a Pablo y a todos que meditemos, que reflexionemos una y otra vez sobre cómo servir a la Patria.

Tengo frente a mí a mi Natacha. Una terrible “Ataxia Cerebelosa” la invadió desde niña. Nunca he sabido cuánto cuestan los medicamentos que gratuitamente recibe en Cuba. Son impagables para los pobres de cualquier parte del mundo. Lo que sí sé es que nunca han podido ser comprados en los EE.UU. Lo que sí sé es que Posada Carriles enlutó a este pueblo y anda suelto en Miami. Lo que sí sé es que esos cinco muchachos están presos por el único delito de cuidar de los cubanos. Por qué darle a gente que no nos quiere, que nos desprecia, la posibilidad de dirimir asuntos que solo a nosotros nos competen.

Nadie se preocupe por mi Natacha. Ella está bien. La Revolución más humana de la historia cuida de ella. Cuidemos nosotros a esta Revolución imperfecta pero generosa y noble. Nuestros nietos no nos perdonarán que en esta hora no hiciéramos lo que debimos. Lo que está en juego no es la carrera de ninguno de nosotros. Es el destino mismo de Cuba como nación libre y soberana.

Hace unos minutos mi coro infantil  concluyó el ensayo de hoy. Me viene a la mente Saborit y su estribillo inolvidable: “Cuba, ¡qué linda es Cuba!,  quien la defiende la quiere más”.

 

¿BURÓCRATA YOOO…?

¿BURÓCRATA YOOO…?

Por Luis Sexto

Claro, la mentalidad burocrática no es una abstracción. Es más bien una conducta, un enfoque, una posición ante la gente y las cosas. Y si pretendiéramos ser más precisos y con ello más exactos, diríamos que es una hinchazón del papel público de la burocracia. Como una enfermedad social que se adquiere por canales estructurales.

En plano de «médico» tendría uno que hacer elementales preguntas: qué es la burocracia; qué sabemos del oficio del burócrata, palabra a cuyo estallido reclaman los que no lo son y protestan sobre todo los que lo son. De la burocracia sabemos, pues, que existe por ser necesaria. Ninguna organización social puede desprenderse del «conjunto de los funcionarios públicos», como la define el diccionario de la lengua en una primera acepción muy justa. El problema empieza cuando se convierte en una casta, con sus miembros aparentemente desconectados en lo personal, aunque ligados precisamente por una misma y estrecha visión enrarecedora y enrarecida: el burocratismo.

Esa enfermedad, según mi «manual clínico», consiste en ciertos perfiles ideológicos extremos, ciertas llagas en el tejido ético y, sobre todo, una tendencia a encaracolarse hasta el punto de afectar la conciencia; y entonces, un día, ya quien la padece no sabrá discernir entre lo correcto y lo incorrecto, lo honrado de lo que deshonra, la verdad y la mentira, lo útil de lo inútil. Y sobre todo —en su grado más pernicioso— llegará a sustituir campantemente los intereses de la comunidad por los intereses y bienestar de cuantos llenan y firman papeles, emiten instrucciones o administran bienes colectivos…

Lo sé: de esto se ha hablado, y no me queda otro remedio que atender el caso hoy. Lo había planificado en mi libreta de notas. Figúrense. ¿Acaso este «médico» se negaría atender a un paciente, porque antes lo atendió otro colega? Compréndanme, pues. Me parece que nuestro país necesita mantener bajo el escrutinio público al burocratismo. Y no digo a los burócratas. Porque si se sustituyeran —aunque a quien se equivoca con frecuencia habría que aplicarle el extractor o el bisturí—, quiero decir que, aunque se cambien las personas, si quedan intactas las estructuras condicionantes, el remedio es solo para eliminar, por un tiempo, los síntomas.

De esa conclusión, por demás evidente, hemos de reconocer la urgencia de apoyar y comprender la descentralización de la economía y de los servicios sociales. Tal vez muchos pequeños centros podrán convertirse en lados fuertes del centro mayor, el Estado socialista, cuyo antiguo papel de acumular en su esfera las gestiones vitales tanto como las de menor importancia, le impidió ejercer la principal: tomar el pulso a la sociedad en los sectores más alejados del centro.

Así, por supuesto, cada punto, cada servicio se erigió en réplicas verticales del gran centro: enviar abajo —así se decía— las normativas, y los de abajo en la escalera operaban con doble misión: recibir de arriba y a su vez seguir bajando las orientaciones, de modo que la cadena empezaba a torcerse por la falta de un control directo. Y con las torceduras, se engendraban los laberintos, el encaracolamiento oficinesco y la superabundancia de ventanas y planillas y, sobre todo, tanta impunidad como para corregir la ley y aplicarla o no aplicarla a conveniencia.

Pero no nos engañemos. Escribí ese párrafo en pasado porque me he propuesto trasladar la convicción de que nuestra sociedad está decidida a sacudir las estructuras obsoletas. Y si me he referido a lo inevitable de transformar la parte del orden que facilita la mentalidad burocrática, incluyo, como antídoto básico, la potenciación de la democracia socialista. ¿O no creemos que nuestra democracia sufrió la opacidad y la esterilidad de las prohibiciones burocráticas?

Esa ecuación, por tanto, ha de ser a la inversa: en vez de la burocracia controlar la democracia, que esta fiscalice a aquella. Y para lograrlo habrá que rehabilitar los canales medio tupidos de la horizontalidad y así las instituciones del Poder Popular habrán de vigilar, alertar, criticar, denunciar para que la necesaria verticalidad sufra menos riesgos de que algo o alguien se corrompa y distorsione nuestra obra y sus aspiraciones de mejoramiento. Porque si no la defendemos desde adentro, podrían escamotearla desde afuera. (Publicado en Juventud Rebelde)