Blogia
PATRIA Y HUMANIDAD

Política

DEBATE… SIN EL BATE

DEBATE… SIN EL BATE

Luis Sexto

Publicado en Juventud Rebelde

Por este o por aquel lado de Cuba se debate sobre el debate. Y la recurrencia de litigios, sobre todo electrónicos, avisa de que tanto como con el trabajo honrado, la justicia social, o la educación rigurosa, la salud política de una sociedad se conserva y se depura también con la discusión.

El debate merece dos calificativos para definir sus ventajas: útil e imprescindible. No todos, sin embargo, estamos convencidos de la urgencia de discutir. Quizás  medio  siglo levantando la mano y exaltando la unanimidad, también considerada necesaria en circunstancias de resistencia, disminuyó nuestro interés por enjuiciar democráticamente aspectos trascendentes del discurrir ciudadano.  Pero ese argumento sólo podría integrar parte de una explicación sobre nuestras insuficiencias para confrontar ideas. Como trataré de demostrar, influye otro factor.

Veamos. En torno a un terreno de  béisbol abundan las “esquinas calientes”.  Tanto empuje y razón contienen  muchas de las infinitas opiniones y sugerencias de los aficionados,  que a veces conducen a rectificar decisiones contraproducentes en la organización  beisbolera. Pero admitamos que también en esta discusión deportiva, el manoteo y la algarabía indican  incapacidad para litigar razonablemente, con ingenio y argumentos. Carecemos de flema y humor para devolver limpiamente una estocada.

De esos rasgos y recursos enumerados con visión humanista y no sociológica, lo peor es  el insulto. Clasifica como una de las pruebas primordiales de que muchos cubanos carecemos del talento para debatir. El insulto suele teledirigirse como nuestro mejor argumento. Porque cuando las ideas o las palabras no nos alcanzan, invalidamos al oponente poniendo ante el ventilador un cartucho de desechos.  Y así preferimos vencer por “nocaut”, aunque con un golpe bajo.

Probablemente, el insulto y la descalificación vengan siendo, pues,  como aristas del choteo que Jorge Mañach clarificó hacia los 1920. El choteo, de aparición intermitente, equivale a reír ante lo que no entendemos, y también a descoyuntarnos en protestas ante lo que no aceptamos ni queremos razonar, para emparejarnos insolentemente con quien se nos va arriba en razón o en elocuencia.

Más de una vez he repetido que don Fernando Ortiz, a principios del siglo XX, se refirió a nuestra alergia crítica en un libro titulado Entre cubanos. Esta tipología alérgica se desencadena por causas tan baladíes como que un comentarista, en función de su papel, nos señale un error en lo dicho, lo hecho  o lo escrito. Y no solo sofoca o enrojece la piel. A veces esta alergia causa sordera. Y por tanto nos negamos, entre movimientos de cabezas o manotazos al aire, a escuchar la posición del otro. Casi cada uno de nosotros suele creerse partero y portero de la verdad.

Lo mismo pasa con la libertad de expresión. Si es mi libertad, bien, compañeros. Ah, pero si es la ajena, su queja o la tuya oprimen mi derecho a obrar aunque ofenda a mis semejantes. Ignoramos, con la más impune de las sinrazones, que una opinión, una generalización, incluso una obra literaria o teatral, la letra de una canción, indecorosamente expuestas o compuestas pueden lastimar la sensibilidad  de otros. ¿Tendremos  acaso que ubicar carteles en todo el territorio del archipiélago para deletrear, como en una cartilla ética, que la libertad y el derecho de una persona terminan donde comienza la libertad y el derecho de los demás?

No obstante esas limitaciones, urgimos del debate. Y estamos forzados a respetar el derecho ajeno y a oír también lo que nos disgusta, en una discusión honrada, patriótica sobre lo que aqueja o sobre lo que hemos de hacer por la nación. No la considero tan endeble como para estremecerse cuando dos criterios  se confrontan. Por el contrario, el país gana amplitud, certeza democrática y se aproxima a la unidad diversa. La vocación política del debate  establece oír y respetar las distintas voces. 

Y por su naturaleza social, el debate exige además una forma que preserve la dignidad de cuantos juzgan el acontecer de manera distinta.  O dudan. O no comprenden. Por ejemplo, en cuarenta años de ejercicio periodístico, lectores o radioyentes me han bombardeado por una o dos de mis opiniones. Y antes como ahora, casi todos mis contradictores, en sus cartas o artículos, han resuelto la querella llamándome crítico trasnochado. Imaginen: trasnochado yo, que duermo siete horas diarias. Religiosamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la mentira al mito: corrupción política, racismo y apatía cívica

De la mentira al mito: corrupción política, racismo y apatía cívica

¿Importancia de los hispanos en las elecciones presidenciales en los EEUU?

Por Pedro González Munné*

Las elecciones presidenciales, como todo el proceso político en los EE.UU es un oneroso circo. Los candidatos se pasean por el inodoro multicolor de la televisión norteamericana, esparciendo discursos mendaces elaborados por puntillosos artífices de la publicidad, diseñando desde el color del maquillaje del personaje, hasta los biotipos y atuendos de las personas utilizadas en el trasfondo para el encuadre perfecto de la cámara.

 Lo revelador es que el norteamericano promedio espera esto de sus candidatos y mientras la alta definición de la televisión permite disfrutar en detalle de los macabros espectáculo de programas de violencia y crimen morbosamente elaborados, las pantallas se llenan de estas presentaciones con los cotidianos tratantes de ilusiones y sus morrales de promesas incumplidas.

 Los números de las encuestas muestran hoy a los hispanos votando o prometiendo apoyar a un candidato y a otro, mientras en la realidad que de los más de 52 millones de hispanoparlantes en los EE.UU contados por el Censo1 –si contar otro 10% extra al menos de indocumentados-, menos de la mitad podemos votar, o sea 23.7 millones2.

  Lo grave no es eso, sino que solamente el 21%, o 10.9 millones, están inscritos para votar.

  En el 2010, apenas 6.6 millones votamos, lo cual implica solamente un 12.7% de la población de hispano parlantes que pudieran participar en el sufragio, o sea muchísimo menos que los negros y por supuesto, los blancos norteamericanos.

 Otra parte de la tajada radica en que la inmensa mayoría de esos posibles votantes (75%) nacieron aquí, en los Estados Unidos, sobre todo en familias de origen mexicano, lo cual nos hace caer en otro aspecto del mito del votante hispano.

 Esta mayoría silenciosa3 tan traída y llevada en las noticias, comentarios y barraje de falacias de la prensa norteamericana se caracteriza por la indiferencia ante el proceso político, sobre todo tomando en cuenta de que la prioridad para un hispano en los EEUU es encontrar trabajo y mantener a su familia, uno de los retos mas importantes en estos momentos de crisis económica.

 Encontrar un trabajo, poder estudiar, no ya al nivel universitario, sino un oficio bien pagado, se convierte en doblemente difícil cuando te apellidas González o Martínez. El racismo existe y es mucho más radical contra nosotros, las personas pardas4, como nos calificara el viejo Bush, aquel Presidente que fuera de la CIA y trabajara con Richard Nixon –otro Presidente mentiroso que echaran de la Casa Blanca-, hablando de su propio nieto, hijo de mexicana.

 Cifras recientes del Gobierno federal norteamericano declaran que el desempleo en este mes de Octubre supera el 12% entre los jovenes entre 18 a 29 años de edad y en los hispanos alcanza el 13.4%. Aparte de ello 1.7 millones de jóvenes adultos no se cuentan como desempleados por el Departamento de Trabajo federal, porque, sencillamente desistieron en su búsqueda de un empleo5.

 Por lo tanto ¿qué interés puede nuestra gente en participar en un proceso político al cual no le ven beneficio inmediato para sus vidas?

 Y esas las preocupaciones reales de la gente, lo cual ninguno de los candidatos ha respondido a satisfacción, apenas a unos días de las elecciones y luego de maratónicos espectáculos, en once meses de intenso proselitismo entre comunidades blancas y urbanas, media docena de debates republicanos, entre enero y junio, las dos grandes convenciones partidistas -demócrata y republicana-, y finalmente, los tres debates presidenciales entre Obama y Romney.

 En el caso de los cubanos es totalmente diferente, pues se declaran masivamente republicanos (70% de los votantes están registrados así en el municipio Miami-Dade, donde radica la mayoría, un 73%, o sea, 392,799 votantes), sobre todo las personas mayores, las cuales son el ganado electoral6 del sur de la Florida.

  Este grupo, controlado por una generación perversa, amputada por el bisturí del poder revolucionario cubano en los 60, implantada como cáncer malvado, con sus acólitos, gurús y putas en una ciénaga insalubre, con toda malicia bien lejos de las ciudades blancas de los Estados Unidos, en lo cual se conoció desde entonces como Mayami7, implica gran parte de los 1,207,020 votantes inscritos, de los cuales son de origen latino el 52 por ciento.

  La mayoría cubanoamericanos y un gran pedazo de ellos el ganado electoral, integrado por pobres viejitos retirados nacidos en la isla, adoctrinados cotidianamente por la radio latina con el tema de Castro y Cuba, temerosos de perder su magra ayuda de Gobierno si no siguen las instrucciones de los sargentos políticos8 que medran en sus barrios9.

  Un punto importante en este tema ha sido el crecimiento considerable de las llamadas boletas ausentes10 en los últimos diez años, las cuales hoy suman 173,211. Diseñadas para las personas que por serios problemas personales o de enfermedad no podían acudir a las urnas el día de las elecciones, se han convertido en clave de la maquinaria política local, la cual las vende a los políticos a $50 por cabeza.

  Otro grupo importante de votos controlados son los viejos latinos, sobre todo cubanoamericanos que sobreviven en los comedores y centros de ancianos pobres, ubicados en su mayoría en las zonas depauperadas Pequeña Habana y Allapatah en la ciudad de Miami. Como dato significativo la hermana del actual alcalde del Condado [municipio] Miami-Dade, la señora María Cristina Penedo, controla 11 de estos centros de ancianos y su socia es Josefina Carbonell, quien fuera asistente del congresista federal Lincoln Díaz Balart, el cual renunciara recientemente, vinculado a un proceso de lavado de dinero de la droga11.

  Solamente en Miami se dan estas componendas y todavía hay quien se asombra que salgan electos los mismos políticos corruptos que han destruido esta comunidad y cuyo caballo de batalla es mantener el embargo a Cuba para luego exprimir los fondos federales destinados a las llamadas organizaciones exiliadas por la libertad12, las mismas que chantajean, aterrorizan y mantienen subyugado a este ganado electoral.

  A estos viejitos los transportan, si no votan con boletas ausentes por quien les dicen los sargentos políticos de barrio, en los ómnibus del sistema escolar local, les dan un refresco y un pan con algo, con una tarjeta con los números que tienen que ponchar en su boleta para elegir a quienes determina la maquinaria política local.

  Señores, esto es pura democracia representativa al estilo norteamericano, quien lo dude, que venga y lo vea13.

 

*Periodista cubano emigrado. Cuatro Premios Nacionales de Periodismo en Cuba, Vanguardia Nacional del Sindicato de los Trabajadores de la Cultura de Cuba. Seis libros publicados, uno en preparación.

 

Bibliografía utilizada:

 

1        Census Bureau Homepage, Varios en www.census.gov

2        Pew Hispanic Center, Varios, en www.pewhispanic.org

3        Gratius, Susana (2005). El factor hispano: los efectos de la inmigración latinoamericana a EEUU y España. En www.nuevamayoria.com

4        Groer, Anne (1988). Bush of His Grandkids: ‘The Little Brown Ones’ [Bush sobre sus nietos: Los pequeños pardos, (Trad. Del Autor)]. Agosto 17, 1988. En: Orlando Sentinel, Orlando FL. http://articles.orlandosentinel.com/1988-08-17/news/0060200254_1_jeb-bush-grandchildren-president-george-bush

5        PR Newswire. 12.0 Percent unemployment for young americans as presidential election nears [12.0% de Desempleo entre los Jóvenes norteamericanos mientras se acercan las elecciones presidenciales (Trad. Del Autor)]. http://money.msn.com/business-news/article.aspx?feed=PR&Date=20121102&ID=15748610&topic =TOPIC_ECONOMIC_INDICATORS&isub=3

6        González Munné, Pedro (2012). Ganado Electoral. en El Color de la Mentira. pp. 129-131. Ed. Letra Viva, Coral Gables, FL

7        González Munné, Pedro (2012). Los Sísifos de Miami en El Color de la Mentira. pp. 97-98. Ed. Letra Viva, Coral Gables, FL

8        Sargentos políticos es un concepto de personas que a nivel de barrio o comunidad se dedicaban en la época de la Cuba republicana (1902-1959), como parte de la corrupción política existente en el país a obtener votos sobre la base de coacción, promesas de favores o dinero [Nota del Autor].

9        Obra citada, ver 6.

10     Boletas ausentes [Absentee Ballots], son las boletas entregadas por correo o personalmente a los votantes que no pueden acudir a las urnas los días de votación, por estar ausentes de su residencia o tengan otra razón para no presentarse a la elección.  [Nota del Autor].

11     Obra citada, ver 6.

12     González Munné, Pedro (2004). Las 30 monedas del exilio en Rehenes del Odio. pp. 18-19. Ed. Letra Viva, Coral Gables, FL

13     Obra citada, ver 6.

NOTA AL MARGEN:

¿POR QUÉ HABLAN MAL DE OTROS SISTEMAS ELECTORALES?

El sistema electoral estadounidense es indirecto, lo que implica que el presidente y el vicepresidente son elegidos por un Colegio Electoral y no por los ciudadanos de forma directa.

En las elecciones presidenciales, los estadounidenses eligen a los electores que los representarán en el Colegio Electoral. El Colegio Electoral está integrado por 538 electores, por lo que se necesita una mayoría de 270 votos para ganar los comicios.

Cada estado y el Distrito de Columbia tienen representación en el Colegio Electoral. California es el estado que más electores tiene, con 55, seguido de Texas con 38 y Florida y Nueva York con 29, mientras que Alaska, Washington D.C., Delaware, Montana, Dakota del Norte y del Sur, Vermont y Wyoming solo tienen tres.

La mayoría de los estados tiene un sistema en el que el ganador se lleva el total de los electores, sin importar la diferencia por la que se imponga. Solo Maine y Nebraska tienen un sistema de representación proporcional.

Concluidas las elecciones, los electores se reunirán el 17 de diciembre en cada estado para votar al presidente y vicepresidente.

El 6 de enero, el Congreso se reunirá para contar los votos de los electores. El vicepresidente, en su papel de presidente del Senado, es el encargado de anunciar al ganador.

 

LAS COSAS POR SU NOMBRE

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Luis Sexto

 

 

 

 

 

 

 

Las personas y las cosas se conocen por un nombre y también por dos o tres más que resultan sus sinónimos. Sinónimos que no cambian la esencia del objeto o de la persona. Eres quien eres aunque te llames Francisco y te digan Pancho. Eso está claro. Pero otras veces el equívoco nos burla, se ríe de nuestra irreflexiva imaginación, de nuestra escasez de perspicacia. Al parecer, asumimos una conducta acomodaticia, escurridiza, un estar quieto para ver qué pasa.A ese extraño ropón, que intenta ser transparente para ocultar bajo la luz las manchas, lo hemos llamado doble moral: esto es, decir y luego hacer lo contrario; acatar y luego olvidar o cumplir mal, comprometerse y cruzar los brazos… En fin, es viejo el recurso de las apariencias, el simular para defendernos y a veces para engañar o dañar.

Pero si la doblez es perversa, lo peor se remite a que las máscaras se conciertan en una comunidad de intereses. Y la mano izquierda lava la derecha y la derecha a la izquierda, y ambas lavan la cara… Ello, lo sabemos, conspira contra el socialismo; más bien lo niega y lo desacredita. A veces reprochamos a los ciudadanos comunes que acudan a fórmulas individualistas, las infinitas truculencias con que incrementan un salario corto o disminuyen su incapacidad para pagar unas cuentas largas. Y les reprochamos un afán consumista que estimamos se empalma con los peores apetitos del capitalismo. Pero si estoy en contra de todo cuanto pervierta la conciencia social, no considero correcta una crítica que soslaya las necesidades irresueltas y que habla de consumismo cuando el consumo está deprimido. Esa postura de juzgar los actos humanos desconociendo el perfil de la escena en que se mueven los actores, viene siendo la causa de que cualquier opinión honrada pierda filo, agudeza, y se sume, tal vez sin pretenderlo, al cuartón de la doble moral. ¡Ah, mira a este!, podría decir el ciudadano agobiado ante una recriminación inconsistente con la vida y la verdad.

Tendré que aclarar que no justifico, sino me explico. E intento sugerir, una vez más, que la propaganda no sustituye a la política. Ni la retórica a la acción creadora. Y si un número innombrable de personas estruja la legalidad y retrasa su virtud, no nos quedemos solo en la gente común, en los que trabajan y se subordinan. Me lo advertía un lector muy inteligente: Hay que enfocar con ese reflector también a cuantos se dedican a administrar. Muchos de los defectos y deficiencias del empresariado o de la esfera administrativa se remiten a que, en estas circunstancias materiales tan severas, se han aprovechado de unas facultades a veces sin fiscalización y reorientan los intereses que representan hacia sí mismos. Por tanto, el periodista que soy pregunta: ¿Podrá ser inconveniente andar por esas calles de Dios y oír comentarios y confesiones disímiles? ¿Será dañino escuchar que algún responsable de más arriba viene a inspeccionar el domingo —¡de lejos; qué sacrificio!— y luego, hecho el trabajo muy rápido, aprovecha el viajecito y se desvía hacia Varadero u otra playa, o perjudicará enterarnos de que, en este sitio donde algunos cuadros fueron removidos, solo los trasladaron de cargo, porque, en fin, las manos se lavan unas a otras?

Todo ello forma parte de esa fórmula de cambiar el nombre a las cosas y asignarles el que no les corresponde. Y exigir viene siendo como gritar y dar la espalda, y controlar equivale a recitar una consigna, y tomar medidas indica moverse hacia un lado y esperar a que los vientos del rigor se aplaquen. Concluyamos, pues, que si la actitud de los trabajadores que hurtan recursos de su centro de trabajo, o se prostituyen, y creen que están luchando legítimamente por sí mismos, significa un riesgo para la honradez colectiva, es también igual de peligroso que quien dirija la asamblea limite la palabra y prohíba hablar de cuanto a él no le conviene, o cobre con represalias, en el espacio remoto del municipio o del centro laboral, la denuncia pública.

Ustedes lo saben: me he negado como norma ciudadana y profesional abusar del privilegio de escribir y publicar. Y por tanto no intento enrarecer el clima moral de mi país. Quisiera que mis lectores vean en estas palabras, en esta solidaria advertencia de una voz en el camino, la garantía de que, por muy oscuro que sea el momento, las luces de lo más justo, equilibrado y revolucionario de nuestra sociedad está en vigilia. Y el periodista es solo un instrumento al que solo se le debe prohibir cambiar el nombre a las cosas. (Tomado de Juventud Rebelde)

 

LA FRENTE LEVANTADA

LA FRENTE LEVANTADA

Luis Sexto

Mantengo una deuda: nunca he escrito de los Cinco. La recuerdo  cuando  hace más de un mes, el se cerraron 14 años del arresto de Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René, eslabón inicial  de lo que pudiéramos llamar su cruzada patriótica, no por salir de una prisión injusta y vengativa, sino por hacer visible y vigente el derecho de Cuba a existir como nación independiente y justa.

Se lo confesé a Elizabeth Palmeiro: Estoy en deuda. Nos encontramos por primera vez, cuando, al ir hacia la Plaza de la Revolución donde yo cubriría como periodista la misa de Benedicto XVI,  topé con los familiares de los Cinco. Durante el centenar de metros que nos separaban de nuestros respectivos lugares en la liturgia, tuve vergüenza de mí mismo. Y Elizabeth, esposa de Ramón, me dijo que no importaba, porque los Cinco, en cambio, recibían mis escritos y sabían de Cuba también por mis enfoques. Entonces, le respondí, es doble mi deuda. Y ahora, cuando me decido,  me pregunto qué he de decir, si sólo de los Cinco conozco la información de todos los días, sólo como lector inquieto por el destino de sus compatriotas.

Ah, pero de pronto recuerdo que recientemente leí El dulce abismo,  libro que no repite, sino revela. Y los Cinco se nos muestran en la intimidad, se descubren en sus cartas a esposas e hijos, se desnudan en páginas de diarios y a veces en poemas colmados de sensibilidad sangrante.  Es un libro que  remueve y conmueve el alma de los lectores. Y empecé, por tanto,  a mirar de modo más entrañable, menos informativamente, el caso de los cinco compatriotas condenados en los Estados Unidos por preservar a Cuba del terrorismo fabricado en placentas de Miami. A veces, uno se habitúa a oír la verdad, y de pronto la verdad, por oírla o decirla maquinalmente, se nos difumina, se nos aleja.

 Lo digo convencido: Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René -incluso René, que aunque en una casa, en Miami, aún no está libre- necesitan nuestro cotidiano y solidario  pensamiento. Tanto pensar equivale también a tanto desear, a tanto acompañar, a tanto actuar. ¿Podemos ignorarlo?  Desde 1998  los nombres de los Cinco han sido sinónimos de entereza, de integridad ética y política. Sabemos que si los Cinco han sufrido por haber defendido a Cuba en territorio hostil, también sabemos que han sabido sufrir convirtiendo la pena en escalera. Y hemos aprendido a admirarlos y a quererlos. Uno incluso se ha llegado a preguntar si en caso parecido podría igualarlos en la valentía, en la abnegación y en la capacidad de servir.

 Ahora, en la primera  reimpresión de la edición de 2004, El dulce abismo, con presentación de la escritora norteamericana Alice Walker y con prólogo de la poetisa Nancy Morejón, vuelve a dibujar una imagen más cercana y palpable de los Cinco. Y por ello lo he leído en una posición devota. He leído este libro como de rodillas, sintiendo crecer a cada línea  mi respeto asombrado por estos cinco compatriotas que han preferido la cárcel, a veces cárcel interminable según las condenas,  a la comodidad de la queja o del cansancio o del arrepentimiento que solo pueden inspirar compasión. Y la compasión no es sentimiento que ninguno de ellos agradecería. Viven satisfechos de sí mismos.

Esto subrayé en una carta de René a Olga: “Nadie se dará el gusto de decir que logró hacer de nosotros unos resentidos por habernos sometido a su odio inútil. Si acaso me faltara decirte algo sería el darte las gracias por tu amor, por tu apoyo…”  De Tony, esta estrofa: “Regaré la alegría desmedida/ de quien sabe reír humildemente. / De este a oeste levantaré la frente/ con la bondad de siempre prometida”. De Fernando, mi lápiz remarcó estas frases: Rosa, hay en ti esa heroicidad anónima, esa comprensión  sin palabras, esa entrega incondicional a la causa (…) Escogí el camino que yo quería seguir y sabía a lo que me exponía  y por qué lo hacía (…) Escuchar tu voz en el teléfono es como recibir una de las noticias que tanto extraño y que estoy seguro que tendremos tiempo de compartir por muchos años en el futuro”.  

De Ramón, sobresalen estas normas a sus hijas: “Sean fuertes, muy fuertes para vencer siempre con una sonrisa en los labios cada tarea que enfrenten en la vida. Por mí no teman, estoy bien y soy fuerte, mucho más ahora que me acompañan ustedes, todo mi pueblo y la dignidad del mundo”. Y de Fernando a Adriana, estas palabras que nos lo ponen a nuestro lado y a la vez nos lo alzan como un hombre excepcional: “ (…) Cuando me pongo a hacer el recuento de mi vida no puedo separarme de ti ni en el recuerdo, me parece que estabas conmigo en preescolar, y en la escuela al campo, y en todos lados (…) Nosotros tenemos lo más importante, mi niña, nos tenemos el uno al otro, tenemos este amor inmenso que ha superado todas las pruebas, a partir de este punto, podemos lograr cualquier cosa”.

Al leer estos textos tan personales y familiares, me ha emocionado singularmente la sensibilidad de los Cinco y su preparación, su cultura. No hay en este libro una palabra, una línea tocada por lo cursi o lo superficial. Ni por la violencia, ni la ira. Hay en todas estas páginas un desprendimiento hondísimo que  hace a los Cinco olvidarse de sí mismos para presentarse con una sonrisa que lleve a los seres queridos la paz, como si dijeran: Estamos bien, contentos de ustedes. No sé, de pronto,  qué distingue a los Cinco, qué los nutre. Y luego comprendo que en Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René habita la vivencia fundamental de nuestra historia: haber  discurrido de abismo en abismo y aún se sostiene en pie y en equilibrio, sin mirar hacia abajo. Solo hacia arriba.

Mis letras, por impotentes,  no terminarán con los intereses y las ideas, resecos de toda humanidad, que se frotan las manos de placer sabiendo a los Cinco encarcelados. Ni siquiera el odio que atizan es lúcido, es decir, capaz de ver que cuanto más dura y larga es la prisión, las personas honradas de los Estados Unidos y el mundo se van percatando de  que para tener a  Gerardo, Tony, Ramón, Fernando y René presos, una borrascosa conciencia, nacida y criada en el país que se envanece de su libertad, ha tenido que violentar  leyes y  precedentes judiciales  y   pagado a periodistas para influir en el jurado; y fiscales, mentir y desestimar las pruebas de la defensa; y los jueces, ceder su independencia. ¿Qué más podrían hacer para saciarse y mostrar a los cubanos honrados de aquí y de allá cuánta facultad tienen los enemigos de la revolución y la patria para generar dolor e injusticia? ¿Volverá a crecer la hierba por donde pasen?

Los Cinco, tan pocos que caben en una mano, pueden regalar decoro a muchos hombres indecorosos. Y aún levantarían la frente y mostrarían la estrella mirando hacia arriba,  hacia el dulce abismo donde crecen. (Tomado de Cubahora)

LA VERDAD Y LOS ESPEJISMOS

LA VERDAD Y LOS ESPEJISMOS

Luis Sexto

Los que aún insisten en que Cuba poseía una de las economías “más envidiables” de América antes de 1959, se exponen  al destino de la mujer de Lot: convertirse en estatuas de sal. Pero la culpa no radicaría en voltear la cabeza, sino en no ver lo que deberían  ver. Al mirar atrás, sólo una visión de clase media que habla de la feria según le fue en ella o una voz que resuene como caña hueca al batir del aire, desconocerían que aquella  república se asfixiaba entre llamas.

Tal vez volvamos a repetir,  acudir a ese “más de lo mismo” del que se quejan quienes nos ofrecen también “más de lo mismo” cuando responden  empleando argumentos refritos  en  la grasa agridulce de la fábula. Hablar, desde luego, no es escribir.  Y  a veces se escribe lo que se habla. Y por tanto en ese traslado maquinal de lo dicho a lo escrito,  ese dejar correr que decía Luz y Caballero consistía el hablar, se da por supuesto que afirmar algo es suficiente para estar seguro de que se dice la verdad: no necesita demostrarse.  Por mi parte,  prescindo del “yo creo”, “me parece”, para asegurar que la economía cubana de los 1950 y antes no era ni envidiable, ni envidiada. Y puedo alegarlo basándome en la experiencia: mi familia no pertenecía a la clase media, ni leía Life, ni Diario de la Marina, ni iba a Varadero, ni comía en un restaurante. Ni siquiera compraba una “media noche surtida”. Y si tuve educación fue gracias a una tía  paterna cuya relación con los Padres Salesianos le facilitaron conseguir una beca de la Corporación de Asistencia Pública para su sobrino aficionado a la lectura.

Pero para evitar en mis confesiones los espejismos de la subjetividad, vayamos, pues, a los fundamentos documentales, para que se comprenda por qué aquel tiempo pasado no fue mejor. No seré original. Simplemente recordaré lo que se olvida con mucha premura, porque el enjuiciamiento del pasado también depende de la posición social de ayer, y la ideología y los intereses del presente. Citaré, pues, la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU), titulada Por qué reforma agraria aplicó entre la población rural de Cuba entre 1956 y 1957.

No agobiaré con cifras. Daré zancadas; aprehenderé esencias. Y la primera frase apodíctica que resume la encuesta de la ACU es la siguiente del doctor José Ignacio Lazaga, a quien conocí como psicólogo y en aquellos años sobresaliente laico católico. En una de las reuniones sobre el proyecto de la encuesta, dijo: “En todos mis recorridos por países de Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano”.  La presentación de la encuesta -que se realizó para alertar sobre el peligro del comunismo si la situación de pobreza continuaba- describe en otro de sus párrafos: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer.”  Y esa situación se ilustraba con el siguiente dato: “La población trabajadora agrícola que se puede calcular en 350, 000 trabajadores y  dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual de 190 millones de pesos. Es decir, que a pesar de constituir el 34 % de la población, sólo tiene el 10 % de los ingresos nacionales”.

Los organizadores de la encuesta –muchos de los cuales emigraron posteriormente, al triunfo de la revolución, confirmaron sus datos con los del censo de nacional de población y vivienda, de 1953. Por ejemplo el muestreo  de la ACU registró que el 89.84 % de los encuestados se alumbraban con luz brillante, es decir kerosina, y en el censo aparecía  85.53%. Y si el 88.52% bebía agua de pozo, el censo rodaba la cifra con 83.59%.

En el aspecto de la alimentación basta estros números: “Solo un 4% menciona la carne como alimento integrante  de su ración habitual. En cuanto al pescado es reportado por menos del 1%. Los huevos son consumidos por un 2.12% de los trabajadores agrícolas y solo toma leche un 11.22%. En cuanto a la salud, “presuntamente un 14 % padece o ha padecido de tuberculosis”.

Hasta ahí, el testimonio de la Agrupación Católica Universitaria. Los interesados en confirmarlo o ampliarlo que entren en esta dirección donde aparece, editado por José Álvarez, profesor de la Universidad de la Florida, el folleto de la ACU, que aparte de en mi biblioteca doméstica, estará también en la del Congreso de los Estados Unidos: http://rtvpress.com/Documents/Censo%20agrup%20catolica%20unic-Cuba.pdf

Y hay más. Porque son disímiles los textos que desmienten los  calificativos de envidiable, boyante, asignados a la economía cubana antes de l959. Las Memorias del censo agrícola de 1946, y medios de prensa como Bohemia,  acusan la dependencia económica, la concentración de la propiedad y la injerencia extranjera en nuestra economía. El censo agrícola del 46 demuestra que  “los propietarios de más de 500 hectáreas sólo representaban  el 1,5 % del número de fincas y eran poseedores  del 41.7% de la superficie total”.

La economía cubana de esos años habrá que añadirle el monocultivo que convertía a Cuba en país monoexportador, pues en 1948, según  escribió el experto Raúl Cepero Bonilla en el periódico Tiempo en Cuba, el azúcar componía el 80% de las exportaciones cubanas. En suma, supeditación a un producto, con todo lo que ello implicaba de retraso industrial y agrario, y el sometimiento al fundamental mercado de los Estados Unidos, con su secuela de dependencia política y económica.

Automóviles del último año, lujosos hoteles y casinos administrados por la mafia norteamericana – ¿o no lo confirman la residencia permanente de Mayer Lanski, George Raft, y hasta de Lucky Luciano por unos meses en Cuba?-,   y 100 000 prostitutas sirviendo en todo el país las apetencias sexuales,  no suponen una economía boyante. Más bien, como dije, esa valoración parte de la clase media y alta, compuesta por 550 grandes propietarios, según el diccionario Los propietarios en Cuba en 1958, de Guillermo Jiménez y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2008. Ellos, y sus empleados y los empleados de los ingenios azucareros u otras empresas extranjeras,  y los  poseedores de laboratorios, talleres, publicitarias, tiendas, pequeñas fábricas, podrían hoy enjuiciar a aquella Cuba con una nostalgia que solo echa de menos el espacio individual y familiar y la inserción más o menos cómoda, en aquella economía distorsionada y controlada en sus resortes básicos por el capital extranjero.

Ahora bien, para hablar de política, como ha dicho el teólogo brasileño Leonardo Boff, hay que partir de una perspectiva ética, reconociendo la verdad. De otro modo, el debate no tendrá sentido. La revolución cubana quiso cambiar aquel cuadro. Y en parte lo hizo: al menos, en lo que respecta a la justicia social, enseñó a leer y a escribir a un 30% de analfabetos; trazó el 60% de las carreteras; elevó el promedio de vida a 76 años; eliminó enfermedades endémicas; graduó a más de medio millón de universitarios; diversificó la producción agrícola e industrial; electrificó el 95% del territorio del archipiélago. Mucho se deterioró o se construyó mal. Y no lo niego. Por la parte de acá, el modelo fue errado, un modelo impuesto por una circunstancia ineludible: Si Estados Unidos levantó el pie y alzó la mano amenazando miedo, el Gobierno Revolucionario tuvo que aceptar la mano que le echó  la Unión Soviética.

A mi parecer, el divorcio entre los que se oponen  a la persistencia de los ideales de la revolución y cuantos los apoyan,  se resuelve en esta operación: de aquel lado, exaltan un pasado que para ellos merece la vuelta atrás, y  para nosotros, impedirlo será siempre la gran conquista. Nosotros hablamos de reconstruir una economía próspera en   justicia social e independencia. ¿Y los demás?

 

 

 

 

 

 

 

LA DERECHA ESTÁ DEL LADO OPUESTO AL CORAZÓN

LA DERECHA ESTÁ DEL LADO OPUESTO AL CORAZÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CHÁVEZ, LOS MENTIROSOS Y EL INFIERNO DEL DANTE

Por Atilio Boron

ALAI AMLATINA, 09/10/2012.- En La Divina Comedia Dante Alighieri describe con artesanal minuciosidad los diferentes círculos del Infierno. Son nueve, pero nos interesa el octavo porque es el que está destinado a castigar a los mentirosos, entre los cuales sobresalen los malos consejeros, los charlatanes y los falsarios, gentes que mienten a sabiendas y sin escrúpulo alguno. Si el gran florentino tiene razón en su descripción las recientes elecciones venezolanas sumaron una enorme cantidad de candidatos a penar para siempre en ese círculo infernal.

Pocas veces nos tocó soportar tanta cantidad de mentiras como las que leímos y escuchamos en estos días. La “dictadura chavista”, “ataques a la libertad de expresión” en la República Bolivariana, el “fraude electoral” fueron algunas de las más recurrentes en el fárrago de acusaciones descargadas sobre Chávez con tal de impedir su inexorable victoria.

¿Por qué tanto odio, tanta sed de venganza que hizo que políticos y comunicadores sociales que supuestamente deberían caracterizarse por su equilibrio y sensatez se convirtieran en voceros de las peores calumnias en contra de este personaje? La razón es bien sencilla: mienten porque los intereses de clase que representan, asociados a –y articulados políticamente con- los intereses imperiales exigen borrar al chavismo de la faz de la tierra, y para ello cualquier recurso es válido.

Venezuela, que encierra en sus entrañas las mayores reservas petroleras de la Tierra, es una presa que suscita los apetitos incontenibles del imperio, impaciente por reapropiarse de lo que una vez fue suyo y dejó de serlo por obra y gracia de Chávez. Como se trata de un propósito inconfesable, por ser un simple acto de latrocinio, se requiere apelar a retorcidos argumentos para que el delito aparezca como un acto virtuoso.

Por eso los mentirosos tienen que decir que el chavismo instauró una "dictadura" en un país que desde 1999 hasta ayer convocó a su población a las urnas en quince oportunidades para elegir autoridades, diputados constituyentes, miembros de la Asamblea Nacional o para refrendar con el voto popular la nueva constitución o para decidir si se le revocaba o no el mandato al presidente.

De las 15 contiendas electorales Chávez ganó 14 y perdió una, el referendo constitucional del 2007, por menos del 1 por ciento de los votos, y de inmediato reconoció la derrota. Curiosa "dictadura" que obra de esa manera, como lo recordara Eduardo Galeano hace ya unos años. No sólo eso: resulta que esta "dictadura" extendió los derechos políticos (amén de los sociales y económicos) como jamás antes lo habían hecho los regímenes supuestamente democráticos que gobernaron Venezuela desde el Pacto de Punto Fijo de 1958 instaurando una insípida alternancia sin alternativas entre democristianos y socialdemócratas que murió de muerte natural en 1998.

Cuando Chávez llega al poder, en febrero de 1999, uno de cada cinco venezolanos mayores de 18 años no existían políticamente: no podían votar porque no se los inscribía en los padrones y ni siquiera poseían documentos de identidad. Hoy la "dictadura" chavista redujo esa cifra al 3.5 por ciento. Además, en la Cuarta República (1958-1998) el abstencionismo de quienes sí podían votar fluctuaba en torno al 30 o el35 por ciento llegando, según lo afirmara Daniel Zovatto, director del Observatorio Electoral Latinoamericano, a picos del 80 por ciento en la década del sesenta.

En la elección del pasado 7 de octubre se registró la más alta tasa de participación, con una abstención de apenas el 19 por ciento. Por si lo anterior fuera poco, mientras en la “ejemplar” democracia norteamericana se vota en un día hábil (el primer martes de noviembre, año por medio) y la tasa de abstención ronda el 50 por ciento, en la "dictadura" chavista se lo hace en días domingos y con transporte gratis para que todos puedan acudir a los centros de votación. Fue por eso que el ex presidente Jimmy Carter aseguró que el sistema electoral de la Venezuela bolivariana es mejor que el de Estados Unidos y uno de los mejores del mundo. Sin embargo, los condenados al octavo círculo del infierno insisten en que lo que hay es una "dictadura" y que lo que faltan son libertades.

Su servil empecinamiento se refleja también en sus constantes críticas a los supuestos límites a la libertad de expresión en Venezuela: era ridículo, y hasta daba un poco de lástima, ver a esos severos custodios de la libertad de expresión denunciando públicamente las supuestas limitaciones a tan fundamental derecho sin que nadie en Venezuela interfiriera en su labor.

¡Decían públicamente y a los gritos que no había libertad! ante la mirada entre socarrona y perpleja de venezolanos que no entendía lo que proclamaban estos energúmenos en plena calle y a la luz del día. Basta con ojear los periódicos venezolanos para comprobar el tenor de las feroces críticas y perversas difamaciones que disparan a diario en contra de Chávez y su gobierno. Por supuesto, estos santos varones (y beatas mujeres) que fueron a la patria de Bolívar a custodiar la amenazada libertad de expresión jamás se inquietaron o manifestaron la menor preocupación por los 25 periodistas asesinados por el régimen títere que el imperialismo norteamericano instaló en Honduras luego del golpe de 2009.

Tampoco se toman la molestia de informar que de los 111 canales de televisión existentes en Venezuela sólo 13 son públicos, y que tienen una audiencia de apenas el 5.4 por ciento como lo demostraran Jean-Luc Mélenchon e Ignacio Ramonet en una nota reciente. Y en los medios gráficos la situación es aún peor, porque el 80 por ciento está en manos de una oposición radicalmente enfrentada al gobierno. Diarios que, como los dominantes en la Argentina, violaron la veda electoral venezolana propalando subrepticiamente versiones vía twitter en los que aseguraban el triunfo irreversible de Henrique Capriles. Patricia Bullrich, una diputada argentina “tuiteaba”, con base en esas fuentes, “ 52.8 Capriles, 47.2 Chávez” y Federico Pinedo, otro diputado argentino, escribía alborozado “Gana @Capriles!”. Ninguno de los dos pidió perdón por haber engañado a miles de personas con tamañas falsedades. Es más, en declaraciones posteriores se enorgullecen en haber actuado como lo hicieron librando, como estaban, un duro combate en contra de la “tiranía chavista.”

Contrasta con estas infames actitudes la seriedad, neutralidad y el profesionalismo del Consejo Nacional Electoral de Venezuela, un organismo público con representación multipartidaria, que tal como lo había anticipado sólo comunicaría los resultados de las elecciones cuando las tendencias del voto fueran irreversibles. Así lo hizo unas pocas horas después de terminado el comicio cuando un 90 por ciento de las actas confirmaba una ventaja inalcanzable a favor del presidente Hugo Chávez (con 54 por ciento de los votos), misma que se amplió hasta llegar al 55 por ciento al finalizar el escrutinio. Con una diferencia de más de 1.600.000 votos la discusión sobre el fraude tuvo que ser discretamente archivada. Mejor no pensar en lo que hubiera sido el escenario si Chávez triunfaba con por un 2 o 3 por ciento de los votos.

Desilusionados y derrotados, los voceros del imperio sacaron de la manga el nuevo tema con el cual acosar a la Venezuela bolivariana: la salud de Chávez. Las usinas del imperio se encargaron de reconfigurar la agenda, y seguramente insistirán con este asunto mientras buscan nuevas formas de desestabilizar a su gobierno. Ya antes habían aludido a esto, pronosticando como decía la presentadora de CNN, Patricia Janiot, que a Chávez le quedaban entre 9 y 12 meses de vida. Esa fue una de las hazañas del venezolano: derrotar al cáncer. La otra: sostener una enorme inversión social que cambió para siempre las condiciones de existencia -tanto objetivas como subjetivas- de las clases populares, más allá de la necesidad, reconocida por Chávez, de mejorar la gestión de la cosa pública.

Derrotados en las elecciones ahora vuelven a la carga porque el líder bolivariano ha demostrado ser un formidable aglutinador de la tradicionalmente dispersa dirigencia latinoamericana, lo que le ha permitido neutralizar con eficacia la regla de oro de cualquier imperio: “divide et impera”, como enseñaban los romanos. Y ese sí que es un pecado imperdonable, que merece mucho más que descender al octavo círculo del Infierno para hacerle compañía a tantos pseudo-periodistas (en realidad, publicistas de grandes empresas que utilizan los medios de comunicación para facilitar sus negocios) y supuestos republicanos cuya preocupación excluyente es garantizar la continuidad de la dictadura -aunque se vista con ropajes democráticos- del capital.

El pecado de Chávez, murmuran por lo bajo (y a veces lo vociferan, como lo hace el impresentable Mitt Romney) es intolerable e imperdonable, y habrá que acabar con él cuanto antes. Ignorante de las leyes que rigen la dialéctica histórica la derecha cree que la larga marcha de Latinoamérica y el Caribe hacia su segunda y definitiva independencia es la obra maléfica de algunos espíritus malignos, como Fidel, el Che y Chávez. Parafraseando aquel célebre título del discurso de Fidel en el juicio por el Moncada, a la derecha imperial y sus voceros locales “la historia los condenará.”

- (Dr. Atilio Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina http://www.atilioboron.com)

 

LA HOJA DE PARRA

LA HOJA DE PARRA

Luis Sexto

Diferencias entre exilio y emigración

Las normas académicas exigen de  los diccionarios  definir las palabras con limpieza, de modo  que el significado  aparezca incontaminado de ideología o de intereses políticos. Porque si la entrada del término pobreza se definiera desde su sentido evangélico, no habría por qué  organizar rebeliones populares, ni indignarse por las carencias o el costo de la vida. Y los ricos vendrían a ser como la expresión colateral de un lujo que solo pondría en evidencia la bienaventuranza moral de los pobres.

Entrando en lo particular,  emigración y exilio son objeto de distorsión. En el lenguaje  manipulado principalmente desde los Estados Unidos, emigrado (cubano) es sinónimo de exiliado. Cualquier diccionario establece la diferencia., y el uso se encarga de usar el término exilio, como la salida del país por razones políticas, es decir, quien se exilia esquiva un probable castigo por su oposición, o por sus delitos políticos. El emigrado, en cambio, se va de su patria buscando en otros ambientes  la oportunidad de índole económica que tal vez no halle en su país por cualquier razón, incluso indirectamente política. Y existe el emigrante por vocación andariega, o por irreflexivo deseo de estar en otro sitio. Sin embargo, ninguno lleva la revancha en su equipaje.  Por tanto,  a todos los cubanos que residen en el extranjero no se les puede calificar de exiliados. ¿Hasta dónde seguirán estirando el idioma los propagandistas, que no ideólogos, de la derecha antisocialista cuyas barracas climatizadas se levantan en Miami?

El tema recurre. Es tan actual como la hora del reloj de cualquier oficinista. Cuba ha anunciado una reforma migratoria. Evidentemente esa es una de las decisiones más complicadas de los cambios en Cuba. La emigración a partir de 1959, como sabemos, nació politizada, y por tanto no es homogénea.  Por ello, cuantos de buena fe en una actitud de críticos exigentes o de políticos de buen corazón,  reclaman con urgencia la aprobación de la reforma migratoria, soslayan factores indispensables que el Gobierno cubano tiene en cuenta para no equivocarse en capítulo tan frágil.

La experiencia recomienda que cualquier apertura exige una meditación despaciosa, un análisis de las contradicciones internas que podrían suscitarse o agravarse. Además, a mi parecer,  las modificaciones tendrán que tener en cuenta el regreso de los que se fueron definitivamente y ahora quieren volver para siempre, o de los que sobrepasaron, al salir de viaje temporal, el límite de los once meses. ¿Y cómo resolverá Cuba las fuentes de trabajo y la vivienda para esas personas, si muchos piden volver porque en la Europa afectada por la crisis general, sufren allí desempleo e inconveniencias….

Algunos exiliados, que ahora se clasifican  a si mismos de históricos, intentan aprovecharse de la urgente e inaplazable solución de los conflictos migratorios  de miles de personas  ansiosas por salir sin condiciones ni límites, y poder regresar, aunque sea de visita, sin que lo tachen de extraños.  Y quieren ciertos exiliados,  además, estar a tiempo en la apertura económica que propone el proyecto de modernización o renovación del llamado modelo socialista centralizado, para – y hasta hoy no han podido convencerme de lo contrario-, pretender  mover  el norte magnético de la brújula revolucionaria hacia el norte geográfico. ¿Es éticamente justo suponer intenciones negativas en quienes dicen ofrecerse con buena voluntad?  ¿Pero no es acaso políticamente ingenuo suponer intenciones solidarias en un  exilio, sea histórico o sea histérico, de acuerdo con una  reciente y chispeante denominación, que no  ha renunciado a su esencia, porque no ha modificado ni nombre ni actitud?  

 Según el significado más usual, la intención  suprema de los exiliados es volver. Volver para recobrar lo que todavía consideran suyo y abandonaron. Esa característica la define el ensayista español Gregorio Marañón en un  libro cuyo título, según recuerdo entre mis lecturas juveniles, es  Españoles fuera de España, publicado en 1947.  Y a pesar de su vejez  mantiene  ideas vigentes como esta que reproduzco en su sentido: El exilio es la fuga o un viaje que ya en la ida  aspira a regresar por lo que ha perdido. El emigrante, en cambio, carece de esa retrospectiva. Nada ha perdido, o nada tiene, y parte hacia el extranjero para encontrarlo.

Conviene a cubanos de dentro como del exterior saber las diferencias entre exilio y emigración. Nadie que se clasifique por boca propia o ajena como parte del exilio, podrá participar en una concertación entre la emigración y la nación. Aún el exilio calienta su retorno posesivo.  No importa los calificativos que se asigne o se le done. Mientras  la conducta del exiliado indique o resuma una actitud de oposición  al socialismo como aspiración, y entre este y el capitalismo confiesen gustar más del último,  no parecerá políticamente atinado compartir espacios. Y a quienes prefieran el capitalismo por eficiente, pero esencialmente injusto al mantener cuatro mil millones de personas por debajo del nivel de pobreza en el planeta, y rechacen el socialismo imperfecto, pero perfectible en su vocación justicia y en su obra de legitimización económica,  es atinado preguntarles si podrán pretender de buena fe la cooperación con su país de origen, empeñado en el mejoramiento de un socialismo distinto al fracasado. ¿Podremos reconciliarnos suponiendo que al exilio, por voluntad y significado, no le interesa la reconciliación para convivir, sino  para intentar conquistar su “tierra prometida”?

Al parecer, tendrán que continuar esperando a que los Estados Unidos, el país donde se albergan mayoritariamente y a  muchos paga, cumpla el compromiso de  devolverles la bandera en una Cuba libre. Libre como la entiende Washington y el exilio. Libre, es decir, norteamericanizada, e iluminando a las principales ciudades cubanas con la luz de neón de las empresas de los Estados Unidos o de un sector de los cubanoamericanos que, como se ha probado, son menos lo primero y más lo segundo. Y en última instancia son herederos del buen vivir  del burgués criollo en la Cuba de antes de la revolución.

Si Cuba derivara hacia el capitalismo, como algunos criterios de la izquierda prevén como inevitable,  al menos a mí, si debo afrontar ese final, lo preferiría sin depender de los Estados Unidos. ¿Será posible? Por ello, la reconciliación con el exilio, por minoritario que sea, solo beneficiará a la parte financieramente más poderosa: la que influye en el Congreso de la Unión y promueve representantes y senadores que se expresan en un español yanquizado.

El gobierno cubano y la Cuba de adentro tendrán que conciliarse, según mi manera de juzgar,  sólo con la emigración. Esto es, aprobar reglas migratorias que  conjuguen los intereses nacionales con los deseos y necesidades de los verdaderos emigrados. Y  esa política migratoria tendrá que establecerse, aunque Washington continúe con su Ley de ajuste, y sus pies secos o mojados, estimulando el viaje contra la corriente de la legalidad y llamando “refugiados” a los emigrantes. En Miami,  una encuesta reciente difundida por EFE hace varios meses, reveló  que  el 44  por ciento de los entrevistados “apoya el fin del bloqueo económico y el 80  lo considera disfuncional; alrededor del 75  respalda las ventas de medicinas y alimentos; un 57 los viajes sin restricciones y el 61  se opone a cualquier ley que restrinja esta posibilidad, lo que indica el desfase de la extrema derecha, respecto a los criterios de la mayoría de los emigrados, ya que un 58 por ciento defiende el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”.

Con tantos cubanos de origen expresándose en contra de las confabulaciones predominantes en Miami, ciudad del primer mundo colmada de emigrados, pero  gobernada por  cada vez menos exiliados del Tercero, ya parece que se confirma, por esta vez,  la diferencia lexicográfica y política entre emigración y exilio.

 

 

 

 

NO OLVIDEMOS...

NO  OLVIDEMOS...

Luis Sexto

 

 

 

 

Reflexión en tiempos de cambio

Que la oposición cubana no llame a una rebelión como en Túnez o Egipto, Libia, Siria, indica, no como afirman algunos filósofos de las bolas de cristal, que vota por la vía pacífica, sino que es incapaz de convocar a la violencia: no existe coherentemente, salvo en ciertos medios del exterior. Y tampoco aceptemos  que no “existe” porque el gobierno la silencia: cada vez que un cubano patriota infiltrado se pone sus ropas de gente normal  y cuelga  las de  David, y la prensa nacional difunde su trabajo secreto, uno conoce, se percata de que los opositores existen como ciudadanos censados en las oficinas del carné de identidad; mas no como políticos articulados que ofrezcan una alternativa razonable a los problemas de Cuba.

El mito, en términos claros, no es la revolución cubana y su vocación humanista, liberadora, independentista; ni componen un artificio los fondos federales para financiar la subversión en Cuba (la ley Helm-Burton los autoriza, que es como decir que legitima la injerencia).  Lo mítico, lo mentiroso, es hacer creer que tanto dentro como fuera de Cuba se aglutina una oposición congruente con un pensamiento político, una estrategia y que declamatoriamente, y algún ingenuo en huelga de hambre, lucha por la libertad de los cubanos. Al menos, en objetiva apreciación, uno considera que si no ha triunfado es porque por sí misma, carente de apoyo interno y de vocación de servicio,  no podría vencer, aunque por tantos años recibiendo dinero de los fondos federales, que se reparten como si los distribuyera Alí Babá entre sus 40 ladrones,  no le convendría triunfar: los perdería. Contra Castro, sí, pero no tanto. Ese, según sugiere la práctica de medio siglo, parece ser el cálculo, sobre todo en Miami.

El que  esto escribe lucha también por más libertad, más democracia, más bienestar para los cubanos y para él mismo. Y lo hace principalmente por una razón: vive en Cuba y sufre las limitaciones de sus compatriotas. Pero los sedicentes luchadores, o los autocalificados disidentes, se han apropiado de un término que no les pertenece. Ese título los acerca, lexicalmente, al gobierno cubano. Explico: uno disiente de parte de aquello en lo que cree o sirve: uno disiente, por ejemplo, del criterio de un amigo, de un grupo de colegas, de un sector, o de la línea de un partido. Disiente, es decir, siente de otra manera, pero dentro y no fuera del mismo circuito ideopolítico.

Los llamados “disidentes” en Cuba –y ahora los entrecomillo- son opositores. Pero tampoco les podemos aplicar la naturaleza de la oposición que el Partido Republicano hace contra el Demócrata cuando este alquila la Casa Blanca o viceversa. O el PP al PSOE en España. En definitiva, si disputan, y a veces en forma casi incivilizada,  por administrar el país, ninguno de esos partidos -engarfiados al poder invisible de bancos y transnacionales- pretende cambiar el régimen de propiedad, ni invertir la pirámide social en cuya parte estrecha, según se estrecha, solo caben los sectores del poder real y efectivo. Debajo, en la base, los indignados, los trabajadores, los pobres, los que votan y nunca gobiernan.   

La oposición pretendidamente cubana pretende, al menos en teoría y en declaraciones, cambiar el gobierno y el sistema originado en la revolución  de 1959, cuyo vigente apoyo popular,  por lo que aún pulsamos, a pesar de decepciones, carencias, errores, explica su permanencia como actuante herencia histórica. Precisando, los fines de los opositores, y no disidentes, consisten, y es lo menos público, en hacer girar la sociedad cubana del sur al norte e  introducirla en la órbita metropolitana de los Estados Unidos. Esa partida de largo plazo, como he dicho y lo reconoce el gobierno norteamericano, la pagan los fondos federales de 20 millones de dólares aprobados por el actual gobierno demócrata, y que los aprobará también, indefectiblemente, la próxima administración. Así ha sido  y así será, como diría el resignado y un tanto cínico  Sinohué el egipcio. Ojalá esa certeza fuera incierta.

Por lo tanto, no quieren los opositores  solo expresar su opinión dentro de Cuba. Pero creo que el gobierno cubano, que tanta hostilidad ha recibido de los Estados Unidos, cuenta con el derecho, y también tiene el deber que miles de ciudadanos le exigimos, de defender la integridad de Cuba y su independencia.  La oposición para cambiar gobierno, sistema, aspiraciones solidarias, no se presenta, pues,  como una opción admisible, porque toda esa oposición que llaman democrática,  en una inversión del diccionario, responde, en lo primordial, a los intereses de una gran potencia renuente a tener un gobierno no manipulable a noventa millas de sus costas.

Propongo supuestamente  que fundemos un partido en los Estados Unidos con el fin de cambiar el régimen capitalista, y vamos a ver qué pasa, y adónde podremos llegar.  Allí la democracia opera para que el sistema perdure, como en España o en Francia, donde los socialistas solo pueden hacer casi lo mismo que los conservadores, pero nunca actuar para que peligre el sistema. Recordemos, mientras Malcon X predicó el odio entre razas, en los 1960, no tuvo conflictos, al menos  conflictos enrojecidos.  Cuando descubrió que el racismo en todos los tiempos ha sido, en su esencia, un instrumento de dominación de una clase social sobre otra, entonces fue asesinado.

De eso se trata: impedir en Cuba el predominio expoliador de una clase sobre otras. La sociedad mundial globalizada ha modificado ciertos perfiles económicos y tecnológicos, y ha democratizado aparentemente el bienestar, pero las clases, en esencia, siguen existiendo y litigando. ¿O qué indican los que protestaron en Wall Street, o en Madrid, o en cualquier otro punto donde los propietarios quisieran salvar sus bienes y riquezas a costa de los muchos, es decir, de los dependientes de un salario? Por ello, la llamada oposición en Cuba, no tiene programa: solo habla de libertad y de democracia. Palabrero programa: sin definiciones, ni exactitud. ¿Libertad y democracia de qué tipo, con qué fines?  ¿Y la justicia social y la independencia? ¿Si toma el poder, les dejarían a los campesinos las tierras que la revolución les dio, o comenzaría a devolvérselas a los antiguos terratenientes y a las empresas norteamericanas? Y por ahí, podríamos hacernos preguntas: ¿Mantendrá a la sociedad cubana a resguardo del narcotráfico como sistema, y de la  prostitución como sistema, y de los casinos cómo sistema, y de la corrupción como sistema en paisito dependiente? Aunque confiesen que quieren justicia social e independencia, no les podríamos creer. Porque por compromisos contraídos a cambios de un fondito subversivo, esa oposición grita y provoca para favorecer a intereses clasistas y geopolíticos afincados, en particular, en los Estados Unidos.

El más patriótico y adelantado pensamiento nacional se manifiesta de acuerdo con esa percepción. Y uno se niega a implantación de la democracia recortada por los Estados Unidos, porque, si no, la potencia a la que Martí le descubrió los gérmenes imperialistas, regresaría a recuperar su dominio en este archipiélago de más de 1 200 islas y cayos adyacentes, como rezan las lecciones geográficas, y con un golpe de vara de mayoral obligarlo a regresar aún más a la pobreza, y a la fragmentación, como pobre sigue Haití, a pesar de la intervención norteamericana hace unos años.

Imperativamente, Cuba necesita trascender su pobreza, a la cual Washington no es ajeno mediante sus restricciones legales. Con cuánta dificultad avanzará Cuba si cada vez que un banco extranjero efectúa una transacción con una institución cubana, el departamento del Tesoro  les impone una multa millonaria. La libertad y la democracia se consolidan y se extienden mediante espacios económicos provechosos, y pueda la gente comer y vestir sin las presentes limitaciones, y trabajar por un bienestar posible. Ello lo saben los laboratoristas y brujos de la CIA y el departamento de Estado. Y por esa causa insisten en bloquear económica y financieramente a Cuba, y de ese modo azuzar el descontento y el oportunismo interno, y mantener divididos y desnaturalizados a los emigrantes mediante el cartel de "exiliados" que les traza la ley de ajuste cubano y sus readecuaciones.

Uno lo comprende. Y quien recuerde el pasado del capitalismo dependiente, ha de  servir a Cuba, entroncado con la historia de la nación: todo cuanto se haga es para impedir que los Estados Unidos vuelvan a caer sobre nuestras tierras. Lo dicta Martí. Por lo demás, a todo compatriota honrado que ame a su patria y su independencia, aunque no resida entre nosotros, uno le alarga la solidaridad. Pero si la condena de Cuba como país, dicen que antidemocrático, procede de gente que solo acepta el concepto de democracia por ellos propuesto y no el de otros, pues esa condena no ha de importar. Y si el debate se descuera mediante las técnicas retóricas del insulto o la desligitimación del contrario, ese debate tampoco debe de interesar…

Lo que importa es lo que se haga aquí dentro para suplir necesidades, para  aplicar sin la intermediación burocrática, la democracia del socialismo, y asentar la economía sobre conceptos y actos racionales, como la ley del valor, los espacios individuales, las cooperativas, con el Estado de salvaguarda del equilibrio en la adecuación a las circunstancias de principios y tesis de un socialismo sin dogmas.  

Que nadie lo olvide: Aún los revolucionarios tienen el poder.