Blogia
PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

ESCOBAS Y ALFOMBRAS

ESCOBAS Y ALFOMBRAS

 

Luis Sexto

Aunque parezca increíble, todavía hemos de preguntarnos qué es mejor para mantener limpia la imagen pública de una entidad o una persona: la escoba o la alfombra. Y en consecuencia habría que determinar si barremos para fuera o escondemos los desperdicios. Nada nuevo digo. Esas son las recurrencias metafóricas con las que intentamos expresar los términos de un dilema que ya encanece y que en el fondo se reduce al predominio de esencias o de apariencias.

Durante años algunos de nosotros se han adscrito a la esquina menos comprometedora a simple vista. Cuántas veces hemos oído la reconvención de “usted ha lacerado la imagen de los trabajadores de nuestra empresa con su crítica”. Y uno, que ha aprendido a discernir lo que es verdad y lo que se maquilla como verdad, responde: En efecto, puede molestar sentirse envuelto en una denuncia pública, pero lo que ha de agraviarnos e inquietarnos será ver a un cubano afectado por una acción injusta y que alguien sea capaz de justificarla u ocultarla.

Se nota, por tanto, que tras el empeño por salvaguardar  apariencias engañosas influye la doble moral, esa mirada de la conducta  que aparentando tirar los ojos hacia lo recto, se tuerce por debajo del hombro en una finta futbolística que intenta patear un balón falso mientras el verdadero se escurre por las líneas laterales. La doble moral puede definirse como la carencia de moral; dos morales solo pueden caber en la amoralidad, porque no parece admisible ser leal a dos causas antagónicas como la simulación y la sinceridad.

La doble moral, sin embargo, aunque pueda ser en alguna persona un don gratuito, ha tenido  un  condicionamiento en nuestras relaciones sociales. A veces ha predominado la incapacidad para clasificar la crítica como un instrumento de la dialéctica. Y sobre todo ha faltado la flexibilidad para aceptarla. ¿Qué hacer, pues, ante quien, sentado a una mesa de preeminencia, se remueve cuando oye lo que no le gusta o no le conviene, y luego manda a callar, o cuando en vez de orientar u ordenar, manda sin el matiz que admita un reparo, una salvedad? Lo sabemos: no es la primera vez que se habla o se escribe contra esa especie de alergia crítica, cuya llaga más notable es la doble moral.  

Últimamente, y en particular en la reciente conferencia del Partido, hemos aludido con insistencia a la crítica y, sobre todo a la ética. Y quienes han aludido a la ética saben que esta trasciende la palabra misma y, sobre todo, supera la firma de un compromiso. Un compromiso que ha de suscribirse, sobre cualquier rúbrica, haciendo coincidir leyes y conducta, esencia y apariencias.

Admitamos –me atrevo a recomendar- que la política, la ética y la crítica han de andar como en una alianza defensiva. Las tres se entrelazan en los fines. Y serán más efectivas cuando la política, la ética y la crítica respondan a las urgencias del momento. Si alguna vez fuimos permeados, de una u otra manera, por la doblez, si algunos creímos útil decir pensando en no, hoy, en cambio, Cuba y su empeño socialista requieren de sujetos para los cuales la verdad no se cubra con un mosquitero o se eche debajo de la alfombra.

Si hiciéramos un examen a conciencia desnuda, posiblemente repararíamos en que algún gramo del polvo de ayer se ha convertido en barro de hoy. No tengo la intención de exagerar, ni generalizar. Pero la historia no necesita de amplias retrospectivas, de tiempo acumulado, para mostrarnos lo que en un momento resultó un mal paso, o para demostrarnos que lo que antes creímos provechoso, quizás ahora sea erróneo. De esa demanda de la actualidad, de ver qué es y que no es, qué resulta conveniente o negativo, provendrá la efectividad en nuestra actualización.

Por ello, utilizando el símil del principio de esta nota, hay que renovar y lavar las escobas y tal vez sea útil renunciar a las alfombras. Porque lo que no conviene repetir del pasado, sigue viviendo en la reproducción de nuestra vida como un espejismo que ve agua donde solo hay arena.  Y según creo interpretar, para borrar esas imágenes distorsionadas y distorsionadoras precisamos de la ética y de la crítica. Ambas esclarecen la política, no la limitan. Tal vez la dañen cuando faltaren. Porque entonces no sabríamos distinguir lo esencial de lo aparente.  

   

POLVOS Y LODOS

POLVOS Y LODOS

Luis Sexto

Todavía es tiempo para hablar del fraude académico y contra el fraude académico. Repetir, lo sé, repetir que actos fraudulentos han mancillado el ámbito de la escuela, lastima la sensibilidad de muchos cubanos. Pero, no creo ser original, si repito también que peor que hablar del fraude es callar la existencia del fraude. Las enfermedades prosperan cuando no se les diagnostica a tiempo. Y al descubrir y hacer público que en La Habana, al menos en la Habana, hubo fraude en el examen de matemáticas para ingresar en una carrera universitaria, hemos comenzado a exterminar los gérmenes y las patologías que persisten en nuestra sociedad. 

Se nota: la ética sufre. Y Cuba debía llorar. Hasta qué nivel de inmoralidad  han podido llegar algunos cubanos, no sólo estudiantes, sino padres y maestros y profesores, que prefieren obtener un título, o dinero,  con mañas de pícaros, antes  que aplicarse conscientemente a estudiar, o a enseñar con efectividad, o a exigirles a los hijos en el hogar que cumplan con sus deberes estudiantiles El mal, sea advertido, no es propio de la actualidad. Lo que se ha descubierto, es una de las secuelas de creer que la unanimidad es  la totalidad, que el silencio es aprobación, que los informes son todos verídicos, y que la crítica es dañina, y la autocrítica es la patente de corso para  seguir equivocándose.

¿Acaso no recordamos que en una época allá por los 1970 y 1980 casi todas las escuelas en el campo promovían al ciento por ciento de sus alumnos? Y lo peor es que premiábamos a las escuelas, y algunos se molestaban si algún centro escolar  sólo obtenía  el 99 por ciento de promoción. El pasado, para este comentarista, es el pasado: noi se puede modificar. Y sólo lo menciono y critico cuando todavía veo su vigencia, su influencia en el presente. Aquellos polvos han traído estos lodos. No sólo ha influido el desgaste material y ético causado por las insuficiencias materiales del período especial, particularmente en los años 90.  El paternalismo, la falta de rigor, el igualitarismo, la impunidad han condicionado esos fenómenos. Ahora bien, para conciliar nuestros actos con nuestra historia, con los ideales de la Revolución es preciso actuar como ahora: descubrir el fraude, repetir el examen cuantas veces sea pertinente, y juzgar  a los responsables.

 Aceptemos que la impunidad cuenta, para reinar, con la complicidad. Y la impunidad facilita que algunos cubanos no sepan distinguir el bien y el mal, que prefieran a un hijo mal graduado que reconocer que el adolescente o el joven ha sido un mal estudiante, o que no le interesa estudiar.  Veamos claros: no todos podemos colgar un título universitario en la sala de la casa. Y mucho menos un título adquirido deshonrosamente. Cuba también necesita operarios, trabajadores calificados, agricultores…

No somos más importantes por ganar el título de doctor o licenciado. Me parece que la importancia de una persona  empieza por ser reconocida como un ciudadano o una ciudadana  honrados. Hace años, pregunté a Demetrio Presilla, prestigioso ingeniero de la industria del níquel, en Moa y Nicaro, en la región oriental: Cuál es su lema, su divisa, en la vida. Y Presilla,  cuyo recuerdo se conserva hoy como ejemplar memoria, me dijo: "La verdad, aunque te mueras…"

Hoy sabemos la verdad, conocemos parte de las debilidades del nuestro sistema de educación. Y por conocerlas y denunciarlas públicamente, no morimos. Al contrario, empezamos a evitar la muerte.

(Difundido por Radio Progreso, La Habana)

’--------------------------------------------------

Nota publicada en Granma, hoy 9 de junio de 2014

Se encuentran detenidos cinco profesores de preuniversitario, una metodóloga, un trabajador de una imprenta del MES y una persona no vinculada al sector educacional

8 de junio de 2014 20:06:24

El pasado día 20 de mayo se informó sobre los hechos de fraude que condujeron a la anulación del examen de Matemática en La Habana, correspondiente al proceso de ingreso a la enseñanza superior del próximo curso escolar.

Como resultado de las investigaciones prac­ticadas hasta el momento por las autoridades competentes, han sido detenidos por el Órgano de Instrucción del Ministerio del Interior ocho personas, todos involucrados de manera directa en la filtración y venta de las pruebas.
Entre los detenidos, quienes confesaron su participación en estos lamentables hechos, se encuentran cinco profesores de preuniversi­tario, una metodóloga provincial y un trabaja­dor de una imprenta del Ministerio de Ed­cación Superior que sustrajo los exámenes de Matemática, Español e Historia, además de una persona no vinculada al sector educacional.

Se ha comprobado durante el proceso de instrucción, que los materiales filtrados se co­mercializaron inescrupulosamente por los cinco profesores implicados, algunos de los cuales vendieron los exámenes y otros se dedicaron a repasar el contenido del temario a los alumnos, cobrando por este servicio. Este injustificable hecho también comprendió a algunas familias que sufragaron la compra de los temarios de examen o costearon los repasos y a estudiantes que conscientemente se beneficiaron de estas prácticas.

Al ser este un tema de gran sensibilidad, se han evaluado cuidadosamente la totalidad de los elementos vinculados a los hechos y sus cau­sas, antes de ofrecer una información a la población.

Actualmente se trabaja de conjunto con la Fiscalía General de la República en la obtención de los medios de prueba para presentarlos ante los tribunales competentes.

Los resultados finales de este proceso se da­rán a conocer oportunamente, pues tales he­chos, que atentan contra el prestigio de nuestro sistema educacional, nunca quedarán impu­nes y encontrarán siempre el repudio de maestros, padres y estudiantes.

Ministerio de Educación Superior (MES)
 

Ministerio de Educación

Ministerio del Interior

 

“YO SÉ QUIEN SOY”

Luis Sexto

Borges, el polémico, el a veces repudiado y  citado o leído Jorge Luis  Borges, confesó en un breve relato titulado El remordimiento el único pecado que quizás él, tan severo, haya cometido: no ser feliz. ¿Y puede uno ser culpable de no alcanzar la felicidad? ¿Depende absolutamente de la persona? ¿Es completa, única, constante?

Lo único verdadero es que el hombre como especie aspira a  ser feliz. Los medios se le ofrecen, y a veces se convierten en fines esenciales para ser feliz mediante el placer: el amor, el comer, el viajar. Son fases comunes y también eventuales de la felicidad. Marx, que en tantas definiciones acertó, no la define, sino nos sugiere al responder una pregunta de una de sus hijas, que la felicidad es más  un estado que una sensación momentánea. El filósofo dijo, como es sabido: la felicidad está en la lucha. Podría interpretarse como la lucha por conquistarla, o por conquistar la felicidad para los demás. O  la felicidad se genera y acrece en cualquier acción que implique luchar, arriesgarse. En lo atinente a Marx, interpretamos que su lucha fue por transformar al mundo invirtiendo la pirámide social: la base, el proletariado, arriba; los propietarios, el vértice, cabeza abajo.  

Posiblemente, cada cual sea feliz según convenga a sus deseos o frustración. Y con la pluralidad de aspiraciones, los modos de conquistar o merecer la felicidad también resulten  diversos. Pero  si el derecho a ser feliz es improscribible,  se prohíben legal o éticamente  ciertas formas de ejercer o conseguir la felicidad. Vedado está, aunque unos y otros violen la frontera de la prohibición,  ganarla sin discriminar los medios. Porque  ello implicaría robar, explotar, engañar para alcanzar la idea que uno ha moldeado de la felicidad. Las telenovelas ilustran, un tanto hiperbólicamente, la búsqueda de la felicidad mediante mañas implacables.  Quizás ese 0,5 por ciento más rico entre los ricos, utilicen formulas carentes de solidaridad y de generosidad. Desde los evangelios hacia acá, muchos libros condenan la riqueza, patente de corso, con ciertas excepciones, del egoísmo, de la crueldad, del abuso de poder.

Lo más apropiado sería no ser ricos.  El rico es candidato a derivar en “hostis generis humani” como reza una expresión del derecho. Suele suceder que en cuanto conflicto social o bélico del presente, junto con la geopolítica de dominio de países poderosos se mezclan los intereses de los ricos o de sus corporaciones, que alzan o bajan gobiernos y dominan mercados, materias primas, combustibles, convirtiéndose así, impunemente, en enemigos del género humano.

Lo reconozco: algunos de mis lectores tendrán sus ideas de la riqueza. Tal vez aspiren a acumular mucho dinero y tantos  bienes inmuebles que los bancos se repleten y le falten papeles al  registro de propiedad. Pero  en ese sueño metálico no los acompañaré. Tal vez camine junto a cuantos deseen vivir mejor sobre fundamentos de justicia y honradez. Y en ese afán los apoyaré con lo único que tengo: mi teclado y mis dedos. Porque vivir en Cuba implica trabajar, luchar por  el bienestar sin que las diferencias se atrincheren en los extremos, como el norte rico y el sur pobre.  

En verdad, tendremos que despejar los espacios para que a ningún compatriota le hinque el remordimiento de no haber intentado ser feliz. Pero aunque la sociedad disponga los medios, la decisión de lograr la felicidad pertenece a cada uno de nosotros. Dependerá de lo que nos propongamos para vivir contentos con nosotros, o  vivir descontentos si  alguna vez la conciencia se nos abre a una franja de claridad. Porque hay tanta ostentación de noches enjoyadas sin ética.

Para mí, resumiendo este muestrario de lugares comunes, la felicidad se teje con hilos de araña. Es tan endeble que un plumero doméstico la puede deshacer. Prefiero elegir la vergüenza -arma que nos propuso el puro Agramonte- como el síntoma primordial de ser o de haber sido feliz, a pesar de tanta pérdida familiar, de tanta renuncia afectiva, de tanto acto fallido. Ética derivada en sentimiento, la vergüenza apuntala la dignidad personal, esa autoconciencia que nos mantiene íntegros, porque nos hace decir como el Quijote, feliz en su misión caballeresca, aunque habitualmente golpeado y desmontado de Rocinante: “Yo sé quien soy”. Y como lo que soy y en lo que soy, obro para ser feliz de la única manera estable: en paz conmigo mismo

BÉISBOL: LA LUZ Y LA OSCURIDAD

BÉISBOL: LA LUZ Y LA OSCURIDAD

Luis Sexto

Notas desde la zona de foul

Una vez señalé lo que muchos sostienen: la crisis de nuestra sociedad se manifiesta también, y con el énfasis de nuestra idiosincrasia, en el béisbol. La impericia, la indisciplina, la falta de concentración en lo que el momento exige se convierten en un remolque que retrasa la comprensión de nuestros problemas económicos y sociales, y  consecuentemente retarda las soluciones. Y en el béisbol, como veríamos si quisiéramos ver, pasa lo mismo: nos entretenemos festejando un play off  colmado de insuficiencias y carencias entre las cuales parpadea, de vez en cuando, el chispazo individual, y echamos a un lado, o aplazamos el análisis de las causas de por qué  en Cuba se juega una pelota  mayormente deslucida, disminuida en técnica y  táctica de la clavícula hacia arriba, según la frase afortunada de Jesús Guerra, para referirse a la inteligencia con que el pitcher debe lanzar, el bateador hacer rebotar la bola  y correr, y el fildeador engarzarla  y tirarla de modo que la cajita de los errores no ensanche su volumen.

Habitualmente, como expresé en Granma digital, gastamos más tiempo y palabras en condenar a Víctor Mesa y sus defectos –los que posee como persona y  director, y los que le achacan- como si el manager de Matanzas fuera el culpable de cuanto daña hoy al deporte y al espectáculo en cuya realización sobre la arcilla y la hierba parece que apostamos hasta el prestigio.  ¿A dónde se ha ido la sensatez? Más que en insultar a Víctor Mesa hace falta ponerse a pensar cómo vamos a recobrar la calidad de nuestra pelota. Cierto, Víctor Mesa es un tanto desmesurado en sus gestos y palabras,  inquieto, combustible,  pero ha habido en Cuba managers así: discutidores, intransitables. ¿No hemos oído  contar de las decisiones drásticas de Adolfo Luque, capaz de sacar  a un pitcher que empujaba la pelota por el centro como si fuese "una bailarina invitando a un vals", y luego encerrrarse con él a discutir? ¿No recordamos a Fermín Guerra, que sentaba al bateador que no convirtiera sus piernas en una motocicleta para correr hacia la primera base? Los directores son también actores del juego. Pero atengámonos a una verdad: Cuando vemos desde las gradas o la pantalla de la TV,  a Mesa gesticular y hablar, ¿nos consta que  insulta a sus jugadores y los maltrata? Si fuera de esa manera, cómo, pues,  podríamos explicarnos que en un trienio un equipo vencido, casi inexistente, sin autoestima, llegara a ocupar, desde el duodécimo lugar, el tercero y luego ser dos veces subcampeón?

Lo equilibrado sería  admitir que todo ese palmarés que algunos quieren minimizar reprochándole no haber ganado el campeonato,  ha sido posible porque los jugadores, el público y los dirigentes  de la provincia  apoyaron a Víctor Mesa, y creyeron en su concepto del juego y de la disciplina técnico táctica. Cuando un equipo está descontento con su dirección lo manifiesta de cualquier manera y no precisamente ganando y adscribiéndose entre los favoritos.

Para mí Pinar del Río y Urquiola lograron ahora  lo que han conquistado tradicionalmente, después de que Vueltabajo alcanzó su mayoría de edad. Urquiola, hace unos años maltratado por la estupidez de algunos, confirmó cuanto sabemos: su crédito como director. Nadie puede borrarle su historial de manager, como tampoco olvidar su etapa como una de las más hábiles y carismáticas segundas bases del país. Su estilo como director es diferente al de Mesa: permanece sentado en la cueva, concibiendo las carambolas sucesivas de una jugada. Porque, sea repetido, Alfonso Urquiola dirige la pelota como un ajedrecista sus piezas: moviendo un alfil y calculando  que la dama rematará dos o tres jugadas más adelante.

Matanzas, en cambio, ha venido recuperando sus números, su vieja gloria ¿Acaso no es  el envión de los últimos tres años también  obra de Mesa? Aseguro -ojalá me equivoque- que el año que viene, si Víctor Mesa no dirigiera, Matanzas volverá a ser un equipo de abajo, sino halla otro director creativo, audaz, heterodoxo, convencido de que la pelota se domina en el ejercicio técnico y en la disciplina táctica. El recto sentido nos dice que todavía no es un equipo excepcional, sino que, salvo unos pocos jugadores con vocación de estrellas, aprende a jugar pelota día a día  con un  maestro que, primeramente, se exigió como pelotero lo que exige a sus pupilos. Sabe cuánto decide. Y se atreve a concretarlo aunque yerre. Aparte sus desplantes, que repetimos y amplificamos como si fuera el único en actuar de esa manera.  ¿Quién no entiende que a veces una palabra fuerte o un gesto brusco es como un acicate para que nuestros hijos  o subordinados con problemas se eleven sobre ellos? No, no parece que Mesa vaya al box a insultar a sus lanzadores, sino a exigirles.

Ya vemos cuán parciales y subjetivos somos los cubanos. La escolaridad y la educación se han quedado en muchos de nosotros como un papel amarillento. Por otra parte, hemos visto como el play off entre Pinar y Matanzas, aunque fue ardiente, tenso, careció de problemas en las relaciones de ambos equipos en el terreno. Nadie se acuerda, sin embargo, que si Villa Clara tuvo problemas en Matanzas, también los tuvo en Ciego de Ávila, y si se habla del condenable batazo a Lunar, se olvida de que en Ciego de Ávila quien salió con el bate en la mano fue precisamente Lunar. Hace falta, por tanto, que la afición beisbolera no se convierta en fanatismo. Porque el fanatismo es propio de culturas donde la vida, las ideas y la obra de los hombres valen poco. Y donde la palabra equilibrio no es sinónimo de racionalidad.

He de aclarar, porque los artilleros de infundios y ataques de baja costura podrían dirigir  sus órganos de (im)puntería contra  este periodista acusándolo de ser amigo de Víctor Mesa, o por lo menos que me han pagado para defenderlo. Vaya uno a saber. Aclaro, por tanto, que nunca he visto en persona a Mesa. Pero he leído mucho de cuanto  han dicho y escrito sobre él. Y lo más curioso es que quienes le piden cuentas por sus actos groseros, son groseros al atacarlo. Incluso, tengo opiniones negativas sobre el manager de Matanzas.  Poniéndome en su lugar con la experiencia que he acumulado en relaciones humanas, y sobre todo entre cubanos, un hijo mío no jugaría, ni trabajaría,  donde yo dirigiera. Porque aceptarlo en mi equipo, aunque responda al interés de un padre por el futuro del hijo que lo sigue en vocación y cualidades, se suele interpretar como un privilegio.

Ahora bien, Víctor Mesa no ha sido culpable de los desajustes y dislates que han caracterizada la serie nacional 53. ¿Quién no preparó la entrega del trofeo en Matanzas como se ha solido organizar? ¿Quién determinó que el público se marchara, y los  ganadores del segundo lugar, incluso los del tercero, no estuvieran en el Victoria de Girón  para recibir sus premios? Por supuesto, no parece que haya sido Víctor Mesa. La comisión Nacional de Béisbol debe explicar… Explicar tantas incongruencias al aplicar hasta las reglas.

En fin, dicho esto, me resta recordar al poeta José María Heredia cuando en una fábula de cuyo título no me acuerdo, un sabio vio a los pájaros del bosque caerle en bandada  a una lechuza. El sabio, intrigado, le preguntó: Por que te atacan si tú lo único que haces es dormir de día,  y cazar de noche cuando los demás descansan. Y la lechuza respondió. Por eso mismo me atacan: por ver claro en lo oscuro… ¿Acaso no ha tenido Víctor mesa en Matanzas, sea segundo o primero, claridades en la oscuridad? Recomiendo, a título de periodista,  que seamos exigentes con nuestros actos y palabras. Porque  uno de nuestros defectos como pueblo ha consistido en rechazar, en cierto momento,  a quienes han visto claro de noche. Preguntémosle a nuestra Historia. Y sin intentar comparaciones entre valores incomparables, nos percataremos de un Céspedes negado, un Martí calificado con atributos injustos… Cualquiera podría escribir sobre esta insensatez un  manual de defectología.

SEÑALES LUMÍNICAS

SEÑALES LUMÍNICAS

 

Luis Sexto

En algún momento nos damos cuenta de que el pasado pesa, retiene el ir hacia delante. Y de vez en cuando uno abre escaparates, gavetas, y revisa libreros, sobres, carpetas,  y se deshace de lo que ya no sirve para vestir, o para leer, ni para que siga ejerciendo como testimonio palpable de una etapa.

Hemos, pues, de echar algo atrás definitivamente. Es como una imprescindible operación de limpieza, de desembarazo. Pero no todo se ha de eliminar. La madurez de un individuo o de una sociedad se afinca en saber elegir: elegir desde amigos o aliados hasta escoger qué ha de ir al contenedor de los desechos o qué merece seguir junto a nosotros.

Hasta ahora, lo dicho compone episodios de la vida común. Son verdades tan evidentes que algún lector protestará por que le recuerden lo que sabe: Periodista, todos hemos vivido. Cierto. Mas, ¿hemos sabido vivir y en consecuencia dejar atrás lo caduco? Recientemente, visité la escuela donde estudié durante mi adolescencia. No fui a despedirme de ese edificio y de esos días deshojados hace más de 50 años. Mi escuela de Arroyo Naranjo, en Las Cañas,  aquel ámbito junto a un río, entre palmas persistentes, no será una de las cosas que deje atrás. En ciertas ocasiones regreso a mirarla. Lo que allí aprendí, es la base de cuanto soy. Podría haber sido peor, sin haber estudiado y jugado en aquel contrapunteo escolar entre la libertad y la disciplina.

De ese viaje a lo vivido deduzco que  evocar y sostener las normas entonces asimiladas,  no es lo mismo que pretender regresar a la adolescencia  cuando uno se acerca a momentos cruciales de la existencia: la vejez pesarosa y el posible  cercano final. Volví para reafirmar de dónde vengo y repasar todo lo andado con los medios básicos construidos en esa mi escuela decisiva, para determinar exactamente hacia dónde voy.

En lo social, el pasado tampoco podrá ser una rémora, ni una poceta de aguas estancadas. Pero, posiblemente, nos esté entorpeciendo. A ciertas personas se les figura que la sociedad cubana rema en la canoa de la confusión. Y me pregunto si esa dificultad para ver claro de noche se deba a quienes son incapaces de alumbrar y persuadir a los confusos de que Cuba necesita modificar su arquitectura interna y que, necesariamente, aprender a administrar exige la conjunción de la flexibilidad intelectual y la beligerancia de la vergüenza legada por la historia de nuestra nación.

El presente –quién podrá ignorarlo-  es la base del futuro. Pero a esa dimensión temporal sin estrenar en los almanaques, no puede ir ni lo inepto del pasado, ni lo inhábil de hoy. Ya sabemos qué es lo peor de ayer: lo infectivo, lo absurdo, lo improvisado, lo irracional. ¿Y lo peor del presente? ¿Lo conocemos? ¿Hemos reflexionado sobre nuestra conducta individual y colectiva para preguntarnos si cuanto hago y hacemos es lo justo para trascender esta época de modificaciones, sin atascarse en una fallida buena voluntad que, en vez de contar  con cada uno de los ciudadanos, los  aleje?

Una vez hablamos en este espacio de la urgente vigencia de los aptos y de los más aptos. Y uno a veces cree  que la falta de acometividad en algunos y su inclinación a aplazar riesgos inevitables, convertirán las pruebas actuales en  los riesgos del mediano o largo plazo. ¿Y qué se gana alargando soluciones, conviviendo con problemas?  Evaluando el costo de cada período, me parecen más costosos los riesgos cuyo afrontamiento se ha suspendido hasta más tarde. Porque, al llegar la hora demorada, quizás ya no podamos hacer, lo que ahora se ha de hacer. Si lo menos útil del pasado ha de echarse en los desagües y extirpar así en nuestra mentalidad los condicionamientos retardatarios, tengamos en cuenta que el futuro no admite deudas sin exigir severos intereses.

La mejor aptitud del momento, pues,  reclama una actitud ética. Ya vamos reconociendo que la ética está entre lo más dañado en nuestra sociedad. Y ese es el mayor riesgo en el país donde el Che denunció que quien, valido de su posición considerara estar por encima de las leyes y del respeto a los bienes del Estado y a las personas, obraría contra el poder que representaba, y distorsionaba los empeños nacionales. En dos palabras: se corrompería. 

Veamos claro, por tanto, que los actos sin ética contienen  también otro peligro: la decepción, la indiferencia  de los que piden señales lumínicas para orientarse en sus dudas y en cambio perciben sombras. Ojalá todos podamos volver a  nuestra escuela inicial y releer las lecciones de ayer bajo una luz más pura y luego repartirla.

 

EL DEBATE, LAS IDEAS Y LA LENGUA

Luis Sexto

El  problema principal del debate entre cubanos radica en que desde sus inicios cambia de ropas, como Clark Kent  cuando se desviste en Superman. De lo apacible transita a lo violento. Y el que va a responder un criterio yergue su pecho,  alza la voz y declara para todo el orbe: Tú estás equivocado; soy yo quien tiene la razón. Y el otro, al oír  esos  argumentos  se da cuenta de que su contradictor no ha entendido lo que él quiso decir.

Solemos no escuchar. Ni leer. Tantos años de experiencia me han confirmado que cuando uno asume la lectura de un texto sobre un tema sobre el cual todos creemos haber formalizado una opinión, no lee lo que está escrito, sino lo que quiere leer. Eso en el caso menos infeliz. Porque a veces, el que cuestiona no sabe “leer”, es decir, no es perito en interpretar un enunciado, comprender cuál es la tesis y los argumentos que sostiene el sujeto que quiere contradecir. Algunos, al leer un texto correcta  e inteligentemente escrito, lo tachan de literatura. Pero elogian el estilo de quien lo firma, y enseguida pronuncian la fórmula pontifical: Usted no dice nada; sólo habla bonito …El que sabe y dice claramente soy yo.

El problema es que a veces no  saben leer para comprender, ni tampoco saben escribir para debatir. La esencia, pues radica, en que polemizan no con lo que está escrito, sino con lo que entendieron de lo que el otro quiso decir. O con lo que quieren que el otro hubiera escrito. Complicada  psicología la de los objetores de conciencia, esos que creen que cualquier sitio es un Hayde park  donde alzar la carpa para decir lo que se les ocurra  de las cosas y los hechos, y sobre todo burlarse de aquel que no piensa igual.

También dan una vuelta por estas tierras los que, invitados sólo a reírse a costa de las ideas o criterios de cualquier prójimo,  llenan de papeles sucios el patio ajeno.  Papeles sucios que incluyen invenciones, falsedades, calumnias, insultos, desconocimiento. Tienen tiempo. Mucho tiempo. Por lo cual uno supone que cobran  una jubilación suficiente para perder el día en sociedades muy competitivas,  o les pagan para ganarse el tiempo agujereando los créditos ajenos.

Así, así la Internet se convierte en una especie de potrero dilatado para que pasten unicornios y dinosaurios.

Debatir  qué propósito tiene. En lo personal escribo primeramente para tratar de encontrar la verdad. La verdad para mí y luego defenderla ante los demás.  Aunque no he leído mucho, según afirmaba Rilke, sí puedo decir que he leído para aprender a entender, y para aprender a debatir. La biografía de Benjamín Franklin, que leí entre los 23 y 25 años, me enseñó que nunca digas en una discusión: no estoy de acuerdo contigo, sino di: yo tengo otro punto de vista. Esa es la manera más provechosa y respetuosa de debatir por la verdad, en particular la verdad política, tan frágil, tan expuesta a intereses económicos, de partidos, a posiciones de clase,  y a mercenarismos, eso que en la Cuba de antes de 1959 se llamó manenguismo.  El manengue no tenía palabras sino para defender a quien le pagaba, ni oído sino para las palabras  y caprichos de su señor: los conmigo o los sinmigo.

El debate es un camino largo. Tan largo como si se engancharan todas las ideas del mundo, y quizás mucho más. El aprendizaje, igualmente, es largo, tan largo como la lengua maldiciente e irrespetuosa que empieza a perder su litigio casi acabado de enunciarlo.

BÉISBOL VS FÚTBOL AMERICANO

BÉISBOL VS FÚTBOL AMERICANO

Luis Sexto

Es obvio:  El béisbol nunca podrá derivar en fútbol americano. Porque  ya no sería béisbol, sólo un remedo de violencia injustificada en un deporte que exige la inteligencia  del ajedrecista,  la precisión del piloto, la flexibilidad del acróbata, la saltabilidad  del danzarín,  la sagacidad del cazador,  la agudeza  del meteorólogo,   y la ética, ah, la ética que nos ha ido transformando en hombres y mujeres que conviven regulados por el respeto al semejante.

Algo han dicho nuestros medios. Y habrá que seguir condenando, y  sobre todo advirtiendo que lo  sucedido la noche del 17 febrero en el estadio Victoria de Girón en Matanzas, no supone una gota sobre la corona de la ola: fue  una zambullida en la espuma  de la violencia.

Me referí a ello hace unos meses: la indisciplina,  las conductas agresivas, la grosería, el irrespeto en los terrenos de pelota articulan  una réplica de la indisciplina, el choteo, la indiferencia, la impunidad que se manifiestan -ojalá no tan crecientemente como observo- en nuestras calles, en nuestros edificios multifamiliares, en nuestros espectáculos… Quién desconoce que la convivencia entre vecinos presenta ronchas enconadas. Quién ignora que  soluciones violentas dirimen por momentos esta o aquella polémica y tienden a usar manos a veces afiladas.  Las estadísticas sociales poseen un valor testifical, pero también falsean la vida, porque no recogen cada una de las múltiples caras de un proceso distorsionador que tiende a la hominización de la conducta ciudadana de un número imprecisable de cubanos. Sí, imprecisable, porque no puedo acogerme a la fórmula falazmente compensadora de una minoría. ¿Minoría, si hasta en los estadios de béisbol, templo donde Cuba se ha inclinado ante  el denuedo, la acometividad, la resistencia, el vigor y la honradez, algunos de nuestros peloteros se descomponen moralmente?

En efecto, no tan pocos como estiman unos, ni quizás tantos como creo, nos  hominizamos en vez de humanizarnos cada jornada; reducimos a notas inconvenientes  nuestro comportamiento ante las leyes y las relaciones sociales. Y podemos deducir que existen diversas maneras de corromperse. Porque la única no consiste en robar los bienes públicos mediante el abuso de cargos y funciones. Uno se empieza a corromper cuando justifica sus actos indignos. También cuando considera normal, justo, que si me batean un jonrón, luego puedo dar un pelotazo al atrevido que me botó la bola… Y lo más grave de esos hechos radica en que varios de sus protagonistas sean primeras figuras, que  no sólo  redondean un no hit no rum,  sino que además,  por la energía de su gloria,  destellan ejemplaridad, propuestas de imitación.

El necesario compromiso  con la cultura, con la ética, con la historia de nuestra nación, está siendo golpeado con esféricos detonantes. ¿A quiénes imitarán nuestros hijos:  acaso a deportistas intachables, ecuánimes que saben diferenciar el juego y la guerra, la rivalidad competitiva y la venganza;  o a  lanzadores ensoberbecidos;  a jugadores que intentan  golpear una cabeza de hombre con el bate que fue torneado para superar y enaltecer  la conciencia solidaria del juego y los talentos  físicos de cada pelotero? ¿ Y a quiénes invocarán los miles de aficionados que reasumen la ilusión de crecer ante el escenario de juego: a los  que tienen en el béisbol su vocación cristalizadora como ciudadanos, como exponentes  de las virtudes de un pueblo caracterizado por el  rasgo edificante de ayudar al caído? ¿O premiarán  el vocerío y los aplausos de las gradas a los que carecen de honra para admitir que  el jugar limpio y mejor acrece  y a la vez depura la conciencia para sí, y la transforma en conciencia para el otro y con el otro, aunque se nos pague por jugar?

Tal vez sea un espejismo de mi inquietud, pero ya  no veo, no escucho el nombre de este o  aquel jugador  de hoy como  peloteros exaltados al primer salón de la fama: el respeto y la devoción infantil. Hace años oíamos en el pitén callejero o en el terreno enmaniguado: Yo soy  Changa, o soy Alarcón, o Cuevas, o Chávez, y más tarde oíamos soy Lafitta, soy Vinent, Soy Isasi,  soy Muñoz, soy Padilla, soy… como cualquiera cuyo ejercicio beisbolístico oficiaba un culto a la ética y a los sueños del pueblo. Y el pueblo,  por ello, los convertía en héroes.

Había, por supuesto, razones: cuánta perseverancia  invirtió Changa Mederos para corregir su descontrol, tratando de colar la bola por el hueco de una sábana convertida en receptor; cuánta insistencia la de Alarcón para trazar, como un delineante mágico, esa curva que parecía enrumbarse contra el bateador y de pronto caía posándose  de estrai sobre el jom; cuánta autocrítica, cuánta fuerza de  aprendiz empleó  Cuevas para adoptar su  plástica posición de titán en la caja de bateo. Esos hombres, imperfectos en su naturaleza humana,  pudieron perder alguna vez la compostura. Sin embargo,  uno los recuerda como tenaces servidores de la ejemplaridad deportiva vuelta virtud cívica.

¿Otros tiempos? Sí, otros tiempos a los que  les podríamos encajar el verso clásico de Manrique: Todo tiempo pasado fue mejor. Mas, me niego a renunciar a que lo mejor deba ser el presente y sobre todo el futuro. Y para que mejor sea el presente, no tendremos que esperar a que la economía se recomponga. La economía se recompondrá.  Pero, si tardamos en actuar, cuánto demoraremos  en reducir la rebaja del decoro,  y rellenar las grietas en la conciencia histórica como miembros de un pueblo pequeño, vencedor de desastres naturales, y de la opresión y explotación extranjeras o locales; de un pueblo nutrido, aunque a veces hayas faltado comida,  de valores espirituales.

No parece haber otra respuesta que  pintar el rigor con la luz roja de los  semáforos. El rigor sin atenuantes.  Está la roja: nadie pasa, sea quien sea. ¿Por qué hemos de proteger el crédito y la carrera de quien no  cuida de sí mismo?  Los intereses éticos y cualitativos  del deporte nacional no han de pasar sobre cálculos de competencias, de triunfos, de  campeonatos. Si se pierde un torneo porque el deportista básico no compitió por haber violado la disciplina, ganará la nación al curar una llaga en su costado vital. Cura de caballos, según el campesino sabio. Porque el deporte  se ejerce y se dirige con abnegación.  En particular,  los directores. A veces los llamamos mentores. Y algunos no merecen ese título. ¿Mentor? Mentor significa guía, consejero, educador. Es palabra demasiado exigente para prodigarla a quienes  no prevén el desorden y  no atajan el daño.

Y de los llamados mentores por la crónica deportiva, pasamos a los árbitros, a los que imparten justicia, según el lenguaje de los medios.  Lo único que les podríamos recomendar  es que, como diría Luz y Caballero refiriéndose a los maestros, si quieren respeto deben respetarse a sí propios. Podrán equivocarse en una apreciación efectuada durante la chispa de un relámpago. Es comprensible. No lo es, sin embargo,  que sean también  incapaces de prever y atajar. ¿Miedo, incompetencia? ¿Algo más, como también preguntaría uno cuando ve a jugadores enardecidos grosera o violentamente por una decisión? ¿Algo más que no sea deportividad enferma…?  ¿Habrá que ojear al graderío, mirar debajo de los asientos y escudriñar bolsillos?  

Concluyendo, la indisciplina es un desvalor que se agrega a los desvalores técnicos y tácticos del béisbol cubano. No nos ilusionemos: el buen béisbol nos invita hoy desde el deseo. Y si queremos recuperar lo perdido, rectificar lo fallido,  impongamos la estrategia de la masividad; retornemos  a aquellos años liminares e iluminados en que un comisionado municipal de béisbol, fabricaba en su casa las pelotas y los bates para que los niños jugaran en un terreno rústico. ¿Cuántos dirigentes beisboleros actúan como aquel que andaba a pie, carecía de zapatos deportivos y no vestía traje?  Desde luego, no hemos de  andar en cueros. En cueros, el alma; el alma despojada de ambiciones ilegítimas. Porque de  aquel antiguo fervor, además de la tradición,  brotaron las glorias que hoy añoramos. Consagración, ética, rigor. Y un espíritu deportivo instalado en cada uno de todos cuantos han de ver en la pelota la cristalización individual y colectiva. Esto es, jugar como si al no hacerlo, o hacerlo mal, perdiéramos el sentido de la vida tras una pelota que rueda, rueda y nos deja atrás.

 

ERROR CON ERROR SE PAGA

ERROR CON ERROR SE PAGA

 

Luis Sexto

No sé cuándo quise responder la pregunta de por qué el hombre tropezaba dos veces con la misma piedra. Creo haber dicho que tropezaba porque desconocía las lecciones del pasado o porque… quería. Claro, me basaba en esa verdad que circula convertida en una frase latina: Errare humanum est. Es decir, que es propio del ser humano equivocarse, pero equivocarse dos veces en el mismo terreno, en el mismo asunto… Ah, ya eso es algo más que equivocarse.

Lo pienso ahora como lo pensé hace meses. Y regreso al tema, porque recientemente le oí decir a cierta persona que en Cuba estábamos acostumbrados a trabajar sobre el error. Lo decía con seriedad. Y no con ánimo de crítica, sino aceptando que esa era nuestra norma, nuestro método. Equivocarnos y tratar de rectificar. No resulta esa, desde luego, mala política. Uno yerra y corrige el error. Saludable. Justo.  Lo que ocurre es que el contexto en que tan filosófico aspecto se ventilaba, admitía que habitualmente se corregía el error… con otro error.

Así el problema cambia de faz. Y lo que se apreciaba como un rostro amable, se transforma en la cara arrugada, repulsiva,  de la bruja de Blanca Nieves, o en la del novelístico Retrato de Dorian Gray, el libro de Oscar Wilde, cuyo personaje, en un pacto con el diablo, se mantenía joven, pero su retrato adquiría las arrugas de todos sus yerros y pecados. Al final, podemos imaginar aquella pintura. Espantaba. ¡Cuánto mal había hecho aquel sujeto en su perdurable juventud! Su historia se resumía en un error sobre otro error.

No quisiera admitir que por algunas esquinas de nuestra patria pululan los retratos de Dorian Gray. Esos que rectifican a ojo pelado, siguiendo imperativos cuya ejecución es inmediata, sin pretextos, burocráticamente ordenada y burocráticamente ejecutada. Y la película filma y filma metros de cinta sin cambiar de imagen: Hoy corriges aquello que hiciste mal, y mañana, cuando se hace necesario rectificarlo, actúas cañoneando la razón en una segunda vuelta. Y la noria gira, gira, gira…

El hombre, pues, tropieza dos veces con la misma piedra, porque ignora las lecciones de la historia, la experiencia, la ciencia, o porque desea equivocarse; le importa poco el gasto, que al fin él no paga, y solo le interesa cumplir a cualquier costo. Lamentablemente, todo esto no significa la trama de una novela o el guión una película. Es verdad. La mentalidad burocrática nos empuja, incluso, a no tener en cuenta a la gente. ¿Que hace daño? ¿Que la solución de un problema molesta a los vecinos? Bueno, no estamos para reparar en exquisiteces.  Ah no, compañero; los molesta porque hace diez años, cuando se construyó esto, ya los molestaba; ahora, con la solución, se agrava la molestia. ¿O cree usted que es solo un capricho, un preciosismo vecinal? Tenga en cuenta que aquello violó las leyes sobre el medio ambiente, y que esto otro, el llamado mejoramiento, las sigue violando, y los vecinos han sufrido perjuicios y los seguirán, ahora sufriendo. En suma, dos perjudicados: leyes y ciudadanos. Y también la racionalidad de la economía y de lo social. ¿Adónde vamos a parar?

Ojalá que no sea verdad. Pero lo es. Es un filme, más que realista, real, aunque yo lo exponga figuradamente, como en neblinas.