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PATRIA Y HUMANIDAD

CINISMO VS ÉTICA

CINISMO VS ÉTICA

Por Luis Sexto 

Deshonestamente. Descaradamente. Suele así juzgarse la realidad cubana en medios del extranjero. Y en ciertas saletas del patio. Porque cuando a la política, como acto o como enfoque, le falta la ética, por mucho que se alegue honradez el resultado aflora como cinismo. 

Gusto de tener presente un apotegma del brasileño Leonardo Boff. El ex sacerdote y teólogo de la liberación recomendaba que, ante un debate, una crítica,  habría que partir de una perspectiva ética más que de un punto de vista “meramente político”. Lo cual para mí significa que ningún juicio político sin ética es honrado. Importa, decía Boff, que  comencemos por ser honestos”. Y dejemos que la realidad se muestra “tal cual es”. 

Por lo regular, cuantos enjuician a Cuba y sus circunstancias en Washington, Miami, Madrid, o en cualquiera de los medios de prensa dominantes y globalizadores del planeta, esconden la realidad cubana. También la esconden en los tea party de los crepusculares grupúsculos anexionistas locales.

Unos y otros aducen que los problemas actuales de Cuba son provocados por el estado socialista. De lo que resulta que el organismo político, social y económico que tanto ha realizado por el país y sus habitantes es el culpable de las espinas del llamado período especial. Es decir, culpable de los apagones, la Revolución que electrificó el 95 por ciento de un país casi sin electricidad en 1959; de la escasez de medicamentos, la Revolución que graduó a 70 000 médicos sobre los 6 000 de 1958; de las enfermedades, la Revolución que extendió a 77 años el promedio de vida de los cubanos que hace cinco décadas vivían unos 62; de las dificultades escolares, la Revolución que alfabetizó a un 40 por ciento de iletrados y graduó más de medio millón de profesionales; de los salarios deprimidos, la Revolución que convirtió el trabajo en un derecho popular y un deber estatal; culpable de ciertos desvalores, la Revolución que enseña la solidaridad, el amor al semejante, el predominio del ser sobre el tener... 

Ese es el análisis. Exactamente. Realidad atribuida única y fanáticamente a los presuntos errores –que no excluyen algunos reconocidos y rectificados y otros que habrá que rectificar inevitablmente- y a la ficticia voluntad destructora de cuantos gobiernan en Cuba. Nada, desde luego, de lo otro: la obra levantada. Los problemas resueltos. Los empeños por resolverlos. Y el apoyo de una mayoritaria decisión ciudadana. Y nada tampoco de lo de más allá: la guerra sucia de EE.UU. El bloqueo. Las leyes extraterritoriales. Eso no cuenta. Que si Cuba afronta iliquidez financiera, y el FMI y el Banco Mundial no le prestan dinero como prestan todos los días a cualquier Estado, porque EE.UU. se opone, culpa es del gobierno cubano… 

Y así, la realidad se escamotea. Descaradamente. Ese es el modo de actuar de “la libertad de cierta luz” vitriólica que busca generar la oscuridad. Estemos atentos. Se nos quiere ofrecer el cinismo como posición objetiva, justa y honrada. Y el cuento se reduce a este cuadro: te asfixio apretándote el cuello, y luego, sin soltarte, digo a todos que te estás ahogando. Te culpo. Y te lo reprocho. Actitud cínica. Y cinismo, define el diccionario, es impudicia. Desvergüenza.                                                                                         

DUPORTÉ: HABANA-MADRID

DUPORTÉ: HABANA-MADRID

Por Luis Sexto

He vuelto a visitar a Duporté. Me alegré por su presencia en el mismo sitio de 15 años antes. Y porque su obra ha crecido y también se le ha extendido más  el reconocimiento fuera de nuestras fronteras. Me reveló una primicia: el 3 de octubre de 2007, en la galería BAT (www.galeriabat.com), cerca del Bernabeu, en la capital de España, se inaugurará una exposición de su obra titulada: Jorge Pérez Duporté. Acuarelas Habana Madrid.

Fue, si mi almanaque sensorial no me falla, a principios de la década del 90 cuando llegué a su casa por primera vez. Quería entrevistarlo. Había llegado yo a la comunidad de Las Terrazas, en el lomerío oriental de la Sierra del Rosario, cerca de Candelaria, Mariel y Artemisa, en los límites entre las provincias de Pinar del Río y La Habana, con el propósito de escribir un reportaje sobre aquel milagro vegetal y arquitectónico –cuyos datos usted encontrará en el archivo de mi blog, con el título de Esplendor y fantasía. Allí supe de su existencia.

No es difícil interpretar mi interés de entonces al saber que en ese lugar apartado vivía desde 10 años antes un pintor, dedicado fundamentalmente a recrear la flora de este sitio, cuya mayor gloria radica en haber partido de la esterilidad y la desolación para convertirse, por mano de hombres, en reserva mundial de la biosfera. Y lo fui a ver. Conversamos. Y más tarde la revista Bohemia publicó aquella conversación donde Duporté confesó su amor por la flora, la naturaleza, y en particular por la de su patria y la de Las Terrazas. Ya lo reconocían internacionalmente por su vocación ecologista. Célebres, entre otras especies,  son sus orquídeas. Y también sus visiones de las flores y plantas que José Martí, el apóstol de la independencia nacional, mencionó o describió en su Diario de Campaña, y las que aparecen en la obra del novelista mayor Alejo Carpentier.

De aquel viaje regresé muy impresionado por la línea del pintor, tan fina como la cuerda de un violín, tan delicada como el ala de un colibrí…

Hace poco, apenas 15 días, regresé a su casa. Han pasado tres lustros de nuestro primer encuentro. Tal vez pude pensar que ya no estaba allí; él que había nacido en el extremo opuesto, en Guantánamo -1945-, podía haberse marchado buscando mayor contacto con el tráfago social. En fin, especular es propio de hombres. Y de periodistas.  Pero afortunadamente  persevera en su vocación y en su apego a aquel espléndido silencio de Las Terrazas. Su recuerdo más recurrente, según me dijo en aquella entrevista inicial, era el jardín de su mamá.  Jardín que él sigue multiplicando con la mano sutil de quien se acerca a la vida con la pura bondad del que ama. Y hace.

AUDACIA Y REALISMO, ¿LA FÓRMULA CUBANA?

AUDACIA Y REALISMO,  ¿LA FÓRMULA CUBANA?

Por Luis Sexto 

Raúl Castro tendió el 26 de julio de 2007 un ramo de olivos a los Estados Unidos, por segunda vez en menos de un año. ¿Político o impolítico? ¿Táctico o estratégico? ¿Coherente o inconsecuente? Las respuestas necesitan mucho más que encerrar en un círculo el SÍ o el NO, como en un fácil examen escolar. Cuba no es una asignatura simple. La complejidad la acompaña, con su teoría de equívocos, pistas falsas, deseos admitidos como verdades y verdades deslegitimadas como falsas aprehensiones. 

Un análisis con alguna posibilidad de certeza ha de partir admitiendo que la mayor desgracia que el futuro podría depararle a Cuba,  sería que los norteamericanos  fueran saludados nuevamente “como libertadores”. Con derecho a imponer su paz, su orden, su cultura, como en 1898, después de haberse servido de la debilidad de España y la ingenuidad –no exenta de incapacidades materiales- de los luchadores por la libertad. En aquel momento frustraron la independencia política y el desarrollo autónomo de la economía nacional, aprovechándose de esa situación que en la punzante, desenfadada y natural lengua de los cubanos  se sintetiza en “coger los mangos bajitos”, esto es, sin subir a la mata o levantar una vara: solo estirando un palmo el brazo.  

Sin embargo, es advertible que toda la culpa no fue de ellos, incluso habría que, en justa evaluación, reconocer los beneficios que le aportaron los norteamericanos a la Cuba de la posguerra: arruinada por la contienda independentista y limitada por 400 años de coloniaje. También los cubanos, en particular sus dirigentes, posteriormente a la aprobación de la Enmienda Platt –cuya aceptación era  previsiblemente inevitable, porque el rechazo a ese apéndice constitucional habría perpetuado el ejército de ocupación-, adoptaron decisiones que anudaron aun más la dependencia. ¿Por qué el congreso de la república no aprobó la propuesta de Manuel Sanguily, ardiente y lúcido intelectual independentista, de rechazar el Tratado de Reciprocidad con los Estados Unidos en 1903? La defensa de su tesis  fue tan apasionada, tan preclara, tan profética, que un poeta y periodista allí presente escribió un soneto -luego célebre por otra razón: fue falsamente acusado de plagio- que comparaba al agudo coronel del Ejército Libertador con Don Quijote: “Que siga el caballero su camino/ agravios desfaciendo con su lanza; / todo noble tesón al cabo alcanza/ fijar las justas leyes del destino”. Estaba, al cabo, defendiendo a la “Más fermosa.”: la patria. 

Quiero decir, en síntesis, que los cubanos a partir de 1902, a pesar del sometimiento jurídico y efectivo de la república al protectorado estadounidense, tuvieron espacio, aunque fuese mínimo, para la maniobra, para la resistencia inteligente. Habría que indagar, modificar un tanto ese enfoque catastrófico, rígido y unilateral con que a veces enjuiciamos el pasado, y poner las coyunturas también bajo la responsabilidad de las acciones que debían haber limitado la absorción de nuestra república y quedaron en el paraíso de las ideas sin realizar, a influjos de un anexionismo solapado o del predominio de ambiciones y egoísmos de partidos y familias, y las posturas soberbias de algunos titulados “hombres fuertes” que mantuvieron a la sociedad cubana dividida, como escribió el fenecido ensayista Joel James, “contra sí misma”.

 No se trata de exonerar a los Estados Unidos de haber empezado en Cuba, a título de estreno mundial, la dominación neocolonialista, ni de pretender anular las palabras del jefe del Ejército Libertador, Máximo Gómez, cuando escribió en su Diario que los norteamericanos en Cuba no iban a dejar un adarme de simpatía. Pero no tan poca dejaron. Como advirtió Martí, el anexionismo, ese ver en la propia disolución dentro de Norteamérica la solución de los males y las insuficiencias de la república, seguiría  encandilando en el futuro a una porción de cubanos. Hoy, efectivamente, no solo continúa  entreteniendo al millón de emigrantes que radican en territorio de la Unión, y al grupo de presuntos “dirigentes del exilio”, sino también a los que en Cuba aspiran a emigrar o desean el predominio de Mc Donald’s, Malboro  y Hollywood en la Isla. 

Hubo, desde siempre, una vanguardia que, abroquelada en el antiimperialismo martiano, arriesgo vida, hacienda e intelecto para conquistar definitivamente la independencia y un desarrollo creadoramente nacional. La revolución de Fidel Castro, en cuya ideología participan postulados martianos y marxistas-leninistas afincados en una tradición revolucionaria antidictatorial, nacional liberadora y socialista, consiguió en 1959 establecer todo el espacio para que las fuerzas del progreso quebrantaran las manquedades heredadazas en los inicios del siglo XX, entre las cuales, desde luego, figuraban las impuestas por la influencia neocolonial de los Estados Unidos. Y le enseñó al pueblo a desprenderse del miedo y hacer suyo cuanto era suyo por derecho. 

Liberar a Cuba, rescatar sus riquezas y ventajas naturales de la apropiación extranjera,  implicaba, necesariamente, golpear los fundamentos del predominio yanqui, para quien Cuba y sus islas y cayos adyacentes venían siendo reputados, desde el primer lustro del siglo XIX, como una especie de traspatio. Quitárselo, es decir, nacionalizar lo que a Cuba en derecho pertenecía, implicaba que el águila soplara los clarines de la guerra. Pero, por otra parte, ¿los sucesivos gobiernos norteamericanos habrían aceptado una cesión pacífica, cordial, compensada de las propiedades que adquirieron en Cuba a precio de liquidación? Parece que no. Al menos se negaron a recibir la compensación a pesar de que, como es conocido, el tribunal supremo de la Unión declaró el derecho de Cuba a la nacionalizar las propiedades extranjeras. 

Y en los últimos 48 años, pues, ha sido la guerra. Una guerra a veces caliente; otras, fría. Siempre la hostilidad en actos o en retórica. Siempre efectiva en leyes bloqueadoras del comercio o de la economía cubana. Cuanto digo es conocido. Y vemos que la mayor conquista de esa política de intervención permanente ha sido circunscribir a Cuba dentro de los ámbitos de la resistencia numantina, en una apuesta a la ruleta del tiempo, cuyo número predicho es la ataxia y el deterioro. Al final, cuando se detenga el vertiginoso giro, los “americanos”vendrían, al igual que en 1898, como los salvadores de una circunstancia material incivilizada. ¿Quién les negará el Ave César de los libertadores? Ingenuos, y necesitados, habría como para levantar la mano. 

La propuesta de Raúl Castro -tendido de puente a la administración que en 2008 se encargará de gobernar al enorme y desarrollado país- resulta, pues, un acto coherente, positivo. Junto con la preparación para rechazar cualquier amenaza militar, quién podrá estimar de impolítica o desmesurada la oferta de negociar el diferendo en términos de igualdad: de país soberano a país soberano; no de grande a pequeño; no de tiburón a sardina, como reza la imagen clásica.  

Cuba, y parece que el propio Gobierno Revolucionario lo admite, necesita “cambiar lo que haya que ser cambiado”, según una de las ideas de Fidel al definir la esencia de la revolución. Sería mejor cambiar lo necesario sin la hostilidad de los Estados Unidos. Pero no creo que sea conveniente condicionar la aplicación de cualquier fórmula que ayude a fundamentar un socialismo cuyo horizonte no sea la pobreza repartida, la precariedad como estrategia, a la tranquilidad en nuestras costas, mares y aires. A mi modo de ver, la normalización de las relaciones con Washington, no provendrá principalmente de que ellos altruistamente lo acepten, sino de cuanto se haga dentro de Cuba, sobre todo en la economía, para liberarnos del caballo de Troya de la pobreza, el deterioro, la distribución igualitarista y las limitaciones que reducen la democracia, cuya extensión se ha aplazado hasta hoy en aras de la unidad nacional ante una probable agresión militar.  

El círculo, inevitablemente, se ha vuelto vicioso. Cuántas generaciones tendrán que sacrificarse aún; cuánta sangría más en una emigración, politizada en ambas orillas, que es primordialmente económica porque busca espacio para el bienestar: casa, transporte, abundancia de alimentos, libertad de movimiento, descentralización, y el fin de la excesiva intervención del Estado en su vida. Aparte del papel facilitador, estimulador  de la ley de ajuste cubano, la mayoría de cuantos emigran, según mi óptica, salen a encontrar lo que no hallan dentro de su país, a pesar de todo lo positivo que la revolución ha creado. La sociedad cubana está internamente bloqueada por una madeja de prohibiciones burocráticas y oficinas y pasillos herméticos que reducen el papel de las potencialidades culturales y científicas que la revolución desató y preparó. Cuánto gente de ciencia y técnica, hábil y culta, pervive supeditada a la inanidad.  Por ello, enjuiciar la emigración como un balón que únicamente permanece en el terreno de los Estados Unidos,  supondría tapiar las claraboyas que favorezcan iluminar  los hechos para precisarles sus causas más profundas. Los cantos de sirena pudieran no afectar o afectar menos, si Ulises se sintiera satisfecho donde está. 

Merece los calificativos de audaz y valiente la propuesta que Raúl le formuló a la Casa Blanca en nombre de Cuba. Pero audaces y valientes habrán de ser  igualmente los estudios y reflexiones que tiendan a implantar estrategias, resortes y estructuras que ayuden a trascender el plano de pobreza generalizada en que nos hemos desenvuelto. Pobres y acusándonos interna y mutuamente, en voz baja o a gritos de dejar perder la revolución es en cierta medida el estado a que las presiones norteamericanas pretenden conducir al país rebelde y paradigmático, cuya revolución surgió como reivindicación histórica de todo el daño que los yanquis y sus aliados internos, por acción u omisión,  habían infligido a Cuba. 

Cuba ganará la guerra con audacia, que es también cordura y sentido, como ha dicho Fidel, “del momento histórico”.  Un frente de esta guerra puede despejarse a tiros y cañonazos, que es lo más fácil para nosotros, aunque no para ellos. El otro frente habrá que ganarlo con realismo y audacia, porque resulta más exigente, más complicado, más sutil, más urgido de la inteligencia y de una unidad nacional que implique avanzar, pues la unidad para el estancamiento tiende a agrietarse por su rigidez.  O el paso adelante que distribuya el poder democráticamente anulando anticuadas teorías y prácticas que hoy solo benefician a la distorsión burocrática o… el camino continuará y nosotros quedaremos en la cuneta, viendo la marcha prepotente de los “nuevos libertadores”.   

EL MÁS CARO

EL MÁS CARO

Por Luis Sexto 

Juan Ángel Cardi me invitó a almorzar para agradecer  mi nota impresionista, publicada en el periódico Trabajadores, sobre su novela policial El american way of death. Cinco o seis años más tarde, sin quererlo,  y con la voz rota, le devolví la gentileza: despedí su duelo.

Cuando nos sentamos a la mesa era la primera vez que lo veía. Al detenerme junto a su tumba, ya lo conocía tanto como para sostener el elogio que le debíamos y que algunos, por pusilánimes y prejuiciosos, no quisieron decir. Y obraron adecuadamente. Porque –advertí aquella mañana- Cardi no hubiera aceptado un discurso florido, retórico, u oficioso. Se habría quejado a la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas en una carta con copia para todos, incluida “la Virgen María”.

Fue un humorista  desde sus primeros tinterazos radiales en 1933, cuando comenzó en radio Álvarez, en la Habana, escribiendo una sección llamada Noticias con rabo. Lo conocí viejo, pero no gastado, que la mucha edad y el poco rendir no han de tomar el sol los domingos necesariamente juntos. Todavía el virtuosismo de su improvisación o su creación humorística, capaz de  cortar el pellejo o de estallar en los pies, alborotaba una página o rompía un grupo. A cierto poeta de mucha armonía y conocimiento, le preguntó si había leído las novelas de un tal Juan Ángel Cardi. El lírico y retraído colega le respondió que sólo leía obras policíacas en inglés. Cardi, manoseando la ironía, replicó antológicamente:-

Esperaré a que me traduzcan. 

En una de las paredes de la sala doméstica exhibía un mural -trazado con varias brochas-  donde, jinete en una bicicleta, llevaba en traje de novia sobre la parrilla trasera a Tata, su mujer. La pintura rememoraba la fecha cuando legalizaron, en medio de un festín inapropiado, una  desmemoriada costumbre carnal. Debajo la leyenda: Gloria in el sexo dedo, corrupción, si alguien no la recuerda, de la primera frase de una oración de alabanza en la misa: Gloria in excelsis Deo.

Era, por supuesto, un chiste.

En los últimos años de su vida ennegreció sus mejores cuartillas, incluso le sopló su estilo juguetón a la humareda de la novela policial cubana, en el espacio fervoroso que discurrió entre los finales de 1970 y la década siguiente. Entre los textos que olvidó publicar sobresale el Epistolario de Floripe Méndez, páginas cosidas en una paráfrasis de Eça de Queiroz –así, con zeta, advierto a los barredores de calle de la literatura: como aparece en las ediciones que conozco del polémico portugués-. Guardo, en particular, la mayoría de las cuartillas, ya limpias, de la última e inconclusa novela de Juan Ángel Carballo Díaz, nombre y apellidos legales de Cardi. Me las cedió Roberto, su hijo mayor, en una declaratoria de heredero que me enaltece, quizás con el propósito de que yo pusiera los renglones que le restan. Ah, el Viejo tendrá que esperar. Debo aún terminar mis novelas. Y Cardi, seguramente, habrá de alegrarse del pretexto, porque, diría, más vale  obra inconclusa que mal terminada.

Al escribir de Cardi las dudas me desconciertan. Son las mismas sensaciones de cuando certifiqué ante sus amigos y lectores que  renunciáramos a las esperanzas, porque en verdad había dejado su habitual jadeante resuello en una cama del hospital Calixto García. Era tan severo, tan urticante, que temo que cualquier juicio mío acarree más indiferencia sobre un hombre inmerecidamente olvidado. Y temo, sobre todo, provocarlo hasta el grado de protestar ante el secretario de la eternidad y remitirme la copia en un papiro celestial tan dilatado como las alfombras de las recepciones presidenciales. Hable él, pues, de sí mismo. Que afronte la responsabilidad de representarse antes de terminar aquel primer almuerzo en La Roca donde por más de cuatro horas hicimos cuanto se suele hacer a una mesa, además de una entrevista.

-¿Cómo se convirtió en un profesional del humor?

-No recuerdo nada de mi vida intrauterina.

-Dicen que el periodismo daña al escritor a partir de un momento...

-También dicen que  un lobo se disfrazó de abuelita.

-¿Qué es el humorismo?

-Desde hace muchos años trato de hallar la respuesta. Vuelva el año que viene.

-¿Cómo escribe: de un tirón, o despacio, martirizándose?-Sin duda alguna de un tirón. El martirio viene luego, al perfilarlo.

-¿Cuándo escribe qué trata de suscitar en los lectores?

-Nunca he pensado en eso. Lo que me preocupa mucho es saber si se quedan dormidos al leerme.

-¿Le resulta difícil escribir?

-No sé por qué esa pregunta me recuerda a alguien que quería conocer si yo sabía lo que era parir.

-¿Sus escritores predilectos cubanos y extranjeros?

-Todo el mundo menciona dos nombres, entre los cubanos. Quiero, sin embargo, ser generoso y nombrar cuatro: Fulano, Mengano, Zutano y Esperancejo. Entre los de fuera, los cuatro que menciona todo el mundo. Creo que es la mejor manera de evitar que Dios se enfade y el Diablo se encabrone.

Nos citamos para ese día a la una. Me esperaba en el bar del restaurante. El pelo un tanto largo y desordenado se concertaba con  una barba deshilachada y blanca, para conformarle una cara de intelectual en bancarrota. Vestía una camisa azul de mangas largas. Me recomendó, con la natural estridencia de los que creen que los demás son deficientes del oído derecho, que pidiera sin consideraciones la bebida de mi gusto antes de almorzar. Había solicitado camarones por adelantado, y ellos necesitan una base digestiva fuerte. Digamos alcohólica. Cardi, me habían contado, era experto en esas minuciosidades gastronómicas y sus preparativos en las barras.Ante un literato decidí vivir en literatura. Y dije:

-El detective de El american way o death, solo bebe un cóctel llamado Alexander. Yo quiero hacer lo mismo.Se alisó teatralmente con las dos manos la melena entrecana, y chasqueando la lengua comentó al tiempo que se levantaba:

-Ah, carajo, qué exigentes son mis personajes. ¡Ese es el más caro!  

(Del libro Con Judy en un cine de la Habana y otras crónicas de la ciudad)

HUMBERTO ARENAL: NUEVA YORK Y CUBA

HUMBERTO ARENAL: NUEVA YORK Y CUBA

 Por Luis Sexto

Humberto Arenal tiene en Nueva York uno de los puntos seminales de su biografía. En archivos de la Gran Manzana se empolvan los ejemplares del periódico donde se imbricó con el periodismo, y allí escribió su primera novela, El sol a plomo, de asunto cubano. Al cabo de casi 50 años, no lamenta, ni detesta, la década vivida entre rascacielos, ni se arrepiente de haber regresado a Cuba.

En su país  de nacimiento escribió y publicó toda su obra a partir de 1959. Pero estima que en sus novelas y cuentos, principalmente, se aprecian las marcas de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX,  empezando con Sherwood Anderson, y siguiendo con Hemingway, Faulkner, y Dos Passos.  Entre  los poetas, el predilecto es Witman. En la narrativa de Arenal se  pulsan los rasgos de una prosa dura, urbana, objetiva, sin dejar de estar plausiblemente trabajada, con la que expresa conflictos de generación, de familia, del hombre y el medio en situaciones extremas.

En abril de 1959 fue de Nueva York a Washington a entregar a Fidel Castro un ejemplar de su  primera novela, presentada por esos días.  El líder de la entonces principiante Revolución cubana le preguntó los datos básicos de su vida, y luego lo invitó a regresar a Cuba. “Habrá trabajo para todos”, le prometió.

"Yo le dije que quería hacer cine –precisa Arenal-,  y Fidel me respondió que habían pensado en crear un instituto nacional de arte e industria cinematográficos." Y, en efecto, en ese organismo me ofrecieron trabajo, porque  yo había cursado algunas lecciones de cine en  Nueva York.

Entonces era periodista de la polémica revista Visión, de inclinación política de derecha. En 1952, al fundarse con el propósito de influir en la opinión pública latinoamericana, Arenal fue seleccionado como una de las firmas iniciales, provenientes en su generalidad de Times y Newsweek.  Su vocación literaria y el sustento de su familia convirtieron la oferta en una opción aceptable. Y durante seis años trabajó en esa publicación donde paradójicamente adquirió fama de díscolo, crítico, inconforme, hasta la visita de Fidel Castro a los Estados Unidos cuando, el entregar una reseña objetiva del hecho, fue expulsado. Ya era jefe de producción. 

"Fue una gran chasco oír, después de tantos años de trabajo: Estás despedido. Yo había permanecido  en Visión a contrapelo de sus filiaciones. Pero comprendía que Visión no iba a cambiar".  Arenal, nacido en 1926,  fue a los Estados Unidos en 1948, a perfeccionar el inglés que en Cuba había aprendido con ahínco de joven hijo de obrero.  Un año después, al concluir sus estudios, decidió permanecer en Nueva York como emigrado, dueño ya de un idioma casi perfecto. 

Logró matricular en una escuela de periodismo en inglés, y luego obtuvo empleo en  El Diario, periódico publicado en español al que había llevado, alguna vez, cuentos como colaborador. Le asignaron  atender las noticias del sector hispano de la ciudad. En esos momentos, “me ganaba la cultura norteamericana: leía periódicos en inglés, iba a teatros en inglés, veía cine en inglés, leía literatura en inglés.” 

El contacto con los inmigrados de origen latino, lo identificó más conscientemente con su cultura original. Y por esa razón estima que el periodismo diarista “le resultó un ejercicio fascinante”.  

De aquellos años juveniles piensa que compusieron el periodo en que una gran oportunidad le salió  al paso en  una ruta aún para él confusa, y él la aprovechó.  En Nueva York no vivía entonces ni lo peor, ni lo mejor del mundo.  “Pero yo, que conozco ciudades como París, Londres, Berlín, Moscú, creo que ninguna posee la fuerza de Nueva York.” “Las cosas fueron y ya no se pueden cambiar –estima-, y por ello todo pasó como entonces debía pasar, y no lo lamento.” No se queja ni de sus años en los Estados Unidos, ni de sus años en Cuba, porque he sido todo lo que he querido ser. 

BREVE FICHA

Nacido en la Habana; narrador y dramaturgo.  Es autor, entre otros libros,  de El sol a plomo, Los animales sagrados, A Tarzán con seducción y engaño, ¿Quién mato a Iván Ivanovich? Su última novela se titula  Allegro de Habaneras.  

LA (IN) CULTURA DEL DEBATE

LA  (IN) CULTURA DEL DEBATE

Por Luis Sexto

 

Jorge Mañach aseveró –cito de memoria-  que la tendencia a reír ante lo que se desconoce o no se alcanza a comprender se relaciona periféricamente con la ignorancia y la falta de cultura o de educación, y más en lo hondo con un complejo de inferioridad que, según el autor de Indagación del choteo, tiende a compensarse, emparejarse con el que “está más alto”, mediante la risa mordaz. Ese comportamiento promedio, a veces minoritario, a veces más generalizado, dependiendo de las épocas, se empalma con la del juicio de Don Quijote que establece que es propia de mentecatos la risa que de poca causa proviene.

No es mi propósito insistir repitiendo las aproximaciones del clásico ensayo de Mañach. Lo he tomado como pretexto para lamentar –al menos hasta dónde he leído su obra- que él, que tan duraderamente registró en nuestra “almario” nacional, no nos hubiese entregado el ensayo sobre nuestra “cultura del debate”, o, mejor, sobre la incultura polémica que nos inhabilita para debatir razonable y respetuosamente. El propio Mañach, polemista inclaudicable,  sufrió en su momento los golpes de esa deficiente altura, aunque tuvo rivales condignos: Martínez Villena, Raúl Roa, Juan Marinello, Lezama Lima. Pero, salvo esos contendientes de pareja tamaño conceptual y estilístico, el resto de los litigios que afrontó,  con más o menor grado se deslizan desde la otra esquina por el declive del insulto y, sobre todo, la anulación de los probables valores del contrincante.

Una polémica intelectual, como un juego de béisbol, no se resuelve como si se manipularan tazas de porcelana.  Es decir, ha de campear la pasión, la rudeza. Pero, en el medio, predominando, regulando con el índice de  la ética, el juego limpio. La decencia, palabra que, al parecer, se ha arrinconado en el glosario más frecuente, tiene su punto nodal en el respeto al semejante, aunque el otro  se pare en el lado opuesto a donde estoy yo. De lo contrario ocurre, como habitualmente, que resolvemos cualquier polémica confundiendo ironía con sarcasmo, humor con choteo, dureza con irrespeto. Y el mayor argumento que alzamos, como una maza, se liga con estos tópicos: no tienes la razón, porque la tengo yo, o tus opiniones no son válidas porque antes opinabas distinto. Una anécdota reciente me clarifica.  Tras el último campeonato nacional de béisbol –horno y termómetro a la par de nuestra insuficiencia polémica- un periodista de la TV en Guantánamo le adujo a un colega de la TV nacional –estaban encadenados en un diálogo- que desde la capital daban más calor al segundo lugar de Industriales que el primero del equipo de  Santiago. Seamos cuerdos, quiso decir. Y el comentarista, acomodado en la banqueta de los estudios en La Habana, ripostó diciendo que le parecía raro que él dijera eso, porque cuando vivías aquí, ibas al estadio del Cerro no precisamente a aplaudir a los orientales. A algunos les pudo resultar ingeniosa la respuesta para las inteligencias equilibradas, en cambio, el habanero descendió unos peldaños en su profesionalidad y en sus valores humanos, al utilizar en el debate referencias personales; trapos aparentemente sucios. Tal vez esa conducta la muevan los mismos resortes que a la risa ante aquello que no se conoce o no se entiende: destripar con el ridículo a quien nos coloca en aprietos.

En la complicada trama de fibras y nervios de la psicología social del cubano,  parecen mezclarse como síntomas de los mismos defectos reacciones diversas. Fernando Ortiz, en uno de sus trabajos juveniles, que por ello no disminuyen su valor, habla de nuestra intolerancia a la crítica. Reaccionamos, ante cualquier opinión que evidencia nuestros errores o actitudes, de modo histérico. Femeninamente, creo que escribió el sabio en sus Ensayos de psicología tropical. Entonces discurrían los primeros años del siglo XX. Cien años después, continuamos padeciendo de alergia a la crítica. Los que están en las posiciones de gobierno y también cuantos se detienen en una esquina a mirar los celajes o se sientan en los pasillos de las instituciones culturales a mirar el mundo pasar, asumen la posición del que anuncia en un cartel, como en un libreto cómico: Que nadie me toque; yo solo puedo tocar.

Observando bien el fenómeno lo más recomendable, para impedir la neurosis,  es adoptar una actitud de apacible filosofía  que comprenda evangélicamente esas manifestaciones como generadas por una impericia innata, una incapacidad irreversible -en particular de nuestros actores pensantes- para un hecho primordial: la convivencia. La cultura y el conocimiento influyen muy poco en la corrección de ese nuestro común vivir desvivido, desocializado. Seguimos pensando que la cultura es saber muchas lenguas extranjeras, mucha historia, mucha estética. Y permanecemos vacíos de la otra cultura, a la que aludía Chesterton cuando evaluó  de muy cultos a los analfabetos campesinos españoles de su tiempo. Eran cordiales, respetuosos. Poseían la letra del corazón y les bastaba para comportarse, con notas sobresalientes, en la ciencia del convivir.

La generalidad de nuestros cultos son, por lo común enemigos de la intolerancia. Cuando se sienten intolerados son afanosos zapadores que tienden, en muy justa operación, a resquebrajar la armazón de lo sectario y divisor. Pero, resuelto el problema, nadie más intolerante que el intolerado de ayer. Pasa la cuenta con la misma carpintería. Y así todo ello se mezcla, se confunde en la batidora de las imperfecciones colectivas y personales. Falta, desde luego, humildad.  Sobra soberbia. Y no existe el apego a la verdad. ¿Buscar la verdad en el debate? No qué va. Ese que ahora dice lo que yo no pude decir cuando quise, y que entonces decía lo contrario, no está apto para decirlo. Carece de credibilidad. Ha de tener su biografía manchada…. Si yo no lo digo, él tampoco.

Y así la evolución de las ideas; el acercamiento de una posición a otra luego de la práctica, que a tantos depura, y del paso del tiempo, que tanto modifica, son anuladas por la tabla rasa de un simple breve pontificio.

¿Cultura del debate? Ni lo uno, ni lo otro.  El choteo, la intolerancia, y la soberbia son ramas del mismo tronco. Ah, si viviera Mañach.

 

HUMO EN LOS OJOS

HUMO EN LOS OJOS

Por  Luis Sexto

Dos de las paradojas en la historia del tabaco se relacionan con  John F. Kennedy y José Martí. Imaginemos pimeramente  al presidente de los Estados Unidos violar las reglas del bloqueo económico contra Cuba, para conseguir y fumar un habano, y reflexionemos luego en que  el adalid de la independencia de Cuba no fumaba. ¿Paradójico, no?

Aunque no las enumeraremos todas, paradoja resulta también aquella del estanco que la monarquía española le impuso al tabaco cubano en el siglo XVIII: cuanto más codiciada la hoja en el mundo europeo y americano, más trabas para comercializarla. La estupidez, por lo visto, no respeta jerarquías.  

En Cuba, fumar es como un signo de cubanía., aunque ahora se sepa que hace daño a la salud. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé,  poeta del paisaje y las costumbres campesinas en el siglo  XIX y a veces cultor ingenuo de los temas aborígenes, puso en uno de sus poemas a un cacique “con un tabaco en la boca”,  hojas torcidas a mano como un candil, una antorcha,  que a los conquistadores les pareció la réplica de un dragón. 

Después, muchos cubanos fumaron o fuman el tabaco envuelto en sí mismo, sin intermediarios de papel y química aditiva, como en los cigarrillos. Algunos  también alternaron, y alternan, ambas formas. Pero para ciertos momentos, tal vez la lectura del periódico o para meditar, eligen el tabaco. Puede suponerse, pues, que en el fondo de ese hábito, en el acto de fumar un puro, aunque se conozca que lastima a la salud, jadea, como se presume, una actitud de cubanía, semejante a una ceremonia con la cual se busca expresar una pertenencia, o mezclar el oxígeno de la sangre con las cenizas de la tierra.

Se aprecia esa voluntad acendrada de imbricarse con un hábito de entraña nacional en cubanos ligados a su identidad  desde la cultura, el arte, la política. Expelieron, en algún período del día, las señales de humo de su imbricación cubana.  Famosa es la foto de José Lezama Lima, poeta y novelista de mundial repercusión, detenida por el ojo oportuno y rápido de Chinolope, donde el autor de Paradiso muestra un puro entre sus labios barrocos y místicos con el que parece llamar a sus orígenes.

Un poeta distinto, de otra cualidad en su estro, Raúl Ferrer, portaba como una valija esencial eso que en un poema él llamó “tabaco que elaboran dedos sabios (...) algo tan puro como el mismo verso”.

Don Juan Gualberto Gómez, el hombre de Martí en Cuba, el mulato que usaba la palabra como sable, o estilete, el independista de argumentos precursores sobre la igualdad racial, el hombre que se educó en París y comió siempre en Sabanilla, su lugar de nacimiento en Matanzas, arrastraba un habano con la afilada paciencia de su patriotismo inclaudicable.

Y a Carlos Enríquez pudiera pintársele con un puro como pincel. ¿No podría intuirse que esa gasa flamígera que envuelve sus cuadros es humo de tabaco, humo que algunos de cuantos lo conocieron creyeron apreciar también en su mirada?

Benny Moré, Cuba hecha ritmo en la voz y los gestos de un cubano, fumó también habanos, y quizás alguna vez lo humedeció en el ron, fluido entrañablemente nacional. A José Luciano Franco, visceral y longevo historiador, lo sorprendí durante nuestras entrevistas con una breva entre sus dedos. No por azar su conciencia cubana empezó a formarse en una tabaquería. Como la de Gaspar Jorge García Galló, memorable profesor que explicaba filosofía con la misma claridad de un juego de béisbol, a pesar de las nubes azulencas de su cazador.

La lista amerita mucho papel. No cierro esta especie de especulación sin evocar al Che Guevara. En qué fotos no lo vemos con un tabaco, hecho un cabo, un mocho, como queriendo introducirse a Cuba en la planta combustible que junto con la caña la ayudó a erigirse en nación. 

Y dicho esto uno se pregunta, como el arqueólogo ante el volcán y la pirámide: ¿qué fue primero, el habano o la torre de un ingenio, tan similares ambos en geometría y espíritu nacional?  Al menos sabemos que las manos y el tabaco existían ambos antes de su confluencia. Pero ahora, el habano no podrá existir sin las manos del torcedor cubano.

Hay que admitirlo. El  habano  sobrepasa la calidad natural de la hoja cubana. No lo busque en un secreto o en una gracia de la agrotecnia. Ni pretenda hallarlo en un criptograma legado por los aborígenes que la cultivaban y degustaban sahumándose en un rito de sibaritas ingenuos.  Lo encontrará en su confección. Limpiamente artesanal. Fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el obrero. Pruebe fabricarlo a máquina y el puro empezará a ser impuro, porque le faltará la poemática energía, la personalizada ternura de las manos.

Una convicción predomina en los fumadores. Creen que sería despojarlo de la autenticidad torcer un habano en la inconsciente faena de una maquinaria. Los adelantos de la ciencia o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso podrá humedecerse mediante el teléfono o el correo electrónico. Y el habano genuino es el resultado de un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller.

Así también lo piensan extranjeros famosos: nada como el habano, el plantado, cultivado, secado, torcido en Cuba. Lo pensaba Kennedy. También Wiston Churchill, por ejemplo. ¿Dónde no aparece mordiendo una aristocrática y aromática cápsula de vitalidad fabricada por manos cubanas?  Ambos, que nada los ligaba a Cuba, gustaban de beberla en el misterio de la hoja, el humo y la sangre. Como una de las paradojas más inofensivas del tabaco y su historia. 

LA FLOR DE LA UTOPÍA

LA FLOR DE LA UTOPÍA

Por Luis Sexto

“Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. ¿Lo saben de verdad? ¿Tenía razón Paul Valery cuando personificó es admonición en la primera carta de su libro Política del Espíritu? Al menos no totalmente. Porque si las civilizaciones son obra de la sociedad humana, no todos los hombres saben que han edificado una estructura que podría fenecer  a manos de la misma inteligencia y los mismos brazos de cuantos la construyeron.

Ahora podríamos alegar que el actual y generalizado descomprometimiendo ante la seguridad de la civilización y la perdurabilidad de la especie, es un signo o una consecuencia de la Posmodernidad, rebautizo de una época en cuya mayor extensión geográfica y social, aun no se ha llegado o rebasado la Modernidad. Pero, evidentemente, los hombres, al menos cuantos representan intereses decisorios en la Historia, han estado poco atentos, en las diversas edades que los anales registran, a la fragilidad de la sociedad humana. ¿Acaso aprendieron los romanos, ante los fragmentos de la Jerusalén destruida, que los templos y los palacios podían venir abajo solo con el uso de las antorchas, y los pueblos dispersarse mediante el filo y la punta de la espada y el paso aplastante de los ejércitos? ¿O supieron descifrar el signo de Roma, la Madre del orden y la estabilidad,  chamuscada por la piromanía de un megalómano?   

Preguntas, más preguntas. Qué otra cosa favorece hacer la incertidumbre que disturba hoy a las conciencias más alertas y avizoras. Incertidumbre. También desesperación. Y sobre todo desesperanza, que es la peor fórmula. Parece que la alternativa de “otro mundo mejor” aquí, sobre los cimientos del mismo que nos inquieta o perturba, se resuelve un tanto retórica o utópicamente. ¿Cómo se reedifica un mundo mejor? Me parece que todavía el consenso no acierta con la receta ante el estrépito aún audible de los paradigmas fracasados.  Hemos, sin embargo, de respetar las utopías. Creo, con otros, que el término está mal aplicado: ha sido mal traducido del griego. Lo apropiado y razonable sería traducirlo como lugar aún no existente que como lugar imposible de existir. ¿Cómo será ese nuevo mundo posible? Porque el cambio revolucionario, la revolución, según considera Slavoj Zuzek, empieza a adquirir su naturaleza cuando al viejo orden lo sustituye el nuevo que ella genera. Por supuesto, me parece comprender que, para el pensador, el fracaso de las revoluciones sobreviene porque han sido incapaces de implantar un orden distinto donde regular con eficiencia y efectividad la cotidianidad de las personas. Eso, a mi modo de ver, es la esencia de todo el asunto: los problemas del yantar y el vestir, del laborar y el aspirar, del soñar y el viajar dentro de una atmósfera de libertad cuya renuncia no se exija a cambio del derecho a la cultura o la seguridad.  Libertad  que es esencia insustituible entre las necesidades del ser consciente de su necesidad. 

Tal ha sido el problema irresoluble de cuantos han intentado organizar la sociedad como una aldea: un orden de “te doy y ‘te’ me das”. El centro del enfoque ha sido la masa. Masivamente las soluciones igualitaristas parecen infalibles, incontestables. Cuando desciendes, te introduces en la multitud y el rostro global va descomponiéndose en caras y gestos autónomos, te percatas de que lo que parecía generalmente justo comienza a resentirse de injusticia. Individuo y sociedad, una ecuación usualmente resuelta con números negativos.

Cómo, pues, ha de construirse el nuevo mundo. Hace 500 años, los soñadores de un mundo mejor se trasladaron a la recién inventada América. Las tierras nuevas prometían, a los inconformes con el viejo orbe desolado de Europa, las obviedades del paraíso terrenal. En este lado del Globo ya confirmado en su esferidad, el pecado original y su estructura de yerro y corrupción, de tendencias y turbulencias de la humanidad caída, no habían calimbado la virginidad de América. Pero Europa, presente en Indoamérica, diseminó el mismo sino del que huían  aquellos que creían en la libertad, la tolerancia, la elección libre del pensar. La paradoja les cerró el paso. Y de Paraíso recobrado, América pasó a Paraíso Perdido.

El planeta, en redondo, está contagiado del “pecado original” del egoísmo, la banalidad, el orgullo racial. El capitalismo lo ha desplegado con sus estructuras perversas, más perversas aun por envolverse en cantos de sirena, en nanas infantiles que prometen el bienestar, la gloria, el jardín de las huríes. Incumplir una promesa resulta una deficiencia política. Prometer a sabiendas de que nunca se cumplirá, es una versión aparentemente incruenta de la maldad.

Los procesos sociales de redención o remisión han muerto inútilmente: los pobres han tenido que cargar la cruz y subir la cuesta de empeños nunca realizados, mientras que las burocracias alumbraban el sendero desde sillas gestatorias. Los Mesías personales, únicos, han traído más calamidad, llanto, sangre. Estos presuntos salvadores – ¿no piensa usted en Alejando Magno, Napoleón, Hitler, Franco, Mussolini, Pinochet,  Bush…?- no se entregan a la autoridad para ser crucificados, sino crucifican a sus pueblos en los hierros de sus ideas y ambiciones. ¿Qué hace Bush junior ahora, qué hace este testaferro de los intereses del complejo militar industrial de los Estados Unidos? Preservar a los norteamericanos –dice- del peligro del terrorismo, del eje del mal, hipótesis que cuadra a cualquiera que no baje la cabeza ante las alas imperiales. O cuadra en cualquier cápsula propagandística cocinada en un laboratorio mediático, como las armas de exterminio masivo de Irak. Sin embargo, quienes perecen y sufren en esas guerras son los mismos ciudadanos que anuncian proteger con las guerras preventivas y las intervenciones humanitarias. Y estas víctimas armadas generan víctimas desarmadas.

Ello es evidente. Nos cansan ya las denuncias de la tragedia,  el análisis machacón sobre las causas de las guerras y las entreguerras simuladas. Nos hablan de que la historia terminó, que la guerra fría sacudió su gelidez. Y en la lascivia de la hegemonía y de la cuota de ganancia media, los conflictos de ayer siguen hoy tan vigentes y activos que podrá uno preguntarse si en el mejor mundo posible, que no es el que vivimos, aunque es posiblemente el único que habitemos, la especie prevalecerá  ante la sociedad. No hay, desde luego, sociedad sin especie o especie sin sociedad. Ese es nuestro carisma de pensantes animales llamados a la unión social. Pero habrá que asumir, como un principio de ética sin la cual la vida no excederá sus previsiones, que cualquier sociedad por venir tendrá que preservar la especie. Tendrá necesariamente que priorizar esa tarea, para asegurar la perdurabilidad del Hombre. Y en esa faena las disyuntivas son claras: clases antagónicas  o supervivencia; desigualdad o equidad, Estado o caos; libertad o burocracia; Historia o muerte.

La Humanidad se ha desarrollando entregando a cambio, no sé a qué ídolo, la memoria histórica. ¿Digo acaso un despropósito, una inconsecuencia? Cuando Paul Valey escribió su Política del Espíritu, y difundió el trágico y demorado hallazgo de la finitud de las civilizaciones, los estruendos de una gran guerra -la primera llamada mundial-  atolondraban los oídos de Europa. Ocurrió prácticamente ayer. Y cuántos conflictos sobrevinieron en las décadas sucesivas. Los países veteranos de esa guerra perdieron la memoria: una generación apenas había crecido sobre los despojos y la desolación cuando ya se gestaba la próxima matanza. Habían olvidado que las civilizaciones son mortales. Oid, mortales; no olviden su mortalidad…  No olviden que en estos días, al parecer,  los yerros acumulados nos han puesto bajo la amenaza de que, dentro de una bocanada del tiempo, nadie podrá sentarse a elucubrar estas reflexiones.

Otro mundo es posible. En efecto. Las utopías se aspiran para neutralizar la neurosis de la desmemoria: ese conflicto entre los hombres y su especie. Y mientras esperamos a que el legado de los individuos más racionales nos alumbre las flores que están debajo de nuestra ventana… Mientras aguardo por un Marx  adecuado a este mundo inconcluso que él no conoció, ni intentó prestablecer, un Marx en cuyo nombre no se pretenda burlar las tendencias y las necesidades  humanas, planto en mi corazón la postura de la utopía. Quizás la redención y la libertad  empiezan por uno mismo. Así lo creyó el Quijote. Y se tiró al campo echando al aire un grito inolvidable: Yo sé quién soy.