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PATRIA Y HUMANIDAD

POLVO DE ESTRELLAS EXTINTAS

POLVO DE ESTRELLAS EXTINTAS

Por Luis Sexto
Uno se pregunta qué es ser periodista en un mundo donde hay que preguntarse a cada rato si lo que veo, oigo o leo es verdad o simple ficción teatral. Y por lo cual uno puede deducir que los “periodistas mediáticos” –fíjense que no es lo mismo que periodista a secas- han venido derivando hacia una mutación que oscila entre el escenógrafo y el tramoyista, bajo el control genético de los grupos de poder político y económico.

El asunto es ya un plato común en el menú temático de la actualidad. Y escribo de él por una sugestión espontánea. Hace dos años,  se aposentó en mi bandeja de entrada el mensaje electrónico con el que una periodista y amiga boliviana compartía algunas de sus apreciaciones sobre  manifestaciones populares en  La Paz. “¿Sabes que la CNN sacó a su corresponsal de Irak para que venga a cubrir la “guerra” en Bolivia? Creo que los gringos están locos por mandarnos los Cascos Azules.” Y al imaginar el apresurado tránsito del infalible corresponsal de la CNN desde un frente caliente a “otro frente” más frío y local, intuí que fue a preparar el próximo teatro de operaciones si es que la Casa Blanca estimaba entonces que más apropiado que un golpe militar para vigilar y preservar la democracia en Bolivia, resultaría una intervención humanitaria.

Qué significa, pues, ser periodista en este mundo. No renuncio a repetir que el periodista, en la mayoría de los sitios habitables del planeta, es un personal auxiliar –directa o indirectamente- de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos y sus aliados. Y no es raza nueva. Una de sus células matrices surgió y prosperó en la guerra hispano cubana americana, en 1898, cuando el astuto William Randolph Hearst -propietario de la cadena “mediática” del mismo nombre- le dijo aproximadamente al presidente de los Estados Unidos: Prepare la guerra que yo pongo las justificaciones. Que consistían en publicar noticias presuntamente provenientes de sus enviados a La Habana con historias fraudulentas o manipuladas de modo que ante la opinión pública norteamericana se amontonaran las buenas razones para avalar una guerra del naciente imperialismo norteamericano contra el senescente colonialismo español. ¿Alguna diferencia con los preparativos de la campaña contra Irak o Afganistán?
 Ya desde entonces –preliminares del siglo XX- el periodista a lo Emilio Zola o a lo John Reed se viene transformando en una figura con olor a naftalina o a formol. Raramente algunos, que suelen ser de izquierda, son capaces de echarse a las espaldas una causa y defenderla con ingenio, coraje, verdad, como en el caso Dreyfus, o se arriesgan a ser testigo abnegados, verídicos, objetivos, de un “México insurgente” o de “diez días que estremecieron al mundo”, o apuestan a la denuncia de “los hombres del presidente”. Por tanto, ser hoy periodista de vocación, servidor de la verdad -sobre todo de la verdad de los de abajo, los escarnecidos y oprimidos- es un modo fuera de moda dentro de la llamada democracia occidental o burguesa, cuyos medios se han centralizado o concentrado tanto que sus fines de servicio público se frustran bajo la avalancha de intereses privados o corporativos. Raspen la piel de una red de periódicos o de televisoras, o en la propia web y verán los vasos sanguíneos de un monopolio –aunque ya la actualidad no admita este término- vinculado a troncos empresariales de múltiplo objeto y razones sociales.

Casi no existen opciones. Ahora predominan los “periodistas mediáticos”. Han empezado a ser una categoría infamante. Su autoestima se disuelve ante las cámaras y las palabras, porque “median” entre la verdad y la mentira, entre el terror y los aterrados, entre la guerra y los que la fomentan y se benefician con la destrucción y la muerte. Antonio Maira, imprescindible periodista a secas de Insurgente, ha inventado, a mi parecer, el verbo cipayear, que les encaja sin mayores regodeos. No escriben ni reportan, cipayean, en nombre de un crédito concentrado a base polvos de estrellas extintas.

Sin embargo, algún mérito tienen. Y si como ha aseverado García Márquez no pueden ganar el Pulitzer, por que a la larga se les descubrirá la falsedad, al menos habrá que concebir un premio que los distinga como encubridores de la vida. Será un premio de consolación. Los lectores, los radioescuchas, los televidentes e incluso los cibernautas, se percatan de que los medios son cada vez menos humanos, menos periodísticos y más publicitarios y propagandísticos. Menos fieles a la vida y a la verdad. Y se apartan decepcionados. Lo ha detectado en el 2004 un estudio de la Universidad de Columbia: “Por ejemplo, la circulación de los periódicos norteamericanos -excluyendo los publicados en español- ha experimentado un retroceso del once por ciento desde 1990, mientras que en la última década las audiencias de los telediarios de las grandes cadenas se ha visto reducida en un 34 por ciento.”

En consecuencia, especialistas como Ignacio Ramonet sostienen que, a cambio de una prensa “mediática” engañosa y manipuladora, los usuarios –iba yo a escribir consumidores- están optando progresivamente por los bloggers y sus sitios personales en Internet. Estas webs domésticas no son masa pura; nadie puede atestiguar su veracidad dentro de una barahúnda de notas, juicios, diarios íntimos, artículos, noticias avaladas tan solo por un nombre que puede no significar lo que afirma ser. No obstante, los internautas –lectores de cristal, a fin de cuentas- prefieren la exageración o lo improbable dicho con sinceridad, sin intenciones de lucro o sin pasión crematística, al parloteo vicioso de los medios. Los bloggers, al menos, regalan una pista. Donan la duda.

De cualquier modo, el mundo necesita de los periodistas a secas. Y si uno, periodista, se pregunta cómo ser periodista hoy, no habrá titubeos en la elección: habrá que elegir el camino del Hombre, guiados por una vocación de servicio, exaltando y defendiendo los intereses humanos por encima del morbo, la hipocresía y una subjetividad tramposa. El periodismo implica construir: ayudar a edificar un mundo donde la harina de trigo sirva para cocer el pan para todos y no para moldear los ladrillos en los rascacielos de la ignominia.

A veces la existencia familiar depara lecciones imprevistas, y las respuestas a los más punzantes problemas aparecen en la pantalla menos sospechosa. El menor de mis hijos, apenas con siete u ocho años, me vio un día concentrado, más bien angustiado, sobre las teclas de mi máquina. Se me acercó, y dijo: Sé valiente, papá; escribe duro. Quizás no hay otra receta para mantenerse atrincherado en la honradez.
 

MISTER PELIGRO ANTE EL ESPEJO

MISTER PELIGRO ANTE EL ESPEJO

Por Luis Sexto 

La literatura trasciende el placer estético, el entretenimiento. También se convierte en trinchera, rompeolas, cañón. Compromiso social y político. Lo sabemos. Y Hugo Chávez nos lo recordó el pasado año en La Habana cuando, en un discurso en el IV Encuentro Hemisférico de Lucha contra el ALCA, se refirió a los Estados Unidos con el nombre que el novelista venezolano Rómulo Gallegos asignó al personaje de origen norteamericano en su novela Doña Bárbara: Mister Danger. O lo que es lo mismo: Señor Peligro.

Don Rómulo,  que fue electo presidente de Venezuela  en 1947 y derrocado por un golpe militar un año más tarde, si hubiera oído a Chávez, se habría erguido sobre las manquedades de su recuerdo y lo habría llamado con ternura: hijo mío. Como José Martí a Rubén Darío. Estas cosas, por improbables, místicas, esotéricas que parezcan, encajan en la lógica del patriotismo, de la lucha política, de la vocación por la utopía. Porque Chávez es un continuador de aquellas esperanzas de subversión y mejoramiento de la realidad que el novelista del llano venezolano plantó con su novela bronca, áspera, entre las bostas de la economía ganadera. Y porque también el actual presidente de Venezuela ha puesto oídos receptivos a aquellos avisos que Doña Bárbara tiró al aire latinoamericano en las imágenes simbólicas de la literatura.

Nadie podrá transformar el presente sin conocer y tener en cuenta el pasado. Y la literatura, en particular las obras clásicas, asumen el tiempo con la luz intermitente de los faros: siempre de vigía, trasmitiendo mensajes de alerta sobre los escollos o anunciando el rumbo a puerto ante un temporal. Y Doña Bárbara, a pesar de cualquier insuficiencia de su visión socio literaria  al oponer -a ejemplo de Sarmiento con Facundo- la puja entre civilización y barbarie, ley y anarquía, como la esencia del conflicto social en Venezuela, ha sabido alumbrar el futuro desde el pasado. Considerada una de tres “novelas ejemplares” -entre las cuales el revolucionario y ensayista cubano Juan Marinello incluye a La Vorágine, del colombiano  Eustasio Rivera, y a Don Segundo Sombra, del argentino  Ricardo Güiraldes-  Doña Bárbara  es ejemplar no solo por la maestría estilística de Rómulo Gallego, por su  seductora composición formal, sino además porque, si en su tesis no supo enfocar el latifundismo, la geofagia, la opresión de fusta y revólver como signos de la dominación de clase, detectó, definió, señaló y nombró a Mister Danger, el norteamericano intrigante que atiza conflictos con la intención de adueñarse de la riqueza de sus vecinos. El Señor Peligro es el enemigo que espera. El enemigo que conspira. El enemigo que finge adormecerse como un yacaré, un caimán.  El peligro hecho dentellada. El yanqui.

Chávez habló además, en aquel  discurso, de la Dama Imperial. La metáfora corresponde a Condoleeza Rice. Lástima que el respeto por una mujer, aunque sea la secretaria de Estado de Mister Danger, no le haya permitido, quizás, llamarla con el título exacto, el mismo que sugiere la novela de Gallegos: Doña Bárbara o la Dama de El Miedo. El Miedo, sea dicho para quienes lo haya olvidado, es el nombre de la finca voraz de doña Bárbara, el personaje criollo, duro, dominante y dominador. La Casa Blanca del llano.

Pero el nombre  no resulta  básico para evitar la muerte. Lo primordial es identificar los portadores de la muerte. Y Gallegos, el presidente víctima de un cuartelazo en cuyos preliminares seguramente gateó la embajada de los Estados Unidos, en 1948, identificó el enemigo de fuera y de dentro. Y en su alegoría clásica sobresalen nítidamente los perfiles de  Doña Bárbara y de su manipulador el rubio y dinamitero Mister Danger.

 Medio siglo antes, el periodismo profético y literario de José Martí había anticipado una definición sobre los gérmenes imperialistas que engordaban en la sociedad norteamericana mezclando el apetito legítimo de desarrollo y bienestar, y las ambiciones de espuria justificación. Allí, en los estados Unidos, decía Martí, viven personas y grupos que “creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘esto será nuestro, porque lo necesitamos’” Personas y grupos que “creen en la superioridad incontrastable de ‘la raza anglosajona contra la raza latina’ ”. Que “creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan”. Que “creen que los pueblos de Hispanoamérica están formados, principalmente, de indios y negros”. Martí escribía esto dentro de la Conferencia Monetaria de lasa Repúblicas de América de 1891 -el primer antecedente del ALCA- donde Washington abogaba por una sola moneda. El cubano angustiado por Cuba y su tronco latinoamericano se preguntaba entonces para responder negativamente: “¿Conviene a Hispanoamérica la unión política y económica con los Estados Unidos?”Hoy, la pregunta es la misma. Nada ha cambiado. Y si algo ha cambiado ha sido para empeorar, intesificar los riesgos de nuestros pueblos. Nos lo hacen notar, en obras que reivindican el papel de la forma para defender la verdad y la justicia revolucionarias, José Martí y Rómulo Gallegos. Y nos lo advierte nuevamente Hugo Chávez, en un discurso en el que la literatura, la cultura, se  reivindican como insuperables espejos donde asoma la imagen nunca desmentida de Mister Danger, El Miedo, y el derecho bárbaro de los que no respetan ningún derecho, aparte del de ellos.

LOS LIBROS QUE EL CHE LEÍA EN BOLIVIA

LOS LIBROS QUE EL CHE LEÍA EN BOLIVIA

Por Luis Sexto

Más de una vez, periódicos cubanos han publicado una foto donde el Che Guevara aparece leyendo en algún lugar  de la Sierra Maestra.  Transcurría entonces el año de 1957 o 58. Y el joven médico argentino ya había decidido su opción definitiva: había entregado su maletín asistencial y graduado como avezado guerrillero, jefe de una columna rebelde en la campaña contra la dictadura de Fulgencio Batista.  Fue el primer combatiente en ostentar los grados de comandante después de Fidel Castro.

La foto demostraba que si el médico había renunciado a la medicina, el revolucionario seguía aprendiendo en la escuela portátil y  a la vez permanente de los libros, porque curar pueblos de una enfermedad llamada opresión requiere también de un aprendizaje teórico, de un ancho fondo de cultura, que para el Che significaba, más que instrucción o conocimiento, conciencia para sí y para otros, capacidad de asociar fenómenos disímiles, actitud y conducta depuradas en una ética personal que excluyera las formas y las expresiones groseras. No evoco ni puedo imaginar al Che de otra manera que no fuese dirigiendo incluso sus modales por normas de respeto hacia sí mismo y hacia los demás, aun vestido con los harapos de sus campañas guerrilleras. 

Ni sus obligaciones como Presidente del Banco Nacional de Cuba, ni como Ministro de Industrias del Gobierno Revolucionario, lo privaron de su diálogo con los libros. ¿Cómo, si no en meditación y lectura  constantes, podía escribir cuartillas tan agudas y hondas como El socialismo y el hombre en Cuba, o intuir que el llamado socialismo real en Europa no era el estreno de armas nuevas y sí el uso de otras ya melladas? No voy a insistir en lo sabido. Solo hacer recordar que cuando partió al Congo en su primera misión internacionalista desde Cuba, también  los libros ocupaban espacio en su tiempo.

Bolivia no fue excepción. Esto, quizás sea menos conocido. Entre la papelería que le ocupó el ejército boliviano y que se conserva hoy en la bóveda de seguridad del Banco Central en la Paz, existen cinco hojas con una lista de títulos que posiblemente iba a leer en los momentos de vivaqueo de la campaña, o ya había leído, y también  una relación de libros, distribuida mes por mes desde noviembre de 1966 hasta septiembre de 1967, presuntamente por leer en cada período. Al repasarla, se nota que según las circunstancias se agravaban para el grupo guerrillero, el número de libros disminuía. Precisando, en dos hojas aparecen 49 títulos, como una enumeración general, y en las otras tres,  60 títulos distintos a los enumerados antes –salvo dos, el de Luis Peñaloza y el de Ramírez Velarde- y como ya expuse, distribuidos por meses.

Supe de la existencia de estos documentos en 2005. Tal vez deba reprocharme –yo, periodista-  la tardanza en saberlo. Estaba  una noche de mes de agosto de ese año en la casa del historiador y periodista Carlos Soria Galvarro, en la capital boliviana, y el sagaz y consagrado colega me entregó un texto propio comentando estos libros. Él, estudioso de la presencia del Che en Bolivia, autor de siete volúmenes sobre este tema que parece no agotarse, había podido fotocopiar las hojas en una visita al nicho blindado donde se guardan. También, en 2002, Soria había entrevistado a Harry Villegas -Pombo-, uno de los sobrevivientes cubanos del destacamento guerrillero del Che, y este le había confirmado que, en efecto, el Che portaba libros en su mochila, distribuía otros en las mochilas de sus compañeros, y guardaba los más en los escondites dispuestos para conservar alimentos y medicinas. 

Soria aclara, además,  que en la mochila del Che al momento de caer herido había cinco libros –Crítica de la Economía Política, de Carlos Marx; Ensayos sobre las teorías del capitalismo contemporáneo, de S.R. Vigosky; Ils arriventg, de Paul Carrell (en francés); Geometría Analítica, de Philiips, e Historia Económica de Bolivia, de Luis Peñaloza.  “Solo este último  -y además Socavones de angustia, de Ramírez Velarde, advierte el autor de esta nota- figura en las listas” aparecidas entre sus papeles. Ello, supone Soria, “refuerza la idea de que ellas no eran un inventario completo de los libros de la guerrilla”.

Pero, si los documentos del Che se atesoran y custodian celosamente, los libros desparecieron, “lo más probable –deduce Soria- como trofeos de guerra”. “Al parecer nunca llegaron al archivo castrense, por tanto no es posible completar datos bibliográficos, lugar y fecha de edición, número de páginas, etcétera.”

Lo primordial, a mi juicio, es que esas listas evidencian que el Che jamás podrá convertirse en un mito, en una imagen grabada en un pulóver, o en una referencia enciclopédica despojada de su renovadora visión del mundo y la civilización contemporánea o en una síntesis biobibliográfica que prescinda de la ética del Che, tan filosa como la de los antiguos ascetas cristianos. Desde su ya larga muerte, se nos revela como una presencia carnal en la ejemplaridad de su conducta. Ante esa regla que consideraba los libros objetos fundamentales, imprescindibles aun en las circunstancias menos propicias, los revolucionarios hemos de creer que, de no actuar así, como el Che, permaneceremos en el precario sostén de un peldaño inferior.

La cultura ha de ser nuestro equipaje primordial. Y sobre todo la cultura como la entendía el Che: manifestación de lo universal, lo abarcador, lo curioso, paciente y abnegado.Los títulos que planeó leer, o leyó, en Bolivia, confirman la ilimitada libertad de su intelecto. Sin prejuicios. Sin esquemas mutiladores. Benedeto Croce por un lado y Trotsky y Stalin por el otro;  Lenin aquí y al lado De Gaulle; Cortázar y Erasmo;  Rubén Darío y Grahan Greene… Lo mismo la filosofía que la historia,  la medicina que la literatura de ficción, la sociología que la geometría…

Estas son las listas. Literalmente.  Los signos de interrogación entre corchetes son de Carlos Soria, cuando la “letra de médico del Che” le impidió transcribir con certeza:

La historia como hazaña de la libertad –B. CroceP. Rivet –Los orígenes del hombre americano Memorias de guerra –general De Gaulle Memorias –Churchil Fenomenología del Espíritu –Hegel Le neveu de Rameau –Diderot La revolución permanente –Trotsky Nuestros banqueros en Bolivia –Margarita Alexander Marsh El lazarillo de ciegos caminantes –Concolocorvo Descripción de Bolivia –La Paz 1946 El hombre americano –A. d’Orbigny Viaje a la América Meridional  –Buenos Aires El pensamiento vivo de Bolívar –Fombona Aluvión de fuego –Oscar Cerruto El dictador suicida –Augusto Céspedes La guerra de 1879 –Alberto Gutiérrez El Iténez salvaje La Paz –Luis Leigue Castedo Tupac Amaru el rebelde –Boleslao Lewin El indoamericanismo y el problema social en las Américas –Alejandro Lipschutz Internacionalismo y nacionalismo –Liu Shao Chi Sobre el proyecto de constitución de la R.P. China Informe  de la misión conjunta de las Naciones Unidas y organismos especializados para el estudio de los problemas de las poblaciones indígenas andinas, O.I.T. Ginebra 1953 Monografía estadística de la población indígena de Bolivia –Jorge Pando Gutiérrez Historia económica de Bolivia –Luis PeñalozaSocavones de angustia –Fernando Ramírez Velarde La cuestión nacional y el Leninismo –Stalin El marxismo y el problema nacional y colonial Petróleo en Bolivia Historia del colonialismo –J. Arnault Teoría general del estado –Carré de Malberg Diccionario de sociología –Fairchild Pratt Heráclito, exposición y fragmentos –Luis Forie /?/ El materialismo histórico en F. Engels. R.Mondolfo Nacionalismo y socialismo en A. Latina /?/ Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel –MarxLudwig Feurbach y el fin de la filosofía clásica alemana –Engels El desarrollo del capitalismo en Rusia –Lenin Materialismo y empiriocriticismo –Lenin Acerca de algunas particularidades del desarrollo histórico del marxismo Cuadernos filosóficos –Lenin Cuestiones de leninismo –Stalin La ciencia de la historia –John D. Bernal Lógica –Aristóteles Antología filosófica  (la filosofía Griega) José Gaos Los presocráticos. Fragmentos filosóficos de los presocráticos –García Bacca De la naturaleza de las cosas –Tito Lucrecia Caro El filósofo autodidacto –Abuchafar /¿?/ De la causa, principio y uno –Giordano Bruno El príncipe –Obras políticas –Maquiavelo 

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El embajador. Morris West Orient Express. Grahan Greene En la ciudad. William Faulkner La legión de los condenados. Luen /?/  Hazle Romancero Gitano. García Lorca  Cantos de vida y Esperanza. Rubén Darío La lámpara maravillosa. Del Valle Inclán El pensamiento de los profetas. Israel /?/  Matuk Raza de bronce. Alcides Arguedas Misiones secretas. Otto Scorzeny El cuento boliviano –Selección La Cartuja de Parma. Stendal (sic) La física del siglo XX. Jordan La vida es linda, hermano. N. Hikmet Humillados y ofendidos. F. Dostoyevsky El proceso de Nuremberg. J.J. Heydeker y J. Leeb La candidatura de Rojas. Armando Chirveches Tiempo arriba. Alfredo Gravina  Memorias. Mariscal Mongomery La guerra de las republiquetas. Bartolomé Mitre Los marxistas. C. Wright Mills La villa imperial de Potosí. Brocha Gorda (Julio Lucas Jaimes) Pancho Villa. I. Lavrestski La Luftwaffe. Cajus Bekker La organización política. C.D. H. Cole De Gaulle. Edward Ascroft 

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La Nueva Clase. Milovan Djilas El joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista. G. Lukaks Juan de la Rosa. Nataniel Rodríguez /sic, por Aguirre/ Dialéctica de la naturaleza. Engels Historia de la Revolución Rusa. I Trotsky 

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Categorías del materialismo dialéctico.  Rosental y Staks /sic/ Sobre el problema nacional y colonial de Bolivia. Jorge Ovando Fundamentos biológicos de la cirugía. Clínicas Quirúrgicas de Norteamérica Política y partidos en Bolivia. Mario Rolón La compuerta No. 12 y otros cuentos. B. Lillo 

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La sociedad primitiva. Lewis H. Morgan Historia de la revolución rusa II. Trotsky Historia de la Filosofía I. Dynnik Breve historia de la revolución mexicana I. Jesús Silva Breve Historia de la revolución mexicana II. J Silva Hertzog Anestexia.Clínicas Quirúrgicas de Norteamérica 

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La cultura de los Inkas. Jesús Lara Todos los fuegos el fuego. Julio Cortázar Revolución en la Revolución. Regis Debray La insurrección de Tupac Amaru. Boleslao Lewin Socavones de Angustia. Fernando Ramírez Velarde 

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Idioma nativo y analfabetismo. Gualberto Pedrazas J. La economía argentina. Aldo Ferrer En torno a la práctica. Mao Tse Tung  Aguafuertes porteños. Roberto Artl Costumbres y curiosidades de los aymaras. M. L. Valda de J. Freire  Las 60 familias norteamericanas. Ferninand Lundberg 

5/67

Historia Económica de Bolivia I. Luis Peñaloza  La psicología en las fuerzas armadas. Charles Chadenois /?/ 

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Historia Económica de Bolivia II. Luis Peñaloza  Elogio de la Locura. Erasmo 

8/67

Del acto al pensamiento. Herni Wallon 

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Fuerzas secretas. F. O Nitsche /?/           

LOS SUEÑOS, MOTOR DE LOS REVOLUCIONARIOS

LOS SUEÑOS, MOTOR DE LOS REVOLUCIONARIOS

Por Luis Sexto

En la estrecha soledad de una celda, el poeta y dramaturgo uruguayo Mauricio Rosencof confirmó la perdurabilidad del único dogma literario que ha resistido el tiempo: la poesía no puede ser encarcelada.Libre desde hace 20 años, Rosencof, de 73, continúa escribiendo y de vez en cuando recordando cuando, en 1972, junto con Raúl Sendic y otros siete miembros del movimiento Tupamaros, el régimen militar lo confinó a una ergástula de dos metros de ancho por un metro de largo. Allí permaneció trece años, hasta 1985, acompañado tan solo de un camastro y un tosco recipiente donde oficiaba sus más apremiantes urgencias fisiológicas. Si sobrevivió al aislamiento y la tortura fue gracias a que la imaginación –como el Hada Madrina viste de reina a Cenicienta- convirtió en poesía la opresiva circunstancia que lo acosó con la lentitud de lo que parecía nunca terminar.

“Cada mañana me levantaba conversando con mis camaradas, insultando a mis verdugos y luego paseaba con mi mujer por el malecón: así logré permanecer vivo, porque los sueños son el motor de los revolucionarios.”

Lo conocí en La Habana, recién liberado. Su pelo, blanco; rostro avejentado, que paradójicamente conservaba cierto fulgor de adolescente. Mientras bebía mate en una bombilla que había traído de Montevideo, me contó detalles de su prisión. En su celda escribió poemas y obras de teatro. Objetivamente no podía hacerlo. Sus carceleros se lo tenía vedado, y varias obras viajaron a las cenizas. Pero algunos de sus textos pudieron esquivar el destino del fuego, burlando la vigilancia en los dobladillos de la ropa usada. Así escaparon indemnes las estrofas que integran sus libros Conversaciones con la alpargata y Canciones para alegrar a una niña.

La poesía, en verdad, no puede ser jamás encarcelada.

Sin embargo, no concedía mucho valor individual a su resistencia, a su empeño por mantenerse vivo sin que se resquebrajaran su dignidad, su moral y su fe.

“El Hombre tiene reservas inagotables, siempre puede dar algo más, porque cuando llega al fondo del pozo, comienza a escalar nuevamente. No hay derrota, solo lucha.”Me confesó, además, que cada ser humano lleva un testigo dentro de sí mismo. Cuando lo torturaban sintió siempre la presencia de su hija. “Si yo no resisto –se decía- ella sabrá que yo flaqueé.”

Nacido el 30 de junio de 1933, Mauricio Rosencof apareció en la literatura latinoamericana en 1960, cuando el grupo teatral uruguayo El Galpón estrenó su pieza El gran Tuleque. En lo adelante se sumaron Las ranas (1961), Pensión familiar (1963)  La valija (1964), La calesita rebelde (1966). En este último año recorrió el norte de Uruguay. Fue testigo de la miseria de los trabajadores de los arrozales y cañaverales, y conmovido por esa visión publicó en 1969 La rebelión de los cañeros, libro de crónicas, y otra pieza teatral: Los caballos.

Al ser liberado en 1985, escribió Memorias del calabozo, en coautoría con Eleuterio Fernández Huidobro, el prisionero más cercano dentro de la soledad de la cárcel. Su catálogo bibliográfico inscribe unos 25 títulos, piezas de ficción, y testimoniales. Entre las más recientes destacan Las cartas que no llegaron (2000) y Las agujas del tiempo (2003).

“Mi teatro – me dijo aquel día en La Habana- se aproxima al de Máximo Gómez, pero también se asocia, en cuanto a actitud, al de Ionesco. Es decir, toco diversas cuerdas, y mis obras adoptan formas momentáneas, la que más corresponda al sentimiento que quiero comunicar.”

Entre los dramaturgos, Rosecof  prefiere al uruguayo Florencio Sánchez. “Por nuestro, y por su afán de testificar una época y reflejar los conflictos sociales de su momento. El primer compromiso de un escritor es como hombre. Ahora bien, en cuanto a la literatura el compromiso debe ser escribir bien, pero vinculándose a su gente, a sus pobres. Mi elección es definitiva: la literatura para mí  es un medio más para luchar por mis ideas políticas y sociales.”

“EL PRESIDENTE DEL MUNDO”

“EL PRESIDENTE DEL MUNDO”

Por la Lic. Rosa Maria Hernández

Una colaboración desde República Dominicana

Cuando recorremos con las miradas, hurgando en los hechos y acciones que envuelven la humanidad, tenemos que admitir que estamos ante la presencia omnipresente y omnipoderosa del “Presidente del mundo”.

Un Presidente Universal, con pocas letras en su nombre, pero con una capacidad ilimitada de expandirse. Es especie de  virus mundial incontrolable. Entra y sale cuando quiere de los territorios. Emprende y reprende a quien incluye en su larga lista “de terroristas”.

Un mandatario  que no conoce límites ni  fronteras, para quien no se escribieron algunos artículos de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, para quien el derecho de los seres humanos no cuenta en su integridad y respeto.

Un monstruo disfrazado de hombre para quien Dios hizo a los seres humanos desiguales aunque, en especial uno por encima de los demás, él, quien no escucha las voces de las mayorías, ni menos la de su propio pueblo.

Nadie votó  para escogerlo como “Presidente del planeta” pero él lo es por decisión propia ante la mirada indiferente de la mayoría, la actitud  solidaria de otros y la renuencia y rebeldía de unos pocos (Cuba, Venezuela, Irán, Bolivia, por ejemplo).

Para ese “Presidente del mundo”, los organismos internacionales son figuras decorativas que en muchas ocasiones utilizas a su antojo y pasa por encima a sus decisiones. Pero es que  “Presidente del mundo”  también se atribuye la función de ser juez del planeta.

Investiga donde quiere, castiga como quiere y establece sus cárceles- prisiones donde quiere, sin explicación para nadie, con modernas formas de torturas que solo ellos conocen y donde solo se muestra y dice lo que él y sus títeres quieren que sé conozca, su parte diminuta de la verdad.¿Que hay de los otros, de sus voces? ¿Enmudecieron todos los demás países ante este juez del planeta que decidió aplicar la justicia que él quiere? Unos pocos hacen frente en el otro extremo, pero son los menos ante todos los que permanecen indiferentes.

Tal parece que es más conveniente y fácil adoptar una postura de flexibilidad y genuflexión  ante el protagonista del momento, mientras siguen los privados de libertad sin derechos a defensa porque han sido marcados con el signo de terroristas, claro algunos podrían serlos, pero hay muchos inocentes con graves acusaciones.

El mayor terrorista de la humanidad es el Presidente del mundo y se sienta en la silla de juez del planeta. Los acusados los decide él, los juzga él y los condena él sin derechos a réplica, ni defensa. ¿Hasta cuándo existirá el silencio? ¿Cuándo un basta ya, con acciones que vayan hacia todos los puntos cardinales? ¿Cuándo la humanidad caminará por la calle amplia de la libertad y el respeto de las fronteras que definen en cada espacio como personas especiales en cada territorio?

¿Es qué la globalización trajo consigo, además de todos los percances, un Presidente global para la humanidad? ¿Será eso? Me niego aceptarlo, me niego a creerlo.Utilicemos más a la mayoría para decidir el destino de nuestros pueblos. Es tiempo más que suficiente para que la minoría deje de controlar la humanidad. Asumamos nuestro rol en la historia, somos más, y realmente  ¡otro mundo mejor he posible!

(Enviado por el periodista Félix Bretón)

CUBA EN UNA VOZ

CUBA EN UNA VOZ

 Por Luis Sexto

Me pide usted alguna canción de aquellos tiempos de mis 22 años. Y podría decirle que todo lo de Nino Bravo. Ese que grita por Noelia, o que lleva un beso y una flor por equipaje. Qué dulcemente cursi fui cuando mi corazón se henchía releyendo cartas amarillas. Y qué más le podré decir de aquella música, además de haber oído
algo de Shumann -el romántico-clásico-, y  de Lecuona, de Ankermann, de todo ese lirismo cubano que cada vez que lo oigo me remueve el corazón en un vaivén de nostalgia y acendrado patriotismo. O La Bayamesa de Céspedes, bajo el balcón de Luz Vázquez, la vecina de pelo negro y ojos límpidos del Padre de la Patria. Y también oía a Gardel, en particular en aquella canción tango o tango canción sobre la que murió en mis brazos, cerrando los ojos en la emigración injusta mientras el mundo seguía andando. O del día que me quieras añorado y nunca conquistado.

Pero los cubanos llevamos, sobre todo, una voz en la memoria. Nadie la olvida. Y su timbre pasa de padres a hijos como una herencia de cultura y mística patriótica. Nos identificamos con esa voz. Sentimos como un eco del sol y la lluvia, del azul y el verde del paisaje insular. Un eco del fuego y la sangre, del pasado y el futuro, de la cordialidad y la independencia de nuestra historia. Y nos quitamos el sombrero al oírla: es la voz de Benny Moré. Ningún músico cubano -en país de músicos suficientes e inspirados- ha concentrado sobre su recuerdo tanta incidencia de la añoranza y la valoración, del elogio y el afán de permanencia. Tan vigente está que cualquiera puede preguntar: ¿Dónde canta hoy?

Músico intuitivo, portador de una personalidad ritmática, desenfada, chispeante, el Benny  encarna la expresión sintética de toda la historia de la música cubana. Desde lo campesino a lo bailable, desde el cabaret hasta el teatro, desde el salón hasta el barrio. Único, insustituible, nadie como él pudo captar la esencia popular, ni convocar la sensibilidad de las masas, con sus movimientos improvisados en una originalidad inimitable, ni dirigir su Banda Gigante con la sola ciencia del oído.

Cohabitan en su voz todos los registros del sentimiento y el frenesí. Lo cubano  -pudo decir él- soy yo. En  mí naufragan o despegan la alegría y el dolor, el amor y el despecho, el desenfreno y la contención. Pudo haberlo dicho sin ofender la modestia y sin deslizarse por la desmesura tan recurrente en nuestro carácter nacional. Fue, ante todo, un músico pobre. Deambuló por bares y esquinas, poniendo su sombrero ante el trasnochado buscador de la felicidad, para recibir unas monedas, como un antiguo juglar o trovador. Más tarde, en la década del  1940, integró uno de los tríos más célebres de Cuba, dentro y fuera del país, el Matamoros. Luego viajó a México. Se juntó allí con Pérez Prado, otro cubano que acababa de dar un ritmo clásico en América: el mambo.

En 1953, Benny Moré fundó su orquesta, con formato de jazz band. Banda Gigante la llamaban en la publicidad de la fama. Y el genio fundador y director, en su decir compañero y familiar, se refería a ella como La tribu. En lo adelante, bastarán diez años para que plantara su leyenda en el alma del pueblo. Lo que el Benny cantaba solía ser  único, inigualable, inmortal. En 1963 falleció. Tenía 42 años, edad con la cual aún se eleva el hombre a la condición de predilecto de los dioses. Y ha sido más. Un símbolo. Todos los años, en septiembre y en su natal Santa Isabel de las Lajas, en la provincia centro sureña de Cienfuegos, se celebra, como un culto pánico, un festival en su memoria, con participación de destacados músicos nacionales y extranjeros.

 Dejó, por supuesto, los deseos enormes de tenerlo siempre cerca. Biografías, novelas, discos, programas radiales, documentales de la Televisión lo mantienen vivo con la vitalidad de lo que no se toca ni se ve. Solo se oye. En estos días, una película de ficción  recrea la vida del el Benny. Y la cauda de su voz despide una estela cósmica donde se entrelazan la nostalgia y la presencia. Lo temporal y lo eterno.

 ¡Silencio! Que va a cantar el Benny. Y yo, desde mis 22 años irrecuperables, lo escucho.

  

ALEGATO POR MI OFICIO

Por Luis Sexto

De los periodistas podríamos hablar el año entero. ¿No hemos sabido acaso de  periodistas mexicanos asesinados recientemente por ejercer su profesión sin doblegarse ante el soborno y la amenaza, y un tanto más atrás de otros que perecieron en cualquier parte del mundo donde practicar el periodismo honradamente es meter las manos en un fuego atizado por la opresión, la criminalidad, el terrorismo de estado?En cierta jornada de rastreo en la Internet, ya tan común en nuestra vida, leí que la profesión periodística es la segunda más peligrosa del mundo. Las estadísticas acusaban que escribir sobre la sociedad humana, sus verdades y sus conflictos podía conducir a la muerte. Y muerte de bala. De crimen. Y también por accidente. Solo los pilotos de prueba –esos cobayos del aire- afrontan más peligro que los periodistas.

Ante el dato, puede uno adoptar disímiles posiciones: creerlo, no creerlo; temer o no temer. Por mi parte, al conocer por fuente fiable que yo, periodista, podía alguna vez ser víctima de la peligrosidad que ronda a los de mi oficio, admití que era verdadero el hallazgo estadístico. Y nada novedoso. Porque yo mismo, en alguna ocasión, había experimentado el riesgo por buscar una historia o un personaje. Como aquel día, en San Cristóbal. Escalaba la Sierra del Rosario hacia la finca cafetalera de quien, según noticias, poseía una historia capaz de interesar a los lectores de Bohemia. Y al cruzar un río crecido, el agua que bajaba en torrentera de lo más alto de la serranía casi me echa a navegar hacia los hielos eternos.

Esa aventura es una de mis condecoraciones morales. Y resulta un recurrente talismán contra el desaliento el saber que la profesión que ha sido el gusto principal de mis ocios, la misión primordial de mis deberes y la concreción cotidiana de los principios solidarios entre los cuales he crecido, nos reclama, a veces, hasta la existencia. He sido, junto con mis colegas, de aquí y de allá, un privilegiado.  Sí, colegas: la posibilidad de morir haciendo nuestro oficio es como un acto de supremo servicio. Y me parece que nuestros dedos, nuestra mente, son instrumentos que ofician un culto de servicio al Hombre. ¿Romántico? En efecto, romántico. Y a mi parecer quien no asuma el periodismo con esa actitud romántica presumiblemente no logre practicarlo con vigor, ira, amor, solidaridad y desprendimiento.

En estas cosas pensaba hace dos semanas cuando, invitado por la Unión de Periodistas  de la provincia de Villa Clara, asistí, en Remedios -mi municipio natal- a un encuentro de periodistas que habían sido corresponsales de guerra junto a las tropas internacionalistas cubanas.  Rendíamos tributo, como todos los años, a Tony, un enviado del entonces periódico Bastión muerto en Angola. Ante su lápida, la emoción más recurrente nos cimentaba la certeza de que allí, un hombre, un joven, convertido en una columna de polvo humano, vivía su muerte en la Historia.  

La cita ahora es inevitable. Ryszard Kapuscinski asevera que el periodismo no es una profesión apta para cínicos. Con lo cual, el autor de libros capitales del periodismo literario –hecho pasión,  sangre,  arte- admite que el oficio periodístico necesita como ejecutor una buena persona. Y es comprensible. ¿Puede acaso uno arriesgar la vida por una verdad, una historia, un personaje si no posee la entereza de seguir una vocación que entraña la posibilidad del martirio y que ningún dinero puede pagar, porque el dinero la mancilla y contamina? Y si mencionamos a Kapuscinski, elegido como el periodista primordial del siglo XX, habrá que evocar a John Reed, merecedor también de ese título, por reportajes capitales como Diez días que estremecieron al mundo, o México insurgente, compuestos entre las balas de una ciudad en revolución o el polvo de las llanuras mexicanas sembradas de sables inmesericorde, o aquellos en los que el reportero se hacía meter preso para entrevistar a los líderes encarcelados de una huelga. En esos periodistas, y en tantos más, como nuestro Pablo de la Torriente, latía la lumbre de una vela que se consumía en el empeño de ver, oír y escribir para que, luego, en la urgencia limitadora de un despacho cablegráfico, o en las letras más meditadas de un libro, el resto de los seres humanos vivieran un fragmento de la Historia, único, irrepetible, pero transferible por la osadía y la abnegación de un periodistas que, olvidándose de sí mismo, vivía para luego hacer vivir a los demás.

¿Qué somos, nosotros, periodistas no mediáticos, si no inmediatos abanderados de la sociedad?  Somos puentes. Somos enlaces. Mejoradores de la existencia. Heraldos del  mundo nuevo. En un momento de limpieza y claridad profesional, la española Maruja Torres nos asignó los instrumentos: una voz narrativa, un punto de vista y una ética. Parecen instrumentos endebles. Su poder es, en verdad, incalculable porque nuestras cámaras pueden captar nuestra muerte, y en nuestras manos podemos apretar, con la rigidez de lo inapelable, los papeles que dirán a los vivos: nos hemos ido, pero estamos ahí, en ese jirón de palabras entrecortadas, en esas fotos humeantes, en ese trazo que grita por la justicia, enviando, para siempre, la esperanza de que sobre la ruina se alzará el triunfo solidario de un mundo compartido. Entre todos.   

LAS RAYAS DEL TIGRE

LAS RAYAS  DEL TIGRE

Por Luis Sexto
Luis Posada Carriles actuó como habitualmente actúan los seres humanos: suelen regresar a la casa del padre. El hogar paterno –lo sabemos- es una especie de retaguardia segura, abierta, y ante el fracaso, cuando en ningún sitio nos quieren, uno suele volver al nicho de nacimiento y formación. ¿Le negará W. Bush el amparo paterno? ¿Lo abandonará negándole el asilo político o de cualquier otro tipo que le pide esa criatura engendrada por la CIA?

 

Podrá haber muchas respuestas. Unos apostarán al sí; otros al no. Y a mí, que me gusta meter las manos en el fuego, contaminarme con las dudas, arriesgar el prestigio en una palabra, me parece que ya obtuvo el asilo. Si no el oficial, el otro, esto es, la anuencia, la vista gorda, el dejar hacer. Lo recibió desde cuando ingresó en territorio norteamericano y se ubicó en Miami. En esa ciudad plana y acuática, habitáculo también de terroristas y drogas, habrá de estar alguna vez, libre y pendenciero. Miami es el paraíso de los hijos pródigos. Ningún cubano que alguna vez haya servido a los Estados Unidos, en nombre de cualquiera de sus sucesivas administraciones desde 1959, tiene prohibido entrar y residir en Miami, aunque el mundo esté lleno de carteles con una cara fosca, propia de las carpetas de Lombroso, y debajo la demanda del Viejo Oeste: Se busca..

Miami es la casa del padre. No necesito presentar a Luis Posada Carriles. La prensa mundial lo conserva hace años en sus archivos. Y entre sus faenas más reconocibles nadie duda de su participación –como autor intelectual y suministrador de medios- en la voladura de una nave de Cubana de Aviación, en 1976, que estalló unos 20 minutos después de alzar vuelo de Brigetown, Barbados, en su habitual ruta comercial. A bordo transportaba los tiradores del equipo juvenil cubano de esgrima y otros viajeros de diversas nacionalidades.

Recientemente, en el 2000, fue acusado en Panamá de preparar un atentado contra la vida de Fidel Castro en la universidad de la capital del istmo. Condenado, la presidenta Mireya Moscoso lo amnistió antes de abandonar la presidencia, como regaló a la millonaria "confederación terrorista" llamada Fundación Nacional Cubano Americana, y en acatamiento al gobierno invisible de los Estados Unidos. Mucho antes, en 1985, convicto del acto terrorista de Barbados, Posada Carriles se fugó de su prisión en Venezuela, como por la puerta de salida y diciendo adiós a los carceleros.
 

Tengo en mis manos una autobiografía de Luis Posada Carriles. Después de repasar cada una de las habitaciones de su currículo, he sentido los estremecimientos del horror. No intento ser patético. Pero cualquiera que se sienta incapaz de asumir los encargos del represor, del que come y echa pasto a su cuenta corriente a costa de los quejidos ajenos, se espanta ante los datos primordiales de un verdugo. Nuestra sensibilidad prefiere la posición de la víctima antes que la del torturador. Pero en Miami prefieren proteger a los torturadores como una forma de pagarles los servicios, que no pueden enmascarar, y mucho menos en el expediente de Posada Carriles. Porque este jamás ha negado su historia. De modo que ningún juicio racional podrá dudar de las acusaciones que el gobierno cubano y el venezolano ha reiterado en las últimos meses. El propio victimario lo admite en un libro publicado en Miami en 1994, titulado Los caminos del guerrero.
 

Posada Carriles, a quien sus amigos llaman Bambi, nació en Cienfuegos, Cuba, en 1928. Los créditos básicos de su existencia comienzan al registrarlo como empleado de la empresa transnacional norteamericana Firestone, en La Habana Y continúa describiéndolo como colaborador de la policía del dictador Fulgencio Batista; entrenador de la Brigada 2506 que desembarcó y fue derrotada en Playa Girón; ranger con grados de segundo teniente, en Fort Bennig, Georgia; agente de la CIA y colaborador del FBI; profesor de manipulación de explosivos; organizador de “teams” de infiltración en operaciones comandos contra objetivos cubanos; jefe de departamento de la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), en Venezuela; jefe del departamento de "ayuda humanitaria" del Departamento de Estado de los Estados Unidos en Ilopango, Honduras, y director de agencias de seguridad en Guatemala.
 

Más. Mucho más. Y les ahorro el tiempo. El propio Posada va confirmar ese palmarés. Oigámoslo:  "En una época, nuestros ‘amigos’ norteamericanos nos entrenaron y adiestraron en el uso y manejo de armas, explosivos y técnicas incendiarias. (…) La Agencia Central de Inteligencia (CIA), enviaba explosivos (C3), lapiceros de tiempo, mecha, cordón detonante, detonadores y todo lo necesario para actos de sabotaje. En aquel tiempo (1960), este tipo de actividades eran conocidas con el nombre de "Acción y Sabotaje". El cubano que desafiaba al régimen, poniendo en peligro su vida, el que se infiltraba en la Isla procedente de Miami para organizar los cuadros de la Resistencia y traer armas y explosivos, era admirado y considerado un soldado de la patria y un héroe de la contrarrevolución.
 

"(...) Los guerreros han realizado ataques comandos a instalaciones dentro de Cuba, desembarcos, sabotajes a embajadas y misiones diplomáticas, hostigamiento a la flota pesquera por comandos navales y hundimiento de barcos cubanos y de sus aliados. Años atrás, la pregonada neutralidad del país (de los Estados Unidos, nota de L.S.) no era violada cuando nos entrenaban para invadir Cuba; tampoco cuando la Agencia Central de Inteligencia infiltraba comandos y saboteadores a Cuba, llevando armas y explosivos para sus acciones. "Al regreso de la frustrada invasión (Playa Girón, Cuba, nota de L.S.), me incorporé a los Comandos L, el grupo de Tony Cuesta y Ramón Font, donde tratamos de hacer operaciones comandos. El gobierno americano, como parte de un nuevo plan, ofrecía a los miembros de la Brigada recientemente regresados de Cuba la incorporación al ejército americano. Otra vez los entrenamientos, las esperanzas y las frustraciones. Me gradué de segundo teniente y me asignaron al mando de un pelotón compuesto por soldados americanos. Después de dos años de estar en el ejército (…), renuncié a mi comisión y comencé a trabajar para la CIA. “El campo de batalla, entonces, lo mismo estaba en el territorio cubano, que en cualquier punto de la tierra. Sin saberlo ni proponérmelo, me convertí en soldado universal (…) recomendados a diferentes gobiernos, para actuar como instructores de personal en el campo de la lucha antisubversiva o como asesores en materia de seguridad nacional y métodos modernos de investigación criminal.
 

"En el desarrollo de este propósito y estas luchas, mi vida se consumía entre una operación y otra, con largos intermedios de inacción, aburrimiento y frustración, hasta que me llegó la oportunidad histórica de trasladarme a Venezuela, país amado en el que pasé la mayor parte de mi vida adulta. Inicialmente fui contratado como instructor de la Dirección General de Policía (DIGEPOL) venezolana y asesor especial en asuntos de Seguridad Pública (...) Por las demandas imperativas de esa lucha, la DIGEPOL se convirtió de cuerpo represivo del delito político para el que estaba originalmente diseñada, en la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP). Dentro del esquema, llegué a ocupar el cargo de Comisario Jefe de la División General de Seguridad, con la responsabilidad directa sobre las Divisiones de Armas y Explosivos, Seguimiento y Vigilancia, Protección de Personalidades y Medios Técnicos. Desde mi posición, combatí sin tregua a los enemigos de la democracia venezolana (...) La policía, cuya fuerza principal estaba en los delatores, detenía, allanaba e interrogaba utilizando los métodos más duros de persuasión. Como dice el dicho: Se estaba jugando al duro y sin careta”.

Pero Luis Posada Carriles está descontento. Se siente mal pagado por la humanidad después de mojarse las manos y el alma en tanta sangre. Lamenta en su libro que "Lo que ayer era considerado como un acto de valor y patriotismo, llamado "acción y sabotaje", hoy se llama "terrorismo" y se nos persigue y encarcela por los mismos actos".

Vista, pues, la muestra, el desenfado, incluso la satisfacción del hombre que cree haber cumplido con su deber, este articulista ha de escribir una nota al pie. Toda esa confesa cadena de actos de violencia, de violación de la soberanía de varios países y de la integridad humana, siempre ha recibido el nombre de terrorismo. Sin embargo, como en los Estados Unidos clasifican el terrorismo en "malo y bueno", puede comprenderse que Posada Carriles ejerció el "bueno", es decir, el que sirve a la geopolítica del imperialismo norteamericano.

Por un tiempo, hasta el 2000, Posada Carriles vivió en Honduras. No era conveniente que residiera en Miami. Había cierta vergüenza en las administraciones de entonces. Ya, al parecer, tras la última prisión en Panamá, el Bambi no se sentía seguro lejos de la casa del padre. Entró ilegalmente. Y allí sigue. Posiblemente el presidente W. Bush no se ha dado por enterado. O quizás haya un juicio de ficción. O ningún juicio. O una orden de expulsión que nadie ejecutará. Tal vez no sea necesaria tanta etiqueta. Después de los bombardeos y ocupaciones de Irak y Afganistán, qué le importa al tigre-padre una raya más.