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PATRIA Y HUMANIDAD

EL VUELO POPULAR

EL VUELO POPULAR

 Por Luis Sexto

Otra estampa de costumbres 

La fama de Matías Pérez nació y creció paradójicamente en unos minutos. Fue un mártir del progreso y se le recuerda entre risas, como un payaso. Con el tiempo se convirtió en sujeto de una de las dos desapariciones más espectaculares colectadas por las menudencias históricas de Cuba. El primero fue el Conde de Casa Barreto, cuyo sarcófago, con el cadáver dentro, se fue a navegar al pairo la noche del ciclón de 1791. 

¿Hiere a alguien este párrafo? ¿A los descendientes de Pérez y de Barreto? Si los hubiese, reconocerían que, verdad, así han llegado a nosotros tales episodios, trastocados ya en mitos. Sin embargo, hace cuatro años Estanislao Pérez Milián me reclamó  justicia. Sugirió, incluso, degradarme el apellido a Quinto. Porque el domingo 28 de mayo del 2000, escribí en Juventud Rebelde un párrafo parecido sobre el Conde Barreto, sus orígenes, sus escarnios, y la volatización de sus despojos que varios esclavos doméstico velaban en la casona condal de Puentes Grandes. Mencionaba también a Matías Pérez. Pérez Milián me tachaba que yo no hubiera incluido como tercera desaparición espectacular la del Cucalambé. La carta,  respetuosa, decía:  “Este poeta guajiro y cubano salió de la finca El Cornito, en Tunas, a caballo  con rumbo a esa ciudad, y no se ha vuelto a saber dónde desapareció, a pesar de conjeturas o suposiciones. Yo soy de Camagüey, pero pienso que los tuneros han de sentirse relegados, y sin razón alguna dirán que La Habana siempre se da la preferencia en todo.”

A La Habana, en efecto, a veces le damos preferencia. Reconocemos en la capital nuestra Meca, adonde casi todos peregrinamos alguna vez. Y muchos patriotas de provincias la hemos elegido como ciudad definitiva. Pero la evidencia no acusa en este expediente a La Habana. El Cucalambé –Juan Nápoles y Fajardo- es un inmortal desaparecido. Pero no me parece que su pérdida fuese espectacular. Salió de su casa. Y no volvió. Mi bisabuelo materno hizo lo mismo; dijo en Canarias: Me voy a Cuba; nos veremos pronto. Y nadie de la familia jamás lo vio o supo de él. Dolorosa, curiosa, desaparición. Solo eso.

Matías Pérez, de origen portugués, fabricante de toldos en  San Cristóbal de La Habana, al parecer era un hombre apremiado por la necesidad de trascendencia. Y quiso convertirse en precursor de la aeronáutica cubana. En justo juicio lo es.  Pero no gozó su mérito en vanidad corporal. Porque  el 29 de junio de  1856,  cuando en la plaza de Marte -cerca de donde se empina hoy el Capitolio- cortó las amarras de su globo aerostático La villa de París, un viento aleve lo empujó hacia el mar. Y ante el público boquiabierto, como en un circo ante los trapecistas, se fue alejando para siempre como una pluma en el torbellino sin fin del espacio.

Tampoco la posteridad se le ha rendido oficialmente al globonauta el reconocimiento que ganó con su intento de insertar a  Cuba en los esfuerzos mundiales que durante esos años se sudaban en ciudades luminarias –digamos París-, con el fin de que la humanidad se sostuviera en el aire, como había previsto Leonardo en el Renacimiento. Salvo el capítulo que el doctor Tomás Terry llenó con la curva vital de Matías en su libro El correo aéreo en Cuba, no conozco una tarja, o un aeródromo, un establecimiento, un habano que hagan flotar en la memoria de cada día el vuelo frustrado de aquel habanero entusiasta.  Al parecer, Matías Pérez no clasifica en el prontuario que la historia de la ciencia y la técnica, avara e irregular, somete a los aspirantes a la perdurabilidad.

El pueblo, con su talento de Midas para pulir el oro viejo de los valores, perpetuó, sin embargo, la hazaña del intrépido piloto. Convengamos que Matías no aportó ningún aditamento al aerostato, ni ningún principio o ley a la navegación. Pero a la gente llana le resultó admirable la decisión de aquel progresista vecino que, poco apercibido en recursos y conocimientos, se ofreció voluntariamente como piloto de prueba cuando ni los ojos servían de fiable radar. Y don Matías dejó de ser un Pérez cualquiera, según la locución castiza, en una frase tan añeja como la incierta travesía del toldero que se aplica desde entonces a quienes se apartan del medio habitual, o emigran, o se esconden para no pagar cuanto deben: voló como Matías Pérez. Así, como en un espectáculo. 

EL MÁS HUMANO DE LOS GÉNEROS

Por Luis Sexto  

El periodista cubano José Alejandro Rodríguez definió la crónica como “el más humano de los géneros”. Su sensibilidad y su experiencia de cronista le han facilitado componer una frase capsular de sugerente certeza, en la que reúne  los valores típicos de ese género y la filosa brevedad del ingenio. A mi parecer, no creo que haya que seguir aduciendo argumentos para determinar qué es, en fin, la crónica. Definidamente, al clasificarla como el más humano de los géneros periodísticos estamos asumiendo que está dentro y no fuera de la subjetividad y que, al palpitar entre las fibras humanas, admitimos que se conecta con lo más íntimo, entrañable, lancinante del Hombre. 

Ya por esa ruta vamos siguiendo el hilo que nos conducirá a clarificar la esencia de la crónica. Aun tropezamos teóricamente, y lo que es peor, prácticamente, cuando vamos a determinar cómo se integra o se frustra una crónica. Hemos visto –y este autor lo ha indicado en algún texto- que  se empieza a definir o a componer desde una actitud melosa, patética. Sin flores o palomas, sin arrobos o suspiros parece que nunca se escribirá o  se aprehenderá una crónica. Recientemente, viendo un documento televisivo al que clasificaban de crónica, me percaté que había confusión, no mezcla, de géneros. Confusión, que es caos. No mezcla, que combina los aportes exógenos con los endógenos preservando el principio primordial. El  material era, en puridad, un testimonio: el peso del relato recaía sobre los protagonistas de la historia. Pero los realizadores intentaron “cronicar” a través de la voz meliflua del locutor y la música casi fúnebre que discurría por debajo de la evocación que aquellos dos hombres hacían de su participación en la guerra de Angola.   

No niego que  había en ese testimonio pasión, dolor, nostalgia, todos los valores que signan las acciones humanas al momento de ejecutarse y, sobre todo, en el instante de recordarlas. Pero el autor del texto televisual –imagen, sonido y palabra- se mantenía al margen. Y, por tanto, el resultado no era el eco que la historia de aquellos dos personajes suscitaba en el cronista, sino la resonancia en ellos mismos, testimoniantes de la historia. 

Pienso, pues, que la crónica empieza a ser el más humano de los géneros, porque comienza siendo el más personal de los géneros. Y cuando digo “personal”no me refiero al uso de la primera persona del singular. Sé de enunciados escritos en “yo” y sin embargo no son personales: faltan el vigor, la clarividencia, la prestidigitación verbal, el original enfoque, el toque de creatividad que singularizan el estilo. Ante textos tan deslucidos, la primera persona del singular enturbia la expresión, la ridiculiza evidenciando que allí falta la personalidad fuerte, culta, que puede, en legítima apropiación, escribir metiéndose en la historia o las ideas. La crónica, pues, es el más personal de los géneros, porque predominan los efectos que el tema, la realidad, producen en el cronista.  El acercamiento, el reflejo, se concilia en el “yo”, en la emotividad del cronista de modo que componga una visión amable de la vida y la gente.   

La imbricación personal no significa -como a veces estima algún criterio en un banquete de simpleza- que el cronista se erija en el ombligo del texto, o “hable de sí mismo” en lo que resultaría el más vanidoso de los géneros. El cronista es solo el pretexto para delinear lo más humano de un acontecimiento o un proceso. Y para reflejarlo intenta convertirse en el espejo que refracte los valores sensibles de la noticia. Por ello, una crónica nunca presentará panoramas, paisajes abarcadores; por el contrario, necesita de lo soterrado, lo oscuro, lo particular, allí, donde se revuelven los sentimientos más carnales –carnales por hondos-  de los seres humanos. Si la nota informativa relaciona los datos primordiales, los físicos y sociales, de un choque de trenes, y el reportaje lo narra en sus causas y acciones menos evidentes, la crónica hurgara entre los hierros retorcidos buscando la muñeca, o la fotografía familiar,  la carta nunca enviada, el reloj roto, entre el amasijo metálico salpicado en algún sitio por gotas de sangre. Esos hallazgos mínimos facilitarán el ingreso en una historia, en una felicidad, un sueño truncos por el accidente que nadie pudo anticipar aquel día, en que, como lo más humano y natural del mundo decenas de personas se acomodaron en los coches dispuestos a proseguir su vida, sin obstáculos, en un viaje a través de la noche.  

Eso, quizá, sea lo más humano del Hombre. Y ninguna cámara fotográfica podrá captarlo, ni ningún otro esquema, como lo apresa y reproduce la óptica de un cronista que suele observar la realidad  con la luz microscópica de un género periodístico –también literario- que solo admite, como etiqueta, los signos líricos de  la poesía.  

UN MUSEO RODANTE

UN  MUSEO RODANTE

Por Luis Sexto

Una estampa cotidiana

El único ferrocarril eléctrico de Cuba partió un día de 1921 y continúa rodando por un trazado cuyo itinerario y sistema operacional es el mismo de su origen, cuando Milton J. Hershey construyó un central azucarero para endulzar el chocolate de su fama y su fortuna.

Mister Hershey llegó a La Habana en 1915. Y cuatro años después, el ingenio realizó la primera molienda. Ubicado muy cerca de la costa norte, a mitad de la distancia entre La Habana y Matanzas,  pronto el nombre de la fábrica de azúcar, llamada como su millonario dueño, empezó a repetirse entre los habitantes que poblaban la franja del litoral norte, entre lomas y valles, y que prácticamente vivían aislados a causa de la escasez de enlaces con las dos ciudades más importantes del occidente de Cuba.

El tren de Hershey abrió un camino hacia el progreso de la zona, además de establecer la vía más corta, aunque también la más lenta, entre Casablanca, poblado habanero del lado oriental de la bahía, y la llamada Atenas de Cuba. Algo positivo debía producir aquel emporio norteamericano que se nutría de braceros sin otras opciones de trabajo, sometidos al ciclo de “tiempo muerto”-zafra que comprendía unos tres meses de empleo y nueve meses vacantes para la mayoría. 

La influencia del  llamado Zar del Chocolate no pudo ganar, sin embargo, el litigio con la United Railways of Habana, compañía inglesa que lo acusaba de repetir su recorrido solo un poco más al norte. Por ello, los tribunales le prohibieron al tren de Hershey  utilizar la estación central de  ferrocarril. Y los pasajeros que lo preferían, comenzaban el viaje  en una de las lanchas que, antes como ahora, unen las bandas opuestas de la bahía de La Habana. A lo largo de unos 90 kilómetros, el tren eléctrico estableció un itinerario que incluía más de 50 paradas –quien esto escribe ha contado 56-,  en cada uno de los pequeños poblados y empalmes que se dispersan por los  valles del Jibacoa y del Jaruco, rumbo al este.

El viaje, de unas tres horas, desde el punto de partida hasta su destino, tiene la particularidad de atravesar parajes abruptos, colmados de palmares, alfombrados por una vegetación habitualmente verde; sobre todo el valle del Yumurí, uno de los más hermosos de Cuba, a la entrada de la ciudad de Matanzas.  Hasta hace poco, varios de los coches inaugurales, semejantes a los tranvías de inicios del siglo XX, circulaban con su estampa inactual, vetusta. Quizás todavía ruede alguno. Pero el tren eléctrico permanece invariable, bamboleándose como un elefante sobre los mismos carriles, señalizado con las mismas luces, conectado a los cables mediante los mismos trolley con patas de araña y naturaleza de museo. Y aunque mister Hershey vendió enseguida su empresa azucarera y de electricidad,  el nombre perdura en la voz popular. 

 -Vamos a coger el tren de Hershey -invita un viajero a su compañero, embarrancados ambos en una  terminal de ómnibus.

-No, chico, es muy lento.

-Lento, pero exacto y seguro – responde el otro con un argumento al que ya refuerzan 85 años de existencia.

NAPOLEÓN AL ALCANCE DE LA MANO

NAPOLEÓN  AL  ALCANCE DE LA MANO

Por  Luis Sexto

 

 La mascarilla mortuoria de Napoleón Bonaparte se encuentra en Cuba, traída por el doctor Francesco Antommarcci, último médico del prisionero de Santa Elena. Y ese dato podrá parecer increíble al lector no cubano. Pero no es lo único en la mezcla de historia y cultura que distingue al Museo Napoleónico de La Habana.

Napoleón Bonaparte es un nombre de resonancias históricas disímiles y contrapuestas. Unos lo amaron hasta morir en el campo de batallas por las ambiciones imperiales, mientras otros lo odiaron precisamente por lo mismo. Nadie fue indiferente al hombre que enterró la revolución de 1789,  erigió el imperio y facilitó la resurrección de la monarquía en Francia.

Su memoria, a pesar de ello y quizás por ello,  se impone al tiempo y la distancia, y se materializa en la capital cubana, y se ofrece al alcance de los que deseen introducirse en el mundo de grandeza y vanidad del Gran Corzo y palpar el espíritu de Europa a principios del siglo XIX.

Nadie, absolutamente nadie de los contemporáneos de Napoleón, evadió el influjo del vencedor de Austerlitz. Fue un poder. Un  concepto militar. Un orden. Y fue, sobre todo, una época cuyas huellas en el arte y los objetos de la cotidianidad  ayudan a que perdure la imagen del político y el militar que personalizó cruciales acontecimientos de la historia europea.

El Museo Napoleónico, institución única en América Latina, se ubica  en el ambiente clásico que le propicia  un palacio florentino jalonado por jardines, vestíbulos, escaleras, salones, columnas, sito en la esquina de las calles San Miguel y Ronda, en la misma colina donde se levantan las edificaciones de la Universidad de La Habana.

Más de 7 000 piezas vinculadas a Napoleón, entre óleos, documentos, libros, vestuario, bronces, porcelanas, muebles,  armas,  se conciertan en las cuatro plantas del Museo. Entre los objetos más valiosos figura una lámpara que el Emperador regaló a Josefina; también el cuadro que la condesa polaca María Waleska encargó pintar cuando su amante se hallaba desterrado en la Isla de Elba. Y, como una joya excepcional, la mascarilla mortuoria que el doctor Antommarcci, trajo a Cuba consigo después del deceso del ex emperador.  La biblioteca, recoleta, acogedora,  exhibe en sus anaqueles 4 000 volúmenes, muchos de ellos dedicados a la vida y las campañas de  Napoleón, y otros que proceden del  siglo XVI hasta el XIX y que se ofrecen como un tesoro a los investigadores.

Por sí misma, la mansión que sirve de sede al Museo compone un atractivo por su refinamiento expandido por los mármoles italianos, la cristalería de las ventanas, el artesonado del techo y la herrería. La casa, construida en 1928, perteneció al abogado, político y escritor, de origen italiano, Orestes Ferrara. Su recuerdo en Cuba despide los olores de una actuación que se afilió incluso a la tiranía del general Gerardo Machado (derrocado en 1933), de cuyo gobierno fue embajador y ministro de relaciones exteriores.  Como autor escribió, entre otras obras, la biografía de Maquiavelo y la del Papa Alejandro VI, que le dieron cierto renombre. Al menos, El Papa Borgia, libro que resultó un acontecimiento bibliográfico en su tiempo, discurre contrariamente a las apreciaciones que hacia 1930 predominaban en los juicios históricos sobre este controvertido personaje de la iglesia romana.

El Museo Napoleónico de La Habana se fundó en 1961. Fue la primera institución museológica inaugurada por la entonces recién triunfante revolución. Sus fondos inaugurales procedieron  de la colección que Julio Lobo, magnate azucarero –propietario de unas 15 fábricas de azúcar- había reunido desde cuando su padre, en la infancia, lo estimuló a interesarse por Napoleón, su imperio y su época.

Ahora, el gusto personal de un señor muy rico ilustra el gusto masivo de quien quiera tocar la historia con sus manos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL NUEVO INCENDIO DE ROMA

EL NUEVO INCENDIO DE ROMA

 Por Luis Sexto 

Ciertas imágenes persisten. Recurren cíclicamente. En estos días he imaginado al emperador Nerón –nombre que hoy solo llevan perros gruñidores-, con el arpa en la mano, extasiado desde la terraza de su palacio en el paisaje demoníaco del incendio de Roma. Desastre urbano tan oportuno que favoreció al imperio en su persecución contra los cristianos. Del fuego culparon a los adeptos de esa doctrina que predicaba el amor entre los hombres. 

La evocación no es caprichosa. En nuestro planeta, durante los últimos años, los últimos meses y las últimas semanas, unos hablan de guerra, mientras  la hacen con ademán inexorable. Intentan presentarla como un accidente, una respuesta inflexible y totalizadora concebida de pronto para afrontar  un estallido de criminalidad condenable y de imprecisable origen foráneo. Sin embargo, un análisis de los vasos que comunican al presente con el pasado acepta que las definiciones de Clausewitz, teórico clásico de la guerra, se reproducen ahora con cristalina evidencia. Estamos ante la concreción de aquel apotegma que estableció que “la guerra es la continuación de la política por medios militares”. Y, por tanto, estas que ahora se declaran a enemigos habitualmente invisibles o sin identificar, con retórica prepotente, se empalman con aquella que Clausewitz llamó “guerra estratégica”: que se proyecta, se premedita con fines de hegemonismo geopolítico o de conquista. 

Basta pensar unos segundos para entender esa teoría bélica. Y resulta inevitable  recordar algunos datos publicados por The Miami Herald hace algún tiempo, y preguntar por qué los Estados Unidos, desde la Segunda Guerra Mundial, han empleado en armamentos mucho más de 10 billones de dólares, “dos billones más que el valor estimado de todos los activos o bienes tangibles del país, excepto la tierra”. Y por qué, seguimos preguntando, más de un tercio de los ingenieros y científicos de los Estados Unidos trabaja para la industria militar. La conclusión abre los ojos más renuentes a ver: es un sospechoso uso, desde el pasado al presente, del dinero y de la ciencia. 

Ahora habría que preguntar por qué los Estados Unidos, o su congreso y su gobierno, aprueban la tortura, convirtiéndola en ley, como un recurso legítimo para hacer la guerra. ¿Se percatará el pueblo norteamericano que pronto podrá ser tenido como: “hostis generis humani”, es decir, como enemigo del género humano? Según el escritor católico Thomas Merton,  los Estados  Unidos están marcados por la inmadurez política, emocional y cultural, y no comprenden que cuanto hoy conciben y aplican sus gobernantes contra otros países o contra otra gente,  a contrapelo  del derecho internacional y de las convenciones sobre prisioneros de guerra, también se volteará un día contra ellos. Porque sospechosos de terrorismo, de acuerdo con la ley que valida la tortura, recién votada por ambas cámaras y por republicanos y demócratas –con lo cual el bipartidismo se convierte en la partidocracia de un único partido- podrán ser hasta los mismos ciudadanos estadounidenses.  

Parece, Dios mío, que cuesta mucha luz, mucha abnegación, mucha humildad entender que con la legalización de la tortura por parte del poder político, policial y militar, los Estados Unidos regresan al pasado más siniestro y se transforman en los “nuevos bárbaros de Atila” que profetizaba un poeta a principios del siglo XX. Retroceden tanto como para fascistizar la sociedad norteamericana, imitar a la Alemania nazi, y  mudar a la república hacia la monarquía absoluta y pasarla del capitalismo desarrollado a una Edad Media tecnificada pero brutalmente oscura. 

La fe en la democracia estadounidense, la creencia en “Norteamérica la hermosa”, que dijera Mary MacCarthy, las elecciones libres y las oportunidades para todos, no salvarán al más anónimo de los ciudadanos de los Estados Unidos de ser un sospechoso de terrorismo, y luego de torturado, o solamente luego de ver los instrumentos de tortura –como en la Inquisición- el presunto terrorista confesará que es un terrorista en todas sus potencias. Confesión conseguida bajo el suplicio –creo que establece un antiguo apotegma judicial- carece de autenticidad. Recordemos a Galileo. Los inquisidores le mostraron, en los sótanos del palacio, un avanzado instrumental de tortura, y el inteligente científico –inteligente incluso por prudente- aceptó todas sus culpas, aunque después dicen que dijo bajito, entre dientes, aunque el periodista Vittorio Messori lo niega, que sin embargo La Tierra se movía alrededor del sol.  Cuántos “e pur si muove” se oirán en las ciudades norteamericanas y en los países ocupados por la US Army.

Los que  hoy observan y juzgan a los Estados Unidos a través de las lentes de la duda; los que incluso los condenan por pretender el dominio  del planeta con la práctica de una fase superior del viejo imperialismo romano y la extensión de la pax romana –la de la espada, la sangre y los leones-, van ganando razón antes quienes los acusaban de exagerados, de izquierdistas o comunistas.  Creo verlo muy claro: legalizar la tortura como instrumento de guerra y gobierno equivale a incendiar otra vez a Roma y, asomados al balcón, ver el fuego mientras una mano pulsa la cítara, el arpa o la guitarra y la otra señala a los cristianos como los que prendieron la antorcha matriz del fuego.  

UNA CRUZADA CIENFUEGUERA POR LA CRÓNICA

UNA CRUZADA CIENFUEGUERA POR LA CRÓNICA

Por Michel Contreras

 La crónica es el punto G del cuerpo periodístico. Es la tecla que hay que
saber pulsar para sacarle orgasmos a la prensa. Es ese "corazón central" -y
cito a Borges- que "está intocado por el tiempo, por la alegría, por las
adversidades".
 
Hace solo unos días, Cienfuegos volvió a ser la capital cubana de la
crónica. Y allá se fueron varios de los buenos cultores del género,
debatieron conceptos, desnudaron sus particulares métodos de creación,
censuraron tendencias y alabaron aciertos.
 En su edición segunda, el evento que recuerda al relegado Miguel Ángel de
la Torre -ilustre pluma cienfueguera de comienzos del siglo pasado-, denotó
su premura por alcanzar la madurez y establecerse como un espacio
imprescindible en el contexto periodístico insular.

Profesionales de diversas provincias advirtieron sobre el grave peligro
que corre la crónica, maltratada de modo cotidiano por dedos groseros y
corazones zafios. Como bien dijo alguien, se trata de "personas incapaces de
conocer sus límites, las cuales enfrentan el desafío de la crónica con
lamentable desparpajo. Se sientan ante la computadora, hacen volar palomas,
hablan del cielo azul, y creen que resolvieron el problema de la creación".

Por eso hay que aplaudir la iniciativa de la delegación sureña de la Unión
de Periodistas de Cuba, que desde el año anterior convoca a este encuentro
que pretende salvar a la crónica, y del que sale espiritualmente enriquecido
cada uno de sus participantes.

 Tres magníficos libros se lanzaron en medio del certamen. Crónicas raras y
otras redundancias, del impecable camagüeyano Enrique Milanés; Homo sapiens,
que combina el humor de dos estrellas del DDT, Ares y JAPE; y Con Judy en un
cine de La Habana, del maestro Luis Sexto.

 Reunidos durante par de días, ponentes y auditorio compartieron sin pelos
en la lengua, tocaron llagas dolorosas como la complacencia, el
adoctrinamiento burdo, el didactismo, la frase hecha y el desatino de
ciertos editores, y disfrutaron la conferencia de la Doctora Miriam
Rodríguez Betancourt, profesora titular de la facultad de Comunicación
Social de la universidad capitalina.

 En los últimos compases del encuentro, José Alejandro Rodríguez, uno de
los "toros sagrados" de la prensa nacional, dejó claro que aquí, en un país
de excelsa tradición de cronistas -Martí, Carpentier, Secades, el propio
Miguel Ángel de la Torre...- no podemos dejar morir al que denominó como "el
más humano de los géneros".

  Vínculo insuperable entre literatura y periodismo, auténtica poesía cuando
detrás de ella hay una voz auténtica, la crónica merecía, desde hace
bastante, una cruzada redentora.

  Ahora mismo, Cienfuegos es el hospitalito de la criatura.

BARCO VARADO SÍ GANA FLETE

BARCO VARADO SÍ GANA FLETE

Por Luis Sexto

Una estampa casi insólita

Ahora se va en automóvil recorriendo el pedraplén de Caibarién a Cayo Santa María. Pocos años antes había que navegar una 20 millas desde ese puerto del norte de Villa Clara, hasta arribar cerca de Cayo Francés. Entonces me embarque en esa travesía, en dos cuartas de lancha, porque me habían dicho que Santa María, Los Ensenachos y otras isletas eran postales de un paraíso que, contrariamente al del poeta Milton, aún no se había encontrado. 

A las seis de la mañana zarpamos. El aire fresco, tan temprano, punteaba la piel con cabecitas de alfiler. Teníamos el sol de frente como una raya plateada sobre al agua. Era el rumbo este que a veces variaba hacia el norte sin dar el costado al astro. Yo era novato. Nunca había navegado más de los cinco  o diez minutos que tardan las lanchitas de Regla o Casablanca en atravesar la bahía de La Habana. Me ubiqué en la proa. Crucé los brazos. Y con los ojos semicerrados por el cuchillo de luz, creí reanimar sueños lactados desde niño cuando pasábamos en ómnibus por la bahía de Matanzas en viaje guajiro desde mi recoleto pueblito. 

¿Por qué tantos niños aspiran a ser marinos o aviadores? Pensaba en mi pose de capitán Ajab. Tal vez porque en la conciencia infantil forcejea la tendencia humana a desafiar cuanto creemos peligroso o ignoto. Después, la personalidad definitiva del adulto pone a los sueños en  su cabal dimensión. Infortunado de mí si hubiera persistido en querer leer cartas marinas. En el examen de ingreso me habría frustrado, porque a los pocos minutos los mareos me pintaron de verde. Y el veterano timonel me recomendó que no mirara al agua, sino al horizonte: así, con la cabeza altiva, engallada...

A las cuatro o cinco horas avistamos Cayo Francés, donde se localiza el puerto exterior de Caibarién, pues el interior sólo está apto para goletas. Allí en Francés anclan los mercantes, y en patanas les llega la mercancía, sobre todo azúcar. Ya, en el trayecto habíamos orillado esos cayos de arenas tan blancas como las de Varadero, insólitamente solitarios, que aguardaban el momento en el que la audacia del turismo practicara la recomendación del Capitán Núñez Jiménez en la primera edición de su Geografía de Cuba, cuando describió a Santa María y los Ensenachos. 

Pero una presencia rara me retuvo en aquella zona. La avistamos desde lejos. Y en lontananza parecía un barco fantasma, uno de esos buques sin mástiles y chimeneas que surgen, cuentan  ciertas leyendas, de entre las brumas sugiriendo matanzas, saqueos y naufragios aún sin descifrar. Nos amarramos a la escalerilla, y lo abordamos. Era un antiguo casco desconchado, emparentado con la ruina. Y uno, cuando ve despojos, piensa que allí hay una historia por airear. 

Había, en efecto, una historia. El San Pasqual es uno de  cuatro barcos de hormigón armado diseñados y fabricados en el mundo. Quizás los únicos. Los construyeron en 1920 –al menos esa es la fecha del San Pasqual-  los astilleros de la empresa Pacific Marine Construction, en San Diego, California. Al parecer los cuatro eran gemelos. Y enormes. Eslora: 132,36 metros; manga: 16,46; puntal: 10,97 metros, y 6 670 toneladas de peso muerto. El San Pasqual según todos los indicios fue un chasco. En su primera travesía apenas avanzó. El agua se le transformaba en arena y cuando su proa entraba en oleajes recios, no podía levantar,  y salir del hoyo abierto por las olas. De acuerdo con datos de Luis Úbeda, periodista perito en lengua y aparejos del mar, desde 1848 constructores de embarcaciones intentaron emplear el cemento. Fue en Francia. Los de San Diego pretendieron más con el hormigón. Y fracasaron. El barco vino remolcado hasta Cayo Francés cuando lo adquirió la Punta Alegre Sugar Company.

Los prácticos se negaron a anclarlo en la zona portuaria y lo dejaron afuera, en mar franco. Pero pronto, mediante negociaciones y dinero, lo arrastraron hacia la plataforma insular donde permanece. Lo rebautizaron como El Pontón, por mantenerse quieto, estable, mediante sus anclas. Las cisternas sirvieron para almacenar melaza exportable. Los buques tanques extranjeros se apareaban, conectaban sus mangueras a las tomas y trasegaban la miel de caña. No era entonces difícil averiguar en cuál tarea lo utilizaban. El olor del mar se avergonzaba ante el melado, dulzón arriba y podrido abajo, en los efluvios del mosto. Todavía, a nuestro paso, continuaba prestando sus tanques para la melaza. 

Miguel Diego Cearra, jubilado con 65 años de edad cuando lo entrevisté, trabajó durante 42 en El Pontón. Veinte días a bordo y diez en su casa de Caibarién. La vida en el San Pasqual era monótona, solitaria, sólo dos empleados operaban el embarque de miel de caña. Pero hubo una etapa durante la cual la uniformidad de la bitácora se alteró.Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. La Marina norteamericana transformó  el barco en una estación naval. Lo artilló con seis ametralladoras antiaéreas, y dos cañones de tiro rápido emplazados en la popa. Seis hidroaviones dormitaban alrededor, y ocho lanchas cazasubmarinos bailaban próximas: cuatro norteamericanas y cuatro cubanas. Un muelle, ya desaparecido, unía el barco con Cayo Francés, por donde a ratos deambulaban varios marinos de una dotación de 200 hombres.Cearra recordó la vez cuando trajeron prisionero a un japonés capturado en  Cayo Coco. Lo suponían un agente de Tokio, porque en un falso horno de carbón le habían hallado un radiotransmisor. Lo subieron a un hidroavión. Y lo trasladaron a Estados Unidos. 

En 1960 piratas de origen cubano procedentes de Miami se acercaron a El Pontón. Por una de las tomas para conectar mangueras de vapor echaron un explosivo. Al día siguiente entraría un buque británico. El artefacto estalló, pero no en el punto donde operaba la bomba que impulsaba la melaza, sino arriba, en una de las cubiertas; luego ametrallaron el casco, y se perdieron en el horizonte tras un chorro de agua. 

El San Pasqual continúa desmintiendo la frase o el refrán marinero que asegura que barco varado no gana flete. Después del ciclón Kate en 1885 hubo que repararlo, y  ante los gastos una idea recomendó transformarlo en una opción turística. Habilitaron diez camarotes, prepararon bares, restaurantes, y aprestaron vías, pasarelas, para facilitar el recorrido por el barco. Desde hace aproximadamente dos años, el antiguo fantasma, más blanco y por tanto más fantasmal en lontananza, ofrece su pasado, su origen y sus valores como un museo en medio de la marina soledad de un paraíso que ahora se empieza a recobrar. 

LA HIGUERA DEL CHE

LA HIGUERA DEL CHE

Por Luis Sexto

Apuntes de viaje

La Higuera cabe en un monosílabo: Che. Y así la geografía cede sus derechos para que el nombre, el apelativo de una persona, ocupe la identidad del espacio físico y represente sus valores. La Higuera es un caserío donde apenas diez familias se distribuyen el oxígeno escaso de las montañas que la encajonan.

Hace más de 35 años, ni los mapas se detenían ante su irrelevancia de estribación andina. Un 8 de octubre comenzó a ser la Higuera del Che. Desde entonces abandonó la nimiedad de un destino incapaz de mejorarse. Y es hoy la más pequeña capital del mundo. El punto primordial donde se cruzan  los caminos y convergen las esperanzas.

Estuve allí en mayo del 2002, después de dejar a Pucará como una estampa medieval con su techumbre de tejas en torno a la torre de una iglesia, y subir 17 kilómetros sobre el lomo de una camioneta que a veces pretendía volar y solo cojeaba. Latía en mi ánimo, y también en el de mis compañeros –los periodistas cubanos Guillermo Cabrera, Ana Teresa Badía, Herminia Rodríguez, Roger Ricardo, Tomás Rodríguez(Tommy) y Félix Arencibia-, la unción del peregrino. Íbamos a cumplir el mandato de un acto de fe. Qué cubano que visite a Bolivia, renunciará a visitar a La Higuera.Predomina allí la soledad. La soledad de lo remoto, de las distancias. Pero el casi apagado caserío persiste en mostrar su naturaleza de sitio único, elegido por la Historia como el punto donde un hombre único murió su vida y continúa viviendo su muerte. 

Nadie se extrañe. La Historia es contradicción. Porque quienes lo asesinaron a sangre fría, paradójicamente en el salón de una  precaria escuela, pretendieron echar sobre su nombre toda la soledad y el olvido de aquel sitio olvidado.  Ahora, aunque con menos pobladores, hay más vida, más pasos. Centenares de peregrinos llegan allí, ponen una flor ante un busto enorme que el ejército se cansó de destruir, porque al otro día se erguía de entre sus fragmentos, y escriben en las paredes escasas que el Che vive,  vive, vive... 

No hay mucho más que ver.  Ya la escuelita de La Higuera no existe. Sobre su planta, la Fundación Félix Varela de Cuba edificó un consultorio médico que, cada 15 días, recibe la visita de un doctor boliviano. Pero la disposición es la misma. Y allí, junto a la puerta, una ráfaga insensible  y temerosa despojó al Che de la vida común para sembrarlo sobre la fronda del símbolo. Cabezas gachas. Respeto. Pecho oprimido. Imaginación que se desorbita reconstruyendo aquella escena donde el guerrillero, de barba y cabellera de león, miró con ojos imperturbables a su matador. Che: hombre consecuente hasta la muerte. Así lo aseguro  en una carta a sus padres.

Después, al regreso, nos detuvimos. Hacia abajo, por lo menos a dos kilómetros, la Quebrada del Churo nos invitaba a hermanarnos con la naturaleza histórica del sitio. Bajamos. Crescencia Yasgra, propietaria de la finca donde hirieron en combate al Che, nos habla en el camino del Señor Ernesto Che, “muy milagroso” él. La mujer cuenta desde su memoria campesina y desde el símbolo popular. Nadie ignora allí que aquel hombre perseguía el sueño de servir a los pobres, como lo reconoció en enero de 1998 el Papa Juan Pablo II. Y a veces se encomiendan a él en sus penurias, como si el fusil inutilizado por balas de “soldaditos bolivianos”, como los llamó el poeta Nicolás Guillén, pudiera continuar con sus disparos redentores.

Abajo, cerca del río, que sentimos por el murmullo de la corriente, está el peñasco solitario donde el Che cubría la retirada de varios de sus compañeros.  Aun en la caída era fiel a su ética: primero para pelear, primero para morir. Junto a la piedra crece una higuera, árbol que abunda en aquellos parajes. Subimos luego trabajosamente. Y recordamos que por la pendiente casi vertical, la soldadesca obligó al Che a trepar, a pesar de estar herido en una pierna y en el codo. Una cristiana como Crescencia no podría evitar el símil: como un vía crucis ascendió hacia su muerte. O hacia su vida.

Atrás dejamos La Higuera. El decursar de casi cuarenta años le quitaron la mitad de sus pobladores. Pero la enriquecieron al convertirla en el punto más alto de la justicia con que sueñan los libertadores. En una bolsa nos llevamos un puñado de su tierra. Queremos, con ella, calentar la higuera que no debe secarse en nuestro corazón.