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PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

¿Cómo enfrentarnos a la sexta extinción masiva?

¿Cómo enfrentarnos a la sexta extinción masiva?

Por Leonardo Boff,

teólogo y ecólogo brasileño

Ya nos hemos referido anteriormente al hecho de que el ser humano, en los últimos tiempos, ha inaugurado una nueva era geológica -el antropoceno-, era en la que él aparece como la gran amenaza para la biosfera y el eventual exterminador de su propia civilización.

 Desde hace mucho  tiempo biólogos y cosmólogos están advirtiendo a la humanidad que el nivel de nuestra intervención agresiva en los procesos naturales está acelerando enormemente la sexta extinción en masa de especies de seres vivos. Está en curso desde hace algunos  miles de años. Estas extinciones pertenecen al proceso cosmogénico de la Tierra.

 En los últimos 540 millones de años la Tierra conoció cinco grandes extinciones en masa, prácticamente una cada cien millones de años, que extinguieron gran parte de la vida en el mar y la tierra. La última ocurrió hace 65 millones de años cuando fueron aniquilados, entre otros, los dinosaurios.

Hasta ahora todas las extinciones fueron ocasionadas por la fuerzas del propio universo y de la Tierra, como por ejemplo la caída de meteoros rasantes o por convulsiones climáticas. La sexta está siendo acelerada por el ser humano. Sin su presencia desaparecería una especie cada cinco años. Ahora, a causa de nuestra agresividad industrialista y consumista, multiplicamos cien mil veces la extinción, nos dice el cosmólogo Briam Swimme en una entrevista reciente al EnleihtenNext Magazine, numero 19.

Los datos son estremecedores. Paul Ehrlich, profesor de Ecología en Standford calcula     que son exterminadas 250 mil especies al año, mientras que Edward O. Wilson, de Harvard, da números más bajos, entre 27 mil y 100 mil especies por año (R. Barbaut,  Ecología geral. 2011, p.318). El ecólogo E. Goldsmith de la Universidad de Georgia, EE.UU., afirma que la humanidad, al volver el mundo cada vez más empobrecido, degradado y menos capaz de sustentar la vida, ha revertido el proceso evolutivo en tres millones de años. Lo peor es que ni nos damos cuenta de esta práctica devastadora ni estamos preparados para evaluar lo que significa una extensión en masa.

 Significa sencillamente la destrucción de las bases ecológicas de la vida en la Tierra y la eventual interrupción de nuestro ensayo civilizatorio y quizás hasta de nuestra propia especie.

Thomas Berry, el padre de la ecología estadounidense, escribió: "Nuestras tradiciones éticas saben cómo manejar el suicidio, el homicidio e incluso el genocidio, pero no saben qué hacer con el biocidio y el geocidio". (Our Way into the Future, 1990, p. 104).

¿Podemos desacelerar la sexta extinción masiva ya que somos sus principales causantes? Podemos y debemos. Una buena señal es que estamos despertando la conciencia de nuestros orígenes, hace 13,7 millones de años, y de nuestra responsabilidad por el futuro de la vida. Es el universo quien suscita todo eso en nosotros porque está a favor nuestro y no contra nosotros. Pero pide nuestra cooperación, ya que somos los mayores causantes de tantos daños. El momento de despertar es ahora, mientras hay tiempo.

Lo primero que hay que hacer es renovar el pacto natural entre Tierra y Humanidad. La Tierra nos da todo lo que necesitamos. En el pacto, nuestra retribución debe ser de cuidado y respeto para con los límites de la Tierra. Pero, ingratos le devolvemos machetazos, bombas y prácticas ecocidas y biocidas.

Lo segundo es reforzar la reciprocidad o la mutualidad: buscar aquella relación mediante la cual entramos en sintonía con los dinamismos de los ecosistemas, usándolos racionalmente, devolviéndoles la vitalidad y garantizándoles sostenibilidad.

Para eso necesitamos reinvertarnos como especie que se preocupa por las demás especies y aprender a convivir  con toda la comunidad de vida.

Debemos ser más cooperativos que competitivos, tener más cuidado que voluntad de someter, y reconocer y respetar el valor intrínseco de cada ser.

Lo tercero es vivir la compasión no solo entre los humanos sino con todos los seres, compasión como forma de amor y cuidado. A partir de ahora ellos dependen de nosotros, si van a poder seguir viviendo o si estarán condenados a desaparecer.

Necesitamos abandonar el paradigma de dominación que refuerza la extinción masiva y vivir el del cuidado y el respeto, que preserva y prolonga la vida. En medio del antropoceno, urge inaugurar la era ecozoica que coloca lo ecológico en el centro. Sólo así hay esperanza de salvar nuestra civilización y de permitir  la continuidad de nuestro planeta vivo.

(Tomado de Granma, viernes 16 de marzo de 2012)

 

 

 

LA AUTOCRÍTICA

LA AUTOCRÍTICA

Luis Sexto

Antes de ir a casa cuando era alumno externo de los salesianos, o antes de dormir en la etapa del internado, el director nos daba las buenas tardes o las buenas noches hablándonos de una propuesta ética. Previamente, todos habíamos dedicado un minuto a pensar en el valor o el desvalor de nuestras acciones del día. A ese acto de reflexión, llamábamos examen de conciencia.

Más tarde, aprendí a llamarlo autocrítica.

Pero qué es la autocrítica. Oímos hablar de ella, incluso nos la recomiendan en el arte, la política, la economía. Y a mi parecer, como dije, equivale a un examen de conciencia, a un mirarse hacia adentro y ejercer la crítica contra nosotros desde la propia carne. El ejercicio autocrítico es una especie de fogón de la espiritualidad. Porque el hombre, o la mujer conversan, como dijo Antonio Machado, con “el hombre que conmigo va”. Esto es, reconoce en sí mismo a un interlocutor cuya vigencia impide que la conciencia se nos enmusarañe. O que los errores nos descosan la obra.

Sobre la autocrítica, la escritora Dora Alonso me recomendaba: ni tanta, ni tan poca. Porque si escasa, puedes perpetuarte en la misma estación; si excesiva, puedes encontrarte en el mismo apeadero por la ruta inversa: la esterilidad. Lo decía refiriéndose a la obra de un escritor o un aprendiz de escritor. Pero la opinión de la maestra, cuyas cenizas revuelan, a petición suya, en el aire de Cuba, abarca todo el espectro de la autocrítica. Compone, así, un medicamento cuya dosis hay que medir y pesar con exactitud. Si queda corta, no cura; si se pasa, daña al paciente.

Todo ello es razonable. Pero –ah, a partir del “pero” suele venir lo más interesante- le tengo miedo a la autocrítica. Más bien, miedo a cierto uso de la autocrítica. Recientemente, alguien decía en el Noticiero de TV que la agricultura había producido tanto y tanto y tanto, aunque, a pesar de las cifras, aseveraba, “no estábamos contentos con lo hecho”. En efecto, nadie, particularmente los consumidores, puede estar satisfecho con los resultados de nuestra agricultura. De ahí, pues, la autocrítica intervenía para atenuar el juicio de lo que en teatro nombran “la cuarta pared”: el público. ¿Quién no está dispuesto a perdonar a quién reconoce su falta?

Por ello temo que la autocrítica se transforme en una retórica, en un decir que se decolora, que promete lo que nunca cumple, que expresa un pesar que no se siente. Temo, en fin, que un hábito necesario y constructivo derive en un recurso enmascarador. En la poltrona de las justificaciones. A mí me enseñaron que un examen de conciencia, cuando se hace sinceramente, tiende al mejoramiento. Si pasan los días y los mismos yerros, las mismas insuficiencias, aparecen en el escrutinio, la autocrítica es simple coqueteo con la verdad. O más claro: no es verdad. 

 

LA POLÉMICA DEL DÍA

LA POLÉMICA DEL DÍA

Por ARGELIO SANTIESTEBAN *

Una oda a la cochiná…

                  

 Periódicamente la red  --que, entre otras cosas, parece diseñada para los histéricos--  se estremece con el ataquito de moda.

 Tal es el caso armado alrededor de la crítica ejercida contra el video-clip  "chupi-chupi".

   ¿Vale la pena que yo emita mi humildísimo criterio?  ¿Decir que aquello es un despliegue de gusto pedestre mixturado con retraso mental profundo?   ¿Recordar que somos el país que nos regaló, gracias a Matamoros,  la habanera "Mariposita de primavera",   o "Convergencia", de Bienvenido Julián Gutiérrez?

   No.   No es necesario.  Que en el pecado lleven su penitencia.  y sobran todas mis diatribas, pues basta con examinar la dichosa letra.   That is quite enough.

   Para quienes no hayan tenido acceso al engendro teratológico, lo reproduzco a continuación.

  

Dame un chupi chupi,
que yo lo disfruti,
abre la bocuti,
y trágatelo tuti.

Dame un chupi chupi,
dale ponte cuqui,
y apaga la luqui,
que se formo el balluqui.

Coro:
dame un chupi chupi,
que yo lo disfruti,
abre la bocuti,
y trágatelo tuti.

Dame un chupi chupi,
dale ponte cuqui,
y apaga la luqui,
que se formo el balluqui.

Póngase calentuqui mamuqui
pa q me chupe el platanuqui
que yo tengo mas sabores
que los mismo tuti fruty
de vainilla, de fresa
pa que no se te arruge el cuti
echame un luki
embarrate pa que yo lo difruti

hay, tu te viene, tu te vay’
Hay, tu te viene, tu te vay’
No me digas que te vay’
Te consigo una permuta de …

Coro:
Dame un chupi chupi,
Que yo lo disfruti,
Abre la bocuti,
Y tragatelo tuti.

Dame un chupi chupi,
Dale ponte cuqui,
Y apaga la luqui,
Que se formo el balluqui. X2

Hace rato mami que yo estoy callendote atra’
Enfermera pa’ que tu me cure mi enfermedad
Oye que con mi fanatismo metele locura
Ven pa’ mi campismo y dame un chupi chupi
Mucho gusto mami soy el choco
Hambran paso pa’ que chupe un poco
para pa pan pan sin tacañeria
Felicidades fulana en tu dia

Dice que hay noche de adrenalina
Te voy a dar un chupi chupi en la picina
Te voy a dar candela y sin gasolina
Un visto de la vecina
Que a mi me gusta tu ñaca ñaca tu cuchi cuhi
Q’ ami me gusta tu perfume Gucci
Ponme la cara de loca que yo te pongo la music
Pa devorarte en el Jacuzzi

[Coro:]
Dame un chupi chupi,
Que yo lo disfruti,
Abre la bocuti,
Y tragatelo tuti.

Dame un chupi chupi,
Dale ponte cuqui,
Y apaga la luqui,
Que se formo el balluqui. X2

Esto es tan reaski
Lo vendo yo y sin elaski
Pa’ que se vaya a la molaski
Tu viene yo me voy como hacemos mamaski
Es que esto no es de carne mama esto es de plasti
de plastilina, mi china,
Vamonos directo pa la China,
Pa’ que se vote la adrenalina,
dame un chupi chupi en la cochina

mami yo se que tu esta’ kechi
ponteme arrebatechi
dime si te piache que esta talla lleva mechi
dale al ritmo bechi
llename de bechi
sacate la lengua que te voy a dar la lechi
cambio

mamita vamono sin jockey

que yo estoy loco y tu estas loki
para bajarle el calentoki
para que papi te lo toki

sin jockey la niña esta sin jockey
se baja el calentoki pa que papi se lo toqui
sin jockey la niña esta sin jockey
se baja el calentoki pa’ que papi se lo toqui

Si no quiere buscarte un problema,
Sacudete y tirala buena
Dale un chupi chupi a la nena
Que estoy loca por verte en la esena

Chupi chupi chupi ma que se pone brava mama
Chupi chupi chupi ma que se pone brava mama

[Coro:]
Dame un chupi chupi,
Que yo lo disfruti,
Abre la bocuti,
Y tragatelo tuti.

Dame un chupi chupi,
Dale ponte cuqui,
Y apaga la luqui,
Que se formo el balluqui. X2

Dame un chupi chupi de tequila,
Aqui esta tu papi el que te aniquila
En la cama me pongo como cine
Me pongo mas feo q los monstro de thriller
Estoy echandote pila
La cama de mi cuarto se alquila,
Introducete en la fila,
Uno pregunta mami tu te depila

Vamo a dejar el audi
Vamono en Suzuki
No importa que halla frio que se te conjele el cuti
Es que nos vamo de party a la calentuti
A lo rico rico
Pa que tu lo disfruti,
No me detengo ay dio
Pero t voy a dar lo que tu quiere
El inmortal, aqui presente
Oye bebe que mas tu quieres,

Dame un chupi chupi mi puti viene sin mojo

Dame un chupi chupi para qe salga el chorro
Ve bajandote el ciper
Te voy a quitar la ñique
Te gusta mi meñique
Yo te lo voy a meter
Un chupi chupi sin excuse me soy el timoner
Ponte pa esto chula ven que puedo yo …

sin jockey la niña esta sin jockey
se baja el calentoki pa que papi se lo toqui
sin jockey la niña esta sin jockey
se baja el calentoki pa’ que papi se lo toqui

chupi chupi chupi chupi chupi chupi ma
chupi ma dale chipi ma
chupi chupi chupi chupi chupi chupi ma
chupi ma dale chupi ma

[Coro:]
Dame un chupi chupi,
Que yo lo disfruti,
Abre la bocuti,
Y tragatelo tuti.

Dame un chupi chupi,
Dale ponte cuqui,
Y apaga la luqui,
Que se formo el balluqui. X2

Yo soy tu loco descarado,
El mal criado
Yo se que tu carece de lo que presume,
Tu sabes que conmigo se te cae el blume.

 

   ¿Acaso no les prometí, unas líneas más arriba, pruebas tangibles, concretas,  asquerosísimas?  Pues ahí están, sólidas como puños.

   Y, si alguien sigue albergando dudas al respecto  -- y tiene estómago a prueba de retos excrementicos--, reléase la letra escatológica, de seguro imaginada en algún  excusado fétido

   (Alguien  –quien mira hacia el monitor mientras yo redacto--  acaba de comentar: “es una oda a la cochiná`.

 

 

 *ARGELIO SANTIESTEBAN (Banes, Cuba, 1945): Periodista y escritor. Recibió el Premio de la Crítica en su primera convocatoria.

LA AUTOCRÍTICA

LA AUTOCRÍTICA

 

Luis Sexto

En una de mis tantas escuelas, antes de ir a casa cuando era alumno externo de los salesianos, o antes de dormir en la etapa del internado, el director nos daba las buenas tardes o las buenas noches hablándonos de una propuesta ética. Previamente, todos habíamos dedicado un minuto a pensar en el valor o el desvalor de nuestras acciones del día. A ese acto de reflexión, llamábamos examen de conciencia.

Más tarde, aprendí a llamarlo autocrítica.

Pero qué es la autocrítica. Oímos hablar de ella, incluso nos la recomiendan en el arte, la política, la economía. Y a mi parecer, como dije, equivale a un examen de conciencia, a un mirarse hacia adentro y ejercer la crítica contra nosotros desde la propia carne. El ejercicio autocrítico es una especie de fogón de la espiritualidad. Porque el hombre, o la mujer conversan, como dijo Antonio Machado, con “el hombre que conmigo va”. Esto es, reconoce en sí mismo a un interlocutor cuya vigencia impide que la conciencia se nos enmusarañe. O que los errores nos descosan la obra.

Sobre la autocrítica, Dora Alonso me recomendaba: ni tanta, ni tan poca. Porque si escasa, puedes perpetuarte en la misma estación; si excesiva, puedes encontrarte en el mismo apeadero por la ruta inversa: la esterilidad. Lo decía refiriéndose a la obra de un escritor o un aprendiz de escritor. Pero la opinión de la maestra, cuyas cenizas revuelan, a petición suya, en el aire de Cuba, abarca todo el espectro de la autocrítica. Compone, así, un medicamento cuya dosis hay que medir y pesar con exactitud. Si queda corta, no cura; si se pasa, daña al paciente.

Todo ello es razonable. Pero –ah, a partir del “pero” suele venir lo más interesante- le tengo miedo a la autocrítica. Más bien, miedo a cierto uso de la autocrítica. Recientemente, alguien decía en el Noticiero de TV que la agricultura había producido tanto y tanto y tanto, aunque, a pesar de las cifras, aseveraba, “no estábamos contentos con lo hecho”. En efecto, nadie, particularmente los consumidores, puede estar satisfecho con los resultados de nuestra agricultura. De ahí, pues, la autocrítica intervenía para atenuar el juicio de lo que en teatro nombran “la cuarta pared”: el público. ¿Quién no está dispuesto a perdonar a quién reconoce su falta?

Por ello temo que la autocrítica se transforme en una retórica, en un decir que se decolora, que promete lo que nunca cumple, que expresa un pesar que no se siente. Temo, en fin, que un hábito necesario y constructivo derive en un recurso enmascarador. En la poltrona de las justificaciones. A mí me enseñaron que un examen de conciencia, cuando se hace sinceramente, tiende al mejoramiento. Si pasan los días y los mismos yerros, las mismas insuficiencias, aparecen en el escrutinio, la autocrítica es simple coqueteo con la verdad. O más claro: no es verdad. 

 

LENGUA LARGA Y PALABRAS CORTAS

LENGUA LARGA Y PALABRAS CORTAS

Por  Luis Sexto

Hemos hablado alguna vez de que no hablamos bien, a pesar de que Cuba ha dado numerosos maestros de la lengua, como Martí, Heredia, o Carpentier, Guillén, Dulce María Loynaz, Lezama. Y no me refiero a nuestro hablar atropellado, vital, apasionado. Quiero, hemos querido decir que vamos reduciendo el vocabulario y deformando la prosodia. Por ejemplo, conocido es el viejo chiste en el que para pronunciar “está aquí ya”, un cubano suelta en ráfaga algo casi incomprensible: “ta qui llá”. 

Como los defectos y los problemas se resuelven luego de ser reconocidos y de haber reflexionado, estamos, a mi ver, en el momento exacto para mejorar. Todos. Padres, maestros, estudiantes. Porque nadie pretenderá lograr una superación de las formas incorrectas y malsonantes con que mayoritariamente usamos el habla, si quienes recomiendan el perfeccionamiento, o lo enseñan, predican con el mal ejemplo.

Me atrevo, pues, a sugerir que  nuestras escuelas exijan la expresión oral apropiada. La lengua nacional tiene que ser una asignatura rigurosamente impartida y examinada, no solo en sus reglas gramaticales; también en su empleo cotidiano. Porque si en nuestro sistema predominara el oficio de instruir por encima del de educar, con el tiempo sobrarían los letrados incultos. Sabemos que la palabra es el envase comunicable del pensamiento, ¿habrá acaso que repetir la manoseada verdad de que pensamiento carente o torpe de palabras será siempre mal o incompletamente pensado y expresado y, por ende, mal comprendido?

Pero mientras la sociedad adquiere conciencia de esta deficiencia y se adoptan los criterios pedagógicos para erradicarla, hay otro asunto en nuestra habla que necesita también ser corregido. ¿Se ha fijado usted, y usted, y aquel,  que también despojamos al idioma común y pasajero de sus delicadezas y ternuras?  No estoy –advierto- en una posición negativa. Ni hipercrítica. Sencillamente, pulso nuestra realidad. Y echo de menos a términos como “por favor”, “gracias”,  “buenos días”, “adiós”,  “por nada”, en fin, esas frases que indican que las personas se toman en cuenta unas a otras, y se respetan.

Para respetarnos mutuamente no requerimos que sesudos pedagogos compongan un programa de urbanidad. Basta con saber que el amor hacia el semejante es una prolongación del amor hacia uno mismo. ¿Quién es tan ingenuo de creer que al maltratar a otro recibirá en cambio una buena acción, un gesto plausible?

Existe una ley desde hace milenios: trata a los demás como quieres que te traten. Por ello, la lengua es rica en palabras y locuciones tiernas y respetuosas. Los cubanos somos por idiosincrasia gente llana, cordial, renuente a las fronteras impuestas por rangos y desigualdades. Pero esa capacidad de emparejarnos, de sentirnos iguales, no implica la irrespetuosidad que arrasa en vez de allanar, que despoja en lugar de preservar.  

LA COMUNICABLE INCOMUNICACIÓN

LA COMUNICABLE INCOMUNICACIÓN

 Por Luis Sexto

 

Tal vez los accidentes del tránsito se hayan agravados mundialmente de acuerdo con el aumento de los teléfonos celulares, que suelen temblar en los bolsillos de cualquier receptor cuando usted ocupa posiciones y ubicaciones menos apropiadas para hablar. Y posiblemente a esos medios también le debamos que nos crucemos con caras cada vez menos proclives a mirar al transeúnte, al vecino o al subordinado  con una expresión de cordialidad o simpatía.

Los teléfonos celulares encierran en su liliputiense geometría el cambio de los tiempos, de sus signos y de sus caras. Y en esa transformación vemos la envoltura de la paradoja. Porque lo que se inventó para juntar, resulta que aleja o aísla.  Las contestadoras automáticas, por ejemplo,  frustran un porcentaje hasta el momento imprecisable de todos los intentos de sintonizar una comunicación telefónica. Detrás de la voz inapelable que le dice a todos por igual que usted se ha comunicado con… -con quién en verdad- y que ahora no lo podemos atender, enseguida lo llamaremos, se amuralla de vez en cuando el egoísmo o en el escurridizo cumplimiento de deberes y funciones. Muchos todavía esperamos la promesa de que nos llamen en cuanto puedan los que dejaron sus silencios parapetados tras un ciérrate sésamo de plástico y negatividad.

Cuántos años de soledad nos traerán los celulares y las contestadoras; cuánta sordera generará el negarse oír con la disculpa de que ya lo llamaremos. Sordera y mudez. Y por tanto distancia y categoría. Por supuesto, la técnica es la técnica, como diría un predicador callejero. Sin embargo, siendo justos –nadie piense que soy un habitante de las cavernas-, los artilugios de avanzada  no deben merecer que en su ficha técnica se les acuse de ser culpables de, en lugar de acercarnos gracias a su capacidad de zancajear por el espacio a velocidades supersónicas, nos distancien y justifiquen nuestra excusa de que aunque no te veo, puedo llamarte cuando me acuerde… Si me acuerdo.

A lo mejor exagero la impresión. Pero uno se va sintiendo solitario en la multitud. Ahorita desaparecerá el piropo encimado al compás de las caderas o los ojos femeninos, y se extinguirá  el intercambio de un par de pronósticos entre desconocidos sobre cómo está la cosa, o de lamentos por el calor. El mensaje de texto o el correo electrónico  servirán para lo más urgente, barato  y banal, mientras olvidamos la letra azul o negra o la voz húmeda de las personas más queridas. ¿No derivarán las calles hacia una condición menos humana y masiva, y caminaremos ensimismados como dentro un container de psicofármacos? De acuerdo con esos datos, adelantaremos regresando hacia  un primitivismo tecnológico.

Hasta la música se restringe como privilegio mío, único, renuente a compartirse con discreción. No me atrevo a enumerar cuantos caminan con los oídos hermetizados por audífonos unipersonales, como clones cultivados sobre un fragmento de  autoerotismo mental.  Si escucharan a Mozart, a Silvio o a Bocelli, por ejemplo,  uno quizás quisiera arrimar la oreja, pero si fuese un reguetón… Sigan, por favor, en su bartolina musical.

 La creciente de incomunicación es reductible por ahora a una ecuación: celular más contestadora por mp3: igual  a echar de menos los sonidos solidarios, las visitas inesperadas y el “Oigo” compulsado del que –salvo dejarlo sonar arriesgándose a perder, quizás la noticia o el premio de su vida- no tiene más opción que levantar el auricular a cualquier hora y atender la voz que quizás nos importuna para acompañarnos o acompañarse… O para exigirnos, caray, por los asuntos que nos tocan por tal o cual cargo o función, aunque más antiguas que los celulares y las contestadoras, las secretarias o sus versiones masculinas, son a veces centrales digitales intermedias cuya voz nos advierte que el teléfono y sus derivados no funcionan cuando uno no quiere.

 

AH, SIEMPRE LA ESPERANZA

AH, SIEMPRE LA ESPERANZA

Por Luis Sexto

En un soneto lo suficientemente agraciado como para no olvidarlo, Jorge Luis Borges le pide al Señor -un vocativo que para él es solo una fórmula- que no lo defienda "de la espada o de la roja lanza, sino de la esperanza". Y es aquí donde el acatado escritor argentino logra, al menos de mi parte, la conmiseración. ¿Proscribir la esperanza, anularla, ignorarla?  Más que por su ceguera, Borges merece la compasión por rechazar esta virtud teologal. Pero cualquier  poeta es a veces víctima de sus ficciones y sus consonantes. Y no creo cuerdo asegurar que Dios haya oído el ruego del autor de La historia universal de la infamia.

De qué difunto podríamos certificar que muriera sin esperanza, o dudar de que en el último parpadeo le haya sido revelada la visión de lo ignorado. Porque la presunción resulta habitualmente un método inexacto, no parece  pertinente destinar el 2 de noviembre a ejercer de recordatorio exclusivo para los "fieles difuntos", es decir los  cristianos. En este planeta, donde el perro caliente se ha vuelto un alimento global, me parece injusto, vacío de caridad, que solo roguemos por los que murieron en la fe de Cristo. ¿Y dónde esconderemos  la parábola del buen samaritano? Porque pienso que al tener solo en cuenta nuestros hermanos fallecidos en la fe, actuamos cómo los judíos que dieron un rodeo para no tener que topar con el peregrino herido y atenderlo con la demora y la molestia que la solidaridad exigía.

En mis ratos de reflexión, he tratado de anudar los hilos invisibles que unen a la fe, la esperanza y la caridad. Y me he percatado de que están tan ceñidamente amarradas que sin una de las tres, las demás pierden sentido. Que me perdonen, pues, los teólogos: soy periodista, la audacia es inherente a este oficio y me atrevo a escribir, por tanto, que si la fe nos prefigura a Dios y el amor nos lo acerca, la esperanza nos lo mantiene vivo y actuante. Incluso, la política necesita de la esperanza: esperar, esperar lo prometido, o lo propuesto, o esperar el resultado del trabajar sometido a las jorobas de la abnegación.

 

Resulta claro: sin la esperanza todo puede asumirse como un agujero negro en el Cosmos. Pero el problema se presenta cuando efectuamos la disección de nuestra esperanza. ¿Esperanza de qué: de ganar riquezas, fama, sorteos? Podría ser socialmente legítima esa esperanza, pero ya dejaría de ser virtud, para ser cálculo; perdería la certeza  para derivar hacia la probabilidad. Y quizás esta sea la esperanza de la que Borges le rogaba a Dios lo defendiera: la esperanza incierta, insegura, solo como un augurio de cartomántica o invocación onírica  a las energías positivas. Como sabemos, ciertos especialistas en juzgar la fe ajena suelen criticar que los creyentes  vivan esperando una mejor vida luego de la muerte. Y se detienen a lamentar que algunos renuncien a las ventajas de esta existencia, para merecer la próxima. Bueno, el equívoco es como para no alardear de teóricos o sabios. El creyente empieza a construir el Reino de Dios -dimensión insuperable de la vida-  desde  este respirar terreno. Busco un ejemplo, y pienso en el Padre Damián. El apóstol de los leprosos en la isla de de Molakai, en medio del Pacífico, no compartía sus días con los excluidos para anunciarles solo el fin de sus sufrimientos; había embarcado en esa travesía sin retorno, también para aliviarles, mejorarles esta vida que parece que concluye cuando se agotan los pulmones y el corazón.  Y dialécticamente - método válido también para los cristianos- el Padre Damián  se mejoraba como persona con su entrega sacrificial.

Vemos, así, una continuidad, una dependencia mutua entre la esperanza, la fe y la caridad. La matemática de Dios. Y por ello no se trata de demostrar  que Dios no existe o es una ficción engendrada por la pobreza, el desamparo, o si Cristo es un personaje histórico o una leyenda. Tal vez, lo más cuerdo, lo más provechoso resulta practicar lo que dicen que dijo: Amaos los unos a los otros. Por ese sugestivo mandamiento, comienza la esperanza. Y ya es algo…

 

 

¿ACUMULA INTERESES EL MÉRITO?

¿ACUMULA INTERESES EL MÉRITO?

Por Luis Sexto

La conducta humana se parece a ciertas novelas que empezando bien terminan mal o empezando mal terminan bien. La Historia amontona ejemplos de ambas posibilidades. Hubo algún personaje del siglo XIX cubano a quien le minimizamos intrigas, indisciplinas, tendencias racistas al valorar su postura intransigente frente a la Enmienda Platt, ya al final de la ejecutoria del patriota. A otros, en cambio, les difuminamos sus años de libertadores meritorios por haberse convertido después en tiranos o en mayorales de fusta y privilegio.

Vemos, así, que el último acto -ese que acometemos hoy- es el que cuenta. Lo que hice jamás podrá valer más que lo que hago, porque tal rasero causaría un proceso de ruina personal. Tengo la sospecha de que cuantos se corrompieron en los últimos años, comenzaron por adormilarse sobre sus previos merecimientos, creyendo que con su pasado habían adquirido el pase definitivo a la casta de los impunes. O los infalibles.

El mérito, pues, es una medida de los seres humanos. Pero una medida temporal. Y por ello el mérito necesita ser defendido; reclama una perenne renovación, un constante rehacerse del individuo en su proyección social y política. En verdad, el mérito no cuenta con la naturaleza de una moneda que, atesorada en un banco, acumula intereses solo por estar guardada.

A menudo, una frase nos abruma. Es como una contraseña, una justificación que neutraliza cualquier reproche. Basta con decir que hacemos el “mayor esfuerzo” y parece que todo lo demás sobra. Ya tenemos un mérito. Hemos venido olvidando que el mérito no proviene solo del hacer, sino del hacer, del actuar bien. De estos desvíos he escrito en otra ocasión. Recuerdo, incluso, que un lector –creo recordar que de Camagüey- me remitió su desacuerdo. Él creía en el mérito del esfuerzo. Y a mí, por el contrario, me parece que el camino del fracaso se pavimenta con “los mayores esfuerzos” que no conducen a ninguna parte.

El mérito a veces nos corresponde por casualidad. Uno se halla de pronto en ciertas circunstancias que exigen nuestra participación. Y respondemos adecuadamente. Ahora bien, el mérito de más valor es el que elegimos conscientemente. Nos esforzamos, y el esfuerzo termina en un resultado creador, productivo. Cuando resulta baldío puede responder a dos móviles: o no sabemos o no queremos. ¿Qué pasa –me decía un trabajador de cierta empresa- que comerse la comida de mi centro equivale a un suplicio. ¡Qué mal cocinada! Sin embargo, ante las críticas, la respuesta es la misma: hacemos el mayor esfuerzo. Pero el gusto de la gente se niega a tragar aquel alimento tan “esforzado”.

Voy a concluir esta cháchara suscribiendo el criterio de que el mayor mérito, el más consciente y consecuente, es la conducta que habiendo empezado bien, termina bien. Esto es, termina defiendo sus méritos… con nuevos mérito