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PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

LA (IN) CULTURA DEL DEBATE

LA  (IN) CULTURA DEL DEBATE

Luis Sexto

Insistamos una vez más

La intolerancia sigue de moda.  Aun los intolerados de ayer responden intolerantemente a cuantos una vez los intoleraron o estimaron ellos que los intoleraban, que en este asunto se va siendo también difícil discernir quién intolera para defenderse o quien provoca la intolerancia para asumir el crédito del mártir o víctima. De cualquier modo, la  palabra y la acción que condensa son condenables. Y su origen uno no sabe dónde hallarlo porque la Historia se jalona con las intolerancias de diverso tipo: personal, política, cultural, racial, religiosa, de clase…

Más bien el lenguaje actual la remite a la falta de convivencia entre lo disímil y a las libertades con que asumir el pensar, opinar, vestir, elegir en contraste con los patrones dominantes en  un esquema social determinado. Y cerrando el orbe del análisis me gustaría ocuparme de una de las formas más comunes de la intolerancia: la incapacidad para debatir

El ensayista cubano Jorge Mañach –fallecido en 1961 en Puerto Rico- aseveró que la tendencia a reír ante lo que se desconoce o no se alcanza a comprender se relaciona periféricamente con la ignorancia y la falta de cultura o de educación, y más en lo hondo con un complejo de inferioridad que, según el autor de Indagación del choteo, tiende a compensarse, emparejarse con el que “está más alto”, mediante la risa mordaz. Ese comportamiento promedio, a veces minoritario, a veces más generalizado, dependiendo de las épocas, se empalma con la del juicio de Don Quijote que establece que es propia de mentecatos la risa que de poca causa proviene.

No es mi propósito insistir repitiendo las aproximaciones del clásico ensayo de Mañach. Lo he tomado como pretexto para lamentar –al menos hasta dónde he leído su obra- que él, que tan duraderamente registró en el “almario” nacional, no nos hubiese entregado el ensayo sobre nuestra  “cultura del debate”, o, mejor, sobre la incultura polémica que nos inhabilita para debatir razonable y respetuosamente. El propio Mañach, polemista inclaudicable,  sufrió en su momento los golpes de esa deficiente altura, aunque tuvo rivales condignos: Rubén Martínez Villena, Raúl Roa, Juan Marinello, José Lezama Lima. Pero, salvo esos contendientes de parejo tamaño conceptual y estilístico, el resto de los litigios que afrontó,  en mayor o menor grado, se deslizan desde la otra esquina por el declive del insulto y, sobre todo, la anulación de los probables valores del contrincante.

Una polémica intelectual, como un juego de béisbol, no se resuelve como si se manipularan tazas de porcelana.  Es decir, ha de campear la pasión, la rudeza. Pero, en el medio,  regulando con el índice de la ética,  el juego limpio. La decencia, palabra que al parecer se ha arrinconado en el glosario menos frecuente, tiene su punto central en el respeto al semejante, aunque el otro se pare en el lado opuesto de donde estoy yo. De lo contrario ocurre que resolvemos cualquier polémica confundiendo ironía con sarcasmo, humor con choteo, dureza con irrespeto. Y el mayor argumento que alzamos, como una maza, se liga con estos tópicos: no tienes la razón, porque la tengo yo, o tus opiniones no son válidas porque antes opinabas distinto. Una anécdota  me clarifica. Tras el campeonato de béisbol de la temporada de 2006-2007 –horno y termómetro anual de nuestra insuficiencia polémica-, un periodista de la TV en Guantánamo le adujo a un colega de la TV nacional –estaban encadenados en un diálogo- que desde la capital daban más calor al segundo lugar de Industriales que el primero del equipo de  Santiago. Seamos cuerdos, quiso decir. Y el comentarista, acomodado en la banqueta de los estudios en La Habana, ripostó diciendo que le parecía raro que él dijera eso, porque cuando vivías aquí,  en la capital, ibas al estadio del Cerro no precisamente a aplaudir a los orientales. A algunos les pudo resultar ingeniosa la respuesta; para las inteligencias equilibradas, en cambio, el habanero descendió unos peldaños en su profesionalidad y en sus valores humanos y éticos, al utilizar en el debate referencias personales; trapos aparentemente sucios. Tal vez esa conducta la muevan los mismos resortes que a la risa ante aquello que no se conoce o no se entiende: destripar con el ridículo a quien nos coloca en aprietos.

Y a qué causas remitir el origen de tanta extendida incapacidad para respetarnos los unos a los otros. ¿A la herencia  del carácter español?  ¿A los tantos años de opresión esclavista,  extorsión colonial y neocolonial, de analfabetismo, peculado, corrupción política en la república de 1902? ¿O a la unanimidad, convertida en  conveniente y estricta actitud ante la hostililidad de los Estados Unidos contra la Revolución?

Confieso mi insuficiencia para acometer ese buceo en lo más oscuro del carácter nacional. En la complicada trama de fibras y nervios de la psicología social del cubano, parecen mezclarse, como síntomas de los mismos defectos, reacciones diversas. El sabio Fernando Ortiz, en uno de sus trabajos juveniles, que por ello no disminuyen su valor, habla de la intolerancia del cubano a la crítica. Reaccionamos histéricamente ante cualquier opinión que evidencia nuestros errores o actitudes. Femeninamente, creo que escribió don Fernando en sus Ensayos de psicología tropical, por lo cual me disculpo ante las damas por la cita simplificadora. Entonces discurrían los primeros años del siglo XX. Cien años después, continuamos padeciendo de alergia a la crítica. Los que están incluso en las posiciones de gobierno y también cuantos se detienen en una esquina a mirar los celajes o se sientan en los pasillos de las instituciones culturales a mirar el mundo pasar, asumen la posición del que anuncia en un cartel, como en un libreto cómico: Que nadie me toque; yo solo puedo tocar.

Observando bien el fenómeno lo más recomendable es una actitud de apacible filosofía  que asuma evangélicamente esas manifestaciones como generadas por una impericia innata, una incapacidad casi irreversible para un hecho primordial: la convivencia. La cultura y el conocimiento influyen muy poco en la corrección de ese nuestro común vivir desvivido, desocializado. Seguimos pensando que la cultura es saber muchas lenguas extranjeras, mucha historia, mucha estética. Y permanecemos vacíos de la otra cultura, a la que aludía Chésterton cuando evaluó  de muy cultos a los analfabetos campesinos españoles de su tiempo. Eran cordiales, respetuosos. Poseían la letra del corazón y les bastaba para comportarse, con notas sobresalientes, en la ciencia del convivir.

La generalidad de nuestros cultos son, por lo común enemigos de la intolerancia. Cuando se sienten intolerados son afanosos zapadores que tienden, en muy justa operación, a resquebrajar la armazón de lo sectario y divisor. Pero, resuelto el problema, nadie más intolerante que el intolerado de ayer. Pasa la cuenta con la misma carpintería. Se erige en nuevo victimario. Y así todo ello se mezcla, se confunde en la batidora de las imperfecciones colectivas y personales. Falta, desde luego, humildad.  Sobra soberbia. Y no existe el apego a la verdad. ¿Buscar la verdad en el debate? No, qué va. Ese que ahora dice lo que yo no pude decir cuando quise, y que entonces decía lo contrario, no está apto para decirlo. Carece de credibilidad. Ha de tener su biografía manchada…. Si yo no lo puedo decir, él tampoco. Y así la evolución de las ideas, el acercamiento de uno y otro juicios, luego de la práctica, que a tantos depura, y del paso del tiempo, que tanto modifica, es anulado por la tabla rasa de un simple decreto tan dogmático como el dogma que dice condenar.

 

¿SE HA ROTO EN VERDAD UN AVISPERO?

¿SE HA ROTO EN VERDAD UN  AVISPERO?

Luis Sexto

Este problema también me atañe. Respuesta a un lector

Mario:

He leído los dos textos que usted me ha remitido, y cuyos autores, respectivamente, son Javier de Malas  y Enrique Rey . El primero se titula Víctor mesa: problema y peligro, y el segundo, Otra muestra del desorden en el béisbol cubano. No conozco a los autores. Primera vez que leo sus nombres, aunque ello es sólo responsabilidad de mi ignorancia.  Reconozco. sin embargo, falta de  originalidad en las opiniones de ambos. Todo lo que ellos han dicho lo leí, un tanto más mesurados en sus juicios críticos  y sin insultos, en los medios oficiales: Granma, Juventud Rebelde, Tribuna y programas radiales y de TV.

Estos dos textos, a mi parecer,  carecen de equilibrio. Es verdad, Víctor Mesa se ha caracterizado durante su vida como deportista por la explosividad. Pero no obvio que ha sido el mejor jardinero central de los últimos 50 años. A veces es irascible, irrespetuoso. Pero no olvido que defiende conceptos propios sobre la estrategia en el beisbol y  su inquieto juego confirma que el deporte es sobre todo vitalidad, torneo de fuerza y técnica, y mucho más lo es cuando el béisbol  se ha convertido en el más importante espectáculo de  nuestro pueblo.

Claro, no significa que la grosería y la irrespeto sean manifestaciones inevitables o excusables en el deporte. Que Víctor Mesa pierda el control o se caracterice por excesivos aspavientos, sería reprobable si sus actos atentaran regularmente  contra el fluido y ordenado desempeño del juego.  Tengamos en cuenta que ha sabido conducir a equipos condenados al fondo de la tabla, sin autoestima, desorganizados. ¿No basta su papel en el comando del  Matanzas para admitir, al menos, que sus métodos, su ardor conquistan lo que parece imposible?

 Podremos estar en desacuerdo con los enfoques de Víctor Mesa sobre las estrategias y las tácticas del béisbol. Podremos debatirlas. Pero no lo hagamos con los mismos recursos de la conducta que criticamos. Ejemplar fue, en una de las mesas redondas sobre el reciente Clásico del béisbol, el juicio del periodista Michel Contreras. Criticó la táctica de convertir en tocadores de bolas a los sluggers. Pero su alegato  no invalidó el criterio de Víctor Mesa, ni lo consideró un peligro para el béisbol cubano. El debate consiste en la argumentación, no en el insulto, ni en acusaciones que no se puedan probar.

Aunque ya no estoy de manera profesional vinculado al deporte, comencé mi carrera como cronista deportivo. Cubrí numerosas competencias, en particular fútbol y ciclismo; viajé al exterior acompañando a equipos deportivos y a dirigentes del deporte. Y a pesar de tanta alegría suscitada por el desempeño de nuestros atletas y jugadores, aprecié en responsables de las diversas delegaciones,  imposiciones y afanes centralizadores y métodos de ordeno y mando, a veces humillantes, que regían  las relaciones entre algunos dirigentes y entrenadores y deportistas. Incluso, periodistas.

Para mí, por tanto, Víctor Mesa es la liberación de  la injerencia en asuntos de dirección competitiva, de ciertas  autoridades locales  sobre el equipo de cada provincia; para mí es el anticipo, a veces desbordado, de cómo se ha de ser libre incluso jugando beisbol, en cuyo terreno han de predominar los enfoques y resoluciones del director y su equipo auxiliar mientras estos conduzcan a un conjunto en la preparación y la competencia.

Resumiendo, repruebo la indisciplina, el desorden de las pasiones, aunque prefiero la pasión, la creatividad, la audacia, incluso el show, ante aquellos hieráticamente sentados frente al juego sin mover un músculo de su cara, sin expresar públicamente su compromiso con lo que está pasando en el terreno. Desde luego, esa actitud podría constituir una escuela de dirección. Y por ello, no la condeno; simplemente digo que no me convence  fórmula tan pasiva.

Mario:

 Todavía seguimos prefiriendo a los hombres y mujeres que callen,  que no digan no, que no pongan condiciones. Ese es nuestro problema.   Si se profieren tantos insultos contra Víctor Mesa, estamos dando pruebas de que si él se excede, los que lo critican de modo tan  desmedido también sobrepasan la frontera entre lo justo y lo injusto, entre lo correcto y lo incorrecto, sobre todo porque hay desequilibrio  en sus juicios. Tal vez si fueran periodistas o aficionados de Villa Clara, la provincia de Víctor Mesa, o Matanzas, la novena que  este dirige, evaluarían los llamados problemas del polémico manager desde otros puntos de vista menos extremos y más convenientes para la pelota en Cuba. Debemos defender y proteger a Víctor Mesa: Es, a pesar de sus defectos, un valor de béisbol cubano. Y lo juzgo así sin que deberes de amistad o favoritismos de aficionado me lo exijan.  Nunca he visto a Mesa en persona, ni  concurro al estadio: solo soy periodista y en el recogimiento de mi casa, ante el televisor deseo en secreto que gane Industriales, el equipo que enardeció mi juventud.

No nos alarmemos por un show de más o de menos. En Grandes Ligas he visto peleas colectivas de boxeo entre dos equipos  completos en medio de un partido. Sucede, se adoptan sanciones y después se olvida. Por supuesto, no justifico nuestros shows con los shows ajenos. Quiero decir que en cualquier patio se arma el barullo, porque una competencia por momentos chispea y el combustible rueda por el área de juego.

Si me preguntaran,  prefiero el jugador o director o entrenador  que habla que al que calla para no desentonar; prefiero el que defiende su criterio, aunque se equivoque, que al que solo sigue la indicación de los que se erigen en mandantes por encima de sus atribuciones. Más que la expulsión de Víctor Mesa del béisbol, yo pediría la salida de la sinuosidad orgánica que evita abordar los problemas de frente e informar completa o verazmente sobre problemas y respuestas. En esas conductas de ser severos con unos y permisivos con otros, apreciamos una ética de base injusta. La justicia, según José de la Luz y Caballero, es el sol del mundo moral. En el béisbol, como en cualquier otro deporte, la justicia, la franqueza, la transparencia deben de ser las virtudes que afiancen la limpieza en los actos de los organismos dirigentes y fortalezcan la confianza que debe sentir  el pueblo en  cuantos toman decisiones.  

A mi criterio, el error más grave de Víctor Mesa en aquel tristísimo juego frente a Industriales, fue el querer retirar del terreno al equipo. Qué precedente habría establecido el director del Matanzas  si algunos jugadores, como lo apreciamos en la televisión, lo hubieran seguido. Y ese acto, aunque fallido, no merecía dos juegos de suspensión, sino mucha más severidad. Incluso, una excusa pública. Víctor Mesa necesita  reflexionar y delimitar las líneas blancas  entre la pasión,  la acometividad y el ideal de vencer, y la violencia contra principios inviolables.

Resumiendo, la crisis del béisbol es  el reflejo de la crisis del país. Todavía la indisciplina campea y muestra sus desgarradoras sutilezas la doble moral, y  continúa el ejercicio torpe y empecinado de la vieja mentalidad, esto es,  esa que  intenta mandar, incluso en el deporte, sin opción a que alguien exponga su punto de vista ante una arista pasada por alto o aporte una solución distinta, o adopte  un comportamiento diverso al que se impone desde el presunto balcón de los truenos. Ahora bien, ante esta actitud autoritaria y rígida que considera muñequitos de plomo a los seres humanos, cuando alguien quiebra el molde, parece que se ha roto un avispero.

 

ÍDOLOS Y SUEÑOS

ÍDOLOS Y SUEÑOS

Luis Sexto

Vea al final un texto de última hora

Reflexión de fin de año

Pasa el año. Y lo sucedido ayer es cronología; lo que ocurre hoy es acción u omisión, ingredientes futuros de la historia que habremos de juzgar observando el pasado. Y aunque estas definiciones sean obvias, tengamos en  cuenta que entre el pasado y el presente se establece un encadenamiento, y cuando este se olvida, quizás el camino desaparezca en el próximo recodo.

Hoy, por tanto, además de para las fiestas y su júbilo adyacente, ha de haber espacio para la reflexión, sin que  pretendamos suscribirnos al patetismo, ni convocar las lágrimas. La vida no puede reducirse a un ver pasar dramáticamente  los números del calendario. Ni adaptarse a la resignación del condenado a vivir hasta un día.

No acusen al articulista de filosofar. No soy filósofo en el sentido de meditar sobre las leyes generales del desarrollo de la vida y la sociedad. Quizás lo sea en el significado más común: querer explicar o interpretar las cosas más inmediatas de hoy y de ayer. Quizás pretenderlo sea una de las funciones de quien se empeña en articular propuestas  periodísticas. Y, siendo claro, un periodista que entrega su opinión no ha de serviles a los lectores una compota azucarada para que la deglutan sin masticarla. Qué sentido tendría entonces escribir. O leer.

¿Estamos filosofando? Hasta cierto punto estamos reflexionando. Y como ya dije, qué otro momento que el fin de un almanaque  resultaría más propicio para pensar en el transcurrir del tiempo, en ese amontonar los números siempre iguales de los meses y al final reconocer que lo fundamental resulta la muda de la numeración del año, en esa convención que es la mensurabilidad de los días.

En lo personal, me he negado a que el tijeretic y el tijeretac del tiempo -según la onomatopeya del novelista Miguel Ángel Asturias- corten la fe y la esperanza en que mañana seremos mejores a pesar de nuestra humana tendencia al error o al cansancio. Según mi parecer, lo más apropiado sería encarar el paso de un período a otro con actitud indagadora, preguntándonos para qué vivimos y a quién o a qué servimos, y al cuestionar nuestra conducta, quizás derivemos hacia una posición ética. Porque si profundizamos, nos iremos dando cuenta de que la vida en su origen y continuidad es un “milagro”  sin aspavientos, ni pirotecnia.

Un “milagro” que en lo social incluye el éxito. Porque, cuando nos deseamos recíprocamente “un próspero año nuevo”, estamos refiriéndonos a tener éxito. Y esa es una de las palabras más recurrentes en el mundo. Revela, incluso, la medida de la historia personal del individuo. Lo caracteriza. Lo identifica. Pero en la generalidad del planeta, éxito es sinónimo de lujo, de mansión, cuenta bancaria, ganancias, zona exclusiva, diferenciación; más dinero, más consumo suntuario, según las definiciones de un diccionario metalista.

Reconozco que las personas han de tener el derecho  a consultar el diccionario que prefieran. Mas, alguna vez, habrá que preguntase si la humanidad podrá seguir andando acompañada de desvalores que pretenden revalorarse con la bolsa o en el bolsillo. Un filósofo español se refirió hace decenios a la deshumanización del arte. Ahora habría que aludir a la deshumanización del Hombre. O del trabajo, del hacer, del lograr. La civilización desespiritualizada del capitalismo ha desteñido valores propios del heroísmo ético. Y la mayor parte de lo humano se mancha con el metal o el papel que el italiano Papini tildó de “estiércol del diablo” y el español Quevedo nombró “poderoso caballero”.

Casi toda victoria sobre las torpezas físicas, casi todas las hazañas se traducen en dinero. Y a punto de perecer se hallan el ideal y la utopía. Con ambos podría morir la posibilidad de una humanidad más humana, tan humana que sufra hondamente el daño de la Tierra, que ame y proteja al hermano árbol, a la hermana agua, a la hermana nube, y al hermano hombre o la hermana mujer. Y condene la desmesura, el absolutismo monetario, como en la décima que el poeta Argelio Santiesteban  puso ayer en la bandeja de entrada de mi correo: “Tú maculas cuanto tocas, / tornas la amistad letal, /el amor en tremedal, /la vida en lecho de rocas. /Mas me alegra que en tus locas/andanzas, mal caballero, / /en un tiempo venidero/a ti veremos perderte/ pues decretará tu muerte/ la historia, sucio dinero”.

Y a dónde quiere usted llegar, escucho la reconvención de algún lector al tanto de las contradicciones. ¿Acaso los cubanos no estamos pensando y actuando en un proceso planeado en el tiempo y en sus fines,  para que el dinero se revalore, y que el trabajo se ejerza para que los individuos no solo se destaquen moralmente, sino sean capaces de superar sus ingresos y en  consecuencia cada familia sea próspera, y con la prosperidad sea dichosa, como estableció Martí?

Comprendo que he podido atizar la duda, la inquietud. Pero no voy a ningún lado: solo he dado vueltas al círculo de mis ideas. He hablado más bien de las tendencias mundiales. De esa especie de declive ético sobre el cual las cosas y su versión monetaria se erigen en ídolos y los sueños se arropan en la fermentación parásita del poder. Y tres o cuatro países muy ricos, militarmente poderosos, determinan quién gobierna y qué se decide en cualquier tribu, cualquier oasis, cualquier isla, cualquier pueblo donde se expongan a disminuir o perderse los  intereses de una palabra presuntamente echada al olvido, y que más que pronunciarse se ejecuta como una doctrina insensible y pragmática: imperialismo. De la antigüedad occidental parece ir quedando como cultura y recurso todoterreno, solo la palanca de Arquímedes, que hoy parece presionar a los más débiles.  

 Recordémoslo: a Cuba también la observan a través de una mirilla telescópica, como cazador a su presa. Y por ello concuerdo con la idea de que nuestra nación será efectivamente  más fuerte, certera y dichosa, cuanto más próspera sea. Porque no habrá socialismo sin bienes que distribuir, ni tampoco lo habrá si obligamos al dinero a bajarse a destiempo en cualquier estación. En síntesis, nuestros bienes se generarán desechando los resortes idealistas que ya demostraron su inefectividad, pero sin suministrar vapor a la calentura metalista del éxito promovido por la globalización y el neoliberalismo.

Y para afrontar los desafíos de la transformación, hemos de insistir, por tanto, en  la política socialista de equidad, justicia y solidaridad, con cual se pueda prever y detectar los granos de inconsecuencia o de perversión que, como el comején a la madera débil, intenten agujerear el empeño de  de salvar a nuestro héroe: es decir, al pueblo individual y colectivamente exitoso. Y sería inadmisible, por esa razón, la evaluación maquinal, insensible cuando se determina quién y cuánto precisa de la asistencia o de la seguridad social. Nuestra experiencia confirma que la carencia, la pobreza material, la sensación de desamparo, azuzan  la vigencia de tendencias rastreras, porque el “estado de necesidad” condiciona conductas que pueden saltar la valla de la moral o la política vigente.

Todos, si es posible término tan absoluto, hemos de inmunizarnos contra el egoísmo y la corrupción mediante la ética del servir sirviendo. Y que nos midan por ese proceder. Sancho Panza, a quien solo lo preocupaban el pan y el queso, no debe derrotar a Don Quijote, más interesado  en servir que en comer, aunque se sentaba a la mesa, como es necesario y justo.

Así, al doblar el recodo, el Caballero, que aun en su aparente locura literaria es recipiente de lo mejor del ser humano, seguirá haciendo caminos al andar entre claridades. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

  LO ÚLTIMO: UN ANÁLISIS IMPARCIAL Y OBJETIVO DEL CORRESPONSAL DE LA BBC

Los cambios y los "peros"
Fernando Ravsberg | 2013-01-17, 12:27

En vano esperé que el presidente Obama anunciara la autorización para que los estadounidenses puedan viajar libremente a Cuba. La medida sería una respuesta adecuada a la apertura migratoria masiva decretada por La Habana a partir del pasado 14 de enero. Se convertiría en una buena noticia porque marcaría el inicio de intentos serios de acercamiento. No sería una mala política probar la táctica de dar pasos simultáneos, sobre todo porque ya se ha demostrado que exigírselo solo a una parte no funciona. Y si finalmente no se logra un entendimiento, por lo menos ganaría los dos pueblos, el cubano que ya tiene derecho de viajar al extranjero y  los estadounidenses que podrían recuperar la libertad de visitar Cuba sin tener que pedir permiso a Washington. En pocos países unos y otros están tan tranquilos. Culturalmente Miami es casi una provincia de la isla, donde los visitantes cubanos se
sienten como en casa, mientras Cuba se ha convertido en uno de los países más seguros para los ciudadanos de los EEUU. A pesar del histórico enfrentamiento político bilateral, en la isla no existen los sentimientos anti estadounidenses que abundan en otros países del mundo. Los "yumas" son tratados con cordialidad y pueden pasearse por las calles sin el menor temor.´

La llegada de John Kerry al Departamento de Estado podría ser un buen presagio. Aseguran que este político estadounidense, excombatiente de Vietnam, fue uno de los promotores de la normalización del restablecimiento de las relaciones con esa nación asiática. En el caso de Cuba solicitó investigaciones sobre los fondos que Washington entrega a los exiliados cubanos para derrocar a Raúl Castro. Se atrevió incluso a cuestionar el presupuesto millonario que gasta TV Martí, una emisora que nadie ve en la isla. Me imagino que no se trata de que Kerry apoye el socialismo cubano sino de que le duele que se gasten tantos recursos del bolsillo del contribuyente en programas que producen los efectos contrarios a los que en realidad pretende Washington. Al parecer, el Senador Demócrata cree que el aislamiento no es una
herramienta eficaz para lograr cambios en la isla. Por el contrario, considera que la visita de millones de estadounidenses podría provocar a la larga una mayor apertura.
Es difícil saber si tiene razón pero, tras 50 años de fracasos, no vendría mal probar nuevos métodos. Yo realmente no creo que los turistas gringos sirvan para hacer proselitismo político pero el fin de la agresividad externa ampliaría el debate interno. Sin dudas, el enfrentamiento con EEUU es uno de los factores que más estanca ese debate. Pocos en Cuba están dispuestos a sumarse a las posiciones de Washington, algunos para no ser acusados de mercenarios pero otros por puro nacionalismo. La Revolución Cubana no es la causa sino el resultado de las políticas de Washington en Cuba durante siglos: de "la fruta madura", de la exclusión de los mambises de la declaración de independencia, de la enmienda Platt y de las invasiones militares. Para limar estas asperezas hará falta mucho más que la visita de una pareja de jubilados de Michigan a La Habana. Será necesario irse aproximando paso a paso, cediendo un poco de cada parte, sin esperar que el otro sea el único que se acerque. Cierto es que Obama eliminó las restricciones que su antecesor, George W. Bush, había aplicado a los viajes de los emigrados a la isla y también liberó el envío de remesas pero ahí se ha quedado mientras la sociedad cubana sigue transformándose. EEUU está perdiendo oportunidades, la apertura económica de Cuba -trabajadores autónomos, entrega de tierras, acceso de capitales extranjeros a la agricultura- merecía una respuesta que podría haber pasado por algún tipo de flexibilización del Embargo. También la liberación masiva de presos políticos cubanos se quedó sin respuesta práctica por parte de Washington, a pesar de que la excarcelación de estos prisioneros fue durante años una de las principales exigencias públicas de la Casa Blanca. Y ahora Victoria Nuland, portavoz del Departamento de Estado, se limita a reconocer que la reforma migratoria cubana es positiva pero inmediatamente la descalifica afirmando que "Cuba se mantiene como uno de los países más represivos del planeta".
Cada nuevo cambio le resta argumentos a Washington en su enfrentamiento con La Habana. La llegada de Kerry podría traer pasos de acercamiento o, cuando menos, renovar la producción de "peros" para cuestionar las reformas con más originalidad

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GUARDA LAS APARIENCIAS

GUARDA LAS APARIENCIAS

Luis Sexto

Otra frase célebre

Posa de inteligente. Pero es sólo una frase habilidosa. Matrera. No sobrepasa la condición de la doblez, ni las fronteras de la malicia. Y se arrima a una tendencia en la que lo primordial consiste en pintarrajear la individualidad, atribuirle la cambiante naturaleza del camaleón.

Guarda las apariencias. La recomendación peregrina desde lejos, de antiguo. En una página de El Habanero, su periódico, el Padre Félix Varela diseccionaba, criticaba, a los que alternaban sus colores. Se refería en esencia a lo político, y desde lo político ineludiblemente se empalmaba con la ética. Fustigaba  a los que, para defender intereses egoístas, cambiaban de casaca -¿recuerdan los de mi generación y otras mayores el mote de cambiacasacas, aplicado incluso a cuantos hoy quebraban gritos por el Almendares y mañana por el Habana? Cambiar casaca, esto es, adaptarse, seguir la corriente, fingir... Cuidar lo mío. Guardar las apariencias.

Mis coetáneos se acordarán también de aquel libro de José Ingenieros que, aún hacia l964, pudimos adquirir en alguna librería. En La simulación en la lucha por la vida, el filósofo o psicólogo argentino dilucidaba  la capacidad humana para guardar las apariencias. Pero no la justificaba. Al menos, en otro texto, El hombre mediocre, nos ofrecía una ruta perfectible. Un ideal de grandeza. Eso creo.

Precisamente, en Cuba nos hemos afanado por  exaltar la ética del ser por encima del tener. Valgo por lo que soy: por la generosidad, la disposición a servir, la afición al trabajo. No me juzguen por lo que tengo o... no tengo. Y tal norma excluye el apego a las apariencias. Porque, utilizarlas, equivale a andar en equilibrio frágil por el canto de la hipocresía; a afiliarse  a la filosofía de la mentira; consultar el manual de la doble, la triple moral.

Qué enormidad de riesgos se afrontan con quien guarda las apariencias. Si  desleal, jura morir antes de traicionar. Si  deshonesto, condena repetida y encarecidamente al ladrón. Y si haragán, aparenta que trabaja.

 Por ese trillo discurren las conductas aparenciales. Por el trillo de nunca se sabe, ni se sabrá, en qué instante lo rojo se trocará en amarillo. Cuánta seguridad, en cambio, con quien dice sí cuando cree que debe decir sí y responde no cuando  lo estima. Podrá ser molesto. Por franco, erguido, firme. Pero con el sincero en cualquier catástrofe, en cualquier pesadumbre. Con el otro, con el que es capaz de tirar la piedra y esconder la mano, ni en el paradero de Lista de espera, la película cubana. Hay quien dice pensar como uno, y no vive como uno. La confianza sólo puede habitar en la verdad, si no cuídese usted... 

 

 

UNA FLOR EN DICIEMBRE

UNA FLOR  EN DICIEMBRE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Sexto

Diciembre trae un regusto de niñez; el recuerdo tibio de las madrugas frías en que nos tapábamos, tanto con la colcha como con la seguridad de papá y mamá. En esa etapa diciembre no nos inquietaba como el último tramo de un año. Un año más era entonces  un acercarse a  “ser grande”, a alcanzar la autonomía, andar y ver a mi antojo en la juventud o la mayoría de edad que parecían prometernos todo y que parecían nunca llegar.

La infancia era un constante adviento. Esperábamos la llegada de los primeros signos de la pubertad y las primeras rebeliones ante las normas que sujetaba nuestros impulsos.  Ah, qué distante el tiempo, cuán lejano el fin que ni siquiera nos deteníamos a considerar que pasábamos por la mejor período  de la vida. La niñez es como un arroyo subterráneo que saldrá a la superficie de nuestra memoria cuando ya solo traiga la nostalgia. Y diciembre nos aviva la morriña, como decía mi abuela gallega,  en los colores ensombrecidos de nuestro presuntuoso invierno, y en las costumbres.

Diciembre. Mes de otro Niño, de un Niño que se ha quedado entre nosotros dignificando la infancia, convirtiéndola en paradigma de la humildad. Sed humildes como niños, nos sugiere Jesús desde su cuna de paja, desde la covacha donde eligió nacer para dejar establecido que sus preferencias no gustan del lujo, de la soberbia, del abuso de poder que se atrinchera en el ejercer las diferencias y la indiferencia.  

Pero la humildad, hoy, cabe en el símbolo de la señal de tránsito que advierte: por aquí no se pasa. Tanto se la teme que muy pocos aceptan asumir el crédito bochornoso de ser humildes, salvo en las autobiografías que nos exigen para aspirar a un carné en ciertos partidos u organizaciones de izquierda, o para optar por un premio: “Nací en el seno de un hogar humilde”… Nos enaltece haber nacido humilde, en casa pobre y honrada, pero no ser humilde, porque entonces la relación es diversa, casi opuesta. El diccionario carga con un volumen de responsabilidad en esa fobia. Entre las tres o cuatro acepciones de humildad, la mayoría nos fijamos en la última: esa que nos remite a sumisión, rendimiento.

Nadie opta, desde luego, por la sumisión, la servidumbre y, por tanto, la humildad viene siendo una virtud maldita. ¿Pero hemos de creer en la superioridad innata del ser humano? Aceptemos solo  su facultad de mejorar  partiendo “humildemente” de su falible condición. En este análisis la humildad se asienta como un trampolín para el salto hacia la perfección cristiana: el de la admitir humildemente que humilde  proviene de humus, en latín, y que humus es tierra, barro por extensión. Es eso, pues: reconocer nuestra poquedad, como garantía para crecer y afianzarnos.

Si no fuera cursi, recordaría aquellas lecturas de mis días juveniles y dijera qué sublime es el perfume de la apenas advertida violeta. He querido dejar estas ideas claras. Teorías revolucionarias aparte, sociología aparte, estoy entre los que estiman que el planeta se disuelve en el caos por falta de humildad, de claridad acerca de los valores y desvalores ingénitos de nuestra especie. Todo lo que tiene fin es breve, ha dicho un poeta. Y me parece también razonable que, además de breve, sea imperfecto. Nuestra especie carece de humildad. Nos hemos creído la historia del rey de la creación, el animal superior. Y las evidencias atestiguan que creerla resulta válido: ¿Quién como nosotros? Pero esa disposición natural tiene que afincarse en  la convicción de que es una superioridad latente, parcial, signada por la muerte –supremo símbolo de la fragilidad- de los individuos y, quizás, algún día, por efecto de la misma soberbia a la que el Hombre apuesta sus ilusiones, estará marcada por la probable desaparición de la especie.

La humildad nos asistiría al percatarnos de que si el Padre fue el creador, nosotros recibimos el encargo de ser los conservadores de la obra de  la Creación. Pero la humildad se nos ha escurrido entre la casaca de la arrogancia. ¿Quién como nosotros?, pregonamos alzando la lengua de fuego del Ángel ensoberbecido. Y nos detestamos unos a los otros. Nos maltratamos. Amar al semejante es un acto de humildad que pocos acometemos.  Y el mundo se nos deslava, y se nos hunde, porque somos aun menos capaces de amar a criaturas inferiores: el árbol, que crece y a veces nos estorba la visión, o el perro, en el que proyectamos nuestra agresividad, o el grillo, que molesta nuestro sueño con su estridular.

Vivimos entre equívocos; huimos de las certezas. Lo dijo Maurice Blondel : “No tratemos al embrión que somos como si fuese un ser acabado”. La imperfección nos define, y solo la humildad nos hará libres para reconocerlo. No quisiera aparentar el tono del predicador. Más bien quisiera ser el del hombre de fe que medita un tanto fuera de cualquier ciencia, y en su reflexión, en ese mirarse hacia adentro, que es también un volver atrás, evoca, despojado de toda insolencia,  los diciembres ya vividos, las navidades perdidas e irrecuperables y las ve como la oportunidad de otra resurrección: la de la inocencia infantil, para volver a empezar a ser grande convirtiéndonos en niños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MACHO ES PARA LA CALLE

EL MACHO ES PARA LA CALLE

Luis Sexto

Diatriba contra las frases comunes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primitiva, irresponsable, esta frase  lo es sobre todo cuando se asume como pedagogía casera para criar a los niños. Y en ciertos momentos y lugares uno oye otra frase que la complementa. Porque, practicando la primera, irremediablemente aparece la segunda como corolario: le salió malo el hijo a fulano.

 No, señor. Ningún hijo le sale malo a nadie. Uno coadyuva a configurarlo desviada, torcidamente. Criar es un proceso de construcción. Y si usted, padre o madre, se sirve de ese método bárbaro de que el macho es para la calle, está entregando a sus hijos a los dedos ineptos, insensibles, del azar, de la ambivalencia, para que con materiales de procedencia ambigua o desnaturalizada, se yerga la personalidad del niño.

 Ahora, incluso, algunas personas han añadido el género femenino a la frase. Y si no la oye, la ve en la práctica usual. ¿O no nos fijamos que, en la vida del barrio, prolifera la muchachería, quebrantando la paz del edificio o retando el tránsito, o rompiendo  un cristal o una bombilla, en una mezcla de varones y hembras, desde incluso los cuatro años, fuera del catalejos del padre o de la madre?

 Ni macho, ni hembra, siendo niños, están hechos para la calle. En esos años, en los que la escuela planta los primeros valores de la cultura, la identidad y el saber, la vigilancia, el magisterio de la familia, introduce formas de convivencia, delicadezas del espíritu, que los maestros pueden encarecer, pero nunca intentar transmitir por sustitución.

 En la raíz de un decepcionante aprovechamiento escolar suele operar una falta de concentración generada por la excesiva libertad, por el mínimo control familiar del alumno. En el origen de un acto delictivo, meten con frecuencia sus colmillos los antivalores que la promiscuidad de la conducta en formación, el ejercicio de lo que llamamos mataperreo, dispersa como cuñas desorientadoras en el alma infantil. Advirtamos, sin embargo, que en algunas memorias se recuerdan los días de andar sin control por las calles como los momentos más libres y por tanto inolvidables. Y también otros psicólogos callejeros aseguran que el niño debe mostrar su "hombría" desde la infancia.

 En nuestras discusiones sobre el machismo, la teoría y las demandas obvian que, en el discurrir doméstico, se distribuyen las primeras lecciones machistas. Y no sólo con el ejemplo de papá o mamá. Quién ha visto -repite una vecina- machos en la casa. ¿Acaso a usted no  le repitieron esa norma desafiante; acaso usted mismo no se la impone a sus hijos un sábado, cuando usted desea estar sólo con su esposa o pretende terminar una tarea atrasada?

Y en cuanto a ciertas niñas, se les obliga a hacer lo mismo que los varones. Perdónenme, pero esa no es la igualdad de sexos. Lo único que no puede hacer una mujer es copiar, imitar, al varón. Hay una finísima diferencia sexual que nadie osaría tachar en aras de una presuntuosa, casi estúpida igualdad. Y si el hombre ha creído por milenios que la tosquedad, la dureza, componen parte de sus atributos, la mujer no puede emparejársele en lo basto, en lo irracional de actitudes y modales. Machismo al revés.

 Y no abogo por que los hogares remeden prisiones. Por el contrario, defiendo que sean el sitio “en el que tan bien se está”, al que el niño, aun cuando sea ya adulto, desee regresar... Al menos con la memoria. Usted piensa, sin embargo, que qué se le va hacer, si hay barrios sin parques y la vida, figúrese, está muy dura. Tengo la impresión de que usted se justifica. Y yo creo que  el varón  es más que macho.  

 

 

 

ACERCAMIENTO A LAS PALABRAS

Luis Sexto

La evidencia es audible: los cubanos no hablamos bien. Basta oír a ciertos entrevistados en los reportajes de la TV, para percatarnos de esa insuficiencia a pesar de que Cuba ha dado numerosos maestros de la lengua, como Martí, Heredia, o Carpentier, Guillén, Dulce María Loynaz, Lezama Lima. Y no me refiero a nuestro hablar atropellado, vital, apasionado. Quiero decir que vamos reduciendo el vocabulario y deformando la prosodia de modo que la cultura en vez de realzar los valores del habla, los minimiza.

Voy a escribir de este tema con cautela. Me cuesta adoptar poses profesorales, o escribir imponiendo mi opinión. Pero me parece que podremos convenir en que  ello hoy, cuando el sistema de educación reflexiona y señala sus carencias, estamos en el momento exacto para mejorar. Todos. Padres, maestros, estudiantes. Porque nadie pretenderá lograr una superación de las formas incorrectas y malsonantes con que mayoritariamente usamos el habla, si quienes recomiendan el mejoramiento persisten en el mal.

Me atrevo, pues, a sugerir que  nuestras escuelas exijan la expresión oral apropiada. Y la ejerciten como si todos los alumnos se prepararan para ejercer como abogados o tribunos del pueblo. La lengua materna ha de ser una asignatura rigurosamente impartida y examinada. Porque si en nuestro sistema predominara el oficio de instruir por encima del de educar, con el tiempo sobrarían los letrados incultos. Sabemos que la palabra es el envase comunicable del pensamiento; es más,  el pensamiento es la palabra. ¿Y  ¿habrá acaso que repetir la manoseada verdad de que pensamiento carente o torpe de palabras será siempre mal o incompletamente pensado y expresado y, por ende, mal comprendido  o incomprendido?

Y mientras la sociedad adquiere conciencia de esta deficiencia y se adoptan los criterios pedagógicos para erradicarla, hay otro asunto en nuestra habla que necesita también ser corregido. ¿Nos hemos acaso fijado en  que también despojamos al idioma común y pasajero de sus delicadezas y ternuras?  Echo de menos a fórmulas como “por favor”, “gracias”,  “buenos días”, “adiós”,  “por nada”, en fin, esas frases que indican que las personas se toman en cuenta unas a otras y se respetan.

Existe una ley desde hace milenios y que el cristianismo potenció hasta convertirse en amor: trata a los demás como quieres que te traten. Por ello, la lengua es rica en palabras y locuciones tiernas y respetuosas. Los cubanos somos por idiosincrasia gente llana, cordial, renuente a las fronteras impuestas por rangos y desigualdades. Pero esa capacidad de emparejarnos, de sentirnos iguales, no implica la irrespetuosidad que arrasa en vez de allanar, que despoja en lugar de preservar. Nuestra tradición e incluso los ideales de nuestra sociedad actual se han fundamentado sobre relaciones solidarias, aunque hace más de cincuenta años ciertos cubanos y extranjeros se dedican a enrarecerlas y satanizarlas mediante la hostilidad oral y escrita en los medios globales de prensa y difusión.

Diga usted si la lengua y el habla pueden andar de espaldas a nuestro ser y a nuestra historia.  

SI NO TE LO LLEVAS TÚ, SE LO LLEVA OTRO

SI NO TE LO LLEVAS TÚ,  SE LO LLEVA OTRO

 

Luis Sexto

Diccionario de frases célebres

Dos veces deshonrosa, esta frase pretende allegar certeza, valor, justificación presumiendo que tu semejante, cualquiera, hará lo que tú dudas en hacer. Y roba, así, con las dos manos: primero el crédito a los demás y, luego, la propiedad que pertenece a otros.

No hablamos del ladrón que quiebra cerraduras o aprovecha la puerta vacía, o el bolsillo en el tumulto de un ómnibus. Tal tipo deslinda la circunstancia. Yo, ladrón, de este lado; ellos, las víctimas, del otro. Una cuerda división de posiciones. No intenta diluirse, confundirse. Deja su firma en el modo de obrar. Yo, el ladrón. Quiere decir: un ciudadano que se autoexcluye; que viste y habla, por lo usual, con ropas y palabras diferentes, y hasta emplea un caminaíto también diferente. Y que se opone a los demás, pues pretende vivir de los demás.

Pero la frase de hoy, susurro de Mefistófeles, encuadra al que roba o hurta, y continúa sintiéndose persona decente, y prosigue andando en el medio donde tira su tendencia a andar en puntillas, como una ballerina, y expresándose con altura. Si su conciencia, en un escueto momento de reflexión, lo demandara y le halara la oreja, llegaría, a lo sumo, a clasificarse sólo como un sujeto un  tanto más vivo, más rápido que los otros,  porque cualquiera de ellos podría hacerlo. Total, todos andamos en lo mismo. Y como la vida es de los que “dan primero”, de los que están al tanto “de la que se cae”, yo me adelanto. Y así van empatándose juicios de desvalor para integrarse en el código de la doblez, del deshonor, propios de delincuentes de dedos finos, de vocabulario ortodoxo, y sin antecedentes penales. Delincuentes integrados a la sociedad.

No exagero. La frase campea con rastrera presencia en nuestros círculos, particularmente en los laborales. ¿Usted acaso no conoce de sobres con el dinero del mes o de la quincena que desaparecen, se desubican, vuelan del buró o de la cartera de aquel compañero o de aquella compañera? Ocurre, ¿no?  Y desde el almacén o de la misma línea de producción de la fábrica, doblan la esquina objetos, recursos, y por momentos con papeles que justifican la estampida, como diciendo: todo está bajo control.

En definitiva, la frase insinuante y tranquilizadora recomienda especialmente operar en la propiedad social, y si lo hace en la personal, actúa como al descuido para, de paso, instruir al  descuidado con una lección punzante y perdurable: que no sea bobo.