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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

ANDANDO SOBRE LO MOJADO

ANDANDO SOBRE LO MOJADO

Luis Sexto

En esencia, todo se reduce a una dicotomía: caridad o charity

La realidad cubana da muestras de una multiplicidad inagotable en sus posibilidades de ser dibujada de mil formas y colores por la cantidad de cabezas que la evocan y la interpretan. Precisando, hasta el  nacionalismo recobra ahora vigor y vigencia, porque algún teórico de buena voluntad estima que ha llegado la hora en que el dinero de los empresarios de origen cubano en el exterior pueda servir a Cuba desde una posición nacionalista, aunque no tengan afinidades con el socialismo. 

Dicho así, sabe a una cucharada de miel. Mas, para cuantos vivimos en el archipiélago, victimas también del constante hostigamiento de los sucesivos gobiernos de la Casa Blanca en lo económico, lo comercial, lo financiero e incluso hasta en lo militar, nos parece un tanto improbable, en las circunstancias presentes, que el empresariado cubano americano pueda invertir en Cuba, a pesar de la ley de 1995. Primeramente, todavía la emigración no ha perdido los perfiles políticamente trágicos que Washington le impuso haciéndola parecer, más que emigración, exilio. Exilio fue para unos, aquellos  que alentaron la esperanza de recuperar el poder perdido. Y los que crecieron o nacieron en los Estados Unidos, pudieron haber heredado-minoritaria o mayoritariamente, no lo sé-  la visión de sus padres: Algún día volveremos  a adueñaros de lo nuestro. En segundo término, el gentilicio de cubano americano no parece, a mi modo de ver, una garantía ni siquiera nacionalista. ¿De dónde provendrá el dinero? Resulta una quimera: el bloqueo les prohíbe invertir en Cuba un dinero  producido en los Estados Unidos.

Por otra cara,  esa propuesta adopta  para muchos cubanos del archipiélago el perfil de un caballo de Troya. Y esta última visión, que evidentemente está condicionada por el diferendo entre los Estados Unidos y la revolución cubana, hace perder  legitimidad  al gobierno de Cuba, a juicios de ciertos analistas, porque se niega  a ser  inclusiva. Cuba –dicen- ha de ser inclusiva, y una de sus manifestaciones será dar participación a los emigrantes en la vida interna del país. Justa parece en su formulación general, humana; pero miope en lo atinente a la praxis política, al no tener en cuenta la situación de inestabilidad que la injerencia de los Estados Unidos le impone a la sociedad cubana. Mientras haya fondos para promover la democracia a la norteamericana en Cuba, no los habrá para invertir en el archipiélago. El gobierno cubano y el consenso mayoritario  –y no vacilo en usar esta cantidad- que lo apoya, aunque cuantos lo sostienen expresen  inconformidad con los reajustes económicos y sobre todo estén descontentos con los desajustes acumulados, tienen que mantener incólume la posibilidad de defenderse en este litigio entre King Kong y Pulgarcito,  en el que el gigante exige “cambios” internos que convengan a la geopolítica de los Estados Unidos, y  la voluntad nacional por el contrario,  los realiza para echar base sólida al interés socialista.

Lo dicho puede parecer retórica pasada de moda.  ¿Y de retórica envejecida, que no añejada, no parte diariamente la Casa Blanca o el  Departamento de Estado o los núcleos beligerantes en Miami y Madrid? ¿Acaso pueden blasonar de una propuesta distinta, constructiva, que no sea la vuelta a la situación del día antes del primero de enero de 1959,  sin Batista, aunque nadie sabe  con qué émulo del retranquero de Banes?

Cada día, sin embargo,  se aprecia con más visión crítica que el socialismo que solo promueva el bienestar de quienes les son afines, debe encerrarse en los ganchos de la suspicacia. Ahora bien,  cuando hablamos de libertad parece que se logra el sintonizar con el extranjero satanizador. Pero hemos de también de poner en acción la suspicacia ante palabra tan recurrente y devaluada: libertad de quiénes y para qué propósitos. La propaganda política está basándose en una perversión del vocabulario. Ya no hay clases –se asegura-, pero de un lado están los ricos, los que más pueden y son los menos, y del otro, los pobres, los que menos pueden, y son los más. ¿Alguien puede negar la existencia de ambos sectores sociales, con sus matices intermedios? También  se ha acuñado de obsoletos a términos como socialización, independencia, o como justicia social. Según estos juicios, la posmodernidad, ese juguete teorético en medio de un planeta  en que varias de cuyas porciones respiran en la pre modernidad del subdesarrollo económico y la cultura ágrafa, ha determinado el “fin de la historia” y de las ideas políticas para invocar un nuevo dios: el mercado, que todo lo puede, incluso destruir el medio ambiente y seleccionar a los elegidos que sobrevivirán a la catástrofe.  

Esa es hoy, pues,  la realidad mundial, donde también el ahuecar a base de bombas y misiles a un país pequeño se llama ahora guerra humanitaria, y aprobar el congreso de un Estado  poderoso partidas millonarias para subvertir el gobierno de un país débil se nombra promoción de la democracia…

Y en estas circunstancias bracea el archipiélago cubano. Tras más de 50 años de poner a prueba los ideales  de la revolución de 1959,  estos necesitan renovarse frente a la adversidad y  los propios errores. Habrá, pues,  que proseguir el reordenamiento actual de la sociedad cubana para  generar riquezas y estabilidad económica y legitimarse ante los cubanos de dentro, mientras lo político también se transforma al descentralizarse la economía y cruzar la necesaria verticalidad operativa del Estado –necesario garante de la justicia y la equidad- con las líneas horizontales de un mayor control popular. La búsqueda del socialismo, sin modelos preestablecidos o fracasados, sin teorías que soslayen las características de nuestra época y las limitaciones impuestas por las circunstancias, es lo esencial hasta el momento, para preservar el programa martiano de “con todos y para el bien de todos”. El capitalismo, a pesar de su paisaje de eficiencia y efectividad,  nunca garantizó en cuba esa sociedad plural y justa que ciertas voces reclaman desde el extranjero y a veces desde el interior. Por el contrario, la concentración de la propiedad  agraria, industrial y habitacional, y el arbitrio de empresas norteamericanas, asesoradas con “nacionalistas” como Rafael Díaz Balart, abogado de la United Fruit,  mantuvieron polarizada la sociedad cubana entre los poseedores  y los despojados.

Por tanto, quienes en el extranjero desean, por patriotismo, ayudar a renovar la sociedad cubana, tendrán que aceptar que con Mac Donalds y “supermarquets”,  Cuba no se desarrolla. Lo hará libremente sin bloqueos y sin prohibiciones de créditos.  Ni siquiera con ventas de alimentos por empresas norteamericanas. El problema no consiste en que los Estados Unidos le vendan a Cuba, sino que el comercio fluya en doble dirección. Y aunque el conflicto migratorio se clarifique en su politización forzosa, el bienestar de todos y con todos tendrá que estar protegido  de la polarización de castas o clases poseedoras de la riqueza.

La caridad nos une, decimos ahora, y yo estoy de acuerdo. Pero la caridad que no sea sinónimo de limosna, la charity inglesa. Más bien, necesitamos la caridad evangélica que no agradezca a Dios que haya pobres, sino que se proponga hacerlos trascender la pobreza. Es decir, caridad que pueda traducirse como solidaridad, justicia social e  independencia. Lo demás equivaldría a pisar en falso. Y lo avizora el sacerdote y sociólogo belga François Houtart cuando recientemente alertó sobre que la ruina de la Cuba actual comenzaría si preparara el nicho y los pañales para el nacimiento de una burguesía. Y puede colegirse que si ello ocurriera la república se dividiría nuevamente contra si misma, aunque algunos pudieran satisfacer su conciencia repartiendo limosnas.

 

 

 

 

EN CUBA, DILMA ROUSSEFF SÍ HABLÓ DE DERECHOS HUMANOS

EN CUBA, DILMA ROUSSEFF SÍ HABLÓ DE DERECHOS HUMANOS

Por Norelys Morales Aguilera

Tomado de Cubahora

La visita de la presidenta de la República Federativa del Brasil a Cuba levantó las más variadas expectativas. Reseñando el suceso numerosos medios corporativos o alineados al pensamiento totalitario del capital que impera en el negocio noticioso, pusieron nuevamente el tema de los derechos humanos en Isla con el habitual manejo intencionado.

Para verificar el guión se leen repetitivamente los titulares que afirman que Dilma Rousseff “eludió el tema”, que “se negó” a abordar el asunto, que se ocupó “solo de la economía” y un largo etcétera manipulativo.

Sin embargo, la Presidenta, sí habló del tema de los derechos humanos en la entrevista colectiva que concedió, solo que su abordaje puso el asunto en una perspectiva multilateral, algo que parece no querer escuchar algunos y que a otros no les suena bien.

“Yo concuerdo en hablar de derechos humanos dentro de una perspectiva multilateral”, dijo Rousseff a periodistas que le preguntaron sobre si tratará sobre el tema con las autoridades cubanas como se lo demandaron algunos.

Rousseff argumentó que no se vale “tirar piedras” cuando hay “techo de vidrio”. “No es posible hacer de la política de derechos humanos solo una arma de combate político-ideológico. El mundo tiene que convencerse de que es algo de que todos los países tienen que responsabilizarse, incluido el nuestro”.

Dilma advirtió que el tema de los derechos humanos no debe ser usado por algunas naciones como un arma política o ideológica contra otras. Como ejemplo la presidenta mencionó la irregular situación de la Base Naval de Guantánamo en el oriente cubano, convertida en prisión militar por Estados Unidos y que ha sido señalada como un centro de abusos contra prisioneros por grupos de derechos humanos de todo el mundo.

Otro tópico que trata de ser minimizado por las manipulaciones mediáticas o de otro tipo respecto a Cuba es el bloqueo de los Estados Unidos, que califica como una flagrante violación de los derechos humanos de todo un pueblo.

Para Dilma la cooperación con la Isla es la mejor forma de combatir el bloqueo impuesto desde hace medio siglo por Estados Unidos. Reiteró que su país está comprometido con el proceso de actualización económica que protagoniza Cuba.

La Presidenta dejó explícito su rechazo al bloqueo y sostuvo que esta medida no genera beneficios. “La mejor forma para que Brasil ayude a Cuba es contribuir para poner fin a este proceso que a mi juicio no lleva a gran cosa, sino solamente a más pobreza de las poblaciones que sufren el tema del bloqueo, el tema del embargo, del impedimento del comercio”.

 Por otro lado defendió “una asociación estratégica y duradera” entre su país y la isla. “Nosotros queremos una relación estratégica y duradera, estamos haciendo una relación a través de estos proyectos que va a elevar para Brasil y para Cuba un proceso de desarrollo. Yo creo que eso que está haciendo Brasil en Cuba, es esa contribución”.

 Brasil concedió créditos por 200 millones de dólares para la compra de alimentos y la financiación de las obras de ampliación y modernización del Puerto de Mariel, que visitó en la tarde de este martes. “Nosotros creemos que es fundamental que sean creadas aquí condiciones de estabilidad para el desarrollo del pueblo cubano”.

 Dilma Rousseff sí habló de derechos humanos en Cuba y en otras partes, de conformidad con el Brasil que necesita América Latina, sus gentes.

 

EL BIEN Y EL MAL

EL BIEN Y EL MAL

Luis Sexto

Regresemos a lo ya dicho: sin el componente político, alguna de las transformaciones en la sociedad cubana podrían perder su esencia revolucionaria y socialista. Y ese aborto lo esperan, dando paseítos por  los pasillos de la Internet, tanto algunos impacientes de izquierda – de una izquierda libresca y refunfuñona-, como de la derecha hostil y creyente en  el “milagro”  de ver destruida la continuidad de la revolución.

Pero por qué me atrevo a decir que podría faltar el ingrediente político en esta hora crucial para Cuba. La sospecha crítica no habrá que dirigirla, desde luego, al contenido de lo pensado, legislado, y aprobado, incluso, por un congreso político -el Sexto- del Partido dirigente. Más bien, ha de voltearse, por ahora, hacia lo que se delinea como una de las mayores inquietudes, al menos del que esto escribe: la aplicación del programa y su estrategia. Porque, según mi experiencia, aún se resisten a desaparecer los enfoques echados sobre la realidad desde posiciones burocráticas o tecnocráticas.

Miradas burocráticas o tecnocráticas tienen en común que ambas soslayan la política que ha de permear y beneficiar en nuestra sociedad a cualquier ley o resolución del Gobierno o del Partido Comunista de Cuba. El enfoque burocrático suele ejercer su papel de ejecutor como un acto maquinal, rígido, incuestionable, incluso susceptible de ser distorsionado para acomodarlo a conveniencias particulares de un individuo o de un grupo. La visión tecnocrática, a su turno, evalúa un problema solo en los  aspectos técnicos, económicos  o, más extremamente, economicistas.

Resumiendo, y como puede apreciarse, burócratas y tecnócratas se emparientan en un detalle: olvidan que las personas existen. Y, según esa lógica, soslayan el hecho esencial de que para los ciudadanos se determina y se regula la política en nuestro país. En términos justos, unas son las dificultades inevitables o insuperables en un momento, y otras las que saltan como grillos a causa de errores o decisiones colindantes con el absurdo.

Por tanto, me preocupa -¿y puede importar mi preocupación honrada?- que, por ejemplo, la lucha contra el paternalismo derive en un “daño colateral” de la justicia como base de la sociedad cubana. ¿Duda alguien de que sea posible? Yo no lo dudo. Es más, lo que he escrito hasta esta línea es para alertar sobre que, según mis contactos y observaciones, existen ciudadanos que se sienten agraviados por esa tendencia a sacrificar soluciones inaplazables en ciertos lugares. ¿A alguien se le ocurriría, pongamos por caso, dejar sin ambulancia a una comunidad de más de seis mil habitantes y distante seis kilómetros de la cabecera municipal,  en zona donde el transporte es casi un deseo, un “ojalá se resuelva pronto”? Parece absurdo el planteamiento. Pero ha pasado

En esa consigna que oigo con frecuencia por la radio –“Gastar menos”- me parece que también se cuela una inconsecuencia. Y uno pregunta: adónde irá a parar el país si la consigna es restar, y solo restar… Yo diría, en cambio, y sin ánimo de adoptar poses magisteriales: “Hay que gastar lo necesario y solo lo necesario”. Esa es, creo entender, la formulación correcta de todo empeño de ahorro y que percibo como directriz en las líneas económicas de la actualidad. Porque el ahorro no consiste en un quitar y quitar, en un recortar, junto con lo superfluo, lo básico. Y esos recortes, por estar a veces rígida e impolíticamente calculados, generan una secuela de inmovilidad, de suspicacia e inconformidad.

Como profesional de la prensa, no me agrada reproducir consignas. La mayoría de las consignas tienden a vaciarse de contenido. Y un día algunas sonarán como un disco rayado. Pero no vacilo ahora en escribir una frase, con ecos de una consigna justa y perdurable de Fidel. Ustedes hallarán el engarce con nuestra tradición revolucionaria cuando yo termine diciendo: Contra el paternalismo, todo; contra la justicia, nada. (Publicado en Juventud Rebelde)    

Nota: Leídas resoluciones, y los discursos y debates de la recién concluida conferencia del Partido Comunista de Cuba, podemos reconocer que las inquietudes que en este artículo se expresan han tenido una respuesta positiva.  

ESCRIBO ENTRE DUDAS …

ESCRIBO ENTRE DUDAS …

Luis Sexto

 

Una pregunta me han exigido  estas cuartillas como  advertencia: ¿Es útil responder insultos? La reacción  humana se inclina más al insultado y rechaza al insultante.  Quien utiliza el golpe por debajo de la faja para aflojar las piernas del contrincante, aunque gane el pleito se sabrá de la basta técnica, el desleal recurso del vencedor.  En una polémica, cuando faltan argumentos o capacidad profesional, va el golpe bajo de la burla intentando  descalificar al rival.  Entonces, pues,  cómo he de responder los insultos de un  señor que se parapeta detrás de un belicoso anónimo (algo como un seudónimo), Francotirador del Cauto, que bien podría ser transformado en este caso como el francotirador incauto.

Pero, aunque todavía vacilo en poner la primera palabra, si no respondo podría el escurridizo escribidor creer  que, en vez de no ser yo adepto de las astracanadas mediáticas, soy eso mismo que él ha tratado de  imponer con sus insultantes calificativos en Kaos en la red: un risible Luis de Funes. Por tanto, vengamos a lavar con cloro las ínfulas un tanto enfangadas del caótico francotirador,  parapetado entre las sombras como ese ya famosísimo  “marine”, del mismo oficio que mi contradictor, y que ha vivido orgulloso  de haber matado  a más de 250 personas en Irak sin que las víctimas llegaran a sospechar de dónde provino la bala y qué manos halaron el disparador.. ¿En cuántos habrá  acertado el llanero solitario del río Cauto?

Como lo desconozco, ni puedo precisar dónde vive, ni qué se propone con ese intempestivo panfleto -en su acepción menos literaria- con que me ataca porque, al parecer, he atacado al autor. Mas, cómo atacar a un fantasma, a una firma que carece de identidad, que no puede responder, porque no sabemos dónde ubicarlo, qué leche lo crió, quién le paga. Y  por mucho que pueda yo acertar en los tiros de vuelta,  sería siempre como impactar en un muñeco de paja.  En algún momento, el anonimato es un vestuario imprescindible, si de salvar la vida se trata. Pero  no firmar los textos incendiarios, indigestos, absolutos  del Francotirador del Cauto, indica  una de estas dos cosas: o tiene vergüenza o miedo de publicarlos con su nombre legal, o realiza una operación  encubierta contra el gobierno y la sociedad en Cuba. He de decir lo que quizás muchos ignoren. Este devoto de la pólvora integra una especie de ultraizquierda digital y refunfuñona que suele combatir el actual proceso renovador del presidente Raúl Castro. Para él, y otros que no hay por qué invitar a este concierto, todo cuando se decide o se aplica en Cuba va contra el socialismo, contra el marxismo, contra los trabajadores. Y para evitarlo ofrece soluciones teóricas, teorías que  si alguna vez se pusieron en práctica terminaron en el fracaso. La fuerza de sus escritos, la constante recurrencia a un marxismo pasado por el mimetismo y convertido en dogma, me obliga a suponer que leo a un fundamentalista medieval, a uno de esos frailes que oponiéndose a la quema de brujas, era capaz de quemar a cuantos se le opusieran a su oposición.

Redondeando, el Francotirador del Cauto redacta su diatriba contra este periodista de Juventud Rebelde, porque el pasado viernes 13, en mi columna Coloquiando –titulada ese día El país de las hipótesis-  escribí sobre la conveniencia de no aspirar al país que queremos tener, sino al que necesitamos. Entre otros juicios, dije: “Por lo que uno lee en ciertas pantallas de la web, Cuba se ha albergado en la región de las hipótesis, de hipótesis en pugna. Es decir -y solo repito lo que casi todos sabemos-,  unos la quieren regida por el capitalismo y otros la imaginan entre los arrullos del nacionalismo pequeñoburgués. Por otra parte, desde un extremo de la izquierda -un extremo que se autodefine implícitamente intransigente y descontentadizo- la quieren como laboratorio de un socialismo tan teórico como generoso y febril, mientras obvian las circunstancias materiales y políticas en que la sociedad cubana intenta la actualización económica y social, y obvian sobre todo que ese “socialismo profundo”, “ultraísta”, nunca ha sido puesto en práctica, o al menos no parece haber sobrevivido al experimento”.

Ello, supongo, ha sido suficiente para la réplica del Francotirador del Cauto, tan fuera de forma y de fondo como la generalidad de sus artículos. Y si algo no escribí entonces, aprovecho el momento en que dudo si responder a mi enrabiado interlocutor, para afirmar y firmar con mi voz y mi nombre y apellido, que con la aparente defensa de un socialismo solo apto para ser desarrollado en el silencio sobrecogedor del cosmos, adonde todavía las circunstancias explosivas de este planeta no han llegado, solo  se consigue dividir a los cubanos y, por ende, beneficiar la política de los Estados Unidos contra Cuba. Anexionistas y autonomistas protagonizaron ese libreto a fines del siglo XIX, cuando se decidía la Constitución de la recién independiente república cubana. Y alegaban la incapacidad de los cubanos para gobernarse, de modo que Cuba necesitaba de la tutela de los cultos, sensatos y bien comidos benefactores del norte. Hoy, la cuña de confusión se introduce  cuando entre carencias, bloqueos y hostilidades de múltiple color,  el país intenta reordenarse racionalmente sobre los rezagos del ya inexistente socialismo real.

En fin, tras decir lo anterior, decido  no responder el disparo incógnito de quien no da el nombre por razones que podrían apuntalar la sinrazón. Se responden argumentos; los insultos se dejan pasar.

 

LAS SILLAS PARA LOS POBRES

LAS SILLAS PARA LOS POBRES

Luis Sexto

La Teología de la liberación ha bajado su voz como tendencia: Las admoniciones del Vaticano se han apagado, los libros han disminuido, los periódicos solo ocasionalmente convocan la estridencia ante el recuerdo de  sacerdotes suspendidos  de sus funciones o limitados por la Curia romana en el oficio de escribir o impartir clases. ¿Sin embargo, acaso ha cambiado o perdido actualidad, la situación sobre la que se fundamentó la polémica teología latinoamericana? Porque hubo, por supuesto, una circunstancia en que se inspiraron sus promotores: las dictaduras militares y el auge de la pobreza en América Latina y la dependencia creciente de los Estados Unidos.

Por tanto, cuando el libro Teología de la liberación, perspectivas, del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez (1928), circuló en 1971 entre especialistas, obispos, sacerdotes y laicos aventajados, además de politólogos de derechas e izquierdas, y de verdugos y expoliadores, unos comprendieron correctamente que la nueva interpretación del mensaje evangélico, ponía en el centro de la vida cristiana una elección, no una preferencia, por los pobres. En sí misma, la propuesta no era tan inédita. El Concilio Vaticano II había  comenzado su Constitución Gaudium et Spes con estas palabras: “El gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza de los discípulos de Cristo”.  Esta profesión pastoral, a pesar de su ambigüedad, se entroncaba con los orígenes del cristianismo. Hasta aproximadamente el siglo III de la era cristiana, los pobres componían la base de la Iglesia. Por ejemplo, los ricos debian permanecer de pie en las ceremonias litúrgicas, porque a los pobres  pertenecían los asientos.  El orden más tarde se invirtió: en los templos, los ricos tuvieron sillas reservadas o marcadas con el hierro diferenciador de sus nombres. Y los pobres integraron e integran aún en la Iglesia, la posibilidad de una opción preferencial, pero  nunca clasista como desea, y sugirió hace años, monseñor Pedro Casaldáliga, ex obispo del Matto Grosso.

Qué plantea en sustancia la  Teología de liberación. Joan Sobrino, uno de sus maestros, ha dicho en su libro El Jesús Histórico que “Gustavo Gutiérrez , ya en sus inicios, mostraba su descontento con una presentación de Cristo que causa la impresión  de irrealidad”, y cita Sobrino este párrafo del hoy religioso dominico Gutiérrez: “Aproximarse al hombre Jesús de Nazaret en quien Dios se hizo carne, indagar no solo por su enseñanza, sino por su propia vida, que es lo que da a su palabra un contexto inmediato y concreto, es una tarea que se impone cada vez con mayor urgencia”. Es decir, más que a un Cristo  universalizado en formas vagas y útil para cualquier uso, la Teología de la liberación recurre, exalta al Cristo histórico. Ese Jesús vivo en el dolor y la injusticia, y cuya doctrina, como escribió el brasileño Leonardo Boff,  “más que mejorar la expresión religiosa (…) pretende ayudar a la construcción del hombre nuevo” (…) y también “procura libertar la comunidad cristiana de la versión intimista y privatizante que se le ha dado al mensaje de Jesús”.  

La Teología de la liberación se propone, a mi parecer, una vuelta al cristianismo original. “Hoy se nos pide, sobre todo, un testimonio coherente, una proximidad samaritana, una presencia profética”, ha sintetizado  Casaldáliga. Pero los teólogos de la liberación sufrieron incomprensiones. Porque cuando el padre Gutiérrez dijo que “en este mundo de información, de técnica, el pobre está marginado del circuito económico”, parte de la iglesia se asustó.  En particular,  Juan pablo II,  nacido y formado como religioso en Polonia, país socialista, de sociedad centralizada y excesivamente ideologizada, se opuso porque previó que visión tan señaladamente crítica del capitalismo, particularmente en América Latina, podría legitimar el concepto marxista de lucha de clases.

Sin embargo, la Teología de liberación, atenuada en  su capacidad inicial de suscitar sospechas y conmociones, no ha pasado de moda. “Lo importante – ha dicho Gutiérrez- es que los malentendidos, cuando los hubo, hace tiempo que fueron superados a través de un diálogo sostenido y fructuoso”. Entre 1984 y 1986, el fundador conversó varias veces con el Cardenal Ratzinger, entonces prefecto para la doctrina de la Fe.

Convertido en Benedicto XVI, Ratzinger, en una homilía sobre San Juan Crisóstomo, el 26 de septiembre de 2007, parece expresar ideas que se concilian con la Teología de la liberación. Dijo:  “Juan, al comentar los Hechos de los Apóstoles, propone el modelo de la Iglesia primitiva (Hechos 4, 32-37) como modelo para la sociedad, desarrollando una «utopía» social (como una «ciudad ideal»). Se trataba, de hecho, de dar un alma y un rostro cristiano a la ciudad. En otras palabras, Crisóstomo comprendió que no es suficiente hacer limosna, ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad (…) Es la nueva sociedad que se revela en la Iglesia naciente. Por tanto, Juan Crisóstomo se convierte de este modo en uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia. (…)Y nos dice que nuestra «polis» es otra, «nuestra patria está en los cielos» (Filipenses 3, 20) y esta patria nuestra, incluso en esta tierra, nos hace a todos iguales, hermanos y hermanas, y nos obliga a la solidaridad”.

 La ética cristiana –es obvio-  se fundamenta en la caridad. No  la caridad que sugiere el término inglés carity, reducido a sinónimo de limosna, simple acto individual que tranquiliza conciencias, aunque nada transforma. La caridad -caritas latina, ágape en su versión griega- es, en cambio, el amor que todo lo sufre y todo lo arriesga por el prójimo, el pueblo. Y por tanto, la Teología de la liberación, al poner de relieve esa interpretación niega que Cristo quiera que siempre haya pobres entre nosotros.  Existen porque nacen cada día bajo la voracidad  de las transnacionales de la economía globalizada y del mercado insensible e insensato. Y, por ello, el enfoque teológico que las acusa continúa vigente.



¿GALGOS O PODENCOS?

¿GALGOS O PODENCOS?

Luis Sexto

Internet semeja un agujero negro: todo parece caber. También mucho suele perderse de modo que, como recientemente ha dicho un autor, el conocimiento suministrado por la red de redes está punteado de huecos, como un queso célebre. Pero algo se queda y vemos una cristalería abundante sobre Cuba. Todos escribimos, aunque algunos no sepamos.

Como en días de ciclón, nos creemos obligados ante la demanda de la temporada a sacar de los rincones y cuartos de desahogo todo cuanto sirva para nuestros fines: clavos herrumbrosos, maderas carcomidas… Construyo, por supuesto, una analogía, porque leyendo ciertos artículos me percato de que echamos mano a cualquier cosa para exponer nuestro pensamiento. Claro, escribir es un derecho. Publicar también, si vale la pena, aunque Internet y sus ilimitadas planicies lo admiten todo. Entonces, para ir precisando, no estoy en contra de que expresemos nuestra opinión. En todo caso, me opongo a una corriente que se me hace más evidente cada día: la intransigencia.

Mi bandeja de entrada, me espera cada mañana con estos o aquellos artículos sobre la situación cubana, y leyéndolos ya me resulta trabajoso distinguir si es la derecha o la izquierda la que dirige el teclado donde fueron escritos. Y ello confirma la antigua percepción de que la intransigencia suele admitir una verdad: la mía. La de los demás no existe, porque no concuerdan con la mía.  

La ecuación es simple. Y por esa vía el lector se somete a un aluvión de frases absolutas, sin matices. Incluso, el pasado sigue así pesando en Cuba, porque nada ha cambiado. Y si los historiadores –los de ayer- no recogieron estas o aquellas  hazañas de individuos de las clases o colores menos favorecidos, la culpa también es del presente,  cuando precisamente se saca a luz lo que estuvo oculto, quién sabe por qué razones pretéritas. Para el intransigente siempre habrá una razón: lo quisieron ocultar hasta hoy. O, por otro lado, le reprochan al discurso político que siga insistiendo en que la obra  de la Revolución es perfecta. Y obvian que de de ese mismo discurso ha partido la crítica a lo realmente obsoleto o imperfecto y ha convocado a modificar estructuras y conceptos. ¿A qué se debe ese énfasis crítico en una situación que ya se supera y nos supera? El dogmatismo, correlato de la intransigencia, se agazapa en más de un lado.

Lo dicho me conduce a una disputa fundamental: los que quieren que el país cambie y mejore y los que se oponen. Al menos se oponen si no es en el sentido que ellos suponen. Hay, por supuesto, ideas atendibles. Pero el tono a veces las invalida. Es tanta la ira con que algunas ideas se expresan que pierden la perla de una propuesta atinada. Y así ya uno no sabe de qué posición se piensa y se escribe. Porque no hallo mucha diferencia entre lo que leo en periódicos de Miami o Madrid o en sitios que ostentan membretes de la izquierda. ¿Una izquierda zurda? Posiblemente.

Pero todo lo que he balbuceado hoy se debe a un mensaje de un lector. Me plantea el litigio “entre los optimistas y los pesimistas; entre el sueño y la realidad; en la lucha dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo”. ¿Optimistas y pesimistas desde el lado de acá, es decir, entre los que nos autodenominamos revolucionarios? Porque yo puedo ser pesimista, pero respaldo lo que el Gobierno y el Partido, con todas sus manquedades e insuficiencias, prevén y proveen para enrutar al país hacia una sociedad racionalmente justa, productora de bienestar generalizado, y defensora sin concesiones de la independencia.

El pesimismo o el escepticismo no son dañinos, si a pesar de las dudas somos capaces de mover los brazos y la cabeza para halar o empujar las transformaciones. Es una posición de principio. Yo puedo estar en desacuerdo con cualquier decisión. Pero no me puedo enzarzar en la clásica disputa de los conejos, que se detuvieron en su huida para discutir si los perros eran galgos o podencos, y perecieron entre dentelladas. Ni mucho menos he de convertir la discrepancia en la condición previa para mi apoyo. Lo perjudicial, para mi juicio no muy ducho en asuntos políticos, es eso que llamo intransigencia, cuyas raíces se localizan en la psicología y en la ideología de las personas.

Pienso, pues, que para ser efectiva la política empeñada en construir relaciones sociales justas, con la persona en el centro de sus afectos y efectos, o para que una conducta sea respaldada por la razón ha de ser, más que intransigente, consecuente. Y no les ofrezco un juego de palabras. La intransigencia podría cerrar la salida a las soluciones o a las verdades; la consecuencia, en cambio, dispondrá las soluciones para salir de este o aquel laberinto cerrado, sin que la ceguera, la cólera o la petulancia nos debiliten  mientras creemos estar protegidos.

 

 

 

 

 

¿CAMBIAN LAS COSAS EN CUBA?

Luis Sexto

Una tendencia común entre nosotros ha sido actuar, o exigir actuar, con la rapidez de un corredor de cien metros lisos.  Somos hoy un  archipiélago impaciente. Y al parecer no nos place cambiar con la lenta y constante tarea de la gota de agua sobre la piedra. Preferimos la rapidez con que algunos pasan de la ropa de faena a la muda de salir.

A la pregunta de si cambian las cosas en Cuba, posiblemente la opinión negativa o dubitativa, tenga un número estimable  de adeptos. Porque, como la transformación, o la renovación son términos que por lo común incluyen la gradualidad y rechazan  la erupción, tal vez nada de cuanto se ha renovado hoy en Cuba, posea relevancia, porque todavía no ha ocurrido “algo grande”. Y qué es eso grande que algunos dicen que no ha pasado. ¿Cuál es esa prueba sin cuya ocurrencia nada de cuanto se ha decidido y legislado en Cuba implica pasos hacia el mejoramiento de nuestra sociedad, de modo que sea más inclusiva, más abierta, con mayores espacios para las fuerzas productivas? Tal vez alguien espere un acto en que de pronto la contraseña sea el “sálvese quien pueda” del capitalismo en país pobre. ¿Es esa la forma apropiada para insuflar vigor a la esperanza?

Lo “grande” que algunos piden puede, a destiempo, semejar una explosión o una implosión. Y no creo exagerar. Y debo advertir, si mi opinión fuera atendible, que cambiar o renovar un organismo en nuestra circunstancia supone un proceso que excluye la demolición. Esto es, nada se podrá modificar echándolo abajo de un golpe. Si ello sucediera, el cambio no sería dentro de la misma armazón, sino en un nuevo esqueleto, y ya, desde luego, no seríamos los mismos.

Hemos de desconfiar, pues, de las inspiraciones, de las piruetas de las varitas mágicas o de las soluciones de Aladino, y sobre todo de las propuestas de cuantos piensan más en sus intereses, en sus ilusiones o posiciones perdidas. Considerando lo candente y contaminado de las aguas en que Cuba hoy navega, saquemos al aire una brújula que explique nuestra realidad y facilite hacer lo que los tiempos permiten. Dos o tres preguntas, o muchas más que dejo a decisión de quienes necesitan convencerse, servirían para orientarnos: qué somos,  a dónde queremos ir, qué nos falta, en qué tiempo podremos llegar. Y, sobre todo preguntémonos en qué situación mundial se inscribe hoy nuestro país, y en cuánto puede dañar a Cuba la crisis económica global del capitalismo y su natural correlato: la acometida de las potencias occidentales, encabezadas por los Estados Unidos, cuya geopolítica se fundamenta en una institución bélica y belicista que, al pronunciarse, semeja el estallido de una bomba sorda: OTÁN.

Hoy, según la juzgo, Cuba no es  el esquife endeble al que aludió José Antonio Ramos hace décadas; no es ya aquel esquife a punto de embarrancarse en los acantilados de la Florida, como también aludió, en un instante de claridad, Jorge Mañach. Rige, desde mi punto de vista, una verdadera voluntad de  cambiar; de hallar ese punto de equilibrio que deje atrás prácticas nocivas o estériles; prácticas retardatarias o irracionales que al ser superadas permitan pasar de una economía de subsistencia, a una economía de crecimiento que incluya el desarrollo dentro de un estado de igualdad y justicia como garantías de la libertad, en un socialismo que habrá que irse descubriendo en relación estricta con la realidad. Porque la búsqueda de una sociedad equilibrada se encuentra mediante el equilibrio de las acciones. La teoría por la teoría puede conducir a lo mismo que el país ha programado transformar. Y por tanto ese equilibrio no será  una posición, sino la lucha por no caer en uno de los extremos. Los extremos son implacables. Desde ellos puede estigmatizarse, incluso echarse a perder el proyecto de actualización de la sociedad cubana.

No soy iluso, ni ingenuo, que son los insultos aparentemente  benignos con  que a veces unos u otros pretenden invalidar el juicio opuesto al suyo. Y a pesar de decretos leyes tan principales que aumentan el espacio democrático –sí, democrático porque se mezclan con otros derechos de de los ciudadanos- como la venta de casas y de autos, y otros como la extensión del trabajo por cuenta propia, la venta directa de los productores agropecuarios a los establecimientos del turismo, los créditos bancarios a productores para invertir  y a ciudadanos para edificar sus viviendas, a mi juicio, sin ilusionarme en exceso, resulta previsible un periodo de contradicciones y paradojas. Pues si hablamos de proceso, de gradualidad para aplicar la estrategia aprobada en el Sexto Congreso del Partido y que tuvo como fundamento más de setecientas mil sugerencias de la ciudadanía; si hablamos de proceso, pues,  lo que ha ganado vigencia legal  hasta este minuto, es solo una mínima parte del programa. Por tanto, es natural que aún suframos contradicciones.

Basta un ejemplo. Una persona muy inteligente, me comentaba que ahora los barberos, al ser propietarios de su trabajo, cobran diez pesos por pelado. Antes, una tabla prescribía el precio: 80 centavos. Casi todos los clientes daban más, pero los barberos no podían pedir más, al menos, en estricto apego a los precios establecidos legalmente. Claro, es una paradoja. Un barbero típico, en cuatro días gana lo suficiente para pagar los impuestos, la tarifa del local y los costos de insumos. ¿Cuánto más ganará comparando sus ingresos con el salario mínimo de los trabajadores? Es, así, una paradoja, dijo. Y asentí. Y como esas hay muchas. Porque para que las proporciones sean justas, habrá que reajustar salarios, incrementar la productividad, desechar una de las dos monedas, reorganizar las empresas estales, pagar verdaderamente por rendimiento… En suma, habrá que sufrir, más o menos contradicciones -a simple vista incomprensibles-  hasta tanto se complete la implantación del sistema y se consolide. ¿O caso queremos meternos en la casa, con solo los cimientos echados?

Supongamos, además, que en el trayecto necesariamente surgirán modificaciones y ajustes con la intención de adecuar la evolución según el criterio de la práctica. La flexibilidad se convertirá en la batuta de esta orquesta para que sus instrumentos suenen armónicamente. Una batuta que no vacile en admitir el chirrido de una nota que trata de aparentar ortodoxia. Y ante oído tan sutil,  dígolo por caso, el decreto ley 259 tendrá que permitir que los usufructuarios se aposenten, construyan una en la tierra donde cultivan, pues quién podrá sentirse estimulado con sus sembrados a dos, tres o más kilómetros de su vivienda.

Y veremos al gobierno central afrontar distorsiones. No es de menor importancia el hecho de que muchos de cuantos concretan la actualización en las bases y en los planos intermedios, no comprenden, no interpretan acertadamente, o la mentalidad de algunos se resiste a dejar su acomodamiento e introducirse en un orden exigente donde la rendición de cuentas y la honradez no serán más lentejuelas de obra teatral.

¿Cambian las cosas en Cuba? Si yo lo dudara sería por mi pesimismo, por mi corta vista, o intereses incompartibles con los intereses dominantes, y para entender y apoyar las tendencias más creadoras, más empeñadas en cambiar, yo tendría que cambiar. Pero, a mi modo de ver, con la experiencia de más de 40 años acompañando la combatida, irregular, audaz historia de la Revolución cubana, me parece que Cuba no es la misma de ayer siendo, en esencia, igual. Esta paradoja no es difícil de interpretar. Cada vez me sorprendo con lo que aparece en la Gaceta Oficial de la república, y sobre todo me sorprenderé con lo que todavía no ha aparecido, ni se ha escrito y, de seguro, habremos de escribir. Y me doy cuenta de que la esperanza se edifica con pequeñas grandes cosas.  Día a día. (Tomado de Juventud Rebelde)

 

 

 

MIS DERECHOS Y TAMBIÉN LOS AJENOS

MIS DERECHOS Y TAMBIÉN LOS AJENOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Sexto

Una meditación de Navidad

He leído algún post cuestionando la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba. He visto, incluso, concordar a criterios que, cada día, litigan por ideas opuestas. ¿Y qué harían Dios y el diablo apareándose en torno de un mismo asunto? ¿Qué soldadura será posible entre el blog de un  periodista revolucionario y otro de tendencia opuesta?  Y ante ello qué puedo decir. Primeramente, que he mejorado mi condición humana aprendiendo a respetar los derechos y la opinión ajena, es decir, la de mis semejantes, mis compatriotas y, a veces, mis colegas. También me parece haber avanzado moralmente al expresar con equilibrio mi opinión, aunque en sí misma compusiera un punto de vista distinto. Y por ello, sostengo que el blog anti oficialista –como suelen calificarse entre la bloguería- está siendo más político al coincidir con el blog revolucionario en su rechazo a la vista del Papa. Aquel sabe que una nota discordante desde las fuerzas afines al Gobierno cubano ante hecho tan trascendente, beneficia a la llamada “oposición”.  

El periodismo, el blog, el post, la opinión,  no se remiten solo a la libertad de expresarlos o la valentía para ejercerlos. Se necesita demás una cultura en que la política sea uno de sus esferas. Cultura que sepa discernir si lo que digo hoy beneficia la causa que confieso defender. Cultura que también oiga campanas y sepa, de oído, por dónde repican. Verdaderamente, como cubano, no solo como cristiano de nunca escamoteada filiación revolucionaria, me alegra la visita del   Obispo de Roma, líder  de la Iglesia Católica. Aunque  tengamos  juicios peyorativos, infundados o fundados, sobre Benedicto XVI, hemos de saber que el Papa es respetado y acatado por millones de personas, y que en Cuba, al menos el 15 por ciento de la población profesa la fe católica. Se hace evidente, pues, respetar la religión de millones de nuestros semejantes, el mismo respeto que algunos cubanos reclaman para su condición diversa con respeto al color, el sexo o la opción sexual.

Alejándonos de lo inmediato, la experiencia de los últimos 100 años nos revela que lo menos “marxista” de Marx resulta posiblemente alguna porción de sus adeptos, que le estrujan sus páginas con aplicaciones e interpretaciones encartonadas, tan dogmáticas como los principios de ciertas iglesias. Alguien ha dicho que el peor “marxismo” olvidó que el hombre es también materia. Pienso, paralelamente, que el “marxismo”  menos humano y menos preciso fue el que olvidó que el Homo Sapiens coexiste con el  Homo Demens, es decir, el hombre de la subjetividad, de la fantasía, de la soledad, la angustia, del que siente y experimenta, según Spinosa, que  “es eterno” porque si no la vida significaría solo una toma de oxígeno sin sentido.

“Qué seríamos, míseros humanos –dijo Proudhon- si los creyentes no valieran más que las creencias.” No  parece sensato practicar un ateísmo excluyente, tan excluyente y acérrimo como cualquier doctrina fanatizada, cuando hoy mundialmente el movimiento de la teología del pluralismo religioso intenta quebrar exclusivismos y milenarismos, y el reconocimiento, aunque entre negaciones, de las “semillas del Verbo” – es decir, la cuota de verdad de cada religión- adoptado por el Concilio Vaticano Segundo, todavía continúa desbrozando intolerancias. ¿En suma, qué separa al ateo del cristiano o del musulmán o del budista? La fe o su ausencia. ¿Y es inteligente dividir a los hombres y mujeres del mundo en creyentes y ateos? Si es repudiable discriminar a los negros o a los asiáticos por sus características étnicas en oposición al blanco europoide, y a la mujer por su sexo, llamado débil, con respecto al del varón, o el varón con atracción hacia otro varón, si discriminarlos es repudiable, repito, es de igual forma condenable  echar a un lado de la raya al creyente y hacia el otro al  ateo. De esa operación discriminadora se obtiene un resultado: la división artificial de las fuerzas del progreso.

¿Y qué ventaja posee el ateo por sobre el creyentes? Ah, ¿acaso el desvirtuado apotegma de Marx de que la religión es el opio del pueblo? El jurista y filósofo cubano –ya fallecido- Julio Fernández Bulté en un artículo titulado genéricamente Socialismo y Religión, fechado en el 2000, demuestra cómo se ha asumido, con crédito de programa y una definición “ex catedra”, la frase de autor de El capital, sin tener en cuenta su contextualización epocal y geográfica. Marx no se refirió, según el doctor Fernández Bulté, a la religión en general, sino que “es a esa versión concreta de aquella religión supuestamente criticada por Hegel a la que califica de opio del pueblo”. Este trabajo pueden confrontarlo en “Futuro del socialismo y religión cristiana en Cuba”, libro de varios autores y que publicó la editorial Nueva Utopía, en Madrid.

Mal opio podría ser, pongo de ejemplo, una religión, como la cristiana católica, que en América Latina ha inspirado a laicos, sacerdotes y obispos a luchar  o morir  por la liberación de los pobres: Oscar Arnulfo Romero, Camilo Torres, Guillermo Sardiñas, Ellacuría, Espinal, Helder Cámara. El cristianismo fue una religión que, en sus inicios, hace  20 siglos, empezó a erradicar y cambiar los conceptos sociales fundamentados en la opresión. Me enviaste un esclavo y te devuelvo un hombre, algo así dice san Pablo a uno de sus discípulos. El cristianismo fue una revolución –la primera gran revolución espiritual- de la humanidad, y comenzó por liberar interiormente  a los seres humanos, con lo cual confirmó que la libertad surge dentro del hombre, porque primeramente  necesita personalizarse: para ser libre se precisa querer serlo. Voluntad de ser libre. Impulso de la subjetividad. ¿Podemos dudar de que todo cuanto advino después en el plano ideológico de Occidente está humedecido por el cristianismo, a pesar de torceduras y agravios institucionales?

Malos socialistas podrían  ser cuantos conciban un proyecto de sociedad que no reconoce, ni respeta las tendencias y las pasiones humanas. O que se funda intentando unificar, globalizar la conciencia individual e imponer una cosmovisión que, a la larga, por su encarnizado fanatismo se convierte en una confesión. De qué, pues, estamos hablando. ¿De perder el tiempo? ¿De restar en lugar de sumar? Nos dedicamos a criticar, ofender, insultar las creencias y a los sacerdotes y jerarcas de unos hombres y mujeres que deben de ser nuestros aliados, mientras los países poderosos de occidente bombardean países pequeños, derrocan gobiernos, amenazan a otros países, incluso a Cuba, y  desmenuzan al planeta con el maltrato contaminante  de modo que nadie puede discernir dónde naufragará la nave humana.

Habrá que percatarse también de que, políticamente, lo esencial para lo correcto o lo incorrecto es la afiliación a uno de los dos bandos que, según José Martí, se dividen los hombres: el de los que aman y fundan y el de cuantos odian y destruyen. En ambos grupos se mezclan ateos y creyentes. Si fuera necesario fragmentarnos habría que hacerlo poniendo a los que aman la paz y la libertad de esta parte de la barricada y a los que la odian y persiguen del otro lado.  Solo así estaríamos actuando acompañados de la escurridiza deidad de la razón.  

Consideremos, por tanto, que si hemos de respetar al creyente, respetemos igualmente sus símbolos y valores. La visita del Papa Benedicto XVI, aparte de su significado religioso, tiene un sentido político. El papa es también el  jefe de Estado del Vaticano. Y en términos prácticos, su presencia en nuestro suelo es un respaldo y un reconocimiento a Cuba y a su Gobierno.