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PATRIA Y HUMANIDAD

Escritores, músicos y pintores

POESÍA BAJO CONSIGNA

POESÍA BAJO CONSIGNA

Por Luis Sexto

 Uno va muriendo poco a poco. Lo aseguran filósofos, biólogos, químicos, físicos. Y cuando lo digo yo, que nada soy, no pienso en la muerte paulatina arrastrada por el envejecimiento. Me refiero a que al perder un afecto queda trunca la parte del corazón que el difunto ocupó. Uno, pues, también está compuesto de cadáveres afectivos. Y el 19 de octubre de 1991 se me adjuntó Félix Pita Rodríguez. 

 Después de dejarlo solo en su tumba volví a releer Las crónicas. Fue el primer libro de poemas que leí completamente; discurría yo por el tránsito dichoso y sin carné de los l6 años. Desde entonces Félix fue para mí una presencia imprescindible como el primer maestro o el primer amor.  Lo reduzco, a pesar de mis intenciones, si prosigo ciñéndolo a los valores que le atribuí mientras sus libros operaban en mi conciencia de aprendiz y su amistad vigorizaba mi vocación de escritor. Félix ejerció también una presencia insoslayable en la conciencia de la nación. Sólo ocurre con los escritores que trascienden las cercas del individuo y se amasan con los dolores, las aspiraciones, la historia de su pueblo. Y de voz personal, se transforman en sonido, voz, lengua patria.   

Con Las crónicas: poesía bajo consigna, Félix Pita Rodríguez olvidó sus deudas formales con el vanguardismo y el surrealismo, y se insertó en una poética cuyo compromiso con la revolución pasó del espíritu a la letra. Nunca como en ese momento de 1961, obra y hombre se soldaron en una irradiación unánime. El joyero de versos engastados con cinceles que esterilizaba en los vapores del lujo verbal,  renuncia a  comprar una parcela en los terrenos de la posteridad y se abstiene de levantar “un edifico de nieblas, / construido utilizando materiales del sueño, / sombras del subconsciente, / ni purezas definitivamente puras”.

Félix comenzó enamorado del Hombre; quiso interpretarlo en su porción invisible, en esos resortes de la conducta que a veces son un misterio. Era, así, un filósofo a lo popular: buscaba el hombre y recaló en la indagación de Juan Pueblo, Juan Desposeído, Juan Pobre, la forma doliente de ser hombre. Y viajó aparentemente impelido por el afán de parecerse a algún personaje aventurero de Salgari. En realidad, el vagabundeo por el planeta fue el impulso natural de su humanidad. Sus libros son trasunto de la experiencia en un callejón místico o en una posada marginal de Veracruz. 

Nunca se embarrancó o temió el naufragio. Poseía la escalera para subir y aposentarse en el cuenco del humanismo popular, que lo convirtió en filósofo de la lucha y el cambio. La sensibilidad  -aguzada, fantástica escalera- le despejó cualquier nubarrón vanidoso y le cortó a tiempo el ombligo como pecado original. Para él, como poetiza en Las crónicas, la vida era como estarnos  “jugando nada menos que todo lo que debe ocurrir mañana”. Su divisa era una toma de posición humilde y doméstica: “Servir es más preciso que brillar”. 

Y no mentía. Lo certificaba su militancia en el bando de los intelectuales angustiados por la suerte del Hombre en el Madrid asediado durante la guerra civil o en el París adonde recalaban los perseguidos del fascismo, o en La Habana lacerada por la tiranía de Batista… Y lo confirma su obra cuya sustancia creí encontrar cuando terminé de buscar cuál era la palabra más repetida por el autor de Corcel de fuego. Me trasmitió la costumbre León Bloy, escritor francés que se hacía llamar Mendigo Ingrato.  En una de las cartas a quien era  entonces solo su novia, Juana Molbech, dijo que la palabra más usada por un escritor representaba el fondo de su alma o de su obra. Era, según la tesis del autor de El desesperado, una definición implícita de la personalidad, un carné de la naturaleza moral y estética del autor y su escritura. Había aplicado el método en Edmond de Goncourt y la encuesta determinó que la palabra más socorrida de este narrador francés era: nada. Y nada -tal vez pudo sugerir en la carta a la hija del poeta nacional de Dinamarca- es la obra de Goncourt. Aceptémoslo con sospecha. León Bloy se apegaba a sus odios como las garras de su nombre. También el cubano Elías Entralgo aplicó el método al escribir el prólogo de las Prosas Varias de Miguel Ángel de la Torre, narrador y cronista fallecido en 1930. Y el término recurrente resultó idiosincrasia. 

A mi vez, hallé 58 veces la palabra corazón en 14 cuentos de Félix Pita Rodríguez. Y contrariamente a lo que pensaría un crítico puntilloso –con frecuencia máscara de un criterio bolo-  creo también que la repetición trasciende cualquier negligencia en el trabajo de estilo y pasa a convertirse en un íntimo rasgo estilístico. El método no me falló. Y la obra de Félix es como lo atestigua el vocablo más recurrente en su prosa narrativa –corazón, del cor, cordis latino, nicho donde la expresión figurada pone los más lancinantes sentimientos humanos. Obra, pues,  cordial, generosa, servicial. Él era así: rotundo, activo, sangrante. Cuando le conté mi hallazgo, tomó uno de sus libros de poesía, y leyó una estrofa cuyo último verso decía: “En lo más alto el corazón.”

 “Ya ves”, dijo;  “parece que yo también intuí algo de eso…”   

NORMAN MAILER, “TESTIGO MOLESTO”

NORMAN MAILER, “TESTIGO MOLESTO” Por Luis Sexto

Norman Mailer ha dejado una línea sin la cual su obra no podría ser explicada y muchos escritores y periodistas hubiesen quedado si una guía, un flexible patrón. Es su mejor legado, a mi parecer, esa sentencia que establece la posibilidad de contar “la historia como novela y la novela como historia”. Es decir, historia con inicial mayúscula: la actualidad, la crónica en que, zigzagueantemente, las sociedad humana va dejando atrás el pasado y cifrando el futuro en los signos activos del presente. 

Mailer supo aplicar a su quehacer esa máxima y por ello su obra perdurará por la imbricación de lo ficticio con lo real, del periodismo con la literatura.  Aun en sus piezas de más intención artística, como Los desnudos y los muertos, se detecta el plano de la realidad contemporánea como una luz que quiebra todo artificio. Siguió en esa inclinación realista, a veces naturalista, la tradición de autores que tuvieron en Stephen Crane un punto de partida y continuadores en Sinclair Lewis o Ernest Hemingway y otros que colaboraron en lograr que la literatura norteamericana fuera una de las más sólidas del siglo XX por su registro en los sótanos de los hechos sociales y políticos de su país y a veces del planeta. 

Lo dicho, desde luego, podrá ser solo una opinión. Sin embargo, tendremos que convenir en que Norman Mailer fue uno de los autores universales que las letras en los Estados Unidos aportaron a la cultura mundial. Unió, en una sola vocación, los disímiles medios de la expresión moderna -periodismo, literatura, cine- con el fin de indagar en la naturaleza social del hombre y sus vínculos con las circunstancias; ese ser atrapado, de acuerdo con sus palabras, “en  una maraña ajena, fría”. 

Dedicó su escritura –según propia confesión- a articular su identidad de hombre, pretendiendo decirse a sí mismo quién era para evitar asumirse como la imagen que sus libros, la crítica y los lectores delineaban sobre él. “Pasé -a los 25 años del anonimato a la celebridad” –dijo en una entrevista- y “me convertí sin transición en uno de los más importantes autores de los Estados Unidos: cuando esto llega se sufre obligatoriamente una crisis de identidad”.  

Hubo más. esa búsqueda comprendía el esclarecimiento de su identidad como norteamericano. Su  visión acerca de la sociedad estadounidense y sus conciudadanos fue cortante. No anduvo con cautelas expresivas cuando definió a Norteamérica así: El sitio donde  “las personas son lindas, viven a veces en el lujo, pero creen tan solo en la droga y en el dinero”.  “Tiene un comportamiento extraño. Sus cerebros están llenos de espuma. No comprenden nada más.”

Los manuales  ligan  a Mailer con el  New Jornalism. Lo  incluyeron en la lista de autores que, según Tom Wolfe,  mientras esperaban convertirse en novelistas iban calentando sus motores en el reportaje. Pero ya para esos años iniciales de la portentosa década de los 60, Mailer era novelista y también un periodista que sabía emplear los recursos de la narrativa literaria para dotar a su ejercicio periodístico de la calidad y la hondura de la novela. Fue, a mi parecer, un jardinero exquisito del llamado en español periodismo literario, que halla antecedentes  en Daniel Defoe, Víctor Hugo y José Martí.

Tal vez el New Jornalism norteamericano –que no es el principio de ningún camino, sino su continuación- no  marcó a Mailer con la desmesura técnica que caracterizó los reportajes de los autores de ese  movimiento aparentemente renovador y que al fin, en un breve lapso, despertó la sospecha en los lectores. Mailer fue habitualmente más claro, más preciso en sus fines, sin llegar a saturar, asfixiar con las atmósferas cerradas, a lo Poe, de los llamados “periodistas nuevos”.  Polémico siempre; fracasado por momentos; combatido a veces; exaltado también, sus más de 30 libros permanecerán como los signos preclaros de una sociedad donde “mucha gente –dijo- estaría feliz si pudiera encerrar a la mitad de la población en las cárceles”.

Libros como Los ejércitos de la noche,  Oswald: un misterio americano y El fantasma de Harlot,  que denuncian el totalitarismo del poder en los Estados Unidos, mantendrán viva, tras la muerte reciente del escritor a los 84 años, la verdadera identidad de Norman Mailer: “Ser un testigo molesto” que intentó expresar la Historia como novela y la novela como Historia.    

DUPORTÉ: HABANA-MADRID

DUPORTÉ: HABANA-MADRID

Por Luis Sexto

He vuelto a visitar a Duporté. Me alegré por su presencia en el mismo sitio de 15 años antes. Y porque su obra ha crecido y también se le ha extendido más  el reconocimiento fuera de nuestras fronteras. Me reveló una primicia: el 3 de octubre de 2007, en la galería BAT (www.galeriabat.com), cerca del Bernabeu, en la capital de España, se inaugurará una exposición de su obra titulada: Jorge Pérez Duporté. Acuarelas Habana Madrid.

Fue, si mi almanaque sensorial no me falla, a principios de la década del 90 cuando llegué a su casa por primera vez. Quería entrevistarlo. Había llegado yo a la comunidad de Las Terrazas, en el lomerío oriental de la Sierra del Rosario, cerca de Candelaria, Mariel y Artemisa, en los límites entre las provincias de Pinar del Río y La Habana, con el propósito de escribir un reportaje sobre aquel milagro vegetal y arquitectónico –cuyos datos usted encontrará en el archivo de mi blog, con el título de Esplendor y fantasía. Allí supe de su existencia.

No es difícil interpretar mi interés de entonces al saber que en ese lugar apartado vivía desde 10 años antes un pintor, dedicado fundamentalmente a recrear la flora de este sitio, cuya mayor gloria radica en haber partido de la esterilidad y la desolación para convertirse, por mano de hombres, en reserva mundial de la biosfera. Y lo fui a ver. Conversamos. Y más tarde la revista Bohemia publicó aquella conversación donde Duporté confesó su amor por la flora, la naturaleza, y en particular por la de su patria y la de Las Terrazas. Ya lo reconocían internacionalmente por su vocación ecologista. Célebres, entre otras especies,  son sus orquídeas. Y también sus visiones de las flores y plantas que José Martí, el apóstol de la independencia nacional, mencionó o describió en su Diario de Campaña, y las que aparecen en la obra del novelista mayor Alejo Carpentier.

De aquel viaje regresé muy impresionado por la línea del pintor, tan fina como la cuerda de un violín, tan delicada como el ala de un colibrí…

Hace poco, apenas 15 días, regresé a su casa. Han pasado tres lustros de nuestro primer encuentro. Tal vez pude pensar que ya no estaba allí; él que había nacido en el extremo opuesto, en Guantánamo -1945-, podía haberse marchado buscando mayor contacto con el tráfago social. En fin, especular es propio de hombres. Y de periodistas.  Pero afortunadamente  persevera en su vocación y en su apego a aquel espléndido silencio de Las Terrazas. Su recuerdo más recurrente, según me dijo en aquella entrevista inicial, era el jardín de su mamá.  Jardín que él sigue multiplicando con la mano sutil de quien se acerca a la vida con la pura bondad del que ama. Y hace.

EL MÁS CARO

EL MÁS CARO

Por Luis Sexto 

Juan Ángel Cardi me invitó a almorzar para agradecer  mi nota impresionista, publicada en el periódico Trabajadores, sobre su novela policial El american way of death. Cinco o seis años más tarde, sin quererlo,  y con la voz rota, le devolví la gentileza: despedí su duelo.

Cuando nos sentamos a la mesa era la primera vez que lo veía. Al detenerme junto a su tumba, ya lo conocía tanto como para sostener el elogio que le debíamos y que algunos, por pusilánimes y prejuiciosos, no quisieron decir. Y obraron adecuadamente. Porque –advertí aquella mañana- Cardi no hubiera aceptado un discurso florido, retórico, u oficioso. Se habría quejado a la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas en una carta con copia para todos, incluida “la Virgen María”.

Fue un humorista  desde sus primeros tinterazos radiales en 1933, cuando comenzó en radio Álvarez, en la Habana, escribiendo una sección llamada Noticias con rabo. Lo conocí viejo, pero no gastado, que la mucha edad y el poco rendir no han de tomar el sol los domingos necesariamente juntos. Todavía el virtuosismo de su improvisación o su creación humorística, capaz de  cortar el pellejo o de estallar en los pies, alborotaba una página o rompía un grupo. A cierto poeta de mucha armonía y conocimiento, le preguntó si había leído las novelas de un tal Juan Ángel Cardi. El lírico y retraído colega le respondió que sólo leía obras policíacas en inglés. Cardi, manoseando la ironía, replicó antológicamente:-

Esperaré a que me traduzcan. 

En una de las paredes de la sala doméstica exhibía un mural -trazado con varias brochas-  donde, jinete en una bicicleta, llevaba en traje de novia sobre la parrilla trasera a Tata, su mujer. La pintura rememoraba la fecha cuando legalizaron, en medio de un festín inapropiado, una  desmemoriada costumbre carnal. Debajo la leyenda: Gloria in el sexo dedo, corrupción, si alguien no la recuerda, de la primera frase de una oración de alabanza en la misa: Gloria in excelsis Deo.

Era, por supuesto, un chiste.

En los últimos años de su vida ennegreció sus mejores cuartillas, incluso le sopló su estilo juguetón a la humareda de la novela policial cubana, en el espacio fervoroso que discurrió entre los finales de 1970 y la década siguiente. Entre los textos que olvidó publicar sobresale el Epistolario de Floripe Méndez, páginas cosidas en una paráfrasis de Eça de Queiroz –así, con zeta, advierto a los barredores de calle de la literatura: como aparece en las ediciones que conozco del polémico portugués-. Guardo, en particular, la mayoría de las cuartillas, ya limpias, de la última e inconclusa novela de Juan Ángel Carballo Díaz, nombre y apellidos legales de Cardi. Me las cedió Roberto, su hijo mayor, en una declaratoria de heredero que me enaltece, quizás con el propósito de que yo pusiera los renglones que le restan. Ah, el Viejo tendrá que esperar. Debo aún terminar mis novelas. Y Cardi, seguramente, habrá de alegrarse del pretexto, porque, diría, más vale  obra inconclusa que mal terminada.

Al escribir de Cardi las dudas me desconciertan. Son las mismas sensaciones de cuando certifiqué ante sus amigos y lectores que  renunciáramos a las esperanzas, porque en verdad había dejado su habitual jadeante resuello en una cama del hospital Calixto García. Era tan severo, tan urticante, que temo que cualquier juicio mío acarree más indiferencia sobre un hombre inmerecidamente olvidado. Y temo, sobre todo, provocarlo hasta el grado de protestar ante el secretario de la eternidad y remitirme la copia en un papiro celestial tan dilatado como las alfombras de las recepciones presidenciales. Hable él, pues, de sí mismo. Que afronte la responsabilidad de representarse antes de terminar aquel primer almuerzo en La Roca donde por más de cuatro horas hicimos cuanto se suele hacer a una mesa, además de una entrevista.

-¿Cómo se convirtió en un profesional del humor?

-No recuerdo nada de mi vida intrauterina.

-Dicen que el periodismo daña al escritor a partir de un momento...

-También dicen que  un lobo se disfrazó de abuelita.

-¿Qué es el humorismo?

-Desde hace muchos años trato de hallar la respuesta. Vuelva el año que viene.

-¿Cómo escribe: de un tirón, o despacio, martirizándose?-Sin duda alguna de un tirón. El martirio viene luego, al perfilarlo.

-¿Cuándo escribe qué trata de suscitar en los lectores?

-Nunca he pensado en eso. Lo que me preocupa mucho es saber si se quedan dormidos al leerme.

-¿Le resulta difícil escribir?

-No sé por qué esa pregunta me recuerda a alguien que quería conocer si yo sabía lo que era parir.

-¿Sus escritores predilectos cubanos y extranjeros?

-Todo el mundo menciona dos nombres, entre los cubanos. Quiero, sin embargo, ser generoso y nombrar cuatro: Fulano, Mengano, Zutano y Esperancejo. Entre los de fuera, los cuatro que menciona todo el mundo. Creo que es la mejor manera de evitar que Dios se enfade y el Diablo se encabrone.

Nos citamos para ese día a la una. Me esperaba en el bar del restaurante. El pelo un tanto largo y desordenado se concertaba con  una barba deshilachada y blanca, para conformarle una cara de intelectual en bancarrota. Vestía una camisa azul de mangas largas. Me recomendó, con la natural estridencia de los que creen que los demás son deficientes del oído derecho, que pidiera sin consideraciones la bebida de mi gusto antes de almorzar. Había solicitado camarones por adelantado, y ellos necesitan una base digestiva fuerte. Digamos alcohólica. Cardi, me habían contado, era experto en esas minuciosidades gastronómicas y sus preparativos en las barras.Ante un literato decidí vivir en literatura. Y dije:

-El detective de El american way o death, solo bebe un cóctel llamado Alexander. Yo quiero hacer lo mismo.Se alisó teatralmente con las dos manos la melena entrecana, y chasqueando la lengua comentó al tiempo que se levantaba:

-Ah, carajo, qué exigentes son mis personajes. ¡Ese es el más caro!  

(Del libro Con Judy en un cine de la Habana y otras crónicas de la ciudad)

HUMBERTO ARENAL: NUEVA YORK Y CUBA

HUMBERTO ARENAL: NUEVA YORK Y CUBA

 Por Luis Sexto

Humberto Arenal tiene en Nueva York uno de los puntos seminales de su biografía. En archivos de la Gran Manzana se empolvan los ejemplares del periódico donde se imbricó con el periodismo, y allí escribió su primera novela, El sol a plomo, de asunto cubano. Al cabo de casi 50 años, no lamenta, ni detesta, la década vivida entre rascacielos, ni se arrepiente de haber regresado a Cuba.

En su país  de nacimiento escribió y publicó toda su obra a partir de 1959. Pero estima que en sus novelas y cuentos, principalmente, se aprecian las marcas de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX,  empezando con Sherwood Anderson, y siguiendo con Hemingway, Faulkner, y Dos Passos.  Entre  los poetas, el predilecto es Witman. En la narrativa de Arenal se  pulsan los rasgos de una prosa dura, urbana, objetiva, sin dejar de estar plausiblemente trabajada, con la que expresa conflictos de generación, de familia, del hombre y el medio en situaciones extremas.

En abril de 1959 fue de Nueva York a Washington a entregar a Fidel Castro un ejemplar de su  primera novela, presentada por esos días.  El líder de la entonces principiante Revolución cubana le preguntó los datos básicos de su vida, y luego lo invitó a regresar a Cuba. “Habrá trabajo para todos”, le prometió.

"Yo le dije que quería hacer cine –precisa Arenal-,  y Fidel me respondió que habían pensado en crear un instituto nacional de arte e industria cinematográficos." Y, en efecto, en ese organismo me ofrecieron trabajo, porque  yo había cursado algunas lecciones de cine en  Nueva York.

Entonces era periodista de la polémica revista Visión, de inclinación política de derecha. En 1952, al fundarse con el propósito de influir en la opinión pública latinoamericana, Arenal fue seleccionado como una de las firmas iniciales, provenientes en su generalidad de Times y Newsweek.  Su vocación literaria y el sustento de su familia convirtieron la oferta en una opción aceptable. Y durante seis años trabajó en esa publicación donde paradójicamente adquirió fama de díscolo, crítico, inconforme, hasta la visita de Fidel Castro a los Estados Unidos cuando, el entregar una reseña objetiva del hecho, fue expulsado. Ya era jefe de producción. 

"Fue una gran chasco oír, después de tantos años de trabajo: Estás despedido. Yo había permanecido  en Visión a contrapelo de sus filiaciones. Pero comprendía que Visión no iba a cambiar".  Arenal, nacido en 1926,  fue a los Estados Unidos en 1948, a perfeccionar el inglés que en Cuba había aprendido con ahínco de joven hijo de obrero.  Un año después, al concluir sus estudios, decidió permanecer en Nueva York como emigrado, dueño ya de un idioma casi perfecto. 

Logró matricular en una escuela de periodismo en inglés, y luego obtuvo empleo en  El Diario, periódico publicado en español al que había llevado, alguna vez, cuentos como colaborador. Le asignaron  atender las noticias del sector hispano de la ciudad. En esos momentos, “me ganaba la cultura norteamericana: leía periódicos en inglés, iba a teatros en inglés, veía cine en inglés, leía literatura en inglés.” 

El contacto con los inmigrados de origen latino, lo identificó más conscientemente con su cultura original. Y por esa razón estima que el periodismo diarista “le resultó un ejercicio fascinante”.  

De aquellos años juveniles piensa que compusieron el periodo en que una gran oportunidad le salió  al paso en  una ruta aún para él confusa, y él la aprovechó.  En Nueva York no vivía entonces ni lo peor, ni lo mejor del mundo.  “Pero yo, que conozco ciudades como París, Londres, Berlín, Moscú, creo que ninguna posee la fuerza de Nueva York.” “Las cosas fueron y ya no se pueden cambiar –estima-, y por ello todo pasó como entonces debía pasar, y no lo lamento.” No se queja ni de sus años en los Estados Unidos, ni de sus años en Cuba, porque he sido todo lo que he querido ser. 

BREVE FICHA

Nacido en la Habana; narrador y dramaturgo.  Es autor, entre otros libros,  de El sol a plomo, Los animales sagrados, A Tarzán con seducción y engaño, ¿Quién mato a Iván Ivanovich? Su última novela se titula  Allegro de Habaneras.  

ENTREVISTA CON EL NOVELISTA LISANDRO OTERO

ENTREVISTA CON EL NOVELISTA LISANDRO OTERO

Por Luis Sexto

 -¿Podemos hablar de cierta influencia de la literatura norteamericana en tu obra? Una  vez leí que en La situación había alguna huella del conductismo norteamericano.  

-Totalmente cierto. Comencé a escribir bajo la influencia de la literatura estadounidense moderna.  Antes había experimentado la influencia de los españoles de la Generación del 98 y la omnisciencia del autor, legado del siglo XIX, se me introdujo en el discurso literario. Tuve que hacer un esfuerzo para sacudir al autor-dios y darle entrada al observador objetivo y aparentemente desapasionado. Describir como un testigo y no involucrarme como un protagonista más, esa fue la primera enseñanza de aquellos escritores, que abandoné después, cuando comencé a leer intensamente a los franceses, especialmente Stendhal y Flaubert.     

- ¿Qué autores estadounidense has leído, en particular en tus días de formación? 

 -Maestros como Hemingway, Dos Passos,  Faulkner, John Steinbeck, William Saroyan,  Erskine Caldwell, James T. Farrell, Thomas Wolfe, etc. Más tarde vinieron otros: Norman Mailer, Carson McCullers, John O´Hara, Truman Capote, Gore Vidal. 

 -¿Tuviste relaciones con Hemingway?  ¿Cómo lo defines?

 -Lo conocí en el Bar Floridita, allá por el año 1950, un día en que se hallaba escribiendo y lo distraje de su concentración para expresarle mi fervor por su obra  y tuvimos un altercado. Luego pagó la cuenta de mi consumo para desagraviarme y me invitó a ir a la Finca Vigía. Allí hallé una fiesta, el siguiente domingo, de gente importante, mayormente norteamericanos a quienes no conocía. Hemingway me recibió cordialmente y se fue a atender a sus amigos, pero como yo no conocía a nadie al poco rato me fui. Luego lo fui a recibir cuando llegó en un barco trasatlántico desde África. Venía cargado de cajas, unas cuarenta y cinco, con escopetas, cabezas disecadas, tiendas de campaña, toda la parafernalia de un safari. Hice un reportaje sobre esa llegada para la revista Carteles. Por ahí debe andar, en el  archivo de esa publicación. Había tenido un accidente de aviación y venía muy maltrecho. Recuerdo que puso especial atención en atender a su amigo Kid Tunero, un boxeador. Luego lo vi en otras ocasiones, en eventos, cócteles, bares. Era un hombre imponente, muy alto y corpulento, con una voz grave. Físicamente era descomunal e imponía respeto. Pero resistía mal su bebida y se volvía pendenciero y agresivo. No le gustaba hablar de temas culturales, evadía todo comentario sobre literatura, prefería disertar sobre deportes, pesquerías, tiro al blanco y  peripecias aventureras.     

-A mí parecer, es más evidente la influencia norteamericana en tu periodismo, sobre todo en tu modo de apoderarte del tema  mediante datos informativos que van directo al interés de los lectores. 

 -Tienes razón. El periodismo español se basa en la opinión pura, en criterios que parten de la subjetividad del articulista, a veces sin más sustentación que un estado de ánimo, o lecturas previas, o un repaso somero de la actualidad. El periodismo francés es más cerebral y sabe encontrar la cantidad de ángeles que caben en la cabeza de un alfiler. No prescinden jamás del valor de la palabra. El periodismo norteamericano descansa principalmente en la compilación de datos corroborados y de ahí surge la reflexión y el razonamiento propio. Primero, los hechos, luego, el análisis. Ese es el estilo que uso.    

 -¿Podrías citar periodistas que hayan ejercido alguna influencia en ti? 

-En primer lugar Ilya Ehrenburg, quien hizo, allá por 1935 un sensacional libro-reportaje titulado “España, república de trabajadores”, que para mi es un modelo del género. Luego, sus crónicas sobre  los combatientes soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial son pequeñas obras maestras. En los años que he dirigido distintos medios periodísticos,   recomendaba leer a Ehrenburg a los jóvenes periodistas como ejercicio de taller, una obra de indispensable conocimiento para quien quiera hacer periodismo.

 “Otro periodista, que fue una estrella en su tiempo, en la revista Paris Match, el francés  Raymond Cartier, me enseñó mucho sobre cómo se hace un gran reportaje,  esas piezas abarcadoras que cubren la vida de un país. La lectura cotidiana de un diario como Le Monde, durante  los años  que estudié en París, me enseñó mucho a  hacer un periodismo investigativo profundo, me iluminó en la manera de realizar encuesta de datos, inquirir sin fatiga y luego pensar, reflexionar con calma y en profundidad sobre lo hallado. Le Monde ha perdido mucho, desde entonces.  

“Otro diario que me ha servido de modelo es The New York Times, que pese a su falta de ética, como lo demostró en sus informaciones sobre la invasión de Irak, sus notas periodísticas son, técnicamente, magistrales.   Cuando llegó el llamado “nuevo periodismo” de Tom Wolfe, la mezcla de elementos narrativos, descriptivos y ambientales con la trascripción informativa encontré que yo había estado haciendo eso desde hacía tiempo. 

 “Tengo libros de reportaje como “Cuba:Z.D.A.” sobre la implantación de la reforma agraria en Cuba, o “En busca de Vietnam” sobre la cultura en aquél país durante la guerra con Estados Unidos, o  “Razón y fuerza de Chile”, sobre el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, donde traté de aplicar algunas de las normas que había aprendido. “ 

 -En tu libro Trazado creo recordar haber leído varios artículos en torno a asuntos o problemas norteamericanos, ¿ha sido en ti una especialidad?

 -No, exactamente, pero siempre me he sentido muy vinculado a la cultura estadounidense. He aprendido y disfrutado con los productos de la auténtica creatividad, no hablo de la literatura chatarra de supermercados  ni las sonoridades cacofónicas de los huérfanos de talento destinadas al bazar del dólar, sino del fruto de la imaginación de los genuinos creadores.    

-¿Existe algún autor norteamericano con el que te unan relaciones más íntimas? 

-Íntimas, con ninguno. Conocidos, Hemingway. En 1952 emprendí una aventura, desde México, para visitar Oxford, Missisippi, y conocer a Faulkner. Durante una semana dejaba un autobús y tomaba otro, dormía en la estaciones de tránsito o en los parques. Recuerdo que una noche pernocté dentro de un vehículo estacionado en San Antonio, Texas. Me alimentaba con leche y pan, solamente, no me alcanzaba para más. Pero cuando llegué a Nueva Orleans no tenía un centavo y estaba físicamente agotado, así que continué con el pasaje que ya tenía comprado hasta Miami y de ahí a La Habana. Fue una derrota de la que me arrepiento. Nunca llegué a conocer a Faulkner.  

-A pesar de las diferencias idiomáticas, ¿crees en la existencia de vínculos entre la cultura norteamericana y la cubana? ¿Puedes señalarlos? 

-Claro que existen, y muchos. Ahí está Truman Capote quien tuvo un padrastro cubano y muchos creen que nació  en Matanzas. Ahí está la Obertura Cubana de Gershwin y el danzón Almendra usado por Leonard Bernstein. Ahí están los sensacionales reportajes de José Martí sobre Estados Unidos, en un período tormentoso de su formación nacional. Cirilo Villaverde escribió, en Nueva York, Cecilia Valdés y  lo influyeron  las novelas norteamericanas de su tiempo. Hart Crane vino a Cuba como periodista, durante la guerra hispano-cubana por la independencia, y murió de la malaria que contrajo aquí. Stephen Crane se suicidó saltando de un barco en aguas cubanas. Hemingway tenía en Cuba su residencia principal. Arthur Miller,  William Styron  y  William Kennedy han venido de visita. El jazz es otro elemento de unión entre ambas culturas por sus raíces africanas similares a las nuestras. Wifredo Lam aprendió mucho con los expresionistas abstractos neoyorquinos.  ¿Para qué seguir? Esta lista pudiera extenderse indefinidamente.  

-¿Qué escribes actualmente?  

-Estoy terminando “Nacionalismo, ideología y revolución en nuestra era”, un largo ensayo, que me solicitó el presidente del Instituto Cubano del Libro. Una meditación sobre la compleja situación en nuestro tiempo de desbordamiento del poder imperial, de neoliberalismo, guerras neocoloniales y despertar  de las izquierdas. Desde el problema palestino y la  invasión de Irak hasta el advenimiento de Lula y Kirchner, el desbarajuste de Fox, el pensamiento disolvente de Fukuyama y Huntington, la animación positiva del Islam y la insurgencia africana, la revolución cultural china y la regresión rusa.    

ESO DE ESCRIBIR ES UN PROBLEMA

ESO DE ESCRIBIR ES UN PROBLEMA Por Luis Sexto

Acepté la tarea dichoso y agradecido. Entonces yo era colaborador de Bohemia, aspirante a integrar su plantilla, y la más antigua Casa entre los medios cubanos me encargó entrevistar a Onelio Jorge Cardoso que en esos días redondeaba 70 años. Pero yo no lo conocía de cerca. Simplemente lo admiraba.

El culto por el escritor partía primeramente de mi respeto por los ancestros, los antecedentes, los modelos, porque nunca tuve panza de Buda, ni complejo de Colón. Por tanto, me resabía el argumento y la forma de los cuentos primordiales de Onelio; recordaba en retahíla el nombre de sus personajes, y el tenerlos obedientes a la simple enumeración, sin haberlo pretendido en un ejercicio de memoria, era para mí una prueba de la prominencia literaria y la hondura humana de los textos del maestro de “El caballo de coral.

Me le presenté una mañana en su oficina de la Unión de Escritores y Artistas, y al plantearle mi intención, se resistió. No precisé si porque no conocía la marca del entrevistador, o porque se había contagiado con la filosófica suspicacia de alguno de sus personajes, y todavía no había podido medirme la caja del cuerpo. Pero lo vencí con un argumento: vengo en nombre de la revista de la cual usted fue colaborador especialísimo. Lo acató, y me prometió responder el cuestionario. Dos días después me sorprendí al notar que las respuestas habían sido escritas entre dientes. Demasiado parco. Excesivamente reticente. A la pregunta de cómo escribía un cuento, si inventaba la fábula, o tomaba la anécdota de la realidad, me respondió en un tono que aprecié como de “encabronamiento”. “Mire, eso de escribir es un problema tan delicado como para estar inventando anécdotas, y la realidad, si no más, es tan rica como la imaginación. Total que habría mucho que hablar...” 

Pude pensar que Onelio era un hombre amargo, ríspido. Pero, tiempo más tarde nos conocimos más de ojo a ojo. Y su bondad guajira -que a veces se le disfrazaba con malla de hoyos minúsculos para que no se filtraran las moscas o los mosquitos- me autorizó la confianza. En 1986, le pedí algunas cuartillas con el propósito de difundirlas como servicio especial por los circuitos de Prensa Latina. Me advirtió que hacía tiempo no escribía. Pero estaba pensando volver a sentarse ante la máquina y me prometió que el primer texto sería para mí. En efecto, semanas más tarde me telefoneó; lo visité. Cuca me abrió. Onelio iba a bañarse, mas no me obligó a esperar. Salió en el íntimo “short” y me entregó la crónica de un reciente viaje a Yaguajay, acompañado del poeta Raúl Ferrer. Habían visitado el central Narcisa, en cuya escuela ambos levantaron cátedra de llaneza magistral y de tierna pedagogía. Calificarla de hermosa, buena, bella, linda, equivaldría a lacerar la memoria de aquella crónica. Era un original propio de Onelio: con toda la fineza con que excavaba en lo más poético de un paisaje, lo más afilado de una emoción, lo más lancinante de un dolor. Le asigné un turno en una próxima emisión.

El final de la historia ya es previsible. Días después murió. La muerte suele ser también más rápida que el periodismo. Y aquella crónica circuló por las redacciones de los clientes de Prensa Latina como el testamento literario del narrador que, junto a Juan Rulfo –muerto también días antes o días después, que no me acuerdo- renovó el cuento latinoamericano.Al cabo de los años, todavía me pregunto la causa de aquella rispidez de Onelio cuando fui a entrevistarlo. Podría evocar mil razones especulativas o someras y podría actuar injustamente. Me inclino a concluir que la modestia de Onelio se protegía de los entrevistadores y las entrevistas. Porque al marcharme le dije que en otro momento, cuando él dispusiera del tiempo y la paz que ahora le limitaban los sucesivos homenajes por su cumpleaños 70, yo lo entrevistaría morosa, largamente. El, mirándome por sobre sus espejuelos, me recomendó:

-Sí, está bien; pero demórelo bastante.        

CARILDA TOTAL

CARILDA TOTAL

 Por Luis Sexto

Calzada de Tirry 81 merece el crédito de ser la dirección más célebre de Matanza. Es el título de un libro de poemas, y ello sería una razón suficiente para que ninguna carta languidezca en la bolsa de un cartero. Pero, además, en la casa tatuada con ese número en una de las calles más antiguas de la ciudad, vive Carilda Oliver Labra.  

He escrito “vive”, aunque cuando paso ante su fachada el portón y los ventanales están habitualmente cerrados y percibo un hálito de misterio, desolación, en las maderas y los herrajes coloniales. Son, sin embargo, apariencias. Allí, a pesar de que la arquitectura y los recuerdos mantienen en el aire los olores del pasado, sigue habitando la vida, la ilusión. “Estoy más viva que nunca”, la oigo decir mientras convierte la noche en el espacio vital de su creación. 

Una gran mujer de América, la chilena Gabriela Mistral, aseguró  que Carilda  es “profunda como los  metales, dura como el altiplano” y “su poesía, de ser divulgada con justicia, ejercerá pronto ardiente magisterio en América”. De profecía, el juicio se transformó en hecho y verdad. El Premio Nacional de Literatura legitimó sus méritos en los ultimos años. Mas, ya con su primer libro, “Al sur de mi garganta”, Carilda mereció en 1950 el premio nacional de poesía. En ese volumen empieza a estar presente la meteórica fuerza que recorre, como una simbiosis de garra y ala, de pasión y ternura, su obra toda, y ha convertido a la autora en una de las mujeres esenciales de la poesía iberoamericana. Ha escrito poesía de mujer; revelación inaudita de un temblor, un color, que  supera los tabúes, los prejuicios, y se expresa en legítima alma interior, en feminidad real.  

La obra de Carilda integra en una sola voz un Eros tumultuoso, dulces duendes familiares e imprecaciones políticas. Mezcla compactada de la vida y la literatura, la experiencia y los libros. Pero si hemos de filtrar y precisar tan disímiles ingredientes, las cuentas de la vida se imponen al resto de la fórmula. Ella, según afirma, ha vivido más de lo que ha leído. Y, por supuesto, ha escrito mucho más. Escribir es su modo habitual de asumir una existencia en la que han alternado la abogada, la profesora de dibujo, la animadora cultural. Y siempre en Matanzas, su ciudad mito, su lar totémico, del que nunca ha querido separarse, y cuya tierra –como símbolo del suelo patrio- la quiere toda sobre su tumba. Debemos creerle cuando asegura que nunca ha podido escribir un verso lejos de Matanzas.   

Carilda se empalma, poéticamente, con la generación que en Cuba se llama de “los 50”. Es decir, la tendencia literaria que comenzó a evidenciarse en esa década del siglo XX y se caracterizó por introducir en el poema las palabras y los asuntos de la cotidianidad, en un desbordamiento de lo conversacional. La antología básica de los coloquialistas –publicada en 1984- abre su muestrario con Carilda, no solo por ser la de más edad, sino por que ella fue anticipadora del coloquialismo. En sus poemas, aun desde los primeros,  la autora de “Desaparece el polvo” ubica frases, palabras, imágenes que contaminan el verso del diario discurrir de la gente. Como en una ruptura del lenguaje de la poesía que logra, en sus manos expertas, enriquecer la expresión poética. “Muy pobre  sería el creador –me dijo un día- que solo tuviese en uso un lindo ejército de palabras.”   

Mencioné antes lo político. Y es fácilmente comprensible. Nunca ha desdeñado lo íntimo, lo personal. Pero en horas de dolor o catástrofe colectivos, su verso se manifiesta beligerantemente. Cantó a Martí. Cantó a Fidel, cuando Fidel se hallaba todavía en la Sierra Maestra al frente de su ejército guerrillero. Pero Carilda no es solo una poetisa política. O erótica. O doméstica. O intimista. Es todo ello a la vez. La unidad que junta las quejumbres, las dichas, los cataclismos,  las pasiones, los insomnios, las frustraciones, el amor, en una ofrenda de amor a la vida.  Carilda es la totalidad que nos acompaña y desafía. Porque la vida, para esta mujer, “cabe en una gota” de amor.