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PATRIA Y HUMANIDAD

LA BEBIDA AJENA

LA BEBIDA AJENA

Por Luis Sexto

Volví a beber sidra. El líquido burbujeaba unos segundos antes de las 12 de la noche del 31 de diciembre. Y cuando el grito familiar redondeó la hora esperada, y los presentes levantaron las copas  para que los deseos de paz y amor rociaran el nuevo año, quedé rezagado, meditabundo, pensando en aquel incidente. Mis parientes creyeron, sin embargo, que me habían acometido de golpe la pena y la nostalgia por las presencias perdidas.

-Es lógico, viejo, que te pongas triste. Todo pasa, como dicen...

-¿Triste? No, hijo.

-¿Por qué entonces esa cara?

-Precaución ante la sidra. Nada más.  

Y les expliqué las razones. Porque, en efecto, todo pasa. Cabelleras que se volatizan, bellezas que se deshilachan, talentos que se fragmentan, sueños que se endurecen. En una novela francesa escrita por un español leí que todo es eterno, menos tú, hombre, mujer, confluencia de una noche sin rostro ni estatura, en cuya contingencia –ser o no ser- solo está emplantillado el fin, la caía de la curva en la disolvencia fatal de la muerte. Y uno debe, a pesar de lo efímero de la existencia, lograr que el recuerdo de los errores perduren, vacunados contra el remordimiento, como una lucecita de advertencia. La memoria no ha de utilizarse solo para aprobar exámenes de fechas históricas, participar en concursos de la Televisión, conservar deudas o rencores, o como pretexto de la añoranza. La memoria es el testigo de uno mismo; el policía de tránsito. Pare. Cuidado. Curva peligrosa.

En mi adolescencia también me enseñaron que la felicidad no se define como un artefacto electrodoméstico comprado a plazos: mañana será mío. Por el contrario, es tuya hoy; está aquí. Debajo de tu ventana. Como una flor nacida entre las piedras del patio. Por eso, mira la comida en tu plato, no en la del ajeno. Y confieso que así obré por mucho tiempo hasta el momento de aquel incidente.

Recuerdo que cuando, muy joven, corté caña voluntariamente, mis compañeros de estudios corrían hacia la carreta que traía el almuerzo, tragaban en remolino, y en un vértigo pedían turno para reenganchar, repetir, el arroz sobrante. Yo, en cambio, tomaba mi bandeja metálica, buscaba la sombra de algún árbol, me recostaba al tronco y parsimoniosamente almorzaba. Algunos se reían de mi “finura”. Y yo les respondía en un tono refranesco que ahora me parece insoportable: “El que come mal y apurado: no come. El que mal y despacio, al menos come media vez.”   

Eso expliqué a mi familia el 31 de diciembre de un año reciente, cuando, al brindar, mi copa quedó unos instantes abajo, a la altura del pecho, mientras mis ojos la calibraban. Luego, ya a destiempo, la alcé y expresé mi voto por la paz, en particular por la paz interior de cada uno, y bebí, primeramente en un sorbo que permitió a mis labios comprobar la naturaleza del espumoso líquido. 

 -Pero, cuál es tu problema con la sidra, viejo.

En fin, un viernes, cuando íbamos los fines de semana a la casa de mis suegros, me adentré –como usualmente hacía- en la arboleda buscando una toronja, o un mamey. Al regreso, sobre la mesa del cobertizo trasero, vi una botella de sidra. Ah, se jodieron mis cuñados, me dije goloso. Eché hasta la mitad de un vaso: la observé amarilla, insinuante, acariciándome el gusto con la miríada de sus burbujas. Y bebí un trago hondo, tan hondo que me quemó la garganta.

Grité. Corrí. Y consumí casi un cubo de agua. Aquello no era sidra. Entre las jabas y paquetes que yo mismo cargué, mi esposa le había traído la botella a su mamá... para limpiar el inodoro.Era salfumán.

(Del libro El día en que me mataron (Crónicas en primera persona)

ESTO NO ES UN DESAGRAVIO

Por Michel Contreras

  Ahora mismo, en Cienfuegos, mi colega Francisco G.
Navarro -barba cana, ojos breves y corazón de infante-
debe sentirse desairado. Vino a La Habana, presentó su
libro Gajos del Oficio, y yo no pude ir al
lanzamiento. Él me había pedido que estuviera, pero
ciertas razones -razonables razones- lo impidieron.
  Francisco ha de pensar que lo menosprecié. Por eso,
en la dedicatoria del ejemplar que me dejó en manos
amigas, me reprocha la ausencia, aunque luego su
generosidad lo lleva a hacerme unos elogios que
embriagan mi autoestima.
  Se trata de un gran tipo. De una de esas personas
que abren camisa y pecho para que veas sus sanas
contracciones, su sístole y su diástole de gente
honesta y buena. De un extraño cubano que prefiere
callar para escuchar, porque nació con los oídos de la
inteligencia y con la lengua del comedimiento.
  Quién sabe si por eso, por su capacidad para mirar
las almas a través de espejuelos de bondad y hurgar en
ellas con tijeras de paciencia, Pancho -así le gusta
que le digan, Pancho- es un cronista puro. Espléndido.
Cabal.
  Modesto a reventar, él mismo no imagina cuántas
luces rezuman sus textos. Cuánto exorcismo obra cada
una de sus líneas. Cuántos ángeles vuelan por sus
párrafos.
  He devorado el libro de una sola mordida, y no puedo
resistirme a confesar el feliz aturdimiento que me
deja. He advertido en sus páginas la verdadera raza
del cronista, que no es negro, ni blanco, ni amarillo,
sino que es simplemente un ser que canta en prosa. Y
ahora, tras la degustación, me queda el sinsabor de no
haber hecho yo esas crónicas.
  No quisiera que suene a desagravio por aquella
inasistencia de marras, pero Pancho ha logrado
conmoverme, y a partir de este instante, lo envidio.
Eso sí, no a la manera de Salieri, remordido y
minúsculo ante el genio descomunal de Mozart. Más
bien, lo envidio con admiración de discípulo: digamos,
como Borges a Leopoldo Lugones, o como hice en mi
infancia cuando veía jugar a Vargas, Marquetti y
Germán Mesa.
  Ah, Francisco, ¿de dónde te sacaste esas crónicas a
Manuel González Bello y Bobby Salamanca, al viejo
Florentino y a tu entrañable Cuchi, a las
"dependienticas" de las tiendas y los hilos dentales,
a las telenovelas y la trágica aventura de subirse al
tren lechero?
  ¿Dónde pariste esos poemas a Cienfuegos -la ciudad
que más te gusta a ti-, esos poemas que celebran la
piel adoquinada de la calle D' Clouet, la infatigable
brisa del Muelle Real y el orgullo de un Benny en
pleno Bulevar?
  ¿Dónde encontraste el modo de evocar mangos,
aguacates, rana toros, temporales, refranes y
supersticiones campesinas, sin que la cubanía a
ultranza -falsa pose de moda- destrozara la crónica
por ilegítima y artera?
  De una vez y por todas, dime, Pancho, dónde
escondiste esa chistera que no para de fabricar
palomas.



MANO EN EL HOMBRO

MANO EN EL HOMBRO

 Por Luis Sexto 

Publicado en Juventud Rebelde 

Ahora, no sé. Pero en cierta época los italianos decían al entregar un regalo: te he traído un pensiero, un pensamiento. Como decir: te llevo dentro. Y así mechaban de espiritualidad el obsequio. Porque un pensamiento y la palabra que lo expresa son medios imprescindibles cuando se ofrece la afectividad. O la solidaridad.  

Suelen llegar a tiempo pensamiento y palabra. Al menos, esa es mi experiencia. Cuando en esta sección des Juventud Rebelde mencioné a la periodista Ilse Bulit y la ceguera que le fulminó la luz exterior, y conté de su entereza, ella me llamó: “Tu crónica fue un ángel. Vino a levantarme; yo estaba decaída.” Y la confesión no la disminuye. La exalta. Porque los seres humanos no somos enterizos como los postes de los cordeles eléctricos. Ni la vida psíquica y moral, ni la social, se mueven en línea recta. Zigzaguean. El héroe lo es porque salta sobre el miedo que intenta paralizarlo.  Estamos en días de enviar tarjetas, trasmitir buenos deseos, felices augurios a amigos y familiares. El cartero llevará a muchos el mensaje de que no están solos. Alguien los recuerda y estima. A otros, desdichadamente, quizás ni les interese. Les basta con la compañía de sus ambiciones y truculencias egoístas. Ah, una felicitación de fulano, qué buscará. Creo oírlos. Y ojalá esos rinocerontes del sentimiento sean los menos. Voy a pensar que los generosos suman columnas que, por largas y nutridas, se difuminan en el horizonte. Pero esa costumbre de la transmisión solidaria del afecto y la consideración ha de extenderse fuera de los días marcados en rojo en el almanaque: de las madres, de la mujer, de los enamorados, etcétera.

Esto, lo sé, huele discurso resabido. Me propongo, sin embargo,  hacer recordar algo más. Ayer, un amigo se quejaba de que, tras varias semanas de estar enfermo, nadie del trabajo lo había visitado. Ni llamado. También jubilados se lamentan. Se marchan del centro laboral donde quemaron sus energías más apreciables. Y tras la despedida, el regalito, y el discursito que promete nunca olvidarlos, los olvidan.   Puede esa preterición no ocurrir siempre. Nuestra sociedad se ha formado de la solidaridad y en la solidaridad. Sobreabundaría si enumero los hechos. Están presentes. Diré, sí, que los valores no se cultivan impartiéndolos sólo en un aula. O difundiéndolos en un periódico. Se adhieren, se funden en la conciencia, practicándolos, estimulando a los niños y adolescentes a pensar y realizar cada día un acto solidario. Técnica antigua. Pero eficaz. Porque si estamos dispuestos a ir a otro país para repartir gratuitamente la solidaridad en la medicina, o en la enseñanza, sin reparar en peligros e incomodidades, es porque, previamente, pusimos la mano servicial en un hombro aplastado, visitamos a un enfermo, o preguntamos por la madre o el hijo de un compañero. Sinceramente. 

Antes de concluir, envío un abrazo de fin de año a los lectores que hayan podido leer y respetar cuanto escribo, aunque no lo compartan. Y agradezco, ya que antes no lo he expresado en público, a aquellos que, en mis momentos de sobrada angustia, la asumieron moralmente como propia. No me alcanzará la existencia para agradecerles. Todo, en verdad, fue entonces menos doloroso.  

TRES MINUTOS

TRES MINUTOS

Por Luis Sexto

En homenaje del aniversario 95 del primer partido de fútbol oficialmente jugado en Cuba, entre el equipo cubano  Hatuey y el británico Rovers, el 11 de diciembre de 1911

Hace años escribí de fútbol. Y lo reclamo como un mérito. En un país donde todos sus habitantes redactan anualmente, entre gritos y polémicas, sus reseñas y manuales de béisbol, el que se dedica a ver, juzgar y escribir de fútbol es una especie rara, casi insólita. Con muy poca compañía.

Yo he estado habitualmente en minoría. Así he vivido. Y no me quejo. He aprendido a hablar o escribir para los pocos interesados en cuanto digo o escribo. De modo que, queriendo ser periodista, me deshollinaron un espacio en el semanario deportivo LPV. Y cuando me preguntaron qué deporte podrían asignarme como obligación reporteril, enfaticé que yo prefería introducirme entre las redes del balón. Algo sabía. Y algo más aprendí asesorado por un amigo, más bien hermano, por quien mantengo en vigilia sentimientos de gratitud. Oscar Monroy –y sus hijos agradecerán la mención de su padre- educó mi percepción balompédica desde la cancha de su experiencia como comisionado nacional de fútbol y luego funcionario en la propia Comisión.

¿Por qué elegí el fútbol para estrenarme como cronista deportivo? Tal vez por la misma razón que más tarde me incorporé el ciclismo. Por su interés humano. O por su demanda de generosidad y abnegación al establecer que la pelota sea manipulada con los pies, las piernas y la cabeza, los miembros menos aptos. El fútbol posee, para mí, una sustancia mística. Propone en su esencia la semilla de un ideal de perfección que, traducido en mito y quimera dominical, es ejercicio de voluntad y cátedra de colectivismo bajo el estímulo del rito multitudinario más antiguo: el alarido.

Antes de componer mis primeras cuartillas sobre este deporte –aquellas de agosto de 1972, durante los Juegos Escolares Nacionales, entonces toda una fiesta numerosa y bullente-, yo había leído una antología de textos literarios sobre el fútbol, firmados por poetas y escritores que no esquivaron el atractivo de hurgar en el misterio que subyace en la gloria efímera de un gol, el encantamiento de una finta, un drible, o en la pasión del jugador que, cuando pierde, siente que se pierde a sí mismo.

Albert Camus baja de las cimas de El extranjero, se mete en una cancha, evoca su juventud y asegura que todo cuanto sabe sobre la moral y las obligaciones humanas se lo debe al fútbol. Vertiginoso como el rodar de una pelota, un poema de Thiago de Mello cuenta la niñez del poeta, cuando llevaba “El sol en los pies peleando en un baile fraternal”. En esos versos el fútbol es “dolor y fiesta: / la perfección dormida/ sobre el pecho del pie/ de repente se yergue/ y se cumple y florece: es el corazón viajando/ por el trayecto del sol en el viento/ la delicada esfera, la indomable, la rosa”.

No lo niego. El fútbol me sedujo principalmente mediante la emoción de los poetas. Lo había jugado en mi adolescencia, entre los salesianos que nos exigían, sin la ventaja de la réplica, el ajetreo físico desde la una menos cuarto a la una y media. Después, nunca más me incluí en un partido, salvo aquel día en Camagüey.

Transcurría 1974. Se celebraban los Juegos Juveniles de la Amistad, con equipos balompédicos de todo el campo socialista. A alguien se le ocurrió convocar un duelo entre los entrenadores y los periodistas. Y de pronto me visten de defensa lateral derecho. Y ahí viene al ataque el viejo Germán González. Es una roca rodante. Yo debo ser el muro. Se mueve a la derecha. Ahora a la izquierda… Se me va. Apenas veo el balón. Me canso… Qué pasa. ¿Un terremoto? La cancha se pandea. Me deslizo por la hierba. Me alzan. Y oigo al médico del estadio decir algo así: Si no fuese tan joven, habría sido su último partido.

Y Joaquín Ortega, Miguelito Hernández, Juanito Moreno –y otros que no logro precisar- saben que la única crónica que yo nunca pude escribir, fue la de esos tres minutos cuando quise protagonizar el juego que habitualmente reseñaba desde las barreras. Seguí por un tiempo escribiendo de fútbol. Pero con temor. Mi crédito se habría ido a las duchas, si mis pocos lectores se hubieran enterado de que aquella mañana no llegué a tocar el balón.   

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

Por Luis Sexto

Mi colega y amigo, J. M. Álvarez, vecino de  Cádiz y además de  mi columna en el diario digital Insurgente, escribió un artículo titulado  “El denostado panfleto”. Es decir, el pobrecito, el maldito, el menospreciado, el insultado panfleto. Y coincido con Miguel sobre todo en que panfleto no puede ser el término peyorativo, hiriente, que se endilga a todo texto izquierdista o izquierdizante  escrito con palabras claras, asequibles, democráticas. Más bien ese texto puede ser llamado panfleto o calificado de panfletario, pero como indicio de excelente calidad periodística o literaria.

Me explico. El nombre o título de panfleto, en puridad crítica, no implica forzosamente lenguaje soez, miseria ideológica, ni bajuna hechura., a pesar de que algún diccionario o cierta tradición lo define comoel nombre de una publicación de corta extensión, de carácter agresivo y, frecuentemente, difamatorio’. Maria Moliner, esa mujer que dedicó su vida a construir un diccionario vital, democrático, me da la razón cuando dice: Folleto u hoja de propaganda política o de ideas de cualquier clase.”

Panfleto, pues, contrariamente a cuanto han creído los enemigos del panfleto, es nombre que pertenece a un género al que no dudo en encasillar entre los estantes de la literatura y, por tanto, como portador de una naturaleza cualitativa que nadie descalificará ateniéndose sólo a una supuesta miseria esencial del panfleto. Porque -sean precisados ya los extremos de la discusión- existe buen panfleto y también mal panfleto, como mala novela y buena novela, buena poesía y mala poesía.

El panfleto es la envoltura de la polémica. El documento concebido bajo los humos de la pasión, entre fervores partidistas, a favor o en contra de una idea o un acto. Qué hacía, si no, Fray Bartolomé de las Casas cuando defendía gallardamente a los aborígenes americanos de la explotación colonial y se enfrascaba en una polémica con políticos y teólogos del Reino, aduciendo ardientes argumentos a favor  del alma humana de tainos y siboneyes en Las Antillas, y en contra de su esclavización. El fraile “panfletaba”-reclamo la invención del verbo-, y si fuéramos a determinar en estas líneas una somera periodización de las letras hispanoamericanos, habría que sostener que con La destrucción de las Indias, del más tarde obispo de Chiapas, comenzó la literatura panfletaria en este lado del Atlántico. Esa misma tendencia que siglos después seguirá José Martí, uno de los estilos   renovadores de la prosa española en el XIX. Leamos Vindicación de Cuba, artículo que responde a ofensas contra los cubanos aparecidas en un periódico de Filadelfia, y tocaremos el estilo candente de un luchador social que, arrebatado por el amor a su país y a las ideas de emancipación e independencia, abofetea con limpieza al que osó denigrar al pueblo de Cuba. Panfleto hace Martí en ese  texto y en muchos otros que integran las tres decenas de abultados tomos de sus Obras Completas.Honrosa, útil literatura de la polémica. Apasionada, filosa esgrima del intelecto.

Cuantos sostienen prejuicios contra el panfleto se sorprenderían si repararan en que fue género de reconocidos escritores. ¿Admitirán que Los Miserables, la novela emblemática de ese “monstruo”llamado Víctor Hugo, es un panfleto?  ¿O Utopía, de Tomás Moro? ¿O  Jerusalén liberada, de Tasso?  ¿O El Anticristo, de Nietzsche?  ¿O  Yo acuso, de Sola? ¿O El desesperado, de León Bloy? ¿O mucha poesía de Lope de Vega, Quevedo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, los ensayos de Unamuno?  ¿O, incluso, hasta las epístolas de San Pablo? ¿O Vida de Cristo, de Papini?  ¿Y qué de Don Quijote de la Mancha? No me acusen de liberar el freno de mi imaginación caribeña. Todavía el calor no nos impulsa a descamisarnos: la temperatura aun nos trata benignamente. Por lo tanto, la desmesura criolla no me obliga a desmandarme. El panfleto está ligado a la lucha de las ideas, a la predicación, el proselitismo, el partidismo en la literatura. Y toda la discusión puede centrarse en que a veces se escribe un panfleto indigno de sus funciones. Y entonces ya no sería panfleto, sino “despanfleto”o “antipanfleto”.

En Cuba, que es la ciencia que más conozco, cierta tendencia llama “tequé” a los textos cuya sustancia es la política revolucionaria. Déjate de “teque”, dicen algunos cuando leen u oyen algo atinente a nuestra vida y nuestra lucha.  Y yo, que de ello he escrito en medios cubanos, no los culpo. Una vez empezaron a rechazar los temas políticos o revolucionarios expresados repetitiva y anémicamente, sin calor ni convicción, aventados de lugares comunes, escasos de sugerencias y ahítos de evidencias. El problema radica en que identificaron “el teque” con todo lo relativo al discurso revolucionario, tan esencial para nosotros.

Advierto, pues, que no seamos injustos con el panfleto. Ni menospreciándolo por su tono de pasión, por su  estilo claro, llamado a las mayorías.  Ni tampoco irrespetándolo con una factura indigna, nutrida por insultos y argumentos sin sostén racional. De paso, he de decir que los textos sesudos, académicos, son necesarios, aunque solo, por su lenguaje especializado,  pocos lectores los atiendan y entiendan. La obra magna de Carlos Marx –El Capital- resulta una aventura lenta y complicada cuando uno se adentra en su enjundiosa ciencia. Y no por ello hemos de prescindir de ese libro capital. Pero, a veces –y no es el caso de Marx- algunos de esos textos que abordan la sociedad y sus problemas con el instrumental científico repelen la lectura, porque están torpemente escritos.

Dicen que el filósofo Kant  se excede de abstruso, oscuro. Y algún especialista asegura que es por su profundidad. A mi parecer, Kant escribía mal; echaba el torrente de sus ideas en un estilo llamado “de baúl” por Jorge Luis Borges  y que yo, humilde sabichoso periodista, llamo “de bolsa”, esto es, todo el contenido mezclado en larguísimas oraciones que llevan dentro de sí muchas más oraciones largas. La claridad en lo escrito, más que de palabras, deriva en  un  problema de sintaxis.Y termino mi panfleto a favor del panfleto de mi amigo J. M. Álvarez.

Panfleto con panfleto se paga.    

The old tricks of greed

The old tricks of greed

By Luis Sexto 

I call on sensibleness. On balance. The Cuban reality shall not be judged without the external component. The dependence on the external situations has been a contumacious sword in the history of Cuba. It would be worth investigating how many projects, how many improvement intentions have failed because of the pressure of foreign circumstances at different moments of the national history, during the chains of colonialism and in the waste pulp republic.

We could not either deny – if we make a balanced and sensible analysis – that the work of the revolution was determined, efficiently and quantitatively, by the blockade imposed by the United States of America on Cuba almost since the very beginning of 1959. Even the mistakes made by revolutionaries – real and influential ones, we must admit – are somehow the result of the constant hostility from the North and the cautiousness imposed by the real and sometimes imminent risk of seeing how the blood and passion of several generations could dissolve and fail in some of the traps schemed by the enemies of our independence and our ideals of social justice.

 Who could deny that? The Revolution was born defending itself. The United States of America and its national and foreign allies did not want it. They still do not want it. Since the very beginning, they had the suspicious presentiment that what had been gestated at Moncada Headquarters, and later on conquered in the mountains by workers and dispossessed farmers, had burst into the country’s history as the reincarnation of the unfinished project of the cordial, just and decorous republic of José Martí. The eagles of greed soon realized that the change of men in January of 1959 was also a change of essence and classes. And then the dirty war began. And the economic blockade was part of it. It is true, when one thinks sensibly as well, that in several periods of the last 44 years some people thought of blockade as the joke of the old naughty shepherd who used to scare his pasture colleagues with the false warning of ¨here comes the wolf¨. Or maybe it got old, wearing the sheets of a ghost. It was barely visible. The commercial relations with the former socialist block eased the material shortages originated as a result of the North American prohibitions. But, by forcing the technological reconversion, closing the credit windows, and banning the bilateral trade between Cuba and its nearest market, the blockade facilitated the fastening of a new dependence.

The blockade has been an aged-origin recipe in the foreign policy of the United States of America. They have used it more than once, at least against us, as the most convenient formula to their interest. While reading an old book – Oh, old books teach us so many things – I learned that 85 years ago the United States of America tried to impose a price in the 1918 sugar crop which was to be conciliated with the calculations of Wall Street. And in the light of some sort of speculative denial by the Cuban landowners, Washington chose the blockade – embargo, they used to call it in order to soften the term, just as they do today – of the foodstuffs that Havana had purchased from US companies. It was a way to persuade the Island that, among other dependences, it depended on the US market for its foodstuffs. The episode ended with the victory of Mister Wilson, the president, and Mister González, the ambassador, even though the last name sounded like latinity of popular ancestry. Liberals and conservatives, generals and doctors, aristocrats and foremen were persuaded. And the sugar trunks of the United States of America filled with another 600 million dollars at the expense of ¨our colony of Cuba¨, as Harold H. Jenks used to say in a book whose title, shamelessly and possessively, described a very possessive and shameless situation.

 Being a concept as old as war, the blockade and its synonyms of siege and enclosure imply the strategy of defeating the enemy through isolation, starvation, and thirst. In domestic fights, between neighbours, one would hear about denying salt and water to the other as an irresistible means to offend him and overpower him. The world’s chronicles tell us about the siege of Troy, Jerusalem, Numantia, Leningrad…And they will mention the blockade on Cuba, perhaps remembering it as the longest of all, and they will underline that it is different to all the others because it does not siege a fortress or a city with warlike devices. Instead, it uses extraterritorial laws, circulars, warnings, threats…And it is exercised in times of peace against an entire country, without discriminating between victims or targets, using the economic, financial and commercial goods as evils.

In view of this event, turned into a process of aggression, Suárez, Vitoria, Vives – founders of International Law – would write, in awe, new texts that maybe the powerful ones – the United States of America and its allies – could not read, even though the majority in the UN´s General Assembly has for 15 years recommend that they do so.

DIÁLOGO CON MI OMBLIGO

DIÁLOGO CON MI OMBLIGO

Por Luis Sexto                                             

¿Tendré derecho? Quizás me lo nieguen cuantos me atribuyen una devoción desmesurada a la primera persona y estiman que está bien hablar de uno mismo, pero ¿pretender que lo entrevisten? “Usted exagera, señor...” 

¿Por qué habría de exagerar si llevo más de 30 años entrevistando personas, difundiéndoles sus pareceres, sus milagros, sus anónimas querellas, y a veces no he recibido  el mínimo cordial de la gratitud? De ello, de ingratitudes, puedo hablar durante varios tomos. A veces me acuerdo de aquel artista cómico en cuya casa estuve casi 16 horas; a la semana publiqué la entrevista -seis páginas en Bohemia-, y al mes no me reconoció.

-¿Y usted no lo odia?-No odio ni a los ricos.

-¿Y qué piensa de ellos?-¿De los ricos? Ah, solo los considero un lujo.

Y con un lujo no se empalmaría mi deseo de ser entrevistado. Sería más bien una revancha por las décadas que he mantenido estacionada la lengua. O un desahogo, porque uno habla con menos embarazo de sí mismo cuando alguien lo interroga; al menos vela, con la justificación, el descenso a la intimidad.

-¿Y de la ingratitud qué opina?

-Es uno de los tres defectos que más detesto. Los dos otros dos son el prejuicio y la estupidez.

-Defina la estupidez.

- Es decir, por ejemplo, que huelen a rosas los hedores de un basurero.

-¿Y de lo feo...-La suprema fealdad radica en la ausencia de ternura. La Bestia pareció amable a la Bella cuando dejó de ser fiera, a pesar de las garras y los colmillos.

-¿Es usted siempre tan parco?

-Por momentos soy, incluso, mudo. Hay que acogerse al silencio: calla para decir.

-¿Confía en la gente?

-Habitualmente. Pero desconfío del que dice “hago lo que puedo”. Porque quién nos asegura que no puede hacer más.

-¿Por qué usted escribe?

-Baruc de Spinoza, el filósofo, aseveró que el Hombre siente y experimenta que es eterno. Por si resulta esa una falsa apreciación, escribo para quedarme.

-¿Le gustaría ser sabio?

-Mis amigos José Alejandro Rodríguez y Michel Contreras dirían que lo soy para burlarse de lo que ellos llaman mi vanidad. Pero la sabiduría es una sola: la que se percata de su pequeñez.

-¿Usted se cree pequeño?

-Cuando leo a Martí me sobreviene la desolada sensación de mi pequeñez... Después siento el impulso de seguirlo. Ese es el Hombre: poquedad y ánimo; sumisión y orgullo.

 -¿Pequeñez y mediocridad no son sinónimos?

-La pequeñez es una actitud humilde; la mediocridad, un sentimiento que tiene conciencia de sí cuando percibe el talento en otros.

-¿Cree en la suerte?-Hay personas con suerte para todo y sin talento para nada. 

-¿Teme a la muerte?

-Ya se lo dije: quiero quedarme.

-¿Cuál es el epitafio que más le gusta?

-¿Se empeña en la necrología? Pues bien, me conmueve el de Martín Luther King, Jr. Dice: “Al fin soy libre, al fin.” Resume en seis palabras siglos de especulación sobre la muerte.

-¿Y cuál será el suyo?

-Lo pensé desde muchacho: Soñó mientras vivió y no vivió como soñó.

 -Ha dormido usted, al parecer, muy mal... -Afortunadamente. Quizás por ello he podido vivir. No lo dude: hombre colmado, hombre cansado...

Bien juzgado el experimento, no saldría mal una entrevista con este entrevistador de oficio. Diría, en suma, lo que nunca he podido decir... sobre mí. 

(Tomado del libro Con Judy en un cine de La Habana y otras crónicas de la ciudad)

CON LA MISMA PIEDRA

Por Luis Sexto

Texto publicado en el periódico Juventud Rebelde, la Habana

He oído decir que la infancia es la edad de los porqués. Por qué, papá, o mamá,  brilla el sol, y por qué el mosquito pica, y por qué llueve. Bueno, en fin, quién no ha pasado por el trance de responder a sus hijos, o a sus alumnos, esas preguntas que, al juzgarlas seriamente, no suponen más dificultad que pensar un poco, o consultar un viejo texto, aunque, eso sí, molestan por su insistencia.

Uno, al ver crecer a sus niños, cree descansar del acoso, sin percatarse que en cualquier momento –sobre todo si uno es periodista- un amigo, un lector, un oyente, te enrostra una pregunta que obliga a añorar la ingenuidad de tus hijos en la infancia. Me acaban de preguntar por qué el hombre tropieza dos veces con la misma piedra.  Quizás el menos apto para responderla sea el hombre mismo. Si nuestra especie pudiera hallar la respuesta exacta, a lo mejor dejaría de topar con la piedra por segunda vez. Pero, por el contrario, tropieza, y le echa la culpa a la insensible e irracional roca. Porque, en definitiva, alguien habrá de tener la culpa... menos el que choca.

No sé si el tema será del agrado de cuantos habitualmente leen esta columna, digo, si es que tropiezan con ella la segunda semana después de haberla leído por primera vez. Pero ha sido uno de ustedes el que ha echado la interrogante como un pie forzado. O como un desafío. A mí me parece que la pregunta podemos responderla entre todos. Usted o ese, este o aquel tal vez hayan visto en su centro de trabajo que ayer se cometió un error, y semanas, meses, años más tarde el mismo perro vuelve a morder a quienes habían tomado la equívoca decisión. Piensen... ¿eh?

A mi entender, a los seres humanos les cuesta admitir que se equivocan. Suelen ver lo que hacen otros con una mirada muy filosa, y apenas abren los ojos para ver la actuación propia. Nos falta, así, visión crítica para lo nuestro. Esta palabra –crítica- por momentos se transforma en una palabrota; conozco personas que estallan ante la sola idea de aceptarla, o de practicarla. ¿Y quién detiene el yerro, quién endereza la desviación?

Ya uno ha vivido lo bastante para comprender que el error de ayer, será igual al de mañana si lo repito en los mismos términos. Dejará de repetirse si la vivencia –esto es, lo que vivimos- se convierte en experiencia. Y el problema, pues,  radica en ese tránsito de lo vivido a lo sabido. Porque usualmente nos falta el espacio para la reflexión y sobra el espacio para la suspicacia, el rechazo, ante quien, honradamente, recuerda que ayer nos equivocamos adoptando una medida parecida.

Por esos rumbos debe de andar la respuesta a quien me ha preguntado, como si yo fuera un oráculo, por qué, al decir de un griego, el hombre tropieza dos veces con la misma piedra. En suma y brevemente: tropieza porque quiere hacerlo, o porque no ha sabido interpretar el mensaje de la Historia.