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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

Crimen (financiero) contra la humanidad

Crimen (financiero) contra la humanidad

Por José Saramago*

 La historia es conocida, y, en aquellos tiempos antiguos en que la escuela se proclamaba educadora perfecta, se le enseñaba a los niños como ejemplo de la modestia y la discreción que siempre deberían acompañarnos cuando el demonio nos tentara para opinar sobre lo que no conocemos o conocemos poco y mal.

 Apeles podía consentir que el zapatero le apuntase un error en el calzado de la figura que había pintado, por aquello de que los zapatos eran su oficio, pero que nunca se atreviera a dar su parecer sobre, por ejemplo, la anatomía de la rodilla. En suma, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. A primera vista, Apeles tenía razón, el maestro era él, el pintor era él, la autoridad era él, mientras que el zapatero sería llamado cuando de ponerle medias suelas a un par de botas se tratase. Realmente, ¿hasta dónde vamos a llegar si cualquier persona, incluso la más ignorante de todas, se permite opinar sobre lo que no sabe? Si no tiene los estudios necesarios es preferible que se calle y deje a los sabedores la responsabilidad de tomar las decisiones más convenientes (¿para quién?).

Sí, a primera vista Apeles tenía razón, pero solo a primera vista. El pintor de Felipe y de Alejandro de Macedonia, considerado un genio en su época, ignoró un aspecto importante de la cuestión: el zapatero tenía rodillas, luego, por definición, era competente en estas articulaciones, aunque fuera solo para quejarse, si ese era el caso, de los dolores que sentía. A estas alturas, el lector atento ya habrá entendido que no es de Apeles ni del zapatero de lo que se trata en estas líneas. Se trata, sí, de la gravísima crisis económica y financiera que está convulsionando el mundo, hasta el punto de que no podemos escapar a la angustiosa sensación de que llegamos al final de una época sin que se consiga vislumbrar qué y cómo será lo que venga a continuación, tras un tiempo intermedio, imposible de predecir antes de que se levanten las ruinas y se abran nuevos caminos. ¿Cómo lo hacemos? ¿Una leyenda antigua para explicar los desastres de hoy? ¿Por qué no?

El zapatero somos nosotros, todos nosotros, que presenciamos, impotentes, el avance aplastante de los grandes potentados económicos y financieros, locos por conquistar más y más dinero, más y más poder, con todos los medios legales o ilegales a su alcance, limpios o sucios, normalizados o criminales.

¿Y Apeles? Apeles son, precisamente, los banqueros, los políticos, las aseguradoras, los grandes especuladores que, con la complicidad de los medios de comunicación social, respondieron en los últimos 30 años, cuando tímidamente protestábamos, con la soberbia de quien se considera poseedor de la última sabiduría; es decir, aunque la rodilla nos doliera, no se nos permitía hablar de ella, se nos ridiculizaba, nos señalaban como reos de condena pública. Era el tiempo del imperio absoluto del Mercado, esa entidad presuntamente auto reformable y auto regulable encargada por el inmutable destino de preparar y defender para siempre jamás nuestra felicidad personal y colectiva, aunque la realidad se encargase de desmentirlo cada hora que pasaba.

  ¿Y ahora? ¿Se van a acabar por fin los paraísos fiscales y las cuentas numeradas? ¿Será implacablemente investigado el origen de gigantescos depósitos bancarios, de ingenierías financieras claramente delictivas, de inversiones opacas que, en muchos casos, no son nada más que masivos lavados de dinero negro, de dinero del narcotráfico? Y ya que hablamos de delitos: ¿tendrán los ciudadanos comunes la satisfacción de ver juzgar y condenar a los responsables directos del terremoto que está sacudiendo nuestras casas, la vida de nuestras familias, o nuestro trabajo? ¿Quién resuelve el problema de los desempleados (no los he contado, pero no dudo de que ya son millones) víctimas del crash y qué desempleados seguirán, durante meses o años, malviviendo de míseros subsidios del Estado mientras los grandes ejecutivos y administradores de empresas deliberadamente conducidas a la quiebra gozan de millones y millones de dólares cubiertos por contratos blindados que las autoridades fiscales, pagadas con el dinero de los contribuyentes, fingen ignorar?

 Y la complicidad activa de los gobiernos, ¿quién la demanda? Bush, ese producto maligno de la naturaleza en una de sus peores horas, dirá que su plan ha salvado (¿salvará?) la economía norteamericana, pero las preguntas a las que tendría que responder están en la mente de todos: ¿no sabía lo que pasaba en las lujosas salas de reunión en las que hasta el cine nos ha hecho entrar, y no solo entrar, sino asistir a la toma de decisiones criminales sancionadas por todos los códigos penales del mundo? ¿Para qué le sirven la CIA y el FBI, además de las decenas de otros organismos de seguridad nacional que proliferan en la mal llamada democracia norteamericana, esa donde un viajero, a su entrada en el país, tendrá que entregar a la policía de turno su ordenador para que este copie el respectivo disco duro? ¿No se ha dado cuenta el señor Bush que tenía al enemigo en casa, o, por el contrario, lo sabía y no le importó?

Lo que está pasando es, en todos los aspectos, un crimen contra la humanidad y desde esta perspectiva debe ser objeto de análisis, ya sea en los foros públicos o en las conciencias. No exagero. Crímenes contra la humanidad no son solo los genocidios, los etnocidios, los campos de muerte, las torturas, los asesinatos selectivos, las hambres deliberadamente provocadas, las contaminaciones masivas, las humillaciones como método represivo de la identidad de las víctimas. Crimen contra la humanidad es el que los poderes financieros y económicos de Estados Unidos, con la complicidad efectiva o tácita de su gobierno, fríamente han perpetrado contra millones de personas en todo el mundo, amenazadas de perder el dinero que les queda después de, en muchísimos casos (no dudo de que sean millones), haber perdido su única y cuántas veces escasa fuente de rendimiento, es decir, su trabajo.

Los criminales son conocidos, tienen nombre y apellidos, se trasladan en limusinas cuando van a jugar al golf, y tan seguros están de sí mismos que ni siquiera piensan en esconderse. Son fáciles de sorprender. ¿Quién se atreve a llevar a este gang ante los tribunales? Todos le quedaríamos agradecidos. Sería la señal de que no todo está perdido para las personas honestas.

*José Saramago es Premio Nóbel de Literatura

 

«EL DECLIVE DE ESTADOS UNIDOS ES INEVITABLE»

Por Michel Colom

Brzezinski proponía en su libro una estrategia agresiva y maquiavélica para salvar al Imperio estadounidense. Pero, ¿cree él mismo que funcionará? Por muy sorprendente que parezca, la respuesta es no.
«A largo plazo la política global está condenada a hacerse cada vez menos propicia a la concentración de un poder hegemónico en las manos de un solo Estado. Por lo tanto, Estados Unidos no sólo es la primera superpotencia global, muy probablemente será la última» (p. 267).
La razón se debe a la evolución de la economía: «El poder económico también corre peligro de dispersarse. En los próximos años ningún país será susceptible de alcanzar aproximadamente el 30% del PIB mundial, cifra que Estados Unidos ha mantenido durante la mayor parte del siglo XX, por no hablar de la barrera del 50% que alcanzó en 1945. Según ciertos cálculos, Estados Unidos todavía podría detentar el 20% del PIB mundial a finales de esta década para caer a un 10-15% de aquí a 2020, mientras que las cifras de otras potencias (Europa, China, Japón) aumentarían para igualar de forma aproximada el nivel de Estados Unidos. (...) Una vez que se haya iniciado el declive del liderazgo estadounidense, ningún Estado aislado podrá asegurar la supremacía de la que goza hoy Estados Unidos» (p. 267-8).
«Una vez que se haya iniciado el declive del liderazgo estadounidense». Por lo tanto, Brzezinski no habla de una posibilidad, sino de una certidumbre. Escribe esto en 1997. Hoy resulta claro que el declive ha iniciado totalmente. El mundo llega a ser multipolar.
Pero, ¿quizá Brzezinski es un pesimista aislado? ¿Quizá los neocons que inspiraron a Bush son más 'optimistas', si nos atrevemos a usar esta palabra? Pues bien, de hecho no lo son mucho más. En el texto fundador de toda la política de la administración, el Project for a New American Century (PNAC, Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense), redactado en 1992 por Paul Wolfowitz y sus amigos, encontramos, por supuesto, toda la ideología de la nueva cruzada militarista, pero también un observación que llama la atención: «Actualmente Estados Unidos no tiene ningún rival mundial. El objetivo de la gran estrategia de Estados Unidos debe ser preservar y extender esta posición ventajosa el mayor tiempo posible (...) Preservar esta situación estratégica deseable en la que se encuentra Estados Unidos en este momento exige unas capacidades militares predominantes a nivel mundial» (7).
«El mayor tiempo posible». Por lo tanto, también aquí se cree que no será posible que Estados Unidos sea eternamente el amo del mundo. He aquí una gran paradoja. El mundo entero teme a Estados Unidos. Pero los dirigentes estadounidenses, por su parte, saben que están al mando del Titanic. Y están divididos en dos opciones respecto a cómo salvar al Imperio tanto como sea posible...

DOS OPCIONES PARA SALVAR AL IMPERIO
¿Cuál será la política estadounidense en los próximos años? La elección de uno u otro presidente es, desde luego, una indicación, pero no es decisiva.
Recordemos que durante la campaña presidencial de 2000 George Bush había prometido ¡una política internacional mucho más humilde y menos intervencionista que la de su predecesor! Mientras que el otro candidato, Al Gore, había propuesto un presupuesto militar más alto que el de Bush. Creemos que las grandes orientaciones de la política internacional no las deciden los presidentes, sino las multinacionales en función de sus necesidades del momento y de su evaluación de la relación de fuerzas mundial.
Y, precisamente, tras el balance de fracaso de los años de Bush que acabamos de describir la elite estadounidense parece bastante dividida respecto al camino que hay que seguir. ¿Cómo salir de esta delicada situación?
La primera opción posible es la opción militarista. En estos últimos años la han encarnado los neocons de Bush con la estrategia de Wolfowitz. La agresión y la intimidación como estrategia general. Multiplicar las guerras, inflar al máximo los gastos en el complejo militar-industrial para obtener el crecimiento y el dominio de las multinacionales estadounidense, y también para intimidar a aliados y rivales.
La otra opción es la defendida por Brzezinski y que a él le gusta llamar 'soft power' (poder blando). Otros hablan de un 'imperialismo inteligente'. Se trata, de hecho, de lograr los mismos objetivos de Estados Unidos pero por medio de unas formas de violencia menos directas y visibles, contando menos con las intervenciones militares estadounidenses, muy costosas, y más con los servicios secretos, las maniobras de desestabilización, las guerras por medio de países interpuestos y también con la corrupción...

DE LOS ERRORES Y OTROS DEMONIOS

Por Luis Sexto

El 10 de octubre, día que no es un día común en Cuba, cobra hoy, especialmente, una actualidad singular. Nos pide que apartemos la rutina del feriado, de la efeméride litúrgica, para elevarlo al rango de una fecha que nos dicta un proceder sin el cual nuestra historia no hubiese sobrevivido.

La unidad es, en Cuba, la fórmula política más antigua y más nueva. Cuando faltó en 1878, la causa nacional de la independencia tuvo que esperar a que Martí, el Unificador, fundara el partido Revolucionario Cubano, en cuya ágora cabía, en plenitud de igualdad, el esclarecido empuje como el empuje humilde. Bastaba que fuera cubano de toda cubanía, porque cubana era más que blanco, más que negro, más que anciano, más que joven, más que creyente o no creyente…

Cuanto de progreso en lo político y lo social ha edificado nuestro pueblo, ha sido mediante el concierto, la directriz suprema de la unidad, que da fuerza en lo diverso. No será imprescindible detenerse ahora en el relato pormenorizado de tanto episodio. La unidad, como ha sido en nuestra historia ayer, es hoy el concepto definitorio de la mejor política cubana. La realidad, que se destaca hoy por su contundencia, golpea en el hombro y también en el estómago. Y no exige un ojo muy afilado para interpretar sus signos principales.

¿Qué ocurre? Que la nación y sus conquistas revolucionarias de independencia, justicia, solidaridad afrontan el más erizado riesgo de su curso. El último obstáculo suele ser el peor. Y lo es, porque los anteriores ya han sido superados.

Hay en Cuba, así, una única necesidad: salvar el país de las secuelas de los huracanes y los maleficios rezados y actuados desde el extranjero, y salvarlo también de las inconsecuencias de errores acumulados. O lo que es todo lo mismo: resguardarlo del sometimiento al extranjero y de la fragmentación del capitalismo….

La política es la ciencia de la hora, la ciencia de responder al momento con el código que el momento reclama. Aunque ciertos contenidos jamás envejecen, lo de ayer puede ser lo de hoy si tiende a colmar las urgencias actualizadoras de la política.

Desde el 10 de octubre de 1868, desde aquel amanecer en que un hombre símbolo –Carlos Manuel de Céspedes- se despojó de lo suyo, esto es, de sus riquezas, su posición, sus aspiraciones individualizadas, para asumir en sí, en su abnegación, las necesidades y el ideal de los cubanos; desde aquella madrugada Cuba cuenta con un modelo que nos hace recordar: La unidad implica sacrificios y riesgos. Porque habrá que dejar fuera del caldero común de la nación, lo que cada uno tiene de egoísta, de celador suspicaz de sus excesos, para sumarse a la necesidad de todos.

Por ello, por cuanto obliga, no habrá unidad sin comunicación, sin el intercambio que nos congregue mediante la explicación, el raciocinio que, atento a cualquier grieta, nos convierta en un fajo de comprensión.

Me pongo –e invito desde mi espacio modesto de observador que se quema, pues cree en su patria y en la obra de sus mejores compatriotas-, me pongo, digo, e invito a reflexionar en nuestra situación. A voltear de vez en cuando la cabeza atrás. No sé debe de vivir mirándonos hoy, sin que la vista de largo plazo provea qué hacer para el futuro, ni sin que de vez en cuando pensemos qué hacemos ahora que hayamos hecho antes y que la práctica haya tildado de erróneo. El acto de independencia del 10 de Octubre fue un acierto. El Zanjón, un error. Y Martí organizó el 24 de Febrero tratando de evitar que en la nueva campaña se cometieran los mismos errores. Por ello, si la táctica a veces se improvisa ante la demanda urgida de la realidad, la estrategia repugna la improvisación. Hoy, sí. Y mañana qué. Porque lo peor de los errores de ayer es que se cometan hoy.

Ese, me parece, es uno de los mensajes más claros de nuestra historia. Y si alguien me reprochara que yo no soy claro, advierto que hay verdades que han de verse iluminadas desde dentro de cada conciencia, con esa luz que difunde el vivir hoy aquí, con la presencia de lo que fuimos ayudándonos a ser lo que somos. Y, sobre todo, lo que necesitamos ser. Esta, lo que necesitamos ser, es nuestra mayor responsabilidad ante la historia que el 10 de Octubre, fecha más de inquietud que de holgorio, nos hace recordar en medio de nuestras comprensibles incertidumbres. Y de nuestras irrenunciables certezas. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

¿CERRAR O ABRIR?

Por Luis Sexto

A nadie se le recomendaría que, ante un ciclón, cerrara puertas y ventanas. Resultaría ofensivo. ¿Qué cree usted, que soy tonto? Así ripostaría cualquiera. Pero después que pase el ciclón habrá que abrir la casa También sobraría la sugerencia, al menos cuando hablamos de la casa física. Pero -ah, los “peros”, esos esgrimistas sacadores de sables- existen puertas y ventanas que más que con la vivienda, tienen que ver con la razón, el entendimiento, las actitudes y todo eso que no se toca ni se ve, pero se siente.

No es primera vez que hablo de esas aberturas mentales, morales. Ni será tampoco la primera que digo que algunos –cuántos, no sé- acostumbran a cerrarlas, incluso cuando las circunstancias exigen abrirlas, aunque fuese discreta y cautelosamente. Les ponen trancas aun después de haber pasado el huracán.

¿Quieren ejemplos? Recientemente, oí por la TV  cubana a un inspector del comercio decir que había cerrado un punto de venta agropecuario cuyo vendedor había subido los precios aprovechándose de la coyuntura de Gustav e Ike.  Bueno, si el operador del puesto no tenía licencia comercial, nada tengo que objetar, pero como no oí que lo haya aclarado en sus declaraciones, voy a asumir que lo cerró como castigo por la extorsión. Desde mi sillón comenté en voz alta, en una  irreprimible deformación profesional: ¿A quién castigó: al que subió el precio o a los que lo pagaban. Porque en momentos en que los productos del campo empiezan a disminuir en volumen, clausurar puntos de vista es perjudicar a los consumidores. De modo que si ciertos grupos de esa comunidad caminaban dos, tres cuadras, a partir del instante en que cierran el punto, tendrían que buscar otro, quizás más lejano.

Habitualmente lo aclaro: no quiero saber más que nadie; ni ejercer la crítica para demostrar independencia de criterio. Cumplo modestamente mi función de periodista, misión que suele repartirse entre “informar lo que pasa”  y “ayudar a entender lo que pasa”. A ello me atengo. Y siguiendo mi análisis podría exponer otro caso de puertas que parecieran cerrarse. En el proceso concerniente al Decreto ley 259, acerca de la distribución de tierras ociosas, puede preocupar particularmente el control. ¿Pero solo eso?

A mí, si alguien le importara saberlo, me preocupa sobre todo que esa decisión tan revolucionaria, democrática y oportuna no logre los fines para los cuales fue instrumentada. Por tanto, me parece que el lenguaje ha de ser distinto: el lenguaje del estímulo, la alianza, la solidaridad. Porque insistir de manera desmesurada en el llamado control, en vez de facilitar un proceso de promoción productiva y de crecimiento numérico y cualitativo de las fuerzas campesinas –esas que sean capaces de arar la tierra con las uñas, si es necesario-, consigamos dificultarlo. El control entre nosotros ha derivado, algunas veces, en presión limitadora. Y de su significado elemental de “estar al tanto” racionalmente de costos, gastos, productividad, disciplina, moral, legalidad, se ha pasado a encumbrar la restricción por encima de la finalidad.

Habrá que estar al tanto, sí, de que no se desvíen los fines pretendiendo defender “los principios”. Sí, desde luego, habrá que estar al tanto del que se comprometió a trabajar y se ha quedado abajo, o quiebra normas sanitarias o comerciales; estar al tanto no para “quitarle la tierra” de sopetón, sino, primeramente, para estimularlo; auxiliarlo en la solución de algún problema. ¿Resultaría excesivamente engorroso actuar constructivamente antes de decidir drásticamente?

Todo se reduce, en fin, a abrir puertas y ventanas mentales. Y con ellas abiertas ver realmente en qué país vivimos, cuáles son sus urgencias, qué necesita la gente. No se, en verdad. Pero más que poder restringir o limitar, me preocupa responder de manera creadora a las necesidades de la gente. Y ello no suena extraño: ha sido la razón de ser de la Revolución cubana y del socialismo. Creer lo contrario, aquí, en Cuba, equivaldría a dejar puertas y ventanas cerradas después que pasó un ciclón.  

 

 

 

 

 

EL HURACÁN Y LA PALMA

EL HURACÁN Y LA PALMA

 

 Por Luis Sexto

El martes 9,temprano, mientras intentaba hallar noticias sobre el ciclón en el radio portátil –¡la radio, qué medio tan poco valorado!-, sintonicé una versión de la Bayamesa de Céspedes y Fornaris, interpretada por la orquesta Original de Manzanillo. Parecía una emisión incongruente ante el desastre que se extendía por el país. Y a pesar de ello permanecí oyendo aquella canción que, de pronto, me empezó a sonar como un himno, como un impulso que provenía de los más hondo de nuestra historia.

No te acuerdas gentil bayamesa -decía aquella letra-, que tú fuiste mi sol refulgente y  risueño en tu lánguida frente blando beso imprimí con ardor… Recordando las glorias pasadas, seguía diciendo esa canción, tan evocadora, como una raíz que partiera del alma, del sabor, del andar de Cuba, compuesta, junto a Fornaris y Castillo, por un hombre llamado Carlos Manuel de Céspedes.

Podré aparentar un patriotismo desmesurado. O fuera de moda. Pero así lo percibí y lo cuento hoy cuando nos hemos adentrado, por obra de la naturaleza, que nuevamente ha sido sorda y ciega como lo irracional. Lo cuento, porque ahora también hará falta el patriotismo que nos eleve por sobre la vivienda destruida, la cosecha arrasada, la fábrica dañada, la comunicación cortada… Este desastre nos sintoniza con todo lo vivido, sufrido y luchado antes por otros cubanos, como si desde la memoria recibiéramos el mensaje de aquella Bayamesa compuesta por el Padre de la Patria, hombre de pensamiento, acción y poesía.

Llorar quizás sea hoy una reacción poco reprochable. Tenemos duelo. Pero también historia. Y futuro. Porque estos dos tiempo en que también se desarrolla la existencia humana –lo vivido y lo por vivir- ejercen una fuerza movilizadora en el presente. Pasado y futuro nos halan, aunque parezca que lo que quedó atrás es mejor olvidarlo y que lo que vendrá, como aún no es, no merece la pena tenerlo en cuenta.  Pero habremos de levantarnos ayudado por todo el fervor de cuantos nos facilitaron el presente peleando, creando, resistiendo. Y el futuro nos recuerda que disponemos de la oportunidad de impedir que ciertas cosas vuelvan a ocurrir en los mismos términos de hoy.

Una reflexión nos obliga. Si no pensamos y proyectamos sobre bases resistentes al viento, podremos obrar de manera ciega y sorda, como los ciclones. ¿O habremos de creer que la improvisación es una iniciativa siempre plausible? Ni en las controversias entre decimistas, lo que se improvisa al son del tres y la guitarra va a los libros. Es decir, lo repentinamente versificado suele perderse en el olvido.

A mi modo de ver, Gustav y Ike no deben ser, pues, solo una referencia en las estadísticas meteorológicas. Quizás han de ejercer como puntos divisorios: el antes y el después de nuestra actitud ante estas desgracias que, aunque conocidas, nos parecen nuevas y únicas. El Flora, por ejemplo, fue un punto de viraje. A partir de aquella tragedia ciclónica, en 1963, surgió la defensa civil, porque Cuba no podía continuar siendo víctima de fenómenos que, si previsibles meteorológicamente, podían ser prevenibles en los posibles daños de sus vientos y sus lluvias.

Ahora uno se pregunta: qué derribó el ciclón. Y hemos de decirlo aunque parezca inconveniente en estas circunstancias. Claro, lo inconveniente sería continuar edificando casas contra las exigencias de nuestro clima, o mantenerlas envejecidas sin que se les pueda beneficiar con un clavo, una tabla o un ladrillo… Eso arrastró el ciclón ¿Y podrá alguna vez concebirse un proyecto que, a costo razonable, oriente cómo se levanta una casa segura, sin que las techos vuelen cada vez que un torbellino sople sobre ellos?

Mucho de lo económicamente perdido en estos días de ventolera y agua responde también a imprevisiones, a decisiones tomadas por el azar de algún dedo: “aquí va, y va así”, sin que hayan tenido en cuenta la naturaleza y sus exigencias y amenazas. La Cuba paradisíaca, esa imagen antigua y famosa, solo existe en el Diario de Colón. Porque esta Isla, la “más fermosa”, no es un paraíso, y mucho menos cuando la azota un huracán.

¿Aplazaremos –pregunta uno- la limpieza de tragantes y desagües para pocos días antes de que irrumpa el meteoro atmosférico, tan frecuentes en estos días de calentamiento global? ¿Olvidaremos podar técnicamente los árboles para que las ramas no se entremezclen con los cables eléctricos? ¿Responderemos con la indiferencia a los vecinos que piden a gobiernos locales la tala de un árbol que amenaza con caer sobre a una vivienda? Quejas de ello he recibido, porque en las oficinas del Poder Popular responden: busque usted la sierra o el hacha… Desde luego, no sería cuerdo administrar sin considerar, además, los condicionamientos de la naturaleza.

Recordando las glorias pasadas, disipemos, mi bien, las tristezas, así tocaba y cantaba conmovedoramente la Original, aquella mañana del ciclón cuando La bayamesa quería sonar como un himno, un mandato, una convocatoria a apretarnos en torno a Cuba, su dolor, su historia. En fin, su futuro.

 

 

 

 

PREPOTENCIA Y FARISEÍSMO

PREPOTENCIA Y FARISEÍSMO

Por Luis Sexto

En estos días lentos, colmados de agua, vientos y luto, recibí un mensaje desde un punto de Norteamérica,  que callo por obvias precauciones: “Por favor, no reciban nada gratis de los Estados Unidos; cualquier ayuda aparentemente desinteresada exige un precio impagable.” Quien firmaba el email, cubano asentado allí por muchos años, temía que la Historia se repitiera.

¿Y la Historia se repite? Eso afirma el refranero, la conciencia de todos los días. Más bien, se repite el tiempo, en su múltiple condición de categoría filosófica como forma de existir de la materia,  en su mensurabilidad física y  en su circulo vicioso como clima. La Historia, no, aunque lo parezca. “El tiempo no va a ninguna parte”, digo en un epigrama que mantengo en un libro  inédito y añado: “Solo la Historia avanza”, aunque se repita. La Historia  suele avanzar entre signos negativos o positivos, como el álgebra, y conducir siempre hacia delante, aunque metros más allá se halle la ignominia, el descrédito, o el aparente retroceso de la restauración. Nunca lo reimplantado será igual a cómo fue. Ni ningún acto se replicará  idéntico al del pasado.

Y entonces  qué se repite. Ah, vengamos a decir que se repiten las actitudes humanas maquinizadas por los hábitos, y los comportamientos políticos condicionados por los intereses Eso sucede ahora en las no–relaciones, que son una forma de relacionarse, entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba desde hace 50 años, y mucho más atrás.  Los Estados Unidos repiten la misma conducta cuando la lucha de los cubanos por su independencia de España: nunca reconocieron la beligerancia del Ejército Libertador ni de su Gobierno en armas, salvo cuando, a en 1898 decidieron intervenir para alcanzar, con poco esfuerzo, la “fruta madura”. De ese modo, continuaron esbozando el lema de su política exterior en los años sucesivos: Los Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses.

Ese compatriota inquieto –inquieto porque vive “en el monstruo y le conoce las entrañas”- nos alertaba de esa egoísta peculiaridad del gran país que comenzó, precisamente, su etapa imperialista al final de la guerra hispano cubana-americana, en 1898. ¿Cómo terminó aquel episodio? Sobra repetirlo: con Washington erigida en capital política de Cuba y el dinero yanqui dueño de las principales riquezas del archipiélago cubano. Por cualquier obra buena que hayan levantado, el precio fue criminalmente alto: de colonia, Cuba pasó a necocolonia. Del ideal de la independencia a la certeza de una nueva forma de dependencia.

Realmente todo ello es archiconocido. Pero cuando mi corresponsal en el Norte me remitía su advertencia, estaba sugiriendo muy oportunamente que miráramos atrás para recordar los antecedentes de las circunstancias actuales y la conducta del Águila. El águila, por alto que vuele, su mirada siempre va a bajo: hacia la próxima víctima. Claro, el águila sabe cazar. Para intervenir en la guerra entre cubanos y españoles a fines del siglo XIX, primeramente se cansaron de repetir mediante los periódicos de Hearts, que los soldados cubanos de la libertad eran salvajes, que guerreaban monstruosamente en una guerra inhumana. Después, conmovida la ingenua y manipulable opinión pública norteamericana, reconocieron el derecho de los cubanos a la independencia –que nunca antes habían hecho, repito-  y declararon la guerra a España. Previamente  prometieron garantizar la independencia de la Isla y cuatro años más tarde la desocuparon  con los cubanos amarrados a la Enmienda Platt.

No sigo; resultaría  extenso. Ahora, tras las escobas de los huracanes Gustav y Ike, ofrecen 100 mil dólares a Cuba en ayuda si una comisión de expertos evaluadores viene al terreno y confirma que Cuba no exagera sus males, ni se robará esa gran fortuna. Como lo que siempre ha habido en Cuba, hasta para exportar, es el concepto de la dignidad nacional –aunque algunos dentro y fuera la hayan cambiado por lentejas y comodidades-, el Gobierno Revolucionario dice que no acepta comisiones de inspección o de evaluación, porque entre nosotros muchos saben tasar, evaluar, y con el valor agregado del dolor y la solidaridad, y que si Washington quiere ayudar, que permita a Cuba comprar a empresas norteamericanas y obtener los crédito comunes en las operaciones comerciales, para reponer sus más de 3 mil millones de dólares en pérdidas.

¿Esa respuesta equivale acaso a negativa?  ¿Es acaso un secreto que desde hace casi medio siglo los Estados Unidos mantiene una maraña de leyes y prohibiciones que impiden que llegue a Cuba un producto con componentes de empresas norteamericanas, u consiga préstamos en el FMI o el Banco Mundial, y otras restricciones que en un lenguaje envuelto en melaza llaman embargo y que el entendimiento honrado conoce como bloqueo económico y financiero, pues se alarga hacia terceros países que, al violarlo, se someten a sanciones?

Resumiendo, los 100 mil dólares que ofrece la Casa Blanca –precio del ridículo- contrastan con  las decenas de millones que la Nacional Endowmen Democracy trasiega a los grupúsculos que viven, dentro y fuera de Cuba, aparentando una resistencia al comunismo que ya deriva hacia lo patético, luego de agotarse en la retórica de los manuales de la CIA para la guerra política y psicológica.

Me pregunto: Si alguien me aprieta el cuello por décadas y cuando nota que por falta de oxígeno me pongo morado -como los ornamentos de Semana Santa-  me ofrece una bolsita de oxígeno, una de esas que venden en Tokio para depurar los pulmones contaminados por el smog, qué le respondo. Bueno, los cubanos tendríamos, en el gráfico y vivaz lenguaje diario, una sola respuesta: Vete al carajo. Porque podremos sufrir carencia y pobrezas, incluso miserias, ahora agigantadas por el paso de dos huracanes que, coincidentemente, no han sido bautizados en español, pero sabemos que el bloqueo estadounidense y toda su perenne amenaza de subversión económica y militar también las han generado. No, señores del lado  de allá y a algunos de lado de acá: si alguien me aprieta el cuello, mi nariz habitualmente tupida no es la causante principal de que el oxígeno no llegue a mis pulmones.

Ah, compatriota de ese punto que callo de los Estados Unidos, gracias por su mensaje de alerta. Martí ya nos advirtió del precio de ciertas deudas. Y Máximo Gómez pronosticó que los americanos no dejarían en Cuba ni un adarme de simpatía. En fin, la Historia no se repite, avanza, pero se mantienen a veces las mismas actitudes de ciertos protagonistas, en un relevo generacional de causas e intereses: Los “americanos” y sus meteoritos satelitales intentando dominar y los cubanos, al menos lo mejor de ellos, negándose. A mí, por lo menos, la oferta de un donativo de 100 mil dólares no me convence de la buena voluntad de los gobernantes de Washington, y mucho menos me convence –al contrario, aumenta mi suspicacia- que al gobierno de Cuba se le exija lo que nunca se le pidió a Somoza, a Pinochet, a Trujillo, a Batista, registrados exponentes en el aún inexistente récord Guinnes del crimen y el latrocinio ejecutados desde el poder político.

 

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LA DIGNIDAD ANTE TODO

 Declaración del Minrex

A las 11:50 horas de ayer, martes 9 de septiembre, el Departamento de Estado envió a la Sección de Intereses de Cuba en Washington la Nota Verbal No. 252/18, en la cual, tras expresar su pesar por los daños adicionales causados al pueblo cubano por el huracán Ike, insiste en enviar a nuestro país "un equipo de evaluación humanitaria" para "inspeccionar las áreas afectadas".

Hoy, 10 de septiembre, a las 7:20 p.m., la Sección de Intereses de Cuba en Washington envió al Departamento de Estado la Nota Verbal No. 046/08, en la que agradece las expresiones de pesar del Gobierno de los Estados Unidos por los daños causados en Cuba por el huracán Ike y reitera que Cuba no requiere la asistencia de un equipo de evaluación humanitaria, pues cuenta con especialistas suficientes y preparados para realizar esta labor.

La Nota enfatiza que si el Gobierno de los Estados Unidos tiene una real voluntad de cooperar con el pueblo cubano, se le solicita que permita la venta a Cuba de materiales indispensables, tales como cubiertas para techos y otros para reparar viviendas, y para restablecer las redes eléctricas.

Asimismo, se reitera la solicitud de que el Gobierno de los Estados Unidos suspenda las restricciones que impiden a las compañías norteamericanas ofrecer créditos comerciales privados a Cuba para comprar alimentos en ese país.

La Nota llama igualmente la atención del Departamento de Estado sobre el hecho de que, para permitir la venta de los materiales antes mencionados y autorizar créditos privados para la compra de alimentos, no se requiere la visita a Cuba de un equipo de evaluación humanitaria.

Por último, la Nota Verbal de la Sección de Intereses de Cuba subraya al Departamento de Estado que su Nota No. 252/18 persiste en una solicitud que ya el Gobierno de Cuba respondió en la Nota No. 1886 del Ministerio de Relaciones Exteriores, del 6 de septiembre de 2008 y, lo que es más significativo, no responde realmente a las dos solicitudes concretas que el Gobierno de Cuba realizó al Gobierno de los Estados Unidos para enfrentar los daños causados por el huracán Gustav, y que reitera en la Nota presentada hoy.

Por otro lado, en las últimas horas, voceros del Gobierno de los Estados Unidos han intentado justificar la negativa del Presidente Bush a permitir la venta a Cuba de materiales indispensables y autorizar créditos comerciales privados para adquirir alimentos en ese país.

La Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, afirmó rotundamente el domingo 7 de septiembre: "No creo que (…) un levantamiento del embargo sea sabio".

El vocero del Departamento de Estado, Sean McCormack, insistió el lunes 8 de septiembre, en una rueda de prensa, en la supuesta importancia de que Cuba acepte un equipo de evaluación que haga una inspección "in situ" de los daños. Ante la observación de los periodistas de que otros países han suministrado ayuda sin exigir una inspección previa sobre el terreno de los daños, Mc Cormack respondió evasivo: "Veremos si el Gobierno cubano cambia de opinión y nos permite ayudar al pueblo cubano".

Por su parte, el cubanoamericano Carlos Gutiérrez, secretario de Comercio y copresidente de la comisión encargada de aplicar el Plan Bush contra Cuba, expresó ayer hipócritamente: "…reiteramos nuestro ofrecimiento de permitir a un equipo de evaluación de la USAID viajar a Cuba para evaluar la situación".

El Gobierno de los Estados Unidos se comporta cínicamente. Intenta sugerir que está desesperado por cooperar con Cuba y nosotros nos negamos. Miente sin escrúpulos.

¿Por qué el Gobierno de los Estados Unidos insiste en el pretexto de hacer una inspección en el terreno cuando resulta amplia y evidente la información difundida sobre las graves afectaciones provocadas por los huracanes a Cuba?

¿Por qué pone como condición el envío de un equipo de inspección, algo que no ha hecho ningún otro país de las decenas que ya nos brindan su cooperación generosa?

¿Por qué el Gobierno de los Estados Unidos se niega a permitirle a Cuba que compre allí materiales para reparar viviendas, cubiertas para techos o componentes para restablecer las redes eléctricas?

¿Por qué prohíbe a empresas norteamericanas, y a sus filiales en cualquier país, ofrecerle a Cuba créditos privados para comprar alimentos, que son hoy imprescindibles para garantizar la alimentación de la población afectada y reponer las reservas del país en previsión de nuevos huracanes?

Son esas las preguntas que el Gobierno de los Estados Unidos debe responder.

Son esas las preguntas que la comunidad internacional, que apoya abrumadoramente a Cuba en su lucha contra el bloqueo, le hace al gobierno de los Estados Unidos.

Cuba no ha pedido al Gobierno de los Estados Unidos que le regale nada. Simplemente que le permita comprar.

Lo demás, es pura retórica, pretextos y justificaciones que nadie se cree.

Cuba saldrá adelante. Ni huracanes, ni bloqueos, ni agresiones podrán impedirlo.

Ministerio de Relaciones Exteriores

La Habana, 10 de septiembre de 2008

 

UN FUTURO AÚN IMPREVISIBLE

Por Luis Sexto

Publicado en el diario digital Insurgente, España

El principal problema de la Cuba actual ya empieza a tener una respuesta. Me parece que en  InSurGente, escribí hace cerca de un año que cualquier transformación dentro de los fines socialistas, tendría que empezar por la agricultura. Aproximadamente la mitad de las tierras productivas se tupen de malas yerbas y arbustos dentro de un plan de holganza que ya duraba demasiado. A mediados del mes de julio, fue aprobado el decreto-ley 259 que regula la distribución de tierras ociosas a trabajadores o agricultores que soliciten 13 hectáreas como mínimo y hasta 40, en usufructo gratuito por diez años, prorrogables diez más.

(…)

Por lo dicho y sabido, el decreto-ley 259 es una medida revolucionaria, opuesta a la práctica capitalista. Lo aclaro, por si alguno, habituado a considerar la propiedad estatal como la única forma posible de organizar el patrimonio agrario, puede estimar que distribuir 13 hectáreas como mínimo entre  trabajadores que desean fajarse con tierras ociosas y enmarañadas por el parásito de la desidia, implica una concesión, un jugueteo inoportuno con el mal olor del capitalismo.

A principios de la década de 1960, la Revolución triunfante no dudó en erigir como dueños de sus tierras, que a veces eran “ajenas”, a millares de pequeños agricultores. Con ello, vertebró el campesinado cubano, que desde el siglo XVI clamaba por justicia, con una voz numerosamente amordazada por el desalojo de sus tierras con violencia  y  sangre.

Ante la existencia del papel legal del decreto-ley 259, que expresa una voluntad política del Partido Comunista y del Gobierno, solo la aplicación consecuente podrá conseguir los fines que el documento –fruto sin duda de la reflexión- se propone como respuesta para revertir la improductividad de una apreciable porción de las escasas riquezas materiales de Cuba.

Quizás lo peor que le pudiera ocurrir a medida tan consecuente sería que la creyéramos solución provisional, pasajera. Si fuera así y con esa aprensión se empezara a distribuir una parte del fondo agrario, ya estaríamos mediatizando la concreción de los propósitos del 259. ¿Qué ofrece, en suma, este documento legal sino tierras que necesitan ante todo trabajo permanente y abnegado, en ocasiones sin los recursos básicos? Serán, por supuesto, tierras agradecidas a la aplicación laboriosa. Con tanto tiempo en descanso o habitadas por el marabú, la fertilidad se le ha ido acumulando en un humus generoso.

Este comentarista cree que más que solucionar una emergencia productiva, el decreto-ley 259 procura fijar a hombres y mujeres a la tierra; nutrir las filas del campesinado, que hoy tiende a desaparecer por vejez y muerte en sus más experimentados horcones. Si no persiguiéramos reestablecer en un mínimo, el trabajo del pequeño agricultor, tal vez, a mi modo de ver, no podríamos trascender, con mirada de largo plazo, las limitaciones alimentarias del presente.

No parece recomendable, valorando la historia de Cuba y el cuadro agrario de la actualidad, soslayar el fortalecimiento del campesinado. A lo largo de cinco siglos el conjunto de los campesinos ha demostrado su pertinencia, su perseverancia y su fidelidad a la nación. Cuba, en dimensión no desdeñable, ha sido campesina. En la etapa previa a la Revolución, ante  centenares de miles hectáreas dedicadas a la caña de azúcar o a reposar en la reserva de la United Fruit Company y el King Ranch, los campesinos, en mayoría sumidos en condiciones precarias de trabajo, alimentación, educación, y carentes por lo común  de tierras, producían el mínimo de los alimentos populares en un país que, a principios de la década de 1950, importaba más del 60 por ciento de sus granos del cercano mercado de los Estados Unidos. De los campesinos dependió ayer, tanto como hoy,  también el tabaco, una de los productos estelares del campo cubano. Patriótica y políticamente, tanto en la guerra por la independencia como en la campaña de liberación nacional en la Sierra Maestra, el campesinado apoyó y se sumó a los ejércitos de la libertad.

Cuba todavía no debe prescindir de su campesinado. La experiencia ha demostrado que, junto con la agricultura extensiva, necesita, particularmente en la actualidad, del trabajo campesino, de esas familias apegadas a la tierra porque de la tierra depende su bienestar.  Por supuesto, no pretendo defender el minifundio; tampoco quiero establecer un litigio entre la llamada propiedad social y la individual; solo recomendar cierta potenciación del esfuerzo privado en estas circunstancias cuando la economía experimenta restricciones en su liquidez y el trabajo ha de suplir parte de los insumos.

El trabajo en las empresas socialistas –es decir, estatizadas- no ha demostrado aún toda su potencialidad. Porque el asunto no se ciñe a que el Estado las posea, sino que las organice de modo que la propiedad socialista, ese sentirse y ser el obrero copropietario, sea una relación verdaderamente real y no ficticia,  teórica o propagandística. Empresas estatales existen muchas en países capitalistas y ello no significa que sean socialistas.

Mientras aguardamos –y muchos consideran que el tiempo no le sobra a Cuba para readecuarse a las circunstancias de un mundo hostil-, mientras esperamos se precisa, pues, que el campesino, sea individual o integrado en cooperativas, goce de una parte de las tierras donde señorean plantas no comestibles. Hasta hoy, con notablemente menos tierras y recursos que las empresas estatales, los agricultores pequeños y las cooperativas conformadas con tierras privadas producen más del 60 por ciento de los productos del agro. Es justo, pues, que la sociedad socialista confíe en quienes confirman cada día ser sus aliados.

Como siempre, el mayor riesgo del decreto-ley 259 es que sea aplicada burocráticamente. La burocracia vive entre el terror de perder el poder y la esperanza de que nada cambie. Por ello, me atrevo a recomendar que no insistamos rígidamente en el control, de modo que al cortar el cordón umbilical del campesino entregándole retazos de  tierra, no le suprimamos también a la criatura la facultad de respirar. Habrá que insistir en lo positivo, lo creador. El nuevo decreto agario pone en manos de trabajadores honrados, la oportunidad de ser parte de la solución y no parte del problema. Se desprende, pues, la necesidad de encarecer la abnegación, el patriotismo en una atmósfera de confianza que exalte el estímulo junto con el cumplimiento del deber…

De cualquier modo, el marabú no es el problema capital del campo. La agricultura cubana sigue autobloqueada, o bloqueada desde dentro, además de bloqueada desde el extranjero. En estos días, de visita por esos campos, supe de una UBPC –cooperativa de productores en tierras estatales- que, con petróleo y fertilizantes asignados, no puede cultivar la tierra: carece de dinero para pagar sus insumos, porque el central azucarero para el cual venden sus producciones no le ha pagado 220,000 pesos de la última zafra. Sigue vigente el problema de las deudas impagadas. ¿Será una anécdota? Si lo fuera, es muy expresiva de que la pelea no se gana en los informes, que aseguran todo lo contrario.

Hemos de convencernos: El surco no hace fructificar papeles. Pero a la distorsión de los papeles apuestan los que se niegan a repartir tierras y con ello desanudar las fuerzas productivas trabadas en fórmulas inoperantes. Tal vez, un plazo tan pequeño como un decenio para poner a parir un pedazo de tierra y estabilizar la producción, aunque exista la posibilidad de una prorroga, sea una argucia burocrática a la que las mentes más lúcidas del país no pudieron atajar. Así, quizás, no se acierte a disponer el futuro.

Tendrán que convencerse, los que se oponen,  que la Revolución no se pierde haciendo lo que ha hecho en otros momentos: distribuir tierras entre la gente trabajadora. Pudiera perderse si por un criterio dogmático o por espurios intereses de privilegios oficinescos, el país continúa embarrancado, con pocos alimentos, frente el costo pantagruélico de las importaciones de cuanto se puede producir en esa tierra que Colón llamó “la más fermosa” y que, trabajada con pasión e inteligencia, puede estar entre las más fértiles. 

Paralizada, Cuba se pone a la defensiva ante la estrategia de deteriorarle la economía que aplican y refuerzan los enemigos de la Revolución. Habrá que sacar las cuentas en gastos materiales y en costos políticos.