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PATRIA Y HUMANIDAD

EL ENGAÑO DEL ALMANAQUE

EL ENGAÑO DEL ALMANAQUE

Por Luis Sexto

El almanaque es una convención. El año termina. Y formalmente, las cosas seguirán como las dejamos: en el mismo punto, dirigiéndose hacia superiores estadios, o dudando si evolucionar hacia lo mejor en

el nuevo año. Los tiempos no se mudan de esencia y fachada así como así, bajo el dictamen de las hojas que se van en el viento de lo quepasó, mientras ocupan su sitio otras que caerán igualmente con el nuevo año que se volverá viejo.

Han de acumularse muchos días para que notemos cambios efectivos. Pero, me parece, el cambio debe efectuarse en nosotros. Al menos, ante la mudanza del almanaque uno ha de disponerse a modificar su actitud. Es un momento oportuno para los buenos propósitos. Cierto que, segúnuna ley dialéctica, la conciencia social es más lenta en susmodificaciones que el ser, la realidad, social. Sin embargo, la conciencia tiene un papel activo en los cambios. Si usted quiere que suvida mejore, hace falta que usted verdaderamente lo desee. Por ello,algún psicólogo ha dicho: Ten cuidado con tus deseos, que los conseguirás.

Aparentemente divago. La fecha favorece hablar del tiempo, el futuro,el pasado, lo fugaz de todo. El tiempo es una categoría poética.También dramática, si uno vive con el ánimo de construir, de pisar tan hondo para que, al menos, podamos dejar obrar durable de nosotros. Hace 50 años, nuestro país comenzó una guerra contra el tiempo.Muchos -algunos de los cuales ya no están- quisieron en pocos años recuperar los siglos de pérdidas y derroche. Y unas cosas se hicieron con raíz de ceiba, y otras de plátano. Me atrevo a decir que a partir de 1959, el tiempo nos pareció pasar más vertiginosamente. Y

es comprensible. Porque el tiempo se nos va más rápidamente, cuanto más queremos hacer. Nos parece que se diluye, se pierde...

Y, en efecto, el tiempo se va. El que se bota, no da frutos. Ni regresa. Es posible que, en cierto momento, nos parezca que, como reza un verso de Eliseo Diego, nos hayan legado "el tiempo, todo el tiempo". Pero convengamos en que es un espejismo. No alcanza una vida para leer cuanto de útil y bello hemos de leer, ni para obrar de modo que los actos, en vez de clamar por el arrepentimiento, nos produzcan satisfacción.

Seremos siempre una obra a medio hacer si no aprovechamos el tiempo. El país puede decir lo mismo. ¿Y qué le va a legar cada uno de nosotros al país? ¿La indiferencia? ¿La pusilanimidad? ¿La deshonestidad? ¿El egoísmo? Cada uno de estos desvalores deja al país a medias, inerme, como a medias quedaremos nosotros. El tiempo tiende primordialmente una trampa: Que así como hay tiempo para nacer y morir, lo hay también para actuar, para rectificar, para sumarse, para mirar a los lados, para ser con todos y vivir como todos. Ese es el ideal básico de estos días. Ciertas metas en la vida social necesitan de la puntualidad: si llegas temprano fallas; si llegas tarde, también.

No sé... Nada más se me ocurre hoy, 50 años después de que la Revolución, con Fidel delante, entró en La Habana. Yo era un niño. Desde entonces tuve la sensación de que los días fueron más breves. El tiempo era poco para amar. Y crecer. Hoy, también.

 

 

 

EL TRATADO DE PARÍS DE 1898

EL TRATADO DE PARÍS DE 1898

Por Gustavo Placer Cervera

El 10 de diciembre de 1898 los comisionados españoles y estadounidenses firmaron el denominado Tratado de Paz entre Estados Unidos y España con el que se ponía fin, de manera oficial, al estado de guerra entre ambos países, que había tenido su inicio cuando el gobierno norteamericano intervino militarmente en la contienda que los cubanos sostenían contra el régimen colonial español.

Con el acto de la firma concluía un proceso de negociaciones diplomáticas comenzado mucho antes. Más que un convenio el mencionado Tratado era un dikta del vencedor. En efecto, las hostilidades entre ambos adversarios no se habían suspendido por un simple "alto el fuego" sino cuando el gobierno de Madrid aceptó un conjunto de exigencias norteamericanas que, firmadas el 12 de agosto de 1898, condicionaron las negociaciones del Tratado de Paz definitivo en las cuales, por acuerdo entre españoles y estadounidenses quedó excluida cualquier representación de los patriotas cubanos y filipinos.

El gobierno de Washington no quería ninguna interferencia en sus planes imperialistas y el de Madrid se plegaba a sus designios. Desde la primera reunión de la Conferencia de Paz, la delegación estadounidense dio a conocer su posición inflexible respecto a la ocupación de Cuba y la cesión de Puerto Rico. La representación española dirigió entonces sus esfuerzos a traspasar a Estados Unidos, junto a la soberanía sobre Cuba, la denominada "deuda cubana" (obligaciones financieras que el gobierno español había suscrito con particulares para financiar la administración colonial de Cuba, lo que incluía los gastos de guerra) que ascendía a la suma de 456 millones de dólares. Esa propuesta fue rechazada rotundamente por la parte norteamericana.

El siguiente problema planteado fue el destino de las Filipinas. El protocolo del armisticio firmado el 12 de agosto había aplazado la decisión sobre el futuro del archipiélago hasta la firma del Tratado de Paz. El 31 de octubre la delegación estadounidense dio a conocer que reclamaba la totalidad del conjunto insular. La alternativa era la reanudación de las hostilidades. Los veinte millones de dólares ofrecidos como compensación permitieron "salvar la cara" de los representantes de Madrid. Las peticiones españolas relativas a opción de nacionalidad, reconocimiento de contratos y obligaciones y designación de una comisión internacional que investigara el hundimiento del acorazado Maine fueron rechazadas de plano.

De esa manera, el primer artículo del documento expresó la renuncia de España a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba, que pasaría a ser ocupada por los Estados Unidos; de acuerdo al artículo segundo cedió la isla de Puerto Rico y las demás bajo su jurisdicción en las Antillas, y la de Guam en el Océano Pacífico; y por el tercero España traspasó a Estados Unidos a las Islas Filipinas, a cambio de los 20 millones de dólares ya mencionados.

Así fue como quedó marcado el porvenir de nuestros países y pueblos que tendrían que seguir luchando por su independencia y soberanía. Puerto Rico, ciento diez años después, sigue siendo una colonia estadounidense; Filipinas no vería reconocida su independencia sino en 1946.

En cuanto a Cuba, el Tratado de París echaba por tierra el sacrificio de su pueblo, durante 30 años de cruenta guerra que llevó aparejada la inmolación de varias decenas de miles de patriotas y la destrucción de gran parte de sus riquezas materiales. Un conjunto de factores condujo poco después a Estados Unidos al establecimiento en Cuba del modelo de dominación neocolonial y los vicios consecuentes a la administración foránea. La "república" salida de la ocupación norteamericana sancionada por el Tratado de París fue convertida en un protectorado.

Muchos años de lucha y sacrificio costaría a nuestro pueblo librarse para siempre de aquella ignominia. (Tomado de Granma, el autor de este texto es doctor en Ciencias Históricas.)

 

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (3)

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (3)

Por Luis Sexto

 

El talento no tiene geografía. ¿Cuál será el sitio predilecto de la creatividad? Lo digo porque en Puerto Padre, ese pintoresco, aunque hoy sufrido pueblo de la provincia de Las Tunas, muy dañado por el reciente ciclón Ike,  vive un poeta  y narrador de talento, entre otros poetas y narradores. Se nombra Renael González Batista, nacido en Holguín en 1944.  Si el término fuera exacto, podría decir que Renael González es un clásico puertopadrense. Poeta, sobre todo un imaginativo y musical decimista. Numerosos son sus libros y sus premios. Hoy, sin embargo, me detengo en  Calle de los entreveros, un cuaderno de poco menos de 50 páginas, publicado por la Editorial Sanlope de Las Tunas. El conjunto es una mezcla de poemas, sentencias, cuentos brevísimos, a lo Montorroso, refranes modificados, grafitis, en fin, la mezcla posmoderna con que el talento rompe los moldes establecidos para dar una pieza en que rebrilla la imaginación de un escritor que ya recorre caminos y los renueva. Quizás sea difícil para el común de los lectores del país hallar  Calle de los entreveros.  Pero anótelo. Al menos retenga el nombre de este autor, Renael González Batista,  que ha sido publicado por editoriales nacionales y extranjeras. He de aclarar que en esta sección intento promover y exaltar a los autores más distantes de lo que suele llamarse el gran público.

Veamos por ejemplo alguna muestra de esta calle de los entreveros: En la página titulada La otra cara de los refranes leemos: Perro no come perro, excepto si el otro perro es….caliente. Ladrón que roba a otro ladrón… puede ser su compañero de prisión. El que no oye consejo… a lo mejor es sordo. Y así andamos por esta calle entreverada y topamos con enfermedades de escritores: Pobrecito, se salvó de milagro, tenía un retruécano intestinal. Ah, Renael González Batista; a los lectores les convendría conocer tus  horóscopos de Calle de los entreveros. Oigan ustedes lo que corresponde a los más conocidos signos zodiacales: “Con el precio de los productos en la calle, no puedo comprar ni una Libra de nada”;  “Su destino era morir de Cáncer”; “Tienes una lengua venenosa, Escorpión”; “Lo multaron por vender ensartas de piscis clandestinos”… Busque Calle de los entreveros, recórrala y probará un poco de gracia, de juguetón y a la vez profundo talento.

 

La novena más “dura” del humedal

La novena más “dura” del humedal

Por Héctor Darío  Reyes

 

¿Ustedes han escuchado de un equipo de pelota femenino? ¿Que no existe? 

Muy equivocado está usted, porque yo lo conocí, o sea las conozco.

Esta historia no tiene nombres conocidos. No tiene estadio siquiera, pero como todo equipo, tiene lo más importante, tesón, talento y seguidores.

Para contarle esta historia, usted debe viajar por la autopista y torcer rumbo sur en la entrada de la Ciénaga de Zapata. Sí ahí, justo frente al entronque de Jagüey Grande.

¿Entró? Un par de kilómetros andados y ya usted ve la impotente armazón del central Australia, destruido por uno de los últimos ciclones que atravesó la ciénaga; pero continúe que no hemos llegado al objeto de la historia.

Pasado el centro turístico “La Boca” y el criadero de cocodrilos ya está llegando a Pálpite.

¿Qué hay en Pálpite? Pues el equipo de pelota.

La coach, entrenadora, y alma del equipo se llama Mercedes Machado Hernández; pero aquí todos le dicen “La Pelotera”. Es una mujer común, como todas las cenagueras. Pero no crea usted, es un fenómeno esta mujer. Madre de tres hijas, abuela de abundante prole; promotora cultural y encargada del área de recreación y deportes en el pueblo. Jugadora excepcional de dominó y “tronco é pelotera” como dijera uno de sus vecinos.

La idea surgió hace ya tiempo cuando la mediana de sus hijas, Yuleiky Otaño”La Negra”, que juega segunda base y además es lanzadora oficial, llegó con la propuesta de formar el team de mujeres, pero que no fuera de softbol, sino de pelota, a la dura y la cubana. Eso fue hace 13 años, por allá por el 93´.

 Nada corta en acciones “La Pelotera” puso manos a la obra. Comenzó a embullar junto a sus hijas a todas las mujeres del pueblo. Así fue que reunieron a las interesadas en el deporte de los estrikes y lo batazos. Algunas respondieron. Otras, de seguro, aún miran con ganas de pertenecer y jugar. Una enfermera; otra, bailarina del Conjunto Artístico Korimakao; una, técnico en informática; otra ama de casa, el caso fue que se conformó el equipo. Se decidió por nombre: Las Marianas; y así han jugado desde el inicio.

Cuando aquello, solo “practicaban juego de manigua. Luego con las prácticas fueron tomando destreza y complicándoles el “pley” a los entrenadores”

La FMC, el INDER, el PCC y el Gobierno del municipio Cienaga de Zapata las apoyaron desde el inicio. Con el apoyo institucional llegó el embullo colectivo.

Así las cosas, cuando llegaban del trabajo se iban a entrenar. Y era interesante ver en aquellos humedales, a un grupo de féminas entrenadas por los mocetones que reían a carcajadas, cada vez que la pizarra imaginaria del inexistente campo de juego, marcaba un error o una mala jugada. Se caían, se lastimaban con la seca tierra del sur, pero igual se levantaban; proferían alguna maldición, y lanzaban o corrían, tan duro como su blasfemia.  Tanto así que los espigados cenagueros comenzaron a tomarlas en serio.

Con las prácticas llegó el buen jugar. Se acabaron las maldiciones y comenzó a coger forma de equipo aquella batahola de muchachas.

El año 1998 sorprendió a este  conjunto deportivo con las condiciones objetivas para jugar en grande. “La Pelotera” y su team, no descansaron. Practicaron bateo, entrenaron el pitcheo, la carrera de bases, se adiestraron en el “fildeo de rollings”  y se presentaron a competencia contra otros equipos de iguales. 

Así las cosas, estas cenagueras dejaron el humedal y viajaron de visitadoras a  Sancti Spíritus. Cabaiguán, La Sierpe y Jatibonico fueron prácticas decisivas para jugar en el  “Changa” Mederos, de la Habana. Donde sin importar resultados, lo mejor era reconocerse y ser reconocida como atletas.

Por cierto que es el mejor cuadro que he visto en Cuba, si tenemos en cuenta la belleza y talento de todas las muchachas, particularmente las del infield.

Rodeando el montículo se encuentran “los mejores lideres individuales en materia de seguidores” que encantaría a las gradas tanto en la Serie Nacional, como en play off, o en la Súper Liga. Yusleidy Otaño, es una rubia tiposa, a la que su condición de esposa y madre, no prohibió el jugar primera base y ser 3era en la alineación de su equipo.

En la posición de siol, su hermana yuliesky (La Chiqui) era una esbelta muralla que no dejaba zona buena por donde batear. Mientras el montículo era coronado por la belleza de “la Negra”. Y no me cabe duda de su talento, cuando  me cuentan  como importantes lanzadores, la instruyeron y agasajaron por allá por SanctiSpiritus.

Pálpite es un pueblo cenaguero. Donde no hay monte hay diente perro (Está localizado a 4 Km. de Playa Larga) sino, hay humedal. Encontrar un terreno con las condiciones idóneas es como encontrar olas para surfear en playas cubanas; sin embargo Mercedes hizo sus gestiones institucionales. Algunos no la entendieron, otros la ignoraron. Los menos aún la apoyan. 

Lo cierto es que en Pálpite se añora un terreno para jugar pelota desde hace más de diez años. No crea usted que toda la culpa es de la natura. No, un planificado movimiento de tierra en uno de los tantos montecitos que rodean al pueblo puede dar espacio a un buen  campo beisbolero, y por que no, para ser utilizados en otras disciplinas y actividades. Un sencillo movimiento de tierra que, teniendo en cuenta por supuesto la atención a la ecología y el espacio para crear el recinto, puede ser beneficioso para todo el pueblo de Pálpite. Inversión mínima para colosales resultados sobre todo en el contexto social de este municipio.

Esperemos que para la próxima temporada, Las Marianas, que están dispuestas a aceptar cualquier reto o desafío, puedan jugar de locales en su tierra, con el mismo tesón, talento y seguidores.  (El autor es alumno del quinto año de la licenciatura en Periodismo en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUBA Y EL HERMANO OLALLO

CUBA Y EL HERMANO OLALLO

Por Luis Sexto

La noticia, difundida primeramente por la agencia Zenit, es vieja. La leí en el pasado mes de marzo . Un cubano nacido, formado y fallecido en Cuba, subirá en el 29 de noviembre próximo el penúltimo peldaño del canon de los santos: será proclamado beato de acuerdo con los documentos firmados por Benedicto XVI. Se trata de fray José Olallo Valdés, religioso de la orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.

Nació en La Habana en 1820 y murió en Camagüey en 1889. Y ello, hoy aparentemente sin importancia, poseía entonces un profundo y a veces inconsciente sentido nacional. Porque cuando aún brotes y rebrotes del regionalismo entorpecían el desarrollo de la conciencia cubana -incluso frustró la conquista de la independencia en la primera guerra durante el período de l868 a 1878-, Olallo se trasladó hacia Puerto Príncipe y allí murió, como único representante de su orden en Cuba y América. Alguno pensará que politizo o patriotizo también la santidad. Pero ¿por qué no? ¿No transita también el Padre Félix Varela por la ruta crítica del proceso canónico que juzga la heroicidad de sus virtudes cristianas habiendo sido también un cura político y un patriota, hasta anticipar incluso en América Latina a los Arnulfo Romero, los Espinal los Ellacuría? El problema no reside si se es o no político, sino cómo la política y sus afanes de este mundo se vinculan con la fe y la caridad evangélica en los cristianos y en particular en los sacerdotes y religiosos.
Evidentemente, Olallo fue a Camagüey porque cumplía el doble mandato de su voto de obediencia y su vocación hacia la caridad. Pero su acto, cuando todavía el país no se reconocía en toda su extensión y cuando aún existían camagüeyanos que visitaban a Nueva York, sin haber visitado a La Habana, el hermano Olallo, en su gesto nunca amenguado de amor a sus semejantes y también a sus compatriotas, dictó un ejemplo de integridad de índole patriótica. ¿Por qué hemos de separar la ética evangélica de la ética patriótica? Sirvió al prójimo, pero ese próximo, ese hermano enfermo y pobre a quien curaba, bañaba y le lavaba las ropas pútridas de lepra o manchadas de desechos malolientes, era también cubano. ¿O no?

Me siento sumamente feliz por saber que la Iglesia Católica beatificará a un cubano nacido, criado y muerto en la isla. Y de apellido Valdés. Porque fue aquel país colonial, donde no brillaba el “sol del mundo moral”, la justicia, donde todavía se diseminaban las secuelas de la esclavitud, el lugar en que el hermano Olallo sirvió a sus semejantes hasta hacerse santo, es decir, héroe de la virtud. ¿Quién ha dicho que a este pueblo le falta hondura, capacidad de entrega o de abnegación? ¿Quién ha podido decir que entre los cubanos la virtud no prospera? Desde hace más de un siglo, los camagüeyanos, los habitantes de la ciudad de los dos ríos, esa comarca de pastores, según Nicolás Guillén, veneran la memoria de José Olallo. Padre Olallo, como lo llamaban, aunque no aceptó las órdenes sagradas que el arzobispo de Santiago de Cuba le propuso; no aceptó por humildad, por vocación de pobreza en él, servidor de los más pobres; en él, niño depositado en el torno de la Beneficencia. Sin embargo, el pueblo lo llamaba Padre, lo cual confirma que padre es una categoría que se merece con las obras, que no es un título, que es algo más: la entrega y el desprendimiento renuentes a honores y vanidades. La entrega incondicional a quien necesita la mano que alivia y levanta.

El nuevo beato se erige hoy en un ejemplo de virtud para los cubanos de todos los tiempos, seamos creyentes, descreídos, indiferentes o ateos. Hay en su vida un gesto que lo enaltece y nos conmueve en particular por su naturaleza civil sin agravio de la acción cristiana: el hermano Olallo recogió el cadáver del Mayor Ignacio Agramonte, aquel hombre con “alma de beso”, echado como un bulto en la plaza. El pobre hermano hospitalario dio al libertador muerto su único capital: limpió aquel rostro juvenil ya circuido por la santidad de la patria. No sé si el venerable religioso simpatizaba con los insurrectos o rehuía el inmiscuirse en la política militante. Lo cierto es que aquel acto en plenitud de caridad lo ejecutó ante la ira impotente de las tropas españolas, que vengaron su rencor, su intolerancia vencida por el amor cristiano del religioso, quemando el cuerpo del mambí y dispersando sus cenizas en el viento.
El hermano Olallo nos muestra que la fe religiosa sin caridad es práctica seca. Como estéril resulta la militancia política compuesta solo de palabras bonitas sin que los principios otorguen la generosidad suficiente para no solo predicarla sino practicarla.
Admitamos que Cuba está hecha también de hombres como el beato José Olallo Valdés y enriquecida con gestos como los que justificaron su vida para la memoria eterna. Esa vida humilde, callada, abnegada, rica de pobreza -solo con lo mínimo para nutrir su empeño cotidiano de servicio- se empalma con los versos de aquel poeta comunista que cien años más tarde dijo: “Servir es más precioso que brillar”.

Cuba, hermanos, es una sola, aunque plural y diversa. El beato José Olallo, por bueno, por pobre que dio lo único que poseía: su amor a la gente; por cubano, por solidario sin condiciones, nos pertenece a todos.

 

 

EL PADRE DE LOS POBRES

EL PADRE DE LOS POBRES

Por María Delys Cruz Palenzuela

Apuntaba Abel Marrero Campanioni en su libro Tradiciones camagüeyanas, que al amanecer del 12 de mayo de 1873, irrumpe en la Plaza de San Juan de Dios (en la ciudad de Camagüey, primitivamente llamada Puerto Príncipe)  una columna española para dejar en el hospital un número de heridos, y un cadáver atravesado al lomo de una bestia.

Continúa la descripción que dos soldados desataron las sogas y de inmediato cayó el cadáver en medio de la plaza, a la vista de todos, con el rostro cubierto de lodo por haber sido conducido doblado en dos, y estar los caminos llenos de agua por las lluvias de mayo.

"Al conocer aquel sacrilegio, el Padre Olallo ordenó una camilla y fue conducido al pasillo del Hospital, lugar donde se ha señalado con una tarja este hecho; allí, sacando su propio pañuelo de su bolsillo, limpió el rostro ensangrentado y enlodado del más grande de los camagüeyanos (…)".

Narra también el nieto de El Mayor,  Eugenio Betancourt, en su libro Ignacio Agramonte y la Revolución cubana que Fray Olallo Valdés, en compañía del Padre Manuel Martínez, lavaron el rostro de aquel patriota (al que llamaban El Mayor) con aguardiente y tendieron el cadáver en el interior del Hospital de San Juan de Dios, a la vista pública; corroboró el acta del inspector Antonio Olarte, insertada en el citado texto, que encontró al cadáver de Agramonte "(…) colocado en unas andas de madera teñidas de negro, boca arriba, con las piernas y los brazos extendidos, y apoyada la cabeza en una almohada (…)".

¿Quién fue este hombre que con tanta humanidad, desafiando la ira del enemigo español, impidió que se siguiera ultrajando al querido hijo del Camagüey?

José Olallo Valdés era expósito de la Casa Cuna de La Habana, donde lo abandonaron con una nota en la que daba constancia de su nacimiento el 12 de febrero de 1820.

A los 15 años llegó a Puerto Príncipe como religioso profeso de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, para reforzar el hospital de esta ciudad, dada la proximidad de una epidemia de cólera morbo que azotaba el país.

La instalación se dedicaba a la atención de hombres blancos pobres, esclavos, negros y pardos libres, confinados enfermos, remitidos desde prisión, bandoleros heridos o muertos durante su captura; luego del estallido de la Guerra de 1868 también llegaban allí mambises, (soldado de la independencia) que caían en manos del enemigo, casi siempre después de fusilados o asesinados.

Más de medio siglo de su vida consagró este hombre a servir a los enfermos como Enfermero Mayor, cargo que ocupó casi desde sus inicios en el Hospital; procuraba el aseo y la alimentación de los enfermos, a quienes bañaba personalmente y luego lavaba sus ropas y vendajes en las aguas del Hatibonico; preparaba los medicamentos, unturas, y sahumerios, casi todos a base de medicina natural y tradicional cubana, incluida la homeopatía, en lo que instruía a los pocos ayudantes con que pudo contar.

Un solo médico era encargado de la asistencia en los tres hospitales civiles de la ciudad, de ahí que Olallo recibía y atendía personalmente a los enfermos y heridos que llegaban al hospital, a quienes en más de una ocasión tuvo que practicarles cirugía de urgencia para salvar sus vidas.

En una oportunidad, un enfermo preso fue sometido a una operación por el Padre Olallo, que posteriormente fue calificada por el Dr. Miguel de Zayas como exitosa.

Los cuidados de este insigne enfermero impidieron que se dieran casos de gangrena hospitalaria; sin embargo, más de una vez tuvo que recurrir a las amputaciones en casos que llegaron a sus manos cuando no quedaba otra solución, pero en definitiva sobrevivían.

Lepra, mal de sueño, paludismo, tifus, difteria, hidrofobia, viruela, disentería, tisis, tétanos, fiebre amarilla, la hambruna, entre otras, fueron sus compañeras jornadas enteras, casi sin tiempo para el reposo, en vigilia permanente al lado de los enfermos, sin averiguar si eran cubanos o españoles, esclavos o libertos.

Siempre encontró un momento para enseñar a leer, escribir y contar a los niños pobres de la barriada.

Al fallecer el 7 de marzo de 1889, Olallo, quien ya había trascendido como el Padre de los pobres, sin ser sacerdote, inspiró en la prensa local expresiones como: "El Camagüey está de luto. Un pesar inmenso lo apena. Todo el que tenga corazón de hombre, y sepa lo que significa esta palabra: gratitud, ha llorado".

 

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Por Luis Sexto

La cuartilla en blanco o el vidriado papel de la computadora, se presentan usualmente como la sádica sonrisa de un déspota, el guiño burlón de un misterio, o el guante tirado por un enemigo impredecible. Y los escritores, aunque no todos lo admitan, temen sentarse a escribir. Puede ello colegirse de confesiones y entrevistas. Cierto novelista holandés, que conocí en un hotel de Paramaribo y cuyo nombre se me perdió en aquellos días de diciembre de 1975, me definió la cuartilla en blanco como un edificio en proyecto al que hay que levantar. Y Norman Mailer, después de 40 años de frecuentarla la describió como una "señora muy fría".  Por esas dos definiciones y por la metáfora de García Márquez acerca de que escribir un cuento es como "vaciar concreto" y una novela, "pegar ladrillos", se evidencia que escribir no implica el ejercicio de un trabajo liviano, placentero. Tal vez porque algunos así lo estiman, personas poco dotadas o nulamente tecnificadas retan a la cuartilla en blanco. Y el resultado es eso: lo blanco, la nada. Se van en cero, como bateador sin jits en un partido de béisbol. 

He indagado en memorias y declaraciones de numerosos escritores extranjeros, y habitualmente les disgusta escribir, aunque aparenten en lo escrito que gozan de un juego hedonista. De un placer vivido a toda máquina. Escribir, por supuesto, no es un juego, ni ocupación de vagos. No juzgue mal a los escritores -periodistas entre ellos- que se aficionan a la conversación. Al hablar trabajan: limpian y tienden al sol sus ideas, o, en el intercambio, les suman perfiles complementarios. Tampoco rechace al que permanece silencioso, como alelado, o se aísla: sólo piensa, se concentra. Un libro, una crónica, se arman en la cocina de la meditación.

Cuando vea a un escritor doblado sobre un machete, una guataca, una escoba, no crea que trabaja. Simplemente, descansa.  Son variados y disímiles los modos de creación. Luego de recordar que Maiakovski advertía que no hay reglas para hacer de un hombre o mujer un poeta, Ilia Ehrenburg apuntaba: "Diferentes escritores llegan a la literatura por distintas vías, escriben de modo diferente y tienen diferentes maneras de experimentar el proceso creador." Sólo una regla permanece invariable y se ajusta a todos los temperamentos y las técnicas. La prescribió François Sagan y ella, temiendo le colgaran el escapulario melodramático de otros momentos, aclaró que podrá parecer "un poco folletinesco", pero "un libro se hace con leche, sangre, nervios, nostalgia, ¡con todo el ser humano, en una palabra!".  Y tales ingredientes suponen un esfuerzo, una aplicación demoledora. Flaubert construía lenta, escrupulosa, sistemática, obsesiva, terca, documentada, fría y ardientemente sus novelas. Y mientras escribía Madame Bovary –lo reveló Vargas Llosa-, "un buen día de trabajo" podía "significar media página definitiva". Aunque a veces estaba "loco de furor por haber pasado horas tratando de mejorar una sola frase". 

Otro fanático de la corrección fue Isaac Babel. "Hay -decía- quienes escriben algo y no soportan verlo más. A mí, en cambio, me cuesta escribir y me encanta modificar." Y añadía: "Podrán flagelarme en plena calle (...) pero no entregaré el manuscrito ni un día antes de considerarlo terminado.".  A Norman Mailer no le gustaba lo que escribía. Una vez le confesó a Le nouvel observateur: "Sólo muchos años después me digo: caramba, si esto es mejor de lo que pensaba. Por tanto no estoy impaciente por escribir. Reflexiono sobre un libro hasta que él se presenta de la mejor forma posible. Todo está en la preparación. Pero el hecho de escribir no es agradable." 

Entre el acto de escribir y el momento de realizarlo se interponen a veces ciertas operaciones, manías más bien, que aplazan el acometimiento, el acople del creador y la máquina, la pluma o el lápiz. García Márquez las llama pretextos en una entrevista con La Gaceta de Cuba. "A mí, por lo menos, me da mucho terror sentarme a la máquina de escribir. Le estoy dando vueltas, viéndola ahí, y hablo por teléfono, prefiero leer primero el periódico; voy ganando tiempo (...) Entre la máquina de escribir y uno, uno va creando una cantidad de obstáculos que pueden volverse espantosos."

  Marcel Proust escribió sus libros en una habitación de paredes acolchonadas. A prueba de ruidos. Tal vez si le hubiera faltado semejante hermetismo, habría hallado el pretexto para tirar sus proyectos al limbo de los inocentes: el aplazamiento.  Probablemente, la Isla del Diablo que en lo inmediato le promete la cuartilla en blanco, compulsa al escritor a madurar la obra en la cabeza. Ezequiel Martínez Estrada dijo que hacia 1930, Horacio Quiroga escribía muy poco. "Pero aún no había madurado su aversión a hacerlo. Produciendo lentamente, construyendo mentalmente el cuento hasta en sus menores detalles; una vez encabado lo trasladaba al papel sin que tuviera que retocarlo mayormente.". 

 Juan Marsé intenta desligarse cuanto pueda de la construcción de la obra. Sortea el orden. Porque, al parecer, el orden esclaviza con la disciplina. Generalmente parte de recuerdos personales, o experiencias ajenas. "De alguna manera estas imágenes se relacionan entre sí o yo veo una posibilidad de relación para organizarlas." Y cuando nota que de ellas puede resultar una historia interesante, empieza a redactar de manera muy caótica. "Incluso puedo empezar por un capitulo final o por la descripción de un personaje que no sé dónde meteré luego. Voy acumulando material, se va estructurando el libro, se va haciendo por sí solo".

El escritor de ficción afronta una dificultad suprema según el criterio de José Revueltas. El creador elabora "con mucha lentitud" una vivencia que procede de una memoria ficticia. "Tiene que recordar lo que imagina, lo que no existe." Por ello, "amo profundamente el orden, sobre todo en el trabajo, y creo que nada se puede hacer sin la cabeza lúcida y que no hay peor contrariedad que pensar que se puede escribir con hongos alucinantes o con alcohol en la cabeza".  Juan Carlos Onetti piensa un tanto contrariamente. A la propia periodista mexicana que entrevistó a Revueltas -Margarita García Flores- le admitió que "generalmente bebo cuando escribo". Pero poco. "Casi siempre bebo como una incitación, porque soy muy perezoso para sentarme a escribir. Entonces saco unos tragos y, no sé, me despiertan la voluntad..." 

Pablo Neruda era también medio vago, según  Matilde Urrutia, la viuda. Sus poemas, por extensos y rotundos que fueran, no le exigían una labor larga, paciente, incómoda. "No trabajaba casi nada. Se sentaba a una mesa y escribía como si le dictaran. En 40 minutos o menos de una hora hacía su trabajo diario." La oda al abecedario la compuso en una reunión en la casa. Su esposa le recordó que aún no la habían enviado a El Nacional. Y el poeta le dijo: ahora la escribo. "Se sentó a una mesa en la que había gente tomando vino. Llegaba una muchachita y lo interrumpía, llegaba otro amigo que preguntaba algo, y Pablo escribía, escribía. Tomaba un trago y decía ¡salud! Y luego me entregó la oda para que la pasara en limpio. Parece muy elaborada y fue escrita en una reunión.". En esta técnica portentosa, además de un talento pulidísimo, se adivina la previa y demorada cocción mental del poema.

Lo fundamental de la creación se resuelve en las horas cuando aparentemente uno permanece sin hacer nada.  Ese trabajo silencioso apuntala, consolida la intuición que luego irrumpe en minutos.  Son pocos los ejemplos. Pero no dudo en aseverar que son universales. Con más o menos intensidad, con cambios entre uno y otro que no lastiman la regularidad, los escritores se comportan con similares actitudes y normas ante la cuartilla en blanco. Hace unos 12 años indagué entre cubanos, y las respuestas, que publiqué en Bohemia, se mezclan, se cruzan con las de los autores extranjeros recién nombrados.

Termino. Dejo estas cuartillas en la redacción. Y empiezo a calentar, en las circunvoluciones de mi habitación interna, la crónica del domingo próximo. ¿Habrá alguien que se atreva a afirmar que los escritores y periodistas no trabajamos...? 

 

AL PRINCIPIO FUE LA POESÍA

AL PRINCIPIO FUE LA POESÍA

Por Luis Sexto

Cuatrocientos años de literatura en Cuba

La cultura cubana parte literariamente de las observaciones del Almirante Cristóbal Colón, cuando anotó en su Diario las impresiones iniciales que le produjo la naturaleza prodigiosa de la Isla. Aquellas “aves muchas y pajaritos que cantaban dulcemente”, “aquellas verduras y arboledas”. Y en particular aquella reacción sacramental de “nunca tan hermosa cosa vido”.

No nos empeñaríamos ahora en determinar si histórica o teóricamente es justo atribuir un carácter fundacional a las palabras que el marino genovés escribió en aguas del Caribe o en las costas cubanas. De cualquier forma, podemos coincidir en que es un respetable punto de partida.

Poco perduró de la cultura aborigen desde 1492. Más bien, por su estado de desarrollo –la más avanzada transitaba por el neolítico- lo que legaron como ingredientes a la formación de la cultura cubana fueron palabras, básicamente las que denominaban ejemplares de la flora y la fauna, como cuyá (almendro) o jutía (roedor), topónimos, como Yaguaramas, Guanabacoa, Guanabo, Jiguaní, y platos típicos, como el casabe, confeccionado principalmente a base de yuca, tubérculo que los taínos llamaban yacuba y cuyas seis variedades entonces conocidas nombraban ipatex, diaconan, nubaga, tabaga, coro y tabucan.

La cultura cubana resulta, pues, una mezcla de lo hispánico y lo africano primordialmente. Estos dos elementos fueron amalgamándose en el transcurso de cuatro siglos hasta componer una fórmula única y distinta con respecto de los ingredientes matrices. 

Cuba, sin embargo, debe al inmigrante de las Islas Canarias más de lo que la simbiosis española y africana suele dar a entender cuando define la nación como una síntesis de cultura y etnias, atribuyendo al cubano la enriquecedora propiedad de pueblo mestizo. Quizás la modesta condición del canario, tal vez su tendencia a lo recoleto, o la campaña despectiva, minimizadora, casi racista, sostenida en Cuba por los elementos conservadores y recalcitrantes de la Península, le impidieron durante centurias recibir el reconocimiento, la gratitud por los ingredientes que echó en la olla común donde tomó sabor y color la cultura y la nacionalidad cubanas.

El isleño como especificidad de lo hispánico está presente desde el clarear de la economía colonial. Y sentó su presencia en la cultura en los tiempos liminares cuando la Isla quería poner, trabajosamente, sobre el cuero exportable de la res, en el trapiche, o en la vega, el señorío de la sensibilidad. No habrá tiempo ahora de  bosquejar la influencia canaria en la cultura material y espiritual del campesino cubano. Mas no habrá que esperar para decir que las siete islas Afortunadas, aquel suelo volcánico, antesala de la travesía entre el Viejo y el Nuevo Mundo, aportó el autor del primer poema de larga cuerda escrito en Cuba.

La correspondió a Silvestre de Balboa Troya y de Quesada, oriundo de Gran Canaria, anunciar dentro de estrofas clásicas, los tanteos iniciales de la criolleidad poética, los lances formadores de lo cubano en la literatura. Espejo de Paciencia –compuesto en 1608 y estructurado en dos cantos y 145 octavas reales- no es un poema trascendente por su intrínseca propiedad estética. Expresa la incipiente asimilación, la lenta interiorización de la naturaleza y la vida criollas en la conciencia social de la Isla. Y vale, perdura,  como acta del alumbramiento cultural del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Porque en su lenguaje, donde prevalece el transoceánico sonido de las palabras y las imágenes leales a lo español, aparecen voces netamente cubanas como macagua, nombre de un árbol, y biajaca, de un pez de agua dulce, y maruga, de un sonajero, y siguapa, de un ave nocturna.

En el contenido, lo criollo planta su señorío en Espejo de Paciencia. Nutre su epicidad con un asunto verídico, ocurrido en la Isla: el secuestro del obispo Cabezas y Altamirano, entonces de visita pastoral en Yara, localidad cercana al puerto de Manzanillo, en la región suroriental. Y sobre todo lo criollo se empina, porque Balboa, en la intuición del proceso nacional integrador que ya se gestaba en sus preliminares, elogia, exalta, al esclavo que, con lanza y machete, venció al pirata francés Gilberto Girón, secuestrador del mitrado.

Dice el poema:

Andaba entre los nuestros diligente/ Un etiope digno de alabanza,/ Llamado Salvador, negro valiente,/ De los que tiene Yara en su labranza.

 En un fragmento de otra octava enfatiza:

¡Oh Salvador criollo, negro honrado!/ Vuele tu fama, y nunca se consuma;/ Que en alabanza de tan buen soldado/ Es bien que no se cansen lengua y pluma.

En esta apología Balboa trata de emparejar, en el tumulto que partió a rescatar al obispo, al negro y al blanco, al libre y al esclavo. Y lo intenta  exaltando a Salvador, a pesar del riesgo de ser hostilizado por los prejuicios de condición social y de raza que dividían a los pobladores de Cuba. Y lo intenta, además, cuando ubica “entre los nuestros”al esclavo, y con el adjetivo criollo que acompaña al vocativo en el segundo fragmento antes citado. Todo es aún confuso, velado, pero ya empieza a reconocerse la unidad nacional que requerirá 200 años más para emerger como un cuerpo y una conciencia limpiamente diferenciados.

Balboa se encarga también de reforzar la pluma canaria en el poema. El poeta, que testifica el parto de lo criollo –etapa prenacional-, quiere al parecer apartar de toda duda o del olvido que lo canario es un componente de la nueva criatura cultural. Y en una estrofa emplea un símil, que toma de sus recuerdos nativos, y con él evidencia la filiación geográfica de la figura retórica y de su autor:

O, cual en la Canaria en apañadas/ Acechan cabras ágiles cabreros,/ Que en los riscos están y en las aguadas/ Despuntando la grama en sus oteros;/ Y estando así paciendo descuidadas/ Dan de repente en ellas los monteros,/  y con el sobresalto que allí influyen,/ Unas quedan paradas y otras huyen.

Hace 400 años, pues, la poesía cubana, y por extensión la literatura como noción  de la cultura espiritual, surgió en este poema épico escrito según el clásico modo. Pero sustanciada y circunstanciada con los ingredientes de la incipiente sociedad criolla, como un anticipo de lo cubano por fuera y por dentro de las cosas y las personas.