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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

NO ME INTERVENGAS, COMPADRE

NO ME INTERVENGAS, COMPADRE

Por Luis Sexto 

Rememoremos un diálogo y veamos cómo cierto filósofo le dice a uno de sus colegas que el Hombre está naturalmente indefenso comparándolo con el león o el tigre. Nuestra especie no tiene garras, ni colmillos. Tan rápido como un zarpazo, el otro replica: No lo creas; tenemos un arma más dúctil y de mayor alcance: la mentira. Cacé esta idea en un libro del filósofo y pedagogo cubano Enrique José Varona. Y me atrevo, como periodista formado en la temeridad, a corregir respetuosamente la proposición de mi ejemplar compatriota. El Hombre dispone, sobre todo, de la palabra. Y con la palabra se cocina la mentira, se aderezan los subterfugios, se enmascaran las malas intenciones.  

Que nadie presuma en este articulista un experto en la teoría de la lingüística, ni tampoco un profesor de filosofía. Soy un periodista formado, sobre todo, en la ciencia que sabe distinguir la diferencia entre un dedo y un caramelo. Y leyendo hace unos meses una nota informativa sobre la probable reforma de la Organización de las Naciones Unidas, asocié la Realpolitik diseñada y ejercitada por las potencias occidentales con la propuesta que el Cardenal Angelo Sodano presentó en la ONU, aún bajo el pontificado de Juan Pablo II. El entonces secretario de Estado del Vaticano solicitó que en las nuevas y presuntas reglas, en las bases jurídicas del magno organismo internacional se incluyera la intervención humanitaria. Y es en esa propuesta y en ese término donde el católico, el cristiano, la persona honrada comienzan a chapotear en las aguas turbias de un dilema ético. Posiblemente su Eminencia haya sido guiada por principios y fines justos. Pero los actos y las palabras no se asumen a veces por sus intenciones, sino por sus resultados. ¿Qué sucedería si el término de intervención humanitaria se constituyera en categoría jurídica del derecho internacional? Posiblemente el derecho internacional desaparecería como tal derecho para convertirse en un torcido reajuste de las técnicas de formalizar la guerra.  

Desde hace años –quizás desde Reagan o más atrás-, los Estados Unidos actúan como si, en efecto, injerirse, intervenir, en otros países fuese un gesto de caridad, generoso esfuerzo para imponer el orden en pueblos maltratados, tiranizados. Adjudicar a la intervención humanitaria la condición de norma jurídicamente plausible, equivale, pues, a encender permanentemente la luz verde a las apetencias de los Estados Unidos y alguno de sus aliados. Ya no tendrían que inventar amenazas, peligros, para justificar un banquete aéreo sobre la mesa de países militarmente más débiles. Solo apuntar con el pulgar hacia abajo, como los romanos en el circo, y el destino y la soberanía de cualquier pueblo –preferiblemente los pobres, los contestatarios, los insumisos, o los dotados de petróleo- se modificarían a base de misiles inteligentes.
 

El filósofo de mi historieta tiene razón: la especie humana cuenta con la palabra como arma. Los buenos y los malos. Ocurre, sin embargo, que a veces los buenos no la saben usar, y los malos –es un decir- perfeccionan sus habilidades para utilizarla como sustituto de la garra y el comillo Hemos atracado en un espigón de la historia donde la palabra ha sido reducida a ejercer de mucama en la servidumbre del mal. De modo que el león ya es más ético que ciertos hombres y ciertos países. El llamado Rey de la selva no arremete contra la gacela aduciendo el pretexto de que “te he de morder y comer para que otras fieras no te coman”. La persigue, la desgarra y se la come. Simplemente. Cumple su faena sin más subterfugios que la necesidad. El imperialismo -bestia de la modernidad- se ha refinado, ha pulido tanto sus métodos que tiene en cuenta la palabra, porque ya ve en la palabra el arma del rival: la opinión pública. Cuando en el siglo XX, movilizó sus tropas para intervenir en Cuba, República Dominicana, Panamá, México, Nicaragua, no pidió permiso, ni encomendó a sus alquimistas preparar brebajes propagandísticos que justificaran la acción injerencista. Llegaron, vieron y vencieron. Porque los estados Unidos –decían entonces- no tiene amigos, sino intereses. Y en la percepción táctica de que la opinión pública va erizándose como una potencia mundial, burbujean los títulos rimbombantes, acomodaticios, dulzones, tras cuya extravagancia poética se encubre la espeluznante violación de la concordia y la coexistencia. Tormenta del desierto, Justicia infinita, etcétera.
 

La intervención humanitaria –tan convincente, tan caritativa, tan justa- es la guerra de siempre por los mismos medios, pero sin los mismos miedos del lado del agresor. Aprobados, justificados, exaltados, si al fin la mayoría de las Naciones Unidas se anudan el lazo de la horca, los países interventores recibirán incluso la bendición papal junto con la impunidad de la intervención humanitaria. Ha de inquietarnos que la fuerza espiritual de la Santa Sede no sea capaz de advertir los riesgos de promover la legalización de términos cuyo empleo ha servido de sólito a causas antihumanas. ¿Acaso no fue legitimado el ataque a Serbia como un acto de humanitarismo? ¿No han tratado de justificar la destrucción de Irak como una operación de intervención humanitaria ante los desmanes –dicen- de Saddan Hussein? ¿Quién podrá asegurar que el pueblo de Cuba, por ejemplo, no será alguna vez víctima de humanitarios interventores que vendrían a reimplantar lo que desde hace 46 años los cubanos rechazaron mayoritariamente?
 

Juan Pablo II propugnaba la idea de globalizar la solidaridad. Pero la propuesta de su secretario de Estado en la ONU atentaba contra esa consigna pontificia, cuyo origen no está solo en los Evangelios, sino en la teoría del derecho que concibieron y explicaron clérigos y católicos como los españoles Vives, Vitoria, Suárez, Molina. Porque si la cultura española no produjo filósofos ni filosofía, como suele afirmarse en los manuales, engendró, en cambio, pensadores y doctrinas prácticas que más que interpretar el mundo, intentaron cambiarlo. El derecho internacional se gesta y se afinca en el pensamiento jurídico de esos sabios con nombres y apellidos hispanos. O hispánicos.

Hace cinco siglos, Vives formuló un principio que ha pedido transferencia de una a otra época. ¿No parecen recién escritas estas palabras que tomo de su ensayo “De concordia e discordia in humane genere”: “No hay nada tan necesario hoy para conservar el mundo en su equilibrio y no perecer del todo, como la concordia. Esta sola basta por sí para reparar lo quebrantado”? Parece fácilmente deducible. La llamada intervención humanitaria no abona sino infertiliza la concordia, o la paz en lenguaje contemporáneo. ¿Quién sabe de una intervención humanitaria ejecutada sin fuego, sin explosiones y humaredas, sin ruina y muerte? Por ello mismo el propio Vives atribuyó la raíz de la palabra latina bellum (guerra) a la palabra bellua (bestia). Porque al cabo la guerra es propia de las fieras. La intervención humanitaria, pues, nunca podrá ejercerse sin resistencia por parte del intervenido, porque aquella se hace acompañar de conceptos inadmisibles como “soberanía limitada”, o “guerra preventiva”. La humanidad, contrariamente, urge de la “intervención solidaria”, un concepto también original de un pensador español: Luis de Molina. Y esa intervención solo es válida cuando un pueblo se interesa por defender a un pueblo atacado injustamente. O, en nuestras circunstancias, intervenido humanitariamente.

 

En ciertos países de Hispanoamérica –Cuba, México, Venezuela, tal vez España- La fraseología popular, sabia como el refranero, hija incluso de este, ante los presuntos favores de quien, aparentando defender, perjudica, los rechaza con una oración en que se mezclan la seriedad y la ironía, el ingenio y el humor de resistencia: No me defiendas, compadre. Ahora, reclamados por la preservación, los habitantes del Tercer Mundo hemos de subir a la tribuna de mármol verde de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y gritar: ¡No me intervengas, compadre!   

UN MENSAJE DEL “OTRO LADO”

UN MENSAJE DEL “OTRO LADO”

 Lo reproduzco porque quien lo firma -cuyo nombre callo por obvias razones de seguridad para él- es aun, a pesar de los años, amigo verdadero del titular de esta bitácora, que, a su vez, lo estima como siempre. Vive en la emigración; yo sigo en Cuba. Pero su mensaje me confirma que la calidad humana que lo distinguió una vez sigue actuante, discerniendo lo justo de lo injusto, lo racional de lo irracional. 

Hace varios días estaba por responderte algo relacionado con el tema que tocaste de las “Dos visiones de la feria”... Me alegra, ojala algunos de los tantos cretinos que pululan por acá y por otros tantos puntos de esta Unión de Estados y de otros tantos confines, se detuvieran a pensar un rato sobre sus verdaderas nostalgias. Claro que siempre habrá muchos que opinen lo mismo relacionado con el tema. Añoran la tierra que los vio nacer, pero la que ellos conocieron: la de los clubes, cabarets, los negritos limpiando zapatos y las putas por doquier.

Pero todo ello a espaldas del dolor de los que sufrían sin tener nostalgias, pero con sus penas acuestas en busca de respuestas a sus sufrimientos y abandonos.

Para mi el tema de las nostalgias se me presenta en primer termino por la familia, luego por las calles que recorrimos, los parques donde nos sentamos no a rumiar penas, sino a ver a mi hija montar sus primeros velocípedos y bicicleta, los buenos amigos, el cielo azul como ninguno, las satisfacciones del trabajo en algunos momentos.

Y todo ello lo enfrento con un buen libro entre las manos (en estas época se me hace ya difícil no leer a diario).

 Con mi silencio, la tranquilidad de mi casa y con mis enfermedades,  quizás o viva mas o menos años, pero nunca podré sustraerme a mi modo de ser, sin rencores, sin odios, sin malos deseos para los que nos dañaron, etcétera…

Y créeme que me resulta difícil al chocar con personas como Claire Weimbach, que por supuesto, son las que mas abundan aquí. Para mi Cuba sigue siendo mi patria, mi cuna, la tierra que guarda los restos de mi padre, el lugar donde yo también quisiera reposar . Y a estas tantas Claire que abundan por el mundo y a los tantos coterráneos que igualmente nos rodean por acá, no queda otra cosa que ignorarlos, como el sol a las sombras cuando quiere salir.

Cada uno labra su destino, pero muchos no sabemos cómo enfrentarlo todavía y pese a que muchos opinan también que la patria es el lugar donde vivimos y nos sentimos bien, para mi seguirá siendo siempre ara y no pedestal, como aprendimos del Maestro, de Martí. Y te digo más, en términos políticos, cada día rechazo más a los guerreristas de pasteles, croquetas y bocaditos, con sus recomendaciones a los de allá de salir a la calle. A los que, ya que no tuvieron el valor de enfrentar  sus males, deberían tener  el pudor de callarlos. 

BUSH, EL LOBO Y LA CAPERUCITA ROJA

BUSH, EL LOBO Y LA CAPERUCITA ROJA

Por Luis Sexto
El grito de alerta implica la certeza, la cercanía del peligro. Ahí viene el lobo. Porque verdaderamente el lobo existe. Vamos a demostrarlo. George W. Bush reinstaló  el mesianismo como política exterior de los Estados Unidos. Y según la percepción predominante de las conciencias más activas e inquietas en aquel momento, el discurso del presidente de los Estados Unidos en su segunda toma de posesión fue una especie de declaración de guerra, principalmente contra los países del sur donde perviven casi toda la piel negra, todos los estómagos mendicantes y todos los pies descalzos del planeta.
Las palabras –dirán algunos- son palabras: volátil derroche de una filosofía vana y pedestre. El refranero de numerosas lenguas apela al consuelo de establecer un trecho entre el dicho y el hecho. Pero no siempre acierta, porque las palabras componen a veces un hecho. Y por momentos un hecho irresponsable. Aquel discurso del presidente no fue una pieza preelectoral, ni los fuegos fatuos de una reunión de vecinos o correligionarios. Tampoco un texto político, porque no hay actividad política sin programa. Y así el documento carecía de las acciones concretas -las tareas previstas- que todo gobierno traza prospectivamente. Fue, en cambio, una declaración ideológica que progresivamente se ha encargado de enfatizar. Abundaba en justificaciones doctrinales sobre la actitud de los Estados Unidos en sus relaciones con el resto del mundo, invocando el "destino manifiesto" que rigió hasta hace un siglo el cálculo expansionista y que a partir de los primeros años del XX orienta la estructura imperialista.

A esta distancia, nadie dudará que el mesianismo –esa convicción de ser llamado a decidir el destino de los demás- implique un peligro cuando se desplaza de lo individual para encarnarse en un gobierno, en un país. El ejemplo más cercano es el milenarismo del Tercer Reich, que se envolvió en una espiral mesiánica y contagió a Alemania de la creencia en una humanidad más pura, sin mezclas, ni escorias raciales. Y como comprendieron los sobrevivientes -y sabemos por los libros y las memorias los que nacimos después siendo también sobrevivientes de una guerra que casi nos impide nacer-, tanto fervor por una humanidad “pur sang” estuvo a punto de apurar, entre 1939 y 1945, la extinción de la especie.

Actualmente los estereotipos se han modificado. La obsesión aria del Fuhrer ha sido sustituida por la libertad convertida en fetiche. "Dejaremos la alternativa clara a todo gobierno y a toda nación: la opción moral entre opresión, que siempre es equivocada, y la libertad, que es eternamente correcta", advirtió Bush en su habitual lenguaje tecnocrático, inmune a cualquier emotividad, porque, a fin de cuentas, el proyecto de "acabar con la tiranía en el mundo" es asunto de pragmática y aséptica precisión. Este tipo de mesianismo engendra inevitablemente la guerra. Porque no se puede ofrecer la alternativa entre la libertad y la opresión con un misil -nuevo garrote- hincando el pecho del sometido, ni conservar el orden observando a todo el orbe a través del cañón de una escopeta. De ese modo, como ha demostrado la historia, la libertad perece. Y también se quiebran las alas de la paz.

He insistido en la condición ideológica del discurso habitual del presidente W. Bush. Y lo hice convencido de que ideología y política no son sinónimos. La política, como equivalente de táctica, método, programa, puede modificarse; la ideología, que atañe más bien a lo estratégico, a los conceptos, a la interpretación de la sociedad, se resiste a transformaciones que implicarían también, como resultado de última instancia, cambios de intereses geopolíticos en el Estado y en la posición económica, y por tanto de clase, de los gobernantes. Desde luego, el andamiaje ideológico de Bush y su equipo pretende maquillarse con los cosméticos de un lenguaje moral y religioso. De lo cual resulta –sea dicho sin intenciones profesorales- que el mesianismo de los Estados Unidos surge de un "encargo de Dios", una tarea celestial de "pueblo elegido".

Pero de qué Dios habla Bush, a qué Dios ora. No nos cansemos de formular esta pregunta: ¿tiene Bush a Dios o no lo tiene? Preguntémonoslo en el silencio de nuestra vida interior. La respuesta desembocará en esta verdad: uno suele dar lo que tiene. Y me parece que habitualmente Dios se convierte en una caricatura al servicio de ciertas manipulaciones. El presidente de los Estados Unidos invoca y reza a un dios concebido a imagen y semejanza de sus ambiciones de predominio unipolar. No estoy abordando un tema teológico; me falta competencia. Simplemente analizo el comportamiento cristiano del presidente y el gobierno norteamericanos, con un instrumental ético. Sería válido recordar cuando, cinco o seis siglos atrás, Su Católica Majestad y el Rey Cristianísimo elevaban preces por la victoria en una de las usuales batallas por oro y poder entre España y Francia. Qué compromiso para Dios recibir rogativas por la victoria de los dos rivales en la misma acción bárbara de la guerra. Y Bush ha metido a Dios en otro trance peliagudo convirtiéndolo en su cómplice. ¿Misión divina matar? ¿"Nación elegida del Altísimo" aquella que oprime y acusa al oprimido de opresor, aquella que destruye y acusa al destruido de destructor, aquella que pretende aterrorizar y acusa a la víctima de terrorista? ¿No lo vemos claro también con Israel en el Medio Oriente?

Los Estados Unidos pueden ahora descabezar la libertad mediante la violencia, exportar a la fuerza su cultura, extender mediante truculencias su democracia de millonarios. Pero afortunadamente Irak les demuestra que el papel de Mesías del Viejo Oeste, tiene su precio en la resistencia del invadido. No puedo contarlos, pero me parece que muy pocos creemos ya en el lobo disfrazado de Caperucita Roja.
 

La certeza de la próxima guerra

La certeza de la próxima guerra

Por Luis Sexto  

Hace 60 años, un texto publicado por la universidad de Oxford advirtió que el dominio de la energía subraya la diferencia entre nuestro tiempo y la Edad Media. Esta tesis intenta demostrar una posibilidad apocalíptica: si el hombre contemporáneo perdiera las fuentes energéticas, la humanidad retrocedería a los niveles tecnológico del Medioevo: el tiro animal, la labranza con azada, la navegación a vela o a remo, las comidas sin el “easy food” de los anuncios comerciales, las veladas a la luz de luminarias de sebo, y todo dentro de una economía de vuelta al intercambio natural.  

No es tiempo ya de polemizar con un libro tan viejo. La opinión de un especialista de una de las más antiguas universidades del planeta podría inspirar una novela de ciencia ficción al revés, y los resultados podrían asombrarnos. Tal vez, al retornar a ese antiguo estadio histórico se nos inutilizarían equipos médicos y fórmulas terapéuticas que minimizan la mortalidad. Y sería lamentable. Hasta ahí, sin embargo, aceptaríamos la diferencia. Porque, en ciertas esferas, nuestra edad de expansión cósmica y de clonaciones celulares vive en el entresuelo de la Edad Media. Nos parecemos a aquellos tiempos tan diabólicamente juzgados, tan estólidamente comprendidos. ¿Hubo en verdad más oscuridad mental en las fechas de los señores feudales que en los días del imperialismo norteamericano? Quizás un iraquí al pie de su vivienda destruida o al lado del cadáver de su hija, halle poca diferencia entre los siglos medievales y la Modernidad.    

Sigamos en esta especie de acertijo, e imaginemos que un ciudadano del siglo XXII observara las recientes fotos de los prisioneros torturados en Irak. Notaría que la diferencia entre la tortura en el siglo X o XII se basa solo en la limpieza, el refinamiento, el conocimiento psicológico del dolor y el miedo. Antes, los instrumentos de tortura y los torturadores eran más toscos, menos desarrollados según los patrones modernos, más aparentemente brutales. Pero antes y ahora la tortura, de esencial bestialidad, sigue siendo un estigma para el mundo llamado cristiano. Hoy, quizás, la especie humana adquiriría mayores garantías de supervivencia si regresáramos, por carencias energéticas, a la pobreza tecnológica que impidiera el vuelo transcontinental de aviones y misiles, o inhabilitara la infabilidad de los fusiles con mirillas infrarrojas.  

Evidentemente, en ciertos individuos y clases sociales, los intereses económicos, financieros, materiales en suma, anulan la cultura y la ética. Veinte siglos de cristianismo han conseguido en países mesiánicos como los Estados Unidos –"líder por decisión y por destino", según W.Bush-  reforzar la doble moral. Porque ahora también se mata o se arrasa en nombre de un "derecho divino" que autoriza a vengar valores fundamentales –libertad, democracia, seguridad nacional- y en nombre de una justicia que yerra por donde mismo dice acertar. Es el mismo derecho del señor feudal a quien le bastaba para tener razón aducir que los otros no la tenían. Y los ejércitos, que en la Edad Media protagonizaban, en etapas pacíficas, motines y desórdenes para ejercitar su pericia bélica, para justificar, en fin, su condición de grupos de guerra, en la actualidad son la garantía de una paz que discurre de conflicto en conflicto. Guerras perpetuas para paz perpetua -nos lo ha recordado Atilio Borón- tituló Gore Vidal un libro que desbroza la falacia convertida en doctrina y diplomacia. Las fuerzas armadas de los países poderosos operan dentro de un ámbito cerrado: no son hoy la salvaguarda de la paz, sino la certeza de la próxima guerra.

Lo militar, al igual que lo político, nunca ha estado apartado de lo económico. La guerra nunca ha sido un pasatiempo, un deporte. Configura también la estrategia económica de la expansión sea imperial o imperialista, como en la Edad Media las Cruzadas, en nombre de la fe religiosa, atacaron a los adeptos de otra fe para imponer, con el rescate del sepulcro de Cristo, el predominio europeo en el comercio. De modo que los militares, según el historiador, quebrantaron la atmósfera de tolerancia que el cristianismo había extendido, pero en nombre de intereses cuya índole económica se enmascaraba bajo la falsa conciencia –el término es de Marx- de la religión. Y actualmente el ejército y sus grupos afines componen un complejo económico en sí mismo que se integra a la geopolítica de su país, como razón de la fuerza, y a la vez defiende sus cálculos en términos de producción y ganancias. Quien fabrica el armamento necesita venderlo. Y por ello, según el propio Atilio Borón, el presupuesto militar de los Estados Unidos equivale "aproximadamente a la mitad de todos los gastos militares del planeta". La guerra o su posibilidad se convierten, así, en una tentación en la cual hemos de caer para justificar el mercado. O ajustar la economía interna… (¿No están acaso, con ese fin,  disponiendo, justificando su necesidad de la próxima guerra en Irán  sin haber terminado la de Irak?)   

Esas armas no son, sin embargo, para proteger a los Estados Unidos de potencias rivales. Porque los conflictos del futuro –esto es, de ahora y luego- no se librarán entre países con similar o parecida capacidad bélica. Las agresiones provendrán –según los magos Merlin del fundamentalismo- de los estados que componen el imperio del mal. A veces la Casa Blanca los identifica; otras, no los nombra. Porque el imperio del mal es una categoría movediza, abierta, en constante renovación. En síntesis, una referencia fantasmal. Habría que repasar la historia norteamericana para nombrar a los países malditos. Antes, y ahora, los Estados Unidos se expandieron dentro de su geografía apelando a un pretenso "destino manifiesto" y masacrando a indios de piel roja y mexicanos, piojosos y crueles habitantes del imperio del mal, del cual también formaron parte los españoles, colonialistas en 1898, y los insurrectos cubanos que, aunque procuraban una finalidad tan noble como la independencia, eran salvajes incapaces de guerrear civilizadamente, como expreso el entonces presidente Cleveland en un mensaje a la Unión.   El sambenito de imperio del mal se lo ponen a cuantos disienten de los Estados Unidos. Según W. Bush su país busca crear una asociación de países fuertes, no de países débiles, y débiles son hoy los que en la Edad Media fueron países paganos, infieles. Para no ser débil hay que acatar el modo y la moda estadounidense de edificar el paraíso terrenal. Pero esa síntesis corresponde a las ideas, la ideología, que se ajusta sobre bases concretas de dominación económica, como el ALCA en América Latina. O sus guerras en el área petrolera del mundo.   

¿Quién duda, pues, de que la Edad Media continúa presente a pesar del desarrollo tecnológico? El progreso a veces no opera en la espiritualidad, ni en las costumbres; una doctrina no basta para cambiar la vida: hace falta modificar o equilibrar la composición de intereses. Pero la diferencia más evidente entre el Medioevo y esta Modernidad conducida por el imperialismo norteamericano, radica –si lo permitimos- en que si antes el Hombre levantaba la esperanza de emigrar hacia la modernidad, ¿adónde irán los nuevos peregrinos que quisieran abordar, hoy, el Myflower?    

DOS VISIONES DE LA MISMA FERIA

DOS VISIONES DE LA MISMA FERIA Por Luis Sexto

Esa última semana, por razones obvias, me he puesto a leer algunas páginas que se difunden desde Miami. El viernes pasado elegí una pieza que merecía el comentario. Ayer encontré esta otra, que cito en sus párrafos más llamativos: “Claire Weinbach recuerda una Cuba en la que las familias pasaban los fines de semana disfrutando del mar cristalino, los niños jugaban en los verdes parques y los seres queridos se reunían para disfrutar de espléndidas comidas. Weinbach tiene 76 años y es judía, nacida en Bélgica, y dice que algunos de sus mejores recuerdos son de los nueve años que vivió en la Cuba precastrista, un lugar que ella describe como ‘el paraíso’. ‘Llegué a La Habana y me enamoré de la ciudad’, dice Weinbach, que ahora vive en Hollywood. ‘Allí todo el mundo amaba la vida’”.

Parece que también quieren hacer la guerra “a pasado” o “a pasadazos”. Aceptemos, pues, la invitación. Y empecemos admitiendo que, en efecto, para la clase media y la clase y las capas superiores, la Cuba previa a 1959 era un paraíso. Y la señora Weinbach, esposa de un joyero acomodado, disfrutaba de las gangas que le ofrecían las circunstancias edénicas en que ella y su familia vivían. Podían, desde luego, amar la vida. Lo que ocurre es que la señora habla de la feria según le fue en ella. Y quien goza del bienestar cree que los demás también reciben su cuota de dicha. Así, por lo común, reaccionan los seres humanos. La vida plácida produce una enfermedad en los ojos de la conciencia que puede nombrarse astigmatismo espiritual. El que habitualmente anda en automóvil, ¿puede pensar que otros hacen el recorrido a pie? O quien come caviar ¿puede creer que exista gente que nunca haya comido pescado?

Yo guardo un testimonio que contradice a la señora Weinbach. No es personal. No voy a contar mi infancia –en los años de la década de 1950- llena de carencias básicas, o de mi padre desempleado, o de mis amigos muertos en la niñez por la acción del tétanos… Mi testigo es otro: una encuesta. Creo que ya nadie recuerda en Miami ese folleto, ni habrá de aparecer en los ficheros de las bibliotecas públicas de aquella ciudad. Porque es un mentís a esa propaganda que pretende generalizar un bienestar que sólo usufructuaban las clases dominantes, siempre minoritarias. Yo lo conservo desde 1962. Se titula Por qué reforma agraria, y recoge la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU) aplicó en 1957 entre la población rural de Cuba. Nadie acusará de “comunistas” o “revolucionarios” a cuantos indagaron en la realidad cubana de entonces. Incluso advirtieron que lo habían hecho para impedir que el comunismo avanzara en Cuba.

Leamos unas líneas de la presentación: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad, mientras que en el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer. (…) La población trabajadora agrícola, que se puede calcular en 350,000 trabajadores y dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual(…)a pesar de constituir el 34% de la población, (del) 10% de los ingresos nacionales.”

La encuesta de la ACU, muchos de cuyos miembros se marcharon a Miami después de 1959, afirma que el índice de desnutrición entre los pobladores rurales era del 91 por ciento. Solo el 3,36 de los entrevistados comía pan; menos del 1 por ciento, pescado; solo el 4, carne; el 2,12, huevos. En otro aspecto, presuntamente el 14 por ciento de los encuestados padecía o había padecido de tuberculosis; un 36 declaró que estaba parasitado. Y solo un 8 por ciento recibía atención médica gratuita del Estado.

No sigo. El folleto cuenta con 63 páginas atiborradas de datos parecidos. Los propios autores defendieron la validez de su estudio de acuerdo con índices de fiabilidad estadística. Claro, unos dirán que exageraron. Pero, evidentemente, la señora Weinbach no es un criterio confiable. Ella pudo ignorar esa realidad. El brillo de los diamantes que tallaba la mano experta de su esposo, no le permitía ver los reflejos grises de nuestra sociedad. Incluso, la encuesta de la ACU no consideró a los obreros.

No dudo que alguien diga que ahora es igual. O peor. Pero no, señores: los problemas actuales de Cuba, que existen, no entran en la jerarquía de la desesperanza y la desolación. Si vamos a discutir, discutamos con honradez.    

 

INTELECTUALES POR CUBA

INTELECTUALES POR CUBA

El cardenal Ortega rechazó cualquier intervención norteamericana 

Centenares de intelectuales latinoamericanos, europeos y norteamericanos dijeron al gobierno de Estados Unidos en una declaración publicada en La Habana que respete la soberanía  cubana y estimaron que es creciente la amenaza estadounidense a la integridad de este país caribeño.
  
La declaración firmada por unas 400 personalidades fue divulgada en rueda de prensa este lunes en La Habana en la cual también fue comentada por los promotores de la misma la salud del líder cubano, Fidel Castro, y la situación en Cuba, la cual estimaron de
tranquila pero pendiente del estado del paciente.
  

El presidente de Casa de las Américas, Roberto Fernández Retamar, el sacerdote católico, teólogo y sociólogo belga  Francois Houtart, y Andrés Gómez, residente en Miami, Florida y director de la revista digital Areito y de la brigada de solidaridad con Cuba
Antonio Maceo, encabezaron la conferencia, durante la cual la salud del dirigente cubano fue calificada como estable. Aunque se informó en una de las respuestas que ninguno de los tres presentadores se encontró con el presidente cubano después
de anunciarse su enfermedad, todos coincidieron en que las declaraciones de algunos dirigentes cubanos en el interior y exterior de la Isla denotan que este enfrenta una situación estable, sin gravedad, tras la intervención quirúrgica que sufrió para detener un
sangramiento en sus vías digestivas.  
 

Sobre la declaración emitida hoy, firmada, entre muchos otros, por el escritor portugués José Saramago, los premios Nóbel el nigeriano Wole Soyinka, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, el italiano Dario Fo, el sudafricano Desmond Tutu, los intelectuales y
artistas norteamericanos Noam Chomsky, Harry Belafonte, Angela Davis, Tom Morello, Alice Walker, Ramsey Clark,  el uruguayo Eduardo Galeano y el argentino Miguel Bonaso,
  El texto de la declaración rechazó amenazas y presiones lanzadas en las últimas horas desde Washington contra Cuba por el propio presidente norteamericano, George W. Bush, el vocero de la Casa Blanca, Tony Snow y la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, por considerarlas como amenazantes, no solo contra  la integridad nacional de Cuba, sino también contra  la paz y la seguridad en América Latina y el mundo.
  

"Exigimos que el gobierno de los Estados Unidos respete la soberanía de Cuba. Debemos impedir a toda costa una nueva agresión", expresaron los intelectuales firmantes.
  

  También en la capital cubana, el domingo, el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de la Iglesia Católica, pidió públicamente en sus  oraciones "que Dios acompañe en su enfermedad al presidente Fidel Castro''. En respuestas a la prensa extranjera, el religioso dijo  que continuarán haciéndose misas en el país que rogarán por la salud del paciente.  ''En estos días, se tendrán en cuenta la salud  del presidente, la patria y los que gobiernan actualmente. Oramos por la patria, por Cuba en estos momentos, por quienes la
dirigen. Es nuestra manera de poner el futuro en manos del Señor, que es lo que le corresponde en estos momentos a la Iglesia'', dijo.
  

Abogó "porque  nada rompa la concordia entre los cubanos, nada perturbe la paz entre nosotros, ya que es evidente que cualquier cosa que fuese de ese estilo no solamente es rechazada, sino que sería muy lamentable'',  y rechazó con énfasis una
intervención militar de Estados Unidos en la Isla.  Dijo que la  Iglesia Católica cubana ``jamás estaría ... ni siquiera aceptando mínimamente cualquier intervención extranjera. ¡Jamás!''.
(Wold data Service)

IMPRESIONES DE UN CUBANO QUE VIVE EN CUBA

IMPRESIONES DE UN CUBANO QUE VIVE EN CUBA

Por Luis Sexto 

Me preguntan desde el exterior cómo está Cuba. Y respondo que Cuba vive una situación especial con una madurez que genera normalidad.  Es decir, tranquilidad.  

Los aviones despegan y aterrizan. Los turistas entran y salen. Las terminales de ómnibus siguen colmadas de pasajeros.  Los obreros continúan trabajando. Los niños aprovechan sus vacaciones. La televisión prosigue trasmitiendo sus programas de verano. Los artistas y escritores presentan sus últimos discos y libros…

No niego que  los cubanos, cuya mayoría ama y cree en Fidel Castro, estén un tanto consternados, inquietos. Les interesa la salud del hombre al que siempre han  llamado Fidel, así como a un amigo.  La información solo ha sido la necesaria. Es lógico que ante un poderoso país que ha concebido, y su presidente suscrito, planes para favorecer una “transición” hacia la democracia “a la americana”, y ha aprobado fondos para la subversión en el interior de Cuba, no debe saber cuál es la  verdadera situación del paciente Fidel Castro. La enfermedad del Jefe del Estado y el Gobierno en Cuba es hoy por hoy un secreto estatal. La defensa de la integridad y la seguridad nacionales pasa por ese silencio.   

Si alguna anormalidad hay en Cuba es la que generan los Estados Unidos y los grupos de presión en Miami, que han llegado a pedir la intervención militar.  

No, claro que no es un mito. Cuba prepara sus defensas porque, ciertamente, en los Estados Unidos hay gente que desea, pide, reclama, el desembarco de los “marines” en Cuba o el vuelo de misiles hacia La Habana. Como en Irak, Afganistán, Líbano…

Hoy desde temprano salí a la calle.  Me dirigí a los estudios de Radio Rebelde, en la intersección de 23 y M. como hago todos los sábados a la misma hora. Todo me pareció igual que siempre. Tal vez una mayor exigencia para entrar en un edificio tan importante como  la sede la emisora insignia de la radiodifusión cubana. Natural, me dije. 

Por lo demás, qué ha pasado en Cuba que no haya estado previsto por las leyes. El artículo 94 de la Constitución dice:

“En caso de ausencia, enfermedad o muerte del Presidente del Consejo de Estado lo sustituye en sus funciones el Primer Vicepresidente.” 

El primer vicepresidente es Raúl Castro.  

Los estatutos del Partido Comunista también establecen que por las mismas causas el segundo secretario sustituye al Primer Secretario.

Raúl Castro es el Segundo Secretario.  

Elegido para ambos cargos. 

Los compañeros que Fidel nombró en su Proclama el pasado 31 de julio, recibieron la encomiendas de ciertas tareas que él ahora no puede realizar. Eso no significa un reajuste de poder. 

Ricardo Alarcón continúa siendo el presidente de la Asamblea Nacional.Los ministros siguen en sus puestos.Las estructuras del poder político y administrativo continúan vigentes desde la circunscripción hasta la asamblea provincial. Todos los elegidos continúa en sus funciones. 

¿Dónde está el caos? ¿Dónde está “la transición” del poder”. 

Cuba es una república configurada sobre leyes e instituciones. Fidel Castro ha sido el líder que ha encarnado la vocación e independencia y justicia social del pueblo de Cuba. Y ello, por supuesto, lo ha dotado de mucha autoridad, pero sobre todo del amor de su gente.  El comité permanente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba ha exhortado a sus fieles a orar por la salud del Presidente cubano y a preservar la tranquilidad social. 

Pero, en verdad, hay desconfianza con respecto a la actuación del gobierno de los Estados Unidos. Nuestra historia recomienda que desconfiemos. 

En 1898 frustraron la independencia. A lo largo del siglo XX apoyaron los peores gobiernos de la república. Entre ellos, la tiranía de Gerardo Machado y la de Fulgencio Batista. Desde enero de 1959 prohijaron y financiaron a los grupos que se opusieron a la revolución. Prepararon a la brigada 2506 y la desembarcaron en Playa Girón en 1961. El territorio norteamericano ha sido la base de comandos especializados en ejecutar sabotajes y asesinatos. Desde hace 45 años los sucesivos gobiernos de la Casa Blanca mantienen un embargo y un bloqueo económico que ha retardado y entorpecido el desarrollo de Cuba. El Congreso ha aprobado leyes extraterritoriales que castigan a los barcos que  entren en puertos cubanos y a los extranjeros que inviertan en la Isla.  Washington prohíbe que los organismos crediticios internacionales  presten dinero a Cuba. 

¿Qué razón existe, pues,  para que los cubanos honrados, patriotas, confiemos en las promesas  de no intervención en nuestros asuntos si los Estados Unidos se han pasado toda la vida interviniéndonos?  Estas son mis impresiones. Desde Cuba.

EL PALO Y LA ASTILLA

EL PALO Y LA ASTILLA

Por Luis Sexto

Recuerdo, luego soy. La memoria es eso: reproducción recurrente del ser en fílmicos planos del pasado. Quien la pierde puede extraviarse en la demencia. Y si es un pueblo, tal vez se desoriente en la historia. Por lo cual el mejor antídoto contra las desmemorias colectivas son los archivos.

A los archivos, que suelen albergarse también en los libros públicos, acudo ahora cuando en Miami y Washington ciertos emigrados conciben, con más prisa y mayor odio, proyectos de transición de la sociedad cubana  hacia el modelo político y económico que ellos, a tanta distancia, han puesto a hervir en la olla de la injerencia en el fogón de misiles y marines. La decisión del Presidente Fidel Castro de traspasar por razones de salud el ejercicio de sus cargos a  Raúl Castro, primer vicepresidente del Consejo de Estado y Segundo Secretario del Partido Comunista, según lo establece el artículo 94 de la Constitución cubana, ha atizado la habitual histeria entre los grupos que aspiran a “reconstruir a Cuba” según la gobernaban y la usufructuaban antes del triunfo de la Revolución en 1959.

Entre los que hablan, argumentan, exigen la intervención militar norteamericana, se halla el congresista  cubano americano Lincoln Díaz Balart. Si el cronista argentino Aldo Baroni, que por  los años 20 y 30 del siglo XX conversó con dictadores y tiranos en Cuba y otros países de América Latina, fuese asistido por la verdad  en uno de sus libros y el cubano fuera un pueblo de mala memoria, y si los revolucionarios no se hubieran ocupado de crear y conservar archivos históricos. el representante Lincoln Díaz Balart podría pregonar impunemente sus argumentos y diatribas, y algún ingenuo o desconectado de la Historia creerle las falacias.

Resulta, sin embargo, que es nieto de un abuelo llamado Rafael y de igual  primer apellido.  Y que fue en Banes, capital de la United Fruit Company, asesor legal de esta empresa norteamericana, usurpadora de las más feraces tierras de la antigua provincia de Oriente. Del cerebro norteamericanizado del doctor Díaz Balart surgieron invenciones matreras  contra los derechos, incluso los humanos, de los trabajadores de la Company. Organizó los servicios médicos. La United descontaba  el dos por ciento a los obreros para recibir atención. Pero, si era preciso ingresar al paciente en alguno de los dos hospitales de la empresa, cobraba una entrada de 25 pesos (dólares)  y 2,14 diariamente por la cama y los alimentos, y exigía, además el pago de los medicamentos y las intervenciones quirúrgicas. Hablamos de épocas en que el salario mínimo para los braceros no superaba o a veces no alcanzaba esta última cifra. ¿Quién, pobre y mal pagado, podía enfermarse?

No es todo. En el archivo de el pueblo de Banes se conserva una carta reveladora. El doctor Díaz Balart recomendaba en ella a los mandones de la United cómo violar o suprimir derechos en la entonces recién aprobada Constitución de 1940. El abogado, de provechosa filiación a las ideas y actos de Fulgencio Batista y a los propósitos anexionistas, sugería a la Company: “Artículo 66. Fija la jornada máxima de ocho horas y el tiempo semanal de 44 con pago de 48. Aconsejo que se presione para derogarlo. Artículo 71. Este precepto concede el derecho a huelgas y al paro. Creo que tanto uno como otro deberían suprimirse.”

Si alguna necesidad hubiera de clarificar, develar, los fines de los Estados Unidos y sus instrumentos, la verdad refulge en la invencible permanencia del pasado en los archivos. La memoria escrita vincula a cuantos hoy se pintarrajean de paladines de la democracia, la libertad, los derechos humanos en Cuba, con cuantos en nuestra historia  negaron, maltraron y violaron  la democracia, la libertad y los derechos de los cubanos. Los liga el apellido, el dinero y los intereses de la potencia que sirvieron antes y ahora.El palo y su astilla, naturalmente, son iguales. 

¿Por qué he de creer lo contrario?