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PATRIA Y HUMANIDAD

LA CRÍTICA, ¿GÉNERO PERIODÍSTICO?

Por Luis Sexto                                 

Hubo, al inicio, una provocación inocente, esto es, sin malicia, dirigida a propiciar la búsqueda reflexiva. Uno de mis alumnos en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana me pidió le aclarara si la reseña era un género periodístico o literario. Admití que clasificaba entre los moldes del periodismo. Y prometí una respuesta madura para días después. Este, pues, es el momento. Y respondo como lo hace Juan Gargurevich en su consulado libro sobre los géneros periodísticos: afirmo las intenciones periodísticas con que habitualmente se emplea la reseña.  Pero, adujo mi alumno, ¿y si es reseña crítica?   

Desde luego, si es reseña ha de ser crítica por fuerza. En la reseña, género utilizado principalmente en la esfera de la cultura, se informa y se valora o, lo que es lo mismo, se critica de modo “ligero”, palabra que utiliza Gargurevich para admitir que no es una crítica profunda, sino momentánea, anticipatoria, de urgencia. Como reseña clasifica, por ejemplo, el comentario de un libro en 40 líneas. Ningún periodista, ni los más especializados en literatura, admitirían que ejercieron una crítica profunda en un mínimo del tiempo-espacio periodístico. Algunos –entre ellos los que oponen periodismo y literatura estigmatizando la técnica y la prosa de los medios de difusión- llaman impresionista a esa crítica de valoración informativa. Y con el adjetivo tratan de invalidarla, desconociendo culposamente que crítica impresionista –con todas sus reglas de provisionalidad y urgencia- escribieron José Martí y Alejo Carpentier. 

La breve charla entre alumno y profesor derivó luego  hacia la Crítica. ¿Es un género literario o periodístico? Ni uno ni otro. La confusión proviene, a mi parecer, de algún concurso que libra en la convocatoria un epígrafe llamado Crítica. Pero ello es una solución a un problema: los organizadores del certamen desean estimular la literatura crítica, la dedicada a criticar y, al parecer, la convierten en un género. He vuelto a repasar los tratadistas más comunes entre nosotros –Gargurevich, Vivaldi, Benítez, García Luis, Carlos Marín, Vicente Leñero, Fraser Bond- y ninguno introduce  la crítica en su relación de géneros periodísticos. Es lógico. La crítica no compone un molde formal; es un enfoque, una mirada, un método de enjuiciamiento. Un comentario de opinión supone una “actitud critica”, porque la opinión proviene del uso de la crítica, del “ejercicio del criterio”. Aun siendo una opinión o un juicio de valor favorables al objeto comentado, hay una operación crítica, aunque desde luego ciertas visiones excesivamente complacientes excluyen la crítica para sustituirla por la “acrítica”, ese aceptar cualquier cosa y cualquier hecho sin reparos.  

Por lo tanto, la crítica puede emplear  todos los géneros periodísticos -salvo la nota informativa-,  aunque se siente mejor en el comentario, el artículo, la columna, la reseña. En la literatura ocurre otro tanto: el ejercicio de la crítica abunda en la narrativa –con los medios y el lenguaje propio de la novela y el cuento. Pero está como en su casa en el ensayo, la monografía, las tesis académicas, porque entonces usa todo sus instrumentos de penetración en la obra literaria o artística. En el ensayo, incluso, se convierte la crítica en literatura, porque aquel no es un género ancilar, sino sustancial: sirve y recrea a la vez. Esclarece y seduce a la par. El ensayo se concentrará en análisis estéticos o literarios, pero ha de resultar, sobre todo, producto estético.  El crítico como artista, algo parecido sostuvo Oscar Wilde en un libro del mismo nombre. La monografía es otra cosa. Usualmente carece de estilo, de capacidad de seducir, aunque le sobre ciencia. Así, pues, habrá que cambiar de ubicación a mucho ensayo que implica solo el conocimiento académico en sus valoraciones, sin el distintivo de un juicio libre, flexible, audaz, sin las evidencias de la especialización, y carentes de  palabras organizadas con fines de valer, en particular, por sus calidades artísticas.  

Ahora, entre nosotros, esta apareciendo el ensayo como género periodístico. Porque  existen  autores, en Cuba y fuera de ella, que le aportan a sus textos de opinión calidades de juicio y de estilo que se aparean al llamado ensayo literario. Un libro del profesor Osmar Álvarez Clavel –“El ensayo periodístico cubano hoy”- se introduce, quizás como un precursor, en la teoría del ensayismo periodístico.  Julio García Luis y Hugo Rius, también lo estudian. Y los tres autores nos ofrecen una línea para alcanzar la maestría en un nuevo género –nuevo al menos en la teoría- para seguir utilizando la crítica como…método.     

 

LA FRUTA QUE FUE MADURA

LA FRUTA QUE FUE MADURA

Por Luis Sexto 

“Sinuhé el egipcio ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.

Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué  inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación. 

Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro.Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas. 

La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto nos parezca irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach,  otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que  la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución. 

Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías  significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que  invistieron a la isla.  

Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro,  su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué  se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan  las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?  

Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt-  es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.

De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.. 

A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán.  Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados  cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos,  a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.  

La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.       

LO QUE EL RÍO SE LLEVÓ

LO QUE EL RÍO SE LLEVÓ

Por Luis Sexto

 Breve historia del Conde de Casa Barreto 

El primer Conde de Casa Barreto  recibió un privilegio nunca deseado en su lista de ambiciones materiales y nobiliarias: protagonizar una de las dos desapariciones más espectaculares  de nuestra crónica colonial. La segunda fue la de Matías Pérez, el soñador de nubes que quizás fue el primero que pretendió enseñarnos a volar. No se sabe dónde recalaron y en qué lugar se consume su huesa. Ambos se marcharon, entre ruidos y lamentos, en una incógnita. Y sobre ella prosperó la especulación y sobrevivió el mito.  

El noble antecedió al fabricante de toldos, uno de los anticipadores en Cuba de la navegación aérea. Y el suceso que les proporcionó nombradía duradera difiere del uno al otro. Desaparecieron, pero de forma distinta: uno vivo; el otro muerto. Aquel en el aire; este en el agua. Del globonauta permanece desde 1856 una frase inapelable. Volar como Matías Pérez implica haber partido hacia lo inasible, lo ilocalizable, en un viaje de ida y... polvo. Del Conde se conservaba el nombre en un oasis de manigua frente al litoral, al borde de la Quinta Avenida: el Monte Barreto, finca de su propiedad hace 200 años;  persiste su casa, construida hacia 1732 en estilo mudéjar, en la esquina de Oficios y Luz. Y perdura un crucifijo de madera tan alto como un árbol, que los fieles veneran en la iglesia de María Auxiliadora, también en La Habana Vieja, bajo la advocación de  El Cristo de Barreto, que le perteneció o fue  propiedad de la  familia del mismo apellido que también tuvo casa y fortuna en la villa de Guanabacoa, donde una calle  ganó este nombre: Barreto. 

MALA SANGRE 

Jacinto Tomás Barreto y Pedroso era un hombre prominente. Regidor de la villa y alcalde mayor provincial de la Santa Hermandad, especie de policía.  Era además y sobre todo rico. Había nacido en La Habana en 1718 y procedía de una familia cuyo linaje  se empalmaba con los Barreto de Lisboa, tronco de un apellido lusitano en el que rutilaron obispos y generales. A mediados del siglo XVII el apellido se aposentó en Cuba.  Don Jacinto, que en 1786 consiguió un Real Despacho que lo legitimó como primer conde de Casa Barreto, poseía dos ingenios azucareros, y tierras de crianza de ganado y para cultivos cafetaleros.  

Le abundaba, sin desdoro ni mengua de su fortuna, la fama de ser agrio, caprichoso y cruel. Y ciertos comentaristas le abrieron un expediente clínico al tildarlo de loco. Habría que oír a sus esclavos luego de un bocabajo meticuloso, exhaustivo. Hacía aplicar el látigo sobre las espaldas con gusto y a ratos por gusto. Y unos cuentan que permitía a pobres y mendigos  entrar en el patio de una de sus viviendas. Que los juicios no son acordes. Porque ciertos cronistas aseveran  que en la de Oficios y Luz. Y un documento engavetado en el archivo de la parroquia de Puentes Grandes, asegura que sucedía en la casona del Conde en ese poblado.

La escena, en cualquier lugar, sería la misma. Rearmémosla. Aquella corte de los milagros en espera de las limosnas. Y de súbito las puertas se cerraban, y aparecían varios perros. Y el tropel de infelices, algunos tullidos, reptaba por las paredes, o subía sobre las cajas de azúcar allí almacenadas. Corrían en desorden, agolpándose  y golpeándose. Desde un balcón, el Conde reía. De súbito, los perros volvían a sus cadenas. La servidumbre curaba a los contusos, que no mordidos, pues los canes, aunque aparentemente temibles en sus ladridos, gruñidos y tamaño, sólo servían para perseguir venados durante las cacerías de Barreto. Y enseguida la dádiva; más generosa cuanto más lastimado el sujeto. Pero habría que  ubicar en el  entredicho  la inocencia de los animales. Porque el Conde, de acuerdo con datos aportados por el historiador Gerardo Castellanos, poseía una envidiada jauría para perseguir esclavos cimarrones.  

La anécdota, o la sucesión de anécdotas de esta naturaleza, ha sido difundida. Álvaro de la Iglesia, en Tradiciones Cubanas, la divulgó. Menos conocida es aquella que narra lo ocurrido en el ingenio Barreto, en el poblado de Managua. Transcurría Semana Santa. El Conde no permitió que los trabajos recesaran. Y el cura persuadió al administrador que solicitara al hacendado la revocación de la orden. Y Barreto, impasible, irremovible, mantuvo su voluntad de proseguir la zafra. Al finalizar la Semana Mayor, hubo un hundimiento de tierra  en el área del batey. Extenso y profundo. Una parte de las edificaciones fueron al piso. Desde entonces, el pueblo  atribuyó  el sismo a un castigo divino por acto tan irreverente.

DURO COMO PIEDRA      

 La irreverencia y la irascibilidad del noble no distinguían entre lo racional o lo irracional. Y se  rumoraba, incluso, que en alguno de sus frenesís, azotaba con un fuete al enorme crucifijo que en su hogar recomendaba a la familia como devota cristiana. Lo fue en extremo su madre, doña Micaela Pedroso... El hijo era el contraste que obligaba a los amigos a compadecer a la virtuosa señora. 

El Conde, sin embargo, vivió mucho. Si alguien hubiera pensado que la maldad acorta la existencia, erró al juzgar al aristocrático criollo. Tuvo tiempo para casarse tres veces. Enviudaba. Y durante el último matrimonio, en 1773, consiguió, al parecer, engendrar a un varón, más tarde segundo Conde de Casa Barreto, al que algunos han atribuido los desmanes y las desgracias del padre. Se llamó José Francisco Barreto y Cárdenas. Contrajo matrimonio casi un mes antes de que su progenitor muriera el 21 de junio de 1791 a los 73 años. La fecha es exacta. En la parroquia del Espíritu Santo, en el índice del libro nueve de defunciones de blancos aparece en el índice el deceso de Barreto, al folio 46. Lamentablemente esa página falta. Fue, tal vez, arrancada. Pero en  Historia de las familias cubanas, el autor, Francisco Xavier de Santa Cruz, Conde de Jaruco, afirma haberla visto antes de 1942. La consultó.   

A partir de ahora no puedo separar la historia y la leyenda. Se enroscan. Y si creí que el asiento de la defunción hubiese precisado la causa de la muerte de Barreto y el destino de su cadáver, al haber desaparecido el documento, como cuentan que sus despojos también, he de seguir la tradición. Aunque el poeta Julián del Casal, hacia 1890, en una de sus crónicas sobre la sociedad de La Habana, en aquella que habla de la antigua nobleza, al referirse al título de Casa Barreto, anota: “...un viejo conde, poco querido de sus familiares, no fue velado en la noche de su muerte. Al tratar de conducir el cadáver al cementerio, llamó la atención el excesivo peso del ataúd. Destapáronlo cuidadosamente y vieron sorprendidos que estaba lleno de guijarros.”

El propio Casal aclara que el suceso no había podido ser confirmado. Pero la anécdota se ajusta al hecho. En efecto, el primer Conde de Casa Barreto no fue velado. Pero parece probable que su familia, por criterios de buen tono, por prejuicios nobiliarios, además de comunicar el fallecimiento a la cercana parroquia del Espíritu Santo, simulara un enterramiento. Y no hubo velorio familiar, porque aquella noche del 21 de junio se descargó sobre la villa y la provincia de La Habana un huracán, tan insolente y desmedido que el único medio noticioso, El papel periódico, imprimió un “suplemento al número 63”, contando el daño que vientos y lluvias habían causado. 

La memoria de los vecinos no recordaba inundaciones de parecido nivel. Durante unas 20 horas, del 21 al 22 de junio de 1791, el agua colmó ríos y pozos. El Calabazar se elevó 12 varas por encima de un puente. En Güines, los vegueros perdieron 2 115 arrobas de tabaco. Y fincas del Wajay, Santiago de las Vegas, Jesús del Monte sufrieron la ruina de los sembrados y la capa vegetal de los suelos. Y pueblos como Guara, Quivicán, El Calvario  se convirtieron en venecias criollas.

SOBRE LAS OLAS

El huracán, inscrito más adelante en la cronología de los ciclones tropicales, se conoció entonces como “El temporal de Barreto”. El Conde había muerto el mismo día en Puentes Grandes. Allí, en ese poblado, de índole rural, pastoril, que la nobleza y los acomodados de la época utilizaban como paraje de descanso, Jacinto Tomás Barreto y Pedroso levantó o compró una casa, en la calle Real 88, en el punto donde hoy termina la curva del cine Alba y comienza el barrio de La Ceiba, a un costado de la Papelera Cubana. 

Era conocida como la Casa de los perros, por dos canes de bronce que custodiaban la entrada. Cincuenta o más años atrás, aún las ruinas y los perros mostraban su presencia insuflándole perdurabilidad a la historia o la leyenda que todos los puentegrandinos, de ayer y de hoy, conocen desde la niñez. El Almendares, que atraviesa el pueblo, antes límpido, actualmente ennegrecido, se llevó el cadáver del Conde. Consecuente con su carácter y su existencia atrabiliaria, Barreto decidió vivir solo a  orillas del río y del camino a Vueltabajo. Estaba incurablemente enfermo. El 17 de diciembre de 1790, seis meses antes de su deceso, llamó al notario Ignacio de Ayala y escribió su testamento.

La noche del huracán, el sarcófago con el cadáver del Conde permanecía alumbrado por seis velones en tallados candelabros de plata. Los criados velaban. Mientras, afuera, bajo  los palmetazos del viento, el río se represaba en el vecino puente. Sus luces u ojos eran muy reducidos. Allí se trababan los desechos y ramas de árboles que el torrente arrastraba. El agua empezó a crecer. Una  tonelada tras otra  tonelada acortaban los minutos de aquella masa que engordaba.  De pronto, un estruendo, como el cavernoso sonido de un trueno, abrió paso a una enorme ola.  El agua, mano gigantesca, violencia impensable, penetró, entre otras viviendas, en la  del Conde. Fragmentó cristales, desgoznó puertas y ventanas. Y arrambló con el mobiliario de la sala. 

Sólo quedó en pie aquel enorme crucifijo. Y el ataúd, como inhábil chalupa, emprendió una travesía que todavía no ha terminado. 

LEVANTO LAS MANOS POR EL DEBATE

LEVANTO LAS MANOS POR EL DEBATE

Por Luis Sexto 

La imagen es vieja, pero oportuna: para cocinar una tortilla hace falta romper los huevos. Con los huevos en su cascarón solo podría hacerse, en un recetario urgente, huevos duros. Pero ya no sería una tortilla. Y así, pasando de la cocina a la política, habrá que admitir que las mejores acciones son las que primeramente rompen la cáscara de la reflexión y el debate en un concierto de diversas voces, incluso las disonantes.   

Suele ocurrir –particularmente en las izquierdas- que unos pocos pretendan por momentos asumir la tarea de pensar, invalidando el entusiasmo de otros. Esa es una técnica de predominio antidemocrático en el ejercicio intelectual: para tener la razón basta decir que los demás no la tienen, porque a fin de cuentas estos son ilusos, ingenuos y todos los caracteres afines que distinguen a los que solo sirven para ejecutar lo que los “razonables”, los elegidos por la “verdad”, dictan en medio de un aura de privilegio infalible. La discusión, incluso la polémica, es, para estos profesionales de la división del trabajo  político e intelectual, una vía cerrada por inútil y por… incómoda. Porque, en el fondo, quienes esquivan el debate negando el derecho de otros a contradecir, parecen estar tan inseguros en sus argumentos que no los exponen a  la prueba. El tufo llega a nuestras narices en un aire conocido: el dogmatismo. 

Hemos tenido prueba en estas últimas semanas. Tanto nos acerca la Internet que nada de lo publicado en la “red de redes “nos parece ajeno. Hemos estado al tanto del debate sobre el socialismo del siglo XXI. Algunos lo han creído necesario; otros lo estiman improcedente porque, a fin de cuentas,  es una categoría bolivariana, latinoamericana: parte de Venezuela, específicamente del presidente Chávez, y todo cuanto se abone fuera de ese ámbito para intentar universalizarlo –dicen- yerra por equívoco geográfico y cultural.  La postura es impugnable. Si Venezuela halla una fórmula para construir el socialismo, es hallazgo que atañe al mundo. Con la caída del “socialismo real” –o “realmente existente”- en el siglo XX, las aspiraciones de una porción de la humanidad quedaron sin paradigma.  ¿Dónde radica  la esperanza de cambiar las relaciones de sumisión y explotación por relaciones de libertad y solidaridad? ¿Cuál es el modelo exacto, justo, efectivo y  perdurable? Un modelo pensado, porque, al parecer, la construcción del socialismo no puede dejarse a la improvisación, o a leyes ciegas que, en su torpeza, irán a parar presumiblemente al punto que intentan evadir.  

Hablábamos,  durante los últimos días, de la lexicalización compuesta por el sintagma “socialismo del siglo XXI”como un probable relevo ordinal o numérico del que lo precedió en la centuria anterior. Si hubo un socialismo, al menos uno, en el siglo XX, el que sobrevenga en este siglo tendrá que clasificarse temporalmente como del XXI.  Esa posibilidad, desde luego,  es la que nos inquieta: que todos sea un cambio de nombre y el corpus teórico y la subsiguiente práctica sociopolítica sea la misma del llamado socialismo del siglo XX, de origen marxista – un marxismo distorsionado, voluntaristamente aplicado-que por unas siete décadas rigió en la Unión Soviética y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, se extendió con el Ejército Rojo por Europa oriental. 

Parece forzado  precisar que el socialismo posee más de una definición. Y todas dependerán, en su alcance, de la posición desde donde se configuran sus términos. Para mí, en una generalización neutral, el socialismo  sigue siendo una aspiración de la sociedad humana. Creo que esa formación económico-social será la sucesora del capitalismo y la solucionadora de cuanta injusticia, desmán, catástrofe de lesa humanidad nos deja la burguesía y su sistema. Y ya estamos hablamos, necesariamente,  de clases. No creo que el socialismo –sea del XXI o del XXXII- podrá prescindir de una verdad que Marx reveló para siempre: la historia humana es la historia de la lucha de clases. Quizás no sea tan evidente, pero en última instancia -según la adecuación equilbradora preferida por Engels- para que la sociedad humana sea realmente una sociedad de fraternidad, igualdad y libertad –viejas demandas de la revolución burguesa y no por ello menos necesarias- se precisa que los minoritarios sectores dominantes renuncien a sus intereses, o se les arrebaten para que los mayoritariamente dominados puedan hacer valer los suyos. Unos han pensado en conciliarlos. ¿Tendrán razón? Tal vez en la teoría la cuenta cuadre. Pero en la práctica… Ummmm.  ¿Pueden los capitalistas renunciar a su cuota de ganancia media por amor a sus asalariados? Quizás un filántropo, que, por supuesto, dejaría de ser rico. Pero no toda la clase de propietarios.  

No insistiré ahora en las formas en que los trabajadores han de tomar el poder político,  sin el cual el socialismo continuará siendo una aspiración más que una concreción. Lo que quiero decir, sin absolutizar mis referencias, es que el socialismo de cualquier denominación –“cristiano”, “latinoamericano”,  “asiático”- tendrá que tener en cuenta los hallazgos fundamentales del marxismo y utilizarlos creadamente, esto es, fuera de cualquier cercado dogmático, burocrático y, sobre todo, demagógico, esa actitud en la que el discurso y su ejecución  no comparten  la misma tienda.

Tampoco abundaré en cómo construir el socialismo. Los manuales han dado una lección a partir de 1990: la inconfiabilidad de los manuales. Solo creo entrever que el problema primordial de la construcción de socialismo radica en  hallar la fórmula que les otorgue efectivamente a los trabajadores, en plena libertad, el papel dominante.

Voy, pues, a abordar lo más importante de esta nota.  Algunos se oponen a este debate, porque creen que se les ajusta las cuentas al socialismo del siglo XX y a la Unión Soviética. Ese criterio se amarra a un equívoco. Si la Unión Soviética y el socialismo que ese gran país representaba se extinguieron, y con su disolución frustraron nuestras esperanzas, urge que ajustemos las cuentas, es decir, que profundicemos con la crítica en las causas que los tiraron hacia las alcantarillas de la historia. No se trata de echar campanas al aire por que hayan desaparecido, sino de indagar en  las causas que, lamentablemente, condicionaron sus errores y limitaron lo que parecía estar llamado a la perdurabilidad.

Eso, me parece, es un ejercicio elemental sin el cual el debate afrontaría el riesgo de escamotear lo sustancial. Porque muy poco de aquella experiencia deberá  ser en un segundo intento como fue en el primero.

SOCIALISMO DEL SIGLO XXI : ¿ENTELEQUIA O NECESIDAD?

SOCIALISMO DEL SIGLO  XXI : ¿ENTELEQUIA O NECESIDAD?

Por Luis Sexto 

La frase ha ganado un espacio en la terminología de moda: socialismo del siglo XXI. Muchos en el planeta esperamos que no sea eso: una lexicalización temporal que pierda, con los días, a fuerza de repetirse, significado nuevo y capacidad de estimular el sueño, la práctica y, en particular, la teoría. Porque, a mi juicio, le falta cuerpo, substrato teórico. ¿Lo empezamos a llamar socialismo del siglo XXI solo porque está decursando la centuria con ese número? ¿O le llamamos así en oposición al socialismo del siglo XX cuyo fracaso nos ha dejado una cola de lecciones que hemos de asimilar para lograr un racional intento de construir el socialismo?  

De las experiencias socialistas del siglo XX queda una enseñanza que puede adquirir rango de axioma: no sabemos a ciencia cierta lo que es el socialismo en cuanto forma y método. En cuanto ideal sí, porque implica una aspiración irrenunciable de refundar la sociedad mundial sobre bases de justicia, igualdad, libertad. Esta meta no pasará de moda. Lo que ignoramos es la técnica, las fórmulas y los principios de cómo construir el socialismo sin errores, equívocos, pobreza y limitaciones. Se trata, en esencia, de superar un socialismo cuyos manuales de generalización y propaganda y sus programas partidistas sostenían que ese era un sistema a prueba de crisis cuando una crisis lo echó a rodar por  los desagües de la Historia.  

Por fortuna, ya se va alcanzando consenso en que el socialismo del siglo XX en la Unión Soviética y Europa Oriental se disolvió porque “estaba mal concebido y mal realizado”. La explicación pertenece al comunista cubano Carlos Rafael Rodríguez, uno de los cerebros más sólidos del movimiento revolucionario de Cuba. A él, que ocupó principales cargos en el Gobierno Revolucionario de Cuba, fue a quien primero le oí ese juicio cuando otros pretendían explicarlos por causas secundarias: que si la perestroika, que si  la prensa… Sociedad que nace coherentemente y se desarrolla coherentemente y se consolida firme y racionalmente, como expresión de una necesidad social, no puede demolerse por la transparencia política o la crítica y la información periodística.  Si se estremece por un artículo de periódico, el mal no radica en la prensa, sino en las bases de la organización social, parecidas, según la gastada metáfora,  a un gigante con pies de barro. 

En estos días,  Armando Hart ha expuesto ideas semejantes en un artículo publicado el pasado sábado 9 de diciembre en el periódico Juventud Rebelde. El ex ministro de Cultura de Cuba, agradece que “haya desaparecido aquel ‘socialismo’equivocado, mediocre y ajeno a las esencias de la mejor cultura universal”.  

Fidel Castro ha reconocido con preclara lucidez cuán poco sabemos sobre cómo construir el socialismo. Lo dijo el  17 de noviembre de 2005, cuando en un discurso en la Universidad de La Habana, alertó sobre la posibilidad de que la Revolución cubana, obra de más de cincuenta años de pelea, resistencia, tanteos, aciertos y errores, y continuación de la revolución independistas del siglo XIX,  pudiera ser reversible. La causa primordial, la más probable no sería la hostilidad –nunca cesante- de los Estados Unidos de América, sino los yerros y vicios de los revolucionarios y comunistas cubanos. 

El pensamiento de Fidel, como el de Marx, Engels y Lenin, no surgió de una concepción dogmática de la vida, la sociedad y la Historia. Por el contrario, como la vida, la sociedad y la historia son tan cambiantes, tan antidogmáticas, las ideas de los clásicos  sirven como “guía para la acción”,  índice para la procreación y crecimiento de un pensamiento flexible, sagaz, vigilante. Y por ello, uno puede deducir de la advertencia de Fidel que Cuba afronta el riesgo de que las aspiraciones primordiales de la nación –la independencia política y la justicia social- perezcan, si sigue  manteniendo en su estructura fermentos del llamado socialismo del siglo XX, el socialismo que fracasó, con el cual Cuba mantuvo tantas inevitables afinidades y tanta colaboración en la época de la “guerra fría”.  

Desde luego, el socialismo del siglo XXI surgiría lastrado, minusválido, si asumiera fórmulas del viejo socialismo. La tarea de fundamentar con la teoría  y concretar con la práctica el socialismo del XXI, no es tan simple como darle un nombre. Bautizar lo hace cualquier persona con buena voluntad. Criar, educar, formar, sólo corresponde a revolucionarios para quien lo posible -hoy, ahora-  no puede estar supeditado rígidamente a lo soñado o a lo prescrito. Por ello, la teoría socialista ha de ejecutar la autopsia del socialismo soviético –sin ánimos antisoviéticos, sería injusto y nocivo- para determinar con la cuchilla de la crítica, sobre un diagrama de concentración, los resortes del fracaso; un fracaso que, según parece, no se gestó en los años 80, sino más bien desde los años inmediatamente posteriores a  la Revolución de Octubre. Y ese análisis no merecerá el calificativo de seudo científico con que los dogmáticos suelen invalidar el pensamiento más libre y menos encorsetado. Seudo científico sería –según el científico soviético Kapitza- no reconocer los errores. 

El propio Armando Hart señala en su artículo ya citado que  “debemos profundizar en un problema filosófico clave: la búsqueda de la relación entre lo que se llamó objetivo y se denominó subjetivo”. Y concluye: “Lamentablemente, muchos en el siglo XX olvidaron que el hombre es también materia.” 

Este articulista, sin ánimo de enmendar, añadiría que a veces también algunos olvidaron que el hombre es también subjetividad. Conciencia. Espíritu al que las fronteras y los cartabones limitan y deforman. 

Una de las regularidades del socialismo del siglo XX  y de su caída consistió en que el sentimiento de propiedad social nunca se afincó en la conciencia de los trabajadores.  Jamás sintieron que sus fábricas fueran verdaderamente suyas, a pesar de la distribución mediante los fondos sociales de consumo.  Algo impedía que se desarrollara una relación de propiedad entre el productor y los medios de producción. Y claro esta,  no podía haber surgido esa relación ni ese sentimiento, porque los trabajadores no eran dueños en la práctica: seguían siendo asalariados. Ese era el efecto: asalariados del Estado. Porque nadie podrá discutir ya que el acto de estatalizar la propiedad no significa socializarla. Doctrinalmente, el proyecto era perfecto: los obreros gobernarán y administrarán lo suyo como clase dominante, mediante sus representantes en el partido y el Estado. A la larga, los funcionarios derivaron hacia una casta y como casta adquirieron intereses que se separaron de los intereses de los trabajadores y del pueblo. No se estimuló la crítica ni la participación política que evitaran esas deformaciones. 

Y cómo hacerlo hoy  para que en realidad la clase obrera asuma el poder y se sienta poder. No sé. Quién lo sabrá. Sabemos sí que la organización socialista conocida y fracasada en el siglo XX  no logró la plenitud de la justicia. Confundió los plazos. Aceleró la etapa de tránsito del capitalismo al socialismo. Priorizó la política sobre la economía, y las centralizó de manera tan excesiva que nulificó la prerrogativa de acción de los lados. Convirtió el principio de igualdad en el emparejamiento de todos, sin distinguir las naturales diferencias de aptitudes y aplicación. El mercado no existió para vender, sino para dar. Y convirtió en un problema el acto de comprar. Fue, pues, una igualdad lograda en la pobreza, en el mínimo; jamás en el bienestar creciente regido por la ley distributiva de “de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo”.  No cuesta admitirlo, la igualdad convertida en igualitarismo paraliza a la sociedad. Y el desafío radica en hallar el término medio entre la “polarización” de la propiedad privada del capitalismo y la “paralización” del individuo ahogado en la colectividad del “socialismo” hasta ahora conocido. Y en una sociedad donde los individuos reciben al margen de su potencialidad y sus merecimientos,  la democracia se convierte en una verticalizada y maquinal ceremonia, a la que le falta ese “buen sentido y equilibrio de derechos” que José Martí decía que habían olvidado los socialistas europeos del siglo XIX. 

La propaganda, parece exacto decirlo, no puede transformar la voluntad en acción, el error en acierto, la escasez en abundancia, un mediatizado aparato conceptual en justicia. Superar al capitalismo es campaña que se gana sólo con las evidencias. Con las evidencias de una lucidez que ha de trascender los nombres y las consignas, para erigirse en hechos inconmovibles en una sociedad que logre ver y tratar al hombre como materia y conciencia a la par. Necesitado a la vez del bienestar material  y de la cultura, bien espiritual. Y de ahí, partir hacia la sociedad y el hombre nuevos.   

LA HISTORIA DE FELIPE BLANCO

LA HISTORIA DE FELIPE BLANCO

Por Luis Sexto

Algo más que un sucu suco que habla de cuevas y “majases”. Una historia apta para cubanos nostálgicos 
En el Surgidero de Batabanó, en la costa sudoccidental de Cuba, desconocen que en una casa de madera, frente al antiguo Juzgado, con las letras FB en su fachada, vivió Felipe Blanco. Las indagaciones entre la gente estudiosa de la historia local o con edad suficiente para evocar rumores o leyendas, sólo consiguieron una pregunta por respuesta: ¿Felipe Blanco? 
Datos de origen confiable aseguran que ese señor residió allí a principios del siglo XX y que la casa, en 195l, todavía estaba enhiesta, mostrando las iniciales de su propietario, según aseguró el doctor Waldo Medina, el reconocido  juez  y colaborador de la revista Bohemia y el diario El Mundo. Pero quién pudo ser FB para que los habitantes del Surgidero recordaran o apuntaran en papeles la estadía de alguien que, como cualquier cubano, era una ignota referencia en un registro civil o en el archivo de una iglesia parroquial. Cuando, al concluir la Guerra de Independencia, se asentó en el puerto de las esponjas, solamente lo conocían en la Isla de Pinos, donde había nacido, había reunido una hacienda ganadera y había acopiado diversas famas, una de las cuales, al menos, parloteaba en la letra de un sucu-sucu, crónica rítmica del entonces despoblado solar pinero. En la década de los años 40 fue cuando su nombre rompió la cáscara del anonimato nacional y voló por el país de uno a otro confín, balanceándose de una boca a otra boca, en la estructura de una canción vivaracha y contagiosa, y en cuya letra ciertos suspicaces creían interpretar una críptica narración sexual. Eliseo Grenet había rescatado y purificado el sucu-sucu de su agreste ajuar. Y lo echó al aire en discos y emisoras radiales. Uno, entre tantos, enamoró el gusto del pueblo. Y todavía hoy, cuando ya ese género consumió su turno de gloria y  regresó a su isla de partida para perdurar colgado de las cuerdas de Mongo Rives y su conjunto, la letra y la música de aquella pieza sigue zumbando en el oído común: unos porque la recuerdan de la niñez o la juventud; otros porque la aprendieron en los encantamientos de la tradición. A ver, diga usted si no puede tararear conmigo: “Ya los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco se las tapó,/ se las tapó, se las tapó, se las tapó/ que lo vide yo...” 
Pero no presenció su apoteosis. Para cuando se transformó en una cita musical recurrente y en referencia de una historia que muchos no podían explicarse, Felipe Blanco había muerto. Vivió una decena y algo más de años en el Surgidero. Y un día, oliendo en su piel la cercanía de la muerte, retornó a la Isla de Pinos. Allí murió el 2 de junio de 1917, a las cinco y treinta de la tarde, a causa del mal de todos los que viven largamente: cansancio vital. Tenía 87 años. Su entierro, masivo. El ataúd navegó por sobre lágrimas, en hombros y  manos de familiares y amigos.

LA GÉNESIS DE UN NOMBRE

Fue un hombre manifiestamente querido, a pesar de que la crónica que recoge el sucu-sucu con su nombre podría infamarlo. Tengamos en cuenta que los Blanco fueron fundadores de Nueva Gerona, es decir, de la Isla de Pinos. Aun hacia 1830, la llamada Isla del Tesoro, cubil de piratas y evadidos de la justicia española, había carecido de atención por parte de la metrópoli. Desierta, intocada en sus capacidades económicas, la Evangelista, como la llamó Colón  en su segundo viaje, pellizcó los ánimos imperialistas de Gran Bretaña, cuyo gobierno advirtió a Madrid que si no la poblaba y la utilizaba, la tomaría para así. El monarca español habilitó al Capitán General Francisco Dionisio Vives, déspota aficionado a gallos finos, barajas y vino, cuyo lema era si vives como Vives vivirás, para que fundara la colonia Reina Amalia en la islita del sur. Convocatorias y pregones convencieron a numerosas familias con la promesa de cinco caballerías de tierra exentas de impuestos por diez años. Muchos de los nuevos colonos procedían de Pinar del Río. Cierta familiaridad geográfica entre la isla solitaria y el occidente de Cuba armaron el espejismo de que en aquella porción de tierra se podía cultivar tabaco, caña de azúcar... Y los Blanco y los Hernández se sobrecogieron de ilusión cuando, desde el mar, en lontananza, vieron sobresalir, como en una silueta casi fantasmal, las alturas de aquel Eldorado. Avanzaban las hojas de 1831. 
Felipe nació en 1834. Creció lidiando con puercos en la finca paterna La Cisterna. Llegó a ser alto, flaco. Vistoso. Con ojos azules. Afable. Apegado a los amigos. Con sentido del humor. Las mujeres lo miraban de reojo, inventariándolo. Por todo ello. Y porque ya también había expandido una finca ancha, salpicada de ganado bovino y de cerdos. Era, en estricto cálculo de la época, un partido ideal, que mereció doña Manuela González, y que le gratificó la preferencia con siete hijos. Aunque Felipe Blanco, como en un  chiste que para algunos no lo era, decía cuando veía pasar a un niño ojiazul: “ese es también hijo mío, que lo digo yo.” Porque, en efecto, tenía, la costumbre de apostillar sus afirmaciones con esa frase  contundente, inapelable. Cuenta el doctor Waldo Medina, juez de Isla de Pinos, instrumento de  justicia verdadera y voz periodística que difundió muchas costumbres y hechos de aquella porción cubana, que Felipe Blanco miraba preocupado a su hija Venturita, adulta y sin novio. Y cuando la mujer se enamoró y cambió su ordinaria depresión por manifestaciones de alegría bullanguera y jocosa, el padre, en un salto de expresividad, comentó: Cará, “Venturita se despabiló, se despabiló, que lo digo yo.” Y esa jaculatoria pasaría más tarde a rematar como un sonsonete el sucu-sucu compuesto sobre su  hija y el dedicado a él mismo, pero modificado con el arcaico “que lo vide yo”.

NOTAS TÉCNICAS

Afirman los musicólogos que el sucu-sucu es una variante del son. Con base instrumental en el tres. Fue en sus principios, que Elio Orovio remite a fines del siglo XIX, como una expresión lírica del guajiro pinero: la tonada local, la crónica cantada de la infinitud de dichos y actos costumbristas de aquella vida signada por el trabajo, en un paraje del que, a pesar de la colonización, nadie se acordaba hasta 1959. Amoríos, ruindades, broncas, adulterios, integraron la masa con que, en sus rumbas o fiestas, también llamadas sucu-suco, donde se bailaba hasta los claros del día, los improvisadores armaban la tonada, la canción, cuyo nacimiento el propio Waldo Medina afirma datar del primer tercio del siglo XIX y, por tanto, asevera además, teniendo la  sangre del son lo antecede en el tiempo. 
En el sucu-suco compuesto con su nombre y un episodio de su vida, Felipe Blanco es blanco, a la vez, de una almibarada crítica popular. Los que alguna vez vieron en el majá y las cuevas una metáfora erótica, olvídenla. Los majases eran los revolucionarios deportados a la isla que Luz y Caballero, en uno de sus aforismos, llamó “la Siberia de Cuba”. Cuando la Guerra Grande (entre 1868 y 1878), muchos mambises (insurrectos)  de las ciudades y el campo viajaron encadenados a ese presidio enorme. A expensas de la vida. Sin nada seguro. Ni techo. Ni cama. Ni comida. Unos, tal vez, pudieron pagar posada, o recibir favores. Otros, los más, habitaron en cuevas y grutas, como cromañones de la libertad. El alimento lo conquistaban por las noches, matando una ternera o un puerco. Y como las autoridades no les querían facilitar ni esa existencia tan precaria. Y como el látigo y el encierro en barracas, no podían impedir la satisfacción de tanta necesidad, los mandones ordenaron a los terratenientes que tapiaran las cuevas de sus heredades. Y Felipe Blanco, amigo del gobernador y del regidor y, temeroso también –dicen- de la bestialidad del mando, tapó sus oquedades para que aquellos majases, a quienes calificaban de ese modo por analogía con los insurrectos que rehuían la pelea y se refugiaban en los montes, se quedaran sin puntos donde habitar solos o con sus familias. Y esa es la historia. Con menos o con más. Porque otros apuntan – el historiador Juan Colina, entre ellos- que Felipe Blanco era tan solo un mayoral. Y las cuevas participaban de una metáfora, como  alusiones  a la hostilidad que  perseguía y vigilaba a los infidentes. Y Mongo Rives, el músico maestro del sucu-suco, asegura airado que Felipe Blanco era un enemigo de la libertad de Cuba. 
Sea lo bueno o lo malo, o una mezcla de ambas sustancias, Felipe Blanco es el hombre a quien el arte anónimo del pueblo le ajustó cuentas por su acciones en un sucu-suco que lo acusaba de perseguir a los peleadores por la independencia, convirtiéndolo, paradójicamente, en el primer pinero, según aseguran juicios muy antiguos, que se encaramó en el papalote de la fama, entre música y pasillos de bailadores trasnochados.

 

EVOCACIÓN DE UN ENERO PERDURABLE

EVOCACIÓN DE UN ENERO PERDURABLE

Por Luis Sexto

La noche cuando Batista se fugó ni los borrachos andaban por las calles...

El general, renunciando a la última bala -la bala en el directo-  de sus declaraciones, había elegido el último de sus aspavientos napoleónicos: un golpe de Estado contra sí mismo.  Y desde la escalerilla del DC3 de Aerovías Q, una de sus empresas con base en el aeropuerto militar de Columbia, repetía a sus cómplices los detalles claves del libreto que pretendía conservar su memoria y su régimen de “hombre fuerte”. Después, la solitaria madrugada del primero de enero de 1959 no sintió el ruido de aquella nave fuera de itinerario y de las dos que la siguieron un poco más tarde aventada de jerarcas, lacayos y criminales de guerra. Tras el despegue,  ciertos personajes discaron sigilosamente sus teléfonos avisándose de que el Chief se había ido...

Todos sabíamos entonces que la situación del país era la de un enfermo de gravedad que en las próximas 72 horas –plazo habitualmente médico- debía entrar en una crisis que decidiría su destino: vive o muere.La muerte tenía que ver también con que la gente no festejara en las calles el tránsito de un año a otro. Ese espacio de propósito reformulados, esperanzas renovadas, promesas recalentadas en la probabilidad de un nuevo almanaque, era más íntimo, recoleto, familiar que nunca antes. En esos días, sobre todo en los últimos meses, los ciudadanos comunes podían convertirse en las víctimas –asesinadas o torturadas- de una equivocación, de un error policiaco que nadie jamás resarciría ante un tribunal.

Esa madrugada, solo algunos automóviles cola’epatos de hijitos del barrio refinado de Miramar, rodaban desalados por el Malecón. Quizás aún en el Casino del Hotel Nacional, o en el cabarets del Capri, turistas y gángsteres norteamericanos, y profesionales de la nocturnidad inauguraban ese jueves un nuevo año. Unas horas más tarde,  abierta ya la mañana, el año comenzaba como casi todos deseaban, pero como nadie podía imaginar, salvo los que recordaban el 12 de agosto de 1933, cuando el pueblo derrocó a Gerardo Machado, otro tiranuelo predilecto de los Estados Unidos.

De súbito, la noticia partió de la voz inquieta, alterada, de una emisora que se distinguía por su sobriedad. Radio Reloj tocó a la puerta de una, dos, cien, mil hogares atrancados por el terror, o la cautela, o el apoyo militante a la insurrección cuyo estado mayor, radicado en la Sierra Maestra,  había pedido silencio en las Navidades y el fin de año. La nota confirmaba lo que se escuchaba nebulosamente:

¡Batista se fue! ¡Se fue Batista!

Y la felicitación tradicional de ese primer día del año, trastornó sus letras. Fidelidades, decía una vecina. Fidelidades, respondía la  otra.

Han pasado ya 48 años y solo un tercio de los habitantes de Cuba recuerdan aquel día en que miles de adultos y jóvenes, niños y ancianos se adueñaron de las calles ejerciendo la libertad que la revolución les traía en el nuevo año, como un insuperable Rey Mago. Desde  entonces la mayoría de  los cubanos se atrincheraron en los sueños, en el afán de construir un país distinto. Pero, si hemos perseguido sueños,  la vida no ha sido tan fácil como soñar. La sangre, la abnegación, la carencia, la mutilación nos han acompañado.  Ningún juicio que intente apoyarse en la sensatez, en el equilibrio, podrá negar que la obra de la revolución cubana ha sido limitada en eficacia y cuantía por la política hostil de los Estados Unidos, cuyos resortes han oscilado entre la invasión preparada por los gobiernos de Eisenhower y Kennedy, y derrotada en Playa Girón, y las sanciones económicas unilaterales que suelen ser calificadas de embargo por unos y de bloqueo por otros.

Hasta ciertos errores que podían tenerse en cuenta al pasar las cuentas en el interior de Cuba, proceden de algún modo de la constante guerra caliente o fría  organizada y pagada por Washington  desde 1959. Nunca  desmentida, esta hostilidad ha condicionado una mentalidad de cerco en los cubanos, imponiendo  un exceso de cautela ante el riesgo de caer en alguna de las acechanzas de los enemigos de la independencia y la justicia social conquistada por la revolución. ¿Quién lo negaría? La revolución surgió defendiéndose. Los Estados Unidos y sus aliados criollos y extranjeros no la querían. Ni la quieren. Las águilas de la codicia se percataron tempranamente de que el cambio de hombres de enero de l959, era también cambios de esencias.La cautela, la necesidad constante de convocar la unidad de la nación ha retrasado o soslayado decisiones que hubiesen aligerado nuestra etapa de tránsito hacia el socialismo. Y esa reacción beneficia, desde luego, la campaña de los Estados Unidos que ve incrementadas las ganancias de sus restricciones o limitaciones contra la vida cotidiana de los cubanos. En Cuba, por ello, es posible que no todos estemos de acuerdo en que nuestra sociedad es un paraíso. Nos percatamos de nuestras contradicciones e insuficiencias. Y creemos que aún nos apremia el desafío de convertir la teoría de Marx en un dialéctico proyecto que equilibre, a pesar cuanto bueno hayamos edificado, lo social y lo económico para que la igualdad no radique en la pobreza, sino en el bienestar.

Estamos, en cambio,  mayoritariamente de acuerdo en que sin no vivimos en el paraíso, el paraíso es posible. Y será posible, sobre todo, si Cuba, como lo previó José Martí, mantiene su independencia de los Estados Unidos.   

EÇA DE QUEIROZ EN LA HABANA

EÇA DE QUEIROZ  EN LA HABANA

Por Luis Sexto

José Maria Eça de Queiroz vino a La Habana queriendo ir a París. Para  aquel joven poseso de la originalidad, la capital francesa mostraba en sus luces la ocasión de encontrar “algo nuevo que mirar”. El servicio diplomático portugués, en cambio, supuso que tan desaforado retador de la tradición merecía ir a Las Antillas, donde lo viejo enseñoreaba ceñudo e insultante.

La incongruencia entre el deseo y la realidad quizás condicionó la relación entre el escritor y sus días en La Habana, entre su vida y las memorias de la ciudad. Nunca se acomodó al clima físico, ni a la atmósfera moral del primordial enclave colonial español en el Caribe. No comprendió por qué los cubanos guerreaban contra España. Ni reconoció que junto a la Cuba española existía la Cuba Libre o la Tierra del Mambí, como apuntó el irlandés James O’Kelly que visitó a Cuba en la misma época que el portugués. No se interesó. Sus fuentes discurrían de las informaciones oficiales. Y nunca, al parecer, habló o escribió amablemente sobre la primera plaza consular de su expediente.

El 18 de agosto de 1870 aquel graduado de Coimbra, alto, delgado, pálido, y vestido con traje incólume se presentó a la convocatoria del Ministerio de Asuntos Extranjeros para la carrera consular. Disertó, en septiembre, sobre el derecho de visitas y sus límites. Y obtuvo el primer lugar entre los concursantes. La próxima vacante le pertenecerá, le dijeron. Pero solicitudes de rostros bonitos, recomendaciones de títulos poderosos lo apartaron durante dos años. También colaboró a tal preterición su fama de airado crítico de lo caduco. Una conferencia contra el romanticismo lo puso en cuarentena ideológica. Y él, al saberlo, escribió con la tinta negra y espesa, como de pulpo, que iba distinguiendo a su prosa: “Nunca pienses servir a tu país con la inteligencia (...) ¡Cree en la intriga! ¡No estudies, corrompe!”  Al fin, el 16 de marzo de 1872 recibió el nombramiento de cónsul de primera en La Habana. 

LA PRIMERA OFENSA

Cuando desembarcó aún no era Eça de Queiroz. Había tan sólo viajado, sobre todo por el Oriente Medio, y  publicado varios cuentos reputados de ofensivamente originales, lindando con la excentricidad, en La Gaceta de Portugal, y levantado cierto crédito como articulista político. Mordaz. Corrosivo. Ingenioso. Poco antes de llegar, había comenzado su primera novela, “El crimen del padre Amaro”, que tal vez concluyó en Cuba, porque la publicará en 1875, un año después de finiquitar sus tareas en La Habana. A partir de esa fecha, aparecerán las obras que lo entronizarán en el nicho de los renovadores y liberales de las letras portuguesas. “Los maias”, “El primo Basilio”, “La reliquia”, “Las cartas de Fadrique Mendes”, “La ilustre casa de los Ramires”, “Las ciudades y las Sierras”...Lo más recomendable que antes envalijó en su currículo fue la militancia en El Cenáculo, grupo literario del poeta Antero de Quental y compuesto también por Ramalho Ortigao, Guerra Junqueiro, Oliveiro Martins. Por lo demás era el perfecto desconocido en esta ciudad que al común de los viajeros ofrecía de inmediato, en esa época, una estampa festiva en el bullicio de las calles, y en los colores rojo, amarillo, verde, azul de las casas, envueltas en un aura que algunos visitantes remitían a una semejanza con las ciudades portuarias del Oriente.

Ser aquí un desconocido quizás lo mortificó. Una anécdota presumiblemente apócrifa ha venido susurrando hasta hoy que Eça de Queiroz llevó un artículo a un periódico habanero -¿El Siglo, El País?. Jornadas más tarde regresó para preguntar por el destino de la colaboración, y el director, deferente más con el cónsul que con el periodista, le dijo: No lo podemos publicar, pero siga escribiendo; usted promete. Desde ese momento, al parecer, los periódicos de La Habana se señalaron para aquel  revolucionario de las formas por su “prosa infecta”. 

HABLAR EN CHINO 

El Cónsul de Portugal en La Habana no ejercía sus funciones en una poltrona, rodeado de placidez. Esta plaza era desfavorable al artista que esperara hallar ocio, apacibles vacaciones para la creación. Entonces tenía que ocuparse de unos cien mil chinos culíes, ciudadanos portugueses en mayoría, porque provenían de la colonia lusitana de Macau. Eça de Queiroz asumió con entereza humanitaria el papel de diplomático. Y las relaciones con las autoridades españolas lo asfixiaban en la impotencia o la cólera.  

La esclavitud enmascarada de los braceros chinos transitaba por una de sus fases más escandalosas. Y humanamente horribles. Los que empezaron a  desembarcar después de 1861 inclusive, tenían que salir de Cuba uno o dos meses para conseguir un nuevo contrato. O eran enjaulados en barracones y forzado a trabajar gratuitamente para el gobierno local, en tanto esperaban un nuevo convenio por ocho años más. En un informe del Cónsul a su Ministerio ― publicado en 1926 por Antonio Iraizoz, escritor y gramático cubano― Eça de Queiroz relata el glosario de horrores padecidos por los culíes. Y a manera de anécdota definitiva narra que en esos días había desembarcado un chino de Macau, médico de un barco, y al bajar a la ciudad lo apresó la policía como “colono sin papeles”. “Hace diez y ocho meses que está en presidio; últimamente ―continúa el Cónsul― consiguió venir al Consulado, y reclamar como portugués; está consumido de trabajo y casi idiota del terror. Hace un mes que lo reclamé, pidiendo enérgicamente su inmediata libertad. No me han dado respuesta alguna y el miserable continúa en presidio.”

En ese timbre  transcurrían los días: respondiendo a chinos que, en chino, le explicaban lo que les oprimía.Y así se aclara, o al menos uno va comprendiendo, por qué La Habana colonial lo obligó a tanto desprecio, tanta queja, tanta insatisfacción. Porque si es cierto que usualmente los viajeros dejaron en sus memorias juicios adversos sobre la Cuba del siglo XIX y la ciudad mayor del archipiélago, también lo es que mezclaron, con aquellos, juicios menos malignos, más justos, viendo, en el porvenir, el desarrollo de cuanto de virtud apreciaron. La Habana, en particular, ha sido una ciudad paradójica, contradictoria. Sucia y limpia. Ardiente y serena. Bella y caótica. Pero el autor de La reliquia se ensaña con ella empleando toda su agencia de ironía e insulto.

Una carta de 1873, dirigida a Ramalho Ortigao, e inserta  en la “Correspondencia” de Queiroz, se fija a la condición de documento expresivamente antológico. Único. Llama a La Habana “ciudad estúpida, fea, sucia, odiosa, innoble.” Y añade: “!Oh! la gente grosera. (...) Esta ciudad (...) ¡qué miserable aldea es, con todos sus palacios, con todos sus trenes arrastrados por cuatro caballos cubiertos de plata! ¡Ah! La miserable, subalterna, rastrera manera  de estos espíritus. (...) ¡Ah! El terrible precio de una camisa. (...) Detesto esta ciudad verdeada y millonaria, sombría y ruidosa ―este depósito de tabaco, este charco de sudor, este estúpido palillero de palmeras.”

No le creamos del todo. Hay al final como una explicación de su furia taurina, de su rencor aparentemente irracional, de su subjetividad agriada. “Disculpe mi cólera ―mas ella nace de un tedio sin límites y de un despecho cruel: el despecho de sentirme un pobre diablo artista, encajado en una función oficial, y tener que ajustar el sentido artístico al código de los cónsules.”

En 1874 se marchó. Lo ubicaron después, sucesivamente, como cónsul en Newcastle y en Bristol; luego en China y, por fin, en París. Ya para entonces era Eça de Queiroz.  El novelista comparado en Portugal con Flaubert y Zola.  Y tal vez, si no hubiera fallecido de tuberculosis en 1900, en la ciudad santa  de las ansiedades del escritor por lo nuevo, habría tenido tiempo para reconsiderar cuanto decía sobre aquella ciudad maldita en el recuerdo. Quizás habría comprendido que no debió venir a La Habana deseando ir a París. Porque el rechazo hacia la mala suerte, podía confundirse con el desdén por la tierra que, casi con certeza, no intentó comprender.