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PATRIA Y HUMANIDAD

DESPUÉS DE 523 AÑOS: ¿TENEMOS ALGO QUE CELEBRAR?

DESPUÉS DE 523 AÑOS: ¿TENEMOS ALGO QUE CELEBRAR?

Por Dr. Antonio J. Martínez Fuentes

 Volveré y seré millones. Tupak Katari

   "La conexión entre el Viejo Mundo y el Nuevo, que durante más de diez milenios había consistido en algo tan exiguo como los viajes de los vikingos, de algunos pescadores a la deriva y oscuros contactos por la vía Polinesia, se convirtió el 12 de octubre de 1492, en un vínculo tan significativo como alguna vez lo fuera el puente terrestre de Bering. Los dos mundos, que Dios había mantenido separados, se unieron nuevamente y ambos, tan diferentes a partir de ese día comenzaron a parecerse". "Hasta entonces nuestro planeta no tenía la forma de una esfera". Ciertamente, es una fecha que en ninguna de las dos orillas de Atlántico podemos olvidar pero que posee muchos significados para los pueblos nativos. Relacionar las dos mitades del planeta condujo a cuantiosas consecuencias ambientales, biológicas, sociales y culturales. Se dio inicio a un proceso que trajo consigo incontables intercambios entre los habitantes de los dos hemisferios que habían permanecido en mutua incomunicación, pero con la irrupción de los conquistadores también quedarían signadas las vidas de millones de personas. Pueblos y culturas de este hemisferio desaparecieron totalmente o fueron diezmados; millones de africanos fueron extirpados de sus tierras.

El “descubrimiento“ de América, y la expulsión de los judíos y los musulmanes de España, dibujaron las fronteras del Occidente moderno, que nació a comienzos del siglo XVI bajo el doble signo de una apropiación y una eliminación, hasta entonces sus límites eran diferentes. En 1492 se transformó la cartografía y se impuso una nueva geografía, fundada en una doble legitimación, política y religiosa, que permitió fabricar una historia que todavía constituye la base del pensamiento occidental.

Esos mitos de fundación se inventaron en el momento del triunfo de la razón, tal como se la entendía en el siglo XVI. Desaparecieron genealogías, se borraron influencias, se ignoraron prestigios entre pueblos cuyos letrados se consideraban deudores de la ciencia y religión de otros. Se ocultaron mixturas; se silenció que los romanos llamaban bárbaros a los pueblos del norte, no a los de la ribera sur del Mediterráneo. De mucho se dejó de hablar en el siglo XVI. Los humanistas imaginaron un pasado que rechazaba todo aquello que no era grecorromano ni cristiano.

La conversión al catolicismo no bastaba para hacer cristianos a aquellos que no habían abandonado la península ibérica. Apareció otra obsesión: la pureza de la raza, de la sangre. Y esta doble pertenencia, la cristiandad y la raza, legitimaron la conquista de América.

La conquista tuvo características inéditas; hubo polémicas con aquellos que clamaban por una colonización americana menos brutal, para salvar a los habitantes que quedaban, los que no habían muerto por las armas, por las pestes, por los trabajos forzados. Los protectores de los indios ― de las Casas es el más célebre entre ellos―, aunque destacaban la humanidad de éstos, no rechazaban la jerarquía de razas superiores e inferiores: los indios podían ser educados, encaminados, orientados. Esta idea de los indios como pueblo infantil estaba muy extendida en del siglo XVI. De hecho este pensamiento persiste hasta nuestros días con imágenes edulcoradas de pueblos mansos y obedientes.

La noción de la superioridad del español ―que ya se había fundamentado en la esfera nacional por la superioridad de sangre― bastó para justificar la superioridad de su imperio.

La catástrofe demográfica americana y la humanidad concedida a los nativos alentó la búsqueda de mano de obra esclava africana. El comercio de esclavos entre África y América duró cuatro siglos. Europa se enriqueció tanto como el mundo árabe gracias al comercio de esclavos. El primitivismo de la raza negra justificaba su dominación. Mientras que en las metrópolis de Europa se reducía el trabajo esclavo, éste sostenía la prosperidad en las colonias ultramarinas. Sólo las condiciones de la trata se pusieron en discusión, no la esclavitud en sí misma, legitimada por la raza y la religión.

Europa arrasó el mundo que descubrió bajo nuevas fórmulas de la ley del más fuerte. En el mismo momento en que se conoció la sorprendente diversidad de la humana, pero la humanidad que se les reconocía a los indios, se les negaba a los negros; a partir del siglo XVIII, el argumento religioso cedió ante el argumento biológico y racial. El africano primero fue esclavo después lo hicieron negro, que significaba subhumano.

El genocidio perpetrado por el nazismo ―según Sophie Bessis ― ha sido calificado como único e inédito en la historia de Occidente. ¿Lo era? ¿El nazismo fue inventor o heredero? ¿El Holocausto fue un accidente o la consecuencia de un ciclo que había comenzado con la pureza de sangre española? Sin dudas la industria encargada del exterminio fue inédita ―dijo Bessis―, pero el acto mismo del genocidio ya se había visto en América. El camino estaba allanado; los nazis sólo innovaron. Ni la pureza de la sangre, ni la convicción de formar parte de una humanidad superior, son inventos del nazismo; ni siquiera los argumentos. Más allá de los métodos, lo novedoso fue, por un lado, que el genocidio sucedió en Europa, y por el otro, su aparente inutilidad.

Occidente se había convencido de que la barbarie le era ajena, que estaba más allá de sus fronteras. Los genocidios en América y África fueron utilitarios: había que hacer espacio o romper la resistencia de los pueblos conquistados. No se exterminaba por gusto, por placer, sino por falta de lugar y por la reticencia de los autóctonos a someterse al conquistador.

No pocos consideran que “el Holocausto fue un genocidio, pero no que lo haya sido la conquista de América, y aun cuando se aceptó la responsabilidad europea en la catástrofe demográfica americana, los vínculos con la historia grecorromana y cristiana que Europa se inventó a sí misma siguen siendo parte de un mundo de tinieblas. En cualquier caso, afirmar que la conquista de América fue “el primer genocidio de la Historia” es también un modo de hablar en nombre de la razón…”

Es difícil negar la amplitud de la catástrofe pues en menos de medio siglo, murió entre la mitad y tres cuartas partes de la población indígena. Este rápido despoblamiento de América fue lo original de la empresa europea, aquello que la diferenció de las demás conquistas de la historia.

Entonces, ¿tenemos algo que celebrar el 12 de octubre?

Día de la Raza es el nombre que recibía, en la mayoría de los países llamados hispanoamericanos. Las celebraciones tenían, y tienen aún lugar, el 12 de octubre en conmemoración del avistamiento de tierra por el marinero Rodrigo de Triana en 1492, luego de haber navegado más de dos meses al mando de Cristóbal Colón, a lo que posteriormente se denominaría América. La denominación fue creada por el ex-ministro español Faustino Rodríguez-San Pedro, como Presidente de la Unión Ibero-Americana, que en 1913 pensó en una celebración que uniese a España e Iberoamérica, eligiendo para ello el día 12 de octubre.

Pero en la actualidad esto ha cambiado y en muchos países cada 12 de octubre se conmemora el Día de la Resistencia Indígena, una fecha en la que se recuerda esa constancia que tuvieron los pueblos originarios en la lucha por su dignidad, en la lucha por permanecer de pie ante la política de exterminio que llevaban adelante los conquistadores españoles a fin de quedarse con las riquezas del continente.

El nombre de “Día de la Resistencia Indígena” viene a sustituir a aquel denominado “Día de la Raza” o “Día del encuentro entre dos mundos” o “Día del encuentro de dos culturas” o “Día del descubrimiento de América” o “Día de la Hispanidad” en el que solía celebrarse la llegada de los españoles a esta tierra y de alguna u otra manera se destacaba ese colonialismo que pretendía acabar con la cultura de nuestros indígenas.

Sin duda, ninguno de estos nombres recopilaba la esencia de lo que sucedió realmente con los indígenas de América a partir de ese día. No hubo encuentro sino un exterminio de un grupo por otro, tampoco era el día de la raza ¿de cuál raza? Y tampoco hubo un descubrimiento... Esta tierra, desde hace mucho ya estaba descubierta por nuestros pobladores originarios. Pero resistencia sí existió, porque nuestros pueblos originarios se resistieron ante tanta invasión, maltrato y lucharon por su dignidad, por sus costumbres, por sus creencias y culturas que siguen inmersas en los pueblos originarios americanos.

Así, para reconocer esta lucha de los hombres y mujeres de los Pueblos Originarios el 11 de octubre de 2002, en Venezuela, por ejemplo, el Presidente de la República Hugo Chávez decreta que cada 12 de octubre se conmemoraría en el país el “Día de la Resistencia Indígena” como tributo a cada uno de esos hombres y mujeres que dieron la lucha por sus pueblos, por su dignidad.

Pero además de conmemorar esa lucha, hoy día cada 12 de octubre los Pueblos Originarios siguen en su batallar por la igualdad social y el respeto a todos los derechos ancestrales de las comunidades indígenas y normas por las que rigen sus costumbres y sobre todo a sus derechos como seres humanos que por durante muchos años habían quedado en el olvido.

En lugar del “encuentro de culturas y civilizaciones” que se ha intentado sustentar, la conquista y colonización fue, como señala Steven Katz , el peor desastre civilizatorio y demográfico conocido en la historia de la humanidad.

Epilogo inconcluso

El mutuo conocimiento de ambos mundos significó para nuestra América, al decir de José Martí “la llegada de una civilización avasalladora”. De acuerdo con Luís Sexto “Hay, sin embargo, una paradoja que cubre a los pueblos y culturas que surgieron de aquel acontecimiento bajo el signo del mestizaje. Somos en parte por Amerindia, en parte por España, y en otra parte por África. El 12 de octubre de 1492 fue nuestro nacimiento. Y nos toca la alegría. Y nos toca la lagrima por saber tanta hecatombe, tanta raza marginada y tanta herencia maltrecha y enquistada”.

FRENTE A LA SOSPECHA, LA REALIDAD

FRENTE A LA SOSPECHA, LA REALIDAD

 Por Lorenzo Gonzalo,periodista cubano radicado en Miami

Me sigue preocupando la gente y las instituciones que tienen el estilo de inculcar sospechas ante hechos positivos. Precisamente eso está sucediendo tras el anuncio del establecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Muchos de nosotros hemos luchado largos años para lograrlo y ahora, algunos en vez de alegrarse siembran sospechas.

Nadie en su sano juicio duda, que el Poder Político estadounidense, los europeos y algún que otro país latinoamericano, están interesados en que Cuba regrese al orden institucional llamado democracia representativa. Tampoco podemos dudar que la decisión de Estados Unidos de Norteamérica de establecer relaciones con Cuba y sus gestiones a medias para eliminar el bloqueo, significará renunciar a esas pretensiones. Ya lo he dicho: todos queremos que el otro piense como uno y el Poder Político de cada Estado pretende y labora de manera abierta o velada, para que los Estados próximos y lejanos adopten el suyo o se aproximen a sus concepciones.

Cuba tiene estrechos lazos con Venezuela, la apoya y así le sucede también con Ecuador, Brasil, Uruguay, Argentina y Bolivia. También mantiene estrechos vínculos con los movimientos que en otros países laboran en instituciones políticas para lograr resultados similares a la de los países mencionados. Nadie renuncia a esto. Estados Unidos tampoco y además lo dice con mucha honestidad o cinismo. Ponga Ud. el adjetivo.

El establecimiento de relaciones diplomáticas decidido por Estados Unidos, que fue el promotor de la ruptura y su aceptación por Cuba, no cambia esta circunstancia. Tampoco el propósito cubano de organizar un estado socialmente orientado. Como ya he dicho: inculcar sospechas en la población por parte de los sectores involucrados, no ayuda en la gran tarea de hallar soluciones adecuadas y hacer avanzar el país. Actuar frente a las acciones ilícitas es una cosa, convertir la sospecha en hábito es ayudar a dilatar el proceso.

Los sectores activos en el escenario de la Cuba actual son unos pocos y están íntimamente interrelacionados. En general su composición está dada por miembros del gobierno, cuya función primordial es defender los lineamientos oficiales y trabajar en aras de su cumplimiento; las personas que se definen como pertenecientes al sistema, ya bien sea porque trabajaron en esferas oficiales de gobierno o del estado o bien porque colaboraron en su defensa, seguridad o desarrollo; un tercer grupo simplemente apoya el proceso y se siente identificado con las ideas de alcanzar una mejor organización de sociedad; un cuarto grupo de magnitud reducida, son personas que desean un regreso al sistema de partidos típicos de las sociedades donde las corporaciones y el capital son priorizados por encima del bienestar común. Este último grupo se subdivide en algunos pocos que viven en Cuba y reciben beneficios económicos por sostener esas actitudes; la otra parte que vive en el exterior integrado tanto por cubanos como extranjeros que, ante las nuevas circunstancias, pretenden aprovechar las reformas económicas en curso como instrumentos para llevar los cambios por otro camino; y finalmente están los inversionistas y personas de negocios que apuestan por los beneficios económicos posibles que puedan obtener si forman parte de esta nueva faceta del proceso.

El soporte del Poder en Cuba está engarzado en los integrantes del gobierno y el Estado, aquellos que se consideran parte del sistema y quienes defienden y apoyan en líneas generales el proceso. Todos ellos tienen como seguidores a los indiferentes. Los factores foráneos de inversión contribuyen a la gestión de los anteriores pero deciden en muy pocas medidas respecto a las estructuraciones sociales. Los otros grupos no tienen influencias, salvo la cobertura de la prensa extranjera que magnifica y distorsiona la trascendencia de los mismos.

El Poder está en la dinámica de los tres primero grupos señalados, cuyo porcentaje poblacional supone ser apabullantemente alto; su efectividad está dada por el grado de movilidad que obtengan en la diseminación, extensión y debate de los criterios que elaboran; la solidez de las soluciones que ofrezcan dependerá que conviertan en factor lo social sobre lo individual y en la medida que los aspectos doctrinales sean coloquen a un lado de la discusión, a la hora de plantear y defender sus ponencias.

Si no me equivoco del todo al describir el cuadro del Poder en Cuba no hay nada que temer sino por el contrario, hay mucho por hacer, especialmente por parte del Ejecutivo cubano, quien debe desatar nudos con miras a estimular de manera efectiva estos componentes sociales y humanos en los cuales se apoya el proceso social de cambios. No importa lo que piensen o quieran hacer otras personas o que Washington persista en sus deseos de provocar cambios en Cuba por otras vías.

Es bueno recordar que en el transcurso de las conversaciones, Estados Unidos no ha puesto sobre la mesa la realización de cambios políticos como condición para levantar el Bloqueo. Las condiciones de ambas partes son referidas a daños y perjuicios durante los años del conflicto y respeto mutuo. En medio de las conversaciones cada cual ha expresado su visión política sobre la sociedad y el Estado, sólo como comentario y para marcar territorio.

En realidad hace falta que todos los que ayer pensaban que había que invadir a Cuba, se sumen al nuevo proceso y vitorearlos por sus decisiones, sin pensar cuáles son sus intenciones. No importa que lo hagan con la idea de cambiar el curso del proceso cubano. Lo importante es el cambio de posición, para que los indecisos vean que nada pasa y ellos también se sumen. Mientras el Poder del Proceso Cubano resida en los tres factores humanos señalados, cada uno constituido por millones de cubanos enamorados de sus creencias y sus luchas, las cosas marcharán y los equivocados se cogerán el dedo con la puerta.

Con mucha esperanza; sin sospechas ni calificativos; con una gran sonrisa debemos concluir que las cosas suman a favor de Cuba, de Latinoamérica y también, por qué no decirlo, a favor de este gran país que es Estados Unidos de América.

4 de octubre del 2015

EL PEREGRINO AMERICANO

EL PEREGRINO AMERICANO

 

Leemos lo siguiente en una crónica informativa de la periodista cubana Rosa Miriam Elizalde sobre la visita de Franciso a Washington:

"Una colega me llama la atención sobre algo curioso: Bergoglio menciona en el Congreso a cuatro figuras de los Estados Unidos, pero solo se detalla la biografía de dos de ellas en los documentos que reparte el Vaticano antes del discurso en el Capitolio. “Los cuatro fantásticos”, como los llama el vaticanista John Allen Jr, son el presidente Abraham Lincoln; el líder de los derechos civiles Martin Luther King Jr.; el monje trapense y escritor Thomas Merton, y la activista social Dorothy Day. Es como si dijeran que los dos primeros son harto conocidos y lo otros, puestos en un mismo altar por el Papa, son unos perfectos desconocidos para muchos, empezando por los  legisladores estadounidenses". 

SobreThomas Merton reproduzco esta crónica. El monje trapense del monasterio de Getsemani, Kentucky,  ha sido uno de mis autores predilectos. La escribí hace años. Su libro más célebre es su autobiografía: La montaña de los siete círculos. Visitó a Cuba, y al santuario del Cobre en la década DE 1940. El Papa no se equivoca al realzarlo.

Luis Sexto

   EL SITIO QUIZÁS CAREZCA DE importancia; lo principal resulta el encuentro con un autor o con una obra. Me acuerdo, sin embargo, que hallé aquel libro, que tanto influyó en  mi vocación literaria, entre las fichas de la biblioteca Gener y Del Monte en Matanzas. Porque buscándolo con vehemencia, no lo había encontrado en otros centros y porque algunos episodios descritos en aquel texto se relacionaban de cierta manera con el lugar donde lo leí en noches sucesivas. Hacia las ocho, después de haber terminado el trabajo en la delegación provincial del ministerio del Azúcar y de haber comido en la pizzería de la calle del 2 de Mayo tras  una cola de una o dos horas, pedí a Blanquita – ¿así se llamaba una de las bibliotecarias?- La montaña de los siete círculos, autobiografía del monje y escritor norteamericano Thomas Merton.

   Decursaba mi edad por los aparentemente inacabables 24 años. El almanaque había digerido los primeros cuatro meses de 1969.  Y mi vida giraba y tropezaba en la búsqueda de líderes espirituales, de índices confiables que dibujaran las señales para hallar el asiento definitivo del espíritu, que oscilaba entre la abnegación y el desbordamiento. Thomas Merton no me era desconocido. Ya había leído más de una vez su libro de apuntes e impresiones monásticas titulado El signo de Jonás, y Semillas de contemplación, Conjeturas de un espectador culpable, Semillas de destrucción. Y en el propio 1969, degusté su canto bilingüe al Che Guevara, en una selección de poemas dedicados al guerrillero recién asesinado, publicada por el Instituto Cubano del Libro. Un poema, para mí, desconcertante: porque provenía de un autor a quien no le podrían faltar prejuicios para  incomprender  a “ese niño de la música callada”.

   Muchas de sus páginas,  aun conmoviéndome, me resultaban insólitas: todavía  no estaba completamente al tanto de la ética y la estética de Merton. Y pienso que otros lectores pudieron también desconcertarse ante una especificidad intelectual que, de acuerdo con la tradición, no podía arroparse bajo la cogulla de un monje dado a la soledad y el silencio. Después aprendí que nada era sorprendente en Merton, Hermano Louis en el monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Louisville, Kentucky. Y alcancé una devota comprensión de ese místico contemporáneo especializado en  la convivencia de los opuestos o lo disímil.

   Quizás por su hábito de obrar a contrapelo de un canon rígido, iracundo, intolerante  sorprendía a cuantos se suscribían al prejuicio en materia de opiniones. Su serena y ancha  mirada lo condujo a estudiar el budismo Zen con el propósito ecuménico de acercar al Oriente y el Occidente en lo religioso. Y lo impulsó, con las velas de un nuevo signo de Jonás,  a un hotel de Bangkok donde murió electrocutado en 1968 al encender un ventilador mientras esperaba entrevistarse con el Dalai Lama.

    En 1948, Merton comenzó su obra literaria conmoviendo  a los lectores con La montaña de los siete círculos, su autobiografía, escrita a raíz de su ingreso en el monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky. Allí experimentó que el ser humano a veces no  puede escapar de aquello que lo mortifica o le reduce el sentido de la vida. La contradicción parece manifestarse como un sistema dentro de la recurrencia circular de los días, y en un recodo, sin haber supuesto, se reencuentra con el fardo que estimó dejar atrás. Quiso, pues, sumergirse en el silencio y el anonimato, y en cambio, luego de la explosión de su autobiografía, se convirtió en uno de los escritores católicos más atractivo por el estilo, la audacia del pensamiento y la visión tan cercana al hombre y sus problemas en el siglo XX. Fue, por ello, obligado a mantener un diálogo constante con incalculables lectores que, incluso, le escribían, y él a algunos debía responderles como en una dirección espiritual a distancia.

   La letra fue su principal oración por este mundo cuyo indulto tendrá que concederlo  Dios un día en que “esté enfermo”, según César Vallejo. Y por tanto su tarea primordial  en el monasterio, además de orar,  leer libros sagrados o edificantes, ejercitar la liturgia, el canto gregoriano  y el trabajo manual, consistió en escribir libros por mandato de su Abad, a quien lo subordinaba el voto de obediencia.

   Con su retiro desdoblado en militancia activa,  Merton desacredita el tan extendido prejuicio que supone a los monjes contemplativos en la Trapa,  la Cartuja o una abadía benedictina,  prófugos del movimiento gregario de la civilización. El apartamiento es solo aparente. El monje no abjura de la sociedad; se repliega.

   La montaña de los siete círculos me puso  al tanto de la vida de Merton y de su conversión al catolicismo. Y me lo erigió en una especie de guía, ideal, meta. Cuántas veces tuve nostalgias del ambiente recóndito, neblinoso, pacífico de Getsemaní, y con cuánta insistencia pretendí escribir con la original precisión de Merton.  En ese texto que lo inicia en la literatura y en un peculiar apostolado mediante libros, artículos periodísticos y cartas, cuenta sus contactos con Cuba antes de su ingreso en el monasterio. En 1940, visitó a  la “Isla luminosa”. En Camagüey comenzó a leer bajo una palma real el texto español de la autobiografía de Santa Teresa. Recorrió templos de La Habana. Caminó en Matanzas por el parque de la Libertad; conversó con los paseantes aburridos –como me aburría yo años más tarde cuando mis deberes me trasladaron a orillas del San Juan y el Yumurí- en una ciudad excesivamente discreta, silente, plena de opacidades que se resuelven también como los encantos más disfrutables de Matanzas.

   Merton llegó, en particular, a Santiago de Cuba donde realizó el gesto más trascendental de ese viaje. Ante la imagen de Nuestra Señora  de la Caridad, en el Cobre, se postró como un peregrino desvalido, humilde, converso reciente que intentaba olvidar  las cervezas del Coney Island de Nueva York  y las arenas movedizas de una dedicación intelectual sin más futuro que el vacío. A la Patrona de Cuba le pidió su intercesión para que Dios le concediera la gracia de ser aceptado como aspirante al sacerdocio. Dos décadas después, una correspondencia bastante estable irradió desde la abadía de Getsemaní  su magisterio entre varios poetas cubanos. Cintio Vitier contó, a su modo grácil y hondo a la vez, esa relación con un monje que a pesar de haber eludido el mundo seguía inquietándose por el mundo. Ese monje le había encarecido la necesidad de pasar poemas de ojo en ojo, como un periódico que, en vez de noticias, informara sobre los valores hacia los cuales, inquebrantablemente, el Hombre había sido llamado desde cuando la poesía empezó a ser una entrega sangrante,  precio del rescate de la animalidad.

   Tanto el viaje a Cuba como la relación con intelectuales cubanos, hace a Merton  un poco nuestro. Y un poco mío. Mío, porque en momentos de angustia, de afrontamiento del hacha que había de cercenar uno de mis miembros más amados y urgidos, la lectura de El Signo de Jonás ha sido una oración  sucesiva, renuente a la interrupción. ¿Cuántas veces he pasado esas páginas, ya cristalizadas, desenhebradas en mi volumen de la Editorial Sudamericana? Me parece creer que hasta hoy suman más de diez. Está subrayado. Anotado. También aprehendido. La atmósfera de prístina humildad, de imbíbita actitud ante la Naturaleza, esencia poética de la contemplación, me ha transpuesto hacia las colinas y los pinares de Getsemaní. Cuando he necesitado relajarme, al cerrar los ojos la imagen que se transforma en mi “mantra” evoca al monasterio trapense de Louisville.  

   Aspiré a visitarlo como un aprendiz a su maestro. Quise, como mínimo, andar por sus senderos, entrar en la iglesia donde Merton por más de 30 años cantó salmos en la madrugada.  La oportunidad  llegó. Solo un viaje desde Miami en automóvil, que nadie de mi familia me negaría. Pero si el monje escritor podría ser uno de mis padres literarios y éticos, mi hijo, entonces mortalmente enfermo en aquella ciudad adonde habíamos llegado para intentar curar su mal no sé por obra de cuántas decisiones solidarias, eliminó la  disyuntiva, proscrita de antemano. Primero mi obligación paterna; luego la filial. Si el niño no estaba en condiciones de acompañarme, de llevarse en su viaje definitivo a deshora  la paz recóndita del monasterio, el olor medieval del silencio, yo no podía dejarlo solo, aunque quedara con su abuela. 

   Esa actitud de renuncia, esa matemática que discrimina los signos que pueden avalorar el egoísmo, para potenciar cuantos acompañan la abnegación solidaria, Merton me la había trasmitido hacía muchos años. Porque no importa el lugar donde lo veas o lo leas. Lo primordial es que lo lleves dentro[1]

 



[1] Una antología titulada Poemas al Che, del Instituto Cubano del Libro, publicada dos años después del asesinato de Ernesto Guevara en La Higuera, Bolivia, el 8 de octubre de 1967, recoge un poema aparentemente insólito: el de Thomas Merton.

LETTERS TO CHE: CANTO BILINGÜE

Te escribo cartas, Che, / En la sazón de lluvias/ Envenenadas./ They came without faces/ Found you with eyeless rays/  The tin grasshoppers/ With five-cornered magic/ Wanting to feed you/ To the man-eating computer/  Te escribo cartas, Guerrero,/ Vestido de hojas y lunas/  But you won and became/ The rarest jungle tree/ A lost leopard/ Out of metal’s way/Te escribo cartas/ Hermano invisible /Gato de la noche lejana/ Cat of far nights/ Whisper of a Bolivian kettle/ Cry/  Of an Inca hill/ Te escribo cartas, Niño/  De la música callada.  

 

 

 

RESONANCIAS DE LA VISITA PAPAL

RESONANCIAS DE LA VISITA PAPAL

  

Luis Sexto

“Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam”,  reza  un canto litúrgico  basado en el salmo 53: Oh,  Dios, ten piedad de mí. Y por tanto misericordia, que parece pertenecer a la familia de miserere,  es una palabra compuesta entre la raíz que significa piedad, también perdón, y cordia, un sufijo  proveniente de cor cordis, corazón o del corazón. Visto lo cual, si no yerra mi casi olvidado latín de la adolescencia, misericordia significa perdonar, aliviar, ayudar con el corazón a quien la suplica, incluso a quien la rechaza.  Mas, si se acepta exige un arrepentimiento, también de corazón; arrepentimiento por el daño causado. Y por tanto hay que admitir  que “Quoniam iniquitatem meam ego cognosco: et peccatum meum contra me est semper”. Esto es, estoy al tanto  constantemente de mi iniquidad.

   Y he referido esas etimologías y frases bíblicas, porque de misericordia habló el papa Francisco entre nosotros, y también habló de rigidez. Y rigidez, quiere decir  actitud de aquellos que permanecen insensibles ante el dolor y los problemas de otros, apegados a sus ideas, a sus dogmas y a sus intereses. Ni perdonan, ni se arrepienten.

   Me percaté, como muchos, de que el mensaje iba más allá de los creyentes. Pensaba que nuestro pueblo necesita hoy extender la misericordia, y exterminar la rigidez. A esa rigidez llamamos “vieja mentalidad”. Y dicho así, parece un ataque de sarampión crónico cuyo virus unos contraen de tanto hacer y pensar  lo mismo, sin control, y con el agravante de que no se consideran culpables, sino víctimas de un orden permisivo, sin cuenta regresiva para los errores. Así es el diagnóstico y la etiología de la vieja mentalidad: la padezco, y no depende de mí curarla.

   Pero la vieja mentalidad no es sarampión;  más bien es una enfermedad de la conciencia, vuelta molde de plomo que se  habitúa a ver la realidad desde ciertas ubicaciones comúnmente ociosas, cuya mayor molestia es dejar las cosas como están. Su culpabilidad radica en que no quiere modificarse; se resiste a recomenzar, a renovarse. Es cómoda la posición de este paciente casi incurable, al menos en estas dolencias mentales, cuya  terapéutica, hasta ahora, parece no emplear técnicas quirúrgicas.

   No sé cuántos de mis compatriotas estiman que la vida es lucha,  milicia sobre la tierra, como dicen las escrituras recitadas por la  Iglesia Católica. Milicia. Combate. Denuedo. Abnegación. Solidaridad. Ello es la existencia humana. Y me parece que sin esa disposición, será muy lento y a veces inefectivo rescatar los valores éticos, políticos, materiales que poco a poco se nos han ido desgastando en medio de escasez, privaciones y, sobre todo, indolencia.

    Es sabido: para corregir o corregirse se necesita la conciencia de que es preciso modificar la conducta. Sin conciencia del cambio, no habrá cambio. Ni personal ni social. Y el cubano que se inquiete hoy, en medio de nuevas y viejas circunstancias, tendrá que concluir que renovar nuestra sociedad actualizándola, dotándola de instrumentos capaces de generar estímulos para el trabajo, y el trabajo ser tan efectivo como para generar bienestar en justicia, no será sólo posible con leyes y procedimientos  dotados de la propiedad de organizar un aparato productivo eficiente, eficaz y efectivo.

   Tampoco las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, aunque el cese del bloqueo económico y financiero y comercial deje de ser una promesa enganchada a un anzuelo geopolítico, voltearán milagrosamente nuestra realidad material, política y moral.  Si no observamos el futuro con juicio previsor y audaz, el norte podría introducir sus industrias más rentables: la droga, el juego, el comercio de armas, la trata de blancas, la pornografía, la discriminación racial, la policía que dispara sin preguntar…

   ¿Soy pesimista? No, quizás sea un cubano inquieto que se percata de que vivimos entre la flexibilidad de los mejores hombres y mujeres de nuestra patria, y la rigidez inmisericorde de cuantos se arropan en el oportunismo, y la moral aparente de la amoralidad. El 17 de diciembre de 2014 me preguntaron en una rápida entrevista radial, en vivo, mi parecer del acuerdo entre la Casa Blanca y el Palacio de la Revolución, y dije. Posiblemente, a partir de ahora, podrá ser todo más fácil, y también más difícil. No olvidemos que junto con la patria de Lincoln sobrevive la patria del coronel Cutting. Y que entre los revolucionarios, los que así se estiman,  todavía coletean muchos que no pueden vivir si no mantienen las puertas atrancadas con los palos de la rigidez.

LA LUZ DEL COBRE

LA LUZ DEL COBRE

Luis Sexto

Cuando la visita de Benedicto XVI, me encomendaron la tarea, junto al inolvidable fotógrafo Liborio Noval, de acompañar al Papa muy cercanamente, para escribir las crónicas de su peregrinación por Cuba. Ha sido una de las principales coberturas de mi larga carrera periodística. Para Liborio también. Ahora acabo de recibir unas fotos de la misa de Francisco en el santuario de El Cobre, y me he sentido tentado a acompañar una de ellas con la crónica de aquella mañana hace tres años. La foto pertenece a mi amigo el padre Valentín Sanz, buen sacerdote y buen fotógrafo, y me parece que buen latinista. Francisco y su antecesor juntos en esta página. Un gracia duplicada. Dos momentos estelares para nuestra patria.Ojalá hubiera podido estar haciendo hoy lo mismo que en 2012. Pero hay tiempo para trabajar, tiempo para ceder el espacio, y tiempo para estar entre todos, siendo uno más sin importancia.

   Esa mañana el valle aparecía salpicado de neblinas. Desde el atrio del santuario donde permanece la imagen de María de la Caridad, se veía, en lo alto de una colina, y un tanto lejos, el Monumento al cimarrón, el esclavo fugitivo que también, por obra del sincretismo, unió su desamparo, en lengua de su pasado africano, a la advocación de la estatuilla recogida sobre las aguas de Nipe y llevada a las minas entonces llamadas de Santiago del Prado.

   El 26 de marzo, Benedicto XVI había pernoctado entre las lomas que amurallan el poblado, en las instalaciones de lo que hasta hace poco conformaba el seminario diocesano de San Basilio Magno, a unos veinte kilómetros de Santiago de Cuba. En la actualidad varias de las alturas que limitan el valle se aprecian deslavadas, como en carne viva. Desde aproximadamente 1540, cuando los ávidos colonizadores, en vez de oro, hallaron cobre, el trabajo de los mineros, mayoritariamente esclavos, desbrozó la capa vegetal debajo de la cual se escondía uno de los yacimientos a cielo abierto más nutridos de América. Sin embargo, aunque la mina haya sido cerrada, el poblado continúa llamándose El Cobre.

   ¿Quién podría cambiarle el nombre si quizás sea uno de los lugares más recurrente en el habla popular? ¿Qué cubano no lo ha pronunciado aunque sea una vez? “Ampáranos, virgen de la Caridad del Cobre”, dicen muchos, como expresión de una catolicidad estructurada, o también de una religiosidad difusa, o mestiza, que pervive en el aire de la cultura como un signo de identidad nacional.

   Desde abajo, el santuario inaugurado en 1927, que sustituyó al destruido en 1906, se yergue sólidamente, despejado como un ojo gigantesco que mira desde el promontorio en cuya base se recuesta el pueblo y más allá se estira la Sierra Maestra. En los primeros planos de la escalinata de acceso se ubicaban en orden fieles y vecinos. La intimidad era, esa mañana, el rasgo definitorio del ambiente. En el templo, algunos sacerdotes del séquito papal oraban. Al lado derecho del presbiterio, fuera de su urna del altar mayor, la imagen de la Caridad permanecía a mano con sus ropas doradas, como en triángulo, y el escudo de la nación estampado en el centro de sus vestidos, como otorgándole la ciudadanía perpetua. A sus pies estuvo un día de 1868 Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, para ofrecerle la bandera de la independencia a la que él reconocía, con su acto, como Madre de la nación que surgía en el parto de la guerra justa.

   Hacia las 9 y 30 llegó el papa en un automóvil negro. La steel band local tradujo con sus aceros el Ave María, de Schubert. Luego entró, y por el pasillo central se dirigió hacia el presbiterio en cuyo fondo se alzaba el altar mayor; bajo los pliegues de su sotana blanca, resaltaban las zapatillas rojas. Se arrodilló sobre un reclinatorio y bajó la cabeza. Detrás, también en oración, cinco cardenales y numerosos obispos. Tras el recogimiento, a instancias del maestro de ceremonias el sumo pontífice se levantó y se dirigió hacia la imagen de la virgen, cuya cabeza había sido coronada en 1998 por Juan Pablo II. El papa encendió un cirio.

   Al salir al atrio, el santo padre habló brevemente. Apeló a la ética, a la virtud, a la solidez de la familia como bases de un pueblo sano. Y pidió orar por Cuba, que vive ―dijo― momentos de renovación y esperanza. Los fieles, a coro, le pidieron que bendijera a los cobreros. Benedicto XVI partió rumbo al aeropuerto para viajar a La Habana. En el santuario, la llama gruesa del cirio continuaba oscilando entre la fe y la patria...

CONCURSO NACIONAL DE CRÓNICAS

CONVOCATORIA

 

La Unión de Periodistas de Cuba en la provincia de Cienfuegos convoca al X Encuentro Nacional de la Crónica que se efectuará del 11 al 14 de noviembre del 2015 en homenaje al escritor y periodista cienfueguero Miguel Ángel de la Torre, uno de los más destacados cultores del género en la primera mitad del siglo XX en Cuba, en el 85 aniversario de su desaparición física.

 Este año conmemoramos el 120 aniversario de la caída en combate del periodista mayor, nuestro José Martí y el décimo de estos encuentros, feliz iniciativa que ha contribuido en la búsqueda de un periodismo más apegado a las realidades de los cubanos en momentos de perfeccionamiento del modelo económico y en la construcción de un socialismo próspero y sostenible, a los que estará dedicado también este encuentro de cronistas.

 El cuerpo teórico del encuentro contará de  talleres, conferencias y  paneles cuyas temáticas serán la vida y obra de Miguel Ángel de la Torre y el género crónica. Otras acciones colaterales constituirán la presentación de libros, visitas a centros de trabajo y estudio,  lugares de interés histórico y lecturas de crónicas.

 En el concurso podrán participar todos los periodistas de la prensa escrita, digital, radio, televisión y estudiantes de periodismo, con obras publicadas entre el mes de octubre de 2014 y el 30 de septiembre del 2015. Los estudiantes pueden presentar obras inéditas. Este año se adiciona una nueva categoría: trabajos investigativos sobre la crónica.

 En cuanto a las investigaciones, el remitente debe especificar el tipo de investigación (bibliográfica, monográfica, trabajo de tesis, o cualquier otra modalidad).  En cualquier caso, se acompañará un documento, no mayor de diez cuartillas,  con el nombre del autor,  el  Tema, Título, Objetivos Generales,  Metodología (breve explicación); resultados principales, conclusiones y bibliografía básica empleada.    

 También podrán enviar sus crónicas ciudadanos cubanos que no trabajen en los medios de prensa, para los cuales el jurado seleccionará las de mayor calidad, a los cuales se le entregarán diplomas de reconocimientos y se publicarán en el sitio digital de la UPEC.

 Se admitirán hasta dos crónicas, por concursante en cada uno de los tipos de medios en los que fueran publicadas.

 La presentación de los trabajos será de la siguiente forma:

  • En periodismo impreso se remitirán original y dos copias, utilizando la valija de la UPEC o el correo postal.
  • Para la radio en CD, o en formato mp3 por correo electrónico a la siguiente dirección: cip307@cip.enet.cu.
  • Para la televisión en CD o DVD.
  • Los trabajos investigativos podrán enviarlos por correo electrónico

 La dirección postal es: “Casa de la Prensa Calle 35 No. 5607 altos e/ 56 y 58, Cienfuegos.

 Se premiará la crónica que con mayor creatividad y eficacia se apropie del tema desde la subjetividad del periodista, en cada medio (prensa escrita, digital, radio, televisión y estudiantes de periodismo) y el trabajo investigativo más destacado.

 La Revista Alma Mater se suma a la premiación del mejor trabajo entre los estudiantes de periodismo con libros, folletos y la publicación del texto en su revista.

 Se constituirán dos jurados, uno de admisión que determinará los finalistas y el otro para otorgar los premios, integrados por periodistas de reconocido prestigio en la prensa cubana. En la sesión final se darán a conocer los premios, consistente en diploma y 400.00 pesos CUP.

 Los ganadores del concurso 26 de Julio de la UPEC en el apartado de crónicas serán invitados al encuentro.

 Las crónicas para el concurso deberán entregarse en la Unión de Periodistas de la provincia de Cienfuegos, antes del 30 de septiembre del 2015.

 Para aclarar cualquier duda pueden llamar a los teléfonos 43-513371 y 43-551292 en Cienfuegos y por el e-mail: cip307@cip.enet.cu

 

 

 

 

EL DÍA MÁS BREVE

EL DÍA MÁS BREVE

LUIS SEXTO

Cuando llega a Cuba el papa Francisco, me parece útil volver a insertar esta crónica de 2011

Cuando llegamos a Roma Termini, tras haber recorrido unos 700 kilómetros, desde Milán, en poco más de tres horas, bajamos a los soterrados del metro, cuya velocidad, también en un santiamén, nos llevó a la vía de la Conciliación, ancha y colmada de peregrinos: al fondo la cúpula de San Pedro cuyos 43 metros de ancho nadie podrá estimar desde lejos.

Llegamos jadeantes, allí donde comenzaba la plaza, circuida por la columnata de Bernini. Nos sumamos a la cola para entrar en la basílica. Entretanto, miré hacia la derecha donde se situaban sin fastuosidad aposentos y oficinas papales. Intenté ver una figura conocida asomada a una de las ventanas. ¿A quién, si yo sabía que Benedicto XVI se hallaba este verano en Castelgandolfo? Era una mirada hacia atrás, más allá de ese instante y de cuantos lo habían precedido en lo inmediato. Quería reconstruir el momento cuando en el primero o segundo año de su pontificado, Juan XXIII, mientras conversaba una mañana con varios de sus colaboradores, se levantó, caminó hasta una de las ventanas del despacho papal, la abrió y ante el perfil de San Pedro y la ciudad que se difuminaba entre neblinas, dijo que la Iglesia necesitaba abrirse para que penetrara el aire fresco: iba a convocar un concilio ecuménico. Y un abanicazo del vientecillo que venía del castillo de Sant’Angelo, causó un escalofrío en los señores de rojo que oyeron aquella frase con cierta suspicacia, dudando si Roncalli chochaba o amenazaba la estabilidad de la Iglesia de Cristo.

Imaginé al Papa campesino y bonachón, renuente a estar solo en el Vaticano como un anacoreta o un condenado. Y la anécdota, más bien metáfora subversiva, la conservaba desde mis años de seminarista, por aquellos días en que el adolescente oía, preparándose para dormir junto con unos 40 condiscípulos, la biografía de Angelo Giussepe Roncalli, hasta entonces Patriarca de Venecia y ahora, en aquel tiempo ya deshojado, recién electo papa con el nombre de Juan.

Entramos en San Pedro. Y me parece que no puedo describirla. ¿Describir lo que tanto se ha descrito y fotografiado y reproducido? Y si esa razón no bastara, he aprendido que el peregrino que anda movido por la fe no lo acompañará la facultad del pintor. No le pida a quien acude a sitios entrevistos en las visiones ensoñadoras de sus creencias que los describa. ¿Podría un sediento degustar, saborear morosamente el agua que le sacia la sed acumulada durante días? Tampoco tendrá sosiego, ni concentración para recordar detalles, puntear espacios, quien haya deseado, entre ser o no ser, atravesar una puerta, conquistar una confianza, estar donde nunca creyó que podría estar. Y ello le ocurre también a este periodista que ha vivido los últimos 40 años describiendo cuanto ha visto en su andar para ver y contar.

No me pidan, por tanto, que describa la basílica de San Pedro, que me entretenga en pormenorizar imágenes, columnas, detalles. Más bien, estuve allí obnubilado, viendo sin ver, agradeciendo con los ojos interiores la oportunidad de estar allí, en aquel anchísimo y alto templo donde el arte y la historia formaban un consorcio para producir una visión única. El peregrino solo puede esbozar un sentimiento. Es el más cercano y posible: la certeza de no volver. No estar tal vez nunca más dentro de la imagen que la Televisión o el cine, o Internet te ofrecen como una invitación. Ya no soy el seminarista adolescente que creía disponer del futuro para, incluso, estudiar en la Universidad Gregoriana. Entonces parecía que todas las aspiraciones conducían a la ciudad de las siete colinas. Aunque los días, al juntarse, se obstinan en dictar rumbos que parezcan invisibles o inasibles.

Durante tres horas anduvimos de un lado a otro. La Pietá de Miguel Ángel, aun protegida por un cristal inviolable para balas o ladrones, nos detuvo en el éxtasis del arte del Renacimiento. La basílica de San Pedro, más que concierto de fervor, tenía el movimiento de un museo donde los flashes son permitidos, y también los comentarios y las exclamaciones de asombro. Y el silencio. Como el mío. Un silencio que abría la boca para tragar todo cuanto era preciso ver en tan escasas horas, y congelarlos en el calor que pervive sobre la cuerda floja de un suceso casi milagroso. San Pedro no contará físicamente los 20 siglos del cristianismo. Apenas en 1506 comenzaron sus piedras y líneas a combinarse. Sin embargo, allí, entre la penumbra de sus naves y salas y en el subsuelo yacen las crónicas y los cimientos del cristianismo y sus mártires. Cuando los cristianos proliferaban por la Roma del imperio, las costumbres, la vida y la muerte empezaron a adquirir otros valores. Ni el humanismo griego ni latino pudieron igualar entre filosofías y versos la doctrina de amar incluso al enemigo, de perdonar a quien te desuella o te quema.

Después, el mediodía de Roma nos llamó a andar por la ciudad. Vimos en tan breve plazo, lo que todos ven: los restos del Foro, y el coliseo donde sobraron en una época los gritos y faltó la compasión que el cristianismo estrenó mientras moría entre dentelladas… Las calles. La Fontana de Trevis, la esquina de las cuatro fuentes, viaje turístico andando de prisa. La tarja de aquel poeta cuyo nombre no retuve, ni anoté; la plaza de España, la loma de la Trinidad del Monte, el Tíber, que se agiganta en papeles y libros, y allí parece un río menor…

A las siete, ya sobre el rápido, de regreso mirando la campiña que volaba como un chasquido, iba pensando en las experiencias del día más breve de mi existencia. Y recuerdo tanta iglesia enjoyada, escoltada de estatuas perfectas, atronada por órganos gigantescos. Y me estimo dichoso por haber visto parte del norte de Italia en un mes, y en un día tocar con mis dedos el rostro impertérrito de Roma y la majestad del Vaticano y su basílica maestra.

Lo he de decir limpiamente: mi fe aprendida desde niño se extasió ante el fulgor del arte, la facultad humana para ascender mediante las formas plásticas o las letras, pero quise sentir allí a Dios. Y me di cuenta de que no había espacio para Él, aunque todo pretendiera ser suyo. Lo hallé, en cambio, en mi silencio, en mi boca abierta por donde entró la historia como un fuego que limpia y te inquieta, y hoy lo renuevas al girar y topar nuevamente con el mismo sueño sin haber saciado el anterior.

EL DERECHO DE NO SER POBRES, NI RICOS

EL DERECHO DE NO SER POBRES, NI RICOS

 

Luis Sexto

Otra vuelta a la noria

¿Cuánto? Esa es la pregunta recurrente,  arete labial, que les cuelga a quienes sopesan, miden, estiman la vida en el volumen del bolsillo o la cartera. Son como personajes de Balzac: indiferentes e inescrupulosos. Pero cuidado al hablar del dinero. Verdad que es  metáfora del mal. Cumbre de la tentación. Excreta de la noche. Y estiércol del diablo, como lo tildó el acidulado Giovanni Papini. Los sabemos. El dinero financia las elucubraciones armamentistas, sufraga las guerras, paga a la prensa “napoleónica” con la cual, de haberla concebido, el Gran Corzo nunca hubiera perdido la batalla de Waterloo. Pero seamos justos: también impulsa la resistencia, sostiene a las revoluciones, extiende la solidaridad, incluso la caridad. Y opera como medio de relación y signo de distributivo. Todavía la sociedad no le ha hallado sustituto racional, práctico.

La culpa de sus desmanes no le pertenece únicamente. Hay responsabilidad en el que lo asume como espejo y lo pasea por la calle como suma del poder y la vanidad. El dinero es lo que vale, pregonan. Y, por supuesto, nada que no se obtenga con dinero, sirve.  Para estos cajeros de la vida cotidiana, por favor, tenga usted la bondad, me podría ayudar, hermano, son fórmulas infantiles. Porque la sociedad, la vida, se entrega a los recios, a los que ponen precio a todo. Incluso a  los otros. Y, desde luego, también exhiben su etiqueta de venta. ¿Cuánto me das? ¿Cuánto te doy? Esa es la consigna y su variante recíproca. Y para irse globalizando, incluso, lo mastican en inglés: How much?

Afrontemos una paradoja. Advierto que podrá disgustar, mas la experiencia social certifica que los pobres también necesitan el dinero. Y nosotros, gente que se inclina hacia la  izquierda -el lado del corazón- coincidimos en defender el derecho de los pobres. Mas ¿qué derechos? Quizás estoy adentrándome en un asunto de alta o profunda teoría. Tal vez, aburra a los lectores. Es probable que a pocos les interese una reflexión un tanto abstracta. Las ideas, sin embargo, nos sirven como armas concretas. Y todos cuantos hoy pensamos, escribimos, polemizamos sobre un mundo mejor, como suele decirse, hemos de depurar las ideas que escoltan, acorazan nuestra lucha.  Cuando pienso en el derecho de los pobres –los últimos, según una terminología reciente-, insisto en precisar a qué derechos nos referimos. Porque el único derecho que yo no les reconozco a los pobres es el derecho de ser pobres, a carecer de los medios que fundamenten una vida decorosa. Y defiendo, por encima de todo, el derecho a dejar de ser pobres, que no equivale a proponer que todos seamos ricos a la usanza clásica: la riqueza como resultado de la injusticia. Y erradicar la injusticia es, precisamente, la tarea de los revolucionarios.

Concuerdo con alzar la pobreza a un balcón de virtud. La pobreza como arte de humildad,  antídoto del lujo, vacuna contra la prepotencia y la corrupción, diseño de la solidaridad.  Estos valores espirituales o morales componen fines de un programa de mejoramiento personal, que tiende a perfeccionar la sociedad y  que no incluye la pobreza como carencia, estrechez, o como dependencia de la dádiva, aunque el regalo provenga del Estado. Las lecciones de la historias están todavía muy cerca. Cierto “socialismo real y fracasado” pretendió hacer las cosas más simples, porque, cuando elegimos desde la pobreza, vestir y calzar y comer se convierten en una operación menos engorrosa, más rápida y barata. Pero también  más angustiosa y frustrante.  En China, por ejemplo, la pobreza empezó a recular -a pesar de las manchas que aún se dispersan por el enorme país- después de que los comunistas trascendieron el esquema del “socialismo aldeano”, comunal emparejamiento de las personas en las necesidades,  los medios para resolverlas y en los resultados del trabajo.

Quién dudará de que el hombre no pueda vivir sin esperanzas. Es una virtud teologal, atributo de la conciencia religiosa. Y es además una virtud humana, natural, social, de este mundo y de hoy y de cualquier tiempo. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y todo régimen social, por tanto, tiene que ofrecer la esperanza como sostén. En el capitalismo una minoría la concreta, y muchos amanecen confiando en que, este día, será el de la fortuna, el del salto de la pobreza al bienestar. Esa actitud marca, orienta, hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas. Es, desde luego, una esperanza engañosa y cruel, expresión de una política impolítica.  Pero tan impolítica es la política que niega la esperanza o la aplaza. Un régimen con la esperanza cerrada no sobrevivirá a sus contradicciones.

Hemos de comprender, como “discípulos de la historia”, que los manuales de la experiencia del llamado socialismo real trataban más bien de acomodar la vida que de acomodarse a las normas de la vida. De ahí brota la afirmación de que es necesario inventar, o reinventar, el socialismo. Y así nuestros sueños a favor de los pobres no implican -pues nos opondríamos a las verdades de la realidad- repartir entre todos la pobreza con cuyos valores precarios se amengua también la libertad. No todos pobres, pues. Más bien, habrá que producir y distribuir equitativamente la riqueza. La igualdad ha de concurrir, generalizarse colectivamente en una cita con las oportunidades no igualitaristas de bienestar. Y aunque cualquiera podría argumentar que esta fórmula no rebasa “el derecho burgués”, yo preferiría empezar, continuar y consolidar  la revolución  mirando las flores que están debajo de mi ventana que añorar las que no se vislumbran en la lejanía.