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PATRIA Y HUMANIDAD

Periodismo y comunicación

UN CRONISTA LLAMADO FRANCISCO

UN CRONISTA LLAMADO FRANCISCO

Por Luis Sexto 

No escribiré un prólogo; más bien mis palabras delinearán un pórtico, de modo que haré de portero para advertir de dos o tres verdades a quien entre en este libro. Es decir, como cualquier portero no estaré dentro, sino fuera. Y elijo esa ubicación porque me falta el derecho de “cienfuegueridad”. Alguna vez he alegado que soy cienfueguero embrionario. Mis padres, procedentes de la norteña y recoleta Remedios, cursaron su luna de miel en la Perla del Sur, y yo nací exactamente nueve meses después. Una habitación en El Ciervo de Oro –según creo recordar que me dijo mamá- me sirvió de muelle para empezar a desembarcar  desde el bote de la casualidad en este mundo al que nadie me llamó. Pero no basta para adquirir derechos. Ni siquiera alguna rama cienfueguera de mi familia materna –los Sánchez Borroto- podrán abogar por mí: nunca me conocieron.

Y por qué habré de necesitar un derecho de ciudadanía para prologar o, lo que es igual, decir las primeras palabras –desde fuera- sobre este libro. La respuesta la da el propio tema: aquí toparemos con una visión, un acercamiento a las interioridades de esta recta, limpia y original ciudad. Salvo alguna salida fuera de los linderos citadinos, lo demás es de nombre adentro. De gente y lugares de la península de la Majagua, en los que no soy experto

Ahora bien, del autor de Gajos del oficio puedo decir algo con más propiedad, porque soy su amigo. Y no porque lo sea, aclaro a tiempo, me pondré  a la entrada a vocear todo cuanto enseguida he de decir. Es mi amigo, y por eso lo conozco. Pero no lo alabo en nombre de la amistad que nos aproxima; más bien lo exalto atraído por la calidad y el talento que calimban a cuanto Francisco G. Navarro escribe. Desde la primera vez cuando me crucé con ellas, las crónicas de su columna De la Majagua, en el periódico 5 de Septiembre, me sedujeron. Este –le comenté al sagaz Eduardo Montes de Oca- es un cronista, escritor que asume con la gracia de la emoción los temas cotidianos, esos vapores que caldean, distinguen, cimentan las calles y que pocos perciben en el atareado pasar tras lo más concreto, y por tanto urgente, en la lógica servil de lo utilitario.

El cronista camina dotado de levedad angélica. Ve lo que otros desestiman. Huele una flor ridícula; se detiene ante una pared desconchada; oye una palabra en desuso; descubre un episodio envuelto en la naftalina del tiempo…  Los macera en su emotividad. Y los devuelve en la prosa lírica y preñada de la crónica. Así, de súbito, nos deslumbra lo que está junto a nosotros y no habíamos visto. Gracias al cronista todo comienza a sernos familiar.

 Aunque moleste, he de señalarlo: todos no somos elegidos por ese género exclusivo. El cronista es un señor muy raro con un pecho enorme. La crónica es cuerda que no se entrega unánimemente en la orquesta del periodismo. Viene entre las fibras de las aptitudes y se cría con el magma de la cultura.  Alegrémonos, pues, que Cienfuegos, que tuvo en Miguel Ángel de la Torre a un maestro de la crónica, haya suscitado, entre otros, a un cronista llamado Francisco G. Navarro.

De Francisco me place su capacidad de síntesis y de concisión. No significa ello que escriba textos breves, aunque los escribe. La brevedad a veces remite a lo incompleto. Y él escribe brevemente completo o completamente breve. ¿Acaso le pedimos más para aprehender en propiedad sus contenidos? Por momentos lamentamos que no haya más, que el texto termine, pero es la queja del que no quiere dejar de disfrutar los placeres de una prosa construida con sentido armónico,  abnegada hasta el punto de darle voz al pensamiento solo con el mínimo de palabras y entreverada con la ironía que insinúan unos ojos entornados, como si sonrieran socarronamente al recoger y transformar cuanto miran.

 Estas son mis impresiones. Por ahora se quedan en el lenguaje y el estilo de la crónica: pura subjetividad. Pero las intuiciones pueden corresponder a lo verdadero, real, genuino. No se necesitan dientes nuevos para morder y degustar el pan crujiente y blanco. Dicho lo cual, como portero de este libro, llevo mis manos a la boca, las convierto en bocinas y grito: Pasen, señores, pasen; no se lo pierdan.  (Gajos del oficio, ed. Mecenas, Cienfuegos, 2006) 

MÁS SOBRE EL PERIODISMO LITERARIO

MÁS SOBRE  EL PERIODISMO LITERARIO Por Luis Sexto

Para iniciados y también para los que están fuera 

En términos estrictamente teóricos periodismo no es literatura. Basta para corroborarlo precisar el objeto de cada de estas dos vertientes –o actividades- del pensamiento humano. Y efectuado ello hay que rechazar el juicio simplista de que el periodismo se define como literatura por el hecho de trabajar con la letra, con la palabra en su más abarcador sentido.

Uno de los más inteligentes crítico de la lengua castellana, el polígrafo mexicano Alfonso Reyes, paseó la linterna de Diógenes por problema de tanta complejidad conceptual y dilucidó el objeto de la literatura y de otras ramas del conocimiento.

Reyes, con esa fineza y precisión estilísticas que lo alzaron a la categoría de clásico de nuestro tiempo, enseña: “Sumariamente definidas las principales actividades del espíritu, la filosofía se ocupa del ser; la historia y la ciencia del suceder real (...); la literatura de un suceder imaginario, aunque integrado –claro es- por los elementos de la realidad, único material de que disponemos para nuestras creaciones”.

Las afirmaciones del autor de Visión del Anáhuac las confirma otro acatado especialista, el hispanista checo Oldrich Belic, cuyas investigaciones se conceptúan en la actualidad como uno de los principales aportes a la ciencia literaria. Belidc precisa: La obra literaria (artística) es una fusión, una síntesis, una unión de ficción y no ficción. Por un lado refleja la realidad, por otro lado forma parte de la imagen de la realidad; imagen creada, precisamente, por la literatura”. Fijado teóricamente el objeto de la literatura, podemos inferir, basados en la práctica del periodismo, que este se ocupa por definición del suceder real, de la no ficción. Sobre lo ficticio pesa en este caso una sentencia de proscripción: no puede integrar ni en una microscópica partícula la materia prima de la prensa. En cambio, en la novela, el drama y la lírica –y empleo la nomenclatura reyeseana al dividir la literatura- la ficción compone la sustancia, lo imprescindible de su valor semántico. ¿Qué es, pues, el periodismo? ¿Historia? No; tampoco. El periodismo es actualidad; refleja y analiza el suceder real acabado de producirse, en caliente como precisó Carpentier. La historia, en cambio, se vira hacia lo sucedido cuando el tiempo decursado entre el acontecimiento y el juicio asegura un enfoque limpio, sin deformaciones causadas por la complicidad de la cercanía temporal. El periodismo se incorpora a la historia –no como parte de su esencia, sino como ingrediente externo, fuente. Cuando envejece. En esa función de complemento echológico radica la segunda vida del periodismo, que es como decir una eternidad utilitaria.Un tanto ingeniosamente podríamos determinar que el periodismo es... periodismo; algo particular, tan incomparable, que sólo se compara consigo mismo. Desde luego, sólo serían una frase.

Tanto en Reyes como en Belic encuentro solución al enigma. Dije más arriba que el periodismo no puede ser literatura sólo por utilizar el mismo código de señales: la palabra escrita. Sin embargo, esa igualdad instrumental los une. Estamos frente a una paradoja que parece encerrarnos en un rejuego de ser y no ser a la vez. A los teóricos citados no se les  pasó esa aparente contradicción y después de desenvolver originales argumentos sobre las afinidades formales entre la literatura y la prosa conceptual  de la historia, la ciencia, el periodismo –Reyes no lo menciona, aunque se sobreentiende-, concluye que esas actividades del intelecto, con sus campos y fines muy claros, componen una literatura que el mexicano llama aplicada y el checo pragmática.

el término descubiero por Reyes, y a su luz puedo afirmar que periodismo es, en suma, literatura aplicada a un fin de difusión del acontecer real e inmediato, aunque debo aclarar que el periodismo, sin identificarse con la literatura, es la actividad escrita que más se une a ésta en el estilo.

A la definición acarreada por Reyes y Belic hay que añadir un factor que ambos autores no olvidaron apuntar, pero que yo retuve hasta este instante. Es el relativo a la función estética de la literatura. Ello significa que la apropiación literaria de la realidad y su traslado al plano de lo imaginario o ficticio se efectúa,  sobre todo, con un propósito de expresión estética, y se concreta mediante un lenguaje organizado artísticamente.  El lenguaje literario y sus diversos estilos, pues, están signados por el uso del tropo, la metáfora, el símil, y se atienen intelectualmente al ritmo, el tono, el color de la palabra. En ellos predomina lo expresivo por sobre lo informativo.

Retornando a los términos de la vieja polémica sobre la que discurren estas líneas, la pelea se encona en las redacciones cuando se trata de comparar los estilos literarios y el de la prensa. Y no empleo el plural en este último aspecto, porque no coincido con el maestro Emil Dovifat en que existe un lenguaje periodístico, pero varios estilos periodísticos. Yo lo veo opuestamente: existen varios lenguajes periodísticos, pero un solo estilo general, colectivo, propio de la formación estilística de trabajo periodístico, con sus normas y procedimientos que la subjetividad del periodista adecua a las propias aptitudes y sensibilidad. Por ejemplo – y salvo el primero los nombres son míos- , existe el lenguaje informativo, propio de la noticia; el de fondo, típico del editorial, el comentario, el artículo; el emotivo, exigido por la crónica, y el lenguaje compuesto, en el que se mezclan todos los anteriores y se ajusta al reportaje.

LA CRÍTICA, ¿GÉNERO PERIODÍSTICO?

Por Luis Sexto                                 

Hubo, al inicio, una provocación inocente, esto es, sin malicia, dirigida a propiciar la búsqueda reflexiva. Uno de mis alumnos en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana me pidió le aclarara si la reseña era un género periodístico o literario. Admití que clasificaba entre los moldes del periodismo. Y prometí una respuesta madura para días después. Este, pues, es el momento. Y respondo como lo hace Juan Gargurevich en su consulado libro sobre los géneros periodísticos: afirmo las intenciones periodísticas con que habitualmente se emplea la reseña.  Pero, adujo mi alumno, ¿y si es reseña crítica?   

Desde luego, si es reseña ha de ser crítica por fuerza. En la reseña, género utilizado principalmente en la esfera de la cultura, se informa y se valora o, lo que es lo mismo, se critica de modo “ligero”, palabra que utiliza Gargurevich para admitir que no es una crítica profunda, sino momentánea, anticipatoria, de urgencia. Como reseña clasifica, por ejemplo, el comentario de un libro en 40 líneas. Ningún periodista, ni los más especializados en literatura, admitirían que ejercieron una crítica profunda en un mínimo del tiempo-espacio periodístico. Algunos –entre ellos los que oponen periodismo y literatura estigmatizando la técnica y la prosa de los medios de difusión- llaman impresionista a esa crítica de valoración informativa. Y con el adjetivo tratan de invalidarla, desconociendo culposamente que crítica impresionista –con todas sus reglas de provisionalidad y urgencia- escribieron José Martí y Alejo Carpentier. 

La breve charla entre alumno y profesor derivó luego  hacia la Crítica. ¿Es un género literario o periodístico? Ni uno ni otro. La confusión proviene, a mi parecer, de algún concurso que libra en la convocatoria un epígrafe llamado Crítica. Pero ello es una solución a un problema: los organizadores del certamen desean estimular la literatura crítica, la dedicada a criticar y, al parecer, la convierten en un género. He vuelto a repasar los tratadistas más comunes entre nosotros –Gargurevich, Vivaldi, Benítez, García Luis, Carlos Marín, Vicente Leñero, Fraser Bond- y ninguno introduce  la crítica en su relación de géneros periodísticos. Es lógico. La crítica no compone un molde formal; es un enfoque, una mirada, un método de enjuiciamiento. Un comentario de opinión supone una “actitud critica”, porque la opinión proviene del uso de la crítica, del “ejercicio del criterio”. Aun siendo una opinión o un juicio de valor favorables al objeto comentado, hay una operación crítica, aunque desde luego ciertas visiones excesivamente complacientes excluyen la crítica para sustituirla por la “acrítica”, ese aceptar cualquier cosa y cualquier hecho sin reparos.  

Por lo tanto, la crítica puede emplear  todos los géneros periodísticos -salvo la nota informativa-,  aunque se siente mejor en el comentario, el artículo, la columna, la reseña. En la literatura ocurre otro tanto: el ejercicio de la crítica abunda en la narrativa –con los medios y el lenguaje propio de la novela y el cuento. Pero está como en su casa en el ensayo, la monografía, las tesis académicas, porque entonces usa todo sus instrumentos de penetración en la obra literaria o artística. En el ensayo, incluso, se convierte la crítica en literatura, porque aquel no es un género ancilar, sino sustancial: sirve y recrea a la vez. Esclarece y seduce a la par. El ensayo se concentrará en análisis estéticos o literarios, pero ha de resultar, sobre todo, producto estético.  El crítico como artista, algo parecido sostuvo Oscar Wilde en un libro del mismo nombre. La monografía es otra cosa. Usualmente carece de estilo, de capacidad de seducir, aunque le sobre ciencia. Así, pues, habrá que cambiar de ubicación a mucho ensayo que implica solo el conocimiento académico en sus valoraciones, sin el distintivo de un juicio libre, flexible, audaz, sin las evidencias de la especialización, y carentes de  palabras organizadas con fines de valer, en particular, por sus calidades artísticas.  

Ahora, entre nosotros, esta apareciendo el ensayo como género periodístico. Porque  existen  autores, en Cuba y fuera de ella, que le aportan a sus textos de opinión calidades de juicio y de estilo que se aparean al llamado ensayo literario. Un libro del profesor Osmar Álvarez Clavel –“El ensayo periodístico cubano hoy”- se introduce, quizás como un precursor, en la teoría del ensayismo periodístico.  Julio García Luis y Hugo Rius, también lo estudian. Y los tres autores nos ofrecen una línea para alcanzar la maestría en un nuevo género –nuevo al menos en la teoría- para seguir utilizando la crítica como…método.     

 

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

PANFLETO SOBRE EL PANFLETO Por Luis Sexto

Mi colega y amigo, J. M. Álvarez, vecino de  Cádiz y además de  mi columna en el diario digital Insurgente, escribió un artículo titulado  “El denostado panfleto”. Es decir, el pobrecito, el maldito, el menospreciado, el insultado panfleto. Y coincido con Miguel sobre todo en que panfleto no puede ser el término peyorativo, hiriente, que se endilga a todo texto izquierdista o izquierdizante  escrito con palabras claras, asequibles, democráticas. Más bien ese texto puede ser llamado panfleto o calificado de panfletario, pero como indicio de excelente calidad periodística o literaria.

Me explico. El nombre o título de panfleto, en puridad crítica, no implica forzosamente lenguaje soez, miseria ideológica, ni bajuna hechura., a pesar de que algún diccionario o cierta tradición lo define comoel nombre de una publicación de corta extensión, de carácter agresivo y, frecuentemente, difamatorio’. Maria Moliner, esa mujer que dedicó su vida a construir un diccionario vital, democrático, me da la razón cuando dice: Folleto u hoja de propaganda política o de ideas de cualquier clase.”

Panfleto, pues, contrariamente a cuanto han creído los enemigos del panfleto, es nombre que pertenece a un género al que no dudo en encasillar entre los estantes de la literatura y, por tanto, como portador de una naturaleza cualitativa que nadie descalificará ateniéndose sólo a una supuesta miseria esencial del panfleto. Porque -sean precisados ya los extremos de la discusión- existe buen panfleto y también mal panfleto, como mala novela y buena novela, buena poesía y mala poesía.

El panfleto es la envoltura de la polémica. El documento concebido bajo los humos de la pasión, entre fervores partidistas, a favor o en contra de una idea o un acto. Qué hacía, si no, Fray Bartolomé de las Casas cuando defendía gallardamente a los aborígenes americanos de la explotación colonial y se enfrascaba en una polémica con políticos y teólogos del Reino, aduciendo ardientes argumentos a favor  del alma humana de tainos y siboneyes en Las Antillas, y en contra de su esclavización. El fraile “panfletaba”-reclamo la invención del verbo-, y si fuéramos a determinar en estas líneas una somera periodización de las letras hispanoamericanos, habría que sostener que con La destrucción de las Indias, del más tarde obispo de Chiapas, comenzó la literatura panfletaria en este lado del Atlántico. Esa misma tendencia que siglos después seguirá José Martí, uno de los estilos   renovadores de la prosa española en el XIX. Leamos Vindicación de Cuba, artículo que responde a ofensas contra los cubanos aparecidas en un periódico de Filadelfia, y tocaremos el estilo candente de un luchador social que, arrebatado por el amor a su país y a las ideas de emancipación e independencia, abofetea con limpieza al que osó denigrar al pueblo de Cuba. Panfleto hace Martí en ese  texto y en muchos otros que integran las tres decenas de abultados tomos de sus Obras Completas.Honrosa, útil literatura de la polémica. Apasionada, filosa esgrima del intelecto.

Cuantos sostienen prejuicios contra el panfleto se sorprenderían si repararan en que fue género de reconocidos escritores. ¿Admitirán que Los Miserables, la novela emblemática de ese “monstruo”llamado Víctor Hugo, es un panfleto?  ¿O Utopía, de Tomás Moro? ¿O  Jerusalén liberada, de Tasso?  ¿O El Anticristo, de Nietzsche?  ¿O  Yo acuso, de Sola? ¿O El desesperado, de León Bloy? ¿O mucha poesía de Lope de Vega, Quevedo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, los ensayos de Unamuno?  ¿O, incluso, hasta las epístolas de San Pablo? ¿O Vida de Cristo, de Papini?  ¿Y qué de Don Quijote de la Mancha? No me acusen de liberar el freno de mi imaginación caribeña. Todavía el calor no nos impulsa a descamisarnos: la temperatura aun nos trata benignamente. Por lo tanto, la desmesura criolla no me obliga a desmandarme. El panfleto está ligado a la lucha de las ideas, a la predicación, el proselitismo, el partidismo en la literatura. Y toda la discusión puede centrarse en que a veces se escribe un panfleto indigno de sus funciones. Y entonces ya no sería panfleto, sino “despanfleto”o “antipanfleto”.

En Cuba, que es la ciencia que más conozco, cierta tendencia llama “tequé” a los textos cuya sustancia es la política revolucionaria. Déjate de “teque”, dicen algunos cuando leen u oyen algo atinente a nuestra vida y nuestra lucha.  Y yo, que de ello he escrito en medios cubanos, no los culpo. Una vez empezaron a rechazar los temas políticos o revolucionarios expresados repetitiva y anémicamente, sin calor ni convicción, aventados de lugares comunes, escasos de sugerencias y ahítos de evidencias. El problema radica en que identificaron “el teque” con todo lo relativo al discurso revolucionario, tan esencial para nosotros.

Advierto, pues, que no seamos injustos con el panfleto. Ni menospreciándolo por su tono de pasión, por su  estilo claro, llamado a las mayorías.  Ni tampoco irrespetándolo con una factura indigna, nutrida por insultos y argumentos sin sostén racional. De paso, he de decir que los textos sesudos, académicos, son necesarios, aunque solo, por su lenguaje especializado,  pocos lectores los atiendan y entiendan. La obra magna de Carlos Marx –El Capital- resulta una aventura lenta y complicada cuando uno se adentra en su enjundiosa ciencia. Y no por ello hemos de prescindir de ese libro capital. Pero, a veces –y no es el caso de Marx- algunos de esos textos que abordan la sociedad y sus problemas con el instrumental científico repelen la lectura, porque están torpemente escritos.

Dicen que el filósofo Kant  se excede de abstruso, oscuro. Y algún especialista asegura que es por su profundidad. A mi parecer, Kant escribía mal; echaba el torrente de sus ideas en un estilo llamado “de baúl” por Jorge Luis Borges  y que yo, humilde sabichoso periodista, llamo “de bolsa”, esto es, todo el contenido mezclado en larguísimas oraciones que llevan dentro de sí muchas más oraciones largas. La claridad en lo escrito, más que de palabras, deriva en  un  problema de sintaxis.Y termino mi panfleto a favor del panfleto de mi amigo J. M. Álvarez.

Panfleto con panfleto se paga.    

EL MÁS HUMANO DE LOS GÉNEROS

Por Luis Sexto  

El periodista cubano José Alejandro Rodríguez definió la crónica como “el más humano de los géneros”. Su sensibilidad y su experiencia de cronista le han facilitado componer una frase capsular de sugerente certeza, en la que reúne  los valores típicos de ese género y la filosa brevedad del ingenio. A mi parecer, no creo que haya que seguir aduciendo argumentos para determinar qué es, en fin, la crónica. Definidamente, al clasificarla como el más humano de los géneros periodísticos estamos asumiendo que está dentro y no fuera de la subjetividad y que, al palpitar entre las fibras humanas, admitimos que se conecta con lo más íntimo, entrañable, lancinante del Hombre. 

Ya por esa ruta vamos siguiendo el hilo que nos conducirá a clarificar la esencia de la crónica. Aun tropezamos teóricamente, y lo que es peor, prácticamente, cuando vamos a determinar cómo se integra o se frustra una crónica. Hemos visto –y este autor lo ha indicado en algún texto- que  se empieza a definir o a componer desde una actitud melosa, patética. Sin flores o palomas, sin arrobos o suspiros parece que nunca se escribirá o  se aprehenderá una crónica. Recientemente, viendo un documento televisivo al que clasificaban de crónica, me percaté que había confusión, no mezcla, de géneros. Confusión, que es caos. No mezcla, que combina los aportes exógenos con los endógenos preservando el principio primordial. El  material era, en puridad, un testimonio: el peso del relato recaía sobre los protagonistas de la historia. Pero los realizadores intentaron “cronicar” a través de la voz meliflua del locutor y la música casi fúnebre que discurría por debajo de la evocación que aquellos dos hombres hacían de su participación en la guerra de Angola.   

No niego que  había en ese testimonio pasión, dolor, nostalgia, todos los valores que signan las acciones humanas al momento de ejecutarse y, sobre todo, en el instante de recordarlas. Pero el autor del texto televisual –imagen, sonido y palabra- se mantenía al margen. Y, por tanto, el resultado no era el eco que la historia de aquellos dos personajes suscitaba en el cronista, sino la resonancia en ellos mismos, testimoniantes de la historia. 

Pienso, pues, que la crónica empieza a ser el más humano de los géneros, porque comienza siendo el más personal de los géneros. Y cuando digo “personal”no me refiero al uso de la primera persona del singular. Sé de enunciados escritos en “yo” y sin embargo no son personales: faltan el vigor, la clarividencia, la prestidigitación verbal, el original enfoque, el toque de creatividad que singularizan el estilo. Ante textos tan deslucidos, la primera persona del singular enturbia la expresión, la ridiculiza evidenciando que allí falta la personalidad fuerte, culta, que puede, en legítima apropiación, escribir metiéndose en la historia o las ideas. La crónica, pues, es el más personal de los géneros, porque predominan los efectos que el tema, la realidad, producen en el cronista.  El acercamiento, el reflejo, se concilia en el “yo”, en la emotividad del cronista de modo que componga una visión amable de la vida y la gente.   

La imbricación personal no significa -como a veces estima algún criterio en un banquete de simpleza- que el cronista se erija en el ombligo del texto, o “hable de sí mismo” en lo que resultaría el más vanidoso de los géneros. El cronista es solo el pretexto para delinear lo más humano de un acontecimiento o un proceso. Y para reflejarlo intenta convertirse en el espejo que refracte los valores sensibles de la noticia. Por ello, una crónica nunca presentará panoramas, paisajes abarcadores; por el contrario, necesita de lo soterrado, lo oscuro, lo particular, allí, donde se revuelven los sentimientos más carnales –carnales por hondos-  de los seres humanos. Si la nota informativa relaciona los datos primordiales, los físicos y sociales, de un choque de trenes, y el reportaje lo narra en sus causas y acciones menos evidentes, la crónica hurgara entre los hierros retorcidos buscando la muñeca, o la fotografía familiar,  la carta nunca enviada, el reloj roto, entre el amasijo metálico salpicado en algún sitio por gotas de sangre. Esos hallazgos mínimos facilitarán el ingreso en una historia, en una felicidad, un sueño truncos por el accidente que nadie pudo anticipar aquel día, en que, como lo más humano y natural del mundo decenas de personas se acomodaron en los coches dispuestos a proseguir su vida, sin obstáculos, en un viaje a través de la noche.  

Eso, quizá, sea lo más humano del Hombre. Y ninguna cámara fotográfica podrá captarlo, ni ningún otro esquema, como lo apresa y reproduce la óptica de un cronista que suele observar la realidad  con la luz microscópica de un género periodístico –también literario- que solo admite, como etiqueta, los signos líricos de  la poesía.  

UNA CRUZADA CIENFUEGUERA POR LA CRÓNICA

UNA CRUZADA CIENFUEGUERA POR LA CRÓNICA Por Michel Contreras

 La crónica es el punto G del cuerpo periodístico. Es la tecla que hay que
saber pulsar para sacarle orgasmos a la prensa. Es ese "corazón central" -y
cito a Borges- que "está intocado por el tiempo, por la alegría, por las
adversidades".
 
Hace solo unos días, Cienfuegos volvió a ser la capital cubana de la
crónica. Y allá se fueron varios de los buenos cultores del género,
debatieron conceptos, desnudaron sus particulares métodos de creación,
censuraron tendencias y alabaron aciertos.
 En su edición segunda, el evento que recuerda al relegado Miguel Ángel de
la Torre -ilustre pluma cienfueguera de comienzos del siglo pasado-, denotó
su premura por alcanzar la madurez y establecerse como un espacio
imprescindible en el contexto periodístico insular.

Profesionales de diversas provincias advirtieron sobre el grave peligro
que corre la crónica, maltratada de modo cotidiano por dedos groseros y
corazones zafios. Como bien dijo alguien, se trata de "personas incapaces de
conocer sus límites, las cuales enfrentan el desafío de la crónica con
lamentable desparpajo. Se sientan ante la computadora, hacen volar palomas,
hablan del cielo azul, y creen que resolvieron el problema de la creación".

Por eso hay que aplaudir la iniciativa de la delegación sureña de la Unión
de Periodistas de Cuba, que desde el año anterior convoca a este encuentro
que pretende salvar a la crónica, y del que sale espiritualmente enriquecido
cada uno de sus participantes.

 Tres magníficos libros se lanzaron en medio del certamen. Crónicas raras y
otras redundancias, del impecable camagüeyano Enrique Milanés; Homo sapiens,
que combina el humor de dos estrellas del DDT, Ares y JAPE; y Con Judy en un
cine de La Habana, del maestro Luis Sexto.

 Reunidos durante par de días, ponentes y auditorio compartieron sin pelos
en la lengua, tocaron llagas dolorosas como la complacencia, el
adoctrinamiento burdo, el didactismo, la frase hecha y el desatino de
ciertos editores, y disfrutaron la conferencia de la Doctora Miriam
Rodríguez Betancourt, profesora titular de la facultad de Comunicación
Social de la universidad capitalina.

 En los últimos compases del encuentro, José Alejandro Rodríguez, uno de
los "toros sagrados" de la prensa nacional, dejó claro que aquí, en un país
de excelsa tradición de cronistas -Martí, Carpentier, Secades, el propio
Miguel Ángel de la Torre...- no podemos dejar morir al que denominó como "el
más humano de los géneros".

  Vínculo insuperable entre literatura y periodismo, auténtica poesía cuando
detrás de ella hay una voz auténtica, la crónica merecía, desde hace
bastante, una cruzada redentora.

  Ahora mismo, Cienfuegos es el hospitalito de la criatura.

ALEGATO POR MI OFICIO

Por Luis Sexto

De los periodistas podríamos hablar el año entero. ¿No hemos sabido acaso de  periodistas mexicanos asesinados recientemente por ejercer su profesión sin doblegarse ante el soborno y la amenaza, y un tanto más atrás de otros que perecieron en cualquier parte del mundo donde practicar el periodismo honradamente es meter las manos en un fuego atizado por la opresión, la criminalidad, el terrorismo de estado?En cierta jornada de rastreo en la Internet, ya tan común en nuestra vida, leí que la profesión periodística es la segunda más peligrosa del mundo. Las estadísticas acusaban que escribir sobre la sociedad humana, sus verdades y sus conflictos podía conducir a la muerte. Y muerte de bala. De crimen. Y también por accidente. Solo los pilotos de prueba –esos cobayos del aire- afrontan más peligro que los periodistas.

Ante el dato, puede uno adoptar disímiles posiciones: creerlo, no creerlo; temer o no temer. Por mi parte, al conocer por fuente fiable que yo, periodista, podía alguna vez ser víctima de la peligrosidad que ronda a los de mi oficio, admití que era verdadero el hallazgo estadístico. Y nada novedoso. Porque yo mismo, en alguna ocasión, había experimentado el riesgo por buscar una historia o un personaje. Como aquel día, en San Cristóbal. Escalaba la Sierra del Rosario hacia la finca cafetalera de quien, según noticias, poseía una historia capaz de interesar a los lectores de Bohemia. Y al cruzar un río crecido, el agua que bajaba en torrentera de lo más alto de la serranía casi me echa a navegar hacia los hielos eternos.

Esa aventura es una de mis condecoraciones morales. Y resulta un recurrente talismán contra el desaliento el saber que la profesión que ha sido el gusto principal de mis ocios, la misión primordial de mis deberes y la concreción cotidiana de los principios solidarios entre los cuales he crecido, nos reclama, a veces, hasta la existencia. He sido, junto con mis colegas, de aquí y de allá, un privilegiado.  Sí, colegas: la posibilidad de morir haciendo nuestro oficio es como un acto de supremo servicio. Y me parece que nuestros dedos, nuestra mente, son instrumentos que ofician un culto de servicio al Hombre. ¿Romántico? En efecto, romántico. Y a mi parecer quien no asuma el periodismo con esa actitud romántica presumiblemente no logre practicarlo con vigor, ira, amor, solidaridad y desprendimiento.

En estas cosas pensaba hace dos semanas cuando, invitado por la Unión de Periodistas  de la provincia de Villa Clara, asistí, en Remedios -mi municipio natal- a un encuentro de periodistas que habían sido corresponsales de guerra junto a las tropas internacionalistas cubanas.  Rendíamos tributo, como todos los años, a Tony, un enviado del entonces periódico Bastión muerto en Angola. Ante su lápida, la emoción más recurrente nos cimentaba la certeza de que allí, un hombre, un joven, convertido en una columna de polvo humano, vivía su muerte en la Historia.  

La cita ahora es inevitable. Ryszard Kapuscinski asevera que el periodismo no es una profesión apta para cínicos. Con lo cual, el autor de libros capitales del periodismo literario –hecho pasión,  sangre,  arte- admite que el oficio periodístico necesita como ejecutor una buena persona. Y es comprensible. ¿Puede acaso uno arriesgar la vida por una verdad, una historia, un personaje si no posee la entereza de seguir una vocación que entraña la posibilidad del martirio y que ningún dinero puede pagar, porque el dinero la mancilla y contamina? Y si mencionamos a Kapuscinski, elegido como el periodista primordial del siglo XX, habrá que evocar a John Reed, merecedor también de ese título, por reportajes capitales como Diez días que estremecieron al mundo, o México insurgente, compuestos entre las balas de una ciudad en revolución o el polvo de las llanuras mexicanas sembradas de sables inmesericorde, o aquellos en los que el reportero se hacía meter preso para entrevistar a los líderes encarcelados de una huelga. En esos periodistas, y en tantos más, como nuestro Pablo de la Torriente, latía la lumbre de una vela que se consumía en el empeño de ver, oír y escribir para que, luego, en la urgencia limitadora de un despacho cablegráfico, o en las letras más meditadas de un libro, el resto de los seres humanos vivieran un fragmento de la Historia, único, irrepetible, pero transferible por la osadía y la abnegación de un periodistas que, olvidándose de sí mismo, vivía para luego hacer vivir a los demás.

¿Qué somos, nosotros, periodistas no mediáticos, si no inmediatos abanderados de la sociedad?  Somos puentes. Somos enlaces. Mejoradores de la existencia. Heraldos del  mundo nuevo. En un momento de limpieza y claridad profesional, la española Maruja Torres nos asignó los instrumentos: una voz narrativa, un punto de vista y una ética. Parecen instrumentos endebles. Su poder es, en verdad, incalculable porque nuestras cámaras pueden captar nuestra muerte, y en nuestras manos podemos apretar, con la rigidez de lo inapelable, los papeles que dirán a los vivos: nos hemos ido, pero estamos ahí, en ese jirón de palabras entrecortadas, en esas fotos humeantes, en ese trazo que grita por la justicia, enviando, para siempre, la esperanza de que sobre la ruina se alzará el triunfo solidario de un mundo compartido. Entre todos.   

¿OFICIO O PROFESIÓN?

¿OFICIO O PROFESIÓN?

Por Luis Sexto

Hace poco escribí  en esta columna un alegato por mi oficio –así se titulaba-, y la crónica pudo pasar como un texto más si algunos no me hubieran reprochado el que yo rebajara a tanta poquedad lo que es técnicamente una profesión. Vuelve así a confirmarse la refranesca verdad de que no hay palabra mal dicha sino mal interpretada. Un alegato, desde luego, no rebaja, sino exalta; no condena, sino defiende. Y por lo tanto puede colegirse que el concepto con que utilicé el término oficio no es el que engaveta al periodismo en los casilleros de lo mínimo o lo vulgar.Conozco que esa nomenclatura compone los extremos de un debate. ¿Profesión u oficio?, establecen los tratadistas la disyuntiva. Y yo, que solo soy periodista, me ubico en el medio, allí donde parece estar la verdad a salvo de la manipulación y la intolerancia. Es profesión  -apuntemos ahora someramente- porque se cursan estudios superiores en universidades que licencian o doctoran, o porque  cuantos la ejercen se inscriben en colegios de profesionales. Y es oficio… Ah, ¿por qué es oficio?, me preguntan y ya la respuesta no parecer estar tan pronta, ni tan clara.

Una de las tendencias en litigio aboga por que el periodista sea ducho en los instrumentos primordiales de su ejercicio. La cultura, el conocimiento general, la preparación teórica  componen solo vestidos de domingo para cuantos exaltan el papel del dominio del instrumental técnico estilístico. Lo que necesitan los periodistas –sostienen- es “saber escribir y reportear”. Con mi elección del término oficio no me adscribo a ese concepto tan escueto. Poco podríamos acarrear para defenderlo. ¿Es posible un periodismo sin cultura, o solo con la cultura como elemento aleatorio, temporero?  El periodismo es una manifestación de cultura. Y mal comprenderíamos su papel en la sociedad humana, si lo excluyéramos del ancho universo donde la cultura se nos define –según Nicolás Abbagnano- como el conjunto de la obra material y espiritual de la humanidad. O, en otra vertiente o acepción como el dominio que un pueblo o un individuo ejerce sobre la cultura general como resultado de la Historia. Soy culto –es un decir- en la medida en que estoy pulimentado, versado en los modos de vivir, conocedor, en particular, de la cultura espiritual.  Silvio Rodríguez  aseveraba recientemente en una entrevista que sin saber quién es Jean Valjean no se podría aspirar a dirigir hombres. Ni a escribir en un periódico, añado para establecer mi posición exacta ante la falsa disyuntiva de que el periodista sea un profesional o un obrero o un artesano.

Parece evidente que simplifican el dilema cuantos se abroquelan en uno de los extremos: o mucha técnica y práctica periodística, o mucho conocimiento universitario.  Y, resumiendo, creo que la razón está en el equilibrio de ambas opciones. O de ambas vocaciones, porque tanto el periodismo como la cultura dependen –como definió un ensayista cubano- más de la vocación que de la preparación académica. Por tanto, no estimo plausible una reducción del conocimiento de las formas periodísticas para  priorizar el dominio de las historias de la literatura, la filosofía, la política, la economía y otras materias de cultura general.  Ni considero apropiado disminuir el currículo de materias que formen, sobre todo, al futuro periodista para desarrollar la capacidad de asociación de los fenómenos de la realidad, a cambio de exagerar el aprendizaje de los secretos del periodismo.  Los males que sobrevendrían en caso de que se acumulara mucho saber culto, pero se careciera del dominio del estilo y la técnica periodísticos, tendrían que ver con  cierto descrédito del periodismo y la comunicación al faltarles a los enunciados  la clara, rápida y atractiva síntesis de la prensa, sea impresa, radial o televisiva. De otro lado,  mucha sagacidad y rapidez reporteril, pero sin la influencia de la cultura, limitaría la profundidad del reportaje.

García Márquez, para quien la universidad que enseña periodismo nunca ha sido una institución afectuosa, ha propuesto esta norma curricular: “Técnicas básicas (narración, investigación periodística, fotografía, edición). Ética periodística y sus conflictos (libertad de prensa, responsabilidad social, independencia profesional). Nuevas tecnologías y sus efectos en la práctica profesional. Especialidades del oficio (economía, internacionales, etcétera).”

 ¿Quién no lo ve claro? Sin embargo, hay algo más. A mis alumnos de periodismo les suelo recordar un saber que va más allá de los libros: el de la vida. Eso que el norteamericano  James J. Kilpatrick llama el desván de la abuela.  Se precisa vivir, haber vivido, para convertirse en un periodista. Saber lo que se siente cuando a uno le cantan el tercer strike, y cuál es el color de la angustia cuando te quedas sin gasolina en una carretera desierta. ¿Cómo puede el profesor, el aula universitaria, impartir esas lecciones de experiencia vital? Tal vez esa asignatura se resuelva en la ética de cada estudiante, de cada graduado. Hay que vivir para luego escribir. Por ello, les recomiendo a mis alumnos que no se anticipen en firmar en la página de opinión; que anden, desanden caminos y veredas, que aprendan a saber en contacto con la gente del llano y la sierra; del mar y la ciénaga; de la ciudad y el campo. Oír, copiar, reportar, y más tarde, curtido como la piel de un becerro sacrificado, escribir con la útil gravidez de la universidad, el medio y la vida.

Ya voy argumentando el porqué llamé al periodismo oficio. Oficio es lo que habitualmente se ejecuta con las manos.  Así nos referimos a las funciones del albañil, el plomero, el carpintero, el ceramista… Oficios manuales. Y cómo las manos son, quizá, los miembros más humanos del hombre -porque con las manos trabajamos, acariciamos el vientre de la mujer, la cabeza del niño-,  por ello el oficio está tocado de una integridad cordial que tal vez no tenga el término profesional.  Kapuscinski, que se ha vuelto imprescindible, ha dicho que “El periodismo no es solamente una profesión, sino también una manera de vivir y de pensar.” Y para el argentino Tomás Eloy Martínez –lamentablemente menos conocido entre nosotros-  el compromiso del periodista con la palabra es “a tiempo completo, a vida completa”.

Es decir, hace falta una dosis de cordialidad, de entrega, de sensible apropiación de la realidad asumiéndola con todo lo que uno es, con los jugos de la vida, además de que con el instrumental técnico y los datos de la cultura.  .García Márquez , y no sobra volver a citarlo, ha dicho que se equivocan los que niegan que el periodista es un artista. Y traduciendo a una imagen el razonamiento de este artista que lo ha sido en la novela y también en el reportaje o la crónica,  me  parece que quien lo niegue está tapando la verdad con una cuartilla.  Y esa cortina siempre queda corta.