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PATRIA Y HUMANIDAD

Luis Sexto presentó en Cienfuegos su poemario Con luz en la ventana

Luis Sexto presentó en Cienfuegos su poemario Con luz en la ventana

Por Aymara Cáceres Abreu / Foto: Justo

 Al estilo borgiano de concebir un poema como ensayo de magia, en ese acto de dar cosas que fueron suyas, Luis Sexto entregó a Cienfuegos la primicia de su segundo poemario Con luz en la ventana.Con luz en la Ventana, a cargo de la Editorial Pablo de la Torriente Brau, es fruto de la recopilación de 50 poemas escritos por Sexto que apuntan a la vida misma, en una especie de aventura intelectual en la cual -según Omar George, presentador del poemario- admite descubrir al periodista no olvidado, pero sí oculto en su oficio de poeta.La sensibilidad humana, avivada y expresada en condiciones extremas, recorre el poemario, cuya intención, a pesar del desgarre humano que subyace en él, procura ser un canto al sentimiento y a la alegría de vivir.Predicador y amante de la palabra sin el estrépito, pero con la ternura goteándole dentro, se nos revela el periodista con aciertos de poeta, aquel que haciendo uso del recurso tropológico califica de insólito desgarro, de mordida sobre la nada la búsqueda de una poética, que a todas luces desmiente el abandono de Polimnia y logra la atención de un conocedor raigal de la poesía, como Cintio Vitier.Trajo a Cienfuegos, además de su poemario, la dádiva de maestro, y en ese diálogo entre talento y oficio sale airoso, porque en él hay algo más: una vida latiendo por y para el ejercicio periodístico. Antonio Enrique, quien fuera su alumno, me decía: es uno de los últimos románticos del periodismo en Cuba.Con una humildad profesada sin artificios lega como viejo sabueso del oficio - a aquellos que empezamos y a los que ya han recorrido un buen trecho en su ejercicio- la maña de mojarse los pies para buscar el hecho y tapizarlo con el pronóstico, la interpretación, la oportuna precisión.Algunos tuvieron la desdicha, como dice él jocosamente, de contarlo entre sus maestros, otros lo conocimos mediante las páginas escritas, que es el mejor modo de conocerlo. No es afán alabador ni intento de pulir el brillo de su calzado. Su advertencia habla por sí sola. Es la expresión agradecida de un auditorio que disfrutó, aprendió y aprehendió sus enseñanzas. Sus lecciones evocaron al profesor no olvidado que tuvimos todos alguna vez, porque dejó huellas perdurables en nuestro crecimiento como seres humanos y como profesionales. Es de esos hombres que nos ayudan a ver la vida diferente, a entrelazar los acontecimientos, a encontrar en la búsqueda, el hallazgo de la sabiduría.Intuitivo, con una gracia amasada en su ascendencia española que cuajó simiente en estas tierras, no dicta máximas en el conocimiento que transmite a sus alumnos. Lo apreciamos como pez en el agua al dominar una profesión que califica como oficio de las manos, dictadas por el cerebro, pero con la adhesión del corazón. Asiente conocerla hoy un poco mejor que ayer, aunque no la asume como práctica ceñida, sino abierta al sol y las estrellas.Nos habló del periodismo literario, sus estilos, del tono y el punto de vista espacial. Nos habló de lo humano y lo divino. Floreció la anécdota, entre ellas sus grandes hallazgos como periodista, pero también sus descalabros, aquellos que un día lo hicieron dormir mal, y que hoy, cuando el tiempo ha hecho lo suyo, el prisma aliviador de la risa los devuelve. Mas, no dio recetas, pero no olvidó el signo de su tiempo. Alentó la aptitud, siempre que la secunde el esfuerzo y la constancia.Propició como lector voraz que el hálito de Carpentier, Raúl Roa, Onelio, Jorge Luis Borges y el gran Kapuscinski estuviese entre nosotros cada mañana, para arrojar luz y motivar la indagación que sedimenta la cultura.Vindica con su obra el periodismo cubano, lo asume como categoría artística y no como un cuento de caminos para con su estilo natural, ese al que nos convoca en la práctica de todos los días frente al ordenador o la primigenia agenda, develar su alma, esa que no está precisamente en sus zapatos.

(Fuente: 5 de Septiembre) 

AY, LAS PALMAS

AY, LAS PALMAS

 Por Luis Sexto

Todavía hay palmas… Esta última semana viajé por carretera desde La Habana hasta Camagüey, y a pesar de que el ómnibus va adoptando en sus asientos la crueldad de un potro de tormento, la carretera facilita redescubrir el paisaje, aunque no tanto como el ferrocarril, que lo  penetra. Sobre todo si uno ha llevado para releer una antología de la poesía colonial y los diecinueve autores escogidos invocan, evocan o describen las líneas y los colores de la naturaleza cubana, con el fervor con que  se mira lo único y lo vital.

Al levantar la vista, el viajero redescubre que el paisaje aún existe, aunque la poesía actual ya no lo nombre explícitamente como aquellos versos de los siglos XVIII y XIX, en que las visiones naturales simbolizaban el embrionario sentimiento de la cubanía. Y existen, en particular, las palmas. Las palmas, el detalle más frecuente y sintetizador de la poética criolla y luego cubana.

Lo primordial de esta crónica es que aún las palmas asoman su hierática esbeltez por la ventana de nuestro paisaje. Árboles recurrentes que en la llanura o las laderas semejan sílfides guajiras con sus melenas echadas al viento en un vapuleo de aquelarre, de sainete mágico. Más de 80 especies de palmas endémicas se yerguen bajo el cielo purísimo que la nostalgia de José María Heredia, nuestro primer romántico, vislumbró desde el Niágara. Pero ninguna destaca por su abundancia y esplendor como la palma real, la Roystonea regia de los botánicos. Regia, porque, altiva tal un monarca, solo el rayo puede alcanzarla cuando su tronco de mondadientes se dispara hacia arriba hasta 20 ó 30 metros. Y si el hombre llega a tocarle las hojas -tan largas como las aspas de los molinos del Quijote- para empenachar un bohío, o para cortar el palmiche o desenrollar la yagua, la corteza, es a costa del riesgo de quien se transforma en un jinete del aire, retador e inerme.

No me empecino en componer con tanto dato elemental una versión comprimida de Cuba en la mano, el manoseado diccionario. Ha sido solo un desliz vegetalmente erudito. He hablado de poesía. Y sin embargo, lo más sensitivo, lo más entrañable escrito sobre la palma real, no lo concibió un poeta. Al menos, no un poeta en verso, pues los prosistas –tal vez los cronistas- lo son también en sus páginas de líneas llenas, cuando captan las esencias puras de un eco que retumba en el alma.

Anselmo Suárez y Romero –pedagogo y novelista del XIX- no ha sido superado. En algún libro de lectura escolar en mi niñez, leí su estampa sobre los palmares. Quizás si hubiera que cifrarle un precursor a la crónica periodística cubana, lo sea Suárez y Romero con este y otros cuadros líricos sobre los valores naturales de Cuba. La primera frase es de por sí antológica en su capacidad de provocación. ”Hay un cosa en mi patria, que nunca me canso de contemplar.” Y antes de revelar el nombre, niega que sean presencias establecidas como la ceiba, la cañabrava, los naranjos, “nuestro sol, nuestra luna, nuestro cielo”. Y ese nuestro, dígolo entre paréntesis, ya entraña una singularidad, un matiz distintivo de patriotismo. “Son los magníficos palmares –precisa- que suspiran perennemente en sus llanos y en sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira.”  

Nací en campos donde las palmas parecen una sucesión infinita de alfileres. Ninguna otra comarca supera a la de Remedios, Villa Clara, en la vastedad de sus palmares. José Miguel Gómez, gobernador de provincia en el tránsito del XIX al XX, pretendió comprar las tierras del ingenio Dolores, pagando a peso cada palma. Cuando la pareja de soldados encargada de aquel censo insólito contó un millón, el caudillo liberal abandonó el negocio. Pero si José Miguel se percató de palmares tan masivos solo cuando les puso precio, yo lo supe cuando leí a Suárez y Romero en una escuelita rural de la jurisdicción remediana.

A veces la indiferencia se traga el paisaje y a su reina la palma: no los vemos hasta cuando un poeta, o un cronista, los rescata del subsuelo culpable. Y nos dice: “¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!”


 

¿OFICIO O PROFESIÓN?

¿OFICIO O PROFESIÓN?

Por Luis Sexto

Hace poco escribí  en esta columna un alegato por mi oficio –así se titulaba-, y la crónica pudo pasar como un texto más si algunos no me hubieran reprochado el que yo rebajara a tanta poquedad lo que es técnicamente una profesión. Vuelve así a confirmarse la refranesca verdad de que no hay palabra mal dicha sino mal interpretada. Un alegato, desde luego, no rebaja, sino exalta; no condena, sino defiende. Y por lo tanto puede colegirse que el concepto con que utilicé el término oficio no es el que engaveta al periodismo en los casilleros de lo mínimo o lo vulgar.Conozco que esa nomenclatura compone los extremos de un debate. ¿Profesión u oficio?, establecen los tratadistas la disyuntiva. Y yo, que solo soy periodista, me ubico en el medio, allí donde parece estar la verdad a salvo de la manipulación y la intolerancia. Es profesión  -apuntemos ahora someramente- porque se cursan estudios superiores en universidades que licencian o doctoran, o porque  cuantos la ejercen se inscriben en colegios de profesionales. Y es oficio… Ah, ¿por qué es oficio?, me preguntan y ya la respuesta no parecer estar tan pronta, ni tan clara.

Una de las tendencias en litigio aboga por que el periodista sea ducho en los instrumentos primordiales de su ejercicio. La cultura, el conocimiento general, la preparación teórica  componen solo vestidos de domingo para cuantos exaltan el papel del dominio del instrumental técnico estilístico. Lo que necesitan los periodistas –sostienen- es “saber escribir y reportear”. Con mi elección del término oficio no me adscribo a ese concepto tan escueto. Poco podríamos acarrear para defenderlo. ¿Es posible un periodismo sin cultura, o solo con la cultura como elemento aleatorio, temporero?  El periodismo es una manifestación de cultura. Y mal comprenderíamos su papel en la sociedad humana, si lo excluyéramos del ancho universo donde la cultura se nos define –según Nicolás Abbagnano- como el conjunto de la obra material y espiritual de la humanidad. O, en otra vertiente o acepción como el dominio que un pueblo o un individuo ejerce sobre la cultura general como resultado de la Historia. Soy culto –es un decir- en la medida en que estoy pulimentado, versado en los modos de vivir, conocedor, en particular, de la cultura espiritual.  Silvio Rodríguez  aseveraba recientemente en una entrevista que sin saber quién es Jean Valjean no se podría aspirar a dirigir hombres. Ni a escribir en un periódico, añado para establecer mi posición exacta ante la falsa disyuntiva de que el periodista sea un profesional o un obrero o un artesano.

Parece evidente que simplifican el dilema cuantos se abroquelan en uno de los extremos: o mucha técnica y práctica periodística, o mucho conocimiento universitario.  Y, resumiendo, creo que la razón está en el equilibrio de ambas opciones. O de ambas vocaciones, porque tanto el periodismo como la cultura dependen –como definió un ensayista cubano- más de la vocación que de la preparación académica. Por tanto, no estimo plausible una reducción del conocimiento de las formas periodísticas para  priorizar el dominio de las historias de la literatura, la filosofía, la política, la economía y otras materias de cultura general.  Ni considero apropiado disminuir el currículo de materias que formen, sobre todo, al futuro periodista para desarrollar la capacidad de asociación de los fenómenos de la realidad, a cambio de exagerar el aprendizaje de los secretos del periodismo.  Los males que sobrevendrían en caso de que se acumulara mucho saber culto, pero se careciera del dominio del estilo y la técnica periodísticos, tendrían que ver con  cierto descrédito del periodismo y la comunicación al faltarles a los enunciados  la clara, rápida y atractiva síntesis de la prensa, sea impresa, radial o televisiva. De otro lado,  mucha sagacidad y rapidez reporteril, pero sin la influencia de la cultura, limitaría la profundidad del reportaje.

García Márquez, para quien la universidad que enseña periodismo nunca ha sido una institución afectuosa, ha propuesto esta norma curricular: “Técnicas básicas (narración, investigación periodística, fotografía, edición). Ética periodística y sus conflictos (libertad de prensa, responsabilidad social, independencia profesional). Nuevas tecnologías y sus efectos en la práctica profesional. Especialidades del oficio (economía, internacionales, etcétera).”

 ¿Quién no lo ve claro? Sin embargo, hay algo más. A mis alumnos de periodismo les suelo recordar un saber que va más allá de los libros: el de la vida. Eso que el norteamericano  James J. Kilpatrick llama el desván de la abuela.  Se precisa vivir, haber vivido, para convertirse en un periodista. Saber lo que se siente cuando a uno le cantan el tercer strike, y cuál es el color de la angustia cuando te quedas sin gasolina en una carretera desierta. ¿Cómo puede el profesor, el aula universitaria, impartir esas lecciones de experiencia vital? Tal vez esa asignatura se resuelva en la ética de cada estudiante, de cada graduado. Hay que vivir para luego escribir. Por ello, les recomiendo a mis alumnos que no se anticipen en firmar en la página de opinión; que anden, desanden caminos y veredas, que aprendan a saber en contacto con la gente del llano y la sierra; del mar y la ciénaga; de la ciudad y el campo. Oír, copiar, reportar, y más tarde, curtido como la piel de un becerro sacrificado, escribir con la útil gravidez de la universidad, el medio y la vida.

Ya voy argumentando el porqué llamé al periodismo oficio. Oficio es lo que habitualmente se ejecuta con las manos.  Así nos referimos a las funciones del albañil, el plomero, el carpintero, el ceramista… Oficios manuales. Y cómo las manos son, quizá, los miembros más humanos del hombre -porque con las manos trabajamos, acariciamos el vientre de la mujer, la cabeza del niño-,  por ello el oficio está tocado de una integridad cordial que tal vez no tenga el término profesional.  Kapuscinski, que se ha vuelto imprescindible, ha dicho que “El periodismo no es solamente una profesión, sino también una manera de vivir y de pensar.” Y para el argentino Tomás Eloy Martínez –lamentablemente menos conocido entre nosotros-  el compromiso del periodista con la palabra es “a tiempo completo, a vida completa”.

Es decir, hace falta una dosis de cordialidad, de entrega, de sensible apropiación de la realidad asumiéndola con todo lo que uno es, con los jugos de la vida, además de que con el instrumental técnico y los datos de la cultura.  .García Márquez , y no sobra volver a citarlo, ha dicho que se equivocan los que niegan que el periodista es un artista. Y traduciendo a una imagen el razonamiento de este artista que lo ha sido en la novela y también en el reportaje o la crónica,  me  parece que quien lo niegue está tapando la verdad con una cuartilla.  Y esa cortina siempre queda corta.

UN BURRO SIN HISTORIA

Esta es la crónica del burro de Bainoa

Por Luis Sexto

Bainoa perdura en la paradoja entre la nombradía y la nimiedad, la fama y la indiferencia. Los trenes ya no paran allí. Pasan a cien kilómetros por hora ante la estación cuya presencia ruinosa anuncia que a nadie le interesa ya bajarse o detenerse en ese lugar, mientras los viajeros perciben la fugaz estampa del olvido en un pueblo que les resulta  contradictoriamente familiar.

Es uno de los pueblos que con el comienzo del siglo XX perdieron sus días de esplendor y empezaron a languidecer aplastados contra el tiempo. Fundado en 1795 a impulsos de la caña de azúcar en el suelo llano y rojizo del hato nombrado San Lorenzo de Bainoa –antiquísima merced de don Diego de Soto-, el caserío se benefició también del camino Real de La Habana a Matanzas, porque los viajeros de volantas y quitrines se detenían en tiendas y tabernas para comer, beber, tal vez dormir una noche, y proseguir viaje. En 1803 levantaron la iglesia. Los años y la gente se acumularon. Y el censo de 1846  registró 300 habitantes y 62 casas. Por entonces el rey lo había jerarquizado como partido de tercera clase. En 1878 lo alzó a ayuntamiento. Los interventores norteamercianos, tal vez más pragmáticos, lo despojaron en 1900 del rango y de las ventajas adquiridos durante la colonia, y lo adscribieron al municipio de Aguacate, con el apellido administrativo de barrio número Seis. Hoy pertenece a Jaruco, de cuya cabecera dista seis u ocho kilómetros, subiendo desde el valle hacia el este.

UN MITO EN LA ESTACIÓN

 En el propio año de 1900, la compañía inglesa de Ferrocarriles Unidos de La Habana construyó el apeadero de Bainoa en la vía que rodaba hacia el oriente del país. Estación de líneas sobrias, con fisonomía y solidez de fortaleza, dividida en salón de espera para viajeros,  almacén, y  vivienda para el jefe. Dicen viejos pobladores, aunque no pude confirmar el aserto, que fue la primera en edificarse en la zona feraz, subterráneamente acuosa de la tierra aplanada entre el este de Jaruco y el oeste de Aguacate, en los contrafuertes rurales de la capital. Allí empezaron a detenerse todos los trenes que pitaban en ida o vuelta. Descargaban primordialmente mercancías, que carretones de tiro animal trasladaban a zonas circunvecinas alejadas del camino que hasta hacía poco llamaban de hierro.No era mucho, pero algún tráfago infundía vitalidad al caserío que hacia 1940 enumeraba 1451 habitantes.

La estación ferroviaria -actualmente en deterioro- facilitó que el pueblo adquiriera nombradía. Presumiblemente a partir de la década de 1920, su nombre se repetía en cualquier punto de la Isla. Este o aquel ciudadano lo invocaban sin propósito definido o para plantear una comparación. Era, incluso en el extranjero, sobre todo en España, referencia manoseada. ¿Por qué? ¿Qué había en Bainoa tan interesante para tanta recurrencia nominal, a pesar de que continuaba manteniendo su estampa de aldea, de paraje impávido? El frío aún no le había moldeado el crédito de territorio más gélido de Cuba; más frío en  horas de ciertas madrugadas invernales gracias, entre varias causas, al suelo ferrolítico rojo compactado que, al tragarse el agua de un sorbo rápido, lo mantiene seco, sin humedad alguna, y también a su altura de 97 metros sobre el nivel del mar. El centro meteorológico local que registró en 1996 el récord nacional de temperatura –0,6 grados Celsius- empezó a observar y medir el clima en 1979.  Muchos saben, al menos la repiten de vez en cuando, la razón de la fama antigua de Bainoa. Aún uno escucha la mención al burro que se asoció con el  nombre del pueblo y el apeadero. Es, aunque ya no exista, uno de los tres pollino más célebres de Cuba. El primero, como ya sabemos, es Perico, ciudadano ejemplar de Santa Clara; el segundo, Pancho, parroquiano del bar en el Mirador de Mayabe, Holguín. El tercero, el de Bainoa. Pocos, sin embargo, conocen su historia. Es más: el de Bainoa es un burro sin historia. Simple alharaca. Tal vez, costumbre visual.  

¿DÓNDE ESTÁ LA VERDAD? 

Viajé recientemente allí con el ánimo de averiguar qué de original, insólito, había hecho el mentadísimo asno. Y me sorprendió que los vecinos atribuyeran escaso interés a lo que ha sido, además del frío,  uno de los dos pilares, y el primero en el tiempo, de la fama del poblado. La verdad se escurre entre los sumideros de una memoria que no existe. Algunos pobladores, como Marcelo Hernández Vidal y Raimundo Pérez Martínez, contaron que el burro nunca vistió piel y orejas de asno. Así habían sobrenombrado a un estibador que en el andén de la estación ferroviaria cargaba a la espalda toneles de manteca. Y los soportaba. Como un burro. Otros refirieron que un rico de la zona, cuando iba a la valla de gallos, encendía habanos con billetes de l0 o de 20 pesos. Y le apodaron el Burro. Quizás por imbécil.Una de las versiones más creíbles se excede por escabrosa. Cuentan de un burro que, habitualmente amarrado cerca de la línea y la estación ferroviaria, al sentir el galopar de los trenes, desenvainaba su equipaje genésico, como en un reflejo que alguien le condicionó estimando que los atributos del macho parecían un don sobre... dimensionado por la naturaleza. La curiosidad pasajera empezó a reparar en el espectáculo. Y cuando cualquier tren se detenía en Bainoa, los viajeros, si no veían al animal, preguntaban por él a los pobladores aburridos o desocupados que iban hacia la estación a divertirse con la parada de la máquina y sus coches, único acontecimiento diariamente trascendente del pueblo. Estos a veces respondían: “Está con su madre...” Los forasteros, interpretando mal la frase, replicaban  medio airados: “¿Cómo?” “Sí, en el potrero con su madre, digo, la del burro.” Este burro, según el periodista Fernando G. Dávalos fue exhibido como una rareza o milagro de desbordamiento genital por los años veinte en el Havana Park,…

-¡Mentira!

Converso con Hipólito García Gamón. ¡Mentira!, repite. Tiene 96 años, y aunque ahora la salud de su esposa lo inquieta, posee suficiente lucidez para negar  esa versión apocalíptica o sicalíptica. De acuerdo con su relato, el burro existió anónima, trabajosamente en la estación de ferrocarril. Todavía hay un tanque metálico en lo alto y debajo hay un pozo que suministraba agua a las locomotoras de vapor. Cuando no había viento y al molino se le podían contar sus aspas, el burro hacía subir el líquido hacia el tanque. Los viajeros presenciaban la escena. Día a día. Año tras año. El asno, cabeza gacha y paso cansino, rondaba el pozo en círculos interminables... Nada más. Era una estampa de trabajo y perseverancia. Historia cotidiana sin historia. Fama asnal inmerecida. Imagen común que pasó a fosilizarse como una referencia curiosa, folclórica, sobre la cual el paradero sin importancia se trocó en una parada entretenida y perdurable. Y que hoy los viajeros, al pasar por Bainoa, no atinan a evocar conscientemente en el aire estremecido de la velocidad.                                        

HISTORIA DE UN BURRO NO TAN BURRO

HISTORIA DE UN BURRO NO TAN BURRO

Por Luis Sexto 

Ningún burro en Cuba ha ganado más fama que Perico, el burro de Santa Clara. Ni el de Mayabe, en Holguín, con su circense y postiza afición a beber cerveza en botella. Ni el de Bainoa, cuyos méritos pocos recuerdan o saben, y del cual, aunque hubiera aprendido a leer, no dispongo todavía de datos que aseguren que sobrepasara a su congénere en crédito y difusión. Ante la tumba de Perico, un senador de la República deshojó un papel de lágrimas y alabanzas, y el meditado y sobrio The New York Times, entre otros medios norteamericanos y cubanos, publicó la noticia de su muerte en una nota encabezada por una frase contundentemente significativa: “Perico ha muerto.”  Y se abulta aun más el álbum de recuerdos del burro santaclareño, con este otro detalle. Los estudiantes de primaria de mi generación, niña aún en los años 50, lo conocieron en un libro nacional de lectura que le dedicaba una crónica. A Perico quizás lo aventajen mundialmente en nombradía el asno del Domingo de Ramos, el de Sancho Panza y el burrito Platero. Ellos tuvieron a los evangelistas, a Miguel de Cervantes y a Juan Ramón Jiménez como cronistas. Perico, con una existencia probablemente más enjundiosa y versátil, no ha hallado aún biógrafos, tan competentes como aquellos, que lo pongan a vivir para siempre en la relectura.Sé que diré enseguida una frase corriente, un hallazgo anterior de mil bocas. Pero es la síntesis cabal del valor de aquel burro cuyo deceso en prestigio de humanidad,  el 26 de febrero de 1947, a los 33 años,  movilizó el luto en Santa Clara. Perico demostró, en suma, que un burro puede no ser tan burro. Definición compuesta, naturalmente, desde el punto de vista humano. Porque, como les contaré, los habitantes de Santa Clara amaron a Perico por actos que parecían copias de la conducta de hombres y mujeres. Incluso, en la estatua que lo rememora en un parque de la ciudad de Marta Abreu, creo ver al pollino en posición human: en dos patas. Desde la perspectiva asnal, Perico habría pensado que los hombres, al quererlo, se portaron un tanto como burros. Esto es, noble, abnegada, tolerantemente...Perico nació en la loma de Cerro Calvo, en los contornos de la ciudad, aproximadamente hacia 1914. De allí salió a cumplir el destino usual de los asnos. Ah, si lo hubieran elegido como cabalgadura de un profeta, o de un escudero, o como juguete de un niño poeta, su gloria tuviera mayores ecos de artificios, de cascabeles. Fue, sin embargo, a tirar de un carretón de helados, y luego de otro  donde se vendían objetos de ferretería, y finalmente, arrastró un carromato que recogía botellas. Siempre con el mismo amo, Bienvenido Pérez, alias Lea, persona generosa. Porque, además de tratarlo con afecto, cuando quince años más tarde prosperó y adquirió un vehículo motorizado, premió al burro jubilándolo, otorgándole el diploma de libertad para que transitara en horas diurnas por las calles y, al anochecer, retornara a casa, y para que una vez al año fuera a Cerro Calvo, como gustaba de hacer a veces sin permiso, a solazarse con los burros que nacían y crecían en aquel criadero. Muchos pensaban que esa excursión a sus corrales nativos la exigían ciertas urgencias genésicas. Mal pensamiento. Porque Perico era casto. Había sido castrado antes de salir al mundo a trabajar. Fábrica de burros –decían los Pacheco, dueños del criadero- sólo la de Cerro Calvo. Ese era el negocio, como apunta un relato de Mario Crespo, en 1976.En lo inmediato a Perico no le satisfizo el retiro. Y en ello se asemejó también a ciertas personas que estiman que dejar de trabajar equivale a aislarse, a someterse al olvido. Y cuentan que cuando el burro vio el carro por el cual lo apartaban, puso sus patas sobre la defensa para impedir que rodara. La rebeldía duró minutos. Asumió su nuevo destino. Y en ese instante Perico comenzó a labrar su definitiva identidad. Poco a poco fue ingiriéndose como una presencia habitual y cansina en las calles. Como un detalle. Una estampa de mansedumbre. Como una tradición que enriquecerá la memoria de la ciudad fundada a fines del siglo XVII, tras una bronca con ciertos habitantes de Remedios, opuestos a un nuevo asentamiento, hacia el centro,  pues el pueblo se exponía demasiado en la costa norte al cuchillo de piratas y corsarios.Trotaba Perico, cabizbajo, por las calles más céntricas. Por Villuendas, Marta Abreu. Por todos los barrios. La Pastora, el Carmen,  Buen Viaje. Al principio no fue comprendido, ni tolerado. Pero un día y otro, y un caramelo de un niño aquí, un sorbo de refresco allá. Y no se sabe con exactitud cuándo, un tarde Perico tocó con sus cascos a una puerta y rebuznó, de modo tan delicado, fino, considerado, que el toque y el rebuzno le parecieron a la familia como de humanos. Y le dieron pan. Y jornada tras jornada, el burro pasaba a la misma hora, por las mismas casas, por la misma ruta. Y los automóviles frenaban para cederle el paso. Y él, si el tráfico aumentaba, subía a la acera. Para no estorbar.Una vez un policía, que estrenaba uniforme y garrote en el servicio y por tanto no conocía a Perico, lo vio en el medio de la calle y comenzó a espantarlo. No pudo con la voz. Y con el tolete lo golpeó. Perico se marchó. Los transeúntes protestaron por la violencia policial. Hasta un sargento, que oyó al pasar el reproche por acto tan cruel, insultó al agente y le advirtió:-¡Perico tiene los mismos derechos de cualquier ciudadano! Al burro no le bastaron las aclaraciones airadas del sargento. Y desde ese incidente, cuando veía de posta al policía abusador, modificaba su itinerario con un rodeo para sortear el riesgo.Bebía cerveza. Pero no tanta. Nunca adquirió el deleznable vicio que más tarde, en el Mirador de Mayabe, en Holguín, insuflaron en un inocente pollino, muerto después  y sustituido por otro que murió o morirá probablemente víctima de afecciones hepáticas. A Perico le gustaba fría. Y no se habituó a otra bebida alcohólica. Unos periodistas norteamericanos, pedantemente originales como otros norteamericanos que entonces visitaban a Cuba, lo invitaron a güisqui. Probó. Y Perico, con el trago en la boca, se disparó a correr. Fue la forma que adquirió su rechazo a esa bebida.Podría enumerar los centenares de anécdotas que componen la biografía del burro pilongo. Y ese título,  pilongo, que le entregó el senador Fileno de Cárdenas en la oración fúnebre  del entierro de Perico, es el gentilicio de los santaclareños que nacieron en la ciudad y, sobre todo,  se bautizaron en la pila de la iglesia parroquial mayor.Perico murió tranquilamente. Había vivido en la mansedumbre y en ella murió. Unas fiebres lo acometieron en la calle. Retornó a la botellería ubicada en San Cristóbal y Maceo. Y luego quedó quieto, quieto... Legaba, con su deceso, la  materia para componer una desmesurada crónica de elogios sobre la  excepcional capacidad del burrito para vivir en la sociedad humana. Unos dijeron que era un burro con  cerebro de persona. La esquela mortuoria califica su inteligencia de maravillosa y quienes la firmaron prometían  jamás olvidarlo, porque “era bueno e inteligente como humano”. Quizás la convivencia natural propició que el asno demostrara sus facultades como ser vivo.De cualquier forma, para que la fama de Perico quede completa, sea perenne, hace falta un libro que como otros de igual asunto se reedite o se estudie periódicamente. Lo merece. Un libro que yo empezaría así: Perico, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín... Y no sigo: me percato de que estoy recitando a Juan Ramón Jiménez. Es el autor que Perico aún espera. 

EL ORIGEN MODERNISTA DE LA CRÓNICA EN CUBA

Por Luis Sexto

Más que crónica existen crónicas. Con certeza, de la crónica puedo saber que es un género polisémico. Tantas son sus definiciones y sus usos que nadie osaría sustentar un criterio definitivo que no fuera impugnable. O discutible. O polémico. Por tanto, no voy a definirla aquí. Tal vez lo hice en un librito reciente (Estrictamente personal, editorial Pablo, 2005) y en un artículo que aparece en estas mismas páginas  en los que intento aproximarme, con ánimo de provocador, a ese quehacer periodístico que conocemos como literario. Y consecuentemente admito que ante mis criterios pueden adoptarse los opuestos. Pues bien, voy a referirme a un concepto, un tipo de crónica, que es como un enunciado lírico, subjetivo, emotivo, que se ocupa de cualquier asunto y se matiza con los colores de la personalidad del cronista. A mi parecer es la definición que más en consonancia está con cierta práctica latinoamericana.

El modernismo literario, ya sabemos, aparte de actualizar y renovar la poesía y la poética en lengua española, introdujo ciertas delicadezas en el periodismo, particularmente en Cuba, que es el ámbito geográfico y cultural donde he expurgado las ideas de este artículo. Es decir, deseo aproximarme  a la crónica que se escribió en Cuba en los primeros cuarenta años del siglo XX. Y asumo esa cifra temporal para ubicar mi pensamiento en una época y en determinados autores.

Tengo la convicción de que la crónica del siglo XX en nuestro país y en otros lugares de la América Nuestra, partió del movimiento modernista que, nadie lo ignora, tuvo cuna dorada en la América hispana y varios de cuyos gestores fueron cubanos: Casal, sobre todo, y no digo Martí porque Martí es único, distinto, tan original que señalarle escuela equivaldría a profanarlo. Parece evidente que con Julián del Casal y algunos del grupo de La Habana Elegante –nombre que es toda una declaración de principios estéticos- comenzó a proliferar en las páginas periódicas un tipo de enunciado caracterizado por un toque muy personal en la apropiación de los temas y un refinamiento artístico en la expresión.

La crónica, así, empieza a distinguirse, en manos de los modernistas, por ser una especie de capricho, como un dado puesto sobre la mesa por obra del azar. Con el modernista, los temas adquieren universalización: cualquiera sirve para responder la pregunta diaria o semanal del cronista: ¿De qué voy a escribir hoy? Y, en contrapartida cómplice, el lector preguntará antes de comenzar a leer: ¿De qué escribirá hoy el cronista? Lo preguntará, porque ya habituado a un autor y a un modo de hacer, el lector va exigiendo la presencia de esos textos libérrimos, inspirados, espontáneos que el cronista extrae de cualquier pretexto, aun del más trivial. ¿Qué voy a escribir hoy para mañana?, se preguntaba Julián del Casal el martes 14 de enero de 1890. Y al otro día, en La Discusión, podía leerse esta crónica titulada Noches morosas:

Las noches habaneras, ya sea cortas, ya sean largas, según el estado de nuestro ánimo --porque la manera de sentir las cosas y no ellas mismas,  como ha dicho Schopenhauer, es lo que nos hace felices o desgraciados-, son siempre insoportables. No hay una distinta a la otra. Ningún acontecimiento viene a turbar alegremente la monotonía de las horas nocturnas. Todas resuenan con idéntico sonido, en el abismo profundo del tiempo, sin arrojar una vibración que desarrugue nuestras frentes pensativas o que entreabra nuestros labios adustos. Tal parece que han formado una liga poderosa para destruir los últimos gérmenes de alegría que bullen en el fondo de nuestros corazones.

El cronista –también poeta- continúa meditando acerca de la noche y la vida humana. Y concluye así:

Así gastamos las fuerzas, en la lucha incesante de la vida, sin tener un sitio agradable para reponerlas. No vemos siquiera un rincón azul del Paraíso, desde el lóbrego infierno en que vivimos sepultados. Sufrimos indecibles torturas. La Miseria nos ha derribado al suelo, y el Hastío se entretiene en darnos de puntapiés. Para librarnos de este último, no tenemos más que dos caminos abiertos: el de la sabiduría y el del matrimonio. Pero como andando por este nos aburrimos también, escojamos el primero, porque, como dice Virgilio: el hombre se cansa de todo, menos de aprender.

¿Qué leímos? Eso, la visión personal, íntima, anímica que un cronista organiza líricamente para poner un de sensibilidad y amabilidad sobre el plomo de los periódicos. Es eso, en esencia: una visión amable de la vida y de las cosas, aunque se escriba, como en el ejemplo de Casal, con la tinta del pesimismo y el hastío.

Apreciamos en esta crónica una mezcla de géneros engarzados por la cultura y la sensibilidad. Casal editorializa; Casal comenta; Casal especula; Casal critica. Y todo ello junto compone una crónica, género autónomo que se rige por el principio de la emoción.

Paralelamente, más o menos durante los mismos años finiseculares, en México escribía crónicas parecidas el poeta Gutiérrez Nájera. Y en París, Rubén Darío despachaba hacia periódicos de Buenos Aires y otras ciudades latinoamericanas, crónicas con temas de toda índole en los mismos términos que Casal. Y no puede asombrarnos que entre el autor de Azul y el de Nieve hayan existido afinidades. A fin de cuentas, ambos tiraban los mismos puentes de renovación literaria. Casal escribió que a Darío “cábele la honra de haber sido de los primeros en desviar el gusto público del estilo académico, mixtura de tinta y agua, (…) estilo mucilaginoso, con sabor tan insípido como el de las pastillas de goma, espolvoreadas de azúcar, que se expenden en las farmacias”. Darío, a su vez, escribió de Casal: “No tiene la fama del dulce bardo Tal, o del egregio vate Cual. Es de la familia de los aislados, de los estilistas. Cuando en Madrid Menéndez Pelayo me dijo de él que era primero de los poetas vivos de Cuba, pensé: ¡Ya es algo!”

Rubén Darío, pues, escribía en París crónicas como esta:

Sobre mi mesa de labor un buen montón de tarjetas postales, de España, y de la América Latina. Son envíos para el consabido autógrafo. Esto es usual, y no me hubiera dado tema para estas líneas si no hubiera entre ellas un retrato de M. Combes… ¡Una señorita me manda, para que le escriba algo yo, el retrato de M. Combes! El curioso colmo me hace fijarme en los asuntos de las otras tarjetas, y a través de ellos, procurar ver la personalidad de mis desconocidas y amables amigas lejanas. Hay en esos cartoncitos ilustrados las más variadas figuras en que sospechar diversos caracteres y espíritus.

Tanto Casal como Darío definen la actitud del cronista y, por ende, la esencia de la crónica como género o función. Están habitualmente al acecho de una mariposa, de cualquier tema o asunto que les revolotee en los instantes en los que se precisa encontrar el contenido de ocasión, para luego expresarlo líricamente, en un recorrido dispar, inspirado, casual, a través de la subjetividad del cronista, sin que necesite ser un especialista. Es más, a mi parecer, el enfoque del especialista mataría la crónica antes de los siete meses, como en el auténtico ensayo, género hoy contaminado de monografía y en el que lo predominante, según el aporte de Montaigne, su creador,  ha de ser el pensamiento virgen y libre del autor ante el tema propuesto.

A partir del modernismo, que trajo también influencias de las formas francesas, la crónica empezó a adquirir las suaves y nuevas libertades de la emoción. En vuelo vertical, se dispara lo emotivo. Y la crónica va dejando de ser opinión, predominante en los textos periodísticos de Enrique José Varona y Justo de Lara –dos sobresalientes cronistas contemporáneos de Casal y Darío-, para acercarse más a la poesía. He de añadir, sin embargo, que entre los escritores románticos del XIX, Anselmo Suárez y Romero preludia la crónica según las normas actuales. Lo sugieren, a mi parecer, sus estampas sobre las palmas y el guardiero.

En estos días,  los cienfuegueros celebraron el centenario del natalicio de Miguel Ángel de la Torre. Fue novelista, también cuentista. Pero fue, por encima de todo, un cronista. De la Torre es uno de los escritores que vivían del periodismo o, si no, en el periodismo. ¿Quién en su época no vivía precariamente del periodismo, porque por los libros nadie comía, salvo el crédito o la fama? Hasta el ínclito Mañach, con todos sus títulos académicos de Harvard y La Sorbona, desarrolló su obra en los periódicos. De la Torre escribió un periodismo afiliado a la crónica según el sentir modernista. Vamos a repasar algunos de sus textos, pero primeramente algunos fragmentos de la crónica titulada Sonrisa de primera plana. En uno de sus párrafos dice:

A nuestro redor, en las columnas inmediatas, el reporterismo diligente ha acopiado y clasificado la balumba de sucesos en que sale a la superficie la vida colectiva, desde las truculencias de la crónica roja hasta las engalladas reverencias de los salones sociales. Nuestra misión está en interponer unos lentes sonrosados entre los ojos del lector y un pedazo cualquiera de ese campo hirviente y pintoresco. Entonces el hecho escogido por nosotros –los cronistas, aclaro yo-,  el ponente- aparecerá a vuestra vista deformado a voluntad de nosotros, que unas veces hinchamos la realidad y  otras la empequeñecemos según nos apetezca. Los hechos, que de otra forma hubieran pasado inadvertidos, ahora capturarán vuestra atención, se adueñarán de vuestros nervios y os harán vibrar a tono con los nuestros. Unas veces reiréis regocijados y otras lloraréis compungidos.
Y sigue:

Así tolerada, al fin, la literatura en el periodismo, desde el momento en que dejaron de considerarse cronistas por antonomasia a los de los salones. Hasta entonces no se conocieron en los diarios habaneros más cronistas que Enrique Fontanills y sus apreciables cofrades. Desde entonces han surgido unos cuantos más en distintos campos, cuyas plumas se han hecho más o menos populares en esa labor cotidiana de subrayado y ático comentario a que antes me refiriera. Hoy no son muchos, pero son bastantes a redimir a nuestro periodismo de la acusación de anodino y plomizo a que lo ha hecho merecedor tanto espíritu de cobrador de cuentas metido a escritor.

Miguel Ángel de la Torre, como puede apreciarse a pesar de la brevedad de la cita, se acercó teóricamente a la crónica. Pero, repito, se destacó por escribirla como si engastara gemas. Veamos este pedazo de Marianao, playa del amor.

Era la playa de Marianao norte de toda diversión noctámbula entre la gente alegre de La Habana.El automóvil entró en aquellas latitudes de holgorio veraniego, bordeando el irregular caserío avecindado con el mar.Guirnaldas de bombillos eléctricos que pugnan por verse reflejados en las aguas, daban a aquello aspecto de feria, efecto al cual contribuían cien variados gritos.-¡A la frita, .señores! ¡A la frita! –vociferaban de un lado. Y a este reclamo, que acentuaba propiciamente el tufo a cebolla y manteca que salía del freidero, se entretejían en la total barahúnda  otros muchos.(…) La glorieta de la playa de Marianao! Ancha plaza para el baile, en cuyo redor se anillan los palcos suspendidos, sobre la inquietud musical de las olas y sobre la cual, como una cátedra, se yergue la tribuna de la orquesta (…) Ardía el salón bajo el latigazo sensual de los danzones. Las parejas de bailadores se plegaban y replegaban, fingiendo una marea lenta y acompasada (…) A tal punto hicieron entrada los viajeros del automóvil. Una de las parejas –gentil pizpireta y alocado joven señor- se sumó en seguida a la masa que bailaba, mientras la otra iba en demanda de un palquillo de los pocos desocupados; está última (pareja), formada por una cara de cera, carbón y carmín por igual artificiales, en la cual lo único vivo eran unos ojos de milagro. Se tendieron por el mar como dos gaviotas bohemias estos ojos, mientras a su lado dos bigotes perfectamente imbéciles murmuraban al camarero: -Champán.

En la prensa habanera coincidieron, como el propio De la Torre apunto, varios cronistas que adecentaron el  entonces plomo chambón de nuestra prensa. Podría nombrar a Aldo Baroni, Lugo Viñas, Miguel de Marcos, Martínez Villena. Discurrían, como inclinación de raíz, por los trillos heredados del modernismo, y llegaban a una especie de conjunción entre periodismo y literatura. Otro Miguel Ángel, pero de apellido Limia, oriundo de Baracoa, impuso su juego literario hasta el punto que Martínez Villena lo calificó como el cronista por excelencia de su generación.

Así empieza Limia a escribir la Exaltación de peregrino romántico:

YO he de irme, fatalmente, muy pronto de Santiago de las Vegas. La Habana, con su fuerte lucha de músculos, con su inmenso fragor de hierro, con su extraordinario escándalo de luces y de pasiones, me reclama imperativamente.La Habana es áspera. Esto lo sabe todo viajador. Para mí, sin embargo, tornadizo peregrino incorregible; para mí, tempestuoso escritor sin patria y sin religión y sin familia y sin afectos; para mí antiquísimo naviador desbrujulado y turbio, la Habana muestra un delicioso encanto peculiarísimo de novia sonrosada. Allí vivo y pienso mis prosas incendiarias desde hace algo algunos años. Quiero entrañablemente a La Habana, a pesar de todo lo que ya me tiene entregado de hiel. Ella y la mujer –la mujer- tierno pan del cielo, substancia divina, constituyen hoy los dos íntimos y nobles cariños de mi mugriento ensueño de adolescencia.

Veamos esta otra página.

A pesar del estilo intolerable y pedestre de mi ilustre paisano Cirilo Villaverde; a pesar de sus inhábiles capítulos de prosa tortuosa; a pesar de la protesta de mi espíritu ligero y risueño hacia los adoquines nacionales, yo me leí con entusiasmo a “Cecilia Valdés”, cuando llegué a La Habana.Me interesaban las costumbres cubanas de aquel siglo romántico en que la sabrosa mulata Cecilia correteaba, moviendo sus caderitas lúbricas de criolla, por la vieja loma católica del Santo Ángel. Conocida era de las negras pobres que durante la prima noche expendían por las esquinas del barrio bollitos y chicharrones. Conocida de todas las bodegas, por donde ella pasaba, hurtando pasas y otras golosinas. Conocida del alegre cubanito de familia rico, galanteador y libertino. Y como el escritor, con una gran comprensión del sentido curioso de la posteridad, ofrece en el principio de su obra todos los detalles de las chatas casitas coloniales en donde su protagonista nació, vivió, amó y padeció, después de la lectura del libro, yo me fui al número 21 de la estrecha callejuela de San Juan de Dios. Aún no habían sido derrumbadas las anchas paredes amarillas del Convento de Santa Catalina. El callejoncito histórico, pues, concluía allí mismo con el número 25…

Las crónicas de los dos Migueles se publicaron hacia 1923, años antes y años después. Sucesivamente la crónica fue asumiendo tinos de vanguardia con Jorge Mañach,  Rubén Martínez Villena,  Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Pablo de la Torriente, Raúl Roa. Pero a pesar de los cambios en el ritmo de la prosa y en la atmósfera -más iluminada desde entonces por la llaneza- y a pesar de la actualización del lenguaje, los ingredientes modernistas, con su manera parisiense, siguieron conformando un tipo de crónica alada, dúctil, subjetiva que, incluso, sigue vigente en aquellos cuyo concepto de la crónica sea algo más que juntar unas frases bonitas. La herencia modernista estableció que no puede haber crónica sin estilo, ni contenido, ni lenguaje que no sea elegido a través de la criba de la sensibilidad. Es propio del cronista, así, una selección estilística que ronde la poesía, sea en una crónica de remembranza, de viaje, de personaje, o de reflexión vivencial. Fueron ellos, los modernistas, desde Casal y Darío, Gutiérrez Nájera y Urbina, Gómez Carrillo y Amado Nervo, los que fomentaron la construcción de la crónica como una hazaña literaria insertada en los periódicos.

Y ellos también se opusieron, con su obra, a hacer una “cosa bonita”. Quisieron escribir obra perdurable con la sensibilidad, la cultura y el estilo del cronista. La crónica, así asumida, hizo más libre a los cronistas, al cederle un espacio dilatado para convertirse en eso que llaman ombligo y que solo es un pretexto para que circule el aire del ingenio.

La crónica, a la par que de adjetivos concebidos en originalidad y música, necesita un fondo, un contenido, ideas, cuya forma discurra guiada por el principio de la emoción o la emotividad, el lirismo o la subjetividad. No bastan, pues, palomas blancas y un cielo azul, para escribir una crónica. De esa manera,  se iría a bolina entre esas mismas palomas y sobre ese cielo azul… Como un papalote sin hilo ni rabo.


EL REGALO AÚN NO HALLADO DE MANOLITO PIÑA

EL REGALO  AÚN NO HALLADO DE MANOLITO PIÑA

 Este es un capítulo del libro El Cabo de las mil visiones, que recoge la memoria oral del mundo mágico del Cabo de San Antonio. Su autor es Luis Sexto y lo publicó la Editorial Pablo de la Torriente Brau, en 2005

 La suerte no es del que la busca, sino del que la encuentra.  Algún día le voy a presentar a Manolito Piña. Vive ciego en  Cayuco, y él podrá contarle cuánto lamenta su ceguera, porque ya no está en condiciones de continuar detrás del tesoro que un día le regalaron. Y sabe donde está, pero nunca ha podido llegar.
No, miento; sí llegó...
Era jovencito, tal vez quince o dieciséis años. Su padrino, Gervasio Borrego, tenía ese tesoro ahí, y no se sabe por qué razón nunca lo había sacado de La Jocuma, una cueva del sur con la boca hacia el norte; ni tampoco se ha oído cómo  se había enterado de que allí dentro seis botijas -tres que rozaban a un hombre por la cintura y tres un poco más abajo- esperaban en la oscuridad que alguien las vaciara de la tentación incurable del dinero. Un día Gervasio Borrego amaneció dispuesto a zafarse aquella inquietud. Y le regaló el tesoro a su ahijado.
Manolito y su padre salieron a buscar la cueva. No bastaba con la autorización del padrino. Había que hallarla. Porque el que usted posea un derrotero no significa que la riqueza pase a su poder con tanta facilidad como en un banco con una libretica. El monte no regala nada; hay que quitárselo con astucia; destaparle sus pistas falsas, sus dobles fondos, esa trastienda malvada que se ríe de uno  si uno se acobarda, o se desespera. La Jocuma tiene una dificultad: la puerta está tapiada con piedras, piedras calcinadas, que hay que desbrozar con una barreta. Sólo una mirada hecha a las esquivas de El Cabo puede adivinar la hendija que indica por donde la gruta se abre.
Los Piña la encontraron. Gervasio les había dicho no se asusten si cuando entren en el salón principal ven una luz que cae a plomo; es una claraboya. El padre, sin embargo, no quiso entrar con el muchacho. Tal vez sintió miedo por todo el espiritismo que  envuelve a esos tesoros, y quién podía saber si una maldición le desgraciaba la vida a su hijo. Volveré solo más tarde, dijo. Marcó el punto. Y regresaron.
Manolito todavía recuerda el viaje de vuelta por  el pasmo de alegría que le provocó haber matado a  una jutía con la escopeta del padre. Pero cuando el viejo Piña viró para  acabar de resolver el problema de cómo entrar, no dio con el paradero de la cueva. Allí estaba el árbol de jocuma, mostrando el mordisco que le había dado con el machete; veía incluso las lajas que ocultaban la entrada. Pero la cueva no aparecía. Se acuclilló; encendió un cigarro para intentar calmarse y tantear de nuevo  aquella pared de rocas y raíces y hojas.  Nada. Ni nadie que la haya visto una vez y luego regresó con los instrumentos para forzarla, ha podido repetir el descubrimiento. Y han venido buscadores hasta de La Habana.Manolito está tranquilo, aunque inconforme  por esos ojos que se le negaron hace poco a seguir viendo. Tal vez ahora vea más claro desde adentro los misterios de la vida. Pero ese que le regalaron nunca lo ha podido explicar. Su padrino le dijo antes de morir si no es para ti, olvídate que nadie lo encontrará. Pero de qué le sirve. Él tampoco. Y algunos se preguntan si, al final de todo ese cuento, no vino la maldición dejándolo ciego, porque el padre no permitió hacer al hijo lo que el hijo tenía que hacer solo.  

Ciegos no estábamos nosotros la noche en la que, en casa de Manolo Borrego, acordamos salir a playar. Estábamos en el mes de mayo. Hasta el de agosto, las tortugas vienen del agua para enterrar sus huevos en la arena. Éramos tres o cuatro. Íbamos por toda la costa y vimos en la Punta de Perjuicio algo como un farol encendido. Y digo miren a ese comerraspas pescando a cordel. Pensé en algún vecino. Faltando medio kilómetro para subir del todo, la luz se desprendió y viajó al medio del mar, y regresó y se posó en el mismo sitio de antes. Los que andaban conmigo se erizaron; un corrientazo los tocó de los pies a la cabeza. Es la señal del miedo cuando el cuerpo entra en contacto con algo misterioso. Quise subir, porque a mí hay que pelarme, y ellos que no, no, pero si ustedes son hombres, y yo para arriba... Pero no pude. Me paralicé. Yo que, en ciertos días, no creo en muertos, ni en velas. No dudo que quizás ese sea el fantasma de Perjuicio buscando a su hijo asesinado. Cuando un hijo muere, a uno le parece que la muerte no existe.

O acaso  el pirata sale  para avisar con su luz dónde ocultó su tesoro. Le dije que en ese mismo lugar de la playa de Perjuicio vi una tapia aquella vez cuando yo estaba costaneando. Luego no la vi más.

Como le  digo una  cosa, le digo otra distinta. No creo en lo de la cueva de la Sorda, un kilómetro aproximadamente al norte nordeste del faro  Roncali. Pocos se atrevían a entrar. Las luces se apagaban en su interior, tal vez porque había muy poco oxígeno. Se cuenta que en sus ramales habitaban dos muchachas cuyo padre, un pirata, condenó a custodiarles sus cofres. Y por un pacto con el diablo, las convirtió en majá y en cocodrilo. Quien las desencante, y eso yo no sabría  cómo hacerlo, hallaría el tesoro. Realmente nunca me he decidido a comprobar esa historia. Los encantamientos saben a cosa de libros para muchachos. Y, además, porque hay una dificultad.  Usted no sabe lo que es explorar una cueva hasta el fondo. Tiene sus riesgos. Y si usted  desconoce la malicia para burlarlos, puede quedarse para siempre en la oscuridad. Y un día, quién sabe dentro de cuánto tiempo, alguien encuentra sus huesos sin poder imaginar la angustia con la que usted murió. Hay que entrar llevando guantes, alcohol, luces, machete, cuchillo, y sobre todo una pita amarrada a la cintura, porque si se le apaga la linterna, uno regresa por el hilo que ha ido dejando atrás. Hace poco murieron tres buzos en una cueva submarina de la ensenada de Juan Claro. Olvidaron ese detalle. Se metieron en ella sueltos, despreocupados. ¡Mire usted las sorpresas de la confianza! Lo habían hecho mil veces. Eran  muchachones que estudiaban el sistema de cuevas, grutas y cavernas de Guanahacabibes. Fuertes. Con escuela. Pero yo he aprendido que el hombre en la vida debe cerrarle sólo un ojo a la confianza. Y mantener el otro  abierto. Mirando. Comprobando.

Porque, para Él, vence cualquier duda lo que uno ve propiamente; mas a lo que le cuentan uno debe darle muchas vueltas para aceptarlo. Ahí, en esos recovecos donde el sí y el no se emparejan o se cruzan, está el punto que por momentos lo afinca en la creencia de que los fantasmas son sólo palabras. Yo podía no creer en el tesoro de la playa de los Musulmanes. Dicen que unos piratas echaron al agua su dinero y que uno de los cofres, envuelto en cadenas, sube a la superficie, y cuando alguien va a buscarlo, desaparece. El nombre de la playa de los Musulmanes no recuerda a  bandidos con esa religión. En  el siglo XIX se llamó en Cuba de esa manera a los bandoleros de las costas, porque se hacía un parecido con los piratas árabes que aterraron el mar Mediterráneo no se cuántos años atrás. Eran como bandidos de agua y de tierra.

Si alguien  tuvo una visión y la comenta, uno puede creer que engaña, que busca divertirse a costa de la ingenuidad de otro. Pero en ciertos detalles que he visto me pregunto si el hombre no sigue viviendo en sus huellas, en sus ruinas. Y en una hora de cualquier día resurge...

Y quién en definitiva sabrá la verdad, si uno por momentos cree no creer en nada, porque para eso ya aprendió a leer, y oye la radio y ve la televisión. Pero otro día uno dice me abstengo de no creer, de decir algo absolutamente negativo. El que ha visto una candela y luego no hay candela donde la vio, y ha oído el llanto de un niño y no hay niño donde oyó el vagido... Como aquella noche en  Caleta Larga; la pasó detrás de una luz en la ensenada de Guadiana, donde se pudren los restos de un barco antiguo. Iba en un lanchón hacia el puerto de La Fe, al norte de Cuba,   habilitado para que los marinos de los barcos de guerra americanos se divirtieran con mujeres. Y apareció, digo,  la luz. Pudo ser un fuego fatuo; cambiaba, sin embargo, de rumbo. Transcurría agosto. No había viento. Y él detrás, detrás, sin alcanzarla. Cuando arribó a puerto comentó el  incidente, y el jefe le dijo que había sido un comemierda, pues esa luz aparece allí y usted debió mantener su rumbo en vez de ponerse a jugar con ella.

Lo que yo vea en El Cabo no se me olvida jamás; me lo fijo en la mente. Y si lo vi le aseguro que es porque lo vi. Y cuando uno ve y después ya no ve lo que vio, llega la duda a obligarlo a andar con cautela y no negar o prohibir por aquí no se pasa, como hace  una pared. Aún me mortifica el recuerdo de aquella sepultura. Fue en el año de 1950.  Arreaba una punta de puercos, y vio una tumba, y pensó que allí había muerto o habían muerto a  un infeliz. Llegó a la casa; se lo contó al padre. Y regresé a buscarla. Rastree todo el punto, piedra a piedra, por un lado, por el otro. Pero no la encontré. Era larga, con una lomita de tierra; yo sé lo que es una sepultura. Se me quedó grabada...

Y ahora le voy a contar algo peor. Sucedió más para acá, más reciente. Una noche había una maniobra militar por El Cabo.  Dos o tres compañeros teníamos que ir a La Bajada, donde hay un puesto de guardias de fronteras. Empezamos a caminar;  apenas veíamos el trillo.  Caminamos. Y La  Bajada no aparecía. Se acercaron incluso a Uvero Quemado. Y se supone que de Uvero para acá esté La Bajada. Allí en Uvero Quemado puso el Che Guevara un campamento para rehabilitar con el trabajo a combatientes que se equivocaban. Hacían carbón, plantaban árboles, aplanaban caminos. Un trabajo que te secaba las tripas. El que no mejorara como hombre con tanto rigor, en una tarea tan útil, creativa, que trataba de arreglar la sociedad y la naturaleza, era porque no servía para nada,  y lo de la Revolución sólo le salía o le entraba por la boca.  No se puede pasar por ese punto  sin recordar al Che. Todavía permanecen, medio en ruinas, algunas edificaciones, incluso el cuartico donde él dormía cuando se tiraba en una avioneta para hacer su visita. Yo lo conocí un día en el que lo encontré en  Bien Parado con el yipi atascado. Ayudé a sacarlo. Y luego los llevé a la fonda de Espinosa, en el valle de San Juan, a almorzar. Había arroz, malanga, y un trocito de pollo. Espinosa quiso dejar la carne para el Che. Y él dijo que no: que era para todos. Y obligó a ripiar aquella viruta  en el caldero de arroz. No comimos pollo, pero sí decencia, compañerismo...

Aquella noche que le decía pasamos por Uvero Quemado, buscando La Bajada, y seguimos caminando. Y vimos cerca de la costa, en la ensenada de Corrientes, un barco pintado de negro, con las luces de popa encendidas; las luces de fondeo. Yo dije como hay una operación militar es posible que esté fondeado ahí el barco. Pero al minuto nos dimos cuenta de que no podía ser;  no hay calado para que ese barco estuviera anclado allí. Llegamos a La Bajada, después de virar hacia atrás, como a las cuatro de la madrugada. A la vuelta, el barco no estaba. Y pensándolo bien, no podía estar. Qué vimos. Ah, yo no sé; vimos un barco. Negro. Pero, en realidad, ¿era un barco?


 

Guanahacabibes: La quimera del oro

Guanahacabibes: La quimera del oro

Una visión de la cola de Cuba 

Por Luis Sexto

 Recoleta, tímida, apenas advertida, la Península de Guanahacabibes encubre bajo su pequeñez y modestia de cola un enigma dorado que ciertos historiadores de lo utilitario valoran  en más de 200 millones de dólares. Es tierra de tesoros, porque hace dos o tres siglos fue solar clandestino de piratas y corsarios.

Lo más asombroso de esta historia es que nadie –que se conozca- ha visto jamás un tesoro completo, para confirmar cuanto se ha escrito y dicho sobre los misterios de Guanahacabibes. A lo sumo unas cuantas monedas antiguas, aparecidas en alguna cueva o playa, como indicios estimuladores de sueños y ambiciones, y leyendas. En ello, en fantasías y tentaciones, es rica esta península que en el extremo occidental de Cuba remata el Cabo de San Antonio. Hoy, deshabitada en su porción más boscosa y profunda, Guanahacabibes conserva un tesoro más tangible que el dinero o las joyas. Es el compuesto por la riqueza de su flora y fauna que la acreditaron para recibir el título de Reserva Mundial de la Biosfera, firmado por la UNESCO. 

Antes de 1959 la habitaron leñadores, carboneros, y criadores de cerdos. Por su inaccesibilidad e incomunicación era sitio ideal entonces para que piratas y corsarios y otros bandidos posteriores la utilizaran de escondrijo, como empleaban ciertos puntos del Caribe, entre los que figuraba la Isla de Tortuga.Piet Adriaenz Pita, Francis Drake, Francis Nau L’Olonais, Henry Morgan, en fin, ingleses, holandeses, franceses, estrellas de la delincuencia marítima internacional, ocultaron sus cofres en las cuevas que horadan el suelo pedregoso de la península, o levantaron campamentos en el Cabo, como también la llaman, para descansar de sus campañas de espada y pólvora.

Todo es nebuloso. Unos niegan la posibilidad de que existan cofres enterados o escondidos. Han sido el fruto de las ambiciones de gente de la ciudad, o invenciones de montunos que, empeñados en ganar amigos, alentaron a cuantos llegaron al Cabo con planos y sueños. Algunos, sin embargo, aseguran que hay dinero. Y mucho. Y no les preguntemos por las pruebas. Un cabero célebre, Fisco Valera, recientemente fallecido, sostenía que existen creencias que no le reclaman pruebas al hombre. La cosas –apuntaba Fisco- tienen a veces un lenguaje que solo puede entenderse si uno lo escucha desde adentro.Los piratas, si no sus tesoros, dejaron en Guanacahabibes sus nombres.

Casi toda la geografía conserva en la toponimia huellas de la presencia de piratas, corsarios y filibusteros. La Punta del Holandés, el Caletón del Judío, la Playa de los Ingleses, Las tumbas de Noroña, la Playa de Perjuicio. Y un nombre muy singular: Las Tetas de María la Gorda, promontorio que se conocía como Vigía Antigua y ganó ese apelativo femenino, porque se asemeja al busto de una mujer.Uno de sus sitios turísticos más encarecidos, es precisamente la playa de María la Gorda. Dedicado al buceo, guarda una leyenda que se relaciona con tan sugestivo nombre. María la Gorda,  era hija de un  capitán español, que estableció en Guanahacabibes un campamento con el propósito de buscar el tesoro de la catedral de Mérida escondido, según afirma la tradición, en una cueva. El oficial murió, y su hija que lo acompañaba permaneció allí, edificó un poblado y se dedicó a abastecer de alimentos y otras productos, además de mujeres, a las tripulaciones que recalaban en la ensenada de Corrientes. Con el tiempo fue perdiendo esbeltez  y hermosura hasta ser llamada  María la Gorda. ¿Existió o es un mito? No se sabe. Solo sabemos que el nombre sobrevive sin que nadie se haya atrevido a cambiarlo, como probando que esa tierra fue refugio de piratas y fugitivos. Y tal vez de tesoros.