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PATRIA Y HUMANIDAD

Escritores, músicos y pintores

CÓMO APARECIERON LOS FANTASMAS DE OMAJA

CÓMO APARECIERON LOS FANTASMAS DE OMAJA

Por Luis Sexto

Por añadidura y no por especialización, explica Jaime Sarusky la presencia de personajes históricos  norteamericanos  en su obra periodística o literaria, sobre todo en su última novela, publicada hace unos dos años, donde con el título de Un hombre providencial, aparece como protagonista William Walker, el conocido corsario de mediados del siglo XIX.

Nacido en La Habana en 1931 y merecedor del Premio Nacional de Literatura en 2004,  Sarusky es  autor de novelas como La búsqueda, Rebelión en la octava casa y varios libros de reportajes, entre ellos Los fantasmas de Omaja que esclarece la fundación de un pueblo norteamericano en la zona oriental de Cuba. En el 2000 impartió conferencias en el Baruch College de Nueva York, y en 1996 en el Centro de Estudios Puertorriqueños de la misma ciudad. Ese año también habló en diversas instituciones sociales de San Francisco, California.

-¿Por qué dice usted que sus vínculos literarios con los Estados Unidos son por añadidura, nunca como apropiación  especializada?

-He leído ciertamente  a autores  norteamericanos. No se puede ser un escritor del siglo XX o XXI sin conocer la literatura norteamericana. Claro, el haber estudiado en Francia me inclinó hacia los franceses. Pero quién alimenta o retroalimenta a unos o a otros... Flaubert influyó mucho en los escritores norteamericanos.

-¿Algún predilecto entre ellos?

-Me interesaron Faulkner, Hemingway... Mailer en el periodismo literario. Y como espectador me ha atraído el teatro de Arthur Miller, Cliford Odets, O’Neill. Personalmente recuerdo haber visto sentado, solo, en el restaurant El Carmelo de La Habana, a Tennessee Williams.

- ¿Por qué eligió a Walker como personaje novelístico?

-Me pareció que era un hombre necesitaba ser estudiado. En Walker se aprecian ciertos elementos novelescos si te enteras que con menos de 100 adeptos atacó el estado mexicano de Nueva California y ocupó  la capital;  luego  se erigió en presidente. ¿Qué tipo de hombre es ese, se pregunta uno? Y el interés continúa si sabes que fue periodista, abogado, estudió medicina, y que estaba al servicio de los intereses esclavistas de los estados del Sur. Más tarde invadió a Nicaragua y se convirtió en presidente. Y si todo ello ocurre después de la ocupación del oeste y ya se empezaba a hablar del papel providencial de los Estados Unidos, me interesa mucho ese personaje.

-¿Sólo un interés literario?

- Hay más. Porque sé que el destino de Cuba ha estado vinculado desde hace 200 años a la historia de los Estados Unidos, empeñado en anexarse a la Isla. Y Walker, respaldado por fuerzas poderosas, representaba un momento muy interesante de esa historia.  Algunos de los soldados de Walker vinieron a Cuba en las expediciones de Narciso López, detrás del cual operaban también los intereses anexionistas del Sur. Por ello, Walker no es un filibustero, un corsario; respondía a proyectos muy serios. 

-¿Escribió entonces una novela histórica?

-No quise hacerlo. Intenté desarrollar a William Walker desde un punto de vista sesgado. No pinto al personaje en todos sus detalles, sino lo sugiero a través de una nebulosa, de la distancia. Es el protagonista, pero el más distante, porque en primer plano están los personajes de ficción.

-Detrás de un libro siempre hay un móvil. Usted lo acaba de demostrar. ¿Cómo,  pues, surgió su  reportaje sobre un pueblo fundado por norteamericanos en Cuba?

-En 1970 yo buscaba datos en la provincia de Camagüey, para ciertos reportajes que me había encargado la revista Bohemia, de  La Habana. Un día, esperando en el poblado de Omaja el cambio de tren, me puse a caminar. Me llamó la atención primeramente el nombre, Omaja, escrito en español, ciudad del estado de Nebraska. Y luego el hecho de que, frente al apeadero del ferrocarril, había un edificio de madera, con puertas batientes, como en un bar salón. Era idéntico a los que aparecen en las películas del Oeste. Estuve a punto de esperar que, en cualquier momento, saliera Billy The Kid a batirse a tiros.

“Seguí caminando y vi un bungalow típico de cierta arquitectura del Sur de los Estados Unidos. Vi también la iglesia protestante. Seguí al cementerio y tope con tumbas  con nombres norteamericanos y de otras nacionalidades, como finlandeses y suecos que allí se dedicaron a la agricultura.”

-¿Cuál fue su reacción?-Por allí pasaba mucha gente. Tal vez, habituados al paisaje, a nadie le llamaba la atención aquel pueblo. En cambio, yo me pregunté, como ante una revelación: ¿Qué cosa es esto?  Y entonces, como es de suponer, investigue y surgieron Los fantasmas de Omaja.

EL REY DEL SUCU SUCO

EL REY DEL SUCU SUCO

Mongo Rives cuenta su historia

Por Luis Sexto

Desde hace tiempo la fama es otra cuerda del laúd de Mongo Rives. Allí, en la Isla de la Juventud, lo cuidan como a un valor del patrimonio pinero, y lo veneran como cronista de la cotidianidad, a quien cualquiera acude para proponerle fijar en música algún incidente. Cierta vez, más o menos cercana, en una cafetería de Nueva Gerona servían té y café en tazas sin asa. Un cliente, viendo allí al trovador de quemado y resignado cliente, lo conminó: Ea, Mongo Rives, meta esto en un sucu suco. Pues ya está hecho, respondió. Y de vuelta a casa, se empalmaron los versos del estribillo, luego el resto de la letra y también la música: “La taza no tiene asa/ y no la puedo agarrar,/ si sigo con esta taza/ al fin me voy a quemar...’A mí me urgía entrevistarlo. Los periodistas se enamoran... es un decir. Se enamoran  de ciertos hechos, ciertos temas, ciertos personajes. Cuando lo veía en la Televisión -no muy frecuentemente por desgracia- recordaba mi empeño fallido de conversar con este guajiro de voz aguda y recia que mantiene vigente un género, un ritmo, del siglo XIX. Recientemente, apenas salí del aeropuerto, me embarqué para Santa Fe, comarca del primer asentamiento poblacional de Isla de Pinos, en 1809, y el pueblo donde Ramón Rives Amador nació en 1929, creció, aprendió a cantar y donde aún radica, porque mejor que Santa Fe, “no hay nada en el mundo”, aunque en julio del 2000 haya visitado a Sevilla, y triunfado en esta ciudad de títulos olímpicos en belleza, imponencia, en atmósfera de cultura e historia, donde rebautizaron a Rives con el sobrenombre de El rey del sucu suco. Así, terminado en O para él, porque así lo pronunciaban los pineros desde cuando se empezó a llamársele sucu suco. Fue Eliseo Grenet quien le quitó la o cuando en la década de 1940, echó a volar la música pinera por los escenarios, los gramófonos, la radio del país y de otros puntos en los que la gente oyera y bailara con la música de Cuba. El autor de Mamá Inés pretendió uniformar la onomatopeya escribiendo y pronunciando la segunda sílaba como la primera. Para Rives, hizo mal... Desde el principio no se llamó sucu suco, ni sucu sucu. Surgió hacia 1840 con el apelativo de rumba, y rumbita. Y en 1910, le pusieron cotunto, y a partir de 1920 el pueblo lo renombró como sucu suco.  Aún hay desacuerdo en el origen. Los pineros  consideran al sucu suco como un ritmo nuevo, pero con el son montuno dentro. Es un son distinto. O “mal tocado”. La diferencia se aprecia en la percusión. La tumbadora y los bongoes, donde están las células rítmicas, suenan de otra manera en el sucu suco. Los estudiosos, sin embargo,  lo clasifican como una variante del son. No se conoce exactamente cuál fue primero: si el sucu suco, llamado en sus inicios rumba, o el son. Están muy emparentados. En 1840 se interpretaba el primer sucu suco. Campana sube la loma, y dos números más de doble sentido. Uno de estos decía: “Levántate Carmelina/ que debajo de la cama hay gente;/ registra bien los colchones/ que alguno se queda siempre.” “Los versos, bueno, quedan cortos. Pero yo escogí como patrón a Campana sube la loma, y le arreglé la letra, que solamente la sabían los más viejos. ‘Campana, campana,/ campana sube la loma./ Si no fuera por campana/ en Cuba no hubiera lomas’.”   El apellido de Mongo Rives, inscrito como Ramón, es uno de los fundadores de la población de la antigua Isla de Pinos, e indica también prosapia musical. Su bisabuela paterna, Braulia Castillo, nacida en 1870, “le enseñó a papá El melón, compuesto por ella”. Se inspiró en Campana sube la loma. Así se cantaba: “Melón, melón,/ melón da melón./ Melón, melón,/ melón da melón.” El padre de Mongo tocaba algo en la bandurria, a la que luego sustituyó con el laúd, y había organizado un grupo. Le decían Los retardados. ¡¿Los retardados?! “Si, porque llegaban siempre tarde a todas las fiestas. Y como llegaban tarde se iban más tarde de lo que tenían que irse.” Iban a San Pedro, por donde se levanta ahora el hotel Colony, en carreta, y tocaban en la casa de Joaquín Pérez, ganadero. Los campesinos, hambrientos, iban a la fiesta a comer. “La comida hacía pila en las tiendas, pero los pesos eran malos para dejarse ganar.” En una ocasión, al amanecer, Rives, el viejo, dice: ya es hora, nos vamos. Y Joaquín Pérez le responde: ¿Irse? De ninguna manera. ¿Qué ven debajo de aquel pino? Una ternera. Pues nos la vamos a comer asada. Y los guajiros, y el grupo musical, más retardado que nunca, continuaron bailando y comiendo y bebiendo vino hasta el día siguiente.Mongo cuenta todo esto entre risas. Su voz, a secas, tararea, canta, para ilustrar cuanto narra. Y luego termina en una risa ruidosa, abierta, casi inocente. Porta un sombrero, de alas tejanas, aun dentro de la casa. No me atreví a preguntarle por qué se cubre a la sombra de un techo. A lo mejor no quiere que le conozcan los secretos del otro techo, el  cabelludo. O tal vez el sombrero integra su personalidad de artista. O es un hábito el andar como caballero cubierto. Porque este músico fue agricultor, y presidente de la base campesina Camilo Cienfuegos, y dirigente de la Asociación Municipal de Agricultores Pequeños. Sabe del trabajo al sol. En esa familia, donde la bisabuela componía, y el padre cantaba como pocos puntos guajiros,  y rumba o cotunto, o sucu suco, y nadie, como él, frotaba el cuchillo contra la palma del machete para producir un rítmico rayado, en esa familia musical Mongo formó su talento. Ya mayor, luego que la Revolución le facilitó estudiar hasta el segundo semestre de la Facultad Obrero Campesina, cursó solfeo unos seis meses. Los profesores se asombraban de aquel músico silvestre,  que repasaba la escala musical sin haber estudiado antes. “Es que la llevó aquí, en la cabeza.” Con lo que llevaba dentro de la cabeza, con nueve años de edad, fabricó su primera guitarra, empleando una lata de sardina, unas tablitas. Y con ella aprendió. Y oyendo por la radio a Coronita, célebre laudista, sacó a la guitarra los arpegios del laúd. De modo que sabía tocar laúd sin haberlo visto. Sobre los 15 años, formó un quinteto. Aún, con las variaciones lógicas, es su grupo. Antes de 1959 amenizaban fiestas “especulativas, que eran para bailar y vender bebidas y pan con lechón, y ganar dinero. También tocaban en fiestas de beneficio: voluntariamente, para ayudar a una familia que las organizaba con el fin de recaudar fondos y trasladar a un hijo enfermo a La Habana. En las fiestas de dinero, cobraban tres pesos. A los americanos, que durante un tiempo abundaban más que los cubanos en Isla de Pinos, les pedían cinco. Y a los músicos les parecía un capital. Muchas de las piezas eran de Mongo. Ha compuesto más de 60 sucu sucos.El nombre de sucu suco proviene de los americanos. Ellos, para identificar el ritmo, preguntaban qué es ese suc, suc. Era el rayado que producían  los pies sobre el piso al bailar la rumba o el cotunto y el de los  instrumentos al sonar.  Y de ahí se impuso sucu suco.Le recuerdo a Mongo un sucu suco que yo oía en mi niñez. El de Felipe Blanco. “Era un asesino. Delató a los insurrectos, a los que provocaron el levantamiento de 1896 aquí en la isla chica, la de Pinos. Por causa de él fusilaron a Rafael Pimienta y a su familia: una hermana y a tres más. Se escondían en una cueva.”El sucu suco se cantaba por 1898. Los españoles decían: ”Los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco se las tapó,/ se las tapó, se las tapó/ que lo vide yo. ”Y los pineros ripostaban: “...Felipe Blanco los traicionó,/ los traicionó, los traicionó/ que lo vide yo.” Y seguía otro verso: “Martínez Campo tenía una flor/ y Maceo se la quitó,/ se la quitó, se la quitó/ que lo vide yo.” Grenet lo popularizó con otra letra. Y de ella provino que se le asumiera como una metáfora sexual. “Conozco a una chiquita,/ alegre y sandunguera/ que está media loquita,/ caramba, por ver al majá”...                                                                                                                                 

COMPAY SEGUNDO: JINETE EN UNA CUERDA MÁGICA

COMPAY SEGUNDO: JINETE EN UNA CUERDA MÁGICA

Por  Luis Sexto

La vida para Máximo Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo, consistió en el largo oficio de empezar. Nacido en Santiago de Cuba en 1907, nunca miró hacia atrás, y aun unos días antes de morir el 14 de julio de 2003, al preguntarle un amigo cómo estaba, respondió en una frase profundamente cubana: “Aquí, luchando.”  Es decir, tratando de no terminar.

 El resumen de sus 96 años, merecen un doble análisis. El del hombre vital, poseído por  los sueños, y el del músico signado por la vocación de pervivir como jinete sobre un acorde mágico. Abel Prieto, ministro cubano de Cultura, lo caracterizó al decir que “se hizo querer por su mezcla muy particular de autenticidad, de sentido del optimismo, de fe en la vida”.

Nació en el lugar exacto. Entonces la segunda ciudad más importante de Cuba, que reclamaba, con razón, la paternidad del son y el bolero,  sobresalía en el Caribe por la cantidad y autoctonía de sus sonidos. Junto con el canto llano e imaginativo de los pregoneros callejeros, la música de Santiago de Cuba se depuraba en la tradición del son fundacional de La Ma Teodora, que desde hacía cuatro siglos rajando la leña estaba en el ritmático percutir de la madera, a la vez que le aportaba sus rúbricas más distintivas.  Tríos, dúos, sextetos, septetos, pululaban autentificando un cancionero típico, una trova popular, que se dispersaba por el país,  entraba en la capital y la seducía. Era posible asegurar entonces que los músicos no llegaban a Santiago, sino salían de Santiago, o de la región oriental que esta ciudad representaba.

Educado por el ritmo y la sonoridad de su tierra familiar, además de por una academia donde aprendió solfeo y clarinete, Compay Segundo nunca pudo dejar de ser un músico natural.  Un músico a quien la música le podía  significar el modo de vivir, el yantar precario, pero sobre todo el gozo de vivir. Quizás entre comer y hacer música, la opción se echaba del lado de esta, en una como forma de ser o sentirse un hijo o un miembro de Cuba. Temprano integró la banda municipal, y con ella tocó en La Habana durante la inauguración del Capitolio Nacional, esa mole que, si no en la forma, intentó copiar al de Washington en el espíritu fastuoso.

En 1938 junto con Lorenzo Hierrezuelo y dos colegas más componen el cuarteto Hatuey. Y se aposentó también en el ámbito de Miguel Matamoros cuyas canciones  revoloteaban alrededor del mundo en un apogeo del son. En 1949 fundó con Hierrezuelo el dúo Los Compadres. Hacía de voz segunda, esa fantasía que discretamente se oculta tras la cortina de la prima, poniendo una apariencia polifónica. Y de esa función, que duró hasta 1955, le surgió el seudónimo artístico de Compay Segundo, apócope de compadre en el primer término, y nombre de  la voz, en el segundo.

Los músicos a veces pasan de moda, porque de moda pasa la música que cultivan.  Todos podemos preguntar ahora si alguna vez Compay Segundo, dejó de estar vigente.  Aún  con 75 años  soñaba con seguir empezando., porque la gente, decía, se cansará de la estridencia y buscará el alivio de lo que está por encima de los tiempos. El son y la canción trovadoresca eran para él inmortales. 

Su encuentro con Eliades Ochoa y su cuarteto ha sido calificado de providencial.  Ocurrió a fines de la década de los 80. Visitó entonces hasta en la capital de los Estados Unidos.  En los 90, el premio Grammy  al disco Buenavista Social Club propició una explosión mundial de discos empolvados, mas no rayados,  de voces viejas, pero no cansadas. Y el timbre grave, redondo, fresco de Compay Segundo volvió a empezar sobre los infatigables acordes de su armónico, guitarra de siete cuerdas que él, jerarca invencible en la sonoridad más típica de Cuba, inventó en un  toque malicioso de su originalidad que continuará discurriendo en el Chan Chan que removió a París. 

He terminado. Y nada distinto he dicho de cuanto se dijo sobre Compay Segundo. Pero estas cosas las escribí a raíz de su muerte,

El Cabo de las mil visiones, último libro cubano sobre Guanahacabibes

El Cabo de las mil visiones, último libro cubano sobre Guanahacabibes

Texto y foto Ronald Suárez Rivas

Para el comandante Julio Camacho Aguilera, quien ha estado durante décadas muy vinculado a la península de Guanahacabibes, El Cabo de las mil visiones, el último libro del periodista Luis Sexto, presentado recientemente en Sandino, “posiblemente cierre el ciclo de aquellos que se puedan escribir basados en las narraciones de los habitantes del Cabo de San Antonio”.
“Esos hombres están desapareciendo, unos físicamente y otros se han trasladado fuera del territorio, lo que nos priva de la tradición oral que había conservado el lugar, y sus leyendas sobre los supuestos tesoros ocultos en las entrañas inaccesibles de la península”.
Luis Sexto, consagrado periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, considera que sería magnífico que un autor pudiera conversar con todo el que lo lee, pues “así escribiría mejores libros”. Tal vez por esa razón, haya decidido presentar su último texto en Sandino, próximo a la península cuyos habitantes e historias le sirvieron de inspiración.
La idea de escribir este libro, publicado por primera vez en Brasil hace tres años, y que Sexto clasifica como un “reportaje mechado de testimonio”, surgió en 1990, cuando en busca de temas para la revista Bohemia, su autor llegó hasta la península de Guanahacabibes, encontró al campesino Fisco Varela y lo entrevistó.
“Enseguida supe que me había revelado un mundo y me había dado una voz narrativa. Durante tres años estuve yendo con cierta frecuencia al Cabo de San Antonio, buscando con quien hablar y oír esas historias antiguas. Algo curioso: después que entrevistaba a aquellos viejos octogenarios se iban muriendo, como si, al descargarse de toda esa memoria, quedaran vacíos”.
En el libro no aparece la totalidad de esas personas, pero sí, afirma el autor, cuanto dijeron.
“Quise evadir el periodismo más simple, y sinteticé todas las biografías en un personaje ficticio, pero objetivo, a quien llamo ÉL. La voz es la de Fisco. Las vivencias, las de todos.
“Topé en El Cabo con un mundo que pedía ser nombrado, construido o reconstruido mediante la literatura, y a ese fin dediqué varios años: oír, ver, leer, valorar. Y luego narrar.
“Me introduje en la presencia discreta de un reportero o un entrevistador que solo provoca a su entrevistado, y luego reordena lo oído sin distorsionarlo”.
El Cabo de las mil visiones es un libro breve, pero con la virtud de que puede nutrirse de nuevos hallazgos. Recoge la tradición oral, y algo de la historia local, de un paraje casi desconocido por la generalidad de los cubanos.
Desde el punto de vista socioliterario, su autor pretendió haber testificado la existencia de una cultura popular, o de cierto folclor en el Cabo, además de haber recreado un modo de decir típico, casi poético, de los caberos, sin haber reproducido el habla de todos los días, aunque sí ciertas palabras propias de ese medio.



“Disfruté mucho mientras lo escribía, -afirma Sexto-, a pesar de que lo hice junto al lecho de mi hijo menor mortalmente enfermo. Me ayudó mucho hacerlo. Y ya uno va aprendiendo que la literatura, el oficio de escribir, es algo más que una profesión, o una pose, un medio de vida. Es a veces un drama”.