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PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

MAGNA COSA

Luis Sexto

Nadie habla ya de la magnanimidad. La palabra ha sido confinada a los fondos del vocabulario de cada día, como un bote naufragado en una charca de indiferencia. ¿Qué sabe usted de ella? También –me arriesgo a decir- pocos la ejercitan. 

La magnanimidad no es solo virtud de poderosos. Una de sus raíces, el magnus latino, insinúa un eco propio de emperadores, conquistadores, señores feudales. El señor es magnánimo porque “solo él es grande”, y nadie más puede perdonar un crimen, condonar una deuda, conceder una gracia. Así dicen algunos. 

Escribo de algo tan raro como la magnanimidad por una razón personal. Encomendé a cada uno de mis alumnos en la Facultad de Comunicación, que redactaran  una nota de 40 líneas sobre esa virtud, y me impongo una tarea similar, para emular, o para –en actitud auto provocadora- realizar como aprendiz cuanto pido como profesor.  

A mi parecer, la magnanimidad compone una manifestación del amor, de la solidaridad. Resulta, por norma, un sentimiento, un proceder individual que suele manifestarse en momentos extremos; ella misma resulta una decisión, un acto extremo. Se relaciona con el perdón. Pero perdonar, más que un gesto magnánimo, es efecto de la generosidad. Todo esto, como apreciamos, se mezcla. Pero, si la generosidad dona, entrega, regala, lo que uno posee e incluso lo que no tiene, la magnanimidad trasciende la ofrenda de algo que damos sin que por ello dañemos el propio valor. ¿Soy claro? Veamos. Puedo quedarme desnudo, porque cedí mi ropa a quien la necesitaba más. Sin embargo, mi integridad, mi interior, permanece incólume. La magnanimidad –un compuesto de magna y ánima; alma grande, en español- suele ser, en cambio, un despojamiento, una cesión de lo más nuestro.  

Es famosa la anécdota de Isaac Barrow. Era, en su tiempo, un matemático sobresaliente; quizás el más abarcador. Y un día presentó la renuncia de su cátedra en una universidad famosa. El rector le preguntó la causa, pensando que quería mayor sueldo. Y Barrow le respondió que renunciaba con una condición. ¿Cuál? Que mi alumno Isaac Newton me sustituya. He descubierto que sabe más matemática que yo. 

Y nosotros qué. ¿Tendremos que ser grandes para ser magnánimos? Tampoco es virtud exclusiva de la aristocracia espiritual. Todos, cada día, nos ponemos en posición de administrar la magnanimidad. Por ejemplo, esa persona investida de autoridad que impone una multa indebidamente, porque el presunto infractor le demostró que estaba equivocado, y por lo cual no debe permitir que el principio de autoridad se resquebraje.  O el profesor que reduce injustamente la nota para ajustar las cuentas con el desplante de un estudiante. O el que condiciona un favor a una dama, a cambio de otro favorcito. O el que recusa o aplaza la promoción, porque “este tipo” es superior a mí, y yo no sirvo de escalón a nadie...  

Pequeñas cosas usuales, en cuya diminuta dimensión, si uno opta por el desprendimiento magnánimo,  renuncia a lo peor de sí para resurgir dotado con el ímpetu de un ala.            

 


DÓNDE ESTÁ PAPÁ

DÓNDE ESTÁ PAPÁ

Luis Sexto

“No volveré a matar a mi padre”... Ese es el título de una novela del argentino Pablo Lerman que invita, con los espasmos de una aparente truculencia, a leer el mediano volumen. Luego de diez páginas, preferí quedarme sin saber porqué el autor, o alguno de sus personajes, prometió no matar otra vez a su padre. La figura paterna me es demasiado honda, tierna, amable para soportar que la dañen, así sea en el título de un libro de ficción.

En estos días, sin embargo, leí un texto que me sirvió de antídoto contra los temblores generados por aquel otro libro. Fue como un enjuague del alma, un lavado cardiaco, en una edición digitalizada, familiar, cosida con los correos electrónicos -igual hubiera sido con mensajes postales- cruzados entre un padre y su hija durante la misión médica que ella cumplió en África. Los fines esquivan las vanidades literarias, las presunciones profesionales, los méritos políticos. Y se concentran en conservar esas páginas en la intimidad doméstica para que la nietecita, que viajó a África siendo una bebé, conozca de joven o adulta ese capítulo familiar mediante las computadoras aun calientes por la corriente de amor y añoranza.

Entre las recomendaciones del padre, una, como un programa de vida, apunté en mis notas: “El olvido no es un buen compañero de viaje.”

Con una sonrisa elemental, el padre me prohibió decir su nombre.

Puedo decir, no obstante, que después de haber leído ese diálogo entre su hija y él, mi afecto, afincado en la bondad, la franqueza y la eticidad de mi amigo, ha pasado a una nueva etapa: la devoción. Porque, a mi parecer, el círculo de calidad espiritual de un varón se fija en su modo de asumir la paternidad. No existe ninguna otra condición que defina, identifique, recomiende tanto como el ejercicio paterno. Es la militancia primordial. Cualquier juicio se confirma o se desvanece ante el proceder y la ternura del padre. No creo que nadie completamente bueno se desentienda de sus hijos, ni nadie malo por los cuatro vientos haga un reloj de sus imperativos filiales. En circunstancias opuestas, habría que reanalizar la virtud de uno y la maldad del otro.

Admito que alguna vez alguien haya deseado matar a su padre. Como en esa  novela que no acabé de leer. Por alguna razón el parricidio es una figura en todos los códigos penales. La literatura y el teatro en occidente lo han iluminado como foco de tragedia, a partir de Edipo. Y uno comprende el ánimo zaherido de quien odia a su padre. Porque qué soledad la del niño que crece ansiando jinetear las rodillas de papá como jaca confiable en el más fantasioso galope. Esa ausencia o esa indiferencia se incrustan en la memoria como carencias vitamínicas. O la más irredimible nostalgia.    

 

 

 

 

 

 

 

 

EL RESCATE DEL RIGOR

EL RESCATE DEL RIGOR

Luis Sexto

Quizás pocos estén en desacuerdo con que el rigor se incluye entre las cosas que faltan en Cuba. No el que se iguala con aspereza o estoicismo, como también define el diccionario, y que equivaliendo, además, a capacidad de sacrificio, les ha sobrado a los cubanos. Me refiero al rigor que es sinónimo de exigencia y cuya notable ausencia ha convertido a nuestras libertades, a contrapelo de las leyes, en una relación cargada de derechos y aligerada de deberes.

¿De quién es la culpa? Si acaso tuviera sentido hallar el gesto que ahuyentó el rigor, culpables seríamos todos. O, más exactamente, es culpa del soñar con el gobierno de una justicia eminentemente ciega e inclinada por sistema hacia el lado de la benignidad. Ha sido un error de humanismo. Porque la sensibilidad revolucionaria gusta de redimir y desatar. Y de ese modo, según como lo veo, el rigor se enredó tras las sutilezas de acero del paternalismo y el igualitarismo. Ambas desviaciones, pretendiendo ser estrictamente justas, consiguen el efecto contrario al juzgar y distribuir según un rasero generalizador de normas y emparejador de personas y actos.

Las consecuencias, que quizás pudieron preverse, se acumularon. Y el auge que hoy alcanzan la indisciplina social, el parasitismo y cierta petulante mediocridad, son en parte secuelas de la mengua del rigor. Y ante esa evidencia solo tocaremos la aldaba de la rectificación si pasa a ser certeza el principio de que Cuba no podrá conquistar la eficiencia –es decir, independizarnos de la insuficiencia- si no transforma su concepción de la justicia y la atempera a las urgencias de la vida con criterio realista: con la temperatura del momento y el olfato de la meta  razonable.

No se trata, desde luego, de modificar la naturaleza solidaria de nuestra sociedad. Por el contrario, tenemos que seguir empeñados en que la justicia social y penal no establezcan privilegios entre el pobre y el más económicamente holgado, el de arriba y el de abajo, el blanco y el negro, el joven y el viejo, el creyente y el ateo. Esa es la esencia que hemos de preservar de cualquier contaminación. Pero, a mi parecer, nuestras relaciones sociales deben salpimentarse con unos granos de competitividad. Y que nadie se espante. No tengamos miedo de esa palabra. Las palabras no definen el contenido. Es a la inversa. El contenido agranda o achica, purifica o ensucia las palabras. Hablo de la competitividad que permita, en rigor, que el mejor se distinga del bueno, el aplicado del indolente, el apto del incapaz, y el que yerra circunstancialmente del que delinque por apego habitual a la marginalidad.

Sin rigor no se camina lejos. Muchos se echarían a orillas del camino. Por lo tanto, el rescate del rigor implica también que la omisión sea sancionable. De omisiones está asfaltada la ruta actual de nuestra sociedad. Y habrá, pues, que llegar a la conclusión de que la indiferencia ante los fenómenos que enracen nuestras aspiraciones de perfeccionamiento, constituyen un acto que, si no sancionable, es evaluable. Con rigor.

 

ATAJO SIN SALIDA

ATAJO SIN SALIDA

Luis Sexto

Un amigo descargó sobre mí una confesión. Hoy –me dijo- propuse a fulano para una tarea. ¿Sin otras propuestas? No. Solo él. Lo merece, y así rectifico un error. Hace 14 años cuando alguien me consultó, yo sin conocerlo sugerí que era mejor otro. Fue víctima de mis prejuicios; ni siquiera le di la oportunidad de demostrar sus valores.

La conversación  no es obra de mi imaginación.Ocurrió. Y la he reproducido exactamente con el propósito de comentar la  frecuente incidencia del prejuicio. Cuántas personas valiosas han sido preteridas por el alcance de una opinión emitida sin evidencias, sin razones que las justificaran. El prejuicio, según mi modo de pensar, puede definirse como el juicio que se adelanta a la experiencia y al  conocimiento, y supone como cierto aun aquello que uno no toca, ni comprueba. Es casi un juicio temperamental. Impresionista. Iraccional. Si me caes bien, afortunado; si mal... te puede ir mal.

Se comprende, pues, que entre los defectos más detestables se halle el prejuicio. Responde a una actitud negativa, a una constante desvaloración de las acciones y las capacidades de los demás, por obra de la arrogancia, casi inconsciente, cuya divisa puede consistir en aquello de que “quien más vale no vale tanto como Valle vale”, lema nobiliario de algún gerifalte colonial.

¿Quién no recuerda haber sido víctima de un enfoque  prejuiciado? Algunos, incluso, han tenido que reorientar su vida precisamente porque alguien puso un cartel: Por aquí tú no pasas. A mí me parece que es sumamente insano que en nuestra sociedad ciertas personas estén constantemente suponiendo lo que uno vale o deja de valer, sin haberse nunca enterado cómo uno ha vivido, o actúa, o piensa.

Es difícil ser justo. No estoy recomendando la meta de la “angelidad”. Sé que hombres y mujeres afrontan circunstancias que exigen respuestas prontas. Y por ello, a veces equivocarse suele estar excusado. Me refiero, sin embargo, al prejuicio que se adopta como sistema, como visión englobalizadora de todos aquellos que están del otro lado de la acera. ¿Por ejemplo, sabemos cuánta responsabilidad adquirimos cuando nos preguntan qué tal es fulano? De la respuesta dependerán abruptamente los rumbos de un ciudadano al que yo, en puridad, no conozco como para que mi opinión lo juzgue por las apariencias. Sobre todo en  el aspecto político o moral.

No olvido una historia verdadera. Tal vez resulte escabrosa, pero tanto ustedes como yo somos adultos, capaces de asimilar lo más ruin. Cierta persona vio de espalda a una dama entrar en un hotel. Iba acompañada. Creyó que era la esposa de uno de sus amigos. Y esperó. A la salida resultó que la dama, que de espaldas hacía recordar a otra, de frente no era la que suponía el preocupadísimo amigo de un presunto esposo engañado. Pudo, desde luego, ser al revés en lo que respecta al sexo de la persona que parecía ser otra. Lo advierto porque no he señalado el género femenino por un automatismo discriminador. En el hecho, que me contó el observador ocasional, tenía esas señas.

Lo dicho conduce a creer que si las cosas se repiten 99 veces, no significa que sean definitivas. La centésima vez, puede ser distinta. Ese es un antídoto que el milenario Lao Tse nos recuerda para el gobierno sabio de la vida.

El prejuicio, concluyendo, se nos aparece con mil caras. Por ejemplo, las listas computarizadas para distribuir premios, becas, recursos materiales… ¿El que asigna y decide conoce de verdad a los que encabezan la lista? ¿Está seguro de que lo merecen, que no son beneficiarios de una suma maquinal de puntos o condiciones? ¿Les basta con lo que leen en la propuesta? Lo dudo. Nada sustituye al contacto personal, a la entrevista, al “tú a tú” que nos va descubriendo quien es quien, y por tanto la justicia disfruta de una oportunidad de ser más justa y, sobre todo, generosa. Ah, quizás se demore, pero llega. Como la rectificación de mi amigo en la anécdota que les conté al empezar. Cuánto daño habría causado, si no se hubiera detenido a confirmar la identidad de la mujer de un amigo... 

CON HILOS DE ARAÑA

CON HILOS DE ARAÑA

Luis Sexto

A petición de José Díaz: Este artículo ya fue publicado en Juventud Rebelde, el domingo 25 de mayo de 2013

Borges, el polémico, el a veces repudiado y citado o leído Jorge Luis Borges, confesó en un breve relato titulado El remordimiento el único pecado que quizá él, tan severo, haya cometido: no ser feliz. ¿Y puede uno ser culpable de no alcanzar la felicidad? ¿Depende absolutamente de la persona? ¿Es completa, única, constante?

Lo único verdadero es que el hombre como especie aspira a ser feliz. Los medios se le ofrecen, y a veces se convierten en fines esenciales para ser feliz mediante el placer: el amor, el comer, el viajar. Son fases comunes y también eventuales de la felicidad. Marx, que en tantas definiciones acertó, no la define, sino nos sugiere —al responder una pregunta de una de sus hijas— que la felicidad es más un estado que una sensación momentánea. El filósofo dijo, como es sabido: la felicidad está en la lucha. Podría interpretarse como la lucha por conquistarla, o por conquistar la felicidad para los demás. O la felicidad se genera y acrece en cualquier acción que implique luchar, arriesgarse. En lo atinente a Marx, sabemos que su lucha fue por transformar al mundo invirtiendo la pirámide social: la base, el proletariado, arriba; los propietarios, el vértice, cabeza abajo.

Posiblemente, cada cual sea feliz según convenga a sus deseos o frustración. Y con la pluralidad de aspiraciones, los modos de conquistar o merecer la felicidad también resulten diversos. Pero si el derecho a ser feliz es improscribible, se prohíben legal o éticamente ciertas formas de ejercer o conseguir la felicidad. Vedado está, aunque unos y otros violen la frontera de la prohibición, ganarla sin discriminar los medios. Porque ello implicaría robar, explotar, engañar para alcanzar la idea que uno ha moldeado de la felicidad. Las telenovelas ilustran, un tanto hiperbólicamente, la búsqueda de la felicidad mediante mañas implacables. Quizá ese 0,5 por ciento más rico entre los ricos, utilice fórmulas carentes de solidaridad y de generosidad. Desde los Evangelios hacia acá, muchos libros condenan la riqueza, patente de corso, con ciertas excepciones, del egoísmo, de la crueldad, del abuso de poder.

Lo más apropiado sería no ser ricos. El rico es candidato a derivar en hostis generis humani, como reza una expresión del derecho. Suele suceder que en cuanto conflicto social o bélico del presente, junto con la geopolítica de dominio de países poderosos, se mezclan los intereses de los ricos o de sus corporaciones, que alzan o bajan Gobiernos y dominan mercados, materias primas y combustibles, convirtiéndose así, impunemente, en enemigos del género humano.

Lo reconozco: algunos de mis lectores tendrán sus ideas de la riqueza. Tal vez aspiren a acumular mucho dinero y tantos bienes inmuebles que los bancos se repleten y le falten papeles al registro de propiedad. Pero en ese sueño metálico no los acompañaré. Tal vez camine junto a cuantos deseen vivir mejor sobre fundamentos de justicia y honradez. Y en ese afán los apoyaré con lo único que tengo: mi teclado y mis dedos. Porque vivir en Cuba implica trabajar, luchar por el bienestar sin que las diferencias se atrincheren en los extremos, como el norte rico y el sur pobre.

En verdad, tendremos que despejar los espacios para que a ningún compatriota le hinque el remordimiento de no haber intentado ser feliz. Pero aunque la sociedad disponga los medios, la decisión de lograr la felicidad pertenece a cada uno de nosotros. Dependerá de lo que nos propongamos para vivir contentos con nosotros, o vivir descontentos si alguna vez la conciencia se nos abre a una franja de claridad. Porque hay tanta ostentación de noches enjoyadas sin ética.

Para mí, resumiendo este muestrario de lugares comunes, la felicidad se teje con hilos de araña. Es tan endeble que un plumero doméstico la puede deshacer. Prefiero elegir la vergüenza —arma que nos propuso el puro Agramonte— como el síntoma primordial de ser o de haber sido feliz, a pesar de tanta pérdida familiar, de tanta renuncia afectiva, de tanto acto fallido. Ética derivada en sentimiento, la vergüenza apuntala la dignidad personal, esa autoconciencia que nos mantiene íntegros, porque nos hace decir como el Quijote, feliz en su misión caballeresca, aunque habitualmente golpeado y desmontado de Rocinante: «Yo sé quien soy». Y como lo que soy y en lo que soy, obro como escribí en un poema titulado Liberación*: busco  la felicidad "a voces -nombre a nombre- como si convocara una nueva familia en los patios del atardecer". 

*Noticias de familia, poesía, ed.Unión, La Habana, 1989. 

NO SE PONCHE, CÉSAR VALDÉS

NO SE PONCHE,  CÉSAR VALDÉS

Luis Sexto

¿Será cierto? El sitio Cubadebate ha informado que César Valdés, uno de los oficiales mejor calificados en el béisbol cubano,  se retira del terreno. No vestirá más de negro. El luto lo llevará en el alma. Está dolido. Porque -ha dicho-  aficionados y periodistas han culpado a los árbitros de haber estropeado la última etapa del  campeonato nacional.

La renuncia, según Valdés,  es irrevocable. En particular, le temo a los adjetivos  inapelables. La experiencia me ha enseñado que nada  humano puede darse por definitivo, salvo la muerte. La sabiduría popular  lo ilustra con esta máxima: nunca  digas que de esta agua no beberás. Recientemente,  tuve que rectificar cuando cerré, “irrevocablemente”,  la opción de comentar mis post. Y luego, tras pensarlo, y consultarlo en un aparte durante la discusión de una tesis universitaria sobre la blogosfera, mis colegas del tribunal me recomendaron abrir.  Abre tu blog a los comentarios; no importa que entren los zafios, los peseteros, los tontuelos que disfrutan con insultar o estorbar.  Abre para que los internautas inteligentes y bienintencionados  enriquezcan tus textos. Y abrí…

Ahora bien,  qué más puede uno intuir, aparte de su ofendida dignidad, en el retiro de este hombrón, ancho como una muralla y que suele ser certero como un misil cuando canta out o safe. Los árbitros habitualmente han soportado injurias del público y protestas de los jugadores. Pero comprendo que en el presente ya es intolerable la agresividad verbal e incluso física.  Peloteros y directores olvidan que las jugadas de apreciación son inapelables, y aquí el absoluto si cabe en propiedad. Imaginemos que un árbitro canta: ¡estrai!,  y luego, a una reclamación, rectifica y grita: ¡bola! A dónde irá  el béisbol, sin orden, sin disciplina, sin autoridad.

Lo dije en otro texto, publicado en mi blog: la crisis del béisbol es la misma que la del país. La pelota cubana sufre una crisis de autoridad, una crisis de valores y una crisis técnica. Pero hablar de crisis no significa hablar de decadencia. Crisis no significa ruina. En su etimología griega quiere decir que quien está en crisis está sometido a juicio, a prueba. Y el juicio y la prueba dan la oportunidad de superar el momento crucial. Si no puedes pasar el examen, te desmoronas.

Nada desconocido revelaré. Pero, como el campesino azuza el trabajo  repitiendo el  nombre de sus  bueyes mientras aran,  es preciso  vocear que un número estimable del público ha rebajado el respeto por el juego. El fanatismo ha usurpado el aire de la pasión sana ante un partido de béisbol. Digamos que se ha desviado hacia un fanatismo soez.  Y  me atrevo a preguntar: ¿acaso las apuestas ilícitas no estarán  calentando la grosería y la violencia en  las gradas, incluso fuera de ellas?

En el terreno, la vergüenza y el honor deportivo en ciertos jugadores han empalidecido;  se han quedado como en ropa interior.  Y parece que los mentores, unos o todos, han perdido metodología y facultades para alzar como causa, más que la vitoria, el triunfo del juego limpio y entero. El deporte es un drama, un drama que estimula la catarsis hacia la transformación denodada, capaz de besar la arcilla o la hierba por una tarde o una noche de gloria.  Si yo fuera pelotero, me preguntaría cada vez que corriera, guante en mano, hacia el campo corto, puesto de mi adolescencia soñadora: ¿Estaré dispuesto a no figurar en los elencos y estadísticas, a renunciar a que mi nombre sea mencionado y consultado dentro de un siglo por quienes seguirán creyendo  en  las hazañas del pasado?

Los árbitros, sabemos, se equivocan. Estos hombres vestidos de negro, como se titula un reciente libro de José Antonio Fulgueiras, sufren cuando yerran, y a veces no quieren errar. El propio  periodista villaclareño  cuenta en sus entrevistas que uno de ellos le confesó: la jugada era quieto; debí abrir los brazos y  sin embargo levanté el pulgar. Qué me pasó.  No lo sé. ¿El relámpago de la velocidad me habrá dictado la orden contraria? Sólo sé que esa noche no comí ni dormí.

César, César Valdés, escuche. Soy periodista. Comprendo que algunos de nosotros no sabemos que el equilibrio es la mejor evidencia de nuestra capacidad técnica para juzgar y expresarnos.  Nos falta equilibrio; nos falta cultura; nos falta sensatez. A mí me faltan esas cualidades que establecen la diferencia entre el profesional y el aventurero.  Pero escúcheme: ¿A pesar de su experiencia, persistirá en su decisión? ¿Creerá usted que un hombre útil y honrado puede apartarse irrevocablemente  de sus deberes cuando sabe que otros hombres necesitan de él?  

Que renuncien los ineptos, los aprovechados, los de la vista gorda; que renuncien  los copilotos de Julio Verne, que dan la vuelta al mundo sin ningún objeto creador, salvo el de vestir elegantemente; que renuncien los que se mojan el dedo índice y lo exponen al viento  para  decidir qué responden o qué dicen o qué ocultan. Esos pueden y deben dimitir.  Pero qué será de nuestro país si los mejores renuncian.

DIFERENDO CON BORGES

 Luis Sexto

El que espera, desespera. Frase recurrente que supone un juego de palabras, porque ya no sabemos si desespera porque llega lo que esperaba o desespera porque estalla en la locura del que ha perdido toda esperanza. ¿Tiene que ver la esperanza con la espera? ¿O esta es circunstancial, tiempo localizado en un puntual minuto de la existencia? Más bien, la esperanza consiste en un desafío a lo indefinible, a lo que carece de hora y día, y pasa a ser un ansia del ánimo, un querer desasido de toda certeza, aunque subsista haciendo subsistir a quien se contagia de su improbable llegada.

Cuando sabemos hacia dónde vamos, la inteligencia y la voluntad se aprestan a arriesgarse, a formar parte del inseguro viaje de la fundación o refundación de los sueños, o mejor, de la solución de las necesidades.

Mantengo con Jorge Luis Borges un diferendo ya insalvable. Es el soneto donde el poeta pide Al Señor -un vocativo que no nombra a nadie, según aclara- que lo libre de la esperanza. Y ese ruego es la raíz de la única página que  yo  incluiría en la Historia universal de la infamia. ¿Creeremos a Borges, el mismo poeta que reconocía afirmar ahora para negar después? Quizás en esa confesión el autor de Los conjurados se haya  excedido de sincero como en otras páginas se desdobla para asegurar lo que con otro rostro u otra posición, se resistiría a decir. 

Pocos dudarán de que el hombre no pueda vivir sin ilusiones. O sin esperanzas. Porque en un punto signado por la vaciedad, ilusión y esperanza confluyen en un impulso del vivir. O del pervivir.  Todo individuo es sujeto de la esperanza, al menos en la dimensión terrena de la humanidad. Dante la negó, pero del lado de allá de donde Caronte descarga su barca fúnebre. “Lasciate ogni speranza”, puso el florentino a la puerta del infierno. Y con ese aviso tan exacto, ya ese antiguo sitio de castigo no necesitará del fuego. Porque en La divina comedia, en consonancia con la teología católica, la peor pena es esa que recibe al pecador tras su salto a la dimensión del espíritu: Deja toda esperanza, tú, que entras aquí. Toda esperanza, que no será espera.  Porque el tiempo y la condena no tendrán, como en el plano terrenal, una relación sincrónica: pasa este y aquella pasa también. Por ello, la falta de esperanza es también la liquidación del tiempo, al menos en el cálculo individual.

Borges propone, pues, un inconsecuencia vital con este verso: “No de la espada o de la roja lanza/ defiéndeme, sino de la esperanza”. Pasa por alto, en sentido humano,  que toda sociedad en cuanto orden para un fin  tiene que ofrecer la esperanza, la ilusión como sostén.  La humanidad se ha movido por la esperanza como anhelo que pide  el fin de los contrastes cotidianos mediante el equilibrio entre la carestía y la abundancia, el dolor y el alivio, entre la hoja en blanco y la hoja escrita con la tinta azul del sosiego.

Pero, y posiblemente ello sea el fundamento del poeta, Borges no parece rechazar la esperanza como categoría ontológica o virtud teologal, sino renuncia a ella porque teme ser víctima del esperanzarse, pues la esperanza no implica la certeza de que se convierta en el bien deseado. Y prefiere ser víctima de un lanzazo. Si el que espera desespera  cuando cesa la espera, el esperanzado podrá morir del mal de la esperanza, esto es, de la promesa no cumplida, el sueño nunca encarnado.

Yo, por el contrario, elijo llevarla conmigo hasta donde, incluso, no me haga falta. Y como el caballero andante que poetizó Enrique Hernández Miyares, diré que  esa dama que nos mantiene en vilo, siempre será la más fermosa.

 

 

USTED RESPONDE; PREGUNTO YO

USTED RESPONDE; PREGUNTO YO

Luis Sexto

Apostillas ingenuas sobre un manager y un periodista

El  blog La joven Cuba publicó recientemente  un post titulado: “Periodistas: frustraciones y deudas”, en el que señala   las  consabidas deficiencias  de la prensa cubana, pero establece una diferencia entre prensa y periodismo, medios y periodistas.  No toda la responsabilidad de la prensa  recae sobre los periodistas. También una cuota decisiva les corresponde a las presiones exógenas que  mantienen a los profesionales de la prensa  en la misma situación de un jugador de dominó que, teniendo fichas, dice no llevar.

El post es justo. Y no es necesario reproducirlo en este espacio. Quiero opinar sobre la anécdota que cita como ocurrida en una conferencia de prensa. El director del equipo de Villa Clara,  luego de un reciente partido contra Cienfuegos, recriminó irrespetuosamente a un periodista.  Según se sobrentiende, un reportero le preguntó al manager algo que  a este le disgustó, tanto como para ripostar haciéndole ver lo que podía preguntar y lo que no  debía preguntarle. Podemos imaginar, desde esta distancia, que tal vez nuestro colega pretendió saber algún detalle de la intimidad doméstica del director. Sólo así se explica la reacción airada del hombre público que  se sometía a una  pública rendición de cuentas.

Si el periodista  se calló  sin al menos defender su derecho a preguntar lo que el interés periodístico le sugería,  tal vez  soportó la mala forma por dos razones: porque es muy joven e inexperto, o porque no quiso que la  justa reacción defensiva ante un insulto, lo fuera a excluir en lo sucesivo  de cualquier estadio de béisbol.

Del incidente deduzco que el autoritarismo sigue siendo un  síndrome de inmunodeficiencia política y de respeto por la persona humana. Todavía ciertos directores, en particular en el deporte, se arrogan el derecho a considerarse incuestionables.  En verdad, no  suelen ser  cuestionados, aunque existan razones para poner en duda sus métodos o  sus decisiones. Pero a veces  sólo son cuestionados hombres como Víctor Mesa, que con su comportamiento, a pesar de cualquier estridencia,  defiende el derecho de los  mentores a dirigir sin intromisiones  el equipo bajo su rectoría.

El  organigrama del autoritarismo se traza dibujando una escalera en posición vertivcal: el de más arriba se cree con derecho de insultar al de abajo, y el de abajo al de más abajo y así hasta el final, que en este ejemplo es el reportero que cumplía con su deber.  Admitamos que la pregunta haya sido inconveniente. Pero el director de Villa Clara  pudo declinar la respuesta. Porque, como han establecido las reglas no escritas de las relaciones entre  periodistas y entrevistados,  las preguntas de aquellos, cuando poseen profesionalidad,   no clasifican  entre las  indiscretas sino entre las  interesantes y agudas, incluso molestas; las respuestas del entrevistado sí podrán ser indiscretas.  Esa es su responsabilidad: saber qué dice o qué calla.

A mi parecer, ningún funcionario puede considerarse autorizado a ofenderse y ofender  por la pregunta honrada y correctamente dirigida de un periodista. Directores y jugadores  trabajan para el público en el espectáculo más apasionante en Cuba. Los  periodistas, a su vez, trabajan para el público en el mismo espectáculo. Cumplan aquellos su papel;  los periodistas,  el  suyo.

Ahora bien, si los periodistas pedimos el respeto que nos deben, debemos, antes, ganar ese respeto. Ignoro si mi colega respondió y defendió política y virilmente su derecho a preguntar lo que creyera pertinente  siempre y cuando se relacionara con el béisbol. Si dejó que lo humillaran, le recomiendo desde mis años  de periodista: es preferible nunca más cubrir un juego de pelota que permitir una ofensa pública  a nuestra dignidad humana y profesional.

Habrá siempre que  hacer recordar, apretándose el cinto: No lo olvide,  señor, pregunto yo y  responde usted. Usted es el que puede permanecer callado ante mi pregunta.