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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

POLÍTICA Y GRAMÁTICA

POLÍTICA Y GRAMÁTICA

Por Luis Sexto

Apostillas ciudadanas, simplemente

Veamos este párrafo de una nota procedente de Washington, aparecida en El Nuevo Herald (digital) el 21 de diciembre de 2009:

“Estados Unidos apoya el deseo de los cubanos de determinar libremente su futuro y el de Cuba. Creemos que debemos ayudar a aquellos que están trabajando hacia un cambio positivo'', indicó el portavoz del Departamento de Estado para América Latina, Charles Luoma-Overstreet, a la AFP.”

Quiero aproximar algún criterio desde el punto de vista gramatical y enseguida nos percataremos de cómo la lengua y su gramática pueden ser utilizadas como manipuladores políticos. Fijémonos como el vocero, o quien cita sus palabras, usa el artículo LOS para incluir a todos los cubanos: todos, deduce el lector, son los que desean “determinar libremente el futuro de Cuba y por supuesto mediante “un cambio positivo”.

Eso podría ser verdad, pero habría que preguntar: qué significa  “determinar libremente” “un cambio positivo”para el vocero del departamento de Estados de los Estados Unidos. Y, sigue deduciendo uno, actuar libremente es hacer, sin injerencias extrañas, extranjeras, “los  cambios positivos”. Pero ahí está el asunto tergiversado: cómo podremos realizar libremente “cambios positivos”si los Estados Unidos se mezclan, definen, discriminan, pagan, mantienen leyes contra el desarrollo de “los cubanos”. Claro, la verdad es que un cambio positivo en Cuba, es, para la Casa Blanca y su aparato,  todo giro que reoriente el rumbo político de Cuba hacia la égida norteamericana: democracia occidental, es decir, una democracia que se convierte en una partidocracia de derecha, con limitaciones casi insalvables para las izquierdas; libre mercado –el que tiene vive, el que no tiene se “jode”,según el decir popular entre cubanos-, y con una independencia formal, como fue antes de 1959; en fin, ya conocemos en que consiste el darwinismo que permea todavía el capitalismo de los países pobres…

Aclaro, que no hablo en nombre del gobierno cubano: yo sí no cobro pensiones de los fondos federales, ni el gobierno de Cuba me paga extra por escribir estas líneas; bastante trabajo en diversos empleos –el pluriempleo funciona algunas veces- para sobrevivir. Pero voy a defender mi derecho de cubano: yo no quepo en ese “Los cubanos” que dice el vocero del departamento de Estado. Por lo tanto, si yo no estoy en esa suma, ya no somos “todos los cubanos” los que deseamos cambios positivos a la manera de Washington y de ciertos cubanos cuya cantidad desconozco, pero no necesariamente han de ser mayoría. Yo sí quiero “cambios positivos”en Cuba, pero no los que elucubren esos que amuelan tenedores y cuchillos para ejecutar su vendetta. Yo quiero cambios positivos que alejen a mi patria de la Cuba que en Miami y Washington se diseña; la conocí en mi infancia. Yo quiero cambios positivos que conviertan el socialismo en un sociedad independiente, de ancha libertad, donde los individuos puedan satisfacer sus aspiraciones mediante el trabajo, y la convivencia social y las diferencias entre las personas sea regulada por la justicia social, esa que está  excluida del caldero que se calienta en Miami. Justicia social e independencia, sobre todo, es lo que me separa  raigalmente de esos “cambios positivos”que uno, que ha viajado un poco, ve con tristeza en numerosos países del tercer mundo y también del primero.

He de recordar una vez más a mis compatriotas en la emigración y a los pocos del exilio, que “todos los cubanos” no son los que viven afuera; que la mayoría –nueve o diez veces más- radican en Cuba. Incluso, respeto tanto la gramática, la lengua, la política y la verdad que no me atrevo a decir que todos cuantos viven en Cuba apoyan al gobierno revolucionario, pero los que lo apoyan, que evidentemente no son pocos, tienen la necesidad a defender el derecho de hacer “cambios positivos”, pero a la manera cubana, sin dineros, ni apoyos norteamericanos que lastrarían la libertad para acometerlos.

Verdaderamente, yo deseo arreglar muchas cosas deterioradas o mal hechas o mal concebidas en Cuba, pero prefiero la democracia de mi país, a veces un tanto rígida e imperfecta y sobre todo tan  asediada por la hostilidad de los países poderosos, tan trajinada por la propaganda de los Heralds, los Cubaencuentros, y las decenas de blogs que compiten en ver quién escribe notas más inmisericordes, más estólidas olvidando que del lado de acá no podrán pagarles con flores.

En la escuelita humilde de mi pueblo, en 1956, una maestra que a veces no cobraba –la democracia dependiente de Batista y los americanos no le pagaba- me enseñó que desde 1902 Cuba vivía hipotecada a los yanquis. De verdad, no puedo yo permitir que se  me incluya en ese “LOS cubanos” que tan sospechosamente le falta el respeto a la gramática y a los que queremos entrar en semejante cuartón político que no demográfico.

DE RACISMO, PREGÚNTENLE A MANDELA

DE RACISMO, PREGÚNTENLE  A MANDELA

Por Max Lesnik*

Desde Miami

De nuevo  la  carta del  "racismo en Cuba"   está  siendo utilizada como arma  política  por los blancos  racistas de la   extrema derecha cubana de Miami. La primera piedra  la lanzó  desde  Brasil,  a principio de este mes  de diciembre,  Carlos Moore, un antropólogo  de origen cubano, descendiente  de jamaicanos que emigró  de  la  isla  a los  quince años  de edad y que desde  entonces, se ha convertido  en enemigo de la  Revolución  castrista   y  promotor de una  campaña contra  el gobierno Cubano en la que se   acusa al régimen  socialista caribeño  de propiciar y practicar una repugnante  discriminación contra  los  ciudadanos de la  raza  negra.

 

La piedra lanzada  por  Moore desde  Brasil  no  cayó  en  el  vacío. La recogió un grupo  de prominentes  afro-americanos de  Estados  Unidos, además  de ser promovida en Miami por  un cuarteto de   cubanos de la raza negra cuyos rostros  los vemos  con  mucha frecuencia por los Canales Cloacas  de  la televisión de  Miami. El  "líder" de estos  "cuatro  Jinetes"  es un ex profesor de marxismo de la  Universidad de La Habana-  se  autoproclama  "Filosofo"- quien   que desde  que  llegó  a Miami  y  se  cambió  la  casaca, vive precisamente del  cuento de la  discriminación racial en Cuba, a pesar de que   sus  compatriotas blancos  que lo utilizan para esos  fines, en  ocasión  de una  fiesta en una   elegante residencia de Coral  Gables,  le  hicieron  entrar  por  la  puerta de la cocina, "diz"-  como dicen los dominicanos- que confundiéndolo  con un sirviente  contratado al efecto.

 

  A Carlos Moore, que  fue  el  que tiró  la  primera  piedra  sobre  el   racismo  en  Cuba, habría  que preguntarle  ¿por qué  cuando  se enfermó  de  cáncer después  de  varios  años  de  exilio denunciando  al  gobierno  cubano por  anti-negro ,  fue  a tratarse   a  La  Habana y no  al  Miami   que  controlan sus amigos  ricos "blanquitos " cubanos?. Por supuesto  que en Cuba   Carlos Moore  no  pagó la cuenta del  hospital "racista" en el  que  fue curado  con todo éxito.

 *El autor es periodista cubanoradicado en Miami, de larga experiencia política

EL FRUTO DEL ALMENDRO

EL FRUTO DEL ALMENDRO

Por Luis Sexto

Espero que estén de acuerdo en que, entre los cubanos, se dirime un debate. Para algunos podrá sonar heréticamente  el término debate. Pero no creo que vivamos en una especie de arca que nos encuadre en una alianza con el silencio, la pasividad y la resignación. Por supuesto, si debatimos, damos señales de andar litigando contra los fantasmas del descrédito y la desesperanza.

En una de sus partes, la discusión parece localizarse en esta disyuntiva: centralizar o descentralizar. Necesariamente, no tienen que resultar una especie de antinomia. Pero pudieran derivar en un conflicto interminable si ambas categorías, más que con sentido práctico, se asumieran desde rígidas doctrinas o cómodas posiciones. En cualquiera de estos dos extremos, se estaría obviando que vivir significa afrontar, en cada jornada, una mezcla de conveniencias e inconveniencias renuentes a ser conducidas solo por las ideas y la voluntad. El sentido práctico también cuenta.

He de citarme ahora para conectar esta nota con un pensamiento inconcluso. Hace dos semanas, en el texto titulado Atentado al pudor, dije, como quien descubre el congrí, que en Cuba no era conveniente centralizar todas las soluciones, ni descentralizar todos los problemas. Si así lo hiciéramos hoy, como en otros momentos, tal vez la norma pedagógica de error-aprendizaje, derivaría en la fórmula error-error, es decir, rectificar incurriendo en el mismo equívoco que se pretende corregir. Así, no habrá solución y el problema se agrava dejándonos una sensación de incapacidad para romper el círculo vicioso donde por momentos aparenta estar encerrada nuestra sociedad.

El peligro de encallar es real. No creo que alguien dude de que cierta resistencia a descentralizar, mediatiza hoy algunas medidas concebidas recientemente con el fin de readecuar, de modo justo y creativo, estructuras y concepciones tan estrictas que, como mínimo, amarraban un brazo o una pierna, y en particular la cabeza, de las fuerzas productivas. Se retarda, se embaraza -según declaraciones de expertos bien informados- el pago por los resultados del trabajo, que equivale a decir, la descentralización de un salario que remuneraba por igual, sin reconocer las diferencias entre el más y el menos productivo, o el menos y el más eficiente.

Hagamos una analogía. En mi infancia, para comer la semilla de la almendra había que “machacar” su  corteza con una piedra. Los niños de hoy habrán de hacer lo mismo. Y con el tiempo uno  ha aprendido que la almendra es un fruto “descentralizado”: tiene un núcleo sólido, rodeado por una coraza de “lados fuertes”. Para llegar al centro hay que “machacar”el blindaje que lo preserva. A mi juicio, esa es la relación dialéctica entre la centralización y la descentralización: asunto de seguridad y supervivencia.

Sin querer posar de mago, ni de especialista, creo advertir que en la más cabal estructura descentralizada, puede albergarse el parásito centralizador. Fijémonos, una estructura empresarial, si se organiza verticalmente, de arriba abajo, en cualquier momento puede obviar su finalidad básica. Y necesita, por tanto, de la línea trasversal de la democracia: que los trabajadores no estén en la plantilla, además de trabajar,  solo para  oír, asentir y obedecer lo que el director o el presunto consejo de dirección decidan.

Habrá que andar con cuidado –dígolo como el último entre muchos. Ha de inquietarnos la existencia de un problema que hasta ahora nunca ha tenido solución: muchos de nuestros cuadros están habituados a mandar obedeciendo lo dictado desde niveles superiores, no a dirigir en el juego exigente, agotador pero seguro del sí y el no del raciocinio, y quizás de pronto, como si nadie se diera cuenta, la gestión empresarial se convierte en una operación rodeada de muelles, colchones y otras suavidades que más que el bien común, procuran solo la comodidad de los burócratas. No me reprochen las dudas. Un filósofo, demasiado conocido para mencionarlo aquí, exaltó la duda como método. Tal vez podamos decir: pienso luego dudo, de modo que nos protejamos de la “centralización” que, cuando no es necesaria, limita y retrasa. (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)          

 

 

 

EL AVESTRUZ NO ES REALISTA

Por Luis Sexto

Esa mujer –dijo alguien inteligente a mi lado- es bella de frente; de perfil, en cambio, no lo es tanto. Esa posibilidad la conocen desde hace mucho los actores de cine y televisión. Oye –advierten- por mi lado malo no me enfoques… Son realistas; se ven tal y como son. Si hay un lado infeliz, pues a apuntar con la cámara desde otro ángulo.

Haciendo una analogía, así ha de ser en la vida social y política: juzgar la sociedad como es, no como queremos que sea. La literatura cita un ejemplo célebre de una mujer que nunca podría ser actriz, gobernante o empresaria: la bruja de Blanca Nieves. Recordemos que cuando se miraba al espejo, el genio del azogue le decía que nadie era más hermosa que ella. ¿La engañaba? Más bien la bruja misma se engañaba. El espejo era una vulgar imagen nunca vista con realismo por la señora.

Realismo es otra palabra cuerda. Tan cuerda como flexibilidad y racionalidad. Quizás el realismo sea un modo inteligente de vincularlas. Flexible y racional: igual a realista. Por supuesto, analicemos la palabra desde el punto de vista práctico, como ese enfoque que sabe determinar con nitidez los puntos feos de la realidad y precisa las oportunidades y las fórmulas ciertas, lógicas, posibles de modificarlos. ¿Es realista quien sueña con escribir un gran libro y nunca lee los libros ajenos? ¿O lo es quien quiere ganar los 400 metros lisos de las Olimpiadas con los pies planos o pesando 300 libras? Realismo, tengo que aclararlo, no es contrario a audacia, a iniciativa, a alternativa. Creo que realismo sin esas dotes acometedoras deja de serlo. Porque audacia no es locura, iniciativa no es parálisis, alternativa no es improvisación. Son diversas formas para intentar resolver los problemas que una visión realista censa y describe.

La falta de realismo está en esperar un golpe de suerte para resolver lo que nos estorba. Está en estimar que solo cuanto yo creo es la verdad y que los demás están equivocados. El realismo no está tras las cortinas que tapian las ventanas, ni siquiera en las estadísticas que suelen ocultar la cara de la gente. Y mucho menos aparece en los datos que algunos  usan, a veces distorsionadamente, para llenar un informe y quedar bien, limpios, seguros.

De ese irrealismo fantasioso y carente de honradez, uno ha visto demasiadas muestras. No quiero arrimar mucho el fuego a la sartén de los periodistas; lo soy y tras casi 40 años de ejercicio nunca he dejado de creer en mi profesión como instrumento crítico de los desvalores y desaciertos, y defensor de los valores y aciertos políticos y sociales. Y como he sido periodista modesta y servicialmente, he tratado de estar allí donde puedo ser útil. Y tanto, tanto irrealismo he pulsado… He oído por la mañana en una oficina que faltan bueyes para la agricultura y al otro día, en una reunión más amplia y múltiple, he escuchado a las mismas personas informar que habían sobrecumplido la cifra de yuntas de bueyes para sustituir a tractores y combustibles. Ese fue un acto de lesa patria al que el periodista, medio metido a Quijote o cumpliendo la doctrina y la política de su Partido, intentó reivindicar publicando un artículo titulado Esa vieja dama indigna: la mentira.

La mentira no es realista. Ni revolucionaria. No lo es porque distorsiona, empaña la visibilidad del necesario realismo que los revolucionarios han de mantener, no para ocultar el lado feo de la sociedad, sino para mejorarlo. Y en ello radica la diferencia entre el cine, la TV y la vida real: las malas caras no se pueden transformar ni con el espejo de la Bruja. Que cada cual cargue con su lado menos favorable. Ahora bien, la sociedad sí puede mejorar con un enfoque realista que permita establecer lo imposible hoy y lo posible mañana, que permita distinguir deseos y realidad.

Mirando el asunto desprejuiciadamente, con franqueza, sin las burbujas de la mentalidad complaciente que todavía nos limita, el realismo, el panorama integral y sopesado de la vida, nos permitirá andar en el camino “enmarabuzado” del mejoramiento, demostrándonos cuanto se gana actuando o lo que se pierde sin actuar. No hagamos como el avestruz, que carece de realismo. Dicen que pone y estira su cuello a ras del suelo para no ver el peligro. Pero esa omisión de la visibilidad no elimina el riesgo. Lo agrava.   

 

 

 

SIN EMBARGO, EXISTE…

SIN  EMBARGO, EXISTE…

Por  Luis Sexto

 

“¿El embargo? ¿Qué embargo?'', respondió Juan Clark a El Nuevo Herald y luego añadió: “Las compañías estadounidenses ya envían arroz, pollos, y ahora postes del alumbrado eléctrico a Cuba. El embargo es un mito”. En cambio, el ciudadano Luis Manuel Sánchez, desde un hospital cubano pregunta: “¿Dice eso?” Y enseguida  desafía al conocido sociólogo,  ex miembro de la Brigada 2506: “Pues que venga aquí y asuma la paternidad  de un niño enfermo de cáncer para que sufra las angustias de no saber si en el próximo ciclo de quimioterapia su hijo podrá contar con los medicamentos citostáticos.”  La empresa extranjera suministradora, quizás filial de una norteamericana,  podría anular el contrato  si el gobierno americano se percata que “comercia con el enemigo”.

Habría, pues,  que concederles una estancia en La Habana a cuantos en Miami y en Washington elucubran, gestionan, mienten, gruñen, votan, deciden para que el Congreso y el gobierno de los Estados Unidos sigan clasificando al gobierno  de Cuba y por extensión al  país, como enemigo, y comprobarán que muchos de las agobios y las limitaciones materiales de los cubanos del archipiélago provienen del bloqueo llamado eufemísticamente embargo.

¿Qué respuesta merece Juan Clark y cuantos hablan como este hábil profesor? ¿La disculpa del desconocimiento? Más bien habría que empezar a objetar su criterio: manipula la realidad. No ignora este experto en asuntos cubanos que lo que ciertos empresarios  venden hoy a Cuba, tras un todavía reciente ciclón devastador, resulta un gesto aparentemente caritativo de la Casa Blanca, condicionado por el pago al contado,  previo a la entrega de la mercancía –solo proveniente de la agricultura-, y con reglas comerciales de una sola dirección, es decir, Cuba solo compra; se le niega la oportunidad  de vender alguno de sus productos exportables  a los norteamericanos.

No hemos de forzar la razón para comprender que con un total de 1 400 millones de dólares de pollo, arroz, cebollas y postes de la electricidad, entre otros rubros minoritarios, Cuba puede trascender sus dificultades de abastecimiento, estimular sus inversiones, reparar y equipar sus hospitales ante cuyos consultorios muchos esperan por que se adquiera un componente de repuesto o se compre un tomógrafo que ningún fabricante se atreve a vender bajo el riesgo de una multa. Todo cuanto Cuba ha comprado desde 2001 en los Estados Unidos ha servido para la supervivencia; nunca para el desarrollo. Preguntémonos si es acaso falso  que el gobierno cubano no pueda acceder a créditos del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial para reproducir sus bienes de capital, modernizar su tecnología y acometer suficientes obras sociales. ¿Quién lo impide? El bloqueo, el “mitológico”embargo, que como Argos, tiene cien ojos. Y también cien brazos. Uno de ellos lo estiró el presidente Obama el pasado 11 de septiembre  para renovar por un nuevo año la aplicación a Cuba de la Ley de comercio con el enemigo, título que solo, hoy, ostenta Cuba desde 1963. Ha de sentirse Goliat sumamente “amenazado” por el ínfimo y raquítico David para entregarle tal privilegio.

Es cierto, pensando también sensatamente, que en varios períodos de los últimos 46 años el bloqueo pareció a algunos como la broma del pastor travieso que asustaba a sus colegas de pastizales con el grito falso de “ahí viene el lobo”. O envejeció adquiriendo las sábanas de un fantasma. Apenas era visible. Las relaciones comerciales con el que fue “campo socialista” atenuaron las insuficiencias materiales producidas por las prohibiciones norteamericanas. Pero, al obligar a la reconversión tecnológica, cerrar las ventanillas de los créditos, y prohibir el comercio bilateral entre Cuba y su mercado más cercano, el bloqueo facilitó el anudamiento de una nueva y lejana de dependencia.

El bloqueo ha sido una receta de añoso origen en la política externa de los Estados Unidos. Lo ha ejercido más de una vez, al menos contra los cubanos, como fórmula más convenientes a sus intereses. Leyendo un libro viejo –ah, cuánto enseñan los libros viejos- me enteré que el gobierno de  Washington pretendió imponerle a la zafra de 1918 un precio que se conciliara con los cálculos de Wall Street. Y ante cierta especuladora negativa de los hacendados cubanos, decidió el embargo de los alimentos que La Habana había comprado a empresas del Norte. Era un modo de persuadir a la Isla que, entre otras dependencias, dependía alimentariamente del mercado estadounidense. El episodio terminó con el triunfo de mister Wilson, el presidente, y mister González, el embajador en la Habana, aunque el apellido sonara a latinidad de prosapia popular, como nombres de hoy. Liberales y conservadores, generales y doctores, sacarócratas y mayorales se dejaron persuadir. Y los baúles azucareros de los Estados Unidos se rellenaron con 600 millones de dólares más a costa de “nuestra colonia de Cuba”, como decía Harold H. Jenks, en un libro cuyo título, descarada y posesivamente, describía una situación tan posesiva y descarada.

Concepto tan antiguo como la guerra, el bloqueo y sus sinónimos de asedio, cerco, sitio, implican la estrategia de rendir al enemigo mediante el asilamiento, el hambre, la sed. A ras de bronca domestica, entre vecinos, se habla de negar la sal y el agua al otro como medio irresistible de agraviarlo y dominarlo. Las crónicas del mundo cuentan del asedio a Troya, Jerusalén, Numancia, Leningrado... Y citarán el bloqueo a Cuba recordándolo tal vez como el más prolongado, y harán notar que se diferencia de los conocidos en que no acordona una fortaleza o ciudad con aparatos bélicos. Se vale, en cambio, de leyes extraterritoriales, circulares, cartas, advertencias, amenazas... Y se ejerce en época de paz contra un país entero sin discriminar víctimas ni objetivos, empleando los bienes económicos, financieros y comerciales como males.

Ante este hecho, trasmutado en proceso de agresión, Suárez, Vitoria, Vives –fundadores del derecho internacional- escribirían, espantados, nuevos textos que quizás los poderosos no sabrían leer enceguecidos por la prepotencia y por la apuesta a una estrategia estranguladora que, al igual que la bolita en una ruleta, empujada por las carencias, alguna vez  logrará el resultado previsto. Pero en Cuba, más que leer la vida, se la sufre. Y aunque sepamos que cierta resistencia interna  a renovar y reajustar el modelo socialista heredado es también  responsable del estancamiento económico,  las cubanos menos permeables a verdades aparentes como los de Juan Clark, saben también que las leyes extraterritoriales de bloqueo y la hostilidad política de los Estados Unidos han coadyuvado, además de causar daño material, a generar en Cuba una mentalidad de asedio, de atrincheramiento defensivo cuyo alcance ha convertido las iniciativas internas en rehenes de la cautela frente a los forcejeos desestabilizadores estadounidenses.

Cautela en parte justa. Porque a la enemistad no se le ha de responder con agasajos, ni al prejuicio con la confianza. En tanto, Luis Manuel Sánchez y su esposa, en el hospital, ruegan por que en el próximo ciclo del tratamiento anticancerígeno de su hijo menor los medicamentos lleguen sin contratiempos. (Tomado de Progreso semanal)

 

 

 

COSAS DE CUBA (2)

COSAS DE CUBA (2)

Por Luis Sexto

EL SENTIDO DEL DEBER HA DE TENER SENTIDO

He estado pensando si el sentido del deber basta para que los individuos y las colectividades se concilien con la sociedad y sus normas. Me refiero, en particular, a las obligaciones del trabajo, reflejadas en un convenio, a veces tácito, en el que dos partes: el contratado y el contratante, se comprometen a “cumplir con su deber”.

Habitualmente nos hemos educado en el sentido del deber como un fetiche ante el cual hay que postrarse sin condiciones. Tanto así es que incluso, cuando alguien intenta justificar alguna acción fea, acude a esa razón que ha de estar fuera de toda duda: “He cumplido con mi deber”, aunque haya ensuciado un prestigio por cualquier tontería o por un afán incontenible de hacer daño.

Existen filósofos para quienes el sentido del deber significa una especie de “imperativo categórico”; otros piensan contrariamente: creen que el deber, así, a secas, no lleva muy lejos a la generalidad del ser humano. En todo caso conduce a producir personas rígidas, sin matices, medio autómatas.

Entre uno y otro conceptos es evidente que este columnista se queda con el deber entendido relativamente. Ni poco, ni mucho. El justo, el necesario para que la sociedad sea un conglomerado de hombres libres. Es decir, de hombres y mujeres que elijan voluntariamente cumplir con su deber.

Entre nosotros los cubanos se ha probado que el deber impulsa a subir la escalera del heroísmo. Pero los que llegan son los menos. Los héroes no son las figuras más abundantes. Detrás de cada acto heroico, hay miríadas de acciones pusilánimes, hechas a medias o nunca hechas. Es la medida de lo común y lo corriente. Eso que somos casi todos. Me parece que José Martí pensaba de ese modo cuando admitió –y cito la idea no la letra exacta- que pocos hombres podían llevar el decoro de muchos.

Desde luego, hemos de aspirar al héroe. Aspirar a Don Quijote –como dijo alguien que he olvidado- para quedarnos en Sancho, esto es, superar a Rocinante.

Ahora bien, si de verdad queremos aspirar al héroe, o cuando menos al ciudadano cumplidor de leyes, normas y contratos, hace falta, tanto como el sentido del deber, que el deber tenga sentido. El más somero estudio de la psicología y las tendencias humanas nos confirma que, para vivir, las cosas han de tener un sentido. Trabajar para qué, puede uno preguntar. Pues, para comer. Y comer para qué. Hombre, para vivir. Y vivir para qué… La respuesta a esta última interrogante podría ser múltiple; unas extremas, de un lado o del otro. Mas la correcta es la que está en el medio. Ni tanto para la derecha ni tanto para la izquierda. En el punto de equilibrio, que según un filósofo chino muy antiguo no es una posición sino la lucha por no caer.

Para terminar estas líneas, que podrían aparentar un misterio que no tienen, pues se refieren a los problemas y las soluciones con que actualmente pretendemos eliminar en Cuba  la indisciplinas y la pérdida de rigor en nuestros centros de trabajo; para terminar, repito,  estimo que junto con el restablecimiento del sentido del deber hace falta que el deber tenga sentido moral y material. Y, por tanto, además del código de obligaciones, el país necesita un sistema de estímulos que reavive la ilusión de trabajar para vivir. Plenamente.

 

COSAS DE CUBA

LA POLARIZACIÓN Y LA PARÁLISIS

Por Luis Sexto

Una de mis recientes notas mereció los comentarios escritos de un lector. Manolo dice: “Nuestro rechazo al capitalismo no nos puede llevar a la conclusión de que debemos hacerles la guerra a los intereses individuales: eliminarlos, negarlos, para por ultimo proclamar que no existen o por lo menos, decretar teóricamente, que no son predominantes. Mas peligroso es pretender que la eliminación de la propiedad privada por si sola trae consigo la desaparición de los intereses individuales”. Y añade  que “nosotros tendremos que dominar la fuerza de lo colectivo y lo individual en bien de la sociedad”.

Estoy de acuerdo. Más de una vez hemos hablado de que solemos, como ideal, trabajar para las masas. A mi parecer, ver el bulto, el conglomerado, nos tranquiliza, sin que algunos sepamos hasta dónde nuestras decisiones, nuestros actos influyen en el grupo cuando este se singulariza en su unidad principal: el individuo. A veces nos enceguece el espejismo de lo cuantitativo. Y como hace años observó Fidel, lo que nos ha de importar no son los problemas resueltos en la generalidad, sino los que aún faltan por resolver en la particularidad. De modo, que si un individuo no disfruta de aquello que se legisló o se estableció para el conjunto, la obra no está completa.

Uno de los problemas del socialismo del siglo XX, que Cuba recibió como herencia, resultó su insuficiencia para combinar los intereses colectivos e individuales. La teoría estaba inserta en los manuales. La práctica, sin embargo, desmintió su aparente certeza.  Ese “socialismo real y fracasado” pretendió hacer las cosas más simples: huyéndole a la riqueza egoísta, derivó en la pobreza colectiva. Y cuando elegimos desde la pobreza, vestir y calzar y comer se convierten en una operación menos engorrosa, más rápida y barata. Pero también  más angustiosa y frustrante. 

Concuerdo con alzar la pobreza a un balcón de virtud. La pobreza como arte de humildad,  antídoto del lujo, vacuna contra la prepotencia y la corrupción, diseño de la solidaridad. Estos valores espirituales y éticos componen fines de un programa de mejoramiento personal, que tiende a perfeccionar la sociedad, pero que ha de excluir la pobreza como carencia, estrechez, o como dependencia de la dádiva, aunque el regalo provenga del Estado.

Las lecciones de la historia están todavía muy cerca. Quién dudará de que el hombre no pueda vivir sin esperanzas. Es una virtud teologal, atributo de la conciencia religiosa. Y es además una virtud humana, natural, social, de este mundo y de hoy y de cualquier tiempo. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y todo régimen social, por tanto, tiene que ofrecer la esperanza como sostén.

En el capitalismo una minoría la concreta, y muchos amanecen confiando en que, este día, será el de la fortuna, el del salto de la pobreza al bienestar. Esa actitud marca, limita hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas. Es, desde luego, una esperanza engañosa y cruel, expresión de una política impolítica. Pero impolítica puede resultar también la política que regatea la esperanza o la aplaza.

No cuesta admitirlo: la desigualdad sin control, convertida en resorte de los intereses irreprimibles de la ambición, la avaricia, “polarizala sociedad: la fragmenta. Pero la igualdad convertida en igualitarismo la “paraliza. Y el desafío radica en hallar el término medio entre la “polarización” de la propiedad privada del capitalismo y la “paralización” del individuo “desconocido” en la colectividad del “socialismo” hasta ahora conocido. En una sociedad donde los individuos reciben al margen de su capacidad y sus merecimientos, la democracia se convierte en una verticalizada y maquinal ceremonia, a la que le falta ese “buen sentido y equilibrio de derechos” que José Martí decía que habían olvidado los socialistas europeos del siglo XIX.

La propaganda, parece exacto decirlo, no puede transformar la voluntad en acción, el error en acierto, la escasez en abundancia, un mediatizado aparato conceptual en justicia. Superar al capitalismo compone una campaña que se gana sólo con las evidencias. Con las evidencias de una lucidez que ha de trascender las consignas, para erigirse en hechos inconmovibles en una sociedad que logre ver y tratar a hombres y mujeres como grupo e individuos, materia y conciencia a la par. Necesitado a la vez del bienestar material  y del bien espiritual de la cultura y la ética. Lo sabemos, cierto, pero al menos mi lector y yo no lo hemos olvidado.

 

ENTRE CUENTAS BUENAS… Y NO TAN BUENAS

ENTRE CUENTAS BUENAS… Y NO TAN BUENAS

Por Luis Sexto

Escuelas en el campo

El curso escolar que comenzó en Cuba el pasado 2 de septiembre ha puesto la primera frase en el epitafio de las escuelas en el campo. No compete a este artículo reproducir los pormenores de la decisión gubernamental. Ya son conocidos. Bastan, así,  pocos datos para facilitar el comentario: Los estudiantes de décimo grado –el primero de los tres cursos preuniversitarios- empezaron este año a estudiar la enseñanza media superior en un plantel habilitado con ese propósito en áreas urbanas de cada municipio, principalmente en la región occidental. En Matanzas, estudiantes de secundaria  en centros del vasto plan citrícola de Jagüey Grande, pasaron a centros municipales, también en condiciones de alumnos externos o seminternos. Por ahora, los alumnos preuniversitarios de undécimo y duodécimo grados terminarán en el campo y con su graduación parece que concluirá la tarea de estas escuelas, diseminadas  en llanuras cubanas como  un detalle arquitectónico y pedagógico que, en sus inicios, fue original, útil y plástico.

 

Cuál sería, pues, el epitafio de esta concepción educacional. En Cuba, una respuesta no  alcanza: es, aunque en ciertas sobremesas de Miami o Madrid lo nieguen, una sociedad con variedad de opiniones cuya expresión, pese a no manifestarse totalmente en medios de prensa o asambleas, circulan entre la gente. Por tanto, unos piensan que este proceso de renovación escolar, que desde hace unos meses empezó a sorprender a padres y alumnos, es el desmantelamiento tajante de ideas revolucionarias fundacionales en la educación; otros estiman que el costo de tantas escuelas distantes de los núcleos urbanos era excesivo, y algunos opinan que pasarlas a retiro ha sido la confirmación oficial de que fracasaron en su tarea pedagógica de formar a jóvenes con valores éticos y culturales superiores.

 

A este articulista le parece que exista una mezcla de varias causas. Pero en primer lugar las razones económicas reclaman la mayor influencia, reconocida incluso por el presidente Raúl Castro. ¿Cuánto costaba la educación de un joven estudiante en el campo, vinculando estudio y trabajo? La revista Bohemia, en 2008, indagó sobre esa cifra, y la viceministra de educación encargada de la enseñanza preuniversitaria confesó que “aventurar el costo promedio de un estudiante (…) en el campo es casi imposible, pues responde a las particularidades de cada territorio”. “Tampoco en los municipios y provincias visitados por esta publicación –de acuerdo con la centenaria revista de La Habana-,  pudo encontrarse esa cifra”, y quien ofreció alguna, resultó descabellada, según los reporteros. “Lo cierto es que no debe ser una bagatela. Basta intentar sacar cuentas solo referidas al gasto de combustible en la transportación de profesores, muchas veces diaria, y sumarles el traslado periódico de los estudiantes,”  más de cien mil matriculados en estos planteles.

 

Por tanto, una verdad hemos de admitir: Cuba se readecua, incluso modifica lo que podría parecer intocable. Porque, aunque el gobierno de Cuba jamás ha operado con avaricia en el sector educacional, ahora ha de enfocar con una óptica racional, es decir, con realismo, los gastos de un tipo de pedagogía, de por sí costosa, en un país que  experimenta  una disfuncionalidad estructural  en su economía y, sobre todo, es víctima de la crisis mundial y de las restricciones comerciales y financieras generadas y mantenidas por el bloqueo de los Estados Unidos.

 

Los números, en efecto, han impuesto una decisión capaz de establecer un giro en un sector social que ha sido cuidado con el mismo esmero con que se cultiva una variedad única o rara de rosas. Pero también otros elementos han de tenerse en cuenta. Y para ello he de recordar varias referencias históricas. Después de la desaparición de la Unión Soviética y el resto del llamado campo socialista, el descenso vertical del PIB por debajo de cero, la parálisis del 50 por ciento de la capacidad industrial,  la aparición de necesidades materiales y la escasa capacidad de la población para solventarlas, comenzaron a incidir en lo ético, con sus resultados de pérdidas de valores morales, patrióticos, familiares, laborales. Las escuelas en el campo experimentaron también las mismas insuficiencias y deficiencias del llamado período especial. Quizás fue a partir de esos años, aún vigentes en sus limitaciones, cuando algunos empezaron a reflexionar en si la creación de este sistema educativo habría de verdad coadyuvado a formar la base juvenil del “hombre nuevo”. Qué vimos,  sumariamente dicho: a jóvenes practicando la prostitución entre los turistas o elucubrando las formas de marchase del país para lograr lo que en Cuba no podían. Fue, por supuesto, una decepción estrepitosa, cuya explosión algunos pensaban venía gestándose entre silencios y máscaras.

 

No todos estábamos entonces convencidos de que la educación basada en la “parentomía” -el alejamiento de los adolescentes de la casa familiar- daría los rendimientos preconcebidos. El propio Raúl Castro admitió en la última reunión de la Asamblea Nacional que, aparte de aliviar las cargas económicas, la eliminación progresiva de las escuelas en el campo permitiría que los padres  participaran más en la formación de sus hijos. El reconocimiento del presidente del Estado y del Gobierno excusa de cualquier otra argumentación.

 

Surgida del pensamiento de José Martí,  la idea revolucionaria de la formación escolar vinculada al trabajo no tiene por qué haber fracasado en sus valores esenciales. Quizás necesite  una reformulación meditada, consultada y aplicada en otros términos espaciales y pedagógicos. Sin embargo, al final hemos de reconocer que, incluso, las escuelas no lograron diseminar entre los alumnos el interés por la tierra y el trabajo. Tal vez, no recibieron todo el apoyo de las empresas agrícolas o profesores y directivos no supieron conducir el trabajo como elemento ético de educación. Varias, como hemos visto, son las aristas del análisis. Posiblemente haya que investigar.

 

Pero le importa  a este comentarista no contradecirse. Y aunque la nueva y audaz  medida implica hasta cierto punto una rectificación y reúne en sus móviles internos varias móviles,  no hemos de negar el papel de las escuelas en el campo en la extensión y universalización de la enseñanza. Hay que  reconocer que sin ellas, sin las “becas”,  la revolución no hubiera podido responder a una creciente demanda escolar, ni reforzar la agricultura, tanto ayer como hoy, carente de brazos por razones que ahora no elucidaremos. De esos internados parte el incremento de una masa laboral y profesional tan preparada como para asegurar que, en América Latina, no existen, en conjunto, trabajadores con índices tan altos de formación académica.

 

Concluyendo, cualquier opinión sobre el proceso en que la escuela cubana modifica parte de sus conceptos, ha de tener en cuenta que los cambios en este sector no implican una restricción o reducción de la política estratégica con respecto de la educación.  En el actual curso, a mi parecer, se ha trazado la vuelta al rigor para subsanar insuficiencias, desviaciones, descuidos, que en los últimos años lastraron, incluso a la enseñanza universitaria.  Y por tanto no puede obviarse que lo decidido conviene a Cuba e ilustra que sus hombres y mujeres más lúcidos saben afrontar las urgencias del momento. Si hiciera falta, ese es, a mi juicio, el mejor epitafio de una etapa que termina. (Publicado en Progreso semanal, ver enlaces en la portada)