Blogia
PATRIA Y HUMANIDAD

Ética

CONDENADOS A CONVIVIR

CONDENADOS A CONVIVIR

  Por  Luis Sexto 

Planteo este asunto en los extremos. Digamos, pues, que vivir no es necesario. Sí lo es convivir. Porque, en realidad, como la vida tiene mucho de azar y uno pudo haber nacido o también no haber nacido, por ello decimos que no necesitamos vivir.  

Pero, ya vivos, ya siendo personas, es necesario relacionarse con los semejantes, incluso con aquellos que no son iguales a nosotros, pero viven. Por lo tanto, se hace forzoso convivir. Con mi familia, con mis amigos y vecinos, mis compañeros de trabajo o de escuela,  incluso con los desconocidos en la calle. Y, sea dicho en voz alta, necesitamos convivir con la naturaleza.

De todos los actos humanos, el de la convivencia, además del más necesario, es el más difícil. Los psicólogos clínicos están de acuerdo en señalar los problemas de convivencia, como los males que más frecuentemente aquejan a sus pacientes. No será una insensatez afirmar que convivir es un arte. El arte de la delicadeza y la solidaridad. Es el arte de saber ponerse en el lugar del otro.  Por ese cambio de posición comienza el respeto al derecho ajeno, clave de la convivencia. 

Usted seguramente sabe qué es convivir. Sabe incluso qué es mal convivir. Porque ya notamos con inquietud que estamos confundiendo términos como libertad, igualdad, con sus contrarios. Es decir, con libertinaje, igualitarismo, irrespetuosidad.  Estamos creyendo que los demás no existen. Estamos considerando que mis fronteras personales o familiares no terminan en la puerta de casa, sino comienzan en la del vecino, o en el asiento del compañero de viaje o en el puesto de trabajo del colega.

No creamos, desde luego, que vivimos en el caos. La vida social es mezcla. Mezcla de bueno que permanece y de malo que intenta perdurar. Esa es una lucha implícita. Permanente. Necesaria. Hay leyes. A veces se incumplen, se soslayan, hasta se olvidan. Pero una persona que tenga la sensibilidad aguzada, conoce que ciertas leyes básicas comienzan en uno mismo, y que es uno mismo quién debe obligarse a cumplirlas. Por ejemplo, el respeto a la propiedad ajena, social o privada. ¿Hace falta acaso que alguien nos lo recuerde?  Por ejemplo, el respeto al descanso del vecino. ¿Por qué cuando oímos música queremos compartirla con todos, de modo que la felicidad o alegría de uno se convierte en la infelicidad de otros?  

Vamos a meditar en el alcance de nuestra conducta. Vamos a pensar que la libertad absoluta es un simple cuento. Vamos a creer que la libertad comienza dentro del ser, pero que se atempera, se relativiza cuando se hace imprescindible relacionarse con el otro. Con aquel, con este, incluso con el árbol y el perro. Si Daniel Defoe no le hubiese puesto un compañero, un vecino, a Robinson Crusoe, el náufrago, el solitario, se habría deshumanizado. Cuánta razón la de Marx cuando apuntó que la esencia del hombre la componen las relaciones sociales.

En verdad, no existen alternativas. Estamos condenados a convivir.

HUYE DE LOS PROBLEMAS

Por Luis Sexto

Diccionario de frases célebres
Primero, una definición. La felicidad, qué es. Según esta frase, eso: ausencia de problemas. Placidez en el calendario, día plano y pleno. Complacencia por que la aguja de la vida traza una raya sin arrugas. Todo va bien...Huye de los problemas. Claro, la recomendación no es tan absoluta como alardea. Hay problemas que nos asedian inevitablemente. Llegan sin invitación. En cuentas realistas y redondas, existen tres tipos de problemas: los que nunca tendrán solución; los que conceden espacio a la solución. Y los que uno no quiere solucionar.    
Evidentemente, la frase enruta su imperativo hacia un nirvana acomodaticio. Si ignoras el problema, el problema no existirá. Y no permitas que nadie lo descubra, lo devele, lo recuerde. Acude a esa excusa incontestable: no nos desviemos; este no es el momento; más tarde, en otra ocasión, convocaremos una asamblea para analizarlo. o un almuerzo. O si estás en tu casa, di campantemente: otro día conversamos; ahora estoy muy cansado. Y la rotura de la ventana perdurará, o la lámpara continuará ciega. Y la maquinaria puesta en el patio de la fábrica, a la intemperie, proseguirá su paso hacia el deterioro, y el camión permanecerá abandonado en aquel parqueo lejano, con los neumáticos podridos de tanto aguardar.    
Y quién duda que alguna vez no hayamos actuado así: emulando al avestruz. Usted mismo; yo. ¿Y acaso no hemos sentido ira por ese compañero que cada vez que se nos aparea acude a una lista de problemas envejecidos? Chico, cará, cuándo vas a entrar en esta oficina con las manos limpias. Con una sonrisa de felicidad. Y el reproche se justifica. Porque a nadie le gusta que lo estén importunando con la letanía de que aquel problema sigue con la oreja enhiesta esperando oír una decisión resolutoria.   
En efecto, a tales sujetos les molesta que le recuerden que lo que se niegan a aceptar, lo que para ellos no existe, lata, persevere sacando sus señales de humo. Son los complacidos y complacientes de plantilla. Ah, y no los llames burócratas, o irresponsables, ni siquiera “felicianos”. ¿Feliciano yo, que me mato preocupándome por que nadie se preocupe?  ¿Burócrata yo, tan flexible, tan amplio, tan tolerante; yo, que le doy tanto tiempo a la gente y a las cosas?
Esa actitud es, en sí misma, un problema. Y tiene su antídoto en otra frase, pero de signo positivo: no convivas con los problemas, no les permitas alcanzar la mayoría de edad. No puede crecer en armonía una familia cuyos problemas, o la solución a sus problemas se aplacen cotidianamente. Ni organismo económico, productivo, social o político que prospere o ejerza cabalmente su papel o logre su objeto metiendo los problemas, o un solo problema, en el almacén de desechos. Un problema presuntamente desconocido posee un efecto de multiplicación. Es el mismo problema pendiente en la conciencia de cuantos exigen o esperan la solución. Lo político, lo eficiente, lo racional, implica el resolver problemas, no el crearlos. 
En fin, en el fondo del problema se aprecia un equívoco. La felicidad no es el lugar donde no habitan problemas. Marx lo intuyó con vocación romántica y realista a la vez: “La felicidad está en la lucha.” La felicidad es eso: probarse ante los problemas. Sin fragmentarse. Séneca, el filósofo español en la Roma imperial, lo barruntó en una de sus epístolas a Lucilo. Le dijo: desgraciado el hombre que no tenga dificultades.          

 

NO SOY CRIADO DE NADIE

Por Luis Sexto 

Diccionario de frases al uso

Ni usted ni yo somos criados cuando alguien viene a pedirnos o a mandarnos con los megáfonos persuasivos de un cañón, o con la fusta de un mayoral. Y uno tiene que emparejarse a la prepotencia trancándose, atrincherándose justamente, para clarificar y clasificar las cosas.

Pero vayamos a la contraparte. A ese momento en el que ya la frase renuncia a militar en una actitud de defensa propia ante la dignidad personal apremiada. Y pasa a ser una expresión regurgitada como buche de irracionalidad, que salpica incluso al deber. Porque el deber implica servir. Y hay deberes que lo evidencian, incluso, con la manifestación del corte y el color de una camisa.

Esta frase se origina en una aprehensión histórica. Lo pasado pasa. Pero pesa. Y ni esclavo ni criado son posiciones del gusto del cubano medio, porque estos sustantivos proyectan el desdoro, la sombra hereditaria de otros siglos Y esa es una explicación ideológica de la incapacidad de ciertos servicios para conquistar el crédito. Ni pagándolos en oro... De una caprichosa o errónea sinonimia proviene frase de tanto desplante, de tan irascible distanciamiento. No soy criado de nadie, porque suele hacerse sinónimos a servicio y servidumbre, a servicial y servil. Falta léxico y gramática sociales. Esto es, ética.

Le falta, por ejemplo, a ese cartero que acostumbra a dejar las cartas tiradas en el vestíbulo de los edificios donde no existen buzones. Sí elevadores y escaleras. Y él, al ser reclamado por un vecino, respondió: Yo no soy un perro; no tengo obligación de subir. Y dónde ¾le preguntaron¾ se mete la casi sagrada misión de trasegar, preservar, entregar la correspondencia. El cartero no supo oponer ningún argumento. Quizás el Correos pueda limpiar dudas y corregir negligencias.

Cuanto digo, en suma, se magnifica en una disyuntiva: o me enconcho, me encaracolo, o me prodigo en amistad, en solidaridad. Si opto por encogerme, me voy trocando en un majá o en una víbora: huidizo, a punto de lazar un mordisco a cualquier pie que me roce.  Si me reparto,  de júbilo brilla el placer de tender la mano a quien resbala, comprender a quien se lamenta. Aclaremos. Una contradicción distingue a ciertos suscriptores de la frase. Se niegan a ser criados, y se amarran a su perro; hasta duermen con él a despecho de recomendaciones sanitarias. Es enaltecedor amar a los animales. Marca, según un escritor, la medida del amor por nosotros mismos. La autoestima. Pero olvidan que el hombre es el animal básico en la naturaleza.

Ningún poder, ninguna autoridad, ningún privilegio se justifican si no los humedece la voluntad y el hecho de servir. El poeta Félix Pita Rodríguez lo sintetizó en una frase que podría sustituir a la otra: “Servir es más precioso que brillar.                 

EL DERECHO DE NO SER POBRES

EL DERECHO DE NO SER POBRES

Por Luis Sexto

¿Cuánto? Esa es la pregunta recurrente,  arete labial, que les cuelga a quienes sopesan, miden, estiman la vida en el volumen del bolsillo o la cartera. Son como personajes de Balzac: indiferentes e inescrupulosos. Pero cuidado al hablar del dinero. Verdad que es  metáfora del mal. Cumbre de la tentación. Excreta de la noche. Y estiércol del diablo, como lo tildó el ácido Giovanni Papini.

Los sabemos. El dinero financia las elucubraciones armamentistas, sufraga las guerras, paga a la prensa “napoleónica”con la cual, de haberla concebido, el Gran Corzo nunca hubiera perdido la batalla de Waterloo. Pero seamos justos: también impulsa la resistencia, sostiene a las revoluciones. Y opera como medio de relación. Signo de distribución. Todavía la sociedad no le ha hallado sustituto racional, práctico.

La culpa de sus desmanes no le pertenece únicamente. Hay responsabilidad en el que lo asume como espejo y lo pasea por la calle como suma del poder y la vanidad. El dinero es lo que vale, pregonan. Y, por supuesto, nada que no se obtenga con dinero, sirve.  Para estos cajeros de la vida cotidiana, por favor, tenga usted la bondad, me podría ayudar, hermano, son fórmulas infantiles. Porque la sociedad, la vida, se entrega a los recios, a los que ponen precio a todo. Incluso a  los otros. Y, desde luego, también exhiben su etiqueta de venta. ¿Cuánto me das? ¿Cuánto te doy? Esa es la consigna y su variante recíproca. Y para irse globalizando, incluso, lo mastican en inglés: How much?

Afrontemos una paradoja. Advierto que podrá disgustar, mas la experiencia social certifica que los pobres también necesitan el dinero. Y nosotros, gente que se inclina hacia la  izquierda -el lado del corazón- coincidimos en defender el derecho de los pobres. Mas ¿qué derechos? Quizás estoy adentrándome en un asunto de alta o profunda teoría. Tal vez, aburra a los lectores. Es probable que a pocos les interese una reflexión un tanto abstracta. Las ideas, sin embargo, nos sirven como armas concretas. Y todos cuantos hoy pensamos, escribimos, polemizamos sobre un mundo mejor, como suele decirse, hemos de depurar las ideas que escoltan, acorazan nuestra lucha. 

Cuando pienso en el derecho de los pobres –los últimos, según una terminología reciente-, insisto en precisar a qué derechos nos referimos. Porque el único derecho que yo no les reconozco a los pobres es el derecho de ser pobres, a carecer de los medios que fundamenten una vida decorosa. Y defiendo, por encima de todo, el derecho a dejar de ser pobres, que no equivale a proponer que todos seamos ricos a la usanza clásica: la riqueza como resultado de la injusticia. Y erradicar la injusticia es, precisamente, la tarea de los revolucionarios. Concuerdo con alzar la pobreza a un balcón de virtud. La pobreza como arte de humildad,  antídoto del lujo, vacuna contra la prepotencia y la corrupción, diseño de la solidaridad.  Estos valores espirituales o morales componen fines de un programa de mejoramiento personal, que tiende a perfeccionar la sociedad y  que no incluye la pobreza como carencia, estrechez, o como dependencia de la dádiva, aunque el regalo provenga del Estado.

Las lecciones de la historias están todavía muy cerca. Cierto “socialismo real y fracasado” pretendió hacer las cosas más simples, porque, cuando elegimos desde la pobreza, vestir y calzar y comer se convierten en una operación menos engorrosa, más rápida y barata. Pero también  más angustiosa y frustrante.  En China, por ejemplo, la pobreza empezó a recular -a pesar de las manchas que aún se dispersan por el enorme país- después de que los comunistas trascendieron el esquema del “socialismo aldeano”, comunal emparejamiento de las personas en las necesidades,  los medios para resolverlas y en los resultados del trabajo.

Quién dudará de que el hombre no pueda vivir sin esperanzas. Es una virtud teologal, atributo de la conciencia religiosa. Y es además una virtud humana, natural, social, de este mundo y de hoy y de cualquier tiempo. Todo individuo es sujeto de la esperanza. Y todo régimen social, por tanto, tiene que ofrecer la esperanza como sostén. En el capitalismo una minoría la concreta, y muchos amanecen confiando en que, este día, será el de la fortuna, el del salto de la pobreza al bienestar. Esa actitud marca, orienta, hasta cierto punto, la subjetividad que a veces falta para cambiar las cosas. Es, desde luego, una esperanza engañosa y cruel, expresión de una política impolítica.  Pero tan impolítica es la política que niega la esperanza o la aplaza. Un régimen con la esperanza cerrada no sobrevivirá a sus contradicciones.

Hugo Chávez ha asimilado las sugerencias de los años 90 del siglo XX. Ha comprendido, al parecer, como “discípulo de la historia”, que los manuales de la experiencia del llamado socialismo real trataban más bien de acomodar la vida que de acomodarse a las normas de la vida. De ahí la afirmación chavista de que es necesario inventar el socialismo. Y así nuestros sueños a favor de los pobres no implican -pues nos opondríamos a las verdades de la realidad- repartir entre todos la pobreza con cuyos valores precarios se amengua también la libertad. No todos pobres, pues. Más bien, habrá que distribuir equitativamente la riqueza. La igualdad ha de concurrir, generalizarse colectivamente en una cita con las oportunidades no igualitaristas de bienestar. Y aunque cualquiera podría argumentar que esta fórmula no rebasa “el derecho burgués”, yo preferiría empezar, continuar y consolidar  la revolución  mirando las flores que están debajo de mi ventana que añorar las que no se vislumbran en la lejanía.

TIERRA DE NADIE

TIERRA DE NADIE


Por Luis Sexto

Una porción de la humanidad no quiere, al parecer, perdurar en La Tierra.  El medioambiente se le deslava entre los pies y lejos del corazón. Se le desconchan las paredes, se le agrieta el piso y se le agujerea el techo de su habitación terrestre. ¿Qué estamos pensando? ¿Acaso trasladar la tienda a otra bola en las planicies aún inexploradas del Cosmos? Habría para ello una dificultad. Una sola. Mientras buscamos y acomodamos el nuevo medio, se acabará el tiempo.

Un poeta legó a sus hijos el tiempo, todo el tiempo. Pero es casi imposible heredarlo. Se consume. El tiempo de una vela concluye al consumirse el pabilo. Se apagó la llama. Y murió la vela. El ejemplo, tan sencillo como la evidencia, tal vez no ejerza presión sobre la conciencia de cada terrícola. Cada sujeto apenas dura lo que un relámpago. Y no suele proyectarse más allá de su momento. Quizás conmueva a la conciencia general y la especie logre entender que perdurar es, ante todo, un principio de amor. Hacia sí en lo particular y hacia el prójimo, el semejante, que vendrá.

El hombre, como género, se ama poco. Thomas Merton, escritor norteamericano de quintaesencias meditativas, anotó en su libro Conjeturas de un espectador culpable que el amor a la naturaleza enruta la prolongación del amor hacia nosotros mismos. Pero nos acercamos a nuestra casa, la habitamos incluso, como extraños, en actitud de propietarios usurpadores, cuando somos un elemento más, hermano de la flor, del ave y de la nube.

Lo recomendable, ha dicho otro meditador, es humanizar el medio ambiente. Quizás lo más favorable sea introducirnos en él como lo que somos: parte.

Una década atrás entrevisté a dos hermanos leñadores. Nunca publiqué aquella conversación. Ahora, releyendo los apuntes, hallo en la última hoja mi valoración sobre ellos. Primeramente en lo físico: Hombres de baja estatura, fornidos, macizos; con músculos que torneó el hacha.”Luego, en lo moral: “Conmueven por su nobleza, por la cultura de la bondad; hablan en voz baja, con delicadeza, a pesar de lo rudo del oficio.”

Conversábamos en un bosque de eucaliptos y aromas en Pinar del Río, la provincia cubana más occidental. Podíamos ver, arriba, un azul hondo, moteado a trechos por nubes muy blancas, y un sol que ya casi alumbraba a plomo. De súbito los sorprendí con una pregunta agresiva: ¿No saben ustedes que han pasado treinta años maltratando a la naturaleza? Se miraron perplejos. Tuve pena. Al fin respondieron que nunca habían hecho otra cosa que trabajar en el monte; pero a veces les había dolido cortar un árbol bonito. Y, además, también habían plantado muchas posturas.

La inocencia de los bosques de Cuba no se mancilló con los hachazos de estos leñadores, necesarios por demás. Empezó a naufragar con la Armada Invencible de Felipe Segundo en el siglo XVI. Árboles preciosos, duros y durables, de la Ínsula edénica y fiel de la corona española sirvieron de cuadernas y mástiles en aquella flota ambiciosa de geopolítica dorada. El hacha desembarcó en aquellos bosques -que entonces sombreaban y a veces hacían impenetrable, el 85 por ciento del territorio cubano- entre los bártulos de conquistadores y colonizadores. Llegó junto con la cruz, la afición notarial y el gusto por el dinero.

¿Habrá plantado alguna vez un árbol el rey Felipe? ¿O su padre Carlos Quinto? ¿Y los hacendados criollos del XVIII o del XIX, incluso del siglo XX? ¿Lo habrá plantado W. Bush, que se niega a firmar el protocolo de Kyoto?

Tampoco lo han plantado los gerentes y dueños de las corporaciones globales, que deciden que los desechos de sus empresas escamoteen el oxígeno de los peces de ríos y mares, y le disputen la pureza a los nutrientes del subsuelo, y propicien sequías saharianas y temperaturas de infierno. Antes que aquellos dos leñadores hubiera querido entrevistar a uno de esos potentados tecnotrónicos y postmodernos, y preguntarle lo mismo que a aquellos cuya humildad les hacía distinguir entre un árbol bonito y útil y otro feo o inhábil. En inglés, desde luego, o en un español primitivo, habría contestado: Ah, mi no saber... O habría pretextado la excusa típica en la retórica de los poderosos: Ha sido obra de mi sucesor, o de mis empleados. Y alargaría un texto enumerando las
infinitesimales razones del desarrollo.

Ya nadie vacila en achacar la culpa básica a los países desarrollados. Ellos deciden y escriben diariamente la sentencia de extinción de planeta. Y no es el desarrollo el culpable en esencia. Es el modo irracional de asumirlo y ejercerlo. Ese consumismo, ese confort vitalicio, creciente, que inventa una necesidad huera hoy para sustituirla mañana por otra más excéntrica y banal, y que desgasta el perfil humano de la gente. Y cuya finalidad primordial –promover el consumo extremo- se enreda con la voracidad de bancos, corporaciones, y compañías.

La naturaleza se sustenta en el equilibrio. Este es, quizás, el término más grácil, dulce, de la física, de la lengua y de la vida. Si un cocodrilo, ha escrito un ecólogo brasileño, expresara sus deseos más afines a su condición de ser saurio, exigiría que el mundo fuese un total pantano. Y el león, a su turno, que el orbe se trocara en una llanura africana con gacelas en panales. El Hombre, que entre sus libertades utiliza la capacidad de concebir formas inexistentes y convertirlas en obras, pretende, en su más inconsciente e insensible sector – el de los más ricos, los menos- urbanizar el globo; convertirlo en una ciudad que aplaste el equilibrio vital. Civilización proviene de civitas, nombre latino de ciudad. Y hoy la civilización que el capitalismo ha conducido hacia la desmesura, el paroxismo, adquiere un matiz devastador. Civilización corrosiva. Autogeneratriz de la desgracia.

La humanidad, por más que muchos lo desconozcan, es parte de la naturaleza. Y perecerá con ella... si la destruye. Las culturas antiguas intuyeron con más tino esa peculiaridad del hombre. Leonardo Boff, que de teólogo derivó en ecólogo, ha contado que los miembros de cierta tribu del Matto Grosso van suicidándose según las compañías inversionistas talan y despejan la selva. Pierden con la tierra la identidad y el sentido de la vida. Yibran Jalil Yibran, poeta oriental, procedente de esas culturas mediterráneas que tanto penetraron en el alma humana, compuso un verso insuperable, que se acopla, por la soterrada y distante comunicación de las culturas, con un principio de José Martí: Yibran escribió: “La tierra es mi patria y la humanidad mi familia.” Y Martí: “Patria es humanidad.”

Hagámonos, para terminar, dos preguntas: ¿Será posible que el árbol, por mencionar un ser sensitivo, prevalezca sólo en fotografías y pinturas? ¿Tantos hombres y mujeres del futuro solo verán desde su ventana ramas de hormigón y un cielo de aluminio?

El futuro parece ser una heredad incierta 

VIVE LA VIDA

VIVE LA VIDA

Por Luis Sexto

Diccionario de frases al uso

¿Acaso hacemos algo distinto? Tengo vida, luego vivo. Esa es la certeza íntima e impostergable de cualquier persona. Vivir, imperativo, avalancha sucesiva de energía y conciencia. Pero la frase no es tan torpe como aparenta. Excluye el simple existir, el mero impulso de respirar y andar.

Vive la vida. Y en el horizonte de tan redundante máxima, prevalece  cierta subrepticia y nociva  intención. Recomienda algo más. Y lo que nos pretende sugerir en tono tan inapelable, equivale a un apartamiento de las consideraciones éticas, a un cerrar los ojos ante una disyuntiva moral. Sacrifica la honradez, la verdad, el amor. A eso apunta. Porque vivir la vida para esta frase tan recurrente implica la erupción del yo y la inmersión del él, del tú, del nosotros. Exaltación, apoteosis del egoísmo, en la trama un tanto desvergonzada de una filosofía vitalista cuyo objeto es el placer y el tener.

Vive la vida. Goza, despreocúpate, záfate. Y los principios, ah, los principios, conviértelos en tus “fines”. No partas de ellos, móntate sobre ellos. Y simúlalo. Sólo se vive una vez...

Ahora, luego de haber hecho la ficha de tantas frases de uso común, me doy cuenta de que son versiones de una única actitud; visiones presuntuosamente originales del descrédito. Vive la vida. ¿No es en su esencia igual que Déjate de boberías, Échatelo todo a la espalda, Que arree el de atrás... Ha sido este diccionario un serón de redundancias, un tragante de malquerencias. El contacto con un lejano y persistente legado que utiliza la lengua para acusar su presencia.

Y no ha de asustarnos. El hombre es mezcla. La vida es mezcla. La historia se configura con el barro y con la sangre. Y la sangre va limpiando, como el discurso de Diógenes desde su barril, las adherencias irracionales. Y la frase Vive la vida abre, como luego un baño profundo, otros espejos, se resuelve en otra dimensión. Y en vez de ser sinuosa, escabrosa, norma de conducta, pasa a componer un desafío. Vive la vida. Esto es, sóplale sentido: convierte el beso en luz, el trabajo en cimiento, el deber en carnet, la palabra en sinceridad, el acto en justicia, la relación en solidaridad.

Y los principios, ah los principios, transfórmalos en fuerza, en medio de renovación. Porque, si no, por mucho que los pregones, por mucho que aparentes rendirle acatamiento, se descubre que está viviendo la vida al revés, usándolos para tu provecho. Con lo cual, además de falsearlos, los expone al desdoro. Porque otra cosa no hace quien, en nombre de un principio justo, daña a una persona por un empleo equívoco o inmoral de aquel.Vivir la vida es suma de elementos que no tienen razón natural para oponerse. Vive tu sueño, tu proyecto, pero integrado al sueño del otro..