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PATRIA Y HUMANIDAD

SI FUERA PERRO NOS MORDIERA

SI FUERA PERRO NOS MORDIERA

Luis Sexto

Tal vez me reprochen afiliarme al tremendismo por que diga que el campo cubano arrastra históricamente una maldición: perder valores frente a la ciudad. ¿Tendré acaso que repetir el dicho de que Cuba es La Habana y los demás paisaje, o evocar esa imagen de la más obscena poética urbana de que para guardarraya la calle Galiano?

Y ahora, si se disgustan, dejen de leerme, porque voy a afirmar que esa psicología alérgica al campo y a los trabajos agrícolas sigue vigente. ¿O alguien piensa que se metió en las cuevas como una cimarrona para envejecer y morir lejos de los ladridos del amanecer?

Nuestra agricultura es todavía pobre. Pobre en frutos y en brazos y en inteligencia, aunque ahora también en recursos. Lo que no falta es la tierra: está ahí, expectante, a veces resignada. Falta, en cambio, amarla como matriz de la abundancia, en vez de empequeñecerla aprisionándola en la improductividad, como si con ellos la hiciéramos mayor. 

¿Ofendo si afirmo que predomina en nosotros, los cubanos, la visión del contemplativo, del usurero que acaricia la alcancía de la cual no extrae ninguna moneda? ¿Puede explicase con otro símil que la agricultura siga estragada, raquítica? Y no es por déficit de exhortar, clamar. Porque si algo abunda, son las exhortaciones. Pero se echa de menos, al parecer, el rigor sobre quienes todavía presumen ver en la agricultura una oficina desde donde administrar arbitrariamente. De ese modo, podrían enrarecer el clima de creatividad, cuya distorsión es peor que la sequía o el exceso de agua. Cuán limitador resultaría que, otorgada la tierra del Estado, alguno de los usufructuarios reciente del decreto ley 259 fueran observados a través del ojo de una aguja, como posibles usurpadores, cuando el  marabú físico, adelanta en su extinción.

Pero este podría persistir si el mental tarda en desarraigarse. Y es comprensible la demora. Porque durante décadas ciertos sectores de la agricultura fueron sometidos a la manipulación burocrática, o a decisiones irreflexivas, sin consultar a cuantos sabían  cómo trabajar y tratar la tierra. Y, como desvalor agregado, ciertos administradores carecían de la cultura agraria y de otra cultura tan importante como saber tratar a los seres humanos. Porque la agricultura y su gente no se administran; se encauzan. Cuántas veces oí repetir: la caña no se limpia con machete, y luego, ante una voz autoritaria, el molote de movilizados iba como en una carga, machete en mano, a dejar parte de la hierba y a lastimar las cepas.

En ámbitos de la economía y de la sociedad, pocas cosas son hoy, sin haber sido ayer. El entramado de facilidades conquistadas por la Revolución se cubrió de limitaciones, en vez de propiciar la satisfacción. A veces, la agricultura fue el sector peor pagado, y las oficinas crecieron como la peor de las yerbas. En 1964, Fidel denunció esa desviación. Después, tan temprano aviso fue consumido por una actitud que prefirió, al esfuerzo, una especie de inmovilidad sobre ruedas.

Por supuesto, si esa actitud aún subsistiera –y pudiera estar colándose entre unos u otros- habría, pues, que continuar liberando las fuerzas productivas, facilitando  la capacidad del productor para decidir y trabajar. La tierra necesita que el agricultor la ame y la cuide, y para que la ame y la cuide, el trabajador ha  de experimentar la certeza de poseer el fruto de su labor, y venderlo sin trabas y cobrarlo también sin dilaciones, y sobre todo trabajar sin que algún inspector, con fiebre  administrativista, aparezca ahora y después, y amenace con quitar la tierra. La ley solo ha de servir para orientar, ordenar, y reordenar cuando se incumpla; no para atemorizar.

Esas acciones que restringen o enrarecen lo que el Estado ha legislado, tienden a la separación artificial entre la tierra y el productor. Y si estamos preservando a la tierra de la concentración para salvar la justicia, tan negativa como la concentración en pocas manos resulta que muchas manos no trabajen la que poseen, porque falta sensibilidad y convicción para percatarse de que no hay nada peor que carecer de alimentos.

Entre tantas cosas que faltan en el campo cubano, a más de lo dicho, falta recuperar la cultura campesina, reanimar la vida y los servicios en bateyes, en caseríos de tierra adentro, de modo que el trabajador agrícola, en cualquier tipo de propiedad, se sienta y se convenza que hoy, y por mucho tiempo, es el trabajador más importante de Cuba. Sin embargo, en la práctica, a veces la soga se rompe por lo más delegado. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

EL TERRORISMO EN MIAMI Y SUS CÓMPLICES

Por Max Lesnik

Reconocido periodista cubano radicado en Miami

La bomba incendiaria  que destruyó  las  oficinas  de  la  empresa  de  vuelos a Cuba Airlines Bróker  que  opera  la  señora Vivian Mannerud  no solo  abrió  viejos  recuerdos  de  cuando  en  Miami  estallaban  bombas  por  doquier con  franca  impunidad  para  los  terroristas disfrazados  de  “patriotas cubanos”,   sino  que  además  ha servido  para  demostrar  de  nuevo  la  simpatía  o  cobardía  de  los  funcionarios  públicos  electos  del  sur  de La Florida, porque  ninguno  de  ellos  ha  tenido  la  valentía  de  condenar  públicamente este  acto  criminal  que  mancha  la  imagen  de  toda  la  comunidad  miamense.

El primero  en hacer  silencio cómplice  es  el  propio  James  Cason, Alcalde  de  Coral  Gables,  ciudad  donde  fue  perpetrado  este  acto  terrorista.  Cuando  era Jefe  de la  Sección de  Intereses  de  Estados  Unidos  en Cuba  hablaba  más  de  lo  que debía.  Ahora  se  calla  la  boca  cuando  su deber  es  condenar  el  terrorismo aunque  moleste  a  sus  amigos  de  la  extrema  derecha cubana  que  lo  apoyaron  en  su elección  alcaldicia. Similar  actitud  complaciente  con los  terroristas,  han  adoptado  el  Alcalde  del  Condado  Miami-Dade,  el  de la  ciudad  de  Miami  así  como  el  de  Hialeah  y  el  resto  de las  municipalidades  que  integran  este  Distrito Metropolitano    del  sur  de  La  Florida  en el  que  viven  la  gran  mayoría  de  los  cubanos  de  Estados  Unidos.

De  los  Congresistas  cubano-americanos  del  sur  de  La  Florida,  Ileana  Ros, Mario Díaz Balart  y  David  Rivera  así como  del  Senador  Republicano    también de origen cubano  Marco  Rubio, sería  pedir  demasiado   una  condena  a  este  acto  terrorista.  Como  todos  ellos  han  manifestado  su oposición  a  los  viajes  humanitarios  a  Cuba, no se  puede  esperar  una  condena  de  su  parte   a  quienes  piensan  de  la  misma   manera  que  ellos.  

De  la  prensa  poco   o  nada  se  podría  esperar. Ni de  la  Sociedad  Interamericana  de Prensa,  la  cacareada  SIP ni  del Miami  Herald  que  desde  hace  mucho  tiempo  renunció  a  la  misión  de  todo  periódico  vocero  y guía  de   una  comunidad cuyo primer  deber  es  condenar  editorialmente todo  acto  de  violencia  criminal que  se  cometa por cobardes  terroristas,   independientemente de  quienes  sean  las  víctimas  o  los  victimarios de  cualquier  credo o  ideología  que  sustenten.

Si  mañana  una  bomba  destruyera   las oficinas  de  cualquiera  de  esos  políticos  de  mala calaña  o  la  redacción   de El  Herald,  la  SIP  o  los  estudios  de  cualquier  emisora   de radio  o  Canal  Cloaca  de  Miami,  todos  los  periodistas  de  Radio-Miami  estaríamos  en  primera  línea  condenando  ese  acto  terrorista atentatorio  a  las  libertades  civiles, aun  de  aquellos  que consideramos nuestros  irreconciliables   adversarios.  Es  cuestión de  principios.

Dicen algunos que  el  terrorismo  en Miami  es  cosa  del  pasado. Pero nada  más  lejos de  la   verdad.  Hay   silencios   más  evidentes  que  el  restallar  de   una   bomba. ¿Complicidad   encubierta   o  simplemente  cobardía?  O quizás  lo  que  es  peor,  las  dos  cosas  a  la vez. Por  qué  no.

(Fuente: Réplica de  Radio-Miami,  Max Lesnik)

ELEGÍA POR LA GLORIA

ELEGÍA POR LA GLORIA

Luis Sexto

Muchas veces he venido a sentarme en el Malecón a confirmar las infantiles pruebas de la redondez de la tierra con los barcos que se perdían en el horizonte como si resbalaran por una canal. Hoy, ante  un mar bamboleante, saltarín, y un cielo encofrado de grises, me azuzan los recuerdos, la nostalgia, la sensación de brevedad. Las aguas, con su acostada  certidumbre de que siempre recalarán en  algún sitio,  me revelan  la cruz latina del momento cuando he  llegado a la edad en que ya el tiempo canta  los números de mi cuenta regresiva.

La vida se ha ido en el languidecer de los recuerdos, en ese impulso, a veces inesperado, de volver a los lugares donde uno no viviendo vive. A un kilómetro, por Belascoaín arriba –nunca reconocida como Padre Varela, su nombre de la república- está la calle que nombraron como el pan dulce, los  artificios, las quimeras, el hogar de Dios: Gloria. Allí descubrí un día que los infiernos mezclan la locura con los misterios más santos  y familiares. Porque Gloria nunca habrá sido el paraíso para aquel negro, apodado Chichirichi, que asumió el destino de morirse a la entrada del Quinto Patio, su solar, donde en la otra cuadra, donde ya la numeración iba descendiendo hacia la terminal de trenes, se oía la incauta sensación del disturbio, el resudado percutir de los dioses que a nuevos dioses proclamaban: los tambores y la carcajada, la cintura y el cajón, bembeteos y pañuelos que se arrastraban sobre el sigilo concéntrico de los siglos.

Los periódicos se negaron a vocear la superflua explosión en la sien de aquella tarde. Desde entonces, me conmueven los acertijos de quienes se mueren desconcertados en el quicio de su puerta. Y al segundo piso del 822 subió asustada, sorprendida la heroica decisión de empezar a creer que todo no estaba dicho en los libros que yo iba amontonando sobre los reproches de mamá.

Ahora mamá no está. Y  al mirar el agua que parece irse, le pido que me hable,  con noticias de la vieja Sabina, Modesto el barbero, Segundo el jubilado, y el trombón del sargento, músico de la Marina, a cuyo ronquido duermen, sin despertarse, aquellos días.  ¿Tú despertarás, vieja? Por si no regresas, dame el ácido aroma de tus gritos: llama a mis hermanos, que se esconden bajo el guarapo de los suburbios, cuando aún en los portales que ya no existen en Cuatro Caminos cantaban con laúd y tres de controversia, los amigos del Indio Naborí.  

No he venido a buscarte; tu presencia no se halla en las efemérides que el silencio acredita entre vecinos. No soy de los que regresan y luego se marchan definitivamente otra vez. Me he quedado donde te encuentro deambulando por las azoteas de un fin de siglo muy antiguo en las broncas, los muertos, las guitarras y los pregones de los aires pútridos en la Plaza del Mercado,  mientras La Habana se replica en el mar con sus  palacios, conventos, castillos, casuchas, manglares murallas: provisionales pergaminos, capitulares archivadas, derroche, látigo, manoteo, breve chisme de chancletas,  única gloria que alcanzamos entonces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CARDENAL NO TIENE FICHAS PARA ESE JUEGO

EL CARDENAL NO TIENE FICHAS PARA ESE JUEGO

Luis Sexto

A propósito de la última prueba de que el exilio no es la emigración

Tras tildar recientemente de “cipayo” y “canalla” al Cardenal Jaime Ortega, entre otros calificativos denigrantes,   Radio Martí, emisora perteneciente a una agencia del gobierno de los Estados, y por tanto  clasifica como medio oficial, confirma que un posible proceso de “reconciliación” con la  mal llamada diáspora, no es posible sin saber elegir puntualmente a los interlocutores. La semana pasada publiqué  en Progreso Semanal un artículo intentando establecer diferencias semánticas, políticas e ideológicas entre exilio y emigración.  Y aunque me ahorre exponerlas ahora, debo repetir que exilio y emigración no significan lo mismo, sobre todo, desde el punto de vista de su pensar y accionar políticos. 

Del exilio forman parte todos los cubanos, o cubanoamericanos, que aspiran a derrocar al actual gobierno cubano y regresar al poder que perdieron algunos de ellos, o sus abuelos o sus padres, o beneficiarse de algúna posición como aliados de última hora. Evidentemente, esa gente no quiere reconciliación con los cubanos que en Cuba tratamos de construir un país mejor sin renunciar a conquistas revolucionarias, como la justicia social, y la independencia política, en particular de los Estados Unidos.  Y tanto es el odio  del exilio que sus adeptos no vacilan en maltratar a un eclesiástico de la jerarquía de su Eminencia el Cardenal Ortega.

¿Cuál es la razón por la cual el director de Radio Martí –ah, si Martí supiera para qué cochinadas utilizan su nombre-, miembro encumbrado del  exilio y también del gobierno federal,  ofenda públicamente la dignidad humana y religiosa del arzobispo de  La Habana*? Aparte de las opiniones emitidas en Hervard por el arzobispo de La Habana, la razón es muy  simple, simple como suelen ser los argumentos políticos del exilio, ya sea histórico o histérico, según el agudo decir de Carlos Saladrigas.  Su eminencia Jaime Ortega vive en Cuba y su percepción de la realidad no coincide con la de los enemigos de la revolución, ni su misión episcopal se apega a los métodos y propósitos de los “llamados –y bien pagados- luchadores por la libertad”- en Miami, Washington y Madrid.  Ortega intenta coadyuvar al bien de Cuba mediante su influencia pastoral, y no está interesado en derrocar al Gobierno cubano, ni propiciar con sus acciones la división interna y mucho menos poner los problemas de Cuba al arbitrio de los Estados Unidos. Aún recuerdo cuando, ante la grave enfermedad de Fidel  Castro en 2006, y mientras W. Bush se frotaba las manos ante un plato fácil y suculento, el arzobispo de La Habana declaró a la prensa internacional que la Iglesia Católica cubana no estaría de acuerdo con la intervención extranjera en Cuba.

Tal vez lo que ha sucedido con Ortega en Miami avive el seso, al decir de Jorge Manrique, de cuantos, con cierto hábito, construyen desde Cuba sermones laicos sobre la necesidad de la reconciliación y el diálogo, en un lenguaje tan ambiguo que parece que el culpable de los sufrimientos de los cubanos de dentro y de fuera, es el gobierno de La Habana. Esas exhortaciones, que acusan ingenuidad u oportunismo –depende del buen corazón de quién los lee o juzga- se fundamentan en lo abstracto. Para algunos de ellos, no existen los Estados Unidos, ni su guerra cincuentenaria contra el gobierno revolucionario; ni existe el bloqueo económico y financiero que prohíbe comprar hasta medicinas que usen ingredientes norteamericanos, y prohíbe que el FMI y el Banco Mundial otorguen créditos a Cuba; ni Obama aprobó 20 millones dólares para promover la subversión dentro de Cuba, ni mantiene activa la ley de ajuste cubano, que estimula la emigración ilegal… El propio cargo de Carlos García Pérez, autor del editorial contra Ortega, es una confirmación cósmica de la injerencia norteamericana en los asuntos internos de Cuba: director de la Oficina de Transmisiones a Cuba

Estos “defensores de la paz,  la unidad nacional y la caridad”, escriben sus dulzones textos soslayando culposamente que Cuba ha sido un país habitualmente atacado y que incluso parte de los errores de nuestro lado pertenecen a un modo de encarar   la defensa. No resulta una manifestación de superinteligencia comprender que, más que proponer ideas constructivas y justas, estos artículos se proponen respaldar con sus fichas la data común de la Casa Blanca y el llamado exilio.

Pero Su Eminencia el Cardenal Jaime Ortega toca la mesa y se pasa. No tiene fichas para ese dominó tan macabro, en cuyos extremos se sientan gente que si dicen creer en Dios, no vacilan en condenar a sus representantes si no comulgan con los intereses que le dan sentido a la existencia  que ellos mantienen plácidamente en tierra extraña y que ya consideran propia. Cuba, si la recuperan, sería una… colonia para inversiones y fines de semana en algún casino de los que reaparecerán como antes, en aquellos tiempos de Meyer Lanksi y el embajador Gardner, el general Batista y la United Fruit Company, y periódicos que anunciaban el arribo a puerto de cocaína de la buena y marca Merckx. 

 *Carlos García considera “una canallada” que el Cardenal Ortega dijera la verdad a su auditorio en Harvard; que entre aquellos que invadieron el Santuario Diocesano y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad en La Habana el 13 de marzo habían delincuentes, un extraditado desde una prisión en los Estados Unidos y un sancionado por exhibicionismo; invasores que salieron sin que se usara la fuerza, como declaró la propia Iglesia el día 15 de marzo. También le disgustó a Carlos García que el Cardenal Ortega haya revelado que el recién fallecido Mons. Agustín Román le dijera durante una visita a Miami que no mencionara aquí la palabra “reconciliación”.

OJO CON LOS ACANTILADOS DE LA FLORIDA

OJO CON LOS ACANTILADOS DE LA FLORIDA

Luis Sexto

 

 

 

 

 

Antes de que algún lector me lo recuerde, este post ya fue publicado, pero me parece oportuno sacarlo del fondo del archivo

 

La web se ha vuelto adicta a textos, a veces menos que eso, a simple algarabía teórica, que coincide en decir que Cuba se aparta del socialismo y va hacia el capitalismo. Pero la generalidad de esas tesis, a pesar de sus diversos cromatismos de izquierda, coinciden en una omisión: ninguno dice cómo Cuba ha de solucionar su crisis estructural sin caer en el vacío de una nueva crisis o encallar en los arrecifes de La Florida.
Confluyen estos teóricos de la red –a veces impune y caótico reinado de la irresponsabilidad- en avisarles a los cubanos que Cuba tiene que volver al socialismo. ¿A cuál? ¿Al que nunca se ha probado, o si se ha probado, como en un tiempo el socialismo autogestionario de Yugoslavia, ha fracasado al igual que el socialismo real soviético?

 

Es curioso: algunos de cuantos escriben sobre Cuba y sus problemas lo hacen desde la distancia, desde intuiciones facilitadas por los discursos o los devocionarios de la ultra izquierda o de la derecha camaleónica o amarilla; incluso, Posada Carriles declaró el año pasado en Miami estar convencido de que “este año estaremos en Cuba”. “Ya nosotros ganamos”, dijo aludiendo a la supuesta vuelta de Cuba al capitalismo. Son, en suma, declaraciones de zapateros fuera de sus zapatos.

 

Desde ese mirador en que se confunden izquierdistas y derechistas, se gestan varios de esos artículos y declaraciones tan estrictamente doctrinarios. Y qué podría decir el cubano medio, ese que lucha su yantar y su trajín diario, ante tales reproches, formulados en nombre del dogma que en Cuba se trata de extinguir. “Bueno, mi hermano, socialismo sin comida, sin zapatos, sin transporte, no camina. O es que tú quieres ponerme en el altarcito de tus diablillos con el nombre de “San Sagunto o San Numancio”, el que resistió pa’ná”. Por lo tanto, si la estrategia de actualización económica que se aplica en Cuba ayuda a facilitar la alimentación, la ropa, el transporte, a hacer más eficaz la medicina y la escuela, y al desparecer los subsidios y las dádivas también retrocede el autoritarismo burocrático, puede ser que los cubanos veamos el inicio de una búsqueda socialista cuyo primer requisito es tener lo necesario para repartir. Porque ninguna teoría que prometa distribuir parejamente la pobreza, podría llamarse socialista.

 

Pero desde fuera y también desde dentro recomiendan nuevos saltos al vacío. Por ejemplo, ¿se pueden entregar empresas incompetentes a trabajadores habituados a cumplir órdenes y orientaciones encorsetados en ese socialismo burocrático en el que derivaron las mejores intenciones? Una verdad, a mi parecer, se sobrepone a las múltiples y opuestas opiniones: el país no podrá inventar, ni experimentar hipotéticos modelos. Tendrá que partir de lo conocido, o de lo más seguro, aunque los resortes de estimulación de las fuerzas productivas tengan una o dos o muchas afinidades con el capitalismo. Ahora bien, habrá que horizontalizar la dirección y la producción, porque los trabajadores tienen que ser objetos y sujetos del trabajo y también codecisores del destino político y empresarial.

 

 Si con cuanto ha sido proyectado y escrito, y lo aún no escrito, para trascender la hostilidad de los Estados Unidos y rectificar definitivamente los errores de improvisación en el interior de la sociedad cubana, Cuba va hacia el capitalismo -como asegura una izquierda que parece ingenua y, en el peor de los expedientes, es irracional- estoy de acuerdo si en ese intento Cuba y la Revolución se salvan de la catástrofe. Aunque uno a veces quisiera más claridad, más dimensión en algunos aspectos que están muy encapsulados o sudan la resequez del estilo tecnocrático en los Lineamientos de la actualización económica, es preferible ir por nuestros medios y nuestra voluntad al sitio donde parece estar, en las circunstancias presentes, la más fiable fórmula de amplitud económica y de efectivo orden social. Peor sería que los Estados Unidos, y sus intermediarios del “exilio” lleven a Cuba al capitalismo si el país no logra salvar el precipicio que, según Raúl Castro, actualmente bordea.

 

Por otra parte, qué poco se ha logrado saber del capitalismo. Porque a cualquier intento de azuzar, mediante algún resorte regulado de mercado, a fuerzas productivas inmovilizadas y dependientes de subsidios, lo tildan de capitalista sin conocer cabalmente, o conociendo al menos con intenciones limpias, la situación interna y sus perentorias demandas de crear y acumular la riqueza suficiente para progresar en el socialismo. ¿Podrán fracasadas interpretaciones del marxismo componer el mágico manual de “hágase así” porque lo dice el libro? Es, por tanto, preferible que el zapatero vaya a sus zapatos…

 

Este articulista, al menos, está en los zapatos que le corresponde: vive en Cuba, y aunque reconoce, y admite y haber sido víctima de errores domésticos, también ha sufrido el daño que ha echado sobre Cuba el inodoro enorme, hegemónico y cruel de los Estados Unidos de América, además de haber crecido, con carencias, insuficiencias y letreros de “no tresspasing” en el capitalismo dependiente cubano previo a 1959. Advirtamos que mucho de lo fallido en Cuba durante el mimético socialismo cubano -aunque hayan sido decisiones individuales o colectivas- sufrió la distorsión de la guerra pública y secreta delineada por Washington. Ah, si Allan Dulles, Kennedy, Nixon, los Bush y la nómina engordada por los fondos federales en Miami, se sentaran a una mesa redonda para decir la verdad de cuánto han gastado por derrocar al gobierno de Cuba, ya veríamos que los yerros de los revolucionarios pertenecen en parte a la política de cerco establecida y aún mantenida por los Estados Unidos, a pesar de las recientes aperturas políticas de Obama, cuyos propósitos no buscan ahorrar el dinero de los contribuyentes, sino hacer más eficaz la estrategia tradicional de la Casa Blanca.

 

Hace años escribí en Bohemia o en Juventud Rebelde, que ya no me acuerdo, que el dilema de Cuba no era básicamente entre socialismo o capitalismo, sino entre la nación o la anexión. Hoy me parece que el dilema continúa expresándose así: una nación justa y próspera que sepa equilibrar los espacios democráticos y las capacidades de sus ciudadanos o la dependencia de los Estados Unidos. Por ello, el destino de muchos triunfa o se frustra con todo cuanto hoy en Cuba está concibiendo para no embarrancarse, como una vez previó Jorge Mañach, en los acantilados de La Florida.

EL BUEN DEUDOR

EL BUEN DEUDOR

 Luis Sexto

Aún en mi pueblo se yergue la casa donde crecí hasta los nueve años, y está también la ventana desde donde, al mirar el atardecer, recibí la impresión de que la vida carecía de sentido: todo tenía fin. El episodio lo conté hace años en  una crónica condenada también a morir con el día. Incluso, en un poema retraté aquel momento tan antiguo y tan presente en la flaccidez de mi envoltura carnal: “Cuando hacia el oeste/ se juntan/ la bola amarilla/ de la tarde/ y el blanco viejo/ del  cementerio, / ¿por qué todo acaba, / papá?”.

Hace un tiempo, la dicha recurrió y me premió con una visita a mi casa sentimental y volví a echar mis ojos hacia el rumbo de donde me llegó la primera tristeza. Varios de mis coterráneos, vecinos del pueblito de donde salí a los nueve años, en 1954, y que me vieron crecer, se asombraron ante la precisión de mi memoria. Qué habría olvidado de mi General Carrillo si fui indicando lo que había donde ahora ya no está lo que hubo y a la vez nombraba a las personas que tampoco están. Mi pueblito nunca me abandonó, quizás se acurrucó clandestinamente bajo algún tapete del pasado, y la mañana nublada en que subí al tren junto a mamá y mis dos hermanos todavía colorea mis recuerdos. ¿Por qué nos parece tan triste le ida que no promete la vuelta?

Pero he vuelto más de una vez, como el buen deudor regresa a quien algo le prestó. Y el  22 de febrero de 2012 llegué acompañado por el primer secretario del Partido y la presidenta del gobierno del municipio de Remedios, y tres amigos: la sensible Leydi Torres Arias, el servicial Tomás Rojas y el cordial Jesús Díaz. Iban a entregarme el más intenso y también el más inmerecido premio de mi existencia.

Varios de mis coterráneos, encabezados por Perico San Pedro y Rolando Ramos, amigos de Elda y Manolo, mis padres, se habían reunido en la casa de la Cultura. Esta era la fonda de Neno, dije al entrar y evocar los antiguos olores que yo solo podía percibir. Varios estudiantes elegidos de la música, al son de armónicas cuerdas y percusiones, cantaron una pieza, movida como palma bajo el viento y con un estribillo, o una frase final que me estremeció: “Luis Sexto es también de aquí”. Sí, yo soy de aquí. De aquí. Y luego Gisel de la Rosa, presidenta de la Asamblea Municipal de Remedios, casa matriz de mi cultura, de mi fe y de mi honra, leyó un acuerdo en que se me nombraba hijo ilustre de la octava villa de Cuba.

¿Ilustre yo? No los engaño. Lo deseé sobre todo cuando los años ya me iban convirtiendo en la posibilidad de constar solo como un asiento en el tomo primero de nacimientos de General Carrillo. Cuánto esperé, hermanos,  cuánto trabajé para habitar -no sabía cuándo, ni cómo- este instante que se me figura el juicio final para quien, entre yerros y nobles propósitos, reclama sobre todo una virtud: haber andado constantemente, como entre celajes, por las calles polvorientas de mi pueblito y saludar de vez en cuando a aquella gente de mi corazón. Buenos días, maestro Fruto;  y a usted también, señor juez Celestino Fábregas; y también  a usted, Fray no recuerdo el nombre, franciscano que me golpeó la mejilla caritativamente por entretenerme mientras él predicaba en la iglesuca construida por miembros pudientes de mi familia. Ah, y cómo estarán tus huesitos, Emilio Manengo, mi compañero de juegos, muerto de tétanos poco después de haberme marchado a la capital desconocida, ajena y ruidosa.

Lo he creído sin devaneos: ningún prestigio será completo sin el reconocimiento de los que testificaron haberte conocido desde cuando asomaste la cabeza entre los quejidos de mamá. Es la valoración suprema. Aunque se equivoquen, al reconocerte como alguien valioso para tu terruño, uno duda menos del merecimiento propio. Si ellos lo dicen, si ellos aceptan que tú seas hijo ilustre, qué oponerles.

Y sin embargo, aquella tarde acudí a un argumento que me preserva de toda culpa por aceptar sin méritos tanto honor. Y les dije que como sé un poquito de gramática y me defiendo con la palabra, vamos a modificar el título. Quitemos la i de ilustre, invirtamos la oración y digamos: Remedios y General Carrillo le dan lustre al más indigno de sus hijos. Y quedé limpio de toda vanidad y seguí siendo aquel niño que aprendió en su pueblito, mirando la tarde a través de la ventana, a intuir tan tempranamente la brevedad de la existencia. 

 

 

NOMBRAR LAS COSAS

NOMBRAR LAS COSAS

Luis Sexto

Presentación del libro Cuando el pueblo jugó a ser papá Dios

Ediciones Unión, la Habana, 2012

Dicho sin ánimo de pontificar, ni siquiera con intenciones de imitar a Luz y Caballero en alguno de sus aforismos, más bien arriesgándome a tropezar con un lugar común, declaro que hay libros que tienen la estatura o el volumen de sus autores. Este que hoy presentamos, cuyo título compone un manual de cómo han de ser los títulos para un libro o un artículo de periódico; este libro, digo,  Cuando el pueblo jugó a ser papá Dios, es un libro gemelo del hombre que lo pensó y lo compuso.  Gemelo, porque ambos miden lo mismo, como las gotas  - dígase de salfumán,  de agua bendita o de otros líquidos menos recomendables-que uno deja caer en un vaso mediante un gotero. Tanto el libro como el escritor son de pequeño formato. Y si uno no lamenta que Argelio no mida seis pies y seis pulgadas, conocida su broncomanía, o sus reacciones quijotescas, sin miedo y sin tacha, uno sí se queja de que este libro no duplicara el tamaño que Argelio Santiesteban le destinó no se sabe si por envidia a que resultara mayor que el autor, o por un exceso de humildad que prefiere no sobrepasarse ni en el papel, aunque se sobrepase en otras funciones no tan santas.

He dicho duplicar el tamaño,  no la esencia del arte de decir en pocas letras -síntesis y concisión coligadas- en cuyo dominio Argelio es señor justificado por sus obras, aunque precisando mis intenciones, no me parece que hubiera sido mejor este libro si fuera más gordo. Lo que ocurre es que, dos o tres veces su presente número de páginas, los lectores  hubieran disfrutado más en  comunión, casi carnal, con un estilo etéreo, ingenioso, irónico, correcto y sabio. Incluso, Argelio conoce tanto del oficio de escribir que hace lo que a veces no suele hacerse: adecuar las palabras al tema en ese recurso estilístico que los especialistas llaman tono. Por ello, este paseo por la toponimia cubana, ese andar por el momento cuando ciertos lugarejos empezaron  a existir porque recibieron nombre, está envuelto en un lenguaje que exhibe los colores de la antigüedad, es decir, no estoy diciendo que estas páginas estén  escritas viejamente, sino que el escritor evoca el pasado dándonoslo con los tintes o con la tinta y la pluma de ganso del pasado.

Parece evidente: algunos de los topónimos cubanos habrá podido surgir hace poco, con el nacimiento de las comunidades más recientes. Pero este archipiélago ya va siendo viejo humanamente y también topónimamente. Y al dejar fijado el nombre de lugares habitados o de espacios naturales, la gente, esa que nos antecedió, les dio verdadera existencia. Es como el papelito que “jabla” lengua. Con el nombre y el apellido reconocido, uno existe, aunque no viva, y vive, aunque no exista. Por nuestras calles andan personas con las inscripciones extraviadas, y para la burocracia no existen, pero viven, viven recondenadas por la desgracia de no estar anotadas en un acta desparecida quién sabe en qué  sombrerito con letrero de burro.  Y  si quieren recordar la fuerza del nombre para afincar la existencia, les cuento que tuve un amigo, maestro más bien, que para vengarse del periodismo que le obligaban a hacer también en su época, firmó sus textos con el seudónimo de Cero, esto es, el que no existe, al menos  en solitario o a la izquierda. En fin, nombrar o renombrar las cosas nos vuelve como dioses. Pero tengamos presente que el ceremil de topónimos que nos acompañan no fueron, por supuesto, solo faena de cristianos españoles y criollos. Los aborígenes también sabían que la realidad necesitaba señales de tránsito. Y como ya sabemos, el nombre de cosas y parajes es lo poco que nos queda y pertenece de aquellas culturas angelicales, concebidas sin pecado original. El pecado original, sea recordado,  vino en las carabelas de Colón, junto, entre otros, con apellidos vascos como gonorrea.

También en esas célebres barcazas, vino el humor, el deseo de reírse de las cosas y de la gente y sus cosas. Y en este libro, Argelio Santiesteban nos da la demostración de la actitud irreverente que se nos pegó en el carácter, tanto como para convertirla en un arma defensiva, como el choteo, y emplear los nombres menos apropiados para algo tan jurídicamente serio como es el bautismo de un poblado. Pues bien, Cuando el pueblo jugó a ser papá Dios nos va inventariando los topónimos y sus relaciones con la vida, la lengua y las costumbres. Todos esos elementos se juntan, a veces sugeridamente, en este librito escrito para ilustrar, para darnos como en una diversión el conocimiento que anule la ignorancia en que a veces engavetamos a nuestro país.

Un libro como este, no lo concibe, ni lo escribe cualquier escritor o periodista. Y que me perdonen los aquí presentes, pues si han asistido a este acto ya se recomiendan como buenos e inteligentes. Pero, entiéndanme, he querido decir que hace falta sentir un entrañado amor por Cuba, un interés de gran tamaño sobre Cuba y su historia, sobre todo la menuda historia  de Cuba, menuda, recalco, porque, como parece ley, es la dimensión  que define la inclinación volumétrica y longitudinal de  Argelio Santiesteban.

Según mi experiencia, toda presentación se caracteriza por la complicidad. La complicidad con el autor y con el tema. Uno escribe y habla bien de cuanto ama. Y no lo niego: amo, en todo su significado viril, a un viril amigo, tan de pequeño formato como yo, y al admitirlo no sé si estoy inaugurando la cofradía de los pigmeos, o el sindicato de los enanos entre nosotros. Me ha gustado este libro. Y me ha hecho recordar que si Argelio Santiesteban se ha metido a topógrafo, en una acepción del oficio –descriptor de lugares-, yo también fui topógrafo graduado antes de ejercer el oficio que, desde hace  40  exactos, me ha regalado  la fortuna de hallar amigos y colegas como Argelio. Leyendo el inventario de topónimos me acordé de mis libretas de tránsito, esto es, de esos cuadernos de bolsillo donde anotábamos las mediciones métricas y angulares y los nombres  de fincas, bateyes  o tramos de ferrocarril.  Pero a pesar de los vínculos afectivos y profesionales por partida doble, y la admiración y el respeto que siento por Argelio Santiesteban,  repito tajantemente, en contra de mis técnicas de expresión,  que este libro de título antológico, Cuando el pueblo jugó a ser papá Dios, podrá ser un volumen de escasas páginas, pero no será un librito, ni un librucho. Soy amigo de Argelio Santiesteban, aunque, como dijo el filósofo, soy más amigo de la verdad. Al menos, de mi verdad.  

 

 

¿QUÉ NOS TOCA HOY, MAESTRO?

¿QUÉ NOS TOCA HOY, MAESTRO?

Luis Sexto

La prensa, un problema siempre actual

Playitas de Cajobabo continúa solitaria, arriscada,  sirviendo  de caja de resonancia al mar cuando se echa un tanto airadamente contra las rocas. El golpe de las aguas acentúa la sensación de soledad, como de espacio sagrado, donde Martí y sus compañeros de desembarco sienten crecer el pecho por la dicha íntima que reclama espacio hacia fuera. Puede uno verlos en aquella noche tormentosa, mientras recogían armas y jolongos antes de adentrarse en el monte inmediato.  El periodista, que  ahora imagina la escena bajo un sol airado y el forcejo del mar, piensa que ese ha sido uno de los hechos fundamentales de la patria que ningún reportero pudo cubrir.

 Y si hubieras estado allí, qué habrías preguntado o qué habrías escrito. Posiblemente, mientras caminabas junto a los seis expedicionarios, a la primera pregunta, José Martí, con la delicadeza como de miel que humedecía su voz, te habría respondido que él, él también, era periodista y ahora redactaba su más vívida crónica. Mira,  la pluma y el cuaderno de notas van en el bolsillo. Sobre sus espaldas,  la mochila abultada, y de su hombro izquierdo cuelga un fusil, casi del tamaño físico del Apóstol. El Viejo, Máximo Gómez, se aproxima y te advierte que las palabras ahora no hacen falta. Ni siquiera el Delegado las necesita, él, tan señor del verbo. Martí hoy supera su grandeza: Nunca antes -dice Gómez  el 19 de mayo de 1902- lo vi tan grande como ahora, cuando sube lomas bajo un peso que le dobla el cuerpo frágil, pero le empina el alma.

Y el periodista de hoy, que se ha asomado de día a aquella noche única, decisiva para la historia de Cuba, se percata entonces que ha recibido la mayor lección de periodismo de todos sus años aprendiendo a sintetizar, a sugerir, a informar,  a convencer. Imagino que ese nombre que uno ha sentido desde la infancia como una presencia sólida, palpable, amiga, me dice bajito, como si las palabras gatearan sobre la manigua: Habrá momentos, cuando el enemigo de la patria amenace, que el periodista contenga su alfabeto, su técnica, su impulso de multiplicarse en papel y tinta, para hacerse uno con el pueblo y su causa.

Ah, sí, hermano, el romanticismo no se quedó  como lápida en el sepulcro de su época.  Para nosotros, el periodismo es como el sentimiento de la patria: un deber fuera del tiempo y dentro de todos los tiempos. Después, en su Diario de campaña, Martí, hurtándoles el minuto a la prisa, al sigilo, al hambre, anotará aquella experiencia en un estilo que calzará botas de siete leguas, siete leguas que una sola palabra, un solo verbo y un punto y seguido recorrerán en una concisión inédita en él, cuyo  estilo se define por la  aglomeración torrentosa, la caricia en el ritmo, la desgarradura de las metáforas más clarividentes. Después su Diario y sus cartas  serán el más preciso reportaje de aquellos acontecimientos.

Quisiera preguntar, quisiera proseguir concibiendo lo imposible. Y desde la neblina entre la cual se difumina, Martí, levantando el índice hasta la sien derecha,  me hace recordar cuánto escribió sobre el periodismo. ¿Acaso no lo estudian, no lo meditan? Y como no puedo retenerlo en la manigua, camino hacia  su verde martirio, lo veo en el aula de sus libros. Y no me explico por qué a veces en su obra, publicada principalmente en medios de prensa, no aprendemos respetar el legado del Fundador. Oiga, maestro, repítame las fórmulas para que no me tachen de pusilánime, ni de gris, ni de machacón. Digo –dice el Maestro- que “nunca se acepta lo que viene en forma de imposición injuriosa; se acepta lo que viene en forma de razonado consejo”. Pero, a fin de cuentas, qué nos toca hoy, cuando usted ya no está. “Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos, no irritarlos con un juicio apasionado”. No parece sencillo acabar de entenderlo, Maestro. Sí, pero será necesario que la prensa salga “cada mañana por la ciudad como un viento duende, levantando caretas”, porque “no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vehículo de noticias, ni mera sierva de intereses…”

Ha dicho Martí, y se va a llenar de vida una cuartilla para Patria. Porque nunca creyó tanto en el periódico, el hombre que lo usó para convocar a la guerra, para fustigar a los enemigos de la independencia y la justicia y exaltar la paz.  Y de Playitas de Cajobabo, aquel día que también coincidió con un 14 de marzo, cuando Martí fundo Patria, me marcho como oyéndole envuelto en mi fervor aquella última definición: “…el periódico es la vida”. (Tomado de Cubahora)