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PATRIA Y HUMANIDAD

LAS MEMORIAS DE UNA DINOSAURIA

LAS MEMORIAS DE UNA DINOSAURIA

 

Luis Sexto

Los títulos literarios, incluso periodísticos, no son una norma estatuida por una  tradición reciente. Ni un adorno puesto sin rigor, en plenitud de anarquía o descuido. Los títulos  tienen, sobre todo, una función: provocar o convocar a los lectores, sin que, como recomendaba el italiano Umberto Eco, el escritor les ofrezca demasiadas pistas, de modo que el título sea la tentación del misterio, de la sugerencia, la intriga. Y Dinosauria soy, de Graziella Pogolotti, es un título que ha tentado a muchos. La reconocida ensayista, figura habitual en el quehacer de la cultura cubana, ha empleado un término usado entre nosotros con cierta dosis de negatividad. Llamar a alguien dinosaurio es como decirle: eres viejo, atrasado, reticente… El nombre de una especie animal extinta sirve para invalidar a muchas personas, en particular  en nuestros debates.

Graziella Pogolotti, pues, recurre  al término dinosauria para inquietarnos, para pincharnos el interés. Claro, debajo de confesión tan provocativa -Dinosauria soy- una especie de subtítulo nos revela la intención y el contenido de título tan original: Memorias, dice también la portada de este libro. Y uno no pierde tiempo, lo toma del estante, lo paga, por supuesto, y comienza la lectura, la lectura de unas memorias donde la autora confiesa que ha vivido mucho, y por lo tanto esa es la mejor recomendación para Dinosauria soy. Para escribir hay, necesariamente, que haber vivido. Y el lector intuye la provocación del título. Estas, pues,  componen las memorias de una intelectual que ha vivido mucho, con un apellido reconocido en la historia de la cultura cubana, y por lo tanto sus recuerdos deben de estar colmados de cosas que el lector de hoy ignora.                                                                                                                        

Nacida en 1932, en París,  su padre fue un destacado pintor de las vanguardias artísticas de los años iniciales del siglo XX.  Pintor que perdió en fecha muy tempana la vista, y luego, en una admirable lucha contra la adversidad, derivó hacia la literatura. Escribió, entre otros, un libro de memorias también lleno de información y también  escrito con pasión y acierto. Ese libro de Marcelo Pogolotti se titula Del barro y de las voces, y que yo recuerde ha tenido dos o tres ediciones en Cuba.

Su hija, con crédito independiente -es decir, sin necesidad de su apellido-  como ensayista, experta en artes plásticas, en literatura, y con la hondura como  espacio en que sus ideas se sumergen, ha escrito con Dinosauria soy un libro de memorias encantador, aunque el calificativo huela a lugar común. Pero, en efecto, encanta. Porque no es un texto minucioso, que enumera cada fecha y cada detalle. Además de la prosa, envuelta en una clara nubosidad poética, estas memorias se caracterizan por la síntesis. Es decir, la doctora Pogolotti, todavía nuestra contemporánea, que ha vivido acontecimientos que muchos de sus compatriotas y posibles lectores han vivido o conocido por referencia inmediatas, prefiere sintetizar, mencionar sugerentemente  lo sabido, sin cansarnos. Y se explaya en aquello que resulta más distante, menos conocido. Pero enjuicia incluso lo más reciente y así este libro no concluirá con nuestra época. Servirá para mañana. Como sirve para descubrirle a la doctora Pogolotti una prosa narrativa que se sobrepone por encima de sus textos teóricos, obligados más a lo denotativo, a lo conceptual que al tropo, la armonía de la construcción, la pincelada conmovedora.     

He de advertir que las memorias no son la autobiografía del que las cuenta. En la autobiografía, suele estar en primer plano el autobiografiado, pero en las memorias, el que evoca el pasado habla sobre todo de quienes lo rodearon o influyeron en la peripecia vital del que escribe.

Dinosauria soy de Graziella Pogolotti, es, en mi criterio, un libro inolvidable.

 

EL DEMONIO VENCIDO POR EL AMOR

EL DEMONIO VENCIDO POR EL AMOR

Por RICARDO RONQUILLO BELLO*

Hay quienes padecen la anomalía congénita del «mal de cálculo». Así le ocurrió a quienes aspiraban a desatar los demonios en vez del amor y la caridad que inspiraban la visita a Cuba del Papa Benedicto XVI.

Olvidaron que en la isla revolucionaria que visitó el Santo Padre hay cada vez señales más fehacientes de que pueden convivir el amor a dios y a la justicia social, sentimientos que a veces parecieron irreconciliables.

No ha sido una prueba sencilla. No lo fue, ni lo será en medio de ningún cambio social profundo, pero una Revolución cubana en mayor madurez, y en circunstancias históricas que ya no son aquellas de los cismas fundacionales, ha aprendido a superar gradualmente el dogma de que las religiones son el opio de los pueblos, uno de los más graves estigmas que separaron históricamente a marxistas y creyentes.

Tampoco la iglesia católica cubana actual es aquella en la que se hacían inconciliables la fe cristiana con los más avanzados ideales sociopolíticos de la modernidad.

En los documentos del Primer Encuentro Eclesial Cubano, un acontecimiento singular en la historia del catolicismo en Cuba celebrado en 1986, que siguió a otros muy renovadores de la vida de la iglesia en el continente, se reconocía que: «a raíz de los momentos de enfrentamiento entre Iglesia y Estado de los años 1961 y 1962, algunos cristianos adoptaron, para conservar su identidad, un estilo cerrado y defensivo a modo de “exilio interior”. Este modo de vida, muchas veces sin compromiso con la sociedad, creó la opinión de que la Iglesia era desafecta a la Revolución».

Ya desde ese momento se hacía un acento en superar las diferencias y avanzar en el camino del respeto y el entendimiento. En los documentos de aquel Encuentro Eclesial se recogió que «la Iglesia en Cuba, en la persona de sus obispos, sacerdotes, consagrados y laicos más comprometidos, ha tratado de encontrar los caminos que lleven a una situación de diálogo entre católicos y marxistas.

«Para esto la Iglesia, en su predicación y orientaciones pastorales, ha insistido en el papel del cristiano en la sociedad, exhortando a los creyentes a dar lo mejor de sí mismos en bien de la colectividad, queriendo así servir mejor a la sociedad y propiciar un diálogo constructivo». En definitiva, ya desde ese instante se abría de ambas partes una aptitud verdaderamente ecuménica, fehacientemente demostrada en los resultados de la visita del Sumo Pontífice al país.

Lo cierto es que los cubanos, con independencia de sus raíces y creencias, estamos interesados cada vez más en conocer los nexos principales de la milenaria historia universal, y en promover una cultura sin esquemas ni doctrinas ideologizantes, como ha reconocido el luchador de la Generación del Centenario del Natalicio del Apóstol en Cuba, Armando Hart.

Para el actual director de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado, esa es la cultura que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar, y tan necesitada del acento utópico de los pueblos de raíz latina.

En su cálida y respetuosa despedida al Papa, Raúl resaltó que Cuba ha tenido como su principal objetivo la dignidad plena del ser humano, algo que, dijo, somos conscientes no se construye solo sobre bases materiales, sino también sobre valores espirituales.

Curiosamente, en los fundamentos de los católicos cubanos, como en los de la Revolución que triunfó en enero de 1959, hay una opción preferencial por los pobres. Esta última proclamó el 16 de abril de 1961 que la nuestra era una revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.

En el mencionado encuentro eclesial se postuló que la Iglesia Católica cubana compartía la opción preferencial por los pobres proclamada en Puebla: «La Iglesia quiere ayudarlos a tomar conciencia de su propia dignidad y a conseguir su desarrollo integral».

Mientras concluía la visita a Cuba de su Santidad Benedicto XVI recordaba a Cintio Vitier, el destacado intelectual y apasionado martiano que sufrió entre nosotros su propio «calvario» de incomprensiones como consecuencia los prejuicios religiosos.

Al enterrar a Cintio no pocos cubanos sentimos que en nuestra tierra no penetraba un cadáver, más bien reverdecía una raíz, una estremecedora conexión, un hilo misterioso entre los hombres y las épocas que le dieron a esta isla su entraña sentimental, y la elevaron a su condición espiritual: de gallarda, noble y soñadora, levantada a la emancipación y al decoro. Con su cuerpo sembramos una columna, de las tantas sobre las que deberá seguir irguiéndose el altar moral de Cuba de entre cualquier desgarradura.

Al intelectual y hombre completo que se fue al definitivo reposo nada alcanzó para envenenarlo, sino para ennoblecerlo y agigantarlo. Supo darle perdón a lo que lo merecía. Asumió que el bien de la patria está siempre por delante de todo, incluso la fortuna material y la vida. Su gesto, como el de otros tantos, honra la frase del escritor francés Conde de Rivarol: «Cada dogma tiene su día, los ideales son eternos».

*Periodista cubano.

Y EL GOBIERNO QUEDÓ EN PIE

Y EL GOBIERNO QUEDÓ EN PIE

Luis Sexto

Últimas impresiones sobre la visita papal

Vino, habló y ganó el respeto de los cubanos. No de todos.  Porque si algunos esperaban que Benedicto XVI tumbara al gobierno revolucionario, con una arenga, una oración o un soplo, han de sentir, además de frustración, una especie de rencor hacia el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.  De esos absurdos, intrigas, fantasías y carencias de realismo está compuesta la mentalidad de muchos de cuantos  pelean pretendiendo que un golpe de suerte, les haga el trabajo de derrocar eso que, en una reducción de la historia y las circunstancias, llaman castrismo.  Si hubieran sido enemigos de los romanos, en época de Cristo, habrían pretendido que Jesús les destruyera el imperio. 

O posiblemente no quieran derrocar al gobierno cubano, porque  a fin de cuentas, se acaba el negocio.  No invento. Mi amigo y ex profesor  Jorge Dubreuil, hace años  confundido entre  mercaderes de la política hasta que se dio cuenta y se reconcilió con la Cuba de hoy, no con la de su pasado, me contó que entonces Frank Calzon, la esfinge de la “casa de la libertad”,  le dijo: El asunto no es tumbar a Fidel Castro… Y cuál es entonces el propósito de nuestras reuniones y discursos, preguntó Dubreuil. Pues… eso: reunirnos, hablar y recibir el dinero.

Días después de la partida del Papa, uno se percata que a pesar de que  pretendan tergiversar sus palabras y gestos, quedan dos verdades muy claras. La primera, vino a Cuba como jefe de un Estado, aunque muchos -dentro y fuera de Cuba- no lo entiendan y requieran por lo tanto de estudiar historia si se creen aptos para hablar de política. Segunda, llego a Cuba como cabeza visible de la Iglesia Católica Romana, para realizar una visita pastoral, es decir, reunirse y orar con los fieles, obispos y sacerdotes en Cuba. Para ellos habló en primer término. Por ello, sus homilías se ciñeron a una intención religiosa o ético religiosa, y no me parece que el Sumo Pontífice haya echado mano de “indirectas” o alusiones que en su caso específico habrían lastimado la moral cristiana que invocó en cada una de sus alocuciones.

Ahora bien, ciertos adeptos de la derecha se disgustaron  con el Papa por la condena al bloqueo de los Estados Unidos contra el archipiélago cubano, y ciertos adictos al izquierdismo le critican a Benedicto XVI su referencia -durante el viaje a México-  a la incapacidad de la filosofía de Marx para responder a las necesidades  del mundo actual en la forma en que se aplicó. Pero, como le pedí comentar a un lector en este blog,  el papa no ha dicho nada del otro mundo. Además es su opinión, y no una opinión ex catedra, es decir, como jefe de la Iglesia, sino como hombre de pensamiento. Podría, incluso estar equivocado. Pero los revolucionarios inteligentes y abiertos saben que una oblicua  interpretación de Marx  fracasó con el socialismo real. El propio Marx, de haber oído al Papa, hubiera dicho que tendría razón, porque en vez de utilizar el análisis marxista del capitalismo y del paso al socialismo como una guía, adecuada a las circunstancias y al desarrollo de las fuerzas productivas, lo usaron como dogma. Y los dogmas sociales, no los religiosos, corren el riesgo de desarticularse en la práctica. Ahora bien, lo que sí no ha fracasado es la aspiración a un mundo justo, en paz, a un socialismo nuevo. Y una creadora interpretación de Marx, coadyuvaría a materializarlo,  como también podrá coadyuvar el cristianismo original. He de repetir que si en lo religioso, el dogma es imprescindible para mantener íntegra la doctrina de la fe, en la filosofía, particularmente en la filosofía política y en la sociología, el dogma tiende a destruir la base epistemológica de las ideas.  

En fin, se especula. Se especula de un lado y otro, tanto los frustrados por que los días del Papa en Cuba encontraron desenlaces no deseados,  como los inconformes porque el anticlericalismo o el ateísmo sostenidos como piedra miliar de la militancia política, no aceptan relaciones con iglesias o religiones. Para los primeros, “el castrismo” intenta convertir en su aliada a la Iglesia Católica cubana en detrimento del resto de confesiones y creencias.  La racionalidad, a mi parecer,  demanda que una relación fluida, un espíritu de colaboración nacional con la Iglesia Católica, exigirá también el mismo respeto y la misma colaboración  en unidad con el resto de denominaciones y creencias y, sobre todo, creyentes.

Ahora bien, el Papa de los católicos posee, como ya advertí, un valor más universal. No solo por ser el catolicismo la religión predominante en Occidente, sino por su antigüedad, una antigüedad que desde comienzos de nuestra era –la era cristiana- acompaña la historia humana, con todos los yerros que, quienes introducen los dedos en las llagas, hayan utilizado  para invalidar la visita papal; incluso, magnificando la filiación  a las juventudes hitlerianas  del joven Ratzinger, pegando la etiqueta sin más datos circunstanciales, y soslayando la realidad histórica de Alemania en la década de 1930.  Fijémonos en la inconsecuencia de ese  proceder en esta analogía.  Pobres de los exmilitantes  de la Juventud Comunista de Cuba y del Partido Comunista Cubano, y de los que, de niños, fueron pioneros y vivan hoy en los Estados Unidos; en cualquier momento les cae una razzia  sobre su pasado para anularlos como ciudadanos integrados a la sociedad norteamericana.  Claro, el término  de “natzinger”  aplicado al Sumo Pontífice es un despropósito que procede de una izquierda que, por su incapacidad de evolucionar evaluando objetiva y justamente a las personas y las circunstancias, jamás podrá tomar el poder en el país donde se asiente. Y si lo toma, enseguida lo pierde: no puede doblarse  para distinguir táctica y estrategia, lo posible de lo imposible, lo útil hoy y lo útil mañana… La rigidez es el germen de la autodestrucción de la cualquier izquierda.  Lo he dicho antes: el dogmatismo.

Cuba, esto es, el socialismo en Cuba, necesita contar  con todos los cubanos y con todas las instituciones. Múltiples son las conquistas por defender. Una de las primeras es la independencia y con la independencia, la unidad de la nación, que no pertenece solo a los revolucionarios, y mucho menos a los ateos. Pertenece a una sociedad que incluya a todos los cubanos, en una diversidad que persiga las causas  nutridas con la obra y la sangre de generaciones anteriores, comenzando entre las primeras, con Aponte y su audaz conspiración independentista, y siguiendo con el Padre Félix Varela y Martí, hasta hoy. El socialismo, pues,  ha de tender a la unidad, y ninguna ley la ha prohibido. Y por ello, a mi modo de ver, van contra la patria las acciones o propuestas que intenten  dividirnos  por la creencia, el color de la piel, el sexo, y  otras diferencias normales  en cualquier sociedad humana.

Los que guerrean contra el socialismo en Cuba, nos ofrecen el primer pivote para la división: llaman castrista al gobierno cubano. Cualquier juicio con mayoría de edad intelectual y ética, no podrá negar el papel de los actos y las ideas Fidel y Raúl Castro en nuestra historia. Pero los del otro lado del estrecho de La Florida o del Atlántico, soslayan que la revolución cubana ha sido un movimiento nacional masivo. A mí, en lo personal, no me disgusta que me califiquen de castrista, si serlo implica tratar, entre  agresiones, bloqueos  y errores propios, de levantar una sociedad justa donde el cubano no se sienta extraño e inseguro  en su tierra. Pero no me pidan que les reconozca  el derecho a cualesquiera de mis compatriotas a  volver al capitalismo, bajo la égida geopolítica de los Estados Unidos.  Al menos, no en esta situación en que   las administraciones norteamericanas se relevan para destruir lo que la revolución edificó y ellas han limitado con el viejísimo recurso de la guerra económica.  Ya conocemos esa tela y el traje que resulta de ella  es la dependencia.

Por otra parte, en ese campo ilimitado para lo cuerdo, lo recto, y también para lo irresponsable nombrado Internet,  aparecen acusaciones y críticas desde una izquierda que parece ser zurda, y acusan paradójicamente al gobierno cubano, a ese que tanto limitan, insultan y combaten desde el extranjero, de llevar a Cuba al capitalismo.  Venga a ver, Mío Cid, quién les entiende ese marxismo doctrinario y libresco al que Benedicto XVI –hombre de pensamiento teológico y filosófico- dijo que así, en esa forma no responde  a la actualidad…  Aceptemos el consejo. Antes, sin embargo, habrá que renunciar al absolutismo que a va veces nos obliga a quedar ciegos para que otro sea tuerto.

 

 

 

"LA ROSA BLANCA": UNA APRECIACIÓN BENIGNA

"LA ROSA BLANCA": UNA APRECIACIÓN BENIGNA

 

Por Argelio Santiesteban

¿Recuerdan aquella vieja película del centenario martiano?

En el seno de la mascarada batistiana del Centenario, se funda la Compañía Películas Antillas S. A., con Francisco Ichaso (1) como presidente y Félix Lizaso (2) como tesorero. Objetivo: administrar --¡y de qué manera!—los 250 mil pesos descontados al proletariado cubano para la filmación de La Rosa Blanca.  

   Amadrinada por Marta Fernández de Batista, la película tuvo como director a Emilio El Indio Fernández, con guión de Mauricio Magdaleno, ambos mexicanos.

   Los primeros pecadillos antimartianos de Magdaleno databan de su Fulgor de Martí (3), pleno de florida verborrea y de inexactitudes históricas. Sobre Batista, alguna vez declaró: “Éramos amigos íntimos, yo le hablaba de tú”.

   El escándalo inicial lo motivó la nutrida presencia de actores y técnicos extranjeros, que desencadenó un boicot por parte de los organismos sindicales cubanos (4). (En aquellos encontronazos tendría protagonismo el siempre recordado Alejandro Lugo).

   Encarnó a Martí el actor Roberto Cañedo, quien pesaba cien libras más que el héroe cubano. Gigantón de seis pies, exhibía una cabellera que sólo dejaba a la vista medio dedo de frente. Por otra parte, su acento mexicano contradecía los testimonios de todos los que conocieron a Martí, quien, a pesar de su prolongada ausencia de la Isla, siempre habló como cubano. Fueron concluyentes al respecto, las declaraciones indignadas del coronel Ramón Garriga, ayudante de campo del Maestro (5). Además, en la actuación de Cañedo proliferaron las gesticulaciones de gañán y los bostezos.

   Menudearon las meteduras de pata de toda índole. Así, en la playita de Cajobabo desembarcan siete expedicionarios, no seis. Al llegar a tierra contemplan las luces de Santiago, salvando la diminuta dificultad de que entre el punto de desembarco y dicha ciudad se interponen respetables macizos montañosos. (Sierra de Mariana, Sierra del Maquey, Cordillera de la Gran Piedra).

   El atuendo de Martí en México es, según refleja el filme, traje a cuadros, y no su austera vestidura negra. Además, ya en campaña, Cañedo se endominga como un padrino de bautizo, olvidando que Martí en el Diario describe detalladamente su sobrio vestuario y su armamento.

   En la escena del penal, Don Mariano aparece con traje de dril 100, zapatos de dos tonos y jipijapa. Por otra parte, la caballería mambisa anda sobre monturas que son, a todas luces, de la Guardia Rural.

   El público no sabía si morirse de risa o de indignación, pues el actor que encarna a Maceo muestra una estampa menos viril que la esperada para el coloso broncíneo. Traía al cinto un arcabuz de la época de la Conquista.

   La niña guatemalteca, María García Granados, propone a Martí un pacto suicida, y el viejo general expresidente envía una pareja de soldados que secuestran al cubano, con el fin de que aclare sus intenciones con respecto a la muchachita.

   El periódico Avance le declaró la guerra a La Rosa Blanca pero un buen día, sin previo aviso, la película comenzó a ser calificada, en aquellas mismas planas, como suprema obra de arte y dechado de fidelidad histórica. Portentos que se consiguen untando con mantequilla las uñas del gato.

   Ante la repulsa popular provocada por la película, El Indio Fernández vociferó que los cubanos no sabíamos nada de Martí, y que sólo éramos capaces de hacer películas pornográficas. (6)

   El buen Paco Ichaso, poco después, se construyó una casona en Avenida Kohly número 169, entre 32 y 41, Alturas de El Vedado. El pueblo, siempre despierto e incisivo, bautizó a la residencia como “La Rosa Blanca” (7).   

   Ah, pero ahora resulta que el colega Jorge Smith Mesa, con un  más que benigno enfoque, rompe lanzas a favor de aquel engendro cinematográfico (8), según él objeto de una inmerecida maldición, y al cual es necesario “reivindicar y exorcizar”, pues en la realización han sido “respetuosos de la historia de Cuba”. Además, alega, se “logra acopiar lo más granado de la personalidad del luchador”. (Quizás se remite a la escena de la ruptura con Carmen Zayas Bazán, cuando Martí le dice a la esposa: “Vieja, siéntate”).

   Cosas veredes. (9)

                                          NOTAS:

(1) Francisco Ichaso y Macías (Cienfuegos, 1901-México, 1962): Brillante periodista y escritor, sus fulgores en estos campos no tuvieron contraparte en el mundo político. Abecedario, dirigió el órgano de prensa de tal organización fascistoide. Se radicó en México  tras el triunfo de la Revolución. Fue redactor del Diario de la Marina.

 (2) Félix Lizaso ((Pipián, 1891- Rhode Island, Estados Unidos, 1967). Escritor, crítico, periodista, antologista. Fue director-tesorero de la Editorial Trópico. Formó parte de la batistiana comisión oficial del Centenario. Desempeñó la dirección del Archivo Nacional, hasta el triunfo de la Revolución, cuando se marchó del país.

(3) Mauricio Magdalena: Fulgor de Martí, Ediciones Quetzal, México, 1940.

(4) El interesado encontrará abundante información,  sobre las polémicas alrededor de La Rosa Blanca, en Sala Martí, Biblioteca Nacional, C. 23, Recortes.

(5) En El Avance Criollo, noviembre 2, 1953.

(6) Emilio Fernández Romo (1904-1986), quizás el más famoso cineasta mexicano, director de medio centenar de filmes,  era capaz de cualquier cosa para llamar la atención sobre su persona, desde formar balaceras en los bares hasta declarar que él había enseñado a bailar a Rodolfo Valentino, o que había posado desnudo para que diseñaran la estatuilla del Oscar. Entonces, no ha de extrañarnos su declaración irrespetuosa.

(7) Su socio Lizaso era también muy apetente de pesos. En carta de junio 8 de 1943 se le insinuaba al doctor Antonio Bravo Acosta, ministro de Gobernación, para que le proveyera nada menos que un milloncejo con el cual filmar una película sobre Martí. Prometía emplearlo “como es debido”. (En el expediente 209 de l943, Ministerio de Gobernación, actualmente archivado en la Cinemateca de Cuba).

(8) Jorge Smith Mesa: “La Rosa Blanca, momentos de la vida de José Martí en la televisión cubana”, Portal Cubarte, febrero 8, 2012).

(9) No fue La Rosa Blanca el único caso de maltrato a la figura martiana en la pantalla grande. Hubo otros adefesios aquí filmados, como La que se murió de amor (1947) y Los zapaticos de rosa (1953). En la película norteamericana Santiago, Martí es un alcohólico obeso, que dirige la guerra desde su palacio en Haití.

 

 

 

IMPRESIONES DE LA VISITA PAPAL

IMPRESIONES DE LA VISITA PAPAL

Luis Sexto

Un desmentido a quienes mienten

De Europa me ha llegado un mensaje. De sus palabras chispean los golpes de un martillo enardecido y a la vez zaherido por la infamia, por el rejuego manipulador de la gran prensa. Cito uno de sus párrafos: “Creo que la visita del Papa a Cuba será un viaje feliz para todos, menos para los que quieren pescar en un río que intentan revolver. Aquí como siempre, la prensa "objetiva y libre" hace ver por la tv entrevistas que hacen solo a cubanos bien escogidos entre una crápula vendible, que existe en Cuba como en cualquier parte, aunque en cualquier otra parte, no pasan como personas decentes. Y esas personas “no decentes”, cuya ordinariez se les percibe en la pronunciación de un español de orilla. Hablan de "régimen", "comunismo", "libertad", "derechos" y esas palabras claves adaptadas para un público amaestrado.

Las imágenes de México, en cambio, lo muestran "todo maravilloso", el "país más católico" etcétera, cuidándose de omitir referencias al narcotráfico, los asesinatos masivos, el abuso de menores, el analfabetismo, la pobreza extrema, el tráfico de personas, la delincuencia... Es verdaderamente repugnante este mundo lleno de intereses, gente ignorante y manipulada que se cree libre”. Comprendo a mi amigo europeo. He visto algunos medios digitales tratando de dar una imagen caótica del paso papal por este archipiélago satanizado.

Hoy, cuando en el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre pidió orar, entre otros seres humanos, por los privados de libertad, han querido ver una alusión a los presos en Cuba. Claro, no hay muchos. Hace poco, unos 150 condenados a prisión por delitos contra la seguridad del Estado cubano fueron liberados, y recientemente 3 000 reclusos por delitos comunes también fueron amnistiados.

 Pero uno puede pensar que, al pedir una oración por los presos, también se refería a los detenidos en la base naval ocupada ilegalmente por el gobierno de norteamericano en Guantánamo; decenas de prisioneros acusados de terrorismo por Washington sin comparecer ante un juez, y sufriendo torturas, habitualmente encadenados; o también por las decenas de condenados en el pabellón de la muerte de las cárceles de los Estados Unidos, o los presos en países de Asia y África y de la misma Europa. Esa misma petición se formula en cada misa celebrada en el mundo. Cada día, en nombre de la misericordia cristiana.

Ayer en la noche, luego de la misa pontifical en la plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, un enviado entre los 800 periodistas de 35 países, preguntó a Federico Lombardi, vocero papal, por qué el Sumo Pontífice había pronunciado la palabra libertad en su homilía y sin embargo en el texto entregado en el centro de prensa del hotel Meliá Santiago, no aparecía. El padre Lombardi pidió una copia y dijo vamos a ver, vamos a ver y fue leyendo hasta encontrar la palabra libertad. Y el provocador periodista pudo leer lo que parece no quiso leer. Ese es el sesgo de los grandes medios y cadenas: provocar, confundir, ignorar que sus receptores se confundan e ignoren la verdad.

Al principio de la Eucaristía en la Plaza Antonio Maceo, una persona, un “loco” -según calificativos oídos más tarde por mí, allí presente como periodista- gritó “abajo el comunismo, abajo la dictadura”. Cerca, en altas tarimas estaban las cámaras de las televisoras extranjeras, que debieron filmar la hazaña. Pero fue un intento fallido. Quienes pagaron, perdieron el dinero. Ninguna de las más de 250 000  personas apretujadas en la Plaza no secundó la provocación. Yo estaba allí, repito. En cambio, habían aplaudido cuando el presidente Raúl Castro entró en la Plaza y ocupó su puesto en la primera fila de sillas, como aplaudieron cuando, al concluir le misa, subió las escaleras hasta el presbiterio del provisorio altar para saludar a Su Santidad. Luego, cuando le preguntaron al vocero por la solitaria voz apenas oída, Lombardi dijo: Eso pasa en cualquier parte.

Contradictoriamente, los medios de las grandes corporaciones mediáticas no han hecho hincapié en las palabras del arzobispo de Santiago de Cuba cuando, al dirigirse al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica antes de la Eucaristía, al definir al pueblo cubano, su multiplicidad de ingredientes, su mestizaje, dijo que nosotros los cubanos no aceptamos que ningún país intervenga en los asuntos internos de Cuba.

Muchos medios, muchos políticos y politiqueros en los Estados Unidos hubieran querido que el Papa dijera que en Cuba los niños son objeto de maltrato, o que las mujeres no tienen derechos, o que la gente no tiene escuela ni asistencia médica, o que el gobierno mata gente por la calle sin contemplaciones y gobierna con los tanques... Sería burdo, absurdo. Su Santidad Benedicto XVI, sabe qué país visita y que lo ha recibido y oído con respeto y atención, católicos y no católicos, porque además es un jefe de Estado.

 Por ello, en el Cobre, esta mañana, ante decenas de fieles y vecinos del verde y luminoso valle donde se alza el santuario de la patrona de Cuba, el Papa pidió orar por Cuba que vive hoy momentos de renovación y de esperanza. Como es sabido, la renovación -que aquí llamamos actualización- y las esperanzas provienen del gobierno cubano y del pueblo, de ese pueblo que como dijera Monseñor Dionisio García no tolera injerencia extranjera en sus asuntos o problemas.

DINERO MALDITO Y PALABRAS PERVERSAS

DINERO MALDITO Y PALABRAS PERVERSAS

 

Por Luis Sexto

Reflexión ante la visita papal a Cuba

 Como sabemos, el capitalismo de las potencias hegemónicas se internacionaliza. Si hasta la segunda guerra mundial peleaban entre sí, hoy se conciertan  de modo que intentan convertir  el Consejo de Seguridad   de la ONU en una oficina de trámites para la impunidad y utilizan la alianza atlántica como el famoso tambor de Queronea de Alejandro Magno, cuyo retumbar difundía el espanto entre los soldados enemigos: ¡OTAN!, ¡OTAN…! La nueva internacional capitalista unifica también el lenguaje de su geopolítica, y el vocabulario resultante destila perversidad y cinismo, en resumen: la negación de la ética. Por tanto, la injerencia significa ahora “intervención humanitaria” y   el bombardeo masivo y extenso en el tiempo se le llama “zona de exclusión aérea” y la matanza de civiles equivale a “daños colaterales”.

Casi todas las palabras de la geopolítica del gran capital, han de ponerse bajo cuarentena. Por ejemplo, democracia. ¿Qué es la democracia para los Estados Unidos?  ¿La que definió Lincoln cuando dijo que  significaba el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo?  Más bien, democracia para los Estados Unidos es hoy el original concepto griego, donde el demos, es decir, el pueblo, eran solo los ciudadanos ricos y reconocidos. Los demás –mujeres, esclavos, pobres, mendigos- no cabían en ese aún reputado como magnífico hallazgo del humanismo griego. Concluyendo, pues, democracia para Washington es la norteamericana -limitada al voto para los electores, y las decisiones para los poderosos de  Wall Street- que parece ser la única verdadera. Por qué,  si no, la administración de Obama, como las anteriores, aprobó para el año fiscal una partida de 20 millones de dólares para “promover la democracia en Cuba”.

Volveríamos entonces, con la agudeza del viejo y zahorí Lenin, a preguntar de qué democracia hablamos, para quiénes y para qué la democracia. Pero también preguntemos a la cubana: ¿quién “se mete”  tanto dinero, dónde lo “meten”? Parecen términos obscenos, y lo son porque obscenos son los fines y la mayoría de las organizaciones que emplean ese dinero en reuniones, banquetes, pago de votos y de declaraciones de ciertos personajes de aura internacional, y compra de  pícaros para gritar, ocupar templos, y  adoptar poses de luchadores por la libertad dentro de Cuba. Una de esos organillos se titula Directorio Democrático Cubano (DDC). En la industria anticastrista es uno de los más dotados: en los bolsillos de sus corifeos suenan partidas de esos 20 millones.

Recientemente el DDC circuló una demanda patrocinada por la Red Latinoamericana y del Caribe para la Democracia (Redlad),  para que figuras de relieve, o al menos de cierto relieve la firmaran. El texto, entre otros términos de la satanizadora retórica que con respecto a Cuba proviene de los Estados Unidos, plantea aprovechar la visita de Benedicto XVI para obligar a “crear un espacio para el diálogo”. Medio centenar de personajes y personajitos, según los promotores, firmaron la petición. El nombre más relevante, entre los conocidos, es Desmond Tutu, y cualquiera con algún conocimiento del historial a favor de la justicia  y contra el apartheid del anglicano obispo  sudafricano, no se explica por qué Tutu se desacredita rubricando un documento, de tan sospechosa prosapia, junto a Alfredo Cristiani o Armando Calderón Sol, ex presidentes de chata e inmoral ficha política en América Central, cuyas crónicas cualquiera puede confrontar.

Pero, personajes aparte, reparemos en el término diálogo y volvamos a esgrimir la clásica pregunta de político inteligente: ¿Diálogo con quiénes y  con qué propósito? Pues con la mal llamada disidencia,  grupo de enemigos  del legítimo gobierno de Cuba. Enemigos no pacíficos, sea aclarado, porque con sus acciones aparentemente no violentas procuran fomentar un estallido que justifique una “intervención humanitaria” de Washington en La Habana. Hemos de tener en cuenta, además, que es imposible un diálogo con personas que si resuenan en la web, en su país son solo conocidos en su casa o entre sus familiares, y cuyos salarios, ya que no suelen trabajar, provienen de la USAID,  el Fondo Nacional para la Democracia (NED) y otros nombres y siglas no menos comprometidos con el gobierno norteamericano en cuanto a subvertir repúblicas tachadas de enemigas o calificadas de terroristas. Son pocos, pero ambiciosos estos disidentes a quienes, si se les baja el pantalón o se les sube la saya,  muestran el sello “made in USA”. Y sus pretendidos líderes hablan, exigen, claman, aluden a la libertad y la democracia y se arrogan el derecho de representar al pueblo de Cuba.

¿Quién les dio tal mandato a Osvaldo Payá, Elizardo Sánchez Santa Cruz, Guillermo Fariñas, José Luis Pérez (Antúnez), Iris Aguilera, Mayra Beatriz Roque…? Han pervertido también la palabra pueblo. Y han roto toda mesura, toda ética, porque mienten y reclaman sin tacto, irrespetuosamente. Fariñas, salvado de la muerte más de una vez por los médicos cubanos tras varias huelgas de hambre, dirigió una carta al Papa. Veamos si el psicólogo con neurosis de martirio pudo alguna vez orientar correctamente a sus pacientes, según se le juzgue al dirigirse al Papa. Fariñas le advierte a Su Santidad, como si el guía espiritual de los católicos fuera ingenuo, ignorante   o manipulable: “El rol del obispo de Roma es estar de parte de Las Víctimas y jamás apoyar a los Victimarios. En una Sociedad Totalitaria como la que se apresta a visitar, estos papeles están bien definidos: Los Victimarios son los opresores gobernantes y Las Víctimas los oprimidos gobernados”. Y termina, en una línea que desicologiza al sicólogo: “Usted representa una Alta Autoridad moral en este mundo, si no puede hacer lo pedido por los oprimidos, por favor posponga su viaje a nuestra Patria”.

El Papa, presumiblemente, nunca responderá ese insulto, agravado con mayúsculas tan mal empleadas. En cambio, la más certera respuesta a Fariñas proviene de una católica  residente en El Cobre, cerca del santuario de la Virgen de la Caridad.  Melba Sánchez Franco dirigió a Monseñor Dionisio García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, una misiva conmovedora por su sinceridad. Tras una modesta presentación, escribe: “Estas son las razones que me conmueven a poner en su conocimiento, el sentir mío y otros hermanos que amamos a la iglesia y la virgencita. Me refiero a que hoy nuestra iglesia la están cogiendo personas inescrupulosas para crear  un ambiente nunca antes visto en este pueblo, me refiero a las mujeres que dicen llamarse Damas de Blanco, ya que todos los fines de semana  crean la atención entre los vecinos más próximos a la iglesia  y pobladores del Cobre, así como otras personas que visitan  nuestra Virgen  de la Caridad (…) consideramos un bochorno esta situación que se está produciendo en el Santuario y la hospedería todos los domingos y deseo de su bondad y su bendición que contribuya a remediar esta bochornosa situación”.

Yendo a lo objetivo, El Papa, si ha de solidarizarse con alguien, la caridad lo inclinaría a hacerlo con el verdadero pueblo de Cuba, víctima de un bloqueo económico, comercial y financiero que dura 50 años y que Juan Pablo II tildó, en 1998, de éticamente inaceptable, porque incluso prohíbe la compra de medicinas que contengan una determinada cantidad de componentes norteamericanos. Hace unos días, el vocero de la Santa Sede, Federico Lombardi, expresó el parecer del Vaticano al condenar nuevamente el bloqueo. Pero nadie en Cuba, podrá imponer una agenda al Papa, en viaje pastoral, invitado por la Conferencia de Obispos Católicos y el Gobierno de Cuba.

Los sedicentes disidentes han cometido, con alguna, excepción, varios errores que los invalidan ante su pueblo, si este  los reconociera. Primeramente,  hablar en nombre de la nación cuya historia y cuyos padeceres a causa del bloqueo, soslayan culposamente.  Después, han pretendido ocupar  los templos para generar conflictos entre la Iglesia y el Gobierno previamente a la llegada de Benedicto XVI. La Iglesia Católica, en su respuesta, optó por lo más justo: impedir que su actual y creciente papel de interlocutora, y protagonista en diversos momentos de la historia y la cultura cubana -no en cifras sino en hechos-, derivara hacia la intriga marginal de pretender exigir del Gobierno, entre otros puntos, lo que ya hace varios meses Iglesia y Gobierno resolvieron con la amnistía a centenar y medio de reclusos por delitos políticos. ¿La libertad de qué otros presos piden?  ¿Creeremos la nunca demostrada noción mediática de que Cuba es una cárcel?

El último error es definitivo. Han olvidado que en nuestra historia el antianexionismo ha sido la estrella de nuestra bandera. No importa que Narciso López la trajera con esos fines a Cárdenas en 1850. Yara y  Bayamo la limpiaron con sangre y cenizas en 1868 y 1869. El Padre Félix Varela le trazó, como uno de los precursores, el único camino: la independencia. Incluso reformistas como José Antonio Saco, si enemigo de la separación  de España, fue más acérrimo al rechazar la anexión. Quizás pocos como Saco escribieron páginas tan ardientes cuanto patrióticas contra la anexión a los Estados Unidos. Y para su epitafio pidió que se grabaran estas palabras: El más antianexionista de los antianexionistas. Y José Martí sella la voluntad de la nación al escribir unos días antes de morir en combate, la parte más clara de su testamento político: todo cuanto hice fue para impedir a tiempo que los Estados Unidos cayeran sobre Cuba.

Sabido, ¿no? Pero los mal llamados disidentes lo olvidan. Ni Varela, ni Martí pidieron dinero al gobierno de los Estados Unidos para fundar la independencia de Cuba. Les sobró ética, lealtad, capacidad de representar a su pueblo porque procuraban su bien al querer el predominio de la independencia y de la justicia social, a la que, por cierto ningún de los  grupos pronorteamericanos en Cuba o fuera de ella, dedica una alusión, ni siquiera una promesa republicana o demócrata. La ética es práctica extraña entre los disidentes que Washington y sus agencias fabrican, como maniquíes de plástico. Mienten cuando afirman que una pedrada accidental sobre el cristal de una ventanilla de un automóvil diplomático, es la secuela de una batalla a tiros o difunden videos clandestinos tomados en  prisiones donde es imposible, increíble, filmar... lo que no existe ni sucede. Y engañaron e instigaron a morir cuando Janisset Rivero, mano adelantada del Directorio Democrático Cubano, instó a Zapata a renunciar a los alimentos hasta fallecer por demandas baladíes como un televisor en la celda. Y mintió después cuando la adolorida madre se marchó a Miami con la promesa de que todo, todo el bienestar le sería dado porque la muerte de su hijo lo había ganado para ella. Reina Luisa ya maldice el momento de aquella  decisión. Vive, más bien, muy  cerca de la desesperación del que tiene poco en un país donde se necesita mucho para sobrevivir.

Y ese pecado -mentir, engañar, instigar hasta el suicidio- tal vez ni el Santo Padre pueda perdonarlo o quiera perdonarlo. Porque, según Sor Juana Inés de la Cruz, quién es más culpable: el que paga por pecar o peca por la paga. 

PROBLEMAS DE ESCRITOR

PROBLEMAS DE ESCRITOR

Luis Sexto

Ciertos  poetas y narradores, o algún periodista, pueden convertir un poema, un cuento, o un artículo, un reportaje, una crónica en la cápsula de la primera página de un libro. Un libro que se empieza a escribir si el cosmos de alguna de sus semillas es lo suficiente denso como para que el libro intente acumularse a base de una ley de gravitación entre la unidad y el conjunto. A esa inclinación hacia la trascendencia  llamamos vocación de escribir “obra durable de sí”, como decían en el XVI los primeros ensayistas españoles.

El libro promete la perdurabilidad. Al presillarse en volumen, parece tener la espalda ancha o dura como para soportar agravios, incendios, migraciones, y la saña de la ignorancia o la indiferencia. Durante algo más de un año he registrado el devenir de uno de mis libritos de poemas en una librería de La Habana. Cada semana he visto, poco a poco, disminuir aquella inicial ringlera de por lo menos más de cien ejemplares muy reducidos  en su paginación como ha de pesar un poemario: sin un kilogramo de más. Resultó una comprobación dolorosa, de ejecución sumaria  de mi vanidad, que en lo más soterrado de mi intimidad no  es sino ansioso persistir en la justificación de mi existencia. Sin embargo, aunque entre un periodo y el siguiente no notara diferencia, permanecía tranquilo. Es un libro, me decía; estará en ese sitio invitando al lector, provocándolo con la hechura de obra humana. Qué poetizará este, se interrogaría un tanto despectivamente un presunto comprador mientras mirara el nombre del autor de los versos. Por ello, el mejor libro es el escrito y publicado.

Ahora bien, yo no sé escribir un libro. Nunca aprendí, si aprender no supone un leer y ponerse en ósmosis con el autor, aceptando o cuestionando sus códigos, sus estrategias en el proceso de relacionar las cuartillas de la primera en adelante. Leer con intenciones de usurpar la  técnica ajena,  lo he practicado desde la adolescencia. Aún repito como propios aquellos versos del poeta colombiano Restrepo cuando refiriéndose al personaje evocado en el poema, logró este hallazgo, irrepetible en letras, aunque sí deseado como fórmula para el acierto de los aprendices: “…Tenía la ancha sonrisa del maíz”.

La estadística es intuitiva, presumible: Hoy se escriben más libros que los que se publican. Por lo que uno conoce, muchos de los que no se publican están justamente relegados: no son libros. Algunos de los publicados, tampoco son libros, y otros mereciéndolo permanecen en la inedia. Pero, quién se mete a juzgar las opiniones o los intereses de editoriales y editores. Ahora bien, me interesa enfatizar en la moda de escribir libros. Al parecer, innumerables personas se creen aptas para inventar una historia y contarla, o contar los episodios de su vida… Unos aciertan, y otros se quedan entre la realidad y el deseo, como se nombra un poemario  de Luis Cernuda.

Advierto, no me voy a meter con los escritores o con los que pretendan serlo. Yo también me he propuesto ser escritor y por tanto he de ser respetuoso con los que aspiran a quedarse en las páginas de un libro. Me interesa, en cambio, exponer algunas ideas de la actitud propia de cuantos se proponen escribir. Estoy convencido que si un libro no remueve y conmueve, para qué se ha de escribir. Y por lo demás, tengo muy grabado en mi vocación literaria que un libro ha de estar lleno de vida, de original percepción del hombre y su circunstancia. Ello es lo principal. Si sobra eso, la vida, la verdad del vivir, quizás la técnica por avanzada que resulte, es un valor finito, es decir, caduco.

Tal vez deba arrepentirme de haber publicado algo sin vida o sin interés. Y mi promesa cada día es convencerme que no escribo para darme gusto, sino para dar gusto a los lectores. Muy cerca de mí lugar de trabajo, conservo un papelito, la copia de un párrafo del escritor soviético, entonces soviético, Yuri Bondarev. Me parece que nunca he leído una definición más exacta e inteligente sobre el libro. Dice Bondarev: “Crear un valor espiritual –un libro- no es quehacer ocioso, ni juego de imaginación antojadiza, ni gracia de burla juguetona. Es una grave tensión diaria, una lenta y apasionada confesión de hombre a hombre, una confesión hasta el último aliento”.

Y a pesar de mi apego a la forma, tengo cerca otro papelito, esta vez del filósofo Hegel, que dice: Es el contenido el que decide, en el arte así como en todas las obras humanas. Pero, no nos obnubilemos ante el monumental filósofo. El concepto decide si sobrevive a la encarnizada dialéctica con la forma. Y ello es lo verdaderamente decisivo cuando uno acepta la tentación de escribir un libro y se echa durante meses una angustia más. O, como sugería el poeta mexicano Jaime Sabines, se enfrenta a una promesa más y termina en el vacío. (Tomado de http://lapalmadelamano.blogcip.cu/)

 

 

EL PADRE VARELA EN LA REVOLUCIÓN CUBANA

EL  PADRE VARELA EN LA REVOLUCIÓN CUBANA

 

Luis Sexto

El Siervo de Dios Félix Varela quizás pronto adelante un nuevo paso hacia el camino de la canonización y sea declarado Venerable. Desde este estadio es previsible que tarde en  ingresar en el canon de los santos. Varela podría ser un santo, posiblemente uno de los pocos que aglutinen en grado heroico las virtudes cristiana y las virtudes políticas. Y habría que preguntar, aunque no sea muy natural hacerlo, si las virtudes políticas no tienen una relación raigal con la práctica del más intenso cristianismo. Pero, como político, patriota, independentista cubano, el padre Varela tuvo que escribir mucho para exponer sus ideas y extender su causa civil.  Escribió tanto como para amontonar varias toneladas de papel, que los fiscales de la causa de su beatificación tendrán que leer microscópicamente y tratar de detectar una línea o una palabra que pueda atentar contra la doctrina y el dogma católicos. Son los rigores de un proceso que la Iglesia de Roma ejecuta con disciplina ejemplar.

Tal vez, antes del siglo XII, con la aclamación de los fieles, como se practicaba previamente hasta ese momento, hubiera bastado. Porque los católicos cubanos, habrían levantado la mano para aprobar al padre Varela como un santo al saber de su vida abnegada y austera, y de su fe sin fisuras, su fidelidad a la Iglesia, y su caridad, tan constante y abierta como para, en medio del invierno neoyorquino, el vicario general de la diócesis se despojara de su abrigo y cubriera el cuerpo de un mendigo callejero. Recientemente bajo uno de los post que inserto en el blog Patria y Humanidad, un lector preguntó qué podría unir al Padre Varela con la revolución y el gobierno cubanos, si durante años la superestructura ideológica de Cuba exigió el ateísmo y discriminó a los creyentes.

En realidad, esa fue una política equívoca, mimética, a  veces torpe,  que el Primer  Congreso del Partido Comunista (1975), en su resolución sobre la religión, las iglesias y los creyentes, trató de atemperar al establecer que la lucha filosófica contra la religión debía subordinarse a la unidad con los creyentes en la construcción del socialismo. Era también una tesis insuficiente. Pero  el Cuarto Congreso, en 1991, disipó el andamiaje discriminador al aprobar el ingreso en el Partido de los creyentes que lo desearan y tuvieran méritos para ello, y posteriormente, en 1992,  la Constitución de la República  definió a Cuba como un Estado laico en vez de científico y materialista.

La inicial profesión de ateísmo que, aunque reclutó para las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), a creyentes –por dos o tres años hasta su extinción- incluso a algunos sacerdotes y pastores evangélicos, no cerró templos, ni prohibió la llamada a misa, ni la catequesis, ni las casas de oración, ni ha prohibido decenas de revistas y hojas católicas que circulan en cifra que ni en la etapa republicana previa a 1959, tan paradisiaca para los desmemoriados o los malintencionados, pudo imprimir la Iglesia. A partir de determinado momento, el Gobierno  permitió la entrada de sacerdotes en Cuba, en cifras que, si pequeñas al principio, hoy se incrementan.

Aunque el ateísmo hubiese continuado como posición oficial, entre el padre Varela y la Revolución cubana hay puntos de tangencia. Varela es uno de los héroes patrios, uno de los fundadores que coadyuvan con sus ideas y su ética a articular la ideología de la nación, a pesar también del viejo ateísmo y anticlericalismo practicados por varios de nuestros patricios. El concierto nacional lo califica como un Precursor de la independencia, entroncado con el pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes y José Martí. Entre Varela y Martí hay una línea de continuidad que supera el azar de que Varela muriera casi un mes  después del nacimiento de Martí, como si se efectuara un relevo de apóstoles. Y si el padre Varela condenó la mercantilización de la sociedad norteamericana,  treinta años después condenará José Martí el mercantilismo y el egoísmo que corroían a Norteamérica.  Y si del único acto del que el Padre Varela confesó no arrepentirse era el de amar demasiado a Cuba y a su independencia, tampoco Martí se arrepintió de ese sentimiento totalizador de su existencia.

Y qué une a Varela con el presente. No parece atinado afirmar de que en Cuba pocos conocen al reformador de la enseñanza filosófica en Cuba, ni al fundador del periódico El Habanero, si desde hace años las editoriales cubanas publican  libros sobre Varela, libros que penetran, y enriquecen y rectifican antiguas interpretaciones, en la época y la vida  del gestor de un proyecto, tal vez el primero,  sobre la abolición de la esclavitud, y a favor de la independencia de Hispanoamérica, presentado, este sí, en las cortes españolas, además de aceptar la deposición de Fernando VII, actos que lo convirtieron en víctima, por su posición radical e ilustrada, de una condena a muerte de la monarquía española, y que evitó exiliándose en los Estados Unidos, en 1823. Uno de esos libros recientes pertenece al historiador Jorge Ibarra Cuesta y su libro se titula: Varela, el precursor, un estudio de época, de cuyas páginas he tomado algunas citas indirectas.

Varela se une al presente  con su espíritu científico. La revolución cubana desarrollo la vocación por la extensión de las ciencias que alentaron previamente a solas tantos cubanos, contra variadas hostilidades: el propio Varela reformó la enseñanza de la filosofía, introdujo el método explicativo en la docencia, prohijó la experimentación. Y la revolución  ha desarrollado la ciencia hasta el punto de recibir los elogios del premio Nobel de química en 2003, el norteamericano Peter Agree, que en declaraciones al periódico Juventud Rebelde el pasado 7 de marzo, dijo: Cuba “es una lección maravillosa de cómo se puede integrar el conocimiento y la investigación científica, que incluye la búsqueda de complejas vacunas y el impulso de una medicina preventiva, de modo que se alcancen indicadores de salud de calidad”.

Y también a Varela lo vinculan al presente sus ideas a favor de las enseñanzas de las clases populares, aunque incluyera la enseñanza religiosa. Y por qué no habría de incluirla en la formación de los seres humanos, si Varela era un sacerdote de acendrada religiosidad, y su mérito mayor radica en que la religión y el sacerdocio no constituyeron frenos a su amplitud política y científica; quizás, al contrario, la práctica de la caridad evangélica le  facilitó la capacidad de enfocar la filosofía y la política como instrumentos de mejoramiento aquí en la Tierra. Ya, tal vez, la teología de la liberación de los 1970 contaba con alguna semilla anticipadora en el pensamiento social de Varela, sin que ello este redujera su fe, su ascetismo, su virtud extrema y su apego al dogma católico. Cuántas lealtades ejerció el vicario de la diócesis de Nueva York, el periodista de El Habanero, el moralista de Cartas a Elpidio.  Vigentes están entre nosotros su doctrina sobre la educación. Se negó el precursor de la independencia a que se juzgara al pueblo, esto es, a las clases populares, como un conglomerado de “locos o niños”. Y para que no fuesen “el juguete de todos el que quisiera engañarlo, una víctimas sacrificada a la ambición y la avaricia”, predicó la justicia de la educación para todos y, a nivel personal, la ejecutó en los emigrantes pobres de Nueva York.

Uno de los logros de la revolución cubana ha sido la educación, cuyo primer acto masivo fue la campaña de alfabetización. Varela estaba –en espíritu-  entre sus propulsores. Y hoy, un millón de graduados universitarios componen el capital más útil del país. Un capital que urge de ser utilizado en una organización económica descentralizada y controlada desde la horizontalidad popular, a cuya concreción la república avanza sin desatinarse, sin apresurarse, términos empleados alguna vez por el padre Varela.

Pero la mayor prueba de la conjunción entre el Precursor, y luego el Fundador –Martí- y hoy los cubanos empeñados en la edificación de un socialismo racional, se abroquela en el anti anexionismo. Ante las propuestas de sumarse a la causa de la anexión a los Estados Unidos, el Varela viejo y enfermo, y abandonado por discípulos y amigos, guardó silencio en su soledad de San Agustín de la Florida. Y como apunta el historiador Ibarra Cuesta, fue el silencio que expresa la inutilidad de conversar lo que no es negociable. No, no calló para otorgar, sino para repetir, en la elocuencia del silencio, que sostenía al final la misma convicción del principio: la independencia era el único camino de la historia de Cuba. ¿Y hoy quién duda de que en la resistencia de Cuba a someterse, a recibir créditos y mercancías a cambio de derivar hacia la Florida, no alumbra definitivamente el padre Félix Varela? Cuba y Varela, revolución fidelista y convicción vareliana, han sufrido las mismas negaciones. Félix Varela no fue preconizado obispo de Nueva York, porque el rey de España  exigió al Vaticano que uno de los más agudos enemigos del régimen de opresiva explotación colonial  en Cuba, no fuera exaltado al rango que merecían los méritos  apostólicos y las virtudes del padre Varela. En actual analogía,  si hoy, por ejemplo, Cuba no accede a créditos del Fondo Monetario Internacional, como cualquier país de este planeta urgido de financiamiento para su desarrollo, la causa proviene de la oposición de Washington.

Y todavía dicen del otro lado del mar  que entre Varela y la Cuba revolucionaria, solo existe el desconocimiento. Sí, el desconocimientos de quienes se oponen a la revolución  y desconocen al Padre.