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PATRIA Y HUMANIDAD

OH, LA HABANA

OH, LA HABANA

 Por Luis Sexto

 

16 de noviembre: aniversario 487 de la fundación de esta ciudad 

Ciudad idiota llamó Miguel Ángel Limia a La Habana. Más o menos contemporáneamente, Jorge Mañach admitió que era indiscreta e ingenua como un muchacho grandullón. Un poco antes, Miguel Ángel de la Torre la tachó de ciudad pecadora y soberbia. ¿Quién entonces no tenía una queja contra la capital?  Rubén Martínez Villena, que había afirmado que Limia era el cronista de aquella generación y que polemizó con Mañach sobre poesía y política desde la izquierda, también desahogó en esos días de la década de los 1920 un eructo sobre La Habana y sus ediles, al recoger en una crónica el fanguillo indeleble que, tras la lluvia, se amontonaba en las calles y salpicaba automóviles, pantalones y piernas con ronchas de sarampión negro.

Hoy pasa lo mismo. Aunque ya la crónica no es en los periódicos “la sonrisa de la primera plana” que festejó el propio Miguel Ángel de la Torre, la gente echa en el tintero de la prisa callejera sus invectivas sobre la ciudad. La irreverencia colorea la relación con La Habana. Unos la maldicen; otros la rebajan. Le gritan sucia. Caliente. Bulliciosa. Y sin embargo, ahora como antes, vivimos entre el odio y el amor. Porque, detrás del insulto, estira sus dorados crespos la melcocha, el ditirambo, el ronroneo de los felinos inferiores cuando se rascan en las canillas del amo.

Lo más impresionante de esta paradójica tradición de insolencias y querencias se halla en que lo menos habanero de La Habana son sus pobladores. Limia vino de Baracoa; De Sagua, Mañach; de Cienfuegos, De la Torre; Rubén, de Alquízar. Y miles que pasan por ser de aquí, somos de… por allá, del Juan de las Quimbambas que a veces no aparece en el mapa. Ninguno de aquellos nombres de prosa enhiesta y talento zahorí abandonó la ciudad idiota, indiscreta, ingenua, soberbia. Ni otros, con menos alcurnia, hemos abandonado después la sucia, caliente, bulliciosa ciudad. A pesar de las demandas, del pleito cotidiano con la insuficiencia o la desmesura, La Habana es única, irrepetible, insustituible, máxima, para los mismos que la denostan.

Sus inicios de villorrio fueron inconstantes. Como nuestro amor. La semilla de la ciudad futura se movió saltando tal un caballo de ajedrez. Puso sus cascos de guano de palma  y adobe en tres casillas distintas: primeramente en el sur, en un sitio que nadie podrá asegurar por el momento, con puntería histórica, si fue Batabanó o la desembocadura del Mayabeque, o un punto más adelante, quizás empeñada en calificarse dentro de la actual provincia de Pinar de Río; después al noroeste, cerca del hoy barrio de Puentes Grandes, y luego se asentó al borde de la bahía. Vino prehecha, en el sofocón de las carabelas, agitándose en los esquemas medievales de los conquistadores.

No hay que descubrirla. Pero ha sido descubierta una y mil veces, cuando algún cubano se hospeda en La Habana con la sensación de llegar a la gaveta de los misterios nacionales. Y se engendra así el primer enigma. Porque de pronto nuestra relación con La Habana comienza a desenvolverse de persona a persona; la tratamos como un ser vivo. La ciudad se introduce en el recién llegado por el olor -como  una mujer con su perfume-, cuando entrando por ferrocarril, o en ómnibus, desde el oriente –incluso en tren desde occidente- lo agarrota a uno el vaho inigualable de gas y humo, monóxido y pescado de la zona de Tallapiedra, ahí, donde otro cronista de aquellos tiempos atinó a decir que se retorcían los intestinos de La Habana. Y al pasar en mayoría por la puerta del retrete, descubrimos la humanidad espacial de La Habana.

Y por qué tan humana. ¿Cuál ensalmo o conjuro amarra de modo tan pugnaz y tierno la relación entre la ciudad y sus habitantes, ese te odio y te quiero, esa lágrima por que te añoro y esta otra por que no te soporto? Oh, La Habana…  Es un ser vivo, porque nació en la contradicción. Se levantó junto al agua, lejos de la que podía beber. Contaba cuatro casas de familia alrededor del Castillo de la Fuerza, y los vecinos se recreaban en 50 tabernas, y fue albergue de dos futuros santos –San Luis Beltrán y San Francisco Solano- y al par crucero marinero de putañerías y escándalos… La hicimos y nos hizo. Como nos dobla la imagen un espejo. Y después de saberlo qué queréis, pregunta mi amigo Argelio Santiesteban, experto en habanerías. ¿Qué queréis: el vuelto?

(Del libro Con Judy en un cine de La Habana y otras crónicas de la ciudad)

LA DEMOCRACIA, EL MITO Y LA POSIBILIDAD

LA DEMOCRACIA, EL MITO Y LA POSIBILIDAD

Por Luis Sexto

Los griegos de la antigüedad llenaron el olimpo de dioses y el aire de duendes. El desarrollo social, tecnológico, científico vació el olimpo y depuró el aire. Aparentemente desaparecieron todos los mitos. Menos uno: la democracia. El demos, el pueblo, de la democracia ateniense no incluía a los esclavos, a las mujeres. Era selectiva. Como en la democracia de los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica donde tampoco los esclavos y las mujeres podían votar.

La democracia burguesa fue en sus orígenes un deslumbramiento de la libertad. Pero hoy continúa siendo el mito inventado en Atenas para predominio de una mayoría sectaria, elitista, que es, paradójicamente, minoritaria. ¿Creeremos en la ronda infantil de que es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo? Convengamos en que la democracia no puede definirse por su etimología. Esta adulterada, desacreditada, en la mayoría de las sociedades del planeta, particularmente en los países capitalistas pobres y dependientes. Por lo tanto, no existe la democracia, sino existen democracias, porque las define su aplicación, según la fórmula de Lenin: de quiénes proviene y a favor de quiénes se ejerce.

He de advertirlo. Si estos párrafos resultan excesivamente académicos, lo son contrariamente a mis propósitos. Es inevitable. Y aún me resta algo por añadir. A ese género de democracia burguesa y occidental, que pretende ser único, global, insuperable, corresponde en lo económico el régimen de propiedad privada, el principal obstáculo de la igualdad, porque tiende a dividir la sociedad en propietarios y desposeídos, en beneficiarios de la riqueza y  creadores de la riqueza ajenos al reparto o receptores de la menor porción.

La igualdad –concretada en la distribución armónica, equitativa, equilibrada- es el fundamento de la auténtica democracia: favorecería a todos o a la mayoría. En la situación contraria, la libertad, la democracia, en suma, agraciaría a las clases y sectores del poder económico. Estos integrarían la sociedad política. Al margen, los trabajadores y capas inermes. ¿O podremos aceptar los cascabeles publicitarios que anuncian que un carnicero tiene opciones para ocupar por cuatro años el despacho oval de la Casa Blanca? Preguntémosle a Ross Perot que, ni siendo millonario, pudo, hace varios años, como candidato independiente, agrietar las paredes de plomo de la democracia bipartidista norteamericana.

En los Estados Unidos, cuya clase gobernante propone al mundo su organización política como la más libre, eficaz y eficiente, el voto es una ilusión. Y aceptemos de paso que la acción de votar no compone la esencia de la democracia. La esencia democrática  se define y se consolida en el control de los electores sobre sus elegidos. Y quién que ha sido electo rinde cuentas a sus electores. ¿Regresa acaso  a exponer su fidelidad a las promesas de la campaña? Sonriamos irónicamente. El voto, sobre todo en los Estados Unidos, no significa que la voluntad del pueblo será obedecida. En las elecciones del 2000, el candidato del Partido Demócrata, Al Gore, como se sabe, ganó la mayoría de votos populares y, sin embargo, el sistema electoral norteamericano –concebido para seleccionar como ganador al que más convenga mediante el papel protagónico de los “votos electorales” de cada estado- dio su respaldo a George W. Bush, incluso con la confirmación del Tribunal Supremo, que desestimó la comisión de fraude en  La Florida. Evidentemente, los fundadores de la Unión articularon una constitución y un sistema político que garantizan permanentemente el predominio burgués, aunque parece que lo disimulan con tanto acierto que hay quienes lo consideran un modelo de libertad.

En la misma línea de razonamiento, el pluripartidismo tampoco entraña la esencia o parte de la esencia de la democracia. Más bien es una forma de organizarla. En ese tipo de juego democrático, la participación se concentra y tipifica en los partidos que, por lo común, representan grupos de poder dentro de las estructuras dominantes. En los parlamentos, pues, no se halla representado el pueblo. Sí los partidos políticos. La democracia occidental ha evolucionado contemporáneamente, en casi todo su ámbito, hacia una partidocracia. El pueblo solo vota por lo que le ofrecen los partidos. Y los partidos, salvo alguna excepción, defienden sus intereses  de grupo o de clase.

Y cuál, pues, será el camino político hacia ese mundo mejor cuya posibilidad convirtió en consigna el pensamiento zahorí de Ignacio Ramonet.

Todo apunta, a pesar de experiencias frustradas y decepcionantes que el socialismo con su democracia participativa –al margen de los partidos o del partido único- podrá enrumbar hacia una sociedad justamente gobernada mediante el voto y la voz del pueblo, sin exclusiones o limitaciones. Pero  las experiencias del siglo XX demostraron que aún las fórmulas socialistas avanzan asediadas por riesgos que no pudo evadir, al menos, en la extinta Unión Soviética y en Europa oriental. Evidentemente, una sociedad rígidamente centralizada -como lo fueron las socialistas europeas- porta en su interior las bacterias de la burocracia.

La experiencia histórica del socialismo realmente conocido hasta ahora, demuestra que el problema para las clases trabajadoras no consiste en tomar el poder político. El problema primordial se define en preguntar y responder: bajo qué formas de organización de la propiedad y el gobierno, con qué  leyes y mecanismos de participación, los trabajadores podrán ejercer la democracia socialista sin intermediarios, ni comisarios.

La democracia, que originariamente previó el sometimiento de la minoría a la voluntad de la mayoría, tiene que hallar en una sociedad plenamente humanista el equilibrio entre el nosotros y el yo;  la relación equilibrada entre los derechos colectivos y las libertades individuales.

Todavía las izquierdas, que piensan con el lado del corazón, no han coincidido en el esquema apropiado para un conglomerado humano que se reproduce  a la velocidad del vértigo, incrementando proporcionalmente, con el volumen de las multitudes, las dificultades teóricas y prácticas de gobernar. Y, sobre todo, gobernar en justicia, inmune a la rigidez burocrática, en nombre de las clases más proclives a la paz, la libertad y la igualdad. 

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

LA LECTURA EN LAS TABAQUERÍAS

Por Luis Sexto

La lectura en las tabaquerías cubanas  es otra institución que  promete no pasar con el nuevo siglo. Entró en su tercera centuria y permanece acompañando al torcido del habano  en una alianza  indisoluble. Porque qué será del torcedor si a su monótona, aunque creativa faena, se le suprime “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”, que dijo José Martí.

Cuando en l923 instalaron el primer receptor de radio en un taller — y sucedió en la fábrica de Cabañas y Carvajal—, ciertas voces profetizaron que la lectura comenzaba a acercarse a su extinción. Con el tiempo coexistieron, turnándose en el ámbito sonoro de la tabaquería.

Y qué sobrevendrá ahora, en este electrónico celo de posmodernidad, cuando  el progreso se erige en antena inexorable, en rasero inapelable con él que se pretende sustituir lo útil con lo suntuario, lo necesario con lo lujoso. Nada  habrá de pasar. La humanidad se anuda a lo práctico. Ese es su mejor resorte de adaptabilidad. De modo que sabe que la lectura es el pasadizo primordial del conocimiento.

Los torcedores, con la lectura, alcanzaron  cotas de instrucción impropias para el siglo XIX. Estamos hablando de 1865 cuando el iletrado era el trabajador típico de la sociedad esclavista colonial. Ese año, a sugerencia de don Nicolás Azcárate — dúctil sensibilidad y empinado talento literario y jurídico—, y apoyados por el tabaquero y periodista Saturnino Martínez, los talleres de El Fígaro, en La Habana, inauguraron la institución de la lectura. El más preparado de los torcedores, con un salario juntado por la dádiva de sus compañeros, se aplicó a leer lo mismo un novelón que un texto filosófico. Don Jaime Partagás, apellido trocado hoy en una celebérrima marca, aprobó luego la iniciativa y la estableció en su fábrica.

Otros propietarios, sin embargo, se opusieron, secundados por El Diario de la Marina. Temían que la lectura sacudiera el polvo, ordenara los trapos de la conciencia proletaria. Y fue verdad. En breve los torcedores se convirtieron en el sector más instruido en humanística y en política de la entonces incipiente clase obrera cubana. Los líderes más lúcidos provenían de las tabaquerías. Martí, conociendo que eran trabajadores intelectualmente aptos, se auxilió de los torcedores para difundir y apuntalar la idea de la independencia.

El lector de tabaquería fue ― lamentablemente ya no es― una especie de actor. Hasta hace pocos años, al menos los lectores más antiguos actuaban el texto. Como leían para ser escuchados, la voz adoptaba tonos, ritmo, énfasis, incluso matiz, para que el libro o el periódico fueran comprendidos. Actualmente, quizás por la bondad sonora del altoparlante, el lector no se esfuerza tanto en  “vivir” la lectura.Pero de cualquier forma, cuando usted entra en un taller de torcido, junto con el aroma evocador, plácido, del tabaco, lo toca el mensaje de un libro que intenta hacerle recordar que el tiempo es también la prueba de lo que no se propone pasar.

“CECILIA VALDÉS”

“CECILIA VALDÉS”

Por Luis Sexto

“Cecilia Valdés o La loma del Ángel”, novela fundacional de la literatura cubana, fue impresa en un taller tipógrafo de New York  donde se tiraba el periódico en español El Espejo. Su autor, Cirilo Villaverde,  a quien nadie osa regatearle el título de fundador de la novelística nacional, posiblemente remató allí la versión definitiva, porque residió habitualmente en los Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, salvo esporádicos viajes y residencias en Cuba.

Villaverde tuvo que exiliarse de la isla en 1849 después de participar en la conspiración de Trinidad y Cienfuegos un año antes. Luego fue secretario del general Narciso López, que por dos veces desembarcó en Cuba con expediciones compuestas por cubanos y norteamericanos. En la última, el caudillo, nacido en Venezuela y propulsor de la anexión de Cuba a la a los estados esclavistas del sur de la Unión norteamericana, fue apresado y ejecutado en garrote en 1851. La esposa de Villaverde, Emilia Casanova, cosió la bandera ideada por López y que desde 1868 –a raíz de la primera guerra por la independencia- es la enseña nacional.

“Cecilia Valdés o La loma del Ángel” pasó la prueba de la crítica y la contradicción.  A pesar de la polémica sobre sus insuficiencias de estructura,  la reducción psicológica  de sus personajes y sus caídas estilísticas, mantuvo en su época y años siguientes el título de libro capital en la literatura de la colonia, y su autor, Cirilo Villaverde, el mérito de ser el abanderado de la literatura cubana.

Ya en nuestros tiempos se discute poco sobre el expediente de “Cecilia Valdés”. Se mencionan, por oficio, los reparos que la limitan, pero  nadie tampoco la eximiría hoy de un catálogo de obras primordiales de las letras cubanas. Quizás todavía algunos estudiosos difieran al ubicarla en las casillas de tendencias o métodos creativos: unos creen que es novela realista; otros, en cambio que es expresión del costumbrismo activo. Pero, en fin, la polémica mantiene vigente la relevancia  de “Cecilia Valdés” y abona el crédito de esta obra cuya versión definitiva fue publicada en 1882. 

No extraña, pues, a 126 años de su publicación, y a 194 del nacimiento de su creador, que este lienzo de la sociedad colonial  en el siglo XIX  sea pieza que se estudie en las escuelas y las universidades cubanas, y reciba favores de críticos y estudiosos que, puestos a elegir, le conceden el número uno en la preeminencia de la literatura anterior al siglo XX. Pasó, sea dicho de paso, en 1948 cuando La Revista Cubana, editada por la dirección de Cultura, del Ministerio de Educación, publicó los resultados de una encuesta concebida y aplicada por el historiador César Rodríguez Expósito.

La indagación se dirigía a establecer, en opinión de los principales intelectuales de esos años, los 20 mejores libros  de la época colonial y los 20 de los años republicanos.  Cecilia Valdés” mereció el primer lugar sin pariguales en el siglo XIX.  La siguieron “La Historia de la esclavitud”, de José Antonio Saco, y “Poesías”, de José María Heredia, que recibieron igual número de votos en el segundo lugar. Colmaron la lista, entre otras, obras de José Martí, Luz y Caballero, Félix Varela, la Avellaneda, Francisco de Arango y Parreño, Felipe Poey, Balchiller y Morales, Álvaro Reinoso,  Manuel Sanguily,   Manuel de la Cruz.

Una encuesta similar respondida hoy,  tal vez modifique el orden de ciertas obras, o elimine algunas e introduzca otras. Lo que parece indiscutible es que “Cecilia Valdés” seguirá ocupando un lugar fundacional en la novelística cubana.  Aun en los años siguientes a su publicación en 1882, ni los sus más ardientes cuestionadores se negaron a reconocerle el título de la mejor novela cubana hasta ese momento.  Y si algún crítico destapaba una llaga, otro, de igual o más valía, le aplicaba la opinión contraria.  Martín Morúa Delgado, por ejemplo,  sostenía que los personajes de “Cecilia Valdés” habían surgidos para andar solos, porque juntos, vistos en plano general, anulaban  “el efecto del rico argumento de la obra: la fotografía social del pueblo cubano en la generación de 1812 a 1831”, pero al final  advertía que no obstante todo lo dicho negativamente en su análisis, no podía quitarle el puesto entre las mejores novelas cubanas.

Enrique José Varona, en cambio,  emitía un juicio entusiasta y totalizador: “Cecilia Valdés es la historia social de Cuba”. Líneas antes había escrito que era “evocación maravillosa (...), exteriorización palpitante de la vida íntima de un grupo humano”. 

Villaverde había vivido parte de cuanto narró.  Nacido en 1812 en el ingenio Santiago, próximo a San Diego de Núñez, poblado de la costa norte de la provincia de Pinar del Río, a unos 10 kilómetros de Bahía Honda, se atrevió a reflejar su contemporaneidad en la primera versión de “Cecilia Valdés, publicada en 1839.  Si Villaverde más tarde no hubiera acometido la reescritura definitiva, quizás la novela habría pasado como un intento costumbrista más en la etapa en que la narrativa cubana empezaba a exigir personalidad literaria. Hubiera carecido de trascendencia. Entre 1839 y 1879, año este en el que concluye la obra, Villaverde enriqueció su óptica de escritor con los afanes del revolucionario. Y ello le propició, en su propósito de ampliar y corregir, un reflejo crítico, vivo, de una sociedad contra cuyos estigmas y episodios primordiales él mismo peleaba.

Algunos de sus críticos más pugnaces tuvieron razón al reprochar a la novela defectos de estructura, de personajes y de estilo.  Villaverde escribió sobre una herencia literaria muy endeble, incluso  su formación romántica. Sin embargo, la calidad de la novela salta por encima de las deficiencias personales y de época. Apareció, tal quería Stendhal, como un espejo.  El espejo de la Cuba vieja que debía extinguirse para empezar a observar los nuevos perfiles iniciados con la guerra independentista de 1868.

“Cecilia Valdés o La loma del Ángel” fue, desde la literatura, la legitimación ideológica e histórica de la revolución que ya José Martí predicaba y que irrumpió en 1895, un año después de la muerte de Villaverde en Nueva York.   

EL MILAGRO DE LAS MANOS

EL MILAGRO DE LAS MANOS

Por Luis Sexto

La alfarería convirtió al hombre en creador, en señor de las formas, mediante un ritual único basado en el movimiento solitario y concentrado de las manos. De una costilla de barro va el artífice sacando el cuello y las caderas de un ánfora. Lo veo ahora, en el taller de Rigoberto Gómez Sulimán, ámbito bíblico donde  él experimenta con la vida. Como un doble de Dios.

El paisaje se asemeja a aquel primer amanecer humano: la naturaleza lo ocupa todo. Palmas y otros árboles tupen en entorno, y cerca un riacho, afluente del Jaimanitas. Hay olor a leña ardiendo. Olor que convoca  irrefrenables nostalgias. Olor de lo remoto. Olor de abuelo. Estamos en El Cano. En un área donde junto con el cultivo de la tierra se cultivan los caprichos de Sulimán, apellido árabe que puede ser también apelativo de un mago. Porque Rigoberto también lo es. Sulimán el mago. Del sombrero imponderable de sus manos surgen las figuras de arcilla, cuyas vetas amarillentas comparten el espacio con el boniato o el maíz de la finca paterna.

DESDE LA SEMILLA

He venido al predio de Sulimán, porque él es también el guía, el líder de una tropa de alfareros que hoy rescatan los valores tradicionales de El Cano, barrio de atmósfera rural del municipio de La Lisa, que en 1879 fue ayuntamiento y la república de 1902 disminuyó adscribiéndolo a Marianao. Desde su fundación, por un propietario de ese apellido, y también antes, la alfarería empezó a distinguir al poblado. La fabricación azucarera la engendró, cuando varios ingenios sustituyeron a la crianza de ganado menor como principal actividad económica de esa zona del suroeste de la capital. Entonces la purga del azúcar necesitaba miles de hormas de barro. Se levantaron los tejares. Y canarios, mallorquines y andaluces que poblaban el asentamiento, acumularon en las manos la sabiduría de sus ancestros regionales.

En el siglo XIX, el azúcar dejó de producirse en aquellos terrenos llanos y secos. Pero el barro quedó como materia prima con la cual el pueblo amasó su sostén y delineó su distintivo cultural. A la entrada del liceo recreativo, a un costado de la iglesia, tan vieja como el poblado, dos tinajones profundos y anchos como una cueva -donde cualquier Diógenes podría vivir- muestran en el lomo las letras ambiciosas, casi con alas, de épocas pasadas, que confirman la antigüedad de la alfarería de El Cano. Sobre todo la fecha: 1854, año en el que fueron torneados y quemados estos recipientes cuya forma y tamaño se emparientan con los de Camagüey.

EL CALOR DE LOS HORNOS

En una tienda conocida comúnmente como La bodega de los tejaleros, se reunían los artesanos. Tal vez para beber un trago en la tarde. O comprar los alimentos de la jornada o de la semana. Un día de 1945 idearon dedicar una fiesta al oficio, al don milagroso que les permitía mantener a los hijos y les daba identidad comunitaria. Una verbena, una romería, una feria, cualquier acto que mezclara lo festivo, lo religioso y lo laboral. La primera encendió sus bullicios y devociones el primero de septiembre del mismo año. Todavía se celebra. Es una de las tareas del proyecto cultural que integran los alfareros del pueblo y dirige Sulimán.Hace una década, la alfarería de El Cano  olió la extinción en las restricciones de transporte, combustible, electricidad del período especial. Los principales talleres estatales clausuraron su ambiente rojizo y húmedo. Parecía que el pueblo iba a perder la ocupación que las manos de decenas de generaciones habían conservado  por más de dos siglos.  Alrededor del pueblo existen fábricas de gases industriales, de impermeabilizantes, de armaduras de espejuelos, un centro apícola, otras fuentes de trabajo. Pero en El Cano se afirma, como en un juego que es muy serio, que la alfarería será una ciencia, será un arte, para ellos, sin embargo, es una enfermedad incurable. La trasmiten incluso en las escuelas. Y la actividad particular mantuvo vigente el fundacional oficio. Retornaron a las raíces. Leña por electricidad. Unos 40 talleres, con 120 alfareros, continúan amasando, torneando, horneando, el barro. Ahora, también, hay dos talleres estatales.

Aquellos, que mayormente se dedican a la alfarería rústica, utilitaria, fieles a las formas inventadas por los fundadores en el siglo XVIII, no desean que se les conceptúe genéricamente como trabajadores por cuenta propia. Al menos, que se les aplique un enfoque especial. Las características laborales del alfarero no se parecen a las del que moldea, fríe y vende croquetas. Ellos comen del barro. Pero el barro condiciona una organización laboral que exige, incluso la participación familiar. En el taller el que tornea no puede también depurar y amasar la arcilla y además quemarla. Por añadidura, el barro les ha modelado dentro una sensibilidad, un gusto, que trasciende la venta de los jarrones, las macetas, los ceniceros reproducidos en el patio de la casa, a cuya entrada se acumulan, como vista típica,  maderas y palos inservibles para abastecer de calor a sus hornos.

EL ALMA EN LA PIEZA

Según memorias y apuntes, la alfarería artística de El Cano tiene un antecedente en Francisco el Mallorquín. Hacia 1935, este artesano comenzó a embellecer la elaboración tradicional de porrones, tinajas, ollas, freideras, con piezas de vuelo ornamental. Hoy, entre otros, Jorge Gómez Sulimán eligió despegar, sobreponerse a las urgencias puramente utilitarias y añadir al barro alma, imaginación, emotividad. Había iniciado el contacto con la alfarería a principios de la década de los 90, después de nueve años como experto en sistemas eléctricos. De pronto, como les ocurrió a muchos en esos días, su trabajo perdió objeto y recursos. Fue en el taller de uno de sus hermanos donde aprendió los secretos de la arcilla: a mezclar los diversos tipos para conseguir plasticidad y resistencia a las altas temperaturas. Ese ámbito primitivo y contemporáneo a la vez, maquinal y creador, lo cautivó. Aprendió a tornear con el maestro Alexander Maruri. Pero no perseveró en lo funcional. Le exigió más a sus manos. “Descubrí el esmalte, y me volví loco. Me di cuenta de que me permitía expresar más, pero yo quería que fuera a partir de lo tradicional.”  Y las tentaciones lo inquietaron. Torneó un porrón para agua, le abrió una ventana en uno de los costados, y dentro levantó un patio colonial... 

Ante sus manos milagrosas se extienden las planicies del universo sin límites de la cerámica, que es el uso de la arcilla con pasión e imaginación. Cuenta 40 años. Qué habría hecho si viviera los 92 de Juan Tello, el más viejo de los alfareros de El Cano. “La alfarería es interminable. El barro es sorprendente.” Pasa sus manos por la masa, va torneando, y de pronto todo se vuelve un revoltijo. Perdió el creador concentración, o imprimió al torno más velocidad. La alfarería es eso: velocidad petrificada y domeñada por las manos. Pero aún en el fracaso, uno ve líneas artísticas en el barro. Y es lo natural. A ningún dios la obra le sale mal.

HUYE DE LOS PROBLEMAS

Por Luis Sexto

Diccionario de frases célebres
Primero, una definición. La felicidad, qué es. Según esta frase, eso: ausencia de problemas. Placidez en el calendario, día plano y pleno. Complacencia por que la aguja de la vida traza una raya sin arrugas. Todo va bien...Huye de los problemas. Claro, la recomendación no es tan absoluta como alardea. Hay problemas que nos asedian inevitablemente. Llegan sin invitación. En cuentas realistas y redondas, existen tres tipos de problemas: los que nunca tendrán solución; los que conceden espacio a la solución. Y los que uno no quiere solucionar.    
Evidentemente, la frase enruta su imperativo hacia un nirvana acomodaticio. Si ignoras el problema, el problema no existirá. Y no permitas que nadie lo descubra, lo devele, lo recuerde. Acude a esa excusa incontestable: no nos desviemos; este no es el momento; más tarde, en otra ocasión, convocaremos una asamblea para analizarlo. o un almuerzo. O si estás en tu casa, di campantemente: otro día conversamos; ahora estoy muy cansado. Y la rotura de la ventana perdurará, o la lámpara continuará ciega. Y la maquinaria puesta en el patio de la fábrica, a la intemperie, proseguirá su paso hacia el deterioro, y el camión permanecerá abandonado en aquel parqueo lejano, con los neumáticos podridos de tanto aguardar.    
Y quién duda que alguna vez no hayamos actuado así: emulando al avestruz. Usted mismo; yo. ¿Y acaso no hemos sentido ira por ese compañero que cada vez que se nos aparea acude a una lista de problemas envejecidos? Chico, cará, cuándo vas a entrar en esta oficina con las manos limpias. Con una sonrisa de felicidad. Y el reproche se justifica. Porque a nadie le gusta que lo estén importunando con la letanía de que aquel problema sigue con la oreja enhiesta esperando oír una decisión resolutoria.   
En efecto, a tales sujetos les molesta que le recuerden que lo que se niegan a aceptar, lo que para ellos no existe, lata, persevere sacando sus señales de humo. Son los complacidos y complacientes de plantilla. Ah, y no los llames burócratas, o irresponsables, ni siquiera “felicianos”. ¿Feliciano yo, que me mato preocupándome por que nadie se preocupe?  ¿Burócrata yo, tan flexible, tan amplio, tan tolerante; yo, que le doy tanto tiempo a la gente y a las cosas?
Esa actitud es, en sí misma, un problema. Y tiene su antídoto en otra frase, pero de signo positivo: no convivas con los problemas, no les permitas alcanzar la mayoría de edad. No puede crecer en armonía una familia cuyos problemas, o la solución a sus problemas se aplacen cotidianamente. Ni organismo económico, productivo, social o político que prospere o ejerza cabalmente su papel o logre su objeto metiendo los problemas, o un solo problema, en el almacén de desechos. Un problema presuntamente desconocido posee un efecto de multiplicación. Es el mismo problema pendiente en la conciencia de cuantos exigen o esperan la solución. Lo político, lo eficiente, lo racional, implica el resolver problemas, no el crearlos. 
En fin, en el fondo del problema se aprecia un equívoco. La felicidad no es el lugar donde no habitan problemas. Marx lo intuyó con vocación romántica y realista a la vez: “La felicidad está en la lucha.” La felicidad es eso: probarse ante los problemas. Sin fragmentarse. Séneca, el filósofo español en la Roma imperial, lo barruntó en una de sus epístolas a Lucilo. Le dijo: desgraciado el hombre que no tenga dificultades.          

 

LA PASIÓN OCULTA DE MÁXIMO GÓMEZ

LA PASIÓN  OCULTA DE MÁXIMO GÓMEZ

Por Luis Sexto

La obra del Máximo Gómez salta cualquier bandera. Fijarle patria, por lo tanto, no parece ser en lo sustancial  problema que deba ocupar, ni preocupar, a la historiografía, ni a cuantos veneramos la vida de El Viejo. Y la faena puede concluirse otorgándosele un título que supone una ciudadanía más vasta y ejemplar: internacionalista.

Pero si esencialmente no ha de interesar a los valores históricos, fijarle patria a Gómez o esclarecerle sus sentimientos nacionales más íntimos atañe en lo particular a la moral, a la ejemplaridad revolucionaria del Héroe de Palo Seco. Después de una inmersión en este aspecto -un tanto secundario frente a la vastedad de su acción fundadora- puede colegirse que los méritos de Gómez son mayores. Porque su entrega internacionalista a Cuba exigió sacrificar gustos, deseos, derechos muy íntimos.

Dos preguntas reclaman un intento de explicación: ¿Amó más a Cuba que a República Dominicana? ¿Qué significó en sus emociones la isla donde nació? Hemos de reconocer de inmediato que dos patrias comparten al Generalísimo del Ejército Libertador de Cuba. No lo comparten por razones de equilibrio diplomático. El propio Gómez se encargó de admitirlo cuando en su Diario apuntó la visión totalizadora del ámbito geográfico y social de su vida. El 11 de abril de 1895 navegaba por el paso de los Vientos en viaje de Boston a Jamaica. A las cuatro de la tarde, a través de la neblina azulenca de la lejanía, el General vio a la vez las cosas de “Santo Domingo y Cuba (…) los pedazos de tierra de mis ensueños”. “En la primera –prosiguió- dejé la cuna y quién sabe si en la segunda tendré mi sepultura.”Los cubanos, pues, podemos llamar conciudadano, compatriota, a Gómez. Y no solo por confesión del Generalísimo. Cuarenta años como actor principal en la historia de Cuba, construyendo la nacionalidad como cuerpo político y jurídico en independencia y libertad, confirman la ligazón sentimental del paladín de La Reforma con la isla que lo acogió en 1865 cuando, “errante y proscrito”, desembarcó en Santiago de Cuba para iniciar un destierro casi definitivo. Quiso a Cuba con la inclinación del hijo. Pero del hijo adoptivo. Porque –volvamos a preguntar-: ¿Se consideró a sí mismo netamente cubano? ¿Olvidó a República Dominicana?

Si aplicamos un criterio emotivo al analizar los hechos y los personajes de la historia, estas preguntas, y quizás sus respuestas, podrían causar una reacción de inconformidad, y podría, incluso, estimarse que con ellas se lastima la memoria del maestro de los Maceo, del Guerrillero que enseñó a los cubanos el uso del machete como arma de guerra. En cambio, para quien no guste de acomodar la historia a sus ideas e ideales, ni crea que por trascender el tiempo humano y perdurar en el histórico el individuo alcanza cierta laica, civil, santificación que lo separa de sus defectos y peculiaridades personales, el resultado de la indagación enaltecerá más a Gómez.

La médula de esta exploración se reduciría a formular otras tres preguntas aparentemente inútiles: ¿Renuncia el internacionalista a su patria para asumir al mundo como habitación, o se despatria absolutamente, o adopta como patria al país que sirve? Salvo que actúe como un mercenario o un aventurero, el internacionalista se introduce en la epopeya de otro pueblo impelido –además de por las ideas, la generosidad del carácter- por un sentimiento de amor que es prolongación del amor a su pueblo de origen. Y por tanto alejarse de este, no retornar para donar un gesto solidario, implica velar interiormente las lágrimas de la nostalgia como un caballero vela en silencio, soterrada y continuamente, una pasión imposible.

El Generalísimo fue un hombre de pasión que el soldado austero, estricto, exigente, enmascaró tras la humeante crónica de sus acciones bélicas o el tenso cavilar de la conspiración revolucionaria. Por momentos, sin embargo, suelta alguna señal de su preterido escozor cuando, desanudando el pañuelo de su corazón, el compacto militar se trasmuta en poeta, a la vez lírico y trágico.

Transcurre noviembre de 1898. Y aunque por primera vez en los últimos tres años duerme regularmente bajo techo, come con la aprobación ufana de su boca y ya no tiene que evitar ni combatir las balas y los sables españoles, Gómez está preocupado. Lo inquieta el fin de la guerra. “Este momento de alegría me da miedo.” ¿Cumplirán el presidente McKinley el Congreso de los Estados Unidos su promesa de entregar la independencia a Cuba? Dentro de estas urgencias y aprensiones que emborronan los días del Cuartel General en el ingenio Narcisa, en las afueras de Yaguajay, Gómez aprecia que la cercanía de la paz lo acerca a su más discreto anhelo. El 15 de noviembre escribe a su primo Francisco Gregorio Billini: “Yo, como siempre, sano y fuerte, acompañando a este pueblo en la odisea de su miseria. Este problema, de una parte, y de la otra, la oposición de los cubanos, a más de lo que juzgo un deber de conciencia, me atan de pies y manos como Prometeo a su roca, dilatando necesariamente la realización del gran deseo de mi alma: regresar al terruño amado, abrazar a los míos, contemplar mi cielo, bañarme en mi río… Este es el sufrimiento mayor; pero completemos la obra del sacrificio.”

El cinco de diciembre reitera al propio Billini que sus deseos son retirarse al lado de los suyos, “al calor de mi tierra amada, más amada mientras más lejana”. Y se desborda en una lánguida confesión: “A mi pueblo, a mi Baní del alma (…) no lo he olvidado ni un momento en medio de los azares de la ruda campaña.” Catorce años antes, el 8 de noviembre de 1884, hallándose en Nueva York, en respuesta a una carta del General Francisco Carrillo, le escribe: Su carta “me ha trasladado a mi Baní y me ha hecho aspirar el ambiente de sus flores y oír el susurrar de las aguas del ‘Banilejo’. Y resumía: “Verdaderamente, para saber cuánto se ama la patria y se adoran los recuerdos, se necesitan los sufrimientos del destierro. (…) General, a nosotros no nos queda más remedio que firmar un pacto con la muerte para volver honrados a que nos calienten nuestras tierras.”

Desde los llanos de Camagüey, el 20 de septiembre de 1895, le escribe a Federico Henríquez y Carvajal, el dominicano a quien martí llamó amigo y hermano: “…Mi amor por Cuba no ha causado merma en el amor a mi patria…”

En suma, cuanto hizo en Cuba “como humilde y devoto soldado de la libertad lo hice a nombre del pueblo dominicano, cuyas miradas estaban puestas en mí”. Así lo declaró en 1902 durante un viaje a República Dominicana. Retornará allí temporalmente en 1904. Y jamás volverá. Una año más tarde, Cuba, como previó, lo retuvo para siempre bajo el calor de su llanto. 

LAS PARRANDAS DE REMEDIOS

LAS PARRANDAS DE REMEDIOS

Por Luis Sexto 

Una manifestación de cultura comunitaria 

El diablo se apareció en San Juan de los Remedios en siglo XVII, para recomendarles a los vecinos que se mudaran hacia las tierras de un hato próximo cuyo propietario era el párroco de esa localidad, octava villa fundada en Cuba por los colonizadores, entre ellos Vasco Porcayo de Figueroa. De esa pelea entre las tropas infernales y los remedianos, de la cual dio cuenta el sabio don Fernando Ortiz, resultó la fundación de la actual ciudad de Santa Clara.

Quizás el demonio pudo sentirse satisfecho y nunca más aparecer en el apacible poblado. Pero ante la existencia y persistencia de las parrandas, se pone en duda tal aseveración, porque el diablo parece haberse quedado nutriendo con sus ardores tales fiestas populares sobradas de música, fuego e imaginación, cada 24 de diciembre.  Surgidas en los primeros años del XIX, las parrandas componen parte de la cultura original de Remedios, declarado monumento nacional en 1980. Trabajos de plaza que remedan desde el Empire State hasta la Torre Eiffel, y carrozas con sus coristas, más faroles vistosamente construidos, polkas, rumbas, color, se conciertan en una noche que concluye con el sol del día siguiente.

Los barios de San Salvador, simbolizado por un gallo, y El Carmen, por un gavilán, compiten en ingenio y fantasía al diseñar la arquitectura de los objetos en exhibición. Y también en la capacidad de hacer ruido. Porque un duelo a base de pirotecnia –voladores y fuegos ratifícales- sacude al más amodorrado. Al final no existen ganadores. Ha ganado el pueblo. Su convivencia.

Hay que añadir que al principio fue el ruido, y el ruido brotaba al amanecer. Porque como eran remolones los habitantes de San Juan de los Remedios para acudir a las llamadas misas de aguinaldo, entre el 16 y el 24 de diciembre,  un cura astuto habilitó a los niños de cuanto instrumento lograra despertar a fieles tan poco devotos. El ruido , con los años, pasó a ser patrimonio general y se establecieron competencias entre vecinos con el fin de precisar quiénes era los más atronadores. Al parecer, la sensibilidad auditiva de los remedianos convirtió alguna porción del ruido en música. Y surgieron las parrandas cuya influencia ha tocado a muchos pueblos del norte de la provincia de Villa Clara. En Camajuaní, Caibarién, General Carrillo, Vueltas,  se repiten esas fiestas cuyo autor y participante es el pueblo mismo.

Remedios mantiene su fisonomía colonial. Entra el visitante en la villa, y lo envuelve una atmósfera antañona. Admirable es el interior de la iglesia parroquial mayor donde se conservan los altares barrocos laminados en oro y una imagen de la Virgen María –dicen que única en el mundo- con el vientre abultado por su gestación sagrada. Remedios, que recibió el título de ciudad en 1874, tuvo en 1513 sus primeras casas. Pero solo fue reconocida como villa por el Rey de España en 1545. Por ello no está entre las primeras siete que se fundaron en Cuba. No obstante,  siendo la octava, se distingue entre aquellas que continúan apegadas a su pasado fundacional  y defienden su fidelidad a la tradición.