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PATRIA Y HUMANIDAD

CONDENADOS A CONVIVIR

CONDENADOS A CONVIVIR

  Por  Luis Sexto 

Planteo este asunto en los extremos. Digamos, pues, que vivir no es necesario. Sí lo es convivir. Porque, en realidad, como la vida tiene mucho de azar y uno pudo haber nacido o también no haber nacido, por ello decimos que no necesitamos vivir.  

Pero, ya vivos, ya siendo personas, es necesario relacionarse con los semejantes, incluso con aquellos que no son iguales a nosotros, pero viven. Por lo tanto, se hace forzoso convivir. Con mi familia, con mis amigos y vecinos, mis compañeros de trabajo o de escuela,  incluso con los desconocidos en la calle. Y, sea dicho en voz alta, necesitamos convivir con la naturaleza.

De todos los actos humanos, el de la convivencia, además del más necesario, es el más difícil. Los psicólogos clínicos están de acuerdo en señalar los problemas de convivencia, como los males que más frecuentemente aquejan a sus pacientes. No será una insensatez afirmar que convivir es un arte. El arte de la delicadeza y la solidaridad. Es el arte de saber ponerse en el lugar del otro.  Por ese cambio de posición comienza el respeto al derecho ajeno, clave de la convivencia. 

Usted seguramente sabe qué es convivir. Sabe incluso qué es mal convivir. Porque ya notamos con inquietud que estamos confundiendo términos como libertad, igualdad, con sus contrarios. Es decir, con libertinaje, igualitarismo, irrespetuosidad.  Estamos creyendo que los demás no existen. Estamos considerando que mis fronteras personales o familiares no terminan en la puerta de casa, sino comienzan en la del vecino, o en el asiento del compañero de viaje o en el puesto de trabajo del colega.

No creamos, desde luego, que vivimos en el caos. La vida social es mezcla. Mezcla de bueno que permanece y de malo que intenta perdurar. Esa es una lucha implícita. Permanente. Necesaria. Hay leyes. A veces se incumplen, se soslayan, hasta se olvidan. Pero una persona que tenga la sensibilidad aguzada, conoce que ciertas leyes básicas comienzan en uno mismo, y que es uno mismo quién debe obligarse a cumplirlas. Por ejemplo, el respeto a la propiedad ajena, social o privada. ¿Hace falta acaso que alguien nos lo recuerde?  Por ejemplo, el respeto al descanso del vecino. ¿Por qué cuando oímos música queremos compartirla con todos, de modo que la felicidad o alegría de uno se convierte en la infelicidad de otros?  

Vamos a meditar en el alcance de nuestra conducta. Vamos a pensar que la libertad absoluta es un simple cuento. Vamos a creer que la libertad comienza dentro del ser, pero que se atempera, se relativiza cuando se hace imprescindible relacionarse con el otro. Con aquel, con este, incluso con el árbol y el perro. Si Daniel Defoe no le hubiese puesto un compañero, un vecino, a Robinson Crusoe, el náufrago, el solitario, se habría deshumanizado. Cuánta razón la de Marx cuando apuntó que la esencia del hombre la componen las relaciones sociales.

En verdad, no existen alternativas. Estamos condenados a convivir.

EL BOSQUE DE LA AMERICANA

EL BOSQUE DE LA AMERICANA

Por Luis Sexto

El espíritu de Helen Rodwan Jones ya se retiró a su nicho de intemporalidad. Ahora nadie teme pasar cerca de donde perduran el piso y los cimientos de su casa, ni cree verla vestida de blanco con un majá enroscado al cuerpo; un majá enorme que, al arrastrarse por el suelo húmedo, trazaba huellas tan anchas como las  ruedas de un tractor.

La presencia de Tomás Betancourt López obligó a abandonar la subversiva memoria con la cual por unos 40 años mistress Jones habitó aquel bosque que llaman, desde tiempos lejanos, La Jungla. Helen y su esposo Harris llegaron a la Isla de Pinos en 1902. Entonces, junto con la intervención estadounidense, desembarcaron en el archipiélago cubano centenares de ciudadanos norteamericanos. Eran nuevos colonos sobre una tierra ya colonizada en parte y en parte deshabitada, y a la cual mayoritariamente consideraban predio de salvajes.

Helen y Harris no se enriquecieron en la isla que el novelista inglés Stevenson sobrenombró como del Tesoro. Permanecieron pobres. Más bien entregaron la riqueza de su bondad, de su espíritu de progreso: plantaron un bosque. El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos les suministró semillas o posturas de árboles de diversas especies y países con el propósito de estudiar cómo se comportaban en el trópico. Unas diez hectáreas se tupieron con el follaje de la arboleda. En ciertos espacios el sol permanecía como tras una visera, ajeno al movimiento que las sombras de la selva  protegían con una noche simulada. En el medio, los Jones edificaron un bungalow;  casa rara, atípica, con  paredes de tablas y techo de guano, casi al borde de un riacho cuyo murmullo se adhería al abanicar de los pinos o el crujir de los bambúes.

 Distante un kilómetro, las ruinas de la primera iglesia de  la Isla de Pinos, en el punto llamado Los Almácigos, abastecía a La Jungla de un valor más: ese había sido el sitio del primer asentamiento pinero, a finales del siglo XVIII. De ahí, en 1809, partieron los pobladores que, muy cerca,  fundaron Santa Fe, como prolongación o sustituto del primitivo caserío. Los baños mineromedicinales, descubiertos allí a mediados del XIX, permitieron que la Jungla se convirtiera en un atractivo turístico.

Del cercano pueblo venían los bañistas en coche de tiro a descansar, relajarse, meditar en el bosque. Harris murió en 1932. Helen, sola, continuó allí. Era señora de un paraíso donde, a su llamado –cruc, cruc, cruc-, los sapos venían a comer de las manos humanas. Un majá largo, pero no tan voluminoso como luego lo reprodujo el mito, colgaba del cuello de la mujer, más tarde vieja, y luego anciana. Siempre en  su regazo, un revólver Colt de calibre 38. No pudo, sin embargo, utilizarlo para defenderse aquella noche  del 26 de enero de 1960, cuando varios prófugos del presidio llamado Modelo la asesinaron para robarle un dinero que nunca poseyó: sólo percibía una pensión de 25 pesos. Incendiaron la vivienda quizás para simular un accidente. Entre las cenizas y las ruinas, unos colgajos sanguinolentos, negros  como pulmones de fumador,  anunciaron que Helen había muerto.Ese mismo día el bosque empezó a morir su vida.

Nadie más lo cuidó, ni lo amparó. Razones aparentemente justificables le horadaron el suelo, talaron ceibas seculares, dinamitaron raíces. Los cerdos lastimaron la capa vegetal con su hocico depredador. Bosque, selva, jungla: coágulo maltrecho en la llanura. La maleza creció. Y también la leyenda. Quizás el  inconsciente colectivo creía adivinar, en los despojos de la arboleda castigada, entre la penumbrosa soledad, el alma encolerizada de la anciana que acusaba, en la forma imprecisable de la superstición, a cuantos lastimaban la natural heredad, la amorosa herencia de los Jones.

Pero la victoria de la muerte suele transitar hacia el triunfo de la vida. Como en los bambúes. Florecen una sola vez, aproximadamente a los 130 años, y echan flores antes de fenecer de modo que, secándose, su simiente rebrota en el mismo suelo. Y mientras  La Jungla se clareaba, se deshojaba, en la Isla de la Juventud, en Guantánamo nació Tomás Betancourt López. Se graduó de profesor de física. Un día, uno de esos días de incertidumbre del Período Especial, Tomás pidió trasladarse hacia Cayo Largo del Sur. Allí le prometieron un empleo en una instalación turística. Esperanzas de vivienda también. Mas le retuvieron la baja en la escuela. Perdió la oferta donde lo aguardaban. Y entonces  por necesidad de casa, y por decisión de su carácter independiente, renuente a las imposiciones, y por el desafío de gobernar su libertad y comenzar otra existencia, partió hacia Nueva Gerona con su esposa y con el hijo. Transcurría 1998. Tenía 28 años. Apenas dinero. Y una divisa compuesta mientras leía a Martí: vivir abrazado a la verdad. Por ello,  miraba de frente. Y en sus ojos, tras cierta cortina de melancolía, se transparentaba una reflexiva, intelectual  madurez.

Acertados estuvieron los dirigentes municipales de la agricultura cuando decidieron entregar a Tomás Betancourt y su familia la finca forestal donde se hallaba La Jungla: dos caballerías y un tanto más. Sólo hacía dos semanas que habían desembarcado en los muelles de Nueva Gerona. ¡Un profesor de física metido a trabajador forestal! Cuánto durará. La pregunta, lógica; la duda, normal.  El 28 de mayo inauguraron el comienzo del rescate de la Jungla. No creo pertinentes las palabras para describir cuánto sufrió quien obligó a sus manos apretar el hacha con los mismos dedos que poco antes guiaban  el lápiz o la tiza. Una finca forestal es el campo, el trabajo, el usufructo de una familia. No más. Un presupuesto para limpiar y replantar el bosque. Y un paño para autoabastecimiento. Y varios carneros y unas vacas.  

Tomás limpió. Plantó. Aró. Surcó. Sembró. Y condujo a pastar a los ovinos, y aprendió a ordeñar vacas. Hubo momentos desesperados: volar, salir de allí... Resistieron.

-Era posible. Sólo basta desear, querer hacer las cosas. Esa es mi convicción. 

Fabricaron la casa. Y la mujer, Yaritza Morejón, tan joven como su marido, se habituó a la soledad. Y a él el cuerpo se le curtió. Aunque el sudor no le encalleció la conciencia. La purificó. La afinó. Porque estaba en contacto con la naturaleza. Y su sensibilidad intuía que allí podía trabajar para el futuro. Como un creador. 

Tomás Betancourt supo con los días la historia de la americana Helen. Empezó a ordenar aquella selva mixta. Identificó los árboles, al menos los que logró reconocer; les puso tablillas con los nombres. Y por las tardes viajaba a Nueva Gerona a leer en la biblioteca, a conversar con Colina el historiador. Yaritza quedaba en la finca. Nunca pueden salir juntos. La recompensa de tanta ofrenda aparecía jornada a jornada, al amanecer: Helen y su obra antigua y olvidada iniciaron la resurrección. El bosque se desprendió de supersticiones, de las cuales Tomás no quiere hablar. Alguien podría confundirse. A él le interesa y lo ocupa la obra, lo útil. La belleza. También  brotó el Bosque Martiano, con 35 especies de las 56 que menciona Martí en su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Es un medio de educación, vinculado a las escuelas.Veo, toco la obra.

Confirmo, con paso moroso, que La Jungla se alza sobre un suelo limpio, acolchonado por las hojas caedizas. Van rellenándose poco a poco las marcas que pretendieron extinguir el bosque. Tomás confía. Está seguro que cuantos construyen son en Cuba más numerosos que los que alguna vez pretendieron  demostrar poder enseñándose con la naturaleza. Caminamos. Dejamos atrás el sitio, aún señalado por el piso y el pozo doméstico, donde los Jones habitaron su bohío de estilo americano. Uno siente un murmullo de energía aquietarle el ánimo y los músculos. Es el vaho de la sombra, de las ramas, de la savia, de una existencia que discurre  plácidamente. En paz. De pronto, un símbolo. Una mata de jobo, caída horizontalmente al suelo, no se resignó: jorobó su tronco, y continuó creciendo hacia arriba. Hacia la luz. Pero la paz cuesta. Por sugerencia de Tomás, que los dirigentes del municipio especial de la Isla de la Juventud apoyaron política y materialmente, a la entrada del bosque se dispersan ciertas instalaciones rústicas para comer, beber, conversar. Si en 1956, según averiguó, visitaron la Jungla más de 1500 turistas, ¿por qué ahora no incluían en sus paseos una vuelta por el bosque? Y, en efecto, desde Cayo Largo del Sur llegan hoy extranjeros para admirar un bosque compuesto por árboles de distintas zonas del orbe. Y para oír la historia de Helen, amasada, depurada, por la cultura que Cuba facilita a sus jóvenes, a su gente. Y Tomás, a quien ya le asignaron un ayudante para tanta faena, pulsa un inclaudicable rigor. Un celo intransigente. Son turistas de sol y playa, tal vez sin hábitos ecológicos. El jefe de la finca, el guardián de La Jungla, se yergue ante el descuido, y les recuerda:-El hombre puede vivir sin pan, no sin amor, ni sin naturaleza.

La frase parece gastada, vacía. Él, sin embargo, la pronuncia en el pecho. Por la boca sólo escapa el sonido. Nos apoyamos con cautela en la cerca de púas del potrero, mientras llama a sus dos vacas que, como perritos de casa, vienen a entregar el cuello para que él se los acaricie. Una vez, ante su impericia para dominarlas, las golpeó convertido en un irracional. Pero comprendió que los animales no eran culpables. “La culpa era mía. Vine a meterme en su mundo. Y debo respetarlos.” Continúa sobándolas suavemente. Una de las vacas parece llorar. Y llora, en verdad.  De sus ojos salen lágrimas. ¡Quién sabe por qué!  

UN CRIMEN DE LA INTOLERANCIA Y EL FANATISMO

UN CRIMEN DE LA INTOLERANCIA Y EL FANATISMO

Por Luis Hernández Serrano  

Aniversario 135 del fusilamiento de los estudiantes de medicina en la Habana 

Los verdaderos patronímicos de los ocho estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871, más completos y correctos que como se han divulgado durante 135 años, fueron revelados con exactitud por la doctora Olga Cabrera Valdivia durante un Congreso de Historia celebrado en La Habana en 1959, cuyas memorias son poco conocidas y están en poder de la Fragua Martiana, en Ciudad de La Habana.  

Lo explicó a Juventud Rebelde Regino Sánchez Landrián, especialista principal de ese centro. «Hasta ese momento se conocían, por supuesto las identidades de aquellos alumnos del primer año de esa carrera, uno de los cuales, incluso, no había asistido a la supuesta profanación de la tumba del periodista español Gonzalo Castañón. Pero, por ejemplo, los patronímicos no estaban completos y en un caso había un apellido realmente errado.”  

«La doctora Valdivia, en aquel importante  congreso, tal vez el primero luego del triunfo de la Revolución que abordara las correctas denominaciones de los jóvenes asesinados por el colonialismo español, especificó además algunas cuestiones desconocidas acerca de ellos y las causas y motivos enarbolados por las turbas de voluntarios para fusilarlos». Fueron ellos: Alonso Francisco Álvarez y Gamba -en lugar de Campa-, nacido el 24 de junio de 1855 en La Habana, de 16 años, el más joven, sentenciado a muerte solo por arrancar una simple flor del entonces cementerio de Espada. Anacleto Pablo Bermúdez y González de la Piñera, de 20 años, nacido el 7 de junio de 1851; José Ramón Emilio de Marcos y Medina, de igual edad, nacido el 7 de marzo de ese mismo año 1851; Juan Pascual Rodríguez y Pérez, el mayor de todos, nacido el 24 de junio de 1850, y Ángel José Eduardo Laborde y Perera, de 17 años, nacido el 5 de diciembre de 1853 en la barriada del Cerro. Todos eran de La Habana.  

Los cinco  jóvenes mencionados resultaron ejecutados por el increíble delito de aprovechar la ausencia de uno de los profesores para jugar con el carro fúnebre en el cementerio. Los restantes fueron Eladio Francisco González y Toledo, de 20 años, nacido en Quivicán, La Habana, y Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, igualmente de 20 años, nacido el 29 de julio de 1851, en Puerto Príncipe (Camagüey). También Carlos de Jesús Verdugo y Martínez, de 17 años, nacido el 29 de julio de 1854, en Matanzas, quien no había asistido ese día a clases y se encontraba en su provincia con la familia. ¡Estos tres últimos fueron escogidos mediante sorteo para ser fusilados!  

José Ramón Emilio de Marcos y Medina era hijo de una venezolana y de un asturiano, mientras que Ángel José Eduardo Laborde y Perera, lo era de Eduardo Laborde y Sotomayor, natural de Charleston, y de Francisca Perera Boves, de Nueva Orleans, ambos ciudadanos de Estados Unidos.

LA LLEGADA DE DON QUIJOTE

LA LLEGADA DE DON QUIJOTE

Por Luis Sexto

¿Cuándo llegó Don Quijote a Cuba? Tal vez lo básico no sea saber la fecha en la que el Caballero de la Triste Figura desembarcó en este país, donde, por demás, han sobrado los Quijotes en bronce y, sobre todo, en fibra humana y revolucionaria. Lo esencial es saber que llegó. Al menos, certeramente, solo sé cuándo llegó el descocado Manchego a mi existencia.

Como a muchos de mis compatriotas, se me presentó en 1960. La  Imprenta Nacional, fundada por la Revolución, publicó  en tirada y precio de pueblo, como uno de sus números inaugurales, la novela de Miguel de Cervantes. Compré los tres tomos -¿o eran cuatro?- en los portales de Cuatro Caminos, en la profunda Habana, donde los voceaban como a un periódico. ¡Vaya, salió Don Quijote! ¡Vaya, Don Quijo barato!

Desde entonces, por mis fantasías de adolescente transitó la aspiración de escribir un libro sobre El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Más tarde comprendí que era un texto innecesario. Había leído las aproximaciones de Unamuno, Azorín, Madariaga, Rodríguez Marín, Justo de Lara, y cualquier intento mío habría resultado una copia. Hubiera escrito, en particular, que la España colonialista y usurera, cometió un error, o deletreó una de sus paradojas, al enviar a Don Quijote al Nuevo Mundo. Remitió, junto con la opresión, el espíritu de libertad y justicia que el loco paladín diseminó por estas tierras con sus aventuras cuerdas de convertir casuchas en castillos, cocineras en estrellas, pencos en corceles. Y zafios en hombres.

No tardaron los españoles en despacharlo hacia estos rumbos. Confundida o ingenua, la Santa Hermandad del control ideológico lo dejó subir a los galeones y lo dejó bajar. Ocurrió casi al mismo tiempo en el que Don Alonso Quijano echó a andar sobre Rocinante por el campo de Montiel,  en sus primeros episodios. Es decir, meses o semanas después que en la Península empezó a circular la edición príncipe de 1605, Don Quijote arribaba a la América española. Aún se ignora la cantidad de libros amontonados en los barcos que zarparon ese año hacia este lado del Atlántico, pero ciertos historiadores –como el norteamericano Irving A. Leonard- sostienen que es probable que el grueso de la primera edición del Quijote haya sido enviado a colonias españolas en América. Y en ese viaje pudo haberse quedado en La Habana, puerto entonces de blasfemias etílicas y sueños largos…

LOS INCAS, HIJOS DEL SOL

LOS INCAS, HIJOS DEL SOL

Por Luis Sexto

Una historia que hoy se nos acerca          

Me he detenido en mi viaje. Toco la nieve. Miro en torno… Y cuando el viajero se encuentra entre picachos nevados en Los Andes o atraviesa el altiplano observando la llanura interminable, apenas sin vegetación y salpicada aisladamente por una choza de adobe o un rebaño de llamas o alpacas, puede intuir que está en el sitio donde comenzó el mundo. Siente recónditamente un olor a antigüedad y percibe la atmósfera de la primigenia desolación.

El viajero está también más cerca del sol. Porque hablamos de alturas de 3 000 ó 5 000 metros. Quizás por haber habitado un medio geográfico montañoso, los incas creyeron proceder de  la luz. Inca, nombre dado a su jefe o emperador, significa hijo del sol.  Viracocha, el dios creador, luego de destruir con un diluvio en un gesto de ira a sus primeras gigantescas criaturas, permitió que una pareja sobreviviera. De ellas partió la nueva raza, amasada con barro al igual que los animales. Antes creó la luz. Pero el astro del día brillaba menos que esa señora que alumbra las noches, y Viracocha, al percatarse de los celos del sol,  arrojó una poco de ceniza a la luna. Ese es el Génesis del  incario.

La leyenda justifica al parecer el concepto que los incas, que hablaban una lengua no escrita llamada quechua, tenían de su destino como pueblo. Presumían de ser superiores, hombres escogidos  para conquistar y gobernar a sus vecinos. Y hacia 1450 los incas o capaccuna, como ellos se nombraban en el principio, sometieron totalmente a los chochapoyas, los chimú y otras tribus andinas, reputadas de “salvajes” y por tanto merecedoras de vivir bajo la égida civilizadora de los hijos de la luz. Trescientos años después de que Manco Cápac y su hermana Mama Ocllo edificaron el Cuzco por mandato del dios Sol, que les ordenó ir hacia “la tierra prometida” y  levantar en ella una nación, el imperio se extendía desde el sur de Colombia hasta el río Maule, en Chile, y comprendía también a Ecuador, Perú y Bolivia. Geográficamente lo integraban las mayores alturas de los Andes, más una zona selvática, lluviosa, llamada “yungas”, y el desierto de la costa del Pacífico, en una franja que sumaba más de 3 000 kilómetros de norte a sur, y más de 800 de este a oeste. 

Más de cinco millones de aborígenes se inscribían en el sistema imperial del incanato. Desde el Cuzco, la capital, partían cuatro caminos hacia los distintos suyos, nombre de las  cuatro regiones o partes  que componían el imperio. Cinco mil kilómetros de vías empedradas y un sistema de chasquis -mensajeros que cada dos kilómetros se relevaban en postas de correo- mantenían al orbe incaico en comunicación.    

Los incas no fundaron la única cultura sobresaliente en Los Andes.  Durante 3 200 años los tihuanacotas vieron en áreas de la actual Bolivia.  Emergieron 2 000 años antes  de Cristo y se extinguieron durante su etapa de expansión, 12 siglos después de nuestra era. Su desaparición es todavía inexplicable. Cómo, por qué, preguntan los historiadores. Y el escritor Antonio Paredes, mientras vendía sus libros en el Prado de la capital boliviana, unos meses antes de su muerte reciente,  aseguró a este periodista que  ese “es un misterio que nunca podrá ser esclarecido”.  Solo dejaron, aparte de objetos de alfarería o tallados en arenisca o basalto y algunas momias, el centro ceremonial de una ciudad, Tihuanacu, a 70 kilómetros de La Paz, cerca del lago Titicaca. 

El viajero, en medio del altiplano, batido por un viento frío, a 3 845 metros de altitud  se estremece con la expresiva soledad de estos muros. Dentro,  monolitos de rostros cuadrados, sin relieve, o estatuas de solemnes semblantes custodian los secretos de aquella civilización perdida. Y se asombra también el viajero ante la Puerta del Sol, con un calendario grabado sobre el dintel, como prueba de que los tihuanacotas dominaban el movimiento del tiempo, que un día, tal vez por obra de un cataclismo climático,  se acabó para ellos.

Los pueblos andinos poseían cada uno su idioma y sus costumbres. Los emperadores incas, sin embargo, impusieron su lengua y su ley: “Ama sua, ama llulla, ama chekila”. Tres preceptos que favorecían el orden: No robes, no mientas, no seas perezoso. Solo el cultivar las mismas plantas o tubérculos y comer la misma carne unía a las tribus de la región.  La papa y el maíz, que conservaban como “chuño” o alimento disecado; el ají, el tomate, la papaya, y el “charqui”, tiras secas de la carne  de la llama, uno de los camélidos que sirven de bestias de carga en las alturas.

El trabajo favoreció la expansión  imperial de los incas. Guerreaban con valentía e ingenio, sus cabezas cubiertas de cascos emplumados. Pero trabajaban y gobernaban mejor.  Comunitariamente.  Alegremente. Como si afrontaran una batalla. Los cantos de labor les alentaba el ánimo mediante la confianza en el triunfo: “¡Victoria Victoria!/ Aquí torciendo la cuerda,/ Aquí la cabuya,/ Aquí el sudor,/ Aquí el afán.”  Y de otro sitio, un coro respondía: “¡Trabajad, hombres, trabajad.”  Al escasear las áreas agrícolas construían terrazas, muros de piedra llenos de tierra, y si el agua faltaba, porque el dios del Trueno no la propiciaba, la hacían bajar de las cumbres conducida por acueductos.

El Cuzco resplandecía bajo el sol difundiendo reflejos dorados. Las paredes de sus palacios, de un piso o dos,  se levantaron con piedra finamente labradas, unidas con un tacto que hacía invisible la costura de los albañiles. El techo se cubría de paja, y entre la paja hilos de oro. Las casas de los ciudadanos comunes se fabricaban de piedras,  con junturas de barro, y con barro se repellaban y luego se pintaban. El agua potable venía a la ciudad a través de tuberías también de barro. El pueblo disponía de baños y retretes. 

Eran maestros en la arquitectura. Las ruinas de Macchu Picchu, una especie de ciudad fortaleza aledaña al Cuzco, perduran aún para ilustrar porqué la vida y la obra de los incas componen una de las principales civilizaciones humanas, sobre la herencia remotísima de los hombres que, procedentes de Asia, llegaron a América  por el Estrecho de Bering, en el norte, hace más de 40 000 años.

La sociedad incaica y las tribus sometidas vivían uniformemente, en un régimen colectivo, soldado por el parentesco. El imperio todo lo preveía: el tiempo de  inclinarse sobre la tierra para plantar o para cosechar; el momento en que la madre debía llorar y el  hijo debía casarse. El gobierno incluso obligaba al matrimonio y si alguien no hallaba su pareja, oficialmente se le asignaba una mujer,  cuyo instantes de ocio, después de otras labores, se invertía desde niña en hilar y tejer la lana.

Después  de haber creado al inca, Viracocha vino a la tierra para confirmar que sus hijos lo obedecían. Pero no lo reconocieron en la figura de aquel anciano que caminaba apoyándose en un bastón. En un lugar lo apedrearon por creerlo extranjero. Y el dios creador cedió a la furia; echó fuego sobre las rocas. La gente, temiendo morir, suplicó perdón. Viracocha rectificó benignamente. En el Cuzco le erigieron un templo. El dios partió hacia el norte donde se despidió de su pueblo. Y se adentró en el océano Pacífico caminando sobre las aguas.Más tarde, en  1525, apareció el hombre blanco, alineado entre las huestes de Pizarro. Y por los caminos del imperio corrió en los pies de los chasquis una noticia terrible:

-Viracocha ha vuelto.

Empezaba el fin.

CUBA, MISTERIO Y REALIDAD

CUBA, MISTERIO Y REALIDAD

Por Luis Sexto

La insularidad asedia doblemente a Cuba: rodeada de agua por todas partes en la superficie, también el aislamiento la soporta en las profundidades del océano, porque su plataforma no se vincula a la masa continental de América, ni siquiera a la del resto de las Antillas. ¿Signo histórico? ¿O misterio?

Si aceptamos el misterio, su nombre es otro enigma. Aún se discute su significado en el término arahuaco del que se afirma proviene, si es piedra o cueva; o se estudia, según la última tesis, si el topónimo deriva del árabe en su acepción de cúpula. Tuvo además otros nombres que quisieron opacar su primer apelativo aborigen. Como Juana y más tarde Fernandina la bautizaron los adelantados de España al descubrirla para los ojos europeos.  Pero, aunque sobrevivió el más breve, pocos países, por extensos que sean, pueden presentar una lista tan variada de títulos que unir a su nombre. Cuba ha sido, en el curso de cinco siglos,  La siempre fiel, La llave del Nuevo Mundo, La llave del Golfo, El antemural de las Indias, La perla de las Antillas, La isla del  azúcar, La tierra del Mambí.

La isla de Cuba y las islas más pequeñas y los cayos que la rodean despertaron, en suma, la curiosidad del mundo desde varios siglos atrás. Más de 700 libros han sido escritos por extranjeros sobre Cuba en los últimos quinientos años. Desde el sabio Barón de Humboldt  hasta el médico norteamericano John G. Wurdemann; desde la poetisa sueca Fredrica Bremer hasta el historiador  mexicano Fernando Benítez; desde el pintor inglés Walter Goodman  hasta el ensayista italiano Saverio Tuttino; desde el periodista irlandés James O’Kelly hasta el politólogo ruso Oleg Darushenkov; desde el pastor norteamericano Abiel Abbot hasta el ex sacerdote católico Julio Girardi.

La Perla de las Antillas resonaba, pues, como la expresión de un mito comprobable, mágico y contradictorio a la par, como un universo mínimo pero infinito, como una ilusión palpable. El paisaje físico sedujo, en particular, a los viajeros, con la esencia edénica de la naturaleza insular: plástica e inofensiva.  Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó a Cuba cuatro veces. En cierta página de su diario de viaje estampó la impresión de “hechizo y encanto” del paisaje.  Y precisó: “No hay monotonía en ningún lado...” 

En el cafetal de San Patricio, en la jurisdicción de la provincia de Matanzas, una poetisa inglesa apodada María de Occidente escribió lo que John G. Wurdemann calificó como “el  más imaginativo de los poemas ingleses”. Y sostuvo, también  en su libro Notas sobre Cuba –en la mitad del siglo XIX- una polémica con un crítico compatriota de la autora, cuyo juicio dudaba de que una obra así pudiera haberse escrito en una plantación cubana. El viajero norteamericano opuso la opinión de que un cafetal cubano  “es, en verdad, un edén perfecto”.

No he podido determinar el nombre exacto de la poetisa, en historias y enciclopedias, ni siquiera hallar  una estrofa del poema, titulado Zophiel.  Yo pongo aquí, pues, el cartel típico del Oeste estadounidense: Se busca una poetisa. Mil... gracias por su captura.

EL CAMPANARIO DEL DOLORES

EL CAMPANARIO DEL DOLORES

Por Luis Sexto 

Una estampa local 

Sola, olvidada, persistente, la torre del ingenio Dolores parece un espolón de nostalgia. Y es, en realidad, un colgajo del pasado esperando servir para algo más que para albergar murciélagos o impresionar la imaginación de cuantos, de día o de noche, la supongan nicho de misteriosas visiones. 

Desde el último de sus cuatro pisos, hace unos 150 años, la campana principal convocaba a la servidumbre y regulaba el trabajo de la negrada que, con guatacas y machetes más pesados que los de hoy, para que el esclavo no pudiera romperlos, iba hacia los cañaverales con el paso tardo del que no quería dirigirse hacia ninguna parte. Nueve campanadas al amanecer, en el repique sobrio del Ave María, y el toque lánguido, apesadumbrado, de oración, al anochecer, se difundían por aquella llanura donde muy cerca se acostaba la silueta parecida a un sarcófago del cerro de Guajabana,  nombre que en el aruaco aborigen significaba eso mismo: tierra llana, y que los habitantes de Remedios y Caibarién llamaban Caja del Muerto, y en una de cuyas cuevas protegió su precaria rebeldía y su escurridiza libertad el cimarrón Esteban Montejo, el héroe de Miguel Barnet.

 Subidos en el campanario, los propietarios del ingenio Dolores no podían abarcar las más de 2 600 hectáreas que alguna vez fue la cola de tierra que les alargaba el patrimonio. Además del Cerro y un horizonte de cañas, desde la torre se veían manadas de palmas con sus pelambres al viento. Tantas había, y hay, que a principios del siglo XX, el general José Miguel Gómez, gobernador de la antigua provincia de Las Villas y más tarde presidente de la República, pretendió comprar la hacienda Dolores. Y el  dueño, heredero de su abuelo, le pidió, haciéndose el tonto, un peso por cada palma. La suma sería el precio. Tiburón, apodo que le asignaban sus rivales al político y ex mambí, pensó que el cálculo se ofrecía con ligereza. Y ordenó a la Guardia Rural que se adentrara en los palmares y contara cada ejemplar, guiados por Téllez, un mulato que criaba puercos en la finca. Cuando en los papeles se habían trazado dos millones de rayitas,  José Miguel Gómez desistió de redondear el negocio. 

Dolores era, según investigadores locales, un ingenio cuya capacidad productiva lo emparentaba con la alcurnia de las mayores fábricas del país. Hasta un ferrocarril, movido por bueyes,  trasladaba a la cercana costa el azúcar y, luego, por agua a Caibarién.  Si la campana –usualmente colgada de un madero- representaba el papel de un cabo de vara frente al tiempo, rigiéndolo, hasta cuando el alarido de una sirena de vapor la reemplazó, el campanario acreditaba el rango de la plantación. Vista en lontananza, el transeúnte reconocía que la torre identificaba un bastión de superioridad económica. Cualquier ingenio era “una cosa muy importante”, pero el que poseía un campanario, mostraba sobre el paisaje su relevancia.   

De aquel período permanece, al menos en el dominio de la crónica azucarera y en el espacio publicitario del turismo, la torre de Iznaga, en Trinidad. Compone un signo de la opulencia de una época y de una clase. Dolores, sin embargo, ha perseverado preterida, condenada por la indiferencia a un silente deterioro. Quizás sea la única, después de la de Iznaga, en haber trascendido la ruina de sus días de esplendor. Y nadie se lo ha reconocido, a pesar de que desde la carretera de Caibarién a Yaguajay se le ve asomar retando la atención del viajero, llamándolo y advirtiéndole:”Soy un detalle con historia.” 

Menos alta que la de Iznaga, que se empina siete pisos, la torre de Dolores se edificó aproximadamente por los mismos años. Aquella en 1848. Y por ciertos anales ha podido precisarse que el Dolores ya existía en 1854, porque, en ese año, un incendio lo desmejoró hasta el punto que José M. Vissinay, su fundador,  lo vendió hacia 1860 a Juan González Abreu, capitán de voluntarios cuya fortuna le admitía costear los gastos de su batallón  de leales a España.    

Tal vez la fanática militancia pro española de su nuevo propietario, favoreció que los insurrectos rondaran el ingenio durante la guerra de los Diez Años.  El 20 de julio de 1869 lo asediaron y le llevaron algunos efectos, según narra el doctor Martínez Fortún, historiador minucioso de Remedios y su jurisdicción. Ese día,  defendieron la casa de vivienda del  Dolores dos señores de apellidos Palacios y Valdés respectivamente, asistidos por varios soldados, mientras el dueño huía hacia Remedios. Quizás de ese primer ataque haya surgido la iniciativa de rodear el campanario con una especie de muro aspillado, para defender con más eficacia la vivienda. Como era común entonces, semejaba un palacete. Ventanas y puertas de caoba tallada y torneada, y sus techos de durable y fina madera. 

En 1894 los hornos soterrados del Dolores se apagaron. Fue su última zafra. La guerra insinuaba sus explosiones. La atmósfera política hacía presagiar los truenos de la pólvora. Y González Abreu prometió que si los insurrectos vencían, jamás su ingenio tragaría un trozo de caña más. El  Dolores  continuaba figurando como una fábrica admirable. Una de las más codiciadas fincas azucareras de Remedios. Y su propietario cumplió lo que anunció en un momento de cólera política. 

Pero el que sus máquinas reposaran y las chimeneas -tenía dos- cesaran de soplar sobre la campiña el estandarte de la molienda, no impidió que los insurrectos  insistieran en asaltarlo. El primero de enero de 1897, lo atacaron, incluso con un cañón, las fuerzas de José González Planas, líder nato de la infantería de Las Villas, como me lo definió Nicolás Rodríguez, el penúltimo veterano vivo de la guerra de independencia, a quien entrevisté en Caibarién un año antes de su deceso, a los 105 años.

La desidia ha sido implacable con Dolores. Los sucesivos propietarios permitieron que sus hierros se enmohecieran, hasta cuando un avezado traficante los adquirió  en 1934 y los vendió luego a Japón, que entonces buscaba metal para su industria bélica. Esa operación nos penetra la memoria con escenas conocidas, ¿Acaso no recordamos aquel cuento de Onelio Jorge Cardoso, conmovedor en su entrañable profundidad paterna, en el que un padre de esos años 30, con el hijo muerto por la violencia, echa a un pozo “el hierro viejo”, la reja de un arado inservible, cuando un guardia viene a pedírselo para la producción militar?    

Ya después, la casa, en un proceso de claudicación inconsciente, sirvió de oficina agrícola, de campamento temporero, de albergue provisorio. Desmantelada hasta en sus tejas... Y el campanario, que reguló la existencia plana del esclavo, atalaya desde donde la riqueza se regodeó con su alcance y oteó el paisaje temiendo la vecindad de la justicia, obra y testigo de la pena de unos hombres y del derroche de otros, continuó erguido, desgastándose, perdiendo peldaño a peldaño la espiral de su escalera, viendo ennegrecerse por el orín la balaustrada de sus balcones. Pero perdurando. Resistiendo. Esperando ser alguna vez algo más que habitáculo de murciélagos, o ruina donde puede respirar una fantasía demoníaca.              

DIME CÓMO HABLAS Y TE DIRE QUÉ JUEGAS

DIME CÓMO HABLAS Y TE DIRE QUÉ JUEGAS

Por  Luis Sexto

 Uno puede resultar un cubano atípico si es incapaz de tomar el bate con plasticidad y mantenerse en postura eurítmica, como ante un escultor. O  es cubano incompleto si uno  no asiste a un estadio para desgañitarse elogiando o vituperando a cuantos juegan en el terreno o a quienes los dirigen mediante señas sentados en el dogout.

 El béisbol, y entramos en asunto resabido, lo inventaron y reglamentaron en Estados Unidos. Mas en Cuba lo transformaron en pasión, calco ardiente del drama de la vida, y le insuflaron arte, acrobacia, ritmo. El primer partido oficial se desató sobre la hierba de El Palmar de Junco, en la ciudad de Matanzas, en l874. Diez años más tarde era una alborotadora costumbre. Un poema en décimas de Mariano Ramiro, poeta nacido en España en l836 y muerto en La Habana, bautizado de cubanía, en l886, confirma cuán rápidamente la afición adquirió temperatura de fiebre y cómo la terminología inglesa se castellanizó con zancos de siete leguas y las situaciones del juego se trasuntaron en comunicación, expresión coloquial. En dicharacho y metáfora. En símil.

Una espinela, de entre las l2 del poema de Ramiro, dice: “Muchas lindas habaneras/ sienten del juego el contagio/ y hacen amoroso plagio/ de las luchas peloteras./ Al que en frases plañideras/ les declara su pasión/ y quieren meterse en jom/ sin sacramental detalle,/ lo ponen out en la calle,/ y mamá le da el scoom.”

 Hay, pues, un tercer modo de jugar béisbol o pelota. Y de esa manera todos los practicamos aunque desconozcamos las posturas que impone el Jom, o nunca vayamos al estadio o no  nos pongamos descocadamente ante el televisor. Jugamos en el habla o con el habla. La terminología beisbolística, que se ha difundido uniforme y monótonamente durante casi toda esta centuria, se infiltró en nuestra lengua,  y una carga bastante pesada de modismos y dicharachos se balancea en las cuerdas del habla cotidiana, incluso en la tropología, en el cuerpo metafórico del lenguaje, comprendida la norma culta. Porque surge igualmente en un poema, un filme, un comentario periodístico, en una conferencia científica o en un discurso político.

 A nadie le parece raro que un psicólogo diga a un paciente luego de escucharle la tragedia íntima: es cierto, estás en tres y dos. Y con ello le indica que decida pronto y con tino, pues el próximo lanzamiento será la muerte o la gloria. O te embasas o te anulas bajo el abucheo del público. La gloria suprema sería el jonrón, un batazo que deje a los jardineros con las manos en la cintura y mirando al cielo. En la pose de la impotencia. Dar un jonrón. Qué sueño, qué hazaña.  Lo batea también aquel que conquista la mujer más contundente del barrio, o consigue un empleo de lujo...  

Al pitcher que le dan el jonrón le botan la bola del parque. Y a ti te la botan en la vida cuando ante tu argumento la réplica salta inapelable. Pero tú  puedes dejar a tu rival con la carabina al hombro, si la contrarréplica se cuadra tan aguda que aquel enmudece. Se ponchó. Le cantaron el tercer strike, recta de humo, apenas se veía...  

Cuando las cosas necesitan rigor, seriedad, exigencia, se ha de jugar al duro. Pero si usted no quiere inmiscuirse, comprometerse, entonces juega como cargabates. Es decir, juega sin jugar. Usted, muy asépticamente, sólo recoge, guarda, ordena los bate, y otros implementos. Y cuanto más usted anima al que se arriesga en jom o en el box. Desde lejos; en la orilla.

Ahora bien, si espera  jugar en algún momento, usted comienza a calentar el brazo, a tirar pelotas para preparar músculos y facultades. Y lo mismo hace  cuando le prometen una promoción, un aumento de sueldo, un viaje al extranjero: calienta el brazo. Espera el instante en el que el manager haga la seña. 

Algo más  queda por decir. Será para más tarde.