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PATRIA Y HUMANIDAD

APTITUD Y ACTITUD

APTITUD Y ACTITUD

Luis Sexto

En algún momento nos damos cuenta de que el pasado pesa, retiene el ir hacia delante. Y de vez en cuando uno abre escaparates, gavetas, y revisa libreros, sobres, carpetas,  y se deshace de lo que ya no sirve para vestir, o para leer, ni para que siga ejerciendo como testimonio palpable de una etapa.

Hemos, pues, de echar algo atrás definitivamente. Es como una imprescindible operación de limpieza, de desembarazo. Pero no todo se ha de eliminar. La madurez de un individuo o de una sociedad se afinca en saber elegir: elegir desde amigos o aliados hasta escoger qué ha de ir al contenedor de los desechos o qué merece seguir junto a nosotros.

Hasta ahora, lo dicho compone episodios de la vida común. Son verdades tan evidentes que algún lector protestará por que le recuerden lo que sabe: Periodista, todos hemos vivido. Cierto. Mas, ¿hemos sabido vivir y en consecuencia dejar atrás lo caduco? Recientemente, visité la escuela donde estudié durante mi adolescencia. No fui a despedirme de ese edificio y de esos días deshojados hace más de 50 años. Mi escuela de Arroyo Naranjo, en Las Cañas,  aquel ámbito junto a un río, entre palmas persistentes, no será una de las cosas que deje atrás. En ciertas ocasiones regreso a mirarla. Lo que allí aprendí, es la base de cuanto soy. Podría haber sido peor, sin haber estudiado y jugado en aquel contrapunteo escolar entre la libertad y la disciplina.

De ese viaje a lo vivido deduzco que  evocar y sostener las normas entonces asimiladas,  no es lo mismo que pretender regresar a la adolescencia  cuando uno se acerca a momentos cruciales de la existencia: la vejez pesarosa y el posible  cercano final. Volví para reafirmar de dónde vengo y repasar todo lo andado con los medios básicos construidos en esa mi escuela decisiva, para determinar exactamente hacia dónde voy.

En lo social, el pasado tampoco podrá ser una rémora, ni una poceta de aguas estancadas. Pero, posiblemente, nos esté entorpeciendo. A ciertas personas se les figura que la sociedad cubana rema en la canoa de la confusión. Y me pregunto si esa dificultad para ver claro de noche se deba a quienes son incapaces de alumbrar y persuadir a los confusos de que Cuba necesita modificar su arquitectura interna y que, necesariamente, aprender a administrar exige la conjunción de la flexibilidad intelectual y la beligerancia de la vergüenza legada por la historia de nuestra nación.

El presente –quién podrá ignorarlo-  es la base del futuro. Pero a esa dimensión temporal sin estrenar en los almanaques, no puede ir ni lo inepto del pasado, ni lo inhábil de hoy. Ya sabemos qué es lo peor de ayer: lo infectivo, lo absurdo, lo improvisado, lo irracional. ¿Y lo peor del presente? ¿Lo conocemos? ¿Hemos reflexionado sobre nuestra conducta individual y colectiva para preguntarnos si cuanto hago y hacemos es lo justo para trascender esta época de modificaciones, sin atascarse en una fallida buena voluntad que, en vez de contar  con cada uno de los ciudadanos, los  aleje?

Una vez hablamos en este espacio de la urgente vigencia de los aptos y de los más aptos. Y uno a veces cree  que la falta de acometividad en algunos y su inclinación a aplazar riesgos inevitables, convertirán las pruebas actuales en  los riesgos del mediano o largo plazo. ¿Y qué se gana alargando soluciones, conviviendo con problemas?  Evaluando el costo de cada período, me parecen más costosos los riesgos cuyo afrontamiento se ha suspendido hasta más tarde. Porque, al llegar la hora demorada, quizás ya no podamos hacer, lo que ahora se ha de hacer. Si lo menos útil del pasado ha de echarse en los desagües y extirpar así en nuestra mentalidad los condicionamientos retardatarios, tengamos en cuenta que el futuro no admite deudas sin exigir severos intereses.

La mejor aptitud del momento, pues,  reclama una actitud ética. Ya vamos reconociendo que la ética está entre lo más dañado en nuestra sociedad. Y ese es el mayor riesgo en el país donde el Che denunció que quien, valido de su posición considerara estar por encima de las leyes y del respeto a los bienes del Estado y a las personas, obraría contra el poder que representaba, y distorsionaba los empeños nacionales. En dos palabras: se corrompería. 

Veamos claro, por tanto, que los actos sin ética contienen  también otro peligro: la decepción, la indiferencia  de los que piden señales lumínicas para orientarse en sus dudas y en cambio perciben sombras. Ojalá todos podamos volver a  nuestra escuela inicial y releer las lecciones de ayer bajo una luz más pura y luego repartirla.

 

EL MÉRITO DE UN PÉREZ CUALQUIERA

EL MÉRITO DE UN PÉREZ CUALQUIERA

Luis Sexto

   La fama de Matías Pérez nació y creció paradójicamente en unos minutos. Fue un mártir del progreso y se le recuerda entre risas, como un payaso. Con el tiempo se convirtió en sujeto de una de las dos desapariciones más espectaculares colectadas por las menudencias históricas de Cuba.

   ¿Hiere a alguien este párrafo? ¿A los descendientes de Pérez? Si los hubiese, reconocerían que, verdad, así ha llegado a nosotros tal episodio, trastocado ya en mito. Sin embargo, hace más de 15 años Estanislao Pérez Milián me reclamó justicia. Sugirió, incluso, degradarme el apellido a Quinto. Porque el domingo 28 de mayo del 2000, escribí en Juventud Rebelde  un párrafo parecido sobre el conde Barreto, sus orígenes, sus escarnios, y la fuga de sus despojos que varios esclavos domésticos velaban en la casona condal de Puentes Grandes. Yo mencionaba también a Matías Pérez. Pérez Milián me tachaba que no hubiera incluido como tercera desaparición espectacular la del Cucalambé. La carta, respetuosa, decía:  “Este poeta guajiro y cubano salió de la finca El Cornito, en Tunas, a caballo con rumbo a esa ciudad, y no se ha vuelto a saber dónde desapareció, a pesar de conjeturas o suposiciones. Yo soy de Camagüey, pero pienso que los tuneros han de sentirse relegados, y sin razón alguna dirán que La Habana siempre se da la preferencia en todo”.

   A La Habana, en efecto, a veces le damos preferencia. Reconocemos en la capital nuestra Meca, adonde casi todos peregrinamos alguna vez. Y muchos patriotas de provincias la hemos elegido como ciudad definitiva. Pero la evidencia no acusa en este expediente a La Habana. El Cucalambé –Juan Cristóbal Nápoles y Fajardo- es un inmortal desaparecido. Pero no me parece que su pérdida fuese espectacular. Mi bisabuelo materno hizo lo mismo; dijo en Canarias: Me voy a Cuba; nos veremos pronto. Y nadie de la familia jamás lo vio o supo de él. Ambigua desaparición. Solo eso.

   Recientemente hemos conocido por qué el Cucalambé se esfumó de modo  que sus compañeros de trabajo, y su familia y amigos, que haya sido divulgado, nunca más recibieron sus noticias. La afanosa historiadora Olga Portuondo descubrió en archivos de España y Cuba autos judiciales que acusaban a Juan Cristóbal Nápoles Fajardo de haberse apropiado de  “6, 471, pesos y 88 centavos”, el 24 de noviembre de 1861. Ese dinero componía el salario  para los constructores del faro de cabo Cruz. El poeta era el pagador. El libro, titulado Un guajiro llamado El Cucalambé, imaginario de un trovador[1], ha pasado en silencio, según mi percepción. Pero debemos agradecer a la Portuondo su valentía para acercarse a la causa que dilucida la desaparición abrupta del Cucalambé.  Escribe: “El escepticismo sería  el signo  de Nápoles Fajardo en los comienzos de 1860 cercado por la pobreza, entrampado en un compromiso matrimonial que ya no deseaba, inmerso en la escandalosa corrupción de las autoridades de toda la Isla, endeudado por el vicio del juego de que era víctima. Estos antecedentes lo llevarían a la malversación de los fondos del Estado”. En justicia puede admitirse que podría el poeta como cualquier hombre apremiado, padecer escarnio, condena,  pero su acto, a pesar de lo deshonroso, deja incólume la fama literaria del cantor insuperado del campo cubano.

   Pero Matías Pérez, de origen portugués, desapareció como en un espectáculo. (Y cuanto sigue se imbrica con un perfile muy general del episodio, devenido en tema costumbrista.) Fabricante de toldos en  San Cristóbal de La Habana, al parecer era un hombre tentado por la necesidad de trascendencia. Y quiso convertirse en precursor de la aeronáutica cubana. En exacta evaluación lo es. Pero no gozó su mérito en vanidad corporal. Porque el 29 de junio de 1857, cuando en la plaza de Marte -cerca de donde se empina hoy el Capitolio- cortó las amarras de su globo aerostático llamado “La villa de París”, un viento aleve lo empujó hacia el mar. Y ante el público boquiabierto, como en un circo ante los trapecistas, se fue alejando para siempre como una pluma en el torbellino sin fin del espacio.

   Tampoco la posteridad se le ha rendido oficialmente al globonauta el reconocimiento que ganó con su intento de insertar a Cuba en los esfuerzos mundiales que durante esos años se sudaban en ciudades luminarias –digamos París-, con el fin de que la humanidad se sostuviera en el aire, como había previsto Leonardo en el Renacimiento. Salvo la página de Álvaro de la Iglesia, en Tradiciones cubanas;  el capítulo que el doctor Tomás Terry llenó con la curva vital de Matías en su libro El correo aéreo en Cuba, y algunas recientes crónicas en libros de Rolando Aniceto y Orlando Carrió, entre alguno más que olvido, y sellos de correos y una obra teatral, no conozco una tarja, o un aeródromo, un establecimiento, un habano que hagan flotar en la memoria de cada día el vuelo frustrado de aquel habanero entusiasta. Al parecer, Matías Pérez no clasifica en el prontuario que la historia de la ciencia y la técnica, avara e irregular, somete a los aspirantes de la perdurabilidad.

   Todos los que escriben señalan, sin embargo, que el pueblo, con su talento para pulir el oro viejo de los valores, perpetuó la hazaña del intrépido, y tal vez inconsciente, piloto. Convengamos que Matías no aportó ningún aditamento al aerostato, ni ningún principio o ley a la navegación. Pero a la gente llana le resultó admirable la decisión de aquel progresista vecino que, poco apercibido en recursos y conocimientos, se ofreció voluntariamente como piloto de prueba cuando ni los ojos servían de fiable radar. Y don Matías dejó de ser un Pérez cualquiera, según la locución castiza, y pasó a residir en una frase, tan añeja como la incierta travesía del toldero, que se aplica desde entonces, como sabemos de sobra,  a quienes se apartan del medio habitual, o emigran, o se esconden para no pagar cuanto deben: voló como Matías Pérez.

 

 



[1] Ediciones Unión, La Habana, 2011. Págs.: 54 a la 64.

ASCIENDE EL POETA, ASCIENDE

ASCIENDE EL POETA, ASCIENDE

Luis Sexto

Roberto Manzano no nos ha sorprendido con La Piedra de Sísifo, título de un poema que necesita un folleto de 36 páginas. Es decir, no es un cuaderno de poesía diversa, sino un poema largo, tan largo como un mural con respecto a la pintura de caballete. Y Manzano no nos sorprende por dos razones: ha confesado que le placen las obras monumentales. Y La piedra de Sísifo es un poema monumental, muy ligado al tacto de la estatuaria y la estatura clásica.

Por lo común he creído que los poemas extensos ofrecen muchas oportunidades para que la poesía se pierda y sea sustituida por palabras e imágenes bastardas. Hoy debo corregirme. Posiblemente un poema largo se frustre si el poeta quiebra su medida. Todo poema exige sus límites. Porque si el poeta tiene sólo aire para el poema breve, o de mediana extensión, cuando se excede puede ahogarse en su fracaso. Pero, dicho esto, no me acusen de sostener un concepto aritmético del poema o de la poesía. En toda fórmula matemática, como también en las combinaciones del verso, hay euritmia, armonía, cadencia, precisión entre sus partes, y donde resultan sólo dos, otro número no cabe.

Ahora bien, cuál es la medida poética de Roberto Manzano, nacido en 1949. El autor de Pensamientos libres y Synergos, pertenece, quizás, a la división libre de algunos deportes de combate. Donde actúan diversos pesos. Y Manzano logra conmover y convencer lo mismo en la cabalística cortedad de un haikú que en un poema lírico de proporciones épicas.

De Lírico y épico podemos calificar a La piedra de Sísifo, poema en que, a mi parecer, Manzano traza la parábola recurrente del drama humano: Subir, subir y volver a subir con la piedra de la existencia al hombro. Y por llevar la piedra, Pedro lo han de llamar, y en esta común etimología entre Pedro y piedra el poeta enlaza un mito griego con las invocaciones bíblicas y la salmodia de los peregrinos del desierto. Porque Pedro se llama y firma como Pedro, y el poeta se toca el pecho y es piedra, y el pulso, piedra. Y piedra es este poema que funda, funda sobre piedra y triunfa sobre la piedra y los declives circunstanciales del ascenso.

He leído La piedra de Sísifo dos veces. La primera vez sin interrumpir la lectura, en cuya experiencia fui marcando versos claves. Luego lo leí por partes, según la división del poeta. Unas estrofas ahora, otras después, para lograr una conclusión: es un canto de resonancias clásicas, de invocaciones místicas, de fosforescencia primaveral. Es mucha la mucha luz en este camino que avanza hacia el reencuentro del poeta con su pasado de lirio, como pértiga de sueño que se asienta en el polvo, según una de las imágenes más lancinantes de La Piedra de Sísifo, poema publicado por Colección Sur editores; poema donde se coliga todo cuando de disímil y opuesto presenta la existencia del Hombre.

El poeta Roberto Manzano asciende la irreversible ladera del destino humano, y se va reconociendo progresivamente mientras carga la piedra enorme de un sueño, y lo nombra…

EL VECINO ALEJADO

EL VECINO ALEJADO

 Por Lorenzo Gonzalo,

periodista cubano radicado en Miami

Hace unos días decíamos que el estadounidense era visto con beneplácito por los cubanos desde antes de terminar la Guerra por la Independencia, durante el pedazo de república que nos tocó hasta 1933 y luego hasta el final de la dictadura de Batista. No fue así una vez que comenzó el proceso revolucionario. Conspiraciones, atentados, planes de asesinatos de los dirigentes revolucionarios y reclutamientos por diversos procedimientos, fundamentalmente mediante financiamientos y desinformaciones, hicieron que la mayoría de la población cubana comenzase a ver el Norte como una amenaza y de refilón cada estadounidense se hizo sospechoso. Sin esas ocurrencias, los criterios no hubiesen cambiado un sentir incubado por muchas décadas de vecindad y relaciones. La temperatura ascendió cuando el fuelle del discurso cubano, defendiendo el derecho soberano de estrenar nuevas maneras de gobierno denunció la trama, atizándola con la simpleza de palabras que las tribunas demandan y la sociedad en general entiende. En realidad no se trataba de vilipendiar al ciudadano estadounidense, sino de denunciar las tramas urdidas en los altos niveles de un Estado que, en aquel entonces, en mayor medida que hoy, aplicaba la ley de la “omerta” a los gobiernos que no respondían a sus solicitudes y no actuaban acorde con sus grandes intereses. El ciudadano estadounidense común, incluyendo en este término a profesionales, profesores, intelectuales, técnicos, obreros de todas las clasificaciones y pueblo en general, no planificaba contra el proceso político que parecía comenzar en Cuba. Los planes venían de las altas esferas del Estado, alentadas a su vez por los capitales que directamente sufrirían algunas afectaciones y por los otros que no deseaban ese tipo de ejemplo para el resto de los países del hemisferio. De esa combinación surgían tendencias económicas que por su carácter extraterritorial origina políticas semejantes, aunque más complejas, a las practicadas por imperios anteriores. De aquí la palabra imperialismo. El ataque a la política imperial desatada contra Cuba, practicada desde mucho tiempo atrás contra otras naciones y organizaciones, que a la altura del proceso revolucionario cubano, hacía años que habían sido intelectualizadas, racionalizadas y convertidas en “principios ideológicos” del capital, fue asumido por la población cubana como una acusación contra Estados Unidos y su gente. Estados Unidos y los estadounidenses se convirtieron para los cubanos en el enemigo. Los muertos por atentados dentro de Cuba, en el desembarco de Playa Girón, las víctimas de cubanos atacados en el exterior, muchos de ellos asesinados, fueron generalizados y envasados en un paquete llamado Estados Unidos y su gente. El “gringo” y el “yanqui” se convirtieron en estereotipos detestables. Las veces que el discurso oficial dijo no estar “contra el pueblo de Estados Unidos sino contra el imperialismo que nos intenta arrebatar nuestra soberanía”, pasó al segundo plano del inventario popular y era interpretado como “el implacable enemigo yanqui”. La teoría no es el plato fuerte en el diario bregar del ciudadano y las tribunas políticas por su parte, no son cátedras de sociología o de avanzadas teorías sociales. En última instancia a la dirección del gobierno le interesaba que la ciudadanía estuviese presta a empuñar el fusil contra el inminente enemigo que vendría del Norte. Durante cincuenta años los “gringos” eran los malos de la película. No importa cuánto intente explicarnos la teoría. Por eso ahora vienen los chistes que muestran la ironía de que lo malo se ha convertido en bueno y los agresores en amigos. Por suerte, el secretario de Estado John Kerry aclaró que “somos vecinos”. Estas palabras son un buen ingrediente para explicar que en realidad donde habíamos dicho Digo quisimos decir Diego. Y aunque la verdad yace en la agresividad de una estructura socio - política y económica, alentada por leyendas y metas comprometidas con un supuesto “Destino manifiesto”, saber que de repente ya no somos enemigos sino vecinos, es más fácil que intentar explicar una amistad de pueblo a pueblo que lamentablemente se interrumpió por una política errada de Washington y donde faltaba espacio para explicaciones teóricas. Esto, así de plano, es difícil de explicar desde una tribuna. Además, también sería prudente entonces aclarar que sólo podemos tener amistad con una parte de ese pueblo, porque también en el inventario de motivaciones que tienen muchos millones de sus ciudadanos estadounidenses, ser grandes, sentirse capaces de imponer políticas y “disciplinar” a diestra y siniestra a otras civilizaciones y países, es parte de su ADN histórico - social. A todo lo dicho debíamos agregar que existía también la enemistad nacida de la competencia por la hegemonía mundial entre el proyecto soviético y el resultado de doscientos años ininterrumpidos de sociedad que Estados Unidos siempre se ha propuesto imponer. Por ahora es bueno que nos quedemos con aquello de que “somos vecinos” con interés de normalizar nuestras relaciones, al margen de la particular filosofía de vida que cada cual profesamos. Partiendo de estas premisas, sin regodearnos en la sospecha, en pensamientos negativos o apostando que tarde o temprano nos van a convertir en tierra, podemos avanzar y hacer planes positivos. Pero eso sí, repito, hay que echar a un lado primitivas sospechas que muchas veces no son más que piedras virtuales colocadas en accesibles caminos. Creo que somos algo más que eso, disponemos de otros recursos para defendernos a la hora de la hora y mientras nada ocurra, debemos aprovechar y compartir experiencias con un vecino que un día, optó por alejarse de nosotros. 23 de agosto del 2015

CUADRO ACOMODADO VALE MENOS QUE UN CUADRO

CUADRO ACOMODADO VALE MENOS QUE UN CUADRO

 

Luis Sexto

¿Percibimos la gravedad de los términos en que lo viejo se resiste a lo nuevo? Habitualmente la dialéctica del desarrollo social se ha afincado en la contradicción –antagónica o no antagónica- entre lo que necesariamente empieza a ser  y  lo que es, y se niega. Dicho así, en lenguaje habitual,  todo parecería un proceso inconsciente, un litigio automático. Mas, lo espontáneo no cuenta tanto. Porque en los entramados burocráticos, influyen también intereses que condicionan actitudes de “defensa propia”. Es decir, me niego a renunciar a mis comodidades. Y aunque resulte muy escabroso probarla, esa actitud de resistencia en las circunstancias de Cuba quizás implique la “no inocencia” al entorpecer la solución de las necesidades nacionales.

Desde luego, no acuso ni alecciono. Sólo recomiendo andar y ver, ese doble secreto del oficio del periodista y de la política. Y si andamos, y nos decidimos a ver detrás de los informes, nos damos cuenta de que la vieja mentalidad sigue sosteniendo que gobernar o administrar equivale a ordenar y mandar desde distancias intransitables, sin gestionar una atmósfera de confianza y creatividad. Según mi experiencia, una de las viejas fórmulas consiste en acatar las nuevas leyes, y  ponerlas en práctica en este o aquel sitios de modo que se adecuen a los métodos y hábitos convocados a actualizarse. Esto es,  que lo viejo siga viejo.

No volteemos la vista. Y confirmemos que los aparentes acatamientos del formalismo continúan activos. Para esa conducta de falso techo, las ideas e iniciativas de las masas carecen de validez, y lo prometido no es deuda, ni el contrato un documento de inexcusable obligación. Por esas razones, algunos de cuantos, como mínima acción, deben explicar, nada  explican. Y por extensión a nadie persuaden, a nadie infunden ánimo. 

Líbreme el buen sentido de exagerar o de ser injusto. Pero esos son rasgos que uno observa cuando anda por el país, y recibe quejas o cartas pidiendo soluciones a problemas que no se resuelven en la localidad, ni siquiera reciben allí una explicación racional, pormenorizada de las causas. Por ejemplo, recientemente un artesano en posesión de su licencia, me escribió quejándose de que una ordenanza del gobierno municipal de Cárdenas, le niega el derecho a vender sus obras en Varadero. El remitente, vecino del municipio de Perico, asegura que él no vende a turistas, sino a vendedores autorizados en el populoso balneario. Es decir, donde el artesano reside su mercancía no circula: carece de compradores. Sin embargo, en Varadero, los que ofertan suvenires artesanales necesitan comprarlos a productores –digamos-  al por mayor. Y uno, inquieto, se pregunta qué pretenden los autores de esa medida local,  que puede estar facultada por la ley, pero al parecer no resulta razonable. ¿Qué intentan lograr medidas prohibitivas como la descrita: estimular o desestimular el trabajo por cuenta propia?

Dirijamos ahora la cámara hacia la calle. La vieja mentalidad en nosotros, ciudadanos comunes, aún añora los años cuando pretendíamos que para prosperar sólo era necesario un sésamo: quererlo. Y por tanto se niega a aceptar que ya no seamos iguales a la vieja usanza, es decir, que aptos y menos aptos, eficientes e ineficientes  nos emparejemos en el salario y los méritos, y que la seguridad social, en país pobre, siga sustituyéndome en mis  obligaciones de hijo o de padre. También nos molesta pagar tributos fiscales. Recientemente, un campesino se me lamentó: Fíjese, me exigen un impuesto por la tierra. Esa misma tierra -le dije en un segundo de lucidez- que usted ha recibido en usufructo gratuito.

En cierto sentido, más provechoso que identificar los rasgos de la vieja mentalidad, sería operar contra la insistencia de seguir tocando las aldabas en puertas clausuradas por su obsolescencia y esconderse tras sus astillas.

¿Y cómo, pues, habríamos de obrar contra la doblez, esa postura de pregonar con las manos en la espalda que todo está en orden? Habría que embanderar en cada lugar habitado, en cada terreno cultivado, en cada fábrica y proyecto de mejoramiento, en cada silla, en cada mano alzada o en cada aplauso, una disyuntiva sutilmente inapelable: sirvo o… sirvo de verdad. Porque las apariencias, como el maquillaje, rejuvenecen sólo por un momento. Si no aprendemos a valorar las demandas de transformación de nuestra sociedad, embarazada entre obstáculos propios y limitaciones avivadas por voluntades ajenas, y en consecuencia no deponemos con honradez tendencias envejecidas, privilegios y comodidades, coadyuvaremos culposamente a la pérdida de lo  que hoy es más urgente y precioso para la nación: el tiempo y la oportunidad.  

Resumiendo, pues: La experiencia enseña, primeramente, que cambiando la economía, la vieja mentalidad no se transforma por  impulsos automáticos. En segundo término, sin rigor exógeno que influya en el rigor local; sin cambios de los cuadros políticos o administrativos renuentes a servir dentro del cuerpo social, mezclados con los problemas, y sin la búsqueda de líderes locales que no estén dispuestos sólo a mirar hacia arriba,  sino a generar soluciones ligados con las masas, porque lo único que poseen es el futuro, será poco probable que la actualización modernice a una sociedad que continúa atrapada por la rigidez, precisamente allí: en las estructuras que han de flexibilizarse.

 

YO NO MATÉ A CELIA MARGARITA MENA

YO NO MATÉ A CELIA MARGARITA MENA

 

Luis Sexto

Nuevos datos sobre la descuartizada de la calle de Monte, en La Habana

1939 

Ocho de  marzo. El horror  rodeaba  a aquel muslo sin pierna, ni tronco, ni cabeza, y sin su par derecho. La pieza, que un transeúnte halló casualmente envuelta en un saco de yute dentro de una alcantarilla, yacía descubierta sobre el pavimento de una calle del barrio periférico de Buenavista, en Marianao, ciudad satélite de La Habana. Desde el semicírculo donde la policía los había confinado, los espectadores trataban de imaginar la forma y el rostro del cuerpo  al que le desprendieron ese muslo ahora tumefacto, con manchas sanguinolentas. Parejamente  se condensaban en la solemnidad del ambiente ciertos impulsos de compasión hacia la persona descuartizada, o trucidada, pues aún  era muy prematuro determinar  si la víctima había sido troceada antes o después de morir. En aquella zona todavía se espaciaban espacios para el misterio y la impunidad, y para que una imaginación impresionable decidiera convertir el descampado en un cruce de  terrores y de sacudimientos involuntarios.

Ante el estupor, los  comentarios y las preguntas del público allí aglomerado, el oficial investigador mantenía las manos empalmadas a la cintura, y los brazos, formando un triángulo, simulaban las asas de un ánfora. Miró el corte fino, sutil, como trazado con bisturí de cirujano o cuchillo hábil de carnicero.  Enseguida, calculando con los ojos la sutil curva de la evidencia, supo que  perteneció a una mujer. Saberlo facilitaría elucubrar probables móviles del hecho, porque el detective sabía que la muerte con desmembramiento posterior  al deceso indica, más que crueldad, una intención de ocultar el crimen, de estorbar la identidad de la víctima y por tanto del ejecutor, que ha matado presumiblemente en un envión de cólera atizada por los celos.

El oficial se acuclilló. Observaba. Ante un cadáver completo la memoria del policía, como una reacción intuitiva, repasaría decenas de rostros que giran como piezas de un rompecabezas y que aguardan dónde engarzarse. Ahora el rompecabezas era real: este muslo es su primera pieza. Pronto descansará sobre una mesa metálica en una nevera mientras el gabinete nacional de identificación esperará por la próxima pieza. El investigador Rodolfo Ortiz estará atento. ¿Hasta cuándo? Tal vez, pronto; quizás demore. Todo dependerá de qué persiga el descuartizador y de hasta dónde sus actos sean cálculos inteligentes o respondan a la ansiedad del miedo. Los periodistas anotan mientras los fotógrafos desatan los relámpagos de sus cámaras. El policía ordena el traslado de aquel despojo y se despide de la prensa.

 En los días siguientes aparecieron como en episodios  resto de las extremidades, y el torso. Sobre la mesa metálica, una forma humana mostraba sus partes inflamadas. Ante el cuerpo incompleto, las preguntas surgían espontáneamente. ¿Quién es? ¿Por qué esa muerte? ¿Cuándo sabremos la verdad?  ¿Será un asesino en serie?  Y detrás la conminación de los periodistas. La opinión pública exige una explicación.

-Señores, en carnavales quién reconoce un rostro detrás de su máscara.  La occisa lleva la máscara de la incógnita; le falta la cara…

Ocho meses más tarde, apareció la cabeza sin carnes, en una letrina doméstica del Surgidero de Batabanó,  litoral sureño de la provincia de La Habana, donde  más tarde se sabría que habitaba un pariente del presunto criminal.  Con la calavera, podrá comprenderse que el mercurio morboso de la curiosidad pública ascendió unos números más. Y lo que parecía hallazgo macabro y componía un elemento a favor de extender el suspenso, resultó  propicio  para los forenses, porque los doctores Jorge Castroverde y Carlos Criner García establecieron la identidad de la descuartizada mediante el estudio  de sus arcos dentales y el análisis del trabajo previo en la boca de la mujer por un dentista, cuyo nombre no ha trascendido. De acuerdo con el doctor Castroverde, el expediente de Celia Margarita Mena inaugura la estomatología legal en Cuba.

Determinado el nombre de la víctima, apareció el primer y único sospechoso: René Hidalgo Ramos, el amante. Ambos residían  en el edificio Larrea, calle de Monte número 969, entre Pila y Matadero, en la habitación marcada con la letra D, en la azotea. Los alcanzaba el ruido  y  el olor de fruta y vegetales podridos del Mercado Único, en  Cuatro Caminos, una de las encrucijadas principales de La Habana, antiguo sitio de manglares, caseríos de ex esclavos, y todavía ámbito de putas desahuciadas que proponían dos platos por un peso, y aun menos dinero, y de arteras puñaladas, y tiros imprevistos que ajustaban cuenta en la sien de cualquier ex presidario en alguna ciudadela cercanas a esas cuatro esquinas donde confluía el tráfico motorizado desde barrios sitos en el sur, o el sureste, o el suroeste de la capital. 

Los vecinos de la pareja pudieron haber  hecho verosímil esta historia, tal como la presentó la prensa en los diversos momentos en que desgarró la mortaja de papel que la envuelve.

Vecino Uno: Ana Margarita estaba obsesionada por los productos Mac Factor; se conocieron en una academia de baile; sí, en Marte y Belona; era del campo, de Guantánamo, pero suelta, presumida…

Vecino Dos: Claro, no nos consta que engañara al hombre.

Vecino Tres: Pero la mató por celos. Una tarde, no encontró en el cuarto  a Celia Margarita  y la buscó en un apartamiento vecino. Se encerraron, y de inmediato oímos una de las habituales peleas de la pareja. Dicen, que yo no lo oí, que en medio del escándalo ella exigía dinero para comprar sus cosméticos…

Vecino Cuatro: Como Celia Margarita no sabía escribir, Hidalgo era quien habitualmente escribía a los familiares de la mujer, y por eso pudo engañarlos dándole noticias falsas de su amante.

Vecino Cinco: El asesino compró  el papel  y la cabuya para envolver los pedazos de la muerta, en la ferretería García del Río, frente al edificio Larrea.

Esos datos empezaron a construir la historia criminal de René Hidalgo Ramos, hasta definirlo hasta hoy como uno de esos lombrosianos ejemplares de sangre fría, cruel, inexorable. Los periodistas coincidieron en describir el acto y la escena con la certeza propia de los testigos. Ciego por los celos, según la frase ritual en los crímenes pasionales,  golpeó a la mujer;  la víctima se tambaleó y al caer se fracturó la base del cráneo. Pretendió reanimarla. Fue inútil. Supuso que estaba muerta. El miedo lo ofuscó y decidió  hacer desaparecer el cadáver. Arrastró a Celia Margarita hasta el baño, la desnudó y la metió en la bañera.  Con una navaja de rasurar le trazó un corte profundo en la parte superior de la rodilla. La mujer se quejó del dolor. Y al saber que estaba viva, la degolló.

1940

El 3 de febrero. Los voceadores del periódico El Mundo  intentan avivar el interés de los transeúntes gritando el titular  básico de la primera plana: ¡Vaya, vaya, miren por qué la mató! Ávidos, los lectores se encontraban con este titular: “Parece que fueron los celos el móvil del crimen de Hidalgo”.  Una foto de reportero Fernando Lezcano  presentaba al presunto criminal, al Jefe de la policía,  al Jefe del 5to. Distrito Militar, y al fiscal José Manuel Fuentes.

El sospechoso desde  el momento de su detención, y conectado a los cables del detector de mentiras -usado por primera en Cuba-, guardó el fondo de su historia, admitió su culpabilidad y describió las circunstancias en que murió Celia Margarita la noche del 2 de marzo de 1939. Sin embargo, las 38 pruebas con el detector no arrojaron datos confiables.

-La maté sin querer-dijo también.

Años después, encanecido y encorvado a sus  40 años, Hidalgo confesó como en una confidencia: Yo no maté a Celia Margarita Mena. El porqué no lo declaró así, tan rotundamente, durante el proceso penal y en cambio aceptó su condena resignadamente, es todavía  un secreto o una verdad sólo sugerida. Podría pensarse que actuó como un criminal arrepentido, y que  en lo más secreto de sí mismo vivió para exculparse mediante el castigo.   Haberse preguntado el porqué de tal proceder, de tanto interés por parecer culpable hubiera sido un punto de partida, una clave para sospechar que las apariencias podrían estar encubriendo la verdad…

Durante más de trece años de reclusión no se defendió. Y  lo más que alcanzó a decir, dentro de su paciente y callada estancia en el presidio, como un monje desasido de cualquier ilusión mundana, fue una frase con la que reconocía que los pueblos eran muy injustos, porque aun después de condenado se persigue al preso, se le niegan sus derechos y se le entierra en vida. Fue, quizás, un instante en que traqueó el granito bajo el cual protegía aquella tozuda forma de vivir en el silencio.

1954

El detective Rodolfo Ortiz conservaba sospechas sobre la verdadera culpabilidad de René Hidalgo Ramos. Después de aquel crimen en cuya investigación Ortiz participó con el doctor Israel Castellanos, director general del Gabinete Nacional de Investigaciones, más de una vez se había preguntado por qué el presunto asesino había actuado de manera tan opuesta a la lógica del culpable, que suele intentar protegerse. A Ortiz  le reconocían inteligencia y sagacidad. Y tanto era su crédito policial  que seis años después del escandaloso proceso de la descuartizada revaluó su pericia presentando la  ponencia Medios represivos del crimen en uno de los primeros encuentros latinoamericanos de criminología (1). Sin embargo, no pudo penetrar en los móviles secretos del aparente culpable tan empeñado en no actuar como suele indicar la psicología del delincuente. 

Ahora, en 1954, Ortiz explicita sus dudas. No había olvidado los detalles de un caso tan difundido y recargado  por los periódicos, la radio y las cintas cinematográficas de  Manolo Alonso (2) en La Noticia del día, y luego legitimado por los tribunales. A una pregunta de un reportero de la revista Bohemia, respondió precisando las características criminales del caso y la incapacidad de los jueces para tenerlas en cuenta.

Oigamos a Ortiz; pero con la atención que en aquellos días no tuvo…

“René Hidalgo Ramos fue juzgado prematuramente por la opinión pública, ya que sin estar identificado como autor del hecho se concibió un personaje repulsivo, de instintos sádicos, perversos y carente de sentimientos humanos. La opinión pública sancionó colectivamente al autor del hecho sin analizar las circunstancias que habían concurrido en el suceso, ni los antecedentes  personales que necesariamente debían de tenerse en cuenta, para hacer un juicio sobre la personalidad criminal de mayor o menor peligrosidad de René Hidalgo”.

Preguntemos, como tal vez le preguntó el periodista: ¿No valora usted el acto tan primitivo de descuartizarla?

“El hecho de desmembrar el cadáver de la víctima con el aparente propósito de ocultar su ulterior identificación  y transportarlo desde la casa habitada por numerosos vecinos, no refleja la personalidad criminal depravada y repulsiva  del sujeto. Cualquier persona, sin distinción de clase social, gozando de buen concepto público, en un caso similar  bien por accidente  o por acción dolosa, sin la intención de ocasionar la muerte de un semejante, puede intentar, a posteriori, encubrir u ocultar el delito por ese medio u otros, de acuerdo con el estado psíquico alterado del individuo. Antes del crimen, Hidalgo Ramos tenía prestigio de hombre afable, respetuoso, sin manifestaciones violentas…”.

Tras un silencio en que el policía espero una pregunta, un reparo del reportero de Bohemia, añadió:

“Hidalgo no pensó en la coartada, pues de haberlo hecho hubiera trasladado el cuerpo de Celia Margarita Mena a la casa de socorros más próxima, quedando su versión única como relativa a un accidente, sin otras pruebas en contrario,  que a mi entender serían de muy difícil obtención”.

0000

Uno de los pocos periodistas que no sucumbieron al escándalo aventado tras el hallazgo sucesivo del cadáver descuartizado de Celia Margarita Mena, aparecía en el  directorio periodístico como Manuel de Jesús Hernández González, nacido  en Cienfuegos, 1901. Treinta años más tarde, integró allí la plantilla del periódico El Comercio. Fue corresponsal de El Mundo. Y en 1943 recibió certificado de aptitud profesional de la escuela Manuel Márquez Sterling. Ahora, en 1954, sentado a su máquina, concibió esta declaración para un reportero de Bohemia:

“El proceso fue largo y hasta escribí un folleto, donde hacía resaltar  los juicios más notables de hombres de leyes, de ciencia e investigadores policíacos. El caso puede resumirse en pocas palabras. René, Celia Margarita y posiblemente dos personas más, estaban en una fiesta íntima en la casa de apartamentos de la calzada de Monte. Celia, bajo los efectos de drogas narcóticas -según la prueba científica de las vísceras, tenía en su organismo sales de cocaína- sufrió en el baño un accidente y murió a consecuencia de un golpe. Los asistentes  sufrieron un espantoso pánico. Uno de los amigos de Hidalgo no quiso dejarlo solo y ambos trucidaron el cadáver.

“Cuando se hizo público unos opinaban que era un homicidio; otros, un asesinato, y se fueron ensañando  con el ex policía, hasta que llegó al banquillo de los acusados. La Audiencia lo condenó por asesinato –con tesis equivalente a 26 años de presidio. Se presentó recurso  ante el Supremo y este máximo organismo judicial calificó el delito por homicidio, pero mantuvo la misma  pena, cosa que hizo promover otra vez comentarios de los juristas más distinguidos de la época. René Hidalgo ha sido condenado por dos delitos distintos a la misma pena, de una base que desde su inicio resultaba contraproducente.

“Soy periodista y el periodista debe ceñirse a los hechos probados, y contra René Hidalgo el único delito probado fue repartir los paquetes de una mujer trucidada cuando ya estaba muerta. Una infracción justificada, nunca un asesinato”.

0000

 En esos días de 1954, luego de tantos años de encierro, René Hidalgo, el presunto descuartizador, podía aspirar al perdón presidencial tras haber cumplido la mitad de su condena. Pero la prensa recurría a su caja de hipérboles,  tensaba su furia y  añadía nuevas fórmulas descriptivas que parecían renovar el listado de monstruosidades, tan lozanas en su capacidad de conmover como en aquellas jornadas de 1939.

¿Cómo los periodistas lograron conocer tantos detalles de la muerte de Celia Margarita Mena, sin que hubiese espacio para sospechar que cada uno de sus elementos se montaba sobre una armadura de truculencias? ¿Por confesión del propio Hidalgo? ¿Por una investigación desprejuiciada? La instrucción de Ortiz, ya vimos, no fue atendida por los tribunales.

Enrique Fernández Parajón, jefe entonces de la policía secreta, confirmó, también en 1954, la índole mansa, juiciosa del condenado. Siendo muy jóvenes, ambos estudiaron en los Estados Unidos. “Allí lo apodaban El Patato. Su conducta en  el colegio fue ejemplar. No recuerdo ninguna bronca suya. Era un muchacho normal y estimo que de recobrar la libertad será  un buen ciudadano. Tuvo una gran educación y pertenece a una familia honrada”.

Al mismo tiempo, el doctor Waldo Medina lo definió como el “recluso modelo, hombre superior, recluso excepcional, no lastimado en su dignidad por la prisión”.  El poeta José Lezama Lima, que había ejercido como funcionario en la cárcel de La Habana, y que evaluaba a Hidalgo “por su conducta uniformemente buena, como el preso número uno”. Manuel Rojas Figueroa, trabajador durante  17 años en el presidio de Isla de Pinos, lo recordó como “hombre culto que en la cárcel se superó más. Por si fuera poco, se hizo delineante en el departamento de ingeniería”. Como recurso definitivo, quienes proponían el perdón presidencial se apoyaban en una especie de axioma: “Más de trece años de prisión son suficientes para desenmascarar a un simulador”.

Ante estos argumentos, habrá que cambiar las preguntas para empezar a redimir la memoria de este hombre cuya tumba se oscurece con una fama criminal que parece ser injusta. Y mientras los archivos cubanos conserven los periódicos y revistas de 1939 en lo adelante, ofrecerán a periodistas y narradores páginas, notas y reportajes que seguirán mayoritariamente repitiendo cuanto entonces se publicó sobre este expediente criminal aparentemente tan nutrido por el enigma.

Si Hidalgo era una persona culta, inteligente, sin tendencia a la violencia, incluso con experiencia policial, por qué actuó de modo que al final, como en retrospectiva, el descuartizamiento y el escamoteo del cadáver de Celia Margarita lo buscarían a él, amante de la mujer. ¿O  es que el homicidio resultó accidental y el desmembramiento encubridor de la víctima fue obra de un personaje nunca incluido en la causa: cómplice o allegado experto?

Invoquemos nuevamente al doctor Waldo Medina, cuya conducta  lo recomendaba como inmune al soborno u otras flaquezas.  Baste contar cómo a inicios de su faena judicial como juez de Corralillo,  el mandamás de esa región villareña, viendo que a ese “juececito” no se le podía amarrar como un perro o un cerdo, ordenó eliminarlo. Lo balearon y lo dejaron como un  guayo,  o un queso gruyere, aunque sobrevivió. En la década de los 1950, empezó a ser reconocido como “juez del pueblo”. En el caso de René Hidalgo, el doctor Medina se puso a favor del condenado y fue uno de los defensores del indulto. Su cercanía del presidio como juez de Nueva Gerona, lo ubicó en una posición apropiada para conquistar la confianza del recluso y valorarlo.  En 1952, Hidalgo se casó en la prisión con una mujer de Pinar del Río. Años después del indulto, el ex juez y colaborador de Bohemia y El Mundo, le confesó al autor de este reportaje,  que había sido el padrino de la boda de la hija de Hidalgo. Esa familiaridad vale por una absolución.

El 19 de diciembre de 1948,  el doctor medina publicó  en  Bohemia un extenso artículo titulado “Tumbas sin nombres”. Y menciona a Hidalgo y la hoja clínica que le había cerrado una prensa ansiosa de episodios truculentos. El doctor Medina admite que Hidalgo mató a su amante sin propósito de hacerlo y que la causa de la muerte podría haber sido “un puñetazo que desencadenó la epilepsia que la mujer padecía (…) o fea práctica maltusiana fallida en manos de un médico muy amigo (¿quién sabe?)”. 

¿Por qué  sugirió la  posibilidad de un aborto que terminó con la muerte de la mujer? ¿Qué sabía? Algo conocía de la historia que René Hidalgo,  contra toda lógica, pretendía callar, y por ello el juez solo hacía asomar un ápice de la presunción que podría insinuar la verdad probable. Más de 20 años después, Waldo Medina me reveló que, en efecto, René Hidalgo quiso proteger el crédito de un amigo médico. Y el investigador puede deducir que aunque el aborto era legal desde 1936, es presumible que el especialista lo hubiera practicado en el apartamiento del edificio Larrea y ello, al saberse, habría dañado por lo mínimo el prestigio del médico o tal vez hubiera incurrido en responsabilidad penal.

Desde esa perspectiva, el descuartizamiento resalta como un modo de escamotear el cadáver para ocultar el aborto fatídico. ¿No habló acaso el periodista Manuel de Jesús Hernández González de que en el análisis de las vísceras de Celia Margarita Mena, los forenses habían encontrado rastros de sales de cocaína? Y este alcaloide, más que sugerir una adicción en la mujer –que hubiera servido a Hidalgo para justificar una caída y un golpe mortal de haber sido cierta esa versión-, ¿no pudo ser utilizado como anestésico para realizar la intervención quirúrgica? Según criterios médicos, era entonces un anestésico, antes de que el opio lo sustituyera. ¿No encaja también en la hipótesis del aborto, el amigo que, en la historia del reportero Hernández González, se queda con Hidalgo para ayudarlo a desmembrar el cadáver? ¿No pudo ser el médico?

Las autoridades y la prensa  repararon en que los cortes perfectos de la trucidada correspondían a un sujeto familiarizado con las habilidades  de los cirujanos. Décadas después del suceso, Ignacio Cárdenas Acuña, novelista policial, autor de Enigma para un domingo, contó durante una edición de  la Semana Negra de Gijón, en España, que él, en edad juvenil, presenció casualmente el hallazgo del tronco de Celia Margarita. “Por la forma en que estaba seccionado el cuerpo” se supo que el criminal  poseía conocimientos de cirugía, dijo.  Pero René Hidalgo no era carnicero, que saben manejar hachuela y cuchillo, ni había estudiado medicina o veterinaria. En el archivo central de la Universidad de La Habana su nombre no figura como matriculado alguna vez en esa casa de estudios. Y en los Estados Unidos, según Fernández Parajón, ambos estudiaron en un colegio, no en una universidad.

Antes de su muerte en 1986,  Waldo Medina me reveló que aquella  suposición de 1948, era la verdad que Hidalgo ocultaba asumiendo el presidió de manera tan abnegada y silenciosa para salvaguardar a un amigo. Pero las palabras del ex juez  son solo verdad para mí. Fui el único que las oyó ese día. Si los lectores dudaran de mi testimonio, dejo, en cambio, las preguntas y los argumentos desarrollados en este reportaje: todavía están aptos para cuestionar la crónica de monstruosa perversidad engendrada por una prensa irresponsable, simple mal negocio en un país donde, en 1940, según la revista Cine-Gráfico, nadie podía esperar que “las noticias que originen verdaderos estremecimientos de curiosidad en los espectadores, se sucedan ininterrumpidamente” (3). Es decir, no abundaban. Y ente esa carencia de interés en los periódicos, las noticias tenían que inventarse. O adulterarse. 

2015

Ciertas madrugadas en la calle de Puerta Cerrada, número 64, altos,  en el barrio de Jesús María se oían gritos de Yo no la maté, no la maté. Luego  la voz cuarteada del hombre callaba, y a la mañana este salía hacia la bodega con paso lento, como arrastrando los pies, caída la cabeza blanca.

El cronista anduvo por aquel tramo de casas antiquísimas, algunas derruidas,  cuya data se concentra en el siglo XIX y primeros años del XX. Ya el piso alto del número 64  se había derrumbado. Preguntó a la vecina de enfrente, en el número 65; mujer anciana, viuda del doctor Rigoberto Huesa, médico. Repitió varias veces que ella no se acordaba de ese señor. Quizás no lo había conocido, porque no pudo asegurar que vivió en los altos de enfrente.

Sin embargo, el viejo Felipe Fidalgo confiesa que lo vio varias veces. Era de mediana estatura, de físico trabado; pelo trigueño abundante, más bien lacio. Lo conoció sobre 1964.  La calle estrecha  encima unas a otras a las casas de ambas aceras, difundiendo sin recato, sobre todo desde lo alto, ruidos y voces.  Un día lo oyó cantar, y le preguntó al doctor Huesa: Quién es esa persona que canta. Y el doctor le dijo que ni el mismo sabe lo que canta: está desquiciado. Fidalgo se acordó que se decía entonces que había trabajado en la funeraria Mauline, en 10 de Octubre y María Auxiliadora, cerca de la que fue hasta 1959 la decimocuarta estación de policía, en Arroyo Apolo, y casi frente a la calle Arnao en cuya esquina con 10 de Octubre se mezclaba en una sucesión sin intermedios, uno de los más célebres batidos de La Habana, en una destartalada cafetería llamada “Los guajiros. Cerca, una parada de la ruta 4, de frecuencia entonces casi minutera, le suministraba clientes al batido de mamey o de fruta bomba.

En  la funeraria -fundada en 1958-,  le informaron al cronista que nunca habían oído hablar de René Hidalgo. Ni los más antiguos lo recordaban, algunos de los cuales laboraron hasta hacía poco, porque comenzaron con 17 ó 18 años.  Pudo trabajar allí. Pero  no les habría dicho a sus compañeros de trabajo quién era, o de qué se le había acusado y condenado. Con esa fama a nadie hubiera contado su historia.

En 1992, René Hidalgo Ramos falleció. En silencio discurrió su deceso.

 

 

 

 

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Notas

(1)América Latina y su criminología, libro publicado en 1987, por la socióloga venezolana Rosa del Olmo, fallecida en 2002.

(2) Natural de La Habana, Manuel Alonso García, periodista y dibujante; fundó  La Noticia del Día, junto con Jorge Piñeyro, como apéndice del Noticiario Cinematográfico.

(3) “El zar del cine cubano”, artículo, de Arturo Agramonte y Luciano Castillo.

UNA BOMBA ATÓMICA PARA UNA CIUDAD DE PAJA

Luis Sexto

Me dirán que soy machacón.  Es la tercera vez que publico este reportaje. Y creo que nunca  me arrepentiré de haberlo construido y publicado en este blog. Hoy se redondean 70 años, los mismos que cumplí el pasado 2 de julio. Nací un mes antes que la explosión de esta bomba. ¿A quién tendré que agradecerle no haber nacido en Hirosima?  Lo repito con la nota del 2013. 

 Hace uno o dos años, publiqué  este post. Registrando el archivo,  volví a leer los comentarios, y en casi todos, los foristas justificaban el bombardeo atómico de Hiroshima el 6 de agosto  de 1945, y el de Nagasaki tres días después.  Argumentaban que Estados Unidos tenía derecho hacerlo, es decir, a matar a miles y miles de civiles, con la prueba en vivo de las dos primeras bombas atómicas de la historia, porque  los japoneses  habían bombardeado  a Pearl Harbor primeramente, para empezar la guerra. Olvidan, sin embargo, que Pearl Harbor era una base militar. También algunos se referían a los misiles soviéticos emplazados en Cuba y preguntaban quién había sido el primero en atacar: Cuba o los Estados Unidos. A  los comentaristas, refugiados en seudónimos, les parecía que  al Cuba permitir, para su defensa, el emplazamiento de cohetes nucleares en su territorio, había atacado primero. Claro, no olvidemos que la crónica política que proviene de los enemigos de la revolución cubana, no tiene en cuenta la verdad.  Los cohetes vinieron a Cuba en 1962. En cambio, la invasión de Playa Girón, con mercenarios reclutados, entrenados y pagados por el gobierno de Kennedy, ocurrió en 1961. Entonces, quién atacó primero. También, en una misma sarta de lugares comunes, repetida hasta la indigestión, justificaban el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki con la invasión soviética a Hungría, las purgas de Stalin etcétera, etcétera. Pero ni una palabra sobre la guerra en Vietnam, el agente naranja, y la destrucción de irak buscando armas de exterminio masivo que no existían. Hoy reproduzco nuevamente el testimonio del jesuita padre Pedro Arrupe, que llego a ser general de la Compañía de Jesús, y que el 6 de agosto de 1945 era superior del noviciado de Hiroshima, situado a seis kilómetros de la ciudad.  La distancia los salvó. Como nuevo aporte, en el cuerpo del texto reproduzco también palabras del presidente Harry S. Truman. 

 

Había guerra. Pero Hiroshima sólo se enteraba por la llegada de tropas del frente o por su salida en barcos hacia los escenarios bélicos. Las sirenas  solían aullar inútilmente, en particular al amanecer sobre las 5 y 20, cuando un B-29 interrumpía el sueño de la ciudad en un vuelo que más bien parecía pasar con la costumbre de una ruta comercial. Era “El correo americano”. Así lo apellidó el pueblo, habituado a oírlo  como en un trueno lejano sin que el aire trajera el olor de las tormentas.

Desde lo alto podía observarse que en la ciudad apenas había fábricas y sólo varios edificios sólidos y altos en el centro. A partir del palacio de la exposición industrial, se extendían las edificaciones típicamente japonesas de una y dos plantas, construidas de madera, caña, cartón, papel y paja de arroz.

El 6 de agosto de 1945 también había volado el “Correo”. El sonido de otra superfortaleza volante a las 7 y 55 tampoco avivó la suspicacia. Hiroshima nunca antes había sido estimada en la estrategia operativa del mando estadounidense. Las flotillas de  hasta 200 aparatos  volaban cerca y proseguían  hacia focos urbanos como Kure, Kobe, Osaka, Tokio, donde las fábricas pintaban de negro el cielo mientras producían armamentos.

En Hiroshima, las decenas de maestros doctorados en las ceremonias del té, cuyos cursos podrían alargarse hasta tres años, y los expertos en la escritura con pincel y tinta china comenzaban sus clases. Los obreros emprendían en bicicleta el viaje hacia el trabajo. En Nagatsuka, a seis kilómetros del núcleo central de la ciudad, el rector del noviciado de la Compañía de Jesús, Pedro Arrupe, conversaba en su despacho…

Arriba, en contra de la monotonía habitual, las tripulaciones de cuatro aparatos quebraron la usual bitácora de vuelo. Ya no se limitaron a mirar hacia abajo a aquella ciudad plana como una alfombra, desde donde no se empinaba ninguna hostilidad. Transcurría para ellos el Día D. Hoy caerá en menos de un cuarto de hora una insólita, nueva arma. Los norteamericanos la llamaban “bomba atómica”, refiriéndose a un concepto físico y militar todavía pronunciado lentamente, como si masticaran una carne o una pasta desconocidas. Los sobrevivientes del bombardeo la nombrarán pronto, en japonés, Pikadón: pika, relámpago; don, estruendo.

En la Casa Blanca, el 25 de julio, el presidente Truman había escrito en su diario: “Hemos descubierto la bomba más terrible en la historia del mundo… Esta arma será utilizada contra Japón… La emplearemos de manera que objetivos militares y soldados y marineros sean el blanco y no mujeres y niños. Incluso si los japoneses son salvajes, implacables, despiadados y fanáticos, nosotros como líderes del mundo por el bienestar común no podemos lanzar esa terrible bomba sobre la antigua capital o la nueva (…) El objetivo será puramente militar. Parece ser la cosa más terrible jamás descubierta, pero puede ser convertida en la más útil.”

Mediante las investigaciones de un equipo de científicos, dirigidos por el físico Robert Oppenheimer, los norteamericanos se habían adelantado a la Alemania de Hitler en el uso militar del átomo, y adquirían sobre todo esa arma irresistible y secreta que, según el profesor de la Sorbona André Kaspi,  había compuesto los sueños de Franklin Delano Roosevelt.  Tanto se afanaba el presidente demócrata por fabricar “un arma secreta” que incluso subvencionó investigaciones de sustancias tóxicas capaces de generar enfermedades como el ántrax o el botulismo. Roosevelt, de acuerdo con Henry Stinson, secretario de Estado de Guerra, “hablaba conmigo (...) de su absoluta conciencia de la potencia catastrófica de nuestro trabajo. Pero había que llevarlo hasta el final. Nunca calló su satisfacción por esta arma secreta, construida bajo el rubro de Operación Manhattan, ni amenguó su deseo de que los Estados Unidos conservaran el monopolio atómico”.

 

EL PEQUEÑO NIÑO

La flotilla había despegado de Timán, Islas Marianas. Los tripulantes aprendieron los ejercicios de esa misión sellada con el top secret del gobierno, en la base aérea  de San Antonio de los Baños, en Cuba,  que entonces era un campo de experimentación de los Estados Unidos. Una nave  de observación meteorológica encabezaba la formación y dos aviones de reconocimiento la flanqueaban. En el medio, un B-29, bautizado como Enola Gay. A las seis horas avistaron tierra japonesa. A las 8 y 15, hora de Hiroshima, las compuertas del bombardero se abrieron, y una bomba de cuatro y media toneladas, con el ingenuo sobrenombre de Litle boy, se abatió sobre la ciudad, confiada en aquella rara suerte de quedar detrás de la aviación norteamericana.

AL OTRO LADO DEL FUEGO 

A las 7 y 55 de la mañana las alarmas repitieron las advertencias rituales de que aviones enemigos se acercaban. Cuantos miraron al cielo vieron muy alto un B-29. Luego, a las 8 y 10 la alarma recomendó la distensión de los pocos que se habían inquietado. Transcurrieron apenas cinco minutos cuando un fogonazo, como si se hubiese oprimido el obturador de una cámara con flash de magnesio, pintó de luz el espacio.

El padre Arrupe  se levantó de su silla rectoral en el noviciado de Nagatsuka. Se acercó a la ventana. Y entonces “un mugido sordo y continuado, más como una catarata que a lo lejos rompe, que como una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta nosotros con una fuerza aterradora”.

La casa tembló como manos con el mal de Parkison. Los cristales, al fragmentarse, semejaron el toque de campanas tocando sólo una vez a muerto. Los tabiques de barro y caña se pulverizaron. Y las personas cayeron al suelo.

Minutos después, calma. El Padre Arrupe se incorporó y tras averiguar si  los novicios y el resto de la comunidad estaban indemnes, comenzó a buscar en el jardín, junto con otros hermanos, el cráter de aquella bomba. Pero no lo encontraron. Fueron entonces a la cima de la colina para alcanzar mayor espacio visual. Y ante aquella visión increíble y cierta a la par, los padres recurrieron a la historia para explicarla: ¡Pompeya arde nuevamente! Ante ellos se explayaba, humeante sobre el suelo calcinado, lo que hasta hacía unos minutos era la ciudad de Hiroshima. En pie, sólo el nueve por ciento de los edificios, jirones de aquella ciudad con más de 400 000 habitantes. A lo lejos se vislumbraba la cúpula de la exposición industrial, que hoy, conservada, se le conoce como la Cúpula Atómica. Lo demás ardía. Más de 200 000 víctimas en una ciudad de paja.

El Padre Arrupe tardó cinco horas en penetrar: Hiroshima se había convertido en una cicatriz por el fuego blanco de la bomba atómica. Su antigua profesión de médico le sirvió para aplicar las primeras curas, con agua boricada, a muchos de  los sobrevivientes. Los detalles dantescos de la primera explosión nuclear genocida, los contó en un capítulo de sus memorias como misionero en Japón. Tuvo el privilegio, o la faena sagrada, de sobrevivir para atestiguar sobre aquel Apocalipsis. Figurémonos que entrevistamos a este cura español que fue, a principios de los años 60, Padre General de la Compañía de Jesús.

-¿Fue necesaria la bomba atómica?

-“Militarmente Hiroshima tenía un valor innegable. No era una ciudad que bordase cielos con el humo bélico de factorías guerreras, pero era un puerto militar de embarque y desembarque de tropas. Pero América se preocupaba mucho más de las máquinas que de los soldados japoneses. Y estaba en lo cierto. Japón se rindió con su ejército intacto, porque le falló la industria con que hacerlo eficaz.”

-¿De aquella experiencia que no podrá olvidar jamás?

-Los “gritos desgarradores que cruzaban el aire como los ecos de un inmenso aullido. Porque aquellas gargantas, destrozadas por el esfuerzo de muchas horas pidiendo auxilio, emitían unos sonidos roncos que nada tenían de humano. Y clavándose en el alma, mucho más honda que cualquier otra pena,  la que se experimentaba al ver a los niños deshechos, agonizantes, abandonados y sintiendo sobre sí todo el peso de su propia impotencia”.

-¿Necesitaban, Padre, morir?

-“No habían merecido ser víctimas de la guerra (...) estaban purgando pecados ajenos”.

DESDE EL BOMBARDERO

Tres días más tarde, el 9 de agosto, el coronel Paul W. Tilbets, piloto del Enola Gay, relataba a los lectores del diario francés Le Monde el episodio más original de su carrera de aviador. Compongamos una escueta entrevista para  ordenar sus declaraciones:

-¿Visibilidad?

-Excelente.

-¿Resistencia por parte del enemigo?

-Ninguna.

-¿Dificultad para maniobrar? Ninguna. “...Arrojamos la bomba sin usar los instrumentos de abordo.”

-¿Sabía la tripulación qué tipo de arma portaba  la nave?

-Claro. “...Cuando la lanzamos sabíamos que habíamos desencadenado un infierno, y por ello  mientras la bomba caía alejé el avión todo lo posible del centro de la explosión. Es difícil imaginar lo que vimos después: aquel cegador fulgor, aquella aterradora masa de humo negro que subía hacia nosotros a una velocidad extraordinaria, después de haber cubierto toda la ciudad, cuyas calles y grandes inmuebles podíamos aún distinguir unos instantes antes.”

     Ese mismo día, el presidente Truman se irguió ante  los micrófonos.  Y comenzó a leer  un discurso a la nación. En bares, calles, casas, automóviles, Estados Unidos escuchaba la radio. No sabemos si algún estadounidense creyente y generoso rezó una plegaria por las víctimas. Tampoco consta que otro, estupefacto, haya comentado: Qué hemos hecho; perdónanos, Señor. Mientras, el presidente decía: “El mundo notará que la primera bomba atómica fue lanzada contra  Hiroshima, una base militar. Fue porque deseamos evitar, en este primer ataque, en la medida de lo posible, la muerte de civiles…”

Ese mismo día, Nagasaki ya tenía inscrito su destino en otra  carta de vuelo…

LA LECTURA, UNA MÉDICA Y "LA CELESTINA"

LA LECTURA, UNA MÉDICA Y "LA CELESTINA"

 

Luis Sexto

Cuando leo un libro digital siento tanta frialdad que imagino que estoy pasado de moda, porque, según ciertas opiniones y costumbres,  lo actual es leer sobre cristales. Es decir, leer los ebooks. El libro de papel oye ahora los tambores agoreros de su próxima muerte. Ciertos pensadores, ciertos periodistas, ciertos especialistas no pueden enjuiciar el desarrollo de los medios de comunicación sin decretar la muerte de los que existieron primero. Por lo tanto, como  es el momento de decir: Viva el libro digital, también hay que anunciar la muerte del otro, del que acompaña a la humanidad desde las primeras grandes civilizaciones.

 ¿Pero será cierto? ¿El libro de papel perecerá? Habitualmente, las bolas de cristal confirman con el tiempo que sus pronósticos suelen resultar fallidos. ¿No parece que hay excesiva petulancia en el orbe intelectual o seudointelectual ? Cuando surgió la radio, también se profetizó la desaparición de los periódicos impresos, y cuando llegó la televisión, se cantó la marcha fúnebre por la probable extinción de la radio y los textos impresos. Según discurrieron los años, todo siguió igual; cada medio siguió ocupando su espacio, y el único problema ha residido en que a veces se repiten, porque ciertos realizadores no saben emplear el lenguaje propio de cada uno. Falta creatividad. Hace rato que el periódico debió modificar el encabezamiento tradicional de sus noticias, si ya la radio y la TV las difundieron antes…

 Con respecto a los libros digitales pasará lo mismo: tendrán su espacio, mayoritario quizás, pero los de papel seguirán deshojándose entre nuestras manos. Tienen tantas ventajas. Y se establece tanta familiaridad entre el lector y el libro cuando se palpa, se subraya, se anota, se conserva, se acaricia, y se mira como se observa un cuadro, sin  contar que tal vez leer en papel haga menos daño que leer en una computadora,  o en un un tablet, o tableta, como se suele decir.

 Lo que me parece indiscutible es que nadie se vuelve mejor lector porque se afilie a la última moda. Mal lector lo es cualquiera, lea mediante un papel o a través de un cristal.  Y, por otra parte, los lectores de libros  no parecen abundar, porque el hábito se consolida desde edades tempranas. Es decir,  con los días  y el ejercicio.  Además, justificaciones para no leer sobran. Que me entra sueño. Que los espejuelos ya no me sirven. Que la picazón en los ojos. Que no tengo tiempo… Por ahí, por las rendijas de ese tranque de justificaciones se escurre la lectura. 

Lo más inquietante reside en los costos del editor, y en el costo de los lectores. Sea digital o impreso, el libro lamentablemente es un negocio. Y hoy por hoy sus precios son muy elevados en el mundo. Hace poco, alguien pagó por mí, en Bogota, más de 25 dólares, por ese remedo de fraude, pregonada su venta desde órbitas siderales, titulado Gabo no contado, cuyos textos García Márquez, contador por excelencia de sus propios actos e ideas,  había contado en diversos y numerosos medios. Nada nuevo o distinto leí. Más bien, el valor del volumen está en las fotografías, el diseño y el papel fino. Ojalá alguna vez las sociedades puedan subsidiar la impresión de libros. En Cuba,  país  que insiste en defender su vocación solidaria, de justicia social, tendremos que llegar a la conclusión de que si de verdad queremos que la lectura sea una costumbre, una necesidad de los ciudadanos, tendrá el libro que subsidiarse, adecuarse a las posibilidades domésticas. En una época, ya casi prehistórica,  cada ejemplar en una edición popular del Decamerón costaba unos 50 o 70 centavos…  Ocurría en aquellas jornadas de oro de los 1980 y años anteriores. En Cuba, el precio no reflejaba el costo de impresión, ni la calidad de la obra.  ¡Oh, tiempos! !Oh, costumbres!

Resumiendo: no leer -literatura, historia, ciencia, técnica- implica ser pobres, pobres de una pobreza que nos empobrece dentro, en nuestro reducto espiritual. Puedo, incluso atreverme a decir, como diría un pensador cuyo nombre se me ha extraviado, que quien sólo medicina sabe, ni medicina sabe.  Y  a propósito una médica  me demostró cuánto sirve la lectura literaria al conocimiento especializado.  Después de oír mi padecimiento, dijo: Ese síntoma suyo aparece en La Celestina. Como ustedes saben esa  es una obra del teatro clásico español. Y ya pueden imaginar qué  ojo tan zahorí se agregaba al conocimiento y  las lecturas  específicas de aquella doctora en medicina que me consultó una vez durante mi primera juventud.