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PATRIA Y HUMANIDAD

"ALGO SE HA DETENIDO DENTRO DE MÍ"

"ALGO SE HA DETENIDO DENTRO DE MÍ"

 

El escritor colombiano Álvaro Mutis, ganador del premio Cervantes en el 2001 , falleció el domingo 22 de septiembre a los 90 años, en Ciudad de México, donde residía desde 1956. Entre sus libros figuran La mansión de Araucaima (1973), La nieve del almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1989), Abdul Bashur, y Soñador de navíos (1991).

Estos son algunos de sus poemas:

AMEN

 Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

(De Los trabajos perdidos)

NOCTURNO

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días 
salvada del ajeno trabajo de los años.

 EXILIO

 Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.

Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.

Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

 

COMO UN SUSPIRO

COMO UN SUSPIRO

Luis Sexto

Les parecerá que divago en estas líneas que apenas logran ponerse de acuerdo. Vivo uno de esos días en que  nos parece que nada es como pudo haber sido, y favorecen hablar del futuro, del pasado, de lo fugaz. Cuanto más envejezco  recurro  a los años de fervorosos aciertos y creencias. Días en que el tiempo parecía una campana amiga que tañía invitándonos  a vivir. Entonces no podíamos suponer que un día doblarían por cualquiera de nosotros.

Ya no me engaño. El pasado es como el futuro vuelto al revés:   una promesa ya fría, un lugar de cita  sólo para lamentar cuanto yace entre los deseos sin vestir.

El tiempo, lo sabes, nos tiende una trampa: nos promete la vida y no las quita a la vez. Así hay tiempo para nacer y morir. Y lo hay también para actuar, para rectificar, para sumarse, para mirar a los lados, para ser con todos y vivir como todos hasta el final, previsiblemente imprevisto.

Me he percatado que el tiempo es una categoría poética, lenguaje de la nostalgia, balido terminal de una oveja. También es cuestión dramática si uno vive con el ánimo en  tensión, queriendo construir, pisar tan hondo para que, al menos, podamos dejar obra durable de nosotros. Pero es también  asunto trágico cuando intentamos reivindicar los días de pérdidas y derroche. Y ello ocurre cuando el tiempo nos parece que empieza a pasar más vertiginosamente. Porque el tiempo se nos "va" más rápidamente, cuanto más queremos hacer. O cuanto más urgidos estamos de aprovechar ese regalo todavía incomprendido del tiempo.

Y, en efecto, el tiempo se va en la medida en que nosotros, que pasamos como una sombra, como un suspiro, según el salmista, vamos pasando con los días que "admiten su falacia de presunta eternidad” -versos de uno de mis poemas.  Lo que se bota, no da frutos. Ni regresa. Es posible que, en cierto momento, nos parezca que el tiempo, todo el tiempo nos pertenece. Pero convengamos en que es un espejismo. No alcanza una vida para leer cuanto de útil y bello hemos de leer, ni para obrar de modo que los actos, en vez de clamar por el arrepentimiento, nos produzcan satisfacción.

Seremos siempre una obra a medio hacer -lo dijo antes alguien que olvidé- si no aprovechamos el tiempo. Qué vamos a dejar. O mejor: qué vamos a llevar cuando el tiempo, que no suele ir a ninguna parte, nos conmine a bajar del coche circular del sol. Un poeta escribió: "lleva quien deja". Y llevaremos algo de equipaje  si de las maletas definitivas de nuestro viaje,  sacamos a tiempo la indiferencia, la pusilanimidad, la deshonra, el egoísmo y esa superficial manera de vivir aposentándonos sobre los cojines de la placidez. Cada uno de estos desvalores nos deja a medias, sin apenas "ropa interior", que me va pareciendo, en estos mis días maduros, casi pasados, el vestido fundamental.

A veces creemos que, en la vejez, el tiempo acumulado, en vez de suma se transforma en una resta por la proximidad de la muerte. Pero nos equivocamos. Desde el primer vagido,  el tiempo resulta poco para cambiar, amar y crecer.

Ese podría ser el ideal básico. Ciertas metas, tanto  en la vida social como personal,  necesitan de la puntualidad: si llegas temprano fallas; si llegas tarde, también. No sé... Nada más se me ocurre hoy. 

 

 

CON HILOS DE ARAÑA

CON HILOS DE ARAÑA

Luis Sexto

A petición de José Díaz: Este artículo ya fue publicado en Juventud Rebelde, el domingo 25 de mayo de 2013

Borges, el polémico, el a veces repudiado y citado o leído Jorge Luis Borges, confesó en un breve relato titulado El remordimiento el único pecado que quizá él, tan severo, haya cometido: no ser feliz. ¿Y puede uno ser culpable de no alcanzar la felicidad? ¿Depende absolutamente de la persona? ¿Es completa, única, constante?

Lo único verdadero es que el hombre como especie aspira a ser feliz. Los medios se le ofrecen, y a veces se convierten en fines esenciales para ser feliz mediante el placer: el amor, el comer, el viajar. Son fases comunes y también eventuales de la felicidad. Marx, que en tantas definiciones acertó, no la define, sino nos sugiere —al responder una pregunta de una de sus hijas— que la felicidad es más un estado que una sensación momentánea. El filósofo dijo, como es sabido: la felicidad está en la lucha. Podría interpretarse como la lucha por conquistarla, o por conquistar la felicidad para los demás. O la felicidad se genera y acrece en cualquier acción que implique luchar, arriesgarse. En lo atinente a Marx, sabemos que su lucha fue por transformar al mundo invirtiendo la pirámide social: la base, el proletariado, arriba; los propietarios, el vértice, cabeza abajo.

Posiblemente, cada cual sea feliz según convenga a sus deseos o frustración. Y con la pluralidad de aspiraciones, los modos de conquistar o merecer la felicidad también resulten diversos. Pero si el derecho a ser feliz es improscribible, se prohíben legal o éticamente ciertas formas de ejercer o conseguir la felicidad. Vedado está, aunque unos y otros violen la frontera de la prohibición, ganarla sin discriminar los medios. Porque ello implicaría robar, explotar, engañar para alcanzar la idea que uno ha moldeado de la felicidad. Las telenovelas ilustran, un tanto hiperbólicamente, la búsqueda de la felicidad mediante mañas implacables. Quizá ese 0,5 por ciento más rico entre los ricos, utilice fórmulas carentes de solidaridad y de generosidad. Desde los Evangelios hacia acá, muchos libros condenan la riqueza, patente de corso, con ciertas excepciones, del egoísmo, de la crueldad, del abuso de poder.

Lo más apropiado sería no ser ricos. El rico es candidato a derivar en hostis generis humani, como reza una expresión del derecho. Suele suceder que en cuanto conflicto social o bélico del presente, junto con la geopolítica de dominio de países poderosos, se mezclan los intereses de los ricos o de sus corporaciones, que alzan o bajan Gobiernos y dominan mercados, materias primas y combustibles, convirtiéndose así, impunemente, en enemigos del género humano.

Lo reconozco: algunos de mis lectores tendrán sus ideas de la riqueza. Tal vez aspiren a acumular mucho dinero y tantos bienes inmuebles que los bancos se repleten y le falten papeles al registro de propiedad. Pero en ese sueño metálico no los acompañaré. Tal vez camine junto a cuantos deseen vivir mejor sobre fundamentos de justicia y honradez. Y en ese afán los apoyaré con lo único que tengo: mi teclado y mis dedos. Porque vivir en Cuba implica trabajar, luchar por el bienestar sin que las diferencias se atrincheren en los extremos, como el norte rico y el sur pobre.

En verdad, tendremos que despejar los espacios para que a ningún compatriota le hinque el remordimiento de no haber intentado ser feliz. Pero aunque la sociedad disponga los medios, la decisión de lograr la felicidad pertenece a cada uno de nosotros. Dependerá de lo que nos propongamos para vivir contentos con nosotros, o vivir descontentos si alguna vez la conciencia se nos abre a una franja de claridad. Porque hay tanta ostentación de noches enjoyadas sin ética.

Para mí, resumiendo este muestrario de lugares comunes, la felicidad se teje con hilos de araña. Es tan endeble que un plumero doméstico la puede deshacer. Prefiero elegir la vergüenza —arma que nos propuso el puro Agramonte— como el síntoma primordial de ser o de haber sido feliz, a pesar de tanta pérdida familiar, de tanta renuncia afectiva, de tanto acto fallido. Ética derivada en sentimiento, la vergüenza apuntala la dignidad personal, esa autoconciencia que nos mantiene íntegros, porque nos hace decir como el Quijote, feliz en su misión caballeresca, aunque habitualmente golpeado y desmontado de Rocinante: «Yo sé quien soy». Y como lo que soy y en lo que soy, obro como escribí en un poema titulado Liberación*: busco  la felicidad "a voces -nombre a nombre- como si convocara una nueva familia en los patios del atardecer". 

*Noticias de familia, poesía, ed.Unión, La Habana, 1989. 

EL ARTE DE TEMBLAR

EL ARTE DE TEMBLAR

 

Luis Sexto

La intensidad, el lenguaje en tensión, es el espíritu  legitimador de la poesía. De la poesía, y no del verso, que a veces no contiene aquella impresión casi indefinible. Podrá el verso agradarnos por el oficio con que ha sido compuesto. Por ejemplo,  una controversia campesina suele improvisarse de modo que el ingenio sea el que relumbre. En algún momento podrá chispear, pero todo se resuelve, a veces, en fórmulas que convenzan sólo por su habilidad y agudeza.

 Y  apenas resulta definible la poesía, porque es una sustancia que sólo puede sentirse. Como sabemos, la poesía,  como  concreción material en la palabra, partió de la magia, del conjuro que le sirvió a las culturas primitivas -lo demostró el marxista Thompson en Magia y poesía- como fuerza productiva auxiliar. Al confiar en la influencia de lo mágico, el agricultor en vez de cruzarse de brazos se aplicaba más; su fe lo impelía a trabajar con mayor ahínco.  La poesía, la intensidad del canto, implicaba un desbordamiento de la vida interior. Como  el creyente que al rogar por asistencia  mediante la oración, fortalece  subjetivamente  el círculo de  sus propósitos de no pecar, y cuanto más fervor, más constancia en su catarsis.  En 1942, el español León Felipe sugiere el valor del poema, en unos versos breves, pero hinchados de sugerencias.

                       Hermano... tuya es la hacienda...

                       la casa, el caballo y la pistola...

                       Mía es la voz antigua de la tierra.

                       Tú te quedas con todo

                       y me dejas desnudo y errante por el mundo...

                       mas yo te dejo mudo... !mudo!...

                       Y ¿cómo vas a recoger el trigo

                       y a alimentar el fuego

                       si yo me llevo la canción?

Tal vez  por esa capacidad de remover y abonar la espiritualidad de nuestra especie, la poesía acepte ser conceptuada como la expresión de lo más humano, entrañable del hombre.  Posiblemente, la palabra más tensa sea la que lleve una carga mayor  de subjetividad, de valores emotivos. Pero tendríamos que hacer una distinción entre emocional y emotivo. Emocional puede ser un insulto, y sin embargo un insulto no es en sí mismo  poesía: la tensión del insulto porta una corriente negativa, es portavoz de antivalores, aunque podría mencionarse alguna excepción que signifique lo contrario.  Estableciendo una convención, podríamos decir que lo emotivo es la sentimentalidad que permea y tensa cada palabra.

Quizás hablo un tanto oscura, poca e incompletamente  en estas definiciones de por sí escabrosas o inaprensibles. Sólo he pretendido advertir que todo verso no es poesía. El verso es poesía, cuando, a través de sus artificios formales, nos conmueve y remueve con su esencia poética, con esa huella humana que nos marca  mediante el temblor interno que nos trasmite. Como el arte de temblar definió José Bergamín a la poesía. Y, añadiría yo: también es el arte de hacer temblar.

Roberto Manzano, poeta y uno de los ensayistas que con mayor certeza, hondura y estilo  se ha acercado hoy entre nosotros al aspecto teórico de la literatura, ha dicho que la mayor novedad en la poesía es la intensidad, acompañada de la música de las palabras cuando se combinan con tacto artístico, como en un pulimento sutil que viene aplicado desde lo interior hacia el exterior.

Fina García Marruz nos vuelve a enseñar el papel del orden verbal en la expresión poética, cuando en su libro  Martí, Darío y lo germinal americano cita este ejemplo, que reproduzco a mi modo: De desnuda que está, brilla la estrella. Si invertimos la frase: La estrellla brilla, de desnuda que está, "la poesía se nos viene abajo", reconoce Fina, y según mi oído la verdad armónica sostiene el juicio de la autora de Visitaciones.  Y escribiendo estas palabras un tanto atrevidas e incompetentes recuerdo los versos de César Vallejo y me estremezco:

                       Amada, en esta noche tú te has crucificado
                       sobre los dos maderos curvados de mi beso;
                       y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
                       y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

                       En esta noche clara que tanto me has mirado,
                       la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
                       En esta noche de setiembre se ha oficiado
                       mi segunda caída y el más humano beso.

LA TENTACIÓN SUGERENTE

LA TENTACIÓN SUGERENTE

 

Luis Sexto

Mi relación con Graziella Pogolotti ha fluido a través de los poros solidarios del papel: la he leído. Y en los últimos meses he publicado algún domingo honrándome con tenerla de vecina en la página de opinión de Juventud Rebelde.  Hace poco me ubiqué más cercanamente: leí su libro Dinosauria soy.

Los títulos literarios, incluso periodísticos, no son una norma estatuida por una  tradición reciente. Ni un adorno puesto sin rigor, en plenitud de anarquía o descuido. Los títulos  tienen, sobre todo, una función: provocar o convocar a los lectores, sin que, como recomendaba el italiano Umberto Eco, el escritor les ofrezca demasiadas pistas, de modo que el título sea la tentación del misterio, de la sugerencia, la intriga.

Y Dinosauria soy es un título que ha tentado a muchos. La reconocida ensayista, figura habitual en el quehacer de nuestra cultura, ha empleado un término usado entre nosotros con cierta intención negativa. Llamar a alguien dinosaurio es como decirle: eres viejo, atrasado, reticente… El nombre de una especie animal extinta sirve para invalidar a muchas personas, específicamente  en nuestros debates.

Graziella Pogolotti recurre, pues, al término dinosauria para inquietarnos, pincharnos el interés. Claro, debajo de confesión tan provocativa –dinosauria soy- una especie de subtítulo nos revela la intención y el contenido de título tan original: Memorias, dice también la cubierta. Y uno no perdió tiempo: lo tomó del estante, lo pagó, por supuesto, y comenzó la lectura, la lectura de unas memorias donde la autora confiesa que ha vivido mucho. Y  esa es la mejor recomendación para Dinosauria soy. Para escribir hay, necesariamente, que haber vivido. Y estas memorias  componen la suma depurada de una intelectual que ha vivido mucho, con un apellido reconocido en la historia de la cultura cubana, y por ello sus recuerdos se desbordan de gente, hechos y lugares que el lector de hoy ignora.

Nacida en 1932, en París,  su padre fue un destacado pintor de las vanguardias artísticas de las décadas iniciales del siglo XX.  Pintor que perdió en fecha  temprana la vista, y luego, en una admirable lucha contra la adversidad, derivó hacia la literatura. Escribió, entre otros, un libro de memorias también lleno de información y también  escrito con pasión y acierto. Ese libro de Marcelo Pogolotti se titula Del barro y de las voces, y que yo recuerde ha tenido dos o tres ediciones en Cuba.

Su hija, con crédito independiente -es decir, sin necesidad de su apellido- como ensayista, experta en artes plásticas, en literatura, y con la hondura como raíz en que sus ideas se sumergen, ha escrito con Dinosauria soy un libro de memorias encantador, aunque el calificativo huela a lugar común.

Pero encanta, en efecto, entre otras razones, porque  no es un texto minucioso, cansón. Estas memorias se caracterizan por la síntesis propia de los sabios. Es decir, la doctora Pogolotti, aún nuestra contemporánea, que ha vivido acontecimientos que muchos de sus compatriotas y posibles lectores han conocido por referencias, prefiere sintetizar, mencionar sugerentemente lo consabido. Y se explaya en aquello que resulta más lejano, menos conocido. Enjuicia incluso lo más reciente, y así este libro no concluirá con nuestra época. Servirá para mañana. Como sirve para redescubrirle a la doctora Pogolotti una prosa narrativa, envuelta en una clara neblina poética, que se sobrepone a sus bien compuestos textos teóricos, obligados más a lo denotativo, a lo conceptual que al tropo, a la armonía de la construcción, la pincelada conmovedora.     

Advirtamos, con Mauriac, que las memorias no son la autobiografía del que las cuenta. En la autobiografía, suele estar en primer plano el autobiografiado, pero en las memorias, el que evoca el pasado habla sobre todo de quienes lo rodearon o influyeron en su peripecia vital.   Por tanto, y contrariamente a lo que piense alguna mentalidad de embudo al revés, para escribir memorias se necesita el ejercicio de dos virtudes: la justicia y la modestia. Y ambas se muestran aun desde el título literariamente retador con que la doctora Pogolotti se disminuye y engrandece ante nuestra lectura conmovida y entusiasta.

NO SE PONCHE, CÉSAR VALDÉS

NO SE PONCHE,  CÉSAR VALDÉS

Luis Sexto

¿Será cierto? El sitio Cubadebate ha informado que César Valdés, uno de los oficiales mejor calificados en el béisbol cubano,  se retira del terreno. No vestirá más de negro. El luto lo llevará en el alma. Está dolido. Porque -ha dicho-  aficionados y periodistas han culpado a los árbitros de haber estropeado la última etapa del  campeonato nacional.

La renuncia, según Valdés,  es irrevocable. En particular, le temo a los adjetivos  inapelables. La experiencia me ha enseñado que nada  humano puede darse por definitivo, salvo la muerte. La sabiduría popular  lo ilustra con esta máxima: nunca  digas que de esta agua no beberás. Recientemente,  tuve que rectificar cuando cerré, “irrevocablemente”,  la opción de comentar mis post. Y luego, tras pensarlo, y consultarlo en un aparte durante la discusión de una tesis universitaria sobre la blogosfera, mis colegas del tribunal me recomendaron abrir.  Abre tu blog a los comentarios; no importa que entren los zafios, los peseteros, los tontuelos que disfrutan con insultar o estorbar.  Abre para que los internautas inteligentes y bienintencionados  enriquezcan tus textos. Y abrí…

Ahora bien,  qué más puede uno intuir, aparte de su ofendida dignidad, en el retiro de este hombrón, ancho como una muralla y que suele ser certero como un misil cuando canta out o safe. Los árbitros habitualmente han soportado injurias del público y protestas de los jugadores. Pero comprendo que en el presente ya es intolerable la agresividad verbal e incluso física.  Peloteros y directores olvidan que las jugadas de apreciación son inapelables, y aquí el absoluto si cabe en propiedad. Imaginemos que un árbitro canta: ¡estrai!,  y luego, a una reclamación, rectifica y grita: ¡bola! A dónde irá  el béisbol, sin orden, sin disciplina, sin autoridad.

Lo dije en otro texto, publicado en mi blog: la crisis del béisbol es la misma que la del país. La pelota cubana sufre una crisis de autoridad, una crisis de valores y una crisis técnica. Pero hablar de crisis no significa hablar de decadencia. Crisis no significa ruina. En su etimología griega quiere decir que quien está en crisis está sometido a juicio, a prueba. Y el juicio y la prueba dan la oportunidad de superar el momento crucial. Si no puedes pasar el examen, te desmoronas.

Nada desconocido revelaré. Pero, como el campesino azuza el trabajo  repitiendo el  nombre de sus  bueyes mientras aran,  es preciso  vocear que un número estimable del público ha rebajado el respeto por el juego. El fanatismo ha usurpado el aire de la pasión sana ante un partido de béisbol. Digamos que se ha desviado hacia un fanatismo soez.  Y  me atrevo a preguntar: ¿acaso las apuestas ilícitas no estarán  calentando la grosería y la violencia en  las gradas, incluso fuera de ellas?

En el terreno, la vergüenza y el honor deportivo en ciertos jugadores han empalidecido;  se han quedado como en ropa interior.  Y parece que los mentores, unos o todos, han perdido metodología y facultades para alzar como causa, más que la vitoria, el triunfo del juego limpio y entero. El deporte es un drama, un drama que estimula la catarsis hacia la transformación denodada, capaz de besar la arcilla o la hierba por una tarde o una noche de gloria.  Si yo fuera pelotero, me preguntaría cada vez que corriera, guante en mano, hacia el campo corto, puesto de mi adolescencia soñadora: ¿Estaré dispuesto a no figurar en los elencos y estadísticas, a renunciar a que mi nombre sea mencionado y consultado dentro de un siglo por quienes seguirán creyendo  en  las hazañas del pasado?

Los árbitros, sabemos, se equivocan. Estos hombres vestidos de negro, como se titula un reciente libro de José Antonio Fulgueiras, sufren cuando yerran, y a veces no quieren errar. El propio  periodista villaclareño  cuenta en sus entrevistas que uno de ellos le confesó: la jugada era quieto; debí abrir los brazos y  sin embargo levanté el pulgar. Qué me pasó.  No lo sé. ¿El relámpago de la velocidad me habrá dictado la orden contraria? Sólo sé que esa noche no comí ni dormí.

César, César Valdés, escuche. Soy periodista. Comprendo que algunos de nosotros no sabemos que el equilibrio es la mejor evidencia de nuestra capacidad técnica para juzgar y expresarnos.  Nos falta equilibrio; nos falta cultura; nos falta sensatez. A mí me faltan esas cualidades que establecen la diferencia entre el profesional y el aventurero.  Pero escúcheme: ¿A pesar de su experiencia, persistirá en su decisión? ¿Creerá usted que un hombre útil y honrado puede apartarse irrevocablemente  de sus deberes cuando sabe que otros hombres necesitan de él?  

Que renuncien los ineptos, los aprovechados, los de la vista gorda; que renuncien  los copilotos de Julio Verne, que dan la vuelta al mundo sin ningún objeto creador, salvo el de vestir elegantemente; que renuncien los que se mojan el dedo índice y lo exponen al viento  para  decidir qué responden o qué dicen o qué ocultan. Esos pueden y deben dimitir.  Pero qué será de nuestro país si los mejores renuncian.

¿QUIÉN ES EL ÚLTIMO?

¿QUIÉN ES EL ÚLTIMO?

Luis Sexto

Lo advierto: se me dificultará  llegar a la semilla en este tema. Antes recordemos que aún sigue vigente la división platónica de la opinión en dos términos: la vulgar y la sabia, doxa y epísteme. La primera califica, por ejemplo, de tardía la reciente ley migratoria y no explica porqué ha sido tardía, ni por cuáles razones resultan insuficientes leyes dirigidas a ampliar espacios de más libertad, democracia y oportunidades de bienestar. Campantemente, la opinión común y absoluta les asigna un marbete: tardías, o insuficientes.

Para juzgar el presente o el pasado inmediato con ánimo constructivo, y para usar los calificativos con propiedad,  necesitamos, por consiguiente, repasar las correlación entre lo interno y lo externo, y precisar la voluntad política y el consenso, y determinar la relación entre  la acción conveniente, el diagnóstico de la economía y el papel de la política hostil de los Estados Unidos -que ciertas opiniones ya soslayan- en las decisiones del gobierno cubano. Veamos: ¿hubiera sido posible aprobar una ley migratoria como la actual en 1980? Es decir, no me he propuesto afirmar que los adjetivos tardíos e insuficientes sean falsos; por momentos pueden ser verdaderos, si se demuestra su verdad.

Sólo procuro hacer recordar que los calificativos en solitario, sin un análisis de la época donde los actos adjetivados se deciden, carecen de hondura y razón. No argumentan, y exhiben el facilismo como marca de agua oscura. Son más bien palabras claves de la propaganda, cubos de agua fría para condensar la desmovilización social, o expresión de actitudes ambivalentes, quizás un quedar bien con estos y con aquellos.

Y ciertamente, cuantos queremos participar en la reedificación de nuestra sociedad sobre un tablado apto para el socialismo,  debemos entrenar el ejercicio de la crítica. Sean el ciudadano común, el académico o el funcionario. La crítica, que no equivale a calimbar de buena o mala una política, ni embanderar de excelsitud resultados mediocres, ha de operar como una mirada en perspectiva y en retrospectiva, juzgando la realidad con sus neblinas y los condicionamientos del clima social.

Girando la vista hacia otro ángulo, habrá que renunciar a creer que repitiendo una consigna todo se explica o se resuelve. Qué otro socialismo podríamos levantar que no sea próspero y sustentable, con las limitaciones que su concreción exige. Porque no sería  apropiado correr sobre carrileras sin ponerles las traviesas, o hacer refulgir proyectos idealistas en un planeta definido por un capitalismo en bélica expansión. Al repetirlas sin que la mano y la cabeza las conviertan en idea y obra efectivas, las consignas se diluyen y  quedan como esos adjetivos con que exhibimos nuestra presunta independencia de criterio.

Algunos olvidan que no hay términos medios para Cuba. Unos y otros  estamos con la patria, aunque la patria necesita que las palabras y las acciones carezcan de doblez y sobresalgan por ir a las raíces de problemas y soluciones. Y reclama la patria  que no obviemos que la independencia no es moneda de cambio, ni rehén de intereses, y que la justicia social no consiste en promesas sino en obra palpable instalada sobre cimientos políticos y económicos.  

La historia de nuestra nación nunca podrá ajustarse al destino de componer  un cántaro que  pueda romperse en cualquier fuente. En cambio, los fundadores, lo que señalaron las articulaciones esenciales de Cuba desde Aponte hacia delante,  nos exigen definir la historia como el cordón umbilical que impida que la sociedad cubana se fragmente.

Quizás sea variable la percepción de cada uno de nosotros con respecto a las circunstancias en que habitamos. Unas medidas serán tardías para unos; a otros les parecerán correctas, y aquellos las clasificarán como no completamente suficientes. Sin embargo, para no caer en la desilusión o en una negatividad sistemática, urgimos de una actitud honrada, inmune ante una adjetivación que marque indecorosamente los postes de las ambiciones oportunistas.

Y este comentarista qué posición elige. No es confesión nueva: me niego a matricular en esa asignatura llamada defectología y que entrega el diploma para  endilgar  adjetivos rebajadores a cuanto  decidan y concreten en Cuba las fuerzas revolucionarias. Renuncio a ubicarme en una posición equidistante entre la herencia de la revolución y sus enemigos.

Para mí, la ecuación resulta simple: aspiro a quedar bien con cuanto pienso y con aquellos que estimo mi deber ciudadano y mi compromiso con la historia y con mi origen de pueblo y de clase. Y a la hora de expresar mi opinión,  he de matizarla. Porque si todo para mí es malo, o todo es bueno, o es bueno y malo sin decantar estos extremos, posiblemente termine sin saber a dónde voy ni de dónde vengo. Por ello ya he pedido el último en la cola para inscribir mi nombre en un curso de crítica y de historia. Porque sólo con adjetivos descontextualizados no se hace crítica, ni se respeta la historia. Tal vez se logre un poco de espuma en las palabras.

DIFERENDO CON BORGES

 Luis Sexto

El que espera, desespera. Frase recurrente que supone un juego de palabras, porque ya no sabemos si desespera porque llega lo que esperaba o desespera porque estalla en la locura del que ha perdido toda esperanza. ¿Tiene que ver la esperanza con la espera? ¿O esta es circunstancial, tiempo localizado en un puntual minuto de la existencia? Más bien, la esperanza consiste en un desafío a lo indefinible, a lo que carece de hora y día, y pasa a ser un ansia del ánimo, un querer desasido de toda certeza, aunque subsista haciendo subsistir a quien se contagia de su improbable llegada.

Cuando sabemos hacia dónde vamos, la inteligencia y la voluntad se aprestan a arriesgarse, a formar parte del inseguro viaje de la fundación o refundación de los sueños, o mejor, de la solución de las necesidades.

Mantengo con Jorge Luis Borges un diferendo ya insalvable. Es el soneto donde el poeta pide Al Señor -un vocativo que no nombra a nadie, según aclara- que lo libre de la esperanza. Y ese ruego es la raíz de la única página que  yo  incluiría en la Historia universal de la infamia. ¿Creeremos a Borges, el mismo poeta que reconocía afirmar ahora para negar después? Quizás en esa confesión el autor de Los conjurados se haya  excedido de sincero como en otras páginas se desdobla para asegurar lo que con otro rostro u otra posición, se resistiría a decir. 

Pocos dudarán de que el hombre no pueda vivir sin ilusiones. O sin esperanzas. Porque en un punto signado por la vaciedad, ilusión y esperanza confluyen en un impulso del vivir. O del pervivir.  Todo individuo es sujeto de la esperanza, al menos en la dimensión terrena de la humanidad. Dante la negó, pero del lado de allá de donde Caronte descarga su barca fúnebre. “Lasciate ogni speranza”, puso el florentino a la puerta del infierno. Y con ese aviso tan exacto, ya ese antiguo sitio de castigo no necesitará del fuego. Porque en La divina comedia, en consonancia con la teología católica, la peor pena es esa que recibe al pecador tras su salto a la dimensión del espíritu: Deja toda esperanza, tú, que entras aquí. Toda esperanza, que no será espera.  Porque el tiempo y la condena no tendrán, como en el plano terrenal, una relación sincrónica: pasa este y aquella pasa también. Por ello, la falta de esperanza es también la liquidación del tiempo, al menos en el cálculo individual.

Borges propone, pues, un inconsecuencia vital con este verso: “No de la espada o de la roja lanza/ defiéndeme, sino de la esperanza”. Pasa por alto, en sentido humano,  que toda sociedad en cuanto orden para un fin  tiene que ofrecer la esperanza, la ilusión como sostén.  La humanidad se ha movido por la esperanza como anhelo que pide  el fin de los contrastes cotidianos mediante el equilibrio entre la carestía y la abundancia, el dolor y el alivio, entre la hoja en blanco y la hoja escrita con la tinta azul del sosiego.

Pero, y posiblemente ello sea el fundamento del poeta, Borges no parece rechazar la esperanza como categoría ontológica o virtud teologal, sino renuncia a ella porque teme ser víctima del esperanzarse, pues la esperanza no implica la certeza de que se convierta en el bien deseado. Y prefiere ser víctima de un lanzazo. Si el que espera desespera  cuando cesa la espera, el esperanzado podrá morir del mal de la esperanza, esto es, de la promesa no cumplida, el sueño nunca encarnado.

Yo, por el contrario, elijo llevarla conmigo hasta donde, incluso, no me haga falta. Y como el caballero andante que poetizó Enrique Hernández Miyares, diré que  esa dama que nos mantiene en vilo, siempre será la más fermosa.