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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

LA CUESTIÓN: SER O NO SER CONSERVADOR

LA CUESTIÓN: SER O NO SER CONSERVADOR

Por Luis Sexto

La  crónica de las revoluciones nos facilita una conclusión: casi todas han sido hábiles al conquistar el poder, pero menos hábiles al defenderlo. Pocas han perdurado sin que la restauración del “viejo régimen” haya dado una vuelta a ese ciclo que llamamos, en una imagen cómoda,  “la rueda de la historia”.  

Juzgar desde el presente el pasado es comúnmente fácil, opondrá alguno a mi afirmación. Pero el análisis de los hechos pasados se hace no solo para justificar las acciones de cuantos nos precedieron, sino para aprender de aquello que, aunque pueda ser explicable racionalmente, nos trasmite una especie de aviso: obrando igual podrás llegar al mismo fin, aunque sean distintas las circunstancias. Qué nos enseña, por ejemplo, el fracaso de la Revolución de Octubre, después de que el mundo que ella había generado y en apariencias consolidado hizo implosión en 1990. Primeramente, ese trágico episodio de fines del siglo XX confirma mi aserto inicial: fue muy capaz para destronar al zar y su tinglado de opresión medieval; incluso, se defendió con  armas triunfales de la invasión hitleriana, pero no pudo impedir que todas sus conquistas se extraviaran en un camino de retorno. Lo que parecía imbatible, cayó; lo que reputamos de eterno, feneció.

La disolución  de la Unión Soviética, el País de los Soviet, el primer país socialista de La Tierra, como llamábamos al vasto conglomerado de repúblicas socialistas surgidas a partir de Octubre de 1917 –según el calendario Juliano-, ha dejado numerosas experiencias para las revoluciones que aspiren, en el siglo XXI, a permanecer como génesis de cambios irreversibles.  El tema, claro, resulta excesivo para un análisis periodístico. Pero como sólo escribo a título de periodista, con ese derecho abordo lo que, me parece, todavía no ha encontrado una juicio equilibrado y definitivo. Tal vez, deban pasar cien años para hallar el justo medio en nuestra evaluación. Por ahora, me parece que una verdad, entre muchas, asoma como la punta de un volcán desde lejos: la voluntad política de hacer la revolución necesita de la voluntad política de hacerla perdurar. ¿Y quién no tiene esa intención? No niego que la voluntad de existir perennemente anima a los revolucionarios. Sucede, sin embargo, que la voluntad política de permanecer exige vivir en dialéctica, en actuar utilizando el sí y el no, en un careo creador que evite el anquilosamiento, la rigidez de las estructuras.

En la URSS predominó un apego inflexible a los llamados principios. Nadie en 1917, ni antes, ni después, ha sabido con certeza –Fidel Castro lo ha reconocido- cómo se levanta el socialismo sobre las ruinas del capitalismo o las supervivencias de la Edad Media. Los bolcheviques creyeron haber hallado una ruta. Más tarde, Lenin se percató, al parecer, que no conducía a ningún sitio seguro, y comenzó a tantear. Para mí, la NEP fue eso: un tanteo que se frustró con la muerte del líder de Octubre y la vuelta a las posiciones originales que Stalin impuso: la propiedad estatal como ficción de la propiedad socialista. Lenin tenía razón: una sociedad, como una casa, no empieza a edificarse por el techo: se precisa fraguar los cimientos y eso no es cosa de poco tiempo, ni de pocas y primarias conquistas. Con ese modelo basado en  el control de la burocracia estatal, un país tan dotado de bienes naturales solo pudo alcanzar unas ocho décadas de existencia. Y sin plenitud. Sí; desarrollo en un sector y subdesarrollo en otro. No olvido cuando, en 1988, visité la región siberiana de Sukpay, donde leñadores cubanos trabajan la madera que el gobierno soviético le concedía a Cuba, y supe que los médicos del contingente tenían que asistir, sobre todo los estomatólogos, a escolares que con su dentadura podrida acusaban la falta de ese servicio 70 años después de la Revolución.

Fue políticamente erróneo adoptar con rigidez principios a los que los fundadores del Marxismo solo calificaron de “guía para la acción”. Los principios no pueden estar separados de los fines. Si en la esfera personal el sacrificio de un hombre a sus normas puede resultar admirable, en los procesos sociales la inmolación como destino, no como accidente parcial, logra el valor del fracaso. Porque habría que preguntarse: ¿Para qué edificamos el socialismo? ¿Para acatar principios o para, mediante principios, alcanzar los fines del desarrollo, la libertad y el bienestar humano dentro de reglas de equidad, igualdad, justicia?  Habrá, pues, que aceptar que los mejores principios son los que más cabalmente cumplen sus fines de transformar la vida.  Socialismo que pretenda la igualdad sobre la pobreza y las restricciones, no puede llamarse así.  Con lo cual uno va aceptando que más que las filosofías, los revolucionarios han de tener a la vista las tendencias de la naturaleza humana. A veces se legisla y se teoriza contra ella. Inútilmente. Porque las necesidades de nuestra especie no toleran barreras: cumplida la norma cuantitativa, las demuelen o saltan sobre ellas.

Queremos, en efecto, transformar al hombre viejo: delinear y sustanciar al nuevo. Pero no parece plausible que en sociedades con esquemas económicos incapaces de producir riquezas y que más que con soluciones, respondan con sueños “a las necesidades siempre crecientes”  de las personas,  pueda surgir un hombre distinto. ¿Cuánto de lo viejo no desempolvan la pobreza y las carencias en la conciencia humana?

Vivir en dialéctica -ese gobernar previendo, según José Martí, ese obrar al tanto de lo que empieza a ser inservible para sustituirlo por una réplica creadora- resulta trabajoso. No creo que aquel ensayo del español Mira y López sobre “la psicología del revolucionario” haya perdido su vigencia. Uno ha lamentado que los revolucionarios de ayer, los hábiles, los dispuestos a destruir el viejo régimen, se hayan convertido en conservadores de su obra, conservadores renuentes a aplicar la dialéctica, ley y método que, por otra lado, pululan en sus referencias. Ese tipo de revolucionario encorsetado por la burocracia, que ha trenzado sus intereses personales con su posición en el esquema del nuevo poder, suele sustituir la visión crítica de la realidad con la autocomplacencia; la actividad política con la retórica.

Espero que nadie confunda que en estas notas abogo por los principios generales -claros, precisos y posibles- que informen la acción revolucionaria para tomar el poder, pero sobre todo, apoyo la actitud de mantenerlos siempre en posibilidad de cambiar, que no equivale a desfigurarlos, sino a adaptarlos. Mayor que el riesgo de cambiar, de responder a las urgencias de la vida modificando enfoques y tácticas, es el de no cambiar. Porque si los principios se revisten de blindaje excluyendo lo que un ideólogo cubano, muy inteligente, llama “tesis que los adecuan”, obtendremos quizás la certeza próxima de oxidarlos entre los hierros que estimamos su salvaguarda.

La historia de las revoluciones sigue dictando su cátedra de experiencia: conquistar el Poder, pero saber conservarlo.

 

 

 


 

ASCENSO POLÍTICO DE LA COMUNIDAD CUBANA

ASCENSO POLÍTICO DE LA COMUNIDAD CUBANA

Por Lorenzo Gonzalo,

periodista cubano radicado en Miami

Desde la década de 1980, las personas de origen cubano en Miami comenzaron a ocupar espacios importantes en la política de Estados Unidos. Aquello respondió a un plan del entonces Presidente Ronald Reagan para darle una nueva cara a la política agresiva de Washington hacia Cuba. A partir de entonces, aun cuando clandestinamente continuaron apoyando y facilitando el trabajo sucio de los terroristas de origen cubano, quedó transformado el método de agresión, sustituyéndolo por la aprobación de leyes y estrategias que “supuestamente partían del sentir de los cubanos amantes de su país”.

Esos “cubanos amantes de su país”, quienes no eran más que hijos de gente revanchista con mucho odio en el alma, serían desde entonces las mejores pruebas para sustentar las políticas agresivas de la Casa Blanca. La injerencia de Washington en los asuntos internos de Cuba quedó justificada como algo que provenía de los propios cubanos “exiliados”. En realidad esos “exiliados” son un grupo proveniente de las antiguas familias asociadas al régimen dictatorial que rompió el ritmo institucional cubano en 1952, quienes fueron elevados a la categoría de dirigentes del Congreso y el Senado de Estados Unidos. Algunas personas, ajenas a los sucesos de aquella etapa, se sumaron por diversos motivos a la política de los herederos del golpe constitucional que violó el ritmo electoral cubano. Unos lo hicieron por miedo, otros por temor a las represalias laborales y no faltaron muchos que actuaron por oportunismo, convirtiendo esa actitud en un modus vivendi,  o quienes abochornados con ellos mismos, por no haber sido capaces de reclamar y decir sus puntos de vista mientras vivían en Cuba, desarrollaron una formación reactiva.

La carta de presentación para aspirar a un puesto político en Miami ha consistido desde entonces en presentar una leyenda que hable del “exilio” o que muestre una historieta de “luchador anticastrista”, y otras sandeces semejantes. En esto consistió el estilo para captar el voto de los afines, el de los incrédulos y sobre todo del emigrado promedio que deseaba regresar a Cuba o al menos visitar su país sin restricciones, como cualquier otro emigrado del mundo que vive en el Hemisferio Occidental.

El factor migratorio, especialmente el de los cubanos, ha sido decisivo para el sostenimiento de ese grupo de personas que ostentan cargos en Estados Unidos, amparados en un discurso agresivo en contra del gobierno cubano. Un factor que ha contribuido fuertemente a sostener la consistencia del voto de los emigrados cubanos a favor de esas personas, ha sido la lentitud de una reforma migratoria en Cuba, que responda a estos nuevos tiempos, en los cuales la agresión directa practicada unas décadas atrás por Estados Unidos, ha sido sustituida por una estrategia sutil, consistente en apoyar con dinero y recursos provenientes de Washington, a una supuesta “oposición cubana”.

La desaparición generacional paulatina de quienes violaron la Constitución cubana en 1952, no ha dado por resultado un cambio sustancial de la actitud de muchos, porque aún se mantienen por parte del gobierno cubano las restricciones que impiden a los emigrados ejercitar las mismas prácticas migratorias generales que disfrutan las demás comunidades. Esto ocasiona en ellos un sentimiento de no pertenencia, que los aleja de los aspectos políticos de su país.

En resumen podemos decir que el debate de hoy se concentra en la política migratoria, esencialmente en el trato que reciben los cubanos emigrados por parte de Estados Unidos y de Cuba.  En ese sentido, la propaganda inclina la balanza hacia Estados Unidos. El gobierno de Obama ha puesto en vigor las mismas restricciones antes de la era de Clinton, ha eliminado aquellas establecidas por el gobierno de Bush y ha suavizado muchas de las existentes a principios de los años noventa. Como consecuencia, los emigrados asumen esas disposiciones como una relajación de la política de Estados Unidos hacia Cuba, mientras el gobierno cubano continúa sin reconocerles ciertos beneficios que, por razones de nacionalidad, constituyen un derecho para el resto de los ciudadanos del Hemisferio.

 En las contiendas electorales del Estados de La Florida, lejos de debilitarse, se siguen fortaleciendo los candidatos cubanos que mantienen este tipo de mentalidad. El último de los mohicanos es Marco Rubio, senador por el Estado de La Florida. La escalada del proceso que ha llevado a ese sector a altos cargos públicos, se ha hecho tan evidente en este caso porque el Senador ha llegado a ser considerado incluso como posible candidato presidencial. Cosa insólita para una maquinaria que comenzó hace a penas 25 años. Los mexicanos, llamados chicanos, con doscientos años de historia no tienen un símil semejante.

En relación a este Senador, se ha destapado últimamente un escándalo en los corrillos chismográficos que definen la política electorera de partidos. Resulta que para adornar su imagen se autodefinió en su minibiografía como un candidato “exiliado”, “luchador anticastrista” y bla, bla, bla… Lo mismo de siempre. Pero resulta que el personaje es hijo de padres que emigraron a Estados Unidos en 1956, año en que el proceso revolucionario aún no había llegado al poder.

Otro problema que quieren crearle al “flamante Senador” es que sectores racistas y anti inmigrantes, aducen que para ser ciudadanos con derecho a aspirar a la presidencia del país, debe ser hijo de hijos de inmigrantes, o sea segunda generación, cuestión que no está claramente establecida constitucionalmente. Pero lo importante del tema es poner en conocimiento público, hasta dónde llega la comedia trágica de los candidatos de origen cubano que aspiran a cargos públicos en Estados Unidos, quienes deben enarbolar, como trofeo para la contienda, ser los representantes de un tercer país. Esta actitud tiene mucho que ver con el mecanismo que hizo posible el milagro que les permitió ocupar esos cargos.

A estas alturas del derrumbamiento de la URSS, esta tragicomedia política debió haberse desvanecido y otras etnias u otros cubanos, con mentalidades enfocadas en los asuntos nacionales de Estados Unidos, debían haber desplazado a este tipo de políticos. Pero mientras el tema cubano pueda ser sustentado como credencial para llegar a ocupar altos cargos de gobierno en Estados Unidos, prometiéndoles a los emigrados de Miami su regreso y el acceso a la nación común, la convocatoria al voto se inclinará a favor del odio y la revancha que albergan los discursos de estos candidatos.

 

El Nudo Gordiano en este sentido, se rompe en Cuba. En tanto la política migratoria practicada por el gobierno no cambie, la mayoría del cubano será influenciado por estas personas predicadoras de odio y serán de gran peso a la hora de inclinar la balanza del voto electoral en el sur de La Florida. El cubano que decidió vivir fuera de su país, por la razón que fuera, consciente o inconscientemente, piensa que es considerado enemigo de Cuba o en el mejor de los casos, se siente ajeno a la Nación que le dio su cultura y el alma esencial del sentimiento.

Washington y sus apologistas han utilizado maravillosamente ese resquicio. La esencia de sus discursos, desde que les entregaron el poder del estado de La Florida a estas personas, ha consistido en ofrecerle a estos emigrados el regreso “al país perdido”. Tampoco han escaseado momentos en que estos emigrados cubanos son comparados con los de otros países con la malvada intención de levantarles un sentimiento de bochorno. La correlación migratoria entre ambos países es el factor más importante que explica en gran medida, la supervivencia de la descabellada política del bloqueo, condenado todos los años por la comunidad internacional que integra la Organización de Naciones Unidas.

Por lo pronto, la farándula política del Senador Marco Rubio inclina a pensar que sus padres huyeron de la dictadura de Batista en 1956 y que en el mejor de los casos proviene de una familia de “fidelistas arrepentidos”.

 

SIN CARETAS…

SIN CARETAS…

 

 

 

Los tiburones también mueren por la boca

 El argumento estaba previsto aun por el menos avisado de los presentes en el plenario de Naciones Unidas, el 25 de octubre, cuando se sometía a votación por vigésima vez consecutiva, una resolución sobre el bloqueo de los Estados Unidos a Cuba: El embargo de Washington a La Habana “es un asunto bilateral que no concierne a la Asamblea”. Eso dijo Ronald Godard.

Hace rato que el cinismo es un componente de la política exterior de los Estados Unidos. Los poderosos suelen jugar con sus víctimas. Cualquiera habría preguntado: ¿Y por qué entonces hay leyes –La Torricelli y la Helm-Burton-que prevén sanciones contra barcos  extranjeros que toquen puertos cubanos y para empresarios de otros países que inviertan en Cuba?

La noche del 25 de octubre, Telesur reprodujo unas imágenes de la CBS en las que aparece Hillary Clinton,  la Dama de Hielo de la diplomacia norteamericana. La señora Clinton, remedando el llegué, vi, vencí, del romano Julio César dijo ante varios interlocutores que ella había venido a Libia, vio y él murió, refiriéndose a Gadafi ya asesinado. Una estruendosa carcajada, incluso de la finísima secretaria de Estado, cerró la escena, no preparada para filmarse, pero la CBS la grabó y trasmitió. Unos días antes había dicho en Trípoli: Estados Unidos quiere vivo o muerto a Gadafi.

El presidente Barack Obama asistió el 25 de octubre al programa de Jay Leno, comediante anfitrión de programa de entrevistas The Tonight Show de la cadena NBC, en Burbank, California.

El presidente argumentó que al formar una amplia alianza internacional de naciones europeas y árabes contra Gadafi, Estados Unidos salvó vidas de estadounidenses y dinero, además de lograr su objetivo. "Ni un solo soldado estadounidense estuvo en el terreno", dijo. "Ni un solo soldado estadounidense murió o resultó herido, y eso, considero, es una receta para el éxito en el futuro".

Obama reflexionó sobre el significado de la muerte de Gadafi, una muerte horrible y caótica grabada en video para que todo el mundo lo viera. El presidente argumentó que Gadafi había tenido una oportunidad para permitir que Libia se moviera pacíficamente hacia la democracia. "No lo hizo", dijo Obama y "obviamente uno nunca quiere ver a nadie tener el tipo de fin que Gadafi tuvo, pero pienso que esto envía un fuerte mensaje a los dictadores en el mundo de que la gente en el largo plazo será libre, y que ellos necesitan respetar los derechos humanos y las aspiraciones universales de las personas".

Lástima que el presidente afroamericano considere al dinero más importante que las víctimas libias. En algo Obama aventaja a Bush, hijo: es más inteligente; en lo demás, ambos  son cuadros políticos de la plutocracia que gobierna a los Estados Unidos y quiere dominar el planeta. Sería ofender a Maquiavelo, fundador de la teoría política, si citáramos su célebre frase: El fin justifica los medios.¿Y cómo se llama eso en lenguaje humano, es decir, en lenguaje no político de mala política?

 

 

 

¿BOMBARDEROS, VEHÍCULOS DE DIOS?

¿BOMBARDEROS, VEHÍCULOS DE DIOS?

Por Luis Sexto

A qué dios rezó Anthony Blair antes de empujar a Gran Bretaña hacia la alcantarilla sangrienta de  Irak acompañando a los Estados Unidos, y a cuál oró el  primer ministro que lo ha reemplazado para alinearse en las escuadras de la OTAN que bombardearon humanitariamente a Libia, para salvar de la muerte  probable a civiles sin nombre con la muerte cierta de otros civiles. Y a cuál dios levantó sus ojos George W. Bush antes de legitimar los ficticios pretextos de la guerra contra el primitivo asiento del Paraíso Terrenal. Y a cuál consultó Obama antes de ofrecer una recompensa enorme por Gadafi vivo o muerto, y cuál es el dios de Sarkozy o de Berlusconi, inscritos ambos en la destrucción de Libia.

Todos estos jerarcas alguna vez han confesado y podrían ahora aceptar, que han pedido al Cielo inspiración o se han sentido inspirados, como buscando la justificación ética ante hechos que por las secuela de víctimas y ruinas y por los orígenes geopolíticos fraudulentos, les pueden desgastar su reputación y sus pretendidos derechos como hombres de Estado, como líderes de los países más poderosos  de Occidente. Y en algún momento convertir sus memorias en un cuento de malabaristas o en una pesadilla.

Tal vez  haya que estar de acuerdo en que el Hombre a veces hace a Dios a su medida: lo rebaja, lo minimiza, lo pone a liderar los intereses y las causas que  escuecen y movilizan a los individuos de nuestra especie.  En el decurso de la historia, naciones repletas de ambiciones coloniales se acometieron mutuamente en nombre de Dios. Y en estos días Lo hemos visto  trocado en un plato de alta cocina bélica: bajo o alto de sal, frito o asado, a la norteamericana o a la inglesa, incluso  a la francesa e italiana, interviniendo allí donde los problemas internos de repúblicas y reinos deben ser resueltos internamente, salvo que la derrota de una de las partes convenga a los intereses económicos de los Goliath del presente. ¿Es acaso ofensivo decir que  la cueva de ladrones que una vez fue el templo de Jerusalén se ha extendido al mundo de los países poderosos?

Dios, entre otros atributos, parece ser tolerante. Permite que Lo intenten confundir. Aceptemos esta evidencia: el Dios de unos no puede ser igual al Dios de otros. He querido meditar en el asunto desde el reducto íntimo, intransferible de la fe. Y he concluido que, en efecto, un creyente convierte por momentos a Dios en un fetiche. Ciertos teólogos enseñan que a Él no se le puede pedir nada que “sea inferior a Él mismo”, y mucho menos algo que se oponga a su esencia. Y es así cuando Dios, en vez de una presencia objetiva en la conciencia del creyente, se transforma  en una ilusión, en un mágico accesorio.

Eso es lo sabido. Y hemos de sostenerlo considerando que la contradicción parece ser  una de las fuentes de la verdad de Dios. Pero más difícil de interpretar que las paradojas divinas, es el silencio de Dios. El silencio de los hombres -conspiración que oculta, anula- posee una contabilidad inexorable; llegada a su cuenta definitiva, nada permanece detrás del sol.  La epifanía de la verdad negada por los hombres, o por ciertos hombres, se revela  en una explosión vindicadora, un desajuste de las paredes entre las cuales pervivió la deshonra. Nerón, Napoleón, Hitler, Stalin, Franco, Pinochet,  Sharon, Olmet... ¿Quién más? Bush,  Blair, Cameron, Obama. Ah, Obama. Cuánta ingenuidad en aquellos que, dentro de los Estados Unidos y también en el exterior, concibieron una diferencia entre un presidente blanco y uno de origen afroamericano. Si la perversidad distingue al racismo al intentar establecer una diferencia a favor del blanco, la ingenuidad caracteriza a los que puedan creer que un presidente negro puede ser mejor que uno blanco, al menos en los Estados Unidos. Es cierto que el negro ha sido víctima de siglos de crueldad y discriminación. Pero, racional y naturalmente,, el color nada significa  en lo físico, ni en lo intelectual ni en lo moral. Obama, negro, ha actuado como actuó su predecesor blanco en la Casa Blanca. Ambos, aparte de la natural diferencia en la carga de melanina de su piel, se han comportado como instrumentos de los intereses imperialistas de su país. No fueron elegidos para hacer justicia al pobre,  para defender la paz del planeta, sino para preservar la hegemonía norteamericana, a costa de la destrucción y la muerte de los que estorban “el destino manifiesto” de los Estados Unidos de Norteamérica, esa Norteamérica la hermosa, que dijera Mary Mac Carthy, y cuya verdadera faz consiste en las escotillas abiertas de los bombarderos no tripulados. 

Hay más, desde luego; más nombres que renombran etapas tenebrosas de la historia de ayer y de hoy, invocando o negando a Dios, pero convertidos en enemigos del Hombre, envueltos entre  cortinas impenetrables y que, como la del templo de Jerusalén, se rasgarán un viernes santo de la ira del pueblo. Comte y luego Stuar Mill y Nieztche han hablado del culto a la Humanidad, de una religión del Hombre. El cristianismo es también eso: una religión del Hombre. O qué es, si no, el mandamiento del amor, ese amar incluso a tus enemigos, ese mandato que está por encima de ideologías, partido, talentos, profesiones, riquezas. Jesús pregunta en una parábola: ¿quien fue el prójimo del viajero robado y herido: los que pasaron junto a él esquivándolo o el samaritano –ese apestado de entonces- que lo curó y lo llevó a posada segura y pagó los gastos? Ahí está la definición, la imagen focal de la religión del Hombre que parte de Dios -de la “idea del Bien” según el cubano José Martí- y llega a la Humanidad. Qué pintor nos la coloreará con la misma sutiliza de Leonardo en su enigmática Monna Lisa. El samaritano inclinado sobre el hombre atacado. ¿Podrá expresarse la llamada religión del Hombre con trazos superiores?

 Ante quienes invocan a Dios pidiendo luz antes de acometer la matanza; ante quienes claman asistencia celestial para defender intereses terrenos de orgías petroleras, o de geopolítica imperial, el cristiano –sea católico-romano, protestante tardío, episcopal o mezclado en la New Age- no ha de permitir que lo confundan. Ya el Dios del Antiguo Testamento no promete, a pueblos mesiánicos, tierras ocupadas por otros pueblos. Ya no pide sacrificios de sangre. Ni considera justo el ojo por ojo, ni la esclavitud del hermano, incluso del enemigo, ni el apedreamiento de la adúltera. ¿Alguna vez verdaderamente los pidió, o legitimo esas reglas mechadas de odio y venganza?  La Biblia narra una escena que parece desmentir a ese Dios terrible del judaísmo más acérrimo. Cuando Yahvé exigió a Abraham el sacrificio de Isaac, su único, añorado hijo de la vejez, y el patriarca obedeció por fe y confianza en el Altísimo, Dios no permitió que el anciano asestara la puñalada sobre el cuerpo del joven antes de calcinarlo en la pira del sacrificio. Detuvo la mano temblorosa del padre según la sangre. No podía ser posible que Dios pidiera una ofrenda que iba contra su designio de amor.

Por ello, juzgando la religiosidad que a veces se introduce en la mala política para justificarla, habrá que aceptar, en cualquier circunstancia, que Dios en vez de alentar, condonar, las decisiones de Bush y Blair, de Obama y Sarkozy, y otros personajillos de la ambición y la rapiña, las condena, porque van contra Él.  Estas cabezas hoy visibles no rezan al mismo Dios en el que creen los cristianos, o los no cristianos. Quizás crean en un idolillo de oro, rey en un reino de zapatillas, aire acondicionado, cadillacs y cocaína.




 

 

EL VIEJO OESTE

EL VIEJO OESTE

Por Luis Sexto

Apostillas de un ciudadano ingenuo

Hace muy pocos días, la secretaria de Estado Hillary Clinton dijo en Trípoli que  los Estados Unidos quería vivo o muerto a Gadafi.  De ser honrado, cualquier ciudadano de este mundo tan poco honrado, y conocedor  de los Westerns, no podría eludir la espontánea asociación entre las declaraciones de la “rubia de hielo” de la diplomacia norteamericana, con  las empresas  que en el siglo XIX  mataban granjeros que no querían vender  sus fincas situadas en medio del trazado del ferrocarril, o con la West Fargo que, asediada por los delincuentes de a caballo, ofrecía recompensas por su captura: vivos o muertos.

Más o menos,  puede decirse que la política exterior norteamericana es como una prolongación de las normas y usos del viejo oeste. Primeramente, si Gadafi no quiso irse por medios propios, pues tal como los geófagos y empresarios del Oeste, la Casa blanca colgó  letreros de “se busca vivo o muerto”. Y así, la OTAN, esa banda auxiliar de Washington, bombardeó a Libia, presentando como pretexto, a pesar de violar la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que sus aviones echaban humanitarias bombas sobre Trípoli y otras ciudades para defender a los civiles que Gadafi reprimía o torturaba. Claro, los civiles caídos bajo las bombas, esos, esos no eran civiles, según la prensa millonaria que suele legitimar, con sus versiones tendenciosas o francamente mentirosas, la expansión del capital y la recolonización del planeta.

A principios del siglo XX, el Generalísimo Máximo Gómez, apuntó en su Diario que si el gobierno de los Estados Unidos no cumplía su promesa de dar la independencia a Cuba, no dejarían entre los cubanos ni un adarme de simpatía. Dieron, sí, una independencia limitada, anudada a una enmienda constitucional que le entregaba todos los derechos a Washington. Y se fueron los norteamericanos sin dejar un adarme de simpatía en Cuba, aunque dejaron a los anexionistas de siempre, los padres de los que hoy se babean ante  una de las sociedades más represivas del orbe, a pesar de que  la libertad de consumo pinte el espejismo de la libertad y la democracia. Entre paréntesis digamos que si se dice que en Cuba no hay democracia, porque solo existe un solo partido, qué podríamos decir de los Estados Unidos donde solo dos se turnan en el gobierno, y las guerras que comienzan los demócratas, las continúan los republicanos y viceversa. Quiero decir, en suma, que el origen de la Revolución cubana respira en aquella Enmienda Platt, en aquella voracidad imperialista que se apoderó de las principales riquezas de Cuba.

Volviendo al tema central, me parece que de continuar en la vieja práctica de los “sherifes” del viejo oeste, a los Estados Unidos, no obstante toda su riqueza, que evidentemente se amengua, pronto no les quedará ni un adarme de simpatía en el mundo. Las declaraciones de sus funcionarios no emplean el lenguaje de la política; más bien es la jerga del matonismo de barrio gangsteril: queremos a Gadafi vivo o muerto. A qué punto de la historia hemos llegado, a qué desarrollo de la civilización si cada vez la vida humana vale menos en el Tercer Mundo, saqueado y bombardeado por las potencias dominantes.

En Dios confiamos, dicen, me parece, los dólares norteamericanos. Pero el problema está en que no sabemos cuál es el dios de las corporaciones, los millonarios y sus representantes en el gobierno y el congreso. Puede ser el dinero. Porque no creo que sea el Dios único y personal de los judíos y luego de los cristianos, y del Islam, ese Dios que condena el derramamiento de sangre y que, tal vez, un día, intervenga de manera más directa en la Historia y la correlación de fuerza gire a favor de los oprimidos, y a las bienaventuranzas del Evangelio se añada una nueva: Bienaventurados los pobres bombardeados por la OTAN y los Estados Unidos, porque un día hallarán la justicia de Abel. No sé si digo un disparate, pero a Hitler con su doctrina y su obra de horror, le pasó algo así.

Una vez dije, en este mismo espacio, que yo no era gadafista ni antigadafista. Solo soy anticochino. Es decir, me opongo a la injerencia del poderoso en los países débiles; me opongo a que unos pocos posean la riqueza que pertenecen a todos; me opongo a que la mentira adquiera el certificado de verdad por las palabras de medios cuyas informaciones justifican el intervencionismo y la guerra y no son desmentidas, porque en los países que hoy representan a la paz romana, las transnacionales de la distribución no les ceden espacio a otras versiones, en los canales de circulación. La libertad de prensa es allí solo libertad de impresión, nunca libertad de circulación para las voces oprimidas.

Gadafi ha muerto. Y la Clinton debe de haber ascendido en el criterio de la Casa Blanca: tres días después de llevar a Trípoli el recado de la voluntad de su gobierno, que pasa por bueno en la cara ingenua y el discurso culto de su presidente, dicen que Gadafi ha muerto. Si es así, que Dios, que el Gadafi llamaba Alá, lo perdone. Que lo perdone por haberle pagado a Sarkozy y Berlusconi sus campañas electoreras, que lo perdone por haberle entregado el petróleo a Francia, que lo perdone por haber olvidado que cuando el revolucionario deja de serlo, deja también de ser creíble y fuerte.

¿Y  perdonará Dios  a los que han convertido en ruina a Libia? Dios es inescrutable. Pero no sordo, ni ciego. Tampoco es ciega su Iglesia, que es también mi Iglesia y la de tantos millones de seres humanos. Mas, dónde está la Iglesia  de Roma, la en un tiempo perseguida, que no oye ni ve.  

 

DESDE LIBERTY PLAZA: OCUPAR LA MEMORIA

DESDE LIBERTY PLAZA: OCUPAR LA MEMORIA

 

Por Víctor Casaus, Poeta y narrador cubano

 

 

 

 

 

La pupila de un cubano en Nueva York

 

Los participantes en este movimiento insólito, indefinible y esperanzador llevan un mes ocupando un espacio que antes se llamó Liberty Park, en los alrededores de Wall Street, años después recibió otro nombre y ahora ha sido rebautizado por estos nuevos pobladores entusiastas con el viejo-nuevo nombre de Liberty Plaza.

Llegar allí, en la parte baja de Manhattan, en esta ciudad alucinante y dura, vertiginosa y muchas veces insensible, me hizo recordar al momento a un puertorriqueño-cubano, exiliado en dos ocasiones en Nueva York en la década del 30 del pasado siglo, quien partió desde allí a su destino final en las filas de los defensores de Madrid, donde encontró la muerte el 19 de diciembre de 1936, siendo comisario de una brigada republicana comandada por Valentín González, El Campesino.

Pablo de la Torriente Brau decidió, en unas de estas plazas concurridas y simbólicas de Nueva York  –Time Square– marchar a la guerra civil española. Lo contó en una carta con esta frase memorable y entusiasmada: “He tenido una idea maravillosa. Me voy a España, a la revolución española…La idea ha incendiado mi imaginación…” Pablo tomó esa decisión en medio de una demostración a favor de la república española convocada por los sectores radicales y de izquierda de entonces y las múltiples organizaciones latinoamericanas que existían en el Nueva York de la época, una de ellas fundada precisamente por Pablo, Raúl Roa y otros amigos y compañeros de lucha con el nombre de Club José Martí.

Recuerdo ahora a Pablo aquí en Liberty Plaza porque él estaría seguramente en este espacio de confrontación y dignidad, sentado frente a una computadora de nuestros tiempos o arengando, sin micrófono, a los participantes en las asambleas generales que se realizan todo los días, a la caída de la tarde, en este lugar. Lo haría sin micrófono, como estos jóvenes que ahora gritan sus opiniones y propuestas, sus criterios y ensoñaciones a la compacta multitud que los escucha. Las autoridades no han dado permiso para que se utilicen equipos de amplificación de sonido de ningún tipo, con el pretexto de que esos recursos alterarían el ambiente de esta ciudad ya de por sí eléctrica y ruidosa. Los que participan en este movimiento llamado Occupy Wall Street han encontrado solución al problema generado por la negativa de la policía y el gobierno de la ciudad: utilizan lo que llaman el micrófono del pueblo (the people’s microphone). El método es sencillo y antiguo, pero lo han hecho reverdecer en esta era y este país de formidable e implacable exuberancia tecnológica: el orador lanza una frase al aire, un pequeño coro de unas diez personas a su lado lo repite y esa frase va viajando de boca en oído hasta el fondo de la Plaza.

Recuerdo nuevamente a Pablo aquí en Liberty Plaza escuchando a los oradores de esta asamblea general, porque él polemizó en una noche memorable con los enemigos franquistas del Parapeto de la Muerte, junto al pueblo de Buitrago del Lozoya, 70 kilómetros al norte de Madrid, a donde habían llegado las fuerzas golpistas en su camino hacia la capital. Nunca lograron avanzar por esa vía. Fueron detenidos en aquel punto, en el que era defendida el agua de Madrid –proveniente de los embalses generosos del Lozoya– por los improvisados y valerosos milicianos entre los que se encontraba el corresponsal de la revista New Masses de Nueva York y El Machete de México, que trajo su palabra, desde América, para los “camaradas fascistas” de las trincheras enemigas, desde la Peña del Alemán, una noche clara de octubre de 1936. Y Pablo lo hizo también entonces con “el micrófono del pueblo”, bajo la noche lunar de Buitrago, desde una plaza de la libertad que nunca fue tomada.

Los integrantes de Occupy Wall Street utilizan ahora, sobre todo, los múltiples caminos que proporcionan las nuevas tecnologías de comunicación. Desde esta plaza han salido los miles de correos electrónicos, comentarios, mensajes, llamamientos que han difundido la poética y la política de esta acción en cada rincón de Estados Unidos… y en muchos lugares del mundo. Por eso hoy existen más de 700 sitios como este cercano a Wall Street en diversos lugares del país, caracterizados por la presencia de bolsas de dormir, carteles hechos a mano, pequeños stands armados sobre una manta, en el piso, donde se anuncia que allí está reunida una representación del 99% del país, el que no pertenece al 1% restante que detenta y acrecienta día a día su riqueza material, en detrimento de esa amplísima mayoría silenciosa que ha reencontrado por el momento su voz en estas ocupaciones sorprendentes y emocionantes que se reproducen hoy en diversas ciudades del mundo.

Pero también estos activistas que expresan su descontento con la estructura económica, política y social del país han utilizado el canal conocido de las publicaciones impresas. Por eso tengo frente a mí ahora este ejemplar de The Occupied Wall Street Journal, editado y distribjuido por ellos y ellas, que anuncia en su primera página: “La revolución comienza en casa”. El título de la publicación, un periódico de cuatro amplias páginas (mucho más grandes que los diarios habituales) es ejemplo de dos elementos que están presentes en muchas de esas acciones –y que también me recuerdan, por supuesto, a Pablo de la Torriente Brau–: el humor y la ironía. Con la palabra intercalada en rojo (Occupied) los activistas han hecho una apropiación del título del periódico ultraconservador, insignia y vocero del 1%.

En sus páginas centrales se incluyen sus opiniones sobre Por qué ocupamos.  Estas son algunas de ellas.

Porque las empresas que no pagaron impuestos y fueron rescatadas por el gobierno están destruyendo nuestra economía. @asucunt.

Mi hija merece un futuro mejor. @jstlilone

Siento más confianza en los que duermen en la calle que en los banqueros, los corredores y los políticos. @critmasspanic.

La democracia se construye, no se otorga. @reverendmanny

Cada generación necesita su propia revolución. (Thomas Jefferson) @ash_anderson

Las firmas remiten a la red Twitter. En ella y en otros espacios similares, bien utilizados para la confrontación a favor de la justicia, la igualdad y la verdadera democracia, andaría por estos días, aquí en Liberty Plaza y en muchos claros rincones del mundo, Pablo de la Torriente Brau.

En eso pensé cuando Julio, un puertorriqueño que acababa de viajar a esta ciudad para unirse a Occupy Wall Street, me dio este ejemplar del periódico en español y me dijo: “Trabajamos para traducir y publicar estos 50 mil ejemplares que volaron en una mañana. Por eso vine. Porque los latinos somos y seremos la fuerza mayor de este país que hay que cambiar para que el 99% tenga justicia, paz y dignidad”.

Y siguió entregando ejemplares de este Wall Street Journal ocupado, como Liberty Plaza, por estos sorprendentes, indefinibles, alentadores vientos de cambio.

 

IDEAS SON IDEAS

IDEAS SON IDEAS

Por Luis Sexto

Ciertas teorías suelen ser presuntuosas, y por ende presuntuoso sería algún teórico cuando descoyunta la realidad para que sus tesis aparenten ajustarse a la vida. Y por qué parto de premisa tan inusual en esta columna. Porque tal vez hay alguien pensando que la cautela con que Cuba avanza compone una retranca, un sutil pretexto para que las cosas queden donde están o estaban ayer.

¿Nos damos cuenta de a qué grado de perversidad puede rozar esa tesis, aunque tomara sus bases teóricas de universidades renombradas como Harvard o Princeton? No dudo, sin embargo, que una especie de mentalidad conservadora comparta espacio con las muecas burocráticas, y pretendan juntas retardar la transformación de nuestra sociedad de modo que la arrancada nunca logre romper la inercia.

Pero, como vemos, se emiten leyes, se dictan resoluciones... Chirrían las ruedas. El país se mueve. La Gaceta Oficial se ha convertido en uno de los medios más demandados. Y la razón es apreciable: los Lineamientos aprobados en el Sexto Congreso del Partido se concretan. Y por ello, me parece justo estimar que el cuidado, el andar despacio por estar de prisa, no es una máscara, un truco sino una táctica cuya finalidad consiste en hacer bien lo propuesto. Y ese es el riesgo principal de hoy: que las cosas no salgan bien, y que lo nuevo que corrige, no funcione para mejorar lo conservable y sustituir lo prescindible.

Según mi parecer comprometido y no solo expectante o recostado a una columna mirando a ver qué pasa, Cuba no está en voluntad de demoler, sino de reconstruir. Y una y otra operaciones requieren ritmos distintos. Tal vez, desde el graderío, unos espectadores estimen que en las primeras entradas las carreras sean insuficientes. Decirlo, incluso escribirlo, ayuda a la autoestima de quien lo expresa. Algo hay que decir, pensará este o aquel, para no pasar por pusilánime o excesivamente ligado a la política “oficial”. Pero decir, así, a secas, olvidando la fragilidad del terreno, la defensa de quienes no quieren dejar pasar la bola a los “files”, resulta como tirar piedras, sin tino, hacia los cristales, tomando impulso desde el lado opuesto de la acera.

Juzgo elemental una apreciación: en la actualidad sobran en Cuba dos visiones o dos maneras de obrar: la burocrática y la tecnocrática. Ambas soslayan lo esencial: la política y la patria. Porque, juzgando con honradez y patriotismo, Cuba, su gobierno, su gente mejor no procuran solo una adecuación a los tiempos y un modelo socioeconómico que produzca riquezas y resuelva necesidades aun sin resolver. ¿No reparamos acaso en que la preservación de la independencia nacional continúa siendo un mandato de nuestra historia, y que la aspiración a un socialismo justo, efectivo, racional, incluso original en su adecuación a las circunstancias prácticas y no a las disecadas de ciertas  teorías, es la fórmula para proteger a la nación de la anquilosis y la descomposición?

Ideas son ideas. Y por ello, sigo confiando en lo escrito que se concreta y en lo que habrá que crearse sin que todavía haya sido escrito. En lo personal, también afronto riesgos. Y el saberlo no me paraliza. Pero mis riesgos se refieren a los mismos que afectan a Cuba, pues si Cuba se pierde me pierdo. Y se relacionan, además, con los que me sugería un lector al preguntarme hace poco si yo no me cansaba de escribir y defender siempre lo mismo, año tras año. Creo haberle respondido que entre mis planes nunca ha figurado la tarea del no hacer nada. Quizás, ayer, yo haya amanecido inquieto; posiblemente, a veces, la experiencia me llame a la suspicacia. Pero en estos días cuando el “cambiar de casaca” -el Padre Varela aborrecía ese acto de desnudamiento-  se ofrece como una opción para esconder bajo estridencias tu pasado, me apropio de un  verso de Silvio, como divisa: “La angustia es el precio de ser uno mismo”. Y ser uno mismo es ser consecuente con lo que se ha creído y defendido y en algún momento criticado. Todavía, para mi modesto papel en mi patria, nada de cuanto conozco en el mundo, merece que yo renuncie a los ideales -conclusos o inconclusos, que no es el caso- de la Revolución cubana.         

Ah, y he de advertir a aquellos que ven en los demás  los propios defectos: nadie me ha exigido esta profesión de fe, ni considero que lo dicho aquí lo sea, porque no la necesito. Ni, por otra parte,  me han pagado más de lo que el periódico me retribuye por estas letras… Nunca demasiado. (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)

 

SAAVEDRA Y “LA VIGILIA DE ARTISTAS”

SAAVEDRA Y “LA VIGILIA DE ARTISTAS”

  Por Santiago Rodríguez,

periodista cubano radicado en Miami

 Unos dicen que está irremediablemente loco. Para muchos es un operador frustrado de equipos pesados y, por supuesto, otros lo tienen como un héroe: su líder. Se llama Miguel Saavedra y es el  jefe del grupo en el exilio “Vigilia Mambisa”.

 Es un asiduo orquestador de espectáculos, junto a su equipo,  frente a las puertas del conocido restaurante Versalles, de Miami, por cualquier razón que les resulte propicia para demandar “la libertad de Cuba”.

  Aunque últimamente se han especializado en romper discos con una aplanadora o cilindro, pequeño, similar a aquellos gigantescos con que se asfaltaban las calles de Cuba (y aun hoy día se utilizan en tamaños menores, para la reparación de baches y  huecos).

 Esa labor de aplastar discos se realiza, con los de intérpretes u orquestas cubanas, del archipiélago, que anuncien su visita a Miami. Tal como ocurrió el pasado año, con el grupo  los Van-Van y ahora recientemente con la visita del cantautor Pablo Milanés. En tanto ya se preparan para nuevos festivales del disco ripiado. Y amenazan hacerlo con cuanto conjunto musical o cantante individual se presente aquí; incluso el show comienza antes de que se levanten las cortinas del escenario; o sea, en cuanto se deé a conocer la noticia por los medios locales o los oficiales de Cuba.

 Al final La Vigilia…, termina con menos integrantes a la hora del espectáculo, que cuando comenzaron la primera función teatral en la calle.  

 En lo personal, me molesta. Primero  porque es una burla a nuestros mambises del siglo XIX. Vigilantes si fueron esos intransigentes, con los invasores, contra la colonia española, antes de ser entregada Cuba  a los Estados Unidos.
 

Y segundo, creo que el mejor ejemplo de ello, de vigilante, valiente frente al enemigo fue el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Con un puñado de hombres  rescato al brigadier Julio Sanguily, que, herido, era conducido prisionero por un escuadrón de rifleros de 120 hombres. Solo le bastó su “yaguarama”  y el de sus hombres, para arrebatarle a Sanguily al enemigo. A punta de machete.

 Y si algo me molesta de la mal llamada Vigilia Mambisa,  es el hecho de que mi propio abuelo ostentaba los grados de capitán del glorioso ejercito libertador. Y lo otro, el saber desde niño contra que cosas valía la pena combatir. De  ahí que pienso que a la Vigilia le queda grande lo de Mambisa, en cambio lo que le viene como anillo al dedo, dado a lo que se dedican es el titulo de “Vigilia de Artistas”.