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PATRIA Y HUMANIDAD

CALIFICA ARZOBISPADO DE LA HABANA ILEGÍTIMA LA OCUPACIÓN DE TEMPLO

CALIFICA ARZOBISPADO DE LA HABANA ILEGÍTIMA LA OCUPACIÓN DE TEMPLO

Antes de leer

Los tramposos se han manchado con su propia alfombra de "vidrio inglés". Han pretendido comprometer a la Iglesia Católica con   manifestaciones autotituladas disidentes, cuando, siguiendo la rima, podrían ser indecentes, por indecorosas y carentes de ética. Evidentemente, la trampa de poco sirvió: ni para que la arquidiócesis de La Habana los amparara y legitimara su acción, destinada a enrarecer la visita de Su Santidad Benedicto XVI. También, por supuesto, los malos olores de la trampa iban dirigidos a provocar al Gobierno. Parecen estar seguros de que el Gobierno, preocupado por el "show mediático" -que así se llaman estas acciones- se desatinara y los sacara por la violencia de la casa de Dios, casa de oración que ellos han convertido en caja de cobro. ?Alguien dudaría de que detrás de esos usurpadores del silencio del templo, no tintinea el dinero de Miami y de Langley? Nadie, pues, se manchará con el "vidrio inglés", vulgar excremento de vaca en los campos de Cuba con que estos señores han emporcado el piso de un templo. (Luis Sexto)

NOTA DE PRENSA

En la tarde de ayer(antier), martes 13 de marzo, un grupo de trece personas conformado por hombres y mujeres adultos, quienes se identifican como disidentes y habían acudido a la Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad de esta arquidiócesis de La Habana, manifestaron al rector de este Santuario Diocesano, padre Roberto Betancourt, que tenían un mensaje para el Santo Padre Benedicto XVI y una serie de demandas sociales y se negaban a abandonar el templo.

Con posterioridad, en el lugar se presentó el canciller de la arquidiócesis de La Habana, monseñor Ramón Suárez Polcari, quien igualmente escuchó sus peticiones, les aseguró que el mensaje sería transmitido y les pidió abandonar el templo para el cierre, a la hora acostumbrada, lo cual rechazaron. Finalmente el templo fue cerrado y los ocupantes permanecieron en su interior. Con frecuencia hacían y recibían llamadas usando sus teléfonos celulares.

Durante todo este tiempo, además, las autoridades eclesiásticas mantuvieron una comunicación frecuente con las autoridades de gobierno, quienes se comprometieron a no actuar en modo alguno. Esto igualmente fue transmitido al grupo de ocupantes, y se les ofreció conducirlos a sus casas en autos de la Iglesia. Todo intento por persuadirlos fue inútil. Al amanecer de hoy, miércoles 14, supimos que situaciones similares se habían presentado en otras iglesias del país, pero los ocupantes ya habían abandonado los templos.

Se trata de una estrategia preparada y coordinada por grupos en varias regiones del país. No es un hecho fortuito, sino bien pensado y al parecer con el propósito de crear situaciones críticas a medida que se acerca la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba. Hemos recibido comunicación de que otros grupos y personas disidentes fueron convocados a ocupar templos en otras diócesis pero se negaron a hacerlo por considerarlo "una actitud irrespetuosa hacia la Iglesia".

A los templos católicos de todo el país acuden miles y miles de fieles cada día. Las oraciones por los presos, los que sufren alguna injusticia, los difuntos o los necesitados de una vida digna, nunca faltan en nuestras liturgias y celebraciones. Todo el que desee puede ir a rezar al templo, que es casa de oración abierta a todos los que buscan en Dios la respuesta a sus necesidades espirituales y aun materiales, o a dar gracias por un bien recibido.

Por este mismo hecho, todo acto que pretenda convertir el templo en lugar de demostración política pública, desconociendo la autoridad del sacerdote, o el derecho de la mayoría que va allí en busca de la paz espiritual y el espacio para la oración, es ciertamente un acto ilegítimo e irresponsable. La Iglesia escucha y acoge a todos, e igualmente intercede por todos, pero no puede aceptar los intentos que desvirtúan la naturaleza de su misión o pueden poner en peligro la libertad religiosa de quienes visitan nuestras iglesias. Invitamos a quienes así piensan y actúan, a cambiar de actitud, y si son hombres y mujeres que se consideran católicos, a proceder como tales.

Nadie tiene derecho a convertir los templos en trincheras políticas. Nadie tiene derecho a perturbar el espíritu celebrativo de los fieles cubanos, y de muchos otros ciudadanos, que aguardan con júbilo y esperanza la visita del Santo Padre Benedicto XVI a Cuba.

Orlando Márquez Hidalgo
La Habana, 14 de marzo del 2012

 

 

RE(IN)FLEXIONES

RE(IN)FLEXIONES

 

 LUIS SEXTO 

Estudiantes de periodismo de Camagüey me pidieron estas líneas para hoy, 14 de marzo, día de la prensa en Cuba. Se las envié como si arrojara una botella con un mensaje al mar de nuestras costas

 Quizás deba modificar un antiguo refrán: más sirve el periodista  por viejo que por graduado. Y me parece que cuando hace exactamente 40 años comencé mi carrera, o mi corre-corre, de periodista pretendí ser, siendo joven, un viejo en la prudencia y la habilidad. Desde temprano aprendí con Martí que en el periodismo la pasión descarnada y la imposición no son nunca bien acogidas. Por ello, los que alguna vez subieron el Calvario en mis clases de la Facultad de Comunicación en La Habana, tuvieron que conocer, al menos, lo que se nombra estilo apagado en el ejercicio de la opinión, o en la búsqueda de la información. Estilo apagado que no significa apocamiento, sino un modo de expresarse desde la duda, la posibilidad, para que las actitudes omnímodas, imponentes, absolutas sean anuladas mediante una “adverbialización” discreta: quizás, posiblemente,  a mi parecer, etcétera, modalizadores que nos protegen de tener la razón. No siempre es conveniente tener la razón; es recomendable dudar de que la tengamos, aunque la tengamos.

El periodismo cubano pasa hoy por su peor momento. También Cuba transita por su peor época, una época que podría, como se ha dicho, ser el sepulcro de la revolución. Por ello, aunque de una manera u otra, hubo tutelaje, el del presente no tiene ninguna referencia comparable. Los que controlan la prensa y la controlan exógenamente, tienen de la prensa un concepto desmesurado en el peor de los sentidos. La experiencia soviética con Gorbachov, que liberó a la prensa, entonces no tan amarrada en la Unión Soviética, ha hecho pensar que los periódicos "tumbaron" el socialismo. Claro, esa percepción es un equívoco. Y le asignan a la prensa un poder que no tiene, pero les sirve para regularla desde fuera. Cualquier periodista avezado en la teoría ha de saber que la prensa, aunque sirva a una causa o a unos intereses políticos o económicos, debe ser regulada desde dentro, por los mismos que la hacen. Entonces sí podríamos cumplir nuestro papel. Ahora, siendo regulados exógenamente, pues lo único que hemos conseguido es que nuestra credibilidad esté en entredicho.

Todo ello ustedes lo saben y lo sufren. Ahora bien, cómo he podido yo,  me preguntan, cómo he podido yo decir, tal vez, lo que otros no han dicho. Cuando yo comencé, la situación no era la misma de hoy. Y empecé asumiendo mi papel, mi vocación, que nació a prueba de desengaños y obstáculos, tratando de escribir cómo mis maestros, vivos y muertos, me habían enseñado. Recuerdo que una de mis primeras batallas fue el uso de la primera persona en los artículos, reportajes y crónicas. En aquella época, principios del 70, el yo estaba proscrito. Todos hablábamos en nos, porque el individuo se perdía en la masa sin nombre. Yo, con modestia, sin ánimo retador, empecé a opinar en yo, a decir “me parece”, “vi”, “anduve”, etcétera, en los géneros que lo soportaban. Insistí, probé, soporté críticas, incluso injurias y menosprecios, sobre todo la estólida acusación de vanidoso. Pero, con el tiempo, me respetaron, porque el uso de la primera persona estaba inserta en un estilo cuidadoso, tan construido que a veces, y le suele pasar a los aprendices, se amaneraba. (Claro, luego fui raspando esas flores un tanto difíciles). Ese fue mi primer gran pecado, pero también me ayudaba a que me respetaran, porque, al menos, Sexto hablaba en primera persona, pero “lo sabe hacer”, llegaron a decir.

El asunto, por supuesto, es saber hacerlo. Demostrar que en lo que uno escribe se puede confiar. Y por ello, a medida que acumulaba experiencias, me percataba de que el equilibrio,  en el uso del lenguaje, en el uso del estilo, de la metáfora, de la gradación del interés periodístico mediante la forma, el equilibrio, repito, es la palabra más hermosa y útil de la lengua. Por tanto, cuando se hizo pertinente empezar a cuestionar errores, malos procedimientos, estupideces, intenté hacerlo mediante la mezcla: nada es absolutamente malo, nada es absolutamente bueno; hay parte y parte. Y esas partes y partes tenía que considerarlas, combinarlas para ser objetivamente justo. Pero, por otra parte, procuraba que cuando yo escribiera, por duro que fueran mis juicios, nadie pudiera dudar de qué lado yo estaba. Es decir, Martí dice que el periódico debe salir cada mañana a quitar caretas, pero uno debe dejar muy claro, al menos implícitamente, en los términos elegidos en la operación del estilo, con qué fin salgo a tumbar caretas, es decir a descubrir farsantes. ¿A destruir o a construir? La respuesta no ha de vacilar: siempre a favor del signo más constructivo.

Por otro lado, nadie puede pretender empezar a escribir y ser enseguida acatado y respetado. Es una lucha constante y larga. Y por supuesto, tiene que ver con la personalidad del periodista. Pensemos que, cuando digo personalidad, no me refiero a ser un García Márquez, sino un profesional consciente de sus debilidades, pero servidor tenaz de su vocación y su papel.

Eso hice. No creo, en verdad, que haya conseguido mucho. Pero algunos lo creen y me han premiado y me respetan y a veces, creo, consideran lo que escribo. He logrado cosas que me enorgullecen. Cuando en este país todo el mundo era bueno, y todos los escritores genios y todos los libros geniales, empecé en Trabajadores a hacer crítica, digamos crítica literaria. Y si estimulé, y elogié libros buenos, también taché libros que no consideré dignos de sus autores, autores destacados como Cofiño o Chavarría,, y de jóvenes petulantes. Aquellos años de inicios del 80 fueron duros, me busqué muchos líos, me granjee amenazas, cartas al director emborranadas de insultos  contra mí . También tuve el placer enorme de escribir el primer artículo, en 1984, contra la célebre encuesta de la popularidad de la revista Opina. Permítanme, entre paréntesis, contar este detalle: lo escribí la noche del día en que enterré a mi padre. Y ahí, en ese momento, comprendí que el periodista es como el artista: ha de salir al escenario, aunque el corazón lo tenga estrujado. Y yo debía cumplir mi tarea.

Ustedes no lo pueden recordar. Quizás aún estaban pensando si nacían o se quedaban en la nebulosa de Andrómeda. Pero cuando aquel artículo apareció en la página cultural de Trabajadores con el título de "No son todos los que están, ni están todos los que son", el mundo pareció venirse abajo, porque yo acusaba de fraudulenta a la encuesta. Y tenía pruebas, pruebas que guardé, aunque le dieron base a mis imputaciones y argumentos. Bueno, de mí se dijo todo, incluso que estaba preso. Y alguno me amenazó por carta y le respondí que eligiera las armas y la esquina donde dirimiríamos el problema. Aún lo espero. Porque es preferible que  se diga que aquí murió un periodista a que la tarja exprese que aquí corrió un periodista.

 Pero cuánta repercusión popular, cuánta carta y telegrama sirvieron para comprender que no me había equivocado. Por otra parte, cuando me echaron el Partido encima, el Partido me protegió, porque yo había hecho, sin preguntarles, lo que ellos esperaban que alguna vez alguien hiciera. Claro, otra época y otros hombres. Ese fue el principio del fin de la encuesta de Opina. Luego vinieron los demás medios a seguir la tarea por mí convocada.

En fin, la vida de un periodista que no quiera languidecer en una redacción, es la de perseguir una estrella. Habrá, por momentos, caídas, rechazos; pero ha de acompañarnos  el tiempo y el mejoramiento continuo, y el equilibrio y la claridad de las ideas como para no batear de “fao” una bola mala. Y sobre todo hay que hacer saber que uno tiene criterio y lo que no pasa por mi razón, no puede pasar a mis textos, porque entonces el lector sabría que lo engaño. No podemos  escribir contra el hábito de fumar, con un cigarrillo en los labios: el lector huele el humo y la falsedad. Por lo tanto, queridos amigos, en quienes me veo reflejado, el periodista honrado, ético, equilibrado, sabio en la vida y la técnica y la cultura de su oficio, será siempre respetado. Nadie se equivocará al elegirnos para repetir, porque sabrán que uno no ha sido de los que repiten, sino de los que crean y creen en su papel.

Todo, pues, todo lo que podamos hacer dependerá, en medida primordial de nuestras convicciones y de nuestra dedicación profesional. Y sobre todo de nuestra ética: Líbrenos la Patria  de ir a los organismos a pedir gasolina, o ropa, o privilegios. Caer en esa debilidad supone nuestra muerte como periodistas. Hoy tengo casa, pero hubo mucho tiempo en que no la tuve, y si la tengo hoy es porque la heredé de mi padre. Claro, uno no puede pedir a los demás lo que uno ha sido capaz de hacer; ese es el secreto del buen gobierno y de las relaciones humanas. Pero la ética y el equilibro, la sinceridad y la honradez son nuestras murallas. ¿Qué dijo Martí? Lo sabemos: No hay monarca como un periodista honrado. Y con esa fuerza tendrán que aceptar, cuantos dudan o  niegan, que los periodistas tenemos una misión  que cumplir en la sociedad del socialismo y la revolución.

 

ANDANDO SOBRE LO MOJADO

ANDANDO SOBRE LO MOJADO

Luis Sexto

En esencia, todo se reduce a una dicotomía: caridad o charity

La realidad cubana da muestras de una multiplicidad inagotable en sus posibilidades de ser dibujada de mil formas y colores por la cantidad de cabezas que la evocan y la interpretan. Precisando, hasta el  nacionalismo recobra ahora vigor y vigencia, porque algún teórico de buena voluntad estima que ha llegado la hora en que el dinero de los empresarios de origen cubano en el exterior pueda servir a Cuba desde una posición nacionalista, aunque no tengan afinidades con el socialismo. 

Dicho así, sabe a una cucharada de miel. Mas, para cuantos vivimos en el archipiélago, victimas también del constante hostigamiento de los sucesivos gobiernos de la Casa Blanca en lo económico, lo comercial, lo financiero e incluso hasta en lo militar, nos parece un tanto improbable, en las circunstancias presentes, que el empresariado cubano americano pueda invertir en Cuba, a pesar de la ley de 1995. Primeramente, todavía la emigración no ha perdido los perfiles políticamente trágicos que Washington le impuso haciéndola parecer, más que emigración, exilio. Exilio fue para unos, aquellos  que alentaron la esperanza de recuperar el poder perdido. Y los que crecieron o nacieron en los Estados Unidos, pudieron haber heredado-minoritaria o mayoritariamente, no lo sé-  la visión de sus padres: Algún día volveremos  a adueñaros de lo nuestro. En segundo término, el gentilicio de cubano americano no parece, a mi modo de ver, una garantía ni siquiera nacionalista. ¿De dónde provendrá el dinero? Resulta una quimera: el bloqueo les prohíbe invertir en Cuba un dinero  producido en los Estados Unidos.

Por otra cara,  esa propuesta adopta  para muchos cubanos del archipiélago el perfil de un caballo de Troya. Y esta última visión, que evidentemente está condicionada por el diferendo entre los Estados Unidos y la revolución cubana, hace perder  legitimidad  al gobierno de Cuba, a juicios de ciertos analistas, porque se niega  a ser  inclusiva. Cuba –dicen- ha de ser inclusiva, y una de sus manifestaciones será dar participación a los emigrantes en la vida interna del país. Justa parece en su formulación general, humana; pero miope en lo atinente a la praxis política, al no tener en cuenta la situación de inestabilidad que la injerencia de los Estados Unidos le impone a la sociedad cubana. Mientras haya fondos para promover la democracia a la norteamericana en Cuba, no los habrá para invertir en el archipiélago. El gobierno cubano y el consenso mayoritario  –y no vacilo en usar esta cantidad- que lo apoya, aunque cuantos lo sostienen expresen  inconformidad con los reajustes económicos y sobre todo estén descontentos con los desajustes acumulados, tienen que mantener incólume la posibilidad de defenderse en este litigio entre King Kong y Pulgarcito,  en el que el gigante exige “cambios” internos que convengan a la geopolítica de los Estados Unidos, y  la voluntad nacional por el contrario,  los realiza para echar base sólida al interés socialista.

Lo dicho puede parecer retórica pasada de moda.  ¿Y de retórica envejecida, que no añejada, no parte diariamente la Casa Blanca o el  Departamento de Estado o los núcleos beligerantes en Miami y Madrid? ¿Acaso pueden blasonar de una propuesta distinta, constructiva, que no sea la vuelta a la situación del día antes del primero de enero de 1959,  sin Batista, aunque nadie sabe  con qué émulo del retranquero de Banes?

Cada día, sin embargo,  se aprecia con más visión crítica que el socialismo que solo promueva el bienestar de quienes les son afines, debe encerrarse en los ganchos de la suspicacia. Ahora bien,  cuando hablamos de libertad parece que se logra el sintonizar con el extranjero satanizador. Pero hemos de también de poner en acción la suspicacia ante palabra tan recurrente y devaluada: libertad de quiénes y para qué propósitos. La propaganda política está basándose en una perversión del vocabulario. Ya no hay clases –se asegura-, pero de un lado están los ricos, los que más pueden y son los menos, y del otro, los pobres, los que menos pueden, y son los más. ¿Alguien puede negar la existencia de ambos sectores sociales, con sus matices intermedios? También  se ha acuñado de obsoletos a términos como socialización, independencia, o como justicia social. Según estos juicios, la posmodernidad, ese juguete teorético en medio de un planeta  en que varias de cuyas porciones respiran en la pre modernidad del subdesarrollo económico y la cultura ágrafa, ha determinado el “fin de la historia” y de las ideas políticas para invocar un nuevo dios: el mercado, que todo lo puede, incluso destruir el medio ambiente y seleccionar a los elegidos que sobrevivirán a la catástrofe.  

Esa es hoy, pues,  la realidad mundial, donde también el ahuecar a base de bombas y misiles a un país pequeño se llama ahora guerra humanitaria, y aprobar el congreso de un Estado  poderoso partidas millonarias para subvertir el gobierno de un país débil se nombra promoción de la democracia…

Y en estas circunstancias bracea el archipiélago cubano. Tras más de 50 años de poner a prueba los ideales  de la revolución de 1959,  estos necesitan renovarse frente a la adversidad y  los propios errores. Habrá, pues,  que proseguir el reordenamiento actual de la sociedad cubana para  generar riquezas y estabilidad económica y legitimarse ante los cubanos de dentro, mientras lo político también se transforma al descentralizarse la economía y cruzar la necesaria verticalidad operativa del Estado –necesario garante de la justicia y la equidad- con las líneas horizontales de un mayor control popular. La búsqueda del socialismo, sin modelos preestablecidos o fracasados, sin teorías que soslayen las características de nuestra época y las limitaciones impuestas por las circunstancias, es lo esencial hasta el momento, para preservar el programa martiano de “con todos y para el bien de todos”. El capitalismo, a pesar de su paisaje de eficiencia y efectividad,  nunca garantizó en cuba esa sociedad plural y justa que ciertas voces reclaman desde el extranjero y a veces desde el interior. Por el contrario, la concentración de la propiedad  agraria, industrial y habitacional, y el arbitrio de empresas norteamericanas, asesoradas con “nacionalistas” como Rafael Díaz Balart, abogado de la United Fruit,  mantuvieron polarizada la sociedad cubana entre los poseedores  y los despojados.

Por tanto, quienes en el extranjero desean, por patriotismo, ayudar a renovar la sociedad cubana, tendrán que aceptar que con Mac Donalds y “supermarquets”,  Cuba no se desarrolla. Lo hará libremente sin bloqueos y sin prohibiciones de créditos.  Ni siquiera con ventas de alimentos por empresas norteamericanas. El problema no consiste en que los Estados Unidos le vendan a Cuba, sino que el comercio fluya en doble dirección. Y aunque el conflicto migratorio se clarifique en su politización forzosa, el bienestar de todos y con todos tendrá que estar protegido  de la polarización de castas o clases poseedoras de la riqueza.

La caridad nos une, decimos ahora, y yo estoy de acuerdo. Pero la caridad que no sea sinónimo de limosna, la charity inglesa. Más bien, necesitamos la caridad evangélica que no agradezca a Dios que haya pobres, sino que se proponga hacerlos trascender la pobreza. Es decir, caridad que pueda traducirse como solidaridad, justicia social e  independencia. Lo demás equivaldría a pisar en falso. Y lo avizora el sacerdote y sociólogo belga François Houtart cuando recientemente alertó sobre que la ruina de la Cuba actual comenzaría si preparara el nicho y los pañales para el nacimiento de una burguesía. Y puede colegirse que si ello ocurriera la república se dividiría nuevamente contra si misma, aunque algunos pudieran satisfacer su conciencia repartiendo limosnas.

 

 

 

 

HISTORIAS DEL JUEZ

Luis Sexto

 Libros publicados en Cuba

Enrique Serpa es reconocido en la literatura cubana por ser autor de una novela ejemplar: Contrabando y un cuento clásico: Aletas de tiburón. Nacido en 1899 y fallecido en 1968, construyó una obra literaria y periodística extensa y calificada. También dejó textos inéditos o no recogidos en libros. Y ahora, la Editorial Letras cubanas, con un prólogo muy lúcido de la investigadora Cira Romero,  ha puesto en librerías Historias del juez (viejas radiografías pueblerinas), nunca antes recogidas en un volumen, aunque la mayoría sí publicadas en revistas y periódicos

Antes de emitir cualquier juicio, estoy de acuerdo en que este libro de Serpa fuera salvado de languidecer entre los papeles olvidados del competente narrador. Hay, pues, que estar satisfechos por que la  política editorial intente hacer de la literatura cubana un continuum, publicando a autores  reconocidos antes del triunfo de la Revolución, incluso a aquellos que viven o murieron en el extranjero, como Enrique Labrador Ruiz, de quien un volumen con varias de sus crónicas de viaje se presentó en la reciente Feria Internacional del Libro de la Habana.  Mas, aunque el poco volumen  de mi voz de comentarista coincide con la autora del prólogo en elogiar la decisión editorial,  es preciso advertir, desde mi punto de vista, que Historias del juez (viejas radiografías pueblerinas) no clasifica entre lo mejor de Enrique Serpa. No sugiero, desde luego, que sido atinado publicar este libro solo para ser justos con un autor. Y a pesar de  que, según mi juicio, no compone una obra excepcional o excelente en la bibliografía de Serpa, se ha publicado porque  posee interés y valores literarios e históricos.

El personaje narrador  es un  juez local que cuenta, a veces en primera persona, otras veces, en tercera, los azares del pueblo donde administra justicia. Desde ese punto de vista, el libro es como una postal, una radiografía como dice el subtítulo, de la vida mortecina, apagada, de muchos de nuestros pueblitos antes de 1959. Todo cuanto ocurre sucede en los primeros 50 años de república. Y desde ese punto de vista, es un complemento sustancial de  nuestra historia y de las razones que nutrieron a la revolución.

 Y por esa misma voluntad de contar lo que era –pretérito vivido y sufrido por el escritor-, Serpa no prioriza tanto la acción de sus relatos, y pinta  más bien un fresco sumamente detallado del ambiente pueblerino y sus perfiles sociopolíticos. A veces a uno le parece que en Historias del juez (viejas radiografías pueblerinas)  sobran palabras y que el final nos deja ganas de que el relato  termine de otra manera. Pero, al parecer, Enrique Serpa prefirió elegir la actitud  del escritor costumbrista antes que ser en este libro lo que había sido: el cuentista dominador de la síntesis y la concisión. Y eso es Historias del juez: un libro costumbrista, en el que abundan los detalles descriptivos del paisaje urbano y rural, y de la psicología del pueblo y sus habitantes. Y, como dije,  la atmósfera de las relaciones sociales y políticas  envuelve indirectamente a esta aldea que bien podríamos ver como una metáfora de la Cuba de jueces de saco y pajarita y de ricos tan poderosos como para dictar o burlar las leyes. 

Juzgando estilísticamente, tras haber acusado a la obra de abultada, pienso que, si sobran palabras, la causa habría que atribuírsela, en aparente contradicción,  a  la maestría de Serpa, que supo adecuar el estilo de las historias  al estilo del personaje narrador, hombre de códigos e incisos, y por tanto apegado al detalle y las redundancias imprescindibles en la expresión de  la jurisprudencia.

Historias del juez (viejas radiografías pueblerinas) nos va a gustar, en particular por cierta dosis de humor,  y nos va a enterar o a recordar de un tiempo y un ámbito social  que ya no existe, o al menos no existe con el tono y el paisaje del pasado. (Tomado de de la sección Al pie de las letras, de Radio Progreso.)

 

LA AUTOCRÍTICA

LA AUTOCRÍTICA

Luis Sexto

Antes de ir a casa cuando era alumno externo de los salesianos, o antes de dormir en la etapa del internado, el director nos daba las buenas tardes o las buenas noches hablándonos de una propuesta ética. Previamente, todos habíamos dedicado un minuto a pensar en el valor o el desvalor de nuestras acciones del día. A ese acto de reflexión, llamábamos examen de conciencia.

Más tarde, aprendí a llamarlo autocrítica.

Pero qué es la autocrítica. Oímos hablar de ella, incluso nos la recomiendan en el arte, la política, la economía. Y a mi parecer, como dije, equivale a un examen de conciencia, a un mirarse hacia adentro y ejercer la crítica contra nosotros desde la propia carne. El ejercicio autocrítico es una especie de fogón de la espiritualidad. Porque el hombre, o la mujer conversan, como dijo Antonio Machado, con “el hombre que conmigo va”. Esto es, reconoce en sí mismo a un interlocutor cuya vigencia impide que la conciencia se nos enmusarañe. O que los errores nos descosan la obra.

Sobre la autocrítica, la escritora Dora Alonso me recomendaba: ni tanta, ni tan poca. Porque si escasa, puedes perpetuarte en la misma estación; si excesiva, puedes encontrarte en el mismo apeadero por la ruta inversa: la esterilidad. Lo decía refiriéndose a la obra de un escritor o un aprendiz de escritor. Pero la opinión de la maestra, cuyas cenizas revuelan, a petición suya, en el aire de Cuba, abarca todo el espectro de la autocrítica. Compone, así, un medicamento cuya dosis hay que medir y pesar con exactitud. Si queda corta, no cura; si se pasa, daña al paciente.

Todo ello es razonable. Pero –ah, a partir del “pero” suele venir lo más interesante- le tengo miedo a la autocrítica. Más bien, miedo a cierto uso de la autocrítica. Recientemente, alguien decía en el Noticiero de TV que la agricultura había producido tanto y tanto y tanto, aunque, a pesar de las cifras, aseveraba, “no estábamos contentos con lo hecho”. En efecto, nadie, particularmente los consumidores, puede estar satisfecho con los resultados de nuestra agricultura. De ahí, pues, la autocrítica intervenía para atenuar el juicio de lo que en teatro nombran “la cuarta pared”: el público. ¿Quién no está dispuesto a perdonar a quién reconoce su falta?

Por ello temo que la autocrítica se transforme en una retórica, en un decir que se decolora, que promete lo que nunca cumple, que expresa un pesar que no se siente. Temo, en fin, que un hábito necesario y constructivo derive en un recurso enmascarador. En la poltrona de las justificaciones. A mí me enseñaron que un examen de conciencia, cuando se hace sinceramente, tiende al mejoramiento. Si pasan los días y los mismos yerros, las mismas insuficiencias, aparecen en el escrutinio, la autocrítica es simple coqueteo con la verdad. O más claro: no es verdad. 

 

HOJA DE RUTA

HOJA DE RUTA

Luis Sexto

Kant impartió lecciones de geografía. Quiso interpretar el mundo. Y dicen que  nunca viajó fuera de la ciudad de Koenisberg. ¿Será por ello que los textos de su filosofía son tan abstrusos? Este ejemplo extremo presupone viejas preguntas: ¿Viajar? ¿Para qué?

Unos, entre quienes pueden, lo hacen por negocios, la profesión o urgencias familiares. Pero los más suben a un ómnibus, un tren, un barco o un avión con el propósito de conocer,  acumular  la experiencia que ofrece la dilatada diversidad del globo. Llamémosle turismo, vacaciones, ocio, pero el fin de la travesía será siempre el mismo: acumular visiones que ensanchen los omóplatos del espíritu.

De acuerdo con los venecianos del Quattrocento -navegantes, viajeros empecinados-  vivir no es tan necesario como viajar. Pero yo he viajado para trabajar. Empecé recorriendo a Cuba. Admito que después de cuarenta años no soy el mismo del principio. Y sin esa bitácora tan emborronada de paisajes y gente de Cuba, quizás fuera distinto del que soy. Porque si es cierto que uno se define en particular según su familia, sus maestros y los libros que lee, también uno va conformándose en los troqueles de sus viajes. Espontáneamente, la estrategia de mi recorrido fue opuesta al sentido de las invasiones de las guerras revolucionarias. De Oriente hacia Occidente arrollaron a su turno mambises y barbudos. Yo, al revés, comencé a trabajar en Artemisa, entonces en la jurisdicción de Pinar del Río. Y más tarde avancé hacia una oficina en la capital. De ahí a Perico, en Matanzas. Y tras 15 días en Chaparra y Delicias, Oriente, viré a Sancti Spíritus, en Las Villas; luego ascendí a Amancio Rodríguez, inserto todavía en Camagüey. Y más tarde a la ciudad de Matanzas, en un justo regreso a Occidente que le debo  a Enrique Oltuski.

En esos años –cinco en total- ejercía de agrimensor, unas veces en los cañaverales y otras en los ferrocarriles de los ingenios. Después sobrevendrán los tiempos del periodismo, cuyo aprendizaje cursé escalando la sierra de Guamuhaya y la Maestra, o la del Rosario, y sombreándome en los bosques de la ciénaga de Zapata y la península de Guanahacabibes, y navegando en pesqueros de algún puerto. Vivencias, contacto sustancial con el que adquirí el definitivo color cubano: en ningún sitio del archipiélago experimenté añoranza, ni inadaptabilidad. Cuba, la mía, era cualquier foco donde mi conciencia se iluminara con el esplendor optimista de la vida, ya fuese en un barracón de ingenio, o en la meseta de cocina que alguna vez utilicé como lecho.

Inútil resultará el apremio para enumerar los recuerdos que no espanto con las palmadas de la desmemoria.  No parece creíble: a nada, ni a nadie, he olvidado. Tal vez se escabulla un episodio, un rostro. Pero estoy anudado y relleno con esos viajes, esas temporadas de trabajador eventual, de migrante inconcluso. Y por ciertos lugares la nostalgia ronronea su predilección. Aún me figuro sentado  en el parque del central Amancio Rodríguez. Solo, de frente al sol que se diluía en la tinta roja del atardecer. Con un libro  y la esperanza de volver a ver a una muchacha, esperaba  allí la hora de la comida en el hotel que administraba el paciente Arístides. Luego la sobremesa en la esquina del correos o en la oficina de Formell, hablando de Julián del Casal o Tomás Mann con aquel grupo en el que sobresalía el ingeniero Rafael Camblor, de quien volví a saber cuando un periodista lo mencionó al escribir sobre la construcción, 40 ó 45 años antes, de la terminal marítima de Guayabal. Era -¿o es?- sensible, afilado, culto. Y tanto que me pidió -previamente a uno de mis viajes a la casa familiar- las poesías del modernista Casal. Y recuerdo haberle dedicado el tomo con estas palabras, entresacados de uno de los cromos renovadores del misógino y pesimista poeta, y con lo cual yo pretendía justificar el gusto de Camblor, aparentemente extemporáneo: “Casal aún se desangra como Petronio en su bañera de alabastro”.

En el medio, los viajes de trabajo al extranjero sedimentaron mi experiencia periodística. Completaron visiones previas de mi cultura. Dos meses en La Paz me concedieron el capricho de  palpar, sentir la nieve. Estábamos cerca de los picachos andinos, que en sus espacios sin hielo mostraban manchas de piedra gris, reseca, tan antigua como huesos prehistóricos o una página inicial del Génesis. El altiplano, otro día, me reveló una imagen concreta de la desolación en aquella choza de adobe aplastada como si fuese un bolo de coca contra el pasto. Aún la recuerdo alejándose tal un grito aterido en la frialdad del cielo, tan cercano. Al final del viaje, próximo a la frontera con el Perú,  el Titicaca, nombre mágico de nuestra niñez escolar, cuyas aguas un día imposible ganaron la certeza de su grandeza y de mi pequeñez marinera.  Antes, en  fecha que no apunté, había recorrido durante seis horas uno de los caminos más recomendables para un suicidio con apariencias accidentales. Partimos de la afueras, de los bordes de la hoya donde se arracima la capital a 3, 600 metros de altura no sin antes un chamán invocar a la Pachamama para que  protegiera nuestra buena suerte. En ese instante, me pregunté en qué aventura me enrolaba si era preciso pedir a la Madre Tierra su favor. Y colgado de los Andes entre jorobas y estrechez, la ruta pasó del frío gélido al calor diurético mostrándonos abajo los hierros arracimados de cuantos nunca  llegaron.

A la vuelta desde Caranavi  -de cuyo municipio Omar George, Ariel Terrero y yo somos hijos adoptivos, tal vez por el acto heroico de llegar hasta allí, a  los Yungas,  concurrencia del verdor- pregunté si la vuelta era menos inquietante o tan crucial como la bajada, y respondieron con cierta sonrisa sádica, como regodeándose en el dato: Para subir, hermano, hace falta, sobre todo, que la Pachamama no nos olvide…

Ahora me detengo en las cataratas del Niágara, esa referencia que los estudiantes del Caribe –donde nada asombra- oyen entre nebulosas, como si las aguas se despeñaran en su mente y les llenara la cabeza de partículas de agua, casi parecidas al humo. Para un cubano, el Niágara no integra solo un icono geográfico, sino un santuario histórico. Acodado al muro desde donde el salto mortal del río  publica su grandeza, José María Heredia se estremeció con los primigenios versos de su Oda. Allí recordé, como el poeta, las palmas distantes y calculé la fugacidad del tiempo  al mirar abajo el vértigo pasajero de las aguas.

Viajé al extranjero más de  quince veces. Pero ya había cumplido en lo esencial la imperativa sugerencia de aquella cápsula publicitaria que, aderezada con una música guarachera, rítmica, descoyuntante, recomendaba conocer “a Cuba primero y al extranjero después”.  Y en el extranjero jamás pude estar en sosiego luego de pasados los primeros quince días. Muchos  de mis compatriotas sufren o gozan de esta dolencia que te obliga a mirar hacia dentro, como el hábito guajiro, común en mi infancia, de esconderse detrás de la puerta  al llegar una visita o para recitar unas estrofas del “Carretero y el eco” en un aula multígrada.

No he de desmentir, por tanto, que las temporadas o peregrinaciones interiores plantaron la raíz de mis letras. Y qué bueno, como escribió mi amigo el escritor gallego Xosé Neira Vilas, es tener la raíz en alguna parte. Él mismo, viviendo en Buenos Aires o en La Habana, escribía de sus años y sus cosas en Galicia. Y también yo recurro, como en  un vicio, a aquellos viajes  por Cuba, hoy en mi memoria como  itinerario principal de la nostalgia.

 

 

 

 

 

LA TORRE Y EL RELOJ

LA TORRE Y EL RELOJ

Por Luis Sexto

El reloj es la estampa que más recurre a mi evocación de aquel viaje a Cremona. Fue esta vez la hinchazón de mi sensibilidad, el botón que cerró la trampa del placer ocasional. Y mientras escribo he temido que las palabras se escabulleran, porque mi saber no sabe cómo impedir que las alas de cera de mis palabras pisen el vacío y no intuyan que todo les falta. Me he preguntado qué significan los relojes, además de medir las horas y anunciarlas a veces con una campana cuyo sonido bronco o agudo llega como en lóbregas ondas. Y cómo no sentirlo así, si esa campana dobla por nosotros, que pasamos.

Los relojes, como los libros, me dominan. Quizás por esa sumisión  a los cronómetros sea yo tan  puntual, y también capaz de salir a la calle, con  el pulóver al revés. Pero sin reloj, no. Porque me parece no sentir el brazo izquierdo, ni orientarme bajo la luz o la noche. Me atrajeron no sé desde cuándo, aunque solo a los 41 años pude comprar uno con partida de nobleza que justificara el hábito de andar mirándolo con la frecuencia como en un tic, o tac, propio de confesiones psiquiátricas. Y desde cuando los empecé a usar feos y baratos, parece que me gustaba alzar, con cierta inconsciencia, mi brazo izquierdo para echarle un vistazo al de turno. Una novia de mis audacias juveniles me reveló el hábito al preguntar si yo miraba tanto la hora porque ella provocaba mi impaciencia.

Antes de llegar me habían anunciado que en Cremona encontraría a Stradivarius en los cotizados violines que hoy duermen en un museo al temblor de  cuerdas como quejidos de ángeles, sin que hasta hoy se haya averiguado quién hechizó las manos del lutier para  apresar el sonido del cielo en una caja de curvas femeninas.

No me advirtieron, en cambio, de la existencia, de un campanario gótico, levantado a finales de siglo XIII y que clasifican como el mayor de Europa, en cuyo cuerpo frontal un reloj astronómico del 1500 –después vería otros parecidos en ciudades diversas- recorre las horas con una numeración del uno al veinticuatro. Y en el medio de la esfera, los signos del zodiaco invitan a las cabezas pensativas a complicar el misterio del tiempo y el destino humano.

Situada Junto a la Catedral, de fachada tan ruda que casi aplasta  a quien la mira de frente, desde la aguja de la alta torre, o torrazzo, como la llaman los italianos, el ámbito antiguo de esta ciudad de Lombardía, con sus casas de dos y tres plantas y tejados de dos y cuatro agua, y callejas estrechas, justificaba  haber subido 112 metros de altura en 502 escalones. Abajo, cerca de 70 mil habitantes,  se movían con un sigilo remoto, en un ámbito de color ocre, solemne, mural antiguo en un nimbo de silencio, que invitaba a interiorizar la existencia y que acompañó a Stradivarius mientras en el XVII encuadernaba sus violines con una técnica sin herederos.

A la redonda, después de la periferia moderna, se mecían los campos verdes del verano, entre una luz clara y suave, y al fondo, tras la neblina, los Pre Alpes, cuya prefiguración inimaginable llenó los huecos visuales con los que aprendimos, de niños, la geografía del mundo situado al otro lado del Caribe.   

Quizás el reloj del Torrazzo de Cremona, enorme y enigmático para mi mirada suspicaz, recurra a la memoria del viajero con tanta pertinacia, porque sugiere la idea de no darle ninguna esperanza al hombre. Desde lo alto, el tiempo nos tutela como verdugo: gira las 24 horas sin dividir la esfera en dos vueltas concéntricas, que parecen trazar la oportunidad de creer que el día rinde más partiéndolo en un antes y un después de las doce...

 

 

 

 

"CASI GASTAMO UNA CAJA DE CONDONE"

"CASI GASTAMO UNA CAJA DE CONDONE"

Por Carlos Tamayo Rodríguez*

Por su interés y por la calidad del que firma, el titular de Patria y Humanidad reproduce este artículo que mantiene viva la polémica contra el mal gusto de cierta música

¿Alguien recuerda si, anteriormente en Cuba, hubo tantas opiniones divergentes sobre un subgénero musical? Me refiero a lo que sucede desde la entrada por el  éter del reguetón; luego llegaron los discos y casetes audiovisuales salidos de las cajas de la globalización acomodadas por Pandora, a centros recreativos, urbanos y rurales, y se apoderaron de la radio, la televisión, las discotecas, las casas de cultura, los rascacielos y los bohíos, hasta dejarlos casi sin música campesina.

En centros educacionales, playas y bases de campismo, universidades y cuarterías, los niños y las niñas, las y los adolescentes, hasta personas de la tercera edad,  y quizás más allá, danzan esa música fusión surgida en el reino de este mundo; a  lo mejor la misma que escuchan quienes ya se fueron para los otros: el supramundo en el cielo y el inframundo en el infierno, con reguetón,  en la salud y la enfermedad, en la pobreza y la riqueza, en la vida y la muerte, reguetón, para quien lo disfruta y lo defiende, para quien lo padece como tortura cada día, a toda hora, en los rincones de  nuestro archipiélago y del planeta azul espanto, reguetón..

Luego pasó a la ejecución en vivo por agrupaciones profesionales y de aficionados, comenzaron las grabaciones de discos por  quienes tienen acceso a ese soporte, y backgrounds destinados a  los que no pueden fundar una banda, y la abrumadora  reiteración del diskjockey.

Recuerdo una larga conversación con el manzanillero ilustre Wilfredo Pachy  Naranjo, director de la orquesta Original de Manzanillo, quien recientemente ha sido reconocido con el Premio Nacional de Música, cuando viajábamos  por la Carretera Central para asistir a una reunión del Consejo Nacional de la UNEAC, junto al eminente trombonista bayamés Augusto César Odio, el Emperador de la Música, director del cuarteto Metales en Concierto e integrante de la banda cubana Compacto. Pachy y Odio se referían  a los elementos morfológicos que han atrapado a los bailadores del ritmo al cual considero invasor, porque ha desplazado a otros reconocidos como parte de la identidad musical cubana, por el exceso de difusión acrítica; ambos se han mantenido fieles a la promoción de ritmos originarios de la cuenca del Cauto. Yo criticaba la pobreza de las letras.

 Amable lector, ¿te imaginas que ese ritmo ostinato continúe sonando otra década más en nuestros atormentados oídos,  con el desmedido volumen que nos acosa por todos lados? A este paso, los otorrinolaringólogos diagnosticarán sordera por reguetón y todos nos sentiremos como si fuéramos Beethoven al final de su carrera. Sin embargo, sordos de remate, no tendríamos que decodificar ciertos sintagmas versos que acompañan esa rítmica; para mí, algunos son  verdaderos ejemplos de lo peor que le ha ocurrido a la cultura cubana.

   Varias “voces” comparten esta avalancha de grosería que causa furor en cientos de miles de fans jóvenes y viejos:  Mira que pasa el tiempo /  como nos trae sorpresa / no sé cómo analizo y luego pienso /  que me falta sentimiento, /  yo soy el hijo ’e p_ _a / de este movimiento. (El Chacal)

   Un segmento del movimiento reguetonero  ofrece gajitos de marabú: Oye no me estrese, /  sácame la leche, /  abre la bodega /  que queda gente afuera. (Osmani García)

    Con espinas así: Tremenda noche, candelone con tostone, / hubo apretone y hubo chupone, / tremendo rato y una pila ’e posicione, / casi gastamo una caja de condone. (El Chacal y Kategoría 5)

    He aquí algunas muestras de lo más pegado y pagado, probablemente, en la historia de la música y de la economía cubanas. Nuestro pentagrama nunca escuchó chancletazos como estos.

    Asistentes a fiestas de reguetoneros me cuentan que cuando están bailando no entienden a los cantantes por la rapidez de las frases. A las mujeres les gritan que son unas locas   y entonces muchas se menean y remenean con una coreografía propia del reguetón, de movimientos pélvicos desenfrenados, como si estuvieran haciendo el acto sexual. ¿Recuerdas, lector, que en la colonia los españoles prohibieron el danzón porque lo percibieron como  un baile pornográfico? ¡El danzón pornográfico…!

   Pero, “no os asombréis de nada”, como dijo el poeta Manuel Navarro Luna. Los defensores a ultranza del reguetón como un todo, es decir, música y texto incluidos, deben haber visto el video  o escuchado el disco La Masacre*, del cual transcribo unas líneas provenientes de un lenguaje tropeloso, por momentos ininteligible al igual que la realización fonética en varios compases,  pertenecientes al realismo sucio:

   Hablado: ―Atención. Silencio. Comienza la ceremonia de La Masacre, para los presos números 7 y 13, nombrados Ramón La O y Javier Cedaño, acusados de regalar p_ _ _ _ í a  musical […]

   Cantado: Cumple que te veo patinando / que por educación no me voy a quedar callao, / ustedes son unos s_ _ _ _ o  /  y nadie me va a quitar, chama, /  lo que Dios me ha dao.

   Sobre las palabras transcritas con letras inicial y final, les recomiendo completarlas y,  a la vez, les pido que no se insulten: esas son las que cantan, para sus fans, con  gestualidad ofensiva: en actuaciones en vivo los cantantes se agarran los genitales y emiten sonidos guturales: Te ha dado por hacerte el mafioso / y tú no vas a ser na’ mentiroso / te faltan  c_ _ _ _ e mocoso. / Brinco, brinco, brinco. / / A nadie le pido rima / para subir a tarima / porque tengo lo que hace falta / y no me sale de la p_ _ _ a.  (El Chacal y Yakarta)

   Aquí no pueden faltar líneas de El chupi chupi, que en el concurso del programa LUCAS  (televisión cubana) logró seis nominaciones a premios: Dame un chupi chupi / que yo lo disfruti, / abre la bocuti, / y trágatelo tuti. //Dame un chupi chupi, /dale ponte cuqui, / y apaga la luqui / que se formó el balluqui. (Se repite seis veces durante la ejecución.)

   […] Póngase calentuqui mamuqui / pa q me chupe el platanuqui  /  ambran paso pa’ que chupe un poco / Sin jockey la niña está sin jockey / se baja el calentoki pa que papi se lo toqui / Chupi chupi chupi ma que se pone brava mama / Yo soy tu loco descarado, / el mal criado / yo sé que tú carece de lo que presume, / tú sabes que conmigo se te cae el blume. / Ve bajándote el ciper / te voy a quitar la ñique / te gusta mi meñique / yo te lo voy a meter […] (Osmani García) [Se ha respetado la cacografía.]

   Mientras caminaba por una pacífica calle cubana, en una reproductora de música, a todo volumen, se escuchaba la violencia: Te meto un palo por la cara, y más tarde: Mámameloconto. “No pasa nada, es la vida que pasa”, como dijo el poeta Eliseo Diego.  No martirizaré más a lectoras y lectores decentes con fragmentos de  la peor de las parcelas, la del mal reguetón. A Cuba la distingue la creación inteligente.

 (Ver también del propio autorel artículo titulado Esto es una masacre musical, en  www.tiempo21.cu)