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PATRIA Y HUMANIDAD

Periodismo y comunicación

EL BLOG ES UNA PROLONGACIÓN DE MI TRABAJO

Respuestas de Luis Sexto a las preguntas formuladas por una estudiante de comunicación sobre el papel de las bitácoras personales

 

A su juicio, ¿cuáles son las características del weblog como herramienta que lo convierten en espacio propicio para la publicación?

LS-.Como espacio individual me convierte en autor y editor a la vez, sin intermediarios que entorpezcan la comunicación, ni compartan conmigo la responsabilidad por lo dicho y lo publicado. Colectivamente, desde el punto de vista del lector, el blog se convierte en una alternativa de leer a un periodista, es decir, a un profesional que solo tiene las limitaciones que su ética y sus convicciones le impongan.

¿Cuáles son las causas por las que decide utilizar un weblog para la publicación personal? ¿De dónde parte la iniciativa?

LS.-Al principio lo hice a sugerencias del medio donde laboro: Juventud Rebelde. Luego me percaté de que el blog resulta una prolongación del trabajo profesional, limitado por obvias razones de espacio.

¿Cómo influye el grado de conocimiento que posee sobre el uso de la herramienta en la calidad de su página personal?

LS.- A mayor conocimiento y dominio de la herramienta, más eficaz es mi trabajo en el blog. Por lo tanto, intento perfeccioanrlo para aproximarme al verdadero lenguaje digital.

¿Qué criterios sigue ud. al seleccionar los enlaces internos y externos en su weblog?

LS.- En parte me guío por conveniencias del servicio que puedo ofrecer a cuantos visitan mi espacio. Y por ello mantengo enlaces con ciertos sitios y páginas que amplían los medios para que los lectores satisfagan sus intereses o completen la visión que yo les ofrezco. En parte, también trato de ayudar a los blogs de amigos y colegas a establecerse o posesionarse.

¿Cuáles son los temas fundamentales que aborda en su weblog? ¿Desde qué perspectiva trata el tema Cuba?

LS.- La cultura en general, aunque incluyo en ese epígrafe la política, la historia, la ética y la teoría de la comunicación social y el periodismo. El tema de Cuba intento tratarlo con objetividad, en el sentido periodístico con el fin de ser más creíble. Es decir, trato de no ser repetidor de textos ajenos y aproximarse a una imagen personal de Cuba que pueda infundir credibilidad en cuanto escribo.

 

¿Qué factores influyen en la determinación de la agenda temática y en la forma de tratar los temas en su weblog?

LS.- Básicamente mis convicciones. Nadie me orienta, nadie me instruye. Yo decido en consonancia con mi habitual conducta profesional, ética y política. Soy cubano y cubano revolucionario: guardo, entre otras lealtades, lealtad a mi patria y concuerdo con las ideas que hoy predominan en ella, aunque colabore en la lucha contra las que retrasan nuestro desarrollo social.  Mi visión no es complaciente, sino conflictiva, esto, es dialéctica.

¿Cómo incide la pertenencia a la profesión periodística en el modo de abordar los temas y en el contenido general de su weblog?

LS.- El trabajo en mi blog se sustenta sobre mi profesión periodística y los principios éticos que han modestamente distinguido  mi obra. Para escribir tonterías no me tomaría el trabajo de usar un espacio en Internet.

¿Utiliza algunos de los géneros periodísticos tradicionales en su weblog? Si responde afirmativamente, ¿cuáles? ¿Por qué?

LS.- Los utilizo casi todos. Y la razón es una: es el lenguaje y la técnica comunicativa que domino y porque a mi parecer un blog empieza a tener valor en la medida que uno aprecie seriedad y calidad en cuanto se publica.

¿Cómo concibe la relación con el público que accede a su página? ¿Qué papel concede al lector en su weblog?

LS-. El lector justifica mi blog. No lo publico para desahogarme. Simplemente para ser útil mediante la comunicación. Soy periodista en mi blog igual que en el periódico. Pero no me mezclo demasiado con el lector. Estoy al tanto de sus comentarios y puedo con ello orientar mi trabajo. No polemizo; tampoco limito el comentario ajeno. Respeto las reglas de la web.

¿Ha variado el estilo que asume en su weblogs del que utiliza en el medio tradicional para el cual trabaja?

LS.- Habitualmente lo mantengo, aunque trato de ser más “digital”, es decir, de usar recursos como el hipertexto. Para mí, es otro soporte tecnológico, pero la base es la palabra, aunque con un radio más amplio que yo debo facilitar y extender.

¿Cuáles son las principales fuentes (tanto institucionales como medios de prensa) que utiliza en la conformación de sus posts?

LS.- Las habituales en mi trabajo. Aunque me adentro en los buscadores, en las Web de biografías, de la lengua, las  enciclopedias digitales, etcétera. Por supuesto, tratando de andar con tiento. La llamada libertad de la Web es también caldo de cultivo para la irresponsabilidad, las vaguedades, las medias verdades, la propaganda y, aunque suene mal, la mentira.

 ¿Qué importancia o función social le atribuye a su página personal?

LS.- Bueno, soy una molécula de agua en un mar inmenso. No creo que tenga mucha importancia. Pero me satisface y me retroalimenta. Alguna gente emplea cuanto publico, y eso es bueno y reconfortante

¿Cuáles son los principales aspectos éticos que tiene en cuenta en la conformación de su página personal y en el caso específico de los artículos que elabora?

LS.- La verdad, el respeto por la persona y su opinión. Además, trato de mantener el mismo cuidado formal que en mi tarea habitual. Ese, para mí, es un principio ético inviolable: respetarme para respetar y ser respetado.

¿Hasta qué punto considera pertinente y necesario la inclusión de los weblogs como parte de la oferta informativa de los medios tradicionales?

LS.- Sigo creyendo que son una prolongación del trabajo en el medio, pero de modo más independiente, sin cortapisas. Y el blog personal tendrá valor y crédito periodísticos y comunicativos según sea el trabajo y la calidad del profesional. El medio también se beneficia porque ofrece más, incluso una visión menos oficial políticamente o menos empresarial. Esta última, la visión empresarial, es decir, los intereses empresariales, no son tenidos en cuenta por los ingenuos que defienden la llamada “libertad de prensa”. Donde predominan los intereses financieros no creo que haya mucha libertad y pureza.

 

 

 

BAÚL PORTÁTIL

BAÚL PORTÁTIL

Por Luis Sexto

Una opinión se gesta con el “haber vivido”. La doxa, la opinión común de Platón,  es el embrión de un proceso fecundante: la vida. Sobre la vida va el que vive integrando su parecer incompleto, empírico, vivencial.  ¿Quién rechaza la experiencia? Es un requisito sin el cual el sujeto puede estar derivando o desvariando. No hay sabiduría sin esa veteranía que posibilita la temperancia, la cautela, la humildad., virtudes del que ejerce la opinión con anuencia o plausibles aciertos.

 

Como Tobías, personaje del cubano Félix Pita Rodríguez, que no soportaba historias llenas de paja, la gente tampoco acepta opiniones que, como el humo negro del Vaticano cuando en días de cónclave los cardenales anuncian que todavía   no “habemus Papam”, procedan de paja humedecida, inhábil para humear con el blanco de la transparencia.

 

El periodista, el comentarista, que es el techo del periodismo,  necesita de la vivencia para conformar su doxa, punto de partida de toda opinión. Después, la epísteme. El conocimiento sistemático, fraguado en la cultura, que se nos impregna primordialmente por la lectura. Esos son, pues los dos ingredientes básicos del juicio periodístico: experiencia y ciencia. Ciencia del saber y del ser. Del leer y del juzgar.  Con ambos –vivir y leer- quizás pueda el periodista “saber –como estableció Joseph Pulitzer, el director del Wold  de Nueva York- cuándo un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal es más importante que una crisis en los Balcanes”.  ¿Alto el banderín?  En efecto, como si lo hubiese amarrado en el pararrayos del Empire State.

 

Más bajo, el periodista no clasifica. Es una especial criatura de las urgencias sociales. Un codificador, un mediador, un intérprete, contaminado de filiaciones políticas, clasistas, ubicado en las gradaciones intermedias de cualquier sociedad. Y qué sustancia, pues,  compone al periodista, varón o hembra. Es, quizás, un profesional forjado con una fórmula que lo diferencia del resto de los profesionales y lo emparienta con el poeta, el narrador. Ve lo inmediato, pero mira hacia atrás para consultar y también avizora el provenir. No le basta con saber usar su instrumental técnico estilístico. Requiere de un conocimiento más especializado y a la vez más ancho, mejor sin linderos, asimilado en los jugos del vivir. ¿Horario para el periodista? No lo hay. ¿Descanso para el periodista? No lo tiene.

 

¿Puede el periodista, el verdadero, descomprometerse con su realidad; soslayar a sus lectores, a los personajes de sus reportajes, a  las fuentes de sus notas? Parece que es un ejercicio raigalmente humanístico, sacerdotal. Su vocación es como la de los caballeros andantes: contar y remendar entuertos.

 

Al periodista lo signa una irremediable tendencia a la universalidad. Cultura y síntesis. Su capacidad más relevante, relevante por útil, es la de asociar; la de detectar los nexos más inoportunos, menos acusados, en dos acontecimientos o en muchos acontecimientos.

Es, por tanto, el periodista una especie de crucigrama. Lo más disímil halla cordura y lógica en  él. Revisando un viejo álbum periodístico cubano de la década de 1930, hallé este poema jocoso de Manuel Pinós, que firmaba con el anagrama de Nipso. Él nos describe cómo es el proceso de cocción de un periodista:

 

En un mortero y por iguales partes/ colóquense porciones/ de todos los oficios, profesiones,/ industrias, ciencias, religiones y artes./ Se agregan, a montón, indiscreciones,/ sentimientos, audacias, hidalguías,/ virtudes, vicios, llantos, alegrías,/ un celemín de natural talento; / y agregando otras cuantas fruslerías/ se pone a cocinar a fuego lento./ Se le hace hervir el tiempo que resista/ y cuando ya su punto está a la vista,/ por un tamiz de ingratitud se pasa/ y se deja secar. ¡Esa es la masa/ con que se suele hacer un periodista!/ Bueno es tener presente, / si procederse quiere con esmero/ y una masa obtener sobresaliente, / que en el dicho mortero/ de todo puede haber menos dinero.

 

El humorista ha sido exacto: no dejó fuera los ingredientes primordiales: virtudes, cualidades, cultura, ciencia. Pero también manquedades, insuficiencias. Porque de Hombre, así genérico, hablamos. Hombre falible, a quien la arrogancia no limite, pues si ha de estar extendiendo la mano para pedir un dato, una pista, una declaración, poco favor le hará la autosuficiencia, el engreimiento. Mancillado por la vida. Revuelto con el mundo ha de estar el periodista. Su opinión, su doxa, pasará a ser una opinión que interese por su carga de epísteme, de certeza y de rigor si ha habido, después de todo cuanto allegó Nipso a ese caldero, un trozo de “haber vivido”, esa grasa que aglutina, junta, cohesiona todo los demás bastimentos de ese caldo tan humano.

No dispongo de otra forma de ilustrar esta opinión que el texto del norteamericano James Kilpatrick, titulado “El desván del periodista”:

 

Tengo la impresión de que si alguien quiere escribir bien… tiene que crearse el desván de la abuela: Hay que guardar palabras, frases, imágenes; hay que recolectar colores, olores, sonidos, movimientos, texturas; tiene que cultivar una aguda percepción de lo cotidiano: el neumático pinchado, el bombillo fundido; el cordón de zapato roto, la nota desafinada, el tercer strike, la sensación de disgusto que invade al chofer cuando e percata que se ha quedado sin combustible… Hemos de ir almacenando las minucias, las partes, sabiendo que algún día podrán hacernos falta.

 

El “haber vivido”parece de primera intención una desventaja: lo vivido no tendrá ya más otra oportunidad en la sucesión del tiempo. Sin embargo, si se ha vivido con el dominio de las sensaciones, alerta como un águila, el desván estará siempre colmado y a  mano si lo convertimos en un baúl… portátil. (Del libro inédito Asunto de opinión)

 


UN SIGLO DE BOHEMIA

UN SIGLO DE BOHEMIA

Por Luis Sexto

Bohemia comenzó siendo un negocio de 16 páginas aquel 10 de mayo de 1908. Con el tiempo los periodistas que en ella trabajaron o colaboraron la fueron convirtiendo en un símbolo.

Enrique de la Osa, uno de los pioneros entre nosotros del periodismo que llaman literario y también del que califican de investigativo, contó a quien esto escribe que cuando Miguel Ángel Quevedo, propietario y director de la revista, se asiló injustificadamente en la embajada de Venezuela en 1960, él, periodista estelar de la Casa de la avenida de la Independencia, llamó a Fidel y le dio la noticia. El Primer Ministro del Gobierno Revolucionario le respondió: Paga las deudas y ocúpate tú de la dirección: Bohemia no puede cerrar.  

Ninguno de nosotros tampoco la ha cerrado. Y  festejamos hoy su centenario, seguros de que es una casa tocada por el privilegio de la Historia. Es, entre nosotros, sinónimo de revista. ¡Quién que pasa de los 50 años no ha dicho alguna vez que aprendió a leer en Bohemia! Ningún medio de prensa ejerció tanta influencia en la consolidación de la conciencia nacional y en la necesidad de defender ese sentimiento colectivo como Bohemia.

La Historia, sin embargo, no fue tan rápida. No es como un título de nobleza que al nacer se recibe por herencia. En la Historia se suele entrar paso a paso, mérito a mérito. Y en aquellos días de 1908, nada presagiaba el destino de la revista que fundó Miguel Ángel Quevedo Pérez. Pudo el fundador incluso dudar, deprimirse cuando tras unos pocos números sin mayor resonancia, su revista permaneció sin salir hasta 1910. La Bohemia –título de ópera- carecía entonces al parecer de las sopranos y los tenores que el dinero hacía cantar en papel y tinta.

UNA FECHA CRUCIAL

Las revistas surgidas en Cuba en los últimos años del siglo XIX y en los inaugurales del siglo XX estaban calcadas, por lo general, sobre famosas publicaciones europeas. Entre ellas figuraban la Ilustración Española y Americana, de Madrid, el Ilustrated London News, de Londres, y  la Ilustration, de París.

El modelo criollo –síntesis de los paradigmas de Europa-  lo componía El Fígaro, del publicista Ramón Catalá. Alejo Carpentier hizo notar que la Bohemia nacida en aquella Habana “tremendamente provinciana”de 1908, lo había hecho “algo imitada del viejo Fígaro”. Y el viejo Fígaro, por mucho respeto que merezcan todavía la firma de sus colaboradores –Fray Candil, Federico Uhrbach, Juan Ramón Jiménez, entre otras firmas- era una revista recargada de anuncios comerciales, saturada de crónica social y profusamente mechada de artículos sobre temas y asuntos literarios. En 1914, la revista, como se dice en lenguaje popular, entró en plata. “Cambió su formato y se consolidó como negocio.”  Adquirió, incluso, sede propia en la calle Trocadero números 89, 91 y 93, y empezó a imprimir la portada en tres colores (la primera en utilizar la tricromía en Cuba) y amplió sus páginas a 40.

El historiador Pedro Pablo Rodríguez sostiene que Bohemia presentaba en esos primeros años una imagen dulzona, placentera de la vida. Pero en 1926 sucedió lo habitualmente inevitable: un cambio generacional. Y el viejo Miguel  Ángel Quevedo cedió la dirección a su hijo de igual nombre, pero De la Lastra como segundo apellido. Quizás podríamos decir que en la cronología de la revista hay un antes y un después de ese momento. Ya su tirada había descendido a un límite inadmisible -4 000 ejemplares, la cifra de sus inicios. Perdía en la competencia frente a Carteles, Chic, Social. Y cuando Miguel Ángel Quevedo, hijo, asumió la rectoría, y Bohemia comenzó a aplicar los mismos resortes que sus rivales,  se colocó en la órbita de la contemporaneidad y se despidió de su herencia decimonónica.

Cuba insurgía en esa época. La sociedad cubana experimentaba la necesidad de cambios de raíz en los órdenes social e ideológico, y no menores en lo económico. En ese último aspecto la prosperidad y la tranquilidad de los ricos se menguaron con la erupción de la crisis general del capitalismo –con un formidable estallido en 1929-, y los lectores habituales de Bohemia –que esperaban de la pintura, a la literatura y al periodismo que les presentaran un mudo color de rosa- fueron desentendiéndose de esos gustos patriarcales a fuerzas de quiebras y ruina.

Bohemia incorporó en sus páginas el entorno social en toda su trágica realidad. Después, tras el derrocamiento Machado,  el ex mambí devenido “asno con garras” como lo tildó para siempre Martínez Villena, la revista de Quevedo se asignó la misión de ser vocera de principios liberales y progresistas. La defensa de la nacionalidad fue una divisa de Bohemia. La Constitución de 1940 –marcada por ideas populares gracias a los constituyentes comunistas y a políticos radicales de otros partidos- le otorgó cuerpo doctrinal y legal a su ideario.

OTRO IMPULSO RENOVADOR

En los primeros meses de 1943, Enrique de la Osa, que edificaba su nombre profesional como editorialista del periódico El Mundo y como colaborador de otras publicaciones, le ofreció al director de Bohemia el proyecto de una nueva sección. Será, le propuso, como un abordaje de las noticias desde el fondo, revelando el inside y narrándolas como en un cuento. Quevedo, hábil empresario, captó la idea y le exigió la primera nota. Luego de leerla le dijo: repítela, todavía no se acerca a lo que me prometiste… Y así, depurándose, apareció el 4 de julio de 1943 la primera página de la que sería el espacio más leído y temido de Bohemia: la sección En Cuba. Carlos Lechuga integraba un dúo con Enrique.

Al cabo de los meses, En Cuba fue ganando espacio hasta componer casi la mitad de la revista, y para lo cual necesito un equipo de reporteros capaces como Ángel Augier, Juan Bosch, Nicolás Guillén, nombres entre varios más reconocidos en la literatura, y Antonio de la Osa, Fulvio Fuentes, José de Jesús Zamora, Mario García del Cueto, Marta Rojas, Diego González Martín y otros periodistas tan agudos como los citados.

Sobran palabras para encarecerla cuando se conoce que a fines de 1944, un año y medio después de la creación de En Cuba, Bohemia elevó su tirada de 32 000 a 60 000 ejemplares. Progresivamente la incrementó y en febrero de 1953 imprimió 259 821 copias. Insólito en la Isla y en América Latina. Y no parece fácil negar que En Cuba, con su originalidad formal, y su  microscopio reporteril, estableciera ese récord.

Hasta dónde habrá llegado ese proyecto de periodismo de investigación, esto es, de periodismo que registra en lo que el poder se empeñaba por mantener oculto, con la forma de lo que se llamaría después periodismo literario, también nuevo periodismo; hasta dónde habrá influido que políticos y ministros comentaban: “Lo malo de esta sección es que se lee en el último rincón de la Isla.” Y se empezó a leer también de Nueva York a Buenos Aires.

La vocación patriótica y democrática de Bohemia permitió que en sus páginas y secciones confluyeran los más relevantes y disímiles autores. Desde Pablo de la Torriente Brau, Juan Marinello, Raúl Roa, Nicolás Guillén, Ángel Augier, militantes de la izquierda, hasta representantes de la derecha, como Jorge Mañach, cuya calidad y aporte a la cultura cubana no sería justo o conveniente desconocer.

Bohemia, a pesar incluso de los intereses empresariales y las filiaciones anticomunistas de su propietario, fue un crisol donde se aglutinó y perfiló parte del pensamiento de liberación nacional. La denuncia sistemática de la miseria que signaba a las capas más humildes de la sociedad cubana bajo el capitalismo y la divulgación sistemática de la historia nacional -páginas que, entre otros, coordinó Rafael Soto Paz- coadyuvaron a gestar la necesidad subjetiva de la revolución. Aun nos estremecen los reportajes y estampas de Samuel Feijoo y Onelio Jorge Cardoso -afilada sensibilidad en letras ejemplares-, o los reportajes de Lino Novás Calvo que denunciaban, a su manera de gran cuentista, la geofagia de la Manatí Sugar Company en  el norte de Camagüey.

Bohemia contó, sobre todo, con la colaboración de quien sería el más audaz y radical intérprete de los ideales martianos de una república moral e independiente: Fidel Castro.

Aún hoy Bohemia mantiene su prestigio de símbolo. Una “Bohemia vieja” todavía ofrece interés como retrato de una época. Como expresión de un periodismo que se niega a envejecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿QUÉ ES ESCRIBIR BIEN?

 Por Luis Sexto

Ojalá podamos responder esta pregunta. Nos recomiendan que seamos claros, concisos, interesantes. ¿Y serán estas tres cualidades la fórmula ideal para escribir apropiadamente en las páginas del periodismo tradicional, incluso en el periodismo personal o literario? Me contradigo con la pregunta, porque hasta este momento cuanto hemos escrito tiende a demostrar que, en realidad, no hay otra alternativa. Podríamos profundizar con las herramientas de la semiótica, indagar en una filosofía del estilo con términos incomprensibles y, por ende impresionantes, pero llanamente habremos de inclinarnos ante la verdad de que, abajo, en la base, esas que hemos mencionado  son las características primordiales del estilo periodístico. Tanta evidencia, incluso, aturde, o confunde. Y uno pregunta, como el Abate Brémond en la Academia francesa sobre la poesía, qué es en fin escribir bien. Claridad, concisión, interés. Y uno siente que haría falta encontrar un término que los englobe y los explique de modo más claro y conciso, aunque no más interesante, que esa condición no importa en la respuesta.

Me parece, pues, que la armonía es el efecto, más que la palabra, que puede contener la definición exacta de lo bien escrito. Cuando uno apenas puede leer textos colmados de sabiduría, de datos verdaderos o de observaciones atinadas, lo que echa de menos es precisamente la armonía. Creo que, en efecto, lo armónico es lo claro, conciso, también lo interesante, pero a la vez algo más. Probemos:

 

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la quae caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

 

Claridad, concisión, interés progresivo caracterizan esa página, y el algo más es la impresión eufónica. Cada palabra, cada signo, el tamaño de las frases se combinan de manera que el efecto general del enunciado se percibe armónicamente. Alguien podría argüir que ese texto de Jorge Luis Borges clasifica como una prosa poética. Y, como poesía, la música la acompaña. Pero la prosa, aun la periodística, urge de la armonía. El mismo origen etimológico de prosa nos remite a una palabra griega –progeo- que indica  paso ordenado, rítmico, armónico. La ausencia de la armonía acusa cierta cojera en enunciados escritos  para decir, exponer las cosas, y no para ser leídos, degustados, o ser leídos por notoria obligación, como un estudiante o un investigador un manual de historia o de ciencia social.

Pero, qué es la armonía.  El español  Luis Miranda Podadera la define como “la grata sonoridad que produce el conjunto de las palabras reunidas en una acertada combinación y en una buena distribución de acentos y pausas”. Usualmente, todos los tratadistas coinciden con palabras parecidas. El propio Miranda Podadera, quizás sin pretenderlo, reproduce en su Curso de Redacción un relato de Fernán Caballero, como modelo de prosa narrativa. El penúltimo párrafo niega la definición que, poco después,  escribirá sobre la armonía. Nunca me pareció afortunado. No obstante, otros autores también lo eligen como antológico. Un día, revisando La formación del estilo, del Padre Alonso Schökel, hallé una severa crítica del aludido párrafo de Cecilia Bohl de Faber, conocida en las letras como Fernán Caballero. Respiré. Resultó estimulante haber coincidido con el jesuita, un especialista con sobrado crédito. Analicemos en qué radican los defectos del enunciado.

           

Cuando cayó la primera paletada  de tierra sobre la caja, produjo un sonido hueco y sordo, cual si la rechazase, el que fue acompañado por un gemido que exhaló aquel de los tres hombres que había quedado algo apartado, retorciendo entre sus manos el sombrero, que se había quitado por respeto al lugar sagrado, donde dejaba al hijo que había sobrevivido a dos hijos mayores que había perdido recientemente.

 

A simple vista, o a simple oído, el párrafo cojea: anda con muletas. La imprescindible fluidez de la narración se resiente de lentitud. La causa se detecta con irreprimible evidencia en el excesivo empleo de la partícula que en la cadena de subordinación del enunciado. Conocemos el vició: lo llaman queísmo. Y apreciamos cuánto limita, al casi cerrar el texto la última, y definidora, impresión del lector, porque el fragmento corresponde a una pieza que, en general, sobresale por la sensibilidad romántica de su atmósfera. Editarlo, sustituyendo algunos que sin amanerar el  idioma,  devendría un ejercicio inolvidable. No me place convertirme en un suministrador de fórmulas; solo soy, como advertí, un provocador de inquietudes. Haciendo una excepción, podíamos sustituir el que superabundante con participios (activos o pasivos) o preposiciones,  o eliminándolo, o usándolo correctamente, si fuera el caso, escribiendo como, donde, cuando  en lugar del llamado que galicado: fue allí que la vi. En suma, en cualquier manual hallaríamos las opciones correctas.

 

Quiero recalcar cuánto influye la armonía en el resultado final de un enunciado. Podíamos decir que lo escrito clara, concisa, interesantemente, posee un carné de identidad en la armonía.

 

Tal vez este silencio de Javier, todo ese como mal humor callado, roto a veces por “le voy a contar un cuento que tiene su filosofía”, no sea otra cosa más que el anverso de su pena secreta, la que ningún anciano comparte con nadie por decoro; esta pena de los tantos años.

 

Los tres que, número que podría ser el normal en un párrafo de esa o mayor dimensión, encajan armónicamente en la estructura del párrafo.

Expongamos un ejemplo contrastante:

 

Salta a la vista ahora la necesidad de precisar la razón fundamental por la que se produce esa escala en la significación social de la religión. Obviamente las explicaciones del marxismo, recogidas en particular en La ideología alemana y el Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política, ofrecen los elementos para un análisis racional cuyo primer paso es encontrar el factor principal que determina en última instancia. El modo de producción, y en él las fuerzas productivas, condiciona las relaciones de producción y toda la organización social, la vida espiritual y con ella la propia religión con sus posibilidades de significación.

 

El texto pertenece a un libro que, en  sus páginas todas, confirma la sabiduría y la inteligencia del autor. Sin embargo, aunque al estilo de las ciencias sociales, no se le deba exigir preciosismos en la composición, la eficacia de sus verdades conquistaría mayores alturas si este segmento, y en general el volumen, hubiera sido revisado con  intenciones de ajustarlo a fines armónicos. La ruptura de la armonía proviene ahí de la aglomeración de consonancias y la concurrencia de vocales, hiatos y aliteraciones, como los subrayados. Técnicamente  rasgan, demuelen la sonoridad de la expresión. Son, como decimos hoy en lenguaje familiar, “ruidos en el sistema”.  Intentemos mejorarlo. Al menos, aumentará en fluidez y sonoridad.

 

Se hace visible ahora la necesidad de precisar la causa primera por la que se produce esa escala en el significado social de la religión. Obviamente, las explicaciones del marxismo, recogidas particularmente en La ideología alemana y en el Prólogo de  La contribución a la crítica de la economía política, ofrecen  los elementos para un análisis racional cuyo primer paso  es encontrar el factor básico que determina en última instancia. El modo de producción, y en él las fuerzas productivas, condiciona las relaciones de producción y toda la estructura de la sociedad, la vida espiritual y con ella a la propia religión con su posible significado. 

 

No niego que  con el propósito de suscitar un efecto tajante, rotundamente ingenioso, podamos escribir, por ejemplo, como Julio César: “Veni, vidi, vici.”. O con un fin publicitario componer un lema: Una copa de Viverol invita a vivir. Célebre en la historia de Cuba es la frase del general Dionisio Vives, despótico y corrupto Capitán General de la Isla: “Si vives como Vives vivirás.”

Tuve un alumno, locutor radial, que, sin embargo, creía que tales efectos disturbadores “sonaban bien”. Y es, coincidentemente, en los medios aéreos donde tanto enturbian la expresión informativa. En el Noticiero de Televisión uno ha oído con frecuencia frases como esta:

La reunión se convocó para tratar sobre la fundación, ordenación y administración de un nuevo complejo industrial previsto en la planificación de 1989.

 

El estilo reclama evitar esas y otros sonidos cacofónicos. Miren y oigan:

 

La larga laguna  cubría la zona latifundaria que la crueldad de un hombre sometía a las lamentaciones de decenas de labriegos.

 

No hay, desde luego, que exagerar. A veces es imposible impedir esos deslices. Y menos en nuestra lengua. Pío Baroja anota que “un idioma como el castellano o el francés no tiene más remedio que pasar por las repeticiones y las asonancias, tiene que echar mano de los que a cada pasos y emplear los verbos auxiliares”. Pero una cuota de cuidado manifestará que, como mínimo, conocemos “el secreto de los grandes escritores”.

(Tomado del libro de este autor: Periodismo y literatura: el arte de las alianzas, Ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 2006, de este autor.)

EL TRABAJO DEL PENSAMIENTO

Por Luis Sexto

 Un libro me acompaña desde muy joven. Tal vez los 17 años. Al verlo supe que sería decisivo para mi vida. Se titula El trabajo intelectual, de Jean Guitton, célebre, entre facetas de historiador, apologista, filósofo, por su dedicación al periodismo ensayístico; también al literario.  Lo estimé decisivo porque me facilitó, a tan prematura cuanto oportuna edad, los instrumentos principales del pensar y del escribir, que ambos ejercicios han de hacerse; el primero primeramente, y luego el segundo. ¿Escribir sin meditar antes cuanto se ha de decir, o sobre qué se ha de escribir?
Entre las páginas de ese libro de Guitton fui adquiriendo algún concepto sobre el estilo. Comprendí de inicio que el uso del intelecto es, ante todo y después de todo un trabajo intelectual. ¿Inspiración? Nada de mágicos soplos, de humaredas merlinescas. Es aplicación, sudor,  pasión, emoción puestos sobre la escritura o la lectura. 
Lo principal de este libro fundacional en mi vocación periodística y literaria no radica solo en cuanto me reveló con la encarecida técnica francesa de lo exacto, lo racional. Más bien reside en cuanto me ha permitido deducir de sus directrices abiertas, aptas para el desvío, la curva, la marcha atrás. Por ello, a mis alumnos en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana les digo que, a mi parecer, el periodista verdadero es aquel que sabe moverse entre las cosas que ignora. De pronto, la frase ingeniosa -cápsula que pretende sintetizar una definición- nos parece un disparate, un despropósito. Y es, por el contrario, actitud culta, carisma de la asociación. Porque cómo resulta imposible saberlo todo, hemos de poseer para compensar las carencias la capacidad de vincular los conocimientos entre sí.
Ese es el signo generador de la cultura.Pero, reduciendo el campo, El trabajo intelectual de Guitton trasmite también  el uso apropiado  de las técnicas de pensar y, por supuesto, de expresar el pensamiento. No puedo ahora dejar de asumir cierta pose profesoral. Cuando vamos a interpretar hechos o ideas el anunciado puede desarrollarse o empezar a desarrollarse de tres maneras: A priori, A posteriori y A contrariori.Leamos lo siguiente:  
El bien de un ser no puede hallarse en algo extraño a la naturaleza del hombre. Por tanto la felicidad es un estado psíquico, producto de una idea; ahora bien, la riqueza, por sí misma, es incapaz de dar esta idea. No es en modo alguno la riqueza lo que hace la felicidad, sino la idea de la riqueza…
Lo entendemos fácilmente. Con el uso del método de A priori extraemos de una idea general ya admitida, reconocida, la proposición que defendemos o queremos demostrar. Es el método socrático. Y, digo de paso, este es el método que encaja en el artículo, por su trabajo fundamental con las categorías ideológicas.Veamos otro ejemplo:  
Las elecciones en España han venido a resolver, por esta vez, el antiguo litigio entre el bien y el mal. Hemos visto con frecuencia que la maldad impera sobre la bondad sin que hallemos la vindicación que una vieja fe en, premio y el castigo espera… Esta  vez los malos perdieron. Y al parecer un hecho nunca previsto propició esa justicia siempre anhelada: las explosiones en la estación del metro en Atocha.  Si juzgamos o evaluamos 
A posteriori nos percatamos que el análisis resulta más cercano, más vital, porque consiste en tomar ejemplos, casos concretos, anécdotas, experiencias, para abonar y facilitar la interpretación.  Requiere un mayor esfuerzo de memoria, cultura, poder de síntesis.  Propio del comentario, que suele trabajar con hechos.Este es el último ejemplo: 
No creo en el ahorro. Hasta hoy he oído sin interrupción mil razones que recomiendan y encarecen el ahorro, y sin embargo continuamos uncidos al derroche. ¿Llegará a ser alguna vez el ahorro una cantidad posible, palpable? ¿Tendrán razón las cartas papales que llegan a sugerir que el que ahorra será un bienaventurado? 
Hemos pensado, en ese párrafo, por el lado opuesto. Habitualmente uno ha de creer en el ahorro, que es la opinión más común, pero en el inicio del comentario, el comentarista parte de lo contrario: dice no creer en esa vieja y recomendada práctica. Este es el método de A contrariori o A contrario sensu. Y consiste en objetar, ir en contra, y discernir en el análisis la parte de verdad que contiene una proposición o un hecho y su parte de falsedad. Es, según mi experiencia, el preferido por los lectores u oyentes.  Todo cuanto parezca polémico interesa. Lo que no puede interesar es lo complaciente, lo obvio, lo propagandístico. Evidentemente, líneas más abajo, el autor dirá que no cree en cierto… tipo de ahorro, porque al otro, el que no es una consigna y sí una sabia práctica, le reconoce sus valores y sus urgencias.
Este método de la polémica ha servido para desafiar a los receptores. Es el más punzante. Provocador. Atiza la curiosidad ante el probable litigio de quien anda a contracorriente.  Los  demás también funcionan como resortes para activar el interés. Pero todos, en suma, se adecuan a las intenciones y a la materia elegida. No siempre la polémica encaja en ciertos contenidos especulativos, ni las abstracciones sirven para afrontar el choque de lo concreto, ni lo concreto para deducir una interpretación plausible. Son fórmulas que, como las palabras, se seleccionan en la operación del estilo. Cuando convenga una u otra.

                                                            


 

EL EJERCICIO DE LA OPINIÓN

Por Luis Sexto 

Contar una historia primeramente nos  precisa a tener… una historia que contar, según Perogrullo, especialista en lo obvio. Y así, para emitir una opinión hace falta, primordialmente, tener una opinión. Ahí, en el hecho de tener una opinión, descubrimos el punto más candente del ejercicio de los géneros de opinión. Por lo general, según me parece haber observado, todos queremos opinar, aparecer en la página editorial con nuestra foto al lado. De modo que para escribir un comentario o un artículo sobran profesionales en las redacciones; faltan, en cambio,  para construir una noticia o indagar en la vida y luego contar una historia en el reportaje.   

Me arriesgo a acotar que la opinión es la vertiente periodístico profesional por la cual debemos terminar la carrera; no empezarla. Creo verlo claro, aunque alguno se moleste: cualquier profesional no puede ejercer la opinión. Son necesarias ciertas cualidades que propicien que las opiniones del comentarista interesen, sean capaces de atraer la atención de los receptores. Contrariamente a lo que opinan otros tratadistas, creo que el comentario es un género sumamente personal. Que el lector busca al comentarista y no el comentario. Fraser Bond sostiene en  Introducción al periodismo que “Todos preferimos lo personal a lo anónimo.” Por eso, el comentarista ha de ser un profesional cuyo nombre sea capaz de decirle algo al receptor antes que el contenido de su comentario. Y Charles A. Dana estableció que solo habrá periodismo personal si hay periodistas cuyos juicios interesen a los lectores, y habrá periodismo impersonal en tanto haya periodistas cuyas opiniones no interesen a nadie. 

Por ello, para comentar, para enjuiciar un segmento noticioso de la realidad, es preciso tener algo que decir. No se puede comentar a base de divagaciones, frases hechas, rodeos. O de lo obvio.  Un comentario necesita antes de ser escrito: 1- Conocer el ámbito en cuya órbita radica el asunto o tema del comentario.2- Poseer una base cultural que permita asociar fenómenos disímiles. Por ejemplo, ¿se puede escribir sobre el conflicto árabe israelí, sin conocer el origen histórico del diferendo, incluso sin remontarse a los tiempos bíblicos, a la dispersión judía después de la destrucción de Jerusalén por Tito? 3- Saber precisar las tendencias que influyen y modifican los hechos.  En el caso de un libro o un espectáculo hemos de subrayar el conocimiento de la manifestación artística o cultural objeto de comentario. Para ejercer la crítica, aunque sea la periodística, como decía Alfonso Reyes, hay que tener 100 años de literatura detrás. Pero, sobre todo, para ejercer la opinión hace falta haber vivido y acumular un saldo de experiencias que enriquezcan con fibras de humanas sensaciones nuestra expresión y nuestros juicios.  

No hablaré en estas notas del artículo. Existe a primera vista una  equivalencia maquinal entre uno y otro. Y los diferenciamos por la extensión o por la profundidad: el comentario –decimos- es volandero; el artículo más hondo. A mi criterio, los determinan y definen la intención y la materia prima de cada uno: el comentario tiende a interpretar y valorar los hechos mediante el contraste con otros hechos. El artículo propone una tesis como resultante de un análisis de ideas. Resumiendo: el comentario es más hechológico; el artículo, más ideológico. El comentarista valoraría la situación actual en Palestina confrontando los últimos acontecimientos y deduciendo un pronóstico. El articulista se dedicaría a organizar, mediante ideas, una tesis sobre el papel del sionismo en el Medio Oriente y su influencia en la situación israelo palestina.  

No todos los tratadistas reconocen el comentario. Ni Carlos Marín, ni Juan Gargurevich, cuyos libros de técnica periodística son muy conocidos en nuestra región. Julio García Luis lo incluye entre los géneros de opinión y lo hace afín del editorial. Martín Vivaldi, en su libro sobre los géneros periodísticos –titulado así: Géneros periodísticos-, no reconoce el comentario, aunque sí el artículo, y dice de este que es un comentario interpretativo de la realidad. Sin embargo, en Curso de Redacción admite la existencia del comentario y construye una teoría.  Vivaldi define que comentar es interpretar. Y comentar exige, además de la interpretación -que equivale la revelación de causas e influencias-, un pronóstico y una solución al problema. ¿Podrá ser siempre así?

En algunos comentarios, como los internacionales, lo más hacedero será la interpretación y el pronóstico, es decir,  el juicio que prevé hacia dónde se enrumbarán los acontecimientos.Podemos concluir: El comentario es un género que ayuda a entender lo que pasa, según términos del propio Vivaldi. El periodista desarma un aspecto de la actualidad para analizarla e interpretarla.  Y esa interpretación está condicionada por la cultura y las facultades del autor, además de por la filiación política o clasista. Es decir, el comentarista opina, interpreta desde posiciones de partido o de convicciones políticas o ideológicas.

Vivaldi parece tener soluciones para todo. Y afirma que las notas esenciales de todo auténtico comentario son: el análisis científico y la síntesis artística.  De acuerdo con la posición casi polémica que he adoptado, estimo que no es necesario que el comentarista sea un especialista. Especialista, en última instancia, de la comunicación, de la técnica y el estilo del comentario. Basta, pues, que posea cultura y conocimientos particulares de los hechos que le permitan opinar objetiva y rigurosamente,  con flexibilidad y sensatez. Estas son, a mi parecer, dos de las virtudes primordiales del comentario: flexibilidad y sensatez. Flexibilidad para rehuir el juicio absoluto y sensatez para no apartarse demasiado de lo más plausible y racional, que suele lindar con “lo científico”. Estas técnicas, que se mezclan en el enunciado, no nos impiden afrontar un peligro: el absolutismo del criterio. La generalidad de nosotros, según observo,  no sabe debatir. Usualmente intentamos anular al contrincante, invalidarlo. Y ese es el fin de toda polémica, pero la anulación del oponente ha de conquistarse con la certeza y adecuado manejo de los argumentos. Y a veces nos basta, para quitarle la razón al otro, decir que no la tiene, porque “yo soy el dueño de todo lo razonable”. Supone un mal paso en toda discusión decir: “No estoy de acuerdo contigo”. O espetarle: “Estás equivocado”. De ese modo estamos poniendo al otro en la posición de declararse enemigo de nuestros criterios. ¿Y es ello inteligente?  Existe una vieja norma táctica: crear enemigos… sólo si es necesario. Por lo tanto, para oponerse a otras opiniones lo conveniente es intervenir diciendo: “Yo tengo otro punto de vista.” 

Esa técnica, que tiende a evitar cuerdamente que los demás se nos pongan en contra o nos rechacen, porque nosotros aleguemos que somos  los únicos que pensamos correctamente, o somos los que nunca nos equivocamos; esa técnica integra una categoría llamada estilo apagado. Y puede definirse como la  modulación que rompe la tendencia absolutista en la expresión del pensamiento.  Esta técnica del francés Jean Guitton posee una consonancia con ideas de Benjamín Franklin. En su autobiografía el norteamericano nos recomienda que, al polemizar, nunca digamos: “Yo discrepo”, o “estoy en desacuerdo”, sino  “yo tengo otro punto de vista”, para que así nuestro contendiente no sea sienta menospreciado, rebajado, y esté dispuesto a analizar nuestra posición que, dicha de modo tan cauteloso, no se opone explícitamente a la otra. Ejemplifiquemos el estilo apagado:  "Cuanto vamos a decir tiene solo un valor relativo y aproximado. A veces hemos creído que pintábamos en el agua, queriendo imponer reglas a lo que se burla de las reglas. La técnica de la novela ha dado ocasión a mil estudios, siempre más afortunados los menos rigurosos y estrictos, y siempre más objetables los que pretendían sujetar con el freno de los preceptos a este potro brioso y rebelde. Sin entrar en teorías comprometedoras ni querer contribuir con un cadáver más para la fosa común de las hipótesis inútiles, todos convendrán en que, de un modo sumario, y sobre todo hasta antes de las catástrofes –o sea antes de 1914, la primera Guerra Mundial- siempre esperábamos que la novela contuviese dos elementos principales: personajes y trama."

  Lo apreciamos exactamente, Alfonso Reyes no desea echarle encima al lector su crédito pesado como crítico, ensayista, culturólogo de acatamiento mundial. Y empieza por abajo, restándole tamaño a su juicio sobre la novela policial. El efecto,  uno y rápido: nos gana.En el estilo apagado, además de admitir la propia insuficiencia o las dificultades del tema, el autor puede matizar el enunciado mediante ciertos modalizadores: “quizás, tal vez, posiblemente, prácticamente, de acuerdo con un criterio común, como cualquier otro”, etcétera. Puestos así, de vez en cuando como para recordar que somos falibles. Con ello evitamos el estilo asertivo, es decir, un texto compuesto con afirmaciones inapelables. Tajantes. Matizando, el enunciado se personaliza de modo que usted, el comentarista, parezca un ser que piensa, pero deja pensar a los demás.

 Y qué habremos de suscribir sobre la “síntesis artística” que impone Vivaldi, ese maestro de todos, al comentario. Con ella, el periodista se diferencia del especialista “puro”. Hemos probado alguna vez llevar académicos e investigadores al periódico, y las conclusiones no han sido muy alentadoras. Pueden saber mucho, y quizás por ello, por esa carga de conocimientos,  pierden la síntesis y la forma. Ahora me viene a la mente un libro de Alexis Carrel,  médico, premio Nobel, que escribió un libro famoso en un tiempo titulado La incógnita del hombre. El que recuerdo es su Diario. Y en esas páginas dice él, especialista en histología, que la mentalidad más ancha pertenece a los que no son “especialistas”. No pretendo escribir contra los especialistas: son útiles, necesarios; ejercen funciones insustituibles. Pero estamos hablando de periodismo y periodistas. Y nuestros análisis se han de caracterizar por un ancho universo de referencias, cuyo alcance permita asociar los hechos más lejanos o más disímiles entre sí.  La síntesis artística falta, por lo usual, en textos destinados a la prensa y que  resultan “sumamente especializados” y, por tanto, divorciados de la correspondencia dialéctica entre la forma y el contenido La síntesis artística se traduce en la esencia, lo típico, del fenómeno y en una expresión que discurra  a través de formas que, exaltando el contenido, no solo persuadan sino -como le gusta decir al español Alex Grijelmo- seduzcan. Seduzcan por su organización armónica. Somos periodistas. Y nadie, por tanto, está obligado a leernos o a oírnos. Ley elemental que, a menudo, algunos pretendemos violar. La forma, o el gusto por la forma,  no es un lujo; está entre las necesidades primarias del trabajo con las ideas y la información.

Perdónenme, al finalizar, que yo, tan inhábil químico, no haya podido mostrarles otra cosa que la fórmula del agua tibia.      

LA CRÓNICA DE VIAJE

LA CRÓNICA DE VIAJE Por Luis Sexto

 Regresemos al pasado, al más remoto pasado, para deducir que las crónicas de viaje podrían haber tenido su origen en el andar consciente del hombre que no huye ni camina al azar. Nuestra especie ha experimentado desde sus estadios más humanizados las urgencias de vivir y contar lo vivido. De ahí, podríamos suponer, dimana la vocación literaria y periodística de los seres humanos. Vivir para contar lo vivido. Y esa frase nos hace recordar el último libro de un narrador ejemplar, García Márquez. Por lo cual uno ha de aceptar que de ese afán de fijar la experiencia y de compartirla, parten los orígenes de la civilización, la plenitud del Hombre que, impuesto de sus necesidades colectivas, las comunica en un servicio implícitamente solidario.  

Los más célebres viajeros de la Historia tributan, por lo común, a los bancos de conocimientos sobre la antigüedad o siglos posteriores; sirvieron en su momento, incluso, para ahuyentar las dudas, los miedos, para tentar las ambiciones que globalizaron el mundo. Pocos, si algunos son tan temerarios, negarán la influencia de los textos de Pausanias, finales del siglo II después de Cristo; de Marco Polo (1254-1324); del italiano Antonio de Pigafetta 1491-1534), con su Relación del primer viaje alrededor del mundo; del ruso Nicolai Mijáilovich Karamzin(1766-1826); de los cronistas de Indias, que componen fuentes de primera mano más o menos fiables de la conquista y la colonización del llamado Nuevo Mundo al que trasplantaron el Viejo: entre ellos Bernal Díaz del Castillo, autor fundamental, a quien en un libro titulado Periodismo y literatura: el arte de las alianzas, le adjudico el crédito de ser un antecedente del periodismo literario, como también he sabido más tarde que lo hizo el ensayista venezolano Mariano Picón Salas. Más próximo a la actualidad podemos enumerar al francés Pierre Loti,  fallecido en 1923, autor de varios libros de “andar y ver”, según la terminología usada por Ortega y Gasset,  que leídos hoy nos dan antecedentes y detalles cotidianos que facilitan enjuiciar diferendos y conflictos étnicos, geográficos y políticos.  

El primer problema que se nos presenta en este estudio, es de precisar el concepto de crónica. Hoy es excesivamente polisémico. Incluso se ha convertido en un comodín para clasificar todo texto cuyo género se desconoce o se resiste a ser precisado. Pero afortunadamente la teoría periodística intenta dilucidar los principios esenciales de la crónica (vea: El más humano de los géneros). El primer aspecto se concentra en su etimología que proviene del griego cronos: tiempo. De modo que cronista viene siendo aquel que lleva el tiempo. ¿Eran cronistas desde ese punto de vista los españoles de los siglos XV y XVII que recorrieron América y contaron cuanto vieron y oyeron?  Quizás algunos sumamente prolijos y minuciosos, como exigían las cartas de relación. Cronistas, como redactores de anales –leí a veces coronistas- eran tal vez aquellos escribanos que anotaban las incidencias de la corte. El Diario de Navegación de Colón puede incluirse en esa intención de “llevar el tiempo” y sus incidencias en la travesía. Pero lo distingue una detalle que lo convierte en algo más: en un documento literario, en una crónica de viaje: el papel central que cobran las impresiones y juicios del marino que lo ha apostado todo a regresar a bordo del ridículo o en la nave almiranta de la gloria. 

Hemos de convenir en que crónica, hoy, es el enunciado periodístico literario donde predomina la subjetividad. Es un género híbrido; se mezcla con el reportaje, la remembranza, el lirismo de la poesía. Pero impresiones y emociones integran la sustancia de la crónica: sigue perdurando la exaltación romántica del yo. Puede el autor incluso escribir en tercera persona, pero siempre estará presente la primera del autor como eco doliente o jubiloso del texto, voz que conduce el relato y lo teje con el vellón de las impresiones y la emotividad. De la crónica ha de salir un cuadro eminentemente personal, mediante el protagonismo de los sentimientos. Habitualmente la realidad no aparecerá solo como es, sino, además, cómo se refleja en la sensibilidad del cronista.

El libro de Marco Polo, que fue leído y subrayado por Colón y por tantos aventureros más,  no compone  una crónica de viaje. Marco Polo es un adelantado de la naciente burguesía; está imbuido del espíritu de la época: expandir el mercado. Vive en una ciudad marítima,  uno de cuyos lemas es: vivir no es necesario; viajar es necesario. Su intención fue describir las riquezas del gran Khan e informar sobre rutas y caminos para habilitar el comercio. Podría ser el precursor de la actual inteligencia empresarial. O anticipador de los turoperadores. No es, pues, estrictamente, un cronista de viaje. Y si nos puede parecer así, es por los elementos de fantasía que añadió Rustichello, el escribano oriundo de Pisa, a quien el viajero veneciano le contó en la cárcel los pormenores de su recorrido por el Oriente.  Y esto último lo ha señalado la doctora Claudia E. Méndez, de la Universidad de Pennsylvania, cuyo texto: Alfonsina Storni: escritora y periodista. Análisis de dos crónicas de viaje publicadas en La Nación, he consultado para esta conferencia. 

Es decir, en los relatos de Pausanias, Marco Polo y otros viajadores que veían, preguntaban, como más modernamente hizo Humboltd, la intención superaba un prurito de expresión personal; más bien sus textos propiciaban recoger información y conocimientos. Dictaba en ellos un afán de historiadores, demógrafos, geógrafos, comerciantes, políticos, memorialistas. Y así sus documentos son libros o documentos de viajes; no crónicas de viajes. Detengámonos en Pausanias: su relato titulado Descripción de Grecia sirve hoy por su exactitud como guía de turistas y arqueólogos. O veamos el libro de un autor alemán del siglo XVIII, que Ortega y Gasset  estudia en Viajes y países, aunque reproduzco un fragmento de las memorias de Juan Everardo Zetzner  sólo para ilustrar las diferencias estilísticas con respecto de las crónicas de viaje, pues, en cuanto al contenido,  su juicio más bien parece un prejuicio:

Las mujeres  de España no se pintan sólo el semblante, sino también los hombros… Jamás un español exigirá el menor trabajo de su esposa, porque todas, ricas y pobres, le responderían: “no hemos venido al mundo para trabajar, sino para agradar a los hombres y hacerles placer”. Por lo demás suelen ser las españolas de muy buen talle, aun cuando sus teces sean de ordinarios cetrinas y su temperamento muy ardiente. Un extranjero que se preocupe algo de su salud hará bien manteniéndose  en guardia, así frente a las pasiones del bello sexo como frente a los vinos de este país. 

En la contemporaneidad,  el poeta norteamericano Langston Hughes narra sus viajes como marinero de un mercante; también sus vivencias como corresponsal en España durante la guerra civil, pero su intención en Inmenso mar, publicado en 1940, persigue más lo autobiográfico que la impresión de la crónica de viajes. Esa es la separación axiológica de unos y otros textos: los divide la intención y, por supuesto, el resultado que se deriva del propósito de autor. Ahora bien, en el ya mencionado Pierre Loti, uno de los cultores de la “poética de viajes” (introduzco el término “poética” para diferenciarla de la literatura de viajes, que puede no ser artística, porque sea “aplicada”, de acuerdo con la nomenclatura de Alfonso Reyes en Apolo o De la Literatura). Loti matiza sus libros con ciertos colores impresionistas, a pesar de su intención de anotar objetivamente cuando ve y oye.Este es uno de los párrafos en  su libro Galilea: 

Es una impresión singular lo que se experimenta penetrando aquí, bajo el pesado sol de la tarde, convertido insensiblemente en más caluroso que sobre las vaporosas alturas de Hattin, en sus calles, en sus suburbios, al borde mismo de las aguas centelleantes.Hoy precisamente es el día del gran sábado, el día de la Pascua, y esto le da un aire de melancolía dominguera, de fiesta triste, en medio de sus barrios muertos. Desde el prefacio, Loti muestra la  tensión emocional de su relato: Yo he recorrido la triste Galilea durante la primavera y la he hallado muda bajo un inmenso manto de flores. Los aguaceros de abril caían aún sobre ella, y aquello no era más que un desierto de hierbas, un mundo de ligeras gramíneas que adquirían nueva vida arrulladas por el cántico de innumerables pájaros. Los grandes recuerdos, los despojos, las osamentas, parecían dormitar allí más profundamente bajo el silencio de renovación de las plantas, y en mi relato he querido removerlas apenas. En las proximidades de Nazareth y del mar de Tiberíades, la inefable visión de Cristo mostróseme dos o tres veces, errante, casi inasequible, sobre el tapiz infinito de los linos rosados y de las pálidas margaritas de oro, y la he dejado huir entre la balumba de mis palabras demasiado groseras…  

El concepto de crónica  generalmente vigente en América Latina, Cuba incluida,  proviene de los escritores modernistas de finales del siglo XIX y el primer cuarto del XX. Los modernistas –Rubén Darío, Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo- tomaron de los franceses el enunciado leve, lírico, espolvoreado por las artificios de la estética, que reconocemos como crónica. Muchos de ellos escribieron crónicas de corresponsal, también de viajes, y todos las matizaron con el predominio de las impresiones personales. Incluso José Martí, ligado por  la conciencia renovadora de la lengua a los modernistas, pero distanciado de ellos  en espíritu y acción, dotó a sus crónicas de calidez artística, sobre todo a las que podríamos llamar de viajes,  a pesar de las síntesis políticas y éticas que distinguen sus textos. ¿Cómo calificar su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos si no de una extensas crónica de viaje desde su salida de La Española hasta el sitio de su muerte?

La mañana en el campamento. –Mataron ayer una res y al salir el sol ya están los grupos de calderos. Domitila, ágil y buena, con su pañuelo egipcio, salta al monte y trae un acopio de tomates, culantro y orégano. Uno me da un chopo de malanga. Otro, en taza caliente, guarapos y hojas. -Muelen un mazo de cañas. Al fondo de la casa, la vertiente con sus sitieríos cargados de cocos y plátanos, de algodón y tabaco silvestre. Al fondo, por el río, el cuajo de potreros; y por los claros, naranjos, alrededor los montes, redondos, apacibles: y el infinito azul arriba con esas nubes blancas, y surcan perdidas, detrás la noche. –Libertad en lo azul.- 

Coincidentemente,  Alfonsina Storni escribe una crónica de viaje en La Nación, y notamos una resonancia del estilo cortante, rápido,  pictórico, a base de oraciones breves, nominales, incluso unimenbres, que Martí emplea en el Diario citado. La poetisa argentina, en 1930, describe su entrada en Río de Janeiro: 

Azul ceñidor de mar. Pardo de montañas. Blanco de espumas. Verde de enredaderas. Laderas sembradas de viviendas. Rosa. Edificios grises. Rejas negras. Trajes amarillos. Palabras musicales. Vehículos afiebrados. Cuerpos bellos semidesnudos. Negros estupendos. Mujeres embriagadoras. Playas de oro anchas, largas, infinitas. Arrollados de olas esmeraldas destorciéndose en las orillas. Sol. Sol. Más sol. Arcos de dientes salpicando de nieve el torbellino azul, el torbellino verde, el torbellino dorado. Hamaca el cuerpo, hamaca los sueños, hamaca las ideas.No está fija, no. Se balancea con su mar, sus montañas, sus casas, sus árboles y sus hombres.  ContinúaJunto al portal, en la vereda, un joven irreprochablemente vestido deblanco.La piel aceitunada. Los ojos negros. La boca muelle. Bello. Quieto.Miraba y no veía.La curva fina de su figura espejaba la voluptuosidad de la sombreadacalle que se extendía ante él, e iba a morir al mar.Una palabra rezumaba todo su ser:-Amo. 

Durante los años que discurren entre l960 y l970 y algunos más adelante, Carlos E. Mesa, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, publicaba crónicas de viajes en la revista mexicana Ábside, dirigida por el polígrafo Alfonso Junco, de quien también leí un largo texto acerca de unos meses pasados en Madrid. Carlos E. Mesa, artífice de un estilo castizo -¿ha de extrañar si proviene de un colombiano?-, pintaba en sus crónicas nuevos y antiguos viajes por España, en una prosa fina, trabajada sabiamente hasta rondar con los linderos del amaneramiento, sin conspirar contra la naturalidad. Sensible, culto, Mesa nos hacía ver el detalle con una lucidez que, sin deslumbrar, encantaba.  

A las tres de esta esplendorosa tarde de mayo ha entrado en Becerril de Campos el peregrino de Colombia. Uno, adrede, sobre caso pensado, se llama peregrino. Porque la tierra que pisa es sagrada y aquí debe llegarse con la unción del peregrino y no con la superficial novelería del turista.Uno ha entrado en un pequeño, limpio restaurante. En la estantería hay botellas de licores de varias marcas antiguas; hay vinos oscuros, amarillentos, rosados. Debajo del mostrador, en ancha nevera, hay cervezas, naranjadas, limonadas. Tres tertulios añosos alternan la conversación y lo  sorbos de un vinillo fresco. Uno de ellos, alto, enjuto, canoso, con algo de figura del Greco, está contando anécdotas de Alfonso XIII. Los dos restantes oyen, mueven la cabeza, se miran. No se han dado cuenta, al parecer,  de los dos forasteros que en este momento rehúyen el resistero de la calle y añoran la perdida siesta.  

En Cuba, según mi breve registro, no se han clasificado muchos cronistas de viajes. En el siglo XIX, Cirilo Villaverde compuso Excursión a Vuelta Abajo. En la década de 1920, también un poco antes, Víctor Muñoz publicaba una columna titulada Junto al Capitolio y la firmaba con el seudónimo de Attaché. Escribía desde Cuba sobre gente y cosas norteamericanas como un corresponsal o un viajero en los Estados Unidos. Y el resultado me pareció tan correcto e interesante como el resto del periodismo de Muñoz. A él también le gustaron y las encuadernó en un libro llamado como su espacio: Junto al Capitolio, con prólogo de Manuel Sanguily. Muy a principios del siglo XX, el cardenense Emilio Bobadilla, Fray Candil, escribía sobre sus viajes en el estilo ácido y bullente que distinguió a su genio y a… su mal genio.  Jorge Mañach  publicó en 1926 algunas crónicas de viajes por el interior de Cuba, en su columna Glosario, de los periódicos El País y Diario de la Marina; igualmente, otro ensayista, Francisco Ichaso. Además, el narrador Enrique Serpa, la poetisa Ofelia Rodríguez Acosta y el historiador Gerardo Castellanos.Verano en Tenerife (1958), de Dulce María Loynaz, puede conceptuarse en principio como  una crónica de viaje que le ha dado nombradía a la renombrada poetisa. Y es más: trasciende la superficialidad  de la primera capa de escritura descriptiva, trabajada durante casi seis años, para descubrir sucesivas capas de significación poética, como lo ha hecho notar Ramón de la Portilla.

Cuba se destaca, en particular, por haber inspirado, entre 1493 y 1943 unos 630 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950. Varios han sido publicados en las últimas décadas de modo que hemos podido enterarnos de cuánto interés suscitó nuestra Isla en extranjeros de diversa procedencia. Sobresalen el titulado Cartas, del pastor norteamericano Abiel Abbot (1828), y Notas sobre Cuba, de  Jonh G. Wurdemann (1844), médico de la misma nacionalidad. En el mismo siglo XIX, el español Jacinto Salas y Quiroga nos dejó un volumen con notables apuntes y observaciones. Estos, y posiblemente la mayoría de los títulos, no pueden ser clasificados como crónicas de viaje; predominan los empeños científicos, historiográficos, periodísticos y autobiográficos. Me parece que Viaje a La Habana, de la francesa de origen cubano, Condesa de Merlin (1789-1852), y el libro de la sueca Frédika Bremer (1801-1865)  y La Tierra del Mambí, publicado en inglés en 1874), del irlandés James O’Kelly, destacan por sus calidades literarias, rasgos que los incluyen entre las crónicas o la poética de viajes. O’Kelly, en lo particular, es un antecedente preclaro del periodismo literario. 

Lo último con valores memorables que recuerdo escrito por cubano, desde el punto de vista periodístico literario, se publico con el epígrafe de Cro–nicas: el novelista Manuel Pereira, las remitió desde Nicaragua al diario Granma, en la década de 1980. En estos días he leído textos en sitios de Internet, bajo el título genérico de “crónicas de viajes”. Y cuanto he visto ha sido la enumeración fría, deslucida de un recorrido por ciudades o países. Uno luego de la lectura queda vacío, indiferente, entre una multitud de frivolidades. Echamos de menos, al menor contacto, el trabajo de estilo, la emotividad, la impresión, la humanización, propios de la voluntad consciente de “andar y ver”.  

RUY DE LUGO-VIÑA, PRECURSOR

RUY DE LUGO-VIÑA, PRECURSOR

Por Luis Sexto  

Mientras esperaba a que la bibliotecaria me trajera el título pedido, empecé a escribir este monólogo para espantar las moscas del aburrimiento: Vamos a ver cómo un cronista, sobre todo un maestro de la crónica, el mexicano Luis G. Urbina, prologa estas crónicas de Ruy de Lugo-Viña. ¿Qué ha de decir el Maestro? ¿Qué ha de decirnos 92 años después? Pero sobre todo qué ha de decirnos Ruy de Lugo-Viña… Quizás el tiempo, el paso del tiempo, nos diga el valor de cuanto uno escribe al fluir de los días, como quien no quiere las cosas,  y a veces también ante la indiferencia de cuanto nos rodean o nos leen por hábito…

No continué. Llegó el libro. Y con la emoción de los que se inician abrí aquellas páginas cristalizadas, amarillentas, pura cáscara de huevo salcochada al fuego lento de los años. Me hallaba en presencia de un libro de Ruy de Lugo-Viña, de quien hace mucho tiempo  me habló, por primera vez, el historiador José Luciano Franco, que lo consideraba su maestro. Luego-Viña fue, en efecto, un reconocido periodista en algún momento de los primeros 30 años de la República. Supe algo más en el Diccionario de la Literatura Cubana, y otro volumen de obligatoria consulta, Cuba en la mano, me suministró nuevas referencias biográficas. Pero no lo conocía. Sabía de él por el dato, no por la presencia periodística, estilística. Y llega un momento en que uno deja de venerar nombres y exige escudriñar, palpar el ídolo en su letra.

Ese día llegó en este mes de septiembre de 2006, cuando, cumpliendo el propósito contraído con los organizadores del II Encuentro Nacional de Cronistas, decidí entrar en la prosa de Lugo-Viña para traerlo hoy ante ustedes, colegas.

Y hemos de empezar este encuentro presentando a un muerto, un nombre sepultado en los anaqueles de las bibliotecas, porque no podríamos hacer cuanto hacemos hoy sin saber qué hicieron ayer los que nos antecedieron. La idea es común, resabida, excesivamente elemental, pero insoslayable. Pero si no bastara este argumento ontológico o cronológico, Ruy de Lugo-Viña posee otro mérito, otra invitación para venir a presidir nuestra tertulia en Cienfuegos. Nacido en el pueblo de Santo Domingo, al borde la Carretera Central, antes de avizorar a Santa Clara yendo hacia el oriente, se aposentó más tarde en Cienfuegos. ¿Por qué en Cienfuegos? ¿Por casualidad? No; Cienfuegos era, ha sido, un polo de cultura. Y por ello no fue obra de  un manotazo del azar que en esta ciudad nacieran y se forjaran, o se reunieran a forjarse o a trabajar escritores, periodistas, actores, pintores: Miguel Ángel de la Torre, David, Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Aparicio, Samuel Feijoo, Duarte y otros, otros que se me evaden y no tengo tiempo para retenerlos.

Lugo-Viña vino, pues, a Cienfuegos, porque siendo hombre de sensibilidad artística y habiendo nacido cerca, lo atrajo la pujante ciudad del sur donde hallaría lo que buscaba: el canal para sus inclinaciones. Qué buscaba Lugo-Viña en Cienfuegos, esa ha sido la pregunta, que se podría responder preguntándonos qué buscamos nosotros en Cienfuegos. Eso que buscaba Lugo-Viña es cuanto buscamos nosotros aquí, en este encuentro: tal vez el origen de nuestro quehacer, la herencia trascendente que, puestas en hojas de periódicos, pueda aspirar también a las páginas de un libro, porque los que escribimos, nosotros, cronistas, quiere perdurar a pesar de lo volandero, efímero, de periódicos y revistas.

El libro que leí hace unos días en la Biblioteca Nacional José Martí parece  contener cuanto Lugo-Viña sacó de los periódicos para intentar dormir un sueño activo en las tarjetas y anaqueles de las bibliotecas. Quizás, vuelvo a asegurar con cautela, la  crónica sea en verdad una crónica cuando soporta el papel y la paginación de un libro. Este libro de crónicas, tal vez el único de Lugo Viña en este género, se titula Los ojos de Argos, impreso en la Habana, en 1915. El prólogo es de Luis G. Urbina, delicado cronista mexicano, el poeta de esa balada inmortal del beso que, al volar, se transforma en ave, en la música irrepetible, en el irrepetible parecido de aquellos ojos claros, serenos, que aunque miréis airados, miradme al menos, de Gutierre de Cetrina.

Luis G. Urbina, que ya era o será más tarde padre de Silvia Pinal, a la par que abría la verja de hierro dulce de este libro, teorizaba un tanto sobre la crónica: Y lo dice sin miramientos: “Todo lo construyó adrede el autor de este libro para albergar (…) las impresiones momentáneas exigidas por la inquieta voracidad del periodismo.”Sí, en efecto. Eso es lo que halla uno en Los ojos de Argos: periodismo. Pero, advierte Urbina enseguida, “el material de cultura, de talento, de emoción estética, es, a pesar de todo, tan fuerte, que resultó durable y de perfectas condiciones de estabilidad para ser trasladado de la hoja volante al tomo superviviente”.

Y resultó durable, sigue diciendo Urbina, porque “cronista que ve lo que pasa a su alrededor y en seguida corre a la mesa de redacción a reproducirlo en un estilo atropellados y simplón en el que se deslizan frases hechas, metáforas gastadas, muletillas corrientes, tropos de cuño borrado, y moldes léxicos con abolladuras en los relieves (…) cronista que conserva encerrados los adjetivos en un globo de lotería, para sacarlos a la buena de Dios, de sintaxis momificada, de barbarismo de moda, de sencillez cursi, como modestia de costurera, cronista así no es Lugo-Viña”.

Es decir, Lugo-Viña es cronista de verdad y en verdad de estilo, estilo que se teje, que se hila con intención de arte, sin que la mano sensible del escritor olvide o adultere la realidad. No fue Lugo-Viña cronista de palomas blancas y cielo azul. Fue pulso y buril, palabra labrada con gusto en medio de las páginas plomizas de los periódicos. El título de este libro, Los ojos de Argos, reafirma primeramente la condición periodística del cronista. Ojos de Argos, o lo que es igual, ojos multiplicados como los cien de la mitológica ave. Ojos numerosos para ver cuánto de interesante nos ofrece la vida y ojos abundantes para expresarlo en un enfoque más profundo, variado, esencial y por tanto más duradero. Vamos ahora a leer algunos fragmentos de las crónicas que componen Los ojos de Argos. Son crónicas de actualidad. Crónicas que parten de un hecho noticioso o una figura noticiable. Esto es, no son crónicas de remembranzas, de nostalgia, que suelen ser las más proclives al entramado poético. Son crónicas a la manera modernista y que estos tomaron de los franceses. Lugo-Viña habla de la vida de su momento, del discurrir maratónico de los acontecimientos. Lo que, como lo dijo Urbina,  el acontecimiento no se congela ni muere en la urgencia de la nota informativa: pervive más allá del tiempo. Porque el cronista intenta reflejar la vida con los espejos de la subjetividad, embadurnando el perfil de cosméticos estéticos. Ofreciendo una amable visión de la gente, los hechos y las cosas. Veamos cómo el cronista cubre aquel gran suceso –luego tildado de “pala”- de la pelea entre Jack Jonson y  Jess Willard. 

El “big-man”llega a La Habana seguido de una corte: la francesa lánguida que es su esposa, su entrenador, el secretario, que es por igual memorialista y corre-ve-y dile… y cuatro domésticos: uno que le limpia las botas –casi tan descomunales como las de un “gun-boat” Smith, otro que se encarga de la ropa sucia, otro que lo enjabona en el baño y lo cepilla cuando ya está vestido y el cuarto que, por estar a las órdenes de la consorte, no hace nada… a menos que se entretenga en cornamentar a su patrón. El “big-man” viaja como lo que es: como millordario que tiene larga cuenta en el Crédito Lyonnais y una fortuna en cada brazo. 

Ese es el primer párrafo de la crónica titulada Jack Johnson, el negro de los “knock-out” formidables. Y notamos la originalidad en el esbozo del personaje: lo define mediante datos que se convierten en símbolos, y emplea la ironía mediante alusiones que le incrementan el relieve: el crédito en un banco, la fortuna de sus brazos de “boxer” imbatible, la esposa francesa, blanca. Por supuesto, esa estampa atorrante de hombre fuerte, poderoso queda sugestivamente en entredicho con aquella observación  de un criado que apenas hace algo, salvo que se dedique a cornamentar a su amo. Cornamentar, cuánta finura en la palabra que tanto podría ofender a quien sepa leer español. Vemos, pues, al cronista, dando profundidad, incluso psicológica, mediante brochazos de color, pincelazos con la contundencia de suaves “upper-cuts” al mentón del lector. El resto de la crónica continúa así hasta trasformarse, unos párrafos más adelante, en un fugaz contacto, una rápida entrevista entre el periodista y el púgil. La estructura es cinematográfica: el plano general de la presentación, el particular del negro millonario y famoso que no halla hotel en La Habana, hasta el plano singular del encuentro donde el periodista tira dos o tres preguntas capciosas que provocan al campeón. En suma, como un cuento.

Yo no voy a seguir citando. El tiempo no alcanza. He de añadir que Ruy de Lugo-Viña se convirtió en un sobresaliente municipalista, un experto en los asuntos de la municipalidad como categoría histórica y política. Viajó mucho, porque parece que la bohemia, la trashumancia le espoleaba el gusto por la vida. Estuvo en Nueva York, y en Buenos Aires, donde aprendió conceptos nuevos sobre el  periodismo. En México trabajo en El Universal y Excelsior, que parece poco y es demasiado para un periodista, y fundó una revista en Madrid: Así va el mundo, título que, creo, Bohemia copió después para una de sus secciones. Fue delegado de Cuba a la Liga de las Naciones. Escribió obras de teatro. También poesía. Trabajó en Heraldo de Cuba, el periódico de Manuel Márquez Sterling que puso el género de la  crónica en la primera plana. Lo vemos, sí, como oficial de varias actividades, pero solo maestro de periodistas. Y cronista. Y como cronista murió en Cali, Colombia, en un accidente mientras  cubría el vuelo Pro Faro de Colón.

Murió, como podemos definir, con las botas o los guantes puestos. En su tarea.