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PATRIA Y HUMANIDAD

Periodismo y comunicación

EL ORIGEN MODERNISTA DE LA CRÓNICA EN CUBA

Por Luis Sexto

Más que crónica existen crónicas. Con certeza, de la crónica puedo saber que es un género polisémico. Tantas son sus definiciones y sus usos que nadie osaría sustentar un criterio definitivo que no fuera impugnable. O discutible. O polémico. Por tanto, no voy a definirla aquí. Tal vez lo hice en un librito reciente (Estrictamente personal, editorial Pablo, 2005) y en un artículo que aparece en estas mismas páginas  en los que intento aproximarme, con ánimo de provocador, a ese quehacer periodístico que conocemos como literario. Y consecuentemente admito que ante mis criterios pueden adoptarse los opuestos. Pues bien, voy a referirme a un concepto, un tipo de crónica, que es como un enunciado lírico, subjetivo, emotivo, que se ocupa de cualquier asunto y se matiza con los colores de la personalidad del cronista. A mi parecer es la definición que más en consonancia está con cierta práctica latinoamericana.

El modernismo literario, ya sabemos, aparte de actualizar y renovar la poesía y la poética en lengua española, introdujo ciertas delicadezas en el periodismo, particularmente en Cuba, que es el ámbito geográfico y cultural donde he expurgado las ideas de este artículo. Es decir, deseo aproximarme  a la crónica que se escribió en Cuba en los primeros cuarenta años del siglo XX. Y asumo esa cifra temporal para ubicar mi pensamiento en una época y en determinados autores.

Tengo la convicción de que la crónica del siglo XX en nuestro país y en otros lugares de la América Nuestra, partió del movimiento modernista que, nadie lo ignora, tuvo cuna dorada en la América hispana y varios de cuyos gestores fueron cubanos: Casal, sobre todo, y no digo Martí porque Martí es único, distinto, tan original que señalarle escuela equivaldría a profanarlo. Parece evidente que con Julián del Casal y algunos del grupo de La Habana Elegante –nombre que es toda una declaración de principios estéticos- comenzó a proliferar en las páginas periódicas un tipo de enunciado caracterizado por un toque muy personal en la apropiación de los temas y un refinamiento artístico en la expresión.

La crónica, así, empieza a distinguirse, en manos de los modernistas, por ser una especie de capricho, como un dado puesto sobre la mesa por obra del azar. Con el modernista, los temas adquieren universalización: cualquiera sirve para responder la pregunta diaria o semanal del cronista: ¿De qué voy a escribir hoy? Y, en contrapartida cómplice, el lector preguntará antes de comenzar a leer: ¿De qué escribirá hoy el cronista? Lo preguntará, porque ya habituado a un autor y a un modo de hacer, el lector va exigiendo la presencia de esos textos libérrimos, inspirados, espontáneos que el cronista extrae de cualquier pretexto, aun del más trivial. ¿Qué voy a escribir hoy para mañana?, se preguntaba Julián del Casal el martes 14 de enero de 1890. Y al otro día, en La Discusión, podía leerse esta crónica titulada Noches morosas:

Las noches habaneras, ya sea cortas, ya sean largas, según el estado de nuestro ánimo --porque la manera de sentir las cosas y no ellas mismas,  como ha dicho Schopenhauer, es lo que nos hace felices o desgraciados-, son siempre insoportables. No hay una distinta a la otra. Ningún acontecimiento viene a turbar alegremente la monotonía de las horas nocturnas. Todas resuenan con idéntico sonido, en el abismo profundo del tiempo, sin arrojar una vibración que desarrugue nuestras frentes pensativas o que entreabra nuestros labios adustos. Tal parece que han formado una liga poderosa para destruir los últimos gérmenes de alegría que bullen en el fondo de nuestros corazones.

El cronista –también poeta- continúa meditando acerca de la noche y la vida humana. Y concluye así:

Así gastamos las fuerzas, en la lucha incesante de la vida, sin tener un sitio agradable para reponerlas. No vemos siquiera un rincón azul del Paraíso, desde el lóbrego infierno en que vivimos sepultados. Sufrimos indecibles torturas. La Miseria nos ha derribado al suelo, y el Hastío se entretiene en darnos de puntapiés. Para librarnos de este último, no tenemos más que dos caminos abiertos: el de la sabiduría y el del matrimonio. Pero como andando por este nos aburrimos también, escojamos el primero, porque, como dice Virgilio: el hombre se cansa de todo, menos de aprender.

¿Qué leímos? Eso, la visión personal, íntima, anímica que un cronista organiza líricamente para poner un de sensibilidad y amabilidad sobre el plomo de los periódicos. Es eso, en esencia: una visión amable de la vida y de las cosas, aunque se escriba, como en el ejemplo de Casal, con la tinta del pesimismo y el hastío.

Apreciamos en esta crónica una mezcla de géneros engarzados por la cultura y la sensibilidad. Casal editorializa; Casal comenta; Casal especula; Casal critica. Y todo ello junto compone una crónica, género autónomo que se rige por el principio de la emoción.

Paralelamente, más o menos durante los mismos años finiseculares, en México escribía crónicas parecidas el poeta Gutiérrez Nájera. Y en París, Rubén Darío despachaba hacia periódicos de Buenos Aires y otras ciudades latinoamericanas, crónicas con temas de toda índole en los mismos términos que Casal. Y no puede asombrarnos que entre el autor de Azul y el de Nieve hayan existido afinidades. A fin de cuentas, ambos tiraban los mismos puentes de renovación literaria. Casal escribió que a Darío “cábele la honra de haber sido de los primeros en desviar el gusto público del estilo académico, mixtura de tinta y agua, (…) estilo mucilaginoso, con sabor tan insípido como el de las pastillas de goma, espolvoreadas de azúcar, que se expenden en las farmacias”. Darío, a su vez, escribió de Casal: “No tiene la fama del dulce bardo Tal, o del egregio vate Cual. Es de la familia de los aislados, de los estilistas. Cuando en Madrid Menéndez Pelayo me dijo de él que era primero de los poetas vivos de Cuba, pensé: ¡Ya es algo!”

Rubén Darío, pues, escribía en París crónicas como esta:

Sobre mi mesa de labor un buen montón de tarjetas postales, de España, y de la América Latina. Son envíos para el consabido autógrafo. Esto es usual, y no me hubiera dado tema para estas líneas si no hubiera entre ellas un retrato de M. Combes… ¡Una señorita me manda, para que le escriba algo yo, el retrato de M. Combes! El curioso colmo me hace fijarme en los asuntos de las otras tarjetas, y a través de ellos, procurar ver la personalidad de mis desconocidas y amables amigas lejanas. Hay en esos cartoncitos ilustrados las más variadas figuras en que sospechar diversos caracteres y espíritus.

Tanto Casal como Darío definen la actitud del cronista y, por ende, la esencia de la crónica como género o función. Están habitualmente al acecho de una mariposa, de cualquier tema o asunto que les revolotee en los instantes en los que se precisa encontrar el contenido de ocasión, para luego expresarlo líricamente, en un recorrido dispar, inspirado, casual, a través de la subjetividad del cronista, sin que necesite ser un especialista. Es más, a mi parecer, el enfoque del especialista mataría la crónica antes de los siete meses, como en el auténtico ensayo, género hoy contaminado de monografía y en el que lo predominante, según el aporte de Montaigne, su creador,  ha de ser el pensamiento virgen y libre del autor ante el tema propuesto.

A partir del modernismo, que trajo también influencias de las formas francesas, la crónica empezó a adquirir las suaves y nuevas libertades de la emoción. En vuelo vertical, se dispara lo emotivo. Y la crónica va dejando de ser opinión, predominante en los textos periodísticos de Enrique José Varona y Justo de Lara –dos sobresalientes cronistas contemporáneos de Casal y Darío-, para acercarse más a la poesía. He de añadir, sin embargo, que entre los escritores románticos del XIX, Anselmo Suárez y Romero preludia la crónica según las normas actuales. Lo sugieren, a mi parecer, sus estampas sobre las palmas y el guardiero.

En estos días,  los cienfuegueros celebraron el centenario del natalicio de Miguel Ángel de la Torre. Fue novelista, también cuentista. Pero fue, por encima de todo, un cronista. De la Torre es uno de los escritores que vivían del periodismo o, si no, en el periodismo. ¿Quién en su época no vivía precariamente del periodismo, porque por los libros nadie comía, salvo el crédito o la fama? Hasta el ínclito Mañach, con todos sus títulos académicos de Harvard y La Sorbona, desarrolló su obra en los periódicos. De la Torre escribió un periodismo afiliado a la crónica según el sentir modernista. Vamos a repasar algunos de sus textos, pero primeramente algunos fragmentos de la crónica titulada Sonrisa de primera plana. En uno de sus párrafos dice:

A nuestro redor, en las columnas inmediatas, el reporterismo diligente ha acopiado y clasificado la balumba de sucesos en que sale a la superficie la vida colectiva, desde las truculencias de la crónica roja hasta las engalladas reverencias de los salones sociales. Nuestra misión está en interponer unos lentes sonrosados entre los ojos del lector y un pedazo cualquiera de ese campo hirviente y pintoresco. Entonces el hecho escogido por nosotros –los cronistas, aclaro yo-,  el ponente- aparecerá a vuestra vista deformado a voluntad de nosotros, que unas veces hinchamos la realidad y  otras la empequeñecemos según nos apetezca. Los hechos, que de otra forma hubieran pasado inadvertidos, ahora capturarán vuestra atención, se adueñarán de vuestros nervios y os harán vibrar a tono con los nuestros. Unas veces reiréis regocijados y otras lloraréis compungidos.
Y sigue:

Así tolerada, al fin, la literatura en el periodismo, desde el momento en que dejaron de considerarse cronistas por antonomasia a los de los salones. Hasta entonces no se conocieron en los diarios habaneros más cronistas que Enrique Fontanills y sus apreciables cofrades. Desde entonces han surgido unos cuantos más en distintos campos, cuyas plumas se han hecho más o menos populares en esa labor cotidiana de subrayado y ático comentario a que antes me refiriera. Hoy no son muchos, pero son bastantes a redimir a nuestro periodismo de la acusación de anodino y plomizo a que lo ha hecho merecedor tanto espíritu de cobrador de cuentas metido a escritor.

Miguel Ángel de la Torre, como puede apreciarse a pesar de la brevedad de la cita, se acercó teóricamente a la crónica. Pero, repito, se destacó por escribirla como si engastara gemas. Veamos este pedazo de Marianao, playa del amor.

Era la playa de Marianao norte de toda diversión noctámbula entre la gente alegre de La Habana.El automóvil entró en aquellas latitudes de holgorio veraniego, bordeando el irregular caserío avecindado con el mar.Guirnaldas de bombillos eléctricos que pugnan por verse reflejados en las aguas, daban a aquello aspecto de feria, efecto al cual contribuían cien variados gritos.-¡A la frita, .señores! ¡A la frita! –vociferaban de un lado. Y a este reclamo, que acentuaba propiciamente el tufo a cebolla y manteca que salía del freidero, se entretejían en la total barahúnda  otros muchos.(…) La glorieta de la playa de Marianao! Ancha plaza para el baile, en cuyo redor se anillan los palcos suspendidos, sobre la inquietud musical de las olas y sobre la cual, como una cátedra, se yergue la tribuna de la orquesta (…) Ardía el salón bajo el latigazo sensual de los danzones. Las parejas de bailadores se plegaban y replegaban, fingiendo una marea lenta y acompasada (…) A tal punto hicieron entrada los viajeros del automóvil. Una de las parejas –gentil pizpireta y alocado joven señor- se sumó en seguida a la masa que bailaba, mientras la otra iba en demanda de un palquillo de los pocos desocupados; está última (pareja), formada por una cara de cera, carbón y carmín por igual artificiales, en la cual lo único vivo eran unos ojos de milagro. Se tendieron por el mar como dos gaviotas bohemias estos ojos, mientras a su lado dos bigotes perfectamente imbéciles murmuraban al camarero: -Champán.

En la prensa habanera coincidieron, como el propio De la Torre apunto, varios cronistas que adecentaron el  entonces plomo chambón de nuestra prensa. Podría nombrar a Aldo Baroni, Lugo Viñas, Miguel de Marcos, Martínez Villena. Discurrían, como inclinación de raíz, por los trillos heredados del modernismo, y llegaban a una especie de conjunción entre periodismo y literatura. Otro Miguel Ángel, pero de apellido Limia, oriundo de Baracoa, impuso su juego literario hasta el punto que Martínez Villena lo calificó como el cronista por excelencia de su generación.

Así empieza Limia a escribir la Exaltación de peregrino romántico:

YO he de irme, fatalmente, muy pronto de Santiago de las Vegas. La Habana, con su fuerte lucha de músculos, con su inmenso fragor de hierro, con su extraordinario escándalo de luces y de pasiones, me reclama imperativamente.La Habana es áspera. Esto lo sabe todo viajador. Para mí, sin embargo, tornadizo peregrino incorregible; para mí, tempestuoso escritor sin patria y sin religión y sin familia y sin afectos; para mí antiquísimo naviador desbrujulado y turbio, la Habana muestra un delicioso encanto peculiarísimo de novia sonrosada. Allí vivo y pienso mis prosas incendiarias desde hace algo algunos años. Quiero entrañablemente a La Habana, a pesar de todo lo que ya me tiene entregado de hiel. Ella y la mujer –la mujer- tierno pan del cielo, substancia divina, constituyen hoy los dos íntimos y nobles cariños de mi mugriento ensueño de adolescencia.

Veamos esta otra página.

A pesar del estilo intolerable y pedestre de mi ilustre paisano Cirilo Villaverde; a pesar de sus inhábiles capítulos de prosa tortuosa; a pesar de la protesta de mi espíritu ligero y risueño hacia los adoquines nacionales, yo me leí con entusiasmo a “Cecilia Valdés”, cuando llegué a La Habana.Me interesaban las costumbres cubanas de aquel siglo romántico en que la sabrosa mulata Cecilia correteaba, moviendo sus caderitas lúbricas de criolla, por la vieja loma católica del Santo Ángel. Conocida era de las negras pobres que durante la prima noche expendían por las esquinas del barrio bollitos y chicharrones. Conocida de todas las bodegas, por donde ella pasaba, hurtando pasas y otras golosinas. Conocida del alegre cubanito de familia rico, galanteador y libertino. Y como el escritor, con una gran comprensión del sentido curioso de la posteridad, ofrece en el principio de su obra todos los detalles de las chatas casitas coloniales en donde su protagonista nació, vivió, amó y padeció, después de la lectura del libro, yo me fui al número 21 de la estrecha callejuela de San Juan de Dios. Aún no habían sido derrumbadas las anchas paredes amarillas del Convento de Santa Catalina. El callejoncito histórico, pues, concluía allí mismo con el número 25…

Las crónicas de los dos Migueles se publicaron hacia 1923, años antes y años después. Sucesivamente la crónica fue asumiendo tinos de vanguardia con Jorge Mañach,  Rubén Martínez Villena,  Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Pablo de la Torriente, Raúl Roa. Pero a pesar de los cambios en el ritmo de la prosa y en la atmósfera -más iluminada desde entonces por la llaneza- y a pesar de la actualización del lenguaje, los ingredientes modernistas, con su manera parisiense, siguieron conformando un tipo de crónica alada, dúctil, subjetiva que, incluso, sigue vigente en aquellos cuyo concepto de la crónica sea algo más que juntar unas frases bonitas. La herencia modernista estableció que no puede haber crónica sin estilo, ni contenido, ni lenguaje que no sea elegido a través de la criba de la sensibilidad. Es propio del cronista, así, una selección estilística que ronde la poesía, sea en una crónica de remembranza, de viaje, de personaje, o de reflexión vivencial. Fueron ellos, los modernistas, desde Casal y Darío, Gutiérrez Nájera y Urbina, Gómez Carrillo y Amado Nervo, los que fomentaron la construcción de la crónica como una hazaña literaria insertada en los periódicos.

Y ellos también se opusieron, con su obra, a hacer una “cosa bonita”. Quisieron escribir obra perdurable con la sensibilidad, la cultura y el estilo del cronista. La crónica, así asumida, hizo más libre a los cronistas, al cederle un espacio dilatado para convertirse en eso que llaman ombligo y que solo es un pretexto para que circule el aire del ingenio.

La crónica, a la par que de adjetivos concebidos en originalidad y música, necesita un fondo, un contenido, ideas, cuya forma discurra guiada por el principio de la emoción o la emotividad, el lirismo o la subjetividad. No bastan, pues, palomas blancas y un cielo azul, para escribir una crónica. De esa manera,  se iría a bolina entre esas mismas palomas y sobre ese cielo azul… Como un papalote sin hilo ni rabo.


CARA A CARA

CARA A CARA

Por Luis Sexto

Admito que no soy un buen entrevistador. La entrevista resulta a mi parecer el género periodístico más difícil: es el más común.  Tratar de escribirla a contrapelo del uso la convierte en un desafío que no todos estamos aptos para afrontar.  Y es más difícil, además, porque supongo que los lectores la prefieren entre todos los géneros.  Al lector le gusta la confesión, y toda entrevista bien hecha, al margen de sus intenciones, es siempre una especie de confesión.  Por ello, determinar con acierto quién merece ser entrevistado -la persona capaz de interesar por cuanto pueda decir- se nos presenta como el paso inexcusable por sobre un tronco  tendido entre los bordes de dos abismos. Así, con un símil hiperbólico, como el estilo enfático de los aprendices.   No habrá, desde luego, entrevista con posibilidades de interesar si el entrevistador no conoce al entrevistado. No hay casa sin cimientos. Y lo conocemos, aunque sea a medias, en la preparación previa, ese indagar en las características psicológicas, en el pensamiento, la obra del entrevistado. Es inamisible, por ejemplo, que a un escritor le preguntemos cuántos libros ha escrito. Del conocimiento anticipado de ese dato surgen las preguntas dominantes del cuestionario. Porque publicar un libro es un punto de giro o de nuevo impulso en la trayectoria de un autor.  Ignorar el dato o desconocer al personaje en sus perfiles básicos, equivaldría a hacer el ridículo. Y con frecuencia esa es una de las sensaciones con las que uno topa  dentro de las páginas de un periódico, una revista, o en la radio y la televisión: el ridículo que proviene de lo obvio.  Por lo visto, cierta práctica considera la entrevista como el género más expedito y sin muchas exigencias y pretensiones.  Puede suponerse que lo estima como el "más auténtico", "el más creíble", porque se presenta en persona a la fuente.  También, y por esta misma razón, es el menos comprometedor para el periodista y el medio. Me parece que el facilismo está rigiendo la proliferación de entrevistas en la prensa cubana.  Claro, esas entrevistas, en puridad, solo pueden definirse como declaraciones.La intención decide el tipo de entrevista.  Se sabe que,  según la técnica tradicional, las entrevistas se subdividen de acuerdo con sus fines. Uno puede entrevistar con un propósito netamente informativo, para darle peso, autoridad, fuerza al contenido.  Por ejemplo al Ministro de Justicia sobre las últimas leyes.  O para recabar opinión, o revelar o retratar la personalidad de un personaje.  Es decir, que no todas las entrevistas requieren de los mismos ingredientes.  Ahora bien, hay uno imprescindible: que estén escritas ágil y concisamente y sean capaces de  atraer el interés del lector por las preguntas y su desarrollo formal y conceptual. Esos cuestionarios explícitos y larguísimos, y respuestas maratónicas, sin depurarse en la criba de las tachaduras o la supresión vocean el aburrimiento y el desinterés. Atraer la atención es una antiquísima ley del periodismo. ¿Alguien lo ignora?  Y errará contra esa regla quien comience una entrevista preguntando explícitamente: ¿Dónde usted nació?  De  la cultura, la actitud y la aptitud del entrevistador dependen utilizar y adecuar los recursos de modo que estimulemos una respuesta inteligente desde un interrogatorio inteligente. No nos arrastraría la desmesura si admitimos que la entrevista es un género con tangencias y turgencias literarias. Oriana Fallaci, a pesar de sus poses de mujer brava, irreverente, ha demostrado que la entrevista compone una lectura apasionante, placentera, si se le adereza con ingredientes dramatúrgicos, se tensa sobre la cuerda del interés creciente, y se “apunta, se penetra en el corazón del entrevistado”, de acuerdo con la recomendación que nos ha dejado como un testamento periodístico en uno de sus últimos libros: Oriana Fallaci intervista a Oriana Fallaci. El asunto de los géneros es polémico. Yo diría que el artículo y la crónica, escritos con voluntad de estilo, con evidente intención estética,  comulgan con los géneros literarios.  De reportaje se puede decir lo mismo, incluso con más razón, porque es el género apropiado para contar historias. La intención --e insisto en ello, como quería Alfonso Reyes--es capital.  Periodismo es periodismo cuando se quiere que predomine la función informativa. Y a veces así no es buen periodismo.  Cuando usted desea que la función estética asome su semblante azul, balsámico, perdurable, el periodismo trasciende y se naturaliza literariamente.  ¿No poseen esa dimensión acaso las crónicas de Martí, o los artículos de Jorge Mañach, o los reportajes de Pablo de la Torriente, Onelio Jorge Cardoso, Jaime Sarusky, Rolando Pérez Betancourt, Leonardo Padura, o los textos periodísticos de García Márquez, Eduardo Galeano, Tomás Eloy Martínez, Miguel Bonasso, y los de John Reed, Chesterton, Hemingway, Mailer, Joan Didion?  Yo sé de Literatura que no lo es y sé de Periodismo que se supera a sí mismo mediante las calidades del estilo y el uso de las técnicas literarias.  Desde luego, cuanto más priorice el periodista la función estética más se acerca el Periodismo a la Literatura, aunque sea de modo unilateral, esto es, a través del estilo, porque, como sabemos, la ficción está proscrita en el Periodismo.  Prefiero llamar a este Periodismo, para ahorrarme complicaciones teóricas, como lo han llamado otros desde hace tiempo: periodismo literario.  Y la entrevista, conceptuada con rigor, se inscribe de lleno en esta órbita literaria. Así no morirá con el día.

Prefiero, al entrevistar, prescindir de la grabadora. Este artefacto asusta, limita. En 1975 llegamos a Surinam una semana después de haber obtenido la independencia de Holanda, su metrópoli colonial. Aunque íbamos a cubrir un partido de fútbol, Eddy Martín y yo decidimos entrevistar al viceprimer ministro, entonces en funciones de primero. Le pasamos el cuestionario; dos días después nos recibió. Respondió formalmente, y luego de apagadas las grabadoras comenzó la verdadera entrevista: dijo cuanto no había dicho. Disimuladamente fui anotando. El gobernante ya estaba libre; no quedaría prueba audible de sus respuestas. Sólo legibles en los apuntes de un oyente. Y eso puede ser discutible en la ocasión en que las conveniencias políticas lo determinaran. Otro inconveniente de las cintas y casetes: la grabadora no permite ver la entrevista; uno se inquieta mucho por el aparato y su correcto funcionamiento; mira más al testigo que el entrevistado, y uno se pierde el lenguaje de los gestos, los cambios de tono, las dudas. La entrevista también se hace con estos detalles.

Muestro el cuestionario previamente si el rango del entrevistado lo exige. Si él acepta someterse a lo desconocido, entonces voy con mis preguntas ocultas. No me gustan las técnicas agresivas. Parto del respeto, de un tono cordial que me permita formular preguntas complicadas sin que el interrogado tenga pretextos para el exabrupto, o la reticencia. La agresividad es habitualmente una pose, y me parece que el lector, en un  momento dado, puede percatarse del circo.

Después de escritas, enseño las entrevistas si la piden, dependiendo del personaje, su rango, su calidad social, humana. Por lo habitual, no  las muestro, y si insisten como imponiendo reglas, decido no publicarlas y, por tanto, se quedan sin leerse.

La entrevista me obliga a asumir el estrés. Porque me inquieta que el entrevistado no se reconozca. Yo he notado que muchos periodistas modifican tanto la forma de las respuestas que el personaje no se detecta, con toda su carga de personalidad, en la entrevista. Puede reconocer sus ideas, pero no su psicología. Me parece que es necesario que, de algún modo, exista la fidelidad al personaje mediante el respeto a ciertos rasgos de la sintaxis o a ciertas palabras claves, o ademanes. Yo he entrevistado a personajes que  han sido antes entrevistados. Y he llegado a ellos habiendo leído esas entrevistas, y me he sorprendido de que cuanto me dijeron nada tenía que ver, en el tono, la forma, los giros, con lo que yo había leído. Una estafa.

Para entrar en el diálogo debe existir un previo y mutuo reconocimiento: conversar de alguna vaguedad, algo que facilite un acercamiento. Una vez propicié la conversación invitando a un renuente personaje a beber de una botella de ron que saqué, de improviso, del bolsillo. Ha sido mi mejor entrevista. Fue a Demetrio Presilla, el ingeniero de La Nicaro, aquel que ayudó al Che a echar a andar la planta de Moa. Cuando volví a ver a Presilla, le pregunté su parecer sobre lo que leyó en Bohemia y me dijo: “Soy yo”. Es decir, se reconoció. Él me lo había advertido al marcharme de su casa: “Espero que usted me sea fiel”. El psicólogo Calviño también admitió reconocerse. Yo he sido entrevistado y, sin embargo, nunca he podido decir que me he reconocido. Se trata de que cada persona posee un espíritu, un orden en las palabras, un modo de acometer la respuesta, que uno tiene que saber captar y conservar.

A pesar de todo cuanto he dicho, yo no soy un buen entrevistador. Pero tal vez tenga razón en este acercamiento al más difícil de los géneros periodísticos.

    

LA CRÓNICA: SONRISA DE PRIMERA PLANA

Por Luis Sexto 

La crónica se escabulle de las definiciones precisas o absolutas. Y no es raro. Suele ocurrir  que cuando uno se introduce en la teoría de los géneros periodísticos, se percata de que no existe ciencia menos exacta. Aunque hay patrones universalmente aceptados, ciertos países,  ciertas culturas, mantienen criterios originales, propios,  sobre la forma  periodística, como en Bolivia donde la crónica es un relato noticioso escrito en orden cronológico. Y en lo individual es trabajoso encontrar dos teóricos que coincidan  en una definición, o dos periodistas  que tenga de consuno  un juicio sobre la fórmula que utilizarán para reflejar un suceso o una idea.

Tras dos siglos de evolución acelerada, la técnica del periodismo se afinca hoy sobre una dilatada área de libertad personal, cuya  certeza  se confirma con la eficacia comunicativa.

Un texto puede mezclar moldes o quebrantar  usos, pero si acierta  en la conquista cotidiana  del lector –faena inexcusable de la prensa-  es legítimo, válido, aunque disguste a los custodios de la ortodoxia que habitan en las redacciones, a veces, lamentablemente, como salvaguardas de la mediocridad.

Pero cuanto digo es también relativo, al menos para mis colegas. Y paso a centrarme en el objeto de estas líneas. ¿Qué es la crónica?  Por lo que la práctica me ha revelado, y por lo que he pulsado en otros autores,  estamos acordes en que es entre nosotros un relato más o menos de actualidad donde predomina el principio de la emoción, en oposición al reportaje que se rige por el principio de la acción. Quizás por tal característica, quienes separan herméticamente sin mucha razón a periodismo y literatura, ubican la crónica en esta última, porque la  subjetividad del cronista permea el estilo de modo que parezca, por sus matices estéticos, una especie de poema en prosa. 

Por  esa misma cualidad estilística, entre el estilo de la crónica y el del ridículo se transita por un trillo muy escueto. Por momentos caemos en confusión, y estimamos que crónica son tres o cuatro párrafos cargados de palomas blancas en un cielo azul. Esto es, la vaciedad conceptual pretendidamente sustituida por un lenguaje almibarado.

 Tal vez  las carencias de espacio –en particular en Cuba donde los periódicos son muy breves- no permitan el brillo de cuantos poseen  el filo para la crónica, que no es género para todos, sino para aquellos dotados del registro sensible que exige esa amena visión de la vida. Ya discutiremos en algún festival o taller  que la especialización en el periodismo tendrá que ser también genérica. Porque en el terreno del talento y la capacidad no todos podemos hacer de todo. Habrá que escribir en la cuerda que cada uno de nosotros haga cimbrear con más armonía y eficacia.  La crónica, sin embargo, ha sido tradicional en la prensa cubana en particular  y en los medios latinoamericanos. Señoreó en parte de los dos últimos siglos, discurriendo por los criterios formales que en el ámbito periodístico impuso el modernismo literario. Además de José Martí, cronista cuya repercusión influyó en la literatura y el periodismo de Hispanoamérica, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera empezó a legarnos esos textos aparentemente baladíes que se acercan a la gente y las cosas con una mirada amable y que en México han encontrado varias generaciones de relevo, algunos de cuyos cultores son,  o han sido,  Luis G. Urbina, José Alvarado, Renato Leduc, Alfonso Junco, José Revueltas, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, y muchos más. En Cuba, Julián del Casal, Justo de Lara, Enrique José Varona y Emilio Bobadilla,  a finales del XIX y principios del XX; y más adelante Miguel Ángel Limia, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente, Ruy de Lugo Viñas, Aldo Baroni, Armando Leyva, Andrés Núñez Olano, Raúl Roa, Nicolás Guillén,  suavizaron con la brisa de sus crónicas el áspero plomo de la prensa de entonces.

Hoy entre nosotros podemos citar a Rolando Pérez Betancourt, Lisandro Otero, Jaime Sarusky, José Aurelio Paz, José Alejandro Rodríguez, Rosa Miriam Elizalde, Guillermo Cabrera, Ciro Bianchi, Jorge Garrido, Francisco G. Navarro, Rodolfo Santovenia, Joaquín Ortega, Eduardo Montes de Oca, Michel Contreras.  En todos uno degusta el sabor emotivo, lírico, de la palabra y  confirma el propósito de convertir la crónica en la sonrisa de primera plana  que dijo Miguel Ángel de la Torre, otro de los clásicos cuyas mejores páginas recogió Elías Entralgo para rescatarlas del olvido. Y leerlas valdría por todo cuanto ya sería capaz de añadir y que ya no es mucho.

 

 

UNO NUNCA DEBE DE IR A DONDE VA

Por Luis Sexto
Notas sobre la actitud del periodista ante las invitaciones de la realidad
No sé a quién pertenece, pero el pensamiento es exacto, y viene a propósito de nuestro tema. Dice: No basta con escribir una historia, hace falta sobre todo talento para saber hallarla. He ahí, pues, uno de los retos del periodista, del escritor: saber hallar sus historias. Porque, hablando en estricto lenguaje técnico, escribir es una acción posterior. La primera es concebir, encontrar qué decir.
Cuántos reportajes, cuántas crónicas, bien escritas o al menos notablemente escritas, y que, sin embargo dejan insatisfacción. La historia no era interesante. Claro, no siempre funciona así. Puede ocurrir al revés: historias interesantes mal escritas. Pero la forma no nos compete ahora. Estoy hablando de mis experiencias. Y la experiencia, como decía un vecino de mi primera juventud, cuando uno la tiene no sirve para nada. Comete nuevamente el mismo error. La experiencia, en serio, viene siendo el nombre que el hombre, según Oscar Wilde, le da a sus errores. Y, a pesar de ello y de lo demás, la experiencia compone una especie de aprendizaje y es también el resultado del aprendizaje. Cuando es lo último: capacidad enriquecida por el uso, ya integra un valor agregado del oficio o de la profesión.
Pues bien, tengo mis experiencias con respecto de cómo hallar los temas, esas crónicas y reportajes que subyacen en cualquier rincón de la ciudad o del campo, detrás de cualquier rostro. Desde luego, no me es posible armar una fórmula, una receta. Enumerar reglas y pasos derivará en una exposición escolástica, rígida y poco atractiva. De qué serviría decir muy solemnemente: Primero: el periodista ha de mantenerse con los ojos siempre abiertos, para captar el valor humano digno de relatarse. Eso, como se aprecia, es algo medio abstracto y medio baladí. Un periodista, si lo es de sangre, sabe que debe de andar mirándolo todo con interés, tirando intuiciones, como el murciélago, para luego analizar las señales que rebotan.
Mejor son las anécdotas. Hace mucho tiempo dije, en una reunión muy importante, donde ciertas personas querían invalidar el papel revelador de las anécdotas, que, modificando a Lenin cuando definió a la política, se podía afirmar que las anécdotas son la expresión concentrada de la realidad. Y es verdad. Voy a contarle una experiencia grata en mi oficio de escribidor. Fue hace l5 años. Andaba yo en la búsqueda de datos para escribir un reportaje sobre el pueblo de San José de las Lajas, al oeste de La Habana. La encomienda se presentaba como uno de esos clavos que uno martilla más por obligación que por devoción. ¿Qué decir de ese pueblo en su aniversario 300 que no estuviera dicho o que fuera interesante? Por el camino, en la carretera hacia Batabanó, me fijé en las ruinas del ingenio La Julia: una chimenea, una catalina y los cimientos de lo que fue un central próspero hasta 1926. Pedí al conductor detenernos para curiosear. Y ya dentro de aquellos hierros carcomidos por el tiempo y la hierba, pensé casi inconscientemente: Si aquí hay ruinas es porque antes hubo hombres.
Le pregunté a un vecino si aún residía allí alguien que hubiese trabajado en el ingenio. Y me respondió afirmativamente. Me indicó la casa. Y me abrió la puerta un anciano, con bastón y sombrero. Me presenté. Y me respondió: cuánto han tardado; llevo esperándolos más de 60 años, porque lo que hicieron con este ingenio es una injusticia. Y no les digo, por obvio, que de aquel encuentro brotó una crónica plena del temblor humano de aquel viejo que nunca se marchó de La Julia porque amaba demasiado a su ingenio. Y quiso siempre denunciar el robo que le habían hecho. No estaba loco. Era un hombre. Una historia. Su queja quedó en Bohemia. El reportaje de San José jamás lo escribí.
Yo podía seguir contando. Por ejemplo, referirme a aquella vez, en 1990, cuando recababa datos sobre la villa de Trinidad. Algunas personas me dijeron: ve a Nelly, en el poblado de Casilda. Empecé a conversar con ella. Y de pronto comprendí que Trinidad ya no me interesaba: Nelly era mi reportaje. Estaba en presencia de una mujer singular, con historia también singular y madre de un único hijo excepcional, Pepito Mendoza, asesinado por la tiranía de Batista.
Es todo. La receta es simple. Mirar al hombre o a la mujer, a la vida o a los hechos, con una mirada más allá de las apariencias. Eso, claro, tampoco queda claro. En Moa, el centro minero del norte de la provincia de Holguín, una vez, me dijeron: Hay por allá un cedro enorme, cuyo tronco ni doce hombres pueden abrazar. Pero hay más, me dijo otro compañero: Aquí tenemos un hombre a quien le decimos así: El cedro de la Melba. ¿Por gordo? -pregunté. No, no... -respondieron. Pues, llévenme a ese hombre; luego vamos al cedro. La historia, me figuraba, era el hombre. Porque qué clase de tipo debía ser ese, a quien comparaban con un árbol enorme. No me equivoqué.  Y me parece, al final de más de 35 años como periodista, que uno nunca debe ir a lo que va. ¿Me explico?

 

LA POLÉMICA DEL PERIODISMO LITERARIO

Por Luis Sexto

Tal vez ya no se exprese contemporáneamente en litigios teóricos, pero la polémica todavía muestra la piel erizada de los contendientes. Literatura y periodismo mantienen una rivalidad práctica que, juzgada racionalmente, se asemeja a aquellas disputas en Bizancio donde se apostaba el tiempo a especular sobre si los ángeles eran varones o hembras, o a  adivinar cuantos de esos alados y transparentes personajes cabían en la cabeza de un alfiler.

A pesar de la tozudez de cuantos pugnan en uno u otro bando, periodismo y literatura se han acercado concretamente,  y hoy pervive la dicotomía gracias al orgullo, que suele atizar el ejercicio de las pasiones.  El novelista Lisandro Otero suscribe un criterio que tiende a reconciliar las miradas antagónicas: “Hemos tenido que aceptar que los libros de memorias, los reportajes, incluso la propaganda, pueden ser categorías de arte.”

¿Desde cuándo hemos tenido que aceptarlo? Quizás Otero se refiera a los tiempos actuales, con el desarrollo de los medios de difusión o comunicación, y en época de literatura kleenex, esto es, desechable. Pero probablemente Víctor Hugo y José Martí ya lo creían así cuando escribieron sus reportajes. Alejo Carpentier dijo que la diferencia entre el periodismo y la literatura, más bien la novelística, estriba en que aquel trabaja con los acontecimientos en caliente, y esta con ellos en frío. La perspectiva temporal viene siendo el elemento que atempera la apropiación de los hechos. Por lo tanto, siendo más inmediato, el periodismo se ve constreñido a la urgencia y la síntesis, y a cierta inevitable superficialidad condicionada por la jerarquización de los acontecimientos  y el espacio que ellos merecen e, incluso, por el que cuentan los medios.

Las especificidades de cada visión –la periodística y la novelística—engendran una diferencia estilística que, según Carpentier, es la única que él nota Y Gabriel García Márquez,  más explícito, más rotundo, a confesado que en cualquier análisis sobre el asunto, él parte de que “el periodismo es un género literario”.   Esto es, el periodismo no es un pariente pobre de la literatura. Es otra vertiente de la literatura, aunque más utilitaria y, por tanto, menos perdurable. Pero no por ello, han de permanecer en comportamientos estancos, sin influirse. Hay que hacer notar que tanto literatura como periodismo buscan, como fin supremo, captar el interés del lector. La  primera lo consigue enfatizando en lo estético; el segundo en lo informativo. Pero se topan con el mismo desafío: interesar, gustar.  Debo insistir. Desde el ángulo de la estética, literatura y periodismo ejercen funciones similares: educativas, cognoscitivas, etcétera. Pero las funciones primordiales los separan. La función estética caracteriza esencialmente a la literatura, formación estilística de arte,  y seguidamente las demás, entre ellas, la informativa. Al periodismo, formación estilística de trabajo la distingue, precisamente, la función que comunica el acontecer de actualidad, esto es, la informativa

El periodismo, no obstante todos sus vínculos con la realidad noticiosa, halla su dimensión más duradera e influyente cuando se aproxima a lo literario-estético mediante el trabajo del estilo y las técnicas narrativas. Norman Mailer, a quien se le atribuye, entre otros, un reverdecer del periodismo literario, dijo que era posible contar la historia como novela y la novela como historia. Por ello, tal vez los reportajes de John Reed puedan ser leídos aún con una pasmosa actualidad.  También los de Pablo de la Torriente Brau. Trascendieron el círculo inmediato de lo perecedero, para insertarse en la órbita de lo permanente, al expresar sus enunciados sobre el discurrir cotidiano en un movimiento narrativo pleno de vitalidad. Julius Fucik, al disponer en Reportaje al pie de la horca su testamento literario decidió cómo  debían los albaceas ordenar sus escritos: unos serían publicados como obras escogidas, y el resto continuaría sepultado en los archivos de los medios donde aparecieron, porque fueron textos que “murieron con el día”. 

Habitualmente, los enunciados periodísticos más apegados a las urgencias informativas del momento fallecen al atardecer. Revelada la noticia, comentado el acontecimiento, reproducida la declaración,  ya no hallan un destino que les justifique el interés, salvo quedar como referencias para historiadores y sociólogos. Ese periodismo, por supuesto, ha de crearse sobre la mesa de la fidelidad profesional. Porque, aunque muera de inmediato, tendrá que conquistar y satisfacer a los lectores de ahora, de hoy, sus destinatarios principales. El colombiano Tomás Eloy Martínez enunció brevemente una tesis cuajada de método, experiencia y, sobre todo, de ética. El novelista solo adquiere un compromiso con los lectores después de concluida la obra; ignora quienes la leerán, y por tanto primeramente tendrá que ser fiel a si mismo, a su vocación, al mundo propuesto en su libro, que suele partir del orbe de sus vivencias y creencias.  El periodista, en cambio, cuando se aplica a escribir conoce a los destinatarios de sus cuartillas que le exigen apego a la veracidad y  la exactitud esenciales del plano informativo y a todas las convenciones que definen, mediatizan y condicionan un texto periodístico.

Periodismo es, en esencia, servidumbre. Pero, precisamente por ese resorte de opresión, el periodista asume un compromiso ante el cual no siempre se reivindica cumplidamente. El exceso de sometimiento a las normas convencionales, el fanático culto a la despersonalización, estimulan quebrantar la forma o la búsqueda de las opciones que conviertan las páginas de un periódico en un nicho de la vida en sus secuencias aspirables y respirables, en su flujo y reflujo sanguíneo. Es decir, una dosis de vitalidad que, aunque parezca morir con la jornada, deje memoria durable de sí en el desafío a lo banal y opaco. Los lectores jamás se han reunido en congreso para reclamar de periódicos y revistas sequedad, frialdad, superficialidad. Al contrario, las encuestas demandan el soplo vivificador de un espíritu de luz.

Cuantos menosprecian la aparente faena menor del periodismo, se fundamentan en aquellos medios y profesionales que la ejercen con la actitud del que acomete el trabajo sabiendo de antemano la poquedad de su tarea. Así se manifiesta la conciencia de la propia subestimación que impide, por indefectibles resultados de los impulsos retardatarios, un previsible movimiento dialéctico de superación. Hay ingredientes de acomodamiento, de carencia vocacional, de convicción creativa e incluso de cultura  en las redacciones. Por lo cual el periodismo no es intrínsecamente limitado, precario: se pervierte y reduce en su ejecución.  Qué podrá argüirse cuando de los archivos alguien extrae páginas centenarias, y revela a José Martí como gacetillero, autor de esas notas que a veces ni portan nombre y apellido y que ilustran el aprovechamiento del espacio material y la decisión editorial de ampliar el universo informativo. Aun en ese género casi microscópico Martí ordenó a su pluma  una  expresión decorosa. Podría  una gacetilla fenecer con la puesta del sol, pero durante toda su breve existencia uncirá al lector a una forma incitante, viva.  El historiador Pedro Pablo Rodríguez reprodujo, en Enfoques, de la UPEC una muestra  de textos breves y anónimos, atribuidos rigurosamente a Martí mientras trabajó en la Revista Universal, de México.

Años más tarde, el Apóstol de la independencia de Cuba se afiliará a los anticipadores decimonónicos del periodismo que hoy los tratadistas llaman literario, o personal, o narrativo, que es como prefiero, o nuevo periodismo que engloba con este marbete una variante de lo mismo.  Desde luego, entonces el gacetillero anónimo, pero inteligente, armónico, fino de la Revista Universal, dispondrá de mayor espacio para explayar la narración reporteril en un discurso narrativo que reconstruirá activamente el contenido noticioso o informativo. El espacio es la objeción más general y atendible de cuantas se le oponen al periodismo literario –que no por llamarse así dejará de ser periodístico-. Es cierto que para narrar según los procedimientos de la literatura, el autor reclamará un recipiente ancho y profundo. Y por ello, actualmente, el reportaje narrativo se asila en las páginas dominicales, o en los libros. Aclaremos, a propósito, que no es literario por que su soporte sea un libro, como hay enunciados que por publicarse en un periódico no son automáticamente periodísticos.  El folletín del siglo XIX, digamos, aparecía en las páginas de los medios, pero clasificaba como literatura o seudo literatura.

Ahora bien, la práctica de la narración literaria como alternativa periodística puede adaptarse al espacio disponible. Agotada espacialmente o adecuada al espacio disponible, enriquece el reportaje y la crónica –géneros claves del periodismo impreso- incorporándoles un toque de vigor, realce, y vigencia.

LO QUE ES Y NO ES LA CLARIDAD EN EL ESTILO PERIODÍSTICO

 Por Luis Sexto

Fragmentos del libro "Literatura y Periodismo, el arte de las alianzas", publicado por la Editorial Pablo de la Torriente, La Habana.

La claridad se empina como el requisito insignia en el estilo del periodismo. Escribimos los periodistas para ser comprendidos inmediatamente la mayoría de las veces. La evolución técnica y tecnológica de nuestra profesión ha procurado, incluso, que lectores u oyentes se sintonicen más aceleradamente con el mensaje de los medios. El lead con sus cuatro preguntas básicas –rescatado de la antigüedad clásica, según sostiene Raúl Peñaranda- se propuso conquistar al lector que la modernidad capitalista iba generando. Un lector espoleado por el trabajo urgente de las industrias que solo podría leer en un tiempo siempre precario, tenso. Todo, pues, breve y, sobre todo, claro. Influía también en ese afán un hecho económico: la actividad editorial dejaba de fundamentarse en la divulgación de las ideas, en el careo de partidos y grupos políticos, para asumir la práctica de una empresa informativa. Mark Twain, en Un yanqui de Conneticut en la corte del rey Arturo, habla de fundar en Londres un periódico, porque no se concibe una sociedad sin él. Por supuesto, un diario informativo de acuerdo con la dinámica concepción capitalista de la sociedad estadounidense.

La claridad, por supuesto, no es un hallazgo del periodismo. Horacio, desde la antigüedad latina, advierte que “el entender es el principio y la fuente del bien escribir”. Y en qué consiste la claridad. Habitualmente los profesores recomiendan emplear palabras comunes, y trasmiten, así, el síndrome de la palabra rebuscada que es, según ese criterio, el vocablo raro, inusual. Por encima del techo de la comprensión general. Es una tendencia propia de muchos aprendices inquietos por la voluntad de estilo. No me niego a reproducir un fragmento de una entrevista de James Irby con  Jorge Luis Borges.  “Yo antes escribía de una manera barroca, muy artificiosa. Me pasaba lo que le pasa a muchos escritores jóvenes, creo. Por timidez creía que si hablaba sencillamente la gente creería que no sabía escribir. Sentía la necesidad de demostrar que sabía muchas palabras raras y que sabía combinarlas de un modo sorprendente.”

En lo que respecta a ese asunto, me parece que no hay palabras rebuscadas, sino fuera de lugar. Quizás sea lo mismo. Pero, a mi modo de ver, la palabra disuena, suena rebuscadamente, cuando no encaja en el nivel del lenguaje de un autor. ¿Podríamos acaso acusar de rebuscado a Lezama Lima? Cada término allegado por el creador de La cantidad
hechizada se inserta cumplidamente dentro de los límites culturales de su expresión. En Lezama la palabra más llana pecaría de rebuscamiento si no participara en la altura del resto de su lenguaje. En él, quizás, la palabra irregular debería sustituirse por heteróclito. El rebuscamiento proviene, por lo general, de la impericia o  la incultura. Quien no sabe escribir hurga en los breviarios de sinónimos, y como la imprecisión lo guía, cuando elige, selecciona el término que produce una ruptura del lenguaje. Como un crujido que denota la quiebra de la naturalidad.

El miedo al rebuscamiento, pues, aqueja a muchos periodistas y editores. Y condiciona actitudes honradas. Pero  puede por momentos emparentarse con un concepto reaccionario.  El poeta y narrador Félix Pita Rodríguez me contaba que, siendo el autor dramático más oído en la cadena CMQ, hacia los 1950, uno de sus propietarios –Goar o Abel Mestre- le recomendó muy severamente que “bajara el nivel, pues él escribía para un pueblo con una edad mental de siete años.” El autor de Corcel de Fuego, revolucionario en letra y espíritu, le respondió que por ello mismo no lo bajaba. “Yo quiero, señor, que algún día el pueblo tenga 28 años de edad.” Se colige de la anécdota que escribir para el pueblo es ascender, y las palabras, que componen la escalera, tienden lógicamente a subir. Mas, apartémonos de esa discusión, porque no es su momento, y clasifica  además como demasiado peliaguda. 

Digamos, así, que la claridad depende, en cierta medida, de las palabras,  pero el factor lexicográfico no implica el mayor riesgo. Existe una oscuridad textual que no puede achacársele a la dicción. Corresponde al pensamiento. De este tipo fueron las que enloquecieron a don Alonso Quijano. Por descifrarlas pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio sin que brotara la luz de esfuerzo tan empecinado.  Por ejemplo:

Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedoras del merecimiento que merece la vuestra grandeza. 

Leía esta frase el hidalgo manchego en un libro de caballería. No la comprendía. ¿Y por qué parece oscura?  Simplemente, porque solo puede hacerse claro lo que es, y en este período falta un ingrediente básico: el pensamiento. Predomina la vacuidad, y el vacío es ininteligible. O, por lo mínimo, suscita la confusión que lo hace inaprensible. Escribe claro quien piensa claro, nos recordó Miguel de Unamuno.

Voy ahora a citar un párrafo de cierta nota informativa donde no aparece una palabra fuera de la normalidad. Sin embargo, sobresale por las sombras. Comprenderlo supone una fatiga, si llegamos a leerlo hasta el final.

Más allá de los números (este año terminarán unas 3 000 viviendas y rehabilitarán otras 2 000 y tienen 7 000 en diferentes fases de construcción; han producido millón y medio de tejas criollas; emplean marabú en la fabricación de puerta, ventanas y algunos muebles), del ahorro de cemento que implica el mampuesto (más de una tonelada menos comparado con las tradicionales de bajo costo) y de algunas reglas propias para elevar la cultura habitacional, como la prohibición de construir casas de madera y techo de guano o el uso de celosías a modo de ventanales, o para incentivar la celeridad constructiva –no hay escalafón para entregar materiales sino que prima que “al que más avanza es al que más se ayuda”-, Peña insistió en que la participación de la gente, de la familia en la construcción de su vivienda, es lo que da valor a este movimiento popular y rinde más frutos.

Como se ve, el periodista no empleó ninguna palabra extraña, ajena a la compresión unánime. Sin embargo, qué ha pretendido informar, pregunta uno, porque el párrafo logra una oscuridad que proviene de su enrevesada  composición. El abigarramiento de datos  en incidentales dentro de incidentales, y la separación entre el sujeto y el verbo y uno de los complementos fundamentales del predicado (más allá de las cifras) convierten el enunciado en una carretera de montaña: en plenitud de curvas; no se divisa el horizonte. Si un lector se interesara, tendría que invertir un tiempo superior al que merece un texto de esa índole, para organizar de modo coherente un cúmulo de información sin jerarquizar.

La claridad, más bien, depende de la sintaxis, del orden y la longitud de las frases. Un término fuera de norma podrá comprenderse mediante la influencia del contexto. O el juicio del diccionario. Pero párrafos ordenados de modo tan estrecho e inarmónico entorpecen la lectura de modo que, al primer extravío, el lector desiste.  El párrafo del ejemplo, publicado en un diario, se clasifica dentro del estilo sintético que algunos llaman envolvente y yo, modestamente, de bolsa. Esto es, una cosa dentro de la otra. A partir de ahora puede arreciarse la polémica. No pretendo imponer una regla. Mas, si como definió Azorín, escribir es poner una cosa al lado de la otra, el estilo que encaja, sobre todo en el periodismo, es el cortado, en su nombre más popular, y analítico en el más teórico. Y consiste en la mezcla de frases breves y frases un tanto más largas, y, según señaló Juan Rulfo, con  el sujeto, el verbo y los complementos como puntos de apoyo,  y, con el punto y seguido -añado yo- de piedra sillar sobre la cual se asiente la estructura del párrafo.

Deseo, no obstante el ejemplo propuesto,  abundar. Seguidamente cito otro momento de tinieblas en un texto publicado en una revista.

Una de mis más gratas satisfacciones al iniciar estas notas es la de presentarles una anécdota de nuestro inmortal Finlay totalmente desconocida hasta este momento, al haberla pasado por alto sus historiadores en la seguridad de que este hombre extraordinario era tan moralmente excelso que una expresión adicional, de carácter íntimo, en familia, no podría aumentar jamás el plano cimero que sus merecimientos ya le habían conquistado, pero, para mi padre, que se encontraba en la casa del sabio cuando se le notificó que no recibiría el Premio Nobel –debido a las razones que no es necesario apuntar para no ver la pequeñez de los hombres una vez más- constituyó un axioma filosófico de tal envergadura que siempre lo recordó, es más, grabó aquellas palabras de respuesta del sabio con tanta firmeza en mi consciente, para guía y norma, para confrontar vicisitudes, defraudaciones, incomprensiones o reacciones de mala fe del ambiente en que me moviera, que llegaron a convertirse quizá si en máxima de base al desarrollo de mi carácter...

Es, a simple vista, una demostración infeliz del estilo envolvente: una oración sobre otra, o dentro de otra. Ni un punto. Resulta, pues, una evidente falta de claridad;  necesitamos más de una lectura. Y oímos la desarmonía general del párrafo. Póngalo usted en estilo periodístico. Verá cómo mejora.

El estilo cortado no es un invento contemporáneo. El propio Azorín, uno de sus artífices en nuestra lengua, recuerda que en el siglo XVIII, en un pueblito nombrado Río Frío, el cura don Jacinto Bajarano compuso un libro sobre el arte de escribir en el cual recomendaba la frase breve como clave de un estilo dúctil y claro. Y entre el siglo XIX y XX, William Randolph Hearst, a quien podemos reprocharle diversas insuficiencias éticas, pero reconocerle capacidad  y eficacia periodísticas, exigía a los redactores de sus numerosos periódicos que no lo dijeran todo en una sola oración. Decía Hearst: “He pedido muchas veces que los reporteros y corresponsales de nuestros diarios escriban con párrafos cortos. En la mayor parte de lo que se escribe en los diarios se incurre en el error de que el cronista trata de decir todo lo que sabe en una sola oración. Esto recarga la lectura y a veces cuesta trabajo entender lo que se dice. Es fácil fraccionar los temas en frases cortas y hacer más párrafos, de manera que este resulte más legible y comprensible.”

La tradición, que opera también en la perdurabilidad y funcionamiento de los estilos, estableció en Cuba el uso del procedimiento analítico. Una cosa al lado de la otra. Muchas de las mejores prosas del siglo XX, se caracterizan por el predominio de la frase breve. Martí, inmerso en los preliminares del 1900, es, desde luego, un caso estilístico único. Él sabía salir airosamente de los encaracolamientos del estilo envolvente y conseguir una expresión que conmoviera  y desgarrara. Imitarlo implica el riesgo de que se nos vea el índice del maestro. Sin embargo, en su Diario: de Cabo Haitiano a Dos Ríos, Martí logra anticipar la prosa nerviosa, rápida, ágil que distinguirá, al menos en lo periodístico,  a numerosos autores.

Ejemplifiquemos.

JORGE MAÑACH
 
            Una cosa es, en efecto, el problema histórico de un pueblo y otra su problema  político. Acaso esta diferencia se aclare, por analogía, comparándola con la que se produce en la formación individual. Es viejo el debate entre el determinismo y el libre albedrío. El hombre nace, en gran medida, determinado por antecedentes y circunstancias ajenas a su voluntad moral.
          

RAÚL ROA

   No soy de los que ponen  en cuarentena las virtudes del pueblo cubano. Conozco su historia. Y eso me basta para mantenerme perennemente encendida la fe en sus destinos. Ningún relato más reconfortante y aleccionador que el de sus sacrificios, abnegaciones y bizarrías. De sus lágrimas, sudores, bravuras y afanes brotó la nación. 
ONELIO JORGE CARDOSO  

   Llueve que parece que nunca va a acabar. De la falda de la montaña baja el agua siguiendo los trillos en turbios arroyuelos cargados de hojas y palos secos. Los arroyuelos se juntan a las cañadas y luego las cañadas hechas verdaderos ríos van al San Cristóbal cuyo sonido fuerte se confunde con el aguacero. Una abuela con sus nietos ha estado esperando  sin hablar y mirando al cielo, pero al fin se levanta y le habla a los suyos: hay que irse como sea. Ellos viven del otro lado del río y con media hora más de espera, el San Cristóbal no dejará pasar a nadie durante un día o dos. Entonces se van. Ella no lleva nada que le cubra ni siquiera la cabeza.

 

ALEJO CARPENTIER
         

 En los últimos años de su vida, Emilio Salgari se tornó de un humor sombrío; tenía manías persecutorias y se creía hostilizado por enemigos imaginarios. A fines de abril de 1911, se suicidó, arrojándose –según creo- de lo más alto de una torre, en Turín. Estaba a punto de cumplir cuarenta y nueve años y dejaba tras de si, un centenar de novelas.

FERNANDO G. CAMPOAMOR

A La Habana hay que vivirla por dentro, al decir clásico, luego de amarla a primera vista. La Habana del cielo y el mar endrinos a la luz nocturna. Es ciudad que derrama la gracia cordial como un brebaje de salud fraterna. En los techos de barro y en las persianas, en las ventanas de hierro y en los vitrales, el viento marinero la guarda en salmuera para que jamás pierda su palpitación cardiaca, su levadura en fermentación. Bien conocida, querida a fondo, hay que plagiar la frase que Michelet le dejó como una flor a París: “Esta ciudad fue todo para mí.”

 

Imponer una prosa tan ágil, sencilla, en los periódicos ha sido una labor espinosa. El propio Félix Pita Rodríguez me participaba que en el diario Noticias de Hoy, durante la década de los 1940, él predicaba la vigencia de la frase corta. Mucho punto y seguido, compañeros, aconsejaba, porque lo usual era el abigarramiento de las oraciones. Veinte años antes, Miguel Ángel de la Torre, uno de los cronistas ejemplares del momento, hablaba del espíritu de cobrador de cuentas que se había colado en el ejercicio del periodismo, y con el que se armaba una prensa plomiza y farragosa, renuente a  los rigores estilísticos que  ordenan los enunciados de la prensa.

Ahora bien, el llamado estilo cortado esconde sus trampas. Hemos de juzgarlo desde sus resultados negativos, aquellos que provocan una ruptura de la armonía mediante el monótono martilleo de frases cortas sin articulación. Si tradujéramos a un gráfico el efecto de estos enunciados veríamos  una línea recta.

Imaginemos un libro o una crónica o un reportaje escrito a bases de frases breves desvertebradas. La impresión de monotonía, aburrimiento, rigidez oprimirían al lector. Cuando uno recomienda el estilo analítico, es decir, una palabra puesta junto a la otra, una cosa dicha a la vez, no está abogando por el “estilo telegráfico” que los tratadistas condenan.

Era su cuarto y último viaje aquel año de 1502. Un viaje pobremente armado. Carabelas maltrechas y escasas vituallas. Un viaje en derrota y de ilusiones perdidas. Acosado por las intrigas, y ya antes puesto en cadenas, Colón era un viejo achacoso. Apenas sobrepasados los 50 años. Atacado por el mal de la gota y el reumatismo.

El párrafo, apropiadamente redactado en sus orígenes, supera a la versión reproducida arriba:

Era su cuarto y último viaje aquel año de 1502, un viaje pobremente armado, con carabelas maltrechas y escasas vituallas, un viaje en derrota y de ilusiones perdidas. Acosado por las intrigas, y ya antes puesto en cadenas, Colón era un viejo achacoso, apenas sobrepasados los 50 años, atacado por el mal de la gota y el reumatismo.

En Cuba, Eladio Secades condujo el estilo cortado al extremo en Estampas de la época. El libro por momentos marea, a pesar del ingenio del escritor.

Me parece una aventura ensayar una semblanza del guapo criollo. El guapo es uno de los tipos más frecuentes en las corrientes de nuestra vida. Todos nosotros tenemos algo de valientes y algo de tenorios. Nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y en cubanos que no se fajan. El valor es un estado mental. Para ser valiente, o para ser cobarde, no hay más que empezar.

Advirtamos, no obstante, que por momentos es dable utilizar la fragmentación para conseguir efectos rítmicos y aligerar el enunciado, o enfatizar en ciertos rasgos, ciertos lugares, ciertos datos. Así la emplea Eugenio D’ors en un fragmento de La Bien Plantada, que podrá ofrecerse como un modelo para los periodistas, aunque sea  una novela de ficción.

Hemos dicho que existía en el cuerpo de la Bien Plantada una central falta de canon; es demasiado alta su cintura; en compensación, el resto se ajusta   a una proporción perfecta. Y también su movimiento se ajusta a una proporción perfecta. Y su manera de mirar. Y su voz. Y sus palabras. Y su manera de tender la mano. Y su manera de decirnos adiós. Y su manera de vivir. Y su manera de tratos y maneras. Y su manera de ser amiga. Y, no hay que decirlo, su manera de bailar. Así –y no de otro modo que una gota de aceite en una extensión de ondas agitadas- la presencia de la Bien Plantada lo aquieta, serena y ordena todo en muchos, en muchos pasos a la redonda y en muchas, muchas almas de la cercanía

Lo racional supone combinar, establecer un contrapunto entre frases cortas y otras largas o más largas. Y entonces el gráfico que pudiera obtenerse de su representación estaría regido por la variedad: entrantes y salientes  mezclados con períodos planos. Así:

En compañía del fotógrafo Héctor García recorro la ciudad de México. De pronto, andamos ya por el barrio de Tepito. Viernes Santo. Héctor se detiene ante un puesto, para comerse dos empanadas de bacalao.

O así:

Es tiempo de abrir tu regalo. Los de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen. Tengo uno mejor para ti: un anillo. Centellea con luz especial y nadie puede quitártelo; ni destruirlo. Eres la única que puede verlo, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío. Te otorga un nuevo poder. Usándolo te elevas en las alas de todas las aves...  ves a través de sus ojos, tocas el viento que sopla entre sus alas, conoces el júbilo de llegar muy alto y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer en el cielo, después de la noche o con la salida del sol. Cuando bajes tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.

Modifiquemos respetuosamente la entrada de “El guapo criollo”, de Secades, citado más  arriba:

Me parece una aventura ensayar una semblanza del guapo criollo, porque   el guapo es uno de los tipos más frecuentes en las corrientes de nuestra vida. Casi todos nosotros tenemos algo de valientes y algo de tenorios. Y así nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y en cubanos que no se fajan. El valor es un estado mental. Por ello, para ser valiente, o para ser cobarde, no hay más que empezar.

El punto y seguido es en este estilo el foco alrededor del cual gira la expresión; sin embargo, no se precisa que lo dejen solo, independiente. Requiere de la articulación con elementos oracionales: conjunciones, preposiciones y elementos retrospectivos o prospectivos que le presten al enunciado soltura y movimiento.  Y, sobre todo, lo abastezcan de armonía, “la cualidad esencial del arte de escribir”, de acuerdo con un criterio que, luego de todo lo expuesto en estas páginas, parece razonable.

EL DOBLE FILO DEL ADJETIVO

Por  Luis Sexto

Cierta noche  miraba el Noticiero Nacional de Televisión -que así se llama desde hace 40 años lo que en puridad es un noticiario- cuando escuché a un reportero referirse a “un fructífero proceso” de no importa ahora  qué cosa.  Y de improviso tuve la revelación gráfica, audible, en fin, real, de cuanto uno oye o lee en cátedras académicas o bibliográficas sobre el adjetivo y su papel técnico  estilístico.

Recibí, pues, la inspiración de incoar una causa sumaria al por momentos estéril,  redundante o adulterador adjetivo. Ideas y principios gramaticales sobran, de modo que nada sorprendente podré yo allegar. Por tanto, mi análisis no se concentrará en la gramática, más bien en la técnica y el estilo.  El adjetivo, lo sabemos, es una parte de la oración. Existe en nuestra  y en otras lenguas con una función muy específica: califica o determina al sustantivo mediante una subordinación de índole descriptiva, numérica, ordinal, extensiva.  Por ello, no hay que huirle, temerle a ultranza, como al gerundio cuya mala fama ya sugiere que es una forma verbal bastarda en el castellano. ¡Tanto  lo esquivamos! Pero hay que advertir que lo que se ha de evitar es el gerundio mal usado, porque el correcto es propio y necesario en el esquema de la expresión Y, por analogía, se ha de sortear el adjetivo inoportuno, gratuito, convertido en epíteto, esto es, innecesario, exangüe, sin vigor.

 Los tratadistas del estilo y también estilistas reconocidos –Azorín entre otros- recomiendan emplear con sobriedad el adjetivo: donde hay uno no hacen falta dos. Está bien. Pero a mi parecer,  sobran e implican un riesgo estilístico, sobre todo, los adjetivos que componen fórmulas desgastadas como  hierba verde,  cielo azul,  gran escritor,  fiel guardián,  amigo leal, y otros del mismo corte que acompañan redundantemente a un sustantivo cuya naturaleza semántica porta la cualidad que le quieren adjuntar. La hierba es habitualmente verde y  parece lógico que solo se le adjunte el matiz cromático cuando no sea verde. El litigio no es con el adjetivo. Decididamente con su pobreza, su presencia artificiosa, su uso automático. Conozco escritores que lo mejor de su estilo radica en el uso de cadenas de adjetivos, deslumbrantes por singulares y útiles. La tendencia al énfasis produce enunciados tan conocidos por su tremendismo como este: El reo se subió tembloroso al aterrador patíbulo donde pagará su horrendo crimen.  Y la retórica tiende a estos giros: En el pináculo de la Historia, sobre  los picachos excelsos de los Andes y entre el vuelo de las águilas, Simón Bolívar relumbra con los destellos aurorales de la gloria, inmerss en los florilegios concebidos por la mano sacrosanta del sacrificio. De ambos horrendos “estilos” hemos de huir temblando de pavor. ¿No?

Ahora bien, el periodismo mantiene aprensiones contra el adjetivo también por razones técnicas. La nota informativa, por su esencia objetiva, impersonal, exige la ausencia de ciertos adjetivos, en particular aquellos que implican una opinión atribuible al periodista. Ese es el problema de la información mencionada al principio de esta página. ¿Cómo puede el reportero calificar de fructífero un proceso: lo conoce tan profundamente para ello;  resulta además imprescindible calificarlo?  Podrá ser fructífero, no lo dudo. Pero  a la nota informativa  más que calificar le corresponde informar. Habrá que valorar al comentar lo que pasa, no al contar lo que pasa, según los términos del recurrente y útil del Curso de redacción de Martín Vivaldi. De cualquier forma, si fuera imprescindible el calificativo, lo técnicamente procedente sería reproducirlo en palabras de una fuente, de una voz autorizada por su dominio o sus vínculos del universo interior de la información, para  salvar al reportero de una inclusión perturbadora.  Lo que al periodista compete, en este ejemplo, es demostrar con los datos  “lo fructífero del proceso”. La acumulación y jerarquización de hechos, cifras y opiniones ajenas  logran la credibilidad del enunciado.

En medio de una evolución técnica que tiende mundialmente a mezclar los géneros,  a los periodistas nos corresponde mezclar solo lo mezclable. Pero la nota informativa, esto es, la noticia, ha de permanecer pura, incontaminada., sobre todo de opinión. Algún colega argüirá que en un periódico, un medio cualquiera, todo es opinión. Y es cierto, pero no toda opinión se expresa de igual forma, ni con los mismos ingredientes.  Desde su ubicación en la plana, su extensión, hasta los verbos y adverbios y adjetivos puede opinarse en la nota informativa, pero sabia, subliminalmente. Como indica Alex Grijelmo en su Estilo del periodista, un discurso, por ejemplo, se valora en la nota informativa utilizando verbos que maticen la expresión. No solo el personaje “aseguró, aseveró, dijo, añadió, declaró, apuntó”, sino “espetó, resaltó, anticipó, lamentó, bromeó, ironizó, precisó, enfatizó.”  Con estas fórmulas sustituimos valoraciones explicitas como  fue “un discurso ingenioso, atrevido, chistoso”, que implican el ejercicio crítico de un reportero que solo reporta, informa de un hecho.  Los adverbios, adjetivos del verbo, sea dicho de paso, traicionan también al reportero apremiado por el tiempo u olvidado de su  función.  Proscrita ha de ser la tendencia a decir que “el ministro habló largamente y machaconamente”. Lo cual equivaldría a “largo y machacón discurso”.  Quizás, como aconsejaría el dominio de la técnica y el estilo periodísticos, ese enunciado se expresaría de manera más visiblemente objetiva con recursos que calificaran sin calificar.  Digamos: “Durante su discurso de más de una hora, el ministro repitió varias veces que el comercio bilateral con Canadá se desarrolla fructíferamente”.

En resumen, adjetivos en operación descriptiva pueden resultar atinado: “La carretera, recta y plana en la mayor parte de su longitud,  necesitó la inversión de 20 millones de dólares.” Pero hemos, en apego a las exigencias de la nota informativa, suprimir los que valoran a un personaje, un fenómeno o un hecho. Porque la noticia no es palabrería. Y el abuso del adjetivo calificando todo de histórico, trascendental, único, o de sus opuestos,  invalida la eficacia de la información.

Un dato vale por mil adjetivos.

DIATRIBA CONTRA LOS LUGARES COMUNES

 Luis Sexto

Encarecida y exigida por el ejercicio del periodismo, la claridad deriva hacia las oscuridades sintomáticas del vacío. Se ha extraviado entre los remos de los lugares comunes. Y a su transparencia estilística –requisito insoslayable de los textos informativos- le ocurre lo que a ese cuadro que, según una anécdota a mi parecer apócrifa, colgó el gran Leonardo en una plaza de Florencia con este letrero: “Todo el que le encuentre un defecto que lo corrija.”  Al atardecer, no había cuadro: solo una mancha de pintura.

Pongamos las cosas más en claro. El lugar común compone un recurso millonariamente visitado con el cual se resuelven todas las urgencias de la redacción. Equivale a las “letras de caja” que, cuando la tipografía se “paraba” en plomo y se imprimía directamente, resolvían las urgencias del cierre en el taller. Con ellas, habitualmente, los cajistas componían los titulares. Todo se reducía a abrir una o varias gavetas y seleccionar los tipos prefabricados.  

Hoy, a pesar de la digitalización y el consiguiente desmedro de la máquina de escribir, el bolígrafo y el papel, uno no redacta mejor. Tal vez más rápidamente. Pero el oficio periodístico, el solitario acto de escribir una cuartilla clara, concisa e interesante, con cuatro o cinco datos básicos, consiste para ciertos profesionales en hilvanar frases de caja. Como si la claridad y la originalidad se repudiaran.

La guerra contra los lugares comunes no es reciente. Los tratadistas del estilo periodístico siempre han condenado el abuso del cliché. Contemporáneamente, Umberto Eco ha puesto su lucidez a meditar sobre la prensa. Y en Cinco escritos morales (Ed. Lumen, 2000) descubre que la prensa italiana ha evolucionado hacia un lenguaje críptico pretendiendo hacerse entender por la gente. El semiólogo italiano encargó a sus alumnos una encuesta para comprobarlo. Y “en un solo artículo del Corriere del 11 de enero de 1995”, la indagatoria contabilizó “la siguiente lista de frases hechas: ‘La esperanza es lo último que se pierde’, ‘Estamos en un callejón sin salida’, ‘Dini anuncia sangre, sudor y lágrimas’, ‘El presidente está en pie de guerra’, ‘Lo han hecho tarde, mal y nunca’, ‘Pannela pone el dedo en la llaga’, ‘El tiempo aprieta, ya no pueden doler prendas’, ‘Habremos perdido nuestra batalla’, ‘Estamos con el agua al cuello’.”

De acuerdo con Eco, en la Repubblica del 28 de diciembre de 1998 aparecieron otras: ‘”Hay que nadar y guardar la ropa”, “Quien mucho abarca poco aprieta”, “De los amigos me salve Dios”, “Lo hecho, hecho está”, “Mala hierba nunca muere”, “Volvamos al buen camino”, El índice de audiencia se ha desplomado”, “Perder el hilo del discurso”, “Abrir los ojos”, “Sale malparado”…  “No se trata de un periódico –apostilla el autor de El nombre de la rosa-, se trata de un refranero.”

Uno, recordando sus lecturas en periódicos cubanos, podría enriquecer la lista. Y así anotaría: “Se fundieron en un abrazo”, “Rendirán merecido homenaje”, “Las jornadas a pie de obra”, “Los parámetros de eficiencia”, “Ha demostrado con creces”, “Tocó a su puerta”,  “La calidad requerida”, “Los retos que hay que enfrentar”, “El futuro luminoso”, ”Un pasado que no volverá”,  “Revolviéndose en su tumba”, “Una ventana al mundo”, “La dulce gramínea”, “El ultramarino pueblo de Regla”, “El más joven relevo”… Y mil más con parejo cansancio.

La claridad y la frase hecha sí suelen repelerse. El  estereotipo, en primer término, acusa la carencia de originalidad y una sobredosis de facilismo, además de manifestar un menosprecio a las posibilidades estilísticas del enunciado periodístico. Desde el punto de vista de la claridad –condición dominante de lo periodístico- los lugares comunes tienden a diluir el significado de las palabras de modo que,  en lo que intentaba ser claro, anochece. Existe una óptica vivencial, práctica, que establece que lo excesivamente exterior no se ve, es decir, lo más oculto es aquello que, estando a la vista, se confunde en el orden de  la rutina visual. Y por ello la frase hecha, que presume de ser clara y comprensible para todos, tiende a perder expresividad, capacidad de sugerencia, hasta  nulificarse en un código ocultista.

Veamos esto:

Los trabajadores de la Brigada 25 del Sindicato de Comercio y Gastronomía materializaron ayer un sueño largamente acariciado, cuando completaron en menos de quince días el millón de arrobas de la dulce gramínea, base de la economía cubana, y cuyos tallos serán convertido en azúcar con la calidad requerida, mediante el espíritu de vanguardia que hace a los azucareros del CAI Melanio Hernández enfrentar los retos de un futuro luminoso, como insomnes centinelas del bienestar del pueblo. Esta histórica victoria en la actual contienda repercutirá en los parámetros de eficiencia que tienen que distinguir a nuestra primera industria. Tras del arribo al millón, los trabajadores, agrupados, cantaron las notas de nuestro Himno Nacional y luego todos se fundieron en un abrazo.

¿Qué dice? Todo y nada. Mucho y poco. El exceso de estereotipos, de automatismos estilísticos, lo convierte en un párrafo comprensiblemente vacuo. Pretende decir algo, pero el encapsulamiento de las ideas en patrones archiutilizados deja un regusto de insustancialidad informativa. Ocultos permanecen, entre tanta evidencia inexpresiva, los valores más significativos de la noticia.

Dicho con rotundez: Así uno escribirá fácilmente.  Pero mal.

Habrá que recordar, pues, que el periodismo es una formación abierta. Pluriestilística.  Y su función de informar y comentar la actualidad, lo enyuga a la necesidad de solicitar empréstitos léxicos y tropológicos de otras estilos con el propósito de encontrar un lenguaje estándar, generalmente comprensible. Pero sus límites no implican limitaciones. Todo lo contrario. Su compromiso de construir enunciados, además de claros, interesantes, lo impele a pedir prestado  a la función estética de la literatura. ¿Quién podrá defender que en la prensa solo importa lo qué se dice y no el cómo se dice? Prensa aburrida, sin creatividad, poco influirá en los receptores. El equilibrio entre lo significativo y lo expresivo asegura, en cambio, la atención.

Permítanme resumir. Lo desmesuradamente claro, lo absolutamente comprensible, directo, a veces resulta empobrecedor. Uno ha de tener en cuenta que el pensamiento y su expresión lingüística –en particular la expresión periodística- parten de la acumulación histórica de la cultura, y una de cuyas premisas, según el decir de Horacio, es la claridad (hablamos y escribimos para ser entendidos).  Pero también es primordial el enriquecimiento sensible de lo enunciado. Hablar o escribir con cincuenta palabras o cincuenta imágenes que todos comprendan, equivaldría a proscribir, con el tiempo, el pensamiento y la lengua.  Y, sobre todo,  la claridad.

Al final solo se oirá o se leerá una mancha de pintura.