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PATRIA Y HUMANIDAD

CUANDO LA CAÑA SE MOLÍA CON AGUA

CUANDO LA CAÑA SE MOLÍA  CON AGUA

Por Luis Sexto

Una estampa colonial

Don Nicolás Calvo de la Puerta y O’Farrill, al descender hacia el poblado de Güines, ordenó al cochero que detuviera la volanta. Lo acompañaba el técnico francés Julián Lardiere que, experto en la fabricación de azúcar, comentó eufórico mientras se extasiaba ante el lienzo de verdor de la llanura: “Nunca he visto tierra más propicia”. Ambos respiraron hondamente. Y don Nicolás, el prohombre que enterrarán en 1800 con la banda de los caballeros de Carlos Tercero, asintió formulando un propósito: “Tiene que ser nuestra”. Era, en suma, como la tierra prometida para su clase. Y allí mismo, el mañoso hacendado, plantó en su imaginación centenares de cañaverales que prometían, en unidad con 300 trapiches movidos por el agua, una riqueza que nadie antes había ambicionado, ni poseído, en Cuba. 

El origen estuvo en el agua. Madre de la fertilidad y del movimiento, bajaba en el Mayabeque desde las distantes lomas de Jaruco, y al entrar en el valle se repartía, como una mano que multiplicara sus dedos, en zanjas y canales naturales para que los agricultores la domesticaran.  Ese fue el origen del Alejandría, uno de los más poderosos ingenios de aquella “época feliz”, según la frase de don Francisco de Arango y Parreño al evaluar los tiempos cuando la industria azucarera en La Habana, aprovechando las ruina de la colonia francesa de Haití, tras la revolución antiesclavista, comenzó a desbordarse descuerando espaldas de esclavos. Y  primeramente quemando vegas para, mediante el terror, expulsar a los cultivadores de tabaco hacia las tierras casi desconocidas de Vueltabajo y usurparles aquellas que,  muchos años más tarde, los escolares cubanos aprenderán a reconocer como “las más feraces de Cuba”. 

Estábamos a mediados de la década de los 80 del siglo XVIII. Históricamente preciso, en 1784. Hasta esa fecha sólo se erguían cansinamente en el valle del Mayabeque cuatro o cinco cachimbos. Hacia mediados del decenio siguiente, pasmaban por su capacidad de zafra ingenios como La Ninfa, de Arango y Parreño,  a cuyo largo foco intelectual adjuntaba una notable habilidad económica; de él partió la idea de viajar a otros países con fines de inteligencia empresarial: ver cómo fabricaban azúcar para copiarles  subrepticiamente los modos y las fórmulas. La Ninfa era el más poderoso ingenio del mundo en esos años. Sus mazas se movían al empuje del agua. Al igual que el vecino Nueva Holanda. Tal vez, el Amistad.

ENTRETELONES DEL PODER

 El nombre de Amistad contenía toda la intención que entonces podía caber en los negocios azucareros de los hacendados criollos. Fue un regalo. Exactamente un gesto de “amistad” hacia el Capitán General don Luis de las Casas,  quien, aunque promovió iniciativas de progreso como la Sociedad Económica de Amigos del País, gustaba del dinero y del lujo. Las leyes españolas le prohibían, como gobernante, intervenir en negocios, poseer propiedades en la colonia. Sin embargo, no iba a desdeñar el obsequio de aquellos criollos emprendedores ansiosos de transformar la Isla en un barracón y arruinar a cuanto labrador pequeño  entorpeciera los caminos del azúcar. Y el Amistad, cuyo nombre perdurará hasta hoy en la zona, se cobijó en los inventarios de don Luis. Para burlar el posible rigor de un juicio de residencia, lo ocultó bajo la aparente propiedad de un tal Joaquín Aristaraín.

Pero no le bastó uno. Si un ingenio valía como un amigo constantemente útil y dadivoso, mejor eran dos. Y aproximadamente finalizando el siglo XVIII, el Alejandría, o el San Francisco de Alejandría, se irguió a un kilómetro y medio al sur de Güines.  Aún ningún historiador ha indicado el año en el que se concluyó de construir. Quizás ya en 1800 sus trapiches horizontales trituraban la caña. Estadísticas de censos y réditos apuntaron ese año que don Pedro Pablo O’Reilly y de las Casas había producido determinada cantidad de azúcar. Don Pedro Pablo aparecía como propietario del Alejandría, aunque el documento no menciona que el azúcar se hubiera fabricado en este ingenio. Este hacendado fijó su nombre en Güines hacia l783. Y llegó allí remolcado por la dote de siete caballerías de tierra que  aportó al matrimonio doña María Francisca Calvo de la Puerta, tercera Condesa de Buenavista. Un apellido recurrente.  Recurrente también el segundo del consorte. Don Pedro Pablo era sobrino de don Luis de las Casas.

Desde l794 había recibido la Real Carta de Sucesión que lo habilitaba como segundo Conde de O”Reilly. Procedía de una familia irlandesa que, en los inicios del XVIII, se trasladó a España para servir militarmente al Rey. A mediados de la centuria, varios de los O’Reilly se radicaron en La Habana. En l8l5 don Pedro Pablo recibirá el grado de Mariscal de los Ejércitos Reales. Ahora, al comenzar el siglo XIX era un hacendado rico, sobrino de otro más rico. Y el tío, quizás para proteger la propiedad del Alejandría, usó al sobrino como testaferro. Pero don Luis, esta vez, no disimuló. Relevado como Capitán General en 1796,  mientras se edificaba el ingenio, revisaba los trabajos y ordenaba ejecutar detalles de la que entonces se ganará el crédito de “sin par obra de la ingeniería”. El nombre tal vez provino de Alejandro O’Reilly, otro sobrino del ilustre déspota. El predilecto.

UNA VISIÓN INDESEABLE

 De cuantos ingenios se levantaron en la acuosa y en algún trecho cenagosa llanura del valle del Mayabeque, sólo permanecen los restos del Alejandría. Fue demolido en l889. Y los indicios permiten aseverar que hizo zafras hasta casi esa fecha. Álvaro Reynoso, el sabio agrónomo, pasó por allí el 10 de enero de 1885. Ya entonces el ingenio había cambiado varias veces de propietario. Reynoso se lamentaba y se asombraba que el agua empleada para hacer girar la “hermosa rueda hidráulica”, haya que verla explayarse por la finca sin que se utilizarara para regar los cultivos. La concesión solamente autorizaba el empleo del agua como energía. “Parece imposible, comenta en sus apuntes, que los primitivos dueños del Alejandría hubieran cometido el descuido de no pedir la concesión para regar.” 

El periodista está ahora  en el sitio del ingenio. “En todo tiempo ha habido hombres inteligentes”, dice Francisco Díaz Carballo, trabajador de la hoy finca Alejandría. Vino a este paraje “muy  chiquitico”. Ahora lo alejan de aquellos  tiempos 75 años. Pero bueno es haber vivido. Y Francisco dice recordar a un mayoral que vio moler a este ingenio. Sí, viejo. Eran hombres inteligentes los que lograron que el agua empujara a las mazas del ingenio, que allí cerca  someten el hierro fundido de su redondez al orín de la intemperie. Al lado, perduran las arcadas que sostienen el canal, especie de acueducto romano, por el cual discurría el agua hasta caer, desde tres metros de altura, sobre la rueda que al girar trasmitía el movimiento a las dos mazas.

Inteligentes fueron, en particular, sus constructores franceses: el mencionado Julián Lardiere y Esteban La Faye, contratados, entre otros, por los hacendados para dotar a la industria criolla de los adelantos técnicos de Europa. La Faye inventó, sobre todo, el trapiche horizontal. Más dúctil y eficaz que los verticales. El agua, no. Estaba en la  génesis del valle del Mayabaque. Décadas antes, algunos cachimbos habían intentado emplear el agua del Almendares en vez de bueyes para mover los trapiches. Pero no acertaron. 

Desde una zanja, en cota cero de altura, los técnicos del Alejandría trazaron un canal de unos mil metros de largo y 2, 40 de base. En los últimos 400 hasta el colector lo subieron sobre arcos de mampuesto y ladrillos de “sección muy delgada, conocidos como de panetela”

Pero esto se muere –se queja el viejo. Miro en torno nuevamente. Y veo cómo  la manigua y los  jagüeyes con sus raíces de tentáculos parásitos chupan la precaria persistencia de la arcada, y la casa del mayoral se tambalea.

-Sí; todo se muere. Todo. 
 

UN DOBLE DE JUAN CANDELA

UN DOBLE DE JUAN CANDELA

Por Luis Sexto

Ande con cautela cuando en Cuba oiga tachar de mentirosa a cualquier persona. Quizás se refieran a ese compañero de boca larga y nariz corta que sólo sirve para darse en risa. Y sirve demasiado. Es el cuentero, tipo de juglar, invencionero, mitómano por vocación, que extrae los resortes de su gracia del contraste, lo hiperbólico, el doble sentido, mediante un vocabulario descoyuntado y, a veces, recién inventado. 

El cuentista Onelio Jorge Cardoso nos dio el nombre y la  imagen de este personaje popular, Juan Candela, en un cuento  homónimo y perdurable. No está extinto, aunque los años hayan pasado y la gente y las cosas hayan evolucionado, cambiado, y adquieran otras formas como otras formas se adueñan de las circunstancias.  Y todavía uno lo encuentra mientras él alivia el sopor de los velorios, o rasga la neblina del aburrimiento en un banco en cualquier parque. 

Allá, en la playa de Dayaniguas, en Los Palacios, Pinar del Río, uno de esos habladores de “pico fino”― en imagen de Onelio Jorge― contó que cierta noche, pescando, se le cayó al mar el farol de bote. Meses más tarde, la suerte lo enganchó casualmente y, al subirlo, vio que estaba todavía... encendido. Una carcajada lo aplaudió y se empalmó con otra aún más estruendosa cuando uno de los oyentes de la misma materia incisiva y ocurrente, apostilló: Caramba, como tenía petróleo ese farol. 

Al cuentero del que les voy a hablar ahora lo conocí en Guane, durante un coloquio de narradores orales, convocado allí por el Ministerio de Cultura en 1991. Los dolientes del propio Guane, Isabel Rubio, Sábalo y otros poblados de esa zona de Vuelta Abajo, se quedarían solos junto a sus difuntos si él no asistiera a los mortuorios con su guayabera blanca y su sombrero de paño. Cuando el sueño comienza a infiltrarse por las rendijas de los bostezos, la gente le pide: Lázaro Prieto, háganos un cuentecito de esos, pero primero el del león que se comía el maíz de los campesinos. Nadie se marcha a dormir. Y él empieza diciendo que allá se levantaron en masa tres o cuatro campesinos, y siguieron luego camina que te camina, camina que te camina, y a las tres cuadras... 

Lázaro Prieto, que ya cumplió 80 años, utiliza una marímbula que califica de acordeón terrestre y que hace cuatro décadas y unas hojitas más, él mismo construyó carpinteando un cajón con tablas de cedro, al cual le adicionó tres o cuatro laminitas de metal flexible que todos llamamos flejes. El instrumento suena como una orquesta cuando acompaña guarachas que el mismo Lázaro compone, y canta con voz de sonero natural, mezcla de torpeza y armonía. La música de la marímbula hala los pies, y de los pies poco a poco se trepa a la cintura. Narra cuentos de leones, lobos, cochinitos, caballos. Y aúlla, ruge, gesticula, grita. ¡Ah, si yo tuviera el don de la radio o la TV! Y las metáforas, las paradojas, las hipérboles, los términos estrambóticos saltan hacia el público. Las anécdotas son simples, casi pueriles, con finales abiertos o inconclusos. Pero ninguno de esos detalles influye negativamente en el resultado. La gracia, la comicidad, radica en el modo de decir, de contar; un modo que se sustenta en cierta dramaturgia cuyos efectos especiales Lázaro aporta con su garganta aguda. 

Un experto del Ministerio de Cultura lo definió un tanto cosmopolitamente: Es un showman. Otro perito, menos empenachado, arguyó: “Es un cubano auténtico”. Yo, menos chic, menos fino, dije: Es Juan Candela, Juan Candela...Lázaro se definió de esta manera: “Soy un cuentero, uno que alegra a los que están engurruñados.” -¿Dónde aprendió esa alegría, esa gracia? ― le pregunté. Me sale de adentro. Desde los diez o l5 años hago estos cuentos, que invento yo mismo. Éramos campesinos intrincados, pero mi abuela y mi padre y mi madre eran muy cantadores. Mamá era analfabeta, pero sabía; era la más lista del mundo. Ya de mayor, yo iba a la casa de cualquier guajiro, y decía: preparen malarrabia que esta noche vengo para acá, con mi acordeón terrestre al hombro. Malarrabia, por si no lo sabe, son rodajas de boniato con crema dulce.Por lo visto, usted siempre ha estado de fiesta; ¿trabaja?¿Cómo? No me insulte. Antes de l959 estuve de aquí para allá, buscando donde arrendar tierras y plantar tabaco. Propietario, propietario, lo fui con la Revolución. ¿Lee?  ¡El mundo colorado! Tenemos lecturas hasta más no poder. Leo los periódicos y revistas, y el televisor habla mucho. Entre los libros prefiero las décimas de Leoncio Yánez y la etimología. ¿Para qué la etimología? Para anotar y guardar las palabras. Nadie me gana a la hora de inventar palabras. ¿Improvisa? No soy improvisador, pero compongo versos con el lápiz; lo que usted me pida. No se qué... A ver, a que le digo en poesía todos los sitios que he visitado. Y recita lo que una vez escribió para variar su infatigable repertorio: 

-Yo de La Habana salí,/ fui a San José, Catalina,/ Madruga, Mocha y Fermina,/ Guanábana y Antón Diez./ Fui en una guagua que había/ a Matanzas y Colón, /Limonar y San Ramón, Coliseo y Jovellanos... Se detuvo. Y miró en torno como pulsando el efecto de los versos, y prosiguió enumerando poblados y ciudades en rima casi arbitraria hasta concluir: Santo Domingo al doblar/ se encruza con María Antonia,/ El Jíbaro, La Colonia,/ en Zaza y Calabazar. 

-¿Tanto ha viajado?  No cubano; esos son parte de los pueblos que aparecían en el boletín de viaje.¿Hace cuentos picantes, verdes? Me avergüenzan, pero en los velorios algunas mujeres me arrastran hacia un rincón y me los exigen, y yo, dándoles curvas a las palabras, les cuento hasta el cintintín de todas las entretelas, esas picazones, esos rajapuyonazos... ¿Y por qué cuenta historias de leones y lobos si en Cuba no los hay? Para que la gente se ría, porque les tengo que abrir la boca así: guaaaaaa, guaaaaaaao. ¿Usted ha estado triste alguna vez?  He tenido pocos días malos, tal vez en una desgracia como la muerte de mamá. Ni cuando pasó Alberto Casas Puentes. ¿Quién es ese? El ciclón llamado Alberto, que como se llevó casas y puentes yo lo apellidé así. Arrastró también  mi casa, mis libros y mi cosecha de tabaco Comprendo, le dije. Y él me asaltó, me replicó: usted pregunta mucho, ponga también su cuentecito, su virutica. Yo le respondí que no puedo, me falta gracia; quizás si me llamara Manolito González Bello, compañero del periódico. Y él: pues adivíneme esto: ¿Qué cosa cae en el suelo que para cogerla hay que subirse al techo? Sin mucha fe en acertar respondí que la sombra. -

No, cubano; este viejo tutankaménico le gana. Es la gotera, la gotera...

RUY DE LUGO-VIÑA, PRECURSOR

RUY DE LUGO-VIÑA, PRECURSOR

Por Luis Sexto  

Mientras esperaba a que la bibliotecaria me trajera el título pedido, empecé a escribir este monólogo para espantar las moscas del aburrimiento: Vamos a ver cómo un cronista, sobre todo un maestro de la crónica, el mexicano Luis G. Urbina, prologa estas crónicas de Ruy de Lugo-Viña. ¿Qué ha de decir el Maestro? ¿Qué ha de decirnos 92 años después? Pero sobre todo qué ha de decirnos Ruy de Lugo-Viña… Quizás el tiempo, el paso del tiempo, nos diga el valor de cuanto uno escribe al fluir de los días, como quien no quiere las cosas,  y a veces también ante la indiferencia de cuanto nos rodean o nos leen por hábito…

No continué. Llegó el libro. Y con la emoción de los que se inician abrí aquellas páginas cristalizadas, amarillentas, pura cáscara de huevo salcochada al fuego lento de los años. Me hallaba en presencia de un libro de Ruy de Lugo-Viña, de quien hace mucho tiempo  me habló, por primera vez, el historiador José Luciano Franco, que lo consideraba su maestro. Luego-Viña fue, en efecto, un reconocido periodista en algún momento de los primeros 30 años de la República. Supe algo más en el Diccionario de la Literatura Cubana, y otro volumen de obligatoria consulta, Cuba en la mano, me suministró nuevas referencias biográficas. Pero no lo conocía. Sabía de él por el dato, no por la presencia periodística, estilística. Y llega un momento en que uno deja de venerar nombres y exige escudriñar, palpar el ídolo en su letra.

Ese día llegó en este mes de septiembre de 2006, cuando, cumpliendo el propósito contraído con los organizadores del II Encuentro Nacional de Cronistas, decidí entrar en la prosa de Lugo-Viña para traerlo hoy ante ustedes, colegas.

Y hemos de empezar este encuentro presentando a un muerto, un nombre sepultado en los anaqueles de las bibliotecas, porque no podríamos hacer cuanto hacemos hoy sin saber qué hicieron ayer los que nos antecedieron. La idea es común, resabida, excesivamente elemental, pero insoslayable. Pero si no bastara este argumento ontológico o cronológico, Ruy de Lugo-Viña posee otro mérito, otra invitación para venir a presidir nuestra tertulia en Cienfuegos. Nacido en el pueblo de Santo Domingo, al borde la Carretera Central, antes de avizorar a Santa Clara yendo hacia el oriente, se aposentó más tarde en Cienfuegos. ¿Por qué en Cienfuegos? ¿Por casualidad? No; Cienfuegos era, ha sido, un polo de cultura. Y por ello no fue obra de  un manotazo del azar que en esta ciudad nacieran y se forjaran, o se reunieran a forjarse o a trabajar escritores, periodistas, actores, pintores: Miguel Ángel de la Torre, David, Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Aparicio, Samuel Feijoo, Duarte y otros, otros que se me evaden y no tengo tiempo para retenerlos.

Lugo-Viña vino, pues, a Cienfuegos, porque siendo hombre de sensibilidad artística y habiendo nacido cerca, lo atrajo la pujante ciudad del sur donde hallaría lo que buscaba: el canal para sus inclinaciones. Qué buscaba Lugo-Viña en Cienfuegos, esa ha sido la pregunta, que se podría responder preguntándonos qué buscamos nosotros en Cienfuegos. Eso que buscaba Lugo-Viña es cuanto buscamos nosotros aquí, en este encuentro: tal vez el origen de nuestro quehacer, la herencia trascendente que, puestas en hojas de periódicos, pueda aspirar también a las páginas de un libro, porque los que escribimos, nosotros, cronistas, quiere perdurar a pesar de lo volandero, efímero, de periódicos y revistas.

El libro que leí hace unos días en la Biblioteca Nacional José Martí parece  contener cuanto Lugo-Viña sacó de los periódicos para intentar dormir un sueño activo en las tarjetas y anaqueles de las bibliotecas. Quizás, vuelvo a asegurar con cautela, la  crónica sea en verdad una crónica cuando soporta el papel y la paginación de un libro. Este libro de crónicas, tal vez el único de Lugo Viña en este género, se titula Los ojos de Argos, impreso en la Habana, en 1915. El prólogo es de Luis G. Urbina, delicado cronista mexicano, el poeta de esa balada inmortal del beso que, al volar, se transforma en ave, en la música irrepetible, en el irrepetible parecido de aquellos ojos claros, serenos, que aunque miréis airados, miradme al menos, de Gutierre de Cetrina.

Luis G. Urbina, que ya era o será más tarde padre de Silvia Pinal, a la par que abría la verja de hierro dulce de este libro, teorizaba un tanto sobre la crónica: Y lo dice sin miramientos: “Todo lo construyó adrede el autor de este libro para albergar (…) las impresiones momentáneas exigidas por la inquieta voracidad del periodismo.”Sí, en efecto. Eso es lo que halla uno en Los ojos de Argos: periodismo. Pero, advierte Urbina enseguida, “el material de cultura, de talento, de emoción estética, es, a pesar de todo, tan fuerte, que resultó durable y de perfectas condiciones de estabilidad para ser trasladado de la hoja volante al tomo superviviente”.

Y resultó durable, sigue diciendo Urbina, porque “cronista que ve lo que pasa a su alrededor y en seguida corre a la mesa de redacción a reproducirlo en un estilo atropellados y simplón en el que se deslizan frases hechas, metáforas gastadas, muletillas corrientes, tropos de cuño borrado, y moldes léxicos con abolladuras en los relieves (…) cronista que conserva encerrados los adjetivos en un globo de lotería, para sacarlos a la buena de Dios, de sintaxis momificada, de barbarismo de moda, de sencillez cursi, como modestia de costurera, cronista así no es Lugo-Viña”.

Es decir, Lugo-Viña es cronista de verdad y en verdad de estilo, estilo que se teje, que se hila con intención de arte, sin que la mano sensible del escritor olvide o adultere la realidad. No fue Lugo-Viña cronista de palomas blancas y cielo azul. Fue pulso y buril, palabra labrada con gusto en medio de las páginas plomizas de los periódicos. El título de este libro, Los ojos de Argos, reafirma primeramente la condición periodística del cronista. Ojos de Argos, o lo que es igual, ojos multiplicados como los cien de la mitológica ave. Ojos numerosos para ver cuánto de interesante nos ofrece la vida y ojos abundantes para expresarlo en un enfoque más profundo, variado, esencial y por tanto más duradero. Vamos ahora a leer algunos fragmentos de las crónicas que componen Los ojos de Argos. Son crónicas de actualidad. Crónicas que parten de un hecho noticioso o una figura noticiable. Esto es, no son crónicas de remembranzas, de nostalgia, que suelen ser las más proclives al entramado poético. Son crónicas a la manera modernista y que estos tomaron de los franceses. Lugo-Viña habla de la vida de su momento, del discurrir maratónico de los acontecimientos. Lo que, como lo dijo Urbina,  el acontecimiento no se congela ni muere en la urgencia de la nota informativa: pervive más allá del tiempo. Porque el cronista intenta reflejar la vida con los espejos de la subjetividad, embadurnando el perfil de cosméticos estéticos. Ofreciendo una amable visión de la gente, los hechos y las cosas. Veamos cómo el cronista cubre aquel gran suceso –luego tildado de “pala”- de la pelea entre Jack Jonson y  Jess Willard. 

El “big-man”llega a La Habana seguido de una corte: la francesa lánguida que es su esposa, su entrenador, el secretario, que es por igual memorialista y corre-ve-y dile… y cuatro domésticos: uno que le limpia las botas –casi tan descomunales como las de un “gun-boat” Smith, otro que se encarga de la ropa sucia, otro que lo enjabona en el baño y lo cepilla cuando ya está vestido y el cuarto que, por estar a las órdenes de la consorte, no hace nada… a menos que se entretenga en cornamentar a su patrón. El “big-man” viaja como lo que es: como millordario que tiene larga cuenta en el Crédito Lyonnais y una fortuna en cada brazo. 

Ese es el primer párrafo de la crónica titulada Jack Johnson, el negro de los “knock-out” formidables. Y notamos la originalidad en el esbozo del personaje: lo define mediante datos que se convierten en símbolos, y emplea la ironía mediante alusiones que le incrementan el relieve: el crédito en un banco, la fortuna de sus brazos de “boxer” imbatible, la esposa francesa, blanca. Por supuesto, esa estampa atorrante de hombre fuerte, poderoso queda sugestivamente en entredicho con aquella observación  de un criado que apenas hace algo, salvo que se dedique a cornamentar a su amo. Cornamentar, cuánta finura en la palabra que tanto podría ofender a quien sepa leer español. Vemos, pues, al cronista, dando profundidad, incluso psicológica, mediante brochazos de color, pincelazos con la contundencia de suaves “upper-cuts” al mentón del lector. El resto de la crónica continúa así hasta trasformarse, unos párrafos más adelante, en un fugaz contacto, una rápida entrevista entre el periodista y el púgil. La estructura es cinematográfica: el plano general de la presentación, el particular del negro millonario y famoso que no halla hotel en La Habana, hasta el plano singular del encuentro donde el periodista tira dos o tres preguntas capciosas que provocan al campeón. En suma, como un cuento.

Yo no voy a seguir citando. El tiempo no alcanza. He de añadir que Ruy de Lugo-Viña se convirtió en un sobresaliente municipalista, un experto en los asuntos de la municipalidad como categoría histórica y política. Viajó mucho, porque parece que la bohemia, la trashumancia le espoleaba el gusto por la vida. Estuvo en Nueva York, y en Buenos Aires, donde aprendió conceptos nuevos sobre el  periodismo. En México trabajo en El Universal y Excelsior, que parece poco y es demasiado para un periodista, y fundó una revista en Madrid: Así va el mundo, título que, creo, Bohemia copió después para una de sus secciones. Fue delegado de Cuba a la Liga de las Naciones. Escribió obras de teatro. También poesía. Trabajó en Heraldo de Cuba, el periódico de Manuel Márquez Sterling que puso el género de la  crónica en la primera plana. Lo vemos, sí, como oficial de varias actividades, pero solo maestro de periodistas. Y cronista. Y como cronista murió en Cali, Colombia, en un accidente mientras  cubría el vuelo Pro Faro de Colón.

Murió, como podemos definir, con las botas o los guantes puestos. En su tarea.

ENTREVISTA CON EL NOVELISTA LISANDRO OTERO

ENTREVISTA CON EL NOVELISTA LISANDRO OTERO

Por Luis Sexto

 -¿Podemos hablar de cierta influencia de la literatura norteamericana en tu obra? Una  vez leí que en La situación había alguna huella del conductismo norteamericano.  

-Totalmente cierto. Comencé a escribir bajo la influencia de la literatura estadounidense moderna.  Antes había experimentado la influencia de los españoles de la Generación del 98 y la omnisciencia del autor, legado del siglo XIX, se me introdujo en el discurso literario. Tuve que hacer un esfuerzo para sacudir al autor-dios y darle entrada al observador objetivo y aparentemente desapasionado. Describir como un testigo y no involucrarme como un protagonista más, esa fue la primera enseñanza de aquellos escritores, que abandoné después, cuando comencé a leer intensamente a los franceses, especialmente Stendhal y Flaubert.     

- ¿Qué autores estadounidense has leído, en particular en tus días de formación? 

 -Maestros como Hemingway, Dos Passos,  Faulkner, John Steinbeck, William Saroyan,  Erskine Caldwell, James T. Farrell, Thomas Wolfe, etc. Más tarde vinieron otros: Norman Mailer, Carson McCullers, John O´Hara, Truman Capote, Gore Vidal. 

 -¿Tuviste relaciones con Hemingway?  ¿Cómo lo defines?

 -Lo conocí en el Bar Floridita, allá por el año 1950, un día en que se hallaba escribiendo y lo distraje de su concentración para expresarle mi fervor por su obra  y tuvimos un altercado. Luego pagó la cuenta de mi consumo para desagraviarme y me invitó a ir a la Finca Vigía. Allí hallé una fiesta, el siguiente domingo, de gente importante, mayormente norteamericanos a quienes no conocía. Hemingway me recibió cordialmente y se fue a atender a sus amigos, pero como yo no conocía a nadie al poco rato me fui. Luego lo fui a recibir cuando llegó en un barco trasatlántico desde África. Venía cargado de cajas, unas cuarenta y cinco, con escopetas, cabezas disecadas, tiendas de campaña, toda la parafernalia de un safari. Hice un reportaje sobre esa llegada para la revista Carteles. Por ahí debe andar, en el  archivo de esa publicación. Había tenido un accidente de aviación y venía muy maltrecho. Recuerdo que puso especial atención en atender a su amigo Kid Tunero, un boxeador. Luego lo vi en otras ocasiones, en eventos, cócteles, bares. Era un hombre imponente, muy alto y corpulento, con una voz grave. Físicamente era descomunal e imponía respeto. Pero resistía mal su bebida y se volvía pendenciero y agresivo. No le gustaba hablar de temas culturales, evadía todo comentario sobre literatura, prefería disertar sobre deportes, pesquerías, tiro al blanco y  peripecias aventureras.     

-A mí parecer, es más evidente la influencia norteamericana en tu periodismo, sobre todo en tu modo de apoderarte del tema  mediante datos informativos que van directo al interés de los lectores. 

 -Tienes razón. El periodismo español se basa en la opinión pura, en criterios que parten de la subjetividad del articulista, a veces sin más sustentación que un estado de ánimo, o lecturas previas, o un repaso somero de la actualidad. El periodismo francés es más cerebral y sabe encontrar la cantidad de ángeles que caben en la cabeza de un alfiler. No prescinden jamás del valor de la palabra. El periodismo norteamericano descansa principalmente en la compilación de datos corroborados y de ahí surge la reflexión y el razonamiento propio. Primero, los hechos, luego, el análisis. Ese es el estilo que uso.    

 -¿Podrías citar periodistas que hayan ejercido alguna influencia en ti? 

-En primer lugar Ilya Ehrenburg, quien hizo, allá por 1935 un sensacional libro-reportaje titulado “España, república de trabajadores”, que para mi es un modelo del género. Luego, sus crónicas sobre  los combatientes soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial son pequeñas obras maestras. En los años que he dirigido distintos medios periodísticos,   recomendaba leer a Ehrenburg a los jóvenes periodistas como ejercicio de taller, una obra de indispensable conocimiento para quien quiera hacer periodismo.

 “Otro periodista, que fue una estrella en su tiempo, en la revista Paris Match, el francés  Raymond Cartier, me enseñó mucho sobre cómo se hace un gran reportaje,  esas piezas abarcadoras que cubren la vida de un país. La lectura cotidiana de un diario como Le Monde, durante  los años  que estudié en París, me enseñó mucho a  hacer un periodismo investigativo profundo, me iluminó en la manera de realizar encuesta de datos, inquirir sin fatiga y luego pensar, reflexionar con calma y en profundidad sobre lo hallado. Le Monde ha perdido mucho, desde entonces.  

“Otro diario que me ha servido de modelo es The New York Times, que pese a su falta de ética, como lo demostró en sus informaciones sobre la invasión de Irak, sus notas periodísticas son, técnicamente, magistrales.   Cuando llegó el llamado “nuevo periodismo” de Tom Wolfe, la mezcla de elementos narrativos, descriptivos y ambientales con la trascripción informativa encontré que yo había estado haciendo eso desde hacía tiempo. 

 “Tengo libros de reportaje como “Cuba:Z.D.A.” sobre la implantación de la reforma agraria en Cuba, o “En busca de Vietnam” sobre la cultura en aquél país durante la guerra con Estados Unidos, o  “Razón y fuerza de Chile”, sobre el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, donde traté de aplicar algunas de las normas que había aprendido. “ 

 -En tu libro Trazado creo recordar haber leído varios artículos en torno a asuntos o problemas norteamericanos, ¿ha sido en ti una especialidad?

 -No, exactamente, pero siempre me he sentido muy vinculado a la cultura estadounidense. He aprendido y disfrutado con los productos de la auténtica creatividad, no hablo de la literatura chatarra de supermercados  ni las sonoridades cacofónicas de los huérfanos de talento destinadas al bazar del dólar, sino del fruto de la imaginación de los genuinos creadores.    

-¿Existe algún autor norteamericano con el que te unan relaciones más íntimas? 

-Íntimas, con ninguno. Conocidos, Hemingway. En 1952 emprendí una aventura, desde México, para visitar Oxford, Missisippi, y conocer a Faulkner. Durante una semana dejaba un autobús y tomaba otro, dormía en la estaciones de tránsito o en los parques. Recuerdo que una noche pernocté dentro de un vehículo estacionado en San Antonio, Texas. Me alimentaba con leche y pan, solamente, no me alcanzaba para más. Pero cuando llegué a Nueva Orleans no tenía un centavo y estaba físicamente agotado, así que continué con el pasaje que ya tenía comprado hasta Miami y de ahí a La Habana. Fue una derrota de la que me arrepiento. Nunca llegué a conocer a Faulkner.  

-A pesar de las diferencias idiomáticas, ¿crees en la existencia de vínculos entre la cultura norteamericana y la cubana? ¿Puedes señalarlos? 

-Claro que existen, y muchos. Ahí está Truman Capote quien tuvo un padrastro cubano y muchos creen que nació  en Matanzas. Ahí está la Obertura Cubana de Gershwin y el danzón Almendra usado por Leonard Bernstein. Ahí están los sensacionales reportajes de José Martí sobre Estados Unidos, en un período tormentoso de su formación nacional. Cirilo Villaverde escribió, en Nueva York, Cecilia Valdés y  lo influyeron  las novelas norteamericanas de su tiempo. Hart Crane vino a Cuba como periodista, durante la guerra hispano-cubana por la independencia, y murió de la malaria que contrajo aquí. Stephen Crane se suicidó saltando de un barco en aguas cubanas. Hemingway tenía en Cuba su residencia principal. Arthur Miller,  William Styron  y  William Kennedy han venido de visita. El jazz es otro elemento de unión entre ambas culturas por sus raíces africanas similares a las nuestras. Wifredo Lam aprendió mucho con los expresionistas abstractos neoyorquinos.  ¿Para qué seguir? Esta lista pudiera extenderse indefinidamente.  

-¿Qué escribes actualmente?  

-Estoy terminando “Nacionalismo, ideología y revolución en nuestra era”, un largo ensayo, que me solicitó el presidente del Instituto Cubano del Libro. Una meditación sobre la compleja situación en nuestro tiempo de desbordamiento del poder imperial, de neoliberalismo, guerras neocoloniales y despertar  de las izquierdas. Desde el problema palestino y la  invasión de Irak hasta el advenimiento de Lula y Kirchner, el desbarajuste de Fox, el pensamiento disolvente de Fukuyama y Huntington, la animación positiva del Islam y la insurgencia africana, la revolución cultural china y la regresión rusa.    

VEN, VAMOS A CONVERSAR

VEN, VAMOS A CONVERSAR

Por Luis Sexto

Mi mujer se preocupa admirablemente por las cuartillas que esperan por mis dedos. Y por momentos entra en la sala y me pregunta puntillosa: ¿Conversando, no? Efectivamente, estoy conversando con algún amigo a cuya confianza no le parece intromisión, ni grosería, el reproche conyugal.

Los tres sonreímos. Luego voy a responderle, y pienso que antes pudiera recitar un álbum de conceptos sobre la conversación para explicar mi actitud de aparente derrochador del tiempo. Porque cuanto más vivo más creo que si Robinson Crusoe no hubiera hallado a Viernes, él mismo lo habría inventado trasfundiéndole la vitamina del movimiento a una estatua de arena. Lo imagino, aún sin compañía, en un día cualquiera de su soledad náufraga e isleña, sentándose frente a las pencas cabizbajas de un cocotero para iniciar un diálogo monologado, como un sordo ante otro sordo. El propio Daniel Defoe se percató de que, sin un compañero, el novelesco paladín de la autosuficiencia hubiera resultado antipático, por inhumano.

Uno mismo constata la necesidad de la conversación cuando, viajero en un ómnibus, un tren o un avión, el vecino de asiento pica el intercambio con el miliunanochesco sortilegio de uf, qué calor. Pero no es charla, ni monólogo. Ni  cháchara, ni palique. Habrá conversación cuando el punto de partida se alarga en la esquiva consciente de lo baladí, y mezcla lo utilitario y lo sensible, lo racional y lo intuitivo. En suma, saber y placer. Porque registrado el concepto en sus expedientes más antiguos, conversación implica sabiduría, trasvase de ciencia y experiencia. Es ese el decir de Stefano Guaso para el que chi non conversa no ha esperienza, principio supremo de la civilidad renacentista que nos evita el ser poco men che bestia.

La conversación –que es la operación de versar, girar, en común-, se define en un ir y venir de las ideas sin la estridencia polémica del furor; más bien, con el anuente relajamiento del que no desea tener la razón. Porque el que conversa se independiza de sí mismo, en el más carnal reconocimiento de la libertad. Y se independiza, incluso, de la verdad.  Que no hay verdad que sirva y sobreviva si uno no escucha, tolera y acepta en la paridad reconocible de un diálogo carente de los atuendos intransigentes del reloj.

Nunca dos personas se acercan tanto como cuando conversan. ¿Qué sería de un amor que no mide en la conversación la distancia más breve? Se nulifica en la trágica ficción de los cuerpos, como los polos que chispean al juntarse y se queman en la misma vaguedad del roce. Cama y mesa, tradicionalmente, convocan la conversación. No entiendo hoy por qué en el refectorio de las escuelas donde estudié en mi infancia y adolescencia, el silencio regía la maquinal animalidad del comer. Precisamente, la conversación humaniza el acto de masticar y tragar. En silencio, somos simplemente leones que, en vez de gruñir, hacemos sonar los cubiertos. La paz, incluso, parte de una mesa animada, dispuesta a la satisfacción orgánica y por ende a la anuencia, al perdón que legitima las explicaciones. Ocurre igual en la cama. Previo al acoplamiento, el viaje hacia el interior ajeno se humedece en la conversación, como tirar el cabo que acerca el bote al espigón. Después, en la laxitud, el abismo nervioso del clímax se enriquece en el intercambio de aquellas regiones a las cuales sólo se llega con la palabra que desnuda y desbroza.

Ah, ¿derivo hacia la solemnidad? ¿Hacia lo escabroso? Justifíquenme. El tema fue tratado recientemente en la TV, y me adherí a aquel diálogo sustancioso entre dos especialistas que concluyeron que la conversación sufre el apocamiento, casi la extinción, entre nosotros. Y me opongo a cooperar con esa lenta operación de muerte. Me gusta conversar. Debo muchas chispas, muchos arranques a la sugerencia de algún interlocutor. ¿Conversando, eh?, me cuestiona mi mujer. Y tras de agradecerle su inquietud, le respondo:- No, trabajando.

 

EL ATEÍSMO COMO RELIGIÓN

EL ATEÍSMO COMO RELIGIÓN

Por Luis Sexto 

De Montano, hereje del siglo II después de Cristo, sobrevive en el cristianismo cierto gusto por el martirio. La iglesia Católica Romana, en particular, suele sentir gozo bajo el statu de “iglesia perseguida”.  Paralelamente,  de los socialismos utópicos o primitivos de los siglos XVIII y XIX pervive cierto complejo de “verdugo”. Y, así,  existen pocos cristianos que en momentos difíciles no se regocijen por la oportunidad de evocar carnalmente las épocas del circo romano, ni ateo militante que no se sienta llamado a ejercer de “león”, al menos ideológica y discriminatoriamente, sobre  la conciencia de los creyentes. 

Viendo el cuadro, uno se percata que la ley dialéctica del retraso relativo de la conciencia social con respeto a la Historia se apega a las verdades del hombre y la sociedad. Los términos predominantes en  este litigio, en lo que a las fuerzas revolucionarias atañe, parecen estar detenidos en estaciones de dos, tres o más siglos antes. El análisis y juicio de la religión se concentra en dos o tres aparentes verdades: Todas las religiones conspiran contra el Hombre; todos los creyentes son ingenuos o tontos y todos los sacerdotes e iglesias son farsantes e hipócritas. Por supuesto,  habré de decir que esos enfoques poca o ninguna relación los une al marxismo o al leninismo, aunque ciertos “marxistas” o ciertos “leninistas” les gustaría fundar una internacional contra la religión y los religiosos. 

La experiencia de los últimos 100 años nos revela que lo menos marxista de Marx resulta posiblemente alguna porción de sus adeptos, que le estrujan sus páginas con aplicaciones e interpretaciones encartonadas, tan dogmáticas como los principios de ciertas iglesias. Alguien ha dicho que el peor marxismo olvidó que el hombre es también materia. Pienso, paralelamente, que el marxismo menos humano y menos preciso fue el que olvidó que el Homo Sapiens coexiste con el  Homo Demens, es decir, el hombre de la subjetividad, de la fantasía, de la soledad, la angustia, del que siente y experimenta, según Spinosa, que  “es eterno” porque si no la vida significaría solo una toma de oxígeno sin sentido. ¿Por qué somos, de donde venimos, hacia dónde vamos? Se preguntan el filósofo y el poeta, y también, a su modo casi inconsciente, entre neblinas, se interroga el hombre común. Pero cuando lleguemos a la sociedad perfecta y pasemos “del reino de la necesidad al de la libertad’ –sueño de los revolucionarios-, ¿habremos con ello eliminado las pasiones, las frustraciones, la angustia, la fragilidad de cada individuo? ¿Encontrará la persona humana el consuelo en sí misma; dejará de punzarlo la inexorabilidad de la muerte y por ende no necesitará “la  fantasía” de Dios?  

Vivir en Cuba me ha dado múltiples privilegios, entre ellos de ver o sufrir el error y después alegrarme por su  corrección.  A principios de los 60 del sigo XX,  el episcopado católico, casi todo de origen español y de resonancias políticas vinculadas a la Falange  y al régimen de Franco, se enfrentó a la recién triunfante revolución de Fidel Castro. Y como secuela de esa pugna,  se extendió por la conciencia revolucionaria del país el rechazo y la desconfianza hacia todo cuanto mostrara signos de religiosidad. Del combate político contra manifestaciones contrarrevolucionarias dentro de las iglesias, se derivó a la lucha ideológica. El cristiano, en particular católico, se trocó automáticamente, mediante una falsa conciencia, en sinónimo de enemigo de la revolución. Pocos pudieron combinar su apoyo a la causa del pueblo y su fe religiosa. Hubo –sea dicho honradamente- una conducta injusta desde el lado revolucionario. Las creencias religiosas invalidaban para ciertas carreras universitarias, ciertos trabajos, incluso para militar en el Partido Comunista. Muchas de esas limitaciones no aparecían en leyes ni documentos: las condicionaban actitudes individuales que contaban con anuencia social.  

El primer congreso del Partido resolvió política y teóricamente la dicotomía. La resolución sobre la religión, la iglesia y los creyentes determinó, de acuerdo con Lenin, que la batalla por la conciencia científica de los trabajadores, es decir la "lucha contra la religión", estaba supeditada a la construcción del socialismo y había que sumar también a los creyentes. Tres años antes, en 1972, Fidel Castro había afirmado,  en una reunión con sacerdotes y laicos, en Chile, que los cristianos eran aliados estratégicos de la revolución. Sin embargo,  las políticas y declaraciones pluralistas y unitarias no pudieron impedir que el ingreso en el Partido Comunista continuara prohibido a  los creyentes. En 1990, Fidel terminó con ese, quizás único, vestigio de discriminación en Cuba. Desde el cuarto congreso del Partido, en 1991, los creyentes que sean ciudadanos ejemplares pueden aspirar a la militancia política junto con los más destacados trabajadores del país. No sé cuántos creyentes quieren militar o ya militan. Tampoco cuántos comunistas ateos desean de verdad compartir los fines y la disciplina del Partido con sus compatriotas religiosos. Pero la justicia ha ganado el diferendo: el derecho eliminó los exclusivismos. Al año siguiente, la referencia a la concepción científica del mundo, como norma ideológica en la Constitución Socialista,  renunció a su espacio para que la condición laica rigiera la vida nacional con mayor espíritu de pluralidad. Porque, está claro, la unidad política, el apoyo a un programa político, no entraña obligatoriamente unidad filosófica. “Qué seríamos, míseros humanos –dijo Proudhon- si los creyentes no valieran más que las creencias.” 

No  parece sensato practicar un ateísmo excluyente, tan excluyente y acérrimo como cualquier doctrina fanatizada, cuando hoy mundialmente el movimiento de la teología del pluralismo religioso intenta quebrar exclusivismos y milenarismos, y el reconocimiento, aunque entre negaciones, de las “semillas del Verbo” – es decir, la cuota de verdad de cada religión- adoptado por el Concilio Vaticano segundo, todavía continúa desbrozando intolerancias, ¿En suma, qué separa al ateo del cristiano o del musulmán o del budista? La fe o su ausencia. ¿Y es inteligente dividir a los hombres y mujeres del mundo en creyentes y ateos? Si es repudiable discriminar a los negros o a los asiáticos por sus características étnicas en oposición al blanco europoide, y a la mujer por su sexo, llamado débil, con respecto al del varón, es condenable, de igual forma, echar a un lado de la raya al creyente y hacia el otro al  ateo. De esa operación discriminadora se obtiene un resultado: la división artificial de las fuerzas del progreso. 

¿Yqué ventaja posee el ateo por sobre el creyentes? Ah, ¿acaso el desvirtuado apotegma de Marx de que la religión es el opio del pueblo? El jurista y filósofo cubano Julio Fernández Bulté en un artículo titulado genéricamente Socialismo y Religión, fechado en el 2000, demuestra cómo se ha asumido, con crédito de programa y una definición “ex catedra”, la frase de autor de “El capital”, sin tener en cuenta su contextualización epocal y geográfica. Marx no se refirió, según el doctor Fernández Bulté, a la religión en general, sino que “es a esa versión concreta de aquella religión supuestamente criticada por Hegel a la que califica de opio del pueblo”. Este trabajo pueden confrontarlo en “Futuro del socialismo y religión cristiana en Cuba”, libro de varios autores y que publicó la editorial Nueva Utopía, en Madrid. 

Mal opio podría ser, pongo de ejemplo, una religión, como la cristiana católica, que en América Latina ha inspirado a laicos, sacerdotes y obispos a luchar  o morir  por la liberación de los pobres: Romero, Torres, Sardiñas, Ellacuría, Espinal, Helder Cámara. El cristianismo fue una religión que, en sus inicios, hace  20 siglos, empezó a erradicar y cambiar los conceptos sociales fundamentados en la opresión. Me enviaste un esclavo y te devuelvo un hombre, algo así dice san Pablo a uno de sus discípulos. El cristianismo fue una revolución en las ideas y comenzó por liberar espiritualmente a los seres humanos, con lo cual confirmó que la libertad surge en el interior del hombre, porque primeramente  necesita personalizarse. ¿Podemos dudar de que todo cuanto advino después en el plano ideológico de Occidente está humedecido por el cristianismo, a pesar de torceduras y agravios institucionales? 

Malos socialistas, y mal socialismo por tanto, a su vez, podrían  ser cuantos conciben un proyecto de sociedad que no reconoce, ni respeta las tendencias y las pasiones humanas. O que se funda intentando unificar, globalizar la conciencia individual e impone una cosmovisión que, a la larga, por su encarnizado fanatismo se convierte en una confesión. Raúl Valdés Vivó, director de la escuela de cuadros del Partido Comunista de Cuba, escribió un libro precioso, publicado a fines de la década de 1980, con título de “El bonzo de Kioto”. Todas sus páginas se resuelven en el diálogo culto, tenso, profundo, entre un enviado de Cuba que procura convencer a un monje budista, de general crédito entre sus correligionarios, a que condene la agresión de los Estados Unidos a Viet Nam. Valdés Vivó plantea, en síntesis, la posible alianza entre revolucionarios y creyentes. Y afirma una verdad clave: todo cuanto se pueda discutir sobre la existencia o no existencia de Dios se sabrá exactamente, o no se sabrá nunca, después de la muerte. Y nadie volverá para legitimar la verdad o rechazarla. Su posición es, bien juzgada, muy  práctica: elimina la contraposición e incluye  respetar la fe del otro. 

De qué, pues, estamos hablando. ¿De perder el tiempo? ¿De restar en lugar de sumar? Nos dedicamos a criticar, ofender, insultar las creencias y a los sacerdotes y jerarcas de unos hombres y mujeres que deben de ser nuestros aliados, mientras el yanqui desguaza a Irak, y prepara la otra guerra en Irán, y el orbe se desmenuza con el maltrato contaminante  de modo que nadie puede discernir hacia dónde enrumbará la nave humana. Si fuera necesario dividirnos habría que hacerlo poniendo a los que aman la paz y la libertad de esta parte de la barricada y a los que la odian y persiguen de la otra. Solo así estaríamos actuando acompañados de la escurridiza deidad de la razón. Si los abanderados de la generosidad –diría Bertolt Brecht- no somos generosos de qué servirán nuestras banderas.    

LA VERDAD SOBRE VITRAL


Una nota desde Miami 

El Duende (Miami) -Sigue el debate sobre  la revista católica Vitral. Un sacerdote católico  cubano cuyo nombre no vamos  a mencionar porque no estamos  autorizados  para  ello,  nos envió una nota  en la  que en  nombre de  la  verdad dice que quiere  poner  los puntos  sobre   las ies  en cuanto  al  debate  que se  ha suscitado  tanto  en Miami  como  entre  los religiosos  de  la  isla, en  torno a  la revista  “Vitral”, que se venía publicando bajo los auspicios  del  Obispado  de la  ciudad  de  Pinar.  Primero- nos  dice  el sacerdote remitente- que  no  es   cierto  que  la suspensión  de  la impresión  de  Vitral  dirigida  hasta  ahora  por  el laico católico Dagoberto Valdés,  se  deba  a  falta  de  recursos económicos para  tinta  y  papel como se informa  a  los lectores  en  el último  número impreso  de  esa publicación. Quien  dio esa  falsa explicación  fue el  director  de  la  publicación  y  no  el  Obispado de Pinar  del  Río.
Segundo que la  Revista  Vitral  no ha  sido  clausurada    por  el gobierno cubano tal  como  se  ha  querido  presentar  en  el  exterior mediante informaciones  periodísticas. Nada  tuvo que  ver  el  gobierno  de  la isla con  ese  hecho.
 Tercero  que tampoco  ha  sido  clausurado  el “Centro de Formación Cívico Religiosa”, el  CFCR   del  cual  dependía   esa  publicación.
Cuarto  que lo que  ha  pasado  con  la  revista  Vitral  ha sido  lo siguiente. Que  su  director  el señor  Dagoberto  Valdés, desde  que  se creo  ese  órgano  de  información  y  orientación  cristiana  bajo los
auspicios  del  Obispo  de  Pinar  del  Río  Monseñor    José Siro González -hoy  en  retiro-, ha  venido manteniendo  una  línea  editorial de contenido más  político  que  religioso,   que  no  es  en  realidad  el camino que desea la  dirección  de  la  Iglesia  de  Cuba,  a  diferencia de la Iglesia Católica  cubana  de  Miami con  vínculos  muy  estrechos con  la extrema derecha  del  exilio.
  El   nuevo  Obispo  de  Pinar  del Río, Jorge  Serpa, que ha sustituido  al Obispo   Siro  González , decidió  con todo  su derecho,  con  respecto  a la revista  Vitral  y  al  “Centro de Formación Cívico Religiosa”, imprimirle para  el  futuro, tanto  a ese  Centro como  a  Vitral,  un  carácter más acorde  con  la misión  pastoral  de  la  Iglesia  de  manera  que ni esa institución  ni  su  revista continúen siendo  un  instrumento  de  tipo político en  franca  confrontación  con  el  Estado,  línea  editorial que venía  siendo  sostenida  por  el laico  Dagoberto  Valdés ,  en  tiempos del Obispo  González,  quien  compartiendo  o  no esos  puntos  de vista al  menos  los  toleraba.

El  nuevo  Obispo de  Pinar  del Río  Jorge  Serpa,  sencillamente ha tomado el  toro  por  los  cuernos  y quiere  imprimirle a  la  revista  Vitral un carácter religioso  y  no  político,  como  misión de  esa  publicación. La posición  del  nuevo  Obispo  se  resume en  unas  declaraciones  suyas donde  dice  al respecto: “Se  va  a  mantener en   la   revista la verdad  basada en el Evangelio y en  la  Doctrina  Social  de  la  Iglesia Católica  sin caer  en  expresiones agresivas y contestatarias”. 

Eso  es  todo. Y  termina  diciendo  el  sacerdote  autor  de  esta  nota: Si  el señor Dagoberto  Valdés  quiere  seguir  haciendo  política  en  Pinar  del Río que  lo  haga  como  opositor  abierto  del   gobierno cubano como  lo hacen  otros  disidentes,  pero  que no  se  siga  escondiendo debajo  de la sotana  del señor  Obispo como  lo  venía haciendo  hasta  ahora, tratando de llevar  a  la  Iglesia  por   un  camino  que  no  es  el  que  ella desea. Sencillamente  el  Obispo  Serpa no  es  monigote  de  nadie,  ni del  gobierno  cubano,  ni  del  cardenal  Ortega  ni  mucho  menos del señor  Dagoberto  Valdés.  


 

INTELECTUALES DEL MUNDO

INTELECTUALES DEL MUNDO

Luis Posada Carriles debe ser juzgado por sus crímenes

Mientras en nombre de la lucha contra el terrorismo, cientos de miles de personas han muerto en Irak y Afganistán, y otras –arbitrariamente detenidas- son torturadas en Abu Ghraib y Guantánamo, el gobierno de los Estados Unidos protege al más notorio terrorista del hemisferio occidental, trata de engañar a la opinión pública con interminables maniobras pseudolegales y se niega a juzgarlo por sus verdaderos crímenes.

Luis Posada Carriles fue acusado y sometido a un juicio inconcluso en Venezuela por el atentado en 1976 contra un avión civil donde murieron setenta y tres personas. Luego de escapar de cárceles venezolanas, en 1982, trabajó al servicio de la CIA para la operación conocida como Irán-Contra y en la implementación del genocida Plan Cóndor. Preparó después, en 1997, una serie de actos terroristas contra hoteles habaneros -en uno de ellos perdió la vida el joven turista italiano Fabio Di Celmo- y, en 2000, el proyecto de atentado contra el presidente Fidel Castro en la Universidad de Panamá.

En marzo de 2005 Posada Carriles entró ilegalmente a Estados Unidos. Sólo después de reiteradas denuncias públicas que revelaban la presencia de este criminal en su territorio, el gobierno de George W. Bush procedió a su detención y encausamiento por delitos migratorios y de falso testimonio, sin la menor alusión al terrorismo.

Con el tratamiento otorgado a Posada Carriles, las autoridades norteamericanas, presionadas por los grupos extremistas cubanos del sur de la Florida, han puesto en absoluta evidencia la doble moral de su guerra contra el terrorismo en nombre de la cual torturan, secuestran y bombardean. Al mismo tiempo, como han denunciado numerosos foros internacionales e instituciones de Naciones Unidas, cinco activistas antiterroristas cubanos permanecen injustamente encarcelados en los Estados Unidos, sometidos junto a sus familiares a un trato cruel y discriminatorio.

Todas las personas honestas que en el mundo alzan su voz contra la guerra y contra el terrorismo tienen ante sí una prueba irrefutable de la carencia de ética en que basa su actuación la actual administración de Washington. Los abajo firmantes exigimos que el gobierno de los Estados Unidos, en cumplimiento de sus obligaciones internacionales, encause a Luis Posada Carriles por todos sus crímenes o atienda la solicitud de extradición que ha hecho Venezuela y que no ha recibido hasta ahora respuesta alguna.

FIRMAMOS:

Adolfo Pérez Esquivel, Argentina; Noam Chomsky, EEUU; Oscar Niemeyer, Brasil; Alfonso Sastre, España; Eduardo Galeano, Uruguay; Danny Glover; EEUU; Istvan Meszaros, Hungría; Alice Walker, EEUU; Gianni Miná, Italia; ; Cindy Sheehan, EEUU; Boaventura de Sousa, Portugal; Frei Betto, Brasil; Mario Benedetti, Uruguay; Hebe de Bonafini, Argentina; Ariel Dorfman, Chile-EEUU; Tristán Bauer, Argentina; Howard Zinn, EEUU; Armand Mattelart, Bélgica; Gioconda Belli, Nicaragua; Russell Banks, EEUU; Nora Cortiñas, Argentina; Joao Pedro Stedile, Brasil; Medea Benjamín, EEUU; Roy Brown, Puerto Rico; Belén Gopegui, España; Hildebrando Pérez Grande, Perú; Luis Britto, Venezuela; Jane Franklin, EEUU; Daniel Viglietti, Uruguay; Emir Sader, Brasil; Manu Chao, Francia-España; Tariq Ali, Pakistán; Miguel Bonasso, Argentina; Lucius Walker, EEUU; Piero Gleijeises, Italia-EEUU; Gianni Vattimo, Italia; Jorge Enrique Adoum, Ecuador;  Juan Gelman, Argentina; Jaime Galarza, Ecuador; Michel Collon, Bélgica; James Petras, EEUU; Francois Houtart, Bélgica; Stella Calloni, Argentina; Eric Toussaint, Bélgica; Atilio Borón, Argentina; Naomi Klein, Canadá; Pascual Serrano, España; Manuel Cabieses, Chile; Keith Ellis, Canadá; Michael Parenti, EEUU; Arturo Corcuera, Perú; Beverly Keene, EEUU-Argentina; Carlos Fazio, México; Ramón Chao, España/Francia; James Early, EEUU; Jorge Sanjinés, Bolivia; Franz Hinkelammert, Alemania-Costa Rica; Adolfo Sánchez Vázquez, España-México; Volodia Teitelboim, Chile; Noé Jitrik, Argentina; Wim Dierckxens, Holanda-Costa Rica; Victor Victor, República Dominicana; Fernando Buen Abad, México; Saul Landau, EEUU; Salim Lamrani, Francia; Juan Madrid, España; Rene Burri, Suiza; Luisa Valenzuela, Argentina; Carlos Fernández, España; José Steinsleger, Argentina-México; Blanca Chancosa, Ecuador; Roberto Montoya, Argentina; Fernando Morais, Brasil; Federico Álvarez, México; Montserrat Ponsa, España; Héctor Díaz-Polanco, México; Setsuko Ono, EEUU; Antonio Maira , España; Marilia Guimaraes, Brasil; Pepe Viñoles, Suecia; Ana Delicado Palacios, España; Tununa Mercado, Argentina; Winston Orrillo, Perú; John Gerassi, EEUU; Santiago Alba Rico, España; Gilberto López y Rivas, México;  Rafa el Cancel Miranda, Puerto Rico; James Cockcroft, EEUU; Eva Forest, España; Juan Mari Brás, Puerto Rico; Michèle Mattelart, Francia; Donatella Meszaros, Italia; Víctor Flores Olea, México; Maribel Permuy, España; Hernando Calvo Ospina, Colombia; Rosina Valcárcel, Perú; Pablo Guayasamín, Ecuador; Isaura Navarro, España; Alicia Hermida, España; Pilar Roca, Perú; Carlos Gabetta, Argentina; Etna Velarde, Perú;  Ernest o Carmona, Chile; Néstor Kohan, Argentina; Vicente Romano, España; Vicente Battista, Argentina; Carlos Dominguez, Perú; Nazanín Amirian, Irán; Higinio Polo, España; Beinusz Szmukler, Argentina; Pablo Romo, México; Aton Fon Filho, Brasil; Manuel Talens, España; Alcira Argumedo, Argentina; David Acera, España; Arnoldo Mora, Costa Rica; Juan Cristóbal, Perú; Julio César Monge, El Salvador; Harald Neuber; Alemania; Carlo Frabetti, España; Alfredo Vera, Ecuador; Fernando Rendón, Colombia; Leslee Lee, Perú; Ángel Guerra, Cuba; Alessandra Riccio, Italia; Atilio Bonilla, Perú; Gennaro Carotenuto, Italia; Javier Couso, España; Reynaldo Naranjo, Perú; Carlos Varea, España; Gustavo Espinoza, Perú; John Pateman, Reino Unido; Héctor Arenas, Colombia; Federico García, Perú; Eva Björklund; Suecia; Jordan Flaherty, EEUU; Bruno Portuguez, Perú; Raúl Zurita, Chile; María Augusta Calle, Ecuador; Gloria La Riva, EEUU; Francisco Cañizales, Venezuela; Marta Harnecker, Chile; Peter Bohmer, EEUU; Ann Sparanese, EEUU; Francisco Villa, Chile; Ana Ramos, España; Yhonny García, Venezuela; Patricia Ariza, Colombia; Raúl Vallejo, Ecuador; Rodrigo Santillán, Ecuador; Irene Amador, España; Diego Delgado, Ecuador; Georges E. Maouvois, Martin Ica; Isidora Aguirre, Chile; Antoine Chao, Francia; Berta Riaza, España; Xiomara García, Venezuela; Sara Rosenberg, Argentina; Fernando Butazzoni, Uruguay; Daniel le Bleitrach, Francia; Juan Meriguet, Ecuador; Jacek Wozniak, Polonia; Jaime Chao, Francia; Miguel Urbano, Portugal; Alan Woods, Reino Unido; Angeles Maestro, España; Raly Barrionuevo, Argentina; Miguel Riera, España.