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PATRIA Y HUMANIDAD

Curiosidades

LAS VIÑAS DE LA LOCURA

LAS VIÑAS DE LA LOCURA

Por Luis Sexto 

Ya Cuco no está loco. Ahora es posiblemente el viñador más avezado y célebre del país. En la primera vendimia en 1987 recolectó 20 quintales. Fue una fiesta. Los incrédulos llegaron a la finca sonriendo como si con aquellas caras de bromistas suplicaran perdón al loco que había revolucionado la  tradición agrícola de Güira de Melena, con un cultivo que sólo... sólo a los locos se les ocurriría. 

Muchos en la zona lo imitaron más tarde. Pero muchos también se arrepintieron. Porque la vid pide los cuidados de un recién nacido durante diez meses al año. Entre el cultivo y la cosecha. Plantar. Y luego empalizar, fumigar, desyerbar, podar... Y sólo un descanso de dos meses. 

Llegué a la casa de Cuco 16 años atrás, cuando apenas hacía dos que se había atrevido a desafiar el clima, la inexperiencia, la crítica, el prejuicio. Estaba deprimido. El día antes, una granizada había estropeado sus viñas en medio de la cosecha. Los emparrados simétricos se ofrecían como el símbolo de la desolación:  revoltijo de hojas, gajos, frutas. Frustración del trabajo. Cólera ante lo inevitable. “¡Cómo usted me va a entrevistar en estas circunstancias!” Sin embargo, conversamos. Y salí de aquella especie de jardín que es su finca con el retrato de un hombre cordial y generoso, que convertía cada jornada en el ámbito de lo extraordinario. Sin palabras. Con actos, el idioma de la grandeza. Se repuso del desastre.

EL CRÉDITO GANADO

 Después he regresado a comprobar si persevera en la faena de viticultor, oficio tan raro en Cuba como el conocimiento sobre la vid y su agrotecnia. Recuerdo, en particular, una visita. Terminaba de cerrar la vendimia del 2000, con la cual sumaba 13 cosechas consecutivas y  un promedio anual de  1 000 quintales en dos hectáreas: más de 7 000 matas en  casi un patio dentro del patio de siete u ocho hectáreas que componen su propiedad. Le pregunté al saludarlo si ya había aprendido algo sobre la uva. Me respondió que no lo suficiente. Los viñedos son conflictivos por los problemas que el agricultor  topa en el camino: hongos, lluvias, granizadas, vientos  Y aunque nunca ha fracasado, va cursando aproximadamente el quinto grado.

-Aún no he llegado a la secundaria. La uva no tiene fin.  

Cuco -que legalmente se nombra Oscar Hernández Pérez- comenzó a “enloquecer” cuando visitó a su amigo Sosa en San Antonio de los Baños, y vio tres o cuatro matas de uva de las cuales colgaban  racimos sustanciosos y con aceptables lealtad al azúcar. Sintió un impulso inexplicable mientras acariciaba las verdimoradas bolitas que alguna vez comió a las 12 de la noche de un 31 de diciembre.

-Me gustan; voy a plantarlas -dijo.

-Pero si de uvas no sabes nada; es difícil- argumentó Sosa. 

Al principio le allegaron un folleto titulado “El difícil cultivo de la uva”. Y él, que conocía todas las bondades y los caprichos de la tierra, casi sonrió irónicamente. “Me quieren asustar.”  

La locura contagió temprano a Cuco; se la transfirió su padre. Al viejo no se le ocurrió plantar uvas, pero ahorró un centavo y luego otro hasta cuando en 1945 compró la finca “Jorge”, unas 10 hectáreas con un bohío jorobado en el medio. Padres e hijos -dos varones- prosiguieron trabajando en propiedades ajenas colindantes para terminar de pagar la propia y reunir aperos y semillas. La gente comentaba que Hernández había enloquecido. Figúrense. Guardar dinero con tanta paciencia y privaciones para comprar una tierra yerma. Pero él nunca se arrepintió de haber pagado 3 600 pesos -entonces mucho-por aquella reducida porción, cuyas ventajas calculó en silencio: no se extendía en zona baja, ni hospedaba piedras y se hallaba a unos cinco kilómetros de Güira de Melena y a menos de tres de El Gabriel, localidades al sur de la ciudad de La Habana. Un agricultor sabio adivinaba cuánto rendirían esos detalles.  

“Jorge”, con los años, se transformó en una feraz productora de papa, tomate, ají, ajo, cebolla, zanahoria, flores, alternativamente. Y una casona de madera y tejas,  sólida y ancha, se irguió en lugar del bohío, y un tractor, que todavía puja después de casi 45 años, cruzó de un lado a otro removiendo el olor de la tierra. Y Cuco, que se resistió a irse con su hermano a la ciudad, construyó junto a sus padres una vivienda de mampostería, y se casó con  Olga Iglesias. 

Aquella vez recorrimos los viñedos. Los pasillos sombreados por las vides, que se entrelazaban arriba, suscitaban las ganas de sentarse bajo el emparrado y sobre el suelo limpio como piso de hogar. Uno se imaginaba andar por tierras lejanas donde las viñas, las uvas, y las vendimias, y el vino, son riquezas campesinas, y también fiesta, rito emparentado con una profunda antigüedad mediterránea. Nos acompañaba el recuerdo del bíblico Noé, y su embriaguez con el fruto de la vid, y los escritos egipcios que aseguraban que el cultivo de la uva retrocede unos cinco mil años antes de nuestra era...  

LA HUMILDAD DEL APRENDIZ 

El saber inicial le llegó a Cuco mediante la comunicación. Porque, reconociéndose audaz, tozudo, emprendedor, sabe que la humildad ha de acompañar a cualquier aspiración. Se enteró de que en Pilón, en la provincia de Granma, Ángel Mora se dedicaba a la viticultura. Y Cuco, ahora, se quita el sombrero. Y por lo que  dice, uno comprende que el descubrirse la cabeza no es un gesto reflejo; equivale a un saludo, un acto de respeto al ya fallecido, campesino oriental.

-Me dije: si vive de la uva es porque la conoce.

Y partió hacia Pilón. A aprender. Allí estuvo dos horas.

-Nada me ocultó. Lo demás lo he aprendido en mi lucha diaria, o leyendo algún folleto extranjero. 

En esta tierra no crece y fructifica cualquier vid. Solo una variedad, con resistencia para no secarse  cuando el termómetro enrojezca hasta los 40 grados Celsius. Esa es la variedad de Cuco. En un momento de mi primera visita le pregunté cuál era la diferencia entre sus uvas y las europeas. “Las de allá más dulces; las mías, más productivas. Doy hasta 19 cortes; los europeos, mucho menos.” Pero, actualmente, prefiere menor volumen y mayor calidad. Porque, disminuyendo los cortes en la vendimia, que transcurre de junio a septiembre, la fruta se entrega más dulce. 

Lo que sorprende en este campesino alto, robusto, de hablar apresurado y abierto, es la capacidad de sus manos. Qué tendrá en ellas que, en cuanto emprende, la tierra lo premia con la abundancia. En noviembre de 1999 plantó una hectárea de fruta bomba, de la Maradol, esa papaya que inventó Adolfo, el padre de Adolfito Rodríguez, uno de los agrónomos más conocidos de Cuba. Al año, en la primera cosecha, recogió 600 quintales. Y en la escueta plantación cuelga un volumen similar, que ha tirado al suelo a ciertas matas por las tetas numerosas que se le prenden al tallo. Lo mismo le sucede con la zanahoria. Su nombre representa los más elevados rendimientos del país: 16 500 quintales por caballería.   

ué tendrán las manos de Cuco. Quizás sea un Rey Midas. Mas,  conversando con él, que se acercaba entonces a los 70 años y sostenía sentirse más vital que cuanto alcanzó los 60, uno va entreviendo que la agricultura no es magia, sino técnica, inteligencia. Y que las manos son fértiles cuando se aplican al trabajo. Sobre todo con amor. Amor a lo que está más arriba de la frente; amor a lo que arruina el sueño poniendo a girar en el pecho mil dudas y esperanzas. El dinero no es el propósito de Cuco. Lo asegura con su voz caliente, de persona natural:

-Prefiero la gloria de recoger a costa de talento y empeño que todo el dinero que, con menos dificultad, pueda ganar. 

Esa es su verdad. Yo la creo. Por ello, de vez en cuando,  vuelvo a verlo.   

QUIJOTE SIN SANCHO

QUIJOTE SIN SANCHO

Por Luis Sexto  
Los zapatos de don Tomás Estrada Palma se solean en la calle G, cerca del Malecón de La Habana, sin el cuerpo que en legítima defensa les pertenece, mientras el bronce del ex presidente yace en cualquier almacén sin el calzado que, en justicia, también le corresponde. ¿Con qué propósito quedaron cuando ya quien los exhibía recibió el desahucio del pedestal que usurpaba y con el que encubría los retorcimientos de su itinerario patriótico?  
La pregunta me la insinúa por correo electrónico el médico Ahmed Guzmán, cuyo filoso humor la responde al mismo tiempo que la dispara, sin adjuntarme unas pulgadas para la reflexión en un juego de ingenio participativo. Los zapatos, pues –asegura él-, perviven allí como homenaje a los “tacos” plásticos –llamados quicos- de los años 60 y 70; son el monumento a aquellos escarpines, digamos a falta de sinónimos, que semejando zapatos obraban como hornos de plantas y dedos en tanto viandante de entonces. Eran, en particular, terrífica trampa para cuantos montaban a la grupa de una motocicleta. Cierta mañana viajé a reportar una competencia de motocross, aventado por un motociclista, y en un descuido puse el pie sobre el tubo de escape y casi me adhiero al vehículo: se me derritió la suela y más que zapatos parecía yo calzar una plancha.   

Vuelvo a escribir sobre las estatuas y su código de expresión paralelo o alternativo. El metal y la piedra trasmiten, rectamente, su contenido. Mas la pose, el gesto, el color, el conjunto, prometen un desvío repleto de sugerencias. Y hoy, además, me ha venido a la mente el Quijote de 23 y J. Lo digo de inmediato: es conmovedora, impactante, la imagen airada, furibunda, encabritada del caballero vestido de alambrón. Pero siempre le eché de menos algo. ¿Lo adivina usted? ¿Lo adivina el doctor Guzmán? Ah, pueden hacerlo, pero me anticipo. Le falta Sancho. No sabemos dónde estaba el escudero cuando el escultor Sergio Martínez tejió los hilos cobrizos de ese Caballero Andante belicoso, tan tenso como el alma de un loco.  
Habría cruzado Sancho la avenida 23, para pedir -él tan pendiente del yantar- una ración de pescado en Los siete mares, y por eso, en el momento de erguirse la estatua de su amo, perdió su puesto en la estampa como jinete sobre un borrico? Quizás el artista confesó a algún periodista -que no fui yo- las razones por las cuales excluyó al bonachón aldeano. Y la respuesta exigiría rebuscar en los archivos, porque el artífice ya murió. 
El Quijote, parece ley, no debe andar sin su escudero. Como al gato su cascabel, hay que insertar cerca la contrafigura que exalta la figura del alucinado Caballero. Me percato que Don Quijote brilla en la medida que se opaca y apoca su pusilánime ayudante. Tal vez esa furia descuerada, esa acometividad que le obliga a representar en 23 y J una bronca perenne, espada en mano, sea su protesta por no tener a un chasquido de su retórica de armadura y lanza al Panza dicharachero y previsor. Lo necesita. Para ello lo convocó a esa aventura donde ambos ilustran la pareja más contradictoria y más humanamente complementaria de la historia. El escudero no solo se ocupa de los bastimentos del cuerpo y que al Caballero le importan poco cuando no es hora de comer. Sancho es también el que le advierte que los molinos son molinos cuando lo son de verdad, y que chocar con ellos implica a rodar por tierra.
Yo sé, sin embargo, donde está el escudero que le falta al traslúcido Quijote. En un sitio enrejado y recoleto, a un costado de la Plaza de Armas vive en igual soledad inexplicable un Sancho Panza de alambrón. Ha vagabundeado por varios sitios de La Habana. Lo conformó un joven llamado Leo D’Lázaro. Y tendremos que convencer al escultor, y al Historiador de la Ciudad, para que lo pongan junto a ese Quijote que, en 23 y J, parece gritar peligrosamente: Aquí, en esta esquina, no hay más guapo que yo. Y Sancho, muy próximo, le podrá avisar en su sabiduría refranesca: tenga cuidado, uno nunca llega a saber... 

 

VANIDAD DE VANIDADES

VANIDAD DE VANIDADES

Por Luis Sexto 

Crucé por primera vez el arco de la portada del cementerio de Cristóbal Colón, empeñado en visitar a ciertos personajes que, en vida, me habrían exigido antesala o una llamada previa. Eran días vacantes. Y con 17 ó 18 años, recorría el camposanto más bien por convertir la cultura de los textos escolares en una experiencia sensitiva. Seguía quizás las carrileras de mi vocación por lo histórico, justificada hoy en la hilaza del periodismo cuya trama es el acta de nacimiento de la historia. 

Una tarde me proponía localizar la tumba de Luisa Pérez de Zambrana, la elegiaca que sobrevivió a todos sus hijos. O la de Julián de Casal, el solitario poeta que entonces soportaba la doble soledad de un panteón que ni siquiera mostraba su nombre cargado de resonancias perdurables. En otro momento, enrumbaba mi búsqueda hacia Juan Gualberto Gómez, o Eduardo Chibás, o el sepulcro de los estudiantes fusilados en 1871, o el de los bomberos mártires del altruismo. Y a veces, espontáneamente, hallaba la tumba de aquel periodista polémico y famoso o la de este político execrable.  

Aunque pudiera parecer macabro, me aficioné al cementerio. Y le fui oyendo, en su pizarra del mármol, lecciones de historia, sociología, ética. Porque es el ámbito de la igualdad sin miramientos. La democracia del silencio. Como si la necrópolis anticipara una ciudad armónica donde los enemigos de ayer convivan uno junto al otro, compartiendo la mesa infinita del tiempo. Sin estorbarse, ni envidiarse el sitio de honor. Lo único que no cambia allí es la vanidad. En el cementerio de Colón pervive en ciertas zonas la actitud de los que no renunciaron a despojarse de las ínfulas de la riqueza. La huesa de los ricos se ahoga bajo la arquitectura redundante de cámaras faraónicas, como en el pregón de piedra de una declaración de fuerza: “Yo sigo siendo el mismo: el que puede”.   

En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.              

Pero la vanidad elige entre múltiples direcciones. Hacia arriba o hacia abajo. Adentro o afuera. Y en otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes. En  la Ermita del Potosí, en Guanabacoa, se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa  iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.  

Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notarían bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad. Pero don Juan de Acosta, fiel a su ringorrango, a su posición de jerifalte, personero colonial, no asumiría, sin ponerle precio, el escarnio de tanta humildad. Y sobre la losa se opaca una cuarteta que cobraba a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado. Ante esos versos el visitante ingenuo debía de haberse persignado recitando un ¡solavaya!:     

Pasagero que hoy me pisas,

Párate a considerar

Que has de venir a parar,

En ser como Yo, cenizas.  

EL LENGUAJE DE LAS ESTATUAS

EL LENGUAJE DE LAS ESTATUAS

 Por Luis Sexto 

Ante la estatua de Cristóbal Colón, que se mantiene  con un pie hacia delante y uno de sus brazos en alto con el índice erecto, cierto amigo en San Juan de Puerto Rico me prometió un viaje al lomerío de Aibonito, y al preguntarle cuándo me respondió:-Cuando el Almirante baje el dedo.

Luego supe que los puertorriqueños habían convertido la imagen del marino genovés en figura indirecta para prometer lo que nunca cumplirán. Esto es, mejoraron la tradicional y pedestre fórmula de cuando la rana críe pelos o las gallinas orinen que los adultos le repiten a los niños.

Este recuerdo de uno de mis viajes de encomiendas periodísticas, me ha inspirado comentar cómo el pueblo folcloriza la estatuaria que habita en calles y parques. Advierto que ese capricho de justificar los gestos inanimados de la historia, también sirvió de motivo a Alfonso Reyes, lo cual confirma que no existen temas nimios, ni rebajadores de la dignidad de los autores. Alfonso Reyes, pues, con todo el crédito de su ensayística Visión del Anáhuac, o su teatral Efigenia Cruel, o sus textos sobre la filosofía helenística, nos recuerda en una crónica de su libro Norte y Sur que en el parque Central de La Habana, la estatua de Martí, levantando el brazo, parece dictarle a la del ingeniero Francisco de Albear, casi en frente, lo que el proyectista del acueducto habanero anota en un libro.

Por supuesto, la leyenda que la imaginería popular trazó entre ambos monumentos, y que Reyes recogió y ahora reproduzco, está exenta de irrespetuosidad. Es pura mirada amable del transeúnte, simple afán de lectura en el bronce o el mármol para echar a la vida unos granos del humor que suaviza, alivia, la excesiva rigidez. Y con intención de aportar una curiosidad, añado esto que, creo, acabo de inventar. Cuanto Albear copia, a  dos o tres  cuadras de distancia lo intenta oír Miguel de Cervantes que, sentado en el parque de San Juan de Dios, más adentro de La Habana Vieja, ladea su cabeza hacia la izquierda, como arrimando su oreja. El también tiene una pluma en la mano.

Hace unos días conversé estas notas con el periodista Fernando Dávalos y empezamos ambos a enumerar estatuas y analogías. Y en la Plaza de Armas de La Habana, el rey Fernando VII aparenta, de perfil, el gesto del que va a satisfacer una necesidad mingitoria. Y allá, en el remate de la Lonja del Comercio, el dios Mercurio, además de ser el protector de los comerciantes y los ladrones, podría amparar también angustias deficitarias de ciertos acomplejados, porque antes de  treparlo tan alto, en 1908, hubo que serrucharle el órgano masculino: cierta gente se quejó de que el escultor había exagerado. Y el dios permanece en bancarrota, mocho, de acuerdo con remembranzas de viejos habaneros.

El Quijote de los Molinos, en Puerto Padre, goza también de un caño sexual que parece hiperbólico, porque el artista lo concibió en actitud belicosa, en hiperextensión guerrera. No  me he enterado de que hayan querido echarle el trapo de la pudibundez. Sucedió, sin embargo, que cuando entregué en la  revista Bohemia el fotorreportaje que adelantaba la inauguración del complejo monumentario, me rechazaron las fotografías donde estallaba con todo su vigor el sexo del Caballero Andante.

Visto la sumaria mención de gestos petrificados o metalizados en nuestros parques y calles, a los cubanos nos sobran referencias para superar el dicho puertorriqueño a propósito de la estatua de Colón. Podríamos decir que pagaré o cumpliré cuando Fernando VII acabe de expulsar sus aguas, o cuando le rebrote su estatura genésica a Mercurio, o se le aplaquen los signos ardientes a Don Quijote. O tal vez, señalando hacia un señor de amarillo ocre, con su bronce sentado, como si estuviera vivo, en el parque de 17 y 6 en el Vedado, podríamos asegurar el incumplimiento de cualquier promesa con una nueva condición:

-Cuando John Lennon se levante...       

UN JARDÍN SIN SOLEDAD

UN JARDÍN SIN SOLEDAD

Por Luis Sexto

El nombre de aquélla planicie cortada irregularmente por alguna ondulación no permitía prever que, treinta años después, donde parecía reinar, al menos en la toponimia, la soledad y la muerte, empezó a  florecer un jardín que el tiempo ha robustecido, porque aún perdura a unos 20 kilómetros al sudeste de la ciudad de Cienfuegos, en el centro sur de Cuba.  

Esta historia comienza en 1884. 

Edwin F. Atkins había  elegido  a  aquella comarca con el propósito de levantar un ingenio azucarero.  Si  el nombre del sitio  hubiese despertado en el millonario algún temor supersticioso, habría cambiado de intenciones. Sonaba terriblemente. Soledad del Muerto llamaban a la zona con tierras aptas para la caña de azúcar.  Pero Atkins,  uno de los primeros y más poderosos inversionistas norteamericanos en la isla, pasó por encima de cualquier mala impresión  y edificó el central Soledad. 

El ingenio de Atkins fue condenado varias veces a perecer entre el fuego durante la guerra de independencia de Cuba, en 1895. El millonario se distinguía por incumplir las reglas de la campaña. Y si los libertadores exigían que no hubiese zafra, Atkins cortaba y molía la caña.  Sin embargo, al parecer, ninguno de los generales que operaban por la zona concretó la orden del general en jefe del Ejército de la República cubana en armas. Quizás no pudieron. O el tiempo no les alcanzó.

En  1901 parte de  sus áreas se convirtieron en la Estación Botánica de la Universidad de Harvard, dedicada a experimentar con especies de valor económico y de interés nacional para Cuba. Como la caña de azúcar y el café. Durante muchos años, cerca del central que los insurrectos quisieron quemar, la estación Botánica fue convirtiéndose en un jardín especializado en plantas tropicales, hasta el grado de contener un muestrario casi insólito de  esas especies. 

El bosque creció frondosamente sobre el muerto y la soledad del primitivo nombre, nutriéndose sobre todo de la vocación de servicio de los investigadores y estudiantes que utilizaron sus instalaciones. 

Dedicado ya a investigaciones no económicas de la flora, la Estación Botánica sufrió en 1946 ciertas insuficiencias financieras que los herederos de Artkins lograron subsanar.  Después de 1959, el Gobierno Revolucionario la transfirió a la Universidad Central de Las Villas y poco después a la Academia de Ciencias. En la actualidad, más de  2 000 especies se aglomeran en lo que hoy se nombra Jardín Botánico de Cienfuegos. Predominan los árboles, distinguidos por el exotismo. Sobresale en particular  la colección de palmas, considerada entre las diez primeras del planeta.Especialistas cubanos continúan realizando allí la tarea que las manos de Harvard plantaron. La investigación se dirige ahora a develar los secretos del bambú o de las algas cubanas de agua dulce. O a conseguir mediante la biotecnología racionalmente usada, la reproducción de ejemplares que atraviesan el campo minado de la extinción. O descifrar las propiedades medicinales de la flora.

Del bosque dimana una energía cuyo efecto más señalado en el ser humano es la paz interior.  Uno camina bajo la sombra de tantas frondas que sobrevivieron a los tiempos, y nota que la soledad y el muerto con que comienza esta historia, se transformaron en una obra henchida de vida. 

EL RELOJ DE LA QUINTA AVENIDA

EL RELOJ DE LA QUINTA AVENIDA

Por Luis Sexto

Con campanadas musicales a la hora en punto, el cuarto, la media y los tres cuartos, un reloj en La Habana advierte a los transeúntes desde hace más de  80 años que el tiempo es una presencia previsible y apremiante. Es presumible que pocos se percataran de esa persistencia. El tránsito por la Quinta Avenida, usualmente motorizado y veloz, impide comprobar la vigencia y la exactitud del cronometro que, a más 10 metros de altura, se yergue como una costumbre muy cerca de la calle diez.  

El origen del campanario, con cuatro esferas, confina con el mismo nacimiento del reparto Miramar. Y por esa consustancialidad, la Asamblea Nacional aprobó el 3 de noviembre de 1993 que la torre reloj fuera el símbolo del municipio de Playa. Ya acaso no existan ojos que puedan evocar a aquel potrero de unas 145 herctáreas que se adormecía a la brisa y el olor del mar, en el segmento nordeste del término de Marianao. Lo llamaban La Miranda. Pertenecía a alguien denominado José Morales Martínez, que lo había arrendado a los herederos del Conde Ibáñez por 600 pesos anuales. Los documentos señalan que transcurría 1901.  

Las vacas pastaron aproximadamente hasta l911 en  áreas aledañas a la costa, porque en ese año el nuevo propietario y antiguo mayoral, Manuel José Morales, solicitó una licencia de urbanización al ayuntamiento. Ya desde entonces el nombre de Miramar comenzó a columpiarse entre papeles y propósitos, y entre aplazamientos y promesas. Y sólo en 1916 comenzó a concretarse en el trazado y las facilidades urbanísticas. Tenía un nuevo propietario, adinerado y emprendedor, famoso de prestigios ciertos y falsos que, en suma, definían a don José López Rodríguez  Pote en la nomenclatura cotidiana—  como uno de los personajes más polémicos de su momento. Periódicos y rumores decían que entraba en el Palacio Presidencial “en mangas de camisa”, cuando el manual de la moda exigía vestir el fogón de un traje con cuello rígido,  y que se había encartuchado de plata manipulando dineros de personas ligadas a los negocios azucareros.

Pote, en sociedad con Ramón González Mendoza, atizó la expansión de Miramar, reparto que los habaneros coincidieron en rebautizar al principio como Nuevo Vedado. En 1918 —clímax de la “danza de los millones”, auge del azúcar de caña por la desgracia remolachera en Europa durante la primera guerra mundial—, las residencias palaciegas empezaron a dibujar en ladrillo su exclusividad. El 27 de febrero de l92l, el Puente Miramar, también llamado de Pote, eslabonó la calle Calzada del Vedado con lo que una década después será la fastuosa Quinta Avenida. Metálico, con ínfulas de buen gusto, el paso basculante sustituyó a un pontón de sogas que, por el norte, permitía cruzar el Almendares cerca de su desembocadura.

 Curiosamente, un mes más tarde, el 29 de marzo de 1921, Pote se suicidó. La crisis económica del 21 lo tiró en el sótano de la bancarrota, aunque medios de prensa revelaron que la caja fuerte de su librería La Moderna Poesía, preservaba 10 millones de pesos que significaban mucho más de lo que valdría hoy. La tragedia inspiró suspicacia. Tal vez haya existido un detalle sospechoso en el deceso del millonario. Evidente es, sin embargo, que los ricos lo soportan todo, menos dejar de serlo o serlo menos.

 El Puente Miramar desapareció del  inventario de La Habana. Un túnel le arrebató vigencia a partir de 1953. Como otra vía soterrada, por la calle Línea, reemplazó al puente de los tranvías, que fue trasladado hacia la calle 11 y que hoy se conoce  como Puente de hierro. Pero el nombre de Pote no se borró con la demolición de las vigas del viaducto que él, junto con otros, financió. Quedó en la torre reloj. Habaneros de prosapia primordialmente capitalina lo reconocen como “el reloj de Pote”. Sus cuatro campanas exhiben grabado el nombre de José López Rodríguez.  Fue otra de las obras con las que el empresario intentaba convertir al antiguo potrero en un esplendoroso oasis para los potentados.

Historiadores de la localidad, como la investigadora Mercedes Méndez, del museo histórico de Playa -muchos de cuyos hallazgos empleo-,  han averiguado que en l927 la torre ya se asomaba a la entonces en construcción Quinta Avenida. Integraba un conjunto plástico con la Fuente de las Américas. Y el mismo arquitecto que  diseñó el surtidor en l924, proyectó el campanario: George H. Duncan, neoyorquino célebre por ser el autor, entre otras obras, del  monumento a Grant. Tal vez, por ello, mientras se precisa la fecha exacta, la edificación de la  torre reloj puede remitirse a un lapso entre 192l y 1924.

El reloj posee el crédito de ser único. Su relojero, Roberto Sánchez Cañamero, cree que posiblemente no hay otro en La Habana. Sus cuatro caras afrontan los  rumbos principales de la brújula. Su maquinaria, ubicada en un piso inferior, mueve las manecillas mediante transmisión. De tres pesas, con más de un metro de largo y unos 50 centímetros de ancho, admite cuerda para unas 40 horas. El desgaste y la carencia de mantenimiento lo paralizaron un día o una noche de 1994. La torre, levantada con piedra de Jaimanitas y rematada por un techo de cuatro aguas de tejas, renunció desde entonces al toque distintivo de su encanto  y a su faena esencial. Nueve años después recuperó su rígida faena de advertir a los transeúntes que el tiempo se mide y al medirse pasa… 

                     

 

AY, LAS PALMAS

AY, LAS PALMAS

 Por Luis Sexto

Todavía hay palmas… Esta última semana viajé por carretera desde La Habana hasta Camagüey, y a pesar de que el ómnibus va adoptando en sus asientos la crueldad de un potro de tormento, la carretera facilita redescubrir el paisaje, aunque no tanto como el ferrocarril, que lo  penetra. Sobre todo si uno ha llevado para releer una antología de la poesía colonial y los diecinueve autores escogidos invocan, evocan o describen las líneas y los colores de la naturaleza cubana, con el fervor con que  se mira lo único y lo vital.

Al levantar la vista, el viajero redescubre que el paisaje aún existe, aunque la poesía actual ya no lo nombre explícitamente como aquellos versos de los siglos XVIII y XIX, en que las visiones naturales simbolizaban el embrionario sentimiento de la cubanía. Y existen, en particular, las palmas. Las palmas, el detalle más frecuente y sintetizador de la poética criolla y luego cubana.

Lo primordial de esta crónica es que aún las palmas asoman su hierática esbeltez por la ventana de nuestro paisaje. Árboles recurrentes que en la llanura o las laderas semejan sílfides guajiras con sus melenas echadas al viento en un vapuleo de aquelarre, de sainete mágico. Más de 80 especies de palmas endémicas se yerguen bajo el cielo purísimo que la nostalgia de José María Heredia, nuestro primer romántico, vislumbró desde el Niágara. Pero ninguna destaca por su abundancia y esplendor como la palma real, la Roystonea regia de los botánicos. Regia, porque, altiva tal un monarca, solo el rayo puede alcanzarla cuando su tronco de mondadientes se dispara hacia arriba hasta 20 ó 30 metros. Y si el hombre llega a tocarle las hojas -tan largas como las aspas de los molinos del Quijote- para empenachar un bohío, o para cortar el palmiche o desenrollar la yagua, la corteza, es a costa del riesgo de quien se transforma en un jinete del aire, retador e inerme.

No me empecino en componer con tanto dato elemental una versión comprimida de Cuba en la mano, el manoseado diccionario. Ha sido solo un desliz vegetalmente erudito. He hablado de poesía. Y sin embargo, lo más sensitivo, lo más entrañable escrito sobre la palma real, no lo concibió un poeta. Al menos, no un poeta en verso, pues los prosistas –tal vez los cronistas- lo son también en sus páginas de líneas llenas, cuando captan las esencias puras de un eco que retumba en el alma.

Anselmo Suárez y Romero –pedagogo y novelista del XIX- no ha sido superado. En algún libro de lectura escolar en mi niñez, leí su estampa sobre los palmares. Quizás si hubiera que cifrarle un precursor a la crónica periodística cubana, lo sea Suárez y Romero con este y otros cuadros líricos sobre los valores naturales de Cuba. La primera frase es de por sí antológica en su capacidad de provocación. ”Hay un cosa en mi patria, que nunca me canso de contemplar.” Y antes de revelar el nombre, niega que sean presencias establecidas como la ceiba, la cañabrava, los naranjos, “nuestro sol, nuestra luna, nuestro cielo”. Y ese nuestro, dígolo entre paréntesis, ya entraña una singularidad, un matiz distintivo de patriotismo. “Son los magníficos palmares –precisa- que suspiran perennemente en sus llanos y en sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira.”  

Nací en campos donde las palmas parecen una sucesión infinita de alfileres. Ninguna otra comarca supera a la de Remedios, Villa Clara, en la vastedad de sus palmares. José Miguel Gómez, gobernador de provincia en el tránsito del XIX al XX, pretendió comprar las tierras del ingenio Dolores, pagando a peso cada palma. Cuando la pareja de soldados encargada de aquel censo insólito contó un millón, el caudillo liberal abandonó el negocio. Pero si José Miguel se percató de palmares tan masivos solo cuando les puso precio, yo lo supe cuando leí a Suárez y Romero en una escuelita rural de la jurisdicción remediana.

A veces la indiferencia se traga el paisaje y a su reina la palma: no los vemos hasta cuando un poeta, o un cronista, los rescata del subsuelo culpable. Y nos dice: “¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!”


 

UN BURRO SIN HISTORIA

Esta es la crónica del burro de Bainoa

Por Luis Sexto

Bainoa perdura en la paradoja entre la nombradía y la nimiedad, la fama y la indiferencia. Los trenes ya no paran allí. Pasan a cien kilómetros por hora ante la estación cuya presencia ruinosa anuncia que a nadie le interesa ya bajarse o detenerse en ese lugar, mientras los viajeros perciben la fugaz estampa del olvido en un pueblo que les resulta  contradictoriamente familiar.

Es uno de los pueblos que con el comienzo del siglo XX perdieron sus días de esplendor y empezaron a languidecer aplastados contra el tiempo. Fundado en 1795 a impulsos de la caña de azúcar en el suelo llano y rojizo del hato nombrado San Lorenzo de Bainoa –antiquísima merced de don Diego de Soto-, el caserío se benefició también del camino Real de La Habana a Matanzas, porque los viajeros de volantas y quitrines se detenían en tiendas y tabernas para comer, beber, tal vez dormir una noche, y proseguir viaje. En 1803 levantaron la iglesia. Los años y la gente se acumularon. Y el censo de 1846  registró 300 habitantes y 62 casas. Por entonces el rey lo había jerarquizado como partido de tercera clase. En 1878 lo alzó a ayuntamiento. Los interventores norteamercianos, tal vez más pragmáticos, lo despojaron en 1900 del rango y de las ventajas adquiridos durante la colonia, y lo adscribieron al municipio de Aguacate, con el apellido administrativo de barrio número Seis. Hoy pertenece a Jaruco, de cuya cabecera dista seis u ocho kilómetros, subiendo desde el valle hacia el este.

UN MITO EN LA ESTACIÓN

 En el propio año de 1900, la compañía inglesa de Ferrocarriles Unidos de La Habana construyó el apeadero de Bainoa en la vía que rodaba hacia el oriente del país. Estación de líneas sobrias, con fisonomía y solidez de fortaleza, dividida en salón de espera para viajeros,  almacén, y  vivienda para el jefe. Dicen viejos pobladores, aunque no pude confirmar el aserto, que fue la primera en edificarse en la zona feraz, subterráneamente acuosa de la tierra aplanada entre el este de Jaruco y el oeste de Aguacate, en los contrafuertes rurales de la capital. Allí empezaron a detenerse todos los trenes que pitaban en ida o vuelta. Descargaban primordialmente mercancías, que carretones de tiro animal trasladaban a zonas circunvecinas alejadas del camino que hasta hacía poco llamaban de hierro.No era mucho, pero algún tráfago infundía vitalidad al caserío que hacia 1940 enumeraba 1451 habitantes.

La estación ferroviaria -actualmente en deterioro- facilitó que el pueblo adquiriera nombradía. Presumiblemente a partir de la década de 1920, su nombre se repetía en cualquier punto de la Isla. Este o aquel ciudadano lo invocaban sin propósito definido o para plantear una comparación. Era, incluso en el extranjero, sobre todo en España, referencia manoseada. ¿Por qué? ¿Qué había en Bainoa tan interesante para tanta recurrencia nominal, a pesar de que continuaba manteniendo su estampa de aldea, de paraje impávido? El frío aún no le había moldeado el crédito de territorio más gélido de Cuba; más frío en  horas de ciertas madrugadas invernales gracias, entre varias causas, al suelo ferrolítico rojo compactado que, al tragarse el agua de un sorbo rápido, lo mantiene seco, sin humedad alguna, y también a su altura de 97 metros sobre el nivel del mar. El centro meteorológico local que registró en 1996 el récord nacional de temperatura –0,6 grados Celsius- empezó a observar y medir el clima en 1979.  Muchos saben, al menos la repiten de vez en cuando, la razón de la fama antigua de Bainoa. Aún uno escucha la mención al burro que se asoció con el  nombre del pueblo y el apeadero. Es, aunque ya no exista, uno de los tres pollino más célebres de Cuba. El primero, como ya sabemos, es Perico, ciudadano ejemplar de Santa Clara; el segundo, Pancho, parroquiano del bar en el Mirador de Mayabe, Holguín. El tercero, el de Bainoa. Pocos, sin embargo, conocen su historia. Es más: el de Bainoa es un burro sin historia. Simple alharaca. Tal vez, costumbre visual.  

¿DÓNDE ESTÁ LA VERDAD? 

Viajé recientemente allí con el ánimo de averiguar qué de original, insólito, había hecho el mentadísimo asno. Y me sorprendió que los vecinos atribuyeran escaso interés a lo que ha sido, además del frío,  uno de los dos pilares, y el primero en el tiempo, de la fama del poblado. La verdad se escurre entre los sumideros de una memoria que no existe. Algunos pobladores, como Marcelo Hernández Vidal y Raimundo Pérez Martínez, contaron que el burro nunca vistió piel y orejas de asno. Así habían sobrenombrado a un estibador que en el andén de la estación ferroviaria cargaba a la espalda toneles de manteca. Y los soportaba. Como un burro. Otros refirieron que un rico de la zona, cuando iba a la valla de gallos, encendía habanos con billetes de l0 o de 20 pesos. Y le apodaron el Burro. Quizás por imbécil.Una de las versiones más creíbles se excede por escabrosa. Cuentan de un burro que, habitualmente amarrado cerca de la línea y la estación ferroviaria, al sentir el galopar de los trenes, desenvainaba su equipaje genésico, como en un reflejo que alguien le condicionó estimando que los atributos del macho parecían un don sobre... dimensionado por la naturaleza. La curiosidad pasajera empezó a reparar en el espectáculo. Y cuando cualquier tren se detenía en Bainoa, los viajeros, si no veían al animal, preguntaban por él a los pobladores aburridos o desocupados que iban hacia la estación a divertirse con la parada de la máquina y sus coches, único acontecimiento diariamente trascendente del pueblo. Estos a veces respondían: “Está con su madre...” Los forasteros, interpretando mal la frase, replicaban  medio airados: “¿Cómo?” “Sí, en el potrero con su madre, digo, la del burro.” Este burro, según el periodista Fernando G. Dávalos fue exhibido como una rareza o milagro de desbordamiento genital por los años veinte en el Havana Park,…

-¡Mentira!

Converso con Hipólito García Gamón. ¡Mentira!, repite. Tiene 96 años, y aunque ahora la salud de su esposa lo inquieta, posee suficiente lucidez para negar  esa versión apocalíptica o sicalíptica. De acuerdo con su relato, el burro existió anónima, trabajosamente en la estación de ferrocarril. Todavía hay un tanque metálico en lo alto y debajo hay un pozo que suministraba agua a las locomotoras de vapor. Cuando no había viento y al molino se le podían contar sus aspas, el burro hacía subir el líquido hacia el tanque. Los viajeros presenciaban la escena. Día a día. Año tras año. El asno, cabeza gacha y paso cansino, rondaba el pozo en círculos interminables... Nada más. Era una estampa de trabajo y perseverancia. Historia cotidiana sin historia. Fama asnal inmerecida. Imagen común que pasó a fosilizarse como una referencia curiosa, folclórica, sobre la cual el paradero sin importancia se trocó en una parada entretenida y perdurable. Y que hoy los viajeros, al pasar por Bainoa, no atinan a evocar conscientemente en el aire estremecido de la velocidad.