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PATRIA Y HUMANIDAD

TESTIMONIO DE UN TESTIGO NUCLEAR EN 1962

TESTIMONIO DE UN TESTIGO NUCLEAR EN 1962

Por  Luis Sexto 

Testigo Nuclear, último título del periodista cubano Fernando G. Dávalos, es una prueba de que la cocción periodística  de este hombre de la prensa empezó a calentarse desde mucho antes de entrar en una redacción, aunque entonces la llama de sus proyectos profesionales se atizara bajo  los vientos del economista. Este libro, esta crónica personal de un momento único –y ojalá irrepetible- de la historia de Cuba se escribió casi 40 años después de haber el narrador vivido el presumiblemente trágico privilegio de los preliminares de  una posible guerra nuclear. En esos tiempos era  estudiante universitario. Concurrió a la movilización miliciana convocada por el Gobierno Revolucionario apercibido, además  de su fusil y su cantimplora, de una libreta de apuntes. No quería el joven soldado voluntario, en patriótico gesto, perder las memorias de aquellas circunstancias evidentemente excepcionales.

Y así, pues, fueron con él a las trincheras del Esperón, en espacio subalterno, lo objetos que más tarde compondrían su arma primordial: el bolígrafo y el papel. Quizás conscientemente no lo sabía.  Pero todo cuanto apuntó entonces en aquella cuarentena, le servirá para este libro que ahora comento.

Según avanzaba en la lectura me daba cuenta de que iba adquiriendo una imagen inédita de la Crisis de Octubre, de la llamada crisis de los cohetes. Inédita porque no hallaremos valoraciones estratégicas, políticas, ya conocidas o por conocer. Algo de ello está en el prólogo, escrito por uno de los personajes más autorizados para juzgar y medir política y militarmente aquel instante crucial de la Revolución cubana y, por extensión de América Latina: el Comandante José Ramón Fernández, entonces soldado de academia entre tantos jefes improvisados o a medio formar por las coyunturas y las urgencias  revolucionarias.

 Dávalos nos cuenta la peripecia común, las incidencias diarias del soldado que sabe a lo que va, pero que, lejos de los medios de información, solo tiene el pensamiento especulativo, el ejercicio de una opinión basada en intuiciones, para explicarse, con alguna certeza, lo que está pasando en ese horno de pólvora en que él también suda, sufre, y será capaz de morir o matar.

Estos, parece obvio, son libros necesarios. Viene Testigo nuclear a contarnos la intrahistoria. Eso que va por dentro, que se habla y se vive en un susurro. Y afirmo que no es lectura baldía. Tocamos a hombres, jóvenes y viejos, decididos a enfrentar bombas atómicas con fusiles. Ahora sabemos que no fue necesario. Pero el que la agresión norteamericana no haya cegado  cielos y profanados playas de Cuba, no disminuye, ni en una puñado de polvo, el mérito de aquellos soldados voluntarios conjuntados en un hervor de generaciones para preservar la Revolución y cuanto ella significaba de justicia y vida nueva.

 Porque no difunde información reveladora, porque no narra combates, porque todos los protagonistas son seres comunes y corrientes, el libro de Dávalos se apropia de mayor interés. Se lee así, como los breves episodios de una jornada siempre igual, monótona, acompasada por el trabajo ingeniero en las trincheras, la nostalgia, los deseos del agua fría, el helado, la novia, el cine y matizada por el olor casi atómico de pies sin agua, de ropa sin lavado. Y Dávalos no consigue aburrirnos. Uno se interesa como lector por aquel ambiente claro y confuso a la par,  que los periódicos no podían dar, y que Dávalos, ya periodista sin querer y sin saber, recogió en su Diario. Esos apuntes componen hoy, definitivamente, un fresco pintado desde abajo. Y uno siente que allí en las alturas del Esperón, al oeste de La Habana, entre  actos baladíes, sin aparente trascendencia, también la historia se salvaba.

Todo aquel que vive para contar es periodista. Y Dávalos lo es, y lo ha sido. ¿Tendré que recordar acaso su libro sobre el éxodo del Mariel en 1980? Lo que no contó en Granma, lo dijo más tarde. Y bien. Tanto ayer como hoy. Claro, preciso, exacto. Y limpiamente. Poniendo, sobre todo, el corazón por delante.

 Al terminar de leer Testigo nuclear -Editora Política, 2004- me fue pareciendo que ser periodista es una mirada que parte de adentro del hombre sin que nadie pueda indicarle fecha, hora, lugar. Ni freno.   

EL MONUMENTO AL MAINE

EL MONUMENTO AL MAINE

 Por Luis Sexto 

No es extraño ni dudoso que en la Habana y otras ciudades de Cuba existan bustos, monumentos y edificios que recuerdan a ciudadanos norteamericanos cuyas acciones  colaboraron a que entre los dos pueblos predominaran relaciones de amistad y cooperación, en un proceso de mutua influencia cultural.

El transeúnte que  pasea por el parque dedicado al más fecundo y célebre de los educadores cubanos, José de la Luz y Caballero, frente al canal de entrada de la bahía de La Habana, encontrará los bustos de los pedagogos estadounidenses  Mattew Hanna y Alexis E. Frye.  Ambos  --junto con los cubanos Esteban Borrero Echeverría y Eduardo Yero Buduén-- organizaron la enseñanza en Cuba después de que España se llevó los despojos del régimen colonial y dejó su secuela de atraso y desorden.  

Hacia el centro de la ciudad antigua, en el Parque de la Fraternidad  Americana, una cabeza de Abraham Lincoln emerge entre los próceres hispanoamericanos y otros personajes universales de la política, la literatura y la ciencia como Víctor Hugo y Luis Pasteur. El nombre de Lincoln perdura también en Cuba como nombre de un central azucarero, en el municipio de Artemisa, provincia de La Habana, y también bautiza  escuelas del sistema nacional de educación.

Otra fábrica de Azúcar, en la provincia de Villa Clara, lleva el nombre de George  Washington. Y calles de zonas populosas de la capital cubana se llaman como el padre de la independencia norteamericana.  

Seis de las ciudades más importantes del país -–que hasta 1976 fueron las capitales de las seis provincias cubanas que constituían al antigua división político administrativa-- conservan los edificios de los institutos de segunda enseñanza y también de las audiencias provinciales construidos en las primeras décadas del siglo XX.  Se caracterizan por su estilo neoclásico que les presta la solemnidad y seriedad que distingue tanto al estudio como a la justicia. Su perdurabilidad en el paisaje urbano componen un homenaje a mister Newton quien, durante la segunda intervención de los Estados Unidos en Cuba, entre 1906 y 1909, dirigió el departamento de construcciones civiles del Gobierno. Newton reintrodujo en Cuba el clasismo y formó varios discípulos como expertos de otros estilos académicos, con lo cual la arquitectura cubana, hasta ese momento casi sin maestros, quebró ciertos modelos empobrecedores, como el Art Noveau, que, de acuerdo con el historiador Emilio Roig, dispersó fantasías, exageraciones y extravagancias. Aunque alguno de esos edificios se levantaran después de su paso por Cuba, sus diseñadores siguieron las ideas y propuestas del creativo arquitecto norteamericano.

Algunas de estas obras, hoy remozadas, como el instituto de segunda enseñaza número 1, hoy llamado José Martí, en la capital, continúan ilustrando un período afortunado de la arquitectura nacional.

El monumento más discutido en una época es el consagrado a las víctimas del Maine.  Para los cubanos, la explosión en el puerto de La Habana de ese acorazado de la Armada de los Estados Unidos, el 15 de febrero de 18898, fue el origen visible de la intervención norteamericana en la guerra que los cubanos libraban frente a España por su independencia y que, al contrario de sus fines públicos, solo sirvió para frustrar las aspiraciones independistas de Cuba. Tras el cese de la intervención, la Constitución cubana se encadenó legalmente a la llamada Enmienda Platt,  que limitaba al visto bueno de los Estados Unidos la economía y la política nacional.Es comprensible que la mayoría de los cubanos, desde 1902 en adelante mantuvieran su sensibilidad patriótica zaherida. Por muchos años incluso ciertas opiniones llegaron a pensar que la voladura del Maine había sido el resultado de una conspiración autoagresiva. En  1998,  la Editora Política de Cuba publicó un libro del historiador Gustavo Placer Cervera, en el que el autor actualizaba el trágico episodio y exponía los resultados de las últimas investigaciones de peritos e historiadores norteamericanos sobre el origen de la explosión. 

Los especialistas reconocen la posibilidad de que hubiera tenido origen dentro del buque, tal vez en un incendio fortuito o una chispa de carbón espontánea;  o también en una mina exterior colocada con fines de sabotaje por el integrismo español, hipótesis que los círculos militaristas y expansioncitas –recuérdese que Mac Kinley le había propuesto a Madrid  comprar a Cuba- aceptaron desde el primer momento como la única razonable.

Tal vez nunca pueda saberse la causa exacta y el hecho se convierta en un enigma de la historia americana. Pero una conclusión es cierta: la explosión de Maine fue empleada como pretexto por la Casa Blanca, para declarar una guerra que ya los sectores más belicosos y los periódicos de Hearst y Pulitzer  venían preparando.El monumento,  aprobado por decreto presidencial en 1913 y construido en 1925, sigue en pie, erguido sobre su plataforma, en su plaza frente al mar y cerca del Hotel Nacional, exhibiendo cañones y cadenas del buque y con la tarja que guarda en bronce el nombre de las 288 víctimas.

La Revolución, que rescató la soberanía lacerada y las riquezas nacionales sustraídas, no lo demolió. Respetó el recuerdo de los marinos muertos. Solo, en 1960, echó abajo el águila  que en pose agresiva remataba el monumento. Pablo Picasso, según publicó entonces la prensa, prometió esculpir una paloma de la paz para sustituir al gran pájaro depredador. Pero se le olvidó o no tuvo tiempo.Una paloma es lo que todavía le falta. Porque al águila nadie la echa de menos.

UN TECLAZO OCURRENTE

UN TECLAZO OCURRENTE

Por Luis Sexto

Fallecido repentinamente el pasado primero de julio, creo bueno reproducir esta crónica en homenaje a mi amigo Guillermo Cabrera 
Metiche, fisgón, entrometido, o cualquiera de sus afines funestos, son méritos a los que no aspiro, aunque ahora me introduzca en los lagrimales de un colaborador de JR. Y tengo derecho. Las incidencias de la sección Tecla ocurrente me atañen por una razón circunstancial. Si ella aparece los jueves en la página tres de este diario, al otro día, viernes, yo ocupo el mismo espacio de modo que la dicha o la pena casi me tocan por sucesión reglamentaria. 
Y si esa figura de contigüidad espacial y temporal no me aprueba la intrusión en los textos ajenos, me acojo a la ley de la amistad. Guillermo Cabrera, el autor de la Tecla, es mi amigo o yo soy amigo de Guillermo Cabrera, que es lo mismo sin que por eso seamos iguales en nuestros accidentes físicos. Porque él es menos feo, y en mi cabeza todavía algún pelo de bobo invita al peine a andar con cautela. Somos iguales -de manera encarnizada- en que sabemos ubicar el corazón en lo más alto, como quería el poeta Félix Pita Rodríguez. Y lo aseguro por él. Y también por mí, pese a que me trato con demasiada condescendencia. Pero qué puede hacer uno a falta de abuelas... 
Escribo esto, que parece tejer y destejer un enigma, porque Guillermo me obsequió su último libro, Regalo de Jueves, compaginado con una selección de su columna. Me alegro por la existencia del libro. Y me alegro por la dedicatoria que El Flaco me estampó hasta dolerme de emoción. No la voy a citar. El elogio, como sabemos, admite solo ciertos tonos, y el rojo intenso, el de la vergüenza, no es reproducible. ¿Y qué esperan mis lectores que opine del libro? En realidad el libro es la columna del jueves, y la columna es Guillermo. ¿Alguien ha reparado en la cruz del columnista; alguien compadece a quien, semana a semana, año a año, llena un espacio periódico sin desdecirse, sin cansarse, asumiendo sus aciertos con modestia y también con modestias sus pifias, las inevitables y eventuales bagatelas hincadas por la angustia del cierre?  
A mi me ha tocado saberlo. Como Guillermo. Y en ello también nos asemejábamos; hemos elegido el columnismo, es decir, el espacio personalizado –en primera persona-, en medio de una  tradición, ciertos usos y ciertas normas que votan con los diez dedos por el nosotros como el pronombre moral y político para el ejercicio del criterio, y denigran al yo, cuya evidencia reputan de culto al ombligo, o de estragada vanidad.  De lo dicho, hay que inferir que Guillermo Cabrera tiene el mérito del columnismo –y JR también-, y sobre todo la gracia del columnismo popular, sensible. Ha sabido establecer una relación, una corriente de confianza entre el autor y sus lectores. Y tanto fluye que en ciertos jueves parece que el periodista se va de vacaciones y deja la palabra a cualquiera de cuantos lo leen. La Tecla ocurrente -como Acuse de recibo, aunque esta se amarre a otra cuerda- confirma que la gente necesita expresarse en público, saber que alguien puede escucharla. Y urge la gente también de que le hablen de amor, de sentimientos, de esperanzas; del beso que fue y del que no llego a humedecerse. De ello, en enhorabuena habla el autor de Tecla ocurrente. Espero no haber abusado de la confianza de mi amigo.
Nos conocimos en 1966 en la casa de los escritores Xosé Neira Vilas, gallego y cubano a la vez, y Anisia Miranda, su esposa. Aún recuerdo lo que El Guille habló aquella noche. Él no puede evocar unas frases suyas, de hace tanto tiempo, con tantos años y palabras de pared y cortina. Tampoco recuerda lo único que puse en aquella tertulia apretada en la mutua admiración por Neira y Anisia: el silencio. Y es júbilo de mi corazón que aquel joven locuaz, atinado, férvido enamorado de las letras, haya sido más tarde mi amigo. Y me alegra serle útil. Porque ustedes ignoran que él me obliga a leer la Tecla la noche antes. Cujeado en el oficio, y sabedor por ello de lo movedizo de las letras, quizás tema carecer de lectores, y me remite por correo electrónico su columna, como copia del envío al director de JR. Y yo, ante la cañona, cedo. Y así Guillermo sale al ruedo del jueves, con una banderilla a su favor: un lector como mínimo. 
Pensándolo bien, el que abusa de mi confianza es él.       

REFRÁN QUE SE DUERME, LO OLVIDA LA GENTE

REFRÁN QUE SE DUERME, LO OLVIDA LA GENTE

Luis Sexto 

En su tejer y destejer legendarios, solo Penélope tendría paciencia para ponerse a contar refranes. Nadie conoce la cifra exacta. En Finlandia, según datos eruditos, se trasladan de una  a otra boca o se han echado a recoger el polvo del desuso, más de un millón. El escritor Tomás Álvarez de los Ríos ha logrado acopiar mucho más de seis mil, que ha inscrito en placas de barro y puesto en la fachada de su casa, en Sancti Spíritus. 

Pero al autor de Los Farfanes aún le falta demasiado para igualar una de las mayores cantidades reunidas hasta hoy: 18 500, número  que contiene la Enciclopedia de proverbios mundiales, compuesta por el folclorista alemán Wolfgan Mieder. Este diccionario confirma que el refrán experimenta un indetenible proceso de invención y transculturación. De Lengua en lengua. Adoptando mínimas variantes. Después se torna muy escurridizo su origen. En tiempos duros los armenios dicen: “El melón no madurará  bajo las axilas.” Y los holandeses apuntan: “Los gansos asados no llegan volando a tu boca.”  No siempre ha de atribuirse a un préstamo la similitud  refranera. Pueblos en iguales circunstancias pueden deducir similares conclusiones ante un mismo fenómeno. Por ejemplo, en lengua  yidish se asegura: “La manzana podrida arruina  el resto.” Los malteses aseveran lo mismo sobre las naranjas. Y nosotros, en Cuba, aplicamos idéntica receta a las papas. 

Ocurre también lo contrario: que el mismo asunto sea visto con óptica inversa. Los españoles y cubanos estamos convencidos de que “más vale tarde que nunca”. Los alemanes, en cambio, estiman que “un poco tarde es demasiado tarde”.  El refranero predominante en Cuba parte del español; son evidentes los clavos de la misma armazón, al menos en el sentido. En la forma, el criollo y luego el cubano lo revistieron con su imagenería jaranera, satírica, democrática. Y el contraste se presenta como una declaración de independencia, como una voluntad de diferenciarse. Esto es: miren este refrán español: “Tú, que te quemas, ajos has comido.” Oh, qué grave, qué empaquetado, qué rancio. La versión cubana es menos solemne, más llana y clara: “Al que le pica es porque ají come.” 

Los cubanos, desde luego, inventaron su centón de proverbios. De su dolorosa experiencia  colonial y neocolonial, cuando mantuvieron un tuteo con la pobreza y la injusticia, y de sus luchas, que a veces se disolvieron en la frustración, fueron extrayendo una sabiduría expresada mediante la irreverencia, la picardía. Sabiduría defensiva, de resistencia, como nuestro humor. Samuel Feijoo, poeta de mística sensibilidad y folclorista de acucioso y apasionado amor por lo popular, recogió, entre 1956 y 1978, una enormidad de refranes esencialmente cubanos. Los halló en lo recóndito de una serranía, o en la abierta soledad de la costa, o en una ciudad o un caserío. Deambulando. Con su paciencia y su ingenio, como un trashumante obrero de la cultura.Este es uno: “Hasta que no pases el río no le mientes la madre al caimán.” Otro: “Lo que a feo quiere, bonito le parece.” Y más: “Lo que fácil se da, fácil se va”; “El perro tiene cuatro patas y coge un solo camino”; “Si el tambor suena es porque el cuero es bueno”; “No hay abeja que pique dos veces”; “Con dinero al jorobado la curva se le endereza”; “El egoísta es como la guataca, sólo hala para él”; “En la casa del desnudo cualquier trapo es camisa”; “Cuando no hay pan, se come casabe”... 

DEFINICIONES APROXIMADAS 

El refrán es sabiduría en cápsula. Concentra en dos líneas y hasta en dos palabras una verdad extraída de la práctica social. Hay en su afanosa síntesis una vocación observadora y analítica, una intención de aviso y prevención, y un propósito simplificador, directo, inapelable. En códigos actuales viene siendo una señal de tránsito en el devenir de los pueblos. Surgido espontáneamente entre la gente de todos los días, o de la meditación de un pensador o un poeta ―Shakespeare fue autor de muchos― y más tarde depurado por la inteligencia de la colectividad, el refrán compone una de las más antiguas filosofías o soporte de sabiduría; algunos datan del siglo octavo antes de nuestra era. Aleccionando y advirtiendo acerca del amor, el trabajo, la amistad, los oficios, los negocios, circula anónimo y sin precio por todos los caminos, navega por todas las aguas, se alberga en cualquier poblado y, sin respetar aduanas, protagoniza un constante intercambio con lenguas y culturas. 

No siempre perdura. Por momentos expira con el tiempo y la sociedad en los que brotó, y si persiste a pesar de su descrédito, lo acompaña la fama de la mala hierba. Cuando muere es porque nació lastrado, deformado por algún foco pútrido de la ideología dominante. O fenece, porque el progreso y el sucesivo discernimiento de la verdad lo anulan. Nadie podría suscribir hoy ―al menos en Cuba― cuanto refrán o proverbio apareció contra la dignidad y la capacidad de la mujer. Ni habrá maestro o pedagogo que rija su cátedra con aquel proverbio de “La letra con sangre entra” sostenido por dómines antiguos. Y mucho menos en Cuba tendrá vigencia aquel del Martín Fierro, extenso poema argentino jalonado de refranesca sabiduría: “Hácete amigo del juez/ y no le des qué quejarse,/ aunque él te de mucho quehacer,/ vos te debés de encoger/ que siempre es bueno tener/ palenque ande rascarse.” Válido todavía este, sin embargo, integrado también a una copla, olla refranera, que copié de El Criterio Popular, periódico de Remedios en 1890. Dice: “El querer a un ser querido/ es una pena muy grande;/ pero es más pena morirse/ sin haber querido a nadie.”  

No ha de existir quién niegue la vigencia y la fortaleza vital de los refranes como suma de sabiduría popular o de  experiencia humana. Un proverbio o adagio, que así también se nombra, de procedencia yoruba, dicta que “el refrán es caballo de la conversación”. Y lo asumo entendiendo que a su lomo cuanto se habla discurre más provechosamente. Pero una cultura forjada, lactada, con refranes permanece incompleta, endeble. Refranescos eran los conocimientos de Sancho Panza. Abro a la ventura el tomo segundo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y oigo a Sancho apostillar una frase de su señor: “En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando.” Podría Sancho acertar; mas se conoce cuánta diferencia había entre la dimensión espiritual del gordo escudero y la del escuálido Caballero, aunque algo se le fue pegando a Sancho por aquello de “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

El propio Don Quijote admite más adelante que cada día su ayudante se iba haciendo “menos simple y más discreto”. En definitiva, “El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”. Y yo, a mi vez, termino sin decir dónde nacieron y cuántos son los refranes, porque el que se acuesta contando estrellas, amanece despierto mirando al cielo.   

 

ENTRE LO AUDAZ Y LO PUSILÁNIME

ENTRE LO AUDAZ Y LO PUSILÁNIME

 POR LUIS SEXTO

Jorge Mañach encarnó la agonía colectiva dentro de su agonía personal.  Pocos como él en su época experimentaron con tanta lucidez reflexiva y tanto acierto estilístico el nacimiento definitivo de la nación, mediante el parto de la cultura como gestión intensa de las minorías.  Y pocos también como él sufragaron,  con la incomprensión, la búsqueda de las esencias nacionales.

Quizás en apariencias asumidas como esencias por cuantos lo han juzgado, Mañach (1898-1961) hallaría la causa eficiente –explicación y daño a la vez- de su controvertido papel en la historia literaria y política de Cuba. No fue,  aunque pretendamos analizarlo objetivamente,  un político a la usanza republicana. Esto es, según la analogía aplicada por Enrique José Varona, no comió en las ollas de un chiquero, a pesar de acogerse a alguna toldería electoral y programática y desempeñar cargos en la administración de la república. Más bien fue político en la medida en que la cultura y la historia componen asideros de la política,  estación inevitable en los procesos primordiales de la sociedad.  

Vemos, pues, a  Mañach, inserto en una  realidad personal signada por una contradicción a veces insalvable en sus manifestaciones éticas. Entre su decir y su hacer culebrean las inconsecuencias que, en esa hora de la definición nacional, se convirtieron en traición  para cuantos se adscribían a la izquierda de la soga, y en paños tibios para los suscritos a la derecha. Tal vez por la hondura de su indagación en el alma cubana, intentó asumir posiciones ideológicas y políticas  más racionales –no obstante su militancia en el ultra ABC-, en una mezcla de denuncia y sujeción, audacia y pusilanimidad.  Esa actitud moderada, que parecía regresión a los más renovadores, se la reprochó Juan Marinello, su contrafigura  y paralelamente el intelectual de la llamada década crítica de más puntos de tangencia con el autor de Indagación del choteo,  en la cultura, las inquietudes y el estilo. Marinello le exigía al Mañach secretario de instrucción pública que se apresurara en los planes de extensión educativa. Y este  respondió:-Juan, las cosas no pueden ir tan aprisa como tú quieres.Y Marinello replicó:-Ni tan despacio como quieres tú.

Esa fue, a mi modo de ver, el drama personal de Mañach. Un drama íntimo y público superdotado de aristas. Conciente de las urgencias y defensor de las ambivalencias.  Teórico pugnaz de los males y práctico inhábil de las soluciones. Escritor depurado, vigoroso, plantado en la tradición hispana y, en particular, en la herencia estilística de Martí, escribía, sin embargo, con tino de vanguardia en un país de analfabetos, en periódicos cuya prosa semejaba mayoritariamente, de acuerdo con Miguel Ángel de la Torre, la caligrafía de un cobrador de cuentas metido a periodista. Por supuesto, Mañach no quiso sustraerse de sus ínfulas de pequeño burgués con refinamientos de aristócrata. Ni renunció a la visión  de la democracia occidental vivida durante sus años de estudiante en los Estados Unidos. Y aunque hacia 1933, reconoció el daño que el Norte  infería a Cuba, estorbándole el desarrollo con su injerencia multilateral,  no preveía otra fórmula, en lo más distante, que  el orden norteamericano.

Hombre de equilibrios y evoluciones, conservador de estilo liberal, Mañach actuó posteriormente como la mayor parte de sus colegas en los años de la década del 30. De ellos  afirmó que se embarrancaban en los acantilados de La Florida, en “un ademán de avestruz”. Y él, en 1959, adoptó el exilio. Se fue a esperar que “los americanos” resolvieran el conflicto suscitado por la revolución cuya necesidad él mismo previo en sus artículos de La Marina, en los meses previos al derrocamiento de la tiranía del general Gerardo Machado.

Lo suyo es un caso de valentía estimativa, de atrevimiento profético resuelto en la pusilanimidad ejecutiva y en una rigidez ideológica que le impidió comprender las remezones sociales, políticas, culturales que un día le parecieron inevitables. Y llegó hasta ahí: hasta colaborar en hacer ostensibles los males y a convocar su cura. Jamás a participar en el remedio, distinto y opuesto, como sino, a la norma con que el mal (léase dependencia política, injusticia social) podría reformarse para proseguir perpetuándose. 

A contrapelo de  las aprensiones, hay que despojar a Jorge Mañach de sus estigmas. Nunca un despojo será tan legítimo. Porque la cultura cubana, en nombre de la política, no puede seguir prescindiendo del autor de Indagación del choteo. Y de hecho el proceso de su reivindicación literaria avanza. Martí, el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus ensayos han sido publicados en los últimos 10 años en Cuba. Y en las universidades, al menos en las facultades o escuelas de comunicación social  lo estudian. Estamos aún aguardando al creador de hoy, al estilista actual, que escriba sobre La Habana, o sobre los cubanos y los entresijos de su conciencia, páginas iguales o mejores. La obra carece de filiación partidista cuando, sobrada de calidad, se aleja del tiempo para estar en todos los tiempos.   

GABRIEL FIGUEROA: UN OJO DIFERENTE

GABRIEL FIGUEROA: UN OJO DIFERENTE

Por Luis Sexto

Nacido en 1908, el mexicano Gabriel Figueroa murió evidentemente  viejo en 1997. Su nombre ya solo aparecía en las referencias de los diccionarios enciclopédicos. Lo conocí, sin embargo, un tanto activo en 1986. La Retrospectiva del Cine Latinoamericano de Toronto, celebrada ese año, lo invitó como uno de los pioneros, entre cuyos méritos sobresalía haber ganado el premio a la mejor fotografía en el Festival de Venecia, en 1938, con Allá en el Rancho Grande, de Fernando de Fuentes.

De aquella experiencia encontré recientemente, en el revoltijo de mi archivo, una entrevista con Figueroa. Y el hallazgo me obligó a volver, viajero en eso que solemos llamar evocación, al vestíbulo del hotel Park Plaza. Aquel día, al reconocerlo, decidí aproximarme a él en un impulso de las urgencias del periodista. Y entre las seis cuartillas del día siguiente, trasmití para La Habana mi conversación con el director de fotografía de varias películas de Emilio “Indio” Fernández y Luis Buñuel.

Entonces Figueroa me pareció tan viejo como el cine. Era solo veinte años más joven que el invento de los hermanos Lumiere. Entre sus películas, bajo el megáfono del “Indio”, se recordaban María Candelaria, Los abandonados, La malquerida, cuya fotografía acentuaba con cierto desgarramiento el desamparo del mexicano humilde, dentro de la intención populista e indigenista de “Indio Fernández. También Los fugitivos, dirigida por John Ford. Su obra le daba sombra suficiente para echarse bajo un árbol y esperar las ofrendas del caminante. Y mínimo, enteco, gastado, su anatomía recomendaba el descanso. Su beligerancia creadora, sin embargo, condenaba los criterios sobre la vejez a los archivos del mito. Preparaba un filme con María Félix, cuya realización no sé si se disolvió en un amago invernal. Y hacía tres años que había rodado El volcán con Houston, otro octogenario renuente a los diagnósticos.

La entrevista fue rápida. Como una pelea de boxeo. Un golpe de ida y otro de vuelta. 

Y comenzó cuando lo apresuré con un pie forzado.¿Cómo valora hoy a Emilio Indio Fernández? “Como un hombre sensible e intuitivo. Son sus virtudes principales. Poseía, además, una excepcional visión cinematográfica y un oído musical envidiable.” ¿Buñuel? “Detestaba la fotografía. Hice siete películas con él. Pero su base surrealista lo obligaba a no interesarse en la composición fotográfica. Era, en cambio, muy preciso y organizado en el rodaje.” ¿Y Houston? Exigente. Va directo al interior de los actores para sacarles el lenguaje, la expresión más ajustada.” ¿Cuál es, para usted, la función primordial del fotógrafo en un filme? “Interpretar el pensamiento de quien ha concebido la película.” ¿Será por ello que habitualmente aparecen en un plano inferior desde el punto de visita publicitario? “No sé... En mi caso se ha dicho que no se sabe dónde termina la dirección y comienza la fotografía. Yo siempre interpreto exactamente los propósitos de una película. Pero, en mis triunfos, también influye mi punto de vista. Y es diferente. Pretendo siempre lo original.” ¿Quién se lo aconsejó? Diego Rivera. Me advertía: Primero, Gabriel, es la academia, y luego rompe con ella según tu pensamiento. En una frase: aprende la técnica y luego olvídala.”      

LA MAGIA DE LOS DESEOS

LA MAGIA DE LOS DESEOS

Por Luis Sexto

El tres de agosto de 1969, le confesé a mi amigo Enrique Pichardo en una carta: “Para escribir quiero sufrir todos los dolores que quepan en el corazón del hombre. Este es mi programa: escritor y no escribano. Escritor con todo el peso de la humanidad encima.”

La vida satisfizo mi deseo. Pichardo, poeta sin poemas, que durante un infarto cardiaco, semanas antes de morir, oyó entre sueños a Rubén Darío y Boris Pasternak reprocharle su existencia de mortal carente de obra literaria, me comprendió. Pero su sabiduría no pudo advertirme que los deseos suelen ser peligrosos. Pueden convertirse en una masa cruel. Perdí, por ejemplo, un hijo...

Pero, ciegos como la vida, también me compensaron cuando el 22 de septiembre de 1988 me encontraba en Leningrado. Como lo desee. La ventana de mi habitación se zambullía en el Neva. En la orilla opuesta el crucero Aurora. Neva. Aurora. Y Dostoievski, noches blancas, Raskólnikov. Revolución. Petersburgo. Palabras claves que repetía para entender el paisaje que el cristal de la ventana autorizaba a alcanzarme en uno de los pisos altos del hotel.

Estaba allí por primera vez según mi pasaporte. Pero qué vez sumaba esa  de acuerdo con mi imaginación estremecida por el jugador que lo apostó todo a la literatura y se quedó para siempre en el mundo de los hermanos Karamázov. O cuántas veces fui conducido por John Reed para atestiguar sobre los diez días que cambiaron el mundo. Arte e historia, potencias conjugadas. Luego, en el Museo del Ermitage, temblé como en un terremoto del alma, cuando me detuve ante un cuadro de Fra Angélico. Y sé que no es una frase. De la historia permanece hoy la cronología. Del arte, todo. Porque el arte está sobre el tiempo.

Los deseos también. Y en estos días visité a Bayamo. Me senté bajo dos palmas en el patio de la casa donde nació Tomás Estrada Palma. Al mirar hacia arriba, desde un cielo límpido se filtró el color de la historia: las sombras. La inexplicable atmósfera de un vértigo, en una espiral de añoranzas. Lo mejor de aquella vivienda fueron los vecinos. Enfrente, Carlos Manuel de Céspedes; al lado, Luz Vázquez. Mujer cuya ventana torneada pervive testimoniando aquella noche en que Céspedes y Fornaris le cantaron la canción fundacional de nuestra trova. “No recuerdas gentil bayamesa...”

Estrada Palma no merecía vivir allí, como no mereció más tarde nada de lo que representó. Yo hubiese permutado mi casa por la suya. Luz Vázquez me duele en su fugitiva persistencia musical, en cuyo seno he doblado la cabeza.

Volví a la ventana al oscurecer. De la cabeza de Luz Vázquez pende la noche. Baja dispersando la cauda melancólica del vacío, mientras las guitarras encuerdan la letra con que se perpetuó la madera enrejada de aquel beso... que no le dado. He venido en el sonámbulo presentimiento de la esperanza. Míos serán la sombra, el nunca, la perfidia inaudible de tu ventana, en esta noche de Bayamo que se deshilacha en tu pelo hacia la remota incertidumbre echada al tiempo, como el engarce de un hombre que se va sin que el otro haya vuelto.

Ah, qué misterios el de los deseos. Hay que cuidarse de ellos. Te hacen hablar boberías, cualquier domingo en que uno no tiene ganas de escribir. Y sin embargo escribe.  

DECLARACIÓN DEL PRESIDENTE DE LA FELAP

DECLARACIÓN DEL PRESIDENTE DE LA FELAP

Si no fuera que las trampas “cazabobos” ya no consiguen atrapar a todos, la asonada mediática en defensa de Radio Caracas Televisión de Venezuela sería un éxito rotundo ahora mismo. La tenacidad hipócrita de “ocho familias benditas” con poder –que va más allá de un canal de televisión- es digna de análisis: no demasiado sesudo. En síntesis, se trata de cómo los dueños del dinero apelan –desesperados- a cuánto tienen a su alcance para defender sus intereses. Y de cómo otros dueños del dinero les brindan su apoyo a través de diarios, radios, revistas, agencias informativas, televisión, Internet y cuanto sistema de información-comunicación sirva a la causa de los privilegiados. Sencillísimo.

Es más, si no fuera porque sabemos a qué apunta la lucha de las “ocho familias benditas”, ex dueñas de RCTV, hasta no pocos de nosotros podríamos ser atraídos por tanto “patriotismo” puesto al servicio de la declamada e inflamada “libertad de expresión”. Porque a decir verdad, las “ocho familias benditas”, ex dueñas del canal en cuestión, han llegado tan lejos en sus desprendimientos “por el bien de Venezuela”, que, como nunca antes, se han hecho escuchar para que se atiendan los derechos e intereses de “sus” trabajadores: asalariados-explotados, por las “ocho familias benditas”, durante décadas. “Ocho familias benditas”, ahora ex dueñas de RCTV, patrones hechos y derechos, levantando la voz por “sus” trabajadores. Conmovedor. Si no fuera que a las “ocho familias benditas” las sigue animando, como en el 2002, la idea de que Chávez desaparezca de la faz de la tierra y así, de esa manera, se termina con la idea de la Revolución Bolivariana -ajena al “sentir nacional” de las “ocho familias benditas”-, de una más justa distribución de la riqueza y otras cositas por el estilo, tales como llevar salud y educación a cada rincón de Venezuela, donde antes –con el silencio cómplice de las “ocho familias benditas”, sobraba el hambre y el analfabetismo.

Son, recordemos, las "ocho familias benditas" que, cuando el golpe de 2002 contra Chávez, ignoraron olímpicamente a millones de personas que en las calles de Caracas y en toda Venezuela salieron a jugarse la vida para reponer a su presidente en el gobierno, enfrentándose a la oligarquía venezolana y a sus fogoneros de EE.UU..
 Mientras el pueblo clamaba por Chávez, RCTV dispuso poner en sus pantallas dibujos animados y pelìculas de ficción. A plena "libertad de expresión".En años, desde los días del boicot petrolero contra el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, no se había visto semejante despliegue, bramando por la “libertad de expresión” y la “democracia”. Ambas –“libertad de expresión” y “democracia”- a la usanza de esas “ocho familias benditas”, y de algunas otras que en el campo internacional se inscriben en lo que ya hace años el periodista Ignacio Ramonet denominó “dictadura mediática”. Siempre, claro está, ligada a la dictadura financiera, armamentística, tecnológica…
La cuestión, digámoslo otra vez, es cargarse a Chávez y con él al resto –millones de hombres y mujeres- que han decidido hacer de Venezuela un país para todos y dar por terminado el coto de caza de las un poco más de ocho familias ricas que, como las otrora dueñas de RCTV, suponían que eso de tener el sartén por el mango era un legado divino, inalterable por los siglos de los siglos.

En línea con ese gran deseo de terminar con Chávez, la dictadura mediática internacional, ahora en la tarea de arropar a las “ocho familias benditas”, mantiene caliente las pantallas de los televisores sosteniendo, tozudamente, el foco de atención en el tema del canal cincuentenario. Cosa que nunca se hizo, de manera sostenida y sistemática, por ejemplo, para que se impida –o se esclarezca- alguno, o todos, los casos de desapariciones, torturas y asesinatos de periodistas, que desde mediados de los años setenta hasta aquí llegan a casi mil. Cerca de mil periodistas fueron asesinados en Latinoamérica y el Caribe en los últimos treinta años, tanto en el marco de sanguinarias dictaduras militares, como en los denominados procesos democráticos.


Jamás –nunca jamás- se persistió en concitar la atención pública, sacar la gente a la calle, clamar por la vida y la libertad de expresión, con tanta vehemencia, constancia e intención de voltear a un gobierno, como sí se lo hace hoy en Venezuela y desde fuera de Venezuela, a riendas del desparpajo mediático sostenido por la dictadura transnacional. RCTV es lo de menos, y las “ocho familias benditas” son las primeras en saberlo: la consigna encubierta, y ni siquiera, es matar al “perro” –Chávez- y acabar con la “rabia” –la decisión de millones de venezolanos y venezolanas, y de muchos otros en distintos países del mundo, de vivir con dignidad-.

Vale recordar: en Venezuela se le terminó la licencia a RCTV y, con las facultades constitucionales que lo habilitan, el gobierno del presidente Hugo Chávez, no le renovó a las “ocho familias benditas” “su” supuesta y autoarrogada propiedad eterna sobre una franja del espacio radioeléctrico. Nada más que eso. Como ha ocurrido incontables veces en Europa y EE.UU.. Sin ninguna agitación al respecto. 

No ha habido hasta aquí una campaña similar a la trazada en defensa de un canal de televisión, frente a crímenes y más crímenes contra periodistas. Tampoco nunca una campaña parecida, en defensa de la vida y la libertad y contra el desempleo de decenas de miles de periodistas, contra el salario basura de decenas de miles de periodistas, contra la polifuncionalidad basura, o las enfermedades profesionales que implican que las expectativas de vida de los periodistas sean de cinco años menos que el de la media de la sociedad. No. Nunca una campaña.

Excepto las que honrosamente llevan adelante, en luchas desiguales, organizaciones de periodistas que, como la FELAP, no se arrastran al servicio de los dueños del dinero y sus sicarios.


Las trampas “cazabobos” trabajarán a destajo. Esa es la tarea de “ellos”, la tarea de las “ocho familias benditas” y sus socios ideológicos. Por lo tanto nuestra tarea es denunciar, contra viento y marea y a como dé lugar, el principal y único fin de esta arremetida mediática contra Chávez: abortar un proceso revolucionario que camina en contra de los privilegiados y en favor de los más. Esa es la pura verdad. Abortar un proceso en el que las grandes mayorías, siempre humilladas y discriminadas –junto a su gobierno- han decidido resguardar y explotar para el bien común los recursos estratégicos del país. Como se decidió hacer con el petróleo, en oposición al deseo voraz y asesino de EE.UU.. Lo demás, los supuestos valores de la declamada “libertad de expresión” es parte de la habitual hipocresía utilizada para encubrir genocidios y saqueos, o para lavarse las manos, como acostumbran los que no se pronuncian sobre el fondo de la cuestión especulando con salvar su pellejo.

Juan Carlos Camaño,Presidente de la FELAP

04 de junio de 2007