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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

“FORBES” CREE QUE SOMOS BOBOS

Ante la falta de seriedad uno al menos debe decir que no está de acuerdo

Por Luis Sexto

No voy a defender a Fidel Castro. No lo necesita, aunque de hecho lo defiendo. Más bien defenderé mi dignidad, mi honra de lector, y lector cubano además, porque la revista Forbes me ofende, a mí y a tantos más que quizás no protesten,  al publicar que Fidel figura entre los gobernantes más ricos del planeta. No es la primera vez que la presuntamente caracterizada revista financiera norteamericana infla ese globo.  Ahora acaba de echarle varios milloncitos más de gas venenoso: de 110 en 2003, a 900.  Imagínense. Si Fidel tuviera tanto dinero, ya lo hubiera invertido para paliar o resolver  algunas de las necesidades que el bloqueo de los Estados Unidos condiciona en Cuba.  Pero no extraña que acuse a Fidel de poseer mucho dinero. En los Estados Unidos pervive una conspiración que por más de 40 años ha intentado anular a Fidel Castro, física y moralmente. Forbes participa del juego de ideas cerradas –esto es, sin demostración plausible- que pretende convencer a lectores hipotéticamente sin conciencia crítica. Extraña, sí, que Forbes no se percate que yerra cometiendo el mismo error que imputa. Porque, de acuerdo con las reglas de las sociedades occidentales, el ejercicio de la política, además de facilitar ingresos, requiere de dinero para pagar vestidos, discursos, biografías, minutos de TV, y el resto de la parafernalia preelectoral que Joe Mcginns nos describe en Cómo se vende un presidente. Y por tanto juzgan a todos por el rasero con que se juzgan, porque, a fin de cuentas, el ladrón cree que todos sus prójimos –a los que roba- también roban. Si él lo hace… Bueno.

En Cuba la política es servicio. Y para ejercer un cargo, además de capacidad, se exige honradez. El dinero no cuenta. A nadie, ni nada,  hay que comprar para participar en unas elecciones.

Así, la información de Forbes se agrieta, se disuelve, se ridiculiza cuando se sabe, se ve, se oye, que todo cuanto  Fidel dice se legitima porque delante hay millones… de personas y no de dólares.  ¿Qué gobernante en el sistema solar habla, y a veces incansablemente,  con  un millón de personas oyéndolo presencialmente?  Por lo tanto, la aceptación, el apoyo popular de que Fidel goza en Cuba invalida cualquier alusión a supuestas fortunas y por tanto –la asociación es inevitable- a su falta de honradez. ¿Es posible que un líder popular revolucionario pueda contar con multitudes de simpatizantes y de colaboradores en su gobierno, engañándolos? ¿Somos los cubanos tontos? Tal vez podamos ser cualquier otra cosa, menos bobos.

Forbes, como es de esperar, no presenta ninguna prueba de sus repetidas aseveraciones sobre el dinero de Fidel. Nos lo dice, y piensa que lo creamos porque a fin de cuentas Forbes es… Forbes. Pero Fidel es… Fidel. Y de crédito a crédito, la revista se denigra anualmente cada vez que señala al presidente cubano como el séptimo gobernante más rico del mundo.

 Evidentemente, ninguno de los más sagaces periodistas estercoleros de Forbes podrá hallar una fortuna  que no existe.  Y entonces qué aducen los redactores de Forbes? Ah, que Fidel viaja en automóviles Mercedes-Benz. Y en qué vehículo podría hacerlo como jefe de Estado, y un jefe de Estado al que han intentado asesinar decenas de veces: ¿sobre patines, en bicicleta?  Y porque sea jefe de Estado no tiene que ser necesariamente propietario de los vehículos con matrícula oficial. ¿Acaso el presidente W. Bush  es dueño de los  autos, los aviones, helicópteros, buques y, a veces tanques, en los que viaja por Los Estados Unidos u otros países? Vamos… ¿De veraz cree Forbes que somos ingenuos?

Y ¿con qué otros datos ilustra la revista su notícula insidiosa,  redactada con el lenguaje aparentemente objetivo, incontaminado de las finanzas?  Que si Fidel es dueño de la corporación estatal CIMEX, o del palacio de las Convenciones de La Habana, o de laboratorios médicos, o que vendió la empresa estatal de ron Habana Club a la Pernod Ricard… Vamos. Forbes habla de Cuba, pero de Cuba lo ignora todo. O solo conoce lo que dicen los voceros de la Casa Blanca o los guiones de la CIA. Cuando en Cuba se habla de empresa estatal quiere decir que su propietario es el Estado, y sus ganancias se distribuyen socialmente mediante el presupuesto de la nación. Y que, por tanto, rinde cuentas a organismos directores y fiscales. Para que Fidel hiciera lo que Forbes afirma, tendría que contar con la complicidad o la anuencia de miles de personas y oficinas. Pero, en Cuba, el Estado participa con la mayoría de las acciones en empresas de capital mixto, en algún caso quizá con la mitad. Las leyes establecen la defensa de la riqueza y la soberanía nacional. ¿Vender el ron Habana Club a la Pernod Ricard? Esta empresa francesa posee su parte en un negocio cuyo control jurídico reside en la ley de inversiones extranjeras de Cuba.

Pero lo que menos conoce Forbes es a Fidel.  Hijo de un terrateniente adinerado, Fidel, ya abogado en la Habana, poseía un solo traje, de lana, que usaba en invierno y en verano. En una de sus cartas desde la prisión de Isla de Pinos, después del asalto al cuartel Moncada, confesó que a él le bastaba con muy poco para vivir, porque cuanto menos cosas materiales tuviera más libre sería. Ese concepto es expresión de una alta ética. En Cuba no dudamos en asociarla a la eticidad de José Martí. Y Fidel, al igual que el Apóstol de la Independencia, jamás tocaba el dinero que pertenecía a los fondos de la revolución. Testigos, compañeros de lucha, aun cuentan anécdotas que lo ejemplifican.

Forbes –y ojalá me equivoque- demuestra que no entiende de ética. Ni comprende las actitudes idealistas de los revolucionarios. Para ser un líder de masa, y sostenerse por más de 50 años, se necesita, sobre todo, honradez. Creer en lo que se predica. Y predicar con el ejemplo.  Forbes utiliza un concepto de libertad de prensa completamente injusto y opresor. Publica, y el daño que causes con lo que puede adquirir naturaleza de infamia o difamación, no importa. Miente que algo queda. Y ya vamos oliendo el viejo criterio de Goebbels. Puedo preguntarle a Forbes, la democrática revista del hombre de negocios, cuánto cobró o cuánto le pagaron ciertas fuerzas oscuras en los Estados Unidos por poner a Fidel Castro nuevamente en esa casta gobernantes millonarios?  ¿Podría publicar que ciertos enemigos de Fidel Castro, muchos de los cuales son afiliados a la Fundación Nacional Cubano Americana, sí se han hecho ricos a través de los fondos que ciertas instituciones adscritas a Washington quitan, de mil sutiles formas, al contribuyente norteamericano?

Lo más generoso que podría decir de Forbes es que ha sido poco seria.

Y, claro, con este alegato no he defendido a Fidel Castro. Repito que no lo necesita. Solo he protestado. He reclamado mi derecho a que no me tomen por tonto. ¿Es mucho exigir?

 

DIVINO TESORO

Por Luis Sexto
La juventud es un defecto, según alegó en su defensa cierto célebre mexicano que, seguidamente aclaró: un defecto del cual uno se va corrigiendo con los años, al irse colmando de experiencias y sabiduría. Era, en fin, una especie de broma para responder a cuantos le achacaban su poca edad para un cargo extraordinario.
Lo más común es referirse elogiosamente a la edad juvenil. Cuando el poeta Rubén Darío escribió en un verso ya clásico que la Juventud era un divino tesoro, sólo repetía lo que la especie humana sabía desde tiempos lejanos. No podemos olvidar que en una época hubo magos o químicos que intentaron fabricar el elixir de la juventud eterna. Y también hubo descubridores o conquistadores que intentaron llegar a la fuente de la eterna juventud.
¿Por qué tanta obsesión?-pregunto un tanto ociosamente. Está claro, ¿a quién no le gusta permanecer vigoroso, alegre, con el tiempo por delante, como una llanura que pareciera interminable?
La juventud es la edad en la que no existe el cálculo, la edad en la que estamos dispuestos a entregar hasta la vida, sin que el titubeo nos recuerde ciertos egoístas argumentos: tengo familia, aún no he logrado lo que me propuse, en fín, ya sabemos... Es muy difícil encontrar a un héroe o a un mártir que no transite por la etapa juvenil. La Revolución cubana la prepararon fundamentalmente los jóvenes. Veintisiete años tenía Fidel cuando encabezó el ataque al Moncada. Treinta cuando desembarcó del Granma,  y 32 cuando entró en La Habana triunfalmente. La mayoría de los asaltantes de los cuarteles de Bayamo y Santiago de Cuba, la mayor parte de los expedicionarios del Granma y el grueso del Ejército Rebelde eran jóvenes, incluso adolescentes. 
Hubo, desde luego, hombres y mujeres mayores que se sumaron confiando en que,  bajo el mando de los jóvenes, no habría cansancio, arrepentimiento, ni cobardía, y que la acción sería conducida hasta conquistar sus propósitos esenciales. La vanguardia de la Revolución creció después en un frente donde todas las generaciones se mezclaron en el único privilegio de servir al país en su transformación. Pero la juventud fue siempre una edad apta para acometer tareas de suma abnegación y urgencia. Jóvenes, casi niños, fueron artilleros en la batalla de Playa Girón, en 1961. Jóvenes, adolescentes se diría, los alfabetizadores que se dispersaron por la Isla con una cartilla... Escribo de referencias que acompañan a los cubanos, aunque no quieran. Muchos de nosotros podemos suscribir, con la memoria de nuestras vivencias, que la juventud  ha sido, la abanderada de nuestra historia.
Pero la juventud, como ya cité, es un defecto. Lo es porque compone también el estado más fugaz del ser humano. Con ello quiero decir que hay que aprovechar la juventud en todo cuanto le asiste de renovador y constructivo. Me alegraría que mi hijo opusiera a mi punto de vista uno suyo, más audaz y menos conformista, o se negara a que yo le facilite, le regale, la solución de sus problemas, que no fueron los míos a su edad. Así, me parece, iría acercándose, junto con sus coetáneos, a integrar el nunca desmentido divino tesoro de la nación.  

TODOS MEZCLADOS

Luis Sexto 

Dos preguntas servirán de pie de amigo para este análisis somero cuanto inevitable: ¿Existe discriminación racial en Cuba? ¿Cómo juzgar y combatir nuestros prejuicios raciales? Y ambas preguntas, más que facilitadoras de mis razones, resultan pertinentes guías del pensamiento. Porque en la actualidad cierta especie de reivindicación racial mantiene aquí una no siempre mesurada o equilibrada beligerancia en algún medio intelectual y académico. Por lo leído y oído, el análisis del ¿problema? ha partido desde  la admisión de la existencia de ideas, sentimientos y practicas racistas en nuestro país, y por lo tanto las conclusiones demandan “respeto a las diferencias”.  De pronto, así, los cubanos nos damos de cara con que Cuba es un país “multiétnico” donde cada grupo o raza necesita su espacio propio y la aceptación de su cultura y su historia propias. Porque hasta hoy tanto cultura como historia han sido “blancas”. Historiografía,  rectifico,  no historia

Tengo mis dudas. Parece que esta óptica, en esta época, tiene inconscientemente –no hay porqué apresurar otros modos- algunos visos de cierto racismo al revés. Uno sabe que  sobreviven prejuicios de índole racial en Cuba. Se enmascaran, incluso en el folclor, en la “chistología” hiriente, rebajadora del otro, que matiza el humor a nivel de conciencia cotidiana. Y es verdad también cierta renuencia de algún director de TV a utilizar actores negros. Verdad que a veces  un agente del orden se excede en las sospechas y el cacheo cuando se trata de  ciudadanos negros. Y verdad que hay revolucionarios, comunistas, cuya capacidad dialéctica se tuerce cuando la hija se enamora de un negro. Es decir, el prejuicio racial persevera como restos del pasado colonial y seudo republicano. Sobra aquí echar mano de la socorrida ley dialéctica del retraso de la conciencia social con respecto del ser social.

Pero el racismo – el odio de razas- no existe en Cuba como política, ni como sentimiento, ni práctica popular. Tampoco la discriminación racial. La Revolución, con su política y sus leyes igualitarias, imprimió un acelerón al proceso de integración nacional que venía operándose en nuestra sociedad desde mediado el siglo XIX. La misma guerra de los 10 años contra la metrópoli española sirvió como caldero donde el embrión de la nacionalidad comenzó a mezclarse, a convertirse en mixtura patria. ¿Habrá que recordar que los blancos se subordinaban a jefes negros o mulatos, y que estos, en ciertos casos, se erigían en líderes más que en comandantes. Es el caso de los Maceo, de Guillermón Moncada, Flor Crombet,  Masó. No niego la vigencia entonces de convenciones discriminatorias. Hay que recordar que algunos de esos mismos jefes –casi dioses para sus hombres- no admitían que, siendo mulatos, se les llamara negros. Pero el proceso de integración de la identidad y la cultura nacionales estaba  evidenciándose en que los jefes negros o mestizos no ocupaban sus jefaturas como resultado de una “política’ de equilibrio –composición étnica diríamos absurdamente hoy-, sino como el predominio del mérito y el talento en un plano de igualdad.

Después de que ese proceso comenzó en las filas del Ejército Libertador, ya será más fácil la unidad política para la guerra de independencia. Todavía, sin embargo, durante la llamada Tregua Fecunda –el espacio entre las guerras de 1868 y 1895- los ideólogos revolucionarios tuvieron que batallar para anular los conceptos racistas que regían en la sociedad colonial cubana. Hasta 1886, el negro fue esclavo, salvo el que alcanzó su emancipación en la guerra, y muchos de nuestros patricios, nuestros intelectuales y nuestras instituciones pagaron tributo al racismo predominante. ¿Qué otra cosa podían hacer José de la  Luz y Caballero, José Antonio Saco, Anselmo Suárez y Romero si poseían o alguna vez poseyeron esclavos? Claramente, la suya fue una posición de clase, aunque moralmente condenaban la esclavitud y el racismo. Por esas limitaciones clasistas no fueron más allá en su evolución hacia la conciencia cubana. Y, a pesar de todo eso, su papel no es despreciable en nuestra historia. Saco escribió las palabras más bellas que contra el anexionismo se han escrito en Cuba.  Del colegio de Luz  y Caballero surgieron cuadros para  la Revolución de 1868. Y Suárez y Romero escribió la más conmovedora de las novelas antiesclavistas de aquel tiempo: Francisco.

Tampoco puede reputarse de inferior o rebajadora la influencia del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en la consolidación de la cultura y la identidad cubanas, por que en su reglamento proscribió la matrícula de negros. En esas aulas -racialmente discriminadoras por imperativos de las circunstancias coloniales-, estudió y ejerció como profesor el Padre Félix Varela, hoy Siervo de Dios de la Iglesia Católica Romana,  pionero de la abolición de la esclavitud en Cuba al presentar en las Cortes de Madrid un proyecto abolicionista, y fue también  un enemigo de la anexión de la isla a los Estados Unidos.

Juan Gualberto Gómez, el representante de José Martí en la isla, intentó demostrar que el negro no era inferior al blanco. Él mismo –afilado talento, educación exquisita a la europea- fue una pieza que se erguía negando con su persona los conceptos racistas que provenían del Marqués de Gobineau. Su vida, su condición de intelectual y patricio negro ilustraban que el negro, en las mismas condiciones, en ninguna capacidad humana o intelectual cedía ante el blanco. Pero Juan Gualberto no estaba peleando por el “respeto a las diferencias raciales”. Juan Gualberto afincaba los méritos del negro, pero bajo un criterio: la igualdad. O la integración nacional. Por ello, don Juan se negó a la segregación cuando el interventor norteamericano Leonardo Wood, luego del fin de la guerra hispano-cubano-americana, le propuso separar a los niños negros en las aulas, con el pretexto de  emparejarlos al nivel escolar de los blancos.

Todos sabemos que el problema racial en la historia es artificial. Aparecieron teorías sobre la supuesta inferioridad del negro cuando países, clases y grupos económicos dominantes, en expansión, necesitaron justificar la esclavitud que los haría ricos. Ya no esclavizaban prisioneros en las guerras de conquista. Y por tanto necesitaron esclavizar el color. Y de ahí surge  esa biología de la esclavitud, que el sabio cubano don Fernando Ortiz tildó de engañosa, de espuria prosapia. El negro, en suma, tenía que ser, forzosamente, “un  ser inferior”. Los poderosos, blancos,  europeos, no podía aducir  otra coartada.

Eso es historia vencida. Y por tanto parece ingenuo plantear la lucha contra los prejuicios subsistentes entre los cubanos como si fuera una puja por el equilibrio o la armonía racial. ¿Quién puede en Cuba hablar de razas? ¿Quién puede en Cuba, salvo refiriéndose al folclor, que es lo muerto, hablar de cultura negra o de historia negra? ¿O de cultura blanca o historia blanca? Es, a mi parecer, una reivindicación extemporánea, cuando no oportunista. Y sobre todo peligrosa. Porque los centros de la guerra “fría”contra Cuba en los Estados Unidos intentan azuzar el inexistente “problema racial”.  

Prefiero ver el asunto desde la integración. Ya no hay cultura africana en Cuba, pues ha venido integrándose con la blanca o europea en eso que llamamos cultura cubana. Como tampoco tenemos cultura blanca ¿Dónde está la música negra? En la música cubana –el son, el mambo, el bolero, hasta en el sinfonismo-, convertida en célula musical cubana, aliada, mezclada con la blanca. ¿Dónde la música blanca? Fundida con la negra. Esa es la integración nacional –proceso aún vigente-. Y por lo cual la pigmentación de la piel ha venido derivando hacia el color cubano. Color que no es sólo matiz cromático exterior. Es, admitamos la palabra, el mestizaje interno. Yo mismo, español por mis cuatro abuelos, sin mixtura: ojos verdes y piel muy blanca, me siento, sin embargo, mestizo por dentro. Quisiera que mis inhibiciones de carácter me liberaran cuando oigo el tambor que llama. Llama. Y yo respondo con mis retorcimientos internos, o mis pies que, tímidamente, marcan el compás vertiginoso de eso que fue primigeniamente africanía sonora y hoy es –desde hace rato- sonoridad cubana.

Adónde vamos a llegar con ese ritornelo arcaico que  estable aparentes diferencias raciales y reclama coexistencia entre ambos colores. No pueden existir diferencias en la fusión. Ni diferencias en la misma esencia. Probemos. Leamos  a un poeta al que no le conozcamos la piel. Leamos, sí. Y adivinemos su color. Su origen étnico. ¿Negro o blanco o mulato? ¿O chino, o jabado? Eliseo Diego y Gastón Baquero no se diferencian. Ni Domingo Alfonso, ni Fernández Retamar. O Nancy Morejón y Fina García Marruz; Soleida Ríos y Carilda Oliver Labra. Solo hallamos diferencias de estilo, temas, cosmovisiones, influencias. Lo demás, lo cubano, como poetizó Nicolás Guillén, está todo mezclado. Pero sigamos. Enmascaremos a un bailarín de guaguancó. Y tras concluir la danza, descubrámoslo. Y tendremos una sorpresa. Quizás un rubio, de piel rosada, nos haya seducido con ese descoyuntamiento rítmico que creemos propio de los negros y que comparten los llamados blancos. ¿Y la religión? Nadie podrá negar que parejamente negros y blancos compartan la santería y todo lo demás que se incluye en los ritos de origen africano, en síntesis con doctrinas y cultos europeos. Es cierto -atajo la objeción- que los dioses de los lares africanos, para sobrevivir entre cadenas, se camuflaron con el Dios y los santos del amo blanco. Pero hoy ya no sobreviven enmascarados. No lo necesitan. Perduran en sincrética alianza.

Convengamos, además, en que el prejuicio racial  es de doble dirección. Y subsiste en manifestaciones de ida y vuelta, porque aún el negro no ha trascendido totalmente sus tradicionales condiciones de vida. Subsisten el solar, la cuartería, promiscuas habitaciones  urbanas, y la ciudadela, también expresión del hacinamiento heredado del capitalismo dependiente, Y con ellos pervive una cultura del deterioro y la precariedad. Incluso una subcultura de la inferioridad que tiende a aglomerarse y defenderse. Una anécdota me sirve para ilustrarlo. Dos estudiantes en la universidad –blanco y negro- compartían el primer lugar en el rendimiento académico. También la amistad. En un examen cometieron un único y mismo error. Y, sin embargo, las notas se diferenciaron. El profesor, negro,  le dio al negro más nota que al blanco, porque “los negritos tenemos que defendernos”, explicó al alumno beneficiado y, por ende, asombrado. La veracidad del episodio no admite dudas: uno de los estudiantes es mi hijo.

Por el contrario al prejuicio subsistente, el racismo diferenciador y separatista no halla techo entre nosotros. La integración, al convertir lo diverso en uno, a pesar de los accidentes epidérmicos, lo deglutió. Como ha de deglutir también “la costra tenaz del coloniaje” que señalaba en un poema Rubén Martínez Villena, uno de los primeros comunistas en Cuba, hacia 1920; costra, herencia, que aún respira en nuestros prejuicios. El debate –y excúsenme lo normativo, pero lo político se hace norma- ha de corretear en ese cuadrilátero: unidos contra lo que divide y amengua a la nación y a las sociedad cubana. Y sobre todo, ha de incluir a José Martí. Porque uno nota que en esta disputa intelectual, presuntamente  académica, a veces injusta y sin sentido, el Maestro no ha sido invitado. Quizás porque quienes defienden la igualdad desde posiciones “negristas” o “blanquistas” saben que Martí les enrostraría su equívoco, cuando no su torcida intención, con la negativa martiana a admitir que exista odio de razas, porque para el Apóstol cubano de la independencia y el antiimperialismo “no existen razas”.

Hace un siglo,  Martí resolvió esa pretendida,  absurda, dicotomía racial. “Cubano –definió- es más que blanco, más que mulato, más que negro.”  A qué separar lo que la historia unió, y que, separado, solo beneficia a los enemigos de la nación cubana: el Norte perverso, brutal, que nos desprecia. Por blancos y por negros. Y por cubanos independientes y revolucionarios.

     

EL PESO DE UN POEMA EN BRONCE

EL PESO DE UN POEMA EN BRONCE

Luis Sexto 

La Unión de Periodistas de Cuba, con el apoyo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, perpetuó, en una tarja de bronce, ese poema de Bonifacio Byrne cuya última estrofa todos los cubanos sabemos de memoria: “Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día.../ ¡nuestros muertos alzando los brazos/ la sabrán defender todavía...!”
Se trata de Mi bandera. Fue Camilo Cienfuegos quien, en un día de plenitud patriótica, poco antes de desaparecer, recordó al presente y al futuro que ese poema nunca podría ser olvidado. Byrne recogió en las diez estrofas de sus versos la decepción del cubano que, al mirar hacia el Castillo del Morro, veía entonces a su bandera subordinada a bandera extraña, después de 30 años de pelea inclaudicable por entregarle a nuestra insignia todo el espacio del cielo. De memoria debíamos saber, pues,  no solo la última estrofa, sino todas las demás. Recitar sin baches, por ejemplo, la quinta, que dice: “Orgullosa lució en la pelea,/sin pueril y romántico alarde:/ ¡al cubano que en ella no crea/ se le debe azotar por cobarde!”
Estamos viviendo en un mundo donde la globalización prohijada por los centros del poder financiero y geopolítico, amellan  los sentimientos patrióticos, convirtiendo en banderas universales las imágenes publicitarias de la Coca Cola y la MacDonald. Conviene, en efecto, a la unipolaridad del mundo, que el patriotismo y el sentido de la nacionalidad desaparezcan en la conciencia de los pueblos. Sólo el amor a la tierra natal y la devoción por la bandera, son las armas con que los países víctimas de la voracidad globalizada  pueden defenderse. Porque detrás del valor simbólico de una tela, late una historia de vergüenza y fidelidad a una cultura y a un modo de ser nacional.                                                                                                                                          Por ello, ¿podemos los cubanos, en medio de nuestra rebelde  insularidad, tener solo en cuenta la última estrofa del poema del matancero Bonifacio Byrne? Sí, en verdad, nuestros muertos serían capaces de alzar los brazos y defender la bandera por la que murieron. Pero, sobre todo, los muertos podrían suponer que los vivos, los cubanos de hoy, permanecemos dispuestos a defender el derecho de nuestra bandera a flotar sola, amplia, soberanamente en el cielo que los mártires le conquistaron. Nadie discute que es difícil, injusto, vivir en medio de dificultades materiales causadas, en porción decisiva, por quienes desean someter al país. Pero nadie puede dudar que es mucho más difícil vivir sin bandera. Ese es un mensaje que proviene de mucho más allá de estas letras que a algunos podrá parecer  similares a otras.
Hace unas semanas, el 24 de febrero, se cerraron 111 años de aquella explosión  insurrecta que estremeció a Baire, y a otros sitios de Oriente y Occidente en un grito de patria y libertad que fue voz de Cuba toda. Aquellos compatriotas valoraron más el sentimiento de patria que las sensaciones de comodidad, de hartazgo. Cuba no era en ellos un estómago, sino un corazón. Bonifacio Byrne nos hace recordar la tristeza absoluta de vivir sin patria,  en un poema que ahora permanece grabado en un sitio de La Habana Vieja, desde donde se ve el Morro con nuestra enseña en el palo mayor.

ESCRIBIMOS PARA QUE LA REVOLUCION PERDURE

 Texto completo de la entrevista que  el periodista Oscar Ordóñez le realizó a Luis Sexto, y que publicó el semanario La Época, de La Paz, en octubre de 2005,  en una versión reducida.
¿Sobre qué tipo de terreno ejerce su oficio el periodismo en Cuba, teniendo en cuenta el sistema político?
Cuando la Revolución triunfó en 1959 se convirtió en una causa que mayoritariamente abrazó el pueblo. La Revolución significaba dos cosas fundamentales: el rescate de la independencia, que permanecía  cautiva de los Estados Unidos, y la posibilidad de la justicia social.
Cuba era un país pobre donde la división de clases era sumamente intensa, como intensa era la pobreza, el atraso, con algunas manchas de desarrollo: la capital.
La prensa que venía del pasado desapareció, pero no porque la Revolución la hizo desaparecer, sino,  sencillamente, porque los dueños de periódicos, un año o dos años después del triunfo de la Revolución, se dieron  cuenta de que  aquel era un proceso imparable, un proceso de justicia, y abandonaron el país. Los periódicos quedaron, en algunos casos, en manos de los trabajadores: tipográficos y periodistas. Las filas del periodismo se depuraron también: quedaron en Cuba los periodistas que servían o que ya venían sirviendo a la Revolución desde la guerra, mediante la lucha clandestina contra la tiranía de Fulgencio Batista.
La prensa cubana, paulatinamente,  empezó a recomponerse sobre otras bases. Si la Revolución es un proceso justo que trata de rescatar la independencia, que trata de rescatar los valores nacionales, que trata de imponer la justicia social, la igualdad y la libertad, por supuesto todos los periodistas y el periodismo empezaron a reestructurarse sobre una plataforma de defensa de esa revolución y de las conquistas de esa revolución.
No es lo mismo hacer periodismo desde la oposición que hacer periodismo dentro del poder. Y el periodismo cubano se convirtió en una manifestación que apoya la Revolución y por tanto se reorganiza como un instrumento del poder revolucionario. Y esas fueron las reglas que empezaron a funcionar desde entonces hasta hoy. Los periodistas cubanos, de una forma o de otra, estamos identificados con el proceso de la Revolución. Podemos algunos creer que hacen falta cambios, transformaciones, mejorar las cosas, todo eso es verdad, pero siempre cualquier cosa que se opine o se critique se hace sobre la base de que la Revolución es la que debe sobrevivir,  no sobre la base de que la Revolución tiene que desaparecer. Dentro de ese ámbito se mueve el periodismo cubano; algunas veces con mucha fortuna y otras veces con menos, dependiendo de las coyunturas externas. Es decir, las relaciones con los Estados Unidos son las que hasta cierto punto han impuesto un tipo de prensa ahora y otro tipo de prensa después. Nosotros nos fundamentamos en un pensamiento de José Martí,  el héroe de la independencia de Cuba, pensador continental, hombre grande junto con Bolívar. Martí decía, y cito de memoria: “Cuando el enemigo esté al frente, la prensa calla.”  Y la prensa nacional, la prensa que está comprometida con el país, con la Nación, con la sociedad, en ciertas circunstancias atempera sus libertades, porque puede ser que lo que diga la prensa beneficie, en un momento, más al enemigo que al país. Eso es un pensamiento martiano y nosotros lo hemos tomado como divisa y nos  ha regido en los últimos 46 años. Porque en términos muy exactos podemos decir que Cuba lleva 46 años en guerra, resistiendo a la hostilidad de los Estados Unidos; hostilidad que todo el mundo conoce; hostilidad que sólo persigue un fin: recuperar la colonia que perdieron.
Hasta el año 1958 los mejores hoteles de La Habana estaban dirigidos por la mafia estadounidense.  La mafia tenía un delegado en La Habana: el segundo de Lucy Luciano: Meyer Lanky. La mafia dirigía las empresas hoteleras, los casinos. Cuba era (en esa época, en los años 40) el verdadero puente de la droga entre Europa y América.
 En el año 58 se celebró la famosa reunión de Apalachin, Nueva York, reunión de todas las familias mafiosas de los Estados Unidos, y uno de los acuerdos  fue trasladar a Las Vegas hacia La Habana. Si no llega a insurgir Fidel Castro en  1959, Cuba fuera Las Vegas del Caribe, porque los Estados Unid0s se hubiera quitado ese cáncer que ellos aún tienen en Nevada.
Pero no es todo. Los ingenios azucareros mayores y más productivos,  la compañías de electricidad, la compañía de teléfonos, las fábricas de neumáticos, la minería, las refinerías de petróleo, eran norteamericanos; algunas inglesas, pero todo lo demás era norteamericano. Los norteamericanos  explotaban el níquel. El 25 por ciento de níquel del mundo está en Cuba y lo explotaban los norteamericanos. Cualquier cosa que los americanos hagan hoy contra Cuba es precisamente para recuperar todo eso que perdieron. Además de extinguir el ejemplo de resistencia que Cuba es frente al hegemonismo del Norte. Ese es el problema.
Entonces nuestra prensa ha estado inserta dentro de esa batalla, subordinada a la Revolución. La Revolución acabó con toda esa dependencia y realizó el sueño inconcluso de José Martí. ¿Quién que sea cubano y patriota no estaría dispuesto a sumarse a esa lucha?
¿Se  puede criticar en Cuba a Fidel Castro por su actitud ejecutiva como presidente? 
No es que no podamos criticar a Fidel Castro, es que ninguno de nosotros quiere criticar a Fidel Castro.
¿Por qué?
Precisamente porque Fidel Castro para nosotros resume todo el ideal de la Nación. Para nosotros, Fidel Castro recogió toda esa obra inconclusa de los libertadores del XIX. Fidel Castro consuma la independencia de Cuba. La independencia de Cuba no se consolida con la fuga de los españoles, en 1898; se va España, pero se quedaron los Estados Unidos dentro. Estados Unidos intervino en la guerra de independencia en 1898, cuando los libertadores cubanos ya habían ganado la guerra. Intervinieron para frustrarla, para darle una independencia ficticia en 1902. Una independencia con un apéndice constitucional, la Enmienda Platt, que disponía  que Cuba no podía contraer deudas ni alianzas con ningún otro Estado del mundo, salvo con los Estados Unidos. ¿Qué tipo de independencia es ésa?  Y establecía, además, que Estados Unidos tenía el derecho a intervenir en Cuba siempre y cuando viera sus intereses en peligro. ¿Qué independencia es ésa?
Por eso, Fidel Castro encarna esa voluntad de independencia, “esa voluntad de una república cordial con todos y para el bien de todos”, como quería Martí.
No es que no podamos criticar al presidente  Fidel Castro; yo creo que nuestros conceptos de la vida y de la sociedad son distintos al de otros lugares. Fidel no es un presidente cualquiera. Fidel Castro no es un hombre que apareció en el poder, como resultado de una elección que a veces, en otros países, es fraudulenta, o por la acción de un golpe de Estado. Fidel Castro ha sido precisamente el hombre que ha guiado a la Nación al lugar  donde está ahora, para reconquistar la independencia, para conquistar la consumación  de la justicia social.
¿Por qué fueron apresados y condenados aquellos periodistas que en Cuba en el 2003, tenemos entendido, se manifestaron en contra del régimen cubano?
El problema es que en Cuba no hay una embajada de los Estados Unidos, pero hay una oficina de intereses, desde 1979, establecida durante el gobierno de Jimmy Carter. Es una oficina que trata de resolver los conflictos que se suscitan no yendo como era antes a la embajada de Suiza, que era la que representaba los intereses  de los Estados Unidos en Cuba, sino que  existe cierta relación, aunque es una figura diplomática muy rara; es una oficina de intereses, no es embajada ni consulado. Esa oficina conspira dentro de Cuba por crear, suscitar, una especie de oposición. Eso, por supuesto,  a base de dinero. Los señores contratados, algunos de los cuales están presos, no están presos por ser periodistas, que no lo eran. Al menos la mayoría no lo era. Yo llevo 35 años de periodismo en mi país. Y te digo, que salvo dos o tres, nunca vi al resto trabajar dentro de la sala de redacción de un periódico o estudiar periodismo en la Universidad. Y he sido estudiante de la Universidad, he sido profesor de la Universidad y llevo 35 años escribiendo en los periódicos de mi país. Entonces ¿por qué están presos? No, no están presos por escribir. Están presos porque les cobraban a Estados Unidos por ese trabajo. Estados Unidos les pagaba por ese trabajo, que muchas veces no era un trabajo honrado. Muchas veces no era verdad lo que publicaban. La oficina de intereses les pagaba por ese trabajo. Están presos por una ley que prohíbe el trato con el enemigo, porque no podemos negar que los Estados Unidos le ha impuesto a Cuba una  guerra fría  y a veces caliente.
Si Estados se arroga el derecho de pagarle a alguien dentro de Cuba para que mienta o para que escriba para el extranjero mal del gobierno o de la realidad cubana, creo que el gobierno cubano tiene algún derecho a defenderse. Y hay una ley cubana que dice que si tú tratas con el enemigo eso es punible.
¿Hay periodistas extranjeros en Cuba que pueden trabajar con entera independencia?
Casi todas las agencias de noticias tienen corresponsales en La Habana: AP, EFE, ANSA, DPA, AFP, BBC, periódicos mexicanos, periódicos europeos tienen sus corresponsales en La Habana y  se mueven libremente.
Se han condenado en el mundo las dictaduras militares, como sistemas de gobierno. ¿Estará Cuba en el lado opuesto, es decir, bajo la dictadura del pueblo?
Si  es dictadura del pueblo no debe ser mala dictadura, ¿no? La Revolución cubana ha sido una revolución radical, pero nunca ha cometido excesos. La Revolución cubana no decapitó terratenientes. Cuando triunfó la Revolución, los criminales de guerra, los asesinos, los torturadores de la dictadura de Fulgencio Batista (que sí fue una dictadura, una tiranía) respondieron ante los tribunales por sus crímenes y algunos fueron fusilados. Pero fueron fusilados por crímenes de lesa humanidad. Yo era adolescente cuando el gobierno de Batista. Yo recuerdo lo que era  la policía y el ejército bajo el gobierno de Batista. A un policía no se le podía cobrar un habano en alguna cafetería cuando  iba a comprarlo. Porque podía costarte la vida o pasabas un susto si tú eras el camarero a quien un policía le pedía un habano, y le decía: son 50 centavos, señor. Campeaban por sus respetos. Golpeaban, amenazaban. Aquella era una época en que uno salía de su casa y tal vez no regresaba. Podían confundirte con un revolucionario, o si eras joven levantabas sospechas.  Yo vivía frente a una unidad policial. El 1 de enero de 1959 se abrieron las rejas de esa unidad y se encontraron allí  a torturados, a moribundos, a los que no tuvieron tiempo de asesinar y arrojar al borde una carretera. Eso sí era una tiranía. La Revolución tuvo que defenderse, porque tuvo muchos enemigos desde el principio. No decapitó terratenientes, no; sino nacionalizó las tierras de los terratenientes y las puso en manos de campesinos y trabajadores agrícolas. No decapitó a propietarios de fábricas, como hicieron otras revoluciones. La revolución cubana fue radical, pero no cometió esos excesos. Y gracias a Fidel Castro, que nunca permitió semejantes actos. Pero la Revolución ha tenido que defenderse, porque ha sido muy atacada. Por lo tanto, es lógico que para defenderse se haya tenido que readecuar algunos derechos en Cuba o algunas libertades. Eso es verdad. Y eso se debe a la obligación que tiene la nación de sobrevivir. Por ejemplo, nosotros tenemos cierto control migratorio, porque el proceso migratorio no puede ser, por ahora,  igual que en Bolivia, por ejemplo.
¿Por qué?
Por la sencilla razón de que un proceso migratorio abierto puede ser una puerta del enemigo, ése que te quiere destruir. Y evidentemente algunas restricciones de las cuales se habla responden a una necesidad de la defensa de la Nación, aunque los cubanos salimos y entramos. Y creo que la gente lo entiende. Y hay que verlo así: un país que se defiende de una hostilidad perenne, nunca desmentida, real, cierta, activa. Si Estados Unidos dice que mi país no puede recibir un préstamo del Banco Mundial ni del FMI, si Estados Unidos dice que barcos de bandera extranjera que entran en Cuba no puede entrar hasta seis meses después en puertos norteamericanos, ¿cómo llamamos a eso? Eso es agresión, eso es bloqueo. Eso es guerra económica. La guerra tiene diversas caras, diversas manifestaciones. Eso es querer ahogar, asfixiar a un país. Por ejemplo, la ley Torricelli, que trata de estrangular el comercio. Después está la ley Helm-Burton, que trata de estrangular la inversión extranjera, las relaciones económicas  de otros países y Cuba.
¿Y cómo le va a Cuba en sus relaciones internacionales con el resto de los países?
Cuba recibe colaboración de Venezuela y de China. Tiene tratados comerciales con decenas de países. Cuba vende, Cuba compra; hay inversiones extranjeras canadienses, mexicanas, españolas, italianas en Cuba que son las que predominan, y sobre todo en el desarrollo del turismo, en la industria jabonera, y otros sectores hay algunas inversiones extranjeras. El petróleo se está investigando, se está perforando con ayuda de ciertas empresas extranjeras. Es decir, hay inversiones en las que el Estado cubano, defendiendo siempre los intereses de la nación, posee la mayoría de las acciones. Claro, esas relaciones están hostigadas, limitadas por los Estados Unidos y sus leyes contra la economía cubana.
Llama la atención los balseros, ¿Por qué se escapan de Cuba?
Escapar no es el término exacto. Porque esa política de hostilidad, de agresividad económica, de bloqueo económico, ha hecho que Cuba esté viviendo siempre con grandes dificultades materiales. Mientras  existieron la Unión Soviética y el campo socialista esas necesidades se paliaban por el apoyo y las relaciones económicas que existían entre Cuba y la Unión Soviética. Pero al desaparecer el campo socialista, con la Unión Soviética a la cabeza, tú tienes que pensar que Cuba se ha quedado como el pintor que está pintando un techo a quien le quitan la escalera y se queda agarrado de la brocha. Y Cuba quedó agarrada de la brocha a partir del año 90, cuando desaparece la Unión Soviética y con ella el justo y gran comercio  que había entre Cuba y la Unión Soviética. La Unión Soviética nos proporcionaba la materia prima, nuestras inversiones industriales, las piezas de repuesto… El combustible: trece millones de toneladas de petróleo al año a cambio de dos o tres millones de toneladas de azúcar.
Había un comercio justo. Y todo eso desaparece. Y ¿de dónde sacar el combustible?, ¿de dónde sacar esto?, ¿de dónde sacar aquello, las piezas de repuesto para las fábricas? Y la economía cubana se empezó a resentir velozmente, y el PIB cayó un 35 por ciento en pocos años. Todo eso ha hecho que la gente viva (si no muy mal)  en cierta situación de pobreza. Pero  la pobreza de los cubanos es distinta al de otros países. Los cubanos somos pobres, a veces tenemos dificultades para conseguir un pantalón o un par de zapatos o una libra de carne. Pero nuestra pobreza es muy relativa, porque si mi hijo se enferma yo no tengo que preocuparme por eso, porque el Estado va a atender siempre la salud de mi hijo sin cobrarme un centavo. Y si no tengo dinero para pagar la renta de la casa no me preocupo por eso, porque en Cuba la mayoría de la gente ya es dueña de su casa. La Revolución nos hizo dueños de la casa, ya no pagamos renta. Entonces nadie va a venir a botarme de mi casa porque no puedo pagar la renta. La pobreza en Cuba es distinta a como yo la veo aquí en Bolivia.
Muchos de nuestros hijos, desde que cumplen los cinco años, tienen el derecho de educarse gratuitamente en el Sistema Nacional de Educación y no terminan hasta los 23, cuando salen graduados de la Universidad con un empleo. Actualmente existen en Cuba más de 600 mil profesionales, entre ellos mucho  más de 60 mil médicos. Ya ves, la nuestra es  una pobreza relativa, pero hay gente que quiere vivir mejor, quiere tener autos, comodidades, entonces emigran. Son emigrantes económicos.
Siempre hubo flujo migratorio en Cuba, antes de la Revolución. Es decir, que la emigración no comenzó en 1959. Por ejemplo, en 1957, el embajador norteamericano declaró a la revista Bohemia que ese año había otorgado 20 mil visas a trabajadores cubanos. Entonces había casi un millón de desempleados.  La revolución solucionó muchos problemas, pero hay gente que ha querido vivir mejor. La mayoría de los emigrantes no se han marchado por problemas políticos, sino de tipo económico. En el fondo influyen las carencias materiales.   Y existe la otra causa: la gente piensa emigrar cuando cree que puede emigrar. Porque Estados Unidos le ha dado a Cuba facilidades migratorias que no le ha dado a ningún país del mundo. Entonces esas facilidades estimulan la emigración.
La Ley de ajuste cubano, aprobada por el Congreso norteamericano, en 1966, dice que un cubano que toque suelo norteamericano, sea por la vía que fuese, tiene derecho a la residencia. ¿Qué quiere decir eso? ¿Cuál es la consecuencia de esa ley? El estímulo de la emigración, sobre todo de la emigración ilegal, que es la que le conviene a ellos, porque da la impresión de un pueblo en estampida. ¿Qué sucedería si hubiera una ley de ajuste boliviano, o mexicano, o salvadoreño? La respuesta es obvia, creo.
Si usted  tuviera que señalar tres errores  de la revolución cubana, ¿cuáles serían?
Sería demasiado presuntuoso de mi parte señalar tres errores de la Revolución cubana, a la que tanto le debo en lo personal.  Y a la que tanto le debe mi país. Pero no puedo negar que mi país afronta problemas. Cuba no es un paraíso, pero sus problemas no son sólo de su responsabilidad, también es la responsabilidad de otros. Yo creo que sí, que quienes han dirigido la Revolución han cometido errores. No son dioses. Son hombres con una misión bajo circunstancias excepcionales. A mí me parece (y eso hay que ponerlo entre comillas) que “el gran error, el gran pecado de la Revolución cubana es haber querido dar más de lo que ha podido dar”. Eso es un pecado de idealismo, querer resolver los problemas, a veces, sin tener el medio, sin tener la economía desarrollada. Siempre las políticas sociales tienen que adecuarse a la economía de un país. No puede haber una política social por encima de la economía. Ése es un error, quizás  entre comillas, pero daña.
Otro pecado, a mi juicio, es haber concebido o haber permitido una desviación: que la igualdad emparejara a todos los hombres y se convirtiera  la igualdad en igualitarismo. Vivimos en una sociedad donde la gente tiene que esforzarse muy poco para merecer las cosas. Y eso vuelve a ser un pecado de idealismo, no es un error de maldad, sino de idealismo. Convertir la igualdad en igualitarismo, todo el mundo por igual, sin establecer un distingo entre el bueno y el más bueno, entre el que más produce y el que menos produce. Eso tiene que ver con la concepción de una política social, universal, que por momentos ha estado por encima de una posibilidad, y que no le supo dar al individuo el espacio necesario para merecer las cosas. No de recibirlas gratis, sino merecerlas. Creo que por ahí andan los errores de idealismo. La economía no es un asunto de idealismo; es una fuerza material y demasiado contundente para que el idealismo la pueda dominar. Eso es un pecado. Pero se pueden cometer errores  queriendo hacer el bien. Creo que, en efecto, las mejores intenciones han guiado a los que en este caso se han podido  equivocar en decidir una política social por encima de posibilidades materiales, y una economía un tanto enfocada desde posiciones idealistas, queriendo ir más rápido de lo que se podía, que es el tercer error.  Las etapas de tránsito entre el capitalismo y el socialismo son muy largas. Quizás los cubanos hemos querido correr demasiado. Es posible. Ese es mi pensamiento. Y de esto he escrito en Cuba
¿Y hay una forma de solucionar esto, si es que este detalle constituye un problema para Cuba?
Sí, es un problema para Cuba, porque eso –hasta cierto punto– retrasa  el desarrollo de la sociedad, de la economía.
¿Qué tipo de solución le encuentra usted a este problema?
Yo creo que la solución tiene que partir de nosotros mismos, los cubanos que seguimos fieles a la Revolución y que necesitamos que la Revolución perdure para preservar la independencia y cuanta obra buena se ha levantado en los últimos 46 años. Me parece que debemos modificar ese enfoque de conceptuar la igualdad como igualitarismo. Fidel, últimamente, ha hablado con franqueza sobre este problema. Preservar la igualdad esencial entre todos los ciudadanos, el derecho  de tener todos los derechos, pero ser también objeto de distinción a la hora de remunerar, de premiar, de elegir al más esforzado, al más eficiente. Y no que la justicia ande junta y revuelta con ciertas inconsecuencias sociales.
¿Pero acaso eso no es influencia de la globalización?
Eso es influencia del socialismo soviético que intentó hacer eso. Eso heredamos del socialismo que fracasó. Y que, al decir de un viejo comunista cubano muy culto, Carlos Rafael Rodríguez, que fue vicepresidente del Consejo de Ministros hasta su deceso,  “Ahora hemos venido a saber que el socialismo en la Unión Soviética fue mal concebido y peor realizado”. Y a nosotros nos tocó un poquito de esa mala concepción y de esa mala realización, porque tuvimos una identificación muy grande con la Unión Soviética. Porque gracias a la Unión Soviética sobrevivimos a la hostilidad, a la guerra norteamericana. Y esas cosas tienden a pasar. Si tú me ayudas y yo te agradezco, indiscutiblemente de alguna manera tú vas a influir en mí, porque yo siempre voy a estar en una posición subordinada, de gratitud, porque te debo y tú puedes influir, traspasar mis ideas. Eso es lo que pasó.
Podemos enmarcar esos errores ahí, en el plano del idealismo, al enfocar la economía, al enfocar la sociedad, un idealismo que trató de correr, de apurarse, trató de resolver de un plumazo todos los grandes problemas de la sociedad, sobre todo de una sociedad subdesarrollada como la nuestra. Un país con una herencia colonial, que todavía tiene presencia en Cuba. Eso es lo que podría decir en estricta honradez y haciendo uso de la libertad que la Revolución me garantiza.
Los cambios, claro,  tienen que partir de una revisión del enfoque, pero esos cambios están condicionados por la actitud de los Estados Unidos. Porque cambios en Cuba, cambios de propiedad, apertura hacia el mercado, cosas que podrían hacerse, pueden debilitar la unidad interna. Y ese es el argumento de los líderes de la Revolución. Hoy Cuba es un Estado muy centralizado. Pero en estos momentos es necesario. Yo no creo que el exceso de centralismo sea útil y productivo, pero también ciertas circunstancias están condicionando un Estado centralizado para poder conservar la unidad monolítica frente a la agresión de una gran potencia.
Llama la atención, de acuerdo con lo que nos cuenta, ¿cómo es que Estados Unidos no invadió Cuba de manera exitosa?

Tal vez porque saben que no tendrían ni una onza de simpatía en Cuba y en el resto del mundo, y sí toparían con toneladas de fuego y resistencia.  A mi parecer,  están apostando al desgaste. Desgastar a Cuba económicamente, que se vaya consumiendo

 

 

 

 

 

 

VIRTUD

VIRTUD

Luis Sexto 

Las noticias suelen olvidarse al otro día. Por ello —afirman los especialistas en valores del Periodismo—, nada más viejo que un diario acabado de salir de las máquinas. Por lo tanto, una noticia verdadera —aquí, entre nosotros— es esa que días después de publicada permite el comentario. ¿Quieren un ejemplo? Esta: La sociedad Cultural José Martí entregó hace una semana más o menos la distinción La Utilidad de la Virtud a varios ciudadanos e instituciones sobresalientes.

¿Es esa verdaderamente una noticia?, podría preguntar un lector suspicaz, habituado al concepto catastrófico de la información periodística. Sí, compañero; dónde está la noticia si la sangre no nos tiñe, ni la tragedia nos conmueve, ni la injusticia nos pone a temblar de ira o de impotencia. Es, sin embargo, una noticia. Y por serlo, el periodista puede, una semana después de conocida, apuntar alguna opinión.

De improviso se me ocurre que el primer tanto hemos de asignárselo al nombre: La Utilidad de la Virtud. Un nombre de firma martiana que nos conduce sin transición a la eticidad con que Martí enriqueció y conceptualizó todos sus actos.

Es posible que alguien piense que la virtud es una palabra arcaica, que ya, en nuestro mundo casi moderno y pretendidamente posmoderno, virtud es un vocablo de resonancias medievales o religiosas. Fuera de moda. Sin uso. ¿Virtud? Baaah, qué cosa más vieja. Ranciosa. Y de ahí, de ese probable cuestionamiento, la distinción La Utilidad de la Virtud gana su mayor vigencia. Empieza a establecer un vínculo evidente y constructivo entre la existencia social y el comportamiento personal. Los distinguidos han de ser ciudadanos virtuosos, en sintonía, mediante su quehacer —literario, artístico, académico, laboral— con las aspiraciones más acendradas de la sociedad; ciudadanos en consonancia con la tradición ética de la nación cubana, que surgió de la honradez, el desprendimiento, la austeridad…

Y por estar relacionada, aferrada a la tradición nacional, a lo más prístino de la cubanía, esta distinción que otorga la Sociedad Cultural José Martí reduplica su papel promocional. Estamos en circunstancias en que la virtud —la fuerza moral— se disuelve, se amengua en algunos o en muchos de nosotros. Hablo de la virtud que va más allá de la fidelidad matrimonial y la lealtad entre amigos, para erigirse en santo y seña de la honradez social. La virtud en cuya semilla pervive la solidaridad y la abnegación, que no pide más que aquello que el trabajo proporciona y que incluso impulsa a repartir cuanto de poco uno pueda poseer.

Cuando Martí escribió en el prólogo de Ismaelillo que creía en “la utilidad de la virtud” nos estaba legando una norma de cubano comportamiento. Nos advertía que la supervivencia de la nación tendría como inexcusable requisito un caldo de honradez. Podemos necesitar cosas. Puede el país debernos aún soluciones, oportunidades, para cristalizar nuestros legítimos empeños individuales. (Cierto, los déficit influyen negativamente en la moral.) Pero las cuentas hay que calcularlas en la dirección inversa. No contando con los dedos cuánto me deben. Más bien, enumerando en la conciencia cuánto debo, si queremos que la virtud siga siendo noticia. Y sobre todo rasero. Arma.